En la Ética de primera generación, fue sin duda la educación religiosa, con su propuesta de explicación total del sentido del mundo y la vida humana, la que aseguró primero la internalización y respeto de los deberes éticos, a través también de un sistema de recompensas y amenazas. Luego, con el proceso de laicización moderna de la educación, es a la educación moral familiar y escolar que se le encarga hacer interiorizar y respetar las normas morales a los individuos.
En la Ética de segunda generación, pasamos de una coacción meramente interior a una coacción asegurada por la ley jurídica. No sólo tengo que respetar mis deberes éticos por mí mismo, sino que la ley jurídica me obliga a hacerlo y me sanciona si no lo hago. A partir de ahí, el respeto y acatamiento ético puede ser consolidado por el interés bien calculado y el miedo al castigo penal.
En la Ética de tercera generación, son toda una serie de instrumentos de gestión, normas, estándares, reportes, auditorías de calidad, consultorías y vigilancias, diagnósticos los que, junto a la ley, funcionan como aseguradora del acatamiento del deber moral.
Es obvio que no podemos prescindir de ninguna de las 3 herramientas, ni la educación moral, ni la ley jurídica, ni los sistemas de gestión de calidad, para asegurar hoy que se respete la ley moral y que se la encarne con coherencia (congruencia entre lo que se declara y lo que se hace). En ese sentido, nuestra época debería ser la primera capaz de realmente "administrar la ética" y garantizar su máximo acatamiento, y no sólo apelar a ella en discursos retóricos de poca fuerza de coacción y convencimiento.
Mitakuye Oyasin!
François Vallaeys






