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Archivo de septiembre 2010
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Huaca del Sol (skyscrapercity.com)

La Huaca del Sol.- Es la construcción de adobe más alta del mundo y, sin duda, la más portentosa de la costa peruana; desde su cima se tiene una vista magnífica de la ciudad de Trujillo. Sus dimensiones son: 228 metros de largo por 135 de ancho y 48 de altura. Los arqueólogos calculan que en su construcción se emplearon 50 millones de adobes. El visitante nota que está muy maltratada por la erosión del viento, las lluvias esporádicas (especialmente cuando azota la región el Fenómeno del Niño) y la invasión de la arena, pero aún conserva su prestancia. Por último, no se sabe cual fue su verdadero nombre, ya que los moche, sus constructores, adoraron preferentemente a la Luna y este santuario es la pirámide mayor.

La Huaca de la Luna.- Es posible que haya estado dedicada al Sol, por sus dimensiones menores en comparación a la anterior, pues mide 80 metros de largo por 60 de ancho y 21 de altura. Si bien de lejos se ve imponente, de cerca es lamentable observar las huellas de la destrucción dejadas por los “huaqueros” o buscadores de tesoros. Afortunadamente, en los últimos años el recinto ha sido objeto de trabajo arqueológico y se han descubierto murallas de enormes proporciones con divinidades relacionadas con sacrificios humanos. Asimismo, parece que el monumento fue construido en función del culto a los muertos por la gran cantidad de cementerios encontrados alrededor de la Huaca.

La Huaca del Dragón.- Este santuario, muy castigado por las últimas lluvias ligadas al Fenómeno del Niño, también ha sido llamada Huaca del arco Iris y data de la época Chimú. Afortunadamente, todavía conserva valiosos altorrelieves, de color ocre y que asemejan al cuero repujado. Se trata de figuras estilizadas, no siempre fáciles de identificar, que demuestran un simbolismo muy difícil de descifrar. Hay, por ejemplo, en la parte superior del muro, una fila de bailarines masculinos, con armas y bastones, que se mueven de derecha a izquierda. Además, en la parte central de cada panel, hay otro enigmático grupo formado por dos personajes mitológicos, arrodillados frente a frente, que muerden al mismo tiempo algo que pareciera ser un alimento mágico. Abajo hay seres en forma de serpiente, también enfrentados, que sostienen un tumi colgante.

La Huaca Esmeralda.- Ubicada detrás de la Iglesia de Mansiche, es pequeña y muestra en su entrada un lienzo de rombos. Cada uno de ellos contiene un pelícano en actitud de descanso, rodeado por peces que nadan a su alrededor. El trabajo es realmente magnífico. También hay adornos laterales con ondas marinas y olas que revientan hacia la playa. Son altorrelieves, quizá los estucados de barro más valiosos realizados por los súbditos del Chimo Cápac. El resto del templo tiene varias terrazas a las que se sube a través de rampas, pues este ancestral pueblo no usaba escalinatas.
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Fue la sorprendente capital de los chimú y residencia de sus señores, los chimo cápac. Se levantó entre los que es hoy Trujillo y Huanchaco, es toda de adobe y está considerada la ciudad de adobe más grande del mundo prehispánico. Dicen que llegó a medir 18 kilómetros cuadrados y que llegó a albergar casi 80 mil habitantes. Chan Chan significaría “Gran Ciudad Soleada” (literalmente Sol-Sol) y se habría comenzado a construir hacia 1250, habiendo sido destruida alrededor de 1470 cuando el inca Túpac Yupanqui la sitió con su ejército, rindiendo a Minchacaman, último Chimo Cápac. Desde entonces está deshabitada. Hoy exhibe su desolazada grandeza y parece una ciudad momificada.

Aunque la urbe constituye una unidad, está dividida en 10 ciudadelas. Se cree que cada una de ellas era un palacio amurallado que giraba alrededor de la tumba de un monarca, a partir de Tacaynamo y antes de Minchacaman. El sucesor construía su propia ciudadela, quedando la anterior deshabitada. Según el arqueólogo Roger Ravines, las mismas ciudadelas que servían como palacio y residencia durante la vida del gobernante, a su muerte se convertían en mausoleo. El pueblo vivía en terrenos eriazos, en casas pequeñas de adobe o quincha, hacia el lado oeste de la ciudad, en sus extramuros. Eran, en cierto modo, asentamientos similares a las barriadas que hoy se encuentran en la costa.

Entonces, lo que vemos hoy de Chan Chan son las ciudadelas de cada gobernante y su corte; las viviendas del pueblo, ubicadas en los extramuros de Chan Chan, han desaparecido con el tiempo. Según la tradición oral, además, a la muerte de un soberano su sucesor heredaba la posición del señor, pero no sus bienes, tierras ni tesoros, que quedaban en manos de sus parientes cercanos, responsables de conservar y venerar su memoria. Por lo tanto, el nuevo gobernante estaba obligado a construir su propio palacio y a buscar nuevos ingresos para el manejo del reino. Para este fin, contaba como único recurso con el control de miles de campesinos. Las excavaciones arqueológicas, por último, han revelado que los componentes de la corte del Chimo Cápac tenían rangos específicos, como “trompetero o tañedor de caracoles”, “preparador del baño”, “maestro de literas y trono” y un oficial encargado de “derramar polvo de conchas marinas en la tierra que había que pisar”.

Uno de los recintos más espectaculares de Cha Chan es su Gran Plaza Ceremonial, de casi 6 mil metros cuadrados y con capacidad para miles de personas. En esta Plaza se llevaban a cabo multitudinarias reuniones de tipo ritual y festiva, por ejemplo, las procesiones de las momias de los gobernantes por sus herederos (como también ocurría en la plaza del Cuzco con las momias de los incas). Había cantores y poetas que rememoraban las hazañas de los antiguos gobernantes. También se observa la rampa en el fondo de la Plaza que llevaba al sitial del personaje principal que, de esta forma, aparecía, como en un escenario, rodeado de lujo. También hay que observar los muros del recinto, revestidos con listones horizontales de barro y en algún punto se deja ver un friso de ardillas con las colas elevadas, una obra notable de estuco.

Mucho se ha hablado del sitio de Chan Chan por parte de los incas y de la rendición de la ciudad que, a la larga, significó el fin del reino de Chimú. La tradición oral dice que el sitio duró meses hasta que la población, ya sin alimentos ni agua, no tuvo otro remedio que capitular, con Minchacaman a la cabeza. Hay quien dice, además, que el asedio inca coincidió con un Fenómeno del Niño, que hizo vulnerables a los campesinos chimúes. Más allá de estas explicaciones, lo cierto es que el Señorío de Chimú siempre fue vulnerable a los ataques externos. ¿La razón? Las grandes obras de regadío (de adobe y barro) en los valles de la costa norte eran fácilmente destruidas por un ejército invasor. Además, ningún gobernante tuvo el poder suficiente para lograr fortificar totalmente sus fronteras (con excepción de Paramonga, ninguna ciudadela Chimú estuvo bien defendida).

También los chumúes fueron vulnerables respecto al almacenamiento y conservación de alimentos y otros productos. Sus obras de irrigación les permitieron, a lo sumo, productos suficientes de conservar durante una o dos estaciones, pero nunca un ciclo de sequías prolongadas. Como si esto fuera poco, las tierras irrigadas del desierto estaban expuestas a salinización, lo que las inutilizaba para la agricultura, con una considerable disminución de las cosechas, lo que efectivamente ocurrió cuando aumentó notablemente la población, justo en la coyuntura de la conquista de los incas hacia la década de 1470.
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Ciudadela de Chan Chan (portalinca.com)

Cuenta el mito, recopilado en 1604 por un cronista anónimo, que fue Tacaynamo el fundador y primer gobernante del Reino Chimú. Dicen que habría venido del Norte, de Paita o de Tumbes, y que implantó un reino despótico, militarista y de gobierno hereditario. Dice la crónica que “No se sabe de donde hubiese venido”; que “dio a entender que era gran señor”; que vino en “balsa de palos”; y que “había sido enviado a gobernar esta tierra… de otra parte del mar”. Añade también que usaba en sus ceremonias “polvos amarillos” y que “vestía paños de algodón con que traía cubierta las partes vergonzosas”. El uso de balsas de palos, taparrabos y polvos de colores para decorar el cuerpo hace sospechar a los investigadores la procedencia norteña de este personaje mítico.

De acuerdo a las evidencias arqueológicas y al estudio de la iconografía de los Chimú, en fundador de este Reino debió reunir poderes tanto políticos como sacerdotales. Con su llegada, además, se habría empezado a construir la ciudadela de Chan-Chan, ya que esta ciudad consta de diez pirámides, el mismo número que el de los gobernantes Chimú hasta la llegada de los incas: cada una de las pirámides habría sido construida por cada uno de los Chimo Cápac, nombre de los gobernantes del Reino. El sucesor de Tacaynamo sería su hijo Guacricur, con quien empezarían las conquistas. Finalmente, fuera de la crónica anónima, no se sabe nada más de Tacaynamo, un personaje muy semejante a Naylamp, el mítico fundador de Lambayeque.

De los cazadores al reino de Mochica.- Pero la historia de las tierras trujillanas, y del departamento de la Libertad, no comienza con Tacaynamo sino se remonta a más de 10 mil años, con los cazadores nómades de la época de los entierros de Cupisnique y a la tradición lítica de Paiján. Estos cazadores, además de sepultar a sus muertos y de fabricar puntas líticas para pescar con arpón en aguas poco profundas, se alimentaba con lechuzas, lagartijas, caracoles de tierra y de mar, además de plantas silvestres y yuyos. Más adelante, viene la tradición sedentaria del hombre de Huaca Prieta, en el valle de Chicama, con sus viviendas (en realidad, cubículos) semisubterráneas fechadas 2,500 años antes de Cristo. Fue también un cultivador primitivo de pallares, zapallos, ají, calabaza y algodón. También cazó, aunque prefirió la pesca con redes de fibra y anzuelos de hueso. El hombre de Huaca Prieta también se hizo conocido por hacer los primeros Ambrs pirograbados y por tejer telas de algodón en las que representó al cóndor, la serpiente, cangrejos y loros.

La región liberteña adquiere singular importancia con la llegada de la cultura Moche o Mochica, surgida en los valles de Moche y Chicama, y que dejó notar su influencia hasta el Alto Piura, por el Norte, y el valle de Huarmey (Anchash), por el Sur. Entre los años 100 y 750 de nuestra era, los reyes moche señorearon por todos los valles de esa región del norte del Perú. La iconografía nos dice que fueron hombres bajos, morenos y fornidos.

También sabemos que los moche aprovecharon la fertilidad de los valles de la costa norte, de clima cálido y húmedo. Sin embargo, dos problemas afectaron su desarrollo: el avance del desierto y el Fenómeno del Niño. Los moche no tuvieron un poder centralizado, sino varios curacas que dominaron en cada valle. Estos señores, como el de Sipán, ostentaban poderes sagrados y militares. Como símbolo de su poder portaban prendas de oro, plata y piedras preciosas. El ajuar funerario encontrado en las tumbas revela su alta jerarquía. También contaban con un séquito de parientes, servidores y “funcionarios”.

Estos antiguos habitantes de las tierras liberteñas tuvieron, a su vez, dioses antropomorfos, entre los que destaca una divinidad felínica, con cinturón de serpiente y que portaba un cuchillo ceremonial (Aia Paec o el “degollador”). En sus rituales, el consumo de alucinógenos permitían una “comunicación” directa con sus dioses; por ello los sacerdotes, curanderos o “chamanes” gozaron de gran prestigio. Los sacrificios humanos (“ceremonia del sacrificio”) fueron una práctica común. De otro lado, los moche construyeron templos piramidales truncos de adobe, con plataformas y muros decorados con escenas rituales (Huaca del Sol, Huaca de la Luna y El Brujo). La cerámica también tenía una función ritual pues está decorada con escenas de ceremonias religiosas. Tenía dos colores (ocre y crema) y podía ser pictórica o escultórica (los “huacos retrato”).

Como sabemos, en 1987 fue rescatada de los “huaqueros” la famosa tumba del Señor de Sipán. El hallazgo arqueológico mostró por primera vez todo el esplendor de una tumba correspondiente a un señor moche. El ajuar funerario que lo acompañaba a la otra vida era riquísimo: objetos de oro, plata, cobre y tumbaga (oro mezclado con cobre); turquesas, mullu y cerámica; el Señor, además, había sido enterrado con parte de su corte. El valor histórico del hallazgo superó ampliamente el valor material de los objetos, pues nos descubrió facetas desconocidas de la vida y la cosmovisión de los mochicas. La tumba confirmó, por último, la gran destreza de estos antiguos peruanos en el trabajo de los metales.

Sobre el fin de los moche hay dos posibles hipótesis. La primera apunta a la conquista de los wari, guerreros provenientes de Ayacucho, y facilitada por una crisis agrícola y climática producto de un fuerte Fenómeno del Niño. La segunda, en cambio, niega todo lo anterior y alude a una “crisis de crecimiento”, es decir, los criterios que usaron inicialmente los moche para construir un estado se terminaron desbordando con el crecimiento de una confederación de valles. De esta manera, habría colapsado el reino de los moche.

El gran reino de Chimú.- Esta civilización fue la que alcanzó mayor resonancia durante el periodo al que los arqueólogos llaman Intermedio Tardío. Tuvo su centro en el valle de Moche y su expansión militar la llevó a dominar la costa desde Tumbes hasta el norte de Lima (Carabayllo). Fue un reino conocido desde la conquista pues los cronistas conocieron a sus líderes (Chimo-Cápac o ciquiq) ya sometidos a los señores del Cuzco. Se trató de una sociedad muy jerarquizada con una población de unos 500 mil habitantes de los cuales casi 40 mil parecen haber vivido en la ciudadela de Chan Chan, capital del reino. Entre las diferentes lenguas que hablaban prevalecieron el sec (Piura), el muchic (o yunga en Lambayeque y La Libertad), el quingnam (en el área nuclear Chimú) y la lengua que llamaron “la pescadora”, de pronunciación gutural, en los valles del sur.

Existe una “genealogía” de Chimú registrada por los cronistas. Tuvo 10 gobernantes y su fundador esta relacionado con la figura mítica de Naylamp o Tacaynamo; su último líder, antes de la conquista incaica, parece haber sido Minchacaman. Entre sus divinidades destacaba la luna, llamada si, seguida por el sol, las constelaciones y el mar, llamado ni. Asimismo, el soberano era considerado una deidad.

Sus pobladores se dedicaban a la agricultura aprovechando los valles de la costa norte y las aguas subterráneas (puquios); construyeron wachakes o terrazas agrícolas hundidas que aprovechaban la humedad del terreno. Sembraron maíz, frijol, maní, ají, algodón y frutales como lúcuma, pacae, guanábana y palta. Su economía se completaba con la pesca y la recolección de mariscos. La caza parece haber sido una actividad ritual. Su cerámica (monócroma con gollete estribo) fue utilitaria y fabricaron hermosos mantos de plumas.

De los wari heredaron la tradición urbana y, de sus ancestros moches, la destreza en la orfebrería. Construyeron, o volvieron a ocupar, grandes ciudadelas de barro planificadas y divididas en sectores para artesanos (Chan Chan y Pacatnamú); en el trabajo de los metales realizaron múltiples objetos rituales (como el tumi o cuchillo ceremonial) y de decoración (muchas de éstas combinadas con piedras semipreciosas como la turquesa). Su orfebrería, a pesar de los hallazgos moche, es todavía considerada la mejor del Perú prehispánico.
El final de los Chimú ocurrió alrededor de 1470, cuando los ejércitos inca, al mando de Túpac Yupanqui, sitiaron y sometieron a la ciudadela de Chan Chan, obteniendo la capitulación del chimo cápac Minchacaman, quien, desde entonces, pasó a ser aliado de los emperadores del Cuzco. Prueba de ello es que, cuando los españoles ocuparon Cajamarca, Atahualpa hizo su ingreso a la plaza acompañado del chimo cápac de entonces, Cajazinzin.

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Acta de la Independencia del Perú

El Goethe-Institut Lima y la Pontificia Universidad Católica del Perú invitan a un ciclo de conferencias para reflexionar desde la historia el significado contemporáneo del Bicentenario. Organiza el Dr. Antonio Zapata. Lugar de las conferencias es el Auditorio del Goethe-Institut Lima, Jirón Nazca, Jesús María, Lima 11. El ingreso es libre.

Conferencias:
Scarlett o Phelan
San Martín y la Independencia latinoamericana (lunes 27 de septimbre, 19:30 horas)
Antonio Zapata
Las fechas de las celebraciones del Bicentenario (martes 28 de septimbre, 19:30 horas)
Juan Luis Orrego Penagos
Reflexiones ante el Bicentenario (miércoles 29 de septiembre, 19:30 horas)
Cristóbal Aljovín
La Independencia y el tema de la libertad (jueves 30 de septiembre, 19:30 horas)
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Los libros editados este año sobre el Bicentenario de las Independencias han abierto el debate en torno al pasado y presente de una polémica celebración. Aquí, un artículo de Manuel Lucena tomado del ABC de España.

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Nueva decoración en la Plaza Bolívar de Caracas

De la misma manera que el magnífico Pío Baroja definió novela como aquel libro en cuya portada decía «novela», podríamos mantener que un libro de Historia pertenece por definición al género historiográfico. No hay lugar para la confusión. La Historia no es literatura aunque, si está bien escrita, se expresa literariamente («se lee como una buena novela»). No es lo mismo que «memoria», un relato sesgado que algunos filósofos extraviados reclaman para sí.

No existe la «memoria histórica», porque el historiador, si actúa como tal, no puede narrar sólo un fragmento de pasado, el que le conviene, o aquel con el que está de acuerdo, o el que le facilita una buena subvención. Debe agotar los horizontes de la explicación y de la información de los que dispone, o dedicarse a otra cosa, o llamarse de otra manera. La Historia es una ciencia y un arte que convierte las casualidades en causalidades en la medida de lo posible, porque la arbitrariedad de las conductas humanas, el escenario infinito de posibilidades, representan el único determinismo que puede reconocer un historiador. Este se expresa mediante la poética y la narrativa de no ficción; no inventa, sino que imagina, e infiere a partir de las evidencias de las que dispone. El carácter científico se refleja en una metodología de examen crítico de las fuentes y evidencias.

No hay que confundir nunca la Historia con las ficciones que incluyen datos más o menos irrelevantes saqueados de otros tiempos y carentes de contexto (mucho de lo que ahora llaman novela histórica, ni lo es, ni se le parece), o con fábulas que se proyectan hacia el pasado. Entre estas figuran las mitologías políticas, generadoras de sentimientos identitarios más o menos forzosos.

Los casos español e iberoamericano constituyen un interesante campo de reflexión sobre el papel de la Historia y el historiador, en la medida en que «prisiones historiográficas», lugares comunes y deficiencias de punto de vista ofrecen una visión deformada de lo acontecido desde la independencia hasta la actualidad. No son ajenos a ello ni la potencia de la narración criollista-victimista de la emancipación y su inserción en la tradicional leyenda negra, ni el problema de definición de lo que es Historia y no lo es.

«Fracasología» y «pornomiseria».- La ficción actúa en los países de cultura en español como un delirio de sustitución. La fracasología hispánica (estamos condenados para siempre al desastre) y sus anexos, que son la pornomiseria (pudiendo mostrar sólo lo malo, para qué hacerlo con lo bueno) y el victimismo (la culpa siempre es de otro) tienen mucho que ver en ello. Así, el presente es por principio inmanejable y el pasado se encuentra en una permanente alteración, que abre paso a «segundas, terceras, quintas transiciones» y a la conculcación permanente de la democracia y el Estado de derecho. ¿Qué futuro aguarda a unas sociedades saturadas de pasado? Por todo esto, el repaso a los argumentos de la historiografía más reciente nos facilita escapar de estas ficciones del fracaso y encontrar nuevos puntos de vista.

Sin duda, el proyecto más importante, puesto en marcha con una ambición encomiable por la Fundación Mapfre y Taurus, es el de «América Latina en la Historia contemporánea», un grado de aproximación entusiasta hacia lo que será una Historia atlántica de las Américas, capaz de trascender el corsé de las respectivas historias nacionales y de ofrecer al gran público una nueva narración, global y en este sentido verdadera –correspondiente a nuestro tiempo–. Los relatos de nación deben renovarse, cruzarse, interactuar, hacia dentro para incluir múltiples puntos de vista, disciplinas y orígenes, y hacia afuera para reproducir la escala contemporánea de los acontecimientos, precipitados por los sucesos de 1808 en el centro –no en la periferia– del Imperio español.

Este planteamiento es patente en los tres primeros volúmenes (Crisis imperial e independencia , 1808-1830) del casi centenar que compondrán la colección, dedicados a España, Chile y Argentina. La factura es excelente, la letra legible, el papel adecuado; los completa un apéndice de imágenes. El primero hace evidente que la Historia de España sin la de América no se entiende, ni antes ni después de 1810, y que por mucho debate sobre liberalismo, catolicismo y nación española que se realice, la dimensión ultramarina es determinante: el capítulo de José María Portillo es encomiable a este respecto.

Algo más tradicional en su factura resulta el volumen de Chile, donde la nueva Historia política ha producido un gran impacto, si bien la corrección de las contribuciones no admite duda. El mito de la lejanía chilena merecería una revisión. El dedicado a Argentina es menos deudor de una historiografía desde la distancia, más consciente de la centralidad de las revoluciones atlánticas del mundo hispánico. La magnífica dirección de Jorge Gelman apostó por excelentes historiadores jóvenes argentinos y el resultado es obvio: los textos están tan bien escritos que no los arregla ni un novelista.

Brillantes reinterpretaciones.- Tampoco necesitan un repaso literario los dos libros publicados en México por Tomás Pérez Vejo y Mauricio Tenorio. El primero propone una brillante reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, que desmonta el camelo de que representaron choques «de criollos contra peninsulares». El segundo opera en la misma dirección, pero se le va un tanto la rosca literaria, con expresiones como «Atlántida morena» o «mestizaje a contrapelo». La ironía del capítulo dedicado al «baño de pureza» multicultural de Barcelona, o el uso de conceptos como la «pos-caridad», suscitan una reflexión tan provechosa como caótica.

Por el contrario, para orden historiográfico, el que acreditan la clásica síntesis de John Lynch, la mejor Historia sociopolítica de las emancipaciones hasta la edición del volumen de François-Xavier Guerra Modernidad e independencias en 1992, o el espléndido libro de Manuel Hernández González en edición revisada, un retrato de la emigración, vida cotidiana, esperanzas y tristezas de los isleños en «su» Capitanía americana. Para nuevas y meritorias investigaciones, finalmente, hay que destacar la impecable (y bilingüe) edición de cartas y documentos del liberal Blanco White a cargo de Martin Murphy, con un epígrafe dedicado a «españoles, hispanoamericanos o ingleses». Fíjense lo que decía el 11 de marzo de 1812: «Estoy cada día más convencido de que los locos planes de independencia absoluta están lejos de ser apreciados por la masa del pueblo; más aún, concibo que Caracas, donde un puñado de hombres los han puesto en práctica, debe de estar harta ya de republicanismo» (p. 225). Para que luego nos vengan con que fue el primer heterodoxo español. En esta misma línea se encuentra la premiada monografía de Alejandro Cardozo Uzcátegui, que narra los años formativos de Bolívar antes de sus supuestas iluminaciones mesiánicas, como un rico joven español americano que en Bilbao y Madrid buscaba su destino. En la Historia, jamás en la ficción.
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PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ
Escuela de Posgrado
Programa de Estudios Andinos

Presentación del Volumen Nº 6 de la Colección Estudios Andinos, Fondo Editorial PUCP
Noble David Cook
"La catástrofe demográfica andina. Perú 1520-1620"


David Cook (Ph.D. por la University of Texas) es Profesor Principal de Historia de la Florida International University, Profesor Honorario del Departamento de Humanidades y miembro del Consejo Científico Internacional del Programa de Estudios Andinos de la Escuela de Posgrado de la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia. Entre sus principales publicaciones figuran La conquista biológica: las enfermedades del Nuevo Mundo (2005), People of the Volcano: Andean Counterpoint in the Colca Valley, Peru (2007) y, en coautoría con Alexandra Parma Cook, Un caso de bigamia trasatlántica (1992) y The Plague Files: Crisis Management in Sixteenth Century Seville (2009).

Presentarán: Liliana Regalado de Hurtado y Miguel Costa

Martes 28 de septiembre, 5:15 p.m.
Sala de Grados. Facultad de Letras y Ciencias Humanas


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Batalla de Carabobo

”TENEMOS DOSCIENTOS AÑOS DEFENDIÉNDONOS DEL DESPOTISMO..."


Germán Carrera Damas
Profesor Titular III, jubilado
Discurso de Orden
Acto universitario de iniciación de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de Venezuela.
Aula Magna Universidad Central de Venezuela
21 de abril de 2010

Es muy alto el honor que hoy me confiere esta Casa, de la que soy hijo intelectual y, en no menor parte, hijo espiritual. En ella sentí consolidarse la convicción de la que hablé a mis colegas, profesores y estudiantes de mi Escuela de Historia, en el acto conmemorativo de su cuadragésimo aniversario. Dije en aquella también honrosa ocasión, que estudiar historia es aprender libertad. Y de esa libertad históricamente aprendida me valgo hoy para decirles lo que esta conmemoración representa para mí: Tenemos doscientos años defendiéndonos de la amenaza del despotismo.

Enfrentar el despotismo es la forma más inhumana de luchar por la libertad, que es el más humano de los valores después de la vida; porque sin libertad la vida derrama su savia. Ese es el mensaje que esta Casa nos envía cada vez que escuchamos su himno; cada momento en que tenemos presente que su misión institucional es vencer las sombras. No hay sombras más aciagas que las echadas por el despotismo sobre la libertad. Esas sombras no sólo oscurecen los caminos hacia el futuro, sino que ocultan y desvirtúan el pasado,

Durante doscientos años los autócratas que han logrado hacerse del gobierno, han alimentado la conciencia histórica del pueblo con la perversa confusión entre Independencia y Libertad; que no son en absoluto sinónimos. Y se ha hecho de nuestra obra, iniciada el 19 de abril de 1810 y proseguida el 5 de julio de 1811, una víctima de esa perversidad, alevosamente manejada por los mandones de toda pinta para escudar su despotismo tras la conseja de que “Venezuela es un país libre”; y así poder mantener oprimido a su pueblo; sin que logre mediar la solidaridad internacional. Se valen esos déspotas, y sus cómplices en mala hora borlados, de una grande y alevosa mentira. Se escudan tras una coartada que ha brindado impunidad a las etapas de la privación de su libertad a este pueblo, que ha luchado por ella con su sangre y su sudor durante doscientos años. Para que el engaño quede al descubierto basta recordar que se puede lograr independencia hacia el exterior, sin que haya libertad en lo interior.

Nacimos, como República, definitiva y perdurablemente conformada, en el seno de nuestra más grandiosa creación sociopolítica: en el seno de una República de Colombia que reiteradamente se proclamó independiente por sus armas y libre por sus leyes. Pero durante doscientos años se ha pretendido que las armas sirvieran sobre todo para ahogar los períodos de libertad en los que los venezolanos hemos persistido patrióticamente, porque no concebimos una Patria sin libertad; porque así la institucionalizaron los constituyentes de Cúcuta en 1821, siguiendo con fidelidad mejoradora la “Ley fundamental de Colombia”, también promulgada en Angostura, el 17 de diciembre de 1819, por el mismo gran arquitecto de estados independientes.

La definitiva institucionalización de la República venezolana, en el seno de la institucionalización de la República de Colombia, moderna y liberal, marcó la proyección de lo iniciado, para la mayoría de los pueblos que conformaron esa República, en Caracas, el 19 de Abril de 1810. Fue una fecha civil, que debemos rescatarla hoy como una acción civil, de una enorme trascendencia civil, histórica. Nunca militar. A esa fecha se le ha querido desvirtuar, en su significación, con un desfile de pantomimos. Vale la pena recordar, a este respecto, lo que señalan los obispos en su Carta Pastoral sobre el Bicentenario, acerca del hecho de que el 19 de Abril y el 5 de Julio “ocurrieron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad”.

Permítanme invocar un título que podría contribuir a legitimar mi presencia en esta tribuna. Hace medio siglo, en esta mi Casa, escribí y publiqué un incipiente ensayo sobre los que denominé “Los ingenuos patricios del 19 de Abril y el testimonio de Bolívar”, refiriéndome a los tan denigrados pioneros de nuestra procura de baluartes legales para propiciar la búsqueda de libertad, salvaguardándola del despotismo. Sobre esos patricios y los el 5 de julio de 1811 han caído, con ahistórica perpetuidad, el desdén, y hasta la burla, de los hombres fuertes; fuertes de la irracionalidad; porque ningún enemigo de la libertad puede ufanarse de racionalidad.

Pero sobre ellos ha caído, también, la extrapolación abusiva de la injusta recriminación bolivariana, estampada en el Manifiesto de Cartagena. Ignoran quienes repiten esos cargos, -con ánimo que benévolamente califico de extraviado-, que al repetir esos cargos exhiben un flaco sentido histórico. El mismo airado joven que intentó eclipsar con sus infundadas imputaciones sus propias fallas, luego en Angostura, aquietado por la tenaz realidad de la lealtad popular a nuestra Corona; y vapuleado por la adversidad militar y política, rindió un encendido tributo a los que había tildado de repúblicos aéreos; refiriéndose a la obra constitucional de una elite civil ilustrada que representó, en aquel difícil momento, la esencia institucional de la inminente República. Permítanme que, de paso, me apiade de quienes, pretendiendo hacerse pasar por historiadores, dicen que esos ilustrados patricios representaban una especie de burguesía colonial, ajena a los intereses del pueblo, contraviniendo lo dicho por el barbudo de Trevis y su compañero de pluma, en ese librito que recorre el mundo, sembrando fantasmas, desde 1848: “La burguesía ha jugado en la Historia un papel altamente revolucionario.”

Hoy, también en esta mi Casa, digo que para honra y salud de nuestra Patria, aquellos ingenuos patricios siguen vivos y luchando, en las aulas de esta Casa; en las calles y barrios de esta Patria; en las cárceles secuestrados; en el exilio; y acosado su legado por la agresión del engendro parajudicial, que arroja sombras de ingratitud sobre esta Casa comprometida a vencerlas.

Ilustre Rectora
Honorables Vicerrectores y Secretario
Distinguidos miembros del Consejo Universitario
Colegas profesores
Compañeros estudiantes, y decirles así no es por halago, tampoco por cumplido: soy estudiante de la Historia, escrita con H grande.
Universitarios de todos los sectores, áreas y niveles profesionales.

Me niego a dejar esta tribuna sin confiarles algo que me ha tomado más de medio siglo aprender. Es esto: Los hombres interrogamos la Historia, no tanto para comprender el pasado histórico, -vale decir el que sintetiza las etapas del tiempo cronológico- sino para contrarrestar el temor a la incertidumbre. Pero, a su vez, los pueblos comparecen ante la historia, ante su historia. No lo hacen porque ésta sea tribunal, sino porque es la manera cierta de rendirse cuentas a sí mismos. Y me pregunto: ¿Cómo debería sentirse un pueblo que tras doscientos años de padecer y vencer, alternativamente, el despotismo, se halla hoy asediado por el despotismo?

Sería fácil, engañosamente fácil, sintetizar la respuesta en una sentencia: ese pueblo debería sentirse abrumado. Pero nosotros, pueblo venezolano, no nos sentimos abrumados. Que no se me interprete a la ligera, porque digo tal cosa. No soy optimista, si por serlo se alude a quienes optan por evadirse de la realidad. Cultivo la certidumbre histórica; y ésta me dicta una lección, que es extensa,-muy al gusto de los historiadores-, pero que paso a resumir para ustedes: cuando yo nací, en 1930, sólo unas pocas decenas de jóvenes habían dado el paso al frente contra el despotismo que, con altibajos que apenas presentaba mella en su esencial continuismo, dominaba esta tierra, que falazmente proclamaban libre sus tiranos. Cuando era liceísta vi nacer, a partir de 1945, la Democracia. Venezuela se llenó de hombres, mujeres y jóvenes que nos empeñamos en descubrir la verdad de la Libertad y de la Igualdad. Hoy me siento inconteniblemente orgulloso de pertenecer a un pueblo heroico que no sólo ha resistido, y resiste, los embates del despotismo, sino que avanza resuelto a obligarlo a disiparse.

Y me siento particularmente orgulloso de haberme formado en esta Casa; de pertenecer a esta Casa, que dio un paso al frente en 1928, y que lo da ahora, probándose consecuente en el cultivo de la Libertad y en el rechazo de todo lo que pretenda empañar el resplandor de la Libertad.

Sí, es un alto honor el haber sido encargado de hablar ante ustedes. Pero debo confesarles que temo haber sorprendido a quienes pudieron esperar de mi que dictase una clase magistral. Y espero que esa sorpresa sea motivo de agradecimiento, pues éste no me parece el lugar, ni ésta la oportunidad, de una nueva radiografía de los hechos del 19 de Abril, que todos ustedes conocen. He podido hacerlo; y lo hubiera hecho de no ser porque creo que comienzo a comprender la Historia; y habiendo penetrado un palmo en su sentido, me siento más comprometido con una suerte de precepto que alguno de Ustedes quizá me haya escuchado decirlo: “Soy historiador, y por serlo me interesa el pasado; me interesa mucho el presente; me interesa sobre todo el futuro”. Y es la observancia de este precepto, lo que me induce a vivir en esa dimensión especial, ya mencionada, que denomino el tiempo histórico, es decir la dimensión que sintetiza, dinámicamente, las tres también mencionadas etapas del tiempo cronológico.

Como historiador, he sido honrado con la oportunidad de hablarles. Como historiador que ha predicado sobre la responsabilidad social del historiador, he hablado. Pero, también, como historiador no puedo sustraerme a uno de los lugares comunes del oficio, que consiste en hacer citas textuales con indicación precisa de las fuentes. Debo, por consiguiente, hacer cuando menos una de esas citas; y se me ocurre ésta: ….”Estamos de regreso de la larga etapa sombría. La historia trabaja en el mejor rumbo. Y a ayudarla se ha dicho. Porque no camina sola.” Eso escribió Rómulo Betancourt a Juan Bosch, el 30 de diciembre de 1955. (Rómulo Betancourt. Antología política, Vol. VI, p. 430).

Permítanme despedirme exclamando: ¡Por una Universidad Central autónoma, libre y democrática, en una Venezuela independiente, libre y democrática!

Caracas, 21 de Abril de 2010

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Ubicada en el jirón Junín con la iglesia del Prado (en los Barrios Altos), esta plazuela fue construida, posiblemente, cuando el arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez, reconstruyó el edificio del Monasterio del Prado a mediados del siglo XVII. Ahora, este espacio es un homenaje de la ciudad al compositor Felipe Pinglo Alva, quien vivió en este barrio y fue el propulsor del vals criollo tal como lo conocemos ahora. En la placa se encuentra la siguiente inscripción: "Municipalidad Metropolitana de Lima, remodelación de la Plazuela Felipe Pinglo Alva 1899-1936. Dedicada a la memoria del padre de la música criolla. El cantor de los humildes, visionario vanguardista de la forma musical, creador de valses y poemas de gran contenido humano y social. Alberto Andrade Carmona Alcalde-Febrero 1997”.

Fin de la serie "Plazuelas de Lima"
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(blog Lima de Siempre)

Ubicada en la cuadra 14 del jirón Ancash (en los Barrios Altos), el trazo de esta plazuela se remonta al siglo XVIII y forma parte de la Iglesia de Santo Cristo, ubicada donde antes estuvo la Portada de Maravillas, una de las puertas de la antigua Muralla de Lima. La capilla del Santo Cristo de las Maravillas fue mandada a levantar por el arzobispo Juan Domingo de la Reguera ya que, según la tradición, allí se encontró abandonada una imagen del Redentor. Es una plazuela de regular tamaño, en una esquina, con cuatro bancas de madera y cemento, y con jardines en aceptable estado. Por su cercanía, esta plazuela y su templo, era el antiguo punto de partida de los cortejos fúnebres hacia el cementerio Presbítero Maestro.

Mañana, plazuela Felipe Pinglo Alva
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(skyscrapercity.com)

Esta pequeña explanada se encuentra entre los jirones Huánuco y Junín y su origen se remonta al siglo XVII cuando se construyó el templo de Nuestra Señora del Carmen (declarado santuario en 1988 por el cardenal Juan Landázuri). En realidad, la plazoleta forma parte del atrio de la iglesia y está enrejada. Tiene una extensión de 16 por 18 metros y, por estar en zona elevada, se le llama del Carmen Alto. Cabe destacar la portada de la Iglesia del monasterio de las Carmelitas Descalzas.

Mañana, plazuela Santo Cristo de las Maravillas.
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(archivo de la Pontificia Universidad Católica del Perú)

Esta es una fotografía de la casa de José Pardo y Barreda, presidente del Perú en dos periodos (1904-08 y 1915-19) e hijo de Manuel Pardo y Lavalle, fundador del Partido Civil y también presidente de la República entre 1872 y 1876. La residencia estaba ubicada en la calle de Santa Teresa, actual cuadra 5 del jirón Puno.
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Esta plazoleta, ubicada a la altura de la cuadra 7 del jirón Huánuco, en los Barrios Altos, no aparece en ninguno de los planos de la Lima virreinal, por lo que suponemos que su origen es republicano. Para muchos, es el lugar con más esencia barrioaltina, puesto que aquí, el 31 de octubre de 1944, el presidente Manuel Prado y Ugarteche proclamó el “Día de la Canción Criolla”. Aquí también se encontraba el antiguo cine “Conde de Lemos” y está la célebre Quinta o Callejón San José, que parece un pequeño pueblo dentro del barrio. Todavía la plazuela luce su antigua pileta y, luego de su reciente remodelación, en la que talaron sus vetustos árboles, presenta bancas de madera con fierro, faroles de estilo republicano y mesas de cemento para los aficionados al ajedrez.

Mañana, plazuela del Carmen.
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Ubicada en el cruce de los jirones Conchucos y Desaguadero (Barrios altos), esta plazuela remonta su historia hasta el siglo XVI, cuando el gobernador Lope García de Castro mandó fundar un pueblo de indios, El Cercado, y dispuso que los indios que vivían en la ciudad y alrededores fueran reducidos en este lugar, con el fin de evangelizarlos mejor y cobrarles el tributo. El nuevo barrio, cuyo nombre completo era “El Cercado de Santiago”, se encontraba rodeado por muros, de allí su nombre. Tenía todo: calles, plazuelas, cabildo, hospital, cárcel e iglesias, formando así una pequeña ciudadela que se extendía desde la puerta principal del barrio hasta la plaza de Santa Ana (hoy Plaza Italia.). Recién en al década de 1590, por mandato del virrey García Hurtado de Mendoza, se logró trasladar definitivamente a todos los indios del valle del Rímac a esta zona, que quedaron bajo la tutela de los padres jesuitas. Por ello, la plazuela aparece en los primeros planos de Lima y tenía forma circular, con una gran cruz de madera al centro; luego, se cambió la cruz por una pila para el abastecimiento de agua del vecindario. A principios del siglo XX, se colocaron en las esquinas de plaza cuatro bellas esculturas de mármol italiano (falta una) que originalmente estuvieron en el antiguo Parque de la Exposición. Asimismo, en uno de sus extremos se ubica el templo de Santiago Apóstol del Cercado, que sufrió grandes daños por el terremoto de 1940. Fue reconstruido y hoy la plaza luce, en su parte central, la antigua fuente de bronce.

Mañana, plazuela Buenos Aires.
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Programm

Donnerstag, 23. September 2010
10.30 Uhr
Medienkonferenz: KMU Wirtschaftsförderungstag "Technologie- und Wissenstransfer"
Philatelie- und Modellflugausstellung

Freitag, 24. September 2010
10.00 bis 16.00 Uhr
KMU-Wirtschaftsförderungstag mit dem Hauptreferenten Piccard Bertrand
Detailliertes Programm
17.00 Uhr Vernissage Wanderaustellung Geo Chavez Stockalperschloss in Brig, Offenes Singen internationaler Alpenchöre in Brig-Glis
17.00 - 02.00 Uhr Fliegerfest beim Geo Chavez Denkmal in Ried-Brig, Flugmanifestationen
19.00 Uhr Musikalische Unterhaltung, Auftritt internationaler Alpenchor, Kantinenbetrieb
20.00 Uhr Galakonzert Internationaler Alpenchöre im Zentrum Misione in Naters

Samstag, 25. September 2010
10.00 Uhr Kranzniederlegung bei Geo Chavez Denkmal in Brig, Ansprache des Peruanischen Botschafters
Auftritt internationaler Alpenchor
10.30 - 12.15 Uhr Festakt im Hof des Stockalperschlosses
Begrüssung OK-Präsident Odilo Schmid, alt Nationalrat,
Ansprache Viola Amherd, Stadtpräsidentin und Nationalrätin
Uraufführung Komposition für Blasorchester von Eduard Zurwerra und Lesung aus der Novelle Geo Chavez von Nicolas Eyer
Taufe neues Flugzeug Swiss
Apéro mit Auftritt internationaler Alpenchor
13.15 Uhr Kranzniederlegung beim Geo Chavez Denkmal in Ried-Brig, Ansprache Herbert Schmidhalter,
Gemeindepräsident Ried-Brig, musikalische Umrahmung MG Simplon, Ried-Brig

10.00 - 18.00 Eröffnung Philatelie- und Modellflieger-Ausstellung in der Simplonhalle in Brig
11.30 - 17.30 Singe uf der Gass an 7 Standorten in der Briger Altstadt
12.00 - 04.00 Uhr Fliegerfest beim Geo Chavez Denkmal in Ried-Brig
14.15 Uhr Grosse Flugschau beim Geo Chavez Denkmal in Ried-Brig
Flugdemonstrationen mit Patrouille Suisse
Starts und Landungen auf dem ehemaligen Flugfeld
Helikopter-Rundflüge mit der Air Zermatt
Ab 18.00 Uhr offenes Singen und Galakonzert der Alpenchöre im Stockalperhof

Sonntag, 26. September 2010
09.00 - 16.00 Uhr Philatelie- und Modellflieger- Ausstellung Simplonhalle in Brig
ab 10.00 Uhr Jubiläumsfestivitäten in Domodossola
9.30 Uhr Messe und Abschluss-Matinee im Stockalperschlosshof mit den internationalen Alpenchöre


Kulturelle Veranstaltungen
Vernissage des Buches 100 Jahre Geo Chavez von Georges Tscherrig (Mai 2010)
Kunstausstellung des Peruanischen Künstlers Rafael Garcia Miro
Dokumentation / Ausstellung in Zusammenarbeit mit dem Verkehrshaus Luzern
Wanderausstellung Geo Chavez, Stockalperschloss Brig
Philatelie- und Fliegerausstellung, Simplonhalle Brig (Samstag und Sonntag)
Zeitgenössische Kunstausstellung des Kunstverein Oberwallis (Siehe Detailprogramm)

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Fiesta popular por el día nacional de Chile en el siglo XIX

Nuestro vecino del sur, Chile, festeja hoy los 200 años del inicio de su proceso emancipador, cuando el 18 de septiembre de 1810 se instaló su Junta de Gobierno. Recién ocho años después, con la ayuda de los ejércitos de del libertador San Martín, los patriotas sureños lograrían su independencia en la batalla de Maipú. Si bien los chilenos estaban preparando con mucho entusiasmo las fiestas del Bicentenario desde tiempo atrás, presentando al mundo sus logros económicos y sociales de las últimas tres décadas, en febrero de este año, un terrible terremoto, que azotó varias zonas del país, hizo replanter la forma de la celebración. Aquí presentamos un balance particular de cómo Chile hizo frente a los desafíos que impuso la Independencia durante su temprana república.

Chile nació como país independiente sin mayores contratiempos. Es cierto que en la década de 1820 tuvo un peligroso desorden político pero ya en 1833, quince años de conseguida la separación definitiva de España, su clase política diseñaba, de la mano de Diego Portales, un sistema de gobierno y las bases de un estado nacional. Mientras los demás países de la región aprobaban constituciones provisionales y se sumían en la anarquía, la Constitución chilena de 1833 reflejaba fielmente el escenario social y lo perpetuaba. Consagró el presidencialismo y el centralismo; además, le dio a la oligarquía conservadora el control del país por lo menos en los próximos 30 años.

Todo esto se vio favorecido, de un lado, por el perfil del territorio. Era un país estrecho, compacto y manejable. Se extendía desde la zona minera del Copiapó hasta el río Bío-Bío en el sur, más allá del cual los indios araucanos, unos 200 mil, preservaban tenazmente su identidad e independencia. La mayoría de los chilenos, un millón al momento de la independencia, vivía en la región del valle central al sur de Santiago (productor de fruta y cereal). Había unificación étnica, clave de la estabilidad social: una minoría blanca y una mayoría mestiza; el número de negros y mulatos era muy reducido, y los indios vivían excluidos al sur. Esto hacía que la sociedad chilena estuviera compuesta por una reducida elite criolla terrateniente y de una masa de trabajadores agrícolas y mineros. También había comerciantes, empresarios mineros y profesionales liberales que, en su mayoría, también recurrían a la posesión de tierras como símbolo de prestigio social . En este escenario, a pesar de una evidente conciencia racial, no había conflicto social. Solo la clase dominante estaba dividida por algunas ideas e intereses, pues algunos pensaban que sus negocios estarían mejor protegidos por un sistema liberal y otros por un gobierno conservador.

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Una chingana del siglo XIX durante las fiestas patrias

¿Cuál fue la clave del orden? Quizá la respuesta se encuentra en un pasaje de una de las cartas del Epistolario de Diego Portales: El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública. Si ella faltase, nos encontraríamos a obscuras y sin poder contener a los díscolos más que con medias dictadas por la razón, o que la experiencia ha enseñado a ser útiles; pero entre tanto…. Lo que Portales expresa es una constatación, el reconocimiento de un hecho. El orden opera porque la estructura social está sólidamente asentada y es aceptada, y porque el liberalismo no existe, carece de hombres (sutiles, hábiles y cosquillosos) que lo puedan hacer posible. Analizando un poco más, diríamos que se trata de una mentalidad proclive a aceptar la jerarquía social, el orden y una autoridad política fuerte (Góngora 1986), y al hecho de que la hacienda (una sociedad autoritaria y jerarquizada en pequeña escala) fuese la estructura social dominante. Sabemos, por último, que al ministro Portales, estadista de genio, no le gustaba teorizar, era pragmático, intuitivo. En Chile, reconoce, hay una inercia (el peso de la noche) y no habiendo fuerza externa actuando sobre un cuerpo inerte, este seguirá en reposo o bien continuará moviéndose en forma recta y uniforme, según Jocelyn-Holt.

Portales era el interlocutor de una elite tradicional que giraba alrededor de “semi-principios” rara vez verbalizados pero efectivos: que no se altere el orden jerárquico, que el mundo rural esté al margen de los cambios, que ni la Iglesia o el Ejército sean demasiado poderosos, que el estado debe estar controlado por la elite tradicional, y que los grupos que pudieran amenazar el orden (los liberales) deben estar también controlados, neutralizados o, si es posible, volverlos propios. Esa fue la esencia del orden portaliano que funcionaría, con ligeras adaptaciones, hasta por lo menos 1890. Pero más allá del indudable talento político de Portales, el triunfo de los conservadores (llamados pelucones) se debió a que representaban mejor que los liberales (llamados pipiolos) las estructuras culturales y mentales heredadas del pasado colonial (Sergio Villalobos). En este escenario, como vemos, había poco espacio para los liberales: fueron combatidos (exiliados la mayoría de veces) o asimilados poco a poco al sistema siempre y cuando moderasen sus posiciones (tal como ocurrió a partir de 1860).

La primera generación de liberales chilenos no era muy democrática. Es cierto que deseaban una base de gobierno más amplia o la abolición de los fueros eclesiásticos, pero no contaban con apoyo popular. Una de sus figuras más influyentes fue el general Ramón Freire quien trató de evitar el autoritarismo de Bernardo O’Higgins. En 1826 dio paso a una serie de gobiernos y Chile retrocedió hacia un federalismo que lo condujo a la anarquía. En este confuso periodo destaca la Constitución de 1828 que dio otro aviso liberal: la supresión de los mayorazgos. Otro liberal de entonces fue el presidente Antonio Pinto quien, a la par de proclamar la libertad y la igualdad individuales, la libertad de prensa, trató de calmar los ánimos dando ingreso a su gobierno a algunos conservadores. Todos estos intentos de institucionalización política respondían a una idea utópica, en el sentido de que un sistema teórico (racional) bien pensado e implantado adecuadamente podía alterar rápidamente la realidad. Pero estas constituciones no respondían a las condiciones históricas del país y, aunque bien intencionadas, demostraron reiterada y rápidamente su ineficacia. De este modo, el prestigio de los liberales quedó seriamente dañado por la anarquía entre 1824 y 1829. Su federalismo no tuvo éxito y habían demostrado incapacidad para gobernar. La preponderancia pipiola sucumbió .

El camino estaba allanado a los conservadores, unidos a los estanqueros, cuyo interlocutor era Portales. Su proyecto, como vimos, sería plasmado en la Constitución de 1833, obra de los juristas Mariano Egaña y Andrés Bello, pero inspirada en Portales, que defendió un gobierno de mano dura que tomaría medidas severas contra el desorden y la inseguridad . Tres gobiernos conservadores, de diez años cada uno, simbolizaron este orden envidiable para otras repúblicas latinoamericanas: Joaquín Prieto (1831-41), Manuel Bulnes (1841-51) y Manuel Montt (1851-61).

Durante esta coyuntura, se produjo la victoria sobre la Confederación Perú-Boliviana (1836-39) que produjo un efecto a largo plazo en el plano de las identidades: un nacionalismo incipiente y una temprana identidad corporativa. Los habitantes del Valle Central y su elite, núcleo del desarrollo del país, comenzaron a considerarse el centro de la nueva comunidad nacional: “Según ellos, la victoria se debió a que las tropas chilenas, en gran parte originarias de esta zona, eran blancas y mestizas, mientras que las tropas peruanas y bolivianas tenían una mayoría indígena. De este modo, comenzó a conformarse la idea y la imagen del valle central como el espacio vital de una “raza chilena”. Esta idea y esta imagen crecieron con el tiempo y fueron utilizadas por los gobernantes chilenos para justificar su política de control y expansión territorial. Cuando a principios de los años sesenta, por ejemplo, se organizó la pacificación del Arauco, la frontera india al sur del país, lo hicieron en nombre de la misión civilizadora del valle central, según Juan Maiguashca.

Esta experiencia colectiva le dio un temprano y gran prestigio al estado oligárquico chileno y postergó, al menos por un tiempo, la pugna al interior de la clase política. Los chilenos pudieron contar con una transición pacífica y atemperar las medidas represivas tomadas contra los liberales durante el periodo dominado por Portales (muerto en 1837). Por ello, el gobierno de Bulnes, héroe de la guerra, se consideró como de reconciliación, orden y progreso. En efecto, a lo largo de su decenio se definió la política como el arte de la negociación, se dio espacio a una oposición moderada, al ejército se le neutralizó, se institucionalizó un civilismo, se formó una clase política consciente de su misión y se hizo un gran esfuerzo por seleccionar un personal administrativo competente. El orden, por su lado, se logró mediante una severa ley de prensa y el progreso a través del incremento del comercio.

Pero el progreso también se vio en un renacimiento cultural estimulado por la presencia de algunos exiliados políticos de notable talla intelectual: el venezolano Andrés Bello y los argentinos Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Juan Bautista Alberdi, quienes huían de la dictadura de Rosas. Esta presencia reavivó la prensa, y fue Sarmiento quien surgió como el observador más agudo de las relaciones entre prensa y política ya que prestó especial atención al periodismo como profesión. Sus cualidades como articulista, además de un certero instinto político, lo convirtieron en un escritor cuyos aportes a la prensa fueron lo suficientemente poderosos como para significarle no solo enorme popularidad sino también las más enconadas enemistades.

Los indios.- El problema del indio era una cuestión que no afectaba la vida del país, como sí ocurrió en las repúblicas andinas o centroamericanas, al menos hasta después de 1850. La mayoría vivía más allá de las fronteras (al sur del río Bío Bío, a 500 kilómetros de Santiago) y, si bien los indios en algunas oportunidades pusieron a prueba la eficacia del estado, no plantearon serios problemas de tierras, mano de obra o raza a los políticos. El Bío Bío fue el límite entre las dos naciones, aunque por los chilenos jamás reconocido y eventualmente violado. A partir de la década de 1850, con el boom del trigo, se inició la llamada “pacificación de la Araucanía”, es decir, la guerra colonizadora del estado contra los araucanos (Kannemann 1993). La guerra contra los araucos, sin embargo, había sido activa solo durante un siglo, hasta la década de 1650, produciéndose a continuación un apaciguamiento que solo fue roto de vez en cuando, dando paso a una intensa compenetración fronteriza y a una ocupación espontánea de buena parte del territorio indígena, antes que se iniciase la intervención estatal a partir de 1860. Así las cosas, hubo una vida fronteriza más que una lucha y de ella derivaron actitudes que nada tuvieron que ver con el espíritu marcial. La Araucanía y el ajetreo que unía a los nativos con los hispano-criollos y mestizos, fue un mundo donde tenían cabida los más variados tipos humanos. Allá iba a dar cuanto bandolero producía el país al sur del Maule también al norte de aquel río. Se enrolaban en la milicia y la dejaban, traficaban con aguardientes y armas, robaban o compraban indias y niños, esperaban de cualquier lance, ayudaban o traicionaban a los indios y vivían sin ninguna ley. Inagotables en triquiñuelas, asiduos en la procreación de mestizos, tomaban la vida a la ligera. Los de mayores ínfulas adquirían tierras de los caciques con buenas o malas artes y se convertían en ganaderos. En esa atmósfera, no fue propiamente el ánimo gallardo el que se desarrolló, sino la vida irresponsable y desordenada, la improvisación, el vivir a salto de mata, la evasión y la picardía constante. Todo ello entroncaba, además, con el ocio rural de los siglos coloniales, según Sergio Villalobos.


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Según algunos testimonios, por el lugar donde se levantó el Monasterio de Santa Clara (1606), hubo una ermita llamada Nuestra Señora de la Peña de Francia. Según el padre Bernabé Cobo, el monasterio dispuso de una extensión de más de una cuadra y media, por lo que hubo suficiente espacio para crear la plazuela. La iglesia de santa Clara, de otro lado, hubo de varias constantemente de su ubicación por las necesidades del tránsito y el tamaño de la plazuela. Actualmente, podemos reconocer el gran valor de este espacio, tanto por su carácter, muy limeño, como por la peculiaridad de las calles que desembocan en aquí. La iglesia y monasterio de Santa Clara (fundados por el arzobispo Toribio de Mogrovejo) está frente a la plazuela, sobre una elevación de terreno. El área de la plazuela abarca 50 por 55 metros por los que pasan 5 vías.

En la plazuela también encontramos, ya muy deteriorado, el antiguo edificio conocido como el “Molino de Santa Clara”. ¿Quién lo construyó? Resulta que en 1845 llegó al Perú el inmigrante italiano Luis Josué Rainuzzo (nacido en Santa Margarita, en la Liguria) quien, a diferencia de muchos de los inmigrantes de la época, trajo una fortuna que la invirtió y formó una empresa con su hermano Elías. Asimismo, como era muy amigo del arte, adornó su casa con 17 magníficas esculturas de mármol que representaban, en la parte baja, a Miguel Cervantes, Alejandro Volta, Andrea Doria, Rafael Sanzio, Dante Alighieri, Miguel Ángel, Maquiavelo, Víctor Alfieri y Galileo Galiei; en la parte superior estaban Víctor Manuel, Marco Polo y Diógenes; las otras cinco eran alegorías mitológicas. Sin embargo, cuando don Luis murió, las estatuas fueron bajadas y vendidas a Juan Levaggi quien, a su vez, las revendió a distintas personas de Lima. Hoy, a la entrada del Museo de Arte Italiano, podemos ver cuatro de ellas.

Según los recuerdos de Pedro Benvenuto Murrieta, la vida de la plazuela de santa Clara es en todo momento del día animada; desde temprano las carretas del molino la llenan de ruidos especiales. Los carreteros gustan de restallar fuertemente sus chicotes, mientras a grandes gritos, salpicados de juramentos, azuzan a sus bestias. Un poco más tarde llegan las recuas de burros serranos cargados con cajoncitos en los que traen huevos, pasan lentamente, cuidados por dos o tres indios calzados con “ojotas” o “shucuyes”, que abrigados con multicolores ponchos listados y tupidos “shullos”, que van “chaccchando” coca, camino de los tambos del Lechugal y San Ildefonso… Desde las diez de la mañana a las cinco de la tarde los vecinos de santa Clara presencian un fúnebre e ininterrumpido desfile. Todos los entierros de Lima tienen forzosamente que tomar este camino… Las carrozas de primera clase, tiradas con cuatro mulas con caparazones de paño negro, cochero vestido de gala y paje sentados en altísimo asiento, las más modestas de segunda y tercera, las comunes de cuarta y quinta y de la sexta que conduce los muertos de hospitales y pobres de solemnidad, suben lentamente hasta llegar frente a la estatua de don Miguel de Cervantes… Al paso de los cortejos, la gente se descubre respetuosa y las viejas se santiguan, unciosas, rezando un padre nuestro por el alma del finado. Después del regreso del último coche, a las seis de la tarde, la plazuela entra en una calma relativa hasta las siete de al noche en que empiezan a llegar a sus esquinas los pianitos ambulantes. El chiquillo ayudante abre el banquillo de tijera junto ala vereda, el cargador se coloca el piano encima y la manizuela diestramente manejada entra en funciones… Uno a uno los pianitos dejan el campo. Han venido a llamarlos para que alegren una reunión. Un estribillo perenne acompaña hasta casi el alba el sueño de la plazuela, es el ha, ha, ha monótono de los sudorosos amasadores de la panadería, situada en al esquina de las “Carrozas”, con el que acompañan su nocturna faena.

Mañana, plazuela del Cercado.

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(blog Lima de Siempre)

Ubicada en los Barrios Altos, Juan Bromley calcula que esta plazuela se formó hacia 1745, cuando la congregación de San Camilo recibió la donación de un solar ubicado en la esquina de la antigua iglesia de la Buenamuerte y la calle de la Penitencia; de esta manera, los frailes (liderados por el cura Antonio Valverde y Bustamante) construyeron los nuevos templo y convento, inaugurados ese mismo año, con gran fiesta en la nueva plazuela. Actualmente, este espacio sigue siendo un lugar de distracción y tránsito de peatones, además de aquellos que van en busca de asistencia, tanto en la iglesia como en el Hospital de la Buena Muerte. La plazuela es cuadrangular, de 18 por 22 metros; tiene bancas de cemento, faroles de estilo republicano y piso de lajas. Como dato curioso, debajo de la plazuela hay una galería abovedada con criptas, la cual es accesible sólo desde el convento.

Esta plazuela también se hizo conocida porque aquí nació el conocido restaurante de pescados y mariscos la “Buena Muerte”, en la esquina de los Jirones Paruro y Ancash (hoy está en la cuadra 4 del jirón Paruro), propiedad del inmigrante japonés Minoru Kunigami. Según el testimonio recogido por Mariela Balbi, progresó económicamente y se mudó a los Barrios Altos, más precisamente a la plaza de la Buena Muerte, donde abrió una bodega que adentro tenía un salón. “No quería que se convirtiera en cantina, porque cerca estaba el Estado mayor del Ejército y al mediodía los oficiales venían a tomar su pisquito. Me pedían queso cortado y un día se me ocurrió hacer choritos y caldo de choros”. Poco apoco fue introduciendo todo tipo de platos a base de pescado y la gente quedó fascinada por lo singular de su propuesta culinaria. Ofrecía sashimi, e hizo que sus comensales aprendieran a comer cebiche medio crudo o, como él acertadamente lo denomina: “a la inglesa”. “Lo preparaba con ají monito de la selva, rojo y amarillo, luego salió el limo. También con su poquito de kion. Ajinomoto (glutamato) y ajo”. Todavía lo sirve con nabo, rabanito y pepinillo, “lo hago por el sabor y porque adorna bonito”. Lo cierto es que se hacía cola para entrar, el cebiche volaba y congregaba refinados paladares y aventureros del sabor. Era el restaurante de pescados y mariscos de la época y hasta hoy mantiene su calidad.

Mañana, plazuela de Santa Clara.

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(blog Lima de Siempre)

La historia de esta plazuela está íntimamente ligada a la de su barrio, tal vez el único de la zona del Cercado en donde todavía suenan jaranas criollas, pero también en sus calles uno puede toparse con iglesias coloniales, casonas solariegas, balcones de cajón, el tradicional mercado de “La Aurora” y la vieja estación del tren. El barrio de Monserrate, también llamado Cuartel Primero, fue uno de los epicentros de la música criolla; allí se encontraban conocidos locales como “El Sentir de los Barrios”, “Felipe Pinglo” y el “Club Social Bocanegra”, donde se compusieron diversos valses criollos y surgieron algunas figuras, como Cecilia Bracamonte. Por su lado, el viejo mercado de “La Aurora” todavía conserva la mayor parte de sus estructuras originales y, al igual que el de Surquillo, tendría que ser remodelado para convertirlo no solo en un buen centro de abastos sino en un centro turístico. Entre sus iglesias, no solo está Las Nazarenas o el santuario de Santa Rosa sino también el templo de San Sebastián, en cuya pila se bautizaron Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y Francisco Bolognesi. No podemos olvidar, asimismo, la vieja estación del tren, aún utilizada para los viajes Lima-Huancayo. Todo esto sin mencionar el primer camal moderno que tuvo Lima, fundado a finales del XIX, que estuvo en Monserrate. Finalmente, en la esquina de los jirones Cañete e Ica, está una bodega, administrada por niseis, que tiene más de 50 años de existencia y todavía conserva sus estantes originales.

Ahora hablemos de la plazuela. Su origen se remonta a la llegada de los frailes benedictinos a nuestra ciudad, allá por 1599, quienes fundaron un hospicio y un conventillo, al que llamaron Monserrate, en un solar que pertenecía a la huerta de doña María Loaysa. Un poco después, otro vecino del barrio, el rico comerciante Antonio Pérez de la Canal, donó una suma importante de dinero con el que se construyó la iglesia, que hoy conserva en su interior su estilo original y su fachada reconstruida de estilo neoclásico. Según Juan Bromley, al parecer la plazuela se formó en los terrenos que colindaban con el llamado río Monserrate. Frente a la plazuela se encuentra parte de la antigua Muralla de la ciudad, llamado ahora Fuerte de Monserrate. La plazoleta está rodeada por árboles e iluminada por cinco faroles de estilo neocolonial. Fue reformada en la década de 1970 y hoy ocupa el lugar de la antigua Estación del Ferrocarril "Monserrate" Lima- Callao.

Mañana, plazuela de la Buena Muerte
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El Ángel de la Independencia en Ciudad de México
(foto de Juan Luis Orrego)


Hoy los mexicanos deben celebrar los 200 años del "Grito de Dolores", el inicio de la guerra por su Independencia, que recién se cristalizaría en 1821. Hay muchas voces en México que se preguntan si hay algo que justifique la celebración. Dos centurias después del levantamiento de Hidalgo, el país tiene 108 millones de habitantes, de los que la mitad siguen pacediendo la pobreza. Si a esto le sumamos la violencia extrema de los carteles de la droga, el panorama es aún más sombrío; tan es así que muchas autoridades han suspendido los festejos y pedido a la población que lo haga en familia, por miedo al crimen organizado.

El México independiente tenía muchas semejanzas con el Perú de la república inicial. Había sido una de las colonias más explotadas por España y una de las más reconocidas por su enorme riqueza. Los valores coloniales, en consecuencia, estaban bien arraigados y se mantuvieron casi intactos luego de 1821. La Independencia no fue declarada por un libertador venido de fuera (como aquí lo fueron San Martín y Bolívar), un republicano o un líder revolucionario (como lo fueron allá Hidalgo y Morelos), sino por un general realista, Agustín de Iturbide, quien, además, implantó un gobierno monárquico que rápidamente colapsó . Como es natural -y esto sí, al igual que el Perú- se trataba de una población diversa y fragmentada y no había consenso sobre la nueva identidad del país. Muchos de los líderes de la independencia habían combatido en el bando realista y la nueva elite del país se encontraba muy dividida por su cambio continuo de lealtades antes y después de su separación de la Metrópoli.

Otro elemento común es que la lucha por la Independencia dejó al antiguo país de los aztecas sumido en el desorden y la decadencia. Aquí la guerra, a diferencia de Argentina o Brasil, fue mucho más extensa. La economía había colapsado y los peninsulares se habían llevado su capital a España. Las minas de oro y plata, en su tiempo orgullo del Imperio español en Ultramar, requerían todo tipo de reparaciones. Los obrajes habían caído, los caminos estaban casi desiertos y la agricultura sobrevivía a duras penas. Unos 300 mil hombres, que en su mayoría habían combatido en las luchas separatistas, estaban sin trabajo y sin ingresos. Representaban casi el 30% de toda la población adulta masculina. Se trataba de un segmento social irritado y casi siempre armado. No eran solo un problema económico sino también social: alimentaban la violencia cotidiana (Skidmore y Smith 1996). Pueblos y viviendas devastados completaban el triste panorama. No hay duda que, al igual que el caso peruano, el siglo XIX es incomprensible en México sin tomar en cuenta el trauma dejado por la independencia.

Dos instituciones eran ahora las dueñas del país: la Iglesia y el ejército. La Iglesia sobrevivió a la Independencia con su estructura y riqueza casi intactas. Los cálculos apuntan a que poseía cerca de la mitad de la tierra. El clero gozaba de rentas constantes por el alquiler de sus numerosos bienes, sus inversiones estaban en todo el territorio y era el mayor operador bancario del nuevo país. Sus generosos créditos a los hacendados no solo le garantizaban ingresos regulares sino también le facilitaban una estratégica alianza con los estratos más poderosos de la pirámide social. Esto sin mencionar sus ingresos por diezmos y capellanías. No es sorprendente, pues, que la Iglesia terminara convirtiéndose en el blanco de la oposición de los liberales, por cuestiones ideológicas, y por aquellos grupos que no se beneficiaban de su riqueza. En el caso mexicano, entonces, es imposible entender su siglo XIX sin el tema clerical, clave en el tortuoso camino para establecer la reforma liberal.

Los militares, por su lado, dominaron la política toda la centuria. Hasta el advenimiento de Benito Juárez, el castigado país tuvo cerca de 50 gobiernos, 35 de ellos presididos por oficiales del ejército los que, cuándo no, recurrían al golpe de estado para ocupar el cargo presidencial. Los caudillos no se molestaban en gobernar. Este “complicado” arte era dejado a un grupo de abogados e intelectuales, casi todos de Ciudad de México, quienes ocupaban las vicepresidencias y llenaban los ministerios. De todos estos caudillos, el más famoso y tragicómico fue Antonio López de Santa Anna: ocupó la presidencia 9 veces y puso en el cargo a sus títeres en otras ocasiones.

A continuación, reproducidos las reflexiones que publica hoy el historiador mexicano Enrique Krauze en el diario El País de España a propósito de esta importante efeméride.

EL GRITO DE MÉXICO

Pareciera que cada 100 años México tiene una cita con la violencia. Si bien el denominador común de nuestra historia nacional ha sido la convivencia social, étnica y religiosa, la construcción pacífica de ciudades, pueblos, comunidades y la creación de un rico mosaico cultural, la memoria colectiva se ha concentrado en dos fechas míticas: 1810 y 1910. En ambas, estallaron las revoluciones que forman parte central de nuestra identidad histórica. Los mexicanos veneran a sus grandes protagonistas justicieros, todos muertos violentamente: Hidalgo, Morelos, Guerrero, Madero, Zapata, Villa, Carranza. Pero, por otra parte, ambas guerras dejaron una estela profunda de destrucción, tardaron 10 años en amainar, y el país esperó muchos años más para reestablecer los niveles anteriores de paz y progreso.

En 2010, México no confronta una nueva revolución ni una insurgencia guerrillera como la colombiana. Tampoco la geografía de la violencia abarca el espacio de aquellas guerras ni los niveles que ha alcanzado se acercan, en lo absoluto, a los de 1810 o 1910. Pero la violencia que padecemos, a pesar de ser predominantemente intestina entre las bandas criminales, es inocultable y opresiva. Se trata, hay que subrayar, de una violencia muy distinta de la de 1810 y 1910: aquellas fueron violencias de ideas e ideales; esta es la violencia más innoble y ciega, la violencia criminal por el dinero.

Tras la primera revolución (que costó quizá 300.000 vidas, de un total aproximado de seis millones), las rentas públicas, la producción agrícola, industrial y minera y, sobre todo, el capital, no recobraron los niveles anteriores a 1810, sino hasta la década de 1880. A la desolación material siguieron casi cinco décadas de inseguridad en los caminos, inestabilidad política, onerosísimas guerras civiles e internacionales, tras las cuales el país separó la Iglesia del Estado y encontró finalmente una forma política estable (méritos ambos de Benito Juárez y su generación liberal) y alcanzó, bajo el largo régimen autoritario de Porfirio Díaz, un notable progreso material.

La segunda revolución resultó aún más devastadora: por muerte violenta, hambre o enfermedad desaparecieron cerca de 700.000 personas (de un total de 15 millones); otras 300.000 emigraron a Estados Unidos; se destruyó buena parte de la infraestructura, cayó verticalmente la minería, el comercio y la industria, se arrasaron ranchos, haciendas y ciudades, y en el Estado ganadero de Chihuahua desaparecieron todas las reses.

Por si fuera poco, entre 1926 y 1929 sobrevino la guerra de los campesinos "Cristeros", que costó 70.000 vidas. Pero desde 1929 el país volvió a encontrar una forma política estable aunque, de nuevo, no democrática (la hegemonía del PRI) que llevó a cabo una vasta reforma agraria, mejoró sustancialmente la condición de los obreros, estableció instituciones públicas de bienestar social que aún funcionan y propició décadas de crecimiento y estabilidad.

Ambas revoluciones -y esto es lo esencial- presentaron a la historia buenas cartas de legitimidad. En 1810, un sector de la población no tuvo más remedio que recurrir a la violencia para conquistar la independencia. Su recurso a las armas no se inspiró en Rousseau ni en la Revolución Francesa. Tres agravios (la invasión napoleónica a España que había dejado el reino sin cabeza, el antiguo resentimiento de los criollos contra la dominación de los "peninsulares" y la excesiva dependencia de la Corona con respecto a la plata novohispana para financiar sus guerras finiseculares) parecían cumplir las doctrinas de "soberanía popular" elaboradas por una brillante constelación de teólogos neoescolásticos del siglo XVI como el jesuita Francisco Suárez. A juicio de sus líderes, la rebelión era lícita.

Además, era inevitable, porque la corona española -a diferencia de la de Portugal- desatendió los consejos y oportunidades de desanudar sin romper sus lazos con los dominios de ultramar enviando, como ocurrió con Brasil en 1822, un vástago de la casa real para gobernarlos.

En 1910, un amplio sector de la población, agraviado por la permanencia de 36 años en el poder del dictador Porfirio Díaz, consideró que no tenía más opción que la de recurrir a la legítima violencia para destronarlo. Al lograr su propósito, esta breve revolución puramente democrática dio paso a un gobierno legalmente electo que al poco tiempo fue derribado por un golpe militar con el apoyo de la embajada americana. Este nuevo agravio se aunó a muchos otros acumulados (de campesinos, de obreros y clases medias nacionalistas) que desembocaron propiamente en la primera revolución social del siglo XX. Las grandes reformas sociales que se hicieron posteriormente han justificado a los ojos de la mayoría de historiadores la década de violencia revolucionaria que, sin embargo, vista a la distancia, parece haber sido menos inevitable que la de 1810.

En 2010, un puñado de poderosos grupos criminales ha desatado una violencia sangrienta, ilegal y, por supuesto, ilegítima contra la sociedad y el gobierno. Esta guerra ha desembocado, en algunos municipios y Estados del país, en una situación verdaderamente hobbesiana frente a la cual el Estado no tiene más opción que actuar para recobrar el monopolio de la violencia legítima que es característica esencial de todo Estado de derecho.

El clima de inseguridad de 2010 ha ensombrecido la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Desde hace casi 200 años, en la medianoche del 15 de septiembre los mexicanos se han reunido en las plazas del país, hasta en los pueblos más remotos y pequeños, para dar el Grito, una réplica simbólica del llamamiento a las armas que dio el "Padre de la Patria", el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla, la madrugada del 16 de septiembre de 1810. En unos cuantos días, una inmensa cauda indígena armada de ondas, piedras y palos lo siguió por varias capitales del reino y estuvo a punto de tomar la capital. A su aprehensión y muerte en 1811 siguió una etapa más estructurada y lúcida de la guerra a cargo de otro sacerdote, José María Morelos. La Independencia se conquistó finalmente en septiembre de 1821.

Han pasado exactamente 200 años desde aquel Grito. Hoy, México ha encontrado en la democracia su forma política definitiva. El drama consiste en que la reciente transición a la democracia tuvo un efecto centrífugo en el poder que favoreció los poderes locales y, en particular, el poder de los carteles y grupos criminales. Ya no hay (ni habrá, como en tiempos de Porfirio Díaz o del PRI) un poder central absoluto que pueda negociar con los bandoleros. Habrá que ganar esa guerra (y reanudar el crecimiento económico) dentro de las reglas de la democracia, con avances diversos, fragmentarios, difíciles. Costará más dolor y llevará tiempo.

El ánimo general es sombrío, porque a despecho de sus violentas mitologías, el mexicano es un pueblo suave, pacífico y trabajador. Muchos quisieran creer que vivimos una pesadilla de la que despertaremos mañana, aliviados. No es así. Pero se trata de una realidad generada, en gran medida, por el mercado de drogas y armas en Estados Unidos y tolerada por muchos norteamericanos que rehúsan a ver su responsabilidad en la tragedia y se alzan los hombros con exasperante hipocresía.

Esa es nuestra solitaria realidad. Y, sin embargo, la noche de hoy las plazas en todo el país se llenarán de luz, música y color. La gente verá los fuegos artificiales y los desfiles, escuchará al presidente tañir la vieja campana del cura Miguel Hidalgo, y gritará con júbilo "¡Viva México!".






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Ubicada al final de la avenida Tacna, su origen no es colonial, como muchos pensarían, sino republicano, de la segunda mitad del siglo XX. La plazoleta fue inaugurada el 29 de agosto de 1974 por la Municipalidad de Lima y la estatua de la Santa limeña fue develada por el entonces Alcalde interino, Gonzalo Raffo. A la ceremonia asistió la señora Anita Fernandini de Naranjo, quien fuera alcaldesa de Lima 1963, quién donó parte del terreno donde está ubicada la plazoleta. La escultura de Santa Rosa de Lima es de bronce, mide unos 4 metros de alto y fue bendecida por el monseñor Javier Irízar. Podemos observar que la escultura está sobre un semicírculo, que representa al mundo; la Santa de América aparece sosteniendo una cruz con la mano izquierda y su mirada está dirigida hacia el suelo en actitud de humildad.

Mañana, plazuela de Monserrate.
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El primer rastro de esta plazuela, ubicada entre la avenida Tacna y el jirón Huancavelica, la encontramos en el plano de Lima de Amédée Frezier de 1716, cuando las Nazarenas era un beaterio. Ahora forma parte del atrio de la iglesia de las Nazarenas. Tiene piso de lajas, está enrejada y presenta dos puertas de ingreso donde se aprecia la Iglesia de Santo Cristo de los Milagros o de las Nazarenas. En el otro extremo hay diversas tiendas de objetos religiosos vinculados a la adoración del Cristo Morado. Artísticamente hablando, en realidad, como bien dice Pedro Benvenuto, la modesta plazuela de las Nazarenas está rodeada de edificios cuyas fábricas no llaman la atención y aun la misma iglesia no tiene valor arquitectónico alguno. Su celebridad le viene de poseer el más preciado tesoro religioso de nuestra ciudad: la venerada imagen de nuestro Amo y Señor de los Milagros. Naturalmente, esta plazoleta cobra trascendencia durante el mes de octubre de cada año, cuando sobre su explanada el anda del Señor de los Milagros y miles de fieles lo aguardan, apiñados y con gran devoción, en sus inmediaciones.

Mañana, plazuela de Santa Rosa de Lima.
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Esta plazuela, ubicada entre la avenida Wilson y el jirón Quilca, tiene una antiquísima historia. Según antiguos testimonios, era punto de intercambio comercial el Callao y Lima, ya que los pescadores acudían aquí, luego de entrar por la puerta de San Jacinto (una de los ingresos de la antigua Muralla), a intercambiar sus productos. Esta función, que se remonta a los tiempos del Virreinato, casi no se alteró en los años republicanos. En una esquina de la plazuela hay una cruz de madera que recuerda a los limeños fusilados durante la ocupación chilena. Con la trasformación de la ciudad en los años de la República Aristocrática, la plazuela (llamada “Plaza de la Salud” por estar ubicada aquí la Estación de la Salud del ferrocarril al Callao) se refaccionó y, a principios de la década de 1950, cuando era alcalde de nuestra ciudad Luis T. Larco, se inauguró el monumento en homenaje a Federico Elguera, burgomaestre de Lima entre 1901 y 1908. Hoy, esta pequeña plazuela, está adornada con flores y se encuentra rodeada por enormes edificios.

Según Pedro Benvenuto, en la esquina de la cruz había antiguamente una pulpería, propiedad de un genovés, don Bartolo, quien decoró su local con dos óleos, uno de Garibaldi y el otro del rey Víctor Manuel, artífices de la Unificación Italiana. Prosigue Benvenuto: la plazuela –de trágicos recuerdos en los días de la ocupación chilena –tiene la forma de un triángulo y está rodeada de casas de un solo piso, salvo la estación de la Salud del F.C. Inglés de Lima al Callao. Durante la invasión chilena ciertos barrios como los de San Isidro y la Cruz se hicieron célebres por la encarnizada persecución que hacían sus vecinos a todo soldado chileno que caía por allí en tardes horas de la noche. Habiéndose repetido los asesinatos el Gobernador militar Patricio Lynch quiso suprimir esas manifestaciones de la indignación popular contra los invasores, de una manera radical; para esto se apresó a varios sospechosos de estos barrios, se les quintó y fueron fusilados junto a la tontería de don Carlos el alemán, y otros en la pared fronteriza, ya para entrar en la calle de Bravo. Clavadas en al pared dos cruces –que empéñanse los pintores ramplones en cubrir con pintura al temple, color amarillo del rey-recuerdan tan luctuosos sucesos.

El busto de bronce, con pedestal de granito, de Elguera, ubicado en la parte central de la plazuela, fue obra es el escultor peruano don Luis F. Agurto. Recordemos que durante Elguera, durante su administración, hizo su gran “esfuerzo civilizador” en la ciudad. Entre sus obras más importantes, figuran:

1. La modernización de la Plaza de Armas
2. La inauguración del monumento a Bolognesi
3. La construcción del mercado de la Aurora y del Baratillo
4. La pavimentación y el asfaltado de las calles de Lima.
5. La iluminación eléctrica de la capital.
6. La promoción del transporte con tranvías eléctricos.
7. En el aspecto sanitario, canalizó las aguas servidas, inauguró baños públicos, dotó de agua potable al Parque de la Exposición, creó el instituto de bacteriología y el lazareto para leprosos.
8. En el ámbito cultural, inauguró la pinacoteca Ignacio Merino e impulsó la construcción del hoy Teatro Segura, inaugurado como teatro municipal el 14 de febrero de 1909.

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Mañana, plazuela de Las Nazarenas.
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Ubicada en una esquina del cruce de Emancipación con Rufino Torrico, esta bella plazuela encuentra su origen en el sigo XVI, en el Monasterio de la Santísima Trinidad, que estuvo ubicado junto al terreno donde se construyó la iglesia de San Marcelo. Por ello, ya en 1610 aparece en los documentos “la plazuela de la Santísima Trinidad”, según Juan Bromley. Asimismo, se sabe que, en 1612, el escribano Alonso Carrión pidió que la pila de agua que estaba al centro de la plazoleta se moviera a un lado de ella pues era un estorbo: “la plazuela que de mi voluntad y de mi sitio y solar he dejado para el ornato de la iglesia y mis casas en medio de ellas”, dijo el escribano. Hoy esta rodeada por casonas republicanas, muy maltrechas y que requieren urgente recuperación, y por la iglesia de San Marcelo, cuya fachada fue reconstruida entre 1925 y 1933. También presenta algunas áreas verdes, con sardineles de concreto, y piso de laja de piedra y bancas de mármol con base de concreto. Sus elegantes arcos son de fierro forjado, pintados de color verde oscuro y, al centro, tiene un monumento de bronce con base de mármol, en homenaje a María Laos de Miro Quesada, muerta en un atentado junto a su esposo, Antonio Miro Quesada, director de El Comercio, el 15 de mayo de 1935, cuando salían del Club Nacional. La escultura es obra de Carlos Pazos y fue inaugurada el 29 de julio de 1952. Hasta principios de la década de 1970, frente a este bucólico rincón limeño estaba la casona Beltrán, que tenía los balcones republicanos más bellos y prolongados de la ciudad (este inmueble fue demolido para dar paso a la avenida Emancipación).

Mañana, plazuela Federico Elguera.
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Plazuela e iglesia de Santo Domingo

Esta plazuela es una de las más antiguas de Lima. Aquí tenía su casa una dama española, María de Escobar, quien llegó al Perú en al expedición de Pedro de Alvarado en 1534. Fue una de las primeras españolas que pisó la nueva ciudad y su vida fue muy polémica, pues no gozaba de buena reputación. Vino casada con el capitán Martín de Astete, de quien enviudó para casarse con el capitán Francisco de Chávez; éste también murió asesinado en el asalto de los almagristas a la Casa de Pizarro, por lo que casó, por tercera vez, ahora con el capitán Pedro Portocarrero. Cuentan que en su casa también estuvo prisionero Blasco Núñez de Vela, primer virrey del Perú. Por ello, esta plazuela fue conocida, inicialmente, con el nombre “María de Escobar”. Posteriormente, según Juan Bromley, en 1563, los frailes dominicos reclamaron al Cabildo este espacio, diciendo que les pertenecía y que era necesario que se conserve para el ornato de la ciudad. Por ello, para formalizar la adquisición de la plazoleta, el Cabildo eligió al alcalde Jerónimo de Silva como su representante, y, los dominicos, al licenciado Diego de Pineda. Finalmente, en 1576 ya aparece en los documentos la plazuela como propiedad de la orden de Santo Domingo, por sentencia de la Real Audiencia. Pero la historia no queda allí. Luego, el Cabildo se la compra a los dominicos, por 1000 pesos, para realizar en ella un mercado de ganado, como existía en las ciudades españolas.

Después de la Guerra con Chile, en esta plazuela funcionó uno de los primeros hoteles modernos que tuvo nuestra ciudad, el “Hotel de Francia e Inglaterra”. El médico alemán, Ernst W. Middendorf, de paso por Lima en la década de 1880, dejó sus impresiones: (el Hotel de France et d’Anglterre) está situado también, muy cerca de la Plaza de Armas, en la Plazuela delante del convento de Santo Domingo, en una zona que aunque sin gran movimiento comercial, está cerca del Correo y de las dos estaciones de ferrocarril. Hace pocos años que existe, y por esta razón las instalaciones de los cuartos, especialmente las alfombras, son relativamente nuevas y de calidad. Por esto y porque se puede comer a cualquier hora a la carta, la mayoría de los viajeros prefieren este hotel. Nosotros también quisimos seguir el dictado de la moda y lo elegimos para nuestra residencia. El edificio no fue construido para hotel, sino para una casa corriente, con un segundo piso, en el que los cuartos interiores dan sobre dos pequeños patios. El primer patio ha sido convertido en un agradable jardín, donde en pequeñas divisiones rodeadas de plantas, se encuentran puestas las mesas, que los huéspedes pueden elegir a voluntad. Los cuartos del segundo piso tienen balcones techados que dan a ala calle y a la plazuela y son utilizados como vestíbulos para los cuartos adyacentes. La casa está bastante bien cuidada por el hotelero y dueño, un francés cojo y con una inteligencia algo torpe, pero con una esposa que posee agilidad y humor por ambos: una mujer pequeña, fortachona, con rostro rojizo y pelo blanco encrespado, que había sido antes lavandera y cuyos salientes pómulos, fuerte y pequeña dentadura y labios ligeramente contraídos anuncian un grado de inteligencia poco común. En la casa, se le oye renegar sin cesar para mantener en orden y en actividad a los perezosos mozos morenos. Sin embargo, el servicio es malo, pero se le puede mejorar en alguna forma, como ocurre también en cualquier otra parte, si se da a entender oportunamente a los criados que el monto de la esperada propina depende de su celo en el servicio, y se les estimula con un pequeño pago adelantado. Un inconveniente del hotel, es la proximidad al convento de los dominicos, que está al frente, y en el que el repique de las campanas es incesante; sobre todo en las mañanas en que se celebran generalmente las exequias, el quejido de las campanas pequeñas, que no armonizan entre sí, es una gran molestia hasta para los nervios menos sensibles. Sin embargo, con el tiempo uno llega a acostumbrarse, del mismo modo que se acostumbra a otras molestias. No es lo peor el sonido discordante de las campanas, que en Lima ofende el oído civilizado, sino las voces de los vendedores ambulantes y sus pregones, tan hirientes que es imposible habituarse a ellos, y que según el estado de ánimo en que uno se encuentra llevan, por momentos, a la desesperación o a la rabia.

Hoy la plazuela tiene estilo republicano, con balcones de cajón. Es cuadrada, está decorada con faroles, bancas de madera y hierro y tiene grandes ficus que dan sombra y buen ambiente este rincón de la ciudad, punto de encuentro de muchos lustrabotas. Por ello, en el centro hay, desde 1984, un pequeño monumento en bronce que muestra a un niño "lustrabotas", obra del escultor Humberto Hoyos Guevara. También hay, a un lado, el busto en bronce de Augusto E. Pérez Araníbar, protector de la infancia y promotor de la asistencia social (fue inaugurado por el alcalde Luis Bedoya Reyes en los años sesenta).

Mañana, la plazuela de San Marcelo

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Una imagen de la plazuela en el siglo XVII

Esta tradicional plazuela, casi de las dimensiones de una plaza, está debidamente documentada. Ya el padre Bernabé Cobo, quien llegó a Lima en 1598, escribió que la iglesia de San Francisco era muy grande, con un cementerio y una plazuela adelante. También tenemos noticias que, en 1602, el guardián del convento de los franciscanos, fray Benito de Huertas, pidió licencia al Cabildo para ampliar el cementerio y así convertir la placeta en un lugar más vistoso para la ciudad. Sin embargo, las peticiones de los franciscanos tropezaron con las protestas del capitán Juan de Vargas y Venegas (casado con Elvira de Ribera y Alconchel, hija del primer alcalde de Lima, Nicolás de Ribera) quien, según Juan Bromley, “manifestó que la plazuela fue hecha a costa de la hacienda de su abuelo y del padre de dicho capitán. Agregó que en ella se solían hacer fiestas, juegos de cañas u de toros y que por caridad se les permitió a los religiosos franciscanos que tomaran parte de la plazuela para formar el cementerio; y que con lo que se pretendía ejecutar desaparecería la plaza con perjuicio público”. Al final, se impusieron los intereses de los franciscanos y el cabido cedió. Más adelante, en 1670, la plazuela, que ya contaba con su pila al centro, fue empedrada para mejorar su limpieza y el ornato de aquel sector de la ciudad. También sabemos que este lugar sirvió para presenciar los autos sacramentales escenificados en el atrio de la iglesia; aquí funcionó, finalmente, no solo un mercado de abastos sino también el más importante mercado de venta de esclavos negros durante el Virreinato (los vendedores de esclavos levantaban un tabladillo para “exhibir” a los negros bozales o ladinos). Es la única plaza o plazuela de la ciudad que tiene tres iglesias: San Francisco, la Soledad y el Milagro. Últimamente, la Pontificia Universidad Católica exhibió "El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca, en el atrio de San Francisco".

Según los recuerdos de Pedro Benvenuto, La vida de la plazuela es animada y alegre. Temprano la despiertan el toque monacal de los maitines y los militares sones de la diana cuartelera. Más tarde, después del matinal saludo a la bandera, van llegando las carretas que tienen aquí sentada su estación… Casi ningún hombre escapa a su observación picante, ninguna moza a su requiebro… A eso de las nueve desfila por aquí el cortejo de los presos de las comisarías de los barrios altos, que van ala diaria calificación del Intendente. Ante las miradas de las devotas que salen de misa y de los carreteros que aguardan marchantes, pasan los presos entre dos filas de celadores… Asiduas concurrentes de la plazuela son también muchas viudas que acuden ala casa de préstamo de García en al calle del Milagro. Infaltable es la cotidiana presencia de una tal misia Panchita, que vive entre la Plaza de Armas y la peña, donde quien no cae, resbala… Por cierto que a toda hora pasan militares del cercano cuartel del Callejón de San Francisco, frailes del convento, clérigos del Seminario y señoras asiladas del Hospicio… Con el crepúsculo llega la calma. Idas las carretas, cerradas las tiendas de muebles, concluidas las novenas u otras distribuciones, cuando las hay, la plazuela entra en completa paz. El postrer reducto del movimiento y de la bulla es la pulpería de los esposos Corvetto, cuyo saloncito se llena de alegres parroquianos.

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Otra imagen de la plazuela en el siglo XIX


Mañana, la plazuela de Santo Domingo
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Plazuela de San Pedro a inicios del siglo XX

La historia de esta plazoleta se remonta, según Juan Bromley, a 1626, cuando el procurador de la orden de los jesuitas, fray Cristóbal Garcés, se presentó al Cabildo diciendo que ya había tratado con el vecino Juan Esteban de Montiel la compra de unas casas frente a la iglesia de la Compañía; sin embargo, otro vecino, Pedro de Villarroel se las había apropiado y había empezado a derribarlas. Agregó el fraile que la Compañía quería esas casas para crear una plaza pública que sirviera de ornato a la ciudad pero también como lugar de prédica del Evangelio y adoctrinamiento de niños negros e indios sin interferir con los oficios que se celebraban dentro del templo; asimismo, la nueva plazuela serviría para dejar a los negros y criados y a los caballos y carruajes de los vecinos que concurrían a la iglesia. El tema ya se estaba viendo en la Real Audiencia, pero el padre Garcés acudió al cabildo para que apoyase también la causa. Al final, todo resultó como lo quiso la Compañía: Villarreal vendió las casas a los jesuitas con la expresa condición de que no se edificaría ningún inmueble para dar paso a la plazuela. Cabe destacar que, durante los años del Virreinato, también se le llamó “plaza de los coloquios”, porque en ella los jesuitas montaban sus funciones teatrales de tipo religioso; asimismo, desde la plazuela también podía observar el público lo que se escenificaba en el atrio de la iglesia. También fue llamada “plazuela del gato”, aunque no sabemos el porqué de este nombre. Desde 1986, se encuentra en esta plazuela el monumento al ensayista y diplomático peruano Víctor Andrés Belaunde, cuya escultura en bronce es obra Humberto Hoyos Guevara; el que fuera presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, está de cuerpo entero y dando cátedra.

Mañana, la plazuela de San Francisco
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Detalle de la plazuela de San Agustín y de la iglesia, cuando aún conservaba una de sus torres

El lugar que ocupa esta plazoleta fue el solar de Francisco Velásquez de Talavera, alcalde de Lima en 1553 y 1566. Su residencia fue heredada por su hija, Inés de Sosa, quien se casó con Francisco de Cárdenas y Mendoza, también alcalde de Lima en 1595. Luego, en 1612, en este espacio se construyó un “corral de comedias”, propiedad de Alonso de Ávila y su esposa, María del Castillo. Según Juan Bromley, es posible que delante de este teatro se dejara un espacio libre para el público, lo que habría originado la plazoleta. Cabe añadir que para esa época, ya los agustinos habían construido tu templo y su convento en la manzana de al lado.

¿Qué hubo antes en esta plazuela? Antiguas fotografías demuestran que en su perímetro existía una casona con un espectacular mirador de corte gótico. Luego, en ese mismo lugar, se construyó, en 1955, el edificio de oficinas de la compañía “Peruano-Suiza”, donde funcionó, hasta inicios de la década de 1970, la sede de la embajada suiza. El inmueble fue diseñado por el arquitecto suizo Teodoro Cron, quien le prestó mucha importancia al peatón, a quien le dio un pasaje debajo del edificio, que permite ver la hermosa fachada barroca de la iglesia de San Agustín; actualmente, es el local principal del SAT, Servicio de Administración Tributaria. Asimismo, en esta plazoleta estuvo el monumento a Eduardo de Habich, fundador de la Escuela de ingeniero, por lo que se le llamó “Plazuela Polonia” (el monumento se trasladó luego a Jesús María). También estuvo aquí un obelisco en honor de Jaime Bausate y Mesa, fundador de la Gazeta de Lima, primer periódico del Perú y de América del Sur (luego se ubicó el monolito en el Campo de Marte). Actualmente, podemos admirar, al centro, una estela en homenaje al poeta César Vallejo, inaugurada en 1961. Esta obra del escultor vasco Jorge Oteiza es, quizá, la escultura más valiosa que hoy adorna Lima por la fama de su autor. Fue el primer monumento abstracto levantado en nuestra ciudad, en un lugar de tradición barroca, que significa la ruptura con la figuración y la exaltación romántica del personaje. Sin embargo, a pesar de todos estos cambios, la plazuela perduró con su viejo nombre de San Agustín.

Mañana, la plazuela de San Pedro

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Postal de Lima (hacia 1910) en la que se aprecia la plazuela de La Merced

Ubicada en el jirón de la Unión, frente a la iglesia de La Merced, durante los primeros años del Virreinato fue ocupada por las casas del licenciado Álvaro de Torres y del Castillo, alcalde de Lima (1568) y protomédico de la ciudad. A finales del siglo XVI, el Cabildo compró los terrenos y, parte de ellos, los adquirió Pedro Sánchez de Paredes, quien los cedió para uso del Tribunal del Santo Oficio. El 28 de julio de 1821, el libertador San Martín proclamó, en este lugar, la independencia del Perú, luego de hacerlo en la Plaza de Armas (hay una placa conmemorativa).

Hasta 1915, es este espacio se encontraba la escultura en bronce de las “Tres Gracias”, hoy frente al Hotel Bolívar, en cruce con la Avenida Nicolás de Piérola (La Colmena). Actualmente, en cambio, apreciamos un pequeño monumento al mariscal Ramón Castilla. Este homenaje a Castilla se hizo esperar, pues el estado mandó erigir, en 1868 (un año después de su muerte), el suntuoso monumento fúnebre al célebre personaje en el cementerio Presbítero Maestro, pero en la ciudad no se le había dado un lugar preferencial. El monumento fue inaugurado en 1915 y fue obra de David Lozano. La imagen muestra a Castilla en una actitud sencilla. También en esta plaza podemos apreciar el edificio del Interbank, construido en 1942 y declarado monumento histórico por el INC. Finalmente, se observa una placa que recuerda la marcha que el 1 de junio de 1956 realizó el arquitecto Fernando Belaúnde Terry como protesta ante la negativa del Jurado Nacional de Elecciones en inscribir su candidatura a 16 días de las elecciones de aquel año.

Mañana, plazuela de San Agustín
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Plazuela del Teatro hacia finales del siglo XIX

Esta plazuela no tiene origen virreinal sino republicano, y se abrió entre 1822 y 1847. Cuenta Luis Antonio Eguiguren que, en 1822, el general San Martín y su ministro, Bernardo de Monteagudo, solicitaron a los padres agustinos su colaboración para dar realce al Teatro Principal, también llamado Teatro de la Comedia. Así, los frailes donaron a la ciudad un terreno que se agregó a la calle del Teatro. Esta cesión significó la demolición de un sector del convento Nuestra Señora de la Gracia para dar paso a la plazuela y facilitar el estacionamiento de coches y carrozas sin obstaculizar el tránsito. Fue la primera obra de expansión urbanística que se realizó después la Independencia, y se inspira en las plazas alargadas y curvilíneas del siglo XVIII tratadas con portales o fachadas clásicas. Luego, el presidente Torre Tagle, por Decreto Gubernativo del 22 de marzo de 1823, dispuso que se llamara "Plaza 7 de septiembre", en recuerdo a la fecha del desembarco de San Martín en Paracas; también mandó adornar el lugar para que sirviera como paseo público (en 1931, el alcalde de Lima, Luis A. Eguiguren, colocó una placa recordatoria sobre este hecho pero hoy está desaparecida). Cabe mencionar que en esta plazuela se colocó la primera piedra de un monumento a San Martín que nunca se concluyó; luego, en 1855, la Municipalidad decidió colocar en ese mismo lugar una estatua al oidor Pedro Antonio de Olavide, quien reconstruyó el viejo teatro e mediados del siglo XVIII. Poco antes, en 1846, se hizo el Portal de San Agustín, frente al Teatro, financiado por los comerciantes Federico Barreda y Nicolás Rodrigo. A lo largo del siglo XIX, la plazuela tuvo otros nombres, como de las Comedias y del Coliseo.

El Teatro Segura se construyó hacia el año 1910, sobre los vestigios de la antigua sala del Teatro Principal, que acogió las veladas artísticas desde los tiempos coloniales. Todo el conjunto (teatro y plazuela) lleva el nombre de uno de los autores teatrales peruanos más importantes del siglo XIX, Manuel Ascencio y Segura. Cabe destacar que, junto al Segura, se la Sala Alcedo, en honor de don José Bernardo Alcedo, autor de la música del Himno Nacional del Perú. En la plazuela, hoy totalmente empedrada, hay un monumento al poeta César Vallejo, obra de Miguel Baca Rossi, inaugurada el 15 de abril de 1983. Muestral poeta de pie y está hecha de bronce y granito. La escultura ha sido muy criticada, pues, según algunos, muestra a Vallejo sin altivez, con la cabeza gacha, cubierto con un sacón que va desde el cuello hasta las canillas, con las solapas entreabiertas y con las manos dentro de los bolsillos. Tampoco la frase que está en el pedestal es la más original de nuestro primer poeta: Hay, hermanos, mucho por hacer. Por último, el bar o taberna “Carbone” es otro de los lugares tradicionales de la Lima de antaño que aún puede verse o visitarse en esta plazuela.

Mañana, la plazuela de La Merced
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Plazuela de Micheo, ya desaparecida, en 1898

Hasta la inauguración de la plaza San Martín por el presidente Leguía en 1921, Lima contaba hasta con cinco espacios de este tipo: la Plaza de Armas, la Plaza del Congreso (llamada de la Inquisición en el Virreinato y Bolívar en el siglo XIX), la Plaza Italia (llamada de Santa Ana en los tiempos virreinales), la Plaza Dos de Mayo y la Plaza de la Recoleta (inaugurada un año antes, en 1920, también por Leguía). Una plaza es un espacio público amplio y abierto, un “salón urbano”.

Una plazuela o plazoleta, en cambio, también es un espacio abierto pero más pequeño. Lima siempre tuvo plazuelas y el origen de la mayor parte de ellas se remonta a los tiempos del Virreinato a través de la compra o donación de terrenos o áreas correspondientes a los solares ubicados al frente de las iglesias. La idea era ofrecer espacios a los feligreses para reunirse antes y después de las ceremonias religiosas (junto a los atrios); asimismo, a nivel urbanístico y arquitectónico, darle una mejor representación y presentación a las decenas de edificios religiosos que se ubicaban a lo largo y ancho de la ciudad.

Respecto a las dimensiones y formas de las plazuelas, dependió de cada caso, de la circunstancia que rodeó la ubicación y la construcción de los edificios. Así por ejemplo, tenemos a la Iglesia de La Merced, cuya plazuela es muy pequeña, por encontrarse en un lugar demasiado céntrico de la ciudad; en cambio, la plazuela de la Iglesia de San Francisco es mucho más amplia, casi una plaza. Cabe destacar que algunas plazuelas ya no existen:

a. Las plazuelas de San Juan de Dios y Micheo desaparecieron en 1921 para dar paso a la Plaza San Martín.
b. La plazuela (e iglesia) de Desamparados (también llamada del Rollo, del Puente, del Jardín) desapareció en 1938 cuando se construyó el jardín posterior del nuevo Palacio de Gobierno.
c. La plazuela de Belén desapareció cuando se construyó la iglesia del mismo nombre (hoy desaparecida) y se abrió la avenida Uruguay.
d. La plazuela de San Carlos (frente al Panteón de los Próceres) quedó integrada al Parque Universitario.
e. La plazuela del Baratillo desapareció en 1912 cuando su área sirvió para ensanchar el mercado del mismo nombre.

Mañana, la Plazuela del Teatro
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Seminario: “La Iglesia Católica ante la Independencia de la América Española”
Lugar: ISET Juan XXIII
Calle Alfredo Cadenas 290, altura cuadra 18 Av. Bolívar, Pueblo Libre)

Horas: 6 p.m.- 9 p.m.

Jueves 2 de septiembre
"La Iglesia y el Perú en el momento de la Independencia"

5.30 Inscripciones y entrega de material

6.00 Palabras de bienvenida

6.05 "El Perú de la Independencia"
Dr. José Agustín de la Puente Candamo (Profesor Emérito de la PUCP y Presidente Emérito de la Academia Nacional de Historia)

Ponencias:

6.30 "El arzobispo Las Heras ante la Independencia"
P. Armando Nieto Vélez, S.J. Presidente de la Academia Nacional de Historia y de la Academia Peruana de Historia Eclesiástica
7.00 "Dos sacerdotes significativos tras la Independencia: Valdivia y Herrera"
Dr. José Antonio Benito. Secretario de la Academia Peruana de Historia Eclesiástica. Historiador

7.30 Descanso

7.45 Conferencia: "La Santa Sede ante la independencia de las naciones hispanoamericanas"
Dr. Emilio Martínez Albesa, Coordinador Académico del Congreso organizado en Roma con motivo del bicentenario de la Independencia patrocinado por el Pontificio Consejo de la Cultura y la Pontificia Comisión para América Latina


Viernes 3 de septiembre
"La Iglesia y el Perú después de la Independencia"

6 p.m "La Independencia y los intentos de integración. De Bolívar a Santa Cruz (1825-1839)"
Dra. Margarita Guerra Martiniere, Directora del Instituto “Riva Agüero”
6.30 p.m "Las relaciones entre la Iglesia y el Estado en tiempo de Goyeneche"
Ernesto Rojas, Docente de la PUCP y del ISET Juan XXIII
7.00 "Iglesia y economía en la coyuntura independentista"
Dr. Fernando Armas Asín. Historiador

7.30 Descanso

7.45 Conferencia: "Laicidad y laicismo: raíces históricas y sus consecuencias actuales"
Dr. Emilio Martínez Albesa

8.45 Clausura

Organiza: Academia Peruana de Historia Eclesiástica
Auspician: ISET “Juan XXIII”, Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, Facultad de Teología Redemptoris Mater del Callao, Instituto Riva-Agüero y Universidad Católica Sedes Sapientiae
Entrada Libre, previa inscripción, Tel.5338002, 238. Correo: cepac@ucss.edu.pe, joseanbenito@gmail.com
Certificado por 10 horas académicas: Quien lo desee, lo solicita y abona 20 soles