Hace tiempo no publico artículos, lo cual no implica que he dejado de escribir. Es realmente inevitable para mí dejar de escibir en mi mente, cada suceso merece una reflexión, ya sea productiva o inútil, graciosa o seria, confusa o nítida, pero una reflexión al fin y al cabo que nos hace más conscientes de lo que somos y hacemos.
En esta oportunidad -mismo floro de vendedor de caramelos en el micro-, ya que tengo demasiada pereza para escribir un artículo completo y adaptado a un público específico como ustedes -vagos adictos al hi5 y cuanto se presente en pantalla, me incluyo-, cito el ensayo que presente hoy para mi curso de teología. Espero que si no les parece muy serio y aburrido, lean con detenimiento la parte final, la cual trabajé en plena lucidez la madrugada anterior a la entrega del ensayo -menos mal que los profesores no leen esto, ¿o si?-. Ahí les va:
«Desde que el hombre tiene memoria, siempre ha estado acompañado por constantes incógnitas sobre su propia existencia y del mundo que lo rodea: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Para que vivimos? Éstas se pueden resumir en una sola pregunta: ¿Qué sentido tiene nuestra existencia, nuestra vida?
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