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Archivo de mayo 2010
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Plano de la ciudad de Lima en el siglo XVI con los solares que repartió Pizarro

A la par de sus bondades y conveniencias de su emplazamiento en el valle del Rímac, de su clima y otras ventajas, desde sus inicios, Lima estuvo expuesta a uno de los peores flagelos de la naturaleza: los movimientos sísmicos. Dejando de lado la larga lista de los temblores de escasa magnitud (dicen que el primer temblor que sintieron los españoles fue en 1533, cuando Hernando Pizarro estuvo en Pachacamac y aún no se había fundado Lima), el primer terremoto de verdad que azotó nuestra ciudad fue el del 9 de julio de 1586 (calculado en 8,1 en la escala de Ritcher), a las 7 de la noche. Pero como en esa época Lima no había alcanzado su esplendor arquitectónico (barroco) y su población era todavía escasa, los daños no fueron tan significativos; murieron poco menos de 20 personas. Es cierto que quedaron seriamente dañados la casa de gobierno y los principales edificios públicos; el virrey de entonces, el Conde de Villar, tuvo que alojarse temporalmente en una garita de madera que se le improvisó dentro del convento de San Francisco. Cabe destacar que el sismo se sintió desde Trujillo a Caravelí, y que el Callao quedó también muy maltrecho.

En cambio, los movimientos telúricos de 1687 y 1746, ambos por coincidencia en el mes de octubre (desde ese entonces, “mes de los terremotos”) y los dos de 8,2 grados en la escala de Ritcher, fueron verdaderos cataclismos, que dejaron desolada a la antigua capital de los virreyes. En aquellas tristes coyunturas, la recuperación de la ciudad fue lenta, difícil y costosa. Por último, en cuanto a la pérdida del patrimonio artístico, sus consecuencias fueron irreparables.

Hasta mediados del siglo XVII, solamente en Lima hubo catorce sismos y terremotos: en 1582, 1586, 1609, 1630, 1655, 1678, 1687, 1690, 1699, 1716, 1725, 1732, 1734 y 1743. De extraño gusto es un informe de alrededor de 16 hojas sobre el terremoto de Lima de 1609 que Pedro de Oña escribió en verso para el Virrey del Perú, Don Juan de Mendoza y Lima, Marqués de Montesclaros:

Zimbra toda pared, cruxen los techos
agudo pulsa, y late el suelo aprieta,
faltan los hombres, en pavor deshechos,
y el alarido mugeril no cessa,
dan vozes, tuercen manos, hieren pechos,
y aun la curada crin alguna messa,
rezclando quiza sus cabellos,
que es el presente mal y castigo dellos [...]
Creciendo va el terrible terremoto
açorasse el cavallo, el perro aulla,
y sin saver a donde, el vulgo ignoto
corre mezclado en confussion y trulla
la turbación, espanto, y alboroto
no dexan sangre, que en las venas bulla,
miedo la cuaxa, y el cabello eriza,
y embuelve los semblantes en ceniza. [...]


Pedro de Oña refería más adelante en su verso que las causas del terremoto debían buscarse en el "fuego en las cavernas encendido" y en "el viento como algunos han sentido"; ambas explicaciones todavía circulaban en el siglo XIX.


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Plaza de Mayo (Buenos Aires, 1867)

La elite de Buenos Aires, al adoptar el federalismo, logró su hegemonía al mantener el dominio exclusivo del puerto y sus rentas; las provincias, por su lado, fundaban sus expectativas de cambio en la sanción de una Constitución que nacionalizara a ambos. Si bien, como vimos, el periodo “rosista” no resolvió el conflicto, fue sentando las bases empíricas de una convivencia política de carácter nacional y, a partir de 1837, un grupo de intelectuales, entre los que destacan Alberdi y Sarmiento, madura el diseño de un proyecto nacional que se expresó en la Constitución de 1853 . Pero el documento no bastaba. Hubo que esperar diez años más para que surja la clase política capaz de centralizar el poder en el Estado y mediante la estabilidad política y seguridad jurídica atraer los capitales extranjeros que fundaran las bases del desarrollo económico.

La constitución de 1853, entonces, diseña un proyecto nacional. Se redacta en un contexto en el que los legisladores tenían ante sí un enorme territorio poblado por apenas un millón y medio de habitantes , en su gran mayoría analfabetos , sin medios de comunicación, sin ferrocarriles y con un enorme desequilibrio entre Buenos Aires y el resto del país. La otra cara del problema seguía siendo cómo transferir el poder de los estados provinciales a una unidad política más amplia, que tuviera en sus manos los recursos públicos derivados del comercio y del crédito así como la fuerza de las armas.

El mérito de estos constituyentes es que fueron capaces de concebir para el futuro otra realidad. En este sentido, Tulio Halperin (1995) subraya la superior clarividencia de estos pensadores. No hay paralelo fuera de Argentina al debate entre Sarmiento y Alberdi. Lo cierto es que ya en el Preámbulo de la Constitución se establecían claramente los objetivos: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino” (citado por Fernández y otros 2002: 170).

Desde la promulgación de la Constitución de 1853 transcurrió un período turbulento y agitado de progreso vertiginoso. Aprobada en Santa Fe, no tendrá el reconocimiento de Buenos Aires. Estableció un régimen republicano federal, con división de poderes, un Congreso con dos cámaras y aseguró el autogobierno provincial. Estableció las garantías individuales y protegió la propiedad. Buenos Aires, aislada de la confederación, pero con el monopolio del puerto de mayor importancia del país, exhibía su prosperidad. Fue una época de expansión por la llegada de los primeros emigrantes europeos, de desarrollo de la agricultura y de la industria -pues se construían los ferrocarriles y se colonizaba la tierra- y de reformas en la educación y en las leyes sociales. Ese fue el contexto de las tres presidencias que se sucedieron entre 1862 y 1880, las llamadas “históricas” por la trascendencia de su obra: Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. En las tres hay una continuidad tanto en el proyecto como en los frentes de lucha, pues a ellos les corresponde la afirmación de un nuevo orden que requiere la formación de un Estado centralizado y seguridad jurídica para las inversiones extranjeras.

El primer frente a resolver será el federalismo del interior que reacciona por la forma en que Buenos Aires lleva a cabo su misión “libertadora y civilizadora”, que las provincias del interior la asumen como prepotente e impositiva. El resurgimiento de la montonera, severamente atacada por el ejército nacional, desata una guerra civil que pronto se convertiría en internacional cuando estalla la Guerra del Paraguay, muy impopular al principio por responder más a los intereses británicos y brasileños que argentinos . El segundo tema de conflicto eran las frontera interiores con el indio. Se trataba del imperio de las tribus que dominaban las pampas, territorios conocidos como “el desierto”. La estrategia a emplear contra aquellas poblaciones de frontera era motivo de serias discusiones. El tema no era estrictamente militar sino un proyecto integral a futuro. El desenlace fue el siguiente: el indio que podía adaptarse se incorporaba como mano de obra, el que no, se internaba más en el territorio. La alternativa frente al segundo caso fue el exterminio. De esta forma se ganaban territorios hasta entonces desconocidos pero de enorme potencial económico. Finalmente, el tercer tema de conflicto era la condición legal de Buenos Aires como capital de la nación . En los años siguientes, las autoridades nacionales se instalaron en condición de huéspedes ocupando la ciudad porteña producto de una Ley de Compromiso, promulgada por Mitre y que se fue prorrogando. Finalmente, durante la presidencia de Avellaneda, se dictó una ley que consagraba a Buenos Aires capital de la República Argentina (Fernández y otros 2002) .

Al mismo tiempo, los presidentes debían resolver la disputa entre intereses comerciales y terratenientes; los ganaderos, que representaban el sector productivo, exigieron obras de infraestructura que tan sólo podían ser construidas por el Estado: puertos, ferrocarriles, servicios públicos esenciales; reclamaban capital y este debía conseguirse del extranjero por medio de empréstitos. En este sentido, entre 1862 y 1880, el Estado debe difundir las relaciones de producción propias del liberalismo capitalista y adaptarlas a la producción agropecuaria en pos del mercado mundial.

Estas relaciones giraron en torno a tres temas: la tierra, la mano de obra y el capital. Respecto a las tierras, estas fueron liberadas por el Estado en tales condiciones que sólo pudo acceder a ellas el sector ganadero tradicional. Esto favoreció el latifundio pero no la formación de la pequeña o mediana propiedad . En cuanto a la mano de obra, se inculcaron los patrones del mundo capitalista: disciplina laboral como medio para incrementar la productividad. El gaucho se rebelaría contra estos cambios. A los terratenientes les molestaba el estilo de vida del gaucho: abandonar a su antojo el lugar de trabajo, cazar libremente, ocupar tierras ajenas, perder el tiempo en pulperías o portar armas blancas. El Código Rural de 1865 puso freno a todo esto. De otro lado, el avance de la explotación agrícola emplea mano de obra europea, la cual tendría el nivel de vida más alto que el promedio del mundo rural latinoamericano. Finalmente, la llegada de capitales fue el resultado de aportes públicos, privados y foráneos. El aporte estatal se destinó a abrir oficinas públicas y dotar al país de cierta infraestructura en comunicación (ferrocarriles y telégrafos). El capital privado se destinó a todo lo que pudiera mejorar la producción: sementales extranjeros, molinos, canales de regadío. Por su lado, el capital foráneo, básicamente británico, se orientó al empréstito público, los ferrocarriles y las tierras.

De esta manera se consolidaba la economía argentina y se adaptaba al mercado mundial. En la década de 1860 empieza a funcionar el Ferrocarril Gran Sur de Buenos Aires y abre sus puertas el Banco de Londres y Río de la Plata, de capital británico. Empresarios nacionales, por su lado, construyen el Ferrocarril Central Argentino. Ahora quedaban unidas las regiones productoras con los puertos de Buenos Aires y Rosario. También se creaban sociedades inglesas para la compra de tierras y la explotación ganadera. Paralelamente, el Estado alentaba el establecimiento de colonias agrícolas en Santa Fe, que darían origen a la espectacular expansión de la producción de cereales (Martínez Días 1992). Asimismo, en 1865, Argentina era la primera nación exportadora de lana ovina en el mundo. Por último, la creciente inmigración, procedente del sur de Europa, comenzaba a cumplir los sueños de la Generación de 1837, desarrollada por Alberdi en sus Bases y resumida en la frase: "gobernar es poblar".
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Domingo Faustino Sarmiento

Luego de la derrota del dictador Rosas, Urquiza convocó a los gobernadores para organizar el país bajo la forma de un Estado federal. Ahora, en 1852, el problema seguía siendo cómo transferir el poder de los estados provinciales a una unidad política más amplia que tuviera en sus manos los recursos públicos derivados del comercio y del crédito así como la fuerza de las armas. De otro lado, para lograr un nuevo marco de organización y funcionamiento social, el orden se erigía como una cuestión dominante. Para muchos intelectuales era la cuestión de fondo que permitiría el progreso. La idea de orden excluía a todos aquellos elementos que podían obstruir el progreso (montoneros, caudillos e indios, por ejemplo). Desde esta perspectiva, el orden implicaba también definir lo que era la ciudadanía, en tanto se debía establecer quiénes serían considerados como miembros legítimos de la nueva sociedad. El proyecto tenía, además, proyecciones externas porque su instauración ayudaba a obtener la confianza en el exterior para atraer capitales e inmigrantes, sin cuyo concurso la perspectiva del progreso era irrealizable. Pero, ante este proyecto, la reacción porteña no se hizo esperar y la opinión se dividió entre una coalición separatista y otra integracionista que perduraría hasta la derrota de la provincia de Buenos Aires en 1880.

Fue en este contexto que llegaron del exilio, actuaron y debatieron los dos estadistas más importantes del país en el siglo XIX: Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Juan Bautista Alberdi (1810-1884). Su liberalismo, que devino en conservador, forjaría la nación argentina. Ellos fueron los portaestandartes del debate que se abrió sobre los caminos a seguir para encauzar el país . En este sentido, eran cuatro los problemas que preocupaban a los estadistas argentinos:

1) el fomento a la inmigración
2) el progreso económico
3) la ordenación legal del Estado
4) el desarrollo de la educación pública.

Es cierto que buena parte de estos puntos ya se habían planteado al final de la era “rosista”, sin embargo, ya llegaba la hora de materializarlos .

Alberti y Sarmiento, como vimos, eran liberales en tanto se oponían a la larga dictadura de Rosas, per su proyecto de desarrollo para la Argentina no se podría entender sin la herencia del “rosismo”. De otro lado, como muchos liberales, hacia 1850 su relación con Europa era ambivalente (Hale 1991). La mayoría de ellos compartía la opinión de Alberdi en el sentido que su civilización era la europea y que “nuestra revolución”, en cuanto a sus ideas, era simplemente una fase de la Revolución Francesa. Pero, pese a ello, esta parte del continente ofrecía esperanzas de progreso humano bajo instituciones libres, esperanzas que contradictoriamente se habían frustrado reiteradamente en Europa; la prueba es que desde los tiempos de la independencia, con excepción de Brasil, todos los países americanos habían rechazado la monarquía por el ideal republicano .

El famoso libro de Sarmiento, publicado en 1845, Facundo. Civilización y barbarie, identificaba la dictadura de Rosas con el ruralismo y la libertad con la civilización urbana, presentando la difícil situación de Argentina como un proceso dramático en el que la violenta barbarie agraria invadía una era de progreso y refinamiento urbanos (Romero 1978 y Merquior 1993). No obstante, durante su exilio en Chile, Sarmiento estuvo muy lejos de apoyar a los liberales chilenos. Cuando escribía en El Progreso, elogiaba el autoritarismo ilustrado del régimen establecido por Diego Portales, apoyó la candidatura del conservador Manuel Montt e insistía en la necesidad de un gobierno fuerte y estable. En su destierro, Sarmiento tuvo la convicción de que el único camino para Chile, como para el resto de América Latina, era el de un sistema gradual de liberalización en un contexto de orden social. Mientras el pueblo no estuviera lo suficientemente educado para entender el funcionamiento de las instituciones políticas republicanas, el orden público debía estar asegurado, aunque esto pudiera significar la restricción de las libertades individuales. Al igual que Montt, Sarmiento provenía de orígenes sociales modestos y había surgido gracias a la disciplina y a la ambición. Además, ambos habían prestado largos servicios en la educación pública (Jaksic 1991). Sarmiento era un educador y, en un viaje a Europa, enviado por el gobierno chileno para observar el sistema educativo en el Viejo Mundo, se convenció de que la democracia no era viable en países con mayoría de analfabetos (Merquior 1993).

Pero su desilusión europea fue más allá. Después del fracaso de las revoluciones de 1848, Sarmiento, al igual que el ruso Alejandro Herzen, cambió su modelo político. Habiendo descubierto miseria urbana y riqueza rural en la Europa en pleno proceso industrial, moderó su dicotomía ciudad-campo y emprendió un descubrimiento hacia Norteamérica. Encontró que en Estados Unidos funcionaba una democracia en sentido social: una vigorosa civilización basada en el mercado y la escuela. Allí Sarmiento se hizo muy amigo de un educador de Nueva Inglaterra, Horace Mann (1796-1859). Para Mann, el modo de superar la barbarie era construir la igualdad porque ella no era el fruto sino la condición del progreso (Merquior 1993). En Norteamérica, Sarmiento vio como ejemplo a imitar la sociedad de la colonización de la frontera, antes que la red de poblaciones históricamente asentadas. En aquella sociedad la propiedad de la tierra estaba ampliamente distribuida y había escuelas por todas partes; esas comunidades urbano-rurales eran la base de la libertad y la civilización. Esta fórmula podría aplicarse a la Argentina de entonces, un país con un gran territorio y con una enorme oferta agrícola-ganadera.

De otro lado, Sarmiento quería inyectar virtud cívica a la república moderna. Por ello, contemplaba la posibilidad de conceder ciudadanía a los inmigrantes europeos quienes, a sus ojos, eran los agentes naturales del progreso y la civilización en las pampas argentinas. Pero con los años, sobre todo luego de su difícil experiencia en la presidencia de la nación (1868-1874), entendió que las elites criollas habían conservado una hegemonía oligárquica y que los trabajadores extranjeros no habían adquirido ninguna ciudadanía. Ante la situación, aceptó el principio de un sistema patricio encabezado por criollos prominentes e inmigrantes propietarios, hasta que la educación central, su instrumento civilizador favorito, ampliara la base social de la república. Nunca previó que cuando la prosperidad y la alfabetización llegaran a los hijos de los inmigrantes, como en gran medida ocurrió en el siglo XX, éstos ingresarían a la política en un escenario social muy diferente de la democracia de pequeños propietarios rurales que tanto admiró en Norteamérica. Sin embargo, a estas alturas de su evolución política, Sarmiento estaba más cerca del mantenimiento del orden que de la virtud cívica. Él, que había sido admirador de Benjamin Franklin, se había convertido en un seguidor de Thomas Paine, el crítico de la Revolución Francesa. Él, que alguna vez soñó con la democracia, había terminado convertido en el típico “liberal conservador” que colocaba la autoridad a la misma altura que la virtud cívica, muy cerca de pensadores como Walter Bagehot y Alexis de Tocqueville.

El autor del Facundo, en suma, terminaría elaborando una imagen que rivalizaría, como veremos, con la “alberdiana”. Se alejó del modelo autoritario y estaba preocupado en cómo crear una nueva sociedad. En este sentido resaltó la importancia de la lecto-escritura organizada alrededor de un mercado nacional. Para Sarmiento, la sociedad necesitaba de una masa letrada y una mucho más amplia de consumidores y, para forjarla, no bastaba el alfabeto, era necesario, además, expandir el bienestar y las aspiraciones de lograr el crecimiento económico . Por último, para distribuir el bienestar a sectores más amplios debía ofrecerse la propiedad de la tierra.

Juan Bautista Alberdi, por su lado, nunca padeció de ilusiones democráticas. Consideraba fundamental el establecimiento de un gobierno fuerte para evitar los conflictos al interior de la elite. Alberdi creía en un férreo poder ejecutivo que no sólo aseguraría la hegemonía a quienes ya participaban del poder sino que ello respetaría su creciente prosperidad. El régimen autoritario que defendía, la república posible, se materializó en la Constitución de 1853. En ella el poder se concentraba en el presidente.

Alberdi se nutría del ataque general que se lanzaba en Europa contra la validez de las doctrinas de los derechos naturales y su utilidad. Se pensaba que eran abstractos, legalistas y de discutible aplicación universal . En su influyente ensayo Fragmento preliminar al estudio del derecho (1837), Alberdi decía que el derecho no debía considerarse como una colección de leyes escritas sino como un elemento vivo y continuamente progresivo de la vida social. Por otro lado, en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la república argentina (1852), escritas desde su exilio en Chile, el estadista argentino, como Vitorino Lastarria, pedía originalidad en la Constitución. Esta debía reflejar las condiciones reales del pueblo y no ser una copia sin sentido de alguna constitución europea. Para Alberdi, la Constitución argentina de 1826 no armonizaba con las necesidades del pueblo. Ese fue el espíritu de reforma que hubo en Buenos Aires que inspiró a los redactores de la nueva Constitución de 1853.

En efecto, Alberdi se burlaba de las revoluciones latinoamericanas por su servil copia de ideas y principios inaplicables a la realidad de las nuevas repúblicas, es decir, una sociedad en la que la Independencia había generado una torpe unión entre el ideal del progreso decimonónico y la herencia española del atraso. Fue allí que se dio cuenta de las ventajas de la inmigración (Botana 1986). La única manera, pensó, de erradicar el gusto por la imitación teórica y erradicar la pobreza y el desorden social era transplantar a la Argentina las culturas europeas correctas. Por ello escribió “gobernar es poblar” para su proyecto de Constitución en 1853. Con la inmigración se creaba el ambiente social y moral adecuado y el país prosperaría. Su diferencia con Sarmiento es que creía más en la legitimidad del ambiente que en la legitimidad del contenido: si se transplantaba a la Argentina el contexto social adecuado el progreso llegaría.

Para Alberdi, la libertad seguía siendo el principal valor que debía resguardar la Constitución, pero debía ser completada por un espíritu más práctico y menos teórico. Influido por el positivismo, pensaba que los redactores de la Constitución debían estar versados en economía y no sólo en filosofía o metafísica. La Constitución debía garantizar la expansión del comercio, el nacimiento de un espíritu industrial, la libre búsqueda de la riqueza, la inversión extranjera, el respeto a la propiedad y, como vimos, la entrada de inmigrantes europeos. De esta forma, el culto al progreso material (que tanto anhelaban las elites latinoamericanas) armonizaba con el contenido de una constitución de espíritu pragmático.

Otro de los problemas que abordó Alberdi fue el de la organización territorial argentina. Para él, los ideales de la tradición unitaria de Buenos Aires y los intereses federalistas de las provincias debían conciliarse. Por ello, cuando finalmente se creó el distrito Federal en 1880, Alberdi vio el advenimiento de una vida civilizada en Argentina (Hale 1991).

Respecto a la educación, Alberdi criticó la postura de Sarmiento pues le pareció revivir la vieja pretensión eclesiástica de imponer al pueblo una guía moral desde arriba (Merquior 1993). Atacó duramente la teórica fe de Sarmiento en la alfabetización como solución nacional. Para Alberdi lo que rescataría a Argentina del atraso y el desorden no era la escuela sino la educación objetiva en las artes del progreso. Estaba convencido de que no era necesaria la educación formal y que la mejor instrucción la ofrecían el ejemplo de destreza y la habilidad que traerían los inmigrantes europeos. Asimismo, temía que una difusión excesiva de la instrucción pública propagara nuevas aspiraciones entre los pobres al hacerles conocer la existencia de bienes y comodidades.

El autor de las Bases admiraba el desarrollo de los Estados Unidos, pero, en lugar de seguir a Tocqueville, le prestó mayor atención al liberal santsimoniano Michel Chevalier (1806-1879) quien adivinó y calculó el futuro industrial de Norteamérica . Por ello, Alberdi estaba más cerca del modelo del Segundo Imperio Francés y su autoritarismo progresista. Aceptaba el autoritarismo siempre que produjera libertad económica sin trabas: Sólo los países ricos son libres, y sólo son ricos los países donde el trabajo es libre, escribía (citado por Grondona 1986: 102-103). Como anota Grondona (1986), obligado a escoger entre la libertad y el progreso, Alberdi optaría por el progreso, porque para el estadista argentino ambas cosas eran lo mismo. Esta era la receta clásica del “liberalismo conservador”, tratando de resistir a la ilusión democrática.

Centrándonos un poco más en la idea de progreso que tenía Alberdi, en La República argentina 37 años después de su Revolución de Mayo (1847) sostiene que la estabilidad política alcanzada gracias a la hegemonía de Juan Manuel de Rosas había hecho posible una prosperidad material -ya que Rosas había enseñado a los argentinos a obedecer- que serviría de base a cualquier institucionalización del orden político (Halperin 1995). Aquí vemos como Alberdi no es tanto un antirrocista (como sí lo fue Sarmiento). Asume el legado de Rosas, asume los logros del “rosismo”. Lo que pasa es que ahora quiere preservar ese orden social, esa prosperidad material, pero sin Rosas, es decir, sin un caudillo. Argentina ya no necesita un Rosas, está ya madura para logros más elevados.

A partir de esa constatación, Alberdi propone, inspirado en un liberalismo revisado (es decir un liberalismo más pragmático), un autoritarismo progresista. Era un convencido de que el progreso material no sólo estaba destinado a compensar las limitaciones impuestas a la libertad política, sino también a atenuar las tensiones sociales. Para Alberdi, la creación de una nueva economía debía estar dirigida por la élite económica y política que consolidó su poder bajo el régimen rosista. Esa elite había nacido, y por lo tanto se había nutrido, de los métodos de control social aplicados por Rosas. Esta elite, ahora, debía contar con el asesoramiento de los círculos ilustrados, dispuesta a aceptar su papel de definidora y formuladora de programas políticos capaces de asegurar el crecimiento económico de Argentina.

Como anota Halperin: “crecimiento económico significa para Alberdi crecimiento acelerado de la producción, sin ningún elemento redistributivo. No hay -se ha visto ya- razones político-sociales que hagan necesario este último; el autoritarismo preservado en su nueva envoltura constitucional es por hipótesis suficiente para afrontar el módico desafío de los favorecidos por el proceso. Alberdi no cree siquiera preciso examinar si habría razones económicas que hicieran necesaria alguna redistribución de ingresos, y su indiferencia por este aspecto del problema es perfectamente entendible: el mercado para la crecida producción argentina ha de encontrarse sobre todo en el extranjero” (Halperin 1995: 30).

Así de pragmático se mostraba el liberalismo de Alberdi. Había que poner los pies sobre la tierra. El crecimiento económico debía ser acelerado y unilateral. Nada de redistribución. El mercado no estaba dentro de Argentina sino en Europa y Norteamerica . Para este modelo de desarrollo se necesitaba una adecuada organización política: la república posible. Inspirado tal vez en Bolívar, Alberdi está convencido de que América Latina necesitaba por el momento monarquías disfrazadas de repúblicas: disimular la concentración de poderes en el Ejecutivo para impedir que surjan regímenes arbitrarios. Pero, al mismo tiempo, Alberdi buscaba impedir la arbitrariedad. Esto se lograría a través de un marco jurídico riguroso, imposible de modificar de forma caprichosa. Un escenario sin arbitrariedad convencería a capitalistas y trabajadores para integrarse a la nueva nación.

Se trata, a todas luces, de un sistema político provisional que daría paso a la república verdadera. Ella será “posible” cuando el país haya adquirido un perfil económico y social comparable al de las naciones más desarrolladas del planeta a nivel institucional. Por ahora había que estimular el trabajo y la inversión extranjera. El país necesita población, un contingente humano que esté dispuesto a compaginar su conducta con el modelo de desarrollo económico.

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Juan Bautista Alberdi



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Juan Manuel de Rosas

El conflicto entre "federalistas" y "unitarios" lo decidió uno de los más famosos caudillos latinoamericanos: Juan Manuel de Rosas (1793-1877), ganadero de la provincia de Buenos Aires. Nacido en las postrimerías del orden colonial en el Río de la Plata, la tradición familiar de Rosas, como la de tantos otros miembros de los sectores altos de la sociedad porteña en la primera mitad del siglo XIX, lo vinculaba a las tradiciones de gobierno del imperio borbónico y a la propiedad territorial criolla; su abuelo materno había sido uno de los mayores hacendados de Buenos Aires. Desde muy joven sería destinado a la administración de las propiedades rurales de su madre, hecho que, alejándolo de la vida urbana de Buenos Aires, lo pondría en contacto directo con la vida del campo. Entregado a su actividad de hacendado, sus primeros años estuvieron dominados por el afán de acrecentar su patrimonio. En asociación con otros comerciantes y hacendados, Rosas forjaría su personalidad y su fortuna en aquella sociedad dinámica, socialmente móvil y de relaciones fluidas, que era el campo bonaerense y la industria ganadera de entonces, como sostiene Jorge Myers. Con los años, Rosas se convirtió en el principal estanciero de la provincia de Buenos Aires: “en conjunto las conocidas por tierras de Rosas en la provincia de Buenos Aires, ya fueran compradas, ocupadas, obtenidas en enfiteusis o donadas, acabaron por constituir un total de 14 inmensos campos en la depresión del salado que sumadas a la estancia del Pino, en La Matanza, totalizaron unas 142 leguas 863 milésimas de tierras, esto es, un total de 362.500 hectáreas” (Mayo 1997: 57).

La primera gobernación de Rosas fue entre 1829 y 1832. Fue elegido por la Junta de Representantes que, casi por unanimidad, le otorgó facultades extraordinarias. Hubo orden administrativo, un control severo en los gastos y, prácticamente, se liquidó a la oposición. En 1835 Rosas fue nuevamente elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires, esta vez con la suma del poder público y el manejo de las relaciones exteriores. Nuevamente la oposición fue combatida, casi mediante el terror, en una concepción política por la cual los opositores eran conjurados que debían ser eliminados (Lobato y Suriano 2000). El uso del terror era considerado necesario para asegurar el orden y la prosperidad.

Lo cierto es que el caudillo quería gobernar toda Argentina y para ello puso en práctica una política, por lo general sin escrúpulos, que favorecía a los estancieros y propiciaba la consolidación de una aristocracia latifundista. Era un ardiente “federalista” de Buenos Aires, poseía el carisma para someter a los caudillos rivales, impuso su autoridad personal, extendió el poder de la provincia de Buenos Aires sobre todo el país y edificó una nación sobre el principio del federalismo. También era un ardiente “nacionalista”, tanto que algunos extranjeros los consideraban un xenófobo.

Rosas dividía la sociedad entre los que mandaban y los que obedecían. Le obsesionaba el orden y lo que más exigía de la gente era la subordinación. Aborrecía el liberalismo, más que la democracia, y detestaba a los “unitarios” porque eran liberales que creían en los valores seculares del humanismo y el progreso. Para Rosas eran masones e intelectuales, es decir, subversivos que amenazaban el orden y la tradición, según John Lynch. No le interesaban las doctrinas constitucionales y tampoco fue un verdadero “federalista”. Pensaba y gobernaba como un centralista y siempre defendió la hegemonía de Buenos Aires. Acabó con la disputa entre “federalistas y “unitarios” y la sustituyó por el “rosismo” y el “antirosismo”. Gobernó con poder absoluto y, luego de un breve paréntesis, en el que las provincias se insubordinaron contra Buenos Aires y desataron la anarquía, Rosas volvió a ocupar el poder bajo sus propias condiciones y con su propio ejército. Como anota Jorge Myers, “demostraría ser durante todo su gobierno un político pragmático e improvisador, capaz de capear las turbulentas aguas de la revolución como una suerte de surfista (valga el anacronismo) que se colocaba sobre la marea de una sociedad extremadamente movilizada y lograba perdurar en esa posición”.

¿En qué consistió, entonces, el “rosismo”? El poder del sistema se basaba en la propiedad y el funcionamiento de la estancia que, a la vez, era el núcleo de los recursos económicos y un sistema de control social. Su dictadura consolidó el dominio de la economía a través de la estancia. Ella le dio dinero para la guerra, la alianza de sus colegas estancieros y los medios para reclutar un ejército de peones, gauchos y vagabundos. Rosas sabía cómo manipular a la gente pues la estancia fue su “escuela” política. Allí aprendió que solo la implantación de un férreo control podía lograr someter a una población móvil e indisciplinada, como la gaucha; también se dio cuenta que la única manera de obtener la lealtad y el control de aquellos gauchos, y peones itinerantes y celosos de su autonomía, era cortejarlos, “hacerse gauchos como ellos”, seducirlos mediante gestos y favores, convertirse en su apoderado, en un caudillo “protector” que pudieran también ellos considerar suyo (Mayo 1997). Era un hombre culturalmente “anfibio”, con capacidad para moverse entre mundos tan disímiles como lo eran entonces la ciudad y el campo. Ese conocimiento íntimo de la cultura rural, de sus valores, de sus creencias, de sus aspiraciones, le permitió durante varias décadas “tomarle el pulso” a la sociedad criolla que allí residía, tanto a peones como a terratenientes, y traducir ese conocimiento en acciones políticas concretas elaboradas a través del prisma cultural de la ciudad. Sin embargo, conviene no exagerar el aspecto “rural” de la personalidad de Rosas. Su educación formal había sido la acostumbrada, entonces, para personas de su condición social (Myers). Por ello, si bien Rosas se identificaba culturalmente con los gauchos, no formaba parte de ellos socialmente ni los representaba políticamente . El centro de sus fuerzas eran sus propios peones y sus subordinados, que más que apoyarle estaban a su servicio y cuya relación era más de clientelaje que de alianza.

Rosas estuvo lejos de ser un caudillo rústico, ignorante o bárbaro, como hubo muchos en América Latina por esos años. Su manera de gobernar, la “astucia” o el “cálculo” que proyectaba en sus acciones y en sus pronunciamientos contra sus más enconados enemigos, sugieren una forma de hacer política que dista mucho de los patrones de la rusticidad o del primitivismo (Myers 1999). Su dictadura no era militar: era un régimen civil que empleaba militares sumisos. Su herencia fue la hegemonía de los terratenientes (estancieros), la degradación de los gauchos y la dependencia de los peones. Fue una herencia que Argentina arrastró por muchos años. La sociedad tuvo un molde rígido al que la modernización política y económica tuvieron que adaptarse más adelante. El Estado “rosista” era como una estancia gigantesca. Todo el sistema social, en síntesis, se basaba en la relación patrón-cliente. Muchos entendían que la única alternativa no era otra cosa que la anarquía (Lynch 1993).

Asimismo, utilizó a la religión como instrumento político. Impuso la enseñanza religiosa en las escuelas y prohibió la participación de maestros que no tuvieran probadas cualidades morales y cristianas. Como anota Fernando Sabsay, el movimiento “rosista” transcurría desde la creación del mito de una realidad combinada de política, aprovechando los versículos de la religión católica y el uso del púlpito con fines propagandísticos. Habló de la “Santa Federación” mientras acusaba de “herejes”, “cismáticos”, “impíos” y “ateos” a los unitarios. Federación y religión, en síntesis, eran los dos pilares sobre los cuales había que fundar la vida en cada provincia.

Buenos Aires había sido la beneficiaria del “rosismo” pero, hacia 1850, el entusiasmo hacia su régimen había desaparecido. Sus afanes bélicos contra Paraguay y Uruguay, su excesivo autoritarismo y la despolitización que impuso a Buenos Aires, habían mermado el apoyo popular. Se esperaba que Rosas garantizara la paz y la seguridad, pero ahora su ejército era débil, desorganizado, y no se podía confiar en sus oficiales. Por ello, diferentes grupos de la oposición se unieron en torno a la figura del general Justo José de Urquiza (1801-1870) que quedó a la cabeza de los intereses regionales, de los exiliados liberales y de los patriotas uruguayos, todos aliados, que contaban con el suficiente dinero de las fuerzas brasileñas para derrocar al dictador (John Lynch). De esta manera, Rosas se vio con una oposición tanto en el interior como en el exterior (la Triple Alianza formada por Entre Ríos, Brasil y Uruguay) que lo hizo caer en 1851. Rosas tuvo que partir al exilio en Inglaterra. Pero a pesar de su dramática caída, el caudillo gaucho se convirtió en una figura legendaria. Los “nacionalistas” lo tomaron como el prototipo del patriota argentino que buscaba el desarrollo nacional frente a los apetitos extranjeros deseosos de impedir que el país se convierta e una nación plena. La figura de Rosas recuerda a la de Portales en Chile o a la de Iturbide en México, quienes también se convirtieron en políticos de mano dura tras la Independencia. La diferencia es que el paso de Rosas por el poder fue más prolongado.
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A diferencia del Perú o México, la antigua región del Río de la Plata, a pesar de su nombre, carecía de metales preciosos. Por ello, la actual Argentina fue un lugar desatendido dentro del Imperio español en América. Se trataba de un enorme territorio, de más de 2 millones y medio de kilómetros cuadrados, con una magra población que rondaba las 400 mil personas. Los indios eran escasos y nómadas; por ello, los criollos no dispusieron de abundante mano de obra como en los Andes centrales o en Mesoamérica. El mayor recurso era la tierra, una de las más ricas del mundo. Otra ventaja era la ubicación de Buenos Aires, frente al Atlántico, que podía convertirse en un gran puerto si se realizaba el dragado necesario. De todas maneras, hasta antes de las Reformas Borbónicas, el pequeño puerto sirvió para canalizar el rentable tráfico de contrabando al resto de Sudamérica. El centro más importante, en términos económicos, era el noroeste del territorio (Salta y Tucumán) por sus vínculos comerciales con el Alto Perú.

Cuando se creó el Virreinato, en 1776, Buenos Aires cobró importancia y el poder se trasladó desde el noroeste hacia la costa meridional. El puerto creció en términos demográficos (de los casi 14 mil habitantes que tenía en 1750 pasó a poco más de 40 mil en 1810) y se convirtió en la entrada de artículos europeos que competían directamente con la producción del noroeste. Hasta antes de 1776, la colonia estaba mal vigilada y la fidelidad a España no se apoyaba militarmente sino en los hábitos de inercia y obediencia, pero las Reformas de Carlos III “despertaron” al Río de la Plata y sus habitantes se sintieron contradictoriamente estimulados y coactados por las reformas y los controles imperiales.

Las guerras de independencia dieron un fuerte golpe a la economía del Virreinato, aunque sin los estragos que sufrieron México y Perú. Nació en la elite local un sentimiento antiespañol desde los años de la amenaza británica y produjo lo que se convertiría en una suerte de mito de valentía militar cuando San Martín derrotó a las últimas fuerzas realistas . Hacia 1820 ya se había consolidado la Independencia y los terratenientes dominaban el país.

Económicamente, la independencia supuso el enriquecimiento de Buenos Aires que se benefició del libre comercio. Se robusteció la economía porteña de intermediarios y se fue arruinando la de las provincias internas que sufriría las condiciones del descenso del precio de sus productos (textiles, azúcar y vinos), a la par de la subida de los artículos importados (manufacturas). En 1816 inició sus tareas el Congreso reunido en Tucumán. Se intentaba construir la integración nacional con una capital distinta de la porteña (donde seguía residiendo el ejecutivo), definir la constitución del nuevo estado y formalizar su independencia. En realidad todo se movía a impulsos de la política bonaerense, pues no sólo era de dicha ciudad la mayor parte de los diputados, sino que los representantes de las otras provincias eran también porteños, aunque residentes en aquéllas. La nueva nación soberana se llamaría Provincias Unidas de Sudamérica, por lo que seguía la idea de integrar los territorios independizados de América del Sur. Lo que originó problemas fue la forma de gobierno .

Los años que siguieron a la Independencia fueron testigos de una dura batalla entre los rioplatenses por el modelo económico y político del nuevo país. Allí estaban los “unitarios”, los liberales, quienes postulaban nacionalizar Buenos Aires, su ciudad, y despojarla de su autonomía y convertirla en la base desde la cual se redujeran las barreras provinciales al comercio para abrir todo el país al comercio mundial. Los “federalistas”, que eran los del interior, también querían nacionalizar el puerto de Buenos Aires para repartir su recaudación aduanera entre todas las provincias, que eran menos prósperas; por ello, batallaban para mantener la autonomía de las provincias e imponer aranceles internos a fin de proteger las industrias locales. Un tercer grupo, también “federalista”, era distinto. Sus miembros eran de la provincia de Buenos Aires y se oponían a la nacionalización de la ciudad portuaria porque significaba la pérdida del monopolio provincial sobre sus ingresos aduaneros. Eran partidarios del libre comercio pero, en realidad, deseaban que todo continuara igual .
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CONFERENCIA DE HISTORIA


“El Padre Jerónimo”: una calle, una época y un fraile en la Lima de fines del XVIII y comienzos del XIX


La directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú invita a sus miembros, historiadores y estudiantes a la conferencia que dará el historiador P. Javier Campos y Fernández de Sevilla, sobre el tema: “‘El Padre Jerónimo’: una calle, una época y un fraile en la Lima de fines del XVIII y comienzos del XIX”, el miércoles 9 de junio de 2010, a las 6 p. m., en el local del Instituto (Jirón Camaná 459, Lima 1).

El distinguido expositor es doctor en Historia y académico correspondiente de las Reales Academias de la Historia, de la de Ciencias, Nobles Artes y Bellas Letras de Córdoba, y de la de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Ha sido rector de los Estudios Superiores del Escorial (1990-1998), y fundador y director del Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas, que a la fecha ha publicado 15 ediciones y una colección de actas y monografías de 35 volúmenes.

El Dr. Campos y Fernández de Sevilla ha investigado un amplio abanico de temas de la Edad Moderna: las relaciones topográficas de Felipe II, la Orden de San Agustín, El Escorial y la Orden de San Jerónimo, fiestas barrocas, religiosidad popular, temas de La Mancha y el mundo cervantista, el Virreinato del Perú, etc., además de cultivar la creación y la crítica literaria.

Margarita Guerra agradece su asistencia.

Informes en el teléfono 626-6600 (anexos 6600, 6601 y 6602).
Visite la página web del IRA: http://www.pucp.edu.pe/ira, o escríbanos al correo institucional: ira@pucp.edu.pe.

INGRESO LIBRE



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Ayer los argentinos celebraron el inicio de su independencia de España hace ya 200 años. Para comprender ese proceso, presentamos algunas ideas básicas. La independencia, según John Lynch, le llegó fácilmente a los rioplatenses y, si la consiguió el hombre, la preparó la naturaleza. El más reciente de los virreinatos tenía un enorme territorio de 2.6000.000 kms2. Inmensas distancias separaban a sus gentes no sólo de España sino entre sí mismas. Débilmente poblada (400 mil personas) la colonia estaba mal vigilada, y la fidelidad a la Metrópoli no se apoyaba militarmente sino en los hábitos de inercia y obediencia. Pero los hábitos eran cambiantes. Redescubierto en el XVIII, el Río de la Plata se sentía a la vez estimulado y coartado por las reformas y los controles imperiales.

Tras la victoria en Trafalgar, Inglaterra buscó puntos estratégicos para asegurar su dominio mundial. Uno de esos puntos fue Ciudad del Cabo (Sudáfrica), arrebatada a los holandeses en 1806, y ocupar el Río de la Plata, que según sus informes se hallaba indefenso. Inglaterra, que se encontraba en guerra con España, encomendó a SirHome Pophan, que estaba en El Cabo, la campaña contra el Río de la Plata. En junio de 1806 llegó la escuadra inglesa y empezó a ocupar el territorio. El 2 de julio era tomada la ciudad de Buenos Aires. El virrey Rafael de Sobremonte huyó causando el desconcierto de los habitantes quienes, no obstante, iniciaron los preparativos para expulsar a los invasores. Refuerzos enviados desde Montevideo al mando de Santiago Liniers se unieron a los bonaerenses liderados por su alcalde, el español Martín de Alzaga. Los ingleses fueron expulsados. Al año siguiente los ingleses repitieron la operación capturando Montevideo que se convirtió en base de operaciones contra Buenos Aires. Alzaga y Liniers organizaron la defensa y en una batalla, donde intervinieron hasta mujeres y niños, los ingleses fueron derrotados y se rindieron sin condiciones.

La revolución de Mayo (1810).- Un levantamiento popular, el 25 de mayo, destituyó al último virrey del Río de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros. El movimiento independentista, inspirado por el criollo Mariano Moreno, y sostenido en su primera etapa por el general Manuel Belgrano, y por uno de los organizadores de la defensa de Buenos Aires contra los ingleses, Juan Martín de Pueyrredón, inició la organización de las provincias y envió tres expediciones contra los realistas al Alto Perú, Paraguay y Montevideo. Belgrano derrotó a los realistas en Salta y Tucumán pero fue derrotado en el Alto Perú por las tropas de Abascal. Cuando las tropas volvían se hizo cargo del ejército José de San Martín, nombrado en 1814 gobernador-intendente de Cuyo. El Acta de Independencia de Argentina se firmó en Tucumán el 9 de julio de 1816. San Martín dispuso una defensa de guerrillas en las fronteras del norte y se dedicó a preparar el Ejército de los Andes.

1814-1820
.- Económicamente la independencia supuso el enriquecimiento de Buenos Aires que se benefició del libre comercio. Se robusteció la economía porteña de intermediarios y se arruinó la de las provincias internas que sufriría las condiciones del descenso del precio de sus productos (textiles, azúcar y vinos), a la par de la subida de los artículos importados (manufacturas). Esta época coincide con el período político del Directorio. Se estableció la concentración del poder ejecutivo en una sola persona (se terminó con el triunvirato) denominado director supremo de las Provincias Unidas que tenía el apoyo de un Consejo de Estado. En 1816 inició sus tareas el Congreso reunido en Tucumán. Se intentaba construir una integración nacional con una capital distinta de la porteña (donde seguía residiendo el ejecutivo) y definir la constitución del nuevo estado, formalizando además su independencia. En realidad todo se movía a impulsos de la política bonaerense, pues no sólo eran de dicha ciudad la mayor parte de los diputados, sino que además los representantes de las otras provincias eran también porteños, aunque residentes en ellas. La nueva nación soberana se llamaría Provincias Unidas de Sudamérica, por lo que seguía la idea de integrar los territorios independizados de América del Sur. Lo que originó problemas fue la forma de gobierno.

Belgrano, apoyado por San Martín, era partidario de establecer una monarquía constitucional con la dinastía de los incas. Pensaba que así podía atraer a los indios del Perú y estar en consonancia con la moda europea de entonces que, según decía, era la inglesa. Eran las monarquías “temperadas” que sucedían a las repúblicas. Se le enfrentaron los republicanos seguidores de Moreno, aunque fueron pocos, y se evitó una definición peligrosa. La Constitución de 1819 siguió señalando que el ejecutivo era un “Director del Estado”, elegido por las dos cámaras legislativas de representantes y senadores.


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CONFERENCIA DE HISTORIA



"LA NACIÓN COMO INTEGRADORA DE LAS SOCIEDADES MODERNAS"


La directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú invita a sus miembros, historiadores y estudiantes a la conferencia que dará el doctor Paul-Ludwig Weinacht sobre el tema “La nación como integradora de las sociedades modernas”, el jueves 3 de junio de 2010, a las 7 p. m., en el local del Instituto (Jirón Camaná 459, Lima 1).

El Dr. Weinacht es un eminente filósofo político y cientista político alemán. Es profesor emérito de la Universidad de Würzburg (Alemania). Formado en las universidades de Friburgo, Munich y París, es autor de una importantísima obra escrita en torno a diversos aspectos de la filosofía, la historia y la ciencia política. Notable es su obra sobre el concepto de Estado, al igual que sus contribuciones en torno a la figura y el pensamiento de Montesquieu o sus reflexiones sobre la formación y el desarrollo de la Unión Europea en nuestros días.

Margarita Guerra agradece su asistencia.

Informes en el teléfono 626-6600 (anexos 6600, 6601 y 6602).
Visite la página web del IRA: http://www.pucp.edu.pe/ira, o escríbanos al correo institucional: ira@pucp.edu.pe.

INGRESO LIBRE

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PRESENTACIÓN DE LIBRO

EN NOMBRE DE DIOS COMIENZO: MEDITACIONES SOBRE LA MÚSICA CRIOLLA
de Eduardo Mazzini


La memoria es la mejor manera de mantener vigente una identidad, y es la memoria criolla la que Eduardo Mazzini recupera y transmite en su libro En nombre de Dios comienzo. Meditaciones sobre la música criolla (Centro Peruano de Estudios Culturales [CPEC], 2010), a partir de su rasgo más representativo: la música. Dice Luis Enrique Tord que la lectura de este libro «lleva a constatar que se ha requerido toda una vida para acopiar tan detenidas informaciones, analizarlas a profundidad y realizar algo tan exigente como haber escuchado con apasionada atención a los más auténticos cultores del criollismo, tanto en antiguas como en recientes grabaciones y, en casos, haber tenido la buena fortuna de conocerlos personalmente…».

A través de datos desconocidos producto de acuciosas pesquisas, brindados de manera muy amena, el autor demuestra erudición y gusto vital contagiosos que nos recuerdan la gracia y las formas de las Tradiciones Peruanas. Destacan, en ese sentido, sus precisos conocimientos sobre formas poéticas, musicales y rítmicas que le permiten aportar apreciaciones fundamentales sobre temas como la marinera limeña, la danza-habanera, el amorfino, el triste, el tondero, el propio vals criollo, entre otros géneros musicales costeños. En más de un caso, el tono risueño no le impide ser bastante polémico, y hasta se podría decir que ese tono risueño es elemento constitutivo de la polémica. Por otro lado, el conocimiento de la procedencia de ciertas letras de canciones permite al autor sorprendernos, desde el comienzo, con la relación que establece entre Shakespeare y el vals criollo, por ejemplo, para continuar con hipótesis tan inusitadas como la que vincula el propio título del libro, En nombre de Dios comienzo, con los poetas-cantores musulmanes de la España islámica.

El libro se presentará el sábado 29 de mayo a las 7: 30 p.m. en el Centro Cultural Ricardo Palma de la Municipalidad de Miraflores (Av. Larco 770, Miraflores). Las presentaciones estarán a cargo de los escritores Luis Enrique Tord y Óscar Limache.

El evento incluirá una Velada Musical que contará con la participación de varios de los más notables intérpretes de nuestra música, como son Carmen Flórez, Adolfo Zelada, Carlos Hayre, Ronald Díaz, Alfredo Calderón y Manuel Vásquez. Habrá además una excepcional presentación de la concertista Marcella Mazzini, y la participación del gran cantante Rubén Flórez en una de las piezas.

Organizan: Centro Peruano de Estudios Culturales y Municipalidad de Miraflores.

Día: Sábado 29 de mayo

Hora: 7:30 p.m.

Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma de la Municipalidad de Miraflores (Av. Larco 770, Miraflores).

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DECRETO DICTATORIAL DEl 12 DE ENERO DE 1824


Aplicación de la pena capital a los funcionarios que hayan tomado dinero de los fondos públicos. Teniendo presente:

1º. Que una de las principales causas de los desastres en que se ha visto envuelta la República, ha sido la escandalosa dilapidación de sus fondos, por algunos funcionarios que han intervenido en ellos;

2º. Que el único medio de extirpar radicalmente este desorden, es dictar medidas fuertes y extraordinarias, he venido en decretar, y

DECRETO

Dado en el Palacio Dictatorial de Lima a 12 de enero de 1824, 4º de la República.

Artículo 1º : Todo funcionario público, a quien se le convenciere en juicio sumario de haber malversado o tomado por sí de los fondos públicos de diez pesos arriba, queda sujeto a la pena capital.

Artículo 2º : Los jueces a quienes, según la ley, compete este juicio, que en su caso no procedieren conforme a este decreto, serán condenados a la misma pena.

Artículo 3º : Todo individuo puede acusar a los funcionarios públicos del delito que indica el artículo 1º.

Artículo 4º : Se fijará este decreto en todas las oficinas de la República, y se tomará razón de el en todos los despachos que se libraren a los funcionarios que de cualquier modo intervengan en el manejo de los fondos públicos. Imprímase, publíquese y circúlese.

Simón Bolívar
Libertador Presidente

PD: ¿Y si este decreto estuviera vigente?
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Fue, bien mirado, la primera guerra mundial (implicó a casi toda Europa y parte de América) y, después de la Guerra Civil de 1936, el episodio de la historia de España más ideologizado. Se trata de la Guerra de Sucesión. El historiador Joaquim Albareda (Manlleu, Barcelona, 1957) lleva desde 1985 a vueltas con el tema, como demuestra la bibliografía de su recién La Guerra de Sucesión de España: 1700-1714 (Crítica): más de 600 referencias. Leído todo, digerido como pocos y rebuscada la documentación en 18 archivos de cinco países, su último libro pasa por ser, hoy, de los mejores compendios sobre el episodio, con tres ideas de las que rompen tópicos: no fue una guerra dinástica ni entre los nacionalismos catalán y español; la victoria borbónica no comportó la modernidad de España y el único que ganó fue Inglaterra.

PREGUNTA. Leído su libro, uno tiene la sensación de que la Guerra de Sucesión española se ha enseñado muy mal.

RESPUESTA. El problema es que es un episodio al que se ha vertido tanta carga ideológica que ha ocultado su esencia. Ya no se puede explicar como una guerra estrictamente dinástica. Y tampoco en clave nacionalista en términos actuales porque no responde a la realidad de la época.

P. ¿Entonces?

R. Entonces, lo que se enfrentó fueron dos modelos de entender la política y, por ello, dos modelos de Estado: por un lado, una concepción jerárquica, de obediencia casi sagrada al rey, en la que éste, representado por el Borbón Felipe V, gobierna por pragmática sanción, y un modelo más parlamentarista, un republicanismo monárquico, donde las leyes, las constituciones catalanas o los fueros valencianos o aragoneses, por ejemplo, se aprueban en Cortes, representado por Carlos III, de la casa de los Austria. Pero los mitos sobre 1714 van cayendo.

P. ¿Mitos caídos?

R. Sí, como ese de la pugna entre nacionalismos o el de que, gracias a la victoria de Felipe V, España se convirtió en un Estado moderno. Creer que los reyes transformaban la realidad es, como mínimo, ingenuo; lo hacían las fuerzas sociales emergentes y éstas, en el sistema austriacista, mantenían organismos que les daban voz: ahí había más fluidez social y política. Decir que el absolutismo borbónico aportó la modernidad a España es muy exagerado.

P. Se queja con nombres y apellidos de historiadores que van en esa línea, como Carlos Martínez Shaw y Henry Kamen.

R. Es que es difícil ver modernidad allí donde, por ejemplo, se militarizan estructuras políticas con el Decreto de Nueva Planta: más del 90% de los corregidores que se imponen en la antigua Corona de Aragón habían sido militares y eso acabó así en todo el país. ¿Es moderna la venta de cargos de la Administración sistemática como se dio con Felipe V? ¿O las reformas pensadas sólo para fortalecer el poder del rey y de la dinastía?

P. El libro recuerda que la Guerra de Sucesión afectó a toda España.

R. Es que también había austriacistas en el resto de la Península; ahí está el almirante de Castilla, que en 1704 ya conspira contra Felipe V. El mismo Consejo de Estado del rey, entre 1704 y 1705, le dice al monarca: "Así, sin respetar fueros y constituciones, no se gobierna". Felipe V arrinconará a toda esa gente. Además, en Castilla también había una tradición política de siglos anteriores, pero el pueblo estaba secuestrado por una política en clave teológica, que exigía fidelidad ciega al rey; la mentalidad castellana era más jerárquica. Pero también hay resistencia en Valencia, en Aragón y en Cádiz, que ahí si no cuajó fue por los excesos que las tropas inglesas hicieron tras su desembarco y que malograron la imagen y las expectativas austriacistas en Andalucía.

P. La represión borbónica, económicamente fue más fuerte en Castilla, pero más numerosa en Cataluña. ¿Cómo se explica?

R. Por un doble motivo: parte de las clases dirigentes castellanas se dan cuenta de que Felipe V va introduciendo, por influencia de su abuelo Luis XIV, una notable cantidad de franceses en la Administración y temen, no sin razón, que se lo acaben comiendo todo; por otro, desde finales del XVII en Cataluña se dan mecanismos de ascenso social más flexibles y estas clases, más numerosas, tendrán una mayor adhesión a la causa austriacista porque ésta les permite tribunas de representación que perderían con Felipe V. Los patrimonios, claro, eran distintos.

P. Asegura que hay que quitarle carga nacionalista al tema, pero la Guerra de Sucesión se da en el contexto de la formación de los Estados-nación en Europa...

R. Toda monarquía tiende entonces a incrementar su Gobierno, fortalecidas las maquinarias de los Estados por las guerras. El aumento de poder regio sólo quedaba limitado según las fuerzas sociales que podían mantener a raya a esos monarcas. Eso es lo que ocurre en Inglaterra en 1688, con los whigs (liberales) y los tories (conservadores) y un parlamento en el mismo plano que el rey. Comparado con Escocia y Hungría, en la construcción del Estado-nación Cataluña fue la más perjudicada porque lo perdió todo; Escocia, parcialmente, porque si bien se quedó sin parlamento firmó el Acta de Unión de 1707, reversible y que dio escaños a los escoceses en las salas de los Comunes y la de los Lores, o sea, nada que ver con el Decreto de Nueva Planta borbónico; los mejor parados fueron los húngaros, que obtuvieron la monarquía austro-húngara.

P. Ni Carlos III ni Felipe V quedan, como monarcas, muy soberanos en el libro.

R. Los dos reyes tuvieron problemas económicos y políticos similares; por ello los dos acabaron siendo sendos títeres de dos potencias: Felipe V, de la Francia de su abuelo, y Carlos III, de la ambiciosa Inglaterra de la princesa Ana. El factor internacional marcó el conflicto, pero quien lo ganó de veras fue Inglaterra, que logró arrancar de España prebendas comerciales en América y logró que Francia le hiciera otras y además se quedara exhausta... El cinismo de los ingleses fue impresionante, por ejemplo, incitando a los catalanes a la guerra y luego abandonándoles a su suerte... Trabajaron con tantas trampas y negociaciones a dos bandas que confundieron hasta a sus embajadores.

P. Es curioso que ganara Felipe V y la monarquía borbónica porque en diversos momentos estuvieron contra las cuerdas.

R. Felipe V tuvo suerte. Su abuelo intentó un acuerdo de paz cuatro veces con ingleses y holandeses, aliados de Carlos III; incluso, en 1710, estaba dispuesto a que Felipe V abdicara; pero la llegada de los tories al Gobierno inglés, partidarios ya de dejar la guerra, y la muerte del emperador José I en Austria que significó que Carlos III fuera emperador, dieron un vuelco a la situación.

P. ¿Felipe V estaba enfermo?

R. Padecía un trastorno bipolar, melancólico, de gran dependencia sexual de su mujer que compensaba confesándose inmediatamente y que hallaba consuelo en la guerra... ¡Si estuvo a punto varias veces de ser hecho prisionero, la última en 1710 en la batalla de Almenar, de tanto que se exponía!

P. Como hoy, el ruido mediático estuvo.

R. Fue la primera vez que se daba de una manera tan planificada una guerra de plumas. En Inglaterra, Jonathan Swift y Daniel Defoe estuvieron al servicio tory para que Inglaterra saliera de la guerra y pactara con Francia; y un pensador como Leibniz escribió a favor de la causa austriacista; en España, Felipe V impulsó la Gaceta de Madrid y Carlos III, la Gaceta de Barcelona.

P. Triste modernidad

R. Sí, como todo el episodio en sí, raíz de un grave problema que afecta al presente: una visión de España muy unitaria frente a una más plural. O el hecho de que vascos y navarros conserven hoy sus fueros, gracias a que financiaron buena parte de la guerra a Felipe V... La Guerra de Sucesión marcó la entrada de España en la decadencia y en clave interna significó el fortalecimiento de los Borbones porque se gobernó al servicio de sus intereses; el XVIII acabó siendo un siglo desierto de avances políticos y de hierro en lo social, con un alto grado de militarización y absolutismo liquidando sistemas conciliares: la Guerra de Sucesión la ganó la dinastía de los Borbones, no España.

Armas, muertos y exilio.- Las dimensiones y la dureza de lo que dirimió la Guerra de Sucesión podrían simbolizarse en las siguientes cifras:

- 1.300.000 soldados en liza en 1710 por el conflicto en todo el mundo.
- 1.251.000 muertos en Europa; de ellos, 500.000 en Francia.
- 200.000 doblones fue la cifra en que se tasó Menorca, vendida a Inglaterra como pago de las deudas militares de Carlos III.
- 72.000 armas requisadas en Barcelona tras la victoria de Felipe V.
- 40.000 bombas cayeron en Barcelona durante el asedio borbónico.
- 39.000 soldados borbónicos sitiaban Barcelona en 1714.
- 30.000 personas se exiliaron fuera de España tras la victoria borbónica.
- 12.000 fusiles se comprometió a aportar Inglaterra, junto a 8.000 hombres y 2.000 caballos, en la alianza con Cataluña contra los Borbones en el pacto de Génova del 20 de junio de 1705.
- 7.000 soldados perdieron las tropas aliadas en la batalla de Almansa en 1707. Será el inicio del fin de la causa austriacista.
- 5.400 soldados resistentes en Barcelona en 1714, 3.500 de la famosa La Coronela, tropa pagada por los gremios.
- 61 días resistieron los barceloneses con la muralla abierta por las tropas del sorprendido duque de Berwick.
- 11 veces los resistentes reconquistaron el Baluarte de San Pedro, clave para el acceso, en la madrugada del 10 al 11 de septiembre de 1714.

(Tomado de BABELIA, 22/05/10)
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COLOQUIO INTERNACIONAL

REVOLUCIÓN E INDEPENDENCIA EN DEBATE: VISIONES DEL SIGLO XIX
(Independencia, romanticismo, realismo y positivismo)



El Instituto Riva Agüero, escuela de Altos Estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú, anuncia la apertura de las inscripciones para estudiantes, profesores y público en general interesados en asistir al Coloquio Internacional denominado “Revolución e independencia en debate: visiones del siglo XIX”, que se desarrollará los días 14, 15 y 16 de julio de 2010, en el local del Instituto Riva-Agüero. (Jirón Camaná 459, Lima 1)

El Coloquio tiene la finalidad de reunir a investigadores, docentes y estudiantes de las diferentes áreas humanísticas, especialmente de las áreas de la literatura e historia, para promover el debate interdisciplinario en torno a los hechos trascendentes del siglo XIX, un escenario en el que se produce la Independencia del Perú, se configura la República y se perfilan tendencias e inquietudes literarias de innegable repercusión.

Temario:

Ideología y lectura de los hechos más significativos.
Liberalismo político y romanticismo literario.
El “orden colonial” denunciado.
Pensamiento burgués vs. mentalidad aristocrática
El costumbrismo y la sátira en la sociedad republicana.
Renovación y estilo en las tendencias literarias de la época: costumbrismo, romanticismo y realismo.

Inscripciones

Las inscripciones se realizarán en el local del Instituto Riva-Agüero, en Jirón Camaná 459, Lima 1, a partir del 10 de mayo del 2010.
El horario de atención es de lunes a viernes de 9 de la mañana a 7 de la noche, en el área de Librería del Instituto.
Costo para los asistentes: 15 dólares, que incluye materiales y la constancia de participación.
Los pagos se pueden realizar en efectivo o con tarjeta de crédito y débito VISA.
Las inscripciones se realizarán en orden de llegada.

VACANTES LIMITADAS.

100 personas como máximo.

INFORMES

Instalaciones del Instituto Riva Agüero (Jr. Camaná 459)

Teléfonos: 626-6600 anexos 6600 - 6601-6618

Correos electrónicos: ira@pucp.edu.pe y dira@pucp.edu.pe

Relación de Expositores y temas:

1. Dr. Carlos Arrizabalaga (U. de Piura)
“Cambios en la cortesía y nacionalismo en el Perú del siglo XIX”.

2. Lic. Mónica Cárdenas
“Mirada femenina de la prostitución: el legado de Mercedes Cabello de Carbonera al canon de la narrativa peruana”.

3. Dr. José Francisco Gálvez
“Revolución, Romanticismo e Historia Constitucional”.

4. Dr. Antonio González Montes
“La independencia nacional en algunas tradiciones de Ricardo Palma”.

5. Dr. Oswaldo Holguín Callo
“Memorias de una dorada juventud: los románticos peruanos”

6. Dr. Eduardo Huarag Álvarez
“Las manifestaciones de rebeldía del movimiento nativista en las Tradiciones peruanas”.

7. Lic. Richard Leonardo
“Oda a la victoria de Junín de José Joaquín Olmedo: sueño de legitimación y poder”.

8. Dra. Inmaculada Lergo
”Con la ira y el acero, poesía e identidad nacional en las antologías peruanas del siglo XIX”.

9. Mg. Daniel Loarte Ruiz
“Decepciones y contrastes del destino: Marietta Veintemilla y sus Páginas del Ecuador”.

10. Mg. Álex Loayza Pérez (El Colegio de México)
“Te Deum y aniversario patrio. Sermones y lenguaje político, 1846-1848”.

11. Mg. Cristina Mazzeo
“Entre el activismo político y el romanticismo literario. La obra de José Mármol y su oposición al rosismo”.

12. Lic. Daniel Morán
“Ni indios ni negros: discurso político y exclusión social en el proceso de independencia, 1808-1814”.

13. Mg. Juan Luis Orrego Penagos
“El frustrado Cincuentenario de Ayacucho en 1874”.

14. Lic. Nelson E. Pereyra Chávez
“La independencia y las regiones: el caso de Ayacucho en la formación de la República, 1814-1825”

15. Mg. Francisco Quiroz Chueca
“La independencia impuesta. El Perú de 1808 a 1826”.

16. Lic. Diana Rodríguez Díaz
“La representación de tipos populares en las litografías de El Perú Ilustrado (1887 – 1892)”.

17. Dr. Miguel Angel Rodríguez Rea
“El epistolario de un autor representativo (Ricardo Palma)”.

18. Lic. Omar Rojas Herrera
“Imágenes post independentistas de los jóvenes en Lima. Siglo XIX”

19. Lic. Juan Alberto San Martín (Vásquez)
“Bernardo Monteagudo y el proyecto de una monarquía en el Perú"

20. Lic. María Pía Sirvent de Luca
"El álbum: oscuro objeto del deseo”.

21. Dr. Francisco Xavier Sol
“El periquillo sarniento en el proceso de cambio del mundo colonial al mundo independiente como resultado del desdoblamiento del autor-narrador”.

22. Dra. Isabelle Tauzin
“Escrituras olvidadas y nuevas interpretaciones sobre el Perú del siglo XIX”.

23. Lic. Jannet Torres Espinoza
“El artículo costumbrista peruano hacia fines del siglo XIX”.

24. Lic. Emmanuel Velayos
“Una crítica de la razón costumbrista: sátira y sociedad en la Lima de mediados del siglo XIX”.

25. Mg. Marcel Velázquez Castro
“Las ficciones de la Guerra con Chile (1885-1895)”.

26. Dr. Thomas Ward
“Clorinda Matto de Turner lee al Inca Garcilaso de la Vega: Cuando lengua y Estado-nación coinciden”.

27. Dra. Mayda Watson
“Arte y costumbrismo en la literatura latinoamericana”.
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II PRE-CONGRESO

Seminario:

EL PERÚ ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XX

MIERCOLES 19 DE MAYO

3:40 p. m- 4:30 p. m

Inauguración:

Mg. Francisco Quiroz (Director de la EAP de Historia/ Asesor Principal).
Juan Tito (Secretario General del CEHIS)
Guillermo Fernández (Presidente del Comité Organizador del II CIEH)

4:30 p. m- 5:30 p. m

Mesa: Los precedentes del Perú republicano: Las Cortés de Cádiz y su influencia en el Perú

Mg. Juan Luis Orrego (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Dr. Cristóbal Aljovin (UNMSM)

5:30 p. m - 6: 30 p. m

Mesa: Política y sociedad en los inicios republicanos

Lic. Gustavo Montoya (UNMSM): “Las guerrillas en la Independencia del Perú”
Alejandro Salinas (Seminario de Historia Rural Andina)(por confirmar): "La construcción de la iconografía republicana”

6:40 p. m - 8:00 p. m

Mesa: El significado del Bicentenario y la Independencia del Perú

Mg. Francisco Quiroz (UNMSM)

JUEVES 20 DE MAYO

4: 00 p. m-5: 00 p. m

Mesa: La educación superior en la segunda mitad del siglo XIX

Lic. Marcos Garfias (Instituto de Estudios Peruanos)

5: 00 p. m - 6: 00 p. m

Mesa: Clorinda Matto de Turner

Dra. Maria Emma Manarelli (UNMSM)

6: 30 p. m – 7: 15 p. m

Mesa: La esclavitud en Lima del XIX

Lic. Maribel Arrelucea (CEDET)

7:15 p. m - 8:15 p. m

Mesa: Testimonios de los sobrevivientes de la Guerra contra Chile

Dr. Alejandro Reyes (UNMSM) (por confirmar)

VIERNES 28 DE MAYO

4: 00 p. m- 5.00 p. m

Mesa: Anarquismo y utopía andina

Dr. Wilfredo kapsoli (Universidad Ricardo Palma)

5: 00 p. m – 6: 00 p. m

Mesa: La Historiografía peruana en el siglo XIX

Dr. Joseph Dager Alva (Pontificia Universidad Católica del Perú)

6:00 p. m - 7: 00 p. m

Mesa: Notas para una historia de las Izquierdas peruanas (1950-1990)

Mg. Pablo Sandoval (Instituto de Estudios Peruanos)

7:00p.m-8:00 p. m

Mesa: Democracia y ciudadanía en el Perú del siglo XX

Dra. Carlota Casalino (UNMSM)

8:00 p. m - 8:20 p. m

CLAUSURA:

Mg. Francisco Quiroz (Director de la EAP de Historia/ Asesor Principal).
Juan Tito (Secretario General del CEHIS)
Guillermo Fernández (Presidente del Comité Organizador del II CIEH)


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El "Avant Garde" de Miraflores en los años setenta

Los años setenta.- El 12 de enero de 1973, se inauguró, en Miraflores, el Avant Garde. Si bien en un inicio fue promocionado como una drugstore, en realidad, este conjunto de locales fue el primer –aunque pequeño- centro comercial que tuvieron los miraflorinos, ubicado en la primera cuadra de la calle Schell. Agrupaba 23 boutiques, palabra muy común en los años 70, y una cafetería. La inversión fue hecha por la firma Valorega S.A. Entre las pequeñas tiendas que funcionaron estaba el "Henry's" (camisas y corbatas), el "Homus" (moda masculina), la boutique "Bea" (ropa para damas), una sucursal de la “Casa Banchero” (alhajas), "La Ermita" (ropa y cuero), la zapatería "Avant Garde" y otros negocios de libros y perfumes.

En 1976, se inauguraron dos centros comerciales: Plaza San Miguel (sus “tiendas anclas” eran Sears y Todos) e Higuereta (que albergaba Oeschle, Monterrey y otras tiendas menores). Finalmente, en 1978, en la cuadra 17 de la avenida Arenales, Lince, en un terreno de 5,500 metros cuadrados, se empezó a construir el Centro Comercial Arenales que, al año siguiente, en el mes de noviembre, inauguró su primera etapa (primer piso y sótano). Luego, en septiembre de 1981 y en diciembre de 1983, se culminaron el segundo y tercer piso, respectivamente. El complejo, en realidad, cuenta con cuatro niveles: un sótano y tres pisos; y tiene 120 locales comerciales, que van desde 7 metros cuadrados hasta uno de 2 mil; el estacionamiento tiene capacidad para 200 vehículos. Asimismo, se construyeron dos salas cinematográficas para 600 y 400 personas (Arenales Ámbar y Arenales Jade, respectivamente), en un área de 1,498 m2, con aire acondicionado. El complejo de los cines, además, tiene un hall central donde hay una cabina de proyecciones y servicios higiénicos. En total, el centro comercial Arenales tiene 21,100 metros cuadrados de área techada.

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El Centro Comercial "San Miguel" en sus inicios

Los años ochenta.- Y así llegamos a esta década cuando, sin duda alguna, el centro comercial emblemático fue Camino Real, en San Isidro, que inició sus operaciones en diciembre de 1980. Se construyó sobre un terreno que perteneció a la familia Ayulo Pardo. El proyecto inicial contemplaba dos torres de oficinas, luego se construyó la tercera. En sus inicios, su éxito se basó en la novedad: decenas de tiendas, restaurantes, supermercados (Galax y Scala), tiendas por departamentos (Hogar), pista de patinaje, estacionamientos y dos cines (Real 1 y Real 2). En fin, tenía mucho más que sus competidores Plaza San Miguel, Higuereta y Arenales. Sin embargo, el no contar con un modelo centralizado de administración provocó su debacle. Esto le impedía reaccionar y adaptarse a las nuevas tendencias que modificaron el concepto del negocio en la década de los 90. En efecto, Camino Real se fue a la quiebra porque cada uno era dueño de su local (eran más de 200). Además, a diferencia de los malls de ahora, no había “tiendas ancla”, es decir, establecimientos que atraigan una gran cantidad de clientes; asimismo, había pocos estacionamientos y la tarifa por hora era muy elevada. Es más, en 1992, Camino Real fue víctima de un atentado terrorista, en el que murió una persona y hubo pérdidas materiales por 14 millones de dólares; el miedo ahuyentó a mucha gente. A pesar de estar ubicado en un lugar estratégico, para los nostálgicos de los 80, ir ahora a este inmenso local es como estar en un pueblo fantasma.

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"Camino Real" en los años ochenta

A Camino Real, en los 80, le siguieron Plaza Camacho y Molicentro. Sin embargo, el desconocimiento de la Lima “emergente”, la crisis económica, las limitaciones tecnológicas y el terrorismo ocasionaron el virtual fracaso de todos ellos. Todo esto condujo que, a inicios de los 90, cuando aparecieron Caminos del Inca y El Polo, el rubro “centros comerciales” en Lima se viera estancado.

Un hecho relacionado al de la apertura de los modernos centros comerciales fue un nuevo concepto de salas de cine. La historia empezó en 1979, cuando se inauguran los cines “Romeo” y “Julieta” en Miraflores, acompañado por una pequeña galería comercial y junto al Avant Garde. Este novedoso sistema se caracterizaba por ofrecer dos películas en un mismo complejo. En contra de la tendencia de la sala tradicional, cuando los cines eran amplios, con platea y “mezanine”, estas salas eran de un tamaño mucho menor. Luego vendrían el “Real 1” y el “Real 2”, en el Centro Comercial Camino Real, y el “Ámbar” y “Jade”, en el Centro Comercial Arenales. Pero tendría que pasar mucho tiempo antes de que estos conjuntos de dos salas se convirtieran en lo que conocemos actualmente como “multiplexes”. Los primeros cambios comenzaron como una subdivisión de salas de cine existentes durante la crisis económica de los ochenta, cuando muchos teatros no supervivieron y se convirtieron en iglesias. Hay que recordar que el fenómeno de los "multiplexes" se popularizó en Estados Unidos durante la época del presidente Carter, en la segunda mitad de los 70, cuando la crisis económica generó una gran cantidad de metros cuadrados desocupados en los centros comerciales. La popularización del VHS, de otro lado, y la amenaza terrorista, por otro, también contribuyeron a la crisis de las salas de cine en el Perú durante los 80.

La nueva generación.- Fue en 1997, con la inauguración del Jockey Plaza Shopping Center, que se inicia el desarrollo sostenido de los malls en Lima. Así, aparecieron nuevos y algunos antiguos, como Plaza San Miguel, tuvieron que “reinventarse” -en términos administrativos, comerciales y de marketing- para despegar. El Jockey Plaza daría inicio a la tercera generación de centros comerciales en nuestra capital que, entre otros rasgos, fue el pionero en aplicar una administración única y centralizada; además, obligó a los inversionistas a buscar nuevos polos de desarrollo urbanos y clientes potenciales sobre la base de la investigación de mercados, en la que se determinó que las zonas de Lima Norte, Lima Este, Lima Sur y Lima Moderna mostraban índices atractivos para la penetración comercial.

Asimismo los nuevos malls tienden a convertirse en “lugares de encuentro”, es decir, quieren consolidarse como la plaza mayor de la ciudad (en reemplazo de los espacios públicos de antaño), a través del tenat mix, pues busca brindar al visitante mayores servicios y entretenimientos, como restaurantes, discotecas, cines, tiendas especializadas, ferias, exposiciones y otras alternativas. De esta manera, nacieron los siguientes malls en Lima: Larcomar (1998, Miraflores), Sur Plaza Boulevard (1998, Asia-Cañete), Marina Park (1998, San Miguel), Primavera Park & Plaza (2001, San Borja), Megaplaza Norte (2002, Independencia), Lima Plaza Sur (2005, Chorrillos) y Molina Plaza (2006, La Molina).


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Cuando nos referimos a un centro comercial, plaza comercial o mall, hablamos de uno o varios edificios, por lo general de gran tamaño, que alberga locales y oficinas comerciales, cuyo fin es aglutinarlos en un espacio determinado para así reducir espacio y tener mayor cantidad de clientes potenciales. Se diferencia de los hipermercados o tiendas por departamentos, porque está pensado como un espacio público con distintas tiendas, además de incluir lugares de esparcimiento y diversión, como cines o ferias de comidas dentro del recinto. Aunque esté en manos privadas, por lo general los locales comerciales se alquilan y venden de forma independiente, por lo que existen varios dueños de dichos locales, los que deben pagarle servicios de mantenimientos al constructor o a la entidad administradora del centro comercial. Son más habituales en las grandes ciudades para así evitar el congestionamiento que produciría el tradicional mercado público. Tiene, además, una gran connotación sociológica o antropológica, pues es un espacio de intercambio social y humano.

En nuestro país, según la norma legal sobre comercio, es la “edificación constituida por un conjunto de locales comerciales y/o tiendas por departamentos y/u oficinas, organizados dentro de un plan integral, destinada a la compraventa de bienes y/o prestaciones de servicios, recreación y/o esparcimiento” (Norma A.070-Reglamento de Edificaciones. El Peruano, 2006).

Si revisamos el concepto históricamente, la primera generación de centros comerciales en Lima apareció en 1960, con la apertura de Risso y San Isidro (también llamado “Todos”), impulsados por el crecimiento demográfico y económico concentrado en Lima metropolitana. La segunda generación, ya más modernos o “americanizados”, fueron Higuereta (1976), Plaza San Miguel (1976), Arenales (1979) y Camino Real (1980); los “epígonos” de este segundo grupo fueron Plaza Camacho y Molicentro y, en cierta medida, Caminos del Inca y El Polo, imitadores del “modelo Camino Real”.

Antecedentes.- Los orígenes más remotos de los centros comerciales los encontramos en el ágora griega, el foro romano o el bazar oriental; en la América colonial, estarían en los mercados al menudeo en las plazas de las ciudades y pueblos. Luego, la idea fue tomando cuerpo en la segunda mitad del siglo XIX, cuando nacieron en las principales ciudades europeas -e impresionaron por sus audaces construcciones férreas- la Galleria Vittorio Emmanuele II en Milán (1865-1877), la Kaisergalerie en Berlín (1871-1873, destruida en 1944) o el afamado almacén por departamentos GUM en Moscú (1888-1893). Sin embargo, tal como los entendemos ahora, los también llamados malls o plazas comerciales, datan de los años 50, luego de la Segunda Guerra Mundial, y su definición ha ido evolucionando hasta ahora .

Los estudios técnicos coinciden en que el primer centro comercial grande al estilo moderno fue el Northgate Center, construido en 1950 en los suburbios de Seattle (Estados Unidos). Fue diseñado por Victor Gruen, considerado el "padre" de los centros comerciales modernos. El Northgate Center fue el primer centro con un pasillo central (mall) y un almacén ancla que se ubicó al extremo del centro comercial. El centro ofreció todo "bajo un techo" y permitió hacer compras independientemente del clima o de los problemas de parqueo.

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El Northgate de Seattle (1950)

La primera galería comercial en Lima.- Los ya legendarios centros comerciales que hoy vemos en nuestra ciudad tuvieron sus antecedentes en los años cincuenta, cuando se inauguró la primera galería comercial: Galerías Boza. En efecto, allá por 1956 fue inaugurado, en pleno Jirón de la Unión, el primer ensayo de centro comercial en Lima, propiedad del ingeniero Héctor Boza (primer vice-presidente durante el gobierno de Odría y embajador en Francia durante el segundo gobierno de Prado). Fue también aquí donde se instaló la primera escalera mecánica que vieron los limeños. Entre finales de los años cincuenta y durante toda la década de los sesenta, “Galerías Boza” fue la más lujosa y moderna galería comercial de Lima. Aquí tenían sus tiendas Ternos Mister, la Casa Lyon y la Casa del Hippie; dos sucursales de librerías “La Familia”; tres peluquerías y salones de belleza: “Peinados y Pelucas Ángel”, “Rosa Silva” y de Jorge Vásquez; dos tiendas de discos: “Héctor Rocca” y “Discos Boza” (abierta en 1966); también restaurantes, como el “Café Galería” y el famoso "Dominó" (inaugurado en 1956 y frecuentado por Sérvulo Gutiérrez, cuyos dibujos decoraron sus paredes; el poeta César Calvo también era un asiduo del local); asimismo, había joyerías (como la Casa Banchero), platerías y zapaterías. En los años setenta, se instaló una sucursal de la desaparecida firma de artefactos electrodomésticos “Yompián”. Lamentablemente, parte de todo esto fue saqueado o destruido durante los disturbios del 5 de febrero de 1975. Las Galerías Boza fueron parcialmente incendiadas y no volvieron a ser las mismas. Actualmente su estado es deprimente. Quizá el único negocio que queda de los setentas es una estructura de madera y vidrio que está en el pasadizo, entrando por el Jirón de la Unión, donde se venden puros, encendedores y regalos varios.

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Galerías Boza (skyscrapercity.com)

Los años sesenta.- Durante esta década, hicieron su aparición el Centro Comercial San Isidro y el Centro Comercial Risso. El primero, también conocido como Centro Comercial “Todos”, estaba casi al costado Sears de la Vía Expresa y albergaba tres grandes almacenes: Monterrey, Todos y Oechsle; también aquí operaban tiendas como la "Casa Crevani", "Óptica Olivos", "Squire" (peluquería para caballeros), "Pepe Grillo" (ropa de niños), "Muebles 501" y "Librerías ABC" (hoy tiene un supermercado Metro y negocios menores como All4woman, Alda y una sucursal de Interbank). Risso estaba en Lince, a la altura de la cuadra 22 de la avenida Arequipa y tenía tiendas como Monterrey, Marcazolo (menaje doméstico) y la exclusiva peluquería "Squire" para caballeros.

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Centro comercial "todos" (San isidro), antes de que se construyera el "zanjón"


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Este libro de Gabriela Ramos (editado por el Instituto de Estudios Peruanos) estudia cómo se produjo la conversión de las poblaciones andinas al catolicismo desde un punto de vista específico: los cambios en las actitudes frente a la muerte. Se trata de una investigación sobre por qué se producen transformaciones concretas en el ámbito de lo religioso; cómo y por qué un número significativo de miembros de una sociedad, o la sociedad en su conjunto, modifica su visión y especialmente sus actitudes frente a lo sagrado, al punto que estos cambios conciernen no solamente a ideas y creencias sobre, por ejemplo, el origen y funcionamiento del mundo, sino también afectan la manera como se relacionan con sus semejantes o como disponen de los restos de sus muertos. Los habitantes de los Andes en el siglo XVI no tuvieron la opción de elegir sobre su adhesión al cristianismo. Por una serie de vías, hombres y mujeres de toda condición fueron conminados a recibir el bautismo y a cumplir con una serie de exigencias que ello conllevaba, varias de las cuales son materia de este libro. Algunas décadas después, la difusión del catolicismo en los Andes era amplia y efectiva y, pese a las opiniones en contrario de observadores y estudiosos, había permeado profundamente las vidas de sus pobladores, transformándolas definitivamente.

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1: LUGARES, CUERPOS, RITUALES: LA MUERTE EN EL PERÚ ANTIGUO
Lugares
Cuerpos
Rituales

CAPÍTULO 2: LA MUERTE EN LA CONQUISTA
La muerte del inca Atahualpa
Las guerras de conquista y las guerras civiles
Destruir el cuerpo y borrar la memoria: la muerte por fuego
Estigmas y trofeos
Las guerras civiles y el ordenamiento de la sociedad

CAPÍTULO 3: LA CONQUISTA DE LA MUERTE
La cuestión de los sepulcros
Las indagaciones sobre la religión andina: la persona, el cuerpo y la muerte
La doctrina y la enseñanza del ritual cristiano de la muerte

CAPÍTULO 4: ESPACIOS E INSTITUCIONES PARA LA CONVERSIÓN
Las parroquias, la ocupación del espacio y el control de la población
Los hospitales de indios: vigilancia y caridad
Cofradías

CAPÍTULO 5: TESTAMENTOS, SEPULTURAS Y RITUALES FUNERARIOS
Testamentos
Sepulturas
El lento proceso de identificación con las parroquias
Los lazos sociales, las sepulturas y la reapropiación del espacio consagrado
Entierros de indios en Lima
Las sepulturas de los indios del Cuzco
Los entierros fuera de las ciudades
Rituales funerarios
El atuendo
Ritual

CAPÍTULO 6: SUCESIÓN, HERENCIA Y MEMORIA
Sucesión y herencia
Dilemas y prácticas de sucesión y herencia
La herencia y los herederos: reproducción, desintegración, transformaciones
Alianzas y tutela: el papel de los albaceas
De las guacas a las capillas
Las tumbas de los caciques
Las sepulturas de los nobles incas
Espacios sagrados, vínculos y alianzas
Rituales y memoria

CONCLUSIÓN

APÉNDICE 1: Sepulturas, pertenencia a cofradías, rituales funerarios
APÉNDICE 2: Herederos y albaceas
BIBLIOGRAFÍA

MAPAS
Los Andes peruanos
Lima hacia 1630
Cuzco hacia 1600
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Con el auge económico de los años cincuenta y sesenta, y el notable aumento en el número de familias de clase media en Lima, que ahora pretendían seguir los patrones de consumo norteamericanos, aparecieron otras tiendas por departamentos y también supermercados; algunos de estos últimos, por la demanda, se convertirían en grandes almacenes. Una pequeña competidora de Oeschle y Sears fue la Casa Persia, en el Jirón Ucayali 161, propiedad de los señores Mandel y Fenik. Su rubro principal era muebles y otros artículos de decoración para el hogar, como lámparas, alfombras y cortinas (otros almacenes dedicados exclusivamente al equipamiento y decoración del hogar fueron la Casa Siam y Marcazolo).

Luego, la mañana del 13 de marzo de 1953, los limeños descubrieron que podían gozar de un servicio rápido y cómodo al comprar sus alimentos. Se trataba del primer autoservicio del Perú, el Supermarket, propiedad de los hermanos Aldo y Orlando Olcese, y su local estaba en plena avenida Larco, en Miraflores. Los clientes vieron –y usaron- por primera vez los famosos cochecitos de metal. Con el tiempo, llegó a tener alrededor de 10 locales en nuestra ciudad, como los de San Isidro (avenida Petit Thoaurs), Santa Beatriz, Centro de Lima y avenida Washington, cerca del Paseo Colón. La cadena se mantuvo vigente durante 20 años, siempre con el lema “Calidad y menor precio en su mesa”, pero nunca se transformó en tienda por departamentos. Su rubro era el clásico en la rama del supermercado: venta de alimentos, bebidas, limpieza y aseo, y algunos artículos de cocina. En los años sesenta, tuvo su propio programa de televisión (de juegos y concursos) en el canal 13, llamado "Super Market Show" (iba los lunes a las 9 de la noche). Sin embargo, durante el gobierno militar de Velasco, en 1972, la cadena fue expropiada y asimilada por EPSA; por ello, pasó a llamarse Super Epsa, empresa estatal que desapareció en 1984.
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Spermarket de Miraflores (avenida Pardo)


El éxito de los supermercados animó a la familia Oeschle (con otros socios) a crear el suyo. Así nació Monterrey. Su primer local, inaugurado en 1954, funcionó en el Jirón de la Unión, frente a la iglesia de La Merced. Pero Monterrey, poco a poco, también se fue transformando en una tienda por departamentos al ofrecer ropa, perfumería y algunos equipos electrodomésticos. En los años sesenta, se veía en la televisión a una joven actriz, Mabel Duclós, promocionando las ofertas del día. Tuvo varios locales en Lima; el Monterrey de la avenida Larco después se convirtió en una tienda de Oeschle, y Monterrey se pasó al sótano. La cadena alcanzó a llegar a provincias. Al principio, se escribía con una sola r, es decir, “Monterey”; con el tiempo, al ver que la gente pronunciaba con doble r, pasó a llamarse “Monterrey”. Su último local cerró en 1993. Por su parte, TÍA fue la primera tienda por departamento de descuentos. Apareció en 1958 y sus siglas significaban "Tiendas Industrializadas Asociadas" (TIA). Su primer local estuvo en la calle Schell 250, donde hoy está “Ripley” de Miraflores; luego abrió otro en el Jirón de la Unión, casi junto a Monterrey.
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Monterrey de Miraflores (avenida Larco)


Scala, propiedad de la familia Majluf, apareció en febrero de 1958 en la Plaza de Armas (jirón Huallaga 196), junto a Oeschle. Luego, la empresa inauguró el primer hipermercado del Perú, en la avenida Alfonso Ugarte, esquina con Venezuela, con el nombre de Scala Gigante. Era casi una tienda por departamentos pues, aparte de vender alimentos y bebidas, también ofrecía perfumes, ropa y artefactos electrodomésticos. En los años sesenta, tenía su propio programa de televisión llamado "Scala Regala", conducido por Pablo de Madalengoitia, en el cual la gente participaba, concursaba y ganaba premios en los sorteos (iba los jueves a las 9 de la noche). También se podía ver diariamente a la pareja de moda de esos años, Joe Danova y Regina Alcóver, promocionando carnes y verduras de “Scala Gigante”. Scala llegó a tener varias tiendas en Lima: en el Centro Comercial Camino Real, en el Centro Comercial San Isidro, en el Centro Comercial Arenales, en la avenida Larco, en la esquina de Sáenz Peña y Dos de Mayo (Callao), en la esquina de las avenidas Primavera con Panamericana (Surquillo), en Molicentro, en la Residencial San Felipe y en Maranga (avenida La Marina), entre otros. Luego de la quiebra de “Super Epsa”, las tiendas de este supermercado pasaron a Scala. Luego, la familia Majluf vendió “Scala” a los Brescia a fines de los ochenta. A principios de los noventa, la cadena solo se quedó con 7 de las 13 tiendas que funcionaban en Lima. Scala dejó de operar el 11 de septiembre de 1993. Todos fue otra cadena de supermercados, inaugurada a mediados de los años sesenta y, durante varios años, fue la competencia de Supermarket. Quebró en 1993.
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Una sucursal de las tiendas TÍA


A finales de los sesenta surgió Hogar, de la familia Levy, tienda por departamentos con su local principal en la Vía Expresa, La Victoria, casi llegando al cruce del “Zanjón” con San Isidro. Fue una tienda de artículos para el hogar, heredera de la Casa Persia pero con mayor proyección. Llegó a contar con varios locales en Lima (en el Centro Comercial Camino Real, en el Centro Comercial Higuereta, en Plaza San Miguel y en el Jockey Plaza, el cual duró muy poco) y uno en Piura.

NOTA.- Es cierto que las definiciones no son estáticas, estas varían con el tiempo. Actualmente, en Internet, que es el medio más consultado, las definiciones de supermercado, hipermercado, tienda por departamentos y centro comercial son las siguientes:

Supermercado.- Es un establecimiento comercial urbano que vende bienes de consumo bajo el sistema de autoservicio entre los que se encuentran alimentos, ropa, artículos de higiene, perfumería y limpieza. Puede ser parte de una cadena y tener más sedes en la misma ciudad, estado o país. Ofrece productos a bajo precio y, para generar beneficios, intentan contrarrestar el bajo margen de beneficio con un alto volumen de ventas. Los clientes lo recorren con un carrito o cesta, en el cual van guardando los productos que desean comprar; el pago se realiza en cajas que se encuentran en las salidas del establecimiento.

Hipermercado.- Se diferencia del supermercado por tener un tamaño superior a los 2.500 m2, además de incorporar elementos de grandes almacenes o tiendas por departamentos, como droguería, perfumería, bazar, papelería, motor, artículos electrónicos, línea blanca, juguetes y textil. También está el carrito y los artículos se cancelan en cajas ubicadas en las salidas del local.

Tiendas por departamentos o grandes almacenes.- Son establecimientos de grandes dimensiones que ofertan una variedad de productos orientados a cubrir una amplia gama de necesidades: alimentación, confección, menaje del hogar, decoración, etc. Se sitúan en el centro de las ciudades y suelen tener varias plantas, dividiendo su superficie comercial en secciones. Pertenecen a una sola empresa.

Conclusión.- Formalmente, la primera tienda por departamentos en Lima fue Oeschle, en 1917; la segunda fue Sears, en 1953 (la Casa Persia y, sobre todo, Hogar siguieron esta línea). El primer supermercado fue el Supermarket y nunca salió de ese rubro; Todos y Galax, que abrieron después, siempre funcionaron como supermercados. Scala nació como supermercado y abrió luego el primer hipermercado, Scala Gigante, con funciones de tienda por departamentos. TÍA y Monterrey nacieron como supermercados pero también combinaron las funciones de grandes almacenes; Monterrey terminó sus días solo como supermercado. Ojo que nuestra historia no abarca lo que ocurrió en Lima a partir de la apertura de la cadena de supermercados Wong (y sus derivados) y las demás firmas de de supermercados y tiendas por departamentos.
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Hermoso local de Oeschle, inaugurado en 1917, en el Portal de Botoneros (Plaza de Armas)

Entre finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando Lima y su elite pretendían emular a París, alentadas por el crecimiento económico, empezaron a aparecer en el centro de la ciudad una serie de tiendas o almacenes que importaban toda clase de artículos, básicamente europeos. Estos negocios, regentados en su mayoría por inmigrantes, traían ropa, artefactos electrónicos, instrumentos musicales, bicicletas, muebles, máquinas de escribir y un sinfín de mercaderías que eran la aspiración de toda familia limeña, interesada por emular el estilo de vida y el consumo de la burguesía del Viejo Continente. Sin embargo, estas tiendas eran relativamente “especializadas”, pues se dedicaban a traer un rubro específico para cubrir el mercado de consumidores. Quizá las tiendas de los chinos eran las que ofrecían la mayor variedad de productos, aunque su público objetivo eran los grupos populares y algunas familias de “clase media”.

También existían, al igual que en las demás capitales latinoamericanas, tiendas o sucursales de los grandes almacenes europeos que se dedicaban a traer artículos europeos o norteamericanos por pedido, a través de catálogos. Almacenes famosos, como los parisinos La Maison du Bon Marche o Galerie Lafayette, tenían “oficinas” en nuestra capital y los limeños podían soñar con algún artículo de lujo o una exclusividad. Incluso, había tiendas donde se podían adquirir obras de arte; por ejemplo, esculturas de mármol italiano para decorar casas, jardines, tumbas en el Cementerio General y algunos espacios públicos. Cabe destacar que, paralelamente a la instalación de estos modernos negocios, la publicidad también avanzaba, y en los periódicos y revistas de la época se promocionaban toda clase de artículos en avisos muy sofisticados por sus diseños y mensajes.

Pero, hasta 1917 , Lima no contaba aún con una tienda por departamentos o un gran almacén como había en París, Londres o Nueva York (el primero de estos grandes almacenes fue La Maison du Bon Marche, fundado en París en 1852). Ese año se abrió Oeschle, una gran tienda de cuatro pisos, en la Plaza de Armas, que ofrecía una amplia variedad de productos orientados a cubrir diversas necesidades como ropa para damas, caballeros y niños, menaje del hogar, decoración, juguetes, etc. El hermoso edificio de la Casa Oeschle era propiedad del inmigrante alemán Augusto Fernando Oeschle quien, desde 1888, había abierto en Lima una pequeña tienda dedicada a la venta de hilos, botones y encajes traídos de Europa. Pronto el negocio creció con la llegada de textiles, perfumes, juguetes y demás artículos hasta que el empresario alemán, en 1917, decidió dar el gran salto y abrir la primera tienda por departamentos entre el portal de Botoneros y el Pasaje Olaya. Cabe destacar que la firma Oeschle siempre se destacó por su innovación, elemento clave en este tipo de negocios, no solo en los artículos que importaba sino en la infraestructura del local. El señor Oeschle, por ejemplo, antes de abrir el gran almacén en el Portal de Botoneros, instaló en su tienda el primer ascensor que operó en Sudamérica. Pero si algo recuerdan los limeños de entonces de Oeschle eran los juguetes que traía la tienda, tanto así que, en los años treinta, la sección juguetes se “independizó” y la empresa abrió la que fue la juguetería más importante de Lima. Otro servicio que ofrecía Oeschle era la venta por catálogo. Si un cliente no encontraba lo que necesitaba en la tienda, lo podía pedir de cualquier lugar de Europa o Estados Unidos. En 1945, murió el fundador y fue reemplazado por su hijo Alex Oeschle Pruss.

Lógicamente, con los años, le vino la competencia a Oeschle. A inicios de la década de los cincuenta, la familia Brescia le vendió una manzana de los terrenos que tenía en San Isidro a la firma norteamericana Sears Roebuck, que ya operaba en Lima a través de una oficina de venta por catálogos. El local del nuevo gran almacén de Sears, proyecto del arquitecto Linder, se abrió en 1953, en lo que era una chacra, frente al tranvía Lima-Chorrillos, en la actual Vía Expresa, cuadra 32 del Paseo de la República. Era una tienda de venta de artículos para el hogar y de ropa; asimismo, tenía su cafetería o snack bar. En sus primeros años, el éxito de Sears consistió en que la mayor parte de su mercadería era importada y que su sistema de crédito era más flexible que las otras tiendas de Lima. Cabe destacar que su frase, “Entera satisfacción o la devolución de su dinero”, se convirtió en el lema primordial de la empresa. Con los años, Sears abrió cuatro locales más en la capital: en el Jirón de la Unión (cuadra 5), en Miraflores (cuadra 7 de la avenida Larco), en Pueblo Libre (avenida Sucre) y en Plaza San Miguel. Sears se transformó, en 1984, en SAGA (siglas de la empresa colombiana “Sociedad Andina de Grandes Almacenes”); en 1996, la compró la chilena Falabella.

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Local de Sears en San Isidro, inaugurado en 1953
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Interior de Sears de San Isidro


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La Directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Presidente del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas tienen el agrado de invitar a usted a la presentación del libro Los Checa en la Audiencia de Quito y en el Perú, del doctor Ernesto A. Spangenberg Checa, conmemorando el 70° aniversario de la fundación del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. La cita es el jueves 13 de mayo a las 7:00 p.m. en el Jirón Camaná 459, Centro Histórico. Playa de estacionamiento disponible en Jirón Camaná 435.

Este libro, genealógico e histórico, cuenta la historia de la familia que fundó don Ignacio de Checa y Carrascosa de la Torre, abogado andaluz (1720-1785), a quien la corona española nombró en 1757 corregidor de Loja y Zamora en la Audiencia de Quito. De su casamiento con una criolla quiteña, doña Josefa Cabrera de Barba y Guerrero, nacieron diez hijos varios de los cuales cumplieron funciones de gobierno durante los últimos años del dominio español y la época de la Independencia, tanto en los territorios que después serían Ecuador como en el norte del Perú. Algunos de los Checa brillaron en el norte peruano como agricultores visionarios y benefactores públicos. También como educadores, hombres de letras, diplomáticos, legisladores, jueces. Su presencia ha quedado marcada en la historia regional.

La presentación estará a cargo de los señores: Jaime Velando Prieto, y doctor Fernando Jurado Noboa, miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador.

Margarita Guerra Martinière y Diego J. Herrera Vegas agradecen su asistencia.

Mayores informes a los teléfonos 626-6600 anexos 6601-6602 -6618. Visite nuestra página web e infórmese: http://www.pucp.edu.pe/ira o escriba a los correos electrónicos ira@pucp.edu.pe e dira@pucp.edu.pe.

Sobre el autor.- Ernesto A. Spangenberg Checa, nació en Buenos Aires en 1945, hijo de padre argentino y madre limeña. Ha sido funcionario judicial y Juez Federal. Desde hace treinta años ejerce su profesión de abogado. Enseñó en la Universidad de Buenos Aires. Genealogista, presidió el Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas durante quince años (1994-2009). Es miembro correspondiente del Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas, del Instituto de Estudios Militares del Perú y de la Sociedad Amigos de la Genealogía (S.A.G.) del Ecuador. Lo es en España de la Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Vinculado a San Miguel de Piura, integra la Asociación Cultural Tallán, que nuclea a estudiosos de la historia, costumbres y letras de esa región. Ha dictado conferencias y publicado diversos trabajos de carácter genealógico en España, Perú, Bolivia, Guatemala y Argentina.



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La directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú invita a la presentación del libro Pensamiento y acción. La filosofía peruana a comienzos del siglo XX, de Pablo Quintanilla, César Escajadillo y Richard Orozco. La cita es el jueves 6 de mayo a las 6:00 p.m, en el Auditorio de Humanidades de la PUCP. (Avenida Universitaria 1801, San Miguel).

Este libro se propone reconstruir y analizar las dos tradiciones que tuvieron mayor influencia en el desarrollo de la filosofía peruana a comienzos del siglo XX: el espiritualismo francés y el pragmatismo estadounidense, concentrándose en la recepción que hubo en el Perú de Henri Bergson y de William James. Al hacerlo, no solo se interesa por desentrañar los matices conceptuales de uno de los momentos de mayor vigor filosófico en el pensamiento nacional, sino también la vinculación que estos debates intelectuales tuvieron con los procesos históricos y sociales que vivió el Perú en aquellos años. El libro ha sido publicado por el Instituto Riva-Agüero de la PUCP, año 2010.

Margarita Guerra Martinière agradece su asistencia.

Instituto Riva-Agüero
Pontificia Universidad Católica del Per
Jr. Camaná 459 - Lima 1
Teléfonos (5 11) 626-6600 y (5 11) 626-6602
Fax (5 11) 626-6618
e-mail: dira@pucp.edu.pe
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Luis Bedoya Reyes (1964-1970).- Fue el primer alcalde de Lima por votación popular; además, gobernó la ciudad por dos periodos consecutivos. En 1963, postuló por la alianza AP-DC y obtuvo el 49% de los votos frente a la candidata de la oposición APRA-UNO, doña María Delgado de Odría, que se quedó con el 44% de los votos. Luego, en las elecciones de 1966, repitió el triunfo con el 51% de los votos, esta vez frente al ingeniero Jorge Grieve, candidato de la Coalición. Sus dos administraciones estuvieron dedicadas a modernizar la municipalidad de Lima, imponiendo un nuevo concepto en la gerencia. Como todos recuerdan, su mayor obra fue la construcción de la Vía Expresa del Paseo de la República; también levantó el nuevo Mercado Central, el paso a desnivel de la plaza Unión, el monumento a Ramón Castilla, el nuevo Puente del Ejército, el Puente Dueñas, el ensanche de los jirones Cuzco y Riva-Agüero (ex-Arequipa), la biblioteca municipal "Garcilaso de laVega", el asfaltado de la avenida Perú, el Paseo de flores y vivanderas del Parque de la Reserva, la prolongación de la avenida aviación, entre otras obras; asimismo, ante el cierre del sistema de tranvías, impulsó la circulación de los primeros bussings.

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Luis Bedoya en las obras del "Zanjón"


Eduardo Dibós Chappuis (1970-1973).- Deportista, corredor de autos y personaje de gran carisma, en 1970 fue nombrado Alcalde de Lima por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado. Con el objetivo de modernizar Lima y celebrar el Sesquicentenario de la Independencia, se propuso hacer un circuito de amplias avenidas en el centro histórico de Lima, como la avenida de la Emancipación (ampliando la estrecha calle Arequipa y tumbando la casa Beltrán), y los jirones Lampa y Camaná. También inauguró la “Portada China” donada por la colonia china, el 12 de noviembre de 1971, en la calle Capón. Finalmente, dio impulso a la construcción del circuito de playas de la Costa Verde (cuyo "ideólogo" fue al arquitecto y alcalde de Miraflores Ernesto Aramburú Menchaca). Falleció, estando en el cargo, el 15 de octubre de 1973. Es uno de los alcaldes más recordados.

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Casa Beltrán, demolida para la construcción de la avenida Emancipación
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Monumento a Pizarro en el atrio de la Catedral de Lima, colocado en las celebraciones por el IV Centenario de la fundación española de Lima

Si bien gobernó nuestra ciudad en dos periodos, el primero es el que más se recuerda por haber coincidido con el IV Centenario de la fundación de Lima. Durante esos años, Gallo Porras continuó, en lo básico, la expansión de Lima diseñada en los años 20 por Leguía e interrumpida por la crisis económica que estalló en 1929. Superada parcialmente aquella dura coyuntura, su administración se destacó en estos puntos:

1. Se culminaron las obras complementarias y de ornato de la Plaza San Martín.
2. Se construyó el primer tramo del Paseo de la República (desde el final de los jirones Unión y Carabaya hasta el Parque de la Exposición.
3. Se ejecutó y concluyó la avenida Salaverry, que unía la plaza Jorge Chávez con la avenida del Ejército (fue inaugurada el 5 de octubre de 1936).
4. Se construyó un nuevo puente sobre el río Rímac, el Puente del Ejército (en la prolongación de la avenida Alfonso Ugarte). La construcción de este cuatro puente (existían los puentes de Piedra, el Balta y el de palo) fue realizada a medias entre el Ministerio de Fomento, que hizo la estructura de acero, y la Junta Pro Desocupados, que hizo los terraplenes y el movimiento de tierra para reducir el cauce del río de 500 a 60 metros. Constituido por una estructura de acero de 60 metros de longitud y 13 metros de ancho, fabricada en la planta Gute Hoffnunghuste, la obra fue adjudicada a la firma alemana Ferrostaal-Essen, y fue inaugurada el 31 de diciembre de 1936.
5. Se inauguró la pista del nuevo aeropuerto de Limatambo el 3 de diciembre de 1935.
6. Se implantó el sistema automático en el servicio telefónico de Lima y Miraflores que entró en funcionamiento el 13 de septiembre de 1936; luego se hizo extensivo, gradualmente, para el Callao, San Isidro, Barranco, Chorrillos, Magdalena y San Miguel.
7. Se remodeló (ensanchó) la avenida Wilson y su prolongación hasta La Colmena


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El presidente Leguía en las celebraciones del Centenario

Como sabemos, Lima experimentó una de sus mayores transformaciones durante los once años que gobernó Augusto B. Leguía. Entre 1919 y 1930, fueron alcaldes de la ciudad Manuel Yrigoyen Diez Canseco (1919-20), Ricardo Espinoza (1920), Pedro Pablo Mujica Carassa (1920-21), Pedro Rada y Gamio (1922-25), Andrés Dasso Hoke (1926-29) y Luis Albizuri (1930). De todos ellos, los más significativos, además por su estrecho vínculo con el Presidente, fueron Pedro Rada y Gamio y Andrés Dasso. Sin embargo, como coincide la mayoría de historiadores, el verdadero alcalde de la ciudad fue el mismo Leguía. Podríamos decir, sin ninguna exageración, que Leguía estuvo por encima de los alcaldes y que él, con un grupo de empresarios, fue el que diseñó la transformación de la ciudad.

En estos años, al margen de los “regalos” que recibió Lima por las celebraciones del Centenario, el gobierno y el capital privado invirtieron buena parte de tiempo y dinero en modernizar la antigua ciudad de los virreyes. Se inauguró la Plaza San Martín y el monumento al Libertador argentino en 1921; en la misma Plaza, por iniciativa privada, se construyeron el Hotel Bolívar y el Teatro Colón. Se abrieron nuevas avenidas como Leguía (hoy Arequipa), Progreso (hoy Venezuela), La Unión (hoy Argentina), Nicolás de Piérola, Costanera y Brasil; se construyeron algunos edificios públicos como el Ministerio de Fomento, el Palacio Arzobispal y otros se reconstruyeron como el Palacio de Gobierno luego del incendio de 1921; también se iniciaron las obras del edificio del Congreso y el Palacio de Justicia. Se fundaron nuevos barrios o distritos como La Victoria, Santa Beatriz, San Isidro, Magdalena del Mar y San Miguel. Se construyó la Atarjea para brindar de agua potable a Lima y se hicieron obras de alcantarillado.

Para el Centenario de 1921, Lima fue, como soñaba Leguía, la gran capital latinoamericana. Las colonias de extranjeros residentes en el Perú no se quedaron atrás y embellecieron la capital con valiosos obsequios: los alemanes regalaron la Torre del Reloj del Parque Universitario; los italianos el Museo de Arte Italiano; los ingleses el antiguo estadio de madera; los franceses una estatua a la Libertad; los españoles un Arco Morisco; los chinos una gran Fuente de Mármol; los belgas el monumento al Trabajo; los japoneses el monumento a Manco Cápac en el barrio de La Victoria; los norteamericanos un monumento a George Washington; y los mexicanos la efigie del Cura Hidalgo. Luego, para el Centenario de 1924, se inauguraron los monumentos al almirante Du Petit Thouars y al general Sucre; también el Museo Arqueológico, el Hospital Arzobispo Loayza, las salas Bolívar y San Martín en el Museo Bolivariano (hoy Nacional de Antropología e Historia), el Palacio Arzobispal y el Panteón de los Próceres. Y como si esto fuera poco, en un acto verdaderamente insólito, se plantó el "árbol del Centenario".

Para el arquitecto Juan Günther, durante el “Oncenio”, se inició en Lima y en su área de influencia inmediata, tres procesos urbanos que darían paso a la transformación radical de su tejido urbano tradicional hacia la ciudad actual:

1. Un cambio, brusco para la época, del índice de crecimiento demográfico
2. Una evolución del concepto de vida urbana por parte de sus habitantes (siguiendo el molde norteamericano, con el uso del automóvil y la mudanza de las familias de la elite fuera del centro histórico).
3. El inicio de la destrucción sistemática de los edificios tradicionales del centro histórico para ser reemplazados por oficinas de edificios de varios pisos.

Finalmente, esta época representó el último intento del estado peruano de modernizar su capital tratando de convertirla en una ciudad todavía armónica. En otras palabras: el gobierno de Leguía es la rótula entre la Lima de antaño, de la que nos hablan sus cronistas, muy "románticos algunos, y la Lima de hoy.

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Inauguración de la plaza San Martín


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Postal de Lima con el retrato del alcalde Federico Elguera (fuente: limadeayer.comli.com)

La ley electoral de 1896 estableció que las elecciones edilicias se hicieran por votación directa de los vecinos, peruanos o extranjeros, de 21 años o casados, y que supieran leer y escribir. Así, los municipios emanados del sufragio popular revolucionaron la administración urbana, especialmente la de Lima. Esta ley le dio a nuestra ciudad una serie de buenos alcaldes, como Juan Martín Echenique, Federico Elguera, Guillermo Billinghurst, Nicanor Carmona (bisabuelo de Alberto Andrade Carmona), Luis Miro Quesada de la Guerra y Manuel Irigoyen Diez Canseco. De esta lista, destacamos tres administraciones edilicias, las de Elguera (cuya administración fue la más larga y activa), Billinghurst (futuro presidente del Perú) y Miro Quesada (con quien los limeños consumieron, por vez primera, agua potable).

Federico Elguera Seminario (1901-1908).- Nació y murió en Lima (1860-1928), fue escritor, se educó en París y estudió Letras y Derecho en San Marcos. Durante la guerra con Chile, integró la “Legión Carolina” de San Marcos y participó en la batalla de Miraflores. Fue diputado por Yauyos y, en 1899, viajó a Buenos Aires, urbe cosmopolita y de notable adelanto metropolitano, factores que influyeron en su visión drástica de la modernización de nuestra capital; también hizo un viaje por Europa, donde se dio cuenta, una vez más, de lo rezagada que estaba Lima en materia de infraestructura y vida cultural. Como alcalde de Lima, en su gran “esfuerzo civilizador”, entre sus obras más importantes, figuran:

1. La modernización de la Plaza de Armas
2. La inauguración del monumento a Bolognesi
3. La construcción del mercado de la Aurora y del Baratillo
4. La pavimentación y el asfaltado de las calles de Lima.
5. La iluminación eléctrica de la capital.
6. La promoción del transporte con tranvías eléctricos.
7. En el aspecto sanitario, canalizó las aguas servidas, inauguró baños públicos, dotó de agua potable al Parque de la Exposición, creó el instituto de bacteriología y el lazareto para leprosos.
8. En el ámbito cultural, inauguró la pinacoteca Ignacio Merino e impulsó la construcción del hoy Teatro Segura, inaugurado como teatro municipal el 14 de febrero de 1909.

Escribió en El Comercio con el seudónimo de “Barón de Keef”; junto a Federico Blume, escribió Letrillas satíricas para diferentes medios y tradujo varias obras al castellano. Como destacado intelectual, ejerció en forma exitosa cargos diplomáticos. Posteriormente, fue designado presidente de la Comisión Centenario de la Independencia.

Guillermo Billinghurst (1909-1912).- Desde la alcaldía de Lima, Billinghurst se consagró como el “benefactor de los pobres”, ganando un indiscutible apoyo popular al realizar obras de canalización y agua potable que mejoraron el pobre saneamiento urbano, construir viviendas para los obreros y abaratar los precios de las subsistencias. Fue la primera autoridad “populista” del Perú moderno. En su Memoria de 1910 como alcalde escribió: “Mientras que en Lima el callejón y el solar inmundo continúen arrancando al noventa por ciento de nuestro capital vivo no tenemos derecho a llamarnos un pueblo culto”. En efecto, durante toda su administración mostró preocupación por la situación en que vivían los sectores más pobres de Lima. En tal sentido, una de sus medidas más dramáticas ocurrió en 1911 cuando, con el pretexto de mejorar la ciudad y sus calles, mandó derribar el célebre callejón de Otaiza (muy sucio y hacinado), donde vivía una gran cantidad de chinos, y abrió la calle que viene a ser la actual séptima cuadra del jirón Andahuaylas. Dicha calle no existía en antes de 1911 y se conoce con el nombre de Billinghurst. La calle Capón quedó cortada con la construcción de esta calle (el famoso callejón Otayza quedaba en donde es la esquina del jirón Andahuaylas con el jirón Ucayali), pero esta medida no sirvió para que los chinos pudieran salir del centro (como algunos querían) sino que se quedaron en las inmediaciones creando el “barrio chino” que perdura hasta nuestros días.

Luis Miro Quesada de la Guerra (1916-1918).- Hasta 1917, los limeños no consumían “agua potable”, pues el agua proveniente de La Atarjea era producto de filtraciones, buena parte de la cual tenía su origen en acequias de regadío y, desde su captación, hasta su destino final, no tenía ningún tipo de tratamiento que la hiciera apta para el consumo humano. Para colmo de males, entre la población ni siquiera se había generalizado la costumbre hogareña de “hervir agua”. Bajo la administración municipal de esta época fue que, después de casi 400 años, la población de Lima por fin pudo usar y beber agua realmente potable. En mayo de 1917, gracias al impulso y gestiones del alcalde Luis Miró Quesada en materia de sanidad, se instaló en la Caja de Aforos, a la entrada de La Atarjea, una “Planta de Clorinación”, la primera de su género en el Perú. De esta manera, el agua llegaba purificada al reservorio de Ansieta antes de su distribución en la capital. Al poco tiempo también se comenzó a aplicar alúmina al agua para eliminar su turbidez.

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Luis Miro Quesada de la Guerra


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Manuel Pardo

En 1869, una Junta de Notables nombró a Manuel Pardo y Lavalle en el sillón de Nicolás de Ribera. Por primera vez en la historia de la ciudad de Lima, según Carmen McEvoy, un alcalde, al tomar posesión del cargo, expuso su programa de acción. Hubo tres puntos centrales en su discurso inaugural:

a. la creación de rentas al Consejo
b. la fundación de escuelas municipales
c. la limpieza y embellecimiento de la ciudad

En efecto, para cumplir su plan de gobierno, Pardo:

1. Buscó rentas alternativas, como el impuesto predial, y el pago de los usuarios por el sistema de canalización del agua; también gestionó un préstamo de 100 mil soles, el primero en la historia municipal.

2. Estas rentas fueron invertidas al mejoramiento de la higiene y el embellecimiento de Lima; a la remodelación y empedramiento del mercado de la Concepción y del local del mercado de la Aurora; la canalización de las antiguas acequias que recorrían superficialmente la ciudad, envenenando con sus exhalaciones la atmósfera, los jardines y los paseos; la construcción de canales ce desagües; el empedrado y el cambio de nomenclatura de las calles

3. Respecto a las escuelas para la educación popular, Pardo opinaba que el estado había descuidado este rubro, denunciando la negligencia y el abuso (corrupción) en a la administración educativa. Insistió en la necesidad de una reorganización completa que contemplara locales, profesores, mobiliario y población para las escuelas. Durante la gestión de Pardo, el número de alumnos creció de 500 a 2,097. También intentó estimular, mediante premios, el cumplimiento de los deberes cívicos en los sectores populares, tanto a los alumnos, padres de familia como profesores.

4. Respecto a las fiestas cívicas, en la celebración del 2 de Mayo se premió a los huérfanos o viudas de las víctimas; también se hicieron desfiles y recordatorios. Con ocasión de las Fiestas Patrias, se inauguró una Exposición Industrial, la primera que tuvo lugar en el Perú. En ella, se dieron premios a las compañías de bomberos y a los artesanos.

Finalmente, las obras de saneamiento urbano que emprendió Pardo las hizo, en parte, por la experiencia traumática que significó la epidemia de fiebre amarilla que azotó Lima en 1868, cuando Pardo era director de la Beneficencia Pública de Lima. Asimismo, su experiencia en la alcaldía de Lima, sobre todos sus preocupaciones por la educación del pueblo, le servirían de mucho para, luego, postular a la presidencia de la República en las elecciones de 1871.