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Archivo de octubre 2010
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Felipe Pinglo Alva (Lima, 1899-1936)

A inicios de siglo XX, el vals criollo era la música de las jaranas de callejón y sus exponentes eran compositores e intérpretes aficionados; esa fue la época de la llamada “Vieja Guardia” del criollismo. Fue la generación de Felipe Pinglo Alva la que consolidó al vals peruano tal como lo conocemos hoy. Según algunos testimonios, Pinglo, autor de El plebeyo, estrenado en un teatro del Callao en 1930, se hizo conocido, primero, como ejecutante de fox-trots y, después, como compositor de música criolla. De este modo, le fue fácil introducir al vals ritmos foráneos dándole identidad e imponiéndole una característica melódica propia.

Con la generación de Pinglo, apareció también una nueva modalidad de producción y difusión musical. Empieza la especialización de las tareas. El compositor se separa del arreglista, y el cantante no es siempre el que compone las canciones. Aparecen empresarios artísticos y casas editoras. Ahora se desarrollan complejas alianzas contractuales. La relación entre el compositor y su audiencia se vuelve masiva y cada vez más lejana, todo ello condicionado por los nuevos medios de difusión como la radio. Esta “profesionalización” hizo que los exponentes del vals criollo dejaran de ser considerados solamente como bohemios o aficionados. Además, la radio consumía a gran velocidad el repertorio de los artistas, lo que obligó a los autores a componer con mayor rapidez.

Como vemos, la radio cumplió un papel vital en este proceso. En 1935, por vez primera, la radio difundió valses y polcas. La primera emisora que transmitió música criolla fue Radio Lima, ubicada en la avenida Abancay. A partir de los años cuarenta, esta emisora, junto a otras como Miraflores o Mundial, acapararon una audiencia multitudinaria estimulando la aparición de nuevos músicos. Fue en estos años cuando la música criolla dejó de ser exclusiva de los sectores populares. La clase media y los sectores altos la incorporan a su manera. De este modo, surge un espíritu criollo alrededor de esta música que se presenta como “nacional”.

De otro lado, a fines de los años treinta llegan a Lima los primeros discos de música criolla grabados en México y Argentina. Esto obligó a los artistas a abreviar las canciones. Debieron limitarse a dos estrofas (antes, las composiciones eran muy largas, con cinco estrofas) por una cuestión de tiempo: el disco de acetato sólo permitía tres minutos.

Hacia los años cuarenta el bolero mexicano, de corte muy romántico, ejerció una notoria influencia en el vals criollo. Los famosos tríos mexicanos, como "Los Panchos", causaron gran efecto en los grupos que nacían en el Perú, como "Los Morochucos", "Los Chamas" o "Los Embajadores Criollos". Surgieron entonces temas recurrentes -el amor imposible o el amante traicionado- que cobraron gran popularidad en las voces, sobre todo, de los "Embajadores Criollos", tanto así que éstos empezaron a ser conocidos con el apelativo de “los llorones”.

La gran acogida de la música criolla hizo que varias instituciones realizaran una campaña, en 1944, que logró que el gobierno de Manuel Prado institucionalice el “Día de la Canción Criolla”, el 31 de octubre, en un acto público en la plazuela Buenos Aires de los Barrios Altos. En 1950, Chabuca Granda (1920-1983), compositora que le dio al vals una variante más poética y culteranista, escribe La Flor de la Canela, famosa pieza difundida, en 1954, por el trío "Los Chamas". Durante la dictadura del general Manuel Odría, finalmente, "Los Troveros Criollos" son recibidos con honores en Palacio de Gobierno.

¿Cuál es el trasfondo de toda esta secuencia? Al parecer los sectores medios y urbanos, y la clase dominante de la sociedad limeña, tendieron a buscar su propia versión del criollismo frente a la cada vez más creciente llegada de migrantes andinos a la Capital. No aceptaron que los "serranos" ofrecieran su arte y cultura como símbolos populares de la nacionalidad peruana. Al mismo tiempo, necesitaban alguna raíz propia, alguna base donde apoyarse para legitimar culturalmente su peruanidad.

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Jarana limeña en los años 20, según composición de Mariano Osorio

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Durante los meses que duró el Protectorado de José de San Martín en Lima, hubo un sistemático esfuerzo por instalar un gobierno monárquico en el Perú, bajo la figura de un príncipe europeo. Frente a tal despliegue, se formó un frente liberal-republicano, encabezado por José Faustino Sánchez Carrión, el “Solitario de Sayán”, quien, desde unas cartas firmadas con ese seudónimo, se opuso firmemente a los planes del Libertador argentino y sus más cercanos colaboradores. Para Sánchez Carrión, la monarquía era contraria a la dignidad del hombre: no formaba ciudadanos sino súbditos, es decir, personas cuyo destino está a merced de la voluntad de un solo hombre, el Rey. Sólo el sistema republicano podía garantizar el imperio de la ley y la libertad del individuo. Reconocía que la república era un riesgo, pero había que asumirlo.

Sánchez Carrión nació el 19 de febrero de 1787 en el pueblo de Huamachuco, en la sierra norte del Perú. Fue hijo de un antiguo minero de la región que llegó a ser alcalde del pueblo en un par de ocasiones. Inició su formación con maestros privados, seguramente clérigos del lugar, y luego cursó estudios de latín y filosofía en el Seminario de San Carlos y San Marcelo de Trujillo (1802), con la intención de llevar una vida religiosa. Luego se trasladó a Lima a continuar sus asignaturas en el Real Convictorio de San Carlos (1804), dirigido entonces por el sacerdote liberal Toribio Rodríguez de Mendoza. Allí abandonó su vocación religiosa y se convirtió al liberalismo. Decidió estudiar leyes, fue profesor de filosofía en San Carlos, apoyó la Constitución de Cádiz y sus ideas, trasmitidas en discursos y conferencias, llegaron a ser conocidas por el virrey Fernando de Abascal, quien le prohibió cualquier actuación pública. Pero el joven estudiante no se doblegó, logró el título de abogado y, en 1819, el Colegio de Abogados de Lima le encargó de la defensa de las personas sin recursos en calidad de “abogado de los pobres”. Su radicalismo le valió el destierro de Lima, ordenado ahora por el virrey Joaquín de la Pezuela, y se retiró a Sayán, un pueblo al norte de la capital del Virreinato.

Allí se encontraba cuando San Martín proclamó la independencia y fundó la Sociedad Patriótica, que tenía como objetivo promover la monarquía como la salida más eficaz a las condiciones de la población del país. Fue en ese contexto que escribió una serie de cartas en las que argumentó su rechazo a tal proyecto. En una de sus misivas afirmó: “Un trono en el Perú sería acaso más despótico que en Asia, y asentada la paz se disputarían los mandatarios la palma de la tiranía”. Su diferencia con los monárquicos es que mientras éstos pensaban que el tipo de gobierno debía adaptarse a las circunstancias, el “Solitario de Sayán” sostenía que debía orientarse en cambio a neutralizarlas y combatirlas. En otras palabras, el viejo debate entre la concepción de la política como “resultado” de una sociedad o como “instrumento” de transformación de la misma. Asimismo, ironizaba del principio que los países de gran territorio se gobernaban mejor con reyes: “¿tan grandes son los reyes que necesitan tanto espacio?” Según este tribuno republicano, en un territorio extenso el monarca apenas se enteraba de los que pasaba en el interior y el poder efectivo, en realidad, lo tenía un enjambre de burócratas intermedios. También rebatió el criterio de los monárquicos en el sentido de que la mayoría de peruanos carecía de ilustración para un gobierno liberal-republicano: “Qué desgraciados somos los peruanos! Después de pocos, malos y tontos”. Respondió diciendo que “nadie se engaña en negocio propio” y que la religión y la cultura de la ilustración atemperaban la ignorancia. Finalmente, su radical alegato colocaba como referencia lo que ocurría, en esos años, en la América meridional: si ya la Gran Colombia, el Río de la Plata o Chile parecían encaminarse al sistema republicano, ¿para qué desatar recelos en los vecinos?

Su férrea oposición le valió un odio profundo a Bernardo de Monteagudo, el ministro monárquico de San Martín. Pero el “Solitario de Sayán”, en realidad, no estaba solo. Sus ideas eran también compartidas por Toribio Rodríguez de Mendoza, Francisco Javier de Luna Pizarro, Manuel Pérez de Tudela y Mariano José de Arce, entre otros. Ellos también desplegaron toda una retórica en favor de la república y sus ideas quedaron expuestas en el periódico La Abeja Republicana; también fue colaborador de El Correo Mercantil y El Tribuno de la República Peruana.

Sánchez Carrión formó parte, como diputado por Trujillo, del primer congreso peruano y fue uno de los inspiradores de la Constitución liberal de 1823. Como constituyente, se opuso a la designación de la Junta Gubernativa porque confundía los poderes públicos y propuso que se comprometiera a Bolívar la continuación de la guerra contra los realistas, en vista de los reveses militares y el caos político. Por ello, en junio de 1823, viajó con el poeta José Joaquín Olmedo a Guayaquil a invitar a Bolívar a venir al Perú. Bolívar le confió, en marzo de 1824, la Secretaría General de los Negocios de la República Peruana y, en tal virtud, fue su acompañante en la triunfal marcha hacia Lima. En ese contexto, tuvo el privilegio de cursar las invitaciones a los países americanos para la celebración del Congreso de Panamá. En una carta a Sucre, Bolívar lo describió así: “El señor Carrión tiene talento, probidad y un patriotismo sin límites”. Por todo ello, se ganó su confianza y lo nombró en el consejo de gobierno, junto a Hipólito Unanue y José de la Mar, y ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, en 1825, cuando se retiró del Perú.

Agobiado por la labor realizada durante los difíciles años de la guerra por la independencia, y con su salud muy debilitada, resolvió renunciar a todos sus cargos y recluirse en el pueblo de Lurín, a la hacienda “Grande”, propiedad de los padres del oratorio de San Felipe Neri, donde murió el 2 de junio de 1825, a los 38 años de edad.
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El Ministerio de Exteriores de España y los servicios españoles de Correos lanzaron hoy el segundo sello conmemorativo del bicentenario de la independencia de las repúblicas iberoamericanas, que cuenta con una tirada de 315.000 ejemplares. El secretario de Estado español de Asuntos Exteriores e Iberoamericanos, Juan Pablo de Laiglesia, y la directora comercial y Marketing de Correos, Benigna Cano, presentaron en el Palacio de Viana -sede del Ministerio- el sello de la serie "Efemérides" que conmemora el bicentenario.

Se trata del segundo sello de esta serie filatélica dedicado al bicentenario, una conmemoración de ámbito internacional promovida por los países americanos miembros del llamado Grupo Bicentenario y España. Nueve países (Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, México, Paraguay y Venezuela) forman parte del Grupo Bicentenario para promover y organizar la conmemoración conjunta, entre 2009 y 2011, de los procesos de independencia. España es miembro invitado desde el 2009.

Con un valor facial de 0,78 euros, el sello presentado hoy se encuentra ya en circulación y cuenta con una tirada de 315.000 ejemplares. Su diseño reproduce el logotipo del Grupo con la inscripción "200 Libres y Unidos" y muestra el colorido de las banderas iberoamericanas, como alusión al impulso de todos los países implicados. Los dos sellos emitidos en homenaje al Bicentenario son un ejemplo más de la estrecha vinculación entre los operadores postales de los países iberoamericanos, según señala Exteriores en un comunicado (tomado de EFE).

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Independencias conectadas: regionalismo, nacionalismo y visión continental del proceso emancipador en la América Hispana (1808-1826)
Martes 26 de agosto, 6 p.m.
Auditorio de Humanidades, PUCP


Las celebraciones por el Bicentenario de las independencias latinoamericanas han comenzado y, en respuesta a estas efemérides, la historiografía debe proponer visiones críticas y actualizadas de este hecho fundacional para la región. La Independencia en la América Hispana es un proceso marcado por “conexiones” entre los espacios coloniales que formaron parte de una misma realidad macropolítica: el Imperio español. A pesar de ello, y paradójicamente, las revoluciones de independencia fueron un momento de impulso para la formación de regionalismos que, con las particularidades de cada uno de los espacios coloniales, derivaron en la formación de los Estados nacionales latinoamericanos. En ese sentido, pensar en las “revoluciones conectadas” implica prestar atención a la formación de regionalismos y nacionalismos desde una visión continental de las independencias hispanoamericanas.

Panelistas:
Georges Lomné (IFEA)
De las revoluciones comparadas a las revoluciones conectadas
José Ignacio López Soria (OEI)
Las independencias y el proyecto de modernidad
Juan Luis Orrego (PUCP)
El Perú como territorio durante las guerras de Independencia
Cristóbal Aljovín (PUCP)
El imaginario constitucional de Manuel Lorenzo de Vidaurre
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PROGRAMA

LUNES 25

CEREMONIA DE INAUGURACIÓN
Auditorio de Humanidades PUCP, 18.30 hrs.

Moderador: Sr. Diego Luza, Coordinador Comisión Académica

Mesa de Honor:
Dra. Pepi Patrón, Vicerrectora de Investigación
Dr. Krzysztof Makowski, Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas
Dra. Claudia Rosas Lauro, Profesora Asesora
Srta. Milagros Valdivia, Coordinadora General
Sr. Ricardo Bracamonte, Coordinador General

Lección inaugural: Dra. Penelope Harvey (University of Manchester, UK.)
“Estado, ingeniería y globalización: abriendo perspectivas desde la antropología y la historia de la ciencia”.

Cóctel de inauguración


MARTES 26
Auditorio de Humanidades PUCP

MESA 1: Enfermedad, miedo y sociedad. Las epidemias y la salud en la historia.
9.30 hrs. – 11.00 hrs.

Moderador: Sr. Fernando Contreras (PUCP)

Juan José Pacheco Ibarra (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
Guamán Poma y la teoría Hipocrática. De la iconografía europea a los Andes del siglo XVII.
Edgar Villegas Vásquez (Pontificia Universidad Católica del Perú)
El Sida en Imágenes durante su estallido: Representaciones colectivas de la epidemia durante su llegada a Lima (1983 - 1987).

Comentaristas: Mag. Julio Nuñez (PUCP) y Srta. Milagros Valdivia (PUCP).

MESA 2: El indigenismo y la formación de la nación en el Perú.
11.30 hrs. – 13.00 hrs.

Moderador: Srta. Fernanda Adrianzén (PUCP).

Aníbal Gálvez Rivas (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Apuntes sobre los proyectos integrales de legislación tutelar indígena y su importancia para el estudio del indigenismo jurídico (1905-1946).
Elvira Milagros Valenzuela Saldaña (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
El Perú antiguo como mediador cultural para la formación de la Nación. La influencia indigenista de Elena Izcue y Nelly Fonseca Recavarren a inicios del siglo XX.

Comentaristas: Dra. Margarita Guerra (PUCP) y Sr. Rolando Iberico (PUCP).

MESA 3: Los monumentos: crítica, construcción y destrucción en el Perú.
15.30 hrs. – 17.30 hrs.

Moderador: Sr. Marcos Alarcón (PUCP).

Manuel Pablo Marcos Percca (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
Patria, Estado y Nación en la “crítica” de monumentos y objetos de arte (Lima, 1790-1877).
Luis Rodolfo Monteverde Sotil (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
Proyectos estatales para erigir un monumento público a José de San Martín (Lima, 1822-1921).
Luis Martín Víctor Bogdanovich Mendoza (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Destrucción de monumentos en el Centro Histórico de Lima - Período 1822-1879.

Comentaristas: Arq. Adriana Scaletti (PUCP) y Sr. Diego Luza (PUCP).

MESA MAGISTRAL:
Independencias conectadas: regionalismo, nacionalismo y visión continental del proceso emancipador en la América
Hispana (1808-1826)
18.00 hrs. – 20.00 hrs.

Panelistas:
Dr. José Ignacio López Soria (Coordinador Regional del Centro de Altos Estudios Universitarios OEI)
Dr. Cristobal Aljovín (PUCP)
Dr. Georges Lomné (Director IFEA)
Mag. Juan Luis Orrego (PUCP)

Moderador: Sr. Juan Miguel Espinoza (PUCP)


MIÉRCOLES 27
Auditorio de Humanidades PUCP

MESA 4: El Inca Garcilaso de la Vega y las crónicas de la conquista del Perú y de México.
09.30 hrs. – 11.00 hrs.

Moderador: Sr. Oscar Cáceres (PUCP)

Diana Roselly Pérez Gerardo (Universidad Nacional Autónoma de México)
Garcilaso de la Vega y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.
Jesús Salazar Paiva (Pontificia Universidad Católica del Perú)
El contraste como argumento para la historia: la utilidad de la correlación entre Pedro de la Gasca y Francisco de Toledo en la Segunda parte de los Comentarios Reales.

Comentaristas: Dra. Liliana Regalado (PUCP) y Srta. María Lucia Valle (PUCP).

MESA 5: Sociedad, mestizaje e identidad cultural en el periodo colonial.
11.15 hrs. – 13.15 hrs.

Moderador: Sr. Christopher Cornelio (PUCP)

Jorge Luis Rojas Runciman (Pontificia Universidad Católica del Perú - Universidad Nacional Federico Villarreal)
Los bailes del Señor: un breve análisis de una danza en Mangas colonial (1662).
Claudio Ogass (Universidad Andrés Bello - Universidad de Chile)
El proceso de blanqueamiento social de Blasa Díaz, siglo XVIII.
Daniel Osvaldo Moreno-Bazaes (Universidad Nacional Andrés Bello, Chile)
Un cargamento de muerte, horrores y desolación. La llegada del Navío San Pedro Alcántara y la peste de la viruela al Obispado de la Concepción (1785).

Comentaristas: Dr. José de la Puente Brunke (PUCP) y Lic. Eduardo Barriga (PUCP).

MESA 6: Independencia y transición del mundo colonial al republicano en Colombia.
15.30 hrs. – 17.00 hrs.

Moderador: Sr. Ronald Reyes (PUCP)

Judith Andrea Forero Vargas (Pontificia Universidad Javeriana, Colombia)
La ciencia como justificación de la hegemonía de los criollos de la generación independentista y de sus descendientes, las élites gobernantes, en el territorio de la Nueva Granada.
Daleth Restrepo Pérez (Universidad Nacional de Colombia)
Fiesta y poder: transición del mundo festivo de lo colonial a lo republicano.

Comentaristas: Dr. Jesús Cosamalón (PUCP) y Sr. Alonso Campos (PUCP).


MESA MAGISTRAL:
La fiesta del sabor peruano. Gastronomía, identidad nacional e historia del Perú

18.00 hrs. – 20.00 hrs.

Panelistas:
Sra. Rosario Olivas Weston, Historiadora e Investigadora
Srta. Mariela Balbi, Periodista e Investigadora
Sra. Sandra Plevisani, Especialista en Gastronomía
Mag. Alejandro Málaga, UNAS-Academia Peruana del Pisco

Moderador: Sr. Ricardo Bracamonte (PUCP)


JUEVES 28
Auditorio de Humanidades PUCP

MESA 7: Procesos en la historia política contemporánea del Perú.
09.30 hrs. – 11.30 hrs.

Moderador: Sr. Abel Tiravanti (PUCP)

Julio César Abanto Chani (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
La Universidad de San Marcos y la Guerra del Pacífico.
Carlos Javier López Medina (Universidad Nacional Federico Villarreal)
El movimiento gremial peruano y las relaciones peruano-chilenas bajo el gobierno de Guillermo E. Billinghurst.
Cayetana Adrianzén Ponce (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Las elecciones de 1950.

Comentaristas: Dr. Carlos Chávez (PUCP) y Sr. Juan Miguel Espinoza (PUCP).

MESA 8: Aproximaciones a la historia de Colombia desde el arte y el urbanismo.
11.45 hrs. – 13.15 hrs.

Moderador: Srta. Daniela Hernández (PUCP)

Rayiv David Torres Sánchez (Pontificia Universidad Javeriana, Colombia)
Martirio y Mortificación en la Iconografía del Barroco Colonial: Ontología Religiosa de los Siglos XVII y XVIII.
Oscar David Sánchez Torres (Pontificia Universidad Javeriana, Colombia)
El desarrollo urbano de Bogotá de 1950.

Comentaristas: Dr. Joseph Dager (PUCP) y Sr. Ricardo Bracamonte (PUCP).

MESA 9: Las contradicciones del proceso de Independencia en las regiones de Hispanoamérica.
15.00 hrs. – 16.15 hrs.

Moderador: Srta. Alejandra Cuya (PUCP)

Jorge Luis Vallejo Castello (Pontificia Universidad Católica del Perú)
El hombre entre dos mundos: Don José Tadeo Efio ¿un norteño virreinal o republicano? Historias locales entre el siglo XVIII y el siglo XIX.
Lady Amadis Bolaños Vallejo (Universidad de Nariño, Colombia)
Subordinación bajo el signo de la religión y el comportamiento autónomo de San Juan de Pasto, pueblo en contravía de la independencia.

Comentaristas: Dr. Antonio Zapata (PUCP) y Sr. José León-Barandiarán (PUCP).

MESA 10: Movimientos sociales y justicia en América Latina contemporánea.
16.30 hrs. – 18.00 hrs.

Moderador: Sr. César Bonilla (PUCP)

Julián José Galvis Parra (Pontificia Universidad Javeriana, Colombia)
El proceso de nacimiento del comité regional indígena del Cauca – CRIC (1971-1975).
Lizeth Wendy Limachi Mamani (Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia)
Justicia comunitaria y sus efectos en el Estado boliviano.

Comentaristas: RP. Jeffrey Klaiber SJ. (PUCP) y Sr. Juan Pablo Ronco (PUCP).

MESA MAGISTRAL:
Clima e Historia: desafíos del medio ambiente en la historia del Perú
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18.30 hrs. – 20.00 hrs.

Panelistas:
Dr. Fernando Rosas (URP- PUCP)
Dr. Lorenzo Huertas (URP)
Dr. Carlos Carcelén (UNMSM-URP)
Mag. Lizardo Seiner (UL)

Moderador: Sr. Víctor Álvarez (PUCP)


VIERNES 29
Auditorio de Humanidades PUCP

MESA 11: Centenarios de independencia y conmemoraciones en Hispanoamérica.
9.30 hrs. – 11.30 hrs.

Moderador: Sr. Rolando Iberico (PUCP)

Luisa Miranda García (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México)
El Porfiriato: Centenario de la Independencia.
Mauricio Albeiro Montoya Vásquez (Universidad Nacional de La Plata, Argentina)
Historia vs. Memoria. Miradas y disputas en torno al primer centenario de la independencia de la República de Colombia.
Luis Carlos Malca Caballero (Pontifica Universidad Católica del Perú)
El 8 de septiembre: la apoteosis de Leguía.

Comentaristas: Dra. Cristina Mazzeo (PUCP) y Sr. Víctor Álvarez (PUCP).

MESA 12: Socialismo, comunismo y movimientos sociales en México y Perú.
11.45 hrs. – 13.15 hrs.

Moderador: Sr. Christopher Cornelio (PUCP)

Liliana Tapia Ramírez (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México)
El estigma del comunismo como discurso de represión: El caso del movimiento ferrocarrilero en México.
Michael Iván Mendieta Pérez (Universidad Nacional Mayor de San Marcos-Pontificia Universidad Católica del Perú)
Basadre, Mariátegui y el Socialismo.

Comentaristas: RP. Jeffrey Klaiber SJ. (PUCP) y Lic. Adrián Lerner (PUCP).

MESA 13: Mujeres, poder y género en la historia del Perú.
15.15 hrs. – 17.15 hrs.

Moderadora: Sra. Karen Poulsen

María Lucia Valle Vera (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Símbolos de poder de las Coyas.
Juan Miguel Espinoza Portocarrero (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Estereotipos de género y proyecto modernizador en la República Aristocrática. La imagen de hombres y mujeres en la revista Variedades (Lima, 1908)
Víctor Emilio Álvarez Ponce (Pontificia Universidad Católica del Perú)
La esperanza y el orgullo en la década de los 80's. La Era de Oro del Vóley Peruano.

Comentaristas: Dra. Claudia Rosas (PUCP) y Srta. Sandy Miyagussuko (PUCP)


MESA 14: El Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia a través de sus 20 años
17.30 hrs. – 18.30 hrs.

Panelistas:
Dra. Liliana Regalado de Hurtado (PUCP)
Sr. César Bonilla (PUCP)
Srta. Daniela Hernández (PUCP)

CEREMONIA DE CLAUSURA
18.30 hrs. – 19.15 hrs.

Dr. Miguel Giusti, Jefe de Departamento de Humanidades
Dra. Claudia Rosas Lauro, Profesora Asesora
Sr. Diego Luza, Coordinador Comisión Académica
Sr. Víctor Álvarez, Coordinador Comisión de Logística
Srta. Sandy Miyagussuko, Coordinadora Comisión de Economía

Número artístico: Srta. Danitse Palomino (PUCP)

Cóctel de clausura

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Calle del Milagro, entre Azángaro y Abancay

Milagro (cuadra 4 del jirón Ancash).- El 27 de noviembre de 1630, casi al mediodía, cunado seguían celebrándose las fiestas por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos de Austria, hijo del rey Felipe IV y heredero de la corona española, un terremoto sacudió la ciudad de Lima. Fue entonces que, según Juan Alberto Suardo, en su Diario de Lima, nos cuenta: “En la iglesia de San Francisco ocurrió un caso muy milagroso, y fue que una imagen de bulto de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, que estaba encima de la portada de la capilla de la cofradía de la misma advocación, que cae al cementerio de la iglesia, y estaba con la cara vuelta al dicho cementerio, cuando empezó a temblar se volvió con la cara hacia la capilla mayor de la dicha iglesia de san francisco, de que siendo advertidos los religiosos que estaban en ella se fueron allá con otras muchas personas y se pusieron de rodillas delante de la dicha imagen y empezaron a cantar los dichos religiosos, la antífona ordinaria Tota pulcra est, que esta sagrada religión acostumbra a cantar en honra de la Limpia Concepción de la Virgen Santísima. A vista de todos la dicha imagen poco apoco se fue volviendo a su lugar, y habiéndose divulgado el caso por toda la ciudad, todo el día hasta las diez de la noche había número infinito de gente de todos estados a ver la santa imagen. A 3 de diciembre, el virrey Conde de Chinchón visitó la imagen, la que ha hecho tres o cuatro milagros en dar salud de repente a los enfermos, por lo que concurre mucha gente a venerarla y se han recogido ya más de mil pesos para su adorno”.

Pedro Peralta y Barnuevo, en su libro Lima Fundada, recuerda también el suceso milagroso: “Erigiósele luego (a la imagen) en el mismo lugar una Basílica o Capilla magnífica, quedando la sagrada imagen en el sitio que ocupaba, que es hoy del altar mayor de la misma capilla, la cual tiene otros colaterales de suntuosa dorada escultura… Frecuéntase con ardiente devoción y se celebra en ella en cada año un octavario de misas y sermones con ornato de singular grandeza”. El asombroso suceso fue también reseñado por el sacerdote jesuita e historiador Rubén Vargas Ugarte: “comprobado por otros testimonios, dio origen a la Iglesia del Milagro, que aún subsiste en el mismo lugar. El incendio que en 1835 destruyó el antiguo edificio, respetó la imagen, una de las más veneradas por los limeños de otro tiempo”. En resumen, esta calle fue llamada así por la Capilla del Milagro, erigida dentro de los terrenos del Convento de San Francisco, en el mismo sitio donde la tradición cuenta que la imagen de la Virgen hizo el milagro de controlar el sismo de 1630 que sacudió nuestra ciudad. Asimismo, en esta calle se encontraba la casa donde nació y murió el ex-presidente Nicolás de Piérola.

Pelota (cuadra 6 del jirón Camaná).- Su nombre se debe a que aquí funcionó un lugar para el juego de Pelota Vasca, al que los limeños eran muy aficionados. El historiador Guillermo Lohmann cuenta que el local estuvo administrado, hacia 1634, por el autor de comedias Manuel de Ribera. Ojo que también hubo otro juego de la pelota en la calle de las Comedias de san Agustín. El virrey Gil de Taboada y Lemus mandó cerrar todos estos lugares de deportes porque originaban disturbios y apuestas ruinosas.

Pólvora (cuadra 3 del jirón Cangallo).- Dicen que la pólvora que se fabricaba en el Perú fue considerada, en varias oportunidades, una de las mejores del mundo. El primer molino de pólvora lo fabricó, al pie del cerro San Cristóbal, Pedro del Castillo allá por 1626. Luego hubo otro cerca de las lomas de Amancaes y otro en el barrio de Malambo, propiedad del coronel Juan Bautista Palacios, alcalde de Lima en 1719. El nombre de esta calle data de finales del siglo XVIII, cuando el comerciante Juan Miguel Castañeda abrió en esta cuadra una fábrica de pólvora, que se hacía con salitre de Tarapacá, que funcionaba a través de cinco molinos movidos por las aguas del río Huatica.

Polvos Azules (hoy Alameda Chabuca Granda).- El 12 de febrero de 1573, un zurrador o surtidor de cueros, Gaspar de los Reyes, inventó un método para teñir de azul los cueros. Por ello, presentó una solicitud al Cabildo para que le otorguen una licencia de cuatro años para teñir de color azul los cordobanes . De esta manera, el Cabildo acordó: “porque el dicho Gaspar de los Reyes sea gratificado del trabajo e industria con que ha salido, ninguno en esta ciudad ni en su jurisdicción no pueda teñir cueros de azul sino el dicho Gaspar de los Reyes; y que esto sea en los tres primeros años siguientes y no más, y que después puedan todos teñir libremente”. Como el zurrador tuvo su local de venta de cordobanes en esta calle, toda la cuadra tomó el nombre de Polvos Azules.
(Nota: el cordobán es el cuero de cabra o macho cabrío de alta calidad, muy ligero y suave, que se obtiene mediante la curtición vegetal con sustancias especiales, entre ellas los taninos obtenidos a partir del zumaque. Estos taninos presentan una resistencia mayor a la oxidación que el resto de taninos vegetales, lo que mantiene el color de la piel por más tiempo. Además, permite una mayor penetración de los colorantes, por lo que este cuero se utilizó como base para los cueros repujados y policromados).

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Calle de Gato

Gato (cuadra 4 del jirón Azángaro).- Hay una versión que ha querido derivar el nombre de esta calle al vocablo quechua “catu”, que significa pequeño mercado de abastos que estaba cercano. Sin embargo, la opinión más cimentada nos dice que en esta cuadra vivió el oidor Francisco Álvarez Gato, quien también ejerció como regidor de la ciudad de Lima. Vino al Perú en los tiempos del virrey Conde de la Monclova y, en 1699, ocupó otro cargo político: corregidor de Huarochirí. Finalmente, tenemos la versión de Ricardo Palma, quien nos dice que el apellido Gato fue el de un adinerado boticario de la ciudad, quien también habría morado en esta cuadra.

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Calle de los Huérfanos

Huérfanos (cuadra 7 del jirón Azángaro).- En 1613, ya se le conocía como “Cuadra de los Niños Huérfanos”. Hacia 1603, vivía en Lima un siervo de Dios llamado Luis de Ojeda (que se hacía llamar “Luis Pecador”), quien trató de establecer un hospital para negros. Con las limosnas que obtuvo, compró el sitio para su construcción. Pero su confesor, el franciscano Juan de la Roca, lo persuadió para que su hospital lo dedicara a acoger niños expósitos, ya que había presenciado la horrenda imagen de perros comiendo cadáveres de esas criaturas. Así, con nuevas limosnas se estableció este hospital que albergó a los niños huérfanos, y cuyo nombre fue “Nuestra Señora de Atocha”.

Huevo (cuadra 5 de la avenida Tacna).- En realidad, no hay un dato suficientemente serio que explique el curioso nombre de esta calle. Solo tenemos la versión que, en tiempos del virrey Conde de Superunda, a pocos meses de los terribles terremoto y maremoto de 1746, se encontró en esta calle un corral de gallinas donde salió, de un cascarón, un basilisco o pollo fenomenal . Tal fue la noticia, que muchos limeños –alarmados- fueron a visitar el corral (Nota: Existe una antigua creencia que, ocasionalmente, las gallinas ponen un huevo pequeño. Estos deben ser destruidos y quemados para evitar que nazca el basilisco, un pollo con forma de serpiente. Este animal traería desgracias. Al nacer, busca un rincón de la casa y mata con la mirada a las personas que lo ven. Para conjurar el mal es necesario tener espejos en todas las habitaciones, pues cuando el “monstruo” ve su propia imagen muere de inmediato).

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Calle Judíos en la primera mitad del siglo XIX

Judíos (cuadra 2 del jirón Huallaga).- Se llamó así a partir de 1613 cuando, según el padre Bernabé Cobo, cronista de Lima, colocaron en la mampara de la Catedral, correspondiente a esta calle, una pintura del suplicio de los judíos por la Santa Inquisición, y que causaba una conmoción religiosa a la gente que transitaba por allí. Asimismo, existe la versión que en la puerta lateral de la Catedral que daba a esta calle se colocaban tablillas con los nombres de los judíos acusados de herejía. Por su lado, Manuel Atanasio Fuentes indica que en esa puerta, llamada “Judíos”, no solo estaban los nombres sino las figuras de los judíos herejes; agrega, que “estuvieron colocadas hasta hace pocos años” (y esto lo escribió Fuentes en 1850).

Mariquitas (cuadra 3 del jirón Moquegua).- Según Ricardo Palma, allá por el año 1758, vivía en Lima el alférez Basilio García Ciudad, quien improvisó la siguiente décima a tres señoritas, de nombre María, que vivían en esta calle:

Mi cariño verdadero
Dijera a alguna de las tres,
Mas lo fuerte del caso es
Que yo no sé a cuál más quiero.
Cada una es un lucero,
Las tres por demás bonitas,
Congojas dánme infinitas,
Y para hacer su lección
No atina mi corazón
Entre las tres Mariquitas.

Otra versión aclara que en esta calle vivían Mariquita Villa Díaz (mujer muy agraciada y dueña de una tienda muy surtida) Mariquita Dalón (también dueña de una tienda y muy agraciada), Mariquita Antonia Cándara (hermosa dama y dueña de una casa), Mariquita Castín (otra bella mujer que tocaba el arpa) y Mariquita Soria (Una dama llena de virtudes y gracia). Por ello, el vecindario llamó a esta calle de las “Cinco Mariquitas”.
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Postal de la calle Mariquitas a inicios del siglo XX
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Acequia Alta (cuadra 5 del jirón Caylloma).- En este tipo de calles, que se ubicaban en los límites de la Lima colonial, confinantes con el campo, solían establecerse fondas, hosterías o tambos para el descanso, alimentación o alojamiento de los viajeros. Por ejemplo, el famoso “Tambillo”, ubicado al laso izquierdo de la iglesia de San Marcelo, era uno de ellos. De aquel tambo se iniciaba el camino hacia el Callao. Como esta calle era de “travesía”, corría por ella una acequia para el uso del vecindario (limpieza de utensilios y riego de sus huertas). El nombre de “Acequia Alta”, que se consolidó a principios del siglo XVIII, era porque la acequia discurría en un suelo alto o elevado en relación a las calles de la zona.

Afligidos (cuadra 1 del jirón Caylloma).- Entre las varias versiones sobre el origen del nombre de esta calle, rescatamos dos que serían las más “serias”. La primera corresponde a José Gálvez quien recuerda que, según el poeta limeño Aciselo Villarán, el nombre viene porque, a raíz de un terremoto ocurrido en Lima, en esta calle se refugiaron muchos vecinos; sus clamores de congoja y espanto dieron el nombre de “afligidos” a la calle. La otra versión corresponde a José de la Riva-Agüero, quien cree que el nombre viene de la imagen del Señor de los Afligidos, cuya capilla se ubicaba en esta arteria. Cabe añadir que en la iglesia de La Merced había otra imagen de este Cristo que los mercedarios trajeron de España, y que luego también se le llamó “Cristo de la Conquista”. Cabe destacar que en esta calle nació Francisco Bolognesi, héroe de Arica.

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Calle de Afligidos, según grabado de Leonce Angrand (1838)

Ancha (cuadra 13 del jirón Miro Quesada).- Esta calle, trazada y abierta a finales del siglo XVIII, quedó lista para el tránsito en 1870, cuando se derribaron las murallas de Lima. Su nombre le vino porque su anchura era mayor que las angostas calles de los alrededores; también se le llamó “Nueva”.

Animitas (cuadra 6 del jirón Moquegua).- Es posible que su nombre provenga de la existencia de una efigie religiosa en cuya alcancía de recolectaba limosnas para redimir las almas del Purgatorio.

Callejón del Gigante (cuadra 6 de la avenida Emancipación).- En esta calle hubo un callejón donde vivió un joven mestizo de 18 años, llamado Juan Núñez, hijo de un español y de una india, y nacido en Huamanga, que tenía una estatura de tres varas de alto y cuyos pies medían más de media vara . Esto ocurrió en 1630. Por ello, el virrey Conde de Chinchón quiso mandarlo a España como una “rareza” y el gigante murió de pena; solo pudo llegar a la Península un retrato del infortunado joven. Nota adicional: la vara era una unidad de longitud española antigua que equivalía a 3 pies. Dado que la longitud del pie (patrón de los sistemas métricos arcaicos) variaba, la longitud de la vara oscilaba en los distintos territorios de España. La más empleada era la vara castellana (o de Burgos), que medía 0,8359 metros

Capón (cuadra 6 del jirón Ucayali).- Esta calle, en el actual jirón Ucayali, era también una cuadra grande que abarcaba desde el actual jirón Ayacucho hasta el jirón Paruro; lo que significa que comprendía a las actuales sexta y séptima cuadras del jirón Ucayali. Sin embargo, hoy en día llaman solamente Capón, a la parte comprendida entre el Jirón Andahuaylas y el jirón Paruro. Cuentan que, en el siglo XVII, vivió en esta calle un cura de nombre Manuel Loayza, quien tenía como apodo "Capón", lo que dio lugar a que esta calle se conociera con el apodo del mencionado sacerdote desde el siglo XVII, es decir unos 200 años antes de que llegara el primer chino al Perú.

Pero la versión más confiable es la que nos ofrece Luis Antonio Eguiguren en su libro Las calles de Lima (1945): en realidad, Manuel Loayza no era un cura sino un caballero que se casó con María de los Reyes. Ambos, en sociedad con el capitán Juan de Villegas (hermano de Micaela Villegas, La Perricholi), se dedicaron a vender, hacia 1791, en esta calle capones y cerdos. De allí el nombre de la calle. Luego, la calle Capón se dividió en dos, Primera y Segunda Capón, cuando, en 1911, el alcalde de Lima Guillermo Billinghurst formó la calle que hoy lleva su apellido, al abrir el famoso Callejón Otaiza, un lugar hacinado y sucio donde vivían chinos. Por si acaso, "capón" es el pollo campero (de corral) con una carne más fina y de mayor peso que los pollos de corral normales. Se le llamaba "capón" porque se le castraba antes de su engorde (a los cuatro meses), y su aspecto era muy característico: pollos sin cresta (que también se le cortaba), sobrealimentado y sacrificado con un peso de 3 a 3,5 kilogramos. Tenía gran cantidad de grasa entreverada, por lo que su carne era tierna, sabrosa y aromática. En algunos hogares, formaba parte de los platos típicos de Navidad.

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Postal de la calle Capón a inicios del siglo XX


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Plaza de Armas de Lima hacia 1868

A finales de la década de 1850, el polígrafo limeño, Manuel Atanasio Fuentes, presentó a la Municipalidad un proyecto para reemplazar la vigente nomenclatura de calles. Proponía suprimir las designaciones individuales que tenían las cuadras, dando un mismo nombre a cada serie continuada. Las nuevas denominaciones debían corresponder a “personajes y acontecimientos memorables de nuestra historia”. También sugería que la numeración de las puertas debía ser de números pares en una vereda y los impares en la opuesta. Fuentes decía que la detallada nominación por cuadra sobrecargaba la memoria de los limeños y dificultaba la retención de los nombres; también sostenía que muchos de los nombres existentes eran impropios para una ciudad que aspiraba a la prestancia.

Aunque el proyecto de Fuentes no tuvo el respaldo inmediato de las autoridades ediles, el tema quedó en el debate público. Fue así que, en 1861, la Municipalidad de Lima decidió, por fin, establecer un sistema más “racional” que terminara con la maraña de nombres, que si bien fueron aceptados y consagrados en 1786, ya no era compatible con la expansión urbana que se promovía ni con el perfil que exigía una ciudad moderna.

El problema es que en la ciudad se había arraigado una modalidad quizá única entre las ciudades de América Latina: cada tramo, de esquina a esquina, y no de toda la extensión de la carrera, tenía un nombre específico. Según Aurelio Miro Quesada, de ahí surgió el limeñismo de “cuadra” para señalar esa fracción de la arteria. Por ejemplo, lo que en 1861 pasó a llamarse Jirón de la Unión, estaba segmentado en 10 cuadras, cada una con su propio nombre: Palacio, Portal de Escribanos, Mercaderes, Espaderos, La Merced, Baquíjano, Boza, San Juan de Dios, Belén y Juan Simón.

En suma, hasta 1861, cada calle llevaba el nombre que la arbitrariedad popular había sancionado y, haciendo un esfuerzo de síntesis, podía obedecer a determinados “criterios”:
a. Por el edificio más importante de la “cuadra” (iglesia, convento, local de alguna oficina pública)
b. Por el nombre del título nobiliario o del apellido del vecino más importante avecindado
c. Por la ubicación de algún gremio (Plateros de San Pedro, Plateros de San Agustín, Espaderos, Petateros, Guitarreros…)
d. Por alguna originalidad (Peña Horadada, Mascarón, Acequia Alta, Acequia de Islas, Molino Quebrado…)
e. Por algún suceso insólito ocurrido (Milagro, Quemado, Gigante, Huevo, Ya parió…)

Es de suponer que, a falta de una norma ya fijada, estos nombres podían variar cuando los tiempos cambiaban o, en todo caso, arraigarse por el peso de la costumbre. Por todo ello, el Municipio de la ciudad dispuso establecer un nuevo sistema en el que se llamó Jirón a todo lo largo de la arteria. Los que discurrían de Norte a Sur llevarían el nombre de provincias del Perú y los de este a Oeste con el de los departamentos, combinados de tal manera que el Jirón con nombre de provincia se cruzase en alguna intersección con el de su correspondiente departamento. El eje divisor pasó a llamarse Jirón de la Unión, a partir del cual, a uno y otro flanco, arrancaban la numeración de los jirones. Lógicamente, este sistema solo pudo aplicarse al interior del “damero de Pizarro”, abarcado por la muralla colonial hasta 1868.

Esta reforma tuvo sus detractores. Uno de ellos fue Ricardo Palma, quien, en su relato sobre Mogollón, airadamente protestó: hasta que vino un prosaico municipio a desbautizarla, convirtiendo con la nueva nomenclatura en batiburrillo el plano de la ciudad y haciendo guerra sin cuartel a los recuerdos poéticos de un pueblo que en cada piedra y en cada nombre esconde una historia, un drama, una tradición”. El tradicionalista, en La faltriquera del diablo, profetizó el fracaso de la medida: “A pesar de que oficialmente se ha querido desbautizarlas, ningún limeño hace caso de nombres nuevos, y a fe que razón les sobra. De mí sé decir que jamás empleo la moderna nomenclatura: primero, porque el pasado merece algún respeto, y a nada conduce abolir nombres que despiertan recuerdos históricos; y segundo, porque tales prescripciones de al autoridad son papel mojado y no alcanzarán sino con el transcurso de los siglos a hacer olvidar lo que entró en nuestra memoria junto con la cartilla.

En efecto, habría que destacar que este cambio de la nomenclatura de las calles no tuvo el impacto esperado entre los limeños. Por ejemplo, el viajero y médico alemán Ernst Middendorf, que anduvo por Lima a mediados de la década de 1880, dijo lo siguiente respecto a la reforma municipal: No obstante, en esta oportunidad se mostró el poder de la costumbre, pues pese a que los nuevos nombres de las calles eran colocados en todas las esquinas, no encontraron ninguna acogida en el pueblo, y hoy después de 25 años todos usan la antigua denominación.

Nota.- Las entregas de los siguientes días solo darán cuenta de los nombres de algunas calles de Lima, apelando a nuestra arbitrariedad; hemos escogido cuadras con nombres exóticos o curiosos. Cabe resaltar, por último, que una gran fuente de información es el minucioso estudio que realizara hace ya algunos años Juan Bromley (Las viejas calles de Lima), y que hemos utilizado en este pequeño estudio.

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La exposición «Los hilos de la memoria», abierta esta semana en Nuevo México, Estados Unidos, recupera la importancia de la influencia española en Norteamérica (tomado del ABC de España, 18/10/10).

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Retrato de George Washington, por Josef Perovani

Mucho antes de que Buffalo Bill se convirtiera en una celebridad, de que Toro Sentado derrotara a los «blancos» comandados por el General Custer o de que Robert Ford asesinara a Jesse James por un puñado de dólares, los españoles ya habían combatido contra sioux, apaches y comanches y se habían adentrado 3.000 kilómetros, a través de desiertos y cañones hasta arribar a Nuevo México. Aquellos pioneros llegaron a controlar 17 estados, casi las tres cuartas partes del territorio que posteriormente se daría en llamar los Estados Unidos de América.

En español están escritas las primeras crónicas que hablan de su geografía, economía y costumbres. Sin embargo, poco es lo que se conoce de aquellos 309 años de historia compartida, que comenzó en 1513 con la llegada de Juan Ponce de León a las costas de Florida y terminó en 1822. Recuperar la importancia y el alcance de la herencia española en Norteamérica es el objetivo de la exposición «El hilo de la memoria: España y los Estados Unidos» que se abrió el sábado en el «New Mexico History Museum» de Santa Fé (Nuevo México), y viajará con posterioridad a El Paso (Texas) y Nueva Orleans (Luisiana).

Los españoles «han dejado su importante impronta en la cultura, la historia y la vida de Estados Unidos», comentó el embajador del país en España, Alan D. Solomont, en la presentación de la exposición, llevada a cabo en su residencia.

La comisaria de la exposición, Falia González Díaz, del Archivo General de Indias de Sevilla, destacó la importancia de la muestra ya que gran parte de los americanos desconoce el pasado hispano y es «injustamente olvidada en los libros de historia la colaboración de España en la independencia de Estados Unidos».
Solomot recordó que Estados Unidos tiene mayor número de hispanohablantes que España (48 millones de personas, un 15,8% de la población). Destacó, además, sentirse «conmovido» tras su reciente visita a la base española en Afganistán ya que ésta lleva el nombre de Bernardo de Gálvez, militar malagueño que luchó junto a Washington en la Guerra de la Independencia Americana.

La muestra expone 138 documentos originales, entre ellos una carta de George Washington, un informe sobre el pionero Daniel Boone, un mapa del Golfo de México, de 1519, y otro del río Mississippi, de 1699; la cesión de Luisana firmada por Napoleón Bonaparte y una carta autógrafa de Ponce de León informando de su descubrimiento de la «isla de Florida» (el expedicionario llegó a la península buscando la fuente de la eterna juventud, creencia muy extendida en aquella época). También se exponen una ilustración de 1598 de un bisonte (animal cuyo aspecto sorprendió a los españoles, que lo llamaron «vaca corcovada»), así como dibujos de la vida cotidiana de los indios, diario de expediciones, etcétera.

España, la madre patria.- Una de las piezas destacadas en la muestra será el retrato de George Washington del artista italiano Josef Perovani, cedido en préstamo por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que representa la conmemoración de la firma del Tratado de San Lorenzo (o tratado de amistad, límites y navegación), que ambas naciones firmaron en 1795. El gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, se mostró satisfecho porque la exposición se haya inaugurado el 16 de octubre, el día que la capital del estado que gobierna, Santa Fé, cumple 400 años. «La exposición sirve —añadió— para que los americanos tengamos una mejor comprensión de cómo los españoles nos ayudaron a definirnos como país. Para nosotros, España es la madre patria».

Se trata de una exposición que intentará recuperar las huellas de una herencia menospreciada, oculta tras el estigma de la leyenda negra, ese discurso descalificador que ha atravesado la historia nacional durante cinco siglos. La particular lucha entre «cowboys» e indios, «civilización y barbarie», que con tanto éxito recreara el cine de Hollywood, no hizo más que reafirmar el legado anglosajón en detrimento del español. Anglosajón y blanco, porque es sabido que gran parte de los vaqueros no eran caras pálidas al estilo John Wayne o Gary Cooper, sino afroamericanos, como Nate Love, uno de los «cowboys» más célebres de aquella época. Como dicen, «el western es el único género cinematográfico que consiguió escribir la historia en lugar de recrearla».

La muestra, que ya se exhibió con anterioridad en Sevilla, está organizada por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (Seacex), el Ministerio de Cultura y el Museo de Historia de Nuevo México y cuenta con la colaboración de las Embajadas de Estados Unidos en España y de España en Estados Unidos.
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Guerra, finanzas y regiones en la historia económica del Perú.
Carlos Contreras; Cristina Mazzeo y Francisco Quiroz (editores)
Instituto de Estudios Peruanos/ Banco Central de Reserva del Perú
IEP: Historia Económica, 8
ISBN: 978-9972-51-275-9
Páginas: 542
Formato: 14.5 x 20.5 cm/ Encuadernación: Rústica
Nuevos Soles: S/. 50.00


Este libro reúne una selección de catorce ponencias presentadas en el Encuentro de Historia Económica realizado en Lima por la Escuela de Historia de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y por los Departamentos de Economía y Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Incluye ponencias de balance de la historiografía sobre la evolución económica colonial y republicana en el Perú, así como estudios monográficos sobre temas como la economía de la encomienda, los bienes de comunidad de la población indígena, los salarios públicos en el virreinato, el comercio de esclavos en la costa peruana, las finanzas del imperio del Brasil, los costos de la guerra de independencia, la cuestión de la moneda en la postindependencia, la polémica sobre el guano en el siglo diecinueve, la extracción de caucho.

Contenido
INTRODUCCIÓN

BALANCES
1.Veinticinco años de historia económica en el Perú colonial
Cristina Mazzeo
2.La historia económica del siglo XIX en el Perú en los últimos 25 años
Francisco Quiroz Chueca
3.Los estudios sobre la historia económica del siglo XX en el Per
Luis Ponce

ECONOMÍA Y GUERRA
4.El sistema económico tempranocolonial en el Perú: el caso de la región de Huamanga, 1539-1570
Nelson E. Pereyra Chávez
5.Los efectos económicos de la independencia en Arequipa, 1820-1824
Víctor Condori
6.Gresham a caballo: las raíces monetarias de la fragmentación política de la América española en el siglo XIX
María Alejandra Irigoin

FISCALIDAD Y FINANZAS
7.Costos y beneficios de un imperio: fiscalidad y finanzas de Brasil, 1607-1808
Angelo Alves Carrara
8.Salarios en la Caja Real de Lima, siglos XVII-XVIII
Juvenal Luque Luque
9.Tesis y contratesis. Debate sobre la era del guano (avances de una investigación)
Javier Tantaleán Arbulú
10.Control, tributos y supervisión bancaria: historia económica e institucional
Antonio Zapata

PERSPECTIVAS REGIONALES
11.Evolución de los bienes de comunidad en Huaylas entre 1532 y 1610
Marina Zuloaga Rada
12.Dinámica de las economías monacales de la Lima borbónica.
La Encarnación y La Concepción, 1750-1820
Ybeth Arias Cuba
13.El ingreso de esclavos por Paita en el período del asiento de la South Sea Company, 1713-1750
Julissa Gutiérrez Rivas
14.De cómo la región de Madre de Dios se convirtió en la principal exportadora de caucho del Perú en la época del boom (1893-1921)
Julio Gerardo Lossio
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El callejón de La ciudad y los perros

Tomado del ABC de España (11/10/10)

Con más de ocho millones de habitantes, convertida en una urbe caótica y desenfrenada, Lima es distinta a la ciudad en la que Mario Vargas Llosa descubrió a muchos de sus fantasmas. Pero sus calles y sus esquinas pertenecen ya a la cartografía de la literatura universal. Lugares que emanan hasta hoy el mismo aura de «La ciudad y los perros», de «Conversación en La Catedral» de los cuentos iniciáticos de «Los jefes» y la nostalgia juvenil de «Los cachorros».

Centro de Lima.- Recuperada de la decadencia de los años 80, la plaza San Martín es una encrucijada en la biografía de Vargas Llosa. El lugar donde lanzó su fallida carrera por la presidencia de Perú en 1987 es también un paisaje frecuente de sus años universitarios: en su autobiografía, «El pez en el agua», el escritor recuerda el ambiente sórdido del Negro-Negro,un bar con aires de bohemia parisina en los 50 ubicado en las inmediaciones de la plaza. Cerca está también el hotel Bolívar, en cuyo bar, cuenta la leyenda, Varguitas besó por primera vez a Julia Urquides. La intransigencia de su padre y las dificultades de ese amor complicado en la Lima de mediados de siglo dieron más adelante vida a «La ía Julia y el escribidor» (1977).

No muy lejos deambulaba Santiago Zavala, «Zavalita», sumido en la típica gris llovizna de la capital peruana cuando lanzó la inmortal frase de «¿En qué momento se jodió el Perú?» con la que despega «Conversación en La Catedral» (1969), quizá la mejor novela del flamante Nobel de la lengua española. El propio bar «La Catedral» es ya tan sólo una ruina de la vieja Lima colonial en la avenida Argentina.

El casco antiguo de la ciudad acoge aún a la vieja casona de la universidad de San Marcos, la más antigua de América y refugio de las conspiraciones clandestinas de «Zavalita». En la avenida Tacna, ya totalmente abandonadas, están las antiguas oficinas del diario limeño La Crónica,en las que el escritor trabajó como redactor a mediados del siglo pasado.

Cerca a la plaza Manco Cápac, en el populoso barrio de La Victoria, estaba el jirón Huatica de «La ciudad y los perros», la calle de las prostitutas a la que acudían asiduamente los cadetes del Leoncio Prado en sus días libres. Los prostíbulos ya no existen, pero entre el olor a fritanga de la plaza se puede ver aún la estatua del inca en su pedestal, que, como decía el «negro Vallano», apunta con el índice derecho a la antigua avenida de las meretrices.

El Callao.- Bajando por la avenida Venezuela desde el centro de Lima se llega a la provincia portuaria del Callao, un trayecto que el cadete Vargas Llosa hacía en un tranvía que dejó de funcionar hace muchos años. Los amaneceres siguen siendo densos, lluviosos y grises en la avenida Costanera, con ese particular frío que cala hasta los huesos en la capital peruana. y el colegio militar Leoncio Prado es el mismo «minicosmos» del país descrito con brutalidad por Vargas Llosa en su primera novela, un crisol donde convergían los pobres inmigrantes de la sierra llegados a la capital y los niños de la burguesía miraflorina.

Miraflores.- Más al sur, es el barrio de la clase media limeña en el que pasó su juventud Vargas Llosa. El barrio,como recordaba el propio literato en la Tercera de ABC de ayer, era «una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declararse a las chicas». En un apacible pasaje conocido como la «Quinta de los Duendes» Vargas Llosa vivió los primeros meses después de casarse de forma clandestina con Julia Urquidi. La casa está ocupada en la actualidad por los músicos Edson León y Carla Aldana, que se enteraron del pasado del lugar sólo cuando empezarona relacionarse con los vecinos de la quinta. «Definitivamente, el ambiente inspira. Acá hay muchos artistas, a los que les gusta este ambiente acogedor, de la Lima tradicional», contó Aldana a Efe.

Barranco.- Por último, no es sólo el barrio más bohemio de la capital peruana estos días, sino también el hogar limeño de los Vargas Llosa. Ahí celebraron el jueves con champán la hija del escritor, Morgana, y su primo, el cineasta Luis Llosa, el anuncio del Nobel. Por las calles del barrio se puede ver aún al escritor paseando por las mañanas con su habitual disciplina flaubertiana, en las largas temporadas que suele pasar hasta ahora en Lima. En la antigua Ciudad de los Reyes, consagrada ya como la ciudad vargasllosiana por excelencia en la literatura universal.
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El monitor Huáscar con bandera chilena

Un balance del poder naval del Perú en el sigo XIX.- Durante este siglo, el poderío peruano en el mar sufrió diversos altibajos: hubo épocas de una clara supremacía naval frente a los países vecinos, como ocurrió durante las administraciones de Ramón Castilla; y hubo periodos en los que prácticamente dejó de existir nuestra escuadra, como luego de la guerra de la Confederación Perú-Boliviana o una vez concluida la Guerra del Pacífico.

En 1836, al iniciarse las guerras de la Confederación, la escuadra peruana estaba compuesta por 12 unidades operativas: 2 corbetas, 4 bergantines, 3 goletas, 1 fragata y 1 barca. La escuadra chilena, en cambio, estaba conformada sólo por 1 bergantín, 1 corbeta y 2 goletas. Junto con ello, la potencia de fuego de la artillería de los buques peruanos era también mucho mayor. Así, materialmente la escuadra peruana era superior, aunque la situación no era similar en lo referente a la preparación de las tripulaciones. Sin embargo, tres años después, concluida la guerra, la escuadra peruana estaba sólo compuesta por un buque operativo.

A fines de la década de 1840 el Perú pudo ver ya de modo notorio la recuperación de su poder naval, e incluso una clara supremacía en el Pacífico Sur. En 1848 llegó al país el primer vapor de guerra con el que contó la Marina, y cuya incorporación fue decisiva en el logro de esa supremacía. A fines de ese año, los buques de guerra con los que se contaba (bien mantenidos y tripulados) eran los siguientes: el vapor Rímac, con 2 cañones de 68 libras y cuatro de 24 libras; el bergantín General Gamarra, con 16 cañones de 18 libras; el bergantín Almirante Guise, con 12 cañones de 12 libras; y la goleta Libertad, con un cañón giratorio de 9 libras. Además, otros dos buques eran utilizados específicamente para el servicio de guardacostas.

Sin embargo, a partir de la década de 1860 el poderío de la escuadra peruana fue paulatinamente decreciendo. Esta situación generó grave preocupación en muchos jefes y oficiales. Lamentablemente, no se dio una coherente política naval, y los gobernantes de entonces no prestaron la debida atención al Marina. La situación adquirió tintes ya dramáticos en la década siguiente: sólo en los años finales de la misma, y cuando ya era inminente el estallido de la guerra con Chile, se quiso enmendar el rumbo, pero era demasiado tarde.

Al iniciarse la guerra, la escuadra peruana contaba con cuatro acorazados (la fragata Independencia y los monitores Huáscar, Manco Cápac y Atahualpa), dos buques de madera (la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo) y cuatro transportes (el Chalaco, el Oroya, el Limeña y el Talismán). La escuadra chilena, por su lado, estaba compuesta por dos acorazados (el Blanco Encalada y el Almirante Cochrane), seis buques de madera (las corbetas O’Higginis, Chacabuco, Abato, Magallanes y Esmeralda, y la cañonera Covadonga) y seis transportes (Angamos, Rímac, Amazonas, Tolte, Loa y Matías Cousiño). Si nos guiamos simplemente por el número de buques, podría parecer que no existía una gran diferencia entre ambas escuadras. Sin embargo, las características generales y la artillería de los acorazados chilenos revelaban una gran superioridad material frente a las fuerzas peruanas. Además, el mantenimiento y las dotaciones de sus buques eran los adecuados, cosa que no ocurría en el caso de la escuadra peruana. En realidad, nuestra supremacía en el Pacífico la perdimos en 1874 cuando Chile adquirió sus dos acorazados. A nosotros nos faltó buques adecuados en un momento de trascendentales avances en al ingeniería naval, cuando se perfeccionaban los blindajes para poder contrarrestar el poderío de los cañones cada vez de mayor calibre y premunidos de proyectiles perforantes.

En realidad, desde mediados del siglo XIX se había acelerado el ritmo del progreso en cuanto a los avances técnicos en materia naval. Y ese desarrollo fue mucho más acelerado a partir de la década de 1870: las últimas tres décadas del siglo presenciaron un gran progreso en ese ámbito, que no pudo ser aprovechado por el Perú. En esos años, sólo Argentina, Brasil y Chile fueron las naciones sudamericanas que se integraron en ese ritmo tan vertiginoso de desarrollo naval. Al iniciarse la década de 1870, el Perú estaba padeciendo una grave crisis fiscal, y en las dos décadas posteriores todos los esfuerzos estuvieron dirigidos hacia la tarea de reconstruir el país tras la derrota con Chile, con lo cual no alcanzaron las fuerzas para lograr una verdadera recuperación del poderío bélico perdido, lo cual sólo se conseguiría ya bien entrado el siglo XX.

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Los restos de Miguel Grau son llevados a la Cripta de los Héroes (sus hijos acompañan el féretro)
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La fragata "Amazonas"

Un buque de guerra solo tiene una función: trasladar un armamento, de determinado peso, a un lugar también determinado. El vocablo “buque” es genérico y designa a cualquier tipo de embarcación, y fueron muy diversos los tipos de buques que integraron la Marina peruana en el curso del siglo XIX. Pero antes de entrar en los que integraron la Marina, hay que mencionar que el siglo XIX fue testigo, hacia la década de 1840, del triunfo de la de la propulsión a vapor frente a la tradicional navegación a vela. Fue la gran revolución en el ámbito de la navegación; fue el “gran personaje” del transporte junto al ferrocarril: los dos símbolos del progreso.

El primer buque de guerra peruano fue la goleta Sacramento, capturada por los patriotas a los realistas (1821) y denominada Castelli por San Martín. Todavía no se había creado oficialmente la Marina de Guerra del Perú pero fue el primer buque donde flameó la bandera peruana.

A lo largo de 1821, la escuadra patriota fue creciendo con otras capturas de buques realistas, como el bergantín Pezuela (más tarde llamado Balcarce) y las fragatas Protector y Guayas. Creada la Marina, San Martín puso los buques de la escuadra al mando del contralmirante Blanco Encalada y se compró la corbeta Thais, la que bautizó como Limeña. Cuando se termina la independencia, se produjo una reducción de la escuadra peruana. En 1826 sólo había 7 buques: la fragata de guerra Protector, la fragata de transporte Monteagudo; las corbetas Salom y Limeña, el bergantín Congreso, y las goletas Peruviana y Macedonia. El paso de los años, los problemas económicos y sus efectos en el mantenimiento de los buques motivaron que muchos derivaran en inservibles. Así, en 1830, la Marina solo contaba con 4 buques de guerra: la corbeta Libertad, el bergantín Congreso y las goletas Arequipeña y Peruviana. Y dos eran los buques de transporte de la Armada: la fragata Monteagudo y la corbeta Independencia.

Fue Ramón Castilla el que le dio a la Marina la importancia que le correspondía. Dispuso la compra de la fragata Mercedes, los bergantines Guise y Gamarra, las goletas Peruana y Héctor, al igual que el buque de transporte Alayza. Las compras de Castilla respondieron a plan destinado a dotar al país de un gran poderío naval y convertir a la Marina en una institución que desarrollara labores de eficiencia. Esta política lo llevó a disponer el viaje de una comisión de estudios a Inglaterra, y de otra a los Estados Unidos, con el fin de que los miembros de las mismas pudieran profundizar en sus conocimientos navales como a analizar las posibles adquisiciones de buques.

Así, se llegó a la convicción de dotar a la Armada peruana de vapores de guerra. El Rímac fue el primer buque de guerra a vapor adquirido por una Marina de América del Sur. El 27 de julio de 1848 llegó al Callao, dotado de 6 cañones, tras haber recibido en el puerto chileno de Talcahuano a la guarnición militar allí enviada desde el Perú. Su llegada concitó gran expectación y las noticias de su viaje desde Norteamérica causaron enorme interés. Al amanecer del día de llegada, Castilla estaba en el Callao. Esta compra fue el mejor símbolo del desarrollo que por esos años adquirió nuestra Marina. Antes de terminar su primer gobierno, Castilla encomendó otra adquisición: la construcción de la fragata mixta Amazonas. Su propulsión era a vapor y a vela; no era un buque de ruedas, como el Rímac, sino de hélice.

El sucesor de Castilla, José Rufino Echenique, continuó con esta política y dispuso una comisión que viajara a Inglaterra para adquirir más buques para la Armada. Se adquirió uno importante y de gran tonelaje: la fragata mixta Apurímac; y dos goletas cañoneras, también mixtas: la Loa y la Tumbes. Los tres buques llegaron al Callao en 1855. Durante el segundo gobierno de Castilla, se compraron los vapores Noel, Lerzundi y Sachaca.

Pero a lo largo de la década de 1860 nuestra flota fue perdiendo poderío. Los gobiernos no le prestaron a la Marina la atención debida. Por ejemplo, cuando estalló el conflicto con España, se tomaron solo medidas de emergencia: se reflotó la fragata Apurímac, se compró el vapor Chalaco y se puso la quilla al monitor Victoria. También se enviaron comisiones a Europa y los Estados Unidos para comprar armamento y buques, sin embargo, la urgencia de la situación no permitió hacer una sana y ordenada adquisición. En Francia, por ejemplo, había dios corbetas mixtas construidas por encargo de los Estados Unidos para la Guerra de Secesión. Pero como el conflicto ya había culminado, se pusieron a la venta y el Perú las compró. Se trataba de dos embarcaciones gemelas, América y Unión, con posibilidades de desplazar 1,600 toneladas. La América llegó al Callao en 1865 al mando del capitán de corbeta Juan Pardo de Zela; la Unión, en cambio, llegó más adelante comandada por el entonces capitán de corbeta Miguel Grau debido a una complicada travesía.

Los célebres Huáscar e Independencia no llegaron a tomar parte de la Guerra con España. Se trató de dos acorazados que constituirían lo mejor de nuestra escuadra al iniciarse la guerra con Chile. El Huáscar llegó comandado por José María Salcedo; la Independencia por Aurelio García y García. Fueron las dos últimas adquisiciones importantes previas a la Guerra del Pacífico, ya que en la década de 1870 se produjeron algunas compras de buques, pero de significación menor. Así, por ejemplo, en Inglaterra fueron construidas (1872) dos pequeñas barcas de madera, Pilcomayo y Chanchamayo, para servir de guardacostas. Luego, el último barco que se incorporó a la Marina fue el célebre Talismán, capturado a los rebeldes pierolistas en 1874 por el Huáscar, comandado por Miguel Grau. Como sabemos, debido al conflicto con Chile, el Perú se quedó sin escuadra.

Después de la guerra, en 1884, el gobierno de Iglesias adquirió el primer barco para iniciar la reconstrucción de nuestra Marina: se trató del vapor Vilcanota que luego fue entregado a la “Pacific Steam Navigation Company” en parte de pago de un vapor de ruedas que se llamaría Perú; luego se adquirió el pequeño vapor Santa Rosa. Pero fue recién en 1889 cuando se incorporó a nuestra escuadra un buque propiamente de guerra: el crucero Lima. El Lima formó parte de la Armada por más de 40 años y los servicios que prestó fueron muy importantes. Este los más significativos estuvo el viaje que realizó a Valparaíso con el fin de repatriar los restos mortales de Grau, Bolognesi y de otros héroes de la guerra que se encontraban enterrados en Chile. También hizo obras de carácter humanitario. En 1939 fue dado de baja, en la selva, abandonándosele en el río Nanay. Fue un final triste de un buque noble y marinero. En 1894, Cáceres, debido al levantamiento que se hizo contra su gobierno, dispuso la compra de dos buques, Constitución y Chalaco.

Cuando se inicia el siglo XX, la primera compra significativa fue la del transporte Iquitos en 1905. Fue utilizado como yate presidencial para los traslados de José Pardo por la costa peruana e hizo viajes a los Estados Unidos y Europa; también fue sede de la Escuela Naval, siendo venido en 1917. Pero ese mismo año, mediante el primer empréstito obtenido por el gobierno peruano luego de la guerra con Chile, y por los fondos recaudados por suscripción popular por iniciativa de la “Junta Patriótica Nacional”, se ordenó la construcción en Inglaterra de dos modernos cruceros que pudieron, por fin, dotar a la Marina de buques de cierta importancia por primera vez luego del trágico conflicto. Los cruceros recibieron ellos nombres de Almirante Grau y Coronel Bolognesi. Prestaron servicio durante 50 años y respondieron a los adelantos técnicos más recientes, tanto en lo referido al diseño y ala coraza, como en lo relacionado al armamento. En Chile las noticias de la compra de estos dos cruceros generaron inquietud y preocupación.

Luego, durante el primer gobierno de Leguía, en 1911, se realizaron varias adquisiciones. Se compraron dos sumergibles, el Teniente Ferré y el Teniente Palacios; asimismo, un antiguo crucero acorazado, el Comandante Aguirre, y el cazatorpedos Teniente Rodríguez, cuyo “récord” fue el haber sido el primer buque de guerra que atravesó el recién construido Canal de Panamá. Leguía siempre demostró preocupación por la Marina y, durante el Oncenio, compró la barca Contramaestre Dueñas y –lo que es más importante- se contrató la construcción de cuatro submarinos, nuevamente en Estados Unidos (los R1, R2, R3 y R4).

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Almirante Guise

El 8 de octubre de 1821 se produjo la creación oficial de la Marina de Guerra por el libertador San Martín, muestra de la importancia que le dio el Protector a los temas navales. Es decir, desde los tiempos del nacimiento de nuestra vida republicana, se apreció de forma muy clara la función cumplida por el mar para los objetivos del bando patriota. El dominio del mar fue el eje de la guerra de la Independencia. El mismo San Martín, desde Argentina y Chile, planeó una forma de llegar al Perú en el que el mar era el elemento protagónico.

Sin embargo, esa clara visión que tuvieron los fundadores de la Independencia respecto a nuestro litoral se fue perdiendo en los primeros años de la república. Hasta la década de 1850, los gobernantes no tuvieron “conciencia marítima”. Y esto ocurría a pesar de que, a mediados del XIX, el mar adquiría enorme importancia cuando Europa y Norteamérica comprobaron el gran valor del guano peruano como abono para su agricultura. Dicha circunstancia originó que de inmediato se produjera en nuestro país un aumento impresionante del tráfico marítimo lo cual incrementó las relaciones del Perú con el mundo de la Revolución Industrial.

Así, con el apogeo del guano, se hizo más evidente el papel del mar en la vida nacional. Pero, a pesar de ello, faltó “conciencia marítima”, como reconoce Basadre. Periodos excepcionales fueron los gobiernos de Ramón Castilla y José Rufino Echenique. Lamentablemente, como lo reconocen casi todos nuestros historiadores, en el momento más trágico que vivió el Perú, en 1879, su debilidad en el mar fue la premisa de la catástrofe. Las terribles enseñanzas de la Guerra del Pacífico originaron que ya, en el siglo XX, el Estado peruano buscara la formación de un poder naval proporcional a la importancia y necesidades de nuestro territorio
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NUESTROS HOMBRES DE MAR.- A lo largo del siglo XIX, se tenía la idea de que el poderío naval no descansaba tanto en el tipo de buque o en el armamento utilizado, sino principalmente en la calidad de los hombres que dirigían o tripulaban una determinada embarcación.

San Martín, con la Escuadra Libertadora, creó el momento histórico a partir del cual nació la Marina peruana. Luego, el temperamento y la audacia de lord Thomas Cochrane, unidos a su permanente beligerancia le dieron la actitud de alerta que debía mantener la institución. Guise, en cambio, al haberse identificado con el Perú, dejó en la Marina un sentido jerárquico, de valor y de notable preparación náutica. Bernardo de Monteagudo, finalmente, inspiró las primeras normas de organización, de acuerdo con las orientaciones de San Martín.

También fue variada la procedencia de los primeros integrantes de la Marina. Había muchos marinos ingleses en las primeras escuadras de América del Sur, ya que la Marina británica tenía un gran número de oficiales que carecían de puesto fijo debido al fin de las guerras napoleónicas. Desde un principio se reconoció como “oficiales del Perú” a todos aquellos que integraron la Expedición Libertadora, tanto en el Ejército como en la Escuadra. Asimismo, hubo el interés de convocar a los jóvenes que reunieran las condiciones para convertirse en oficiales.

Desde la creación de la Marina, hubo la preocupación por formar oficiales peruanos. La fundación de la Escuela Central de Marina (noviembre de 1821) tuvo como propósito establecer el conducto regular a través del cual la Marina recibía a sus nuevos oficiales. Pero, en la realidad, las cosas no funcionaron así: se hizo costumbre incorporar a los buques a jóvenes a los que se instruía de modo práctico hasta convertirse en guardiamarinas. Así, por esta vía “práctica” podía alcanzarse el mismo grado que obtenían quienes egresaban de la Escuela Central de Marina. Esto, a lo largo del siglo XIX, ocasionó manifestaciones de indisciplina y falta de identificación con los ideales nacionales, y perjudicó a que la Marina de Guerra se constituyese en pieza clave de la nueva organización republicana.

1. El modelo educativo.- Fue el británico. El atractivo que ejerció el modelo británico no surgió simplemente por la presencia de muchos oficiales oriundos de esa nación. Por esos años, era muy grande el prestigio que gozaba la Armada británica, sobre todo a partir del triunfo de Trafalgar, con Lord Nelson a la cabeza. Además, era muy rica la tradición marinera inglesa, y el Imperio Británico tuvo como sólido fundamento el dominio de los mares. A ello contribuyó el hecho de que no pocos oficiales peruanos visitaron Inglaterra por largos periodos con el propósito de adquirir buques para la armada peruana y de supervisar su construcción.

2. La educación naval.- Bajo la batuta de su director, Eduardo Carrasco, eran muy variados los cursos que se dictaban en la Escuela de Marina: las matemáticas, la geometría y la astronomía tenían gran importancia, junto con materias prácticas y con otras disciplinas como la Historia. También se implantaban una serie de castigos con distintos grados de dureza: desde el poner de rodillas a quien hubiera infringido una norma hasta el encierro en el calabozo. Pero la vida de la Escuela fue accidentada: debido al desorden político, dejó de funcionar en distintos periodos.

Ramón Castilla restableció en 1849 la Escuela Central de Marina y dispuso que iniciara sus actividades en Bellavista. Asimismo, se realizaron negociaciones con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos para que sus respectivas Marinas admitieran en sus buques de guerra a guardiamarinas peruanos para mejorar su instrucción y adquirir mayor experiencia naval. Aceptaron Francia y Gran Bretaña. Por esos años también se aprovechó, para las prácticas de nuestros guardiamarinas, el viaje de la fragata Amazonas alrededor del mundo, entre 1856 y 1858.

En 1870 fue creada, por disposición del presidente Balta, la Escuela Naval con la denominación que hasta hoy posee y se señaló, de modo específico, que debía ser un centro de formación exclusivamente naval. Se determinó que funcionara en uno de los buques de la escuadra, el transporte Marañón. Su primer director fue el capitán de navío Camilo Carrillo y el plan de estudios de la Escuela siguió siendo bastante similar a los anteriores, con la diferencia que Carrillo era muy conciente de la formación del marino en valores: el espíritu de cuerpo, la disciplina, la valentía y el buen ejemplo. También estableció exámenes privados y públicos. Pero la crisis económica y la guerra con Chile hicieron que los nobles propósitos de Carrillo no llegaran a concretarse.

Luego de la guerra con Chile, en 1988 el presidente Cáceres ordenó la reapertura de la Escuela Naval. Y se le asignó como sede el vapor de transporte Perú, alquilado por el Estado a una empresa privada. Su primer director fue el capitán de navío Gregorio Casanova, cuya gestión se vio condicionada por la casi escasez de recursos económicos. Así fueron egresando de la Escuela las primeras promociones de oficiales de la post-guerra. Al no existir buques de prácticas, estos egresados las fueron haciendo en diversos buques pertenecientes a países amigos como Argentina, Francia, España, Italia y los Estados Unidos. Así, nuestros oficiales emprendieron viajes por Europa, Oriente y la costa pacífica de los Estados Unidos. Hasta inicios del siglo XX, siguió este sistema de prácticas en buques de Armadas extranjeras debido a que la Marina no contaba con buques apropiados para ello.

El gran cambio vino en 1904 cuando el estado peruano firmó un convenio con el capitán de fragata Paul de Marguerye, oficial francés que se encargó de la Escuela Naval. Fue el gestor de una auténtica reorganización de la Escuela: el plan de estudios, características del cuerpo docente, la sede del plantel, normas de funcionamiento y su proyección a la comunidad. La reforma quedó aprobada en 1906. Coincidentemente, ese año, se creó la Compañía Nacional de Vapores, la cual benefició a la Marina de Guerra pues en sus embarcaciones realizaron prácticas numerosos oficiales de la Marina.

Luego, en la década de 1920, la presencia de la Misión Naval de los Estados Unidos, contratada por Leguía, supuso significativos avances en el campo de la educación naval. Por ejemplo, se establecieron los “Cruceros de Verano”, los cuales debían tener una duración aproximada de tres meses, y se revelaron como muy útiles, ya que permitían a los oficiales peruanos tomar contacto con las maniobras que se ejecutaban en escuadras más poderosas, y a la vez, acostumbraban a los alumnos de la Escuela Naval a la vida marinera durante su estancia en el plantel, y no tan solo al regresar al mismo, como ocurría con los viajes de práctica en tiempos anteriores. En suma, la Misión Naval norteamericana hizo posible que nuestra Escuela Naval se convirtiese en un establecimiento modelo.

3. Los oficiales y el personal subalterno: su desarrollo profesional.- La historia siempre destacó el alto nivel de preparación, en líneas generales, de los oficiales de la Marina de Guerra, al igual que su claro sentimiento de los intereses del país. Quizá la etapa de nuestra historia en que ello se vio demostrado fue el la guerra con Chile, durante la cual se hizo trágicamente evidente la diferencia entre la preparación y las virtudes de la oficialidad, por un lado, y por el otro la escasa aptitud del grueso de las tripulaciones subalternas de los buques peruanos. Incluso, testimonios de la época coincidieron en que si bien el nivel de nuestra oficialidad fue superior a sus homólogos del sur, en el caso del personal subalterno el panorama fue distinto: a la impericia y falta de preparación de la mayoría que tripulaban los barcos peruanos, se enfrentó una muy buena preparación y adiestramiento por parte de los chilenos, tanto en el caso de la marinería como, especialmente, en el decisivo nivel de los artilleros (esto se hizo evidente el combate de Iquique cuando Grau se vio en la obligación de utilizar el espolón porque nuestros artilleros no eran capaces de apuntar bien a la Esmeralda de Chile).

Una de las tareas pendientes para el siglo XX fue, precisamente, elevar el nivel profesional del personal subalterno. Esto se materializó, por ejemplo, en 1906 cuando se creó la Compañía peruana de Vapores en la que se preparó el personal subalterno de la Marina ya que no pocos marineros, al igual que el personal de máquinas, adquirieron allí una notable formación práctica que luego demostrarían en la Armada. En lo referente al personal de máquinas, debe destacarse que en los primeros años del siglo XX se inició la costumbre de enviar a Inglaterra a los mejores alumnos de la Escuela de Artes y Oficios con el objeto de mejorar su formación y convertirlos en especializados maquinistas de los buques de guerra de la Armada. En la década de 1920, con la llegada de la Misión Naval de los EEUU, debe destacarse el positivo desarrollo experimentado por el personal subalterno: el establecimiento de un escalafón y la adopción del reenganche, junto con la creación de un Depósito de Marineros anexo a la Escuela Naval, en el cual se les instruía antes de que ingresaran a los buques.



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Por fin se hizo justicia. El gran Mario Vargas Llosa ahora ya es un Nobel de Literatura. Nuestro primer escritor dignifica un premio un tanto venido a menos en los últimos años. No exageramos al decir que es un extraordinario día no solo para nuestra cultura sino para la Historia del Perú. Ampliaremos nuestros cometarios más adelante.

-Nuestra tradición cultural y, en particualr, nuestras letras, desde Garcilaso, pasando por Olavide, Palma, Vallejo, Porras, Basadre, Riva-Agüero, Alegría, Arguedas y tantos otros, ahora puede sentirse dignificada. Nuestro ahora Nobel es tributario de esta tradición; y no olvidemos su relación con la Historia, por eso incluyo en la lista a Porras (de quien fue su discípulo), Riva-Agüero (a quien considera acaso el mejor prosista del siglo XX peruano) y Basadre (de quien admiraba su obra dilatada y "totalizadora").

-Muchos le reprochan cuando pidió sanciones económicas (tras el autogolpe de 1992) a un régimen que terminó siendo autoritario y corrupto, aunque nunca pidió la la suspensión de la ayuda humanitaria. Sí, fue polémico. También podríamos citar su rompimiento con Cuba y la izquierda intelectual, a veces tan acomodadiza e inconsecuente (de lo contrario, como muchas creen, habría ganado el Nobel mucho antes). Lo hizo por convicción, sabiendo las consecuencias que esto iba a desatar.

-Mario Vargas Llosa no escogió la Historia como quehacer académico, sin embargo, a lo largo de su trayectoria intelectual siempre ha estado vinculado a ella como método de investigación para entregarnos grandes novelas. Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta o La fiesta del chivo son algunos ejemplos de un, a veces, colosal trabajo de reconstrucción histórica; incluso en sus memorias, El pez en el agua, o en sus ensayos periodísticos de la serie Piedra de toque, podemos notar lo que llamamos “ejercicio historiográfico”.

Esta inclinación por la Historia, se consolidó por su relación, allá entre 1954 y 1955, con Raúl Porras Barrenechea, cuando tuvo que leer y fichar en la casa del célebre erudito las crónicas de los siglos XVI y XVII. Allí descubriría, como anota en El pez en el agua: "la aparición de una literatura escrita en Hispanoamérica, y fijan ya, con su muy particular mezcla de fantasía y realismo, de desalada imaginación y truculencia verista, así como por su abundancia, pintoresquismo, aliento épico prurito descriptivo, ciertas características de la futura literatura de América Latina".

Como historiador, creo, que el mérito de Vargas Llosa ha sido regalarnos, a través de la literatura, lo que los historiadores siempre hemos soñado realizar: una historia total; un proyecto casi imposible, tal como lo intentó alguna vez Ferdinand Braudel en su libro El meditarráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Esa es, quizá, la sana envidia que tenemos los historiadores hacia los novelistas como el gran MVLL.

Nota.- Es justo reconocer que el primer escritor peruano que fue candidato al premio Nobel de Literatura fue Ventura García Calderón Rey, postulado por intelectuales franceses, allá en 1934.
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Actuales restos de la vieja muralla a la altura del baluarte de Santa Lucía
(blog Lima de siempre)
¿Quedó algo de la antigua Muralla? Fiel a su espíritu utilitario, Meiggs le vio poco potencial a la zona que comprendía el extramuro del Cercado de Indios, y dejó intactos los tres baluartes que comprendían esa zona: Santa Lucía, Puerto Arturo y Comandante Espinar. Los dos últimos baluartes se mantuvieron en pie hasta la década de 1950, cuando empezó a lotizarse toda esa zona. Si el baluarte de Santa Lucía se salvó fue por que en la década de 1960 una familia compró el predio y tiempo después lo donó al hogar “Gladys” y, afortunadamente, no lo ha “canibalizado” como los que poblaron el terreno de los dos baluartes restantes.

En resumen, actualmente, detrás del Camal de Conchucos, en El Agustino, hay unos 150 metros de la Muralla en buen estado de conservación y que la Municipalidad o el Instituto Nacional de Cultura podrían recuperar o poner en valor. Se trata del baluarte “Santa Lucía” y se encuentra en la esquina del Jirón José Rivera y Dávalos con el Pasaje De Los Santos. Para acceder, hay que ingresar al Hogar de Madres Solteras "Gladys" o por una cancha deportiva hacia el lado opuesto. Por su lado, el baluarte Comandante Espinar apenas conserva una parte de sus flancos (Jirón Pativilca); por último, del baluarte Puerto Arturo, también se conserva un fragmento de sus flancos (Jirón República),

¿Y el “Parque de la Muralla”? Hoy los limeños también pueden apreciar algunos de los restos de la antigua Muralla en este lugar recuperado por la Municipalidad de Lima llamado "El Parque de la Muralla", en la margen izquierda del río Rimac (nueva Alameda de San Francisco). En realidad, sobre el muro que se exhibe, hay dos versiones:

a. Los que sostienen que no formó parte de la Muralla, porque esta se hizo con adobe y ladrillos y con base de piedras; en cambio, el muro del “Parque de la Muralla” es de piedras y perteneció a los muros traseros de las viviendas que, en la Lima colonial, se ubicaban en el jirón Amazonas. La irregularidad de este muro, además, se debe a que cada familia levantaba de acuerdo a sus posibilidades los necesarios “tajamares”. Añaden que este pedazo de muro encontrado no pertenecería al amurallado limeño porque, como anotamos más arriba, Lima estuvo protegida por tres de sus cuatro costados. Lo que destacan es que se haya rescatado esa zona, que antes era cementerio de autos viejos y refugio de gente de mal vivir.

b. Pero, como hemos desarrollado más arriba, según el padre Antonio San Cristóbal, lo descubierto en el “Parque de la Muralla” sí correspondió a un sector del muro defensivo de la ciudad, y fue construido de acuerdo a las limitaciones presentadas por el terreno. Explicamos: debido al desnivel existente entre el río y la zona urbana, la muralla se construyó como un talud, apoyado sobre el desnivel, por lo que no se pudo construir de adobe, como el resto de la muralla; esto se hubiera deteriorado con la humedad natural del suelo. En otras palabras, en este sector, la técnica consistió en formar los cimientos con piedras del Rímac, amasadas con cal y tierra. Fuera del grosor del muro, los albañiles dejaron un ancho saliente a cada lado. El muro adosado está construido con ladrillo y piedras amasados con cal y arena en partes iguales. Se trató de una técnica constructiva claramente de finales del siglo XVII, como la que se usó para los cimientos del crucero en la iglesia de San Agustín por esos mismos años. Hoy podemos observar la semejanza de los pilares agustinos con los muros descubiertos en el Parque de la Muralla.
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Puerta del Callao en 1868

Un sistema de control social.- En todo caso, la idea de una estructura de defensa que rodea una ciudad, como una fortaleza, era una reminiscencia medieval, y su presencia fue símbolo del poder español.

Pero, en realidad, respecto a su uso o función, sembró una división en dos espacios: lo intra muros, es decir, lo que estaba dentro de los muros de la ciudad; y lo extra muros, lo que ocurría fuera de los muros o fuera de la ciudad. En otras palabras, a través de estos espacios se intentó controlar la vida económica y social de la capital del Virreinato.

Sus 10 puertas eran las que permitían el control social, o al menos esa era la intención, ya que cualquier persona, por ejemplo, no podía entrar a la Plaza de Armas. Al menos, en los años del Virreinato, las puertas de la ciudad estaban vigiladas, sobre todo de noche. El acceso y la salida estaban restringidos por las noches, en que las puertas se cerraban con la puesta de Sol y se abrían al alba del día siguiente.

Según Juan Manuel Ugarte Eléspuru, de las 10 puertas, ninguna tenía atractivo artístico, excepto la Portada de Maravillas. Era por Maravillas que permitía el acceso a la Plaza de Armas, por lo que era la primera y principal puerta de acceso a la ciudad (quizás por esto era distinta a las otras) y se encontraba en el final del Puente de Piedra o Montesclaros (hoy llamado Trujillo). En nuestra opinión, la portada del Callao, con sus tres puertas, en el Óvalo de la Reina, también tenía algún valor artístico, aunque menor que Maravillas.

En 1740, el sabio limeño Pedro de Peralta Barrionuevo expuso en un tratado las ventajas de esta muralla y cómo se podía transformar la ciudad por la acción defensiva que brindaba. Hasta trece argumentos invocó en apoyo a esta idea, incluyendo, como reseña Lohmann, emplazar ese alcázar en un punto que interceptara el acceso desde el litoral a Lima, o sea e una línea que se ubicaría en la actualidad entre la plaza Dos de Mayo y la plaza Francia.

La Muralla, un problema en el siglo XIX.- Con el tiempo, debido al crecimiento de la población, la muralla marcó otra diferencia peligrosa. La gente que vivía en los extramuros se fue tugurizando y devino en un sector social lumpen. Otro tema era el de la basura. El Reglamento de Policía de 1825 decía que los alrededores de las murallas de esta ciudad por dentro y por fuera se limpiaran y asearan por los presidiarios condenados a trabajar… no permitiendo que en aquellos lugares se boten trapos, colchones de muertos… ni las demás cosas inmundas y despojos domésticos. A esto habría que sumar el hecho de que, hacia 1860, cuando lo limeños ya bordeaban los 100 mil, la muralla ya no podía contener a la ciudad y, de hecho, se convirtió en un freno para su desarrollo.

Por ello, como parte de programas de expansión urbana y construcción de nuevas avenidas, se procedió a su demolición en 1868 durante el gobierno de José Balta. En resumen, a diferencia de la muralla del Callao, la de Lima nunca sirvió para los fines con que fue construida, al punto que Raúl Porras Barrenechea sentenció que "murió virgen de pólvora".

La demolición de la Muralla, 1868-1870.- En realidad, la primera “demolición” de la Muralla ocurrió en 1808, cuando se construyó el Cementerio General, y se necesitó un acceso amplio al nuevo camposanto inaugurado por el virrey Abascal.

Finalmente, como decíamos, en 1868 el gobierno de Balta decidió borrar del paisaje urbano la mole de Palata. Contrató al empresario Enrique Meiggs, quien inició el trabajo sujeto a un plan previo, que consistía en la construcción de grandes avenidas o paseos de corte afrancesado que, a la larga, fueron la Alameda Grau, el Paseo Colón y la avenida Alfonso Ugarte. Como parte del trato, por el que cobró 211 mil soles, Meiggs derribaba la construcción colonial. Pero, como el espacio que ocupaban las murallas no era suficiente para construir avenidas de 50 metros de ancho (las de Circunvalación), Meiggs fue autorizado por el gobierno para adquirir por expropiación forzosa los terrenos complementarios.

Como anota Guillermo Lohmann, Henry Meiggs, arriscado aventurero decidido a explotar una modalidad de lucro con la propiedad inmueble desconocida en el país: comprar a precios bajos para vender a uno superior beneficiándose directamente de alguna mejora ambiental. En el lapso de dos años, tras ofrecerse como único postor, derruyó la cerca por un costo reducido, eso sí a cambio de la concesión de fajas del terreno adyacentes a ella, y que especulativamente habían granjeado una considerable plusvalía al tener ahora por frente la gran alameda de circunvalación, de 50 metros de ancho, al estilo de los bulevares parisienses.
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Parque de la Muralla

La construcción y el recorrido de la Muralla.- El momento llegó en la década de 1680, cuando el Duque de la Palata decidió fortificar la ciudad de Lima (y también Trujillo). En esta ocasión, lo que desencadenó la decisión fue el miedo que generó el ingreso al Pacífico del corsario flamenco Eduardo Davis, quien se unió a otros filibusteros y saqueó Sechura, Chérrepe, Saña, Casma, Santa, Huaura y Pisco. También influyó la toma de Portobelo (Panamá) y la caída de Veracruz (México) en 1683 por parte del filibustero Lorencillo. Por otro lado, sabemos que España, durante los tres siglos que duró el Virreinato, estuvo en guerra con varios países europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia. Cualquiera de sus escuadras podría atacar al Perú, un territorio famoso por sus minas y tesoros.

El cronista Josephe de Mugaburu en su Diario de Lima escribió: “Empezaron a cercar y amurallar esta ciudad con adobes por Monserrat, viernes 30 de junio, día del Apóstol San Pablo, del año 1684”. Los que diseñaron la Muralla quisieron tender un cerco completo alrededor de Lima, sin dejar ningún sector de la ciudad desguarnecido y abierto. Así, establecieron dos recorridos distintos según las características topográficas de los terrenos donde se asentó la Muralla. Con ellos, se completó el encerramiento integral de la capital del Virreinato y de sus huertas cercanas dentro de la muralla. Cuando se terminó la monumental obra, llenó de orgullo a sus constructores y recibió hasta elogios literarios, como los de Pedro Peralta y Barnuevo en su Lima inexpugnable o Discurso Hercotectónico sobre la defensa de Lima.

Según el padre Antonio San Cristóbal (Descubrimientos en la Muralla de Lima, 2003), la Muralla consistía en un muro grueso y alto de trayectoria rectilínea o ligeramente encurvada, al que se anteponían hacia el exterior, al que se anteponían hacia el exterior unos baluartes formados por dos lados cortos, perpendiculares al muro de base, unidos hacia fuera por otros dos lados más largos formando un ángulo puntiagudo. Esa es la imagen de la Muralla que podemos observar en los planos antiguos de Lima, especialmente en el de Pedro Nolasco, dibujado en 1686. Para esta construcción se requería un terreno llano y continuo, y, además, lo suficientemente ancho.

Esto cambiaba en el trayecto del cauce del río Rímac, en el sector comprendido entre el actual Jirón Ayacucho y la parte baja del convento de Santo Domingo. Aquí la Muralla tuvo que asumir otra disposición porque el terreno era distinto; además, ya existían viviendas situadas entre el convento de San Francisco y el barranco del río. Estas casas ribereñas, con sus huertas traseras, no dejaban espacio libre inmediatamente cercano a la barranca del río. Para resolver esa dificultad, los diseñadores decidieron excavar el declive inclinado de la ribera del Rímac formando la plataforma intermedia entre los tajamares del cruce del río y la plataforma alta de la ciudad y, después de ello, levantaron el muro de la Muralla adosado al corte vertical del terreno así formado.

En resumen, según el padre San Cristóbal, hubo dos clases de Muralla:

a. La Muralla exenta.- Comprendía todo el amplio sector de la Muralla alzada sobre un amplio terreno horizontal, en el que se distrubuían cómodamente el ancho y alto muro de cerco con sus baluartes poligonales antepuestos en la cara externa.

b. La Muralla adosada.- Se extendía por el sector urbano colindante al río y comprendía entre los jirones Ayacucho y Rufino Torrico, con el Puente de Piedra incluido en el trayecto. Este corto trayecto de la Muralla, por motivos topográficos, tuvo que ser modificado, tanto en su muro protector como en los baluartes.

Dice José Barbagelata (Cuarteles y barrios de Lima en 1821) que la ubicación de las murallas que la ubicación de las murallas coincidía aproximadamente, en la Lima de hoy, con los siguientes lugares: Jirón Comandante Espinar, Avenida de Circunvalación, Avenida Grau hasta el ángulo suroeste de la Penitenciería , el cruce del Jirón Chota entre la avenida Bolivia y el Jirón Ilo y el tramo de la avenida Alfonso Ugarte desde el Instituto del Cáncer hasta Monserrat; añade: “Como aún quedaban muchos terrenos rústicos dentro del ámbito de los muros, en la condición de huertas, muladares y solares a medio construir, era largo el periodo que se necesitaba para llenar toda la superficie urbana. En efecto, hubieron de transcurrir dos siglos para que la ciudad sintiera las primeras necesidades de su falta de espacio edificable”.

A grandes rasgos, la muralla estuvo ubicada en el trazo de las actuales avenidas Alfonso Ugarte, Paseo Colón, Grau y la margen izquierda del río Rímac. Por su disposición, describían una especie de triángulo con el lado más abierto hacia el río Rímac. Tenían un perímetro de unos 11,5 kilómetros (14 mil varas castellanas) y la altura máxima del muro alcanzaba 5 metros sobre el nivel del terreno; contaba, además, con 34 baluartes.

Finalmente, 10 puertas o portales permitían el ingreso a determinadas zonas de la ciudad:

1. Monserrate
2. Callao
3. San Jacinto
4. Juan Simón
5. Guadalupe
6. Santa Catalina
7. Cocharcas
8. Barbones
9. Maravillas
10. Martinete

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Puerta de Maravillas en la década de 1860

¿Se justificó tremendo esfuerzo? Varios historiadores han subrayado lo inútiles que fueron las murallas en caso de defensa. Incluso, se podría decir lo que alguna vez sentenció el historiador limeño José Antonio de Lavalle en 1859: cualquier construcción de defensa en Lima era innecesaria, ya que "bastaba en caso de apremio, evacuar a las poblaciones a lugares situados al interior, para que el eventual invasor tuviera que contentarse con reducir a cenizas el caserío, o se retirara en el caso de que la resistencia fuera de consideración". Esta fue una estrategia de defensa muy simple pero efectiva desde antes de la construcción de la muralla.

Además, los limeños de entonces siempre tuvieron la idea de que los asuntos que preocupaban a España, como la guerra y los piratas, estaban muy lejos de su ciudad como para alertarse. Pensaban que cualquier enemigo de España que quisiera atacar Lima debía cruzar el Atlántico, sortear el peligroso Cabo de Hornos y doblar al Pacífico; luego, encontrar un lugar adecuado donde dejar el barco (o los barcos) y, finalmente, tratar de cruzar un largo desierto sin caballos. El riesgo al fracaso era muy alto; por ello, la Naturaleza era la que permitía disfrutar de una relativa paz en la ciudad. En último caso –pensaban- solo con fortificar el Callao bastaba.

Asimismo, Lima no era un lugar tan expuesto como La Habana, San Juan de Puerto Rico o Cartagena de Indias, que por sus ubicaciones en relación al mar sí estaban con mayor riesgo de un ataque. La Muralla limeña, según Guillermo Lohmann, sus prolongadas líneas horizontales, su endeble estructura (adobe y cimentación muy somera), el escaso armamento que acogían, y hasta su trazado inocente -sin elementos auxiliares de protección o ayuda– son el mejor testimonio de la tranquilidad que se encerraba dentro de estos cinturones defensivos.
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La historia cuenta que la vieja muralla de Lima fue construida entre 1684 y 1687 durante el gobierno del virrey Melchor de Navarra y Rocaful, Duque de la Palata, quien contó con la autorización del Consejo de Indias. La obra quedó bajo la dirección del oficial de artillería de Luis Venegas, corregidor de Saña, del sabio presbítero Ramón Koning y el alarife Manuel Escobar. Su costo bordeó los 700 mil pesos, que fueron financiados por una serie de impuestos especiales ordenados por el Virrey. Según el arquitecto Juan Günther, la obra se hizo con la participación no solo de las autoridades sino también con el concurso de corporaciones, gremios órdenes religiosas, corregimientos e, inclusive, con el aporte de personas adineradas a las que se ofreció títulos nobiliarios. Sin embargo, la pregunta que nos ocupa es ¿por qué se gastó tanto dinero en levantarla? La respuesta inmediata es obvia: por motivos de defensa. ¿Hubo realmente esa necesidad?

Los antecedentes.- La primera noticia de su origen se encontraría en una carta de Francisco Pizarro, fechada el 23 de noviembre de 1537, en la que solicita considerar la conveniencia de erigir una casa fuerte o ciudadela en Lima. Pero en ese momento, el peligro no venía de la costa ni del mar sino de la sierra (un año antes, Lima había sido asediada por las tropas de Manco Inca). Por ello, el proyecto quedó en el olvido.

El segundo antecedente sobre la posibilidad de cercar Lima data de 1618, cuando el Provincial de la Compañía de Jesús, fray Diego Álvarez de Paz, fue al Cabildo y dijo que, en 1615, entraron, por el Estrecho de Magallanes, 5 navíos holandeses que, desde las costas de Chile hasta Guayaquil, habían sondado puertos, mirado las ensenadas y trazado mapas de la tierra, ofreciendo a los indios liberarlos de la opresión, al igual que a los negros esclavos; incluso, algunos de los intrusos habían sido tratado amablemente por los negros quienes los habían sentado en sus mesas. Los miembros del Cabildo resolvieron poner a conocimiento del Virrey lo expuesto por el fraile jesuita. Lo cierto es que seis años después, en 1624, apareció en el Callao la escuadra holandesa al mando del almirante Jacobo L´Hermite con el propósito de saquear Lima. Después de cinco meses de asedio y muerto el Almirante holandés, los invasores tuvieron que huir por la resistencia opuesta por el virrey Marqués de Guadalcázar.

El asedio de L´Hermite y los anteriores ataques de piratas hicieron renacer la idea de cercar Lima, una ciudad vulnerable por no tener ninguna defensa y estar cerca del mar. Además, se decía que no era suficiente con fortificar el Callao, porque si el enemigo en lugar de traer poca cantidad de gente (como habían hecho los anteriores piratas) viniera en adelante con 4 ó 5 mil hombres, no tendría dificultad en sortear el Callao y atacar directamente Lima. Por ello, en 1625, un militar de apellido Ferruche escribió un par de trabajos. Uno sobre amurallar y defender Lima y otro sobre la construcción de un fuerte en el Callao, en La Punta. Estos proyectos, según Manuel de Mendiburu, nunca se publicaron.
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Alemania aprovecha el 20º aniversario de su reunificación para realizar el último pago de las indemnizaciones de la Gran Guerra estipuladas en el Tratado de Versalles (tomado de El País, 03/10/10).

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Firma del Tratado de Versalles

Dice el refrán que las deudas del juego son deudas de honor. Las de la guerra, también. Y si no, que se lo digan a la canciller alemana, Angela Merkel, que hoy abonará el último pago correspondiente a las indemnizaciones de guerra que los países vencedores impusieron a Alemania tras su rendición en la Primera Guerra Mundial. Todo quedó plasmado en el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, que de esta manera se podrá dar formalmente por expirado.

Recién terminada la Gran Guerra (1914-1918) -el episodio que el historiador estadounidense George F. Kennan define como "la madre de todos los desastres de siglo XX"- y tras un armisticio firmado en un vagón de tren en Compiègne, la Alemania derrotada suscribió un tratado de paz que entre otras condiciones leoninas imponía a Berlín el pago de fortísimas indemnizaciones de guerra, en concreto 226.000 millones de marcos del Reich, suma que fue reducida poco después a 132.000 millones. Desde entonces, a Alemania le ha pasado prácticamente de todo: se hundió en la depresión, vivió el delirio del nazismo, desencadenó una guerra mundial, fue nuevamente derrotada -y esta vez troceada-, fue escenario mudo de cómo se medían las dos mayores superpotencias de la Tierra, construyó el mayor símbolo de división del siglo XX y luego lo derribó, se reunificó y pasó a ser la locomotora de Europa. En medio de estos avatares, el Tratado de Versalles y algunas de sus cláusulas siempre estuvieron allí.

Y precisamente coincidiendo con el 20º aniversario de la reunificación alemana, la Oficina Federal de Servicios Centrales y Asuntos de Propiedad Irresueltos (BADV en sus siglas en alemán) abonará 70 millones de euros correspondientes a unos bonos emitidos para pagar la deuda. Al cambio actual, Alemania habrá pagado en total unos 337.000 millones de euros.

"¿Pero todavía estamos pagando por la Primera Guerra Mundial?", se sorprende Thomas Hanke, editorialista del diario económico alemán Handelsblatt. Una sorpresa similar a la de la mayoría de la opinión pública alemana. Unos, los más, creían que el Tratado de Versalles era cosa ya de los libros de historia, y otros, los menos, estaban convencidos de que aquello había quedado solventado en la Conferencia de Londres de 1953, cuando a la vista de la monumental deuda contraída por Alemania en la que los intereses superaban largamente al capital, a lo que había que sumar las indemnizaciones de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se decidió reestructurar los pagos que debía realizar la entonces República Federal de Alemania, considerada heredera legal del Reich hitleriano.

Los pagos quedaban perfectamente estructurados y definidos, pero, como suele suceder, los acuerdos de la Conferencia de Londres tenían letra pequeña. Y esta decía que algunas deudas de la Primera Guerra Mundial (unos 3.076 millones de euros de hoy correspondientes a intereses) quedaban en suspenso hasta que Alemania volviera a estar reunificada, algo que en un país destruido física y moralmente, ocupado, dividido y con la guerra fría en sus inicios, parecía más una versión moderna del ad calendas graecas que una previsión realista de cumplimiento total del tratado.

Pero en noviembre de 1989, la historia de Europa dio un giro inesperado cuando miles de berlineses se subieron al Muro y comenzaron a derribarlo. Así, mientras un año después los fuegos artificiales iluminaban la puerta de Brandeburgo a los sones de la Novena sinfonía de Beethoven, celebrando el renacimiento de la Alemania unida, de una manera más discreta, la Administración alemana comenzaba a pagar de nuevo esta parte de la deuda. Pocos suponían entonces en el centro de Berlín que el Tratado de Versalles seguía en vigor. El pasado miércoles, el Ministerio de Finanzas alemán explicaba la operación y añadía que "ya desde los años ochenta se ha pagado además la deuda externa alemana anterior a la guerra mundial". El mensaje es claro. Alemania no se olvida de sus deudas.

"En general, la población alemana está de acuerdo en reparar el daño que ha hecho, si bien hay una notable diferencia entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda", explica Hanke. "Lo que no se acepta tan bien es que se trate de forzar la postura alemana en determinados temas internacionales con el argumento de que 'vosotros iniciasteis la guerra".

Con el pago terminan 92 años de un tratado que algunos de los más reputados historiadores alemanes consideran una chapuza en sus términos económicos. "Que la suma total de las indemnizaciones no fuera fijada por el tratado de paz tuvo consecuencias fatales: la constante incertidumbre sobre el volumen de la indemnización impidió que los potenciales donantes valorasen la solvencia de Alemania, con lo que cerraba la posibilidad de que Alemania pudiera pedir préstamos al extranjero a largo plazo", subraya Heinrich August Winkler en su libro Der lange Weg nach Westen (El largo camino al oeste). Alemania no podía pagar, y al faltar a sus obligaciones en 1923, vio cómo Bélgica y Holanda invadían con 70.000 soldados su cuenca minera. El paro pasó del 2% al 23%; la inflación se desbocó; y el país se precipitó a un abismo social al final del cual esperaba Adolf Hitler. Pero esto, al igual que ocurre desde hoy con el Tratado de Versalles, ya es historia.

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Carlos Donoso y Jaime Rosenblitt (editores)
GUERRA, REGIÓN Y NACIÓN: LA CONFEDERACIÓN PERÚ-BOLIVIANA, 1836-1839
Santiago de Chile: Gobierno de Chile, Universidad Andrés Bello y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2009.


Los textos presentados en este libro invitan al lector a concebir la Confederación Perú-Boliviana y el conflicto bélico que terminó con su disolución, ya no únicamente como un enfrentamiento entre dos o tres naciones, sino como una guerra civil compleja en la que confluyeron causas profundas, situaciones coyunturales e inquinas personales. Aparecen entonces el proceso de desestructuración del antiguo Virreinato del Perú, la formación de lo estados nacionales hispanoamericanos, la integración de la cuenca del Pacífico al comercio mundial, intereses regionales contrapuestos, y lucha entre el liberalismo y proteccionismo económico por imponerse en cada uno de los países involucrados. La Confederación Perú-Boliviana ofrece múltiples perspectivas analíticas y la posibilidad de articular procesos históricos procedentes del pasado colonial, con otros que se expresan en todo su esplendor durante los siglos XIX y XX, incluso, imposibles en la actualiadad. Es por eso que, no obstante su relevancia en la formación de los discursos nacionales, lo menos importante de la guerra de la Confederación Perú-Boliviana es, precisamente, la guerra.
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Los "caballitos de totora" en Huanchaco (tripadvisor.es)

La pesca y la navegación.- Este pueblo no fue de grandes navegantes sino de pescadores, por lo que la navegación estuvo muy ligada a la pesca. Hasta ahora, en el puerto de Huanchaco (este nombre deriva de un ave de plumaje castaño y pecho colorado, propia de la zona), podemos ver a los herederos de los chimú en sus “caballitos” de totora. Hechos de junco (totora), la proa es delgada y curvada hacia atrás, formando punta, con la parte posterior más ancha; miden de 3 a 4 metros de largo. Estos “caballitos” servían para llevar mar adentro a un pescador con sus anzuelos sujetos a una larga soga. El pescador, montado en esta frágil embarcación, cabalgaba por el mar vestido con el uncu y, en la cabeza, llevaba un turbante o una gorra.

Pocos puertos del norte peruano pueden jactarse de mantener viva una tradición, como la de los “caballitos” de totora, que se remonta a varios siglos. Hay leyendas que hablan que algunos pescadores hacían viajes muy largos, montados en sus “caballitos” por todo el mar del Norte peruano y que se guiaban por la Iglesia la Virgen del Socorro (ubicada en los alto de un cerro junto a Huanchaco) para retornar. Como desde los tiempos de los moche y los chimú, los pescadores viven en la caleta y, como desde hace siglos también, casi todos descienden de un mismo árbol genealógico: los Huamanchumo, apellido muy antiguo y respetado.

La alimentación.- Para estos reinos de la costa norte, sobre todo para Chimú, hay importante información arqueológica sobre la dieta de su población. Los restos de animales encontrados en Chan Chan, por ejemplo, indican que la mayor parte de las proteínas procedía de animales terrestres y solo el 20% de la fauna marina. Lo que más se consumía era carne de llama, que era cocinada recipientes o vasijas. También hay presencia de huesos de perro, cuy, lobo de mar, peces y aves. Parece que el perro no fue una importante fuente de alimentación, tampoco la lagartija; ambos tenían un consumo muy restringido. Respecto a la dieta vegetal, desde la época moche era muy difundido el consumo de maíz, frijol, zapallo, calabaza, maní y ají. De otro lado, excavaciones en Chan Chan demuestran un alto nivel de consumo de frutas como ciruela del fraile, lúcuma, palta y pacae; eso sí: los chimúes consumieron guanábana, una fruta que, al parecer, no conocieron los moche. Los alimentos de origen agrícola que se consumían en Chan Chan venían de comunidades aledañas, que cumplían una actividad agrícola especializada. Por su lado, el elevado consumo de frutas demostraría que muchas tierras locales fueron convertidas en huertos.

Los chimú luego de la conquista española.- Como sabemos, el último Chimo Cápac de este pueblo fue Cajazinzin, quien estuvo junto al inca Atahualpa en la toma de Cajamarca el 16 de noviembre de 1532. Su cuerpo está enterrado en la iglesia de Santa Ana, que fue una parroquia de indios en los tiempos del Virreinato. Al fundarse Trujillo, la ciudad no tuvo barrios de indios, porque las ordenanzas del virrey Toledo indicaron que los indígenas fueran trasladados a en reducciones o pueblos de patrón europeo, con casas, barrios, plazas, iglesia y cabildo de naturales. De esos años, décadas de 1560 y 1570, datan los actuales pueblos de Santa Lucía de Moche, Santiago de Huamán y San salvador de Mansiche (hoy ya agregados a la ciudad por la expansión urbana); también los más lejanos de Chicama y Virú. Sin embargo, al terminar el siglo XVI, ya empezaron a vivir en la ciudad indios “forasteros”, es decir, nacidos en otras provincias del norte del Perú y avecindados en Trujillo por razón de sus oficios artesanales, matrimonio, arrieraje o algún pequeño negocio urbano. El número de estos “forasteros” fue creciendo tanto al punto de necesitar un servicio eclesiástico, lo que provocó la creación del pueblo de San Esteban de Mampuesto, con su parroquia de indios. Pero la impronta prehispánica seguía influyendo, como lo demuestra la vía de comunicación terrestre que unía a Trujillo con el resto de la costa (desde Tumbes hasta Lima), que era el Camino Real, obra del inca Huayna Cápac, que sirvió hasta bien entrada la República.

Cabe destacar que la crisis demográfica de la población india de la costa norte, en el siglo XVI, fue muy dura, y las mismas autoridades coloniales mostraban preocupación por la muerte de miles de indios a causa, básicamente, de las enfermedades que habían traído los europeos a estas tierras. Por ello, sabemos, que la construcción de los pueblos de Moche, Huamán y Mansiche fue lenta y modesta. Sus iglesias fueron financiadas por los encomenderos y también por personas piadosas interesadas en la conversión de los indios. Sin embargo, a lo largo de los años estos templos sufrieron los rigores del clima, de los terremotos y de los aluviones que, unidos a la fragilidad de los materiales usados en su construcción, sufrieron varias reparaciones y cambios en su estilo. Por ello, de todas, la iglesia del pueblo de Santiago de Huamán es la que mejor se conserva y está bien documentada en su evolución arquitectónica.

Pero contemos algo de la historia de Huamán. Es posible que fuera un asiento indígena prehispánico y que luego sirviera de base al pueblo producto de las reducciones ordenadas por el virrey Toledo hacia la década de 1570. Prueba de ello, es que, en 1551, ya se menciona en las actas del Cabildo trujillano “la calle que va hacia lo de Guamán” y en 1558 en la concesión de una “chacra camino de la mar” a Juan Gallego se menciona como uno de sus linderos de “palizada que tiene el principal Guamán”. Lo que sí sabemos es que, en los siglos XVI y XVII, Huamán fue un pueblo muy activo y estuvo íntimamente ligado a la vida de Trujillo. El trabajo de su gente se repartía entre la pesca y la agricultura; la pesca era intensiva y de ella se surtía Trujillo. Por este motivo, surgieron problemas entre el Cabildo de la ciudad y los indios pescadores, quienes, en 1600, se quejan ante el Virrey que se les obliga a traer el pescado y venderlo a precios ya establecidos. El Virrey falló que los indios de Huamán siguieran trayendo pescado a Trujillo, pero que se les dejara la libertad de venderlos a los precios que señalara la ley del mercado.

La actual fisonomía de la iglesia de Huamán data de la segunda mitad del siglo XVII y pertenece al importante grupo de iglesias o parroquias de indios de la etapa renacentista que se extendió por todo el Perú: el tipo de nave alargada, muros de adobe y cubierta de madera de par y nudillo. Pero lo más importante de esta iglesia es su portada, por su decoración en altorrelieve, en la que se conjugan los elementos indígenas e hispánicos para crear una de las más hermosas obras del barroco mestizo en el Perú (poner énfasis en las siguiente s figuras: sirenas con guitarra, los ángeles en la rosca del arco y las hornacinas con las imágenes de Santiago Apóstol y un Papa mercedario).

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Antigua fotografía de la iglesia de Huamán