Archivo de 30 junio 2009

Centroamérica es la región más frágil de Latinoamérica; en ella conviven Guatemala, que fue la dictadura más sanguinaria, El Salvador, el país más violento, dos de los tres más pobres, Honduras y Nicaragua, y, paradójicamente, la más estable de las democracias, Costa Rica. En los 80, Centroamérica sufrió el más sangriento conflicto del continente desde la Revolución Mexicana. Casi medio millón de muertos y varios millones de desplazados en una guerra que duró más de una década. Durante esa guerra se enfrentaron 300.000 hombres entre regulares e irregulares en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. En aquellos años Estados Unidos toleró un genocidio en Guatemala, ocupó militarmente Honduras, gobernó El Salvador, hizo la guerra a Nicaragua y terminó invadiendo Panamá con sus tropas en 1989.
Centroamérica fue conocida siempre como tierra de fraudes, cuartelazos, caudillos, dictadores militares, oligarquías voraces, magnicidios y guerrillas. La pacificación de los 90 abrió la esperanza de una institucionalidad democrática duradera, pero el fraude electoral de Nicaragua el año pasado y el reciente golpe en Honduras hacen pensar que las repúblicas bananeras están de vuelta.
Estados muy débiles están recibiendo la embestida simultánea de narco-dólares criminales procedentes de EE UU y de petrodólares ideológicos procedentes de Venezuela. Los primeros compran voluntades para obtener complicidades con el narcotráfico y los segundos compran alineamientos políticos que están rompiendo la unidad de los países: y ambos destruyen a las instituciones. Luego del fraude electoral el Gobierno del presidente Ortega en Nicaragua luce cada vez más como una resurrección del dictador Somoza. Recientemente en Guatemala una víctima acusó al presidente Colom de su asesinato mediante un vídeo grabado previamente. El hecho luce como una perversa conspiración del narcotráfico para derrocar a un Gobierno extremadamente débil.
En El Salvador el primer Gobierno de izquierda de su historia apunta a ser igualmente débil como resultado del conflicto entre un presidente que quiere mantenerse en un centroizquierda, como Lula, mientras su partido, el FMLN, hará todo lo posible por alinearse con Chávez. Pero lo más explosivo ha ocurrido en Honduras, allí la influencia de Venezuela logró polarizar a un sistema de partidos de más de un siglo de existencia, dividiendo como nunca a los hondureños. El resultado ha sido el derrocamiento del presidente Zelaya mediante una acción ejecutada por las Fuerzas Armadas con la aprobación unánime del Congreso, de la Corte Suprema de Justicia y de todos los partidos políticos, incluido el del propio presidente.
En Honduras se ha roto la cuerda de un conflicto geopolítico que viene creciendo en toda Latinoamérica, cuando Chávez se mete lo mismo en Colombia, que en Perú, Argentina o Bolivia. Honduras, una sociedad conservadora, de cultura política provinciana y primaria, de larga tradición golpista y con una izquierda también conservadora y pacifista, fue sometida a los debates del modelo bolivariano de reforma constitucional, reelección y socialismo del siglo XXI. El miedo es el motor de todos los conflictos y Honduras no es la excepción. El miedo que generó el acercamiento del derrocado presidente Zelaya al coronel Chávez condujo a que la clase política hondureña hiciera lo que sabe hacer en esos casos. Enjuiciar al presidente era demasiado sofisticado para Honduras. Ahora el problema se ha vuelto mucho más grave, ya que ningún presidente latinoamericano quiere llegar en pijama a otro país.
Sin duda hay que rechazar el golpe, pero la comunidad internacional debe tener en cuenta que las políticas autoritarias en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela se han convertido en una seria provocación para las fuerzas conservadoras y centristas de toda la región. Las expropiaciones de empresas, los cierres de medios de comunicación, la intimidación callejera, las arbitrariedades judiciales, las reelecciones perpetuas y los fraudes son como golpes de Estado graduales. La polarización ideológica chavista está debilitando sociedades amenazadas por miles de pandilleros y poderosos carteles. Centroamérica puede convertirse en un bastión del crimen organizado que dé refugio a mafiosos y terroristas en medio de un caos y una inseguridad endémica que genere millones de emigrantes.
La comunidad internacional es determinante para salvar a la región, pero el problema es más complicado de lo que parece. No es sólo de instituciones violentadas, sino de provocaciones, miedos y reacciones ya desatadas. La región necesita un plan de despolarización ideológica y otro de defensa integrada de su seguridad. En Centroamérica ya hubo guerras y revoluciones y la desmilitarización acelerada de Guatemala entregó ese país al narcotráfico. En el fondo está la viabilidad de pequeños Estados con economías de juguete manejados como fincas por sus caudillos. Centroamérica hubiese sido mejor como una sola república, pero británicos y estadounidenses se empeñaron hace dos siglos en dejarlas como repúblicas bananeras para poder controlar el Estrecho. Ahora, estos Estados son tan débiles que no pueden defenderse por sí mismos e igual los puede comprar un narcotraficante como el Chapo Guzmán o un dictador petrolero como Chávez.
Por Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño y consultor para la resolución de conflictos internacionales.
30/06/09: Nuevos datos sobre la vida de Byron
Una biografía relata la vida y milagros (sobre todo eróticos) del desgarrado y abrumador poeta inglés, un romántico de los pies a la cabeza. Pasando, eso sí, por la cintura.

Vivió, bebió, nadó (cruzó brazada a brazada el Helesponto), escribió («Las peregrinaciones de Childe Harold», «El corsario», «Don Juan»…), peroró (en la Cámara de los Lores), boxeó, manejó el florete, disparó, dilapidó, derrochó. Amó y fue amado. Odió y fue odiado. Hizo la guerra pero, sobre todo, hizo el amor. Hasta que el cuerpo aguantó. Lo hizo casi siempre con urgencia. Como quien se juega la vida en ello. Apasionada, ardorosa, encendida, casi histéricamente.
Y lo hizo, por supuesto, más románticamente que nadie: con las hermanas Beltrán (en España, entre corrida y corrida de toros), con May Gray, su institutriz, con su prima Mary Duff, con su hermanastra Augusta Leigh, con nobles damas como Caroline Lamb, Lady Frances Webster, Jane Elizabeth Scott, Annabella Milbanke, Claire Clairemont, con Lady Blessington, con italianas como Margarita Cogni y la condesa Teresa Guiccioli y hasta, según sus propias palabras, con doscientas cincuenta venecianas más o menos anónima en poco más de un año.
Les escribía cartas que les daba en las narices de sus maridos, o las mandaba a hacer puñetas: «Te arrepentirás de haberte liado con el diablo», le espetó a alguna entre revolcón y revolcón. Con estos nombres y estos apellidos (y unas docenas más) y, por supuesto con el de su principal protagonista, Lord Byron, se escribe «Byron enamorado» (Ed. Espasa), de Edna O'Brien, un recorrido por la vida y la obra (aquí las mayormente eróticas) de este hombre al que no sólo le gustaban las especies de dos patas, sino que adoraba también a los animales (platónicamente, por fortuna) hasta el punto de dar cobijo a un oso en su cuarto de universitario, anticipándose al pensamiento sagar que años después hizo Oscar Wilde: «Cuánto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro».
Un revoltoso revolucionario.- Byron escribió a raudales, como un torrente, viajó por media Europa, navegó, guerreó, coleccionó pistolas. Nació con un defecto en el pie, que le atormentó más el alma que el caminar (fue un muy buen atleta), nada que no pudiera mitigar con su terrible humor negro: «Cuando un órgano se debilita, siempre hay otro que lo compensa». Y como esta biografía ratifica, lo compensó con creces. Admirador de Napoléon (lloró sobre los campos de Waterlo un año después de la derrota del Gran Corso), liberal, antipatriota, visceral, generoso, ciclotímico, borrachuzo hasta la sobredosis, abstemio y vegetariano acérrimo otras temporadas.
Estuvo al lado de los Shelley en el verano de 1816 cuando dieron vida, trozo a trozo, a Frankenstein. Fue admirador y lector de Rousseau (algo de buen salvaje sí que tenía mylord Byron, a pesar de su cultura y de su educación). Fue, también, revoltoso, revolucionario. Por ejemplo con los Carbonarios italianos que luchaban contra el Imperio Austro-Húngaro, en 1821. Tras su derrota, y mientras su amante italiana comentaba que los italianos iban a tener, una vez más, que refugiarse en la opera, él, inverosímilmente añadió: «Sí, en la ópera y en los macarrones».
A Inglaterra no podía regresar (so pena de enfrentarse a acusaciones de sodomía, deudas, incesto, enajenación) y al final se embarcó rumbo a Grecia, dispuesto a liberarla del yugo otomano, con la cabeza puesta en el Cervantes de Lepanto. Pero allí, en tierras de Missolonghi quedó para siempre. Era el 19 de abril de 1824. Tenía apenas 37 años. Vida y destino: el héroe romántico vencido por la malaria.
Su corazón estuvo tan ocupado como su cabeza (por no señalar más claramente), pero fue siempre un corazón partío o, mejor, compartío, repartío, incluso. Volaba de nido en nido, de cama en cama. Quizá en una frenética huida hacia adelante, mientras escapaba del dolor, de la angustia, de la tristeza, de la soledad que a menudo asolaban su alma dolorida y magullada.
Al final, como un semidios clásico en tierra helena quedó tal que sus héroes de infancia: como Héctor, como Aquiles. Allí acabó el poeta, el arcángel romántico, fiel a sus penúltimas palabras: «Pretendo quedarme con los griegos hasta el último jirón y la última camisa». Y en brazos de Helena de Troya, le faltó añadir (ABC de España).

Vivió, bebió, nadó (cruzó brazada a brazada el Helesponto), escribió («Las peregrinaciones de Childe Harold», «El corsario», «Don Juan»…), peroró (en la Cámara de los Lores), boxeó, manejó el florete, disparó, dilapidó, derrochó. Amó y fue amado. Odió y fue odiado. Hizo la guerra pero, sobre todo, hizo el amor. Hasta que el cuerpo aguantó. Lo hizo casi siempre con urgencia. Como quien se juega la vida en ello. Apasionada, ardorosa, encendida, casi histéricamente.
Y lo hizo, por supuesto, más románticamente que nadie: con las hermanas Beltrán (en España, entre corrida y corrida de toros), con May Gray, su institutriz, con su prima Mary Duff, con su hermanastra Augusta Leigh, con nobles damas como Caroline Lamb, Lady Frances Webster, Jane Elizabeth Scott, Annabella Milbanke, Claire Clairemont, con Lady Blessington, con italianas como Margarita Cogni y la condesa Teresa Guiccioli y hasta, según sus propias palabras, con doscientas cincuenta venecianas más o menos anónima en poco más de un año.
Les escribía cartas que les daba en las narices de sus maridos, o las mandaba a hacer puñetas: «Te arrepentirás de haberte liado con el diablo», le espetó a alguna entre revolcón y revolcón. Con estos nombres y estos apellidos (y unas docenas más) y, por supuesto con el de su principal protagonista, Lord Byron, se escribe «Byron enamorado» (Ed. Espasa), de Edna O'Brien, un recorrido por la vida y la obra (aquí las mayormente eróticas) de este hombre al que no sólo le gustaban las especies de dos patas, sino que adoraba también a los animales (platónicamente, por fortuna) hasta el punto de dar cobijo a un oso en su cuarto de universitario, anticipándose al pensamiento sagar que años después hizo Oscar Wilde: «Cuánto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro».
Un revoltoso revolucionario.- Byron escribió a raudales, como un torrente, viajó por media Europa, navegó, guerreó, coleccionó pistolas. Nació con un defecto en el pie, que le atormentó más el alma que el caminar (fue un muy buen atleta), nada que no pudiera mitigar con su terrible humor negro: «Cuando un órgano se debilita, siempre hay otro que lo compensa». Y como esta biografía ratifica, lo compensó con creces. Admirador de Napoléon (lloró sobre los campos de Waterlo un año después de la derrota del Gran Corso), liberal, antipatriota, visceral, generoso, ciclotímico, borrachuzo hasta la sobredosis, abstemio y vegetariano acérrimo otras temporadas.
Estuvo al lado de los Shelley en el verano de 1816 cuando dieron vida, trozo a trozo, a Frankenstein. Fue admirador y lector de Rousseau (algo de buen salvaje sí que tenía mylord Byron, a pesar de su cultura y de su educación). Fue, también, revoltoso, revolucionario. Por ejemplo con los Carbonarios italianos que luchaban contra el Imperio Austro-Húngaro, en 1821. Tras su derrota, y mientras su amante italiana comentaba que los italianos iban a tener, una vez más, que refugiarse en la opera, él, inverosímilmente añadió: «Sí, en la ópera y en los macarrones».
A Inglaterra no podía regresar (so pena de enfrentarse a acusaciones de sodomía, deudas, incesto, enajenación) y al final se embarcó rumbo a Grecia, dispuesto a liberarla del yugo otomano, con la cabeza puesta en el Cervantes de Lepanto. Pero allí, en tierras de Missolonghi quedó para siempre. Era el 19 de abril de 1824. Tenía apenas 37 años. Vida y destino: el héroe romántico vencido por la malaria.
Su corazón estuvo tan ocupado como su cabeza (por no señalar más claramente), pero fue siempre un corazón partío o, mejor, compartío, repartío, incluso. Volaba de nido en nido, de cama en cama. Quizá en una frenética huida hacia adelante, mientras escapaba del dolor, de la angustia, de la tristeza, de la soledad que a menudo asolaban su alma dolorida y magullada.
Al final, como un semidios clásico en tierra helena quedó tal que sus héroes de infancia: como Héctor, como Aquiles. Allí acabó el poeta, el arcángel romántico, fiel a sus penúltimas palabras: «Pretendo quedarme con los griegos hasta el último jirón y la última camisa». Y en brazos de Helena de Troya, le faltó añadir (ABC de España).








