Por David Sulmont
Nota: Varias de las ideas expresadas en este texto están basadas en los argumentos elaborados por Scott Althaus en: Collective preferences in democratic politics. Opinion surveys and the will of the people. Cambridge: Cambridge University Press, 2003.
En una democracia, el sufragio universal constituye el mecanismo por excelencia que permite la expresión de la voluntad popular a través de la elección de quienes recibirán el encargo de tomar las decisiones políticas fundamentales en nombre de los ciudadanos. Es por ello que el cuidadoso diseño de un sistema electoral es una tarea fundamental, ya que es la herramienta que permite que se refleje de la forma más transparente y legítima posible la voluntad de la ciudadanía.
Sin embargo, las elecciones, más allá de su carácter fundacional para la legitimidad democrática de un gobierno, son eventos cuya periodicidad puede resultar limitada si coincidimos con la idea de que una democracia saludable requiere de una participación activa de la ciudadanía en el debate político. Incluso si los representantes electos del pueblo tienen el mandato y la legitimidad para tomar decisiones en nombre de la nación, es necesario que estas decisiones guarden correlación con los intereses y voluntades que se supone representan. Si como fue planteado desde la filosofía política del siglo XVIII, la opinión de la ciudadanía – la opinión pública – es el sustento de la legitimidad de las decisiones políticas en una democracia, puede resultar insuficiente que ésta se haga conocer sólo cada 4 ó 5 años cuando hay un proceso electoral.
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Nota: Varias de las ideas expresadas en este texto están basadas en los argumentos elaborados por Scott Althaus en: Collective preferences in democratic politics. Opinion surveys and the will of the people. Cambridge: Cambridge University Press, 2003.
En una democracia, el sufragio universal constituye el mecanismo por excelencia que permite la expresión de la voluntad popular a través de la elección de quienes recibirán el encargo de tomar las decisiones políticas fundamentales en nombre de los ciudadanos. Es por ello que el cuidadoso diseño de un sistema electoral es una tarea fundamental, ya que es la herramienta que permite que se refleje de la forma más transparente y legítima posible la voluntad de la ciudadanía.
Sin embargo, las elecciones, más allá de su carácter fundacional para la legitimidad democrática de un gobierno, son eventos cuya periodicidad puede resultar limitada si coincidimos con la idea de que una democracia saludable requiere de una participación activa de la ciudadanía en el debate político. Incluso si los representantes electos del pueblo tienen el mandato y la legitimidad para tomar decisiones en nombre de la nación, es necesario que estas decisiones guarden correlación con los intereses y voluntades que se supone representan. Si como fue planteado desde la filosofía política del siglo XVIII, la opinión de la ciudadanía – la opinión pública – es el sustento de la legitimidad de las decisiones políticas en una democracia, puede resultar insuficiente que ésta se haga conocer sólo cada 4 ó 5 años cuando hay un proceso electoral.
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