Archivos de septiembre,2010
Proyecciones macabras
septiembre 30, 2010La promesa de un baile, unas copas y, quizá, algo más. Y ahora estaba huyendo escaleras abajo, perseguida por un sicópata al que no puede ver el rostro, rostro que siente su desesperación, su miedo. Alcanza la salida del callejón, divisa la calle principal y corre con mayor ímpetu, tratando de salvarse. Mas no, él ya llegó allí. La hace retroceder hacia el alambrado que separa el paso al otro lado.
Ella quiere abrir aquellas puertas pero el candado encadenado no se lo permite. Entonces, trepa sobre la estructura con esfuerzo, llega a la parte alta y se arroja, logrando cruzar al otro lado. Sin embargo, no cae bien: la rodilla golpeada le resiente el movimiento. Más todavía, una sombra creciente se aproxima a la víctima. Del piso ella se levanta pero es muy tarde: un único grito rompe, temporalmente, el reinante silencio de la noche…
(continúa)
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo siete)
septiembre 28, 2010“Ya llegamos”, le dijo Rodrigo al llegar a la esquina, “te voy a pedir un taxi”. Paró uno y aceptó llevarla. “Vente conmigo”, le rogó ella antes de subir. Él estuvo a punto de decir que no pero algo lo detuvo. “Quizá esta sea la oportunidad de descubrirlo todo”, pensó para sí mientras se acomodaba en el asiento.
Afuera la marcha del vehículo tenía una velocidad normal. Adentro, la sensación era la del tiempo detenido por una misteriosa fuerza, la misma que lo conminaba a Rodrigo a abrazar a Emilia y a consolarla tocando suavemente un pequeño mechón de su cabello. Era tanto su apego que no se dio cuenta cuando el taxista paró.
“Señor, señor”, le pasó la voz el taxista antes que Rodrigo se diera cuenta que estaban ante la casa de Emilia. Pagó y los dos bajaron del auto. Ella lo llevaba agarrado de su mano y, una vez que abrió la puerta, lo iba a hacer ingresar. Mas él se contuvo. Emilia sintió el tirón de la negativa en su brazo y volteó la mirada para ver qué sucedía.
“Creo que no es buena idea ingresar”, casi le susurró él, “nos estamos viendo otro día”. Entonces, escuchó la frase que delataba una cierta conexión: “¿y si acaso es esta la oportunidad que lo descubras todo?”. Eso fue suficiente argumento para él. Empezó a besar a Emilia, primero con nerviosismo, luego con mayor tranquilidad. Entonces, su celular empezó a sonar…
(continúa)
Entrevista en la casa gris (capítulo final)
septiembre 27, 2010"Sí", afirmé emocionado mientras estrechaba la mano del misterioso escritor, quien esbozó una profunda expresión de alivio. "Sólo queda algo por hacer", dijo Valera y empezó a redactar unas cantas palabras en un viejo papel. Una vez que el lápiz cesó en su movimiento, él me pasó el papel y me pidió que lo leyera.
"Yo, Ernesto Segovia, relevo a Dante Valera como inquilino y protector de esta casa. Asumo los derechos de uso que me confiere este puesto, así como los deberes de amntener el secreto y escoger un servidor. Dante Valera, eres libre", decía el papel y, al instante, el viejo escritor se sintió muy cansado.
Tuve que recostarlo en el sofá grande para que pudiera respirar con mayor comodidad. Unos minutos después, la puerta se abrió: era Rosalía, que traía unas bolsas. Al verlo en ese estado, las dejó caer sobre el piso y rauda se acercó hacia él, tomando su mano con preocupación.
"Está hecho", le dijo Dante con dificultad. "Está bien. Ahora nos vamos", le contestó ella y lo ayudamos a levantarse con algo de esfuerzo. Me pareció tan admirable y tan excelsa aquella simpatía entre estas dos personas que el corazón pareció derrumbar por un minuto mi deseo: "¿y qué haré si me enamoro?", le pregunté al escritor que ya pisaba la salida junto a Rosalía.
Dante la miró, tratando de encontrar alguna respuesta salvadora, y luego volvió lentamente su cara hacia mí. "Tu contrato te deja comprometido con este lugar. Ya no puedo hacer nada más", habló con resignación el viejo escritor. Avanzó unos pasos mientras Rosalía cerró la puerta detrás de ellos. Y hoy que escribo esta historia espero latente el amor que me desate, aunque mi vida termine, del solitario lazo que me ata a esta casa gris.
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo seis)
septiembre 24, 2010Él no se percató rápidamente que el transporte pasaba por allí. Al voltear, quiso hacer un gesto con la mano para que parara pero no tuvo éxito. Desesperado y algo molesto, Rodrigo extendió el brazo para tomar un taxi. “A Venezuela cuadra doce”, fue lo único que dijo antes de que el coche partiera raudamente.
Llegado al sitio, él empezó a buscarla por tiendas, restaurantes y otros establecimientos. A uno y otro lado de la calle, veía a la gente llegar para hacer compras. Sin embargo, aquel rostro tan tierno parecía haberse esfumado como humo en el viento. Como no la encontrara en esa cuadra, cruzó la pista y se dirigió a la siguiente.
Fue así como, luego de subir unas cuantas cuadras, la encontró: sentada sobre el borde de la acera, allí esperaba Emilia, la cara llorosa, el cabello alborotado y las manos magulladas. “Emilia”, la llamó él con un tono suave. Ella lo escuchó y dirigió su mirada hacia donde él estaba. Entonces, se levantó y corrió a su encuentro.
Se quedaron así, juntos y abrazados, parados en medio de la calle, como si nada más importara, sólo el estar allí, ella desahogándose, él consolándola en silencio. “Yo quise defenderme, Rodri”, dijo Emilia con voz quebrada, “pero él era más fuerte que yo”. Rodrigo la dejó contar su relato mientras ambos andaban hacia el paradero…
(continúa)
El faro del abismo (capítulo seis)
septiembre 22, 2010Aunque los demás, extasiados con la arenga, empezaron a ordenar la cubierta, Anselmo dudaba. Aquella tormenta que atacó traicionera la embarcación no podía ser un simple hecho de la naturaleza. Así que, una vez que estuvieron listos para zarpar, se dirigió donde Zenón y le expresó sus temores: “Los dioses no nos dejarán llegar a Endevia”.
“Tonterías”, le replicó el viejo marino, “mira”. Y le indicó el mar, tan sereno y calmo como una sábana tendida. Pero el temor de Anselmo no se desvaneció. Por el contrario, decidió recluirse en su camarote. Siguió pensando en aquel episodio, hasta que el tranquilo vaivén de las olas lo aturdió sobre el lecho.
Un sonoro remezón lo despertó bruscamente de su sueño. Subió a cubierta y descubrió que el cielo, antes tan celeste y tan plácido, habíase oscurecido y el viento empezaba a arreciar sobre el navío. Se acercaba hacia donde estaba Zenón cuando, apartándose algunas nubes, miró algo extraordinario: una luz algo débil que se posaba en la embarcación.
El viejo marino conducía hacia aquella luz, proveniente de una silueta oscura que apenas pudo divisar. “¡Un faro!”, exclamó Anselmo emocionado, “¡estamos salvados!”. “No. No lo estamos”, refutó Zenón a su segundo con voz enérgica. Fue entonces que le mostró la esfera que emana una roja luz. “Este es el ojo de Endevia”, gritó el marino con todas sus fuerzas y señalando a la columna dijo, “y ese… ¡ese es el faro del abismo!”…
(continúa)
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo cinco)
septiembre 20, 2010Rodrigo avanzó hacia aula. Era el viernes de aquella última semana antes de los exámenes finales. Sin embargo, no estaba tranquilo: rara situación, porque de ahora en más sólo se dedicaría a estudiar por su cuenta. Era la conversación con Giuli la que lo tenía en ascuas. “¿Acaso fue un ultimátum?”, se preguntaba a menudo en voz baja.
Rodrigo entró. Como de costumbre, Emilia aún no había llegado y ya eran como las cinco y media; así que la llamó para ver por dónde se encontraba.
- Jelouu, Rodri.
- Hola, Emi. ¿Ya estás por llegar?
- Pues claro, chico. Aunque creo que este carro está dando muchas vueltas.
- ¿Ah? No lo creo. ¿Por dónde?
- No sé. Creo que dice Venezuela… Doce algo
- Vaya. Tons, te espero.
- Ok… Hey, ¿qué haces?
- Emi, ¿qué sucede?
“Emi, Emi”, repite Rodrigo sin entender aún lo que ha pasado. La llamada se corta. Intenta de nuevo pero el silencio es la única respuesta. “Le robaron el cel”, piensa un poco indignado y luego sus ojos se asombran: “esta loca no se va a quedar tranquila”. Sale raudo del aula con dirección al paradero, en el momento justo que va cruzando un ómnibus hacia aquella avenida…
(continúa)
Entrevista en la casa gris (capítulo nueve)
septiembre 18, 2010Por lo que últimamente estuve más ocupado en pensar en Rosalía y buscar a un posible reemplazo que a escribir. Y fíjese, joven, que observé buenos prospectos: informes de verdaderos talentos con potencial de convertirse en ilustres luminarias leí sobre mi mesa pero, en el momento de la verdad, no supieron ser discretos. Y lo lamento mucho por ellos, porque pasarán por la historia sin que el mundo los recuerde.
- Un momento, -pareció extrañarse el periodista- ¿eso significa que yo…?
- Sí. Tú has sido el elegido.
- ¿Y qué le hace pensar que yo aceptaré?
- Porque te conozco. Eres dedicado y pulcro en tu trabajo, un idealista y muy sacrificado. Sé que renunciaste a mucho, incluso a un buen puesto corporativo y aceptar un modesto puesto en un periódico, sólo por desarrollar tu sueño: ser un gran escritor.
El periodista quedó mudo un par de minutos. Ciertamente, conocer a Valera era como tocar ese ansiado sueño. ¡Y escucharlo proponerle ser su sucesor es más de lo que podía pedir! Dejó su libreta y su lapicero a un costado sobre el sillón y se tomó la cara con las manos. Unos segundos después, su emoción se reflejó en un sollozo y las lágrimas que caían por sus mejillas.
- Y bien, -prosiguió el misterioso escritor- ¿aceptas?
(continúa)
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo cuatro)
septiembre 16, 2010Se pusieron de acuerdo y, tres días después, avanzaron con uno de los cursos. A partir de allí y durante los dos meses siguientes, las visitas de estudio se hicieron tan frecuentes como largas, quizá porque Rodrigo no se hacía entender muy bien, quizá porque Emilia hacía como que no le captaba del todo.
Sin embargo, este mismo tiempo que aprovechaba Emilia en tener a Rodrigo cerca, era el mismo que para Giuli significaba una incómoda ausencia. Un día que pararon a tomar café en una banca del centro comercial, ella decidió poner puntos sobre las íes. "¿No crees que estamos pasando menos tiempo juntos?", le preguntó ciertamente fastidiada.
Rodrigo se quedó callado un momento. Había pensando que algún día su relación se iría al tacho, pero no estaba consciente de que ocurriría tan pronto. Como admitiendo lo sucedido y sintiéndose repentinamente muy cansado, levantó sus manos y ocultó su cara entre ellas. Luego, las pasó asiendo su cabello mientras inclinaba los codos sobre sus rodillas.
"No te preocupes", habló él en tono conciliador, "mira que ya acaba el semestre y sólo pensaremos en los dos el verano que ya viene". La expresión de Giuli cambió: su rostro pareció relajarse un poco, ceeró los ojos y exhaló un tenue suspiro. "¿Me lo prometes?", preguntó ella un tanto más tranquila. "Sí", respondió él, dándole a su enamorada un abrazo fuerte que contrastaba con su desconcertada cara...
(continúa)
El faro del abismo (capítulo cinco)
septiembre 14, 2010La tormenta amainó un poco luego de unas horas, pero la embarcación ya estaba fuera de su curso original. Entonces, anselmo dirigió el navío hacia la cercana costa del noroeste. Arrivó a una zona boscosa y, apenas bajó, empezó a inspeccionar los daños. No parecía haber alguno de consideración, por lo que aprovechó para que la tripulación tomara un descanso.
Fue durante ese lapso que Zenón salió de su aposento. El viejo marino tenía una lamentable apariencia, con ojeras pronunciadas y una baraba abundante. sin embargo, o peor era ese olor pestilente que provenía de sus ropas, fruto solamente del descuido. Anselmo quedó impactado con tal aspecto, mas su preocupación se desvaneció al observarlo lavarse y rasurarse.
Una vez que terminó de asearse y vestirte con atuendos nuevos, el marino se le acercó: "Veo que ya está mejor". "Gracias, mi viejo amigo", le contestó Zenón con amabilidad, "de no ser por tu guía, habríamos sucumbido en esa tormenta. Ahora, tomo el mando". Y dirigiéndose a los hombres rescostados sobre los árboles, les arengó: "Zarpamos a Endevia"...
(continúa)
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo tres)
septiembre 13, 2010Rodrigo no sabía qué hacer: si le decía a Giuli que se quedaba, probablemente ella estaría molesta por unos días; si le decía que no a Emilia, perdería la oportunidad de darle una buena explicación sobre su relación. "¿Rodri, estás ahí?", habló Emilia por el celular. "Voy en un momento", respondió él ante la sorpresa de su enamorada.
"Ven", le dijo a Giuli tomando su mano, "necesito que veas a alguien". Giuli pensó para sí que la reacción de su enamorado fue un poco brusca pero decidió confiar en su buen juicio. Luego de unos cinco minutos, llegaron al mismo salón de la otra vez y se acercaron hacia Emilia.
Ella veía hacia el cuaderno mientras trataba de entenderlo. Hizo una mueca de fastidio, haciendo visible que no logró su objetivo. De pronto, alzó la mirada y los vió a ambos caminando hacia donde estaba. "Hola Emi", la saludó Rodrigo con tranquilidad, "te presento a Giuli, mi enamorada". Dicho esto, él esperaba alguna reacción alborotada de su amiga.
Mas quedó gratamente soprendido: Emilia esbozó una sonrisa al saludar a Giuli y, al menos en apariencia, mostraron plena simpatía por la otra. "¿Te parece si estudiamos otro día?", preguntó Rodrigo, como confirmando la buena onda. "Of course, Rodri", dijo Emilia de lo más fresca, "ya me ayudas otro día"...
(continúa)
Entrevista en la casa gris (capítulo ocho)
septiembre 10, 2010Pasaron algunos años más hasta que, cosa de un par de meses, en una ocasión me la quedé esperando pero no vino. Para suerte mía había guardado suficiente comida; sin embargo, me extrañó su no aparición y empecé a considerar una serie de posibilidades.
Ella llegó normal en la próxima ocasión, pero oscuros pensamientos deambulaban mi cabeza. Así que mientras ordenaba las cosas, le pregunté el por qué de su anterior ausencia. "Fui al médico", me dijo con tono resignado y luego pronunció su confesión, "tengo una enfermedad incurable y no me queda mucho tiempo".
Abracé entonces a Rosalía, que ya era una señora de poco más de cincuenta años, y lloramos juntos un largo rato. "Tranquila", le consolé mientras acariciaba aquel cabello canoso, "no te preocupes que no estarás sola".
- Esto significa que...
- Sí, abandonaré este lugar.
- ¡Y cómo quedará la casa?
- Buscaré un reemplazo -respondí con decisión-.
(continúa)
Entrevista en la casa gris (capítulo siete)
septiembre 08, 2010La hice pasar y le pregunté cómo se llamaba. "Rosalía", respondió ella mientras dejaba las bolsas en la cocina. La seguí con la mirada cuando colocaba los alimentos en la refrigeradora. "¿Sabes quien soy?", la detuve antes que se fuera. "No señor", dijo la muchacha confirmando el pacto de silencio queEudocio le enseñó.
Aquella vez que la vi, aunque breve, fue suficiente para sentir simpatía por ella, a pesar de ser yo mucho mayor. Así pasaron algunas semanas, en las que logré saber algo más de Rosalía: resulta que era la sobrina más joven y leal de Eudocio, y ella lo había cuidado en su vejez hasta una enfermedad empezó a menoscabar su salud.
En su agonía, él le hizo prometer que no revelaría el secreto de la casa. "Ni preguntara sobre la identidad de su ocupante", comentó Rosalía en una de las cortas pláticas que tuvimos. Poco a poco, a medida que pasaron los años, estas eran más largas y amenas, una de las cuales, ocurrida como a los quince años de su primera visita, fue tan divertida como reveladora.
Después de una broma algo inocentona que terminó en sonoras risas de ambos, ella dijo "¡qué gracioso es usted, cómo me gustaría pasar más tiempo aquí!". Algo avezado, le pregunté de la nada si quería pasar el resto de su vida conmigo. "Si tuviera unos años menos, sí", respondió Rosalía con la coquetería de sus cuarenta...
(continúa)
Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli (capítulo dos)
septiembre 06, 2010Al día siguiente, Rodrigo llamó a Emilia pero sólo le respondía la casilla de voz. Pensando que entendería la noticia pero que necesitaba tiempo, él no intentó de nuevo. Al cabo de una semana, sin embargo, el hecho de no mandarle avisos lo tenía medio preocupado. Así que decidió escribirle a su correo electrónico: no obtuvo respuesta.
El asunto se ponía feo al ver que las clases a las que ambos asistían tenían una ausente notoria. Pasó otra semana más, y Rodrigo la llamó otra vez. Peor: sonaban dos timbradas y cortaban al otro lado. Finalmente, más tarde aquel mismo día, le envió un SMS. “Emy, sorry x no aberlo dixo ants, spero ke stes bien y t acuerds d studiar. Rodri”, redactó antes de teclear “send”.
Y al instante después, se estaba arrepintiendo. “¿Por qué lo escribí?”, se dijo contrariado, “si está de veras interesada en pasar las evaluaciones, pues Emi debería llamarme”. “Creo que eso es todo”, se resignó y empezó a caminar con rumbo a la salida. En pleno trayecto se encontró con su enamorada.
Ella lo besó efusivamente, pero era como si besara una pared. “Estás raro”, le comentó Giuli, “¿sucede algo?”. “No, qué va, todo bien”, intentó disimular Rodrigo su desgano, “vámonos”. Volvieron a caminar hacia la salida. Tras unos cuantos pasos, el aparato empezó a vibrar en su bolsillo. Rodrigo respondió. “¿Dónde estás, Rodri?”, era la voz desesperada de Emilia…
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Entrevista en la casa gris (capítulo seis)
septiembre 04, 2010“¿El amor?”, preguntó sorprendido el periodista. “Verás”, empezó a explicar Valera: El tiempo pasa de forma muy distinta aquí dentro. En promedio, un día aquí son tres días en el mundo normal. He pasado aquí treinta y cinco años pero, para todos los demás, son tres periodos de treinta y cinco años, es decir poco más de un siglo.
Y si bien esta casa provee comodidades para mi quehacer intelectual, mas no ocurre de la misma manera para mis necesidades de alimentación, información y otros. Pues bien, siempre tengo una persona de confianza que realiza esta labor de manutención, una especie de servidor que cuida el secreto de la casa como su vida misma.
Pero, como ellos envejecen más rápido que yo, me veo en la obligación de cambiar de servidor después de algunos años. Eudocio, una confiable persona y mejor amigo, estuvo haciendo esa labor hasta hace unos veinticinco años normales. Sin embargo, un día abrí la puerta y descubrí a una muchacha de tez trigueña que me miraba con aire de tristeza. “Eudocio falleció”, dijo ella con voz quejumbrosa, “soy su nueva servidora”…
(continúa)
El faro del abismo (capítulo cuatro)
septiembre 02, 2010Al día siguiente, Anselmo se despertó temprano. Esperaba que el viejo marino, ya más calmado por el descanso de aquella noche, se animara a hablar sobre el oculto objeto. Sin embargo, caminado por la cubierta, notó a varios ayudantes y esclavos pero Zenón no hacía acto de presencia. “Qué raro”, pensó para sí, y se dirigió hacia el aposento del capitán.
Tocó a la puerta dos veces y no le contestaron. Pero insistió tanto con los golpes de nudillo a la tercera que el viejo marino se levantó de su letargo y se dispuso a abrir la puerta. Mas cambió rápidamente de decisión y se limitó a preguntar quién era. “Soy Anselmo”, respondió el otro, “pensé que estaría afuera”.
“No”, contestó con voz agria Zenón, “hoy estoy enfermo”. Y le pidió a su segundo que se encargara del rumbo. Entonces, Anselmo tomó el mando de la embarcación. A la hora del ocaso, él divisó la punta de una costa verdosa. “Endevia”, exclamó el marino, “al anochecer desembarcaré”. Su entusiasmo, por desgracia, se topó con una inesperada realidad.
Fuertes vientos empezaron a soplar de repente, y una lluvia infernal se desató a unas millas de llegar. Anselmo animó a la tripulación a mantener el rumbo; sin embargo, las olas se le opusieron con mayor resistencia, arrastrando el barco mar adentro. El marino caminó, no sin dificultad, hasta el aposento de Zenón. “Señor, la tormenta arrecia”, gritó desesperado tratando de obtener su ayuda…
(continúa)






