01/02/10, 23:03 Sobre el des-hacer y la motivación, los extremos y la humildad.
Ante el eventual momento difícil, Ernesto decidió marcharse por milésima vez. Su juicio probablemente sometió a sus sentidos, y la corta historia aquella noche, quizás contada por error, rompió el lazo fraterno que desde la muerte de su padre Ernesto había retomado conmigo. Con mucha tristeza pero más aún, con indiferencia, recordé las veces en que hablaba de ríos, de montes, de chasquidos de agua, de polvo, de pasos gigantes y de soledades ingentes. No sabía, como le dije aquella noche..
- No sé cuánto más la vida me estire el latido en el pecho, pero si llegase a irme antes que tú, cuando llegue mi muerte dejaré una caja con cosas que quiero que tengas. Sólo tú podrías saber qué hacer con ellas...
Después del fin de semana apacible con B., el vaivén de sensaciones desapareció. Su voluntad sólo le permite llegar hasta sus propios vértices. Todo lo que quede más allá de ello es ajeno para él. Vimos a todo cernirse de tiempo y de voces, la gente tosía y caminaba rápido. Decidimos ir al cine, el que abandonamos para ir a tientas a un café. Yo por un té, él por un poco de café helado pero ambos por su trabajo. Comimos algo de comida japonesa (a manera de celebración atrasada por su cumpleaños). Nos cogimos de la mano algunas veces, pero el sentimiento se me iba del momento porque veía en su rostro la misma originalidad del inicio de nuestros primeros tiempos. Una de sus virtudes más grandes (su buen humor) acompañada a su sencillez (que admiré desde que empecé a ganar su tiempo y su espacio) no me eran ya suficientes. Ahora yo estaba lista para el gran paso, pero pedirle a B. que formáse parte de mi vida de esa manera estable y gigante soliviantaba su tranquilidad. No tardó mucho en replicar a mis ideas, seguido de sorbos de comida intempestivos para desarmar la tensión inhóspita del momento:
- Simplemente ahora no deseo hacerlo. Cuando llegue a tener cuarenta años quien sabe, ahí recién estableceré lo que ahora no puedo porque tengo otras metas, terminar mis cosas... sin eso yo no seré feliz.
- No sé cuánto más la vida me estire el latido en el pecho, pero si llegase a irme antes que tú, cuando llegue mi muerte dejaré una caja con cosas que quiero que tengas. Sólo tú podrías saber qué hacer con ellas...
Después del fin de semana apacible con B., el vaivén de sensaciones desapareció. Su voluntad sólo le permite llegar hasta sus propios vértices. Todo lo que quede más allá de ello es ajeno para él. Vimos a todo cernirse de tiempo y de voces, la gente tosía y caminaba rápido. Decidimos ir al cine, el que abandonamos para ir a tientas a un café. Yo por un té, él por un poco de café helado pero ambos por su trabajo. Comimos algo de comida japonesa (a manera de celebración atrasada por su cumpleaños). Nos cogimos de la mano algunas veces, pero el sentimiento se me iba del momento porque veía en su rostro la misma originalidad del inicio de nuestros primeros tiempos. Una de sus virtudes más grandes (su buen humor) acompañada a su sencillez (que admiré desde que empecé a ganar su tiempo y su espacio) no me eran ya suficientes. Ahora yo estaba lista para el gran paso, pero pedirle a B. que formáse parte de mi vida de esa manera estable y gigante soliviantaba su tranquilidad. No tardó mucho en replicar a mis ideas, seguido de sorbos de comida intempestivos para desarmar la tensión inhóspita del momento:
- Simplemente ahora no deseo hacerlo. Cuando llegue a tener cuarenta años quien sabe, ahí recién estableceré lo que ahora no puedo porque tengo otras metas, terminar mis cosas... sin eso yo no seré feliz.
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