El domingo, después de las últimas charlas familiares, apuré mis ideas, terminé el examen pronto y puse música a mis oídos. Subí las mangas de mis shorts y más cortos que siempre, mis zapatos se convirtieron en ésas alas que eran las que me llevaban a recorrer miles de caminos, allá cuando yo vivía enamorada de E. y cada frase suya escrita en mi correo era el motor para seguir queriéndolo a pesar de que su rostro ya se borraba de mi mente y su voz sólo me venía en ecos desde un sitio ya lejano. Luego, cuando dejé que E. se fuera con sus sueños, me quedé solamente yo. Yo y mis escritos, mis cartas sin destinatario. Y comencé a caminar por lugares que no reconozco pero donde el piso agrietado me hacía ver líneas de hormigas trabajando solidarias, donde el sol secaba el agua empozada en el césped, donde las risas se apagaban porque el invierno había caído gris y lastimero... en esos tiempos que feliz era recorriendo todas las calles y de cuando en cuando me sentaba en alguna banca a ver correr el molino de hojas que se formaba en un lejano Barranco o las voces de ancianas enjutas tejiendo con lentitud y mirándome de reojo para hablar seguramente a mis espaldas de algún detalle mío.


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