La mañana era aburrida, él salía de una clase para dirigirse a otra, como casi todos los días. Otra vez le tocaba el curso más aburrido que llevaba y a su vez el único curso donde la veía. Ingresó al aula tarde, la clase ya había comenzado. No era su culpa sino que el trayecto de un aula a otra no era corta, además se había detenido a comprar el café que tanto le agrada. Una de vez dentro del salón se percató que ella no estaba; y resignado a no verla ese día, se sentó, agarro su lápiz y comenzó a escribir la lección que en la pizarra se mostraba. A pesar de escribir y prestar atención a la clase, su mirada se veía vacía.









