Quisiera comentar aquí algunas líneas de un interesante texto de Borges, particularmente sugerente por la naturaleza de los problemas que empezaremos a tocar en lo que viene del curso: los del lenguaje. ¿Qué significa aprender una palabra?, se pregunta Cavell. Lo que uno se pregunta, cuando lee el
Pierre Menard, autor del Quijote (En: Borges, J. L.
Ficciones. España: Planeta, 2000) es, claro, eso; pero se lo pregunta ante una empresa que parece simplemente delirante, ya que:
No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ¬palabra por palabra y línea por línea¬ con las de Miguel de Cervantes (p. 41).
La intención de Pierre Menard nos coloca frente a problemas de lo más interesantes. En primer término, ¿qué significa reproducir? Hemos dedicado buena parte de nuestras clases a discutir el tema de la reproductibilidad jugando con la idea del aura que esboza Benjamin. El Pierre Menard de Borges nos enrostra una cuestión sugerente porque el tema del “aura” será central para comprender lo que quiere hacer Menard. Miren lo que dice poco después el texto:
Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ¬por —consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard (p. 42).
Luego, con Gadamer, empieza a surgir otra cuestión, el tema de la traducción y su relación con la tradición. ¿Cómo podría Pierre Menard llegar al Quijote? ¿Se trata acaso de algo posible? Menard creía que sí, y lo creía posible a través de su propia experiencia. Menard, en el siglo XX, quería actualizar la experiencia de Cervantes en su propia subjetividad para ofrecer un nuevo Quijote, pero el mismo a la vez. ¿Cómo se aprende una palabra?, me sigo preguntando con Cavell. Lo que quería Menard era producir un nuevo Quijote, pero su Quijote debía ser a la vez el Quijote. Eso ya nos debe sugerir preguntas sobre las posibilidades de la lectura y de la reproducción. ¿Cómo podría Menard hacer su Quijote sin haber leído el de Cervantes? Y, entonces, ¿no es solo a través de la mediación de esta experiencia previa, que las experiencias de Menard lo conducirán a Cervantes? Eso es lo que en Gadamer se llama tradición, los efectos de una historia que condicionan el presente y, que a la vez, sugieren nuevos senderos para el futuro. Finalmente, traducir, que es reproducir, es interpretar contando una historia desde nuestras experiencias; que, sin embargo, no son solo nuestras, sino que se constituyen en el tiempo y con los demás. Esto, en el Pierre Menard de Borges, toma formas fascinantes:
Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época (p. 46).
Me parece que este breve texto de Ficciones, es un buen motivo para ponernos a pensar sobre los alcances del lenguaje, sus problemas, sus ambigüedades. Como hemos tratado de hacer en clase, lo que queremos ahora es escuchar —en este caso leer— cómo experimentan ustedes su relación con el habla, la escritura, la lectura, etc. Cómo la tecnología la ha reconfigurado, cómo más de uno de los presupuestos del Pierre Menard se sostienen o, al menos, nos dan motivos para pensar.