Por David Sulmont
De acuerdo con las últimas encuestas publicadas, el presidente Alan García tendría un nivel de aprobación del 50% a nivel nacional (encuesta de Apoyo del 14-16 de febrero) y de 55% en Lima Metropolitana (encuesta de la Universidad Católica del 2-3 de febrero). Si los comparamos con las cifras del ex presidente Alejandro Toledo, estos niveles de aprobación resultan muy favorables. En tal sentido son un indicador positivo para la gobernabilidad de un régimen político presidencialista como el peruano, que se sustenta en gran parte en la figura del jefe de Estado.
Creo que hay tres factores que apuntalan esta imagen favorable: En primer lugar hay un ciclo sostenido de crecimiento y estabilidad económica que contribuye a que se genere un clima de optimismo moderado en la población respecto de las perspectivas hacia el futuro. Hace un año, el 41% de los limeños encuestados por el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica pensaban que su situación económica mejoraría en los próximos 12 meses. En febrero del 2007 ese porcentaje se ha incrementado a 57%.
En segundo lugar, el estilo del presidente García contrasta en gran medida con el de Alejandro Toledo. Desde un principio Alan García ha adoptado medidas que buscaban diferenciarlo radicalmente de su antecesor – básicamente en temas de austeridad – y que son bien vistas por la ciudadanía. Asimismo, García tiene un manejo mediático y de la agenda pública mucho más proactivo que Toledo, lo que lo mantiene como el principal agente de las iniciativas del debate público.
En tercer lugar, no existe una oposición consolidada frente al gobierno, ni en el ámbito parlamentario ni entre los líderes de los demás partidos políticos. García no tiene contendores fuertes y orgánicos que en determinado momento “le enmienden la plana” o que le disputen la iniciativa política. Desde el principio, Toledo tuvo que enfrentarse a una oposición – moderada – del APRA en el parlamento y una “marcación individual” por parte de los medios, especialmente a raíz del mal manejo del “affaire Zaraí” al inicio de su gobierno. La popularidad que Toledo perdió en esos meses cruciales de inicio de su gobierno nunca más la volvió a recuperar.
Con las cifras actuales de aprobación, el presidente García se ubica en una zona que podemos llamar de “aprobación crítica”, es decir tiene una evaluación positiva pero que podría convertirse rápidamente en negativa si llegasen a ocurrir acontecimientos o circunstancias que precipiten una erosión de la imagen presidencial (como algún escándalo importante mal manejado mediáticamente). Otro elemento que podría deteriorar más lentamente la aprobación presidencial es la frustración de las expectativas que la población ha depositado en el gobierno, especialmente en lo que concierne a una mejor distribución de los beneficios del crecimiento económico.
De acuerdo con las últimas encuestas publicadas, el presidente Alan García tendría un nivel de aprobación del 50% a nivel nacional (encuesta de Apoyo del 14-16 de febrero) y de 55% en Lima Metropolitana (encuesta de la Universidad Católica del 2-3 de febrero). Si los comparamos con las cifras del ex presidente Alejandro Toledo, estos niveles de aprobación resultan muy favorables. En tal sentido son un indicador positivo para la gobernabilidad de un régimen político presidencialista como el peruano, que se sustenta en gran parte en la figura del jefe de Estado.
Creo que hay tres factores que apuntalan esta imagen favorable: En primer lugar hay un ciclo sostenido de crecimiento y estabilidad económica que contribuye a que se genere un clima de optimismo moderado en la población respecto de las perspectivas hacia el futuro. Hace un año, el 41% de los limeños encuestados por el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica pensaban que su situación económica mejoraría en los próximos 12 meses. En febrero del 2007 ese porcentaje se ha incrementado a 57%.
En segundo lugar, el estilo del presidente García contrasta en gran medida con el de Alejandro Toledo. Desde un principio Alan García ha adoptado medidas que buscaban diferenciarlo radicalmente de su antecesor – básicamente en temas de austeridad – y que son bien vistas por la ciudadanía. Asimismo, García tiene un manejo mediático y de la agenda pública mucho más proactivo que Toledo, lo que lo mantiene como el principal agente de las iniciativas del debate público.
En tercer lugar, no existe una oposición consolidada frente al gobierno, ni en el ámbito parlamentario ni entre los líderes de los demás partidos políticos. García no tiene contendores fuertes y orgánicos que en determinado momento “le enmienden la plana” o que le disputen la iniciativa política. Desde el principio, Toledo tuvo que enfrentarse a una oposición – moderada – del APRA en el parlamento y una “marcación individual” por parte de los medios, especialmente a raíz del mal manejo del “affaire Zaraí” al inicio de su gobierno. La popularidad que Toledo perdió en esos meses cruciales de inicio de su gobierno nunca más la volvió a recuperar.
Con las cifras actuales de aprobación, el presidente García se ubica en una zona que podemos llamar de “aprobación crítica”, es decir tiene una evaluación positiva pero que podría convertirse rápidamente en negativa si llegasen a ocurrir acontecimientos o circunstancias que precipiten una erosión de la imagen presidencial (como algún escándalo importante mal manejado mediáticamente). Otro elemento que podría deteriorar más lentamente la aprobación presidencial es la frustración de las expectativas que la población ha depositado en el gobierno, especialmente en lo que concierne a una mejor distribución de los beneficios del crecimiento económico.




