
Desde su infancia, Abram amaba al Señor. Dios le había dotado de un corazón sabio y dispuesto a comprender la magnificencia de la Eternidad y despreciar la vanidad y la idolatría.
Siendo niño aún, contemplando un día el brillo y la luz del cielo al mediodía y los rayos solares que caían sobre toda la tierra, dijo: ''Ciertamente esta luz debe ser un dios y a el adoraré.'' Y rindió culto al sol. Pero cuanto más avanzaba el día, menos brillo tenían los rayos solares, hasta que a la caída de la tarde, a la luz crepuscular, el sol desaparecía, quedando todo envuelto en las tinieblas. Entonces dijo: ''No; ciertamente el sol no es un dios. ¿Dónde encontraré un Dios a quien rendir pleistesía?''
El sol desapareció de su vista, quedando todo envuelto en tinieblas. Entonces apareció la luna y cuando Abram la vio brillar en los cielos, rodeada de miles de estrellas, dijo: ''Tal vez éstos son los dioses creadores de todas las cosas.'' Y se inclinó y adoró a la luna y las estrellas.
Pero, empezó a clarear el día y palideció la luz de la luna y las estrellas, volviendo a brillar el sol en todo su esplendor. Entonces Abram conoció al Dios verdadero y dijo: ''Hay un poder más alto, un Ser Supremo, y estos astros sólo son su corte y obra de sus manos.''.
Desde aquel día y hasta su muerte, Abram (posteriormente Abraham) conoció al Señor y caminó en Él según su voluntad.






