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Archivo de noviembre 2009
Publicado por: aiparra

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Estaba sentado en el mueble viejo y polvoriento que se hallaba en su cuarto. Roberto Mendiola era un ingeniero de mucha experiencia y esto era destacado por el resto de sus compañeros de trabajo. Sin embargo, hace un mes lo despidieron, ya que el dueño de la empresa argumentaba que su sueldo era muy oneroso con respecto al que pretendían cobrar algunos postulantes al mismo puesto que el ocupaba él; además – en tono irónico- le dijo que eran mucho mas jóvenes, además de que su actitud parecía la de un muerto. Decepcionado de esto, Mendiola se refugio en su incontrastable habitación, a la cual, valgan verdades, no entraba nadie. Siendo mas exactos, la última persona que ingresó a esa habitación fue su señora esposa, quien falleció hace casi un año. En su mundo interno, que era su cuarto, su vida transcurría normalmente hasta que luego de un mes de “internamiento” se dio cuenta que en general su casa necesitaba una limpieza total, por lo que era obligatorio llamar a alguien para que limpie la casa.
¿A quién? –fue su primera interrogante. Al no saber a quien llamar, no se le ocurrió mejor idea que consultar en la guía telefónica para solicitar a personas que puedan realizar este trabajo. Volteando y volteando las páginas encontró a una empresa que abastecía con personal capaz de limpiar casas. Su rostro esbozo inmediatamente una leve sonrisa. Llamó al número que se consignaba en dicha página y escuchó una voz de respuesta del otro lado de la línea
-¿Aló?
-Si, aló, diga
-Disculpe, deseo que me puedan enviar a alguna persona que pueda encargarse de la limpieza de mi hogar.
-A ver, señor, ¿dónde queda su casa?
-Vivo en el distrito de La Molina
-¿En la Molina Vieja?
-No sé a qué se refiere
-No, señor, lo que pasa es que yo llamo así a la zona de La Molina que se encuentra aledaña a la laguna, que no me acuerdo ahora como se llama.
-A bueno, siendo así, sí yo vivo ahí, cerca a la laguna.
-¿Cuántas personas desea que le envíe? ¿Su casa es grande?
-Mi casa es grande, pero yo creo que con solo una persona es suficiente.
-Ah, bueno, esa es su decisión. Por cierto ¿cómo se llama?
-Roberto Mendiola
-Señor Mendiola, entonces le enviamos a la chica en una hora.
-Si, claro no hay ningún problema.
-Hasta la próxima.
-Cuídese.
Mientras esperaba a la chica de la limpieza, el señor Mendiola se dispuso a cometer acciones malévolas, siendo la peor; ensuciar más su casa. En tono irónico mencionaba que nunca antes se le ocurrió ensuciar tanto su casa, ya que no era lo justo para su mujer, pero en esta situación, sin mujer, podía hacer eso y mucho más. Desde la cocina hasta su sala, el desorden era tal que el mismo pretendía salir de la casa mientras se iba a limpiar, pero le ganó mas el miedo a volver a salir a ese mundo de donde lo expulsaron hace un mes.
Habían pasado hora y media, cuando el timbre sonó. Se dirigió a paso raudo hacia la puerta principal con la intención de abrir esa puerta. La abrió. Lo primero que pensó cuando vio a la chica de la limpieza era que había vuelto a nacer, pero rápidamente se dio cuenta que no era así. No obstante, se quedó pasmado observando sus ojos, su rostro, su cabello, y se deleitó cuando escucho su voz, porque le recordaba sus amores de joven, aquellos que hoy parecen más lejanos que cuando habló por primera vez.
Ella lo saludó y lo llamó por su apellido y de señor. Eso a él no le sorprendió del todo, ya que estaba acostumbrado a que todos hagan eso. Rápidamente le preguntó si deseaba tomar alguna bebida. Ella le respondió que sí –con la mayor cortesía posible-, con lo cual él se dirigió a la cocina- totalmente desordenada- a traer una botella de pisco y un par de copas. Le sirvió un vaso y también se sirvió el suyo. Ella se sentó en el mueble y el tuvo que traer otro que se encontraba como a diez metros de ese lugar. La chica se rió y el se avergonzaba dentro de sí. Le preguntó cuantos años tenía, ella le respondió que tenía 22 años, por lo que Mendiola casi se atraganta con su bebida. Le preguntó también por qué trabaja de eso. Ella le empezó a contar una parte de su vida, la cual abarcaba desde que sus padres fallecieron hasta el maltrato que sufrió de parte de sus tíos. Mendiola interrumpía la narración de la historia porque de la nada se le ocurrían unas cuantas preguntas que hacían que la conversación dure más y mas. Habrían pasado cuatro horas desde que la chica llegó - por cierto en medio del trágico relato, ella le dijo que se llamaba Ana – y desde su llegada no había limpiado nada. A Roberto eso no le molestó en absoluto, pero a ella debía de incomodarle un poco, ya que así ella la pasara bien con el señor, eso no significaba que iba a cobrar por hacer nada, por lo que mientras le contaba su vida se dispuso a ordenar la sala.
Él, increíblemente, se prestó a ayudarla, tratando que la conversación no se pierda. Mientras discutían temas como la violencia familiar, la muerte de las parejas, y otros temas de importancia, Mendiola sintió que, por primera vez, después de la muerte de su señora esposa, sentía esa sensación inenarrable de gusto y placer al estar con alguien; ese hecho de compartir un momento con otra persona que a él tanto le hacia falta. Se dirigieron a la sala, porque ya habían terminado de limpiar la sala; allí le toco el turno de contra su vida a él, lo que no le gustaba mucho, por lo trágico que había sido y, sobre todo, por lo íntimo. Sin embargo, visto lo bien que se llevaba con Ana, decidió contarla. Pasaron dos horas, en donde ocurrieron muchas cosas, por ejemplo, él estuvo a punto de llorar con una canción que sonó en la radio. Eso causó extrañeza y apego hacia él por parte de la chica. Luego, le contó las locuras que hacia de joven y lo triste que era recordarlo ahora.
Ella, en plena conversación, terminó de trabajar; él se dio cuenta que era el momento en que debía irse. Se iba a despedir, pero en ese entonces, ella le dice que si es posible que puedan salir a la calle, quizá al cine. Además, agregó que él debía salir un poco más porque la vida aun no se ha acabado. Tras escuchar esta vaga argumentación, le dijo que de inmediato que sí – casi impulsivamente-, aunque le pidió que lo esperara mientras se cambiaba. Ana aceptó y se sentó en el sofá y se dispuso a ver la televisión. Mendiola corrió prácticamente a su habitación, en ella se desvistió rápidamente, e ingresó a la ducha. Pensó que su vida volvía a renacer del lóbrego sitial en donde se encontraba. Se bañó. Salió de la ducha y se dirigió a vestirse como hace tiempo no lo hacía. Mientras se vestía, observó la mesa de noche en la que se encontraba la foto de su esposa. Ese lugar era un altar realizado para ella y donde él rezaba diariamente y a la vez lloraba por la desagraciada suerte que les tocó vivir. Mientras se amarraba los pasadores de los zapatos, recordó cómo iban seguidamente a las discotecas –en su juventud-, las salidas a los cines –conocían prácticamente todos-, las fiestas que se hacían en el trabajo- donde lo condecoraban como el mejor empleado y mejor persona aún-. Recordó también la vez en que su mujer falleció, recordó también como vio aterrado el incendio que se produjo en esta casa, hacía casi ya un año; pensó en sus remordimiento por pensar que pudo evitar que su mujer muera calcinada y cómo se atribuyó responsabilidad de todo. Por eso no quería vivir como antes. Sentíase responsable, quería quedarse en esa casa, donde nunca antes pasó tanto tiempo, y donde ahora deseaba quedarse junto al lado de Marjorie , la única mujer de su vida.
Al bajar las escaleras, encontró a Ana lista para salir, pero él, por el contrario, sacó su billetera y le dio un billete de cien soles, con el cual cancelaba el trabajo que ella hizo. La chica se sorprendió de la negativa a salir con ella. No entendía por qué se negaba, no comprendía ese rechazo a seguir viviendo, ese gusto por concentrarse en un desperdicio de vida. Tampoco entendía como había cambiado tan rápido de opinión. Ninguna de estas interrogantes consultó con Mendiola. Por el contrario solo atinó a retirarse de su casa. En medio de la retirada observó un carro perteneciente a una funeraria. Entre sonrisas y penas pensó que el muerto estaba aquí, allá –dirigiendo su mano- en esa casa, de donde por la ventana se podía observar a Mendiola recostado sobre el sofá, en medio del calor que irradiaba la chimenea y disfrutando de la compañía de su señora esposa, Marjorie. Lamentablemente, a esta solo la disfrutaba él, porque Ana no la vio ni tampoco nadie cuerdo en vida.
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La muchacha estaba sentada en la banca de madera, con su vestidito de terciopelo negro y sus zapatillas de ballet de paño oscuro. Cruzaba las piernas y ronroneaba como un gato mientras se mecía de atrás hacia adelante con lentitud, moviendo con ella sus rizos cafés. Desde la puerta que estaba a su izquierda llegó una voz.
—Liliana, puedes entrar.
La niña entró erguida por la puerta de su izquierda y llegó de inmediato a una sala muy pequeña, cubierta casi completamente por un escritorio de caoba. En él, un hombre escribía en un papel apergaminado.
—Hola —dijo el hombre—. ¿Eres Liliana, no? —. Ella asintió con rapidez—. ¿Ya leíste el contrato?
—Sí —respondió ella. Le brillaban los ojos—. Eh… rápido, ¿de acuerdo? Supongo que firmo y ya está. Ah, pero… Ismael, ¿dónde está?
—Ismael firmó hace un rato. Ahora debes firmar tú. Y me dijo que te dijera que no debes llamarlo por su nombre.
Liliana sonrió.
—¿Qué se supone que le debo decir? ¿Señor?
—Supongo que sí —respondió el hombre.
La muchacha frunció el ceño. De todos modos, firmó el acta matrimonial antes de las siete de la noche. Después, le indicaron que subiera al coche que la esperaba en la calle.

El anciano estaba mirando las estrellas y fumándose una pipa cuando le llevaron a la niña envuelta en abrigos de piel. El viejo la miró sin inmutarse, pidió que la dejaran por ahí, como si fuera un mueble, y se terminó la pipa. Después, suspiró con fuerza.
—Mi nombre es Ismael —dijo el viejo. Liliana, aferrándose a los abrigos, murmuró que ya lo sabía—. Habrás leído el contrato. Estarás contenta. Puse tus condiciones. Ah —el viejo sonrió, y le faltaban dos dientes—, espero que hayas leído las mías.
—Claro —respondió ella con simplicidad, intentando ignorar que el viejo no apartara la vista de su rostro—. Y son cosas sencillas. Le aseguró que no tendrá problemas, Ismael.
Y entonces el viejo levantó una mano y apretó el puño con fuerza. Frunció la boca con verdadera ira y, lentamente, se fue calmando.
—Creí… —respiró— haberle dicho al tipo ése que te dijera que no me llames por mi nombre. Y esas cosas tienen que ser obedecidas.
Liliana lo miró ofendida, interpretando el gesto del puño como un insulto.
—Disculpe, señor —dijo con intención—, creo que puedo hacer lo que me dé la gana. En el contrato no decía nada de eso.
—Somos un matrimonio —susurró el viejo, casi para sí. Luego cambió de inmediato el tema, diciendo—: Y ya tienes el anillo.
—Sí, señor. Me lo puse antes de venirme, para que usted lo vea. —Tosió un poco—. Tengo sueño. Hablaremos mañana. Dígame dónde voy a dormir.
Él le señaló el pasillo principal con el dedo índice, carraspeando con ligero disgusto.
—Tercera puerta de la derecha. Te va a gustar. Y, por favor, no te quites el anillo para dormir. Me gusta cómo te queda.
Ella volteó a verlo al rostro, sin un rastro de dulzura en los ojos.
—¿Va a venir a verme, señor, a mi cuarto? Prefiero estar sola. Y… bueno, sí, eso, si no es mucha molestia. Ah, ¿señor?
El viejo sonrió.
—No sabes hablar —respondió—. No tienes idea de lo que acabas de decir. Ve a dormir.
Liliana se tragó un par de insultos y corrió hacia su cuarto, sabiéndose cuidadosamente observada por el viejo. Apenas llegó, echó los cerrojos y suspiró con algo de temor. Después de un rato, se echó en la cama. Debían de ser las once de la noche. Estaba metida, sin duda, en un enorme problema. Había leído el contrato cien millones de veces antes de decidirse de ir ante el hombre del municipio a firmar el acta. Lo había leído tanto que se lo había memorizado y pensó esa noche, que su único consuelo era que ese hombre no la podía tocar. Sin embargo, había muchas otras cosas que podían salir mal. Esparció sus rizos sobre el colchón y empezó a morder ansiosamente una almohada con sus pequeños dientes, pensando, sin poder evitarlo, en lo que decía el contrato en el apartado sobre el divorcio.
—Esto es una locura —pensó en voz baja—. El matrimonio a las justas nos va a durar veinticuatro horas.
—No creo —dijo una voz.
Al lado de la cabecera de la cama, mirándola a través de una ventana pequeña, el viejo sonreía. Liliana se limitó a morder la almohada con más fuerza.
—Señor, ha de saber usted que no puedo dormir… si me… eh, si me vigilan.
—En el contrato no decía nada de eso. Y yo puedo hacer lo que me dé la gana. —La miró de nuevo. Sus ojos eran groseramente grandes—. Duerme, querida. Me gusta verte. Eres… rara. Una buena adquisición. Una… excelente adquisición. Me has salido tan cara… Pero vales la pena. Vales la pena. —Amplió su sonrisa—. Mañana vamos a ir a pasear y no quiero verte tensa. Vamos a ir al centro, a los almacenes. O de repente hasta a las tiendas de mascotas.
Y Liliana sólo pudo apretar los labios y cerrar los ojos. El viejo se quedó mirándola durante más de dos horas, casi sin pestañear, absorto, hasta que también tuvo sueño y se fue a dormir.

Durante la semana siguiente no sólo fueron a los grandes almacenes del centro y a las tiendas de mascotas. La casa se llenó de adornos y el cuarto de Liliana de cosméticos y esencias aromáticas. Compraron un piano, un conejo angora con un lazo rosa en el cuello, una alfombra persa para la sala de estar y trece vestidos cortos de terciopelo, entre otras cosas. Las arcas del viejo no parecían tener fondo, de modo que Liliana se quedaba sin excusas las tardes de sol en las que el viejo le pedía que fuera al columpio del patio y se balanceara en él.
—Me gusta verte —le decía siempre.
No era necesario que lo dijera. Sus ojos inquisidores perseguían a Liliana hasta en sueños. Le encantaba verla, especialmente mientras peinaba al conejo angora o mientras tocaba alguna canción triste en el piano nuevo. Le gustaba verla siempre, sin importar lo que estuviera haciendo, siempre fijamente, de cerca o de lejos, aun de espaldas. Ella no tardó en descubrir que la casa estaba llena de agujeros, y se estremeció al sospechar que el viejo los había hecho todos con el propósito de espiarla. Sin embargo, con el tiempo lo agradeció: prefería ser observada sin advertirlo a tener que ver siempre los horribles ojos del viejo escrutándola.
Pero tenía una vida buena. Una vida preciosa. La cuarta semana de matrimonio, Liliana tocó un vals en el piano y el viejo le pidió, como un favor especial, que le permitiera bailar con ella. Liliana aceptó torciendo la boca. Afuera, la hierba estaba verde, y el sol estaba alto, y el viejo estaba feliz y ella estaba triste. Encima del piano, un florero con rosas se regocijaba aun inerte.
—Qué justa que es la vida —dijo ella. Contuvo la respiración. El viejo, bailando cerca a ella, sin música, le cogió una mano y le dio una vuelta—. Qué justa que es —murmuró ella de nuevo. A lo lejos se escuchaban algunos trinos. El viejo, con sus manos ásperas, de pronto, le cogió el rostro. —Qué justa —repitió ella, antes de añadir con desgano—: Señor, no me puede tocar. Se suponía que no me podía tocar.
—Te compro algo —respondió él—. Lo que quieras. Otro piano, si quieres. O un elefante. Una nueva alfombra para tu cuarto.
—Claro —dijo ella, con la vista fija en la ventana. Ya no oponía resistencia. El viejo le estrechaba las manos con una de las suyas, y con la otra le tocaba el rostro. ¿Por qué el florero de las rosas se veía tan feliz?—. Supongo que ya no me importa esto. Además… un día de estos lo voy a engañar —se dijo en silencio—, y eso va a ser mejor para todos.
—No puedes —sonrió él, tragándose cantidades extraordinarias de ira. Ella se horrorizó al saberse descubierta—. Está en el contrato. No me puedes engañar.
—Y usted no me podía tocar.
El viejo la miró con cara de risa, apretando los puños con fuerza.
—Lo estás interpretando mal. Tocar, tocar… no te he tocado. No… mira, no en ese sentido. No te estoy haciendo nada. Nada malo. —Empezó a mecerla al ritmo de un vals imaginario.
Dieron una vuelta con bastante gracia. No era difícil bailar. Ambos eran del mismo tamaño, pues Liliana era demasiado joven y el viejo era demasiado viejo. Se acercaron al piano. Las rosas, hermosas, distrajeron a Liliana por unos segundos. Pero algo atroz la sacó de su ensimismamiento.
Ese día, Liliana descubrió que el viejo tenía fuerzas. Chilló tan fuerte que el viejo trastabilló. Respirando despacio, ella recuperó la calma y pudo defenderse. Dos segundos después, el viejo estaba en el suelo.
—Es usted… ¡Es…! ¡Me voy! —gritó ella.
—No puedes —dijo él—. No quieres irte. Te gusta todo esto.
Era, después de todo, sólo un anciano. Liliana lo miró, todavía algo impresionada. Era sólo eso. Y tenía mucho dinero. El dinero.
—¿Dónde guardas el dinero? —gritó ella, envalentonada al darse cuenta de que el viejo no se podía parar.
Ismael sonrió como siempre.
—Vamos. Ayúdame a pararme.
Pero Liliana estaba harta. Le preguntó de nuevo dónde lo guardaba, una y otra vez, hasta cansarse, mientras el viejo se aburría en el suelo.
—Soy tu esposo —dijo él de pronto—. Y no voy a tolerar esto.
El viejo empezó a dar manotazos en el suelo, como si se estuviera ahogándose, parándose poco a poco. Liliana lo miraba aterrada, pensando velozmente. Y, por último, miró las rosas.
El viejo recibió el impacto del florero de las rosas en plena frente. Cayó en un sueño pesado de duración indeterminada. Liliana, envalentonada al verlo medio muerto en el suelo, salió corriendo, decidida a hacer algo que valiera la pena. Saqueó la casa en media hora, alistó su equipaje y desapareció por la puerta.
En el tren al que se subió veinte minutos después, al mirar por la ventana, se preguntó si el viejo estaría solamente medio muerto.
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Pablo estaba como siempre en su combi de turno, pasaba por la avenida Tacna y su ruta era de 4 horas. Ahora que la primavera estaba terminando, ya se acostumbraba a que el sol de mediodía llegara a su oscura retina, a terminar empapado de sudor en pleno Centro de Lima por más que él solo manejara y en teoría, no se movía casi en absoluto. Cuando manejaba, a diferencia de la mayoría de los típicos choferes de combi, él ponía su CD con música de Los Panchos y pensaba en cómo es que su vida había cambiado tanto, ya tenía más de sesenta, y en su natal Huanuco, había escuchado y había sufrido escuchando cada una de sus canciones. Pasaba por frente de las Nazarenas y aprovechando el semáforo, manipuló la radio para elegir su canción favorita. Pablo manejaba por inercia y hacía la misma ruta hace veinte años, acostumbrado al tráfico y a los pasajeros, pero ahora se aseguraba de cumplir algunas reglas más que antes.
Ya estaba por la avenida Uruguay y ‘Si tú me dices ven’ empezó a sonar por la usadísima radio. El punteo inigualable de Chucho Navarro en esa guitarra, le recordaba a Anita, su primer amor en Huanuco, y la canción empezaba con una frase que le había cambiado la vida: Si tú me dices ven, lo dejo todo, él pensaba en eso, ‘lo dejo todo’, así pasó, ¿no? Le bastó que su amor de juventud le diga eso para que él, sin pensarlo, llegase a Lima. Si tú me dices ven, será todo para ti, ja, pero eso último realmente nunca sucedió. El carro doblaba por la avenida Venezuela, llegaba a otro paradero. Mis momentos más ocultos también te los daré. Mis secretos que son pocos serán tuyos también. Qué cólera sentía, tanta cólera y pena por él, que lo dio todo sin pensarlo, en esos años era dificilísimo contactar a la familia y él huyó de su casa, donde no le faltaba nada y durante los primeros años en Lima sufrió con Anita, hasta que ella lo dejó.
Si tú me dices ven, todo cambiará. Si tú me dices ven, habrá felicidad. No es verdad, al inicio, cuando la aventura empezó sí fue felicidad y es cierto que todo cambió, pero a largo plazo todo empeoró. Semáforo, el carro se detuvo de nuevo. Si tú me dices ven, si tu me dices ven, él pensaba, tan enamorado había estado de esa chica, y ella solo lo usó hasta que terminó por darse cuenta de que no tenía plata. Ella realmente le rompió el corazón.
Si tú me dices ven, habrá felicidad, eso le resonaba y no podía dejar de verse, sudando, cansado por estar sentado todo el día y sintiendo el calor de noviembre. Ya estaban en Breña, y el carro se abarrotó de los escolares del colegio Guadalupe que salían extasiados de la jornada diaria, pero qué fácil era ser niño. Reír contigo ante cualquier dolor. Llorar contigo, llorar contigo será mi salvación. Pero reír había sido tan fácil esos primeros meses en Lima, con toda la plata que gastaban, hasta que la felicidad terminó cuando juntos no podían llorar sin dinero y viviendo en miseria, y el que terminó llorando al final solo fue Pablo sin dinero y sin Anita.
Si tú me dices ven. Lo dejo todo, ¡carajo!, ¿por qué lo dejé todo?, se gritó al final muy desconcertado, dejando atónitos a todos lo que lo acompañaban en el carro. Nadie le preguntó nada, solo lo miraron. Faltaban 2 horas para terminar el recorrido, seguían en la Venezuela.
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Parecía ser una sirena que trataba salir del mar. Era una ninfa queriendo jugar. No olvidaré aquel taxi blanco y mucho menos su número de placa haciendo contraste con el hermoso sol. El señor Gonzalo la observaba caminar mirando detalladamente el short que traía puesto, el sol dejaba ver entre luz y sombra como contoneaba de lado a lado su cuerpo con esas piernas tan largas y suaves. La desordenada sábana estaba caliente por la luz que se escurría entre la mampara; mientras ella tarareaba el último disco de Juanes y él no se atrevió a preguntar quién cantaba esa pegajosa melodía. Echado aún en la cama, el señor Gonzalo meditaba, mientras que Andrea se acercaba, y se puso frente de él mostrando la billetera. Quiénes son, no respondió nada, tantos años de terapia familiar, de paseos y campamentos para que esta muchacha así de fácil lo desvíe del camino, simplemente le cogió la mano, la acercó muy delicadamente hacia él. Después de un par de minutos, pero no me has respondido, replicó cogiéndole los cachetes, no es nada te digo que de verás no es nada. El cuarto aún está desordenado, Andrea se levanta del cuerpo de Gonzalo y se comienza a cambiar de ropa Gonzalo, el señor Gonzalo, la contemplaba hasta que se levanta y se pone su pantalón. Qué opinas de esta locura, mientras pasaba la blusa entre su cabeza, no lo sé, mi niña, es todo confuso, todo tan irreal y real tanto placer puede no estar bien. Mientras recogía entre sus manos su largo cabello, acaso no te sientes bien, no, no es eso, es absurdo tú me haces sentir tan bien que no lo puedo explicar. Hasta ahora lo recuerdo.
La discoteca, ese 24 de marzo tú con tu amigas de la universidad y yo sentado en la barra, te miraba reír y bailar, fumando y conversando, coqueta y tierna bailabas de aquí por allá, te acercaste a la barra a pedir tequila, fue ahí en ese momento sabía que no me olvidaría de ti, me miraste y sonreíste, te acercabas más seguido a la barra, charlamos, reímos, bailamos, jugamos copa tras copa, risa tras risa, mirada tras mirada, sentía tu respiración, sabía en qué terminaría aquella noche, aquella noche en que mi pecado comenzó.
Gonzalo, te pareces a mi padre pero no lo digo por el físico es que a veces hablas como él, mi niña te entiendo, ya no puedo seguir así debo confesarte algo mientras miraba por la mampara, y dime Gonzaliño es algo bueno o malo envolviendo la cintura de Gonzalo con su mano, no es tan fácil pero mi niña he tomado la decisión de terminar con mi mentira, y eso qué quiere decir, mi muchachita eso tú bien lo sabes tú bien lo sabes, Andrea miró el cielo entre la mampara, su mundo surrealista se iba apagando con esas últimas cuatro palabras ?tú bien lo sabes? e imaginó su vida sin aquellas aventuras, sin aquel espacio de fantasía, sin ese momento de plena libertad y placer, esos momentos de sin hipocresías, después de seguir pensando creyó que quizás no sería tan malo Gonzalo le había enseñado muchas cosas y entre ellas recordó que le enseño a sobreponerse muy rápidamente y a convencerse a sí de lo que quiera por ejemplo de que no sería malo dejar a Gonzalo por el contrario hasta podría ser bueno.
Andrea lo miró fijamente y lo abrazó, un abrazo de esos que te llenan el alma, lo abrazo fuertemente por un largo tiempo, un hermoso cuadro con unos cuantos puchos tirados en la alfombra. Todo fue sucediendo como de costumbre, sólo que sabían que esta sería la última vez, Andrea después de la conversación comentó que lo mejor para ella sería irse a Europa a seguir estudiando. Bajaron por el ascensor, hablaban el idioma del silencio y manteniendo la mirada Andrea se introdujo en el taxi, en aquel taxi blanco.
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kindberg


[...]Lina al borde de la carretera a la salida del bosque en el crepúsculo, qué lugar para hacer auto-stop y sin embargo ya, otro poco de sopa osita, cómame que necesita salvarse de una angina, el pelo todavía húmedo pero ya chimenea crepitando... tengo una carta para nos hippies de Copenhague, unos dibujos que me dio Cecilia en Santiago, me dijo que son tipos estupendos, el biombo de raso y Lina colgando la ropa mojada, volcando indescritible la mochila... kleenex botones anteojos negros cajas de cartón Pablo Neruda paquetitos higiénicos plano de Alemania, tengo hambre, Marcelo me gusta tu nombre suena bien y tengo hambre, entonces vamos a comer, total para ducha ya tuviste bastante, después acabás de arreglar esa mochila, Lina levantando la cabeza bruscamente, mirándolo: Yo no arreglo nunca nada, para qué, la mochila es como yo y este viaje y la política, todo mezclado y qué importa. Mocosa, pensó Marcelo calambre, casi cosquilla (darle las aspirinas a la altura del café, efecto más rápido) pero a ella le molestaban esas distancias verbales [...]

"Lugar llamado Kindberg", magistral cuento de Julio Cortázar (1914-1984), actualiza como pocos relatos el antiguo tópico de la añoranza de la juventud y lo resuelve en una muy particular versión del "tempus fugit" latino ("el tiempo pasa"). Nuestros talleristas emprenden el mismo viaje por un lugar común para someterlo al matiz de sus distintas inclinaciones estéticas. Último ejercicio del taller.
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A Donato no le gustaba nada ese lugar. Si no fuera por la urgencia de la operación, Donato hubiera sacado a su madre de esa clínica y la hubiera llevado a algún hospital. El problema era que no sabía adónde. La noche anterior ya le habían denegado la entrada a uno, por ser sólo para asegurados. Esto turbó mucho a Donato, que nunca se había imaginado que los hospitales no eran para todos. En la desesperación del momento, con los constantes quejidos de dolor de su madre, con el guardia en la puerta de Emergencias diciéndole que vaya a ventanilla para que la busquen en el sistema y con el taxista preguntándole si le haría una carrera más, Donato atinó por ir a esa clínica. No le denegaron la entrada y el doctor de turno atendió a su madre al instante, a pesar de que llegó en la madrugada; pero cuando empezaron a pedirle que cancele en caja cada pequeña cosa que el doctor ordenaba, Donato empezó a preocuparse. Le dijeron, después de muchas horas de análisis de sangre, de análisis de orina, de ecografías y de muchos golpes al vientre de su madre, ya casi al medio día, que tenían que extraerle el apéndice. La operación rodeaba los siete mil soles, si es que no había complicaciones, y tenía que realizarse lo antes posible, pues los dolores de su madre habían empezado varios días atrás. A Donato no le gustaba aquel lugar, pero se consoló pensando en que, en un hospital, su madre estaría todavía sentada en la sala de espera. De todas formas, no pudo evitar sentir un placer morboso al ensuciar las centelleantes losetas del pasadizo de la clínica con sus zapatillas sucias. Llegó a la oficina en el penúltimo piso y entró. Un hombre muy sonriente lo recibió y le invitó café. Él aceptó y pidió otra taza más. El hombre le preguntó si es que había conseguido el dinero y Donato sacó seis mil soles de su bolsillo. Firmó varios documentos en los que se comprometía a pagar por el resto de la operación antes de que le dieran de alta a su madre. A Donato no le gustaban los documentos ni la sonrisa hipócrita del hombre, pero por lo menos iban a operar a su mamá apenas salieran los resultados del riesgo quirúrgico.
Todo estaba preparado. La maleta con la ropa, los útiles de aseo y los libros que su esposo le había pedido ya estaba en la puerta. Marcela limpió un poco la casa antes de salir porque no sabía cuánto tiempo estaría fuera. Luego salió y aseguró bien la puerta antes de caminar al paradero para tomar el bus que la llevaría a la clínica. Ernesto ya estaba internado y listo para la operación. Lo habían planificado con un mes de anticipación. Marcela se repitió una vez más que no había nada de qué preocuparse: el doctor le había dicho mil veces que la implantación del marcapasos era un procedimiento muy sencillo. Subió por el ascensor hasta la habitación de Ernesto, en el quinto piso, y le contó con gran minuciosidad todo lo que había hecho en sus dos horas fuera de la clínica. Además, le dijo que había hablado con Jimena y que esta estaba viajando con su nieta para visitarlo. Ernesto pareció animarse ante la perspectiva de ver a su hija y a su nieta. A las diez de la mañana, una enfermera llamó a Marcela y la llevó hasta una oficina. Un hombre muy sonriente la recibió y le invitó café. Marcela no aceptó el café porque no quería ponerse más nerviosa. El hombre le explicó el costo de la cirugía, que Marcela ya conocía, y le dijo que tenía que pagar como mínimo el ochenta por ciento por adelantado. Esto la tomó por sorpresa, pues tenía planeado pagarlo todo después. Sin embargo, no dijo nada ante la amable sonrisa del hombre.
Después de lo que parecieron años, los resultados del riesgo quirúrgico salieron. Un doctor se acercó a Donato y le dijo que ya estaban preparando a su madre para entrar al quirófano. Le explicó en qué consistía el procedimiento que iba a realizar, le dijo que era muy simple y Donato podía ir a comer algo tranquilo. Donato no estuvo tranquilo, pero sí hizo lo otro. Decidió salir de la clínica para comer, pues no había probado bocado desde la noche anterior; pero, como no quiso alejarse mucho de su madre, fue a la cafetería en el último piso. Los precios le parecieron exagerados; sin embargo resolvió que, ya que estaba gastando tanto en ese lugar, gastar un poco más no agravaría su situación. Pidió un plato a la carta, pero la mesera le dijo que sólo servían almuerzos hasta las cuatro de la tarde, entonces pidió un pan con pollo, y luego otro. Apenas terminó de comer, pagó su comida con desagrado y bajó de nuevo a la sala de espera del cuarto piso. No habían pasado ni quince minutos, pero la enfermera le dijo que su madre acababa de entrar al quirófano. Donato asintió y se hundió en un sofá.
Salió después de hablar con el hombre y tomó un taxi. A Marcela no le gustaba andar en taxis, pero tenía que apresurarse para que todo estuviese, ahora sí, listo. Quería que su esposo entrara al quirófano antes de que se hiciera tarde. Llegó al banco y una empleada del lugar la atendió al instante. Marcela y Ernesto habían pensado gastar el dinero ahorrado en un viaje o dos, pero ahora gran parte de este se había destinado a la salud de Ernesto. Marcela retiró ocho mil soles, pues el aproximado de la operación era diez mil, si es que no se presentaban complicaciones. Luego, envolvió el dinero en uno de los pañuelos de Ernesto y con un imperdible lo aseguró al forro interior de su cartera. Salió del banco y caminó una cuadra antes de tomar un taxi, por miedo a subir a algún auto cuyo chofer supiera que acababa de salir del banco. Llegó al hospital y fue de frente a la oficina del hombre para pagar el dinero, pero él no se encontraba ahí. Marcela se dirigió entonces al cuarto de su esposo para contarle que ya había sacado el dinero del banco y contarle cómo es que lo había llevado hasta ahí. Ernesto se veía muy nervioso; Marcela intentó animarlo fútilmente.
Un doctor salió y dijo que todo había salido como esperaban, pero que de todas formas querían que la mamá de Donato se quedara un tiempo en Cuidados Intensivos. Donato preguntó cuándo podría verla y el doctor le respondió que tendría que esperar hasta la mañana del día siguiente, pues no se permitía el ingreso de personas a Cuidados Intensivos esa noche. Donato aceptó de nuevo y descubrió que ya no encontraba la clínica tan desagradable. Se sentó en uno de los sofás de la sala de espera y contó el dinero que le sobraba. Los dos mil soles envueltos en el pañuelo estaban intactos y en su billetera tenía doscientos treinta soles con algunas monedas. Pensó en que eso sería suficiente para cubrir el resto de los gastos y lo guardó todo en su bolsillo. Se recostó en el sofá, que era muy espacioso, y trató de dormir. Recién en ese instante, ahora que su mamá se hallaba fuera de peligro, pensó en la señora de la recepción; pero, cuando el sentimiento de culpabilidad lo quiso invadir, pensó en su madre y se quedó dormido.
Al rato, Marcela se despidió de su esposo y se dirigió de nuevo a la oficina del hombre, para ver si ya había vuelto. Se molestó mucho cuando descubrió no era así. Bajó al primer piso para buscar a alguien con quien hablar, pero la recepcionista estaba hablando con un muchacho. Marcela esperó y, apenas la recepcionista se desocupó, le contó su situación. A ella no le gustaba andar con tanto dinero y quería pagar la operación de su esposo de una vez. La recepcionista le dijo que preguntaría por la persona encargada, pero que seguramente había ido a almorzar temprano. Marcela se sentó en la sala de espera del primer piso y contó los minutos que pasaban. No quería dejar a su esposo sólo, pero tenía que resolver ese percance antes de que se hiciera tarde. Habían planeado esa operación con anticipación para evitar contratiempos como ese. A Marcela le incomodaba esperar y no le hacía gracia que nadie en la clínica hiciera algo para evitarle esa molestia. Molesta, Marcela se levantó de la sala de espera y se acercó a la recepcionista de nuevo, pero mientras esta le decía que seguramente el hombre ya había vuelto, Marcela recordó que había dejado su cartera en el asiento. Volvió apresurada y con alivio descubrió que todavía estaba ahí. La recogió y fue al ascensor para ir de nuevo a la oficina en el penúltimo piso. Tocó la puerta y la sonrisa del hombre la recibió otra vez. A Marcela ya no le parecía una sonrisa amable, sino una hipócrita. El hombre se disculpó por haberla hecho esperar y le preguntó si es que había conseguido el dinero. Marcela se dispuso a sacar los ocho mil soles de su cartera, pero no encontró el pañuelo de su esposo por más que buscó y rebuscó. Mientras la sonrisa del hombre se desmoronaba al ver a Marcela caer de su asiento agitada, esta no pudo evitar preocuparse por el corazón de Ernesto. No podían darle la mala noticia de que su propio corazón le había fallado.

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Tiempos difíciles, violentos e insensibles. Dicen que los años curan heridas, quizás eso se pueda decir en el amor, quizás lo pueda decir Sabina, quizás lo puedan decir las mismas heridas derrotadas si hablaran, pero no lo dirán los labios de Sonia. Para ella lo años pasan y el ardor no se apacigua, se vuelve incandescente, ataca desprevenidamente y es manipulador y las heridas empiezan manifestarse cuando a las 6:30 de la tarde la luz ya no entra a su casa y no hay nada que la salve de la deprimida oscuridad. Salí de mi casa a comprar leche, ustedes saben que en ese tiempo todo estaba muy caro, a la tienda de la esquina y 3 policías empezaron a seguirme, hasta que me cerraron el paso y me dijeron que estaba denunciada y que debía acompañarlos, yo me resistí porque no podía dejar a mi hijo de 2 años solo en la casa, pero, me agarraron fuertemente de los brazos y me metieron a una camioneta negra que estaba más allacito nomás. -Véndale los ojos- dijo uno de los policías y me pusieron una tela negra que no me permitía ver absolutamente nada, luego sentí que arrancó la camioneta y pusieron música bien alta para que no escuche lo que conversaban. Me calmé un poco, pero seguía llorando dentro de mí, de pronto escuché una voz diferente –identificación, el oficial los espera. Ya cayó esa terruca de mierda- sabía que había llegado a la base. Dimos vueltas y vueltas, la camioneta retrocedía y volteaba a la derecha, luego retrocedía de nuevo y volvía a girar a la derecha, todo terminó por desorientarme, eso era lo que buscaban ellos. Me bajaron de la camioneta, abrieron una puerta y me sentaron en el suelo, me quitaron la venda y una luz intensa me cegó. Estaba sola en un cuarto muy sucio, escuchaba chillidos de ratas y todo apestaba muy feo, muy horrible. Lloré nuevamente ahí sentada en el piso, me puse a pensar en mi hijo y cerré los ojos. -Levántate carajo- dijo Raúl – ¡el despertador te lo he comprado por las huevas! Santiago se levantó lentamente y mirando con el seño fruncido a Raúl, lo detestaba, pero qué iba a hacer era su padre y era militar. Vivía solo con él desde que su madre lo abandonó, al menos eso fue lo que siempre le dijo su padre, pero Santiago sabía que eso no era muy cierto y que su padre le ocultaba la verdad. –Así que tu financiabas a esos terrucos ¿no?- me dijo el Mayor Pérez- aquí no te vas a hacer la pobrecita, me vas a dar nombres si no te quieres pudrir en la cárcel. Yo no entendía cómo me podía decir esas cosas de las que yo no estaba ni enterada, no sabía nada, no se de dónde habían sacado que yo financiaba a Sendero ni todas esas tonterías. Le explicaba y le rogaba al Mayor, pero me dejó impresionada su incredulidad y frialdad, ¿cómo podía haber personas tan malas? Diosito las va a castigar, yo lo se. El cuarto estaba muy desordenado y sucio, la ventilación era escasa y la luz natural no existía. Santiago debía ordenar todo si quería ir a jugar pichanga, eso era lo que había dicho, porque en realidad se iría a una conferencia acerca de Derechos Humanos, pero imposible que le dijera a su padre que asistiría a eso, -son cojudeces- solía decir cuando escuchaba alguna noticia o comentario sobre Derechos Humanos- malagradecidos carajo, gracias a nosotros ustedes se salvaron, maricones a ver si ustedes pelean pues, a ver si son tan valientes y encima ¿exigen derechos humanos? ¡no me vengan con huevadas!. -Entonces quieres hacer todo más difícil, por lo que veo- decía el Mayor Pérez -a ver si recapacitas después de escuchar esto. Me puso una grabación en la que se escuchaba a un bebe llorar, llorar desesperado, un sollozo que sólo una madre puede reconocer, un sollozo de hambre, terror y miedo, no, no me haga esto le decía al Mayor, le rogaba, me arrodillé, disculpen es que esto es muy difícil de contar, es muy fuerte volver a recordar todo esto para mí, ustedes ni se imaginan, no lo han vivido, no se imaginan el dolor, la impotencia que uno puede sentir. – ¿Ya carajo? hasta cuando voy a esperar, ¿crees me sobra el tiempo?- decía un exaltado Raúl, las pastillas lo habían vuelto así, sin familia, bueno, un hijo que ya no lo soportaba, se había refugiado en las pastillas quita-sentimientos que al parecer daban resultado. –Es difícil estar aquí ¿no?- dijo Maritza –ya veremos alguna manera de salir de este lugar, yo tampoco tengo ni idea de lo que me acusan, pero, como a muchas, me hicieron firmar un papel en el que me declaraba culpable, ¡me iban a violar qué iba a hacer! – tengo un hijo pequeño y su padre está de viaje, se ha ido a allá donde se están matando todos y encima a mí me acusan de ser la que financia a Sendero, ¡esto no tiene lógica!- se quejaba Sonia. Ahora que recuerdo todo, a veces hasta me da risa de las cosas que me decían, que yo financiaba a Sendero y era la encargada de llevar las cuentas de los gastos que se hacían, que era el cerebro económico de la organización y que así había robado el banco capital, ¿se dan cuenta? Yo ni había acabado el colegio, vendía algunas ropitas que tejía y a lo mucho hacía cuentas, pero nada que ver con lo que me decían esos abusivos. Santiago salió de su casa y era un típico día de quincena de julio, gris y con poco viento. El cielo siempre había sido gris para él. Sonia se encontraba en el pabellón A, donde estaban las reclusas sin condena y tenían 20 minutos semanales para pasearse en el patio, los demás días los pasaban junto a las ratas libres en prisión. Por fin respiro algo de aire puro, ese hueco apestoso ya no lo soporto. Qué iba a hacer, ese era el cuarto en el que viviría hasta que su padre sea tocado por la dama negra, dama negra que Santiago solía invitar e invocar para que se lo llevara, pero todos los intentos sin éxito. A veces así pasa, la muerte se vuelve esquiva, porque es malcriada e irrespetuosa, porque es temida pero bienvenida, porque es una salvaje, una dama, una dama hiriente, sucia pero necesaria para uno, para todos. Me llevaron a juicio y en menos de 20 minutos ya estaba sentenciada a 30 años de prisión, mis ojos y mi boca se quedaron abiertos por horas, las lágrimas se habían acabado así que llorar estaba de más. Y el tiempo pasa, el tiempo corre, corre como una liebre que está siendo cazada por un puma, corre desesperado y uno ni cuenta, ya habían pasado 15 años y de pronto un joven abre la puerta de mi celda, me da mis cosas en una bolsa y me acompaña hasta la puerta de salida del penal, me entrega un sobre cerrado y me empuja. No dijo ni una palabra, sus labios ni se movieron, sólo me miró desconfiado- le dijo Santiago a Claudia- ya estará por empezar la conferencia, ¡vamos!. Salí y todo era muy diferente, fui a una esquina a llamar por ring y la moneda no entraba, -ya no funciona así, qué cavernícola- dijo un juguetón niño que pasaba por ahí –toma- dijo y me dio una moneda de 50 céntimos para que pueda llamar. Marqué todos los números que recordaba, ninguno existía. Estaba desorientada, no sabía a donde ir, no tenía información de nadie, seguro que me creían muerta y aún sigo así. No pude rehacer mi vida, disculpen la palabra, pero me jodieron. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero estoy seguro que eso no sucederá, aún me preguntó que habrá pasado con las demás inocentes, si siguen ahí o si ya no están con nosotros. Me quedé sin familia, no tengo noticia de nadie, perdí todo una vida y nada podrá cambiar eso, ninguna indemnización, ningún perdón, nada. -Muchas gracias Sonia por tu testimonio, se que es muy difícil pero es necesario conocer estos casos para encontrar culpables y seguir liberando presos inocentes, ¿alguien tiene alguna pregunta?- dijo Augusto, el moderador de la conferencia –a ver usted, ¿cual es su nombre?- dijo. –Soy Santiago- se escuchó una voz tímida. -Si, diga su pregunta. -Joven estamos esperando. -Joven otros también quieren…- decía Augusto algo inquieto. -¿Mamá?-.
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El día más caluroso del año, el día en que las decisiones y la temperatura están más ardientes que nunca. “Presidente Smith, el mandatario del país africano ha llegado”, dijo casi reverenciándose uno de los asesores del presidente. “OK, muchas gracias, puedes retirarte”, respondió el mandatario americano mientras dejaba caer sobre el piso cenizas del nuevo puro que le había llegado desde La Habana. “Empezó la hora decisiva”, pensó Smith.

El frío que se vivía en una de las ciudades de Kenya era mortal, sentías como la sangre se quedaba inmóvil por tus venas. “Tengo frío”, dijo la vocecita de una niña que a su corta edad ya vivía los estragos del feroz cambio climático que azotaba muchas partes del mundo. “Es extraño como el mundo puede cambiar en tan corto tiempo, ven aquí, abrígate conmigo”, dijo Djafary mientras recorría con sus manos las partes más vulnerables del cuerpo de la niñita. “Uf, mejor no puedo sentirme”, exclamó con satisfacción Connery, el presidente de Uganda, luego de haber sido tratado como todo un rey por la servidumbre de Smith. “Qué bueno que todo sea de sus agrado, Sr. Connery, siéntase parte de mi país”, le dijo Smith extendiendo la mano dando la bienvenida.

Días antes hubo una reunión de muchos gobiernos para analizar la situación de los países devastados por la intromisión del cambio del clima en la vida de la gente del mundo. En esa reunión se habían acordado sendos beneficios para los países víctimas del clima, siendo EE.UU. el país que se iba a beneficiar de forma ilícita, ya que desde dentro de la esfera política se había tejido un manto de corrupción para adueñarse de partes del dinero que era destinado para esos países en crisis. El Presidente Connery no pudo asistir a esa reunión por fallas en su avión antes de despegar, por lo que tuvo que posponer su visita hasta ese instante. “Mi querido y muy estimado Sr. Connery, ¿sabe una cosa?”, preguntó Smith quien estaba sentado al lado de Connery, bebiendo unos de los millonarios tragos de esa sala, “me alegra mucho que no haya llegado el día de las reuniones, ya que ahora podemos conversar de intereses mutuos, a solas”, dijo el americano al africano. “¿Intereses mutuos?”, preguntó Connery con aires de curiosidad. “Intereses de los que hablaremos en una rato, vamos. Tómese esta copa de coñac, verá usted que no querrá dejar de probar”, dijo riéndose Smith mientras le servía una copa llena al africano.

Luego de haber bebido esa incandescente taza de té, Djafary dejó durmiendo a la niña en el sofá en el que él tantas veces había estado con menores de edad satisfaciendo sus impulsos. No pudo permanecer en ese sitio y salió a la calle para que el aire gélido congelara sus impulsos. “No puedo hacer eso”, dijo Djafary mientras descargaba sus deseos con una certera patada a un pedazo de madera que se encontraba tirado en el piso. Djafary era buscado por la policía por actos pedofílicos, pero él se había guarecido en un lugar en el que ni Dios podía encontrarlo. El frío del lugar calmó lo impulsos que tenia Djafary por tener a la niña tan cerca de él, en su misma casa. “No puedo hacerlo, soy incapaz de hacerlo, mierda”, se dijo Djafary a sí mismo. “Claro que puede, Sr. Presidente”, le dijo uno de sus asesores al presidente americano, que había salido de la sala en donde estaba Connery. “Nadie se enterará, todos aquí dentro lo apoyamos”, siguió el asesor. “Esto está mal, no debería hacerlo, ya hemos obtenido muchos beneficios, deberíamos dejar a este pez que siga su curso”, dijo Smith casi sin creer en sus propias palabras. El ambiente que vivía Smith de poca tranquilidad era evidente, todos en su partido lo instigaban para que caiga sobre Connery también.

Connery era uno de los presidentes más ingenuos del mundo y esa era una magnífica oportunidad. Uganda era uno de los pocos países africanos que había sabido sacar oro de la crisis reinante. “Mister President, venga conmigo a disfrutar de esta copa de coñac tan buena”, dijo Connery con una sonrisa en los labios y con los ojos adormecidos por el alcohol que había actuado en su organismo de manera súbita. “Sr. Smith, solo necesitamos que firme el africano firme el documento”, dijo uno de los asesores del presidente.

La niña se encontraba muy emocionada porque Djafary le había traído muchos dulces y una muñeca de la tienda. Djafary luchaba contra su monstruo interior, veía a la niña tan inocente, cómo jugaba con su muñeca. La infante no notaba la mirada tan penetrante de Djafary, no notaba cómo sus ojos hacían añicos su pureza. En ese preciso instante, el único mundo de la niña eran su muñeca y sus dulces. “Déjame en paz, no quiero hacerlo”, repetía muchas veces Djafary mirándose al espejo. “No me dominarás esta vez, no lo voy hacer, te voy a vencer, maldito impulso”, se decía Djafary mientras cogió un pedazo de vidrio roto del suelo y se hizo un corte muy profundo en la mano, el dolor había suplantado, por esos momentos, al deseo maligno de su cabeza. “Traigan rápido, mucho alcohol y algodones, está que se desangra”, grito Smith al ver que Connery , por el estado alcohólico en el que estaba, se había cortado con la copa que segundos antes había dejado caer al piso. “No se preocupe Mister President, perderé mucha sangre pero jamás, oígame bien, jamás perderé mi orgullo”, decía sin mucho sentido Connery ocasionando la risa de muchos presentes allí. “Aproveche Sr. Smith, solo necesita su firma y todos salimos ganando”, dijo otro de los asesores con una sonrisa maliciosa en el rostro.

“Sr. Connery, ¿sabe usted por qué ha venido?”, dijo Smith mientras la sala era despejada de todas las personas, menos los mandatarios. “¿Sabe que hoy se tomarán decisiones muy importantes en la que usted y yo estamos involucrados”, continuó Smith. “Mire, Mister President, solo sé que hoy, usted y yo somos hermanos y lo que se decida hoy, será lo mejor”, respondió Connery con la mirada perdida en la habitación. “Déjeme hacerla otra pregunta Sr. Connery”, dijo Smith, “¿la razón o los impulsos?, ¿cuál cree que es más importante?”, dijo Smith a un Sr. Connery que parecía haber caído en uno de esos sueños en el que se despierta por ratos.

“Maldito impulso, no otra vez”, se dijo Djafary mientras se apretaba la herida que se había hecho. La cabeza de Djafary parecía una celda llena de enfermos de locos sexuales queriendo escapar para rociar el mal por el mundo. “¿Qué te pasa?”, dijo la niña que por un segundo en toda la noche había volcado su mirada hacia los ojos de Djafary. “Te noto muy triste, yo te quiero, no te pongas triste”, dijo la niña mientras se acercaba al lado de Djafary para hacerle compañía. “Está bien, es hora de hacerlo”, dijo Connery a Smith dando un abrazo fraternal al presidente americano. “Pero, ¿estás seguro?”, preguntó Smith a Connery. “Yo sé, ciegamente, que usted quiere lo mejor para todos, así que firmaré este acuerdo para que ustedes puedan manejar de la mejor manera nuestro economía”, dijo Connery mientras cogía el lapicero y buscaba el lugar en donde debía firmar. “Sr. Smith, me haría el gran favor de decirme en cuál de estos espacios que flotan entre sí tengo que firmar”, dijo Connery, idiotizado por el alcohol. “No puedo hacerlo, no puedo”, pensó Smith. “Estos impulsos no me pueden vencer en estos momentos, no con él”, reflexionó Smith, quien era uno de los políticos mas corruptos del Estado, cuya grandeza giró gracias a la capacidad que tuvo para ocultar todo y meterse a los bolsillos el dinero de todos.

Se paró y se dirigió al baño, un baño maloliente, con algunos insectos que vivían por ahí; sacó un frasco con calmantes y se lo tomó para calmar su ansiedad, Djafary esperaba que con esas pastillas pudiese controlar los impulsos que lo atormentaban. Subió a su cuarto y se miró al espejo. “Djafary, tú no eres un monstruo”, se dijo. “No lo hagas esta vez”. Una voz muy tierna rompió con la tranquilidad que había encontrado Djafary. “Me quiero bañar”, dijo la niña que se encontraba preparada para la ducha, tapada solo por una toalla. “¿Qué haces vestida así?”, dijo exaltado Djafary mientras sus impulsos se habían activado otra vez, aun más fuerte que antes. “Quiero bañarme”, repitió la niña. “No lo hagas aún, Connery, todavía no firmes”, dijo Smith ahorcando los impulsos de concretar ese acuerdo de un solo beneficiario. “Pero quiero hacerlo, ¿hay algo que me impida hacerlo?”, preguntó Connery, mientras jugaba con el lapicero. “No deberías hacerlo hoy”, dijo Djafary a la niña, que ya se había corrido hacia la ducha. Djafary había casi cedido al impulso una vez que entró al baño para ver a la niña. “Es ahora o nunca. Lo voy a hacer”, dijo Connery. “Yo el presidente de Uganda, estoy aceptando libremente firmar cualquier documento que nos beneficie”. Connery estaba idiotizado por el alcohol otra vez. “Hermanos como nosotros, hermanos de raza, debemos tendernos una mano siempre”, dijo, inundando así la cabeza de Smith de muchos recuerdos. El presidente americano comenzó a recordar su infancia triste y pobre que vivió en su país de origen, un país africano, cómo fue discriminado muchas veces y “basureado”. Un africano que había llegado a nacionalizarse americano y que ahora era el mandamás de EE.UU. no lo lograba cualquiera. Smith no puedo contener su identificación con Connery. “Sr. Connery, no firme por favor, no le conviene esto, lo siento”, dijo resignado Smith, mientras le quitaba el lapicero de las manos.

“¿Te acuerdas cuando mamá, tú y yo jugábamos a las escondidas, papi?”, dijo la niña mientras jugaba con la espuma que había hecho en la tina. Djafary vio una foto que estaba puesta sobre la mesita del cuarto en donde estaba él, su hija y su esposa, quien había muerto hace un año por un fatal ataque cardiaco. “Puto impulso, ya perdí a mi esposa, ahora no perderé a mi hija”, dijo Djafary dirigiéndose otra vez al baño. “Mi amor, quédate aquí nomás, en un rato va a venir la vecina del costado para buscarte, ¿ya?”, dijo Djafary lagrimeando. “Ya, papi, ¿a qué horas vendrás?”, dijo la niña mirando a su padre. “Siempre te visitaré, siempre te cuidaré, no me olvides nunca, te amo”, le dijo Djafary que, instantes después, buscó a la vecina para decirle que se encargue de su hija. En la casa de la vecina, Djafary acabó con su vida con un certero disparo en pleno cerebro.

“Buenas tardes, queridos compatriotas, les vengo a comunicar que he decidido dejar mi cargo de presidente”, dijo Smith. “Hoy he muerto, hoy el señor presidente no existe más”, dijo Smith en un discurso que dio luego de que el Sr. Connery había tomado el vuelo de retorno a su país. Smith alistó sus maletas y comenzó el viaje de vuelta a su país natal, a su país que lo vio nacer. Olas de frió azotaban al país de Kenya cuando Smith llegó, caminó por las calles empobrecidas de su ciudad natal, se paró frente a un velorio y se persignó, cogió nuevamente sus maletas y siguió su camino mientras la niña de la muñeca lo veía desde la puerta del lugar donde velaban a su padre.
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Su mirada sombría recorría la calle con suma atención y examinaba cada rostro itinerante con detalle médico. La mano izquierda movía los dedos impacientes contra el borde de su pantalón con un deseo inconsciente de quitar toda atención de su hermana metida en el bolsillo del otro lado. Relamía los labios, ansiosos, mientras hacía bocetos mentales de la pequeña falda escocesa que sabía que vería pasar. Esta vez no tan rápido como las demás, definitivamente no.
Un grupo de rostros frescos y enérgicos empieza a atiborrar la avenida como preludio a la entrada de la muchacha en esa calurosa y concurrida calle. Diferentes matices, diferentes texturas pero en el fondo ahí estaba con esa falda escocesa que había sido protagonista de las más retorcidas fantasías de la mente de aquel hombre. Una chispa fosforescente deshizo cada uno de los bocetos de su mente y alertó a su cuerpo en torno a la silueta de la muchacha. No estaba lejos. Su mano derecha se aferró con mayor fuerza dentro del bolsillo y sus piernas cruzaron la calle. Sincronizadamente su cuerpo y el de la muchacha se encuentran a medio paso en un ángulo de 90 grados, el hombre estira el brazo izquierdo y la coge sin miedo por el codo. Jala su delgado cuerpo hacía un callejón y desliza silenciosamente su mano derecha hacia afuera, revelando a lo que esta estaba aferrada: una Colt calibre 45, hermosa y destellante. Pero ella no tenía miedo.
Era demasiado, para ella no había otra palabra. Era más de lo que ella hubiera deseado tener, pero de igual manera lo quería solo para ella. Le hartaba, le molestaba, la envidiaba y la deseaba. La niña no hacía más que mirar esos inexpresivos y plásticos ojos azules, ese puchero tieso que fingía ternura, amándolos con total odio. La dueña de la habitación entró con una sonrisa en los labios presentándole a el señor oso y doña elefante, mejores amigos de su nueva muñeca. Adeline quitó los ojos de esta y dirigió su mirada hacía la niña parlanchina que trataba a ese par de peluches como niños reales. No le importaba. Se levantó de golpe en dirección a la cama de la habitación, cogió la muñeca que estaba en el centro de esta y cuando quiso salir con esta por la puerta, encontró a su dueña atravesada indagando por qué se llevaba su muñeca. Adeline giró sobre su eje y cogió el control remoto que estaba en el suelo, “sal de ahí o te doy con esto en la cabeza” amenazó y la dueña del cuarto estalló en llanto y salió corriendo a la cocina en busca de su madre. Adeline se escurrió por la ventana del cuarto con la muñeca bajo el brazo.
Le dijo que le decían Mimi, pero él no la escuchó. Él hombre volvió a mirar con ansias esa pequeña falda y volteó el cuerpo de la chica mientras movía el arma amenazante. “Solo quiero verte” le dijo y la empujó hacía una puerta muy escondida en ese callejón. Ya adentro ella se dio cuenta que estaba dentro de la casa del hombre ya que la destreza con la que este se movía en ella era única. Se sentó en un gran sillón y dejó el arma en la mesa de al lado, le pidió a la muchacha que continuara con aquel enfermizo ritual y cuando vio desprenderse la falda de sus caderas, se acercó con prisa a Mimi y besó sus piernas con total devoción. La muchacha no le pidió que se detenga y él continuó. Sus manos recorrieron todos sus rincones, hurgando en cada esquina oscura, buscando cada vez más. Ella, quieta, no le pidió que se detenga.
Tiró la muñeca sobre su cama y la miró con detenimiento. Se acercó a ella y desató el lazo que recogía sus rizos rubios, con furia rasgo sus vestido azul y se lo quitó por completo. No valía la pena, pensó. Pero su cuerpo brillaba, el plástico era hermoso. Sus ojos inertes no sentían nada, no decían nada. Adeline fue hacía su escritorio y cogió un par de plumones y unas tijeras. Con el plástico resplandecer, atacó su cuerpo con plumones marrones, azules, negros y verdes. Algunos lentos, otros rápidos. Los plumones recorrían su cuerpo con mínimo detalle dejando una marca imborrable, manchándola, tirando a la basura toda su plástica belleza. Adeline disfrutaba cada marca, cada mancha. Quería ver su sufrimiento, pero la muñeca seguía sin decir nada.
Insensible o fría, no tenía una definición concreta. “parece de plástico” pensó. Después de ultrajar su cuerpo, el hombre la siguió viendo muy tranquila. Mimi creía que él no sería capaz de más. Aquello lo desesperaba, cogió sus hombros y la sacudió buscando alguna reacción. Mimi seguía quieta. La tiró a la cama, de nuevo, sus nervios lo mataban. Se acercó son fuerza a la cama y entrelazó sus manos alrededor del cuello de Mimi, ahora, como último recurso. Sacudió su cabeza con fuerza y vio como sus ojos inertes se abrían con fuerza, se iluminaban. Quiso más, así que no paro. Pero, la luz de sus ojos, derrepente, se apagó.
Adeline dejó caer lágrimas de desesperación, aquel ser perfecto no lloraba como ella, no sentía como ella. Su cuerpo lleno de manchas seguían mostrando unos ojos inexpresivos. Sintió los pasos de su hermano mayor en el pasillo y aquel olor a cigarrillo que tanto detestaba, una resplandor iluminó su mente y sigilosamente se dirigió al cuarto de este. Encontró lo que buscaba en su mesa de noche y lo llevo con mayor sigilo a su habitación. Se lo mostró amenazante a la muñeca, rogando por algún destello de emoción, pero no consiguió nada. Chasqueó el dedo pulgar contra el objeto que hace fuego y lo puso en el cuello de la muñeca. El fuego subía y bajaba por su cuerpo, Adeline lo vio por un segundo. Era el fuego llenar de vida los plásticos ojos azules de una vivacidad que ella nunca antes pensó admirar. Quiso más y quiso encender el aparato con su dedo pulgar, cuando al fin lo logró, vio como aquello ojos azules se habían tornado en un deprimente negro.

El hombre llegó a su casa a las 6 de la tarde en punto, después de tirar el cuerpo de una adolescente en el río más cercano. La niña pequeña corrió a su encuentro con un gran puchero en la boca. Él le preguntó que había pasado y la pequeña respondió: “Adeline robó mi muñeca, papá.”
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Marco estaba a punto de cortar el cable rojo cuando advirtió que había uno más escondido en la parte inferior del artefacto. Maldita sea! - pensó. Si no lo hubiera notado, en este momento la tensión habría desaparecido ya sea por haber cumplido la misión o por la muerte instantánea. Cerró los ojos y se obligó a permanecer cuerdo.

Los segundos pasaban, la tensión era cada vez más insoportable pero Samuel no era capaz de apretar el gatillo. Es culpable de la muerte de mi madre! – se dijo. Por qué lo hiciste? - preguntó. No hubo respuesta alguna. Te daré 10 segundos, luego dispararé...

Bang, Bang! - Marco pensó que la bomba había explotado ya pero sólo eran los latidos de su corazón lo que lo atormentaban. Debo cortar alguno de los cables. De cualquier forma sólo tengo 30 segundos más para hacerlo y en ese tiempo es imposible alejarme lo suficiente como para no perecer en la explosión.

Qué hago! - se dijo. 9,8,7 contaba lentamente Samuel.

No quería matarlo, nunca lo había hecho y sabía que aunque pudiera volverse loco si desaprovechaba esa oportunidad, su corazón le decía que lo indicado era perdonarle la vida. Ya veremos – se dijo. Acordó consigo mismo esperar hasta el momento final y que su instinto actuara por él. Si lo mataba o no, lo decidiría cuando el contador que él mismo administraba llegara a cero. 5,4... Marco no podía más. Se imaginaba al contador llegando a los instantes finales. Piensa Marco! - se dijo. Debe haber alguna forma de determinar cuál es el cable correcto. Tomó fuertemente el instrumento con ambas manos y dijo:

Cero... No puedo hacerlo
Boom!

Al día siguiente, Marco Jiménez fue hallado muerto en los escombros de un edificio. A muchos kilómetros de distancia, José Valverde era acusado de homicidio por un tal Samuel.
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Tómas miraba a los feligreses congregados casi sin pensar en los detalles de su sermón (algo sobre el amor y el perdón). Era gente que asistía a su iglesia, su congregación, y que no debían ser más de veinte personas, una más, una menos. Y eso que él era un ministro joven y bien parecido. Otros más viejos no lograban congregar la mitad de personas que él. Y parado ahí, detrás del estrado, Tómas los miraba, estudiando cada rostro, la mayor parte de los cuáles había llegado a conocer íntimamente.
Arngrimur esperaba a que el sacerdote saliera del templo. Había hecho su ofrenda y tenía la esperanza de que las entrañas del uro le dieran un oráculo favorable.
“Reverendo Tómas, gracias por darme un momento,” dijo Jónina Aaronson, una de sus congregadas más viejas, la infaltable. Domingo tras domingo, ahí estaba, mirando hacia el altar con ojos brillantes, atenta a todas y cada uno de sus palabras.
“Oh no, no se preocupe Jónina, dime, ¿de qué deseabas hablar?”
“Es mi nieto, Baltasar, reverendo, ha estado actuando muy extraño últimamente.”
“¿Extraño?”
“Sí.”
La voz del sacerdote era dura y siniestra, como las cumbres heladas de las montañas.
“Tu hijo está enfermo. No sobrevivirá al invierno,” continuó.
Arngrimur apretó la mandíbula y asintió a las palabras del hombre que tenía al frente.
“¿Qué hay sobre los extraños?”
“Tendrás que tomar una decisión. Tu familia ha guardado este templo durante generaciones, hijo de Halldór, pero ellos han venido a profanarlo. Traen consigo la fe del hombre colgado, pero es una simbología engañosa.”
“Odín colgando de las ramas del Árbol del Mundo,” murmuró Arngrimur.
“Es un reflejo engañoso. Un lago tan limpio que refleja como si fuera de plata. Pero al sumergirte, te baña la sangre.”
“Son solo bandas de rock, Jónina, no hay de qué preocuparse. Estoy seguro de que sus padres han reaccionado como se debe.”
La expresión de la anciana se hizo desaprobatoria.
“¡Pero reverendo! ¡Seguramente tal cosa está prohibida en el cielo! ¡Ciertamente, no puede ser lo que quiere Dios!”
“¿Y qué es lo que quiere Dios, Jónina?” inquirió Tómas con un suspiro. “¿Es lo mismo que tú quieres, necesariamente?”
“¡Reverendo Tómas!” exclamó Jónina, una sonrisa abriéndose paso en su rostro. “Iré a decirle eso a mi nieto. Es usted un ángel, le estoy sumamente agradecida.”
Tómas correspondió a la sonrisa de la mujer con una sonrisa más bien tímida, mientras esta aferraba sus manos y las sacudía. Luego la acompañó a la salida de la iglesia y se quedó solo, pensando.
Los invasores habían llegado del sur, con cabellos oscuros y largas letanías. Habían profanado los altares, quemado los templos, movido a la gente contra la vieja casta sacerdotal. Y el invierno había llegado y Arngrimur había visto a su hijo partir hacia Hél. Le había preguntado una vez más por los viejos salones del Padre-de-Todo, esos que nunca podría ver, y le había preguntado por su madre, que permanecía en el cuarto de al lado, le preguntó qué es lo que hacía y por qué no estaba con él. Al final de la noche, con el viento helado rugiendo sobre ellos, Arngrimur posó una mano sobre el rostro de su hijo y le cerró los párpados. Luego llamó a su mujer.
Sentado junto al altar, Tómas meditaba sobre su labor. En los últimos meses, se había convertido en una parte esencial del ritual de los domingos. Decirse a sí mismo que estaba perdiendo la fe era una ingenuidad. Estaba perdiendo más que eso. Trató de prestarle atención al detalle, como una chispa sobre una piedra que desaparece casi inmediatamente. Lo buscó dentro de sí, pero fue inútil. Terminó por darse cuenta de que simplemente, estaba sentado junto al altar, perdiendo el tiempo, solo.
Habían quemado su templo, y por poco no lo habían quemado a él. No era un viking, nunca había dejado atrás esas tierras ni puesto un pie sobre la cubierta de un barco, pero sí era un guerrero. Había tratado de enfrentarse a la turba, ¿pero cómo? Se había enfrentado a bandidos, a enemigos de la fe, pero nunca a una multitud descontrolada, con antorchas, guiadas por un ánimo fervoroso, incendiario. No estaba preparado para eso. Fue apartado, golpeado por rocas, pudo matar a unos cuantos, pero finalmente, las llamas abrasaron la construcción de madera y junto a los gritos del viejo sacerdote alumbraron la noche.
Arngrimur corrió. Corrió como nunca había corrido, pero pronto se encontró con un nuevo incendio, una gran pira funeraria para su mujer y su hijo, en nombre de aquél dios furibundo que había llegado del sur para barrer con todos sus oponentes.
Había tenido que esperar. Fue una decisión difícil de tomar, principalmente por lo peligroso. Había sobrevivido en el bosque, comiendo lo que llegaba a él. Bichos debajo de las rocas, aves de presa, y venados. Solo tenía un hacha y algunas antorchas.
Vodka. Se habían hecho íntimos, se dijo.
Poco a poco, comenzó a aventurarse fuera del bosque. De vez en cuando observaba las largas y efervescentes prédicas de uno de aquellos hombres oscuros, con aquél acento que hacía descifrar muchas de sus palabras una ardua tarea, aún más en el estado en que se encontraba. Tan débil, se pronosticaba poco tiempo. Pronto ardería en fiebre, y no podía perder más tiempo.
Beber en la casa de Dios. Ya ni siquiera le turbaba la idea. Los católicos bebían vino, el reverendo Tómas Jónsson bebía vodka. Abuelas acosando a sus nietos, maldiciendo sus bandas de heavy metal. Cucufatos listos para mirar la paja en el ojo ajeno, rostros de miradas hipócritas. Höfnville era una comunidad pequeña, donde todos sabían todo sobre todo. Seguro ahora estarían hablando de la vergüenza de aquél joven ministro alcohólico. Miró hacia la cruz en la pared. ¿Era realmente aquél recinto la casa de Dios? Trato de incorporarse, pero perdió el equilibrio. La botella de vodka cayó a los pies del altar, y se hizo mil pedazos.
“¡Pagano!” gritaba el predicador. “¡Pagano!” Arngrimur ignoraba sus gritos mientras daba muerte con su hacha a uno y otro hombre. Recibió la estocada de una herramienta de arado en el costado. Le destajó el rostro a su agresor clavó su hacha en el pecho del predicador. “¡Pagano!” le gritaba la multitud. “¡El reino de los cielos es de los pobres de espíritu!” Otro hombre se lanzó sobre él y le empujó, haciéndole perder el equilibrio. Estaba tan cerca del templo, ese que habían erigido sobre las cenizas del que su familia había jurado proteger hacía más de un siglo. No tendré otra oportunidad, pensó, y lanzó su antorcha hacia la construcción, con toda la fuerza que quedaba en su cuerpo. No fue suficiente: la antorcha cayó a varios metros del lugar, y los cristianos no tardaron en apagar ese fuego tan pequeño, tan miserable como su vida.
Estaba condenado. Tómas lo sabía. Ahí, en esa construcción de madera, no había un dios. Solo estaba un borracho, esperando la congregación de un montón de ovejas cada siete días. Debía terminar con ello. Nunca fue lo que quiso de su vida, si es que aún podía llamársele así. Cogió el vaso que había dejado junto al altar y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la cruz en la pared. Tomó el encendedor en su bolsillo y una pequeña llama iluminó su mirada. Lo dejó caer sobre el líquido y la madera comenzó a arder.
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Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. "Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja", grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae cobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. "No podremos salir", dice, "están amontonados ahí abajo como animales". Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del brazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. "Es en el décimo piso", dice el teniente. "Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos".


Julio Cortázar (1914-1984), uno de los renovadores de la narrativa argentina de los años sesenta y una de las grandes voces de la narrativa moderna latinoamericana materializa, en "Todos los fuegos el fuego" una de las estrategias típicas de la narrativa contemporánea, sea literaria o cinematográfica: el montaje de secuencias narrativas en paralelo. Los tallerista presentan a continuacíón sus ensayos sobre esta técnica.
Categoría: Monólogo interior
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Por qué me dijo eso? Que ya está preparada? Y yo como imbécil le dije que también estoy preparado. Más huevón. Y ahora como me salgo de esta huevada. Justo me viene con esas, justo ahora. Soy un estúpido, ni siquiera puedo mirarla, menos besarla, qué chucha me la voy a poder tirar pues. Pero no puedo terminarle, de ahí todo el mundo sospecha. Ni cagando quiero que sospechen, sino todos van a estar hablando cosas y fácil mi viejo se entera. Puta y si se entera? No, no, no pasa nada. Si sigo con Luciana las cosas seguirán igual. Ya tranquilo. Pero no me la quiero tirar, qué pasa si de ahí Agustín se molesta? Fácil después no me va a querer seguir viendo, y yo lo quiero de verdad, es lo único bueno que me ha pasado en este mundo de mierda. Maldita sea, no puedo tirarme a Luciana. Encima tengo que ir ahorita a su casa, que no hay nadie. Pero qué hago, tendré que ir nomás. Ya veré qué le digo a Agustín, fácil le escribo un poema. Puta madre, cada vez estoy más cerca a su casa. Me está esperando en la puerta, la perrademierda. Qué le digo para safarme de esta. No quiero que me bese me das asco Luciana me das asco saca tu lengua de mí deja de tocarme me das asco me das asco suéltame Agustín Agustín piensa en él y te olvidas de lo demás Agustín Luciana suéltame no quiero entrar en ti puta Agustín. Por fin se quedó dormida. Me doy asco. Agustín.
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Quiero.. ¿Qué tendría que decirle? Qué se supone… y ahí está la luna. No, esa no es. El foco amarillo de poste orinado. Creí que estaría y no hay luna. El foco, digo. Mah, ¿qué…? Como sea.
No puedo. Quiero, pero no… Maldita. ¡No puedo! ¡No puedo! Siempre me dice que no diga que no puedo, ¡pero no puedo no decir que no puedo! Cabeza arde y ya quiero agarrar a patadas la pared, que maldita, maldita, maldita, maldita…Y la puerta. La puerta con el vidriecito azul. Que si la agarro a puñetazos me arruino la mano y todo queda bien, porque entonces la mano hace juego con la cara, ¿no?
Tranquilo, me dijo.
Pobre. No entiendo cómo todavía me cree.
Hasta es gracioso. ¡Ay, pobrecita, mi mamá! Pobre, pobre. ¿Acaso yo la obligué a algo? Yo nada. Ella sí. Ella sabía. En el fondo sabía. Supo. Siempre sabe. Igual si entro voy a morir. Ella no, ella va a llorar pero no va a hacer nada.
El foco está brillando mucho. Está brillante. Mucho. ¿A mí qué me importa? Ah, qué te importa, ¿eh? Cállate, déjame pensar. YA no tiembles. ¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a llorar? ¿Dónde vamos a ir? Igual si llegas mañana te van a matar. Igual vas a morir, hoy, mañana, dentro de… cuando tenga cien años… cuando tenga… ¿doscientos? ¡Cobarde! Entra, tarado. Y si te matan que te maten, que ya estás medio muerto. ¿Qué vas a decir, ah? Que no pasó nada. Que… me caí, que me llevaron al hospital… ¿Y cómo salí de la casa? Ah, mira. Me… eh… ¿raptaron? Entraron por la ventana y me llevaron, y… Ah, pero antes me amarraron, rompieron el vidrio, me lanzaron a la calle y me obligaron a ir. Y luego me metieron… Ah, no. Antes me rompieron la cara.¡Claro, pues! Me querían llevar, y yo no quería, y por eso me agarraron a patadas. Oye, ¿y entonces por qué las heridas están frescas? Miente bien, pues idiota. Ah, ¿sí? Ven tú y cháncate el ojo hasta que quede como el mío, imbécil, a ver si después de eso puedes pensar bien.

Y…
Y me sacaron de la casa. A la fuerza. Me pegaron dos veces, antes y después. Me pegaron de a quince contra uno, quince negros enormes medio sádicos vampiros caníbales que me agarraron a palos nomás pa` saber cómo me veía. Ah, ¿y por qué no les respondiste? ¿No dices siempre que no importa si vienen de a cincuenta, tú les sacas la mugre? AH, NO, es que yo soy tan BUEEENO, que no les quise…
Cállate, imbécil, y piensa.
Creo que ya ni puedes pensar, ¿no? ¿Qué te ha hecho el tarado ése, maldito? Imbécil.
Si sale el sol… No. Voy a quedarme aquí toda la vida. No puedo ir a ninguna parte.
Creo que voy a...
Tururú… tururú… ¿Por qué no llamo por fono? Quizá… Prefiero que me maten por teléfono.
Creo que…
Voy a vomitar…
(Vomita con mucho asco).
Odio vomitar. ¡Y ni siquiera he tomado nada! La vida es tan injusta. Nada. Sólo la partida de cara. Es todo. La súper sacada de mugre en las escaleras vino gratis. Y el Ay, mira, ese borracho me está fregando mi fiesta también estuvo re-contra bien, ¿no? Re-contra. A mí qué tu fiesta, ¡a mí qué! Ni me dieron tiempo de hacer nada, estúpida.
Tranquilo. No queremos…
Qué? Vomitar?
Vomitar? De nuevo no. El terno está bien fregado. Ya fue el asunto.
¡El pensamiento y la cabeza y el ojo maldito! El maldito ojo! Y mi mamá llorando hasta mañana, seguro, hasta la tarde de mañana, llorando y… qué le voy a hacer… eh, decir. Seguro ya ni me va a… me duele todo pero eso ya...
Suspiro. Ay,¿ de qué suspiras, mi amor?
¿De qué más voy a suspirar, tarada? Suspiro porque puedo respirar. Ni siquiera fue por ti. Me peleé porque quise y ya. Tenía ganas de que me rompieran la cara. Y bien rota, mi amor. Bien rota. Y luego Ay, imbécil, estás re-feo, no me llames. No me llames! Ay, sí, no te voy a llamar.
Ah, no.
No! Ella no me diría eso. Qué tal… Eh, Mi amor… ¿Por qué me tiene que llamar así? ¿Qué? ¿No tengo nombre?
(TUM. Dentro de la casa hay un ruido fuerte)
Ay, sí que tengo nombre. Y ya ahora me lo van a decir. Sí, tengo. Tengo. Preferiría no. No tenerlo.
Maldita sea! Cobarde, ¿te vas a correr? Le has sacado sangre a un tipo de cien kilos y te corres por…?
(El vidrio azul de la puerta se ilumina. Alguien ha encendido la luz del pasillo que da a la puerta principal).
La muerte.
Manos. Manos. ¿Dónde están mis manos? ¿Dónde están mis pies? ¿Dónde…? Yo…
(La puerta se abre). ¿Qué florcitas quieres en tu tumba, mi amor?
Categoría: Monólogo interior
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Estás ahí durmiendo y todo parece extremadamente confuso. No. ¿Qué mierda estoy haciendo? ¿Qué hago acá? Si tan solo no te hubiera pedido que me acompañaras… fueron tus ojos grises. Me cautivaron, ahora no sé quién soy. Fueron tus palabras sinceras, cuando decías que todo estaba bien, que ni la marihuana, ni la universidad, ni la perra de Cecilia me podían derrotar. Que yo soy fuerte. Que camináramos juntos un rato. ¡Cómo mentías! Pero como te creí. Quisiera tener 6 años y seguir jugando los domingos en la casa de mis abuelos…monopolio, ludo, ajedrez. Cuando todavía creían en mí. ¿Quién soy ahora? Dijiste que no pasaba nada cuando el mundo se destruía. ¡Bang! Juro que escuché como se abrió la tierra anoche, aquí en tu casa. Tu cuarto. Un hueco. Tres huecos, cien huecos. Oscuros. Y mi cuerpo. Los gritos y el miedo. Eras mi amigo. ¿Qué cambió? No tomamos nada. No nada, nada carajo. Nada. Yo no pedí que pasara esto. Y Sigues ahí. Quiero que te largues, pero no quiero no verte. Sentir tu cuerpo. ¿Qué después? Soy un rosquete. Marica. Qué club Regatas, qué carrera seria, qué casa de playa en Ancón. Maricón. Y lloro puta madre. Lloro. Porque ningún rosquete de mierda llega a ningún lado. Lo dijo mi viejo. Lo digo yo. ¿Yo? Veo tu cuerpo y el mío. ¡Qué asco! Fue el miedo ¿no? Tuve miedo y te aprovechaste. Quiero ver a Cecilia, decirle que la amo. No me dejes Cecilia. Soy un hombre de verdad. Olvidar. Si, olvidar que esto existió. Que nunca exististe Pancho. Que jamás llegamos a esto. Los dos juntos. Que nunca pensé que te quedaban bien los rulos. Olías bien. Perfume caro. Así cualquiera te hace caso. Y el gris. Gris el cielo de Lima. Grises tus ojos. Tú: paciencia infinita. Miedo y culpa. Me duele el cuerpo. Me dueles tu Pancho, maldita sea. Y es la culpa de todos Pancho. Miedo. Sí, tengo miedo. No quiero que te vayas, no sonrías como lo estás haciendo. ¿Acaso no ves? Quiero morir. Tus manos se acercan. No me toques… no… miedo. Miedo. Tu sonrisa, puta madre. El club Regatas… perdón viejo… miedo. Gris. Me encanta.
Categoría: Monólogo interior
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Tan accidentado, un terreno tan cansado patas enormes que pueden triturar la roca y cambiar todo el paisaje y tan accidentado, estoy agotado, pero debo mantenerme fuerte, debo recuperar las fuerzas, comer, descansar, aferrar con fuerza esta espada que no es como cualquiera, me lo dijo el brujo, aquél hombre viejo de manos febriles mirando en su caldero y leyéndome la palma, qué olor tan repugnante el de su choza, seguramente como el olor que ahora mismo viene de las entrañas de la montaña, unas cuevas tan oscuras, tan cavernosas, tengo que detenerme un momento, comer, descansar, debo recuperar las fuerzas un momento pero esta espada, esta espada que no es como cualquiera, que tiene nombre propio, Matarreyes, así se llama, qué nombre, tan cruento, y pensar en matar a la criatura, yo podría ahora mismo estar las cabras, los rebaños, qué paz, qué tranquilidad, me duele todo el cuerpo, dioses. ¿Y en qué estará pensando esa chica, la del cabello de fuego? Fuego, fuego y sangre a montones y escamas como enormes y duras como placas de armadura, ¿qué es todo esto? Me detengo, ya no doy más, un momento, un poco de aire, tengo que estirar las piernas, todos los demás músculos, la espada, la sopeso, hender el aire, si se encontrara con una hoja de otoño en su camino seguramente la cortaría mi carne con sus garras enormes, me masticará sin piedad, dioses, ¿en qué es lo que me he metido? Y todo culpa de ese mago apestoso, un viejo que comulga con deidades olvidadas y demonios supersticiones, la gente está llena de supersticiones, pero aquí está el monstruo, ¿verdad? Aquí en esta montaña a tan solo unos pocos minutos, el olor de la carne chamuscada llega me pica la nariz, me pica toda la cara, el cuerpo, pero no puedo rascarme, la cota de malla, como pesa, como pesa, y la espada, la espada prácticamente me arrastra, Matarreyes, ¿cuál será su historia? Dicen que su madre vino de las tribus de más allá del río, esa guerra, a penas un niño, ese cabello como ningún otro, sus ojos, ojos en los que no me importaría perderme, perderme y nunca volver, nadie lo sabrá nunca, pude haber muerto luchando, la criatura ha matado a tantos, tantos, Matarreyes, ¿si no la encuentran? ¿También se la comió la bestia? Clava la espada, dijo el viejo, y morirá el dragón. El dragón, tan alto y poderoso como estas rocas, bolas de fuego inclemente, el sol, la armadura, el cansancio, cómo es posible, cómo. Y la muchacha, ¡la muchacha! Imagina que lo logras. Imagina que lo logras, no podrá negarse, tendrán muchísimos hijos, serás el líder de la aldea, te aclamarán, clamarán ¿QUÉ ES ESO? Dioses, ¿qué ha sido eso? Un rugido, aferro la espada fuerte pero estoy tan cansado, me duelen los huesos el sudor sobre mi frente pero ¿si lo mato? Si lo mato cantarán mis hazañas pero qué rugido más espantoso, ¿sabe que estoy aquí? ¿Cómo me lo enfrento despierto? Estará dormido, dijiste, desgraciado, viejo bastardo, agárralo por sorpresa, Matarreyes atravesará su nuca, le robará la vida despierto es imposible, una bestia como aquella, un dragón, un avatar del fuego y de la roca si clavo la espada ahora mismo en las rocas de esta montaña y corro, corro lejos me alcanzará de todas formas, la tierra tiembla, por los dioses, todo se mueve todo se mueve y tengo que mantenerme de pie y qué pensaría esa chica si me viera, Astrid, ¿qué es todo esto? Yo no soy un cobarde, aferro la espada, el sudor sobre mi frente pero tantas ganas si le clavo la espada y ya le veo, batiendo las alas, tendría que haber estado dormido, tendría que haberme deslizado entre las sombras, nada de correr, sin correr, ser valiente y entre las sombras, sin ser escuchado, clavar la espada entre sus hombros, qué valiente matando al monstruo en su sueño, no, ¡no! Así debió ser desde el principio viejo brujo cobarde, si eres un hechicero tan poderoso ¿donde estás ahora? A ver pues monstruo, vuela, muévete, somos tú y yo, Matarreyes, ¿y si me viera mi padre? El jefe de la aldea, estaría tan orgulloso, ¡una muerte digna! Es lo que todo varón esforzado desea y si tan solo las cabras, los rebaños, sentado sobre las rocas, tanta paz, y ahora el sudor sobre mi frente y la espada que me jala, me impulsa y ya está tan cerca las alas baten y abre la boca enorme y qué calor dios mío, y el sol en lo alto no veo nada ¿por qué se llama Matarreyes? Nunca me lo dijo este anciano qué es lo que está pasando, no veo nada, el sol, el sol, tan arriba, arriba, todo tan rojo como Astrid y la guerra, los hombres del otro lado del río, corre, corre, corre, salta, salta tan lejos como puedas, entre las rocas, dragón, el dragónfuego, ¡te alcanza… !
Categoría: Monólogo interior
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No subió la apuesta. No entiendo. Inició elevando la apuesta casi cinco veces la ciega, después de un aumento en el segundo turno y luego de que cinco paguemos para jugar la mano. Quería llevarse el pozo sin jugar y casi lo logra. El flop es alto. Con una K en mano ya tengo el trío. Pero elevó demasiado y antes de empezar, como si su mano ya estuviera resuelta. Quizá ya tenía un par en mano. Uno no muy alto. Los Ases. Por qué no sigues apostando. No. Sólo elevó con números altos esperando el flop. Está esperando. Maldito cabrón deja de mirarme. De todos modos la J y la K de diamantes abren la posibilidad de color. Mierda mi whisky está caliente –check. Obviamente coges tus fichas. Si no aumentas y yo vuelvo a pasar echas a perder tu posible gran mano. Proyecto a color de seguro –raise. El turn no cambia nada. El proyecto a escalera quizá siga en pie para él. No tiene nada aún. Si consigue el color o la escalera mi trío se jode. Diamante. Diamante. Va pagar. El river me ama –check. Aumenta. Aumenta. Aumenta. Ese 10 de diamantes es su color o su escalera, que chucha. Ese 10 es mi full house –All in. Sólo paga. Si ya llegaste hasta acá. Paga gringo. Nunca me complació tanto escuchar call. Así es caballeros, full... ¡qué! ¡Cabrón de mierda! ¡¿Cómo puede tener la Q y el 9 de diamantes…?!
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Corre. Corre. ¿Dónde están los demás? No te detengas ¿Los habrán alcanzado? Corre. No bajes la velocidad ¿Si los chaparon? ¿Vuelvo? No seas y sigue corriendo. Los chaparon. ¿Qué hago? Corre. Vuelve. Corre. Vuelve. ¿Vuelvo? ¿Y el dinero? Vuelvo
-Bsum.
¡Corre! ¿Qué mierda fue eso? ¿Balas? Mierda. Mierda. Mierda. ¿Dónde voy? ¿Dónde estoy? Izquierda. Derecha. ¿Izquierda? ¿Derecha?
-Bsum. Bsum. Bsum.
Derecha. Corre. Te detienes y te atrapan. Te atrapan y te jodiste. Bajas la velocidad y te da una bala. Corre. Corre. Casa verde. La casa de Karina. La casa de Karina es la verde. Dos cuadran más y llegas a la Av. San Luís. ¿Izquierda? Izquierda. De ahí al parque de Miguel. Al parque de Miguel. Al pampón vacío. Llegar al pampón vacío. ¿Siguen detrás de ti? No revises. No te detengas. ¿Y los demás? Jaime tenía la plata. Si no lo cogieron se fue con ella. Al pampón. ¿Dónde está San Luís? Mierda. ¿Me perdí? Me perdí. No de frente nomás. ¿Qué fue eso? ¿Son sirenas? No voltees. No voltees.
-Bsum.
¿Por qué mierda volteas? Corre nomás. El parque. Ahí esta el parque. Llegaste. El pampón. A saltar el muro. ¿Que mierda? ¿Esta inundado el parque? Esta morado el piso. Rojo. Sangre. En tu zapato. En mi zapato. Me chapó una bala. Mierda. Corre. Falta poco. Sube el muro. Mierda. Me cagaron la pierna. ¿Cómo me trepo el muro? Trepa. No te queda otro. Manos. Brazos. Jalar. Pierna. Cuerpo. Sobre el muro. Llegue. ¡Llegue! Mierda mi pierna. Rojo. ¿Qué fue eso? Algo se movió. Corre. No puedes. Dolor. Puñal. Bolsillo izquierdo. Ya la cagaste.
-¿Pancho?
-¿Jaime?
Categoría: Monólogo interior
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Susan ¡piensa!, ¡piensa! Demuéstrate, a ti y a todos esos cholos ignorantes, de lo que eres capaz, eres ingeniosa, inteligente y muy despierta, porque decir pendeja no va contigo, ¡vamos! algo tiene que salir. Esto me pasa por traer una muestra de primer mundo a este país atrasado y sucio, por gusto la traje, ni van a verla, y de ahí se quejan esos cholos ignorantes, ¡malagradecidos! bueno, puse la muestra en Camacho para que la gente de mi nivel vaya, pero ¡la muestra no se llena! y los cholos esos de Ate ni se interesan por educarse aunque sea un poquitín, por esos están así esos. ¡Piensa, piensa! un cigarro ayudará. Ya ni siquiera tengo dinero para poner publicidad y no voy a agarrar nada de mis ahorros para mi viajecito a Europa, ¡ni loca! ¿cómo hago, cómo? voy a decepcionar a los gringos y no me van a querer renovarme la visa. Y ¿si bajo las entradas? no, no quiero perder. Ya no quiero otro cigarro, mis pulmones están muy maltrechos y así no podré disfrutar el viajecito que me espera. ¡Hay, que estrés! y en un ratito va a llegar Juan Antonio y me va a volver loca con ese claxon que no deja de sonar, ¡carajo! ni que me demorara mucho arreglándome, que más quiere que me pongo bonita para él. Y ¿si voy a los colegios a obligar a los maestros a que lleven a sus estudiantes? no, Susan, tu no estás para esas cosas y además queda poco tiempo. Tiene que ser algo que llame la atención de todos y los medios me tienen que ayudar. Y si digo que se robaron una parte de la muestra y que la necesito urgente y que voy a ofrecer una recompensa y me pongo a llorar y me muestro muy disgustada y voy a la policía y me entrevistan los medios y así la gente vendrá y venderé entradas y los gringos sonsos me amarán, hay pero no les mencionaré ni una palabra de esto a esos gringos que se creen muy honestos. ¡Eres una genio Susan! ¡lo tengo! voy a hacer como si se hubieran robado un órgano, a ver cual, cual, ¡un pulmón! hay te amo Susan, eres una diosa, siempre lo supe. Si, diré eso. Se robaron un pulmón de la muestra y denunciaré el hecho y los agarraré de cholitos a todos jajaja, hay no te rías así, si, y le echaré la culpa a los colegiales y diré que espero que haya sido una palomillada y diré que estoy muy decepcionada del Perú y, en especial, de su gente y de esos cholos que manchan el nombre del Perú y son ignorantes y no compran mis entradas y ahora si venderé todo y ganaré y, no, no, no digas pendeja, hay, pero lo soy.
Categoría: Monólogo interior
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No, Dios mío, ¿sangre?, carajo viejo, no, tengo que hacer algo ¿quién fue el conchasumadre?, calma, sangre, cuerpo, putamadre, viejo, ¿lo levanto?, no, no, tranquilo, no respira, viejo, no, ¿mi mamá?, putamadre, ¿por qué?, levántate viejo, la alfombra, la sangre, miedo, miedo, pena, ¿qué hago?, las llaves del carro, el teléfono, suena, suena, sueña, anoche soñé con él, sí, en el club estábamos, en la piscina, habían de esos pajaritos de colores que dicen cu cu lí y jugábamos fútbol y luego a la piscina, en esos tiempos… su cara, no se mueve, tiene que decirme algo, no, no, no, mejor no, sí, viejito, por favor, ventana, puerta, no me voy, teléfono 246, no, no, 26471, no, mejor corto, carajo, ¡papá!... las chelitas de los domingos con mi viejo, ¿qué voy a hacer?, las lágrimas, la camisa, la camisa de mi viejo, ya no lloro, ya no lloro, la ambulancia, no, se ha muerto, carajo, se ha muerto, cuando cumplí trece, mi viejo y su carro azul, putamadre, pesa, al patio, afuera, afuera, nadie va a ver, nadie va a ver, no, ya no lloro, ya no lloro, ¿por qué?, ahora, mi mamá, carajo, Cecilia, se van a poner mal, ¿quién fue el hijo de puta?, mis manos, no, no, mis manos, carajo, el cuchillo, viejito, yo no lo hice, yo no lo hice…
Categoría: Monólogo interior
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psicina


[...]

Lloraba sentada mirándose el sexo, y cubriéndose los senos pudorosamente con los brazos. Pensaba en las monjas de su colegio, en sus padres, en la bodega y en sus hermanos. Pen¬saba en sus amigas, y se miraba el sexo, y sentía que aquel ardor volvía. Hubiera querido amar mucho a Manolo, que parecía un muerto, a su lado, y que sólo deseaba que las lágrimas de América fueran gotas de agua de la piscina. Trataba de no pensar porque estaba muy cansado... Cuántos días. Soportar sin ver a Marta. Contarle. Todo. Hasta la sangre. Contar que estoy tan triste. Tan triste. ¿Qué después? ¿Qué ahora? Marta va a hablar cosas bien dichas. Si fuera hombre le pego. Mejor se riera de mí para terminar todo. Ahí. Aquí. Anda, lávate. ¡Cállate, mierda! No gimas. Te he querido tanto y ahora estoy tan triste y tú podrás decir que fue haciendo gimnasia y ya no volveré porque te hubiera querido. Antes antes antes. Mandar una carta. Explicarte todo. Desaparecer. Matarme en una carrera con mi auto nuevo. Simplemente desaparecer. Marta te cuenta todo. Cobarde. Decirte la verdad. Sobre todo irme. Si supieras lo triste perdonarías pero nunca sabrás y esto también pasará. Sí. No. Ándate. Ándate un rato. Vete. Cuando me ponga la corbata todo será distinto. Te llevaré a tu casa. No te veré más. Tal vez te des cuenta en la puerta de tu casa, y mañana irás a comprar ropa de verano y no veré tu ropa nueva más apretada. Culpa. Cansancio. Se está vistiendo en ese cuarto de la casa. Soy amigo del jardinero ni mis padres están en Europa. Tal vez te escribiré, América. Con mi corbata. Mi padre no está en Europa. Mentiras. Culpa. Mi padre. Su corbata allá en el cuarto de Miguel. Te llevaré a tu casa, América. Tu casa de tus boleros donde también he matado he muerto. Mi corbata tan lejos. Morirme. Ser. To be. Dormir años. Marta. La corbata allá allá allá allá.
América se estaba cambiando.

Alfredo Bryce (Lima, 1939) fue por muchos años el escritor peruano más popular y es autor de uno de los libros de cuentos y escenas mejor logrado en la literatura peruana, Huerto Cerrado. De él extraemos "El descubrimiento de América", cuyos monólogos interiores han motivado que nuestros talleristas se enfrenten al reto del flujo de pensamiento libre para expresar estados de conciencia alterado (en el ejercicio propuesto, por el alcohol). Aquí los interesantes resultados de esta semana.
Categoría: Escena
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-¿Cómo me veo? – se preguntó Paola mientras caminaba en dirección al espejo de la sala – Debo verme linda para Joaquín. Hoy le daré la gran noticia. Espero que esté preparado, aunque ya sé que igual le tomará por sorpresa, exactamente como a mí. No pensé que pasaría tan pronto. Me muero por ver en su rostro una expresión de felicidad infinita, ahora nuestra vida estará completa.
- Amm...sí. Te ves linda. Como siempre. Ahora debes preparar todo y tener lista la cena. Joaquín ya no tarda en llegar. ¡Uy! Los aretes. Los dejaste en tu mesita de noche. ¡Apúrate, Paola, apúrate! – se dijo para sí misma mientras corría escaleras arriba.
El timbre sonó por tercera vez.
- ¡Ya voy! – gritó desde arriba sabiendo que nadie la escucharía -Listo. Llegó la hora – pensó mientras se terminaba de arreglar y abría la puerta.
-Hola Paola – dijo Joaquín con una expresión no tan entusiasta.
- Hola mi amor. No sabes cómo contaba los minutos que faltaban para que llegaras. Te tengo una súper noticia. Pasa, pasa. ¿Tienes hambre? Preparé los ravioles que tanto te gustan.
-La verdad no, no tengo hambre. Dime lo que me tengas que decir, no dispongo de mucho tiempo. Tengo un asunto pendiente y debo resolverlo rápidamente.
- Pero amoooor, es sábado por la noche y mañana tienes el día libre. ¿No puedes hacerlo mañana? Los dos sábados pasados fueron iguales. Me dejaste sola por tu trabajo. No debes dejar que te absorba tanto ni que…
-¡Paola! ¡No entiendes! Por favor, si quiero prosperar en mi trabajo debo dar el 100% de mí. Bien sabes que los dos sábados anteriores he tenido reuniones inesperadas a las que no he podido faltar. Si me has hecho venir para eso, mejor me voy.
-No, Joa, no es eso. Es algo importante sobre los dos. Es realmente importante. ¿No puedes cancelar tu reunión de esta noche? – pidió Paola mientras perdía poco a poco la paciencia.
-¡NO! – dijo Joaquín con cierta exaltación.
-¿Lo estás diciendo en serio? – dijo la mujer mientras tomaba asiento en una silla de madera, tratando de mantener la calma.
- ¡SI!
-No puedo creerlo. Eres increíble
-¡ME LARGO! ME TIENES HARTO DE TANTO…
-¡ESTOY EMBARAZADA! – gritó Paola desesperadamente mientras dejaba caer las primeras lágrimas.
-¿Qué? No puede ser. Lo siento, Paola, pero no puedo hacerme cargo de un bebé ahora. Esto ha sido un descuido tuyo y…
-¿MÍO? Es el fruto de nuestro amor. No es posible que estés diciendo esto. Tú estabas de acuerdo con que formáramos una familia.
-No, sólo fue un comentario y no significaba que lo quería ahora.
-¿Qué me estas tratando de decir? ¿Acaso no me amas? Yo sé que podremos enfrentarlo juntos.
-No, Paola, debo irme. Hablamos otro día, yo te llamo.
- ¡No! Eres un maldito. ¿Por qué me haces esto? Yo te amo. Eres el amor de mi vida. ¿Qué es lo que pasa? ¿Tienes otra mujer verdad?
- Sí. Sí. Sí ¿feliz? Ya déjame en paz.
- ¿Por ella me has dejado de lado todos estos días, verdad? Como puedes rechazar a este bebé. Puedes tener una hermosa familia al lado de nosotros. No nos abandones. Piensa bien. – dijo Paola mientras se acariciaba suavemente el vientre.
-¿Tú crees que no lo he pensado bien? No seas tonta. He encontrado una mujer mucho mejor que tú. Una mujer de verdad, que me puede ayudar a prosperar en el trabajo y en la vida. He estado perdiendo mi tiempo contigo, aunque no me puedo quejar, eres una buena forma de diversión. ¡Jajá! Adiós Paola. No me busques nunca más.
Inmediatamente, Joaquín abandonó el departamento dejando a Paola en medio del llanto. Estando sola, Paola se levantó de la silla y se dirigió hacia el espejo.
-Ay Joaquincito. Yo tampoco me puedo quejar. Eras buenísimo en la cama. Lástima que no caíste en mi trampa. ¿Y ahora, que haré? – se preguntó Paola mientras se secaba las falsas lágrimas y se arreglaba el cabello.
-Fácil. Debo hablar con Gerardo, él seguro que caerá. ¿Cómo podría rechazar a su bebé? – Se dijo la mujer mientras una leve sonrisa se esbozaba en su rostro- Claro pues. Imposible. Él nunca, él es el amor de mi vida. Y claro, si no lo es, seguramente lo será Pablito. Jajá.
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-¿Aló?
- Mamá, ¿eres tú?
- Gustavo –su voz apenas cambió el tono-
- Hola mamá. Llamaba para saber cómo estaban por allá
- Bueno, pues te imaginarás cómo está tu papá desde que nos dijiste que
- MAMÁ, ya, entiendo. Me refería a si está bien de salud
- Gustavo, no me vuelvas a interrumpir de esa manera. Yo no te he criado así de malcriado –él alejó el auricular del teléfono de su oreja- Tu padre está bien de salud, después de todo toma como seis o siete pastillas de esas vitaminas raras cada mañana
- Qué bueno. ¿Y cómo le va en el trabajo?
- Gustavo, él es un hombre de más de sesenta años que trabaja independientemente, ¿pues cómo crees que está?
Gustavo notó el tono de reproche de su madre. Esto lo fastidió.
- Mamá, quisiera que salgamos a cenar los cuatro juntos. Solos tú, papá, Lisa y yo
- Lisa está en semana de exámenes en la universidad, tu padre se parte el alma trabajando y yo tengo que apoyar a esta familia, ¿sabes?. Gustavo, no sé qué te costaba esperar unos meses más para contarnos acerca de lo tuyo con Andrea. Tu padre está todo amargado y confundido y quién sabe cómo le afecte esto a Lisa, solo espero que salga bien en sus exámenes
- Ma, eso no es algo que haya podido esperar más. No tienen por qué preocuparse por nosotros, estamos a gusto el uno con el otro y no planeo forzarlos a aceptar nuestra relación
Hubo una pausa de casi cinco segundos en ambos lados de la línea. Él oyó un suspiro al otro lado de la línea.
- Gustavo, tengo que preparar la cena. Mañana tu papá trabajará todo el día y Lisa se quedará a estudiar en la universidad hasta tarde. Haré milanesa de pollo.
- Gracias, mami.
- Hijo, entiende que me duele el hecho de que no tendré nietos por tu parte, y que todo esto ha sido tan inesperado que la estabilidad de la familia pende de un hilo. Gustavo, sé que entiendes cómo
- Mamá –interrumpió- estate tranquila, yo soy feliz y mi felicidad les hace feliz, ¿no?
- Bueno, Gustavo, para unos padres la felicidad es cuando sus hijos se casan, trabajan y son felices, pero tú no…
. Mamá, mañana acompaña la milanesa con papas fritas, por favor.
Otros segundos más de silencio
- Gustavo, ten cuidado con Andrea, no sé de qué sea capaz un hombre como él
- Tranquila mamá, nos queremos y respetamos, eso es suficiente para cualquiera. Compraré una gaseosa para el almuerzo y la pondré en la nevera. Estaré ahí al mediodía
- Está bien hijo, descansa
- Chau mamá. Un beso para tí, para mi papá y para Lisa. Te quiero
-Y yo a ti hijo
Ambos colgaron con una sonrisa.
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Sentados en una banca cerca de la cancha de fútbol que estaba detrás del coliseo, lugar de mayor recreación dentro de las instalaciones del colegio, Álvaro Aguilar y Luis Antonio Loredo conversaban apartados del resto del grupo; cerveza en mano y cigarrillo en la boca, respectivamente.

– Creo que esta vez nos equivocamos. Perdimos sutileza.

– No exageres Luisan, como siempre nadie se va enterar –contestó Álvaro–. Nadie va a acusarnos, te preocupas por la huevas.

– Entramos al mismo salón dos días seguidos y esta vez fuimos por el doble. No van a dejar pasar esta así nomás –dijo Luis Antonio–. En serio, la estamos cagando. Debemos deshacernos de las cosas lo más rápido posible.

– No seas cojudo –respondió con sosiego Álvaro–. Aquí nadie se deshace de nada hasta que lo conversemos todos.

Luis Antonio tampoco se impaciento. Todo un sorbo largo de su lata, mientras miraba, en el resto del grupo, detenidamente a Torricelli.

– ¿Todos? ¿De verdad quieres conversar esto con el pendejo de Torricelli? Es la primera vez que está con nosotros y sólo por Begazo. No confió en esos poseros. Menos en Torricelli. El huevón está condicionado, ya lo amenazaron tres veces este año con la expulsión definitiva. Sería demasiado conveniente para él ser el cabro que nos delate, ¿no crees?

– Entonces, señor Loredo, ¿qué propone? –dijo Álvaro con la mirada perdida en el vacío, desatento, como si no necesitara escuchar la respuesta de Luis Antonio¬–.

– Es simple, señor Aguilar. Solo nos adelantaremos un poco a los hechos. Seremos los primeros en hablar con el coordinador. Luego compararán los testimonios de los otros con los nuestros. Nosotros seremos la base de verdad, solo tenemos que cambiar algunos detalles y deshacernos de las cosas. Así nos protegeremos y protegeremos al grupo, excepto a Torricelli.

– O sea, ¿tu gran plan es cagar a Torri?

– No es nada contra él, es sólo que van a querer a un culpable ¬–dijo Luis Antonio–. Mejor uno que todos. Además Torricelli nunca fue pata, no entiendo por qué dejamos que entre con nosotros.

– O sea –repitió Álvaro, mientras exhalaba el humo de su Camel–, ¿tu gran plan es cagar a Torri?

Hubo una pequeña pausa en la conversación. Luis Antonio miró al resto del grupo, brindando con sus latas y cigarrillos. Le sonrió maquiavélicamente a Torricelli cuando este se detuvo a verlo, mientras alzaba la lata en su mano en ademán de brindis.

– Él se cagó solo al entrar con nosotros.
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-¿Tú has visto cómo se ven las modelos?
-Si
-¿Y qué opinas de eso?
-Que la situación anda cada vez más critica
-¿Y es por qué?
-Cada día salen con menos ropa y mas flaquitas
-No es por eso, algún día cuando crezcas lo entenderás
-Ni que la ropa le creciera con los años
-Me refiero a que si crees que mi hijita podría ser una?
-Si
-En serio me lo dices?
-Claro, siempre falta modelos de antes y después para promocionar productos de belleza
-Y mi hijita ¿sería un después?
.No, un antes
-Mira, no te contesto como se debe nomás porque estoy preocupado de lo que le vayan a decir en su casting
-Ah, pero eso esta fácil
-¿Acaso sabes como le fue, sabes lo que le han dicho?
-Si.
-Pero, muchacho del diablo, qué esperas para contarme
-Le cuento ¿lo bueno o lo malo que le dijeron?
-Dime si la aceptaron, es lo mas importante
-Ah, lo malo.
-Entonces ¿la rechazaron?
-No
-Entonces ¿la aceptaron?
-Bueno, ni tanto que la aceptaron, la eligieron dentro de todas las que fueron al casting
-¿Si? Y, entonces, ¿qué le dijeron?
-Preguntaron quién no había aprendido el guión y ella solita fue la que se levantó.
-Mira, mocoso insolente, esta vez si no te lo…Hija, dime ¿cómo te fue?
-Bien, papito
-Entonces, ¿conseguiste el papel?
-Sí, me traje todos para que nadie más se aprenda el guión.


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_Tengo miedo-dijo el niño. La niña lo miró extrañada y respondió:
_ ¿Por qué?
_ Mañana expondré, todos se van a reír.
_ No se reirán
_ Sí, lo harán siempre lo hacen
_ Pero tu profesora les dirá que no se rían.
_ La profesora no dirá nada. La última vez que hablé delante de todos me equivoqué y todos rieron. Ella no dijo nada.
_ ¿No dijo nada?
_ No, solo se paró y me dijo que me sentara y que me preparara mejor para la próxima vez.
_ Entonces tú no estás preparado por eso tienes miedo.
_ Nooo, la otra vez sí estaba listo solo que tenia miedo.
_ ¿Por qué?
_ Me sentía débil. Y si me paro en frente de todos me sentiré débil de nuevo. Tengo miedo.
_ Y… ¿si consigues algo que te haga fuerte?
_ ¿Algo cómo que?
_ No sé… la pistola de papá.
_ ¿Y si se siguen riendo?
_ Pues les disparas -dijo la niña.
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-Te apago la luz.
-¡No!
-¿Y por qué no?
-Porque hay un monstruo debajo de la cama.
-No, anoche revise y no había nada.
-Es que se escondió en el armario para que no lo veas.
-¿Pensé que estaba debajo de la cama y no en el armario?
-Es que volvió a debajo de la cama porque le gusta masticar las patas de madera.
-¿Quieres que revise si esta?
-Yo sé que está.
-¿Quieres que lo espante?
-No. Quiero que papá lo espante.
-Papá esta trabajando en su escritorio y no puede subir pero yo lo puedo espantar si quieres.
-Papá lo tiene que espantar porque es el único al que el monstruo le tiene miedo. Además papi no esta abajo esta en el armario esperando que la gallina morada ponga huevos en mis pantuflas.
-Mi amor, papá esta abajo.
-¡Esta en el armario!
-Ya es hora de irse a dormir, te digo que no hay nadie aquí dentro. ¡Ves! ¿Jaime?
-Gordita hola ¡Shhhh! No espantes a la gallina que creo que esta a punto de poner su primer huevo.
-¿Jaime? ¿Qué haces ahí adentro?
-Un momento deja que salga. Esta bien ahora si, estaba tomando un descanso chiquito. Los registros financieros no son tan entretenidos como la mayoría piensa. Gaby me contó que una gallina morada se había mudado a su armario y quería ver si ponía algunos huevos para hacer un omelet. Estoy que espero y espero pero la gallina parece estar media pasmada. Será el olor de los zapatos de la enana que la marean un poco.
-¿Pero…?
-¡Papi!
-¿Qué le pasa a mi princesa con su boca de fresa?
-¡El monstruo ha regresado! Esta debajo de la cama y casi se ha comido toda una pata de mi cama.
-Oh no, bueno habrá que comprar una nueva cama, pero antes a espantar al ente peludo. Tú ya sabes que hacer princesa, debajo de las sábanas sin sacar la cabeza ¿Dónde está la canasta con ropa sucia? ¿Gorda? Te acabó de preguntar algo.
-¿Qué? Ah, en el baño, pero no entiendo un momento. ¿Para qué? ¿De qué hablas? ¿Por qué estabas en el armario?
-Ya te dije. hay una gallina morada, un momento gordita. que tengo que ir con las medias sucias de la bebe.
-Un momento, Jaime
-No te preocupes mami que papi es un experto.
-Gaby, sal de debajo de las sábanas. ¿A que están jugando ustedes dos?
-Regresé. Tendremos que agregar medias nuevas a la lista de compras.
-¿Qué haces?
-¡Shhhh! ¿Qué parece? Dejo un camino de medias desde la cama hasta la ventana. Baja la voz, no queremos que se de cuenta.
-¿Pero para qué?
-¡Shhhh! Baja la voz. Para botar al monstruo claro. Voy a abrir, ¡aja! Aquí esta el problema, alguien ha dejado la ventana abierta.
-¿Qué? ¿Y? No entiendo ¿Qué?
-No pues gorda, así es como se meten estas cosas. Si la gallina entró solita por la ventanilla del baño, ¿cómo vas a dejar una ventana grande abierta? Ya, bueno, no importa, guerra avisada no mata gente. Ahora apagamos las luces y…
-Jaime detén esto. ¡Ahhhhh. Algo me acaba de rozar la pierna!
-Mnnn, mnn, mnnn, grawls.
-¡Jaime que es ese ruido!
-Cállate gorda que lo vas a asustar.
-¡Rgrawlls! ¡Gaaaaaaaaaaahhhhhh!
[SPLAT]
-¿Qué mierda fue eso?
-Nada. Carmen por favor no digas lisuras, Gaby esta ahí no más.
-¿Ya se fue papi?
-Si, enana. Puedo ver desde la ventana que ya no se mueve. Ahora sí a dormir.
-¿Jaime?, creo que algo ha caído algo sobre el auto. Jaime, mira hay un... un oso o un perro sobre el Nissan.
-No te preocupes, gorda; apenas ha rayado el carro. Ahorita bajo y lo entierro en el jardín. Buenas noches, princesa.
-Buenas noches, papi. Buenas noches, mami.
-No entiendo, ¿qué es eso encima de mi carro, Jaime?
-Gorda vamos que la bebe ya se esta quedando dormida. Hey, mira. Ya puso huevos la gallina, el ruido del monstruo cayendo la debió ayudar. Supuestamente, solo ponen huevos cuando están tensas; por eso cuando espero a que pongan huevos las gallinas moradas siempre me siento y ladro. Las paltea a las pobres. Bueno, ya tenemos para el desayuno mañana.
-¿Jaime, de qué hablas?
- Nada vamos. Uy, casi me voy sin cerrar la ventana. Hay que mantenerla cerrada en las noches para que esto no vuelva a pasar. No te preocupes, gordita, no es tu culpa, no sabias. Eso y capas también poner un poco de Ratimin al borde de las paredes. Con eso bastará, creo yo. Es por el calor del verano que entran. También me he dado cuenta de que están entrando los mosquitos. Habrá que comprar también un vape.
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- Ya casi. Ahora sólo basta un pequeño esfuerzo y…
- No no no ten cuidado me aprieta mucho.
- Bueno, lo intentare de nuevo; toma un poco de aire y cuando te diga lo botas ¿ok?
- Está bien pero hazlo con cuidado (toma aire).
- ¿Así está bien?
- Sí sí, sigue sigue.
- Tan solo un poco más y…Ahora sopla.
- Ufff(sopla).
- Ya está ¿cómo te sientes?
- Apretada.
- Descuida, así es el modelo del vestido, pero te queda muy bien.
Categoría: Escena
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- Ayer tuve un sueño rarísimo.
- Siempre tienes sueños así, no me extraña.
- Esta vez fue muy real, pero, a la vez, extraño.
- Cuéntame, aún nos queda tiempo y ya pagaste.
- Lo sé, es por eso que trato de apurarme en lo demás.
- Y eso que no te demoras mucho, en fin, cuéntame.
- Soñé que estábamos sentados, frente a frente, y que…
- ¿Como ahora?, está bien, no interrumpo.
- Nos quedábamos en silencio y mirándonos fijamente y…
- El silencio bienvenido nunca es incómodo, ¡ya! No me mires así.
- De pronto, sonaba tu celular y era un paciente insatisfecho y demente pidiendo una cita urgente contigo y tú le decías que no podías, aunque en el fondo no querías verlo porque temías que te hiciera algo.
- Gonzalito seguro, es tan joven y ya viene recurre a nosotras. Y, sí, nunca se va satisfecho y no es mi culpa, es él que no sabe bien quién es o qué quiere.
-Sí, ese era el nombre, y me decías lo que acabas de decir.
- ¿Ahora eres adivino? Pero, es solo una bromita ¡Qué mal humor el tuyo!
- Por eso te digo que es muy extraño y escúchame que para eso te pago, no para que abras la boca, salvo ciertas excepciones. Apagabas tu celular y volvíamos a mirarnos en silencio, eran unas miradas decepcionadas e inexpresivas, como si supiéramos que todo está perdido, que todo está por acabarse y no hay nada que se pueda hacer. De pronto, la puerta se abría con fuerza y entraba ese joven insatisfecho que te llamaba y…
- Gonzalito, ¡qué haces aquí!
- Y tu empezabas a gritar, desesperada, porque sabías lo que iba a suceder y de pronto tu mirada se aferraba a la mía y yo te sonreía y…
- ¡No! Gonzalito, escúchame, ¡no hagas esto!
- Bajábamos la mirada (se escuchan dos disparos) y una luz blanca muy intensa acaparaba todo, nos envolvía, cálidamente, y el silencio era impuesto, pero agradable, y te callabas por fin.

Categoría: Escena
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- Veo que me cambiaron por ti, ahora yo ya no le intereso mucho, incluso está escribiendo un cuento sin mi ayuda, algo parecido a Star Wars, pero no lo logrará sin mí.
- Para que veas pues. Las personas deciden por un rumbo que nunca han probado, y por ese rumbo estoy yo. Ahora yo soy partícipe de su atención.
- Pero conmigo aprendió a dibujar bien, conmigo sus palabras eran dibujos sacados de obras de arte, pero contigo…
- ¿Conmigo qué?
- Contigo su vida cambió para mal, todo le sale horroroso, de las muestras de arte que antes ella dibujaba ahora solo son espantosos caracteres, fregaste su vida.
- Pues ella ya tomó una decisión y ahora me eligió a mí, con el tiempo ella sacará lo más bello que llevo dentro aunque ahora no parezca.
- Se aburrirá de ti, ya lo verás. Probablemente haga el esfuerzo por soportarte pero se cansará y volverá conmigo. He andado con ella toda su vida y tú solo eras un adorno para que no se viera desigual.
- Quizás en su momento, pero a ella ya la domina otro impulso, otra fuerza.
- ¿Otra fuerza?
- Sí, otra fuerza. La domina el otro lado, el lado oscuro de la fuerza.- dijo la mano izquierda.
Categoría: Escena
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-Joaquín, se acerca el camión. Saca la basura de la cocina.
-¿Y por qué no la sacas tú?
-Porque estoy ocupada llevando esta caja de vajillas, si dejaras de ver la televisión te darías cuenta. Además, te lo estoy ordenando a ti.
-No molestes…
-¡Oye, respeta a tu madre!
-Está bien, querida madre; te respeto.
-¿Y qué esperas para sacar la basura?
-Dije que te respetaba, no que la sacaría.
-¿Me estás tomando el pelo?
-No, estoy viendo tele y esperando que mi querida madre pida amablemente las cosas.
-No tengo tiempo para tonterías Joaquín, esto pesa ¿sabes? ¡Así que saca la basura!
-Saca la basura… ¿qué?
- ¡Ay! Mierda… - gritó la madre al caérsele la caja y escuchar quebrarse toda la vajilla.
-¿La del baño también quieres que la saque?


Categoría: Escena
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-Mamá, ¿Por qué papá se ha ido?
-Porque tenía que ir a recoger frutas.
-¿A dónde?
-Muy lejos, amor.
-¿Cuándo vuelve?
-Cuando termine de recoger todas.
-Mami, las frutas salen de las plantas, ¿no?
-Sí, mi amor.
-Entonces papá vendrá cuando se acaben las plantas, ¿no?
-Claro.
-Y las plantas crecen con agua.
-Sí.
-¿En dónde?
-En la tierra, hija.
-¿El agua de dónde viene?
-Del mar.

-Mami, ¿Cuándo vendrá papá?
-Cuando se acabe la tierra y se seque el mar.
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jds


[...]
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.
-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
-¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé... el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
[...]

En "Un día perfecto para el pez plátano", J.D. Salinger (Nueva York, 1919) compone sobre la base de diálogos, en dos escenas contrapuestas, una aproximación proteica a su universo de seres sensibles condenados a la vulgaridad del mundo. Teniendo a vista la fuerza expresiva que adquiere una escena en este relato, los talleristas se sometieron a la prueba de delinear un cuento breve en el mero intercambio de palabras entre personajes que se construyen en su propio lenguaje. Aquí aparecen los mejores trabajos
Categoría: Evaluación
Publicado por: aiparra

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Llegamos a comprender que teníamos que admitir, en lo más
profundo de nuestro ser , que éramos alcohólicos. Este es el
primer paso hacia la recuperación. Hay que acabar con la
Ilusión de que somos como la demás gente o de que pronto lo seremos.
Alcohólicos Anónimos, Página 28


El taxi se detuvo frente al 322 de Miró Quesada. El ex ministro de Pesca, Don Rafael Fernández de la Fuente sacó un billete de veinte soles del bolsillo de su chaqueta de casimir crema, se lo entregó al conductor, le agradeció amablemente y bajó del automóvil. De la faltriquera posterior del pantalón sacó el trozo de periódico, que horas antes había arrancado de los anuncios clasificados, para verificar la dirección. A pesar de la poca luz, proveniente del único poste de ese lado de la calle, y de que no traía puestos sus anteojos, comprobó que, efectivamente, la angosta y desvencijada puerta de cedro frente a él correspondía al 322 de la calle Miró Quesada. Examinó el umbral. Detectó rápidamente el agujero al que hacía referencia el anuncio del diario. Introdujo la mano, palpó el interior y tomó la llave. Después de abrir la puerta, volvió a colocar la llave en su lugar y entró al recinto. Siempre un lugar diferente, siempre de la misma manera, esa era la consigna. El interior estaba aún más oscuro que la calle. Unas empinadas escaleras de madera daban a un segundo piso del cual provenía un imperceptible haz de luz. Subió lentamente, con el andar pesado y silencioso de sus sesenta y tantos años, con los mismos pasos cuidadosos con los que había andado desde aquella vez que se fracturó la rodilla derecha. Llegó a un diminuto vestíbulo que terminaba en una puerta idéntica a la de la entrada. Del otro lado, oyó una voz contenida, casi un murmullo, casi un sollozo. Se colocó el antifaz y empujó la puerta sin llamar. La reunión ya había empezado.La habitación era grande, comparada con la puerta, la escalera y el vestíbulo; estaba pintada toda de color blanco humo. Había una ventana cerrada con las persianas corridas en la pared de al frente; en la de la izquierda, la foto de un ex presidente y bajo ella un perchero común; y en la de la derecha un reloj cuadrado que anunciaba las 8:34pm. En trece sillas de madera dispuestas en forma de círculo, diez personas sentadas escuchaban a una onceaba que hablaba con voz angustiada e intermitente. Iban vestidas de distinta manera, aunque todos con estilo y corrección, y llevaban puestos sendos antifaces negros. Por sus portes, siluetas y cabelleras, la mayoría de ellos parecía estar bordeando los cuarenta años. Don Rafael Fernández de la Fuente era sin duda el mayor de los concurrentes. Su cabello entrecano y su gris barba eran prueba suficiente de ello, aunque su cuerpo erguido y su postura elegante lo hacían ver, más bien, como alguien de menos edad.
Sin quitarse el abrigo, como era su costumbre, avanzó hasta una de las dos sillas que estaban desocupadas, la que se encontraba más lejos de la puerta, justo tres sitios a la derecha del hombre de cabellos rizados que hacía uso de la palabra. Quedaba una última silla libre justo frente a él. Y entonces…mientras ella iba al baño a tomar sus píldoras para dormir, saqué….saqué…la…la jeringa con anestesia que … había robado del hospital donde trabajo esa mañana y me paré a lado de la puerta. Y entonces… volvió y antes de que…que pudiera reaccionar, salté sobre ella y le...le clavé la jeringa en el cuello. Y entonces sus pupilas se dilataron, y su corazón se aceleró, pude escucharlo, sí, y sus manos se pusieron tan...tan rígidas y calló sobre la alfombra. Y entonces, la sed se calmó, mi mente se puso en blanco, me sentí tan...tan tranquilo. Pero luego vino la culpa, e hizo estragos en mi pecho, y…y supe que tenía que deshacerme del cuerpo…y …y. El llanto interrumpió su declaración. Se escuchó entonces una serie de voces de consuelo, de exclamaciones de comprensión. Un par asentía tristemente con la cabeza. Los que estaban más próximos al que lloraba le dieron sendas palmadas en el hombro. Frente a Don Rafael Fernández de la Fuente una mujer, que a todas luces era la dirigente del grupo, tomó la palabra. Compañeros, ¿cuáles son nuestros principios? A diferencia del resto de asistentes, que ahora los repetían al unísono, Don Rafael Fernández de la Fuente aún no conocía de memoria los principios. «Admitimos que éramos impotentes ante la sed; que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables». Esta era apenas la tercera vez que acudía a una reunión del grupo; ni siquiera estaba convencido si le sería de alguna ayuda venir a compartir sus experiencias y sentimientos con esta gente. Él nunca fue un hombre de muchas palabras. «Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio». Si no hubiera sido por la insistencia de su hijo mayor, Juan Antonio Fernández de la Fuente, el único con el que aún mantenía contacto, nunca habría buscado ayuda. Sin embargo, aceptaba que algo no andaba bien con él. «Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos» Se dio cuenta de ello después del tercer asesinato. El primero, el de aquél viejo jardinero suyo, Gregorio, el que cuidaba el inmenso jardín de su casa en Chorillos, fue un simple accidente mientras limpiaba la colección de espadas coloniales que había heredado de su padre, Don Máximo Fernández de la Fuente, ex ministro de hacienda y héroe nacional. «Sin miedo hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos» La segunda vez, fue por curiosidad: María del Carmen, la lavandera que recogía semanalmente sus ropas sucias era sumamente supersticiosa, sumamente cristiana y además, sufría del corazón. Este se detuvo para siempre cuando a Don Rafael Fernández de la Fuente se le ocurrió dibujar las manchas de los estigmas en las sábanas con la sangre del difunto jardinero. «Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter». La tercera vez, que fue la primera en la que realmente sintió placer, fue en su pequeña casa de invierno en Chosica. Había invitado a dos amigos, Don Tomás Abidal, ex ministro de Agricultura, y Don Percy Alatrista, ex ministro de Educación, a escuchar sus discos de la nueva ola, a jugar póker y a tomar unas copas de algunos de sus vinos, los que mandó traer de su colección personal en su casa en Lima. Cuando iban por la décimo quinta mano y por la quinta copa, Don Rafael Fernández de la Fuente tomó el sacacorchos y lo clavó primero en el cuello del ex ministro de Agricultura, y luego en el pecho del ex ministro de Educación, quienes no pudieron reaccionar debido a la sorpresa y al efecto del Graham Vintage Port 1960, el que Juan Antonio trajera a su padre de uno de sus viajes por Europa. Los empleados de la casa, al ver los cuerpos tirados en la sala y a Don Rafael Fernández de la Fuente dormido en uno de los muebles de caoba y satén, el favorito de la ex esposa, Doña Celina del Río, que ya en paz descansa , llamaron desesperadamente al hijo del patrón . Este, que por esos días se encontraba en Lima, habló a su padre sobre el grupo de ayuda y lo obligó a asistir. «Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos».
Don Rafael Fernández de la Fuente no terminó de oír los doces principios pues en ese momento se abrió la puerta de la habitación. A diferencia de cuándo él entró, ahora todos voltearon a mirar a la despampanante mujer de vestido y tacos rojos, tan fuera de lugar, que acababa de entrar. Su larga y lacia cabellera negra, que por una parte combinaba con el antifaz que ella también usaba, contrastaba con el rojo, rojo sangre, rojo-granate de Bohemia de sus inusuales labios rojos, y con el blanco, blanco marfil, blanco perla de su inusual sonrisa blanca. El cuchicheo generalizado de los compañeros frente a la inesperada aparición fue acallado por la voz de mando de la líder del grupo, quien invitó a sentarse a la recién llegada. La fémina se quitó el negro abrigo y lo colgó en el perchero. La sonrosada piel desnuda de sus hombros y brazos despertó en Don Rafael Fernández de la Fuente, a sus sesenta y tantos años, ese cosquilleo sub abdominal que hace tanto no sentía. Bienvenida. ¿Por qué no nos cuenta porque está aquí? ¡Vaya pregunta! , pensó Don Rafael Fernández de la Fuente, aunque luego se preguntó si la dama de rojo no habría llegado allí por equivocación. ¡No! ¡Demasiada casualidad! Él no creía en la casualidad, lo aprendió de su padre. No lucía como uno de ellos, sin embargo. No parecía ser víctima del vicio. Aunque, en todo caso, él mismo tampoco lo parecía, al menos no en el espejo. Vengo en busca de ayuda. Creo que tengo un problema.
Durante los siguientes veinticuatro minutos la recién llegada relató a grandes rasgos cómo había iniciado su adicción, cómo había evolucionado y los crímenes que protagonizó presa de la sed. A diferencia de Don Rafael Fernández de la Fuente, ella había sentido placer desde la primera vez. Contó que su primera víctima había sido un sudoroso gasfitero de ojos saltones que tenía una verruga horrible en la mejilla derecha: unas gotas de amoniaco y un vaso de agua habían bastado para deshacerse de ese desagradable hombre. La segunda fue el panadero regordete de bigote grasoso y grotesco, de acento italiano y tan malos modales de la calle Los Fresnos, la que quedaba a espaldas de su casa; a él lo liquidó rociando una dosis atomizada de benceno sobre su rostro. El décimo y último, un taxista flacucho demasiado hablador, había sufrido una suerte similar esa misma mañana: un pañuelo humedecido en ácido clorhídrico sobre la boca y a nariz lo silenciaron para siempre. Cuándo hubo terminado su narración, los compañeros del grupo emitieron comentarios condescendientes, los dos más cercanos incluso casi le dieron unas palmaditas de consuelo pero se abstuvieron de hacerlo intimidados por la desnudez de sus hombros. Don Rafael Fernández de la Fuente tenía la mirada clavada en los labios rojos de la nueva compañera. La dama de rojo tenía la mirada clavada en los ojos de Don Rafael Fernández de la Fuente. Don Rafael Fernández de la Fuente supo que ese día rompería las primeras dos reglas del AA: perdería el anonimato, invitaría a salir a la dama de rojo.
Al finalizar la reunión, los compañeros se despidieron con la frase de la página 28 del libro guía, con la que siempre daban fin a las sesiones, y empezaron a abandonar la sala a intervalos de dos minutos, como se tenía acostumbrado para proteger la identidad de los miembros y evitar todo tipo de relaciones extracurriculares. Quedaron finalmente, luego de varios minutos, la líder del grupo, Don Rafael Fernández de la Fuente, y la dama de rojo. La líder se despidió de los otros dos con una sonrisa cortés y con un hasta pronto. Tan pronto como oyeron la puerta de cedro cerrarse tras los últimos pasos en la escalera, Don Rafael Fernández de la Fuente y la dama de rojo se quitaron el antifaz. El ex ministro no había esperado ver unos ojos tan negros tras el negro antifaz, se los había imaginado más bien pardos. Se puso de pie, cruzó la habitación con el garbo de sus años mozos, de sus años de Don Juan e inclinóse ligeramente hacia la nueva compañera. Ella, adivinando el ademán, estiró la mano con la delicadeza de fémina de mundo, de viajes, de contactos, y se la dejó besar. Rafael Fernández de la Fuente, ex ministro de pesca, a su servicio. El cosquilleo pélvico se intensificó con la sonrisa blanca de la roja boca y el Mercedes que obtuvo como respuesta. Conozco un bar a pocas cuadras de aquí. El cosquilleo pélvico se intensificó con la sonrisa blanca de la boca roja y el Me encantaría que obtuvo como respuesta.
El Bar Café Piccolo se hallaba exactamente a tres cuadras y media. Como el caballero que era, Don Rafael Fernández de la Fuente abrió la puerta y la mantuvo abierta para que pasara Mercedes, la ayudó, con deleite y constante cosquilleo a quitarse el abrigo, y la llevó del brazo hacia una de las mesas vacías al fondo del casi vacío local. El ex ministro, siguiendo una vieja y paranoica costumbre que heredó de su padre, barrió el lugar con la mirada para identificar posibles amenazas. Sólo vio a una pareja de enamorados que conversaba con sendas y largas sonrisas en una de las mesas al otro extremo del bar, a tres beodos en mangas de camisa murmurando en la barra, a un delgado joven de frac gris tomando un café y leyendo una novela, y a una anciana sentada junto al tocadiscos con los ojos cerrados, como dormida. Un mesero de rasgos orientales se acercó a tomarles la orden. Don Rafael Fernández de la Fuente pidió un whisky en las rocas y ella un Apple Martini. El ex ministro habló de todo: de su vida privada, de su vida pública, de su vida de joven, de su vida de anciano, de su vida familiar, de su vida política, de la pequeña fortuna que había acumulado mientras duró su ministerio, de su casa en Chosica, de su casa en Chorillos, de sus vinos. Ella escuchó con tanta atención, y con tanta sonrisa blanca, y con tanta boca roja, y con tanto cuello desnudo, que el cosquilleo del ex ministro comenzó a extenderse a manos, pies, cabeza y boca. Fue entonces que tocó el tema de las muertes. Le contó sobre el desafortunado encuentro de póker con el ministro de educación y el ex ministro de agricultura, sobre la broma fatal a la jardinera, sobre el descuido con Gregorio el jardinero. Mercedes, que hasta ahora se había limitado a escuchar pacientemente, empezó a inquietarse y a preguntar detalles, sobre las muertes, sobre los instrumentos, sobre las expresiones en los rostros de sus víctimas. Notar su excitación convirtió el cosquilleo constante y extendido de Don Rafael Fernández de la Fuente en un pulso, en una ráfaga intermitente de adrenalina. Cuando ella empezó a hablar de sus propios asesinatos, fue el ex ministro quien pidió detalles, aclaraciones, repeticiones, mientras pies y manos ya no podían estar quietos, mientras el corazón latía más rápido. Cuando ya no pudo más con la ansiedad, se disculpó y fue al baño. Cuando se hubo lavado la cara, sintió que lo empujaban. Cuando vio al más bajito de los beodos en manga de camisa, sintió sed. Cuando devolvió el empujón, la adrenalina ya corría por su cuerpo como corre la lluvia por los techos en los veranos de la sierra. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, sus manos y su cinturón ya habían cortado la respiración de su rival. Cuando el placer del primer sorbo de alcohol tras semanas de sobriedad llenaba su pecho, ya había decidido matar a Mercedes.
Arrastró el cuerpo hacía una de las letrinas y cerró la puerta. Se lavó nuevamente las manos y la cara. A pesar del torrente de adrenalina que recorría sus ancianas venas, se condujo con la calma y la soltura de quien ha descubierto que todo está a su favor. Mercedes, ¿te parece si continuamos esta charla en mi casa? ¡Qué sí tan convencido el de la sonrisa de Mercedes! Don Rafael Fernández de la Fuente dejó un billete en la mesa. Dejaron el bar. El taxi demoró veinticinco minutos hasta la casa de Chorrillos. Los sirvientes ya estaban dormidos a esta hora. Ponte cómoda Merceditas. El ex ministro puso un disco de Frankie Valli y The Four Seasons. Destapó un vino del mini bar sin ver la marca, tomó dos copas de la vitrina, y se reunió con Mercedes, que habiendo hecho caso a las palabras de Don Rafael Fernández de la Fuente, se había sentado en el mueble blanco de caoba y cuero más grande de la sala. Propongo un brindis. La sonrisa blanca de la boca roja de Mercedes lo animó a continuar. Brindemos por nosotros, por nuestra amistad. Bebieron sendos sorbos. La sonrisa blanca de la boca roja de Mercedes lo animó a continuar. Brindemos por AA, y por nuestra pronta recuperación. Bebieron sendos sorbos. La sonrisa blanca de la boca roja de Mercedes lo animó a continuar. Brindemos por la fuerza de voluntad y por la sobriedad. Bebieron el último sorbo. La sonrisa blanca de la boca roja de Mercedes lo animó a acercarse. Cuando se disponía a volver a llenar las copas para seguir brindando, Mercedes lo tomó del brazo y estampó sus labios rojos y su sonrisa blanca sobre los labios sexagenarios de Don Rafael Fernández de la Fuente. El cosquilleo sub abdominal del ex ministro reactivó toda la sensualidad que lo llenase de orgullo en sus años mozos. Besó la boca roja de Mercedes como hace tanto no había besado ninguna boca, y lo entusiasmó su curioso sabor. Saber que dentro de poco la mataría potenció su deseo, apresuró su deseo. La besó y la tocó como hace tanto no besaba y no tocaba. La sed de sexo y la sed de sangre empezaron a competir para ver cuál sería saciada primero.
Mercedes se detuvo, se alejó unos centímetros y preguntó con una sonrisa tan blanca y una boca tan roja ¿Me enseñarías tu colección de vinos? La sed de sangre venció la batalla en la mente del ex ministro. ¿Qué mejor lugar para concretar la muerte de la dama de rojo que la bodega dónde guardaba sus mejores vinos? La condujo hacia una pequeña puerta de madera barnizada en el medio de la sala. Bajaron los escalones guiados por la luz de una decena de candelabros- que los empleados encendían todas las noches por si el ex ministro decidía bajar a ver o a beber- alineados en la pared a lo largo de la escalera. El sótano estaba iluminado, al igual que la escalera, por una serie de candelabros distribuidos en seis pasillos. Cinco filas de anaqueles contenían los cientos de vinos Don Rafael Fernández de la Fuente. El ex ministro supo, por el calor de sus manos, el frio de sus pies y el cosquilleo en la nuca que había llegado la hora. Dejó a Mercedes analizando la sección central del tercer pasillo, en la que reposaban unos vinos especialmente polvorientos. Se dirigió al fondo de la habitación, hacia la esquina más alejada de las escaleras. Tomó una pequeña llave de debajo del quinto anaquel y abrió un pequeño cofre de madera. Allí guardaba dos de sus más grandes posesiones: un Château Cheval Blanc del 47 y una daga de plata heredada de su padre, el ex ministro de hacienda y héroe nacional Don Máximo Fernández de la Fuente. Tomó la daga y cerró el cofre. Se dirigió hacia Mercedes con el andar pesado y silencioso de sus sesenta y tantos años. La dama de rojo seguía observando los viejos vinos polvorientos. Cuando estuvo justo detrás de ella acarició suavemente su hombro desnudo con la mano izquierda mientras la derecha alzaba la daga de plata para penetrarla en el cuello de la nueva compañera. Un segundo después, la daga cayó al piso emitiendo el sonido metálico de los cubiertos sobre la vajilla. Don Rafael Fernández de la Fuente sintió que el infierno se abría en su lengua y se lo tragaba enteró de adentro hacia afuera. El fuego se extendió por su garganta e invadió sus entrañas, subió por la nariz hasta los ojos y finalmente incendió el cerebro. Mientras caía al suelo del tercer pasillo de la bodega de sus mejores vinos, el ex ministro vio a Mercedes volteando para mirarlo. Justo antes de cerrar los ojos para siempre, creyó ver el blanco, blanco marfil, blanco perla de su inusual sonrisa blanca y el rojo, rojo sangre, rojo-granate de Bohemia de sus inusuales labios rojos, y pensó en el curioso sabor de ese beso.

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El taxi se detuvo frente al 453 del Jirón Cayaltí. La dama de rojo sacó un billete de veinte soles del bolsillo del abrigo negro, se lo entregó al conductor, le agradeció amablemente y bajó del automóvil. De la cartera negra de cuero sacó el trozo de periódico, que horas antes había arrancado de los anuncios clasificados, para verificar la dirección. A pesar de la poca luz, proveniente del único poste de ese lado de la calle comprobó que, efectivamente, ancha puerta de fierro frente a ella correspondía al 453 del Jirón Cayaltí. Examinó el umbral. Detectó rápidamente el agujero al que hacía referencia el anuncio del diario. Introdujo la mano, palpó el interior y tomó la llave. Después de abrir la puerta, volvió a colocar la llave en su lugar y entró al recinto. Siempre un lugar diferente, siempre de la misma manera, esa era la consigna. El interior estaba aún más oscuro que la calle. Unas empinadas escaleras de fierro daban a un segundo piso del cual provenía una intensa luz blanca. Llegó a un diminuto vestíbulo que terminaba en una puerta más angosta que la de la entrada. Del otro lado, oyó una voz contenida, casi un murmullo, casi un sollozo. Se colocó el antifaz y empujó la puerta sin llamar. La reunión ya había empezado.

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Publicado por: aiparra

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El 31 de julio, el señor X fue despertado a las siete de la mañana por una horrenda jaqueca y por el ruido que hacía una multitud de oficiales y policías en la puerta de su casa. No había hecho nada malo en toda su vida, excepto matar a un ratón con agua hirviendo y pegarle a una niña cuando tenía cinco años. Tampoco había hecho nada radical: su mayor acto de valentía había sido mandar un poema a un periódico hacía una semana, y todavía podía temblar como una hoja cada vez que lo recordaba. Así que el 31 de julio a las siete de la mañana tomó aire y se dijo a sí mismo que nada malo podía pasar. Sacudió la cabeza de los malos pensamientos y se puso las pantuflas. Demoró dos segundos en salir de su habitación, cuatro en atravesar la cocina, tres en llegar a la puerta principal y abrirla, cinco en levantarse del suelo después de la bofetada que le lanzó el primer oficial y otros tres para buscar un lugar donde esconderse antes de que la multitud entrara en su casa. No lo encontró, de modo que a las diez de la mañana estaba amarrado de pies y manos y colgado de cabeza en el asta de la bandera de la plaza principal. Cerca de cincuenta personas pasaron junto a él durante la mañana, señalándolo con el dedo y chillando “ése es el cerdo capitalista”; quince perros le ladraron y uno levantó la pata al verlo; una mujer lo golpeó con su bolsa de mercado mientras sus dos hijos lloraban de miedo. Solamente un alma caritativa les sugirió a los guardias que si lo seguían manteniendo atado de cabeza se les iba a morir en cualquier momento y el alcalde lo quería vivo.
El señor X fue desatado, bajado, atado a una silla y alimentado antes de las once de la mañana. El carnicero llegó a verlo al mediodía y lo encontró muriéndose de calor.
—Hola —le dijo con una inocente simplicidad, como si no se hubiera dado cuenta de lo que había pasado con él—. Te traje pastel.
Era un pastel de riñones, uno de los platos más detestados por el señor X. Lo traía embutido en una vieja lata de metal. El señor X comprendió inmediatamente que no estaba en circunstancias que le permitieran rechazar comida y le pidió al carnicero que se lo diera a comer.
—Te entiendo —comentó el carnicero. Cogió un pedazo de pastel y lo metió en la boca del señor X—. Tuviste un mal día. A veces a mí también me pasa. —Se le acercó un poco—. Pero mira qué buen amigo soy. Me enteré que eres capitalista y aún así vine a visitarte.
—Qué buena gente —murmuró el señor X.
—No todos lo hubieran hecho —aclaró el carnicero, volviendo a ponerle pastel de carne en la boca—. Carmen me pidió que no te lo dijera, pero… —se acercó un poco más— ayer ella se enteró y se fue a su pueblo.
El señor X cerró los ojos. Masticó con algo de violencia, se mordió la lengua y terminó escupiendo el pastel.
—Tu lata está oxidada —murmuró después de un rato.
—No creo. Mi mujer lo metió ahí. Buenas intenciones, seguro. Le caes bien. Pobre. No sabe que eres capitalista. —El señor X soltó un gruñido, pero el carnicero no lo escuchó y continuó—: Además, ella… Ah, pero de repente no lavó bien la lata. Era de café, creo. Pobre mi hijita. Se está volviendo adicta a la nicotina… Nicotina, qué digo. Cafeína, quiero decir. Lo toma todos los días.
A su izquierda, un guardia jugaba con su rifle. Lo tiraba al cielo, lo volvía a coger. “Que le dé en el ojo”, susurró el señor X. “O que le salga un tiro, y le caiga en la cara, que yo…”
—¿No me vas a preguntar más de Carmen? —preguntó el carnicero—. Ya habló con su familia sobre la boda y ellos están de acuerdo con ella en que ya no se case si ya no se quiere casar. —El carnicero hizo una pausa—. Pero… ¡es Carmen! ¿A qué buena mujer le interesa la política? La mía ni siquiera sabe la diferencia entre un capitalista y un comunista. Ah, ¿ya te dije? Ella te hizo el pastel. No entiende por qué te apresaron.
—Yo tampoco —dijo el señor X—. Yo no soy capitalista.
El carnicero se quedó en silencio durante unos segundos.
—No tienes por qué mentir —dijo de pronto—. Igual, ya te atraparon. Pero, mira, yo no creo que haya sido muy estúpido lo que hiciste, ¿ves? Digo —miró a los guardias con miedo en los ojos—, yo sí soy del partido, siempre he sido del partido, pero creo que fuiste valiente. Difundir tu… ideología…
—Yo no soy capitalista —repitió el señor X.
—…fue inteligente. Aunque estúpido. Bueno, tú me entiendes. Ya sabías que te iban a atrapar. Pero fuiste hábil. Si eso te consuela, te lo digo: fuiste hábil. Eso de las letras… conmigo no va. Y lo del mensaje. Estuvo difícil. Yo nunca hubiera podido descifrarlo.
—¿Qué mensaje? ¿Mensaje? —chilló el señor X—. ¿Qué mensaje? ¡¿Qué mensaje?!
—El mensaje, pues. El mensaje. El del poemita ése tuyo. Mira que yo creí que el poema lo habías escrito porque eras gay… Ahora resulta que eres todo un rebelde. —El carnicero lo miró dubitativo—. Oye… Hablas del mensaje como… como si tú… No me digas que no lo escribiste tú.
—¡Yo no escribí nada!
El señor X se retorció en su silla, dando patadas como loco. Gritó las veinticinco groserías que le habían enseñado en toda su vida, y se calló únicamente al sentir dos pistolas apuntándole las sienes.
A la una de la tarde, el carnicero se despidió de él. El señor X, frustrado, resistió la tentación de tirarle la vieja lata de café en la que le había traído el pastel. El carnicero se la había regalado.
—Vamos, estarías bien para una propaganda, ¿no? Un preso político, con una lata de café Piccolo en la mano…
—No lo puedo tener en la mano —gruñó el señor X—. Estoy atado. —Dio un suspiro—. ¿Y cómo dices que se llama el café? He escuchado el nombre en alguna parte.
—Yo también. Televisor, capaz. Ya qué. O mejor me llevo la lata.
Pero no se la llevó. Se fue a la una con diez minutos, con las manos vacías y deseándole buena suerte.

A las dos de la tarde, llegó un señor vestido con traje elegante. Dos policías sonrientes lo traían esposado, y lo lanzaron a los pies del señor X.
—Éste es el tipo del periódico.
—¿También capitalista? —preguntó uno de los guardias que custodiaban al señor X.
—Seguro. Si aceptó el poema…
El poema. El señor X siempre había sido malo para escribir cualquier cosa que tuviera que salir de su cabeza. Sin embargo, en mayo, tras cuarenta días de sufrimiento, había logrado escribir un poema moderno sobre el cielo. Sus metáforas estaban tan bien elaboradas que ni él mismo las entendía, y se había sentido tan orgulloso de haber descrito las cosas tan absurda y abstractamente que no pudo resistir la tentación de mandar su poema a un periódico… y ese día había estado espantado, había temblado como una hoja, etc., etc., etc.
Ahora lo entendía.
—Usted es Eugenio S, ¿no? —preguntaron los guardias.
El señor X negó con la cabeza, pero no era a él a quien preguntaban. El hombre elegante, tirado en el suelo, asintió. Levantó el rostro, y el señor X pudo ver en seguida que el señor S tenía los ojos claros e hinchados.
—Jefe de… ¿redacción? ¿El que se supone que debió haber revisado el poemita?—preguntó un guardia.
—¿A quién le importa eso? Ya lo tenemos, no lo vamos a soltar. Ahora tenemos que conseguir otra silla.
—O podemos ponerlo en el asta, como hicimos con el otro en la mañana. No es necesario que éste llegue vivo a mañana, ¿no?
—Quiero preguntarles algo. —El señor X había alzado la voz y miraba fijamente a los policías. Ya no se veía ni triste, ni abatido, ni violento. Su mirada era acusadora, incisiva. No parpadeaba. Los policías cogieron sus armas, pero no las alzaron—. Quiero saber —pausa— exactamente qué hice.
Nadie le contestó. Los policías lo ignoraron olímpicamente, como si no hubiera dicho nada. Sin embargo, el señor S., que yacía a sus pies, lo miró durante unos segundos y le dijo “Su poema tenía una clave” antes de arrastrarse hacia los policías.
—A mí no me dijeron qué me van a hacer. ¿Cárcel?
—Pena de muerte a los dos. Cárcel por mientras, hasta que se les juzgue. Y no se me hagan los zuecos, que bien que sabían que… Oye, ¿ésa es la silla?
—Esta misma.
Al señor S la silla que le lanzaron le cayó en una pierna, pero no por eso dejó la expresión de perro feliz que había adoptado su cara. Se subió a la silla, respiró hondo y murmuró hacia el señor X:
—Por favor, dígame que no sabía que su poema tenía la maldita clave.
—¿Por qué quiere que le diga eso, si igual ni me va a creer?
—Si lo sabía, tendría que matarlo. Habiendo tantos diarios ilegales, y usted viene a contaminarme el mío… Qué tal. —Acomodado en su silla, se veía más tranquilo. No parecía capaz de matarlo—. No se ofenda, pero tiene cara de ignorante. Capaz eso juega a su favor, y le creen que no sabía qué estaba escribiendo.
Siguió hablando sin parar durante casi media hora, pero el señor X respiraba despacio, con la mente en blanco.
A las doce de la noche, cuando el último policía se hubo quedado dormido, el señor S empezó a intentar romper las ataduras del señor X friccionándolas contra sus esposas. “Dejé a un abogado revisando el caso. Usted no se preocupe”, le decía de rato en rato. “Yo le creo que es inocente. Yo le creo”. A la una de la mañana, el señor X lo apartó con una mirada furiosa, preguntándose si no estaría burlándose de él.
A las nueve de la mañana, cuando el sol estaba ya bien alto, el alcalde llegaba a ver a los presos. El señor S había estado moviendo la cabeza de un lado al otro los últimos quince minutos, lo que seguía haciendo, pero ahora balbuceando de manera enfermiza “Creo que se me ha dormido el cerebro” una y otra vez. El señor X tenía una macabra sonrisa en la cara. El alcalde, empapado en colonia y con la camisa recién planchada, los miró, comprobó que estaban vivos y les dijo: “Serán llevados al penal lo antes posible”.
—¿Cuándo es lo antes posible? —preguntó el señor S, con los ojos muy abiertos. Había dejado de mover la cabeza, pero ahora temblaba violentamente.
—Lo antes posible, pues —respondió el alcalde y se dio la media vuelta.
Eso no era suficiente. Al día siguiente, a la misma hora, seguían ahí.
La situación había mejorado un poco. Habían pasado la segunda noche envueltos en mantas. El sol seguía insoportable, pero al menos les daban agua, y a los presos no les importaba en absoluto de dónde la sacaban los policías.
En la noche, el señor X no pudo dormir. El señor S se quedó completamente dormido a la decimoséptima oveja. Los policías estaban jugando cartas. El señor X miró al cielo y vio la luna llena. Entonces, inspirado súbitamente, se puso a aullar. Aulló durante un buen rato, hasta que uno de los policías le dio en la cabeza un increíble culatazo para que se callara y lo dejó inconsciente. Al día siguiente, frotándose el chichón que tenía en la frente, se dijo a sí mismo que, por lo menos, había descansado unas cuantas horas.
—Compadre, le está saliendo un cuerno —dijo el señor S—. A lo mejor su esposa lo está engañando. ¿Quién sabe, no? Cualquiera diría que las mujeres no saben de política, pero luego se separan de uno apenas lo creen capitalista. Quién lo diría.
—Pero yo no tengo esposa —respondió el señor X—. Tenía prometida, pero… Oiga, ¿su mujer lo dejó? ¿Cómo lo sabe?
—Me lo soñé ayer. Esa bruja. Ya sabía yo que algo así me iba a hacer.
Estuvieron en silencio durante un rato.
—Yo le creo —dijo de pronto el señor S—. Usted es inocente. ¿En qué trabaja, por cierto? ¿Un empleo bueno? ¿Algo decente? Daría una buena impresión en el tribunal, ¿sabe?
—Soy mecanógrafo —murmuró el señor X—. A veces… hago otras cosas. Como pintar casas o… para lo que me llamen. ¡Pero hace poco trabajé haciéndole los discursos a un tipo del ejército! Y soy inocente —añadió súbitamente.
—Sí, y yo le creo. —El señor S lucía ligeramente decepcionado—. Y nos van a soltar porque este es un país justo y bueno, y mi abogado es el mejor que pueda…
—¿S? —preguntó el señor X—. ¿S, está bien?
—¡No! —chilló el señor S—. Nos vamos a morir aquí. No nos van a llevar al penal. No quieren que volvamos capitalistas a todos los presos. ¿Ve? Creen que somos peligrosos para los delincuentes ésos. Qué tal, ¿no? Y… no se me ofenda, digo, pero en la noche vi que estaba hablando usted con su lata de café. No se estará volviendo loco, ¿no?
El señor X canturreó “Un café diferente, un café sin igual”, con la mirada perdida. Ladeó la cabeza y siguió “Que a su familia le va a gustar”, ante la horrorizada mirada del señor S. Después, comentó:
—Pero todo está bien. Va a ver cómo nos sueltan antes del 5.
Sin embargo, el 5 de Agosto seguían ahí. A las cuatro de la mañana con cincuenta y cinco minutos, la silueta de un hombre llegó desde el horizonte. Era un tipo desgreñado, lleno de lápiz labial de mujer y con arañazos de esposa en la cara. Sin embargo, se veía feliz. Dando brincos y aferrando una hoja de papel en la mano izquierda, se les acercó como un huracán.
—¡Los salvé! —gritó—. Los salvé. Los… salvé.
Infinitamente agotado por la emoción, se echó en el suelo y se quedó dormido hasta las seis de la mañana. Despertó, todavía aferrando la hoja de papel, se acercó al señor S y le gritó en la cara que el caso ya estaba ganado.
—Ya verán —les dijo, y desapareció—. Usted es tan… ¿Por qué no le dijo a nadie que había escrito otro mensaje?
—¿Qué mensaje?
—El mensaje, pues, ¡el mensaje! Un mensaje patriota, un excelente mensaje. —Le lanzó una sonrisa—. Y todo dentro del bendito poema ése. Quién lo diría. Usted parece no tener una cabeza tan grande. —Lo miró a los ojos, con su mirada vidriosa de abogado en celebración alcohólica—. Los van a soltar antes del 9.
Pero no los soltaron hasta el 15. Les cortaron las sogas, y el señor S se puso a llorar. “Maldita mujer”, decía entre sollozos. “Mi esposa es una bruja, una maldita bruja, y no digo nada peor para no ofender a su madrecita, pero es una maldita… maldita… ¡Y va a venir a pedirme mi indemnización, seguro! ¡Va a querer que le preste para el colegio de sus hijos! ¡Qué me ruegue, pues, esa bruja maldita!”
El señor X, apenado, intentó arrastrarlo fuera de la plaza.
—No nos van a dar indemnización —murmuró para sí. Era completamente cierto—. Éste está loco —murmuró mirando a S. Eso era sólo un poco cierto. Suspiró.
—Vámonos. Me muero de ganas de vengarme de los guardias. ¿Te acuerdas de sus caras?
El señor S reaccionó.
—Claro que sí.
Y por propia voluntad, se deslizó por la plaza al lado del señor X, como un perro fiel e inocentón, sabiendo a la perfección que ninguno de los dos tendría nunca las agallas para hacer más que regresar a sus casas como si nada hubiera pasado.

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Una vez conocí a un superhéroe. Se llamaba Antonio Mussoni, pero le decían el Jaguar. Fue un vigilante enmascarado y estuvo activo en Lima durante unos treinta años, entre principios de los 60 y finales de los 80. Era el Happy Hour en un bar cerca del Café Piccolo, allá por el año 97, y Mussoni era un hombre destruido, muy cerca de los sesenta años pero que parecía tener veinte más, flaco y gordo al mismo tiempo, de pelo blanco y ralo en la coronilla, manos arrugadas. Nos sentamos a beber unos tragos. Yo estaba de visita en la ciudad y me había presentado al viejo un amigo que ya por entonces trabajaba en el gremio detectivesco. Estuvimos dándole a las cervezas y le pedí a Mussoni, al Jaguar, que nos contara una historia de superhéroes. Nos contó la siguiente:

En el año 88 Sendero Luminoso secuestró al Senador Carrillo Urteaga en su propia casa, en San Isidro. La policía había estado tratando de negociar un rescate pero ya entonces sabíamos todos más o menos cómo acabaría la cosa. Así que la cosa iba un poco por el asunto de que el Jaguar estuvo involucrado. Yo no lo recordaba pero un tipo sentado cerca a nuestra mesa nos dijo, sí, sí, yo si lo recuerdo, salió en algunos periódicos, pero lo desmintieron. El gobierno no aprobaba el funcionamiento de vigilantes enmascarados.
En fin, Carrillo Urteaga era un tipo muy activo en la política de la época y un probable blanco de Sendero desde mucho tiempo antes del secuestro por lo que Mussoni había vigilado la zona con antelación. Conocía bien los alrededores y sabía de una posible entrada a través de un acueducto cercano. Pero para entrar iba a necesitar una fuerza tremenda, que él, a sus 47 años, ciertamente no tenía. Así que Mussoni, el Jaguar, asaltó la noche del 2 de julio la residencia de un traficante y se colocó con casi 800 gramos de cocaína. Tomó un taxi en la calle de enfrente y se bajó a una cuadra de la casa del senador, por la avenida Salaverry. Estaba duro como una roca.
El local frente al hogar de Carrillo Urteaga estaba conectado con la residencia vía acueducto. Residuos del dinero viejo. El principal problema era que el Jaguar no tenía idea de a donde le llevaría el acueducto, y eso suponiendo que lograra destartalar la vieja rejilla. Pero lo hizo. Es decir, lo logró. Rodeó los muros del local, burló a los agentes de policía en las cercanías e ingresó en el lugar sin mayores problemas. Cayó de espaldas en el jardín pero a penas sí estuvo un segundo en el suelo cuando se puso en pie y caminó con largas zancadas hacia la rejilla, encostrada en la parte más sucia del muro de cemento. Trató de jalar. Le dio de patadas. Jaló de nuevo y estuvo estrellando los puños contra el hierro oxidado hasta haber magullado la reja lo suficiente para arrancarla, pulverizándose de paso los nudillos de la mano izquierda. La derecha le resistió.
En fin, el viejo vigilante se agachó y se introdujo en el acueducto como pudo. Para avanzar fue toda una cuestión. Raspones, cortes, esguince en el pie derecho e incluso un dislocamiento de la cadera. Claro, todo eso no lo sintió hasta unas horas más tarde. En el momento era como una serpiente enroscada, dando un paseo. Sin mayores problemas para moverse entre el óxido y el fango y la mierda. Era todo bien simple. Y casi sin mayor planificación.
La idea original de Mussoni era que la tubería le llevaría a algún viejo sótano o depósito. Al final le llevó al lugar más parecido. Cuando al fin encontró lo que parecía la parte posterior de un wáter, y reventó la mampostería de yeso y loseta a patadas, el Jaguar se encontró en el cuarto de servicio de las empleadas. Junto con las dos mujeres estaba la hija más pequeña del senador. Las tres estaban atadas y amordazadas. Las desató y como pudo les indicó que huyeran por el acueducto, pero la más grande y vieja de las domésticas se vio incapaz de realizarlo. El espacio era demasiado estrecho para ella. Les resultaba asombroso que un hombre como él hubiera podido lograrlo. Él, sin embargo, no se encontraba en estado de asombrarse.
Aún así, tuvo suficiente lucidez para imaginar que el ruido alertaría a los senderistas. Se ocultó detrás de la puerta y esperó con la cabeza como en una fragua debajo del Etna. Cuando dos centinelas armados entraron en la habitación, Mussoni les esperaba con un gran trozo de cañería entre las manos. Los desarmó. Y los golpeó. Los golpeó sin cesar, una y otra vez. Probablemente hasta matarlos. Aún así hubo disparos. Las balas mataron a la empleada doméstica, y a él lo hirieron arriba de la rodilla y en la pantorrilla. Sangraba, pero no demasiado. Tomó el arma de uno de los terroristas. Salió del cuarto de servicios, cruzó por el patio y se movió de la cocina a la sala.
Los demás senderistas pensaron que la policía había ingresado en la residencia. Mataron a Carrillo Urteaga. Trataron de llevarse a la madre y a la hija mayor por el patio. Detrás de ellos, el Jaguar decidió jugársela. Todo o nada. Demasiado drogado para pensar claramente. Mientras corría abrió fuego contra los senderistas. A uno le destruyó el cráneo. Luego golpeó a otro con el arma, como si fuera un garrote. Trataron de dispararle, pero se aferró al cadáver como a un escudo humano. Entonces mataron a la mujer de Carrillo Urteaga, frente a la niña, frente a él, como una advertencia. Le dijeron que se arrojara al piso, que se llevara las manos a la cabeza, que se agachara. Mussoni nos dijo que tuvo la intención de hacerlo, pero que cuando su cerebro dio la orden, su cuerpo no respondió. Tan solo atinó a dar pasos al frente. Hacia el líder de los senderistas, el que tenía a la niña.
Entonces se oyeron más disparos en la residencia. Sirenas. Gritos de advertencia, informando que la policía había entrado en la casa. El Jaguar se lanzó sobre el tipo. Todo su peso como un saco de plomo contra el del hombre que tenía presa a la niñita. Los aplastó a los dos, al terrorista y a la niña, que no dejaba de llorar. Los hombres corrían al interior de la residencia o trataban de huir como podían. Pero el Jaguar no dejó que el líder huyera. Ahí, encima de él y de la niña, le rompió el cuello. No hubiera podido hacerlo sin la droga, nos dijo. No es como en las películas. Así nada más no le puedes romper las vértebras a otro hombre. Pero él lo hizo. Con un fuerte snap. SNAP. Y el hombre empezó a orinarse y a convulsionar, y la niña lloraba. El Jaguar se levantó y la niña corrió donde el cadáver de su mamá. Luego trató de correr hacia la casa, hacia los tiroteos. Mussoni la cogió por el vestido y la sacó de allí, trepando por el muro del jardín. Una vez afuera, la policía los agarró.

Cuando le preguntamos cómo le fue en prisión, nos dijo que no le fue. Tenía tanto hidroclorido en la sangre que abrió a patadas la puerta del auto de policía. Se lanzó a la calle. Corrió. Escapó. Robó un auto. Con todo y esposas. Atendieron sus heridas en un hospital en Oxapampa. Luego huyó a Bolivia, y estuvo allí varios años. Hasta la fecha del autogolpe, más o menos.
Suena como un empleo ingrato, eso de ser superhéroe, le dije. Entonces Mussoni me miró con esos brillantes ojos verdes suyos, verde ajiaco, como los soles de una galaxia distinta (pude entender por qué le decían el Jaguar). Me mira y me dice, sale más a cuenta ser detective. Investigas y te quedas afuera. No te metes en el asunto. No creas lazos. No se hace personal. Es más práctico.
Entonces mi amigo, el que ya era detective, se ríe muchísimo, y pide tragos para los tres. Pero ya se había acabado el Happy Hour. Así que nos tuvimos que ir. Nos paramos y dejamos al viejo vigilante ahí, solo.

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«¿Qué sería de París sin Eiffel, monsieur?» Te pregunta y se queda largo rato mirándote, inquisitivo. No le das respuesta, pero se te erizan los pelos, los nervios te traicionan, titubeas y te echas en el diván.
- No lo sé, no lo sé…-le contestas, te tapas los ojos con la mano e intentas soñar –solamente he decidido dejar este lugar. Me agobian tus cuatro paredes, París.
- Pero…Eiffel. ¡Oh, Eiffel de mis amores! Piénsalo todo dos veces, o acaso muchas veces más. Acá lo tienes todo ¿y yo? ¿Acaso no piensas en mí?
Su voz apenas y llega a tus oídos. No distingues su suplicante verbo, pero igualmente todo esto agobia tus sentidos, te estremece el alma. Le mandas callar y pides la soledad en el reposo.

Mírate, pues. Estás hecho un desastre, de los que andan por las calles y apenas tienen la vergüenza suficiente para ir con la cabeza agachada. Compras tus ropas y las de París en Le Fashion, sigues caminando, te tropiezas con tantos transeúntes y crees que el azul clarísimo del cielo no es sino una pizarra para tus antojos, ahí donde has de pintar las tribulaciones que han de cruzarse en tu vida, ya que estás a punto de partir, de decirle a París que has de dejarlo para emprender un nuevo rumbo, abrir tus pequeñas alas e intentar volar lo más lejos posible. Pero lo amas ¿o no, Eiffel?
«Lo amo», te repites en tu cabeza, pero tus tercos pies ya están tomando otro camino. Vas por la rue Legendre y te topas con un par de conocidos. Esquivas miradas, cabizbajo, doblas en Avenue de Clichy. Te matan los pies, te matan los nervios. Nada como pasear por las tumultuosas calles de la ciudad que no amas tanto.
Allí, de tanto caminar, has terminado en la Opera Garnier. Y te quedas contemplando. Piensas en Le Fantôme de l'Opéra. Te sonríes y sigues tu camino por las soleadas calles parisinas, sin rumbo y con dos sacos embolsados. Uno de los cuales has de regalarle a París, si es que acaso piensas ir a verlo ¿Cuál puede ser el otro plan, Eiffel?
Te encaminas, entonces: rumbo al Boulevard de Magenta para dar encuentro a París y darle el bonito saco escarlata que llevas en mano. El otro, el de color negro, es para ti, o al menos así lo has pensado. En tu exquisitez podrías invertir el asunto y darle el negro a París y quedarte con el escarlata; aún considerando que a tu amado París no le gustan los sacos negros, has sido tú el que se ha dado el trabajo de ir a comprarlos, y Le Fashion no es sino uno de los lugares mas caros de la ciudad, así que has de engreírte un poco mas a ti mismo, Eiffel.
Caminas ya, por rue la Fayette y los nervios se te erizan otra vez ¿y si él quiere el saco escarlata, Eiffel? No…pues entonces has de quedarte con el saco negro. Ni modo. Aun así te hubiese gustado tanto el escarlata. En tu momento de brillantez hubieses comprado dos sacos escarlata, pero no tienes muchos de esos momentos; al menos no últimamente.
Y el Boulevard de Magenta te extiende su generoso tramo, lo despliega ante tus ojos. Allí, en el último trecho de la extensa calle, te espera el amor de tu vida, el muchacho por el que te metiste en toda esta aventura a la europea. Aquel que te ha retenido ya casi dos años en esta ciudad que no amas tanto.

Él ya huele todo el asunto. Sabe de tus pretensiones de independencia, de tu afán de emancipación. Ha sospechado todo cuando te has echado a llorar aquella tarde y casi terminas sumergiéndote en las aguas del Sena, pero él te detuvo, justo cuando tus dos pies se apartaban del filo mismo del Pont d'Austerlitz. Te abrazó contra su pecho y te ha besado como a un niño. Te llevó de la mano a casa y no te pidió explicación alguna, pero lo ha guardado todo muy bien ¿no lo crees así, Eiffel?
Pero para ti, un hombre que anhela la libertad, toda esta muestra de amor no es suficiente. O al menos no por ahora. Por el momento, solamente piensas en surcar los cielos en un avión similar al que te trajo por acá.

Por fin, has llegado. Te has parado y has contemplado el alto edificio, ventana por ventana. Y ahí, en el sexto o séptimo piso, asoma su cabeza. París mirando bruscamente al horizonte y quebrando con la mirada el pequeño parque de la acera de enfrente, casi soñador.
-¡París! –le has gritado y has agitado la mano -¡Paris, mírame que ya he llegado!
Ha bajado la mirada, te ha contemplado con rudeza, pero ha ido ablandando el rostro y su ceño fruncido, hasta culminar en una notoria sonrisa.
-¡Oh, Eiffel!¡Si mereces el peor de los castigos!¡He estado esperando las horas necesarias, aquí, contemplando las calles por ti, sólo por ti!
Rápidamente ha dejado la ventana para venir a tu encuentro. Mientras baja has estado mirando el parque de enfrente ¿no es allí donde se conocieron? Pues no. Pero es tan romántico imaginarlo así. Es, acaso, el parque más interesante de esta ciudad, de la ciudad que no amas tanto y de la que quieres huir.
Y de repente, ahí, enfrente tuyo, ya está parado el hombre de tus amores, y que a la vez es tu carcelero. El mismo que no te ha dejado huir y lo odias por ello. El mismo que ha impedido que tu cuerpo flote inerte en las diáfanas aguas del Sena y lo odias por ello. El mismo que te besa y te acaricia todo el cuerpo con una intrépida lujuria y recorre tus tensos músculos para hacerte sentir sensaciones nuevas, y lo amas por ello.
Allí, plantado a menos de un metro tuyo, aquel hombre alto y de esos ojos brillantes y bien formados ¿es razón suficiente para quedarte, Eiffel?
Te ha tomado de la mano, ha hecho una reverencia, te la ha besado y se ha vuelto a poner de pie, sonriéndote con la misma candidez del primer día que se vieron, hacia ya poco mas de dos años. Luego ha mirado las bolsas que cargas.
-¿Qué llevas en las bolsas, Eiffel? –te ha preguntando, como un niño emocionado que aguarda un presente.
Le has sonreído y has alzado una de las bolsas, dejando la otra apoyada contra el empedrado. Has sacado el contenido y le has mostrado el saco, el escarlata.
París se ha quedado embobado un largo rato, ha acariciado el saco, ha sentido la suavidad del tejido. Luego se ha abalanzado contra ti y te ha dado un largo beso en los labios y te ha abrazado con fuerza.
-Pero…si eres terrible, Eiffel –te ha dicho sonriente, tomando en sus manos el saco –Esto debe costar una millonada, querido. ¿Le Fashion, eh? La mala costumbre no te la quita nadie, Eiffel mío.
Se lo ha probado y voilà, le queda tan magnífico como te lo habías imaginado. Sus delicados hombros encajan perfectamente tras la rojiza tela. Su rostro, bastante pálido, resplandece como una luz, y sus suaves bucles contrastan con el saco.
-Está perfecto, París. Más que perfecto…-le has dicho y te has quedado mirando.
Te ha tomando nuevamente de la mano, y esta vez te ha halado consigo. Apenas has podido coger la bolsa con el otro saco y seguirle el paso.
-Pues esto habrá que celebrarlo…-te ha dicho muy alegre, aun halándote –Cómo si pudiésemos darnos estos lujos ¿eh, Eiffel? Pero bah, el gasto ya está hecho y unos gastos más no nos harán daño. O quizá si, pero no ha de matarnos.
Se ha detenido, frente al café Piccolo. Te ha lanzado una sonrisa, y te ha hecho señales para que pases primero.
Has cruzado la puerta, has hecho sonar la campana en el umbral y te has quedado mirando el lugar. Te ha traído tantos recuerdos.
Había sido allí, donde tú, pequeño viajero proveniente de Italia, te habías topado con París por primera vez y habías hecho obvio tu agrado hacia su persona.
‘Piccolo’, pues que nombre tan ridículo para un café situado en Boulevard de Magenta, uno de los lugares mas representativos de la metrópoli parisina. Pero a ti, proveniente entonces de Italia, te pareció el único lugar al que eras digno de entrar, ya que no te sentías para nada un poblador de esa ciudad, entonces nueva para ti.
Las banderas italianas en las paredes te hicieron reír. Esa era la idea de patriotismo que tenían los italianos, llenar de banderas cuanta esquina pudiesen, pintar los tableros de las mesas de verde, blanco y rojo y cantar fuerte Il Canto degli Italiani.

Fratelli d'Italia
L'Italia s'è desta
Dell'elmo di Scipio
S'è cinta la testa
Dov'è la vittoria?
Le porga la chioma,
Ché schiava di Roma
Iddio la creò


Todo esto te recordaba más a Mussolini y al saludo romano que expresaba Il Duce, antes que a tu queridísima Italia, ya casi extraída de tu memoria, para ser reemplazada por el sinnúmero de monumentos parisinos que apenas y despertaban algún interés en ti.
¿Has despertado, Eiffel? Pues si, has despertado. Te has dado cuenta lo lejos que estás de casa, de los lugares que amas, de la ciudad que anhelas.
Y ahí, el hombre que ha enturbiado tus sentidos, parado frente a la puerta, sonriéndote con toda la bondad (o será acaso malicia).
Pero no, has decidido que todo esto debe terminar. Has cogido la bolsa con el saco y se la has lanzado a la cara, lo has desconcertado. Has aprovechado el pánico para salir huyendo del local, mientras todos los parroquianos te observaban con curiosidad.
Has salido al Boulevard de Magenta y has mirado al cielo, a la pizarra azul donde has de trazar tu destino. Y si, ahora estás dispuesto a trazarlo.
Has corrido, como los mil demonios, dejando tu alma atrás. No has titubeado esta vez cuando has oído sus gritos atrás. «¡Eiffel, amor mío!». No, Eiffel. No debes retroceder. Ya todo esta planeado, ya sabes a donde vas y a donde no vas y sabes además como va acabar todo el asunto. Vaya ingratitud la tuya. Mejor has de voltearte unos segundos, lo ves allí a lo lejos, parado en la puerta del café, apenas y puede mantenerse de pie.
Adieu, París! Je t’aime –le has gritado, te has vuelto a dar vuelta y has seguido corriendo, todo está hecho.
Corres. Boulevard de Magenta, luego Boulevard du temple, luego Boulevard Beaumarchais, luego Boulevard de la Bastille. Y ya, ahí, frente a ti, ya casi llegas: el Pont d'Austerlitz, allí mismo, en el mismo lugar de siempre, el de los fatales recuerdos.
Te acercas, te asomas, miras al cielo una vez más y ves ahí dibujado el triste destino de un extranjero en París. Finalmente has de dejar la ciudad que no amas tanto y has de volver a casa, a donde perteneces, Eiffel; el Sena enfrente de ti y saltas…
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Anael fue el primero en abrir los ojos aquel día. La mañana, nublada y húmeda, inexplicablemente lo habían puesto de un muy buen humor. Sabía que Luís aún dormía, así que decidió no llamarlo y extender su sueño un poco más. Se cambió con rapidez e ingirió por cumplirle a su cuerpo una taza de café a la volada. Un poco de agua en el cabello, sacudirlo y salir sin apuro del apartamento. Hacía mucho tiempo que Anael no se percataba de su alrededor y se sorprendió muchísimo al ver un edificio que decía Café Piccolo, cruzando la esquina. El apartamento de ella no estaba lejos, una cuadra más y lo vería, unos minutos más temprano y la hubiera visto salir apresurada dentro de aquella minifalda negra que él tanto detestaba. Sin embargo, decidió apoyarse en una baranda, encender un cigarrillo y contemplar analíticamente la insulsa ventana del apartamento de la muchacha. Sin quitarle la vista introduce parsimoniosamente el cigarrillo a su boca, inhala con fuerza y lo retiene por un largo rato para, finalmente, dejar salir el humo por sus fosas nasales. Parece ser que la noche de Lola fue de café y televisión a solas. No hay signo de algo con vida allá adentro y es cuando Anael decide seguir su camino. La casa de Luís no está lejos ni cerca y el madrugar le da tiempo para caminar sin apuros y pensar, en la noche y en Lola.
Sus pensamientos divagan en matices de sentir antagónicos y es en aquel profundo análisis que pierde el sentido cronométrico y llega en, él cree, un santiamén a casa de Luís. Doña Frida le abre la puerta sonriente y le dice que Luís aún duerme, pero que lo espere en la sala que lo despertaría en unos minutos. La empleada se acerca para ofrecerle una taza de té, pero él se niega. Lo quisquilloso que era él con el comer ya se lo sabía de memoria la pobre chica, pero por cortesía le ofrecía algo y rogaba en sus adentros que alguna vez le acepte. Anael se preocupaba mucho por su apariencia y casi nunca lo veías ingiriendo algo, su guardarropa era pobre pero él siempre lucía fantástico y cuidaba sus expresiones así como controlaba sus movimientos. Derecho cómo una señorita, espera que su amigo baje por esas escaleras y se dirijan al porche trasero. Luís demoró más de lo esperado, pero a Anael no le importó.
- ¡Hombre! Disculpa la demora, mi sueño ha sido bastante placentero – se acerca a darle un abrazo y camina delante de él en dirección al porche – Julia, dos copas de vino para acompañar nuestra amena conversación - y guiña un ojo a Anael en complicidad. Se sientan en aquella gran silla de cedro que daba la vista hacia un gran descampado verde y Anael comienza a hablar, como siempre:
- El tiempo es nuestro único competidor, mi amigo. Tenemos que ser más ágiles que él, ir en contra de él – lo mira con sigilo y baja el volumen de su voz – Lola está llegando temprano y ojalá que siga viniendo sola. No nos vaya a dar una sorpresa como hace algunas semanas, que andaba metiendo a cualquier muchachita en su apartamento – dice asqueado.
- Ah… ¡Lola! ¡Qué rica qué esta! – Luís muerde sus labios - ¿Has visto esa minifalda suya?
- Sí, la detesto – le contesta cortante.
- Pero no es justo, hombre. La gente bella no merece tal destino, creo yo – dice Luís, pensativo.
- ¡La belleza no es pretexto para detener lo que con tanto esfuerzo hemos logrado! – Le contesta indignado – No vas a dejar que tus alusiones de belleza celestial hacia esa mujerzuela, detengan TODO esto.
- “Lo que tanto hemos logrado”, ¿no? – acerca su rostro al de él y le contesta en burla – Lo que TÚ has logrado, querrás decir…
- No seas humilde, mi amigo – le contesta sonriendo – Mi obra no sería nada sin tu tan afable contribución.
Luís resopla una sonrisa y, oportunamente, llega Julia con las copas y una botella entera para evitar que la vuelvan a solicitar. Lo pone en la mesa de al lado y sirve el liquido en las copas con rapidez, asiente la cabeza y se dirige a la cocina, pero Luís la detiene cogiéndola por el brazo.
- ¿Por qué tanta demora para traer el vino y por qué tanta prisa para servirlo? – La interroga entre risas coquetas – Pareciese que no nos soportas, Julia, ¿es eso?
La muchacha lo mira con los ojos totalmente abiertos por el miedo y no pronuncia palabra alguna.
- ¿Te comió la lengua el ratón, Julita? – Su sonrisa se vuelve perversa y su mirada la penetra sin temor - ¡Jajaja! No estás de humor – dice entre risas y la suelta, por fin.
La muchacha sale disparada a la cocina en silencio bajo la mirada soberbia de Anael.
- ¡Pobre, niña! No la deberías torturar de esa manera – le dice a Luís mientras saborea el vino con finura – Aunque, para serte sincero, me parece tan insulsa y fea.
- Jajaja… ¿A quién le importa eso? Cuando es obediente en muchas cosas – Sonríe altivamente y levanta su copa – Pero, ¿Por qué hablamos de Julia? ¡Brindemos por Lola! – le dice entusiasmado.
- ¡Por Lola! – contesta Anael con un intento de sonrisa en los labios.
El resto de la mañana pasó entre bromas y copas de vino. Su tolerancia al alcohol no era muy alta, así que decidieron dejar de lado la botella y ponerse a planear la que sería una larga noche con Lola.

“Mujer es encontrada desnuda y muerta en un Parque de Long Views.”
“Cadáver de madre de familia es descubierto en un descampado.”
“Una tercera mujer es encontrada muerta cerca de Long Views.”
“Centro Policial especula que muertes podrían provenir de un mismo autor.”
“¡Racha de asesinatos femeninos no se detiene! La policía ha empezado investigaciones al respecto.


Luís leía detenidamente cada titular con una sonrisa en sus labios. Abajo Julia se movía con rapidez para acabar con su trabajo lo más pronto posible.
- Parece ser que nos volvemos famosos por ac… - El éxtasis invadió su cuerpo como una descarga eléctrica y dejó salir su gloria directo a la cara de Julia. La muchacha cogió un paño con rapidez, se limpió y salió de la habitación.
- ¡Perra! – murmuró Luís y dejó caer su cuerpo adormecido sobre la gran cama.
Anael observa con detenimiento la ventana de Lola y se percata que esta no está sola. Una muchachita la acompaña y parecen disfrutar mucho la una de la otra, comer fresas con crema y escuchar a David Bowie en la radio. Y es cuando su hermosa melena rubia se bate al ritmo de la música que Anael percibe ese inconfundible dolor en el pecho. Aquel dolor que lo seguía cuando recordaba a la antigua Lola y cuando predecía el cercano destino de la actual.
- Se lo merece – pensaba – Se lo merece tanto como las demás, creo que hasta lo merece más.
La angustia invadió su cuerpo y la inseguridad lo llenó por completo. Su respiración se agitó y sus manos empezaron a sudar. Anael giró su cuerpo hacía la siguiente esquina y tomó un taxi presuroso a la casa de Luís. Al llegar a esta, entró sin saludar y se dirigió con desesperación a la habitación de Luís. Abrió la puerta sin tocar y la sorpresa hace saltar al dueño del cuarto.
- ¡¿Qué carajos?! – Salta de la cama y lo mira asustado - ¡Joder hombre! Que acá uno no puede descansar ni en su propia habitación – arregla su camisa y le dice tranquilo - ¿Ahora qué pasó?
- Luís no puedo hacerlo. Mi cabeza se llena de imágenes de aquellos estúpidos buenos tiempos con Lola y mi indómito corazón se llena de dolor – se coge la cabeza con desesperación - ¡Me estoy volviendo débil!
Luís camina por la habitación pensativo y busca una cajetilla de cigarrillos en su mesa de noche. Le pide el encendedor a Anael, enciende un cigarrillo sin prisa y le contesta pesimista:
- Te dije que no podríamos…
Los ojos de Anael se inyectaron de odio y rabia. Su respiración se agitó y le soltó grandes gritos en la cara:
- ¡¿Pero, qué carajo estás hablando?! ¿Acaso te volviste loco? – Anael se acerca con los ojos inyectados de locura a Luís y le habla muy de cerca – ¡Esta es nuestra consagración! Es un reto que debemos superar.
- Joder, Anael, pensé que habías decidido dejarlo – le contesta Luís, decepcionado.
Anael inhala para tranquilizarse y junta las palmas de sus manos sobre su boca para pensar. Luís lo contempla callado mientras termina su cigarrillo y empieza a asimilar la idea de ver a su amor platónico convertido en un cadáver congelado por el frío de la intemperie. La imagen que creo de ella, desnuda y gélida, lo hicieron sonreír y pensar de que tal vez no era tan mala idea.
- Estaba semidesnuda y bailando con una muchachita – murmuró – No sé cuánto tiempo más le tomaría acostarse con ella, pero el solo hecho de pensar en aquello te juro que me revuelve el estomago.
- Tú no eres un pan de Dios – le contestó Luís.
- No he dicho eso, mi amigo. Pero es que lo que ella hace no es correcto. ¿Ves todo lo que hemos logrado? Arrancar de la ciudad a estas mujerzuelas que fornican entre ellas. Yo…
- Anael, pero tú…
- Yo las odio, Luís – le contestó devastado – Tan libres, tan felices y tan dispuesta amar sin ataduras ni prejuicios. Yo no sé, Luís, pero todo eso tiene que acabar de una vez…
- Yo solo pido mi parte y prometo buscar un lugar para el cuerpo, como siempre – le contesta Luís, resignado ya, a la idea.
- Hoy, en mi apartamento – murmura – y ya sabes que traer… - le dice mientras se desliza por la puerta.
Luís llega puntual con todo lo que Anael solicitó. Se pasan la tarde sin hablar y esperan que caiga la noche para actuar. Cuando el ocaso se dejó ver, la ventana de Lola parecía vestir un naranja casi rojo. Luís observó aquello dubitativo y fue una hora después, a las 19:00pm, que preguntó:
- ¿Hombre, crees que su sangre sea tan roja como el rojo que vi en su ventana? – Le preguntó curioso – ¡Demonios! Yo creo que sí.
- Yo no sé – le contestó cortante, Anael – Agarra las cosas, Lola ya está en casa.
Y salieron en silencio del apartamento.


20:30pm
El cuerpo inerte de su hermana tirado en el espacioso departamento le supuso un alivio. Luís le había dicho que luchó bruscamente para evitar sus embistes, pero que una mujer nunca sería más fuerte que un hombre así que no pudo evitar su fatal destino en manos del que se proclamaba admirador suyo. Y no evitaría tampoco el que sufriría en manos de su propio hermano. Lola lo miraba con ojos inertes directamente a los suyos, lo miraba con esos grandes y azules ojos inertes. El frío recorrió su cuerpo en un único escalofrío y ordenó con prisa a Luís que se encargara del cuerpo, como siempre. Las manos de Anael estaban manchadas de la negruzca sangre de su hermana, que él comparó con la brea.
- Debe de ser por el color de sus pecados – sentenció en voz baja y se encaminó al lavadero para quitársela toda.
Luís ya se había ido con el cuerpo y a él solo le quedaba arreglar todo el desbarajuste que allí había y quitar todas las manchas posibles. Luís regresó bastante rápido al apartamento y le comentó lo raro que lo miraban los vecinos de los pisos inferiores al verlo subir las escaleras con prisa.
- No creo que estén acostumbrados a ver entrar y salir HOMBRES del apartamento de Lola – Le contestó Anael. Luís alzó los hombros sin muchas ganas y se sentó en un gran sillón que ahí había.
- ¿Te dije lo mucho que se parecen? – Preguntó Luís – Me refiero, a ti y a Lola.
- Sí, lo habías mencionado – Contestó asqueado.
Salieron del apartamento en silencio al ver terminada su tarea. Estaba cayendo una garúa bastante molesta y se respiraba un aire húmedo en todas las calles. Los brazos de Anael aún estaban adoloridos por toda la fuerza que empleó para destrozar la cabeza de su hermana y su mente aún divagaba en los grandes ojos azules de la muchacha.
- Bueno, creo que esto fue todo, hermano – Le dijo Luís haciendo un ademán de despedida.
- Espera… - Contestó presuroso y cogió su mano con fuerza. Luís lo miró confundido y trató de zafar su mano de la de él. Anael se aferro con más fuerza a pesar de que el dolor aumentaba en sus débiles brazos. La lucha no fue muy larga, ya que Luís logró zafarse en un movimiento ágil. Lo miró con contrariedad y dijo:
- Y es mi amigo, que yo no soy como tú.
- No sé de que hablas – contestó para disimular su humillación.
- Bien lo sabes – le dijo con una sonrisa – Nosotros nos guiamos por cosas distintas y no sé si tú lo puedas entender. Yo lo hago… ¿Puedes tú? – terminó sonriente y le lanzó una última mirada a Anael. Dio media vuelta y desapareció por una esquina.
Anael dejó su cuerpo caer sobre la acera y su mente divagar en los inertes ojos azules de su hermana. ¨

“Policía confirma parentesco de la última víctima encontrada con el joven detenido por sospecha de asesinatos. Especulan la existencia de complicidad en la muerte de mujeres.”
“Anael García se confiesa autor de asesinatos y niega la existencia de un cómplice.”
“Investigaciones confirman que todas las victimas de García eran lesbianas. Psicólogos afirman tendencia homosexual en asesino.”
“Policía detiene investigaciones y esperan resultado de juicio contra García.”
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—¡Niña! —llamaste—. Acércate. Necesito que le avises a mi hija que ya no tengo zapatos.
—Camila —te respondió la mujer vestida de blanco—, usted sí tiene zapatos…
—No, no… no tengo. Se perdió uno cuando me cambiaron de cuarto ¿recuerdas? Esos enfermeros ladrones, cómo son capaces de robarle a una mujer anciana como yo…
—Ay, doña Camila —te interrumpió la mujer abriendo las cortinas de tu cuarto—, su zapato se perdió hace meses. Su hija ya le trajo dos pares nuevos, unos para que los use acá y otros para cuando salga a la calle. ¿Recuerda usted?
La mujer se acercó a tu mesa de noche y apagó la lámpara que habías prendido minutos antes. Luego se acercó a ti, cogió tus brazos y te jaló.
—¿Qué haces, niña? ¡¿Qué haces?! —gritaste espantada.
—Le ayudo a levantarse—te respondió la mujer sin inmutarse mientras colocaba almohadas en tu espalda—. Ya le vamos a traer el desayuno, a menos que quiera ir al comedor con los demás…
—Claro que no —respondiste mientras te dejabas sentar por la mujer—. Esos viejos son asquerosos. ¿No has visto cómo comen? Botan la comida por todo sitio… ni los bebés comen así.
—Como usted diga, Camilita. Ahora espéreme un ratito que don Fausto ya debe de estar despierto. Vuelvo con su desayuno…
La mujer sonrió y salió de tu habitación. Estiraste tu brazo para coger los lentes en la mesa de noche, te los pusiste y buscaste con la mirada los portarretratos en la cómoda al lado de la ventana. Tu hija, su esposo y tus dos nietos te sonreían desde la mesa de algún restaurante. Al costado, tu esposo miraba al vacío desde algún estudio fotográfico de pared azul. Lo contemplaste un momento sin concebir un pensamiento específico en tu mente, como todas las mañanas, y, luego, tu mirada se desvió hacia la ventana. Observaste el huachafo edificio ocre de cuatro pisos, el Café Piccolo que tenía toda la fachada decorada con madera y la casa gris que se caía en pedazos. Te preguntaste por qué habían escogido tan mala ubicación para una Casa de Reposo, nadie quería ver edificios al despertarse, tú querías ver parques.
Despacio, moviste tus piernas para bajarlas de la cama, pero, cuando por fin hiciste contacto con el tapete rojo en el suelo, recordaste que no tenías zapatos que ponerte.
—Estos enfermeros ladrones —murmuraste bajo tu aliento antes de gritar—: ¡Niña! ¡NIÑA!
La mujer de blanco demoró un minuto en llegar.
—¿Qué sucede doña Camila? Ya le están subiendo el desayuno…
—No tengo zapatos —interrumpiste furiosa—. Qué me voy a poner hoy, si me robaron un zapato cuando me mudaron de habitación. Tienes que decirle a mi hija…
—Sí, Camilita —dijo la mujer con una sonrisa paciente—. Ya le dije. Aquí están sus zapatos nuevos… —La mujer se agachó y sacó de debajo de la cama un par de zapatos anchos de cuero marrón—. ¿Le ayudo a ponérselos, Camila?
La mujer no esperó tu respuesta para colocarte los zapatos. Observaste cómo calzaban perfectamente en tu pie y te parecieron extrañamente familiares.
—Dale a mi hija las gracias de mi parte, si hablas con ella —dijiste todavía observando tus nuevos zapatos.
—Claro que sí, no se preocupe. Ahora, me tengo que ir porque la casa está patas arriba…
—¿Qué sucede? —Preguntaste de buen humor—. ¿Alguno de esos viejos decrépitos ya estiró la pata?
—Ay, doña Camila —dijo la mujer con pesar—. Me temo que sí.
La mujer de blanco se dio media vuelta y te volvió a dejar sola. Pensaste un rato en lo que te había dicho: uno de los viejos había muerto. ¿Cuál de los viejos? Pensaste en tu vecino que siempre roncaba, en la señora que te daba las galletas de soda que su yerno le llevaba, pensaste en la señora que nunca se quitaba el babero de bobitos, pensaste en el joven con cáncer que había entrado la semana pasada, en la señora del andador… No pudiste evitar sentir cierta pena por cada uno de ellos. Sabías que los días de todos aquellos vejestorios estaban contados, pero nunca habías hecho la cuenta.
Decidiste alistarte de una vez. No te tocaba bañarte ese día, o tal vez sí te tocaba, pero no querías. Cogiste la ropa de la silla y fuiste a sentarte en la cama para cambiarte. Después de muchos jadeos y varias pausas, terminaste de vestirte. Como estabas de buen humor por tus nuevos zapatos, no pediste ayuda para peinarte tampoco. Fue más sencillo que vestirte, pero no estabas segura de si lo hacías bien. Tus cabellos grises se retorcían como si estuviesen chamuscados. Los recogiste todos, o recogiste todos los que pudiste recoger, con el gancho negro que la mujer de blanco te había regalado. Sin embargo, cuando terminaste, reparaste en que ya había pasado mucho tiempo y tu desayuno todavía no había llegado.
—¡Mi desayuno! —vociferaste—. ¡Desde hace una hora estoy esperando mi desayuno! ¡Niña! ¡NIÑAAA!
Te detuviste porque un dolor desgarrador atacó a tu garganta. Buscaste la jarrita de agua caliente en la cómoda, pero no estaba porque la traían junto con el desayuno. No te atreviste a gritar de nuevo por miedo al dolor. Felizmente la mujer de blanco llegó a los tres minutos con una bandeja en sus manos.
—Discúlpeme, Camila. Se nos olvidó por completo —dijo—. Abajo hay un alboroto enorme…
—¡Claro! ¡Y mientras yo me muero de hambre! —respondiste furiosa—. ¿Para qué crees que les paga mi hija? Le voy a contar del horrible trato que recibo. ¡Esto no se va a quedar así! ¡Alcánzame el azúcar!
La mujer suspiró exhausta y te pasó la azucarera. Te acercaste a la mesita auxiliar sobre la cual había puesto tu bandeja y te persignaste antes de recibir lo que la mujer te alcanzaba.
—Señora Camila, la dejo. Tengo que bajar para ayudar.
—¿Bajar? ¿Qué hay abajo?
—Ya le dije. Murió una señora y la familia está molesta.
No dijiste nada porque no estabas segura de lo que eso significaba. La familia estaba molesta. ¿No debería acaso de estar triste? Y porqué se iba la mujer de blanco. ¿No tenía ella que quedarse en el segundo piso, contigo?
—Niña —llamaste antes de que la mujer cruzara la puerta—, ¿quién murió?
—La señora Ducelia, no sé si la conoció usted.
—No —respondiste sincera y un sentimiento de alivio te invadió—. ¿Cómo se murió?
—Eso es lo que la familia quiere saber —respondió la mujer y salió de la habitación.
Te molestaste porque la mujer se fue sin preguntarte qué querías hacer. Observaste tu habitación unos instantes y decidiste ir a la salita del segundo piso. Caminaste lentamente hasta entrar en esa habitación bien amueblada y perfectamente iluminada que tenía el defecto de ser compartida. Sólo había dos personas en ese instante: el señor que roncaba estaba viendo televisión y la señora del babero de bobitos estaba sentada en su silla de ruedas con la mirada en ninguna parte. No te molestaste en saludar y fuiste directamente al sillón individual al otro lado de la habitación, pero antes de llegar viste algo que llamó tu atención.
Desde el ventanal de la sala podías observar dos camionetas policiales estacionadas frente al ingreso de la Casa de Reposo. No recordabas haber visto camionetas policiales en ese lugar antes, y no podías pensar en alguna razón para que estén ahí. Observaste un buen rato, pero como la situación no cambió, continuaste tu camino y te sentaste en tu sillón favorito.
Perdiste la noción del tiempo hasta que entró la mujer vestida de blanco.
—¿Por qué me dejaste? —le gritaste apenas la viste—. Me pude haber caído viniendo aquí. Me pude haber roto todos los huesos. Le voy a decir a mi hija… ¡Ella paga para que me traten bien!
—Oh, lo siento tanto señora Camila —se excusó la mujer—. Pero me necesitaban abajo… Señor Fausto —dijo acercándose al otro señor—, tenía que tomar su pastilla a las diez, ya son las once y media.
La mujer le dio al hombre una pastilla y le sirvió un vaso de agua de la jarra en la mesa de centro. El hombre tragó su pastilla y siguió viendo televisión.
—¿Y mis pastillas? ¿A qué hora tengo que tomar mis pastillas? —preguntaste.
—¿Sus pastillas, señora Camila? ¿No son en la tarde? —dijo la mujer dubitativa—. Déjeme ver su ficha y vuelvo para decirle.
—¡No! No me vuelvas a dejar sola… —exclamaste.
—No se preocupe, Camilita —dijo la mujer con dulzura—, voy y vengo. Sólo tengo que bajar un instante.
—¿Bajar? ¿Por qué tendrías que bajar? Tú trabajas en este piso, no abajo.
La mujer sonrió y salió de la sala, pero no volvió al instante. Observaste el cielo afuera, recordaste la foto de tu esposo mirando a la nada en tu cómoda, y te sorprendiste al levantar la cabeza y encontrar la mitad de la sala llena de viejos. Antes de que pudieras preguntar en qué momento habían entrado, dos jóvenes vestidos de blanco cruzaron las puertas con dos mesitas de ruedas llenas de comida.
Llevaron a los viejos de uno en uno a la mesa del comedor al otro lado. Tú te negaste a comer con el grupo y le ordenaste al joven que te llevara el almuerzo a tu sillón individual. Cuando colocó la mesa auxiliar frente a ti, aprovechaste para preguntar aquello que inundó tu cabeza mientras recordabas a tu esposo.
—¿Cómo murió la señora del primer piso?
El muchacho de blanco parecía verdaderamente sorprendido:
—Ah… eh, todavía no lo saben. Para eso está la policía.
—¿La policía?
—Sí, usted debe de haber visto sus carros afuera—dijo él.
Lo pensaste un momento pero no estabas segura de lo que quería decir. Tomaste tu sopa y luego le pediste a uno de los jóvenes que llame a la mujer de blanco para que te acompañe a tu habitación.
—Lo siento, señora Camila. Ella no puede subir ahorita. Pero yo la ayudo.
—¡Yo no voy a dejar que uno de ustedes vuelva a entrar en mi habitación! ¡Después de que me robaron, todavía quieren volver! —gritaste indignada.
—Lo siento señora —se excusó el otro rápidamente—. Sólo le estaba sugiriendo que…
—¡Cállate! —ordenaste—. Ahora, sólo ayúdame a pararme.
—Sí, señora —respondió el joven intimidado mientras te jalaba de los brazos para ponerte de pie.
Caminaste lentamente hasta tu habitación, te quitaste los zapatos con dificultad y te recostaste en tu cama, pero antes de conciliar el sueño, un ruido en la calle te inquietó. No quisiste levantarte, pero el ruido no cesaba. Era gente discutiendo a grandes voces. Te pusiste de pie con un enorme esfuerzo y caminaste descalza hasta la ventana.
El alboroto lo armaban un grupo de personas reunidas alrededor de dos camionetas policiales. Te acomodaste los lentes y viste que un grupo de personas, los policías, arrastraban a una mujer vestida de blanco, y otro, los vecinos, interferían en su camino. Pensaste en la mujer de blanco que trabajaba en el segundo piso, pero no comprendiste qué relación podría tener esta con la del alboroto. Finalmente, los policías lograron meter a la mujer a una de las camionetas y, apenas ellos estuvieron dentro también, arrancaron. Los vecinos se dispersaron, volvieron al edificio, a las casas cercanas y algunos entraron al Café Piccolo.
Observaste el panorama exterior y te preguntaste por qué habían escogido tan terrible ubicación para la Casa de Reposo. Volviste a tu cama y te recostaste de nuevo. Estuviste ahí horas, sin saber si estabas dormida o despierta.
Una mujer de blanco te trajo la cena a la habitación, pero no era la mujer de blanco de la mañana ni de las otras veces. Preguntaste por ella y la otra respondió secamente:
—¿Qué? ¿No escuchó, señora? Se la llevaron presa, por su culpa la señora Ducelia se murió.
—¿Quién es la señora Ducelia? —Preguntaste curiosa.
—Es, o era, una señora del primer piso. Yo estaba a cargo de ella, pero como tomé mi descanso la semana pasada, Nina me reemplazó. ¿Ya está cómoda?
La mujer de blanco te había sentado en la cama frente a tu cena.
—Sí, sí… —respondiste sin cuidado—. ¿Y por qué se murió la señora?
—Ah, parece que fue la medicina. Nina le estuvo dando las pastillas que no eran… pobre, las dos. La señora Ducelia, que en paz descanse, y Nina, que ni sabía qué cosa le tenía que dar a la señora… Bueno, aquí la dejo… —la mujer de blanco miró el folder que tenía en el brazo— señora Camila. Vuelvo más tarde a recoger su bandeja. Tengo que ver a todos los otros hijos de Nina.
La mujer salió de tu habitación y tú perdiste el apetito. Te echaste en la cama y te quedaste dormida al instante. Cuando despertaste al día siguiente, nadie había abierto las cortinas.
—¡Niña! ¡NIÑA! —gritaste fastidiada.
Esperaste, pero nadie vino. Furiosa ya, hiciste un esfuerzo y te levantaste sola. Pusiste los pies en el tapete y recordaste que unos enfermeros se habían llevado tu zapato y que necesitaban avisarle a tu hija para que te compre otros.
—¡¡NIÑAAA!! —gritaste con todas tus fuerzas y tu garganta se resintió.
Tosiste un poco y caminaste descalza para abrir tus propias cortinas. Te encontraste con el edificio, el café y la casa, pensaste en la pésima ubicación de la Casa de Reposo, tú querías ver parques al despertar. Tosiste un poco más y volviste a tu cama a sentarte. Al rato llegó una mujer de blanco que te ayudó a vestirte sin decir una palabra. No le gritaste porque tu garganta no te lo permitía, pero mientras abotonaba la blusa lila que usarías ese día, no pudiste evitar sentirte terriblemente mal. La furia te había abandonado, pero el nuevo sentimiento era peor. Cuando viste a la mujer de blanco de cerca no pudiste reconocer a la niña llamada Nina con la que te gustaba conversar. La mujer de blanco era otra.

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¿Si o no Carlitos? Tu enferma predilección hacia las fotos es incomparable. Foto a la señora, foto a su amiga también. Foto a la pareja y al traserazo que se manda la ‘chamita’ esa ¿no tendrá más de 14, verdad? Tremendas cinturas, desbordantes nalgas e hipnotizantes caderas has plasmado para la eternidad. ¡Ni Playboy puede hacerte competencia!

Sacas cada foto con el ojo de tu abdomen, que siempre está cubierto con tu polo de siempre, el negro ese. Te arrodillas solo si es necesario, creo que por eso tus jeans no dan pena. Pelo corto, pues si es largo además de distraer, llama mucho la atención. Y una linda nariz respingada, intacta a pesar de tantas broncas con pandillas...

Limpio loco, hay que estar limpio; a las flacas no les gustan los pobres, sino los que tienen su carro, con asientos de cuero como regla general y su reloj de oro si es posible. Como tu imbécil, a ti te envidian y fanfarroneas al respecto. No eres un maricón que camina en la pista, te pegas a la pared y apenas sientes que te quieren meter la mano… ¡Zas! Tu brazo musculoso irrumpe en el rostro de quien te quiera ‘chorear’ ¿Qué útil es tu manopla, no?

Ay Carlitos, mañoso por naturaleza, como has crecido en este mundo pueril, donde las protagonistas varían constantemente e, incluso, a algunas nunca se les conocerá el nombre ¿Cuándo te cagaste loco? ¿Cuándo te violó tu papá a falta de ‘jerma’? ¿Cuándo te devoraste a 5 en una noche? ¿O cuándo recibiste tu primera paga por aportar al negocio? Muchos dicen que todo fue un dominó, pero tu sabes la verdad enfermito, tu sabes que lo último fue lo que de verdad te disfrutaste a gusto. Eres único en el negocio Carlitos, solo tu la haces linda, sin riesgo de que nos demanden. ¡Cómo cambian los tiempos, mi enfermito! Lo que antes costaba una vida encontrar, ahora tu solo las miras, les hablas, las llevas al ‘telo’ con tu cámara en mano y ya está. 2000 mangos o más al bolsillo. Tus ‘cachuelos’ si venden loquito.

Escucha tu celular, creo que hay una llamada para ti. Bah… ¿Otra vez al Café Piccolo? Si lo sé loquito, te encanta ir allá, ahí te levantas a cualquiera además de que todas están para darle. Pero es Miraflores loco, es un barrio de puro pituco y lo sabes, llaman a un tombo y te cagan en una, ahí no todos son tarados como las ‘chamitas’ que te levantas en Niza. El dinero les vacía lo poco de cerebro que tienen, pero no les quita la codicia y avaricia de su mente.

Encima ese café, por Dios, mejor que te lo sirvan en cuchara; yo sé hermano, tu tienes plata y tienes que hacerte ver con plata, por eso, por tu complejo de agrandado, te haces el bacán y tomas la cucharita con asa.

Estamos en plena Pardo, casi llegando al Parque Kennedy. Muchas chiquillas admirando la comida chatarra. Te da una repugnancia inmensa al verlas comer esas porquerías ¿No Carlos? Te gustan las bien cuidadas, que no abusen de sus antojos. Sin embargo, si se trata de placer, que lo exploten siempre frente a la cámara, lo caseritos te reclaman a cada segundo mal grabado.

Bueno, ya llegamos, el ‘Pepe’ quiere que nos esmeremos en este trabajo, que saquemos la aguja del pajar. ¿Siempre nos manda de polizontes no? Un trabajito aquí, un cachuelito por allá, ya nos agota el bruto ese, pero es el que nos paga y no tenemos alternativa cholo, a seguir como obrero hasta que el payaso ese caiga de una vez ¿Y tú? ¿Que piensas? Ni con el jefe ni con la plebe, solo haces tu chamba lo mejor que se pueda, si bien eres el preferido de la zona, te esfuerzas a cada momento como si fuese el ultimo video, la última foto… ¿No te cansas?

Ni bien nos hemos estacionado en pleno Benavides con Larco, una ‘chamita’ ha salido corriendo y llorando del café de la esquina ‘Se ha peleado con su flaco’, dijiste en un murmullo. ‘¡Es la oportunidad!’ Exclamaste mentalmente.

La cogiste. Ella no ofreció resistencia. Te sorprendió que no gritara, pero igual la empujaste hacia el carro para que entre rápido, muy concurrida es esa zona.. Era un tenue atardecer manchado de rojo, y tu tez morena se veía mas oscura que de costumbre. Mientras pisabas el acelerador hasta el fondo, haciendo cambios de primera a quinta en 10 segundos, miré por el espejo retrovisor. El flaco nos maldecía y se guardaba algo en uno de los bolsillos. ‘Debe ser la manopla’, dije, ‘la que siempre llevas contigo’, pero nunca me escuchaste.

Seguimos la rutina de siempre, solo que sin el preludio de gritos. Ya sabes loquito, cuando caminamos hacia el cuarto y forcejean con sus cuerpitos tan delicados. Apenas las lanzamos a la cama gritamos antes que ellas, como signo de autoridad. Los mejores hostales son los de avenidas concurridas, ahí cualquier grito es ahogado por el tránsito. Eso sí, cuestan un ojo de la cara, pero como te conocen te dejan el cuarto a mitad de precio.

Ascensor, último piso. Pasillo. Cuarto con las ventanas bien cerradas y las cortinas corridas, así ni el mejor ‘paparazzi’ nos caga. No hemos necesitado una charlita inicial para ablandarla, ella solita se ha ofrecido. Con sus exuberantes pechos, bien erguidos por cierto. Su cintura es ideal. Su cabello es ondulado en las puntas, castaño en su totalidad, una nariz recta y un trasero que mata cualquier pensamiento que no sea erótico.

- Esta trigueñita nos va a dar una buena paga de placer… Menuda perra nos ha tocado loco –pensabas.

Parece que es su primera vez, pues le ha dolido mucho cuando le metiste el dedo. ‘Pepe’ nos pagará una fortuna por el material o sino un plomazo atravesará su cráneo, eso si es que tiene suerte. Ya antes de tocar la cama estaba mojada. ¿Qué le habrá pasado? ‘Que chucha’, dices, ‘el tiempo es oro y no me pagan por analizar los contextos.’

¿Esos movimientos los aprendiste en Ecuador, no loco? Ahí debutaste a los 10 creo, cuando recién conocías a parodi. Ahora vas a tocar los 30 y sigues, pobre próstata. No tengo cáncer. ¿Y el SIDA? Por eso las prefiero jóvenes, algunas son cacherasas, pero yo sé identificar a las que apenas han probado. Aparte, atracan más rápido de lo que piensas. Dices todo esto siendo fiel a tu estilo, con tu video grabadora en la mano, desde tu perspectiva para que todos te puteen por lo suertudo que resultaste este día. Ya lo editarás más tarde, para que hasta el mismo ‘Pepe’ se masturbe al verlo. Luego de fotografiar, tanto con tus ojos y el lente, guardaste la cámara en seguida, todo sale perfecto hoy.

Media hora ya ha pasado y recién te vaciaste dentro. Consideras que ya es suficiente, no puedes esperar a que el ‘Pepe’ te felicite. Guardas la filmadora en tu mochila Adedas, conseguida a 10 lucas en Polvos. Te sientes realizado, hacía tanto tiempo que nos disfrutabas tanto, tanto como tu primera vez. Para que la chibola no joda después le has dejado la píldora y una botella de agua, además del sedante que corre por sus venas y arterias. Te guardaste el más fuerte de los narcóticos; en medio de esta noche podrás encontrar a otra ‘chamita’ a quien levantarte, y si no hay, pues a una señora no muy vieja, que más da.

Apenas has tocado la vereda sentiste alguien detrás, alguien que tenía esa aura asesina. No tuviste miedo, de hecho ni siquiera sabías quien era ese chato. En un chispazo de lucidez recordaste que era el flaco de la desvirgada del último piso. El otro loco se parece mucho a ti, solo en el vestuario, tu tienes un terno que te hacer ver todo un ejecutivo. Él, en cambio, lleva un zarrapastroso uniforme escolar de algún colegio privado, creo que dice SM en su insignia, con una cruz roja y los demás azul, todo encerrado en un escudo.

Pelo largo, se la da de valiente por romper reglas estúpidas, como las del colegio. Le pongo un metro ochenta de estatura (tu eres más alto que él, tranquilo), a duras penas tiene músculo en cada pierna. Buscas tu manopla en el bolsillo derecho… Chamare… ¿En qué momento se cayó?... La respuesta estaba en frente suyo. A aquel chico le brillaban los ojos, como fuego en plena oscuridad. De su bolsillo izquierdo sacó una daga y del otro una manopla. Carlitos, admítelo, te measte de miedo por un momento. La tola la tenías en la maletera, y el chico era un obstáculo entre tu y el auto. Como nos cagaron Carlitos.

Era un niñato, pero tiene el mismo carácter que tu cuando tenias su edad, temerario e insolente. Te gritó puras cojudeces, pero de tanto ruido salió algo interesante de su boca. Se la quitaste Carlitos, pero no se quejaba por el amor que sentía hacia ella, ‘¡Que amor ni que mierda!’, te grito. Tu le habías arruinado todo, la estaba trabajando para poder grabarlo, para poder subirlo a la red o ‘quemarlo’ para después venderlo. Tiene tu misma visión, cholo, esa visión donde un punto es nítido y lo demás difuso. Se encontraba no muy lejos de nosotros, un cigarrillo de distancia, un poco menos. Empero, su voz era potente, dirigida y hasta temible. Aún así no te dejaste amedrentar por ese chato, defender tu trabajo era la prioridad.

No te acercas, su puñal se ve bien afilado. En cuanto al puñal, es un poco pesado, así que pronto se le cansará el brazo. Estas a medio cigarro de distancia, pero por la manera que prepara carrera, pronto estarás a una bocanada de humo de morir si no te concentras. Se ha alejado. Apenas llega a la segunda casa de la esquina, la que esta al costado del hostal, ha vuelto su cuerpo para tacarte. En medio de su ataque berserker has logrado coger su brazo con el puñal, pero no pudiste con la manopla y te lanzó al suelo. Ese enfermo seguía maldiciéndote, a cada golpe, a cada moretón que te dejaba en el rostro. El puñal seguía sin tocar tu epidermis, sin siquiera acariciarla.

Era otro enfermo sexual como tu, solo que él lo hacía porque lo gozaba más, no le importaba el dinero, pensaba que se sacaba de los árboles, como tu de pequeño. En un momento, pensaste en patearle los huevos y correr hacia el auto, en deshacerte del lujo del orgullo e irte de una vez al Callao y empezar a editar. Creo que se dio cuenta de tu intento de huir, por eso te apuñaló por la espalda… ¡Ese grito de dolor jamás lo olvidaré enfermito! Fue desgarrador, tétrico. Fue un chillido que derrumbó el silencio de la noche, fue el zanjar de carnes más espantoso que sentiste. Atravesó el pulmón y recorrió el vacío de ese par de costillas, sin piedad, como si fueras un pollo. Sentiste la sangre salir por tu boca. El chibolo no sabía qué hacer y piensa en irse corriendo.

Ha comenzado la lluvia, Carlitos. No quieres morir, te niegas a morir….

Duele como mierda, duele más que cuando tu vieja de dejó abandonado, que cuando viste a tu flaca mientras la violaban. Eso es, no quieres sufrir más. Al chibolo, antes de irse, le gritaste que se quede con la mochila, y que comience un negocio. Ojala haya entendido, ojala te haya escuchado. ‘Hay muchas ‘jermas’, el mercado está abierto para ti, tienes lo que yo no tengo, esa ambición, esa seducción…. Lo mío es la violación… pero tu la vas a hacer linda loco, vas a tener mas plata que yo…’, le decías entre jadeos, entre vómitos de sangre. El chispeo de las primeras gotas empezó a empapar tu camisa mientras le decías…

Fue todo muy rápido, no tuviste tiempo para decirme adiós. Si, me debes todas esas noches de lujuria que tanto disfrutaste, a todas esas mujeres que cayeron ante tus dones. Ahora que te desangras inconciente en medio de la vereda, antes que tu cerebro se apague, junto conmigo, al menos alégrate no morirás solo, me tienes a mi. ¿Si o no Carlitos?

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“Dios, no inventes el final.
Es lo único que te pido”
Pedro Suárez-Vértiz

Aún estaba vivo, y no era que le sorprendiera pero sentía esa necesidad de agradecerle a alguien su estado actual (el de la vida). A falta de un Dios, decidió agradecerle a la empleada que lo había ido a socorrer en el momento del accidente. Fue como un aviso de muerte, como si el sueño (que no recordaba cuál era) lo hubiera empujado a ella y de no ser por la cómoda de madera sobre la que cayó, el sueño habría cumplido su objetivo, y no habría sido de mal gusto morir soñando. Pero, tampoco estaba mal vivir.
De todas maneras Rumba se sintió como en una película de Kubrick en cuanto llegó a la clínica de madrugada (porque la caída fue de madrugada y no había quien descartara que estuviera ebrio y que se hubiera peleado con alguien, desestimando y poniendo en tela de juicio la teoría del sueño). Sobre una silla de ruedas lo pasearon entre pasillos oscuros, de salón en salón, revisándolo con distintos artefactos a ver si todo iba bien, mientras él pensaba en sí mismo como el arrepentido cabecilla de los Drugos con el que comenzarían un experimento aterrador. Pero, claro, todo esto a raíz del susto y del paisaje aterrador de lo que es una clínica de madrugada. De todas maneras, sólo había sido un golpe al ojo izquierdo, un corte bajo el párpado, eso era todo. Pero la experiencia de la clínica no la había olvidado, en un momento pensó que era el paso de la vida a la muerte y que toda la realidad había sido un sueño que se aburrió de él hasta empujarlo de su cama. Sin embargo la mesa. Es difícil de explicar lo de la mesa, si hubiera caído al suelo, que estaba a más de metro y medio de su cama, quizá hubiera muerto, pero cayó sobre la mesa. Y, luego, la empleada a socorrerlo y a llamar a los paramédicos que preguntaban por un seguro, como si no tener uno lo condenara.
Había sido una mañana difícil, con la abuela desesperada y asustada que lo recibió casi llorando cuando regresó de la clínica y el abuelo que ni lo miró, porque esa mañana no le habían dado de desayunar, en esos momentos se ponía a dormir y soñaba, pero él era más consciente de sus sueños y ya ninguno de ellos atentaba contra él. Entonces, su abuela le ofreció a Rumba su cama para que reposara, algo de té y unos cuantos panes para el desayuno. Desde la sala hacia el dormitorio se escuchaba al abuelo reclamar su casa y tantas otras cosas que reclamaba cuando soñaba (los sueños del abuelo nunca se resolvían). Tal vez, para Rumba hubiera sido mejor soñar en esas cosas y no en lo otro que todavía era un misterio.
La familia había llamado todo el día a preguntar por su salud y sus padres, que acababan de llegar de viaje, les contaban el asunto con el corazón en la boca, como padres. Luego del susto familiar y de la visita de su tía con una gran torta en la mano para el enfermo (si cabe el término, yo hubiera preferido lisiado o lesionado, pero ya qué más da el cambiarlo), la experiencia se fue llevando al buen humor, a crear hipótesis del sueño. “¿A quién estabas persiguiendo, Rumbita?”, le decían. En ese momento la risa era oportuna, era saludable y nada más.
Esos días de descanso no le habían servido mucho para estar tranquilo y por más que las bromas sobre su caída fueran aceptadas buenamente, Rumba seguía desesperado por averiguar lo del sueño, porque para él la muerte no lo podía haber atacado de esa manera tan cobarde, entre sueños y sin dar la cara, pero también sabía que la muerte estaba cerca, que podía no haberlo buscado a él, sino a otros con menos suerte y menos fuerzas y menos cómodas de madera que resistieran la caída.
Por la ventana del Café Picollo, es sus días de descanso, había visto a esa anciana con un velo negro que cubría su cabeza vendiendo rosas a los transeúntes indiferentes que pasaban y la miraban, y cuando la miraban huían. Entonces, veía a la anciana derrumbarse de rodillas sobre el suelo, sobre las grietas del cemento en las afueras del Café. En ese momento dejó pagada la cuenta, un beso en la mejilla de su novia y salió corriendo tras la anciana que ya se había parado y huía como quien se sabe perseguida, pero no volteaba nunca a ver quién la perseguía como si hubiera perdido todo interés en las calles pasadas, en los ojos del cazador que venía tras ella, en la vida misma.
Cómo corría la vieja, hasta que se detuvo en el filo del malecón, ya en la playa, y se detuvo en seco cuando Rumba no atinó a más que estirar su brazo estrepitoso sobre la espalda de la anciana. De pronto se daba cuenta de las cosas. La había perseguido como buscando en ella la explicación. Y juzgaste mal, de nuevo, Rumba, porque al contacto con su espalda te diste cuenta del estado real del mundo y viste las cosas desde fuera de tu desesperación. Y ya la anciana no era una anciana, el velo no era un velo y las rosas, Rumba, no eran rosas. No eran más que manos sucias, hambrientas de aquel anciano al que no le habían dado de desayunar, de aquel al que nadie le interesaba sus sueños. Fallaste, fue un error, el empujón fue un error. Pero, era tarde, siempre tarde cuando te diste cuenta de que la muerte no era la muerte y tu misterio todavía no se resolvía. Tarde, porque no habías empujado a la muerte y, al contrario, la habías encontrado en ti mismo. Y, lo peor, siempre supiste que estaba por ahí, que te había atacado a ti esa madrugada y que ahora ejercía su condición final manifestándose en el empujón, en tu mano estirada sobre una espalda que creías era la espalda de la muerte (¿Sería tu propia espalda? ¿En ese momento tampoco lo sabías, Rumba? Era otra espalda). Y de pronto, todo el domingo en tu cabeza: los salones de la clínica, la silla de ruedas, tu abuela, la sangre en tu ojo, la cómoda de madera, la empleada, toda la naranja mecánica y el abuelo en el sofá esperando el desayuno. Pero, Rumba, cómo son los sueños: de pronto, tú sobre la cómoda, gritando, pidiendo ayuda con un corte bajo el párpado y el domingo que no se iba, esa madrugada que felizmente no se iba. Y gracias a Dios.

Categoría: Evaluación
Publicado por: aiparra

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Topo no era como una persona normal; de hecho no era para nada normal. Su cabellera larga lo identificaba; lo hacía siempre resaltar sobre el resto. Tenía una mirada fija, penetrante, a veces algo maniaca. Hablaba muy rápido y muchas veces, o casi todas, sin pensar en lo que estaba diciendo con esa grande boca y esos amarillos dientes que por veces sobresalen; era también muy propio de él, esa risa de hiena, que siempre dejaba encolerizado al resto y así reconfortándolo. Era medio sordo, literalmente, ya que cuando niño se le tapo un oído en la piscina el cual luego se infectó y perdió totalmente su fisiología. Hace mucho dejó de afeitarse y ahora muestra esos crecidos bigotes y esa larga barbilla por las cuales siempre le dicen cosas como “bagre” o “aféitate los pendejos”.
Siempre vistiendo con ropas negras. Su saco empolvado, sucio, gastado; el polo de algún grupo de uno de los tantos subgéneros del metal que a diario escuchaba. Su pantalón, también negro, adornado con huecos que el mismo había hecho y con cadenas que le colgaban, las cuales más de una vez le dieron un sinfín de problemas enganchándose en barandas, sillas y asientos de microbús. Tenía esas zapatillas con sus suelas ya gastadas de tanto caminar arrastrando los pies; de hecho pareciera que topo se arrastrara, siempre con el esbelto cuerpo suelto, moviendo el cuello de adelante hacia atrás y la cabeza de arriba hacia abajo.
Su “legítimo” nombre es Diego. Él vivió los primeros años en el Callao, con su madre su padre y su hermano. Vivió una infancia sana con muchos juegos de video amigos, paseos. Estudiaba en un colegio que le quedaba a dos horas de ahí. Muchas veces el cobrador lo hizo bajar del carro porque no quería cobrarle cincuenta céntimos por el recorrido directo. Ya a fines de primaria se mudaría a unos escasos quince minutos de su prestigioso colegio. Fue así donde se conoció más a fondo con sus amigos, los cuales poco a poco lo convertirían en lo que es, o al menos hace poco era, ahora. Según dicen, ya en la secundaria un amigo lo incito a cambiar y, cual cierto ebrio de serie de televisión que vuelve idiotas a los adultos, al probar las primera gota de alcohol nació de Diego, Topo. Empezó a escuchar metal con sus amigos, a tomar cada vez más y más. A esto se le sumó la mala suerte, ya que su padre perdió el trabajo, y su familia tuvo que hacer una serie de esfuerzos para pagar el colegio. El sueldo de maestra de su madre no alcanzó y su padre tuvo que trabajar de ilegal en otro país. Pese a todo Topo es, fuera de las apariencias, alguien sencillo, humilde e inteligente. Terminó el colegio con buenas notas; hasta ingresó a una prestigiosa universidad en buenos puestos, pero decidió no estudiar; porque él no quería ser parte del sistema. Bajo presión tuvo que conseguir un trabajo, porque su familia no mantenía vagos, estuvo hasta hace poco vendiendo juegos y programas piratas en una galería en Wilson.
A Topo poco o nada le interesaba lo que los demás pensaban. Él se consideraba un Dios, el hacía lo que quería cuando quería. Lo que para un ser común y corriente es considerado falta de respeto o conchudez desmedida, para Topo era la forma de demostrar su libertad; por ejemplo cosas como recoger comida en los restaurantes, gritar en plena vía pública, ir a la playa con pantalón y casaca, llevar una paloma muerta en su mochila, y en sus ratos libres hacer bizarros dibujos como un hombre con un árbol que salía de su espalda que le daba frutos podridos entre otros. Sin embargo, muchas veces su libertad era desmedida causándole graves problemas, como la vez que hace mas de un año se quemó la mano y por poco el rostro al caerse en una fogata; su madre preocupada le dijo que eso no era bueno para él, que debía cambiar, que recapacite, le pidió que por favor muestre algún cambio en él, Topo se cortó el pelo. Y fue una de estas imprudencias y estos desmedidos excesos los que llevaron a Topo a su muerte.
Ni bien escucho la noticia, Topo comenzó a ahorrar, venían a Lima dos grupos de trash metal de los cuales era fanático, Kreator y Exodus. Tenía hasta el quince de octubre para juntar todo el dinero necesario y quería juntar todo el dinero posible en el menor tiempo. Eran aproximadamente 140 soles y 110 si conseguía la preventa; trabajo duro hasta la quincena cuando se enteró que dos bandas más venían; Stratovarius en octubre y Obituary en noviembre, y lanzaron una promoción en la cual las 3 entradas costaban doscientos soles. Topo trabajo más que nunca, incluso daba clases de nivelación a alumnos de su ex colegio. Después de un gran esfuerzo que incluía abstinencia de alcohol, consiguió el dinero y compro las entradas. Solo le quedaba esperar un par de semanas hasta el día añorado.
Ya era quince de octubre, Topo se reunía con sus amigos Junior y Ñoñez. Era el primer concierto de Junior, un chico que a los 15 años ya estudiaba en la universidad.
- Unas previas.- dijo Ñoñez sacando de una bolsa la botella de ron.
- Pero de una vez, que ya es tarde- dijo Topo.- Si me pierdo Exodus te reviento. No quiero terminar ebrio otra vez y perderme de todo.
- Anda nomas, bien que quieres, salud.
- ¿Y tú no quieres, Junior?- Le pregunto Topo.
- No, no tomo. – dijo Junior, por temor a represalias de sus padres.
Se sentaron en la vereda frente a un lugar llamado “café piccolo”. Con la botella acabada y Ñoñez ebrio, entraron al concierto. Junior comenzó a poguear, saltando, empujando y golpeando a los demás en una especie de círculo violento acompañado por la música de los teloneros, cuando acabaron ya estaba cansado. Por fin empezó el concierto con Exodus. Se armó un pogo aún más grande que duro hasta el final, Topo estaba como siempre adelante moviendo su cabeza de atrás hacia adelante moviendo toda su nuevamente larga cabellera y gritando hasta quedar afónico. Ñoñez termino ebrio en el baño y desapareció quedando Topo y Junior. Termino Exodus; Topo consiguió que los integrantes le firmen los brazos y se propuso a no bañarse, cosa que raramente hacía. Comenzó Kreator y el caos aumentó, más pogo, más violencia, todo era misantropía y Topo estaba en su clímax. De repente ya por terminar, algo que lo llevaría a su final sucedió, tanta violencia no podía acabar de otra forma, tantos excesos desencadenaron en algo previsto. Un tipo gordo y alto sube al escenario, y se lanza sobre el público; después de bajar y alzar la cabeza Topo no tuvo tiempo para reaccionar, sintió un dolor insoportable en el rostro; se había roto la nariz. Rápidamente aguanto lo más que pudo y con sus manos la enderezó. Tuvo que irse inmediatamente a su casa.
En su casa su madre lo esperaba con una taza con leche, que le hacía tomar siempre que llegaba tarde para ver si había bebido. Al verlo la taza cayó al y la leche caliente les derramó los pies. Toda su ropa ahora guinda, el cabello más desordenado que lo habitual, Su rostro pálido con restos de sangre en el bigote y la barbilla que no pudo limpiar bien con su polo. Llegaron a emergencias pero no les atendieron, lo juzgaron por las apariencias, pensaron que había tomado en exceso, que estaba bajo los efectos de alguna droga y que era un pandillero; se negaron a atenderlo. Volvieron con una denuncia policial y al fin lo atendieron, lo operaron de urgencias, Topo ya estaba agonizando.
Volvieron a casa; fueron a la sala su madre con lágrimas en los ojos le dijo.
- Toda la vida es lo mismo contigo. ¡¿Hasta cuándo seguirás así?!
- Discúlpame mamá.
- Ya no quiero más disculpas, quiero acciones. Madura de una vez. ¿Crees que puedes andar por la calle haciendo lo que te dé la gana? ¿Crees que vas a seguir toda la vida con ese pseudo trabajo? – Dijo gritando su madre – Y si es que te propusieras a buscar trabajo, ¿Acaso alguien va a contratar a un tipo pelucón con una paloma muerta en la mochila?
- Tienes razón. – Dijo Topo consternado.
- El que va contracorriente termina siempre siendo atropellado por el sistema. Esto pudo costarte la vida. Piensa en tu futuro. Sabes que por la situación en la que estamos con las justas podemos pagar los medicamentos.- estalló en llanto- Diego, por favor olvídate de Topo. Yo solo quiero lo mejor para ti, hijo. - Y se fue a dormir.
Topo aquella noche no pudo dormir, estuvo pensando en cada palabra que le dijo su madre. Esto sería quizá lo más loco que haya hecho en su vida. Dejar de ser dios y convertirse en hombre, ser parte de una sociedad, la cual siempre lo había marginado y mirado sobre el hombro; la cual a él no le importaba, hasta ahora. Esta vez casi le cuesta la vida, y quizá no haya próxima vez para Topo. Prácticamente dejar de existir y renacer, dejar la rebeldía para adaptarse a las normas, dejar de desafiar a la sociedad para ahora unirse a esta y a todos sus estándares. Topo tuvo miedo, y Diego también. Para él las cosas eran muy sencillas y a la vez radicales.; no podía existir término medio. Batallaron las ideas toda la noche. Al salir la mañana desayunó, se lavó, y salió a la calle. Cuando volvió a casa, estaba con el pelo corto, totalmente afeitado. Su mamá quedó sorprendida. La verdad es que no esperaba un cambio tan repentino; pensó que seguiría siendo Topo.
Ya en la tarde fue a disculparse con el papá de su amigo Monky, quien era administrador de un casino, por haber prácticamente destruido su casa en la última reunión que tuvieron. Su padre al verlo le preguntó.
- ¿Y ese yeso?
- Fue un accidente.
- Ten cuidado. ¿Vienes a ver a mi hijo?
- No, de hecho quería hablar con usted.
- ¿Y de que se trata esta vez?
- Quería disculparme por lo ocurrido en su casa, lo que hice no tiene justificación. Nunca volverá a pasar.
- Parece que ese accidente te ha hacho entrar en razón. Al fin te veo arreglado, limpio y decente.
- Tenía razón cuando dijo que con mi facha no me contratarían en ningún lugar.- dijo con la cabeza baja Diego.
- Descuida no quise ser tan duro. Pero me sacaste de mis casillas. Te veo diferente; no solo la apariencia sino una nueva actitud.- dijo con una sonrisa algo sarcástica.
- Sí, quiero dejar todo atrás y cambiar por completo.
- Si es así, el mundo te abrirá todas las puertas y te dará la bienvenida.
- Gracias, bueno tengo que irme hasta luego.
- Que te vaya bien y sigue en el camino al éxito.
El domingo sus amigos lo vieron.
- ¿Topo que te pasó?- dijo uno de ellos.
- No me llames Topo, soy Diego.
- Me alegro que estés limpio pero no te lo tomes tan en serio.
- Es que debo cambiar, quiero que la gente me vea como alguien normal.
- Estas grave Topo, perdón, Diego.
Ya no era el mismo; Topo había muerto. Ya ni pensaba en los otros dos conciertos. Estaba tranquilo sentado en una silla, con la mirada perdida; se bañó y quitó de su cuerpo los autógrafos que se propuso no borrar; hablaba y despacio, pensando cada palabra. Se le notaba triste, extrañaba a Topo, extrañaba ser dios y no hombre. Parecía un animal de circo, solo que él se dejó atrapar. El Topo es una especie en extinción que el sistema está matando o peor aún, domesticando.