Gerardo -profesor de matemáticas, 45 años de edad, 26 años de servicio en escuela pública, casado, una hija- manifestaba ciertos rasgos peculiares:
***Difícilmente sonreía. De hecho, contemplaba algunas situaciones completamente estático, sin ninguna emoción en su rostro. Esto inclusive hasta en momentos familiares o de supuesta cordialidad.
***Su “rutina comunicativa” comenzó a ser muy marcada. Se quejaba de todo. Criticaba a todo mundo –obviamente menos a él-. Y recurría mucho al artilugio de “yo quise cambiar las cosas… pero no pude” (según porque a nadie le interesaba mejorar).
***En la escuela, Gerardo estaba teniendo varios conflictos de manera frecuente. Uno de ellos muy notorio; en un momento de cólera se quitó el cinturón y trató de lastimar a un alumno que en su clase lo desafió. Si lo lastimó o no terminó en mito de la escuela; un motivo para criticarlo o burlarse de él.
Gerardo, tenía un mecanismo racionalizador muy fuerte. Reconocía las situaciones en las que terminaba mal parado, pero justificaba su proceder. En el caso del alumno al que amagó declaró que “realmente era insoportable y su respeto y credibilidad (de Gerardo)” ante el grupo estaba en juego. Entonces, él actuó “porque tenía que actuar” y, a pesar (que según él) no lo golpeó, “las cosas mejoraron a partir de ese momento”.
Claro que esa mejora era muy cuestionable. Su falta de paciencia y tolerancia comenzaron a ser conocidos en todos los grupos de la escuela.
Otra peculiaridad de Gonzalo consistía en su manera de hablar. Específicamente de ciertos mensajes que dirigía a las mujeres del personal. Las criticaba de manera directa sin tener siquiera un motivo o una socialización previa con ellas.
A una empleada encargada de preparar la comida (que además era madre de familia de un alumno) le dijo secamente cuando pasaba por allí que sus preparados “eran comida basura”. A una secretaria la abordó cuando ella salía de la escuela fuera de horario, y le preguntó “¿por qué siempre usted sale antes de tiempo?”. A otra le criticó un arreglo cosmético, dijo que él “jamás pagaría un precio tan exagerado por algo así”.
Obviamente había reacciones hacia sus comentarios. Reacciones pasivas, no en el momento que ocurría sino conversaciones posteriores en su contra, motivos de charla y rumores sobre su persona. (Se le definía como un tipo maltratado en su casa, que iba a la escuela en busca de venganza)
Cuando un compañero le contó los comentarios se decían debido a su manera tan poco cortés de tratarlas, él -primeramente molesto y después racional- comentó despectivamente que “esas mujeres no aguantaban nada”.
Gerardo había tenido una charla previa con un terapeuta. En esa ocasión esa persona le había ayudado a reconocer ciertos elementos que él parecía manifestar constantemente pero no había reflexionado y reconocido. Aceptó que tenía cierta “desilusión” por la enseñanza, que sentía frustración por ver tantas falencias y vicios en la escuela y en el mismo sistema de educación pública. Insistió también que desde un inicio él quiso cambiar muchas cosas para el bien de todos (sin embargo cuando se le cuestionó cómo quiso hacerlo se limitaba a decir “hablando con cada uno en la escuela”).
Otra de las situaciones donde él mostraba gran rechazo era hacia la política sindical, la cual consideraba rebasaba lo educativo para meterse de lleno a la política nacional. Entonces aprovechaba las reuniones políticas para manifestarse en contra y con esto llegaba a generar emociones encontradas y (más) rechazo a su persona. Contradictoriamente Gerardo era una persona a la cual sí le importaba la valoración que los demás pudieran darle –a pesar que él declarara lo contrario, tenía una clara personalidad neurótica-. Con este tipo de actitudes él sólo se perjudicaba.
Parecía evidente que Gerardo mostraba rasgos de burnout o desgaste profesional: Una persona desilusionada, cansada emocionalmente, sin capacidad de reflexionar sobre su acción y, por lo tanto, ajeno a todos los conflictos que por su misma forma de ser ocasionaba.
Reflexión:
Un individuo como el profesor Gerardo es una persona enferma emocionalmente, con serias repercusiones en lo físico también. Como tal, Gerardo mismo en un docente inefectivo, con una tendencia a generar(se) problemas constantemente. La constante aparición de problemas a su vez hará que él mismo se sienta más y más abrumado, más colérico, más intolerante y su carácter empeorará día con día.
Un caso así, donde el afectado ya no entiende razones de otra persona que pudiera darle guía o consejo. Desgraciadamente en el sistema de salud público es rara la canalización a un psicólogo o terapeuta… y menos aún se concibe una incapacidad por estrés docente, que demandaría tiempo en mejora de la salud mental del individuo.
¿Qué hacer?
Si la escuela tuviera gente capacitada cuando menos en la detección de este tipo de comportamientos, cuando menos las autoridades (formales y no formales) pudieran evaluar la acción docente, y en consecuencia recomendar acciones; como asistir a ayuda específica en mejora de la educación así como en el cuidado de la salud misma del docente.










