Hace mucho como hoy no hablaba con Daria, mi entrañable amiga rusa. Después de un par de minutos reencontrando nuestras historias, huímos, pues el tiempo apremiaba. Recordé con cariño las tardes de dulces y tés que ella me prodigaba cuando la iba a ver: sonreí.

Un vaso de gaseosa acompaña mis escritos a esta hora taciturna. He deplorado el uso incierto de metáforas por doquier. He limpiado la casa, la he renovado, hermoseado, no para ponerla en venta, sino para que sea admirada e imposible de llegar.

Mis libros esperan. Más aún los suyos Don Víctor.

Mi hermana y yo tenemos planes. Ambos (aquellos) no incluyen anexos.

Peligro.

ps. Leí un cuento que proclamaba la muerte del ogro y el triunfo de la ciudadela. Lo incendiaron cual estambre inservible. Pelo de estambre negro e inservible, animal entero que sólo traía desdicha y destilaba desidia alrededor, haciendo cómplices a los aldeanos de los primeros pecados de la humanidad. Roedor sucio, muerto en la voz de la mujer vestida de cantos y versos únicos, de piel azabache, de letanías miles... de orden absoluto. Fue ella quien diera la palabra final: el grito de muerte.