Sea un lujo o no, héme aquí. Dejo, como dice la canción que escucho, el invierno llegar apacible, mis lecturas crecer, poblar más y mejor mi nueva casa... debe ser (sigo el ritmo de la canción) el deseo que tengo de hacer mi vida ya, sin intenciones de cocinar para satisfacer los ojos de un hombre, sin un par de pechos que alumbren el exterior de un deseo muerto, sin la carta que escribí de puño y letra una noche en una hoja de papel pigmentada de rocíos y esquemas, sin el beso de despedida aquella noche de lunes mientras sentía que se me iba la vida misma. Ahora somos yo y mis escritos, mis lágrimas teñidas de felicidad absoluta, abriéndole a la templanza ese camino esperado desde hace mucho. Voy a tener una decena de años más, el treintaiuno se avecina ligero y rápido, mi voz hace cinco años era pura y hoy, rugosa y quebrada, ha hecho madurar mis silencios. He mirado atrás muchas veces, recordar triunfos, esquivar derrotas, olvidar amores, revivir obligaciones y he dejado atrás la palabra inútil de animales y jumentos que tienen voz humana (a veces). Son muchas noches, muchas mañanas... mientras sujetaba mi cabello y ponía algo de música, mi paso encabritado (nuevamente) me hizo sentir que éste señores, éste es mi año uno. Es hora de acomodar la vida (vivida en tercera década), o de vivirla per sé, desde donde quiera uno verla y seguirla.