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Archivo de septiembre 2011
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La “tradición” cuenta que, en 1595, fray Andrés Corso empezó a construir, al pie del cerro San Cristóbal, un convento de recoletos franciscanos. Por ese entonces, la zona se encontraba aislada de la ciudad, un lugar deshabitado pero con buen clima. Lo cierto es que, según el padre Julián Heras, franciscano y principal historiador vivo de la Orden, en su libro Convento de los Descalzos de Lima: un oasis de espiritualidad y de acción apostólica (Lima, 1995), la iniciativa de la fundación del convento se debió a Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima, quien solicitó una fundación de descalzos franciscanos con fines evangelizadores. Al no conseguir sus deseos, fundó un Convento de Recoletos en Lima bajo el amparo de Nuestra Señora de los Ángeles, el 10 de mayo de 1595, poniendo como primer Vicario de la Recolección (también conocido por el título de “Guardián”) a Francisco Solano, apóstol de oración y virtudes, quien fuera canonizado, como sabemos por Benedicto XIII en 1726. Cuenta que el Santo se dedicaba a orar frente a la imagen de Nuestra señora de los Ángeles, obra del pintor italiano Angelino Medoro, conservada hasta hoy y una de las joyas del conjunto. Con los años, diversas donaciones hicieron posible terminar la construcción del Convento. En 1617, el convento tuvo aprobación Real y es la casa de recolección más antigua y única en su género .

Prosigue el padre Heras que, durante los años del Virreinato, hasta vísperas de la Independencia, vivieron aquí muchos religiosos dedicándose al trabajo material, la oración y el estudio. Por ejemplo, aquí se potenciaron las vocaciones de muchos misioneros, algunos de los cuales llegaron al martirio. Luego de la Independencia, hasta 1907, el convento o Recoleta Franciscana fue convertido en centro de apostolado al ser transformado en Colegio de Misioneros, que tuvieron una gran actividad en la predicación de misiones populares. Ofreció el convento, de este modo, una respuesta a las necesidades de los difíciles nuevos tiempos, marcados por la instalación de la República. No por casualidad, el Arzobispo de Lima de entonces, monseñor Manuel Tovar y Chamorro (1898-1907), decía: Dudo que en el mundo haya un convento en donde se junten a la vez un sabio como el P. Gual, un santo como el P. Masiá y un orador como el P. Cortés, como hoy se hallan reunidos en el de los Descalzos de Lima. Este testimonio fue corroborado en un libro conventual, escrito por el R. P. Gimeno, definidor general y Visitador de la orden en América el año 1900: Dudo que en esta fecha y en toda la Orden haya un convento más numeroso, más observante, y de más actividad apostólica que el de los Descalzos de Lima.

De 1908 a 1994, la fisonomía del convento fue otra: pasó a ser sede y centro de la nueva Provincia Franciscana de San Francisco Solano, cuyas actividades fueron diversas y de gran envergadura, en la que no faltaron las misiones populares. En la iglesia del convento se realizó una labor apostólica a través de la administración de la confesión, la catequesis, la práctica de ejercicios piadosos, de manera particular la devoción mariana, etc. Se tuvieron Ejercicios Espirituales en la misma Casa Provincial de San Francisco Solano. En 1970 se declaró el convento monumento histórico nacional, lo cual exigió algunas obras de reconstrucción, que fueron terminadas en 1979. Desde 1974, el Convento fue erigido en sede de la Parroquia Nuestra Ángeles, desmembrada de la Parroquia de Francisco Solano. Hoy conserva su tradicional prestancia y actividad apostólica. Es la casa Central y Curia de la Provincia y, hasta hace poco, Casa de Noviciado, cuyo claustro ha sido convertido en Casa "Centro Misional" de dos vicariatos de la Orden franciscana .

Cabe destacar que en Los Descalzos convento vivieron frailes muy cultos y preparados, que llegaron a escribir y publicar valiosas obras. Por ejemplo, de sus claustros salieron poetas como el padre Juan José de Peralta; misioneros, como Jerónimo Jiménez, José Amich, Juan de la Marca, Fernando de San José y otros; oradores sagrados, como los padres Luis Rodríguez Tena, Juan de Marimón, Juan de Zulaica, Esteban Pérez, Lorenzo Madariaga y Francisco Aramburu; polemistas e historiadores, como los padres Juan José Matraya y Ricci, Pedro Gual, Leonardo Cortés, Bernardino González y Bernandino Izaguirre; cultos obispos franciscanos, como Francisco de Sales Arrieta, Alfonso Sardinas, José María Masiá, Juan Estévanez Seminario, Francisco Solano Risco, José María Yerovi, Buenaventura Uriarte, Luis Arroyo, Luis Maestu, Leonardo Rodríguez Ballón, Odorico Sáiz y el recordado Cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En suma, como casa de recolección, durante los años de la República, hasta hoy, las actividades pastorales del Convento han sido sus cursos de misiones en las iglesias y barrios populares de Lima y en los pueblos del interior del país; cursos de ejercicios espirituales al clero, a los monasterios de religiosas, a congregaciones de religiosos y religiosas, en visitas a las Hermandades de la Orden Franciscana Seglar, en colegios, hospitales, cuarteles, escuelas militares, cárceles, dirección de catequesis infantiles y juveniles, y de varias asociaciones religiosas establecidas en su iglesia. También se ha construido un Auditorio para diversas actividades públicas.

La Casa de Ejercicios de San Francisco Solano.- Está al interior del Convento. Fue construida en 1744 y allí se realizaban los cursos de ejercicios anuales practicados por gente del clero pero también por laicos. Actualmente, se ha restaurado y ha sido puesta en valor, y se emplea para toda clase de actividades pastorales. Debido a que Los Descalzos fue lugar de recogimiento de virreyes, aristócratas y gente de la nobleza, que buscaban la compañía de los franciscanos, para dedicarse en silencio a la oración, reflexión, ayuno y abstinencia, llevó al fraile español Juan Marimón a fundar, en 1744, una Casa de Ejercicios Espirituales, llamada también Casa Solano, pues en este pequeño bosque, pegado al cerro San Cristóbal, el Santo solía orar a solas y dedicarse a la meditación (dicen que lo llamaba con cariño “mi monte Alberna”). Actualmente, el lugar sigue recibiendo al público para su retiro espiritual y ha sido acondicionado con algunas “comodidades” más modernas, aunque existen todavía celdas que mantienen muebles de la época. También guarda pinturas valiosas y reliquias sagradas. Tiene un templo con un altar con privilegio conseguido por San Francisco Solano, el de la Recepción de la Indulgencia Plenaria: Según la tradición, todo aquel que entre en la capilla obtiene por ese solo paso, la concesión de perdón y absolución de sus pecados.

La Biblioteca.- No es de extrañar que, durante cuatro siglos de vida pastoral y académica, los franciscanos llegaran a formar una nutrida y valiosa colección de libros, a pesar de las vicisitudes de la vida del país. Por ejemplo, el periódico El Investigador (4 de agosto de 1814) da cuenta de un asalto contra la biblioteca franciscana de los Descalzos; sus redactores acusaban a los cajoneros de La Ribera de fomentar y apoyar estos robos. Según un recuento de mediados del XIX, citado por el cronista Juan C. Puig, la biblioteca contaba con unos 6 mil volúmenes. El bibliotecario siempre era un religioso cuidadoso y amante de los libros. En 1928, el padre Joaquín Iturralde se lamentaba de que la biblioteca no recibía más libros por estar totalmente colmada de volúmenes. Con el tiempo, no hubo una política de adquisiciones, tampoco el local sea amplió. Pero la colección, a pesar de todo, siguió aumentando, ya sea por donaciones o por la incorporación de los libros de los religiosos fallecidos. Hasta la década de 1970, se mantuvo más o menos ordenada, y se conservaban tres catálogos (uno de 1895, otro de 1914 y un tercero de 1935) y un fichero de autores y de títulos. Como el visitante podrá apreciar, la estantería, de dos pisos, es de madera y muy elegante. Entre 2003 y 2004 la biblioteca fue catalogada; la responsabilidad cayó sobre el padre Julián Heras, y se utilizaron programas informáticos. La catalogación solo cubrió la sección antigua. El total de sus volúmenes, con los libros incorporados en los últimos años y ubicados en dos locales, llegan a los 14 mil .

Hay varias ediciones de la Biblia, una de 1534, impresa en París, y otras de 1570 y de 1581, con hermosos grabados. Están las obras de San Juan Crisóstomo (París, 1534), de San Eulogio de Córdoba (Alcalá de Henares, 1574) y de Dionisio el Cartujano (Enarratio in evangelium, París, 1542). Asimismo, dos libros que pertenecieron al hermano Jerónimo Jiménez cuando era estudiante de la Universidad de San Marcos y luego misionero y mártir de las misiones; uno es el incunable Questiones sobre los universales de Porfirio (1499), de Juan Duns Escoto, y otro la obra del jesuita Antonio Rubio, Poeticarum institutionum liber (México, 1605). También hay obras literarias como las de Santa Teresa de Jesús, Diego de Hojeda, Francisco de Ávila, Ludolfo Cartujano, el Inca Garcilaso de la Vega, Juan de Solórzano Pereira y otros cronistas coloniales. Entre las grandes colecciones está la Patrología Latina y griega de Migne, muy utilizada por el P. Pedro Gual. Es igualmente valiosa en geografía e historia, sobre todo franciscana. Por ejemplo, cuenta con las Crónicas generales de Francisco Gonzaga, que utilizó el padre Córdova Salinas.

Habría que destacar estos puntos de Los Descalzos:

1. El templo que vemos ahora, fue construido a principios del siglo XVIII, pero sufrió mucho con el terremoto de 1746; fue reconstruido y reinaugurado en 1749. Lamentablemente, el templo ha sufrido otras remodelaciones y ha perdido, en su interior, todo su decorado de los tiempos virreinales.
2. El Convento tiene una planta de distribución muy ordenada formada por una Iglesia, la Capilla Nuestra Señora del Carmen, huertas y jardines, y siete claustros (como los de Guardianal, de la Enfermería y el Ayacuchano); hacia el norte, separada del convento, se encuentra la Casa de Ejercicios de San Francisco Solano. Los que diferencia a Los Descalzos de otros conventos de Lima es, en primer lugar, su arquitectura “rural”: por la sencillez y austeridad de sus formas, se asemeja a las casas hacienda de la sierra. Esto, quizá, por la decisión de los franciscanos de construir, en las afueras de la ciudad, “casas de retiro” especiales. De allí, la razón de sus formas sencillas y onduladas, sin muchos adornos.
3. El Museo (inaugurado en 1981) exhibe pintura colonial, libros corales y determinados ambientes del antiguo convento. La valiosa colección de pinturas que guarda incluye muestras de las escuelas limeña, quiteña y cusqueña. Por ejemplo, hay telas del sevillano Bartolomé Esteban Murillo, del cusqueño Diego Quispe Tito, del criollo Leonardo Jaramillo y de los italianos Angelino Medoro y Bernardo Bitti (la Sala Bitti es espectacular; hay un óleo atribuido a este pintor).
4. En la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, está la placa donde se hace referencia a la presencia de nuestro héroe Miguel Grau, a las horas en que pasó orando antes de partir. Hay, además, cuadros dedicados a la Virgen, en distintas etapas de su vida. El lienzo fue pintado por Medoro hacia 1600 y es uno de los símbolos del convento.
5. Hay un Centro Médico, relativamente moderno, al que acude gente pobre, especialmente del Rímac, en demanda de servicios gratuitos.
6. Todos los años, el 2 de agosto (día de la Porciúncula), cientos de pobres acuden al Convento a tener una comida completa, pródiga en gallina, pollo, res y carnero. El “Día de la Indulgencia de la Porciúncula”, los franciscanos de todo el mundo preparan una sopa rica en carnes, tubérculos y verduras, que reparten entre las personas del lugar. Se le puso el nombre de porciúncula por la iglesia llamada así, de la Basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, Italia, donde se inició el movimiento franciscano.
7. El Centro Misional “San Francisco Solano” funciona en un moderno local para los misioneros de la selva peruana.
8. Hay una Enfermería para la atención y cuidado de los religiosos ancianos y enfermos de la Provincia.
9. En el recinto conventual, pero en un lugar apartado, hay un Cementerio para los religiosos fallecidos de la Provincia

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Frailes franciscanos frente a la Casa de Ejercicios "San Francisco Solano"
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Huerta o jardín del antiguo colegio Belén, donde antes estuvo la recoleta mercedaria

La recolecciones limeñas fueron casas de mayor austeridad que las órdenes religiosas construyeron en lugares apartados de la ciudad. Su origen estuvo en Castilla (España) a principios del XVI para frailes más penitentes y contemplativos, a semejanza de los "Descalzos", y pronto se diseminaron por casi toda Europa. Estas casas debían estar retirada y rodeadas de huertos y construidas con austeridad y pobreza; sus claustros y muros debían ser lisos, sin decoración, y las iglesias pequeñas.

Los mercedarios construyeron la de "Nuestra Señora de Belén", y su historia está vinculada a la apertura de la calle Belén, hoy cuadra 10 del Jirón de la Unión. Según Juan Bromley, Paula Piraldo y Herrera, encomendara de Colán (Piura), era viuda del general Juan Andrade y Colmenero, que fue corregidor de Lucanas y Andamarca. En la sesión tenida por el Cabildo de Lima el 6 de octubre de 1606, se leyó una petición de doña Paula Piraldo en la que pedía que se le diese licencia para abrir una calle por la huerta de su propiedad, calle que, continuando derecha por otra calle en que tenía sus casas un tal Bermúdez, iría a salir al callejón llamado de Surco. En compensación al terreno que cederían para la calle proyectada, se le daría otra calle, tortuosa, que salía por detrás de la huerta. En la misma calle que se pretendía abrir, tenía doña Paula el propósito de obsequiar unos terrenos para que se levantase una recolección del Convento de Nuestra Señora de las Mercedes, iniciativa que venía propiciando el mercedario fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento. El Cabildo otorgó la licencia solicitada y la cesión del callejón referido teniendo en cuenta que la nueva calle mejoraría la traza regular de la ciudad por aquel lugar. La recolección fue edificada y nombrada de Nuestra Señora de Belén, y en ella se reservó doña Paula el derecho de construir una capilla de la advocación de la santa de su nombre para enterramiento de ella y de sus descendientes.

Pocas noticias hay sobre la Recoleta mercedaria. El padre Cobo dice de este convento: “… no se puede extender más porque está en isla, rodeado de calles y la cuadra no es entera ni perfecta sino en figura de taúd; han labrado buena iglesia con capilla mayor y crucero de bóveda, y una portada de piedra muy suntuosa, la casa tiene la vivienda suficiente con sus oficinas, un mediano claustro y curiosa huerta”. No sabemos quién fue el constructor o alarife, pues tampoco lo menciona el cronista franciscano Córdoba y Salinas, que se limita a señalar que la iglesia de Belén era una de las más bellas de Lima. Con el terremoto de 1746, la recoleta de Belén se redujo a escombros. La iglesia se reconstruyó antes de 1751, pero el convento quedó en destruido hasta después de 1770. No obstante, mantuvo una pequeña comunidad de frailes.

Tras la Independencia, el estado peruano suprimió la Recolección y su terreno fue vendido, en 1842, según Bromley, a las monjas del Corazón de Jesús y de María (SSCC), las que establecieron allí el Colegio de Belén, cuya primera directora fue la religiosa francesa Herminia Paget, de tan grata recordación para Lima por su eficaz intervención para impedir la destrucción de la ciudad cuando la Guerra del Pacífico. Sin embargo, el padre Jeffrey Klaiber sostiene que, impresionado por las noticias de su labor en Chile, Castilla les pidió a las monjas de los SSCC que se encargasen del Colegio del Espíritu Santo, que fue subvencionado por el gobierno. Luego, en marzo de 1849, las religiosas de los SSCC abrieron una escuela gratuita y un pensionado para señoritas. En 1851, se trasladaron al antiguo convento de la recolección de los mercedarios “Nuestra Señora de Belén”, donde nació el colegio del mismo nombre (esta versión es la más autorizada).

El 3 de febrero de 1899, el presidente Piérola decretó la apertura de la avenida Central, que uniría el óvalo Bolognesi con el Cerro San Cristóbal, pasando sobre lo que fuera el convento de la Recolección Mercedaria de Belén, sobre la Plazuela de Micheo. Felizmente no se llevó a cabo la totalidad del proyecto (pues hubiera destruido buena parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad): solo se hizo una primera cuadra, que hoy recibe el nombre de avenida Paraguay. Sin embargo, el Colegio Belén tenía la suerte echada, ya que si la avenida Central no pasó sobre él, sí lo hizo luego la avenida Progreso (actual avenida Uruguay). Respecto a la antigua iglesia de Belén, lamentablemente fue demolida a finales de los años sesenta (luego de la demolición del Panóptico) para hacer la prolongación del jirón Jacinto López, a la altura de la primera cuadra de la avenida Bolivia, junto al Centro Cívico.

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La “recolección” es un tipo de construcción de los siglos XVII y XVIII compuesto por conventos e iglesias recoletas ubicadas en las afueras (“extramuros”) de la ciudad, donde los religiosos debían profesar pobreza, recogimiento, contemplación, estrechez, penitencia y estudios. Durante los años del Virreinato, franciscanos, dominicos, agustinos y mercedarios establecieron, en la Ciudad de los Reyes, sus propias recolecciones. En este caso, los agustinos establecieron su recolección bajo la advocación de Nuestra Señora de Guía en el actual distrito del Rímac; concretamente, se ubicó cerca del puente de Palo, que unía San Lázaro (Rímac) con el barrio de Monserrate.

Según Juan Günther, en 1619 los agustinos levantaron su convento de recolección en la llamada Portada de Guía, llamado desde entonces Santuario de Nuestra Señora de Guía, siendo su primer prior el padre Juan Pecador. Apenas contaba con una capilla cuando, en 1625, el virrey Marqués de Gudalcázar la mandó demoler al enterarse de que carecía de licencia real, pasando a los religiosos al convento de San Agustín. Gracias al empeño del Prior citado, quien viajó hasta España en 1630 para lograr la autorización del rey Felipe IV, regresa a Lima e inicia la reedificación de la recoleta de Guía, en el barrio del Rímac o "abajo el puente", un poco más alejada del camino a Trujillo, en donde estuvo su fundación original. En 1634 los agustinos inauguran la nueva iglesia, en la que colocaron la imagen de Nuestra Señora de Copacabana y Guía, ejecutada por el indio Juan Agustín, que alcanzó gran devoción popular. Apenas dos años después, se coloca la primera piedra para la construcción de nueva y tercera iglesia para la recolección, que se inauguró el 21 de noviembre de 1644 y para la cual el ensamblador Asencio de Salas esculpe la sillería del coro en 1648. Según estudios del padre Domingo Angulo, fue iglesia de tres naves, toda de cantería, cal y ladrillo, bóvedas de arista, dos torres a los pies, gran retablo dorado de tres cuerpos, coro con sillería de cedro, y claustro de pilares en el vecino convento.

Lamentablemente, los terremotos de 1687 y, especialmente el de 1746 iniciaron la destrucción de la Recolección Agustina, que nunca se reconstruyó. No quedó piedra sobre piedra. Jorge Bernales Ballesteros apunta que, después del desastre, la imagen tutelar se puso en la huerta de “Rondón” en la misma alameda de Malambo, en una ermita estrecha y pobre, con un “Ecce Homo” modelado en barro, atribuido al hermano agustino fray Crispín de la Concepción, recoletro de los fundadores. Se sabe de la existencia de estas imágenes hasta 1935, aunque ya sin culto popular.

Según un artículo publicado por las arquitectas María Esther Ríos y Rosario Bisbal en el diario El Comercio (12 de abril de 1995), durante la Independencia, Nuestra Señora de Guía fue declarado convento supreso, produciéndose un cambio en el régimen de tenencia, pasando sus bienes a poder del Estado (política de “desamortización” de los bienes de la Iglesia, según las ideas liberales del siglo XIX): “Estos acontecimientos, intensificaron el estado de abandono de las ruinas de la Iglesia y, aún más, cuando los terrenos fueron ocupados por el Pueblo Joven Mariano Melgar en 1961. La destrucción total de las ruinas de la iglesia fue producto del desconocimiento de su pasado histórico”. Prosigue el texto: “Es lamentable el estado ruinoso en que se encuentran los únicos vestigios de la Recolección Agustina de Nuestra Señora de Guía (que formaron parte de los muros del convento), sin ningún tipo de intervención para su protección. De continuar esta situación se llegaría a la desaparición total de las muestras que prueban el hecho de que en aquel lugar se edificó un tipo arquitectónico que marcó época en el siglo XVIII, tal como lo fue también la Recolección Franciscana de Nuestra Señora de los Ángeles, conocida popularmente como el Convento de los Descalzos”. Concluyen: “Incluir el área que ocupó la recolección agustina en la delimitación del Centro Histórico de Lima sería el primer paso para la protección de sus vestigios”.
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Los primeros religiosos en pisar el Perú fueron los dominicos, o la "Orden de los Predicadores", quienes acompañaron a Francisco Pizarro en su tercer viaje (1531). El más importante de ellos, sin duda, fue fray Vicente de Valverde, protagonista de la captura del inca Atahualpa en la plaza de Cajamarca. Fue el primer obispo del Cuzco y, por extensión, del Perú.

¿Quién fue Valverde? No cabe duda que Vicente de Valverde tuvo mala fortuna en el juicio de la historia por su participación en la jornada de Cajamarca y en la lectura del Requerimiento. William Prescott, historiador norteamericano del siglo XIX, lo presenta como un cura fanático, hipócrita y cruel. Si los hechos de Cajamarca hubiesen sido la única actuación de Valverde, el juicio de la historia hubiese sido lógicamente adverso. Sin embargo, cuando lo nombraron Obispo del Cuzco, viajó a España para exponer las necesidades del nuevo reino y pedir refuerzos para su orden. Como Protector de Indios se indigna, critica y denuncia los malos tratos a los indígenas. Hay muchas cartas y documentos que lo prueban. Por ello, su vida anduvo llena de amenazas y peligros y, como dice el historiador jesuita Armando Nieto, “las frustraciones de hallarse entre tantas contradicciones y trabajos lo condujeron en más de una ocasión al borde del desánimo”. Cuando dejó su diócesis, encontrándose en la Isla de Puná, camino a Guayaquil, murió a manos de los nativos en 1541.

¿Qué era el Requerimiento? El jurista español Palacios Rubios redactó una fórmula de proclama en la que, a través de un rápido resumen (sumario) de la historia de la salvación y la teología papal del Medioevo, se invitaba a los indios a someterse al yugo del Rey de España. Si lo hacían, serían respetados. Si no, se entraría por fuerza a sus pueblos y quedarían cautivos. Este era el famoso “Requerimiento” que, desde 1513, formó parte del equipaje de todo conquistador castellano.

El “Requerimiento”, según el padre Armando Nieto, partía de algunos supuestos teológicamente erróneos; pero, para la mentalidad de la época, daba una cierta tranquilidad de conciencia a sus inventores y a los que lo aplicaban. De hecho, el exceso de teología que el Requerimiento contenía era considerable, teniendo en cuenta la mentalidad de los indios a quienes se les trasmitía el documento. Para los conquistadores menos escrupulosos, el Requerimiento era pura fórmula: se leía entre disparos de artillería o a gritos desde la proa de una nave desde la costa. En el mejor de los casos, la aceptación voluntaria de los indios se producía no tanto en virtud de su comprensión del Requerimiento sino por simple temor ante quien tenía la fuerza de las armas en sus manos.

El Anónimo sevillano, publicado por Raúl Porras Barrenechea, nos relata el episodio de Cajamarca en los siguientes términos: "Un fraile de la Orden de santo Domingo con una cruz en la mano, queriéndole decir las cosas de Dios le fue a hablar [a Atahualpa] y le dijo que los cristianos eran sus amigos y que el señor gobernador le quería mucho y que entrase a su posada a verle. El cacique respondió que él no pasaría más adelante hasta que le devolviesen los cristianos todo lo que le habían tomado en toda la tierra y que después él haría todo lo que le viniese en voluntad. Dejando el fraile aquellas pláticas con un libro que traía en las manos le empezó a decir las cosas de Dios que le convenían: pero él no las quiso tomar y pidiendo el libro al padre se lo dio, pensando que lo quería besar, y él lo tomó y lo echó encima de su gente y el muchacho que era la lengua, que allí estaba diciéndole aquellas cosas, fue corriendo luego y tomó el libro y diolo al padre y el padre se volvió luego, dando voces, diciendo: salid, salid, cristianos y venid a estos enemigos perros que no quieren las cosas de Dios: que me ha echado aquel cacique en el suelo el libro de nuestra santa ley".

Concluye el padre Nieto: “es obvio que poco o nada podía Atahualpa entender de los razonamientos del dominico, y mucho menos del libro que éste le alcanzó. Es comprensible también que arrojase al suelo un objeto que nada significaba para él, por más que se tratase de los Santos Evangelios. Por otra parte, tampoco puede negarse que los momentos que los españoles –incluyendo al padre Valverde- vivían, era de suma tensión y gravedad, y por tanto era también comprensible que el dominico reaccionase como lo hizo”.

Descripción de la Toma de Cajamarca y el Requerimiento al Inca.- Presentamos la reconstrucción detallada del historiador José Antonio del Busto sobre lo que ocurrió en Cajamarca: “Después de una noche infernal y de una mañana de angustia, Atahualpa seguía siendo esperado en Cajamarca por los españoles. El Gobernador –que siempre tuvo el dominio de la situación- había dividido sus fuerzas del siguiente modo: la caballería, al mando de soto, Belalcázar y Hernando Pizarro, esperaría oculta en el interior de los tres galpones que daban a la plaza; la infantería, al mando de Juan Pizarro, saldría después de los caballos y estaría en los mismos galpones; y la artillería, confiada a Pedro de Candia, se emplazaría en una fortalecilla que caía al nororiente de la gran plaza, lugar inmejorable para observar los movimientos del Inca. El Gobernador, a su vez, con veinticinco peones de infantería quedaría oculto en un templete, ubicado en el centro de la plaza, de donde saldría directamente a prender al inca que, según sus cálculos, estaría en su litera rodeado de una compacta multitud. La única posibilidad de triunfo, remota pero no imposible, era que salieran todos por sorpresa y cayeran sobre las tropas del Inca. La consigna era: matarte he o matarme has. No había otra forma de entender aquella guerra”.

“Recién por la tarde, luego de una larguísima mañana en la que los artilleros sólo vieron salir guerreros desarmados del campamento de Pultumarca, el Inca hizo su ingreso a la plaza de Cajamarca. Atestada de guerreros quiteños, la plaza parecía destinada a servir de escenario a un gran espectáculo: la captura de los españoles. Atahualpa venía decidido a no dejarlos escapar. Si todo el Tahuantinsuyo creía que el divino Huiracocha venía contra él, les demostraría a todos que ni siquiera el Hacedor del mundo andino era capaz de derrotarlo. Por eso Atahualpa venía dispuesto a no dejar escapar a los cristianos, motivo por el que había enviado a su general Rumiñahui con indios y sogas a las afueras de Cajamarca para apresar a todos aquellos barbudos que intentaran la fuga. Por lo demás, sus guerreros quiteños de la plaza se encargarían de la mayoría de los hombres blancos. Los tomarían a mano, por eso no habían traído armas”.

“Atahualpa, conducido en su litera de oro, se detuvo ene l centro de la plaza. Una vez en este sitio preguntó por los cristianos. Sus capitanes le dijeron que se habían ocultado de miedo, pero el Inca mandó a unos indios a que los buscaran. Pronto regresaron éstos diciendo que los barbudos estaban escondidos en los galpones que rodeaban la plaza. Tenían miedo, no cabía duda. El inca decidió actuar”.

“Pero en el preciso momento en que se disponía a dar las órdenes, uno de los barbudos –vestido con hábitos blanquinegros- se abrió calle entre los guerreros y se aproximó hasta él. Era fray Vicente de Valverde, el dominico que actuaba de capellán en la expedición. El Inca lo vio venir y dejó que se acercara. El fraile llegó entonces hasta ponerse delante suyo y empezó a hablar. Martinillo, que había venido con él, tradujo la conversación. Esta versaba sobre un Dios desconocido, un Pontífice que estaba en Roma y cierto Emperador que Atahualpa no conocía. Intrigado, preguntó entonces el Inca que de dónde sacaba tales nombres y el fraile –como que estaba recitando el requerimiento de memoria- se conformó con señalarle el libro que traía en la mano. El inca lo tomó en las suyas, pero al no hallarlo interesante lo arrojó. El fraile se apresuró a recogerlo y entonces fue que Atahualpa le dijo que volviera donde los barbudos y todos juntos le entregaran lo que habían robado desde la Bahía de san mateo a Cajamarca. Lo dijo con tal ira, que el dominico echó a correr hacia el lugar donde estaba Pizarro, gritándole que atacara porque Atahualpa estaba hecho un Lucifer y listo a masacrar a todos”.

“El Gobernador comprendió la gravedad del caso y, dispuesto a no perder un momento que podía resultar precioso, ordenó disparar un arcabuz y agitar una bandera blanca. A estas señales sus veinticinco peones lo siguieron a la plaza, los caballos se arrojaron contra los quiteños y la artillería hizo retumbar los aires. Los pocos indios que tenían sus armas bajo las ropas, no las pudieron sacar. La apiñada multitud fue tomada de sorpresa y buscando instintivamente una salida empezó a retroceder. Los jinetes arreciaron el ataque, sonaban las trompetas, rugía la artillería, relinchaban los caballos y los infantes invocaban a Santiago. Pizarro logró llegar hasta la litera del Inca. Los jinetes insistieron en su carga y los quiteños no tuvieron más remedio que correr, derribando a su paso uno de los muros que rodeaban la plaza. Otros, al emboscarse en las esquinas, llegaron a formar verdaderas pirámides humanas. El bullicio era indescriptible, el miedo fue imposible de vencer. Los españoles lo padecieron matando, los quiteños no dejándose matar. Unos y otros fueron víctimas del miedo. El miedo, sin embargo, favoreció a los castellanos. Si no hubiese sido por el miedo, sus caballos y sus armas superiores, los españoles nunca hubieran alcanzado la victoria”.

“Después de atacar a los portadores de la litera imperial y de dar con ella en tierra, Pizarro apresó a Atahualpa. Conducido al Amaru Huasi o Casa de la sierpe, esa noche, a la luz de las antorchas, pudo ser visto por todos los españoles. Era un indio todavía joven, y aunque derrotado, irradiaba majestad. Vestía riquísimo traje, mas estaba desgarrado por la lucha. Tenía mirada feroz y vivaz pero, sobre todo, inteligente”.

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Ciudadela de Mangomarca (Foto: Lizardo Tavera)

San Juan de Lurigancho es uno de los 43 distritos de la provincia de Lima. Su nombre proviene del vocablo quechua rurikanchu que significaría "los kanchu del interior"; otros opinan que significa “lugar de árboles frondosos”. Su origen se remonta al pueblo de los ruricancho, que ocupó el los territorios de la confluencia de los ríos Rímac y Santa Eulalia durante el Intermedio Tardío. El 24 de junio de 1571, se fundó el pueblo "San Juan Bautista de Lurigancho", en el que se origina el actual distrito. Hoy, con más de un millón de habitantes, es el distrito más poblado del Perú y de América del Sur.

La Lima de hoy, no hay duda, es impensable sin las migraciones que se iniciaron en la década de 1950. En efecto, nuestra ciudad cambió radicalmente debido a las miles de familias que dejaron sus tierras y sus provincias para venir a la capital en busca de mejores horizontes económicos y culturales. Sin embargo, esa gran migración interna, tan estudiada por historiadores, sociólogos y antropólogos, si bien fue la más importante en la historia del Perú, no fue la primera. Algunos arqueólogos, por ejemplo, sostienen que la desintegración del imperio Wari originó una gran movilización demográfica que afectó también el valle de Lima.

Durante el periodo conocido como el Intermedio Tardío, entre los siglos XII y XV de nuestra era, el territorio que hoy abarca la costa central fue poblado por una serie de señoríos y curacazgos que, en su mayoría, tienen origen en este éxodo masivo que provocó la caída de los wari. Tal seria el caso de los ruricancho, un grupo étnico de la sierra sur, de probable origen aymara o altiplánico, que se asentó en la actual zona Este de Lima, donde hoy se asientan los distritos de Chosica y, sobre todo, San Juan de Lurigancho.

Los ruricancho, unos pioneros.- Varios pueblos de la sierra que estuvieron bajo el sometimiento de los wari terminaron migrando, como lo sostiene María Rostworowski, hacia las cabeceras de los ríos Lurín y Rímac en búsqueda de nuevas tierras de cultivo, entre ellos, los ruricancho que, al parecer, eran varios grupos de familias liderados por sus curacas. Según el historiador Juan Fernández Valle (Los ruricacho: orígenes prehispánicos de San Juan de Lurigancho. Lima: Congreso de la República, 2007), eran un grupo homogéneo de familias que, a diferencia de otros pueblos de la costa y de otros que llegaron en la misma época, no adoraba al dios Pachacamac sino a Pariacaca (“montaña roja”), un adoratorio de difícil acceso en las alturas de la provincia de Yauyos . Según documentos coloniales, hasta esa zona de la sierra de Lima acudían los ruricacho a dejar sus ofrendas a su divinidad, camino que sería después conocido como la “ruta de la nieve”.

Los ruricacho construirían diversos centros urbanos, especialmente en Mangomarca y Campoy. Al parecer, la ciudadela de Mangomarca tenía grandes paredes de adobe; allí vivían los curacas y la elite religiosa del grupo. De aquel asentamiento queda hoy (en la avenida El Santuario) una pirámide trunca escalonada, con su rampa curva. El máximo apogeo de esta ciudadela ocurrió entre los años 1460 y 1535, durante los tiempos de dominio incaico.

Los años virreinales.- Según el estudio de Fernández Valle, el nombre “ruricancho” devino, tempranamente, en “lurigancho” por una mala transcripción del vocablo en los documentos administrativos. Por ello, ya en 1535, Pizarro fundó en esta zona la encomienda de Lurigancho, entregada a Hernán Sánchez, pasando, un año después, junto a su curaca Vilcara, al capitán Francisco de Chávez. Sin embargo, la encomienda fracasó rápidamente debido a litigios entre sus propietarios: la viuda de Chávez, María de Escobar, fue desheredada a favor del arzobispo de Lima, Jerónimo de Loayza, y se produjo un pleito judicial que terminó allá por 1571, durante el gobierno del virrey Toledo, cuando las autoridades coloniales decidieron fundar la reducción o pueblo de indios San Juan Bautista de Lurigancho.

De esta manera, los indios fueron agrupados en pequeños pueblos con plaza, iglesia, casas en orden de importancia y tierras de cultivo en las afueras. En 1619, un documento, citado por Fernández Valle, describe así el pueblo: "Tiene 120 indios de confesión hombres y mujeres. Tiene 7 chacras circulares y en ellas 130 neros, algunos casados. Abra en dichas chacras hasta 12 españoles dueños y mayordomos dellas". Sin embargo, ya a finales del siglo XVII, la población india es superada por la de origen africano y los antiguos ruricancho, como cultura, desaparecen. También se sabe que los pocos indios que quedaron vendieron sus tierras a funcionarios coloniales y órdenes religiosas que las convirtieron en haciendas. En suma, la ruptura histórica que significó la conquista del siglo XVI fue drástica para el valle. La población india casi desapareció y no se sabe mucho de la comunidad campesina de Lurigancho, Huachipa y Ñaña; sin embargo, se tiene la impresión de un proceso de marginalización de los descendientes de los antiguos ruricancho.

Los condes de Lurigancho.- El rey Carlos II confirió, el 18 de abril de 1695, el Condado de San Juan de Lurigancho al general Luis de Santa Cruz y Padilla “en retribución de servicios a la Corona”; también recibió a perpetuidad el oficio de tesorero y Blanqueador de la Real Casa de Moneda de Lima. El nombre del título se explica porque la familia del capitán santa Cruz tenía tierras y casa solariega con huertas en el pueblo de San Juan de Lurigancho desde inicios del siglo XVII. Luego, el primer Conde de Lurigancho fundó el mayorazgo de su linaje sobre la base del título que pasó luego a la familia Aliaga cuando, el 15 de diciembre de 1779, hubo el matrimonio de Mercedes de Santa Cruz y Sebastián de Aliaga quien por su lado, tenía el mayorazgo de la Casa de Aliaga, fundada por el conquistador Jerónimo de Aliaga. El último Conde de San Juan de Lurigancho fue Juan de Aliaga y Santa Cruz (1780-1824), quien estampó su firma en el Acta de Independencia y recibió la Orden del Sol en manos del libertador San Martín.

Los años republicanos y la creación del distrito.- Durante el siglo XIX, a pesar de los trastornos de la Independencia, el caudillismo o la guerra con Chile, Lurigancho se destacó por ser una zona bella, tranquila y agrícola. Sus haciendas producían camote, maíz, alfalfa, uva, sandia y algodón; la actividad ganadera, por su lado, aprovechaba la vegetación existente en los cerros y del rastrojo de los chacras. El 21 de enero de 1825, Bolívar creó el distrito de Lurigancho y el Congreso, el 21 de Enero de 1857, ratifica el distrito, con su capital en el mismo pueblo de Lurigancho. Según el censo de 1876, su población era de 1248 personas, en su mayoría dedicada a labores agrícolas. Luego, el de octubre de 1894 se fundo la ciudad de Chosica y, por ley del de 9 de Noviembre de 1896, lo convierte en capital del nuevo distrito de Lurigancho-Chosica. Esto significó un verdadero problema para los habitantes de Lurigancho, quienes debían viajar hasta Chosica para realizar sus trámites documentarios. Por ello, con los años, fue creciendo la presión, por parte de pobladores y hacendados de la zona por retomar los antiguos límites distritales y establecer la autonomía política.

De otro lado, entre 1920 y 1940, se produjo un proceso de concentración de la propiedad en la que 9 propietarios se repartían el territorio y la renta agropecuaria. Los fundos y sus respectivos propietarios eran:

Zárate (Solari, Bertello, Aspíllaga)
Las Flores (Nicolini, Fundo Las Flores)
Azcarrunz (Carlos Palacios Moreyra)
Campoy (Hermanos Rébora)
Santa Clarita (J. Amico y E. Lanatta)
Santa Egle (Ítalo Costa)
La Basilia (Nicolini y Fundo Las Flores)
Palomares (Teresa Acuña)
Chacarilla de Otero (Cristante Elías)

Fuente: Julio Calderón, Expansión urbana y mercado inmobiliario en Lima: el caso del distrito de San Juan de Lurigancho. Lima, 1984

Luego de varios trámites, el 13 de enero de 1967, durante el primer gobierno del arquitecto Fernando Belaunde, se crea el Distrito de San Juan De Lurigancho. A parte de las haciendas, en esa fecha existían ya 4 barriadas (Tres Compuertas, Santa Rosita, Caja de Agua y Canto Chico) y 4 urbanizaciones (Zárate, Chacarilla de Otero, Canto Grande y Caja de Agua). Poco después, debido a la Reforma Agraria dictada por el gobierno de Juan Velasco, muchas propiedades son vendidas para la creación de urbanizaciones y cooperativas de vivienda. A partir de los años 80, el distrito crece debido a la invasión de tierras, dando lugar a numerosos asentamientos humanos y pueblos jóvenes.

El crecimiento del distrito.- Según los estudios de Jacques Poloni (San Juan de Lurigancho: su historia y su gente. Un distrito popular de Lima. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones, 1987), a partir de lo años sesenta, la historia de San Juan de Lurigancho cambió para siempre cuando empezó su urbanización. Los propietarios agrícolas, con el Banco Comercial del Perú, formaron cuatro compañías inmobiliarias y las antiguas haciendas fueron divididas en cuatro etapas, reservando una zona industrial más otra etapa para la urbanización de mangomarca. En Zárate, por ejemplo, se vendieron lotes urbanizados con redes de servicios básicos, pistas y veredas; en Mangomarca se vendieron viviendas terminadas. Esto marcó el fin de la actividad agrícola. Se urbanizaron también zonas alejadas como Canto Grande donde otro grupo inmobiliario realizó las urbanizaciones de San Rafael, Canto Bello, Canto Sol y Canto Nuevo. Paralelamente, se hizo campaña publicitaria para presentar canto Grande como Ciudad Satélite de Lima. El estado, por su lado, expropió el fundo Chacarilla de otero y construyó una urbanización popular para reubicar a los pobladores de la barriada de Cantagallo y abrir la Vía de Evitamiento. De esta forma, el estado contribuyó a hacer de San Juan de Lurigancho un lugar para los sectores populares; así nacieron las urbanizaciones de Caja de Agua (1965) y Chacarilla de Otero (1967).

Paralelamente a este crecimiento “formal”, fueron apareciendo las barriadas en las faldas de los cerros: La Providencia (1966), José María Arguedas (1967), Chacarilla de Otero (1968), Sagrado Madero (1969), 15 de Enero (1970), Nuevo Perú (1970) y San Hilarión (1971). Estos primeros “invasores” respetaron las áreas agrícolas para no ser desalojados. En 1972, el distrito ya tenía casi 100 mil habitantes. Sin embargo, a partir de la década de 1979, la tugurización de muchas zonas de Lima, el agotamiento de terrenos en las zonas tradicionales y, sobre todo, la falta de una política estatal que solucione el tema de la vivienda popular hizo que muchos migrantes y gente de escasos recursos ya capturara todo tipo de terreno, creándose varios “pueblos jóvenes” (término que sustituyó al de “barriada”). Uno de los más célebres fue el que se formó, en 1976, cuando cientos de familias invadieron los terrenos aledaños al Puente Huáscar, dando origen a Huáscar de Canto Grande. Aledaños a éste, aparecieron Bayóvar, Arriba Perú, 10 de Febrero, Villa Hermosa, y 9 de Octubre, entre otros.

Hasta la década de 1980, como concluye Poloni, “cuatro fuerzas actuaron en el crecimiento de San Juan de Lurigancho: la iniciativa privada, el Estado, los grupos de invasores y las asociaciones de pobladores. El doblamiento y sus características no son sino la resultante de intereses contradictorios: los de las familias de estratos bajos que carecen de una casa y que están dispuestas a aceptar cualquier tipo de vivienda o de lote; los de los propietarios-urbanizadores que se apropiaron de altas rentas en función de esa demanda, siendo su única finalidad el lucro máximo; los del estado que vacila entre una política de vivienda popular (aun con todos sus defectos) y una política que relega a los pobres lo más lejos posible. El problema es que la resultante de estas tres tendencias es la insatisfacción del derecho a la vivienda y al explotación de esa reivindicación”.

Habría que añadir, finalmente, que durante la gran ola migratoria 1979-1992, en la que se inscribió la violencia terrorista, San Juan de Lurigancho fue el distrito que más población migrante recibió. Por ello, en la actualidad, el distrito cuenta con más de cinco generaciones asentadas en su jurisdicción. La mayoría de inmigrantes de los departamentos de Huancavelica, Ayacucho, Huánuco, Junín, Arequipa y Lambayeque.

La Huaca Mangomarca.- San Juan de Lurigancho es quizá el único distrito que puede darse el lujo de decir que cuatro huacas importantes descansan en su jurisdicción. Hoy, una de ellas, conocida como Mangomarca, se apresta a develar sus secretos. Su recuperación se ha convertido en un reto para los vecinos y las autoridades municipales, no solo porque ha perdido el 70% de su estructura original sino porque, según el “Instituto Ruricancho”, podría ser la capital de las culturas Lima e Ichma.

Llegar a esta huaca no es difícil. Se encuentra a la altura de la cuadra 20 de la avenida Santuario, ingresando por la avenida Gran Chimú; también se puede entrar por Campoy, desde el paradero conocido como “Panorama”. Ya a la espalada de del Complejo habitacional Fortaleza de Campoy, nos encontramos con la huaca. Se trata de un asentamiento de la elite local y uno de los mejor conservados en la margen del río. Está cerca de otros complejos interesantes, como Fortaleza de Campoy y Cerro Lurigancho (500 a.C.), además de estar rodeada por el hermoso ecosistema de las lomas, lo que invita a hacer caminatas.

El nombre de este complejo viene de manku marka, que significa “pueblo del señor”. Según las últimas investigaciones fue uno de los centros políticos más importantes de la zona, capital del curacazgo de Lurigancho y lugar de residencia de la elite que dominaba este territorio. Su desarrollo comenzó en el intermedio temprano y se prolongó hasta la década de 1470, cuando llegaron los incas. Enclavada en un área de 47 mil kilómetros cuadrados, a 220 metros sobre el nivel del mar, tiene una pirámide elevada, única en su tipo ya que el ascenso se lograba mediante una escalera curva, levantada sobre un mamelón rocoso. Como las demás huacas de la costa, su técnica arquitectónica se basó en una mezcla de barro con pequeñas piedras, los clásicos tapiales. Destacan sus grandes muros de contención como su sistema de recintos y pasadizos. También hay dos cementerios con tumbas formadas por cámaras rectangulares y revestidas interiormente con piedras rústicas asentadas con barro. Finalmente, si bien su existencia se remonta al Intermedio Temprano, recién alrededor del año 900 d.C. es que se convierte en la capital del curacazgo Lurigancho. Según el arqueólogo Julio Abanto, director del Instituto Cultural Ruricancho, “Mangomarca es un espacio emblemático para nosotros y desde este lugar esperamos que la gente mire de otra manera a nuestro distrito. Reconocer el enorme valor de nuestra herencia es asegurar que estos duren en el tiempo y permitan generar oportunidades para su población”.

Geoglifos y petroglifos de Canto Grande.- Son figuras trazadas sobre la tierra y las rocas que los antiguos habitantes de al zona realizaron para representar sus rituales o cosmovisión. Son dos mil años más antiguos que los de Nazca en Ica, y serían los más antiguos de la costa peruana.

Las lomas de Mangomarca.- Sabemos que, desde los tiempos prehispánicos, los pobladores de los valles de Chillón, Rímac y Lurín tuvieron acceso a la flora y fauna que vive temporalmente en las estribaciones andinas costeñas, cuando llega la estación invernal, de junio a septiembre. Eran prominentes las lomas de Amancaes, Mangomarca y Atocongo. De estos lugares, se recolectaban algunos vegetales; se cazaban cérvidos, pequeños animales y aves; y se recogían caracoles terrestres. Incluso, todavía en los años del Virreinato, como lo comenta María Rostworowski, la aristocracia limeña se dedicaba a la caza de venados y perdices en las lomas de Amancaes. Hoy, salvo la de Mangomarca, las lomas de Lima han desaparecido o se encuentran en vías de desaparición. Sin embargo, en las últimas décadas, esta bella zona fue víctima de constantes invasiones por parte de traficantes de tierras, poniendo en franco peligro su existencia. Afortunadamente, desde 2008, están cambiando de rostro gracias a un proyecto que consiste en la reforestación, con participación vecinal, de sus cerros para convertir el lugar, a futuro, en un área natural que sirva de oxígeno al distrito y a toda la ciudad de Lima. A nivel técnico, tiene la típica vegetación de la costa que existe entre invierno y primavera como consecuencia de la humedad y las neblinas; las lomas se pueden ubicar en Mangomarca, Las Flores y Los Sauces.

Bodega y viñedos “Candela”.- La historia de esta bodega se remonta a la década de 1940, en el valle de Cañete, donde don Juan Candela Vicente empezó a cultivar uva, en Imperial, y producir vino. Luego, a finales de los años 80, la familia Candela Flores llega al distrito de San Juan de Lurigancho y establece Bodegas y Viñedos Candela SAC, creada formalmente en 1999. Todos los años, el primer domingo de marzo, organiza la vendimia o “pisa de uva”, con un almuerzo acompañado con platos cañetanos. En suma, dedicada a la producción artesanal de vinos y destilados de uva de gran calidad, es la bodega más importante del distrito (Pasaje Piedras del Sol 1549, urbanización Inca Manco Capac, San Juan de Lurigancho. Teléfono: 458-1837; email: info@vinoscandela.com).

Un testimonio de la historia reciente de San Juan de Lurigancho.- El profesor Mario Ceroni Galloso, químico de profesión, nos cuenta algunos detalles de los cambios del distrito en las últimas décadas: Por los 60 no existían asentamientos humanos en Huáscar, Bayobar, Jicamarca, Las Flores, Canto Rey, San Carlos, Micaela Bastidas, San Hilarión, 15 de Enero o Santa Elizabeth. Eran territorios dedicados bien a la agricultura o eran descampados. Recuerdo haber recorrido en bicicleta Canto Rey, Bayobar, Jicamarca y otros lugares. Si existía Canto Chico. Los primeros que llegaron a Canto Grande ocuparon la franja entre la Av. El Bosque y la Av. El Sol, llamados primera etapa, segunda y así hasta la quinta. El penal de Canto Grande era conocido. Por el 70 también había gente en Canto Bello, Machu Picchu, San Rafael y la Zona Urbana. Antes eran terrenos y eran ocupados por muy gente. Durante los 60 y 70, sólo existía una línea de micros cuyo paradero final estaba en Acho. La famosa 12. Estos micros, de color guinda con líneas blancas, que eran mezcla entre combi y custer, no tenían cobrador y seguían la única carretera de entrada a Canto Grande. De Acho iban a Zarate hasta el Colegio Fe y Alegría (cerca del Consejo) donde doblaba a la izquierda, luego subía unas cuadras y se llegaba a la Av. Canto Grande que bordeaba los cerros, pasaba por Canto Chico, el establo y llegaba a la Comisaría de Canto Grande que quedaba antes en el cruce de la Av. Canto Grande y la Av. El Sol. En ese tiempo rara vez pasaba un vehículo. Como dije antes, la línea 12, ahora creo ya desaparecida, era nuestro único modo de salida. De la Av. El Sol para Lima había una hacienda y justo en la primera de Wiese y El Sol estaba El Zapatón. Era un quiosco que vendía galletas, pero más bebidas gaseosas y alcohólicas. Recuerdo que en la hacienda vendían leche fresca de vaca, muy buena y nosotros éramos asiduos compradores. Las primeras tiendas que se formaron fueron las del Sr. Agreda y otra del Sr. Massoni. Años después la familia Cárdenas puso otra tienda. No había mercado, panadería, colegios, etc. Si habían algunas tiendas que abrían los domingos como la de la familia Cuscano (mayorista de la Parada) que vendía verduras a sus vecinos. Por los 70 poco a poco aparecieron las panaderías, farmacias, mercados y más asentamiento humanos.

En esa época había que traer agua potable de Lima, ya que el agua de pozo era muy salobre. Canto Grande era considerado una zona semiagrícola…. La gente de Canto Grande tiene un denominador común. Casi todos (me refiero a los primeros habitantes) son inmigrantes de provincia, principalmente de la sierra, que compraban tierras en lugares donde podían cultivar sus plantitas y criar carneros, vacas, chanchos, etc. Me acuerdo que teníamos unas horas de regadío, mis padres casi siempre me encargaban cuidar el agua, ya que algunos vecinos se robaban el agua, colocaban unas piedras, quitaban compuertas y cosas así. Me volví experto en ello. Con el tiempo el pozo de agua se secó y la primera y otras etapas de Canto Grande nunca fueron las mismas. Estos inmigrantes con su trabajo y esfuerzo han hecho crecer a SJL. Sus descendientes, muchos de ellos profesionales, se han establecido en Canto Grande, otros han emigrado a distritos limeños o al extranjero. Uno de los primeros colegios de primaria fue El Bosque (donde estudié transición). Se me viene a la memoria que en el recreo comprábamos cachanga, que los vendedores los entregaban debajo de la puerta principal del colegio. Había un colegio para personas mayores llamado Canto Grande, estaba donde ahora es la clínica San Gabriel en la Zona Urbana. Como no habían colegios de secundaría apareció el famoso Nicolás Copérnico con apoyo de la embajada de Polonia
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La historia de este emblemático monumento histórico del “Norte Chico” se inicia con doña Consuelo Amat y León Rolando, nacida en Lima en 1896, hija del coronel Manuel Amat y León, descendiente del famoso virrey Manuel Amat y Juniet. Esta señora, se casó con Rómulo Boggio Klauer, el 8 de enero de 1915, en la Capilla del Colegio Belén; su esposo era propietario del fundo La Calera, al norte de Chancay. De aquel matrimonio tuvieron seis hijos. Lamentablemente, cuando falleció don Rómulo, Consuelo quedó sin ninguna herencia, por la muerte súbita de su esposo. Así, emigra a Europa a estudiar y se convierte en una mujer polifacética: arquitecta, matemática, poetiza, escritora y abogada.

Cuando regresó al Perú, compró un terreno donde fundó el hotel “Villa Madre Perla”. Ella vivió allí cuando por ese entonces ir de Lima a Chancay era una aventura de un día completo. Ya que doña Consuelo vivía en la avenida Arequipa, de allí tenía que ir a la estación de tren de Desamparados, tomaba el tren hasta Ancón; de Ancón cogía el otro tren a Huaral y de allí tomaba una carreta que la llevaba a Chancay. Su gran visión fue hacer el que es ahora “El Castillo” de Chancay, frente al mar, en un acantilado rocoso en honor al recuerdo de su esposo. Ella misma diseñó los planos y contrató 30 albañiles, quienes tuvieron que preparar aquella zona rocosa a punto de cincel y comba. Así, dirigiendo ella misma la obra, este Castillo tuvo, en su primera fase, seis alas diferentes, una para cada uno de sus hijos.

Construir el “Castillo” no fue fácil. Doña Consuelo, a pesar de contar con pocos recursos económicos, ahorrando todo gasto adicional, logró aquel sueño que –dicen- tuvo desde pequeña. Lo cierto es que la construcción del “Castillo de la familia Boggio”, como se le llamó en un inicio, duró poco más de 10 años, de 1924 a 1935. En ese entonces, contaba con 250 habitaciones, tenía cuatro niveles y lo conformaban terrazas, torreones, miradores, escalinatas y pasadizos que nos conducían al mar. El estilo que presenta es medieval de influencia castellana.

Hace poco tiempo, Juan Barreto Boggio, nieto de doña Consuelo, después de 30 años de abandono que sufrió el “Castillo”, decidió su reconstrucción. Ya el “Castillo” había tomado el nombre de Castillo de Chancay”, ya que los chancayanos habían creado un sinnúmero de historias en torno a este monumento. Juan Barreto, decidió su transformación y remodelación, tomando los planos ideados por su abuela, guardando sus lineamientos originales, con el propósito de transformarlo en un resort, ahora muy de moda, siempre guardando el estilo medieval.

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Algunas zonas de nuestra ciudad tienen un toque excéntrico o pintoresco y se convierte en su referente. El "Castillo Melgar", en el antiguo balneario de Punta Negra (fundado en 1954), a la altura del kilómetro 49 de la Carretera Panamericana Sur, es el protagonista exótico de los veraneantes, pues fue construido y decorado con piezas de diferentes casas y casonas de distintas épocas y presenta un solo cuerpo, ya legendario, convertido en mito viviente.

Su dueño es el histórico dirigente aprista Carlos Enrique Melgar, además de abogado penalista, que defendió a los personajes más pintorescos de la Lima de la segunda mitad del siglo XX, como el ladrón Luis D’Unian Dulanto, más conocido como "Tatán"; a la alemana Ingrid Schwend, protagonista de uno de los crímenes más sonados de los años sesenta, el asesinato del Conde Sartorius; y al psiquiatra Segisfredo Luza, quien asesinó al amante de su ex pareja y luego se convirtió en uno de los más connotados operadores de campañas psicosociales.

Melgar fue un disciplinado coleccionista de antigüedades. Comparaba todo lo que le ofrecían, especialmente cuando se demolía alguna vieja casona del centro de lima, colonial o republicana. De esta manera, no solo fue recolectando muebles u objetos decorativos sino también puertas, rejas, ventanas, balcones, piletas, escaleras y cuanto “retazo” de construcción se trataba. Esa fue la “materia prima” del “Castillo Melgar”. Dentro de la construcción hay carretas, huacos, una nutrida biblioteca, tres bustos de Víctor Raúl Haya de la Torre y, dicen, el que fuera el primer escritorio del líder y fundador del APRA. Algunos sugieren que podría convertirse en un museo.

Son muchas las historias sobre este “frankenstein” arquitectónico. Cuenta el escritor José Antonio Galloso, “Este es el Castillo de Punta Negra, el espacio en el que tuve la suerte de pasar valiosos e inolvidables momentos de mi infancia y de mi juventud. Es imposible que esta vieja y excéntrica pieza de arquitectura, construida a lo largo de años a base de antigüedades e ideas que surgían en la mente de C.E.M. (entrañable ser humano cuyos hijos son más que amigos: primos, hermanos), no tenga un lugar privilegiado en mi banco de recuerdos. Las historias que nadan en mi memoria dan de sobra para un libro de cuentos, quizá lo escriba más adelante. Los juegos eran muchos y sumamente divertidos. Recuerdo ahora las escondidas al anochecer y con las luces apagadas; o las veces que subíamos a la punta de la “torre reloj” para dejar caer globos de agua sobre los incautos peatones. Lo cierto es que todo el mundo se moría por entrar al Castillo y, nosotros (el hijo menor de C.E.M. y yo), sentíamos el poder que ese espacio nos daba sobre todo aquel que llegara a Punta Negra. Así, hacíamos tours guiados a cambio de unas monedas y, ¡carajo!, ¡cómo inventábamos historias que contarles a los turistas! También, llevábamos grupos de chicas y mientras uno las paseaba, el otro se escondía para hacer ruidos y llenarlas de miedo. Definitivamente el Castillo es uno de esos espacios interiores que de vez en cuanto lo toman todo por entero y me arrancan del mundo real”. Por su lado, Ricardo Hinojosa (Revista Asia Sur, 2011), “algunos aseguran haber escuchado, tras sus enormes muros, sonidos de cadenas y gritos desesperados. Son los lamentos de las almas de todos los que se han ahogado en la Playa Revés, asegura un comerciante. Cuando la gente es imprudente y se mete al mar, el castillo trae sus almas para sí, concluye y se aleja, como una penosa sombra más”.

En suma, la construcción combina, sin ninguna simetría, muros de estilo neo inca con balcones coloniales, pagodas orientales y torres ojivales, además de estar decorada con los objetos más disímiles: un verdadero monumento a lo kitsch.
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En el barrio de Santa Beatriz, distrito de Lince (cuarta cuadra del jirón Manuel Segura), encontramos un majestuoso castillo de estilo medieval con murallas, miradores y torreones a imitación de las clásicas fortalezas feudales. Fue construido en 1929, durante el gobierno de Augusto B. Leguía, y fue obra de Carlos Julio Rospigliosi Vigil (Lima, 1879-1938), doctor en ciencias naturales y medicina, distinguido estudioso de los problemas en el campo de la investigación científica y profesor de la Universidad de San Marcos. Organizó el Gabinete de Historia Natural (1915), que fue la base para la fundación del Museo de Historia Natural “Javier Prado” (1918), al que enriqueció debido a sus múltiples expediciones al interior del país. Una falsa “leyenda” cuenta que el doctor Rospigliosi, entusiasmado por la anunciada visita a Lima del entonces Rey de España, Alfonso XIII, se empeñó en culminar la construcción de este singular castillo. Su objetivo era darle un castillo a nuestra ciudad que sirviera de alojamiento para un huésped tan ilustre como el Rey de España. Existe también la falsa versión de que pidió a las autoridades municipales cavar una fosa alrededor de la construcción para, así, justificar la instalación del puente levadizo que formaba parte del proyecto inicial; la solicitud le fue denegada. Toda esta “leyenda” imaginada concluye que, cuando la obra estaba ya casi terminada, vino la revolución política que supuso la abdicación de Alfonso XIII, en 1930, que supuso la instauración de la República en la Madre Patria. De esta manera, se frustró la visita de Alfonso XIII y el médico y naturalista tuvo que usar el “Castillo” como residencia familiar.

Lo que sí es cierto es que, tanto entusiasmo le puso al proyecto, que el mismo doctor Rospigliosi participo en el diseño de los planos e, incluso, ofició de maestro de obras. La mayor parte del mobiliario de la casa la adquirió en sus múltiples viajes a Europa; otros fueron encargados a talleres en Lima y el resto provenía de la herencia familiar. Finalmente, desde 1949, el "Castillo Rospigliosi" ha sido sede de la Academia de Guerra Aérea (AGA).

Según el blog PerúEstilo, “En sus amplios y espaciosos salones resalta con nitidez el cielo raso cubierto de madera con diseños al estilo barroco, que refleja un prolijo trabajo de los carpinteros, como lo demuestra el hermoso pasamanos de motivos coloniales en la escalera que comunica a la planta alta. Sus grandes ventanales tanto del primer piso como del segundo, reflejan la luz a través de sus vitrales de colores, que proporcionan a los salones un ambiente acogedor. El cuarto de baño es otro de los rincones curiosos que posee el castillo, donde se observan la tina y el lavatorio, cada uno de éstos tiene como vertedores rostros de seres mitológicos, de cuyas bocas fluye el agua, todos hechos de mármol y lo que es más, se encuentran en buen estado de conservación. También sobresalen la glorieta en el patio principal y una pileta de elegante diseño. Muchos desconocen que alguna vez el castillo Rospigliosi y su similar de Chanca sirvieron como escenarios cinematográficos a fines de la década del 20. Cintas como La Perricholi , dirigida por el italiano Enzo Longhi y estrenada el 13 de septiembre de 1928 en el Cine Colón, y La bailarina loca , producida por Amauta Films, fueron filmadas, a diferencia de los castillos de Hollywood -tinglados de madera balsa y cartón prensado-, en un castillo de verdad, como el Rospigliosi”.

¿Quién era Carlos Julio Rospigliosi Vigil? Nuestro personaje nació en Chorrillos el 5 de octubre de 1879 y falleció en Lima, en el Castillo”, el 16 de noviembre de 1938 en presencia de su único hijo y de altas autoridades del estado y la iglesia. Fue el único de sus hermanos que nació en Lima, pues el resto de la familia era originaria de Tacna. El apellido Rospigliosi viene de Pistoia (Toscana) y entronca en sus orígenes con la actual familia romana, cuyo descendiente directo en la línea principal es Camillo, quien aún lleva el titulo de Príncipe y Duque de Zagarolo. El más importante representante de la familia fue Giulio Rospigliosi, conocido como el Papa Clemente IX, quién beatificó a Santa Rosa de Lima durante su pontificado. El primer Rospigliosi que llegó al Perú fue el Alférez del Rey don Teodoro Julio Rospigliosi, sobrino carnal del Príncipe de Rospigliosi y del mencionado Papa Clemente IX; esto sucedió allá por el año de 1647.

El doctor Rospigliosi contrajo matrimonio con doña Julia Lostanau y tuvo un solo hijo, Carlos Augusto Rospigliosi-Vigil Lostanau, ya fallecido, quien casó con Rosa Gonzales-Vigil Picasso (sobrina nieta del prócer de la Independencia Francisco de Paula y Gonzales-Vigil) y vivió con él en el “Castillo”, en la segunda planta de la casa, donde solo había dos dormitorios con una sala de estar entre ellos. Carlos Augusto mantuvo la propiedad hasta que el Estado peruano “expropió” la casa, siendo aún menor de edad. La expropiación fue un “acuerdo” que sostuvo su tío, Augusto Pérez Araníbar (el de Pericultorio), casado con Delmira Rospigliosi, hermana mayor del doctor Rospigliosi.

El doctor Rospigliosi construyó el “Castillo” para vivir con su esposa y su hijo. Lo que sí es cierto es que tuvo una cercana relación con el rey Alfonso XIII, a quien conoció en su primer viaje a Europa a principios del siglo XX, y con quien mantuvo una estrecha relación durante sus posteriores estancias académicas y sociales en Europa. Por ello, fue condecorado por el Reino de España con la Gran Cruz de Isabel de Católica, además de otras distinciones, entre ellas la Orden de Ayacucho; asimismo, tuvo la Orden de Roma en grado de Gran Oficial, Comendador de la Orden de San Mauricio y San Lázaro, Comendador de la Estrella Polar y muchas otras distinciones europeas y peruanas como la Orden del Sol del Perú. El general Millán Astray, Jefe de la Legión Extranjera, le impuso, en 1929, durante su paso por Ceuta, el Capote de Legionario. Fue médico asimilado a la Sanidad Militar con grado de Coronel y fue creador e impulsor del Hospital de Policía en la avenida Brasil.

Pero, antes que nada, el doctor Rospigliosi fue un gran académico y humanista al servicio de nuestro país. Graduado en 1902 como bachiller en Medicina por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, presentó una importante tesis sobre el "embarazo ectópico" y, en 1904, prestó juramento para ejercer la profesión de medico y cirujano. Ese mismo año se graduó de bachiller en Ciencias Naturales. Fue el impulsor y constructor del actual Museo de Historia Natural y trabajó al lado del entonces rector de San Marcos, el doctor Javier Prado Ugarteche, desde 1913. En 1917, pronunció el discurso académico en el acto de apertura de la Universidad, cuyo tema fue “Orientación Industrial y necesidad de crear un instituto de investigaciones en el Perú”. En 1932, el gobierno de Sánchez Cerro le confió presidencia de la administración de la Universidad de San Marcos, y desarrolló las bases para el resurgimiento de esa casa de estudios ordenando sus finanzas y activos prediales. Prestó valiosos servicios como médico de la Sanidad Militar del Perú desde su fundación, en 1904. Estudió en Estados Unidos y Europa enviado por el gobierno del Perú, para lo que luego le valdría al Estado en la organización de la Sanidad Militar. En 1909, tomó parte de la movilización al norte motivada por el conflicto con el Ecuador, durante la cual actúa como cirujano de los hospitales de campaña. En 1918, como sabemos, fundó el Museo de Historia Natural de San Marcos y dirigió la Primera Expedición Científica que, durante seis meses, exploró las montañas de los departamentos de Junín y Huánuco, llevando a Lima valioso y abundante material de los tres reinos de la naturaleza que sirvió de base para el futuro museo y dio margen al descubrimiento de muchas especies nuevas. A partir de agosto de 1920, organizó y dirigió una nueva expedición científica en compañía del explorador del Polo Sur, don Otto Nordenskjold; así, exploró la región montañosa del río Perené en toda su extensión. Como académico, dictó importantes conferencias en diferentes centros científicos europeos durante un nuevo viaje en 1922: en el Aula Magna del Colegio Romano ante los reyes de Italia; en el Palacio Real de Madrid y la Real Sociedad Científica Española ante los Reyes de España; y en la Real Sociedad Geográfica de Suecia ante los Reyes de dicho país donde fue presentado por el celebre explorador del Tíbet, don Swen Hodin. En 1929, concurrió como comisario a la Exposición Iberoamericana de Sevilla en representación de San Marcos y de la Sociedad Geográfica de Lima. Fue, además, un gran deportista y propulsor y organizador de importantes campeonatos atléticos internacionales.

Nota.- Quiero agradecer a Héctor Rospigliosi Gonzales-Vigil , nieto del doctor Carlos J. Rospiglios Vigil, quien nos proporcionó buena parte de la información que ahora compartimos con ustedes.
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A la altura del kilómetro 141 de la Panamericana Sur, entre los distritos de San Luis y San Vicente de Cañete, nos encontramos con este hermoso castillo de estilo morisco construido a lo largo del siglo XIX. ¿Cómo empieza su historia? Hasta el siglo XVIII, aquí estaba la Hacienda Arona (cuyo nombre primitivo fue Matarratones), propiedad de don Agustín de Landaburu, quien la dejó como herencia a su hijo. Sin embargo, éste, al no tener descendencia, se la obsequió a su preceptor, el médico, científico y insigne prócer de nuestra Independencia, don Hipólito Unanue. Era una hacienda azucarera, que recibió el nombre de Arona en alusión a un municipio del mismo nombre ubicado en Tenerife (Islas Canarias). Según algunas noticias, la construcción de este complejo azucarero colonial data del siglo XVII, y fue culminado, incluyendo la capilla, en la centuria siguiente. Hasta inicios del siglo XIX, en sus viejos galpones, vivían poco más de 400 esclavos negros de ambos sexos y de toda edad.

Cuando el Prócer tomó propiedad del complejo azucarero, fue conocida, genéricamente, como “hacienda Unanue”. Don Hipólito murió aquí, ya retirado de la política, en 1833, y el complejo fue dividido entre sus dos hijos. A su hija Francisca le tocó la Hacienda Arona (aquí luego viviría Pedro Paz Soldán y Unanue, hijo de Pedro Paz Soldán y de Francisca Unanue, más conocido con el sobrenombre de Juan de Arona) y a su hijo José un fundo que tomó el nombre de Unanue. Fue don José, entonces, el que inició, en 1843, la construcción de la nueva casa hacienda, de estilo arabesco, popularmente conocida como “Castillo Unanue”. El 5 de enero de 1895, murió intestado en Chorrillos.

La construcción del popular “Castillo” comenzó a fines de 1843 y demoró hasta finales de la década de 1890, casi 60 años de esfuerzo del hijo del Prócer que, de esta manera, cumplió el sueño de construir la residencia más lujosa de la costa peruana, además de un homenaje a la memoria de si ilustre padre. Se calcula que se gastó unos mil pesos de oro, poco más de un millón de dólares de nuestros días. Los vitrales, los mármoles y las rejas de fierro y bronce, por ejemplo, fueron traídos desde Italia. El estilo del edificio es mozárabe, siguiendo una línea neogótica. También hay túneles y calabozos, que se usaron en 1924 como primera cárcel del pueblo de Cañete. La ligera elevación de la construcción, al parecer, se debe a la existencia de una huaca prehispánica.

Por esta deslumbrante mansión pasaron, Alexander von Humboldt, Benjamín Vicuña Mackenna, Ernest Middendorf, Antonio Raimondi y Jorge Basadre. Según algunos, su construcción sería única en su género en América del Sur, sólo comparada con el castillo del emperador Pedro II de Brasil, cerca de Río de Janeiro.


Se cuentan varias historias relacionadas al “Castillo Unanue”. Una se refiere a que, por reclamar su propiedad, un centenar de comuneros del fundo Cochahuasí fueron encerrados en los subterráneos del Castillo y nunca más se supo de ellos, no salieron con vida. Otra tradición oral de Cañete asegura que el “Castillo” tiene tres túneles; uno lo conecta con la Hacienda Montalbán (a 3 kilómetros); el otro con la Hacienda Arona (a 5 kilómetros) y de allí al puerto de Cerro Azul (a 10 kilómetros) y el tercero a playa de Cochahuasí (a 3 kilómetros). También dicen que estos caminos subterráneos habrían servido de escape a varios ladrones o delincuentes de la zona. El tradicionista Ricardo Palma narra que “recuerdan los viejos naturales de Cañete, la figura varonil por los caminos cabalgando en el más brioso potro del valle… ¡Es don José!, ¡es don José Unanue, decían los cañetanos, cediendo respetuosos el paso al rico hombre que avanzaba gallardo y donjuanero a visitar las rancherías”.

Por su lado, Eugenio Alarco Larrabure, tataranieto de Hipólito Unanue, comentaba, en 1999, cuando tenía 91 años de edad, que fue José Unanue de la Cuba (hijo de Hipólito), quien –en uno de sus viajes al río Rin de Alemania– compró uno de los castillos que se encontraba en la ciudad de Baviera, “tomó uno de los barcos que por esos días se enrumbaba al Perú y aprovechó para trasladar gran parte del castillo. Trajo ventanas, puertas, muebles, vidrios, mármoles, rejas, y lo desembarcó directamente en el muelle de Cerro Azul”… sesenta años tardó para que ‘Pepe’ hiciera realidad el sueño de tener la residencia más suntuosa de la costa peruana, en la memoria de su padre”. Según Víctor Andrés García Belaunde (en Cañete Ayer y Hoy), el “Castillo” se ubicaba dentro “de un bellísimo fundo de 900 fanegadas que recorrido por un ferrocarril a vapor comunicaba con sus oficinas”.

Con la Reforma Agraria decretada por Velasco, le vino la decadencia al “Castillo”. No solo vino el saqueo de su mobiliario sino que también se secó el jardín botánico en el que había palmeras, magnolias, nogales, pinos y alcornoques; también desaparecieron los pavos reales, patos, halcones, gorriones, chilipillos, jilgueros, colibríes, faisanes y gansos; también las tortugas y peces de colores llamados purpurinos, tornasolados y dorados. Luego, en 1972, fue declarado Monumento Histórico Nacional. Sin embargo, a pesar de su cercanía a Lima y de su notable importancia histórica y arquitectónica, poca gente conoce esta mansión republicana. En 1999, se invirtieron algunos miles de dólares para hacer un estudio y poner en valor el monumento, pero el proyecto no prosperó.

Lamentablemente, el terremoto del 15 de agosto de 2007 afectó sus cimientos, y derruyeron las cuatro torres coronadas con merlones y almenas que servían para proteger el pecho del guerrero; las grietas, por su lado, alcanzan a las troneras y saeteras diseñadas para disparar flechas, piedras o agua hirviendo al enemigo. También se encuentran afectados los cuatro minaretes que en alto relieve inscriben la señal de la cruz como las mezquitas de Tierra Santa. Se supone que son los trabajadores de la ex “Cooperativa Agraria de Usuarios Cerro Blanco Unanue” los que administran el palacio republicano.
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João Paulo Pimenta (São Paulo, 1972) es doctor en Historia. Se desempeña como profesor del Departamento de Historia de la Universidade de São Paulo (USP) desde 2004. Es profesor visitante del Colegio de México (2008) y de la Universitat Jaume I, España (2010). Ha escrito cerca de cuarenta artículos y capítulos de libros sobre las independencias de Iberoamérica, las identidades políticas americanas y las relaciones entre el tiempo y la historia en los siglos XVIII y XIX, publicados en varios países. También es autor de seis libros, incluyendo O nascimento político do Brasil: origens do Estado e da nação (Rio de Janeiro, 2003), Brasil y las independencias de Hispanoamérica (Castelón, 2007) y
A Corte e o mundo: uma história do ano em que a família real portuguesa chegou ao Brasil
(São Paulo, 2008).
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Antonio Raimondi

El advenimiento de la República.- Con la retirada de los misioneros franciscanos y el desorden político de la República inicial, la población nativa tendió a dispersarse nuevamente y buscó volver a sus antiguas tradiciones intentando restaurar sus formas ancestrales de vida.

Pero este proceso natural se vio amenazado por un nuevo enemigo. Hubo una fuerte presión de la sociedad no nativa sobre los grupos indígenas con el interés de utilizar su mano de obra y aprovechar los recursos de sus territorios. Hasta la década de 1820, la presencia de los misioneros había contenido la penetración de comerciantes y de aventureros que buscaban beneficiarse económicamente de la zona y de sus habitantes originarios. Lamentablemente, las nuevas autoridades, con contadas excepciones, fueron cómplices de los nuevos atropellos. Muchos prefectos o alcaldes, por ejemplo, permitieron el reclutamiento de los indios para que sirvieran de peones a los comerciantes o de familias influyentes, incluso a las mismas autoridades. Las condiciones de trabajo rozaban, en muchos casos, con la esclavitud, pues no existía pago alguno por la labor efectuada.

Bajo esta “modalidad” republicana, nuevos productos empezaron a ser explotados como zarzaparrilla, algodón, pescado salado y cera. El costo humano fue muy alto porque los patrones locales, o nuevos gamonales, fueron los que controlaron el nuevo proceso económico en su fase extractiva y su comercialización regional. Además, esta nueva explotación se vio disfrazada por dispositivos legales que, con el supuesto fin de “civilizar” estos territorios, incentivaron la colonización y ocupación de las tierras amazónicas por parte de la sociedad republicana.

En 1832, por ejemplo, se dieron los primeros incentivos a los interesados en reconquistar Chanchamayo con la facilidad de obtener, en forma gratuita, el título de propiedad sobre extensiones de tierra que pudieran trabajar, hasta un límite de 40 mil metros cuadrados. La coartada para dar estas licencias es que las condiciones en que vivían los indios amazónicos eran un serio peligro para el “progreso” del país. En realidad, con la reapertura de las minas de Cerro de Pasco, la elite de Tarma vio la necesidad de recuperar la selva central para abastecer el mercado minero, básicamente a través de la producción de aguardiente de caña.

Paralelamente, los misioneros franciscanos intentaban regresar al convento de Ocopa. El diario El Comercio de Lima aseguraba, en 1936, que el presidente Orbegoso quiso restablecer el las misiones de la montaña y devolvió el convento a los franciscanos. Así se restauraba la vida en Ocopa, pero ahora con frailes italianos y españoles. También se reparó su edificio, muy afectado por el abandono desde la Independencia, y se reanudaron las incursiones hacia las perdidas reducciones de la selva.

Así, ya en 1847, cuando era prefecto de Junín el sabio Mariano Eduardo de Rivero, se llevó a cabo la “reconquista” de las montañas de Chanchamayo porque los nativos “ofrecían una resistencia feroz a los civilizados que pretendían adueñarse de sus tierras”. Esto sirvió de sustento, como apareció en el diario El Comercio de la época, para que se construyera un fuerte en San Ramón, dando nacimiento luego al pueblo del mismo nombre.

La fundación del fuerte San Ramón.- Los antecedentes de la fundación de San Ramón se remontan a 1808, cuando el entonces Intendente de Tarma, don José Urrutia y Las Casas, remitió al virrey de Lima, José Fernando de Abascal, un visionario, valioso y documentado informe en el que daba a conocer las grandes ventajas que resultaría la apertura de un camino a las montañas de Chanchamayo siguiendo la ruta de los que es hoy San Ramón y La Merced.

Según el antropólogo Stefano Varese, el intendente Urrutia fue uno de los personajes que mejor informa sobre la época floreciente que vivió la montaña de Chanchamayo, Perené, Cerro de la Sal, Huancabamba y Gran Pajonal. Su figura es sobresaliente: había sido Capitán General de los Reales Ejércitos, miembro del Supremo Consejo de Guerra, Gobernador y Capitán General del Principado de Cataluña.

Es cautivante el Informe de 1808 de Urrutia y su convicción con la que expone su tesis para defender las ventajas de la vía de Chanchamayo hacia el interior de nuestra selva, el estado en que quedó ese territorio al estallar la rebelión de Juan Santos Atahualpa y los destrozos que causó con su levantamiento. Su actuación brillante mereció elogios de un ilustrado de su tiempo, Hipólito Unánue.

Es contundente, específico e histórico su Informe al virrey Abascal sobre el desamparo de la región de Chanchamayo: “No es dudable que las montañas de Chanchamayo son un rico tesoro de las preciosidades de la naturaleza. Allí la madre naturaleza ha desplegado la fuerza de su inagotable fecundidad; parece que ha querido manifestar en ellas que no necesita del auxilio del débil brazo de los humanos para obtener su magnificencia y vigor; sus útiles y ventajosas producciones forman un teatro de considerables riquezas de los tres reinos: animal, vegetal y mineral que tan abundantemente los decoran y ennoblecen…Chanchamayo es el puerto principal de Los Andes, colocado por la Providencia en la mayor cercanía de esa metrópoli de Lima… Es indispensable la construcción de un fuerte”.

Los propósitos de Urrutia quedaron allí. Las guerras de independencia y los desórdenes de principios de la República hicieron que esta zona quedara, prácticamente, en el abandono hasta un histórico año: 1847. Gobernaba el Perú el mariscal Ramón Castilla quien, al sumir la presidencia en 1845, reinició la “reconquista” de la selva. El trágico recuerdo de al rebelión de Juan Santos Atahualpa, hizo que en esta oportunidad el intento de recuperación de estos territorios tuviera un carácter netamente militar.

La fundación del fuerte de San Ramón llevó a cabo en 1847, cuando era prefecto del departamento de Junín del antropólogo y naturalista Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz (Arequipa 1798-París 1857), autor de muchos estudios, especialmente, para fines de nuestro libro, Apuntes históricos y estadísticos sobre el departamento de Junín (1855). Rivero, en una carta dirigida a Castilla, interpretó la aspiración de los habitantes de Tarma de poseer terrenos en la fértil Chanchamayo e hizo presente al gobierno sobre la necesidad de recuperar el territorio y que, con su producción, iba a favorecer el comercio de todo el Departamento, dando bienestar a muchas familias. Para impulsar aún más su plan y demostrar la necesidad de emprender la reconquista de Chanchamayo, mandó publicar, también en 1847, el informe que el intendente José de Urrutia enviara años antes al virrey Abascal.

Lo cierto es que el gobierno de Castilla aceptó y salió una expedición a las montañas de Chanchamayo al mando del general Fermín del Castillo; el ingeniero Gregorio de la Rosa fue parte de ella. El objetivo era construir un fuerte militar en la confluencia de los ríos Chanchamayo y Tulumayo. Así, en septiembre de aquel año, los expedicionarios se habían apoderado del terreno y levantaron en el ángulo formado por la reunión de los dos ríos, el fuerte “San Ramón” que se llamó así en recuerdo del Presidente de La República, el mariscal Ramón Castilla. Su acta de erección se firmó el 7 de diciembre de 1847. El ingeniero De la Rosa no solo hizo el trazo de la nueva fortaleza sino que elaboró una carta o mapa de la montaña de Chanchamayo, trabajo que dedicó al general Castillo, jefe de la expedición. No cabe duda, entonces, que esta fundación serviría como “punta de lanza” para la incursión en la selva.

Cuentan que fue tanto el entusiasmo de los habitantes de Tarma por abrir esta puerta hacia el Oriente, que muchos vecinos de esta ciudad y de los pueblos aledaños cooperaron con los gastos que demandaba la apertura del camino, aparte de los víveres que entregaban para los operarios. Cabe destacar, de otro lado, que la labor de Mariano de Rivero, como prefecto de Junín, fue muy fecunda. No solo fundó el pueblo de San Ramón para abrir el camino de penetración a Chanchamayo sino que inauguró en su jurisdicción un monumento conmemorativo ala batalla de Junín (1846); fomentó el establecimiento de escuelas, como la Escuela Central de Minería de Huánuco; dispuso la creación de cementerios; y reveló la existencia de yacimientos de carbón de piedra.

Acta de fundación de San Ramón.- “En la confluencia del río Chanchamayo con el Tulumayo, a los siete días del mes de diciembre de mil ochocientos cuarenta y siete. El Señor General de Brigada Fermín del Castillo, jefe principal y director de la expedición sobre las montañas de Chanchamayo. Sargento mayor graduado D. Carlos Montes, los de igual clase D. Evaristo Simón Sornosa, D. Tadeo Humeres, D. Gregorio Relayza; el Suprefecto de la provincia, Teniente Coronel D. José Cárdenas, ingeniero de la misma empresa. Sargento Mayor D. Gregorio De La Rosa, quien hace de secretario en este acto; el Comandante de la columna expedicionaria, Teniente Coronel D. Pedro Cárdenas; los Tenientes D. Manuel Pérez Oblitas, D. José Sotomayor, D. Angel Martínez y D. Cayetano Escobedo y los Subtenientes D. Leandro Bonifaz, D. Dionisio Guzmán, D. José Valdivia, D. Manuel Sauri y D. Celedonio Del Castillo etc., constituido en este lugar y en conformidad con las instrucciones del Supremo Gobierno de La República, para formar un fuerte en la confluencia indicada, como punto de apoyo más a propósito para las operaciones ulteriores; después de haber, el Señor General, examinado detenidamente el terreno y sus avenidas y resultado ser este militar por su situación elevada y proximidad a la confluencia, procedió a comenzar la obra y con arreglo al petipié, formado anticipadamente por el ingeniero de la expedición, se midió una extensión de sesenta y seis varas, formando un cuadrado con un baluarte en cada uno de sus ángulos. Seguidamente se meditó sobre elegir los materiales de que debía componerse el fuerte y considerando que ninguno era de más facilidad la adquisición que la madera, así como económico para el erario emplearla, y que por otra parte esta fortaleza no debía resistir otras armas que las flechas, únicas que manejan y usan los bárbaros, se resolvió y dispuso que se hiciera de madera. Acto contínuo se trajeron varias piezas para iniciar la construcción del fuerte; y el Señor General Director en jefe de la expedición, colocó a nombre de la nación el primer palo, denominando la fortaleza San Ramón de Chanchamayo, por ser el nombre del Sr. Presidente de La República, quien ha dispensado decidida protección a la recuperación de esta bella parte de la montaña abandonada y olvidada por cerca de un siglo. A los baluartes se les tituló Rivero, Monzón, La Canal y Salaverry, apellidos, el primero del actual Prefecto del Departamento, que ha secundado con interés las miras filantrópicas del gobierno; el segundo del venerado y respetable párroco de la Doctrina de Acobamba, principal motor de esta empresa y quien no ha perdonado por su parte ningún género de sacrificios para llevarla a la cima; el tercero el del síndico procurador del Distrito de Tarma Coronel de La Guardia Nacional del que ha cooperado con celo infatigable; y el último el de Mayor de Plaza de este Departamento, Teniente Coronel D. Pablo Salaverry, por haber sido el que comandó la fuerza descubridora en compañía del Sargento Mayor del Batallón Cívico de Tarma, D. Juan Alvarez, cuyos méritos y servicios prestados en la empresa son dignos de encomio. Finalmente a las cuatro cortinas se les ha puesto los nombres de Tarma, Acobamba, Huasahuasi, Monobamba, por llamarse así los principales pueblos que con el más laudable entusiasmo han contribuido con su trabajo personal al ir descubriendo los caminos, sin que el hambre ni los peligros los arredrara, ni hiciera decaer sus ánimos; mereciendo grato recuerdo los pueblos de Palca, Tarma, Palcamayo y Vitoc. En este acto solemne todos los circunstantes poseídos del más exaltado y noble entusiasmo, viendo establecida la piedra angular de la gran obra que podrá un día darnos más directa comunicación con el viejo continente, por medio de la navegación de nuestros principales ríos tributarios, del mayor que conoce el mundo; y meditando con enajenamiento en la inmensidad de las ventajas que tal suceso produciría, manifestaron con agradecimiento el interés con que el Supremo Gobierno promueve y fomenta las Obras. Ofreciendo cada uno por su parte agotar todos los esfuerzos inimaginables hasta conseguir la realización completa de la preindicada expedición, con lo cual termina el acta y firmaron” (Fuente: Antonio Raimondi, El Perú, tomo III, p- 192 y ss.).

¿Cómo era el fuerte San Ramón en el siglo XIX? El fuerte contaba con un contingente militar y las nuevas colonias, hasta 1876, estuvieron bajo la conducción de oficiales del ejército. Como el gobierno y los hacendados tarmeños consideraron que entre los indios aún se conservaba la memoria de la rebelión de Juan Santos Atahualpa se decidió mantener la zona bajo vigilancia militar y se evitó la presencia de misioneros franciscanos.

De esta manera, se procedió a desalojar violentamente a los indios de la zona y sus casas y chacras fueron quemadas. Como anotan Fernando Santos y Frederica Barclay, “teniendo al fuerte de San Ramón como centro de operaciones, los colonos y fuerzas militares realizaron continuas incursiones armadas a los asentamientos indígenas para “tomarles algunos muchachos para su servicio”. Desde la orilla izquierda del Tulumayo los Asháninca se opusieron tenazmente a los avances colonos”.

Los testimonios del siglo XIX están cargados de enfrentamientos entre los nuevos colonos, respaldados por el ejército, y los indios durante los primeros 30 años de la “reconquista”, 1847-1877; además, estos conflictos no desaparecieron cuando las autoridades llamaron a los franciscanos para que colaborasen con la pacificación. Incluso el propio Padre Guardián del Convento de Ocopa ordenó que sus misioneros se retiraran pues ningún provecho espiritual se podía esperar ante semejante proceso de reconquista. Cabe destacar, por último, que hacia 1860 se encontraba como alférez, en San Ramón, el futuro “Héroe de la Breña”, Andrés A. Cáceres.

La primera “conquista” de Chanchamayo.- Fue el primer efecto de la fundación del nuevo Fuerte. Con el auxilio de los vecinos de Tarma, el prefecto Rivero logró, a partir de San Ramón, el dominio de la montaña de Chanchamayo. Para este objetivo, también contó con la participación de los misioneros franciscanos, ya restablecidos en Ocopa desde la década de 1840. A principios de septiembre de 1848, instigados por el Arzobispo de Lima, Francisco Javier de luna Pizarro, y del Prefecto de Junín, Mariano de Rivero, salieron de Ocopa los padres Fernando Pallarés y Antonio Gallizans por el camino Tarma-Palca-Chanchamayo y el 10 de septiembre llegaron a San Ramón.

El padre Dionisio Ortiz cita este acontecimiento a partir de la “Historia de las Misiones de Ocopa”, en la que se detallan los abusos de los colonizadores contra los indios y el sacrificio de los nuevos misioneros: “En este punto hallaron dos compañías de tropa cívica, las que cometían grandes desórdenes, arrojando balas a los indios que con frecuencia asomaban a la otra parte. No podían los padres misioneros ver con indiferencia semejante modo de conquistar infieles, y por esto procuraban impedir con la persuasión de un mal de tan fatales consecuencias. Algunos cristianos de los que por allí había, pasaron inconsiderablemente el Tulumayo con el intento de robar a los indios y tomarles algunos muchachos chunchos para su servicio; pero les sucedió muy mal, porque los indios llamados campas los flecharon hiriendo a algunos cristianos de la expedición. Para auxiliar a estos, pasó el Tulumayo, con una balsa, el Padre Gallisanz con algunos individuos de la pequeña guarnición de Tarma el 28 del citado mes. Mas, como por la extraordinaria corriente de aquel río no podían pasar la balsa sino tirada de un cable, este, aunque pudo sostenerla en la ida, quedó inutilizado para la vuelta; y así fue como debiendo regresar sin este auxilio tuvo la desgracia de naufragar el referido Padre, ahogándose a poca distancia de la reunión de los dos ríos, con otros dos cristianos que con él habían entrado en la balsa”.

Para reemplazar a los padres Gallisanz y Pallarés, fueron enviados el padre Vicente Calvo y fray Amadeo Bertona. De estos, el que más sobresalió fue el padre Calvo, quien llevó a cabo una serie de exploraciones del Pozuzo al Paleazu y de Huancabamba al Paleazu. Fue también muy amigo de Raimondi. El padre Izaguirre guarda estas palabras sobre su obra: “Fue el padre Calvo un héroe cortado por el molde franciscano, uno de los más valerosos e incansables exploradores de los tiempos modernos. Un nuevo genio de la selva cuyo anhelo era emplear la vida entera en beneficio de la religión y en bien de la nación peruana. Gastó su vida en la montaña viviendo en ella unos 25 años. Parece que el padre Calvo hubiese tenido el privilegio de despertar en el Perú el espíritu de empresa para dar principio a una era de exploraciones de valor científico y de utilidad incomparable para la geografía nacional”.

La visita del sabio Antonio Raimondi.- Entre los años 1851 y 1858, San Ramón tuvo el honor de recibir, en dos oportunidades, al ilustre italiano, naturalista e historiador, don Antonio Raimondi, quien acampó en el flamante Fuerte, Afortunadamente, nos dejó estampadas en sus escritos las impresiones que recogió en esas importantes expediciones en su afamada obra, El Perú.

Por ejemplo, aquí presentamos un fragmento del testimonio que hace de su viaje de Palca a San Ramón: “La formación geológica de Palca, pueblo situado en el camino de Tarma a Chanchamayo y Vitoc, es de roca esquistosa. Cerca de este pueblo se separa el camino que va a Marainioc y Vitoc, del que conduce al valle de Chanchamayo. Cerca de Palca se encuentra otra pascana llamada Matichacras que es una pequeña casa situada en una altura sobre el lado derecho del rio Chanchamayo. Siguiendo se llega a Chalhuapuquio que es la primera hacienda del valle. De esta se va al Fuerte de San Ramón; el camino es casi enteramente llano, y siempre en medio del monte. Al otro lado de este se hallan varias haciendas”.

Asimismo, no oculta su fascinación por San Ramón: “Estimulado por la curiosidad, me interné hasta lo más espeso del bosque, como huyendo de las huellas del hombre, para colocarme frente a frente a ese mundo maravilloso. Allí rodeado de elegantes arbustos y a la sombra de coposos árboles, que oscurecían la luz del sol, me parecía hallarme en el laboratorio de la vida vegetal y creía descubrir en medio de la espesura del follaje a la virgen naturaleza, bajo forma humana, afanada en modelar y producir las delicadas y hermosas plantas que tenía a mi alrededor. Largo tiempo quedé absorto contemplando ese enjambre de variados vegetales; me parecía no tener ojos suficientes para verlo todo y abrazar de un solo golpe a su admirable conjunto”.

El antropólogo Stefano Varese, al hacer un balance de la estancia de Raimondi en la selva, resalta que solo con su libreta de apuntes y una sustancial modestia, encontró en el misterio del bosque un estímulo para su curiosidad científica. La montaña y los nativos supieron reconocer en él un amigo. Para el viajero científico - prosigue Varese-si el nativo es malo es porque ha estado en contacto con la civilización y de ella ha recibido solamente agravios; con amor, con respeto al nativo se le conquista. Por ello, Raimondi vive con ellos y participa de su vida familiar, juega con los niños y se ríe a carcajadas con sus bromas y hasta se pinta la cara con ellos. Con este esfuerzo “intercultural”, obtuvo más para la ciencia y para él. Fue un convencido y arduo defensor de la conquista del valle de Chanchamayo.

En sus visitas a Chanchamayo, Raimondi pasó la noche varias veces en San Ramón y nos da el siguiente testimonio: “El Fuerte consistía en una empalizada de madera de la misma montaña y tiene la forma de un cuadrado, en cuyo interior hay otro con habitaciones. La habitación del comandante, que está situada al frente, es de tablas, las de los soldados son de palos como las de la empalizada. En las dos esquinas, que miran a los salvajes, se han construido como dos baluartes para los centinelas. En el ángulo izquierdo, entrando al Fuerte se ha situado el depósito de pólvora, que está revestido exteriormente de hojalata para protegerlo del incendio, que podrían ser causados cuando tiran flechas incendiarias. Los techos de todas las habitaciones son de hojas de homero (Phytelephas macrocarpa), admirablemente entre tejidas. Las habitaciones dejan en el medio un gran espacio que sirve de patio. Exteriormente, delante del Fuerte, se ha formado una gran plaza a la que se ha cubierto como el patio con una gruesa capa de arena fina transportada del río, con el objeto de evitar el barro y los charcos que se forman cuando vienen los aguaceros, que en este lugar son muy frecuentes, principalmente en la estación de lluvias que empieza en enero y dura hasta abril. Ordinariamente la guarnición del Fuerte está compuesta por cerca de 50 hombres, pero en esta época y por causa de los movimientos políticos que han envuelto La República, solamente hay 18 hombres, de los cuales, más de la mitad son civiles de Tarma. El comandante que sucedió a Noel, fue el señor Cárdenas; el mismo que fundó la hacienda Chalhuapuquio. Después, con el cambio de Gobierno, mandaron provisoriamente a don Manuel Cárdenas, que fue al que encontramos en nuestra visita y nos dio alojamiento en el Fuerte todo el tiempo que estuvimos. Chanchamayo tiene un clima generalmente sano y aunque hay bastante calor, se come con mucha apetencia. Hay también una plaga muy grande de insectos, principalmente hormigas y cucarachas, que todo lo devoran, de modo que no se puede guardar nada; y aunque se suspenden las cosas por medio de pequeñas sogas al techo de la casa, siempre llegan a ellas subiendo por las sogas. No hay otro método preventivo que aislar los objetos por medio del agua. También los mosquitos, abejas y avispas incomodan mucho con sus picaduras. Es todavía una fortuna que no abunden las culebras venenosas, ni los animales feroces. Sin embargo, no se puede dejar afuera del Fuerte carneros ni perros, por que se los devoran. Existen animales feroces, como jaguares y pumas, aunque son muy raros y contados los que se han visto hasta el día”.
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Hacia la década de 1740, nada hacía presagiar que toda la labor de los franciscanos en la Selva Central se iba a ver seriamente afectada por esta rebelión indígena, liderada por un supuesto descendiente de los incas, Juan Santos Atahualpa, quien no había nacido en el lugar sino, según la leyenda, en el Cuzco.

Antes de entrar en detalle de lo ocurrido, es importante rescatar el testimonio de Antonio Raimondi quien fue el primero en analizar el impacto que tuvo en la región este levantamiento. Con el título de Pérdida de todo lo conquistado en las montañas de Chanchamayo y río Perené, Raimondi describe este colapso de la siguiente manera: “Desde la fundación de los nuevos pueblos en las márgenes de los ríos Chanchamayo y Perené, esta bella cuanto fértil región, había ido en continuo progreso; pues además de los pueblos de conversiones, iba poco a poco creciendo las haciendas, cuyos importantes productos daban lugar a un activo comercio. No se tiene hoy la menor idea del floreciente estado en que se hallaba toda la montaña de Chanchamayo a principios de 1742. Basta decir que, en los terrenos actualmente habitados por los salvajes, había productivas haciendas de caña, cacao, café, coca, etc”.

“Así, según el Intendente Urrutia, el mismo lugar de Chanchamayo era entonces una hacienda de caña dulce y coca del Colegio Santo Tomas de Lima. Cerca de Chanchamayo habían establecido los misioneros franciscanos el pueblo de Sauyria, cuyos habitantes tenían chacras en terrenos muy fértiles. Detalla de igual forma : “que en el valle de Vitoc con sus anexos de Sivis, Pucará y Collac en aquella época, había toda una comarca de haciendas denominadas: Chontabamba, La Colpa, Marancocha, San José, Santa Catalina, San Fernando, Nuestra Señora del Carmen y, que siguiendo las orillas del río Chanchamayo, se notaban otros hermosos fundos. De igual forma, en el pueblo de Quimiri, tenían los padres misioneros y algunos particulares grandes cañaverales. Otras tierras cultivadas se ubicaban en el Cerro de la Sal y hacia el norte de este, hasta Huancabamba, Pucará, Lucen y Vaquería”.

Añade Raimondi: “Aquellos silenciosos bosques, hoy en día habitados tan solo por pequeñas tribus salvajes, eran centros de gran actividad; y se había entablado el comercio con los mismos infieles, quienes cambiaban los ricos productos de la montaña, con víveres y objetos de nuestra industria. Intercambiaban la gente de la sierra: carne salada, quesos, ají, aguardiente, herramientas, etc., y regresaban con valiosas especies de la montaña, multiplicando de este modo sus capitales. La ciudad de Tarma, situada en la puerta de esta feraz región, iba continuamente progresando; pues sus habitantes mantenían un activo tráfico con la montaña, obteniendo grandes provechos de su lucrativo comercio. Hasta los chunchos, -según dice Urrutia- , llegaron a entablar su viaje a Tarma para vender o cambiar sus frutos, regresándose muy confiados a sus reductos, surtidos de cuanto necesitaban en su país. ¿Pero, quien hubiera dicho que tanta prosperidad debía desaparecer en muy poco tiempo, bajo la mano destructora de estos mismos chunchos, tan solo por instigación de un hombre ambicioso y cruel? La hermosa montaña de Chanchamayo, poblada a principios del año 1742 de numerosas y bellas haciendas, cayó desde su apogeo, en un mar de desgracias; siendo poco después teatro de escenas sangrientas, que sembraron por todas partes destrucción y muerte. Este bello país, que había sido conquistado poco a poco a la virgen naturaleza, volvió a quedar bajo su dominio, después de haber gozado unos pocos años los beneficios de la civilización”.

¿Quién era Juan Santos Atahualpa? El primer testimonio sobre la figura de Juan Santos Atahualpa fue el del padre Amich, quien nos dice que fue un indio del Cuzco que había ido a España sirviendo a un padre jesuita; otros dicen que incluso viajó por el norte del África. De regreso al Perú, según la leyenda, cometió un crimen en Guamanga (Ayacucho) y, viéndose perseguido por la justicia, huyó a la montaña, donde se encontró con el curaca de Quisopango, quien lo refugió en el Gran Pajonal. Se hizo llamar Juan Santos Atahualpa y, con astucia, logró que los indios lo creyesen descendiente del último inca del Cuzco, Atahualpa.

La mayoría de estudiosos de este movimiento coincide en que es muy difícil reconstruir una historia verídica del personaje. Sus datos biográficos son muy sueltos y, especialmente, envueltos en el mito. Se dice que recibió cierta educación y, con lo que había aprendido en su viaje a Europa, logró, poco a poco, dominar los ánimos de todos los habitantes del Pajonal, que llegaban de todas partes a prestarle obediencia, dejando desiertos sus pueblos. Fue adquiriendo tanto prestigio que aun los indios de las reducciones, fundadas en las márgenes del río Perené, tales como Eneno (Eneñaz), Metravo (Metraro), San Tadeo, Pichana (Pichanaki), Nijandaris, y Cerro de La Sal, iban a visitar al pretendido “inca”. Parece que en 1743 era dueño ya de todas las poblaciones del Pajonal y de las márgenes del río Perené, desde el conflictivo Cerro de La Sal para abajo.

El móvil de la rebelión.- La moderna historiografía coincide en tres factores:

1. La disputa por el control del Cerro de la Sal (ubicado en las inmediaciones de lo que es hoy La Merced) entre los grupos indígenas y los curas franciscanos.

2. La reacción de los indios de la selva central frente a un modelo evangelizador, de “civilización”, que no iba de acuerdo a su modo de vida tradicional. Como bien sabemos, los aborígenes de la montaña eran semi nómades; combinaban la caza, pesca y recolección en el territorio amazónico con formas superficiales de agricultura. La implantación de pueblos o “reducciones” emprendida por los franciscanos, alteraba de modo significativo su orden de vida y sus formas de explotación de la naturaleza. Definitivamente, no guardan el perfil de los indios “andinos” que, con el tiempo, pudieron combinar la vida en sus pueblos y el tradicional “control de los pisos ecológicos”.

3. Una esperanza mesiánica y milenarista de retorno a tiempos del pasado liderada por un “mesías”, un supuesto descendiente de los incas, personificado en Juan Santos Atahualpa.

Lo cierto es que a partir de 1742 y 1743 la rebelión tomó proporciones alarmantes y el gobierno virreinal optó por enviar tropas, armas, municiones, cuyas expediciones salieron de Tarma. En 1745 el virrey Conde de Superunda envió varias tropas de soldados. Todas ellas fracasaron en aplacar la insurrección, por los factores que describió Raimondi: “Las impenetrables selvas, tan favorables para las emboscadas de los indios y que utilizan las armas de largo alcance (lanzas, flechas) , la gran humedad que echa a perder la pólvora y que mohosea y pudre en pocos días los víveres; el temperamento cálido al que no están habituados los soldados, que, por lo general, son indios de la sierra; numerosos ríos que hay que vadear a cada paso y, el pánico que tienen los soldados a los salvajes, son otros tantos obstáculos improvistos que dificultan las operaciones militares en aquella región, dando al contrario a los salvajes y sus armas gran superioridad”. En una estrategia de guerra de “guerrillas” emprendida por los rebeldes, entre 1742 y 1754, producto de la rebelión, se perdieron todos los pueblos fundados por los misioneros en Chanchamayo, por ejemplo. Se perjudicaron también las misiones del Cerro de la Sal, Perené, Gran Pajonal, Pangoa y Ucayali.

Un análisis moderno de la rebelión.- Entre los historiadores, estudiar los hechos del levantamiento de Juan Santos Atahualpa siempre ha sido polémico, ya que para algunos es un personaje cuestionado (legendario) y para otros un héroe que dio el primer grito de independencia en la selva central del país.

El historiador español Arturo de la Torre, acaso el que mejor conoce el tema hoy, opina: “La impresión transmitida por la historiografía americanista tradicional sorprende por la aparente paz de la vida colonial, sin otras alteraciones que unos pocos levantamientos puntuales que sirvieron de contraste con la tónica secular. Las obras aparecidas desde 1970 están sirviendo para acercarnos a una imagen más aproximada a la real. De entre los levantamientos utilizados como ejemplo de lo “inhabitual” se encuentra la revuelta de Juan Santos Atahualpa que junto a la de José Gabriel Condorcanqui aparece como fenómeno emblemático del s. XVIII. Ambos episodios pueden ser considerados como precedentes de los movimientos emancipadores, debido a su carácter nativista siendo, en todo caso, un ejemplo para las élites criollas. Pese al intenso trabajo historiográfico de los últimos años, han pervivido sorprendentemente notables errores sobre el levantamiento selvático”.

A partir de ese análisis, lo que podemos afirmar como historiadores es lo que sigue. La selva, históricamente, permaneció alejada de la trayectoria del Perú. Habitada por grupos amuesha y campas, ninguno de los conquistadores que tentó su anexión, desde épocas incaicas, logró incorporarla. A la expedición infructuosa de Túpac Yupanqui, hay que sumar las de Alonso de Alvarado, de Ursúa y otras más, que no obtuvieron mejores resultados que algunos pájaros de hermoso colorido y la desazón de la derrota frente a una naturaleza hostil. Durante el siglo XVII y principios del XVIII se inició un nuevo tipo de incursiones con objetivos más altruistas que los de las huestes conquistadoras del siglo XVI. Fueron, como vimos, las entradas evangelizadoras emprendidas por misioneros en busca de la expansión del reino espiritual cristiano.

La labor en la cuenca del Perené correspondió a los franciscanos. En 1635, con la entrada de fray Jerónimo Jiménez, se fundó una capilla en un centro económico y religioso de la región: Cerro de La Sal. Al empeño del fraile siguieron otros esfuerzos semejantes. En general, la actitud de los naturales resultó poco receptiva a la evangelización, siendo necesario el apoyo de soldados que acompañaran a los frailes en su labor. El problema fue que la presencia de los franciscanos y la arrogancia de los militares se convirtieron en elementos perturbadores, originando continuos levantamientos.

En este sentido, la primera revuelta importante fue protagonizada por el cacique de Catalipango, Ignacio Torote (1737), quien, aprovechando una reunión de franciscanos en Sonomoro, atacó sorpresivamente a los frailes. La respuesta de las autoridades españolas fue un ejemplo de lentitud: seis meses tardó en partir la columna encomendada de la represión. Cuando la expedición, mandada por el Gobernador Militar de Tarma, Pedro Milla, inició la búsqueda de Torote, éste ya se había puesto a buen recaudo de la justicia virreinal. Años después volvería a aparecer enrolado en las huestes de Juan Santos.

La mañana del 3 de junio de 1742 se inicia la rebelión en Chanchamayo al mando de Juan Santos Atahualpa, quien logró congregar a diversos pueblos de la selva central como asháninka, yánesha y hasta shipibo. Llama a todos los indios amajes, andes, cunibos y simirinchis. Los indios, en su situación de “cristianos infieles”, hacen muchos bailes y se muestran muy contentos con su nuevo “rey” y dicen mil cosas contra españoles y negros.

Juan Santos, se hizo proclamar Apu Inca, descendiente de Atahualpa. Su meta era restaurar el Imperio Inca aniquilando a los españoles y sus costumbres. Su primer objetivo fue la reducción de Eneno (Eneñaz), para luego seguir con Matranza, Quispango (Pangoa), Pichana (Pichanaki) y Nijandaris. Esta rebelión duró aproximadamente diez años.

De otro lado, se dice que Juan Santos Atahualpa fue descendiente inca nacido en Cuzco y criado por los jesuitas. Aprendió castellano y latín. También se dice que viajó a España, Angola, Inglaterra y Francia. Regresó al Perú y allí fomentó una rebelión al comparar el viejo mundo con la dominación española ejercida en su patria. Se dice que estuvo relacionado con los ingleses pues al iniciar la lucha de la libertad se vio por las costas del virreinato la nave del inglés Jorge Anso.

En cuanto al supuesto trato con los ingleses, sobre lo cual no hay mayor información documental que lo confirme, se puede, no obstante, lanzar algunas hipótesis a partir de ciertas circunstancias por entonces acaecidas, tal como lo hace el historiador Francisco Loayza. Es conocida, por ejemplo, la vieja pugna que sostenían los ingleses con los españoles en busca de tener mayores facilidades para comerciar con los mercados de América, celosamente guardados por España. Estos hechos no eran desconocidos para un hombre bien informado y culto como Juan Santos Atahualpa. Así, en la primera noticia sobre él se dice “que habló con los ingleses, con quienes dejó pactado que le ayudasen a cobrar su corona por mar, y que él vendría por tierra, recogiendo su gente, para al fin recobrar su corona”. Para Loayza este pacto no es inverosímil por los hechos antes referidos y podría haberse establecido en 1741.

Los ingleses –dice- cumplieron lo pactado con Juan Santos a favor de la independencia. El vicealmirante Jorge Anson, al mando de cinco buques de guerra, fue comisionado por su Gobierno, para entrar al Pacífico y perseguir todas las naves y bloquear todos los puertos subyugados a España. Agrega Loayza: “No es probable que Anson, después de tantas correrías, por más de medio año, al no tener noticia de levantamiento alguno en el virreinato del Perú, decidió alejarse, rumbo al Asia. Cinco meses después de estas correrías (mayo 1742) no habiéndose levantado los pueblos peruanos de la costa y de la sierra, dan los indios de la montaña, con Juan Santos Atahualpa, el grito de rebelión. Si este movimiento de los montañeses hubiera estallado en su debido tiempo, la expedición del vicealmirante inglés Jorge Anson habría resultado eficiente y, quizá, definitiva…”.

Por último, no se sabe mucho sobre la desaparición de Juan Santos Atahualpa. Se dice que desde 1756 no se sabía nada de él. Otra versión dice que hubo una sublevación entre los rebeldes y tuvo que ordenar la muerte de Antonio Gatica, su lugarteniente y otros hombres por posible traición. Se dice también que fue envenenado. Pero la más acertada es que murió de vejez. Lo cierto es que después de ser desalojados misioneros y soldados “blancos”, no volverían a ingresar nuevos grupos de colonos a la selva central hasta ya conformada la República del Perú en el siglo XIX.

Las misiones franciscanas luego de la rebelión.- Los franciscanos, a pesar del desastre, no estaban dispuestos a perder sus reducciones y, en 1766, desde Ocopa, decidieron recuperar las misiones del alto Ucayali, un territorio que no había sido convulsionado por la rebelión de Juan Santos. Así, en 1791, se reconstruyó el pueblo de Sarayacu donde se congregó a indios setebos y conibos.

Luego, en 1809, los franciscanos lograron reunir a un gran número de familias piro en el Alto Ucayali, y, en 1813, fundaron, con 300 familias shipibo, el pueblo de San Luis de Sharasmaná en el río Pisqui. Ahora, la idea era encontrar un camino de comunicación entre Ocopa y Sarayacu y se emprendieron varias expediciones de exploración. Pero el recuerdo de la rebelión de Juan Santos estaba aún fresco y los nativos no se avenían con facilidad a recibir de nuevo a los misioneros, lo que decidió a los franciscanos a construir un fuerte para amedrentarlos.

En realidad, el contexto era peligroso. Por ejemplo, en 1816, los indios campa atacaron la expedición del padre Plaza. Frente a este revés, se organizó una expedición con el fin de obtener la comunicación deseada entre Ocopa, Andamarca y Sarayacu. Como vemos, en esta nueva etapa de la acción misional se retomaron los métodos de los inicios de la Conquista: la acción armada secundó la tarea evangelizadora.

Pero había otro problema. Esta etapa coincidió con el contexto de las guerras por la independencia, lo que provocó el descenso del ímpetu misionero. El Estado virreinal no estaba en capacidad de brindar apoyo económico ni logístico a los evangelizadores. En 1823 el convento de Ocopa fue abandonado por los religiosos. Incluso, el general realista José Ramón Rodil acusó al libertador Simón Bolívar de haber dado muerte a los misioneros. El Libertador reaccionó enviando a Andrés de Santa Cruz para que los presentase en Lima con el fin de demostrar la falsedad de las acusaciones. Finalmente, por razones políticas, el colegio misionero de Ocopa, en 1824, fue clausurado por orden de Bolívar y convertido en colegio de instrucción pública. Esto fue un golpe muy duro a la acción misional pues se puso fin al centro rector de la labor evangelizadora en la selva central.