Es innegable asegurar que el trabajo constituye una parte fundamental en la vida del hombre. Desde ser el origen de sus recursos económicos para llevar su vida hasta el mismo sentido de esta vida para muchos. Sin embargo, cada trabajo tiene sus propias características dadas por su contexto externo e interno, algunas de estas no son propiamente modificables para que el mismo individuo se desenvuelva mejor en él. Una revisión a las características específicas y del contexto se ha visto en Causas y factores que pueden originar el estrés (Zavala, 2008).
Patologías Psicolaborales
Se habla de riesgos psicolaborales cuando en determinado trabajo se dan situaciones psicológicas que pueden suponer una probabilidad de sufrir alteraciones y desajustes emocionales tarde que temprano (FETE-UGT, 2003). Por lo mismo, a estas consecuencias se les llama psicopatologías laborales, y generalmente suelen reconocerse las siguientes: estrés laboral, burnout y mobbing.
El estrés laboral docente y el burnout ya se han discutido en varios artículos previos; el mobbing, en cambio, viene a ser un concepto nuevo en este Blog.
El término fue acuñado originalmente por el sueco Leyman para referirse al acoso u hostigamiento laboral, también llamado psicoterror; “por parte de una persona -habitualmente un superior jerárquico- o varias, durante un periodo continuado (varios meses)” (Acoso laboral o “mobbing”, s/a). Por su parte, Collado (en Romero, 15:2005) lo decribe “como un comportamiento atentatorio a la dignidad de la persona, ejercido de forma retirada, potencialmente lesivo y no deseado, dirigido contra uno o más trabajadores, en el lugar de trabajo o como consecuencia del mismo”.
Nota: Una definición de mob viene a ser “presionar en grupo” o “apachurrar” (Trad. lib. del Websters)
Las manifestaciones psicológicas de la víctima que llega a sufrir el mobbing, acoso, hostigamiento o psicoterror son ansiosas o depresivas, que inclusive la pueden llevar al suicidio.
Mobbing: Composición con imágenes de internet.
Algunos confunden las manifestaciones del hostigamiento o mobbing con las del burnout. En el documento de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza se pretende explicar esta posible razón de ello, que puede ser por la coincidencia de la depresión y la distimia.
“El síntoma fundamental de la depresión es la tristeza. La tristeza del depresivo se diferencia de la tristeza normal en que está mucho más corporalizada. Es una tristeza vital, sin motivo concreto. Si se le pregunta dónde localiza su tristeza, se señala alguna parte del cuerpo: el corazón, el pecho, el estómago. La distimia, por su parte, es un trastorno que supone una alteración del estado de ánimo menos grave que la depresión mayor. Se caracteriza por ser constante, estable en el tiempo, mientras que la depresión mayor, presenta unos períodos de mayor gravedad alternado con períodos de remisión” (FETE-UGT, 2003: 11-12).
Otras psicopatologías docentes
Castilla del Pino (en Ortiz, 1995: 98) describe cuatro determinados tipos de actitudes entre los docentes que llegan a padecer desajustes y crisis de identidad:
a) Actitudes nihilistas que aparecen como consecuencia de una excesiva depreciación de sí mismo.
b) Actitudes autoritarias, que consisten en una desviación hacia el abuso de poder, al no lograr la afirmación equilibrada del sí mismo.
c) Distanciamiento, consistente en una especie de inaccesibilidad y autismo social, como estrategia defensiva de su “yo” débil.
d) Autoexaltación con heterodescalificación, que se manifiesta en un exhibicionismo de sí mismo en forma de pedantería, y de meticulosidad en exigir a otros lo que no se exige a sí mismo.
Estas tipologías ayudan a reconocer que esos rasgos tan peculiares que –posiblemente- se ven en más de alguna organización y que no son siquiera extraordinarios. Existen y hasta son más comunes de lo imaginado, pero que pocas veces se llevamos a un análisis más profundo: los docentes somos susceptibles a sufrir desajustes emocionales a lo largo de nuestra trayectoria laboral, sobre todo, después de algunos años en organizaciones que no ofrecen condiciones adecuadas para este tipo de trabajo. Claro que estas pueden ser parte de ese concepto incluyente que viene a ser el malestar docente y otra de sus consecuencias, como lo es el burnout. Sin embargo, en los estudios revisados estas manifestaciones no son atribuidas propiamente a este padecimiento.
La neurosis entonces, pudiera ser tan intrínseca a la labor docente que pudiera desarrollarse quizá de manera independiente a otras dolencias emocionales. “Sin entrar en las distintas características que puede presentar cada tipo específico de neurosis, la sintomatología general más frecuente del desarreglo neurótico se caracteriza por presencia de angustia, irritabilidad, déficit de atención-concentración, inquietud, deficiente control de impulsos agresivos, desarreglos en la alimentación, el sueño y la sexualidad, tics comunicacionales, y presencia de astenia como del estado de tensión que el sujeto debe soportar” (Vallejo et al. en Ortiz, 1995: 97).
Y esa supuesta “fama” de la conflictividad de los docentes parece argumentarse bajo estos estudios que nos llevan a pensar en la vulnerabilidad del docente para las neurosis principalmente. “La conflictividad del neurótico dificulta la relación del sujeto consigo mismo y con los demás, lo que impide la consecución de una buena integración interior, presentando un equilibrio interno inestable y una mala aceptación personal. Su propia inseguridad también dificultará la relación con los demás, adoptando posturas rígidamente defensivas, que impiden una relación fluida y espontánea” (Ortiz, 1995:97).
A manera de cierre del apartado:
¿Qué clase de organizaciones hemos creado? No es un cuestionamiento culpabilizador para los docentes de una escuela, sino un llamado a la reflexión a los mismos ministerios o departamentos de educación, escuelas formadoras de docentes y organismos y profesionales involucrados en el estudio y capacitación docente… pero también para nosotros, los docentes, que poco a poco debemos conocer y reconocernos como individuos posiblemente afectados y aceptarnos como somos para prepararnos, mejorarnos y corregirnos como docentes y personas.
REFERENCIAS:
Acoso laboral o “mobbing” (s/a). Visitado el 9 de agosto de 2009 en: http://www.acosolaboral.es/html/acoso.html
Federación de Trabajadores de la Enseñanza de UGT (FETE-UGT) (2003). Psicopatologías laborales: Enfermedades relacionadas con la docencia en Catálogos de Enfermedades Profesionales de los Docentes. Visitado el 9 de agosto de 2009 en:
http://fete.ugt.org/paisvalencia/salud%20laboral/Catalogo%20de%20enfermedades.htm
Ortiz Oria, Vicente M. (1995). Los riesgos de enseñar: la ansiedad de los profesores, Amarú Ediciones, Salamanca, 180 pp.
Romero Rodenas, María José (2005). Protección frente al acoso laboral en el trabajo. Bomarzo, España, 92 pp.
Era un mal día, se anunciaba una fuerte lluvia y el calor bajó por lo mismo. Llegué a la casa y comí algo ligero y me puse a terminar un artículo, trabajé bastante concentrado una hora… pero había una ligera molestia que no me dejaría continuar más.
-¿Qué pude haber hecho por mi salud y cuerpo este día?- Era mi pregunta dilema.
Si bien resolví los trámites que tenía planeados en la mañana y tarde, y recorrí varias cuadras caminando, aunado a un par de comidas por demás ligeras pero con suficiente valor nutritivo y calórico para retomar mi forma física más adecuada… en este día no me había dado el tiempo de hacer deporte, ni tampoco había consumido la suficiente agua natural (dos litros o más, aconsejan los expertos).
Así que sin hacer caso a la amenaza de la lluvia (que nunca llegaría) me coloqué mi ropa de trote/caminata, que consiste solamente en unos shorts, un polo suelto y un buen par de zapatillas deportivas –algo indispensable para evitar alguna lastimadura en los pies-. El único elemento adicional fue mi ipod, en el cual unas horas antes acaba de cargar música de una agrupación que estaba descubriendo.
Salí con mis audífonos tomando todas las precauciones en cada cruce de calles, ya que estos aíslan a uno del mundo. Caminé casi media hora –primero pausadamente mientras incrementaba mi ritmo- hasta llegar al lugar donde trotaría. Y las sorpresas comenzaron a surgir…
La tarde-noche ofrecía una cierta calma, el ruido me parecía ser mucho menos de lo cotidiano, pero yo traía mis audífonos así que si el ambiente me ofrecía menos decibeles o no era relativo. El detalle fue la música que iba descubriendo; lo suficientemente suave y relajada, y me parecía idónea para esta incipiente noche.
La noche calma, por José Zavala.
Una vez en la unidad deportiva las cosas mejoraban aún más: la pista iluminada la matizaba de manera nostálgica, y por el amenazante día, la cantidad de gente era mínima.
Durante treinta minutos troté/caminé/troté mientras el aire fresco de la noche y la música jazz me envolvían dulcemente. Y sin hacer esfuerzos excesivos ni exponerme a un cansancio inadecuado terminé bañado en sudor.
Cumpliendo una hora completa entre la caminata y el trote, y de regreso a casa comencé a beber agua. Las pantorrillas y pies los sentía calientes, cansados… a pesar de estas sensaciones en ningún momento me parecieron desagradables. Decidí tomar un bus de regreso en esta ocasión; caminar media hora más me parecía más que una exhibición un exceso que, considerando que al siguiente día tenía mentalizado alguna otra actividad física diferente.
De regreso en casa, ya con la música apagada, otro litro de agua me esperaba sin ningún esfuerzo. Ya con las zapatillas fuera y en su lugar unas sandalias, frente a mi computadora, surgieron tantas ideas para ser escritas sobre tantos temas… y mi disposición parecía más que adecuada.
Una hora (más veinte minutos del camino de regreso), casi litro y media de agua… un cansancio por demás relajado… y la satisfacción de haberle dado a mi cuerpo y salud otra oportunidad de seguirse manteniendo de manera adecuada.
¿Acaso esto puede ser un sacrificio de alto precio? ¿No es posible incorporar esta actividad un par de veces a la semana (para combinarla con algo más)? ¿Se requieren condiciones extraordinarias para alcanzar este nirvana antiestrés? ¿Nos está tragando la cotidianidad absorbente de una vida para trabajar solamente?
No lo creo así. Y espero que esta reflexión motive a cualquier docente a darse una oportunidad… esperando que se vuelva un saludable hábito.
Esta es la agrupación que tengo poco de descubrir. Quiero compartir su música, aunque es difícil que nuestros gustos coincidan... pero mi oferta es.
En torno a esta cuestión se podría reflexionar bastante. Un trabajador puede considerarse enfermo solamente cuando reconoce que padece algo que puede sanarse con “medicina”, y este padecimiento le puede llegar preocupa porque merma su capacidad laboral únicamente. En una lejana definición de la Organización Mundial de la Salud, la salud era El estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Sobre este enunciado se pueden cuestionar algunos aspectos que resultan más que relativos; alusivos a la salud biológica y la salud social.
¿Puede considerarse sano a un individuo sin afecciones biológicas evidentes pero que esté constantemente en tensión o postura defensiva durante su horario laboral? Por supuesto que no. Las dimensiones de la salud involucran aspectos como poder llevar una visa gozosa, capacidad relacional y pensamientos positivos.
Los aspectos de salud y enfermad están ligados a tres dimensiones según los nuevos y más amplios enfoques. Estas dimensiones son la individual, la social y la ambiental. Como Lettieri menciona: “El medio socioambiental y los cambios que en él se experimentan, ya sean estos bruscos o paulatinos, son interiorizados por las personas de tal manera que pueden llegar a configurar algunos aspectos importantes de su estilo de vida, su carácter, sus preferencias, etc. Sin embargo, el medio socioambiental no es un factor determinante del desarrollo de las personas. Desde una perspectiva evolutiva e interaccionista se considera que toda persona dispone de sus propios mecanismos cognoscitivos y sociales con los actúa sobre el medio” (Lettieri, 2008:2).
Pero, ¿qué tan complejos se vuelven los ambientes laborales escolares con todo aquello que allí converge? ¿Está el docente realmente preparado para entender y hacer frente a estas dinámicas?
Es ciertamente complicado percibir en la población actual de manera general actitudes saludables. Y del docente pudiera esperarse aún más de esto debido a la importancia e impacto de su persona en los educandos. ¿Pero es posible esto? ¿Forma parte del perfil del profesor tener este conocimiento de su salud y cómo preservarla?
Con esta última cuestión me refiero en sí a la misma formación docente, donde no se abordan los temas adecuados para lograr un perfil con énfasis en esto, o si en el proceso de selección y contratación llegan a considerarse este tipo de características saludables que le facilitaran una personalidad más eficaz para la enseñanza.
Tavárez hace un sondeo de los perfiles docentes de América Latina para hacer una comparación con las creencias reales, y en su reporte destaca que solamente un país (Panamá) define el perfil deseado como “un educador capaz de preservar y enriquecer su salud física, mental y social comprometido con los valores cívicos” entre otros aspectos que, prácticamente parecen excesivos. El utópico perfil del docente latinoamericano tiene fuerte tendencia a lo pedagógico, al conocimiento científico, a lo administrativo, a lo cívico y lo ético, pero a grandes rasgos el aspecto del conocimiento y metaconocimiento de la salud queda ignorado. “Como vemos son muchas las acciones tanto morales, científicas, de gestión y competencias personales que debe exhibir un docente cuando se gradúa y es colocado en su aula, ¿pero qué pasa luego con ese docente?, ¿quién lo apoya?, ¿quién le ayuda?, ¿quién lo supervisa o acompaña?, ¿qué investigaciones se hacen para verificar dicho perfil?” (Tavárez, 2005).
Todos los desafíos laborales que la docencia ofrece el individuo los enfrentará son sus propios recursos personales en una primer instancia; y en otra como parte del colectivo al que pertenece. La organización o escuela debiera pudiera gestionar entonces un capital cultural de la salud de sus miembros en promoción de la misma buscando mermar la fatiga residual y ese concepto multidimensional llamado malestar docente.
Se le llama fatiga residual aquel agotamiento que no ha podido tener una salida a manera de descanso con recuperación, y que por lo mismo se va acumulando con el paso del tiempo llegando a hacer que la persona se sienta cansada a pesar de las vacaciones o del posible ocio que esté en cierto momento disfrutando.
Por otra parte, la expresión del malestar docente “es considerada como la más inclusiva para describir los efectos permanentes de carácter negativo que afectan a la personalidad del maestro como resultante de las condiciones psicosociales en que se ejerce la función pedagógica de enseñar. Este término antes mencionado es el que ha podido nombrar el complejo proceso en el cual los docentes han ido expresando sus marcas subjetivas y corporales producidas en un proceso laboral soportado a costa de un importante desgaste y sufrimiento” (Lettieri, 2008:4). Dentro de todas las afecciones que llegan a caber en esta amplia expresión se encuentra el burnout.
A manera de cierre de esta entrega:
La locura es hacer una y otra vez lo mismo esperando un resultado distinto.
Si el colectivo docente en general, cada año continúa trabajando de la misma manera y percibiendo su persona, sus afecciones y sus relaciones como normales, poco a poco se estará entrando en un estado de salud difícil de entender y que traerá consecuencias en diversos ámbitos.
La salud docente es frágil por las condiciones laborales mismas y el contexto social que implica trabajar la enseñanza. Es hora de empezar a reconocernos como individuos cuyas competencias incluyan un estado de bienestar físico y mental; la gestión del estrés debe ser una parte obligada de toda organización escolar.
REFERENCIAS:
Lettieri, Adriana (2008). La salud del docente: Un docente sano como agente transmisor del concepto de salud.El Tercer Tiempo, Revista Digital para la Educación. Visitado el 28 de julio de 2009 en: http://www.eltercertiempo.com.ar/articulos/articulos-018.htm
Tavárez, Miledys (2005). ¿Perfil del Docente Latinoamericano: mito o realidad? Visitado el 20 de julio de 2008 en: http://www.educar.org/mfdtic/Documentos/perfildocente.asp
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