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Archivo de septiembre 2009
Categoría: General
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Su fachada es rectangular, está al lado de la Catedral y luce retrocedida respecto a ésta. Es pétrea, sencilla de lejos y labrada de cerca. Se utilizó en su construcción piedra rojiza, bien cortada y pegada. Su portada es impresionante y exhibe en lo alto una ventana rejada de riquísimo extradós. A los lados del pórtico hay dos inscripciones alusivas al “triunfo” de los conquistadores españoles sobre los guerreros de Manco Inca en 1536, lo que atribuyeron a milagro y dio nombre al templo. También en alabastro hay dos grandes placas de notorio trabajo: una reproduce el escudo de España, con sus castillos y leones, la otra el blasón del Obispo y benefactor del recinto fray Bernardo Serrada, religioso carmelita cuyas armas lucen el Monte Carmelo y las estrellas, piezas emblemáticas de su orden. En lo alto de la basílica hay tres nichos exentos: el del centro está vacío, pero en los otros dos estan San Miguel Arcángel venciendo al demonio, y Santiago Apóstol, esta vez a pie, también con espada. El resto de la fachada muestra florones y medallones, cuadrifólias y medalloncillos, todo repartido por frisos, cornisas y almohadillados.

El interior, siempre de piedra, es muy original. Tiene tres naves y tres capillas abiertas por lado, la cúpula está al centro del edificio y el presbiterio añade una capilla más. En el presbiterio esta el altar mayor todo de andesita basáltica con filetes de oro, lo que le brinda un color verde azulado. Es de reminicencias platerescas, tiene dos cuerpos y una calle, su nicho central guarda la Cruz de la Conquista, que tuvo que ver con la defensa española de ese lugar -el Sunturhuasi o casa de las armas- en 1536, emergiendo en la hondacina superior la Virgen de la Descención, terminando el retablo en un cupulín escamado. Los demás altares son renacentistas (el de San José y el de San Juan evangelista, este último remozado), barrocos (como el de la Virgen de Asunta) o neoclásicos como los dos del fondo de las naves laterales. Es notable la imagen de la Asunta. Mientras la Virgen de la Descención mira hacia abajo comprensiva, la Asunta mira hacia lo alto, tiene las manos extendidas y los codos recogidos. Ambas vírgenes tienen vestidos muy ricos.

En materia de pinturas destacan los nueve lienzos de Diego Quispe Tito sobre los Signos del Zodíaco. La serie debió ser doce cuadros , pero, repetimos, sólo quedan nueve, hoy colgados de las pilastras. Son muy coloridos, con muchas luces y sombras, siempre con ciudades flamencas al fondo. Diego Quispe Tito, no cabe la menor duda, es un pintor delicado, selecto. Al centro del recinto está la cripta subterránea que guarda las cenizas del Inca Garcilaso de la Vega; las trajo en 1978 el Rey de España Juan Carlos I. En la parte alta del templo, finalmente, destacan las pinturas de Marco Zapata, las cuales son de crecidas dimensiones y ricas en figuras alegóricas.


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La iglesia de Jesús María y José, a la que también se le llama "Sagrada Familia", se construyó entre 1723 y 1735. Está junto a la Catedral, a su torre del Evangelio, y es una magnifica construcción de piedra. La fachada es lisa, casi herreriana. La portada es un arco de medio punto entre dos fuertes columnas salomónicas, con capitel corintio; la calle central continúa en un frontón partido que da paso a una ventana coral. Las calles laterales, a su vez, se dan entre columnas como las ya vistas y cada una alberga un nicho vacío. Viene luego un friso con los monogramas de Jesús, María y José, coronándose el edificio con dos espadañas de tres ojos y otras tantas campanuelas. Al centro hay aun gran ático que contiene, en un nicho grande, a Dios, y abajo a la Sagrada Familia; en nichos laterales están santa Ana y san Joaquín, los abuelos maternos de Jesús.

El templo posee un magnífico retablo mayor de cedro, hecho en 1737, barroco, tallado y dorado, de tres cuerpos y tres calles, con imágenes y lienzos antiguos en su mayoría y un hermoso frontal de plata, bellamente trabajado, así como el sagrario, las gradillas y el tabernáculo, todo de muy buena factura. Consta que en 1745, José Pardo de Figueroa, Marqués de San Lorenzo de Valleumbroso, donó el frontal de plata, mayas, blandones y otras alhajas, así como una lámpara de plata y otra de cristal. Desde entonces el templo luce más esplendoroso.

Las pinturas del interior se deben al indio noble Antonio Sinchi Roca. Los cuadros se titulan la Eucaristía, la Penitencia y el Bautizo, que posiblemente formaron parte de una serie dedicada a los Sacramentos. En otro lugar, estaba pintado el retrato del obispo Gabriel de Arregui, quien, en 1623, inició la construcción del templo.

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Sin duda, es el mejor templo del Cuzco. Los jesuitas iniciaron su construccción en 1571, edificándola por segunda vez entre 1651 y 1675. El cura ignaciano Fructuoso Viesa fue el autor de la fachada actual, aunque su ejecución se debe a Diego Martínez de Oviedo, quien la hizo en 1664, acentuando la altura del cuerpo y disminuyendo la de los campanarios. Estos últimos inauguraron en el Cusco la claraboya elíptica en cada frente, añadiendo tambor octogonal con ventanas en los ejes y chaítel semiesférico con fajas radiales rematadas en un pináculo. Las torres se contemplan con templetes en los ángulos, uniéndose ambos con una gran cornisa ondulada que protege las tres calles y tres cuerpos de fachada. El resto de la iglesia fue obra del jesuita flamenco Juan Bautista Egidiano, quien dirigió su creación entre 1651 y 1675, tiempo que, como vimos, duró la nueva construcción. Está reconocido como templo de predicación, por concretarse a una sola nave y haber rechazado las demás en aras de la acústica. Aunque algunos la reconocen inspirada en un plateresco xilomorfo, la compañía cusqueña es un monumento eminentemente barroco.

Interiormente la Compañía impresiona por su cúpula de piedra. El tambor tiene ocho ventanales con galería balustrada y bajo su cornisa se abren las pechinas, también pétreas, con medallones con el jesuítico JHS sostenido por un infante. En lo alto de cada medallón y como cartelas flameantes, están los monogramas de José y de María. Cuatro arcos se abren bajo esta cúpula delante del presbiterio, sostenido cada dos por un recio pilar que exhibe cuatro columnas coríntias y cada dos de ellas alojan una hornacina para un Evangelista de bulto, policromado y carnado. El presbiterio, el crucero y la bóveda de la nave única, exhiben nervaduras góticas, pues toda la cubierta superior es de ladrillo y los nervios revestidos con yeso. A los lados del presbiterio hay dos balcones de cajón embutidos, no salientes, calados y dorados, de muy fina labor.

El altar mayor es soberbio y, sin duda, el mejor altar barroco del Cusco. Tiene cinco calles y cuatro cuerpos en su calle central, tres en las laterales y sólo uno en las extremas, que son oblícuas. El tabernáculo representa la Anunciación en bella talla de madera, encima está la Trinidad y en lo alto la Virgen orante, un lienzo de Jesús resplandeciente y por último, en bulto, San Ignacio superado por un medallón que representa al Padre Eterno mostrando su obra creacional. Las calles laterales son riquísimas en imágenes y lienzos así como en labras doradas retorcidas y en gruesas columnas salomónicas o rectas.

El púlpito también es notable. Su cátedra, que termina en un florón abierto y aperillado, la sostienen cuatro bustos de doncella perdiéndose en hato la parte inferior de sus cuerpos; la cátedra tiene cinco paneles barrocos con Doctores de la Iglesia, todos con birrete y esclavina roja, alba blanca y sotana colorada, con un libro en la mano izquierda y una pluma en la derecha; entre hornacinada y hornacina hay una columna salomónica cuyo pedestal es una cara diabólica. El tímpano, dorado y hasta sencillo, retrata a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús en talla dorada, policromada y carnada. El tornavoz tiene siete cresterías de tres pináculos cada una y encima una escultura en bulto de San Francisco Javier predicando.

En los flancos altos del templo, el pintor Marcos Zapata ejecutó en varios lienzos la vida de San Ignacio de Loyola. El coro alto es barroco, con barandal dorado, labrado y centrado por un retablo pequeño de la Virgen en imagen del bulto. En el sotacoro de arco distendido hay dos cuadros matrimoniales famosos: el de Martín García de Loyola, sobrino de San Ignacio, con la Ñusta doña Beatriz, hija de Sairi Túpac, el penúltimo Inca de Vilcabamba, lienzo que está al lado del Evangelio; ; y el de la hija de este enlace Magdalena de Loyola con don Juan de Idiáquez, que está en el lado de la Epístola. La iglesia presenta igualmente en sus pilastrones los cuadros de figura entera de los grandes santos jesuitas ya vistos a los que se añaden los de los también santos ignacianos San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga, San Pedro Canisio, San Estanislao de Kotzka y San Francisco Regis.

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Ayer estuve en la Catedral cuzqueña, que nació como iglesia mayor en 1534 y recién fue catedral en 1538, aunque la definitiva quedó en 1559. Estaba por inaugurarse (luego de reformas y detenciones) cuando el terremoto de 1650 la dañó mucho, teniendo que subsanarse entre 1651 y 1657 para, finalmente, consagrarse en 1668. Esto explica por qué su fachada es renacentista y su portada barroca. La obra mayor corrió a cargo de Juan Miguel de Veramendi, Juan Correa y el herreriano Francisco Becerra; la portada fue factura de Francisco Domínguez Chávez de Arellano, quien fue también el que cerró las bóvedas góticas y la nave central. Los campanarios se cerraron años después para poder subir las campanas, entre ellas la famosa María Angola, en la torre que da al Norte.

Al final del templo catedralicio resultó “como si se hubiera labrado en cedro”, cobrando su interior la severidad de las grandes basílicas medievales gracias a los planos del arquitecto Bartolomé Carrión, a quien sucedió Becerra. Se trata de una catedral de planta rectangular, como la Catedral de Sevilla, con girola o deambulatorio y, por tanto, procesional. Tiene tres naves y doce capillas laterales, más otras dos capillas que coinciden con el final de las naves menores. Su sillería coral da la espalda a la portada y mira al altar mayor. Las bóvedas muestran nervaduras nacidas del gótico florido, flamígero o isabelino. El conjunto interno, aunque muy hermoso, peca de falta de luz. El lugar original se llamó Quishuar Cancha y fue palacio del Inca Huiracocha; el templo cristiano se dedicó a Nuestra Señora de la Concepción. No cabe duda que la actual basílica se conserva en perfecto estado y exhibe una gran prestancia.

Empezando por la nave de la Epístola (a la derecha) , tenemos las siguientes capillas:

1. Capilla de la Virgen de los Remedios, de arco ojival o gótico, su retablo tiene frontal y gradillas de plata. El lienzo de la Virgen lo entronizó allí en 1646 Alonso Monroy y Cortés, el pariente doble de Hernán Cortés. La Virgen muestra corona y diadema de plata y el Niño, también de plata, una tiara papal.
2. Capilla de Santa Rosa de Lima, con altar de estilo barroco, también se le llama Capilla de la Virgen del Perpetuo Socorro, por la imagen central del retablo.
3. Capilla del Señor de la Caña -también llamado Señor de la Vara, Señor de la Justicia o el Justo Juez- donde la imagen sedente de Cristo luce cabello humano y túnica roja bordada en plata. Es imagen muy antigua y su altar de estilo barroco.
4. Capilla del Señor de los Temblores. A este Cristo, al que los indios llamaban Taytacha y es hoy el Patrono de la Ciudad del Cusco, se le rinde culto fervoroso desde 1650, año del gran terremoto que azotó la urbe. Se dice que es un obsequio del Emperador Carlos V, pero no hay pruebas documentales de ello. Es imagen muy antigua, posiblemente del siglo XVI, esta hecha con estructura de madera y exteriormente forrada con cuero de llama. El rostro es patético y, como el resto del cuerpo, ennegrecido por el tiempo y el humo de las velas. Junto a la cruz esta la Virgen y al otro lado San Juan Evangelista. El altar del Señor de los Temblores es notable por su riquezaa. Esta cubierto de plata casi en su totalidad, siendo del blanco metal el frontal, el sagrario, las gradillas, seis columnas y el gran tímpano. Es impresionante durante las misas que se le ofrecen al Taytacha, los cantos de las indias viejas, las que le rezan en quechua al tiempo que vierten lágrimas de fervor. La procesión del Señor de los Temblores es el Lunes Santo, a las tres de la tarde, hora en que murió el Redentor.
5. Capilla de la Plata, llamada así por guardarse en ella el famoso Carro de Plata en que sale anualmente el Santísimo en la procesión del Corpus Christi. Aquí también se guarda el anda de La Linda y ocasionalmente la del Señor de los Temblores, ambas recubiertas con metal argénteo, así como diversos objetos utilizados en el ceremonial religioso: un pequeño altar portátil, la gran cazoleta o sahumerio, blandones, incensarios, candeleros, candelabros y floreros, todo labrado en plata. Visitar esta capilla es una experiencia única.

El final de esta nave epistolar, pasandola puerta de la sacristía, es la Capilla del Señor de Unupuncu, que integra el testero catedralicio. A estas imagen del Crucificado acompañan en el altar -que nació renacentista y es hoy barroco- una decena de lienzos alusivos a Cristo y a su Pasión. Unupuncu significa Puerta del Agua y si el visitante se detiene en esta capilla a escuchar en el silencio, escuchará correr una torrentera subterránea.

Dejando la nave de la Epístola y comenzando la del Evangelio, el recorrido nos muestra la
1. Capilla de la Virgen del Carmen que, igual que su frontera la de la Virgen de los Remedios, es de corte gótico u ojival. Posee un retablo barroco y en él una imagen de vestir de la Virgen del Carmelo. Como todas las demás capillas catedralicias, sirva ésta para ponderar sus bellas rejas doradas de madera.
2. Capilla de Santiago, fundada por el conquistador Diego Maldonado, el Rico, quien está enterrado en ella. El altar presenta una pintura de Santiago Mataindios, alusión a un milagro atribuido al Apóstol del caballo blanco en la guerra de Manco Inca el año 1536. Sin embargo, en el anda de Santiago que está en esta capilla, delante del altar, aparece el Apóstol en equino albo con uniforme militar de 1830 (polaca azul, pantalón rojo, botas negras, capa blanca y el napoleónico sombrero de picos) blandiendo la espada en alto y matando moros por doquier.
3. Capilla de San José, con la imagen de este santo con el Niño a su lado, ambas de vestir. En lo alto de este altar esta la Inmaculada de Bernardo Bitti, orante, con las manos juntas, velo blanco y oro, la túnica roja y oro, el manto azul y oro, ropajes todos con los clásicos pliegues y dobleces que sólo suelen alcanzar los pinceles de este consumado autor. La virgen es mas niña que mujer, luce dulce e ingenua.
4. Capilla de La Linda, nombre que los fieles dan a una virgen muy hermosa que tiene los ojos bajos y las manos juntas, cabello humano, corona de plata con piedras preciosas o semipreciosas, y cien adornos más. El altar tiene frontal de lata que reproduce floreros, fruteros y medallones con follajería de fondo. Es retablo barroco, tallado y dorado, con imágenes y lienzos.
5. Capilla de la Virgen de Choconchaca, también con altar barroco y dorado y un hermoso frontal de plata, imágenes de bulto y lienzos en lo alto.
6. Capilla del Corazón de Jesús, antiguamente del Cristo de la Coronación, muy modesta en sus pinturas y esculturas.

Hay -como dijimos- al final de las dos naves laterales sendas capillas conocidas por su magnificencia: la Capilla del Señor de Unupuncu, cuyo retablo dorado es un relicario de imágenes y lienzos; y la Capilla de la Trinidad (sepultura de la familia Salas Valdes y Bazán, de la Casa de los Cuatro Bustos), también con retablo magnífico en el que estaba La Virgen del Pajarito, lienzo del Bitti lamentablemente robado. La primera capilla cierra la nave de la Epístola y la segunda la del Evangelio.

El coro catedralicio es de lo mejor. La sillería continúa en el lugar original, es decir, con frente al altar mayor, aunque la separa de los fieles una rejería de madera pintada de rojo y oro. El centro de la sillería es el sitial del Arzobispo y en su parte alta aparece labrada la Virgen de la Asunción elevada por los ángeles, rematando este conjunto un templete con dos arcángeles y, por encima, una cruz. En su conjunto la sillería es recia y con cresterías talladas. Los asientos suman veinticuatro en la primera fila y treintidos en la segunda; entre asiento y asiento han esculpido unas sirenas con caras de mujeres indias; sólo conservan su misericordia los asientos de paño frontero al altar mayor, o sea, los que flanquean el sillón archiepiscopal que cae bajo la talla de la Virgen. Detrás de los asientos hay hasta cuarenta paneles conteniendo a los más diversos santos, todos de cuerpo entero y labrados en alto relieve. Destacan San Laureano con su cabeza decapitada en las manos, San Lorenzo con su parrilla y San Ignacio de Antioquía en el momento de ser devorado por dos leones. Dignos de especial mención resultan los labrados de los respaldos y los arabescos del panelillo apisado que los supera, los frontones tallados de los paneles y las cargadas columnas que lo separan, los doselillos libres centrados de infantiles rostros y las hojas, frutas escamas y roleos, conchas y medalloncillos que por todas partes se ven. En lo alto de la sillería, finalmlente, hay panelillos esculturados con santos que aparecen sólo de la cintura para arriba. Se achaca esta sillería al clérigo Diego Arias de la Cerda, párroco de Pisac y de Urubamba que llegó a Deán del Cusco y fue Obrero Mayor de su Catedral en 1648, quien la mandó labrar a un artista hasta hoy desconocido.

El facistol es un inmenso atril, de cuatro caras, que está en el centro del coro, un poco adelantado hacia el altar mayor. El del Cusco es uno de los más bellos del Perú y de los pocos que todavía se conservan. Consta de tres partes: la base maciza, el atril giratorio que sostenía los libros cantorales, y la coronación, en este caso un templete de cupulín superado por una cruz. La base y la coronación son fijas, el atril, como ya se dijo, móvil.

El Altar Mayor.- El altar mayor es único en su género, pues no hay otro retablo máximo en el Perú forrado íntegramente de plata. Lo mandó hacer en 1803 el entonces Obispo del Cusco Bartolomé María de las Heras. Tendrá diez metros de altura y esta advocado a la Virgen de la Asunción. Este altar tiene dos cuerpos y tres calles más una coronación doble con resabios rococó, muestra dieciocho columnas exteriores de orden dórico y todo el retablo, repetimos -incluído el sagrario y el tabernáculo, el frontal y las gradillas- está recubierto con planchas de argentería. Es altar de estilo neoclásico con influjos dieciochescos. Su visión es impresionante pues tiene fulgores extraños. Se recomienda, para su mejor apreciación, mirarlo de lejos, luego de cerca y, finalmente, de lejos otra vez.

El antiguo Altar Mayor.- En la girola o deambulatorio está el gran altar rococó que mandara hacer para retablo máximo el Obispo Juan Manuel de Moscoso y Peralta. El altar oficio dos décadas de retablo central catedralicio, hasta que el actual de plata lo desplazó. Es de madera labrada y dejada en su matiz natural. Se denomina hoy el Altar de los Apóstoles y en su centro está San Pedro entre Santiago y San Andrés surgiendo arriba la Virgen, entre San Juan Evangelista y San Judas Tadeo. Hay en las calles laterales más santos, estando estas calles separadas por cuatro gigantescos tenantes mancebos cuyos pedestales sostienen angelitos. El retablo suma a sus adornos mecheros y follajerías, arreglos leguminoides y cartonerías. Es el mejor altar rococó del Cusco.

El reverso del coro corresponde al retablo de la Virgen de la Antigua, cuyas representaciones más afamadas están en las catedrales de Sevilla y Lima. La del Cusco es muy vieja. Los muchos dorados del atuendo virginal han hecho decir que se trata de influencias vizantinas. Acaso es el lienzo con dorados más antiguos de la ciudad, salvo que haya sido pintado no en el Cusco sino en Europa y traído después. Lo cierto es que su autor sigue en el misterio. El lienzo está entre otros dos muy posteriores y mediocres: el corte de pelo de una novicia y la Profesión de un fraile capuchino.

El retablo de la Antigua tiene gruesas , labradas, doradas y hermosas columnas salomónicas que, en número de cuatro, lucen cargadas de vides, mientras las dos columnillas que flanquean a la Virgen están cargadas de flores. El retablo, no sus pinturas, lo mandó hacer el Obispo del Cusco Manuel de Mollinedo y Angulo, Pastor de 1673 a 1699. Es retablo que se luce mucho, pues es el primero que se aprecia entrando por la puerta grande de la Catedral, la llamada Puerta del Perdón.

En los muros laterales que hacen ángulo con este retablo de la Antigua y que constituyen los flancos del coro, hay dos altares barrocos, graciosos, dorados. El de lado de la Epístola es el de San Antonio de Padua y le sigue una pintura de Basilio Santa Cruz Pumacallao sobre la Virgen de Belén, apareciendo allí el Obispo-mecenas Manuel de Mollinedo, orante y arrodillado, en uno de sus más auténticos retratos; en el lado del Evangelio, a su vez, está el altar de la Sagrada Familia y seguidamente una pintura de la Virgen de la Almudena protegiendo a los cristianos en le cerco de Madrid, apreciándose a sus pies al Rey Carlos II y a su esposa Ana María Luisa de Borbón. El autor, también Basilio Santa Cruz Pumacallao, ha pintado a los moros sitiadores de camellos, los cuales, por no haberlos visto nunca el indio pintor, aparecen con características de llamas.

El púlpito catedralicio es excelente, de los mejores de la ciudad, y se debe a un tallador anónimo, acaso Martín de Torres o Juan Tomás Tuiru Túpac. Tiene cátedra con dobles columnillas que separan a cinco paneles y a otros tantos nichos con sus esculturillas sacras, para no hablar de la base convexa, semiesférica y labrada, rematada en un florón; el tímpano presenta una talla de San Pedro con la Iglesia en la mano izquierda, no existiendo las llaves en la diestra por el deterioro de la efigie o medio bulto; y el tornavoz, muy labrado, sostiene sobre una linterna a un Cristo predicador de ampulosas vestiduras y aureola de rayos, cuyo gesto solemne y barba patriarcal lo ligan demasiado al Viejo Testamento. Es un púlpito, repetimos, de factura superior, enriqueciendo su conjunto la escalera y el pasillo con sus barandales de calados barrocos.

Tampoco merecen pasar desapercibidos los ambones, pues tanto el de la Epístola como el del Evangelio se manifiestan de esmerada labor. Débense a Martín de Torres, quien los labró con sus atriles en 1656 o poco después, siempre siguiendo los lineamientos barrocos.

La Sacristía.- Hay mucho que ver en ella. La Galería de los Obispos y Arzobispos es completa. La forman cerca de cuarenta lienzos conteniendo, cada uno, de cuerpo entero, la figura de un Pastor de la grey cusqueña. Empieza en 1538 con fray Vicente de Valverde, primer Obispo del Cusco, y continua hasta hoy. Los prelados están de pie, en un ángulo superior está su escudo episcopal y en otro inferior el medallón conteniendo brevemente su biografía. Son cuadros en los que abundan báculos y mitras, libros, mesas y cortinas, apareciendo los prelados siempre de pie mirando al observador.

En la parte baja hay valiosos muebles antiguos, destacando un armario labradísimo con fondo de color nogal y relieves de oro, el cual culmina en una linterna o templete altamente ornamental; sus dos hojas tienen abajo casetones y arriba un medallón así como piñas colgantes. Es mueble más que barroco churrigeresco.

Hablando de la gran riqueza pictórica de la Catedral del Cusco, a Antonio Sinchi Roca se deben los Evangelistas San Lucas, con la cabeza de buey, y San Mateo, con el angelillo, San Gregorio, Papa, y San Gerónimo, Obispo, así como San Agustín, prelado de Hipona y autor de las Confesiones. Serie aparte, en la vecina iglesia de la Sagrada Familia, son los Sacramentos, de los cuales se conservan el Bautizo, la Penitenica y la Eucaristía. El autor era natural de Maras, Indio Noble descendiente de los Incas, y de gran actividad pictórica en la segunda mitad del siglo XVII. Se especializó en personajes sedentes, evitando en ellos las posturas repeitivas, también gustó de las cartelas con inscripciones en latín.

En las mismas pilastras catedralicias, de autor no identificado, hay cuatro santas mártires, todas de cuerpo entero. Ellas son Santa Cecilia tañendo el órgano, Santa Marta con el lobo, Santa Bárbara con la torre y Santa Margarita con el demonio en forma de dragón.

Los lienzos que adornan el transepto, tanto grandes como pequeños, son de Basilio Santa Cruz Puma callao, otro pintor aborigen. En la puerta de la Epístola figuran en lo alto la adoración del Santísimo Sacramento por los Padres de la Iglesia, y a sus lados Santa Catalina, mártir, y Santa Matilde de Oldenburgo, reina, y abajo, Santa María Magdalena, penitente, y Santa María Egipciaca, también penitente, con el monge Zósimo que le trae la comunión. En la puerta del Evangelio las pinturas empiezan con la del Buen Pastor, a un lado, Santa Bárbara de Nicomedia y al otro Santa Prisca, correspondiendo los lienzos inferiores a Santa Catalina de Siena, dominica, y a Santa Teresa de Jesús, carmelita. Todos estos lienzos menores han sido especialmente pinados para ambas puertas laterales, de ahí su buen encaje en lo alto y en los lados de sus hojas.

Los cuadros mayores de Basilio Santa Cruz Pumacallao a los lados de ambas puertas son cuatro. Son, en el mismo orden que hemos visto San Cristóbal y San Isidro Labrador, la Imposición de la Casulla a San Idelfonso de Toledo y el Extasis de San Felipe Neri.

Sobre las cajoneras o cajonerías barrocas se alza el retablo del Cristo de la Agonía, lienzo tenebrista atribuida a Vecellio Tiziano. Porque alguna vez lo pretendieron hurtar, hoy el original esta guardado, exhibiéndose sólo una copia. A sus costados, entre labradas columnas barrocas hay cuatro lienzos de la Vida de San Pedro, repitiéndose igual número de lienzos de la misma serie a los flancos de una Virgen de la Asunción que centra el segundo cuerpo. Seis pinturas más, todas más pequeñas, enriquecen el conjunto de este segundo cuerpo.

Entre otros muebles barrocos hay dos cajoneras más en otros puntos de la sacristía: la cajonera de los Evangelistas, con sus cuatro imágenes de los tales hecha de medio bulto, todas carnadas, policromadas y doradas; y la dedicada a los apóstoles Pedro y Pablo.

Hay también frente al altar de Cristo de la Agonía, cuarentiocho pinturas de santos, todas de medio cuerpo, con Jesucristo Rey del Mundo. Entre ellos se descubre a los Apóstoles, a los Papas santificados y a los fundadores de Ordenes religiosas.

En algún lugar llama la atención una imagen vestida de San Juan de Nepomuceno que, pese a ser un santo confesor del siglo XIV aparece ataviado como un jesuita del siglo XVIII. En la parte más alta de la vasta habitación el pincel de Marcos Zapata a perpetuado las Postrimerías: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. son obras de tamaño mayor hechas con arte conocimiento y esmero. También se deben a Zapata la Virgen entre San Joaquín , santa Ana, y los Doctores de la Iglesia y la escena alegórica de Cristo tañendo la campana de la Muerte con la virgen expectante y los eclesiásticos arrodillados. Este último tema lo vemos también, fruto de otros autores, en las iglesias de Andahuaylillas y Huaro, copiados por la pintura popular. Y con esto dejamos la Sacristía.

San Cristóbal es lienzo enorme, en la puerta lateral que lleva a la capilla del Triunfo. Apoyado en una palmera que utiliza como bordón, el santo camina y miras al Niño Jesús mientras lo lleva en el hombro. El Niño, amable, le devuelve la mirada y lo anima a proseguir. Es cuadro de gran colorido y evoca antiguas pinturas similares en las catedrales limeña y sevillana.

San Isidro Labrador, frente al lienzo precedente, es cuadro que mide 6.80 por 2.80 metros y fue ejecutado en 1693. Representa al santo -a quien el autor llama Isidoro Agrícola- cuando habiendo ido a escuchar misa es hallado por su amo, quien le quiere reprender su actitud, pero él mismo se lo impide al advertir que en el campo dos ángeles con sus respectivas yuntas de bueyes estan y han estado labrando la tierra, probando que la ausencia de Isidro no ha sido perjudicial al propietario. Entonces éste, advertido del prodigio, cae de rodillas al tiempo que Isidro hace un hoyo con su cayado en el suelo haciendo así brotar un manantial. El amo, arrepentido, luce deslumbrado. El lienzo tiene diez medallones con milagros del santo, medallones que se dan en un entretejido de arabescos.

La Imposición de la Casulla a San Idelfonso, en el transepto de Evangelio, es otro lienzo mayor, hecho en 1691. Representa a la Virgen, ayudada por los ángeles, alcanzando el ornamento al santo para que se revista con él y pueda oficiar la misa. El cuadro, muy barroco, es rico en claroscuros, y exhibe más de veinte ángeles entre activos y contemplativos.

El Extasis de San Felipe Neri, asimismo crecido, acusa marcado barroquismo y hasta movimiento dentro de su inicial quietud. Luce perspectiva dentro de lo monumental y arquitectónico, así como moderado juego de luces y sombras. Es lienzo que supera las dos decenas de personajes.

En los medios arcos laterales de la Catedral, sobre la corniza y bajo la bóveda están las Letanías Lauretanas pintadas por Marcos Zapata y Antonio Carrasco. Son pinturas semicirculaes, partidas y acoladas no siempre con precisión. Cada letanía mariana merece un cuadro, suman todos unos cincuenta lienzos, esmerándose en reproducir paisajes de la vida de la Virgen y también alegorías vinculadas a Ella. Es notable la que representa el Triunfo de la Iglesia, donde el artista se da el lujo de pintar un elefante inspirándose en una estampa europea y también en el Libro de los Macabeos. Esta sobre la capilla de la Virgen del Carmen y es la primera pintura del muro del Evangelio. Otra pintura alegórica es la que representa a Luzbel, que condenado exclama sin lugar a redención: “ay de mi que ardiendo quedo, Ay que pude y ya no puedo, ay que por siempre arderé, ay que a Dios nunca he de ver”. Estos lienzos los mandó pintar Diego de Barrio de Mendoza Tesorero de la Catedral del Cusco “de su propio caudal y no de los bienes de la Iglesia”. Pagó por cada lienzo dieciseis pesos, debiendo sus autores hacerlos “dentro de seis meses”.

Hay dos cuadros más, también mayores: El Cordero Pascual, al fin del muro del Evangelio, y La Ultima Cena, al final del muro de la Epístola, habiendo quien los atribuye a Marcos Zapata.

En El Cordero Pascual aparece éste echado sobre el libro de los Siete Sellos y rodeado de una claridad lumínica; abajo, en el segundo nivel están los santos, predominando los Apóstoles y alcanzando un extremo San Miguel Arcángel; y en el inferior aparece el Rey David tañendo el arpa, la Magdalena penitente, y San Pedro acompañado por el gallo de la Pasión, reuniéndose de este modo los tres pescadores perdonados. Es lienzo extraño, obedece a una proyección desconocida.

La Ultima Cena es cuadro grande, de marcado mestizaje. En lugar del cordero pascual hay una vizcacha preparada al uso del Cusco, que en la cosmovisión andina es la guardiana de los lagos de las montañas sagradas; el pan retrata el del tiempo del pintor, Marcos Zapata; hay dos ánforas de vino pero también una olla con licor fermentado de maíz a la que acompaña una tela blanca que sirvió para cubrirla y preservarla de las moscas. En la mesa hay maíz de panca, una papaya y algún ají. Entre los doce Apóstoles es difícil identificar a Judas; probablemente es el que tiene facciones de moro.´



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Por motivos académicos, hoy llegué al Cuzco, la antigua capital de los Incas, cuyo nombre, según unos, se traduce “montón de piedras” y, según otros, “ombligo”. En ambas versiones significa “centro del mundo”, ciudad sagrada donde se unían los cuatro suyos y a través de la cual podían comunicarse los mundos subterráneo y celeste. Los mitos dicen que la fundación de esta ciudad de piedra se remonta a los tiempos de Manco Cápac, allá por el siglo XII, pero diversos testimonios arqueológicos apuntan a una población persistente asociada a una cerámica llamada killke. En todo caso, la fundación “incaica” se hizo en nombre del dios Wiracocha y del Sol.

Camino por la actual Plaza de Armas y me imagino el Cuzco en tiempos del Tahuantinsuyo, una ciudad toda de piedra y de hermosos edificios. Dicen que tenía cuatro grandes barrios, Quinticancha, Chumbicancha, Sairicancha y Yarambuycancha. Sin embargo, la principal división era dada por su declive: la parte baja, morada de los primeros Incas, se denominó Hurin Cusco; la parte alta, residencia de los últimos “soberanos”, Hanan Cusco.

Los edificios de ese remoto Cuzco eran preferentemente palacios de los Incas o santuarios dedicados al culto. Entre los palacios sobresalieron el de Collcampata, que fue de los descendientes del Manco Cápac; el de Coracora, que lo hizo Inca Roca; el de Casana que afirman fue de Pachacutec; el de Pucamarca, que lo tuvo Túpac Yupanqui; y el de Amaru Cancha que lo edificó Huaina Cápac. Los monumentos religiosos estaban representados primeramente por el Coricancha o Templo del Sol, con su maravilloso Jardín Dorado, residencia del Villac Umu o “pontífice solar”; y el Acllahuasi, donde moraban las “escogidas” o Vírgenes del Sol. Los jóvenes de la nobleza se educaban en el Yachayhuasi o “casa del saber”, otra magnifica construcción, hoy desaparecida. Todo el conjunto de edificios estaba entre dos ríos: el Huatanay y el Tullumayo. Sobre ambos cruzaban varios puentes de piedra que llevaban al centro de la ciudad, es decir, a las plazas de Huacaypata y Cusipata.

La Plaza de Armas del Cuzco es la más hermosa del Perú. Debe su nombre al hecho de concurrir a ella los encomenderos armados durante los días de guerra o alarma. Cabe recordar que Plaza de Armas tienen el Cusco, Piura, Lima Trujillo, Huamanga, Arequipa, Chachapoyas y Moyobamba. Las demás ciudades fundadas por los españoles sólo tienen Plaza Mayor. La fundó Francisco Pizarro el 23 de marzo de 1534, la nueva ciudad sobre la vieja. La antigua ya existía en tiempo de los Incas, era su plaza principal. La llamaban Aucaypata o Huacaypata y era el escenario de las grandes fiestas. Una hilada de edificios separaban de la Plaza del Regocijo, la llamada Cusipata, de trazo rectangular, que corría desde el actual Ayuntamiento hasta la iglesia de la Merced. Entre las dos plazas estaba el Ushno, monumento de piedra de connotación mágico-religiosa, trono del Inca.

Con el tiempo, esta Plaza fue también el lugar de las grandes festividades coloniales. Celebraciones religiosas como las procesiones del Corpus Christi o la del Señor de los Temblores, y celebraciones profanas como las corridas de toros, tan afamadas por su boato y color. También hubo en ella episodios violentos, como el del 18 de mayo de 1781, día en que fue ejecutado aquí, delante de la Compañía, el curaca rebelde José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II.

Pasear por este recinto es un placer. Rodeada por sus bellos portales, tiene al Este la Catedral, con sus iglesias menores del Triunfo y de Jesús, María y José, y al Sur el templo jesuita de la Compañía. De día, La Plaza es soleada, muy colorida; por la noche, tiene un encanto especial. Los faroles que penden de los muros, las luminarias de los portales y las que brillan a través de los balcones, alcanzan ese ambiente. También las fachadas iluminadas de la Catedral, de la Compañía y de la lejana iglesia de San Cristóbal. Finalmente, coronan el espectáculo, las lumbres de los barrios altos, Carmenca y Tococachi. Colabora a esto el cielo azul oscuro con la luna y las estrellas.

Recorremos los portales que parecieran tener vida propia. Son ocho, pero cada uno se distingue del otro no sólo por el nombre sino, sobre todo, por su actividad. Los nombres son antiguos, pero las actividades muy actuales. Pero antes, una aclaración: como historiador, haré énfasis en el uso tradicional que tenían estos portales.

El Portal de Belén estaba dedicado al expendio de tamales cuzqueños, envueltos en panca de choclo, calientes y con poca sal. Son blancos, carentes de achiote, y el placer estriba en comerlos humeantes, casi quemándose los dedos de las manos. No son grandes, pero sí muy ricos (no sabemos la referencia navideña del nombre de este portal). En cambio el Portal de Carrizos debió llamarse así porque en el momento de su construcción fue de caña y cal con techo de tejas. Generoso en cafés y restaurantes, es uno de los lugares elegidos por los pintores para vender sus acuarelas alusivas a los rincones cuzqueños. Seguimos por el Portal de la Compañía, llamado así por su vecindad al templo jesuita, es el punto donde se encuentran y conversan los profesores y alumnos de la Universidad de San Antonio Abad. Luego, el Portal de Comercio, que debe su nombre a las tiendas: librerías, artesanías, joyerías. Deambulan por él todo el día cantidad de vendedores de objetos típicos, desarrollando sus actividades a los sones de la música andina. Del mismo modo, el Portal de la Confituría, está impregnado de música vernacular, y fue llamado así por sus dulces de la época virreinal. Tiene hostales con vista a la Plaza, tiendas de artesanías y joyerías especializadas en objetos de plata. El Portal de Panes debe su nombre a las antiguas panaderías y a la venta de bizcochos. En la actualidad hay en él peñas típicas, cafés y restaurantes. El Portal de Harinas es en el que se vendían antaño las harinas de trigo y de maíz. Hoy alberga cafés y agencias de viajes. Finalmente, tenemos al Portal de Carnes, llamado así por las viejas carnicerías que en su interior tenían un establecimiento. Era tanta, entonces, la afición de comer carne, que se desarrolló por ello la enfermedad de la gota. Existen actualmente en este portal agencias de viajes y compañías de aviación, restaurantes y cafeterías.

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El mayor tesoro anglosajón jamás visto, formado por más de 1.500 piezas de oro y plata y datado del siglo VII, ha sido descubierto de forma fortuita en un campo de Inglaterra, informó hoy la BBC. Según la cadena pública, la impresionante colección, hallada con un detector de metales en un prado de propiedad privada del condado de Staffordshire, comprende sobre todo armas, como espadas con empuñaduras de oro e incrustaciones de piedras preciosas.

Terry Herbert, responsable del sorprendente descubrimiento, lo calificó como «el sueño de todo aficionado a la detección de metales». El británico, que lleva practicando esta actividad desde hace 18 años, encontró el fabuloso botín cuando estaba peinando el terreno de un amigo. Un experto en antigüedades, Kevin Leahy, que ha estado catalogando el tesoro -que desde hoy hasta el 13 de octubre se mostrará en el Museo de Birmingham (centro del país)-, aseguró que los arqueólogos quedaron «impresionados» con su calidad. La colección, que ya ha sido certificada como tesoro por un magistrado, contiene unos 5 kilos de oro y 2,5 kilos de plata, lo que la convierte en la más importante del periodo anglosajón desde el hallazgo en 1939 de 1,5 kilos de oro en Sutton Hoo, en el condado oriental de Norfolk.

Tras mostrarse al público, el tesoro se mantendrá a buen resguardo mientras una comisión independiente de evaluación determina su valor. Leslie Webster, antigua responsable del departamento de Prehistoria y Europa en el Museo Británico de Londres, declaró a la BBC que el magnífico descubrimiento podría «alterar radicalmente nuestra percepción del mundo anglosajón»
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El Fuhrer no tuvo hijos pero sí sobrinos. Dos belgas, tras muchos años de denodada búsqueda, robando restos de ADN en servilletas y cigarrillos, han localizado a 39 descendientes del dictador. Cuatro viven en Estados Unidos. El resto, entre Austria y Alemania. Todos se han cambiado un apellido asociado al genocidio de seis millones de judíos y decenas de millones de muertos en la II Guerra Mundial, que comenzó hace ahora 70 años Los descendientes de EEUU han decidido no tener hijos, para extinguir la saga y dejar de vivir con miedo. Publicarán un libro antes de morir (por Albert Segura para El Mundo de España).

Si usted es descendiente de Adolf Hitler o teme poder serlo no se moleste en esconderse porque le encontrarán. En Bélgica, un funcionario de aduanas y un periodista han logrado descifrar el ADN del líder nazi, un secreto nunca antes revelado que ahora permite identificar genéticamente a cualquier familiar del dictador alemán. Desenmarañando su árbol genealógico, analizando colillas de cigarro olvidadas en un pueblecito de la Baja Austria, una servilleta de papel usada en un fast food de Nueva York o los sellos de cartas enviadas hace más de 30 años desde el norte de Francia, Marc Vermeeren y Jean-Paul Mulders ya han dado con 39 parientes del Führer vivos. Son los últimos Hitler.

Tres bisnietos del padre de Adolf Hitler, Alois, aún se esconden en Long Island (Nueva York, EEUU) bajo el apellido falso Stuart-Houston. Louis y Brian comparten una casita de madera en East Patchogue, donde trabajan como jardineros, mientras que Alexander es un psicólogo retirado que ayudaba a los veteranos de otra guerra, la de Vietnam, y vive en East Northport, a pocos kilómetros. Howard, el cuarto hermano, era agente de la Policía de Nueva York y murió en 1989, estando de servicio. No se conocen más fotos de ellos que las que se hicieron en los años 70 para la orla del instituto, no se relacionan con nadie, ni siquiera los vecinos los conocen. No responden si alguien llama a la puerta y evitan cualquier confrontación con su pasado.

«Se han puesto de acuerdo en no tener hijos, para extinguir la saga de los Hitler y dejar de vivir con miedo, pero han prometido publicar un libro antes de morir», relata Mulders, de 41 años. Este reportero del periódico belga Het Laatste Nieuws y de la revista Knack ha conseguido robar a los Stuart-Houston una muestra de ADN. Lo hizo con la ayuda de Marc Vermeeren, 51 años, historiador y genealogista amateur obsesionado con Hitler, quien amontona en su estudio más de 500 biografías del dictador y 20.000 documentos, entre ellos su partida de nacimiento.

Ahora que se cumplen 70 años de la II Guerra Mundial se hace más comprensible la decisión de los Stuart-Houston de no tener descendencia. Hace exactamente siete décadas, su odiado pariente exigía al ejército alemán que acabara con la resistencia polaca. Ordenó a la Luftwaffe que lanzara un millón y medio de kilos de explosivos sobre Varsovia... Sólo este episodio de la guerra dejó 400.000 muertos.

La fascinación por los herederos de un personaje tan cruel impulsó a los investigadores. «Los detectives no se atrevían a perseguir a los Hitler americanos o pedían 300 euros por hora de trabajo, por eso decidimos espiarlos nosotros mismos y montar guardia ante la casa de los Stuart-Houston hasta que dieran alguna señal de vida», recuerda Mulders, aún excitado.

Los dos cazahitlers tuvieron que esperar siete días y siete noches bajo una tormenta de nieve y la mirada amenazante de los vecinos, hartos de ver a curiosos merodeando por el barrio, para que el hermano mayor, de 60 años, abandonara por fin su escondite, hambriento. Alexander A. Stuart-Houston -«A. de Adolf?», se pregunta Mulders- condujo hasta un restaurante drive in, de esos donde se come sin salir del coche. Pidió unas alitas de pollo y las ingirió al volante. Se limpió con una servilleta de papel y la arrojó a la carretera. «Y allí estábamos nosotros, con unos guantes de látex, unas pinzas y una bolsa de plástico, recogiendo la servilleta asquerosa, con sus labios marcados en grasa de pollo».

Ya en el vuelo de vuelta, explica Mulders, «un rabino leía el Talmud en el asiento de al lado, sin imaginarse que en el mismo Boeing 767 viajaba el cromosoma Y de Hitler». Ahora, el código genético del sanguinario dictador y todas las muestras de ADN de sus familiares vivos están en la cámara acorazada de un banco, así que Hitler, de alguna forma, ha regresado al búnker. William Patrick Hitler es el padre de Alexander, Louis y Brian y fue sobrino de Adolf (su padre era hermanastro del Führer). Huyó a Estados Unidos en 1939 y se cambió el apellido por el de Stuart-Houston en 1946, un homenaje al teórico antisemita Houston Stuart Chamberlain.

POR GRANJAS AUSTRIACAS.- En la Baja Austria, en cambio, los Hitler no se han complicado tanto y han intentado borrar su pasado maquillando sólo un par de letras de su nombre, hasta llamarse Hüttler y quedar décadas camuflados entre los centenares de Hietlers, Hiedlers, Hütlers o Hüe tlers que llenan los listines telefónicos. Pero Vermeeren lleva años peregrinando a las granjas de la familia del Führer en Spital y Walterschlag y se sabe de memoria todos los archivos parroquiales sin que se le escape ninguna partida de nacimiento ni acta de defunción. Incluso tiene un documento del año 1457 que ya sitúa en la zona a los entonces Hytler. «Todos los Hüttler que viven en la región del Waldviertel son descendientes lejanos de Hitler, aunque muchos ni siquiera lo saben. Los hombres comparten su mismo cromosoma Y. No importa que hayan pasado cien o mil años, nunca se pierde», advierte. La clave de su investigación es seguir el rastro genético de dicho cromosoma, el único que los varones heredan sólo por vía paterna, así se puede saber con precisión si dos hombres pertenecen a un mismo linaje.

Los árboles genealógicos que han elaborado se remontan a cinco o seis generaciones. Siguiendo el rastro del ADN hasta la Baja Austria, los CSI belgas también han desenmascarado a los Hüttler, la mayoría granjeros, descendientes del dictador, aunque mucho más lejanos que los de Long Island. «Johan Hüttler fue el primero que encontramos, pero nos cerró la puerta en los morros sin que pudiéramos terminar de pedirle una muestra de saliva», narra Mulders. «¡No soy un Hitler, soy un Hüttler!», les respondió el segundo, Eric. Y el tercero, Hermann, les aseguró que era adoptado y que, por lo tanto, sus genes no les interesaban. «Las cosas se pusieron feas de verdad cuando Andreas, el cuarto de nuestra lista, nos recibió en su granja con un martillo y una barra de hierro en las manos». Se llevaron un buen susto, pero al final Andreas se ofreció a donar, allí mismo, una muestra de ADN. «Para hacerlo bien debes frotar fuerte este algodón en tu boca», le pedimos. «"¿Eso es todo lo que necesitáis?", nos dijo sonriente, sin ser consciente de lo que estaba haciendo», celebra Mulders. Lo quisieron hacer todavía más épico y no se marcharon sin arriesgarse una vez más y colarse al jardín de un quinto Hüttler, Walter, para lograr una segunda muestra que diera más fiabilidad a su investigación: colillas de cigarrillos abandonadas en un cenicero lleno de nieve.

Los análisis de ADN confirmaron que el cromosoma Y de los Hüttler (tanto el del donante voluntario como el del hermano que había fumado los cigarrillos) y el de los Stuart-Houston es exactamente el mismo y que, por tanto, son familia. ¡Sorpresa! Los resultados desmienten, además, cualquier posibilidad de que el asesino de seis millones de judíos pudiera ser nieto de un semita.

La abuela de Adolf se quedó embarazada mientras trabajaba como empleada doméstica para un judío, cinco años antes de casarse con Johann Georg Hitler, quien nunca reconoció como hijo suyo al que sería el padre del Führer, Alois. Alois tuvo que llevar el apellido de su madre, Schicklgrüber, hasta sus 39 años, cuando Johann Georg ya había muerto. «Pero ahora que hemos descubierto que los Stuart-Houston y los Hüttler llevan el mismo cromosoma Y, podemos afirmar que Hi tler es un Hitler de verdad y que algunos biógrafos mien ten», proclama Vermeeren.

Este genealogista amateur es, en realidad, como el padre de Hitler, un tímido funcionario de aduanas. Su estudio está, literalmente, forrado de libros, fotografías y documentos sobre el Führer. Ya ha escrito dos de los cinco libros que prevé publicar sobre su hazaña (sólo disponibles en holandés). Mulders, por su parte, ha publicado En busca del hijo de Hitler, traducido al alemán.

Vermeeren calcula que, en total, quedan 39 descendientes vivos de Hitler: los tres Stuart-Houston norteamericanos y 36 austriacos. «Pero casi todos son parientes por parte de madre, familiares de la tía de Adolf, Theresia Pölz, y se apellidan Sch midt o Koppensteiner, aunque nunca podremos confirmarlo con el ADN, porque el cromosoma Y no se transmite entre mujeres», dice. Sólo tres supervivientes de la rama familiar austríaca son por parte de padre, Peter Raubal, Angela Annemarie Raubal y Heiner Hochegger, pero Vermeeren les ha perdido la pista.

Los Koppensteiner y los Schmidt son 16 primos en segundo grado de Hitler, dos de ellos se llaman Adolf y siguen viviendo en Austria. Los productores del documental La Familia Hitler, de la televisión alemana ZDF, consiguieron entrevistar por primera vez a uno ellos, Adolf Koppensteiner, que como la rama de los Hüttler, se dedica a la agricultura. «Tengo miedo, miedo de que alguna vez me vengan a buscar», dice.

Si para algunos ser pariente de Hitler es una pesadilla, para otros no serlo es una decepción. En 1977, el francés Jean-Marie Loret se hizo famoso al proclamar a los cuatro vientos que era hijo del dictador alemán. Su madre, Charlotte Lobjoie, le había revelado en su lecho de muerte que durante la Primera Guerra Mundial tuvo un affaire durante 18 meses con un soldado alemán llamado Adolf Hitler, que la dejó embarazada. Loret murió de un ataque al corazón en 1985, convencido de que su padre era el Führer, y dos décadas después Vermeeren y Mulders se decidieron a confirmarlo genéticamente. Loret tiene nueve hijos, pero todos han pactado no conceder entrevistas ni hablar con historiadores, y se han negado a dar una muestra de ADN a los investigadores belgas.

«Yo conozco la verdad, tengo mis convicciones y me da lo mismo lo que piense la gente», replicó a Mulders sin dar más detalles uno de los hijos de Loret, en la puerta de la casa familiar en Saint Quentin, a 150 kilómetros de París. «La nieta de Loret jugaba en el jardín del chalé y me miró fijamente, con unos ojos azules muy claros y una dureza que me recordaba a la cara que había visto en muchas imágenes en blanco y negro, la del que podría ser su abuelo», cuenta Mulders, impresionado.

¿HIJO DE HITLER? El periodista flamenco contactó con un industrial propietario del retrato que Hitler, supuestamente, pintó de su amante Charlotte, madre de Jean-Marie Loret, durante su romance. Loret había enviado muchas cartas manuscritas al empresario belga pidiéndole información e incluso le había visitado en varias ocasiones. «Mi secretaria me dijo una mañana que un señor muy parecido a Hitler me estaba esperando», recuerda el industrial de Izegem, aún sorprendido. Ya que ninguno de los hijos de Loret parecía dispuesto a colaborar y descubrir científicamente si en realidad son nietos del dictador, Mulders mandó analizar los sellos y los sobres de las cartas enviadas por Loret. «El ADN, 30 años después, estaba intacto, pero la mala noticia es que el cromosoma Y de Loret no se corresponde al de los Stuart-Houston y Hüttler».

Jean-Marie Loret no es el hijo ilegitimo de Adolf Hitler, como el Führer no fue nieto de un judío, según las pruebas de ADN. Pero a los cazahitlers belgas siempre les quedará la duda de si realmente fue Loret quien cerró los sobres de sus cartas y puso los sellos. Pensar que tal vez hayan analizado la saliva de un empleado de correos o de cualquier otra persona les quita el sueño. Mulders acaba de recibir un correo electrónico confidencial de alguien que dice ser hija de Loret y que, en secreto, está dispuesta a ayudarle a sustraer alguna muestra genética a sus hermanos varones. La búsqueda de los últimos Hitler continúa.

HIJOS DEL «SOBRINO APESTOSO».- La estirpe del líder nazi en EEUU está a punto de extin guirse. En Long Island, cerca de Nueva York, viven Louis, Brian y Alexander, quienes han decidido no tener descen dencia. Son hijos del sobrino díscolo del Führer, William Pa trick Hi tler. Adolf lo llamaba «mi sobrino apestoso». Willy le dio mucha guerra al airear su vida privada y amorosa.

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"En Rusia me conocen como el último romántico". Sin él frente de la URSS, el Muro de Berlín no habría caído hace ahora 20 años. En su cabeza, además de su mancha, conserva la misma energía y determinación con las que cambió el mundo. Por GINNY DOUGARY (*)

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Está cerca de los 80 años, pero todavía, cuando Mijaíl Gorbachov habla, la gente escucha lo que tiene que decir con suma atención. En especial -o quizás exclusivamente- fuera de su propio país. Entre ellos se incluye el 44º presidente de EEUU. El primer y último presidente de la antigua Unión Soviética me habla de su reunión con Barack Obama, celebrada hace muy poco. En ella, Gorbachov comentó: «Le felicito porque, dos meses después de las elecciones, su popularidad ha crecido y todavía sigue en ascenso». Obama le respondió: «Espere un poco, ya verá cómo baja». Estalló la sonora carcajada de Gorbachov. «Me cayó bien cuando me dijo eso», comenta el ex presidente de la URSS.

Es posible que Gorbachov sea el artículo de exportación que preferimos de los rusos, pero nuestro deseo de convertirlo en un tesoro internacional entrañable -¿acaso se puede considerar duro a un hombre que consiente que todo el mundo le llame por el apodo de Gorby?- quizás no se corresponda con la realidad. Habla como si estuviera pronunciando una serie de conferencias y no tolera las interrupciones, lo que significa que nuestra entrevista está salpicada de admoniciones impacientes como «todavía no he terminado» y «déjeme primero que le diga algo y ya le responderé después».

Resulta complicado saber si es Gorbachov o su intérprete el responsable de esas bruscas salidas esporádicas de tono. Le pregunto cuál es el momento del que se ha sentido más orgulloso y responde: «Orgullo no es un sentimiento que yo tenga». A continuación se enrolla en una disertación interminable, perorando sobre lo que parece la Historia completa del siglo XX. Se ha debido de notar mi sensación de desesperación (es posible que el haber enterrado la cara entre las manos le haya resultado revelador). Lo más frustrante del caso es que, de todos los personajes notables que he entrevistado, Gorbachov es el que más ha hecho por cambiar el mapa del mundo. Con tantas preguntas como tengo, resulta que apenas dispongo de una hora escasa para planteárselas.

Fracasa estrepitosamente el intento que hago de distraerle diciéndole que es un personaje de dimensión histórica. «¡No me confine en la Historia!», me corta. Felizmente, le hago sonreír. «Bueno, historia viva, quiero decir», le digo. «Vale, si es historia viva, se lo acepto», se calma. Más tarde comenta que «Chéjov, sabe usted, dice que hay que hablar brevemente, pero...». Trato de hacer un chiste en plan ruso: «Quizás es que usted es más de Tolstói». Pero no produce ningún efecto.

Lo que más llama la atención, al tratarse de una persona cuyo solo nombre es sinónimo de una intención de llevar a cabo un cambio trascendental en su propio país y que habla abiertamente (aunque no lo suficiente, según algunos) de lo que se está haciendo mal bajo el régimen de Medvedev y Putin, es lo mucho que le enfadan las críticas del exterior a Rusia.

«Los británicos, los norteamericanos... quieren que seamos como ellos -afirma-. Y ésa no debería ser una exigencia de nadie; nosotros nunca les hemos pedido a los demás que sean como nosotros. Debería haber competencia e intercambios entre diferentes países, aunque no cabe duda de que hay algunos valores universales, como son la libertad y la democracia. A nosotros todavía nos queda camino por recorrer hasta la total implantación de esos valores y podemos ser bastante críticos con nuestro país».

Sostiene que los rusos siguen sien do unos incomprendidos. «Mi primer libro como secretario general del Partido Comunista de la URSS se titulaba Perestroika: nuevas ideas para nuestro país y para el mundo y su primera frase era: "Queremos que nos comprendan". Incluso ahora queremos que nos entiendan. Todavía hay algunas personas para las que Rusia es un problema, lo cual es un disparate».

¿Podría ser usted más concreto? «Permítame darle algunos datos, porque a lo mejor piensa usted que esto no son más que palabras. En tiempos de Boris Yeltsin, cuando abandonó la vía evolutiva hacia las reformas y optó por aplicar los métodos de los cowboys; es decir, aquella terapia de choque que arruinó la economía del país... Por ella, muchas personas perdieron sus trabajos y muchos se quedaron sin cobrar sus sueldos durante meses; durante años, en algunos casos. En aquella época, vimos cómo venían a Rusia delegaciones de visitantes y todas, sin excepción, aplaudían a Yeltsin. Yo veía todo aquello y pensaba "¡Pero bueno! ¿Cómo es posible?". Al final, llegué a la conclusión de que, en aquel momento, todo era una especie de maniobra política de aquellos a los que en realidad les venía bien que Rusia estuviera por los suelos».

«¡Y nadie puede poner a Rusia de rodillas -acompaña sus palabras con un puñetazo en la mesa- y tenerla así, porque al final se levantará! Pues ése fue el tipo de actitud de Oc cidente hacia Rusia en los años 90 y lo que hizo que cambiara la actitud de muchos rusos. La euforia hacia Europa y EEUU desapareció cuando los rusos vieron cuál era su actitud y así se arruinó la confianza que existía. En mi opinión, esto ha sido lo más importante».

Es apropiado contar que, a finales de 1992, viajé por toda Rusia con un empresario británico que había perdido su imperio empresarial en circunstancias muy controvertidas y que estaba tratando de recuperar sus millones en la nueva frontera. Una de las reuniones de negocios a las que asistí tuvo lugar en el antiguo pabellón de caza de Brezhnev y, en el libro de visitas, había unas frases garabateadas con una letra infantil, quizás la de un hombre borracho, dedicadas al anfitrión: «Muchas gracias. Eres un gran hombre. Éste soy yo. Yeltsin. Noviembre de 1991» (el año en que lo eligieron presidente).

LA CAÍDA DE YELTSIN.- En 1993, un año después de mi viaje, Yeltsin sufrió un proceso de destitución como consecuencia de la ruptura de las relaciones entre el presidente y el parlamento. A lo largo de 10 días se desencadenó un gran conflicto durante el cual, en las calles de Moscú, se registraron los más feroces enfrentamientos desde 1917. En la Nochevieja de 1999, Yeltsin presentó su dimisión por sorpresa y anunció que Putin sería su sucesor. En un principio, Gorbachov dio su apoyo a Putin y, aparentemente, se lo sigue prestando (respaldó la actuación de Rusia con Georgia durante el año pasado, por ejemplo), pero, aún así, suelta críticas descarnadas sobre determinados temas. En el año 2005, el diario Pravda informó acerca de sus comentarios sobre una polémica reforma que puso en pie de guerra a los pensionistas (la abolición de derechos adquiridos a prestaciones sociales durante la época comunista).

«Los legisladores no pensaron en las personas cuando estaban debatiendo la ley -explica-. Las organizaciones públicas, la ciencia... lo han dejado todo de lado. En mi opinión, ese trato a las personas mayores no puede sino despertar indignación».

No obstante, en 2007, apoyó a Putin como presidente en las elecciones al Parlamento. «Es un hecho que, dentro de Rusia, Putin cuenta con el apoyo hasta del 80% de la población (cuando Gorbachov presentó por última vez su candidatura a presidente, en 1996, obtuvo apenas el 0,5% de los votos emitidos). Para mí, ése es el argumento más convincente, puesto que yo vivo en Rusia. Ha llevado la estabilidad al país. No todo el mundo habría sido capaz de sacarlo adelante con la herencia que dejó Boris Yeltsin». En ese mismo año, Gorbachov denunció -haciendo una cáustica reprimenda pública- que el partido Rusia Unida, el de Putin, era «el de los burócratas, la peor versión del Partido Comunista de la Unión Soviética».

Entonces, ¿por qué no condenó con más energía a Putin dos años antes? ¿Sería, quizás, por miedo a lo que podría ocurrirle a él o a su familia? «¿Por qué iba a tener miedo? -se pregunta a su vez-. No. Lo que puedo decir es que entiendo lo difíciles que se le pueden poner las cosas al presidente, porque yo también he tenido ese cargo. Me sentía en su lugar, metido en su piel y, en consecuencia, entiendo mejor la situación. Ésa es la razón por la que he apoyado a Putin y todavía lo sigo haciendo. Por otra parte, en determinados temas me pronuncio con la más absoluta libertad y de manera directa. Por ejemplo, llevo ya un tiempo reclamando que es necesario que se cambie el sistema electoral. También llevo bastante tiempo diciendo que se ha hablado mucho de combatir la corrupción pero que no se está dando ninguna batalla real contra ella».

Lo más curioso de todas sus prolijas peroratas es que Gorbachov no aprovecha la oportunidad para hacer propaganda de su propio partido, el Partido Demócrata Independiente de Rusia, fundado en el mes de septiembre de 2008 por él y su multimillonario amigo Alexander Lebedev (quien acaba de adquirir el diario vespertino Evening Standard de Londres).

Entre los dos rusos son dueños de un 49% del periódico Novaya Gazeta, el diario independiente (léase anti-Putin) en el que trabajaba la fallecida Anna Politkovskaya, una de los cuatro periodistas de investigación de la publicación que han sido asesinados (Lebedev ha ofrecido más de 700.000 euros a quien ofrezca información que lleve a la condena de sus asesinos).

LOS OLIGARCAS.- Gorbachov no se olvida de la crisis. Ataca lo que llama «el entramado de los triunfadores... la enfermedad de las clases gobernantes, especialmente los beneficiarios del sistema anterior, que yo creo que son los principales responsables de la crisis económica global». En la cumbre de París, que marcó el final de la Guerra Fría, «dijimos que Europa debería volver a poner el énfasis en cuestiones tales como la lucha contra la pobreza y el medio ambiente. Señalamos que la sociedad no debería estar basada en un consumo desaforado. Ya sabe, todos esos yates de los ricos de los que los mares y las bahías están atestados...».

¿Se refiere a los oligarcas? «Naturalmente -dice entre risas-. Se han llegado a hacer tan ricos porque han transgredido ciertas normas de moralidad y ciertos valores. No se han parado ante nada y ésa es la razón por la que muchos de ellos se encuentran actualmente en la cárcel». Su amigo Lebedev, ex espía de la KGB que se enamoró de Londres cuando fue destinado a la embajada rusa, donde trabajó como agente secreto hasta 1992, es tan rico y lo suficientemente influyente como para ser calificado de oligarca. Compró el Banco de la Reserva Nacional, que ha llegado a ser uno de los bancos más grandes de Rusia y su empresa es propietaria de la tercera parte de las líneas aéreas Aeroflot. Su fortuna estaba valorada (antes de la crisis actual) en más de 2.200 de millones de euros y él mismo sostiene que, en estos momentos, ronda los 1.800 millones de euros.

Gorbachov no deja de disparar, enfadado, contra sus compatriotas, los oligarcas rusos: «No leen libros, no van a exposiciones y creen que la única forma de impresionar a los demás es comprarse un yate» (algo que él, que se siente orgulloso de decirlo, nunca ha tenido).

Cada año, los Lebedev patrocinan una gala de recaudación de fondos con una lista de invitados que sin ninguna duda son first-class. La primera fiesta se celebró en Inglaterra, en Althorp House, la mansión familiar del conde Spencer, el hermano de Lady Di. La de este año ha sido en la propia residencia de Lebedev, Stud House (donde Lord Byron vivió en otra época), en terrenos del palacio de Hampton Court.

Lo encontré allí pero no me quedé a cenar (una mesa costaba más de 17.000 euros al cambio). Días después se pudo leer en la prensa del corazón cómo se desarrolló la fiesta. J. K. Rowling y Peter Kay movían el esqueleto mientras el DJ Mark Ronson pinchaba. Unos cosacos bailaban como Run DMC (grupo de hip-hop de Nueva York de los años ochenta).

En cuanto a los detalles más comentados, estaba que, entre los objetos que se sacaron a subasta, destacaba la maleta de Louis Vuitton «anunciada por Gorbachov» en la famosa campaña de publicidad que protagonizó frente al muro de Berlín. El que fuera máximo dirigente de la Unión Soviética es impermeable a las insinuaciones de que quizás los anuncios hayan denostado su legado. Recuerda que también ha aparecido en un anuncio de Pizza Hut (la cadena de comida rápida) porque su fundación necesitaba dinero y, aclara, que no le importaría hacer más trabajos en esa misma línea.

La gran sorpresa de la noche, en la fiesta de su amigo multimillonario, fue que Gorbachov subiera al escenario para interpretar una canción que él le cantaba a su mujer en vida y que dedicó a Raisa en el décimo aniversario de su muerte. En la sala de conferencias de un lujoso pero discreto hotel del West End de Londres (escenario de la entrevista), le pregunto a Gorbachov si le resulta más llevadero afrontar la pérdida de su mujer con el paso de los años. «Bueno, el tiempo hace su labor, por supuesto... Pero, así y todo, eso ha sido lo más difícil, lo más duro que me ha pasado en mi vida, sobre todo porque la muerte de Raisa fue de todo punto inesperada», reconoce.

LA PREMONICIÓN DE RAISA.- «Cuando desaparece una mujer a la que se ha amado tanto, su pérdida es irreemplazable. Ahora bien, no estoy completamente solo. Todavía me quedan una hija y dos nietas, y ahora una bisnieta, Sasha, así que...», confiesa. Quizás sea esa idea de que ahora es todo un paterfamilias lo que le hace soltar una escandalosa carcajada.

¿No habría querido Raisa que se hubiera vuelto a casar? Cuenta una historia que no tiene mucho que ver con la pregunta, pero que, no obstante, no carece de encanto. «A ella le encantaba ese chistecito que hay sobre las diferentes edades de las mujeres. Ya sabe usted, primero está la niña, luego la muchacha, luego la joven, luego la mujer joven, y la mujer joven, y la mujer joven... y así hasta que muere de mayor. De modo que, cuando decía que no quería llegar a vieja, yo le decía: "Nunca serás una vieja". ¡Era tan animada, tenía un carácter tan alegre! Había en su naturaleza algo de princesa, una princesa de campo». Larga pausa a continuación.

«A veces es mejor hablar sin pensar -añade-. Por supuesto, lo ocurrido ha sido irreparable. Tengo un cierto sentimiento de culpa con ella». ¿Le persigue su recuerdo? «Todavía hay algo de esa sensación... Vivimos toda aquella situación dramática de la perestroika y de nuestra vida en aquella época... Fue algo que al final no fue capaz de soportar. Era una persona muy vulnerable», explica. Cuando le transmito mi sorpresa ante lo que dice, se corrige a sí mismo: «Ella era fuerte, pero tuvo que aguantar mucho». El golpe de 1991, cuando los partidarios de la línea dura confinaron a Gorbachov y su familia bajo arresto domiciliario en su casa de vacaciones en Crimea, debió de ser terriblemente traumático, como también los acontecimientos que desembocaron en su dimisión forzada en pleno día de Navidad, a la que siguió la disolución formal de la Unión Soviética al día siguiente.

«Me dijo que no quería morir y luego añadió "¿Sabes? De nosotros dos sería mejor que yo me muriera primero". Luego añadió: "Deberías casarte". Le dije entonces que cómo podía decirme aquellas cosas», cuenta. Más risas. Sigue: «¿Qué es lo que tienes en la cabeza?, le pregunté y ella me respondió que "bueno, no era más que una manera de hablar". Cuando lo recuerdo, tengo la sensación de que quizás tuviera una premonición». Es curioso que, siendo ateo, crea en la idea de alma. «Sólo el 7% de los seres humanos ha sido objeto de estudio por la ciencia. En mi opinión, ha quedado comprobado que hay un alma, aunque eso es algo que la ciencia todavía no entiende», comenta quien está convencido de que «los ideales del comunismo son similares a los del cristianismo».

Los Gorbachov se conocieron cuando eran compañeros de estudios en la Universidad Estatal de Moscú. Raisa estudiaba Filosofía; él, Derecho. La suya era una familia de campesinos que trabajaban la tierra en el pueblecito de Privolnoye, al sur de la república de Rusia. Ayudó a su padre a manejar una cosechadora y se jacta de ello en su curriculum vitae: «Estoy particularmente orgulloso de mi capacidad para detectar instantáneamente una avería mecánica en una cosechadora sólo por el ruido que emite».

Había entrado ya en la universidad cuando se dio de alta en el Partido Comunista y, rápidamente, empezó a ascender en sus filas. En 1985, fue elegido secretario general del Comité Central del partido, el puesto más alto, y puso en marcha entonces el proceso de democratización. Cuando habla de los primeros tiempos de su vida con su mujer, quedan claras dos cosas. Tanto lo excepcional que para él era Raisa, como la influencia que ella ejerció (lo que para mí constituía una novedad) en la conformación de la voluntad reformista de su marido.

EL FANTASMA DE STALIN.- Gorbachov afirma que aunque Stalin llevaba muerto muchísimo tiempo cuando él llegó al poder, «todavía persistía, en gran medida, el ambiente que Stalin había creado y eran muchos los que tenían miedo de dirigirse al Gobierno». Por eso, lo primero que se puso en marcha fue la glasnost (transparencia) y a continuación llegó la perestroika (reestructuración). «Lo expusimos sin ningún rodeo -recuerda-: "Nuestro pueblo es libre para decir lo que piensa, libre para escribir, libre para reunirse y debatir". "Éste es un derecho del pueblo, ésta es la constitución y esto es lo que hay que hacer realidad", eso dijimos».

«Lo que la glasnost supuso -explica- fue que toda la sociedad se pusiera en movimiento. A lo que yo aspiraba realmente era a conseguir que el pueblo sintiera que podía lograr lo que quisiera y que podían lograr que el Gobierno les atendiera; bueno, como consecuencia de las protestas (sobre contaminación), echamos el cierre a más de mil fábricas».

Lo que yo quiero que explique es qué fue lo que le hizo a él tan especial. ¿De dónde le vino esa inspiración, qué es lo que le infundió esa fortaleza de carácter para tomar las decisiones y ponerlas en práctica? Sin embargo, Gorbachov es incapaz de arrojar ninguna luz sobre eso salvo repetir que ya, desde que era un muchacho, siempre se comportó como un líder y que sus principales influencias fueron su abuelo materno (un veterano comunista que escapó de la muerte por los pelos en una de las purgas desencadenadas por Stalin tras ser acusado de trotskista), su padre y, por encima de todo, la literatura rusa.

En el mes de noviembre de hace 20 años, se vino abajo el muro de Berlín, el símbolo más potente del hundimiento del comunismo. Gorbachov siempre ha sostenido que su objetivo era reformar el régimen, no ser el instrumento de su caída. "Soy decididamente contrario a la ruptura de la Unión [Soviética] -dijo en su momento-. Personalmente, como político, he sido derrotado, pero la idea que expuse y el proyecto que saqué adelante han desempeñado un papel de primera magnitud en el mundo y en el país".

Le pregunto a Gorbachov si considera que tenía un alma romántica. Se echa a reír otra vez, a carcajadas, algo que ha hecho mucho a lo largo de la entrevista. «Yo no he dicho eso, pero es una opinión que está muy extendida en Rusia, donde soy conocido como El Último Romántico. Me llaman idealista. Mi respuesta es que son los idealistas los que mueven el mundo».

(*) Entrevistadora de The Sunday Times
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Los chilenos están a un año de festejar su "Bicentenario". Para el 2010, están preparando una serie de actividades que no solo se reducen a lo eminentemente académico: hay todo un programa de infraestructura a nivel nacional que se verá el próximo año. Según todos los testimonios -cuesta decirlo- su Comisión del Bicentenario es la que mejor ha trabajado, al menos en América del Sur. Se trata de una empresa multidisciplinaria, en la que están participando todos los sectores de la ciudadanía. ¿Y nosotros? Bien, gracias. Como lo nuestro es "recién en el 2021" casi nadie mueve un dedo, menos aún el Gobierno. Bueno, en lugar de quejarnos, veamos por qué celebran hoy, 18 de septiembre, los chilenos el inicio de su proceso de independencia. Para eso, presentamos un extracto que publica hoy en El Mercurio de Santiago:

"El 18 de septiembre de 1810 Chile dio el primer paso para obtener su Independencia definitiva del dominio español. A las 09:00 horas de ese día, cerca de 450 vecinos –en su mayoría jefes militares, cabezas de las familias aristocráticas y prelados de las órdenes religiosas- se reunieron en el salón de honor del edificio del Consulado para discutir cómo debía ser gobernado el país luego de que Napoleón tomara cautivo al Rey Fernando VII y en su lugar pusiera a su hermano José Bonaparte. El primero en tomar la palabra fue el octogenario gobernador don Mateo de Toro y Zambrano y Ureta, quien renunció a su cargo diciendo: "Aquí está el bastón; disponed de él y del mando". Luego habló José Miguel Infante, quien hizo ver a la asamblea la conveniencia de designar una "Junta Provisoria de Gobierno"que gobernara mientras el monarca se encontrara prisionero, tal como ya había ocurrido en otras colonias. La mayoría de la asamblea aceptó la proposición de Infante, manifestando su sentir con el grito de "Junta queremos". Posteriormente fueron designados los miembros que integrarían el organismo.

Don Mateo de Toro y Zambrano asumió la presidencia de la Junta, que también estaba compuesta por José Antonio Martínez de Aldunate (obispo electo de Santiago), Fernando Márquez de la Plata, Juan Martínez de Rozas, Ignacio de la Carrera, Francisco Javier de Reina, Juan Enrique Rosales, José Gaspar Marín y José Gregorio Argomedo. La reunión terminó a las 15:00 horas en medio de la alegría de los vecinos de Santiago. Las campanas de las iglesias repicaban, y el pueblo celebró con fiestas y bailes".

Así los chilenos inauguraron lo que sus historiadores llaman la "Patria Vieja". Nosotros añadiremos un dato. Cuando el virrey Fernando de Abascal se enteró en Lima de lo acontecido en el país del sur organizó una campaña militar para aplastar la Junta de Santiago. Esta concluyó en la batalla de Rancagua (1814), con la derrota de los patriotas sureños. Ignacio de la Carrera y Bernardo O'Higgins se refugiaron en Argentina, al otro lado de los Andes, y negociaron con San Martín la independencia de Chile.

Nota.- Encabeza este post una imagen de cómo los chilenos celebraban su fiesta nacional en el siglo XIX. Como apreciamos, hay una pareja bailando la popular "cueca". ¿Cuál es su origen? Este baile, tan popular hoy en el país vecino, es descendiente directo de nuestra antigua zamacueca y llegó a Chile en 1825 con el Ejército Libertador que regresaba del Perú. Los ritmos y cantos encontraron aceptación, con lo que el baile se difundió rápidamente. Al principio, la "cueca" se interpretaba entre los grupos de la elite, con guitarras y arpas, pero, con el tiempo, se folclorizó llegando a los sectores más populares donde se tocaba con la tradicional guitarra y se acompañaba cantando. Lentamente el nombre de "zamacueca" fue desplazado por la "cueca chilena" o sólo "cueca". Aunque llevaba sonando desde el siglo XIX, recién el 18 de septiembre de 1979, a través de un decreto, se determinó que fuera la danza nacional de Chile. A continuación, presentamos una fotografía de hoy viernes 18 de septiembre, en la que se ve a la Presidenta de Chile bailando una "cueca" con el Alcalde de Santiago, dando inicio a los festejos por el Día Nacional:

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(latercera.cl)





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Ángel de la Independencia en México DF (foto de Juan Luis Orrego)

Ayer 16 de septiembre, los mexicanos recordaron los 199 años del inicio de su proceso independentista cuando, en 1810, se levantó el cura Miguel Hidalgo. A diferencia del movimiento separatista peruano, liderado por criollos y con objetivos sociales limitados, el mexicano tuvo en sus inicios una base popular importante y planteó reformas sociales radicales. Primero se produjo una revolución social (Hidalgo/Morelos) que desembocó en el fracaso; luego, una larga contrarrevolución; y, por último, el triunfo de una revolución conservadora conducida por el general Iturbide, quien se coronó emperador con el nombre de Agustín I.

Antes de la independencia, la aristocracia mexicana estaba compuesta por unas 50 familias que acaparaban gran número de funciones económicas y cargos públicos. Un grupo cuyos miembros eran en su mayoría españoles y que hacían fortuna con el comercio ultramarino; invertía sus beneficios en las minas y haciendas y operaba sobre todo en la exportación. Otros grupos se dedicaban a la minería y a la agricultura que abastecía al sector minero. Todos ellos gastaban mucho en ostentación, mantener su posición social dentro del ejército y favorecer a la Iglesia. También preferían aliarse con la burocracia de la monarquía, por matrimonio o interés, que enfrentarse con ella. Sabían que su influencia tenía un límite, que España dificultaba el desarrollo mexicano, que gravaba la riqueza de México y administraba ese territorio como una colonia. Pero aunque todo esto los distanciase de los Borbones, no por ello se inclinaban a la independencia.

1. La revolución social.- Fue Miguel Hidalgo y Costilla (1810), párroco criollo del pueblo de Dolores, quien se sublevó contra el estado español tras el fracaso de la Junta de Querétaro (movimiento criollo en el cual había participado). Junto a 60 mil pobladores de Guanajuato, en su mayoría indígenas, dio el Grito de Dolores en el que postuló la independencia de España, una reforma agraria radical y declaró abolidos el tributo y la esclavitud. Provocó una contrarrevolución; derrotado y ejecutado por las fuerzas criollas y españolas, es considerado en México el “padre de la independencia”. Luego, José María Morelos (1813-1814), párroco mestizo, tomó el mando de la primera revolución social luego de la ejecución de Hidalgo. Intentó salvar la revolución de la anarquía y la violencia indiscriminada y, sin abandonar los objetivos sociales radicales, intentó ampliar su base política; los criollos no le respondieron. Fue capturado y ejecutado.

2. La contrarrevolución.- Los grupos guerrilleros sobrevivientes, inconexos y distribuidos por todo el país, fueron atacados sistemáticamente por el ejército realista organizado por el virrey Calleja (algo así como un “Abascal” en el Virreinato mexicano). El enérgico Calleja fue sustituido, en 1816, por el moderado Juan Ruiz de Apodaca. Pero tuvo que enfrentarse en 1817 al movimiento independentista acaudillado por el guerrillero español Francisco Javier Mina quien, para combatir el absolutismo de Fernanado VII, marchó a México y organizó un movimiento con la ayuda inglesa y norteamericana. Mina fracasó en su intento de tomar Guanajuato y fue fusilado en 1818.

3. La revolución conservadora.- Fue Agustín de Iturbide (1821), un militar y terrateniente criollo que luchó junto a los españoles contra Hidalgo y Morelos, quien lideró un movimiento antiespañol y antipopular cuando España volvió al liberalismo (1820) y llevó a México a la independencia (1821). Sus ideas conservadoras quedaron plasmadas en el Plan de Iguala. Su conservadurismo político y social se expresó en su forma de gobierno, un imperio con él como emperador (1821-1823); forzado por los republicanos a la abdicación y el exilio, intentó volver en 1824, y fue capturado y fusilado.

El Plan de Iguala pretendía una nación católica y unida en la que españoles y mexicanos serían iguales, las distinciones de castas serían abolidas y los cargos estarían al alcance de todos los ciudadanos. El nuevo régimen, sin embargo, fue pensado para ser aceptado por las masas, no para que las beneficiara. El Plan garantizaba la estructura social existente. La forma de gobierno sería la monarquía constitucional. Las propiedades, privilegios y doctrinas de la Iglesia eran preservados. Las propiedades, derechos y cargos de todos aquellos que lo tuvieran quedaban garantizados, con la excepción de los que se habían opuesto a la independencia. El plan creaba así las tres garantías: la religión, la independencia, la unión.

A modo de conclusión.- En México, la elite criolla aspiraba a la autonomía dentro de una monarquía constitucional, pero fue derrotada por los absolutistas en 1808 y desbordada por los insurgentes en 1810. Las rebeliones populares dirigidas por los curas Hidalgo y Morelos provocaron una reacción realista muy dura, que los criollos consideraron preferible a la anarquía. Pero la contrarrevolución defraudó las esperanzas de reforma y autonomía que los criollos habían concebido, los cuales, entonces, se acogieron con alivio al término medio que les ofrecía el general Iturbide: independencia con ideología reformista, pero sin cambio social. Esta revolución conservadora encontró en la Iglesia una aliada.

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Fosa encontrada en las cercanías de Burgos

Son 114.266 personas las que, según el auto dictado por el juez Garzón el 16 de octubre de 2008, desaparecieron, en el contexto de crímenes contra la humanidad, entre julio de 1936 y diciembre de 1951, en el curso de la Guerra Civil española y, ulteriormente, durante la dictadura fascista de Franco.

La violación de los derechos humanos ha sido una desgraciada realidad a lo largo de la historia de la humanidad; sus autores, en la inmensa mayoría de las ocasiones, han quedado impunes, y a las víctimas y a sus familiares, en otras tantas, se les ha privado de la necesaria tutela judicial en los tribunales internos.

Por ello, la comunidad internacional ha ido estableciendo diferentes compromisos, ineludibles para todos los Estados, a fin de garantizar la búsqueda de la verdad, la reparación a las víctimas y el castigo de los autores de los más graves crímenes contra la humanidad. Es decir, garantizar el derecho de las víctimas y sus familiares a la justicia, como garantía del principio esencial, del que debe prevalerse todo Estado, de no repetición de los crímenes.

Respecto de los familiares -como lo ha reiterado la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del 16 de julio de 2009 en el caso Karimov contra Rusia- la ausencia de búsqueda oficial de los desaparecidos supone un trato cruel e inhumano. Dicho de otra forma, los familiares de los desaparecidos sin respuesta oficial son víctimas de tortura.

Desde la Convención de Ginebra de 1864 sobre leyes y costumbres de la guerra, al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, pasando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 o los recientes Principios o Directrices de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos adoptados en el año 2005, es indudable el deber, moral y jurídico, de toda la comunidad internacional y de cada uno de los Estados que la componen, de perseguir graves crímenes contra la integridad y dignidad humana.

Las desapariciones forzadas, han sido calificadas por las Naciones Unidas como un ultraje a la dignidad humana, reconociendo el derecho a un recurso judicial rápido y eficaz, como medio para determinar el paradero de las personas privadas de libertad o su estado de salud, o de identificar a la autoridad que ordenó la privación de libertad o la hizo efectiva. Como otros crímenes semejantes, considerados de lesa humanidad, no son amnistiables ni prescriptibles según la evolución del Derecho Penal Internacional desde los principios de Núremberg.

Esa obligación de perseguir y castigar los más graves atentados contra la humanidad es aplicada sólo por algunos Estados, y de forma interesada. Y España ha de entonar por desgracia, y con gran vergüenza, el mea culpa.

España que se congratulaba en ser uno de los pioneros en la aplicación del principio de justicia universal, hoy desgraciadamente en entredicho, ignora a sus propias víctimas, somete a tormentos (según la indicada doctrina del Tribunal Europeo) a sus familiares y desoye las obligaciones contractuales internacionales dimanantes de tratados y convenios suscritos e incorporados a su ordenamiento jurídico.

Recientemente, el Comité de Derechos Humanos, en su periodo de sesiones de octubre de 2008, examinando los informes presentados por los diferentes Estados, y antes de que se declarase la Audiencia Nacional incompetente para conocer de las desapariciones que tuvieron lugar durante y después de la Guerra Civil, señaló que "está preocupado por el mantenimiento en vigor de la Ley de Amnistía de 1977", y recordó que "los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles y aunque toma nota con satisfacción de las garantías dadas por el Estado parte en el sentido de que la Ley de la Memoria Histórica prevé que se esclarezca la suerte que corrieron los desaparecidos, observa con preocupación las informaciones sobre los obstáculos con que han tropezado las familias en sus gestiones judiciales y administrativas para obtener la exhumación de los restos y la identificación de las personas desaparecidas".

El comité recomendó no sólo la derogación de la Ley de Amnistía, sino el auténtico restablecimiento de la verdad histórica sobre todas las violaciones -se produjesen por quien se produjesen- de los derechos humanos cometidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, añadiendo que ha de permitirse a las familias que identifiquen y exhumen los cuerpos de las víctimas y, en su caso, indemnizarlas.

La naturaleza de crimen de lesa humanidad que supone la desaparición forzada de personas es, por tanto, indiscutida, en particular cuando se comete de forma grave o sistemática contra la población civil. Lo señalaba también la Convención de 2006 sobre Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, determinando la obligación de los Estados de investigar los hechos y juzgar a los culpables.

Han transcurrido más de 12 años desde que, el 28 de marzo de 1996, la Unión Progresista de Fiscales interpusiera la primera denuncia por los crímenes cometidos por los responsables de la dictadura militar argentina en los años 1976 a 1983. A partir de entonces, se han sucedido en la Audiencia Nacional española, como órgano competente para la instrucción y enjuiciamiento de los crímenes acogidos bajo la jurisdicción universal, diversas denuncias por crímenes internacionales ocurridos en diferentes países que han dado lugar a un amplio debate sobre el principio de jurisdicción universal.

Sin embargo, más de 70 años después de los hechos, en España se sigue sin conocer qué pasó, quién ordenó las ejecuciones, quién practicó las detenciones, y qué sucedió con los, al menos, 114.266 desaparecidos que se han documentado judicialmente.

La obligación de investigar, juzgar, castigar y reparar se ha obviado, de forma incoherente, en España. Peor aún, el único juez, Baltasar Garzón, que ha cumplido, con apego a la ley, coherencia, valentía y riesgos evidentes con el deber de contribuir a satisfacer las demandas de las víctimas, se encuentra cuestionado e imputado por quienes tendrían el deber ineludible de propiciar que España honre sus obligaciones internacionales en materia de derechos humanos.

Señalaba, el relator de Naciones Unidas, Louis Joinet que "para pasar página, hay que haberla leído antes".

No olvidemos a esos 114.266, con sus nombres, apellidos e historias. Con sus madres, hermanas o hijos. No sigamos tolerando que se torture a sus familias. El olvido y la impunidad no es solamente fuente de dolor para las víctimas, es una herida abierta que lesiona la democracia. Bien dijo Francisco de Quevedo: "Menos mal hacen los delincuentes, que un mal juez".

Firman este artículo José Saramago, Premio Nobel; José Jiménez Villarejo, ex presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo; Enrique Gimbernat Ordeig, catedrático de Derecho Penal; Javier Moscoso del Prado y Muñoz, ex fiscal general del Estado; Luis Guillermo Pérez, secretario general de la Federación Internacional de Derechos Humanos, y Hernán Hormazábal Malaree, catedrático.
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El histórico emblema se podrá observar en un salón del museo ubicado en la Plaza de Armas de Santiago

SANTIAGO.- En una breve e íntima ceremonia desarrollada en el Museo Histórico Nacional, la Presidenta Michelle Bachelet presentó hoy oficialmente la restaurada bandera sobre la que se juró la independencia de Chile el 12 de febrero de 1818. "Ha vuelto a su casa esta bandera, donde tiene que seguir estando", destacó la Mandataria, tras observar el emblema que a partir de hoy será exhibido al público en el recinto ubicado en la Plaza de Armas de la capital. Bachelet recalcó que el símbolo patrio "vuelve a ser propiedad de todos los chilenos", luego de un proceso de restauración que se inició en octubre de 2008, en el marco de las actividades para celebrar el Bicentenario de la República. Según la gobernante, este trabajo permitió "recuperar un emblema tan entrañable, testigo de un momento fundacional de nuestra patria", y por ello agradeció especialmente al equipo que estuvo a cargo de esta tarea y al Museo Histórico Nacional, que será el custodio de la bandera. A la ceremonia asistieron también representantes de la Comisión Bicentenario; los ministros Edmundo Pérez Yoma (Interior) y Paulina Urrutia (Cultura); los presidentes de la Cámara de Diputados, Rodrigo Álvarez, y del Senado, Jovino Novoa; el alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett; y las restauradoras Catalina Rivera y Francisca Campos. Estas últimas fueron las encargadas de reparar el emblema de 140 cm x 240 cm, doble faz en raso de seda azul, blanco y rojo, que presentaba serios daños como rasgaduras, pérdida de urdimbre, suciedad, descoloramiento y faltas de material. La bandera, que en 1925 pasó a formar parte del Museo Histórico Nacional, fue sustraída por el Movimiento Izquierdista Revolucionario (MIR) el 30 de marzo de 1980, como un acto de protesta contra el régimen militar. En diciembre de 2003 fue ubicada y devuelta al recinto, junto a un comunicado firmado por Andrés Pascal Allende, donde aseguraba que el emblema había sido "recuperado de manos de la tiranía", para ser custodiado hasta que llegara la democracia (El Mercurio, 16/09/09).

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Plaza de la Independencia de Quito
(foto de Juan Luis Orrego)

El mes pasado, los ecuatorianos iniciaron los festejos por el Bicentenario de su Independencia. El punto de partida es el establecimiento de las primeras junta de gobierno en Quito que terminarían con la declaración de su independencia. ¿Qué hizo el gobierno de Lima, presidido por el virrey Abascal, ante esta amenaza separatista? A continuación, daremos algunas pistas.

Al momento de estallar la crisis monárquica en España, desatada por la invasión francesa en 1808, el Virreinato de Lima era gobernado por el virrey José Fernando de Abascal, futuro Marqués de la Concordia, quien a lo largo de su prolongado mandato (1806-1816) demostró una gran habilidad política y militar. Convirtió al Perú en la excepción de la América andina ahuyentando cualquier intento autonomista o independentista dentro y fuera de su jurisdicción. Como veremos, con su enérgico carácter y con la ayuda económica de la elite limeña hizo extender su influencia hacia todos sus vecinos, como fue el caso de Quito.

¿Cómo era el Virreinato peruano cuando se desató el movimiento de las juntas en la América hispana? Para empezar, contaba con un enorme territorio, que terminaría ampliándose aún más cuando, en 1810, se reincorporó el Alto Perú, hoy Bolivia. Contaba con poco más de un millón de habitantes. Los indios eran más de la mitad, un 58%; los mestizos el 22%; y los negros, en su mayoría esclavos, el 4% de la población; la gente de “color libre” también bordeaba el 4%. Los españoles, tanto peninsulares como americanos, eran poco más del 12% y vivían básicamente en la costa y en algunas ciudades de la sierra como Arequipa, Cuzco o Huamanga. Lima tenía unos 64 mil habitantes. Eran pocos si consideramos que la ciudad de México contaba con 130 mil, pero más que Santiago de Chile con 10 mil y Buenos Aires con 40 mil. La capital de los virreyes era la sede no sólo de la alta burocracia sino también de la clase alta. En Lima se otorgaron 411 títulos nobiliarios durante el periodo indiano, una cifra seguida de lejos por los 234 que se otorgaron en Cuba y Santo Domingo, y por los 170 concedidos en la Nueva España. En la ciudad residió, sin exageración alguna, la elite virreinal más numerosa e importante de Hispanoamérica.

Si desagregamos su población en razas, tenemos que en Lima vivían 18 mil españoles (más peninsulares que criollos), 13 mil esclavos y 10 mil habitantes de “color libre”; el resto eran indios que habitaban en un barrio llamado “El Cercado”. Pero el color de la piel no era el único criterio de diferenciación social. Existían profundas divisiones de orden social y económico. Es cierto que la clase alta era inevitablemente blanca pero, por ejemplo, no todos los indios eran culturalmente indios. Si un indio se aseaba, se cortaba sus cabellos, se ponía una camisa blanca y tenía un oficio útil, podía pasar por cholo. Los mestizos no eran un grupo social compacto dado que según su educación, trabajo y modo de vida, podían aproximarse a los blancos o a los indios. Los mulatos y otras castas sufrían incluso una discriminación peor que la de los mestizos: se les prohibía vestir como blancos, vivir en distritos blancos, casarse con blancas, y tenían sus propias iglesias y cementerios. Pero ni siquiera le gente de color estaba rígidamente clasificada según su raza: su progreso económico podía asegurarles una situación de “blancos”. Se trataba de una población en plena transición.

La clase alta, cuyo poder y prestigio le venía por su posesión de haciendas, títulos nobiliarios, cargos públicos o empresas comerciales, se aferró siempre a sus privilegios. Una institución, el Tribunal del Consulado, la representaba. Era natural que pretendiera no perder el poder que ejercían sobre un vasto territorio como el del Virreinato peruano. La Monarquía española le garantizaba ese poder por lo que no veía la necesidad de la independencia. Además, sentía temor ante una eventual sublevación popular que amenazara su dominio, como cuando se levantó Túpac Amaru en 1780. La presencia del ejército realista le garantizaba el orden social.

Por ello, muy pocos aristócratas tuvieron sentimientos separatistas. Los criollos más ilustrados demandaban una reforma para hacer menos intolerante el gobierno de los Borbones. El resto estaba, monolíticamente, en favor de la Corona, tal como lo demostraron los cuantiosos préstamos que otorgaron los miembros del Tribunal del Consulado a los virreyes para combatir cualquier intento separatista o subversivo.

Fue en este contexto en el que actuó el virrey Fernando de Abascal, quien se convirtió en el más fuerte aliado de la causa realista en América del Sur. Durante los difíciles años que le tocó gobernar desplegó toda su fuerza ideológica y militar para evitar el descalabro del Imperio español no sólo en el territorio del Virreinato peruano sino también en el Alto Perú, Chile y Quito.

¿Cuáles fueron los recursos con los que contaba Lima para afrontar la guerra contra los insurrectos? Cuando llegó Abascal la economía peruana estaba lejos de ser crítica. Es cierto que había una depresión agrícola, sobre todo en la costa, que se arrastraba del siglo XVIII, pero la minería y el comercio pasaban por un relativo auge. Si bien las reformas borbónicas afectaron los intereses de los comerciantes limeños, ellos todavía controlaban los mercados del Perú, el Alto Perú, y, en cierta medida, los de Santiago y Quito. La minería, por su parte, se había recuperado gracias al descubrimiento de nuevas minas de plata como Cerro de Pasco.

Pero este panorama empezó a desplomarse cuando se desató la crisis en España. Abascal tuvo que financiar la guerra a través de una política sistemática de impuestos de emergencia cuando los gastos empezaban a doblar los ingresos. Otra medida para financiar el déficit fue recurrir al crédito de los gremios, como el de los comerciantes del Tribunal del Consulado. El manejo económico se hizo con criterios de emergencia y perduró hasta 1821, año en que el general San Martín entró a Lima para proclamar la independencia. Entre 1804 y 1816, por ejemplo, los comerciantes de Lima habían invertido unos 7 millones de pesos en la defensa de “su” Virreinato. En medio de estos ajetreos no hubo tiempo ni visión para encarar otras tareas productivas.

La política contrarrevolucionaria de Abascal y de la elite limeña contra la junta de Quito.- Cuando comenzó su mandato, en 1806, Abascal jamás pudo imaginarse la crisis de autoridad que azotaría la Península. En Lima quiso convertirse en el modelo del mandatario ilustrado. Mandó construir en al ciudad el nuevo Cementerio General, el Jardín Botánico y el Colegio de Medicina de San Fernando; su proyecto cultural también incluía el periodismo con la publicación de una revista de estudios científicos y culturales.

Todo se frustró cuando llegó la noticia, en 1808, del secuestro de Fernando VII y la invasión de la península por las tropas de Napoleón. Ante las dramáticas noticias, el nuevo Virrey abandonó sus afanes ilustrados y se concentró en los temas políticos y militares. En el ámbito político usó la prensa, las tertulias, el teatro y los cafés para sembrar en la población el respaldo al monarca cautivo y la defensa de la monarquía española. Esta retórica fidelista también debía trasladarse también al ámbito militar para sofocar cualquier brote revolucionario. Exhibiendo un sólido liderazgo consiguió los fondos para financiar la represión interna y aplastar a las juntas que se habían formado en la América andina, como fue el caso de la Junta de Quito.

A Lima llegaron con alarma las noticias de la “revolución quiteña” del 9 de agosto de 1809, cuando un grupo de patriotas organizó la Junta Soberana de Quito presidida por Juan Pío Montúfar. Los acontecimientos posteriores, amparados en lo que venía ocurriendo en España, revelaban las razones de fondo de este movimiento juntista con indudable arraigo popular, y que tenían que ver con los recortes de jurisdicción territorial que había sufrido la Audiencia de Quito sobre sus provincias más periféricas, que comenzaron a ser gobernadas cada vez más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales virreinales más cercanas. Ese fue el caso, por ejemplo, de la actual provincia de Esmeraldas, cuyo gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregando de Quito entre 1764 y 1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán. Algo similar sucedió a partir de 1802 con la región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La Real Cédula del 15 de julio de 1802 creó el Obispado y la Comandancia General de Maynas y los hizo depender de las autoridades religiosas y militares de Lima; asimismo, por la Real Orden de 7 de julio de 1803, el gobierno militar y político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a depender también de Lima. En este contexto, la autoridad de Quito sobre la Costa y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las elites quiteñas no se resignaban ante tal situación y su proyecto mayor era recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus provincias, algo que el gobierno de Madrid se negaba a transigir utilizando el poder de Abascal para ahogar tales pretensiones.

El Virrey de Lima cumplió sus objetivos frente rebeldes quiteños y tomar esa región bajo su mando. En 1809, mientras Guayaquil imponía un bloqueo, dispuso una expedición militar de 400 soldados que avanzó desde la costa y desde Cuenca instalándose en el territorio de la Audiencia de Quito y se desató la represión. Más de 80 rebeldes fueron detenidos y se repuso en sus cargos a los antiguos funcionarios. Hubo destrucción de muchas haciendas y la ciudad fue saqueada. Luego, cuando el 2 de agosto de 1810, un grupo de patriotas intentó liberar a los prisioneros, las fuerzas realistas, en un verdadero, “gobierno del terror”, masacraron a más de 60 patriotas.

A pesar de esta ocupación, los “insurrectos” insistieron en sus propósitos y el 22 de septiembre de 1810 se formó una nueva junta estallando una segunda revolución con un mayor apoyo popular. Ahora las tropas de Abascal tuvieron que retirarse, incluso pidiendo perdón. Fue una retirada estratégica pues cuando en 1812 el congreso revolucionario promulgó la Constitución del Estado Libre de Quito, fue demasiado para Lima y su virrey. Abascal envió un poderoso ejército de 2 mil soldados que se impuso en la acción de San Miguel. Este ejército pudo así ingresar a Quito el 4 de noviembre de 1813, fortaleciendo luego a las fuerzas realistas de Guayaquil, Cuenca y Popayán. El sueño independentista había terminado.

Balance y efectos de la política del Virreinato de Lima.- Abascal se retiró del Perú en 1816. Su gobierno, aparentemente, había sido exitoso. Sin embargo, a pesar de su autoritarismo y de sus recelos frente a las Cortes de Cádiz, la cultura y la política en el Perú se vieron inundadas por el pensamiento liberal. La libertad de imprenta permitió la difusión de periódicos que insistieron en la igualdad de criollos y peninsulares para ocupar los cargos públicos y enfilaron sus ataques contra la arbitrariedad de las autoridades españolas. Estas nuevas ideas hicieron posible la posterior independencia del Perú entre 1821 y 1824. DE otro lado, la estrategia que lideró Abascal fue también la “revancha” del Virreinato peruano frente a los golpes que recibió como consecuencia de la aplicación de las Reformas Borbónicas, en el siglo XVIII, que le amputaron territorios y afectaron el monopolio del Callao con la apertura de otros puertos en América del Sur al comercio con España. La crisis desatada en España fue aprovechada por la elite limeña, en consonancia con Abascal, de recuperar su poder en la América andina.

BIBLIOGRAFÍA REFERENCIAL

ANNA, Timothy (2003). La caída del gobierno español en el Perú: el dilema de la independencia. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
FLORES GALINDO, Alberto (1984). Aristocracia y plebe. Lima, 1760-1830, estructura de clases y sociedad colonial. Lima, Mosca Azul.
HAMNETT, Brian (2000). La política contrarrevolucionaria del virrey Abascal: Perú, 1806-1816. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
KLAREN, Peter (2004). Nación y sociedad en la historia del Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.
LYNCH, John (1989). Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Barcelona: Ariel.
PERALTA, Víctor (2002). En defensa de la autoridad: política y cultura bajo el gobierno del virrey Abascal. Perú, 1806-16. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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Altar Mayor de la Compañía (foto de Juan Luis Orrego)

Caminando desde la Plaza de Armas se llega muy fácil al antiguo templo de la Compañía de Jesús, quizá el que mejor estado de conservación presenta Arequipa, tanto a nivel arquitectónico como respecto a su decoración. La proliferación de iglesias en esta ciudad me hace señalar algunos puntos de su historia virreinal cuando los arequipeños empezaron a forjar su identidad regional. En este sentido, transcribimos un extracto de las impresiones que tuvo sobre la ciudad el fraile carmelita Antonio Vásquez de Espinoza, cuando estuvo aquí a principios del siglo XVII: "La ciudad tendrá 300 españoles, sin negros, indios y demás gente de servicio; tiene muy gran sitio y extendido, por ser las casas grandes y tener todas dentro de sus cercas huertas y jardines, con todas las frutas de la tierra y de España, que parece un pedazo de paraíso... Hay todo el año claveles, rosas, azucenas y todas las flores de España. El sitio que coge es de una muy populosa ciudad con muy buena casería de teja... hay iglesia Catedral, por ser cabeza de obispado... tiene sus prebendados y dignidades que la sirven, conventos de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, La Merced y La Compañía, todos muy buenos y bien sustentados; tiene un monasterio de monjas... hospital para curar los enfermos, y otras iglesias y ermitas de devoción... la ciudad es de las más regaladas y parece un pedazo de Paraíso Terrenal" (Descripción de las Indias Occidentales, libro IV, capítulo LIX).

Recordemos que Arequipa, a parte de ser cabeza de obispado, fue primero sede de un vasto corregimiento que, por su amplitud territorial, fue luego subdividido en los corregimientos de Arica, Collaguas, Camaná, Vítor, Condesuyos, Ubinas y Moquegua. Durante las reformas borbónicas del siglo XVIII, Arequipa se convirtió, en 1784, en Intendencia, jurisdicción que se mantuvo durante 40 años hasta que, en 1824, dio origen al actual departamento.

Retornando a nuestro recorrido por la Compañía, indicaremos que su primera construcción data del siglo XVI; sin embargo, el edificio actual es resultado de una remodelación del siglo XVII que fue concluida, según una inscripción en el frontis, en 1698. Su fachada es típica del barroco mestizo y muestra tres niveles, con dos filas de columnas corintias y la última compuesta por el ático y ventana coral. También observamos su única torre del campanario, de grueso formato y víctima de varios movimientos sísmicos. Al lado opuesto hay una portada falsa con el monograma de la Compañía. El conjunto está rodeado por un atrio enrejado. Cabe destacar que, al costado de la fachada, hay una portada con un tímpano que representa al apóstol Santiago a caballo luchando contra los moros y, más abajo, dos hermosas sirenas esculpidas, al igual que todo lo demás, en el típico sillar blando de la ciudad.

El interior del templo sorprende por su tonalidad amarillenta, debido al paso de la luz solar por las lucernas de las cúpulas, cubiertas por piedra de Huamanga traslúcida. La planta, de cruz latina, está dividida en tres naves. Culmina en un crucero cubierto por la cúpula y adornado por dos elegantes retablos barrocos, uno en cada lado. El altar o retablo mayor, recubierto en pan de oro, es impresionante. Tiene catorce columnas salomónicas y está dividisd en cuatro cuerpos y tres calles. Al centro del altar podemos apreciar el conocido cuadro de la Virgen con el Niño, del maestro italiano Bernardo Bitti.

Salimos del templo y recorremos el antiguo Colegio de Santiago, también de la orden jesuítica, hoy restaurado y convertido en elegante centro comercial. El paseo por sus dos patios es algo que no debe perderse el viajero. El primero corresponde al Claustruo Mayor, tiene 36 arcos apoyados con gruesas pilastras decoradas con ángeles y figuras vegetales; completa el conjunto la pileta central con gárgolas de animales mitológicos. El segundo patio es más simple; tiene 28 arcos y comunicaba el Colegio con la calle posterior.
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Primer patio o Claustro Mayor del antiguo Colegio de Santiago
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Segundo patio
(fotos de Juan Luis Orrego)

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(foto de Juan Luis Orrego)

Estuve en Arequipa para dar una charla. No venía desde la década de los noventa. Esta vez, por lo corta de la estadía, solo tuve tiempo para almorzar en una estupenda picantería, recorrer la Plaza de Armas, entrar a la Catedral, visitar la iglesia de la Compañía y recordar la tradición republicana de la cuna de Mariano Megar.

Mucho se ha hablado de este "republicanismo" arequipeño que se inició desde los momentos previos a la Independencia debido, quizá, a su gran proporción de habitantes mestizos y criollos que la convirtió en un centro de agitación ideológica desde la crisis española desatada en 1808 por la invasión de las tropas napoleónicas a la Península. Así, los criollos movilizaron a la población frente al descontento respecto a Lima y a su Virrey (Abascal) por no aplicar los postulados de la Constitución liberal de Cádiz. Una de las páginas más emblemáticas, dentro de este contexto, se dio en los campos de Umachiri, cuando fueron muertos los patriotas Mateo Pumacahua, Vicente Angulo y Mariano Melgar, cantor de los yaravíes. Luego, mientras los ejércitos patriotas decidían la Independencia en Lima, Ayacucho y Cuzco, las autoridades reconocieron el nivel cultural de esta ciudad al autorizar el establecimiento de una imprenta y la fundación de la Academia Lauretana de Ciencias y Artes (1821), origen del Colegio Nacional de la Independencia Americana (1825) y de la Universidad Nacional de San Agustín (1828).

Con esta perspectiva, empecé mi recorrido por la Plaza de Armas. En su lado norte está la Catedral; al oeste, el Portal de San Agustín; al este, el Portal de las Flores; y al sur, el Portal de la Municipalidad. Siempre me llamó la atención la estupenda fuente de bronce, al centro de la Plaza, con sus tres tazas y, coronándola, el Tuturutu. Se trata de una pequeña escultura de un soldado quinientista que toca su trompeta y arroja agua por la cima de su morrión. El conjunto de la Plaza es muy armonioso y elegante, como pocos en nuestro país (Trujillo, Lima, Cuzco y Huamanga).

Me imagino este amplio recinto en pleno siglo XIX, cuando al Ciudad Blanca se consolidaba como un importante centro de inquietud política ya sea levantando las banderas del federalismo, el regionalismo o, simplemente, contrarias a las fuerzas que se oponían al normal desenvolvimiento de la legalidad (recordemos el testimonio del deán Juan Gualberto Valdivia en su libro Las Revoluciones de Arequipa). Aquí en la Plaza también está el lugar exacto donde fue fusilado, por manos de Andrés de Santa Cruz, el joven caudillo romántico Felipe Santiago Salaverry, firme opositor al proyecto de confederar Perú y Bolivia (1836). Siguiendo las páginas del texto del Deán Valdivia, destaco las revoluciones que significaron la debacle de gobiernos en Lima: la de 1854, que inició la caída de Echenique; la de 1865, que hizo lo mismo con el régimen de Pezet; y la de 1867, que puso fin al gobierno de Mariano I. Prado (esto sin mencionar la revolución de agosto de 1930, que precipitó el derrumbre del "Oncenio" de Augusto B. Leguía.

Entro a la Catedral -testigo de estos acontecimientos- que, aunque su construcción data del siglo XVII, su fachada y sus emblemáticas torres son de estilo renacentista, propio del neoclásico del siglo XIX. Recordemos que un incendio (1842) y un gran terremoto (el 13 de agosto de 1868, que asoló todo el sur del Perú hasta Iquique) obligaron a los arequipeños realizar una serie de reconstrucciones. Por eso este majestuoso templo es neoclásico. Su interior tiene tres naves paralelas a la Plaza. Su altar es hermoso, de mármol y un gran baldaquino que lo precede. También se aprecia la sillería del coro tallada en madera. Cabe anotar que este lado del templo se ilumina con una espectacular lámpara, de estilo bizantino, decorada con hermosos vitrales. Completa el conjunto interior las columnas de la nave central, que sostienen esculturas de los Evangelistas y los Apóstoles. De otro lado, desde el punto de vista artístico, destacamos el estupendo púlpito, realizado en Lille (Francia) en 1879, por Buisine Rigot. Finalmente, vemos, al fondo, el órgano de tubos y, a la derecha, la capilla del Señor del Gran Poder, cuyo culto tiene gran devoción entre los arequipeños.

Para completar este breve testimonio decimonónico de Arequipa, debemos indicar que, a lo largo del siglo XIX, esta región fue, económicamente, muy próspera en comparación a otras del país. Aquí, comerciantes nativos y extranjeros -que establecieron compañías de exportación e importación- y terratenientes y ganaderos, basados en el trabajo de las comunidades campesinas, iniciaron la producción y venta al mercado británico de lana de oveja y fibra de alpaca. Así, el puerto de Islay creció en importancia y la elite arequipeña inició su dominio del sur andino. Este proceso se consolidaría con la inauguración, en 1871, del ferrocarril que unió a Mollendo con Arequipa y la construcción del Ferrocarril del Sur, destinado a comunicar Arequipa con Cuzco y Puno.

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(fotos: Juan Luis Orrego)
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El filósofo francés por excelencia, René Descartes (1596-1650), autor del celebrado Discurso del método, sostenía que "el frío agarrota el pensamiento". Con macabra ironía murió de las consecuencias de un catarro que cogió en la gélida Estocolmo, en el mes de febrero de 1650. ¿Qué hacía allí quien acuñó la célebre sentencia "pienso, luego existo"? La razón de aquel viaje fue que la reina Cristina de Suecia, ávida de aprender filosofía y demás ciencias, lo había invitado a su Corte para recibir de él clases particulares. Pero la estoica soberana le ordenaba levantarse a las cinco de la madrugada, hora a la que ella quería aprender aritmética. Descartes permanecía de pie frente a la reina en medio de una habitación congelada después de haberse desplazado por callejas batidas por la nieve y el frío; acostumbrado a climas más cálidos, enfermó y murió a los pocos días. El entierro se celebró en Estocolmo. Y allí hubieran permanecido sus restos si los amigos franceses de Descartes, ya una celebridad en toda Europa, no hubieran reclamado el regreso de sus despojos a la patria.

partir de este hecho, lo que sucede años más tarde con los huesos del gran hombre y, en particular, con su cráneo, que desapareció durante el traslado a Francia, retornando años más tarde tras extrañas aventuras, es lo que desvelará Russell Shorto en este libro inteligente, entretenido y del que puede aprenderse mucho, pues en él su autor repasa las ideas religiosas y científicas dominantes en Europa a lo largo de varios periodos históricos, desde la época de los primeros "cartesianos" hasta la Revolución Francesa y el avance de la ciencia en los siglos XVIII y XIX, con la Ilustración y la Revolución Industrial, para terminar en nuestros días, con un episodio en la academia de estudios faciales de Tokio.

Descartes sostenía que el dominio de la naturaleza por parte del hombre lo conduciría a la libertad; expuso un método científico basado en la razón que eclipsó al de Aristóteles, clausuró la Edad Media e inauguró la Modernidad. En realidad, Shorto se sirve de las peripecias de los huesos y el cráneo de Descartes -algo muy anecdótico- como hilo conductor de una historia que pretende remachar la importancia de lo que el mundo moderno debe al gran científico y pensador. El pensamiento y las ciencias europeas representadas por nombres tales como Spinoza, Voltaire, Rousseau, Locke, Cuvier, Newton, Franklin, Jefferson y tantas otras celebridades nunca hubieran nacido sin "Cartesio", ya que éste sentó las bases para franquear el paso a los avances científicos, reducir al absurdo la superstición y hasta contribuir al advenimiento de la democracia. Hacia el final del libro, en conversación con Ayaan Hirsi Ali, Shorto observa que el mundo islámico jamás tuvo un Descartes, de ahí su atraso en tantos aspectos. En suma, una lectura aleccionadora, y una manera amena de recordar a los lectores lo más positivo de nuestro mundo occidental. La traducción es loable, no así la edición general de un libro que se deshoja con facilidad (tomado de Babelia).

(*) Russell Shorto, Los huesos de Descartes, traducción de Claudia Conde. Duomo Ediciones. Barcelona, 2009, 306 páginas, 19,50 euros.
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El gran historiador británico de la II Guerra Mundial investiga el desembarco de Normandía en 1944, la batalla más famosa del siglo XX. El autor ofrece novedades sobre el tremendo sufrimiento de los civiles y sobre la actitud de los aliados.
Por Guillermo Altares para Babelia
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Antony Beevor presentó ayer su libro sobre la batalla de Normandía (*)

Tal vez no sea la batalla más importante de la historia. Seguramente Salamina, Waterloo o Stalingrado fueron más decisivas. Sin embargo, el 6 de junio de 1944, cuando la mayor flota nunca vista llegó a las costas francesas para el desembarco de Normandía, se ha convertido en una fecha emblemática. Muchos recuerdan de memoria el nombre de las cinco playas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. El Día D ha sido mitificado por películas como El día más largo o Salvar al soldado Ryan, por políticos e investigadores y por los miles de turistas que se acercan cada año a las costas del norte de Francia. No obstante, Antony Beevor (1946), el historiador que con Stalingrado y Berlín. La caída, 1945 convirtió la II Guerra Mundial en best sellers, se ha atrevido a volver a aquella batalla. Es más, ha encontrado cosas nuevas que contar, datos inéditos.

Como ocurre con los títulos anteriores, su libro se lee sin pausa y está lleno de testimonios que surgen desde el dolor de la guerra para hacernos mucho más humano el pasado. El éxito en el Reino Unido fue fulminante. La conversación tiene lugar en su casa londinense de Fulham, acogedora, con mermeladas a medio preparar en la mesa de la cocina. Sólo hay una pregunta sin respuesta: ¿cuál será su siguiente libro? Asegura que, por contrato, no puede hablar de su próximo trabajo sobre la II Guerra Mundial. Pero confiesa que tiene tres libros planeados y sí puede confesar de qué va el tercero: Napoleón.

PREGUNTA. Una de las novedades de su nuevo libro es la insistencia en el sufrimiento de los civiles durante aquella batalla. ¿Por qué no se había investigado hasta ahora?

RESPUESTA. Tenemos que enfrentarnos a la terrible paradoja de que una democracia en una guerra puede llegar a matar a muchos civiles, porque la presión de la prensa y el Parlamento en casa para reducir las bajas puede forzar a los comandantes a utilizar mayor potencia en los bombardeos. Y eso es lo que sucedió en Francia. Churchill estaba muy preocupado por este tema porque decía que los franceses les iban a odiar y trataba de convencer a los responsables de los ataques aéreos para que intentasen mantener bajo el número de víctimas, que llegaron a ser 15.000 antes de la invasión. Y durante la batalla subieron más todavía. No sé cómo van a reaccionar los lectores estadounidenses ante el dato de que en el Día D murieron muchos más civiles franceses que soldados británicos y estadounidenses. Debo decir que a mí me chocó porque todos tenemos mitificado el Día D, pero cuando uno descubre las víctimas de la batalla de Normandía es terrible. Eso no minusvalora la valentía de los soldados o la importancia de la batalla. Se montó un escándalo porque utilicé la palabra crimen de guerra para describir el bombardeo de Caen y hay que ser muy cuidadoso con esta expresión, lo que dije es que estaba cerca del crimen de guerra. Pero lo que es cierto es que el bombardeo no consiguió nada y fue estúpido desde el punto de vista militar porque si quieres capturar una ciudad rápidamente no deberías destrozarla. Y sólo hubo bajas entre los civiles.

P. Cuando dice que una democracia puede provocar bajas civiles ¿puede aplicarse a lo que ocurre en Afganistán?

R. En cierta medida, sí. Naturalmente que los bombardeos, aéreos y de artillería, son mucho más precisos ahora pero es una cuestión de lo buena que es la información de los servicios secretos para identificar los objetivos. Cuando combates en una guerra asimétrica, la habilidad para identificar al enemigo es muy difícil, casi imposible, como vimos en Vietnam. Volviendo a Normandía, uno de los problemas es que los comandantes, Montgomery, Eisenhower y Bradley, estaban mal informados sobre la precisión de los bombardeos. Cuando se produce el segundo bombardeo de Caen, en la noche del 17 de julio, tuvieron el mismo problema que en Omaha, donde las defensas alemanas quedaron intactas. Los aviones vinieron desde la retaguardia, tenían miedo a dejar caer las bombas sobre las tropas y por unos segundos no alcanzaron a los alemanes sino que cayeron sobre la ciudad de nuevo.

P. ¿No tenía miedo de publicar otro libro sobre el desembarco de Normandía, no sólo por obras anteriores como la de Max Hastings, sino porque es una batalla de la que todo el mundo tiene una imagen idealizada?
R. No tenía miedo porque los grandes libros sobre el tema salieron al principio de los años ochenta, sobre todo los de John Keagan y Max Hastings. Aunque son muy buenos, ha surgido mucho material inédito, sobre todo los relatos de los soldados, y los estadounidenses eran extraordinarios en esto, ya que hay cientos de entrevistas realizadas después del combate. Además, escribo historia de una forma completamente diferente de Max, estoy más interesado en entender cómo era el combate desde la mirada de los soldados que en describir la batalla desde un punto de vista estratégico. Otro de mis objetivos era explicar por qué Normandía es diferente de lo que la gente suele pensar. Después de escribir Berlín, estaba en Washington y el historiador militar oficial de la batalla, Martin Blumenson, me dio la primera idea para el libro porque me sugirió que hiciese una comparación entre la lucha en el frente del Este y en Normandía. Me di cuenta de que era una forma importante de mirar la batalla porque fue mucho más salvaje de lo que pensamos.

P. Siempre se ha pensado que la verdadera lucha tuvo lugar en el Este. ¿Qué datos le llevaron a cambiar de opinión?

R. Hubo momentos en el frente del Este en que la lucha fue muy intensa y la cifra de mil muertos por división al mes era mucho más alta, pero uno siempre asume que los muertos en el frente del Este eran tantos que el combate en el Oeste era muchísimo menos intenso. Pero no era así: Normandía fue muy salvaje. Y también está el asunto de la muerte de prisioneros y las bajas psicológicas. El problema en Estados Unidos, y no tiene nada que ver con los veteranos sino con los escritores que crearon posteriormente el mito de la mejor generación, es que se ha convertido en algo casi sagrado, la imagen de que cada hombre en Omaha Beach era un héroe. Pero es una sentimentalización. Cuando tienes a un soldado muy joven, que se enfrenta por primera vez al combate y se encuentra con explosiones por todos lados, es normal que esté desorientado. No tiene nada que ver con la cobardía, que es cuando tienes a un oficial que huye y deja morir a sus soldados. Jamás diría que un soldado que se derrumba en mitad de la batalla es un cobarde, es una reacción muy humana.

P. ¿Llegaron a ser muy frecuentes los asesinatos de prisioneros?

R. El problema con este tema es que no tenemos datos precisos y nunca los tendremos. Pero me chocó mucho la forma en que, cuando lees entrevistas con soldados estadounidenses, hablaban francamente de ello, incluso en las entrevistas que hizo Stephen Ambrose, aunque luego no aparecen en sus libros.

P. Pero sí en una secuencia de Hermanos de sangre, la serie basada en su libro sobre la 101º División Aerotransportada.

R. Muestran uno o dos casos, pero pudo haber muchos. Los SS mataron a más de cien canadienses en los primeros momentos de la batalla y entonces se produjo un círculo vicioso de venganzas. Pero es imposible tener datos, porque aparecerán siempre como muertos en acción. Sólo se puede hacer basándote en entrevistas y por referencias en algunos informes oficiales, pero no es posible hacerse una idea de la frecuencia con que ocurrían.

P. ¿Qué películas sobre el Día D le gustan?

R. Cuando Newsweek me encargó una crítica de Salvar al soldado Ryan, les chocó muchísimo que fuese negativa. Creo que los primeros 20 minutos son una recreación espectacular de cómo es una batalla, pero el resto es una serie de lugares comunes de Hollywood, tipo Doce del patíbulo. No me pareció serio. Lo interesante es lo que dijo Spielberg cuando se estrenó la película: que la II Guerra Mundial era el momento definitivo en la historia y que el Día D era el momento definitivo de esa guerra, lo que es una interpretación muy americana del conflicto, por decirlo amablemente. No aparecen rusos ni británicos. Spielberg forma parte de la generación de Vietnam y por eso es tan importante la batalla de Normandía, la liberación de Europa, porque era un momento en que los estadounidenses eran los buenos y los alemanes los malos.

P. ¿Usted cree que nuestra fascinación por la II Guerra Mundial viene de ahí?

R. Hay sin duda un elemento de esto, aunque hay muchas más razones para explicar por qué es tan importante en la conciencia colectiva de las naciones, de nuestra propia historia. La II Guerra Mundial es también peligrosa porque se ha convertido en una referencia para todos los conflictos contemporáneos. Eso es peligroso porque los políticos pueden hacer comparaciones como la de Bush, que equiparó el 11-S con Pearl Harbour. Y estaba buscando una guerra contra un país, cuando era un problema de seguridad contra Al Qaeda. Blair hizo cosas similares. Una tentación para los políticos es considerar que la II Guerra Mundial fue una buena guerra, una guerra justa y especialmente para los estadounidenses, que la utilizan mucho en los discursos imitando el tono de Churchill. Pero también es muy peligroso porque produce paralelismos falsos. Antes de la última guerra del Golfo, fui contactado por todos los diarios del Reino Unido, empezando por el Financial Times y acabando en The Sun, que me pidieron una comparación entre la batalla de Bagdad y Stalingrado. Y dije una y otra vez que no iban a tener nada que ver. La guerra ahora no tiene nada que ver con aquel conflicto. Estos paralelismos son engañosos y peligrosos. Cuando empecé a trabajar en Stalingrado era el 50º aniversario del final de la II Guerra Mundial, en 1995, y habían publicado muchos libros y ninguno se vendió. Todo el mundo se quedó extrañado del éxito del mío y lo discutí con otros historiadores y con amigos. Una de las conclusiones a las que llegué es que vivimos en una sociedad posmilitar y que la gente, al no tener experiencia en el servicio militar, no sabe cómo funciona esto. Luego hay una fascinación ante la pregunta: ¿qué hubiese hecho de haber estado allí? ¿Hubiese sobrevivido psicológica, física o moralmente? ¿Me hubiese negado a matar prisioneros o civiles si me lo hubiesen pedido? Hay un elemento personal. Pero también había otro que surgió en un debate que se ha producido de nuevo este año: ¿por qué hay tantas novelas británicas ambientadas en el pasado? ¿Por qué funciona tan bien la historia? Robert McCrumb escribió un texto en The Observer en el que decía que los libros ambientados en el pasado tienen tanto éxito porque el gran elemento del drama humano es la elección moral y ahora vivimos en una época donde se plantean muchas menos elecciones morales. Entonces, los escritores deciden ambientar historias en el pasado donde las elecciones morales son posibles. Y la II Guerra Mundial era puro drama humano, en el peor sentido del término. No sólo por los millones de muertos, sino porque millones de vidas cambiaron totalmente durante el conflicto. Cuando estaba trabajando en los Archivos Nacionales franceses, tardé mucho tiempo en lograr el permiso para leer los informes de la DST, la policía política. Había un párrafo en el que se contaba la historia de la mujer de un granjero alemán que fue encontrada en París, sin hablar nada de francés, que había conseguido colarse en un tren que devolvía a Francia a víctimas de campos de concentración. Y la razón es que estaba completamente enamorada de un prisionero francés que trabajó en su granja y con el que tuvo una historia y no podía vivir sin él. Lo siguió hasta París. La cantidad de preguntas que quedan abiertas por este único párrafo es enorme: ¿qué ocurrió con su marido? ¿Cómo mantuvo esa historia de amor ilegal bajo las leyes nazis? ¿Le encontró? ¿Estaba casado? Este párrafo es toda una novela. Y te das cuenta de la importancia de contar la historia desde abajo, porque es la única forma de narrar las consecuencias de los acontecimientos sobre la gente corriente, ya sean soldados o civiles. Son las consecuencias de las decisiones de Hitler, Stalin o de comandantes como Patton o Montgomery.

P. Volviendo al Día D, uno se pregunta leyendo su libro si la invasión fue un éxito de los aliados o un fracaso de los alemanes.

R. Eso se puede decir de todas las batallas, quién ganó y quién perdió. Se ha forjado una idea inexacta de que el Día D tenía que ser necesariamente una victoria y no es así, los peligros eran enormes pese a que los aliados tuviesen una fuerza muy superior. Uno debe recordar que si no llegan a tener esa pequeña ventana en el tiempo que permitió desembarcar el 6 de junio, el desembarco hubiese tenido que retrasarse durante semanas. Y es increíble que los alemanes no utilizasen los submarinos, que la Armada consiguiese cruzar sin bajas. Una lección muy importante es comprender que nada es inevitable, es una lección crucial para todo historiador y tienes que transmitir eso a los lectores. Los planes del Día D fueron meticulosos y todo estaba muy pensado, y aun así se cometieron fallos en el lado aliado. Pero los grandes errores desde el punto de vista de los alemanes tuvieron que ver con elecciones, con saber si los aliados iban a desembarcar en Normandía o el Pas de Calais o si las divisiones acorazadas debían lanzarse hacia las playas o esperar en la retaguardia, que era el gran debate en la cúpula del mando alemán. Y también fueron desastrosas las interferencias de Hitler en la batalla. Pero, una vez que los aliados lograron establecerse en sus cabezas de playa, la suerte estaba echada. Como reconoció Rommel, la batalla se iba a decidir en las primeras 24 horas. De hecho, fue él quien inventó la expresión "el día más largo" y no Cornelius Ryan.

P. ¿Por qué se ha estudiado menos la destrucción que la batalla de Normandía provocó?

R. Bueno, la mayoría de los historiadores franceses reconocen que la batalla de Normandía salvó en realidad al resto de Francia. La estrategia de rechazar cualquier retirada hizo que el Ejército alemán fuese destruido en Normandía y que no luchase durante su retirada. Eso sí, para los normandos fue un desastre.

P. ¿Cuánto tiempo pasó en los escenarios de la batalla?

R. La primera vez que fui al Memorial de Caen pensé que iba a conseguir todo el material en unas dos semanas. Qué optimista. En realidad, me pasé meses en Caen, iba todas las semanas desde Kent. Lo más importante está en el Memorial, porque no sólo es un gran museo, sino que tiene un archivo extraordinario. Se ha concentrado casi todo allí, los soldados alemanes, británicos, canadienses, estadounidenses han enviado allí sus diarios, pero también los civiles franceses. Todos estos testimonios contienen relatos de los bombardeos, del sufrimiento y me pasé semanas y semanas leyéndolos. Mirar el terreno a veces no es bueno porque los escenarios han cambiado tanto que pueden entrometerse en tu imaginación, pero en otras ocasiones no, como ocurre con Omaha Beach, donde se ve muy claramente aquello a lo que se enfrentaban.

P. ¿El papel de la Resistencia en la batalla de Normandía fue más o menos importante de lo que creemos?

R. Tuvieron una contribución importante en el corte de las comunicaciones alemanas. El problema es que la importancia estratégica de las guerrillas es siempre difícil de cuantificar. Eisenhower, de una manera muy diplomática, respondió cuando le preguntaron por el papel de la Resistencia: "Mejor de lo esperado, menos de lo anunciado". Creo que fue injusto, porque el propio Patton reconoció el enorme papel de la Resistencia en Bretaña, por ejemplo, donde fue una resistencia armada, lo que permitió desplazar a algunas de sus divisiones y emplearlas para el ataque en el Sena. Inevitablemente, Normandía no ofrecía las condiciones para una resistencia armada. En parte porque los granjeros normandos eran anti Laval pero bastante pro Pétain. Eran muy conservadores en todos los sentidos de la palabra, no sólo políticamente. Lo que querían era salvar sus granjas y no provocar reacciones de los alemanes. Sin embargo, fueron extremadamente generosos con los refugiados. En los pescadores sí que hubo mucha más resistencia, porque eran totalmente anti Vichy.

P. En cuanto a los comandantes aliados, la imagen de Montgomery en su libro no es muy positiva.

R. Montgomery era una persona muy extraña, psicológicamente muy compleja. Su vanidad era extraordinaria, imposible de concebir. He sido atacado por algunos admiradores de Montgomery y he recibido cartas insultantes, pero muchos otros me han dicho que tengo toda la razón. En una de ellas, un lector me contaba que en el colegio fue Montgomery a dar una charla y que al cabo de un rato se dio cuenta de que un niño se había dormido. Y empezó a gritar: "Profesor, profesor, se ha dormido un niño, tiene que ser castigado". El niño se despertó por los gritos y Montgomery dijo: "Entonces empezaré desde el principio". Eisenhower tuvo el trabajo más difícil de todos, que era mantener unidos a todos estos personajes: Patton, Bradley, Montgomery, que se detestaban entre ellos. Por no hablar de los comandantes de la aviación.


(*) El Día D. La batalla de Normandía. Antony Beevor. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda. Crítica. Barcelona, 2009. 704 páginas. 29 euros (www.antonybeevor.com. www.2gm-normandie.com/accueil.php. www.memorial-caen.fr/portail/index.php).

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Vestidos de gala, con sus seres u objetos queridos, los recién finados eran retratados con mimo en el siglo XIX. La fotografía mortuoria era más común que la de bodas o vacaciones. Con el siglo XX bajó la mortalidad infantil, llegaron las guerras, la muerte devino tabú y estos retratos resultan hoy, al menos, inquietantes. Salvo para quienes los coleccionan.
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Para crear la fantasía de que el difunto dormía o estaba vivo, se le sentaba en su sillón favorito

El pariente llegaría cansado. Habría cabalgado durante horas hasta la casa del fotógrafo. “Traigo malas noticias”. Pactarían un precio, casi el doble del de un retrato normal, y viajarían de vuelta a casa del muerto. El fotógrafo planificaría la escena. “Me colocan al difunto más cerca de la ventana que aquí no hay luz”. La familia ya lo habría vestido con sus mejores galas. El artista pondría a los parientes alrededor del féretro o les haría sacar el cadáver de la caja. “¿Cuál era su sillón favorito?”.

Muchos nos enteramos de la existencia de la fotografía mortuoria por la película Los otros. Cuando Nicole Kidman descubre un álbum de difuntos grita: “¡Qué macabro, lo quiero fuera de mi casa!”. En aquel álbum aparecían imágenes del descatalogado Sleeping Beauties. “Un libro inquietante y repulsivo”, según John Updike, “que abrimos con dificultad aunque dentro sólo hay quietud y ternura”. “Lo han robado de la mayoría de las bibliotecas”, se jacta su autor, Stanley B. Burns, oftalmólogo de Nueva York que ha escrito 34 libros sobre fotografía histórica. Es el gran conservador de un arte que ha estado a punto de desaparecer: “Si encuentras en el desván la foto de tu tatarabuela muerta, lo más probable es que la tires; sin embargo, hace tres generaciones estas imágenes se encargaron con todo el cariño”.

La casa de Burns en Manhattan es una caries victoriana en la jungla de rascacielos. El doctor abre con perilla de chivo y unas increíbles gafas de los años veinte. Conserva un millón de daguerrotipos, ambrotipos y fotografías de más de cien años, casi todas en torno a la muerte, la violencia o la enfermedad. “Tenemos cinco chimeneas, pero no me atrevo a encenderlas”, dice señalando las miles de cajas en las que se apila su extraordinario archivo. Un huracán de imágenes impactantes: trincheras nazis, manicomios decimonónicos, linchamientos, Al Capone, Bonnie y Clyde… “Cuentan la otra historia”, dice Burns, “la mayoría de los libros muestran una y otra vez las mismas viejas fotos…, ¿cuántos Walker Evans necesitas ver? Yo quiero mostrar lo que no se enseña”. Cuatro mil de sus fotografías son retratos de difuntos, una práctica común desde la segunda mitad del siglo XIX hasta mediados del XX, entre la burguesía neoyorquina y en la selva mexicana, en las casas victorianas de Londres y en las aldeas de Pontevedra.

Burns encontró su primera pieza por casualidad a principios de los setenta, cuando coleccionaba antiguas fotos médicas: una madre sostenía un bebé muerto por sarampión. “Tenía un aura, una poética…, se notaba que era un recuerdo; nunca había visto nada parecido”, admite. “Ahora el coleccionismo está muy extendido, en gran parte por mi culpa”.

La familia colocaría sus objetos favoritos alrededor del muerto; los juguetes del niño, el misal de la abuela. Si querían que pareciese vivo, le abrirían los ojos con una cucharilla, le sujetarían la cabeza colocando un tenedor entre la barbilla y el esternón o le atarían las manos para que pareciese que rezaba. El marido pasaría un brazo sobre los hombros de su difunta, la madre acunaría al hijo sin vida. Vivos y muertos posarían juntos hasta que la imagen quedase grabada en la placa.

El sobre llega a Madrid desde Los Ángeles marcado Do not bend (no doblar) y con la foto de una niña victoriana en un sofá. Las pestañas excesivamente rizadas y las manos crispadas delatan que no está dormida. El remitente es un vendedor de eBay (donde cada día se cuelgan entre 60 y 80 de estas fotos). El destinatario, Carlos Areces, dibujante y miembro de Muchachada Nui: “No soy un coleccionista al uso, no busco la antigüedad ni lo raro, me importa más la luz, el contraste…”.

Areces atesora unas cien fotos, la mayoría extranjeras, aunque en los reversos también hay sellos de estudios españoles (Busquest en Barcelona, Mínguez en Madrid). Las suele comprar en Internet por unos 50 dólares. Entre sus últimas adquisiciones, la más cara, 200 dólares: unos demacrados trillizos con faldones de bautismo. “He notado que los precios suben cuánto mayor es la decrepitud del finado”, explica el actor.

Llevaba años coleccionando fotos pero Areces también vio su primer post mortem en Los otros: “Son difíciles de encontrar si no las vas buscando y a veces resulta violento”. En una tienda de viejo de Bilbao encontró una foto de una anciana de los años cincuenta. Al preguntar por el precio, el tendero le espetó: “¡Hay que ser hijo de puta para sacarle una foto a una muerta!”. Resulta irónico, la foto fue tomada por el hijo de la retratada para mandársela a un hermano. En el reverso escribió: “Ésta es la cama donde ha muerto madre, como ves hemos cambiado los muebles”. Areces sonríe: “Ésa es la ausencia de morbo que me fascina”.

En ocasiones, la distancia o el clima harían que el fotógrafo tardase días en llegar al velatorio. El cuerpo permanecería rodeado de hielo. Aunque se maquillaba al cadáver, a veces no era suficiente y la familia pediría unos retoques tras el revelado. El fotógrafo, su esposa o los miniaturistas, pintores a los que el nuevo invento había dejado sin trabajo, se encargarían de iluminar la imagen. Dibujarían los ojos abiertos sobre los párpados, sonrosarían las mejillas, incluso inventarían un fondo; quizás unas nubes celestiales rodeando al angelito.

“La fotografía de difuntos se convertía así no sólo en un registro del luctuoso ritual de la muerte, sino en un elemento más del propio ritual”, explica Publio López Mondéjar en La huella de la mirada, una de las escasísimas referencias sobre el tema en España. En su casa, lanzando sobre el sofá fotos desvaídas de muertos antiguos, el académico de Bellas Artes explica que la prensa del XIX estaba llena de anuncios de “se retratan difuntos a domicilio”. “Es increíble que se conozcan tan poco, las hacía todo el mundo, pero las autoridades ignorantes han dejado que desaparezcan”. “Una pena, estas fotos dicen tanto de una cultura como cualquier tratado: que lo que antes era un consuelo ahora nos espante dice mucho de una sociedad que no quiere ver la muerte”.

Los memento mori se remontan a la antigüedad. La tradición no nació con la fotografía, pero sí murió con ella. ¿Por qué dejaron de hacerse estas fotos? Primero, descendió la mortalidad, sobre todo la infantil. “En el XIX en Estados Unidos oscilaba entre el 30% y el 50%”, explica Burns, “al propio Abraham Lincoln se le murieron dos hijos”. Segundo, la fotografía se abarató y la gente dejó de esperar al funeral para pagarla. “Estas fotos fueron más comunes que las de boda o vacaciones”, dice Burns, “hasta que las familias empezaron a tener recuerdos de sus momentos felices”.

Con el cambio de siglo hubo además un cambio más profundo. “En la Primera Guerra Mundial la muerte cambió de significado”, dice Burns, “tanta gente de luto no era buena propaganda, en Inglaterra se prohibió el duelo”. La muerte pasó de la esfera pública a la privada y se dejó de superar en comunidad. “Ahora se lo cuentas a tu jefe y te quedas en casa un par de días, es algo que se comenta en voz baja”, dice Burns, “el sexo fue el tabú del XIX, la muerte es el nuestro”. “Además, entonces la gente moría de un día para otro”, añade, “ahora la medicina extiende las enfermedades y morimos demacrados, una sombra de lo fuimos, un rostro que nadie quiere recordar”.

El fotógrafo haría varias copias para que la familia las repartiese como recordatorios con leyendas como: “Hasta que la muerte nos separe” o “Duerme, querida niña”. Los más pudientes encargaría marcos con flores secas que decorarían el salón principal, donde se celebraba el velatorio. En las casas victorianas, esta sala, parlour, pasaría después a llamarse living room, la habitación de los vivos, para evitar toda asociación con la muerte. En los álbumes de difuntos habría parientes, mascotas y también algún famoso cuyo retrato post mortem se vendía en los quioscos. Valentino fue uno de los más demandados, también Sarah Bernhardt, que murió casi octogenaria, pero se retrató en un ataúd a los treinta para que sus fans tuviesen un recuerdo bonito.

“Yo soy un producto de mi tiempo”, explica Virginia de la Cruz Lichet, autora de la tesis Fotografía post mortem en Galicia siglos XIX y XX , para explicar que, como gran parte de su generación (tiene 30 años), nunca ha visto un muerto en vivo. “En España estas fotos se tomaron hasta finales del XX sobre todo en regiones de emigrantes, como Galicia”, explica, “donde servían para compartir el duelo al otro lado del océano y como documento a la hora de repartir herencias”. Virxilio Vieitez, fotógrafo rural en Pontevedra sobre el que centra su tesis, trabajó de 1955 hasta los ochenta. “No cobraba más por estos encargos, y sólo elegía el encuadre, de lo demás se ocupaba la familia o la funeraria”, cuenta su hija Queta por teléfono desde Soutelo de Montes. “Le parecían choumerías, cosas de brujas y mojigatas, pero era un profesional y conseguía buenas fotos”. Cuando la propia Queta tuvo que hacerse cargo de un llamado a finales de los ochenta, para ella, hija de otro tiempo, no fue tan fácil: “Me desbordó la situación; mandé salir a todo el mundo, disparé y me fui. Me temblaba el pulso, no quedaron muy bien”.

En el siglo XXI estos retratos se están volviendo a tomar en la más improbable de las localizaciones: las salas de maternidad. Según los psicólogos ayudan a superar la muerte perinatal, la más tabú, la de los no natos y recién nacidos. La ONG estadounidense Now I lay me down to sleep (ahora me echo a dormir) trabaja con 7.000 fotógrafos voluntarios en 25 países. Desde 2005 realizan sesiones gratuitas en las que los padres posan con sus bebés muertos. Es la puesta al día de la tradición victoriana: encuadres poéticos, filtros suaves y la magia del Photoshop consiguen que los niños parezcan dormidos. “Estos retratos pueden parecer morbosos”, explica Sandy Puck, fundadora de la ONG, “pero es que la gente no puede imaginar lo que significa olvidar el rostro de alguien de quien no guardas una sola imagen” (por Patricia Gonsálvez para El País).

A continuación, imágenes de fotografías post mortem en el Perù del siglo XIX (archivo Courret)

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(fuente: bvirtual.bnp.gob.pe)

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Una mujer votando en las elecciones de 1956

Ayer se cumplió un aniversario más de la oficialización del voto a la mujer en el Perú. Recordemos que el avance del liberalismo influyó en la lucha por los derechos de la mujer en la vida política. Desde finales del siglo XIX, mujeres como Juana Manuela Gorriti, Teresa Gonzáles de Fanning, Mercedes Cabello de Carbonera y Margarita Práxedes, entre otras, reclamaron la participación de la mujer en la política nacional. Luego, muchos de sus planteamientos fueron recogidos por la primera feminista peruana, María Jesús Alvarado, quien hacia 1911 pidió el sufragio femenino al plantear que la supuesta “inferioridad” de la mujer se debía a factores históricos y no a la naturaleza femenina. Fundó Evolución Femenina en 1914, institución que logró el acceso de las mujeres a cargos públicos, como en los de las Sociedades de Beneficencia Pública (1915). La propia María Jesús Alvarado ocupó un puesto de concejal en la Municipalidad de Lima. Finalmente, sus luchas “feministas” la llevaron la deportación durante el Oncenio de Leguía.

Luego, el Primer Congreso Nacional Aprista, celebrado en 1931, reconoció la legitimidad del derecho del voto a las mujeres. Pero esta iniciativa fue luego desestimada ya que había el temor de que el voto femenino fuera de tendencia conservadora. En otro congreso del mismo partido, en 1948, esta postura se endureció y tuvo como consecuencia que a las militantes apristas no se les reconociera como miembros activos del partido, pues no eran “ciudadanos”. Esto marcó la ruptura de la escritora Magda Portal con el llamado “Partido del Pueblo”.

Demás está decir que entre 1930 y 1950 muchas mujeres, sin pertenecer a alguna organización feminista, plantearon sus reivindicaciones. Ese fue el caso de la participación sindical femenina en las organizaciones obreras. Sin duda, un logro importante fue cuando en 1932 el Congreso Constituyente permitió a las mujeres votar en las elecciones municipales. El problema fue que casi nunca se convocaron este tipo de consultas debido a que la mayoría de los gobiernos que tuvo el país eran autocráticos y reñidos con la Constitución.

El derecho de las mujeres a votar en las elecciones presidenciales se obtuvo el 7 de setiembre de 1955. Por iniciativa del dictador Odría, el Congreso aprobó la Ley N° 12391 que concedió ciudadanía y dio derecho a voto a las mujeres mayores de edad (21 años) y a las casadas mayores de 18 años que supieran leer y escribir. La dictadura odriísta, con fines propagandísticos, consideró que alrededor de un millón de votantes se incorporarían a los padrones para las elecciones de 1956. Pero las mujeres eran mayoritariamente analfabetas, lo que las excluía del voto. Por ello en junio de 1956 solo las mujeres alfabetas participaron por primera vez en la elección de un presidente, en este caso, de Manuel Prado.

Con respecto a este tema derecho se dijo que fue un “regalo” del presidente Odría, quien esperaba hacer ganar a su candidato (el cual no triunfó) contando con el voto femenino y que detrás de esa conquista no hubo ninguna presión ni movilización por parte de las mujeres. Pero, como hemos visto, esto significaría desconocer completamente el aporte de muchas mujeres que desde inicios de siglo lucharon por estas reivindicaciones. Por último, es preciso añadir que luego de la Segunda Guerra Mundial, el sufragio femenino se extendió por el mundo y fue incorporado como derecho en la Carta de las Naciones Unidas. Por último, como vemos a continuación, ya era una conquista ganada en la mayor parte de América Latina; el Perú fue uno de los últimos países en inorporar el sufragio femenino.

CRONOLOGÍA DEL DERECHO AL VOTO FEMENINO EN AMÉRICA LATINA

1924 Ecuador
1932 Brasil
1932 Uruguay
1934 Cuba
1939 El Salvador
1942 República Dominicana
1944 Jamaica
1945 Guatemala
1945 Venezuela
1945 Panamá
1947 Argentina
1949 Costa Rica
1949 Chile
1952 Bolivia
1953 México
1954 Colombia
1955 Perú
1961 Paraguay



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Si alguien supo poner voz al horror nazi fue Primo Levi, quien desde que salió de Auschwitz fue dejando su testimonio del infierno con una dignidad y hondura como nunca se había hecho, como recuerda Antonio Muñoz Molina. Ahora se publican en España los cuentos completos en un solo volumen con dos inéditos. Publicado por El Aleph Editores, que ya editó el pasado año la Trilogía de Auschwitz, este volumen incluye cinco libros de cuentos publicados de forma dispersa por el escritor italiano de origen judío y autor de Si esto es un hombre, considerada una de las mejores obras del siglo XX.

Primo Levi (Turín 1919-1987) fue un resistente antifascista que no dejó de contar nunca el horror de los campos de concentración, que sintió en carne propia al ser deportado en 1944 a Auschwitz, lugar del que fue uno de los pocos supervivientes y del que dejó escrito para el futuro de la humanidad la experiencia de su supervivencia y sus reflexiones sobre la condición humana. Él repetía que la experiencia de Auschwitz le había convertido en escritor.

Un escritor escindido.- Este libro incluye títulos como Historias naturales (con traducción de Carmen Martín Gaite); Defecto de forma, de 1971, reeditado en 1987 con una carta del autor, y El sistema periódico, publicado en 1975, en el centro del libro, en el que Levi desgrana en veintiún capítulos cada elemento de la tabla química y con cada uno de ellos traza un paralelismo con el hombre.

Y es que Primo Levi fue también químico y profesor. Marco Belpoliti, editor del libro, cuenta en el prólogo que Levi utilizó la figura del centauro, protagonista de uno de sus cuentos más misteriosos, Quaestio de centauris, para hablar de lo que sentía como escisiones: mitad químico mitad escritor, mitad testigo mitad narrador, mitad judío mitad italiano. También se incluye en este volumen Lilit y otros relatos aparecidos en 1981, además de Última Navidad de guerra, volumen de cuentos dispersos y que ahora ha reunido Belpoliti.

Los dos inéditos son El fin de Marinese, que narra el intento de fuga de un soldado de la II Guerrra Mundial que está en un camión militar, y Carne de oso, que narra las conversaciones de unos alpinistas que comentan las expediciones más arriesgadas durante su estancia en un refugio. Relatos breves en los que «la parodia» despista al horror o lo hace más suave, más irónico; mitad realistas, mitad fantásticos. «No, no son historias de ciencia ficción, si por ciencia ficción se entiende "futurismo", la fantasía futurista barata. Estas historias son más posibles que muchas otras», dice Primo Levi en una entrevista que recoge el prólogo de este ambicioso volumen.

«Todos los cuentos de Levi, incluso los más divertidos, ocurrentes, amables y ligeros, terminan regresando ahí, a la naturaleza dual, al espacio que se extiende entre el sueño y la realidad, espacios que sus palabras habitan de un modo aparentemente sereno, inteligente y siempre problemático. Levi es un escritor profundo que esconde su terrible profundidad en la superficie de las palabras», explica Belpoliti. Por su parte, Bernat Puig Portabella, responsable de El Aleph, recuerda a Efe que Levi «es el autor más importante del siglo XX y de la llamada literatura concentracionaria, una ficción que ahora ha dado novelas como "El niño del pijama de rayas", edulcorada por la amabilidad y cuyo original y prototipo es Primo Levi» (EFE).

NOTA.- Primo Levi fue un autor de novelas judío de origen italiano, famoso por haber escrito una de las obras autobiográficas sobre su experiencia en el Holocausto nazi, Si esto es un hombre. La vida de Primo Levi acabó a los 68 años de edad. Aparentemente se suicidó tirándose de cabeza por el hueco de la escalera de su casa en Turín, aunque algunos estudiosos y fans ponen en duda que fuera un suicidio, al no dejar el escritor ninguna nota. Pero lo cierto es que en aquél entonces familiares y amigos declararon a la prensa "que se lo temían". En concreto, su viuda dijo que "Primo estaba cansado de la vida". Su biógrafa, Carole Angier, siempre ha sostenido que las secuelas de Auschwitz no fueron determinantes para que el escritor se quitara la vida. Muchos se preguntan cómo es posible que un hombre que ha sobrevivido al horror de un campo de exterminio decida terminar con su existencia. La respuesta es una depresión debida a varios factores que le fueron haciendo mella a lo largo de su vida: era una persona débil que no sabía imponerse a los demás, había tenido problemas con su condición sexual desde adolescente y su fama como escritor sólo se debía a una obra, aunque era un buen novelista y se esforzaba para que se lo reconocieran. Además, le enervaba que, habiendo vivido el calvario que vivió en Auschwitz, aún hubiera gente que negara el Holocausto. En la última etapa de su vida, la desesperación y angustia que le producía ver a su anciana madre y sus enfermedades fue lo que probablemente "colmó el vaso" de la desesperación de Levi.
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El óleo sobre lienzo más grande que jamás pintara el artista holandés, Johannes Vermeer, 'Alegoría de la pintura' (también llamado 'El taller del artista'), podría dejar de decorar las imponentes paredes del Kunsthistorisches Museum (KHM) de Viena. A petición de la familia austriaca de origen judío, Czernin, el renombrado abogado vienés, Andreas Theiss, ha exigido al Estado austriaco la devolución de la famosa obra.

De sobra se sabe que el cuadro más famoso del "maestro de la luz" fue vendido en 1940 a Adolf Hitler por su propietario Jaromir Czernin, que recibió del Führer 1 millón de Reichsmark, a pesar de haberle pedido dos millones. Esta cantidad le pareció demasiado alta al Führer. "Pero yo ya sé cómo conseguir este lienzo a mejor precio", le comentó al fotógrafo Heinrich Hoffmann. Czernin malvendería el cuadro para impedir su envío a los campos de concentración. Fue una venta forzosa que le salvó la vida a él y a su familia. Hitler ya se había encaprichado con el cuadro en 1935 y tenía pensado colgarlo en el colosal Museo de Arte de Linz que jamás se llegó a realizar. La familia y su abogado sostienen que fue una venta forzosa independientemente de la cantidad que recibiera del Führer. Además, se sabe que Czernin tenía pensado vender el cuadro a otra persona, venta que no tuvo lugar ya que las tropas de Hitler ocuparon antes el pequeño país alpino.

De momento, el gobierno austriaco ha convocado a la comisión que estudia la procedencia de las obras de arte que cuelgan en los museos de este país. Gracias a la investigación de esta comisión, varias familias judías, como la de Maria Altmann que recuperó cinco cuadros de Klimt del Belvedere o los Rotschild que se han beneficiado de la devolución de más de 4000 objetos de arte, han visto prosperar sus peticiones de devolución. La 'Alegoría de la Pintura', que desde 1946 cuelga en el KHM, podría ser restituido a la familia o, a cambio, el museo podría pagar la horrenda suma del valor actual del lienzo, siempre y cuando la comisión llegue a una conclusión que favorezca la causa de la familia Czernin (El Mundo).

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Arriba, depósito de cadáveres del Escuadrón 731. Hoy, una placa informativa en el lugar recuerda los horrores allí cometidos (Wikipedia)

En agosto de 1945, la guerra estaba ya casi decidida. La ventaja de los aliados era clara y en Asia, antes de que el Enola Gay abriese sus tripas sobre Hiroshima, a Japón sólo le quedaba planear una retirada con dignidad. Una misión tan táctica como cualquier otro asalto, pues requería borrar los rastros de las atrocidades cometidas. En Manchukuo, la sucursal que el Imperio japonés había plantado en territorio chino —un Estado con Gobierno títere, sumiso a las órdenes de Tokio—, la retirada incluía desmantelar las misteriosas instalaciones del Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica, situado a las afueras de Harbin.

La unidad, disfrazada de planta de purificación de agua, estaba constituida por un centenar de edificios, repartidos en seis kilómetros cuadrados. Entre los médicos y soldados japoneses que allí trabajaban, el lugar era conocido como el Escuadrón 731, un programa secreto de investigación y desarrollo de armas biológicas que, entre 1937 y 1945 —la duración de la Segunda Guerra Chino-Japonesa—, llevó a cabo experimentos con entre 3.000 y 12.000 civiles y prisioneros. Entre éstos había chinos, rusos, coreanos y mongoles, pero también europeos y americanos.

En esta especie de Auschwitz instalado en el corazón de Manchuria se investigó el uso de patógenos como bioarmas y se realizaron pruebas médicas con cobayas humanas. Las cirugías, amputaciones y disecciones a pacientes con vida estaban a la orden del día, en muchos casos sin anestesia pues se consideraba que ésta podía distorsionar los resultados. A los prisioneros se les conocía como ‘marutas’, o maderos en japonés, porque los laboratorios estaban camuflados como aserraderos. Algunos fueron obligados a inhalar gases nocivos; a otros se los abandonaba en el duro invierno del noreste chino para explorar el proceso de congelación de la carne.

También se quiso saber cuánta sangre era capaz de perder un prisionero con un miembro amputado. No pocos acabaron con el cerebro, los pulmones o el hígado extraídos, y a algunos se les inyectó orina de caballo en el hígado, entre los miles de casos dificílmente justificables como exprimentos médicos. En la sede del escuadrón se almacenaban fetos y cuerpos de adultos en formol, y la unidad era capaz de producir grandes cantidades de ántrax y bacterias causantes de la peste bubónica. La operación ‘Cerezos en flor por la noche’, a mediados de 1945, planeaba emplear ataques kamikaze sobre la costa de California con bombas cargadas de esta bacteria. El ataque atómico lanzado por EEUU sobre Hiroshima y Nagasaki interrumpió el plan.

El arquitecto de esta barbarie fue Shiro Ishii. Militar graduado en medicina por la Universidad Imperial de Kioto, Ishii profesaba una macabra fascinación por la guerra bacteriológica. Si había que prohibir las armas biológicas, como había hecho el Protocolo de Ginebra en 1925, era porque podían ser extremadamente poderosas, pensaba Ishii. Convenció al emperador Hiro Hito de la ventaja que la investigación en diversos campos relacionados con la medicina podrían aportar en el campo de batalla y así, dado que Japón quería expandirse hacia el sur de Manchukuo y conquistar toda China, en 1936 le fue asignado el trabajo con un generoso presupuesto.

Como sede del Escuarón 731, Ishii levantó un complejo con aeródromo, línea férrea, barracones, calabozos, laboratorios, quirófanos y crematorio, cine, bar y hasta un templo Shinto. «La misión divina de un doctor es bloquear y tratar las enfermedades», dijo a sus empleados, «pero el trabajo en el que nos vamos a embarcar es lo opuesto». Hablaba en serio. En China, se considera que los ensayos para extender el cólera, ántrax y la peste llegaron a matar a unas 400.000 personas.

Desde el Escuadrón, y bajo la batuta de Ishii, se coordinaba el trabajo de media docena de subunidades similares por todo el sudeste asiático ocupado. Cada una tenía su especialización: el estudio de la peste; la fabricación de bacterias de tifus, cólera o disentería; experimentos para ver cómo respondían los humanos a la privación de alimentos y agua… Al final de la guerra, Ishii ordenó a sus subordinados «llevarse el secreto a la tumba» y durante la huida a Japón, se les entregó cianuro de potasio para poder suicidarse en caso de ser capturados por las tropas aliadas.

El ‘Holocausto asiático’, que incluye la masacre de unos 300.000 ciudadanos en Nanjing en el invierno de 1937, es un capítulo poco conocido en Occidente. Los aliados también contribuyeron a 'enterrarlo': Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas y encargado de la reconstrucción de Japón tras la contienda, concedió inmunidad a los médicos a cambio de los resultados de su investigación. Los tribunales de guerra de Tokio nunca juzgaron estos hechos y sólo la URSS procesó a una docena de implicados en el proceso de Jabarovsk, en 1949.

Así, la mayoría de personal del Escuadrón regresó a salvo a Japón, donde muchos se convirtieron en reconocidos políticos, médicos y hasta representantes del Comité Olímpico Japonés. Sólo unos pocos se arrepintieron de sus actos al final de sus vidas. Ishii, el ‘doctor muerte’, falleció en 1959 en su hogar, tras pasar una vida tranquila, aquejado de un cáncer de garganta. Tenía 67 años (publicado por El Mundo de España).
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El autor de este blog en la entrada del campo de Auschwitz (Polonia)

Durante la Edad Media los judíos estuvieron protegidos porque existía una sociedad corporativa. Fue la única minoría no cristiana tolerada. Hasta el siglo XI, a nivel popular, había un sentimiento de amistad e indiferencia frente a ellos; el odio venía de la jerarquía eclesiástica por asumir que fueron los judíos quienes mataron a Cristo. A partir del siglo XII, a nivel de la masa, hubo un relativo cambio: indiferencia y odio. El problema vino a partir de los siglos XV y XVI con la creación de los estados centralizados y "nacionales": incompatibilidad de la comunidad judía (corporativa) y el nuevo modelo político (recordemos al expulsión de los judíos en España en 1492).

De esta forma, se acrecentó el antisemitismo, incluso fue prendiendo en la masa. Los judíos eran vistos como seres inferiores o como un pueblo con una capacidad genética para destruir. Eran la anti-raza, el veneno de la disolución de las jerarquías sociales; producían, con sus habilidades, la destrucción del orden. Entonces la sociedad debía crear anticuerpos contra el “virus” del judaísmo. Tiene que defenderse, tomar conciencia, incluso buscar un líder para este fin. Hay que matarlos, eliminarlos o expulsarlos sin sentimiento de culpa.

Para los nazis el judaísmo, el cristianismo y el marxismo eran un peligro porque postulaban una ideología universalista igualitaria. Sin embargo al cristiano o al comunista se le puede curar el bicho (limpiar su mente), al judío no porque pertenece a una raza. En este sentido eliminar judíos no es un asesinato en masa ni un genocidio: es un asunto de higiene social. Hay que exterminar al enemigo sin odiarlo; exterminar un virus que se extiende (que muta) peligrosamente en el organismo. Algunos lo vieron como un proceso de eugenesia (o eutanasia): perfeccionamiento o mejoramiento moral y biológico de la especie humana.

De esta forma, se fueron presentando las condiciones para el exterminio. Al principio la gente mayor judía no lo puede creer: iluminismo (barrera de la razón), no había precedente, o creen que se trata de una guerra sucia -ideológica- tal como lo hicieron los ingleses contra los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. La juventud judía, sin embargo, sí se dio cuenta del proceso; tuvieron mayor percepción, muchos eran antifascistas.

Condiciones del exterminio (el camino a la "solución final"):

1. Los “creyentes” o los fanáticos, es decir, los que eran antisemitas las 24 horas del día; alrededor del 3% al 5% de la población.
2. El silencio, la indiferencia, la apatía y la cooperación del resto de la población. Soportan la segregación y la persecución contra los judíos; gozan de la política antisemita con la expropiación de los bienes de las familias judías. Muchos burócratas, aunque no eran nazis, “legalizan” el proceso porque quieren conservar sus puestos o ascender en el campo administrativo. Mucho de ellos colaboran aunque no quieren que se les involucre oficialmente en el tema.
3. Constelación de guerra: infraestructura (guetos, campos de concentración o de exterminio, líneas ferroviarias), logística, personal (médicos, historiadores) y colaboradores en el exterior.

Gueto.- Antiguamente era el barrio especial en el que eran confinados los judíos luego de la Diáspora en Europa. Durante el Holocausto, los nazis volvieron a crear guetos en Polonia y el oeste de Rusia, pero no estaban destinados a vivienda y sustento sino eran inmensas cárceles cuyos habitantes estaban condenados al hambre (186 calorías diarias), al hacinamiento (un promedio de 7 personas por habitación), a las enfermedades (hubo muchas epidemias), al sufrimiento (trabajos forzados) y a la muerte, hasta la deportación de los sobrevivientes al capo de exterminio. Los nazis obligaban a los judíos organizar un comité que los representara: judenrat.

Campos de concentración y exterminio.- Campamentos de clausura establecidos por los nazis destinados a la detención, castigo y exterminio en masa de población civil, por razones políticas, raciales y de seguridad. Durante la Segunda Guerra Mundial los nazis concentraron en campos a millones de personas, principalmente judíos, y exterminaron a unos 4 millones de ellos, con el propósito de eliminar al pueblo judío. Por lo menos otros 2 millones fueron asesinados en otros contextos. Los nazis empezaron a construir los campos al subir al poder en 1933, e internaron en ellos a opositores políticos, miembros de “razas inferiores”, homosexuales, discapacitados y enfermos mentales. En un principio estos campos proporcionaban mano de obra forzada a la industria alemana. Al cabo de un año había en ellos unos 27 mil reclusos. En la Noche de Cristal (noviembre de 1938) fueron apresados y enviados a los campos unos 35 mil judíos, parte de los cuales se liberó pagando rescate y abandonó Alemania. Los nazis erigieron en las zonas que conquistaban una serie de campos en los que encerraron a decenas de miles de judíos y no judíos; parte de ellos pereció de hambre y epidemias, y otros fueron ejecutados en un plan de supuesta “eutanasia”, por el cual se asesinaba a los “débiles” mediante inyecciones letales.

En 1941 se produjo un cambio en el método de exterminio: multitudes de judíos de Alemania, Austria, Checoslovaquia y países de Europa occidental fueron enviados a los campos. A finales de ese año se erigió en Chelmo (Polonia) el primer campo de exterminio con gas. En enero de 1942 Hitler y sus ayudantes decidieron implementar de modo sistemático la "solución final", esto es la aniquilación total del pueblo judío. A fin de lograr mayor eficacia construyeron numerosas cámaras de gases y crematorios. Estas instalaciones podían matar y transformar en cenizas a decenas de miles de personas por día. Los transportes de judíos llegaban en trenes a los campos directamente de los guetos. El mayor campo fue Auschwitz (Polonia) donde se mataba diariamente a unas 20 mil personas; en total fueron asesinados allí 4 millones, la mitad de ellos judíos. Otros campos funestamente célebres fueron Treblinka y Maidanek (Polonia) y Buchenwald, Bergen Belsen y Dachau (Alemania). Los nazis encubrieron sus terribles acciones con gran eficiencia. Exteriormente los campos tenían la apariencia de simples campamentos de trabajo, y las cámaras de gases aparentaban ser cuartos de baños destinados a mejorar las condiciones de los trabajadores. En algunos campos hubo intentos de rebelión; por ejemplo en Auschwitz los rebeldes hicieron explotar los crematorios, mataron a nazis y huyeron, pero muchos volvieron a ser apresados y ejecutados.

A modo de conclusión.- El Holocausto (o Shoá) fue la persecución sufrida por los judíos desde la ascensión del nazismo al poder en 1933. Contó con el apoyo masivo del ejército y el pueblo alemanes y de amplios sectores de otros pueblos europeos. Fue la culminación trágica del milenarios proceso de antisemitismo en Europa y reforzado por la aparición de partidos que en el siglo XX hicieron de la lucha contra los judíos su objetivo prioritario. El Holocausto redujo la población judía de Europa a 3 millones de los casi 10 que había antes de la Segunda Guerra Mundial, lo que convertiría a Estados Unidos e Israel en los principales centros judíos del mundo. El Holocausto enfrentó a los judíos con la posibilidad real de un exterminio total. Esto reforzó su responsabilidad por salvar a los sobrevivientes y reafirmó la convicción de la necesidad de un estado nacional judío independiente en Éretz Israel.

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En el campo de Birkenau (Polonia)
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El término no sólo designa a la Italia fascista sino también a la Alemania hitleriana (también, con matices, a la España de Franco, el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón, la Rusia de Stalin, etc). No es una doctrina, la acción prima sobre la palabra, no necesita un dogma sino una disciplina. Alguna vez Mussolini (1919) dijo "Nuestra doctrina es el hecho … los fascistas tenemos el valor de rechazar todas las teorías políticas tradicionales; somos aristócratas y demócratas; revolucionarios y reaccionarios; proletarios y antiproletarios, pacifistas y antipacifistas. Nos basta con tener un punto de referencia: la nación". Hitler se negó durante su campaña electoral a presentar un programa: "Todos los programas son inútiles, lo que importa es la voluntad humana”. Su libro, Mein Kampf, es una autobiografía apasionada y un llamamiento a la acción.

Según Touchard, este sería el contenido de la “doctrina” y las causas que explicaron su difusión en el periodo de "entreguerras":

1. Un nacionalismo de vencidos.- Nacieron de la guerra, una reacción de humillación nacional ante la derrota. Fue también la expresión de los antiguos combatientes, en quienes la guerra dejó una profunda huella y que se sentían extraños en su propio país.

2. El “verdadero socialismo”.- Nacieron de la miseria y de la crisis, del paro y del hambre. Hay desesperanza y rebeldía contra el liberalismo y los viejos mitos de la industria y del progreso. La salvación es una nueva forma de socialismo: no consiste en alzar unas clases contra otras, sino en hacerlas vivir juntas, en unirlas en el seno de la unidad nacional. La lucha de clases debe ser substituida por la solidaridad nacional. Sólo una nación unida es lo suficientemente fuerte como para resistir al caos universal. Mussolini: “El Estado es una fuerza, pero una fuerza espiritual”.

3. El fascismo como poesía.- Pretende dar una mística común. Se exalta: grupo, multitud, los cantos colectivos, la amistad, la disciplina, el orden, la juventud, el cuerpo, el ejercicio físico, la vida al aire libre, la defensa del hombre contra la urbe y la máquina, la acción, el peligro, la guerra, las virtudes viriles.

4. El “Jefe Carismático”.- Antes que una política es una mitología. Más que proponer un programa, impone un estilo. Tiene el sentido de la decoración, de la multitud, de la escenificación, de los grandes símbolos. Entre el jefe y el pueblo se establece una comunicación estrecha, de naturaleza casi física, que adopta las formas de una histeria colectiva. Se produce una especie de hipnosis: la presencia del jefe suscita el éxtasis.

5. La desigualdad.- Si se trata de creer, obedecer y combatir es hostil a la democracia igualitaria y al sufragio universal. Mussolini: “el fascismo no consciente que el número, por el simple hecho de que es un número, pueda dirigir las sociedades humanas”. Afirma la desigualdad irremediable, fecunda y bienhechora de los seres humanos. Hitler: “Es más fácil ver a un camello pasar por el ojo de una aguja que descubrir un gran hombre por medio de la elección … la historia del mundo está hecha por las minorías”. Mussolini cree en la superioridad de los gobernantes , los únicos dignos de gobernar; Hitler piensa en la superioridad de la raza aria y en la misión del pueblo alemán.

6. Exaltación del Estado.- Instrumento de los fuertes y garantía de los débiles. Los individuos están totalmente subordinados al estado: todo para el estado, todo por el Estado. No hay separación de poderes, esto resulta incompatible con el Estado totalitario. Totalitarismo político (no puede haber oposición) e intelectual (verdad del Estado, propaganda, movilización de juventudes).

7. El corporativismo.- Organizar a la población (“constitución de cuerpos”) para domesticar los intereses económicos.

8. Racismo.- Lo primero viene del más puro darwinismo: los pueblos que renuncian a mantener la pureza de su raza, renuncian al tiempo a la unidad de su alma. La pérdida de la pureza de la sangre destruye la felicidad interior, rebaja al hombre para siempre, y sus consecuencias corporales y morales son imborrables. Antisemitismo violento: exterminar sistemáticamente a todos aquellos cuya raza era denunciada como impura.

9. Espacio vital.- El pueblo alemán, organismo viviente, tiene necesidad de un espacio para vivir. La geopolítica es un instrumento de las pretensiones alemanas, que recogen las ambiciones del pangermanismo:

a) pangermanismo de Guillermo II: inspirado en la búsqueda de mercados y salidas para mercancías.

b) pangermanismo hitleriano: no descansa en un análisis profundo de las realidades económicas; es más político que económico, es autárquico y no expansionista: se trata de hacer entrar en el Reich a todos aquellos que deben formar parte de él, incluso si son pobres, incluso si cada uno debe sufrir por ello. El número importa más que el bienestar, y el poder más que la riqueza. Por ello la Alemania hitleriana se instala en la economía de guerra. La lógica del sistema reclama la guerra.

A modo de conclusión.- La “ideología” nazi debía estar basada en la idea de raza y en la que un pueblo fuerte tiene derecho a eliminar a los más débiles. El Estado tenía por tanto el deber de ser racista y de mantener la superioridad de la raza aria, impidiendo el mestizaje y eliminando los elementos extranjeros que podían debilitar la cohesión interna, ante todo los judíos y el socialismo marxista, pero también el catolicismo y el liberalismo. El liberalismo era condenado en el plano económico, y las potencias del dinero quedaban vigorosamente estigmatizadas, pero lo era todavía más en el plano político: el Estado debía ser antiparlamentario, antidemocrático, basado en el principio del jefe apoyado en el partido único. En el plano exterior, el deber del estado era defender la comunidad racista, y para ello restablecer el poderío de Alemania, haciendo desaparecer todas las trabas nacidas de los tratados. Pero también había de dar al pueblo alemán el espacio vital que necesitaba, volviendo a tomar los caminos del pasado germánico, la expansión hacia el este. En resumen: la destrucción de la democracia, el antisemitismo y la necesidad de la guerra, pero la palanca del partido nazi fue el nacionalismo.

¿Qué es un estado totalitario?

1. Una ideología oficial, es decir, un cuerpo oficial de doctrina que cubre todos los aspectos de la vida humana
2. Un sistema de partido único dirigido por un dictador
3. Un sistema de control policíaco
4. Concentración de todos los medios de propaganda.
5. Concentración de todos los medios militares
6. Control central y la dirección de toda la economía

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Hace cuatro décadas, el 1 de septiembre de 1969, Gaddafi y otros jóvenes oficiales del ala izquierdista del Ejército derrocaron al rey Idris I e instauraron el Consejo Supremo de la Revolución en Libia.
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El líder libio, Muamar el Gaddafi (c), hace un saludo durante un desfile por el cuarenta aniversario de la revolución libia en Trípoli (EFE)

Camellos, caballos, elefantes, globos aerostáticos, 400 artistas, el líder de los piratas somalíes y una nutrida representación de mandatarios mundiales, entre ellos alguno en busca y captura por crímenes contra la humanidad. El coronel Muammar el Gaddafi no ha reparado en gastos para festejar el 40º aniversario de la Revolución: seis días de festejos, una inversión de 40 millones de dólares, desfiles militares y exhibiciones de aviones -propios y ajenos-, una gran cena en una plataforma flotante, conciertos, exposiciones, y un espectáculo que narra, de forma abreviada, los 5.000 años de historia del país.

Hace 40 años justos, el 1 de septiembre de 1969, Gaddafi y otros jóvenes oficiales del ala izquierdista del Ejército derrocaron al rey Idris I e instauraron el Consejo Supremo de la Revolución en Libia. Desde entonces, durante este tiempo, el coronel ha jugado diversos papeles estratégicos, desde líder del terrorismo antiimperialista en los años ochenta a modelo de tirano canalla y paria internacional en los noventa, a justiciero africanista en este siglo.

En los últimos tiempos, el coronel, de 67 años, ha tratado de rehabilitar su imagen, y ataviado como una especie de payaso disfrazado de militar, o viceversa, ha vuelto al primer plano. Lo ha conseguido sobre todo gracias a la abundancia de sus materias primas (gas y petróleo) y, en buena parte, con el apoyo de Silvio Berlusconi, primer ministro italiano, quien hace un año pidió solemnemente perdón a Gaddafi por la ocupación colonial y firmó a cambio un oscuro pacto bilateral que ha logrado que Libia frene los continuos desembarcos de barcones con emigrantes a bordo.

Con la polvorienta Trípoli engalanada, el otrora apestado coronel ha abierto jaimas y palacios para presumir ante su oprimido pueblo de apoyos extranjeros. A los actos del aniversario han acudido, entre otros, el presidente venezolano, Hugo Chávez; su homólogo de la República Dominicana, Leonel Fernández, la mandataria de Filipinas, Gloria Macapagal; el líder serbio Boris Tadic, y el ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

Sin faltar amistades más peligrosas, como el corsario somalí Mohammed Abdi Hassan Hayr, Afweyne, un pescador analfabeto considerado el inventor y el presidente de la asociación de piratas que causa el terror en los mares del Cuerno de África, y que según Il Corriere ha sido recibido personalmente por Gaddafi; o como el presidente de Sudán, Omar Al Bashir, al que busca la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad en el conflicto de Darfur.

Berlusconi no participó en las ceremonias. Aunque visitó Trípoli el domingo para conmemorar el primer aniversario del pacto bilateral, regresó esa misma noche a Roma. La causa parece la reciente y polémica liberación de Abdelbaset Ali al Megrahi, el espía libio condenado por el atentado contra un avión de la Pan Am sobre la ciudad escocesa de Lockerbie en diciembre de 1988, en el que murieron 270 personas.

La justicia escocesa excarceló a Megrahi el 20 de agosto alegando razones humanitarias (sufre un cáncer de próstata terminal) tras cumplir ocho años de una condena de 27 y éste fue recibido como un héroe en su país ante la indignación (¿sincera?) de parte de la comunidad internacional.

Mientras la fiesta estallaba, las patrulleras mixtas italianas y libias vigilaban las salidas de pateras en la costa. Pero a veces fallan, y una lancha con 73 inmigrantes eritreos a bordo, todos refugiados de guerra, fue interceptada el domingo por la marina italiana tras pasar por aguas de Malta y devuelta a Libia de forma automática. Berlusconi aprobó la medida diciendo que "hace falta rigor" contra la inmigración ilegal.Desde que entró en vigor el pacto de amistad bilateral, más de mil emigrantes han sido devueltos a Libia y han visto negado su derecho a pedir asilo político.

La UE pidió el lunes a Roma explicaciones por la enésima devolución de inmigrantes. Berlusconi, que mantiene un duro pulso con Bruselas en busca de más ayuda económica, contraatacó este martes amenazando con bloquear la UE: "Si no habla el presidente de la Comisión y se callan los portavoces, dejaremos de votar en las sesiones y bloquearemos el funcionamiento de la UE", declaró.

Ambas partes han vendido el pacto como el perdón definitivo por la ocupación colonial durante el trentennio, de 1911 a 1943. Según lo que ha trascendido, Italia invertirá en Libia por valor de 5.000 millones de euros durante 25 años. Empresas italianas construirán la autopista Egipto-Túnez (1.700 kilómetros), y colaborarán en la tecnología de los trenes de alta velocidad que Gaddafi quiere poner en marcha. La petrolera italiana ENI extrae en Libia 800.000 barriles de petróleo diarios e importa 8.000 millones de metros cúbicos de metano anuales.

La visita de Berlusconi ha acabado con una polémica colorista que estuvo a punto de causar un incidente diplomático. Italia envío a sus Frecce Tricolori, la escuadrilla de aviones que suelta humo de colores, para homenajear a Gaddafi. Este pidió a Berlusconi que, en vez del tradicional humo tricolor de la bandera italiana, los aviones lanzaran fumaradas verdes en honor del Islam y de la bandera libia. Al final, Berlusconi se llevó la perra gorda Adaptado de El País).
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Exhibición en febrero de las Flechas Tricolor, división de la Fuerza Aérea italiana especializada en acrobacias (REUTERS)


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Los mitos siguen impidiendo analizar por qué Stalin pactó con Hitler y se inició hace 70 años la II Guerra Mundial. Los republicanos españoles acertaron: lo que pasó aquí fue el preludio de lo que sucedió en Europa.

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Un veterano polaco de la II Guerra Mundial presencia la ceremonia de recuerdo ante el monumento a los defensores de Westerplatte, en la ciudad polaca de Gdansk (AFP)


El 1 de septiembre de 1939 es la fecha convencional del estallido del segundo conflicto mundial cuando las tropas alemanas invadieron Polonia. Y, 48 horas más tarde, Reino Unido y Francia declararon la guerra al Tercer Reich. El mundo en que vivimos es tributario de las repercusiones de la época que entonces dio comienzo.

En términos numéricos la historiografía sobre la II Guerra Mundial ha sobrepasado la generada por uno de los conflictos que le precedieron, el español, pero todavía subsisten autores que disminuyen la relación entre una y otro. Suelen ubicarse entre quienes defienden la racionalidad de la política de apaciguamiento de los dictadores fascistas que impulsó uno de los más desastrosos políticos británicos del siglo XX, Neville Chamberlain, o entre quienes sobreenfatizan el trastocamiento de frentes que se produjo en la escena europea en comparación con la española.

La diferencia sustancial suele ligarse en el último caso al cambio de alineación de la Unión Soviética, que pasó de oponente de la expansión fascista a presunta promotora del pacto Molotov-Ribbentrop del 23 de agosto de 1939. Éste, innegablemente, permitió a Stalin mantenerse al margen de lo que no tardó en caracterizar, de forma mendaz y camelista, como guerra intra-imperialista.

Se trata de una explicación favorecida por los historiadores franquistas y neofranquistas, empeñados en presentar ayer y hoy el conflicto español como una pugna grandiosa contra el comunismo. Tal interpretación se mantuvo del principio al fin y la propagaron policías, soldados, clérigos, periodistas y académicos complacientes. Fue la pieza esencial para defender la contribución de Franco a la defensa del mundo libre durante la guerra fría. Un centinela de Occidente. El primero y más preclaro.

Es labor del historiador sustituir el mito por el dato, la construcción político-ideológica por la reconstrucción documental. En los archivos que han ido abriéndose en los últimos años surgen evidencias que permiten contrastar aquellos planteamientos.

Investigadores ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses e italianos, entre otros, han analizado la génesis del pacto Molotov-Ribbentrop. No respondió a un proyecto oculto que el Kremlin hubiese acariciado mientras los españoles se entremataban. Fue el resultado de una valoración muy fría de Stalin en tres circunstancias precisas: a) La profunda suspicacia ante el comportamiento de Chamberlain unida al desencanto por el fracaso del apoyo a la República dada la timidez de las potencias democráticas en generar una respuesta robusta a la expansión fascista. b) La renuencia de Londres y París en llegar a un acuerdo de defensa mutua, nuevo objetivo tras el mero fortalecimiento de la política de seguridad colectiva, hundida después de los acuerdos de Múnich en septiembre de 1938. c) Los intensos esfuerzos nazis de seducción del Kremlin para llegar a un acuerdo, primero en el plano económico y comercial pero desde julio de 1939 también en el plano político y de seguridad.

Dado que sus espías tenían al corriente a Stalin de las reflexiones que iban desarrollándose en Alemania para conseguir su neutralidad ante el ataque contra Polonia, en un rasgo de supremo jugador oportunista optó por aproximarse a Hitler y echar por la borda la estrategia que había seguido durante los cinco años precedentes. La mutación produjo una conmoción inmensa en los partidos comunistas nacionales. Muchos de los españoles no la soportaron. En Francia los comunistas fueron objeto de una colérica persecución, que también afectó a los exiliados republicanos.

El resultado, desde el punto de vista de los inmediatos intereses soviéticos, fue espectacular: dividida la Europa oriental en zonas de influencia respectivas a tenor de lo previsto en dos protocolos secretos (el primero anejo al pacto), los rusos invadieron Polonia y no tardaron en extender su incipiente glacis imperial también a los países bálticos, algo que estos nuevos miembros de la UE no han olvidado. Les costó sudor y lágrimas, eso sí, vencer la tenaz resistencia finlandesa. Al avanzar sus fronteras hacia el oeste, en teoría, aunque no en la práctica, la URSS hubiera debido estar en mejores condiciones para hacer frente a la máquina de guerra nazi. Stalin no las aprovechó. Dos años después la Wehrmacht lo comprobaría.

¿Y desde el punto de vista opuesto? La versión convencional afirma que fue el pacto Molotov-Ribbentrop la clave que hizo posible la agresión alemana y, por ende, el conflicto que el apaciguamiento había tratado de evitar. Sin embargo, la decisión de Hitler de atacar Polonia estaba tomada en firme. El pacto con Stalin cumplió no sólo funciones externas sino también internas. Dos fueron fundamentales: a) Tranquilizar a los sectores todavía no suficientemente nazificados. b) Asegurar el suministro ininterrumpido de materias primas, pues la hambrienta economía alemana no aguantaría sin ellas el ritmo de rearme dado el estrangulamiento exterior. Lo que dio el tono fue que Hitler temía que la ecuación estratégica terminaría tornándose en contra suya si esperaba. Contaba con que las potencias democráticas no hicieran efectiva sus garantías a Polonia, pero incluso cuando fue acumulándose la evidencia de que tal no sería el caso no se echó para atrás.

Quienes tuvieron razón fueron los republicanos españoles. Desde principios de septiembre de 1936, cuando confirmaron que de los triunfos militares de Franco eran partícipes las potencias fascistas, no se cansaron de subrayar que lo que pasaba en España era el preludio de lo que tarde o temprano terminaría ocurriendo en Europa. No era propaganda. Fue una valoración genuinamente sentida por la mayor parte de quienes conocían las realidades internacionales de la época, ya fuesen políticos, funcionarios o dirigentes de partidos. Nunca tuvieron éxito. Como señaló Orwell, los escenarios que la izquierda británica aclaraba en panfletos de tres peniques no penetraron en la conciencia de los decisores últimos de las potencias democráticas y, en particular, de Chamberlain y su guardia pretoriana. Las voces discrepantes, que hubo y muchas, tampoco lograron nada. Ni las dimisiones, a veces sonadas.

El caso francés fue igualmente emblemático. Hace ya años que Duroselle acuñó el concepto de "decadencia" para caracterizar su política exterior y de seguridad. El temor ante y la fascinación por el fascismo corroyeron la capacidad de decisión autónoma, debidamente trabajada por los británicos. Uno de los más nefastos políticos de la época, Georges Bonnet, ilustra hasta qué punto vivir en dependencia se había convertido en el destino de Francia.

Sólo los republicanos, abandonados a su suerte, hicieron ver que la contención del fascismo no era del todo imposible. Cinco meses después de que la época de sangre y fuego individualizada llegara a la inevitable conclusión a que la condujo en España la no intervención, para empezar otra más solapada bajo la Victoria, tocó el turno a franceses y británicos. Sus estrategias fueron un fracaso total. No se doma a un tigre hambriento por el mero hecho de echarle carnaza.

Nada de lo que los historiadores han ido desentrañando ha impedido que continúe la manipulación del pasado. Las conveniencias del presente se imponen en el mundo político e ideológico cuando no mediático. El pacto Molotov-Ribbentrop es un ejemplo. La Guerra Civil española otro. Hay que penetrar en lo que hubo detrás de los hechos y derribar los mitos.

Un historiador británico, Adam Tooze, se ha "cargado" algunos de los relacionados con el Tercer Reich y su conducción de la guerra. No es otro el destino que aguarda a las interpretaciones neo-franquistas sobre el conflicto español. En el plano científico está en juego cómo en el futuro deberá presentarse una historia que sigue manipulándose. En el plano ético el antecedente de los valores democráticos, entonces ahogados con sangre y fuego. Y en el ámbito metapolítico la determinación de cuál sea la experiencia colectiva con que cabe entroncar los orígenes de nuestra democracia. No fue la franquista (por Ángel Viñas, historiador, para El País de España).

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VLADIMIR PUTIN CONDENA EL HISTÓRICO PACTO MOLOTOV-RIBBENTROP: EN MOSCÚ NO CREEN QUE RUSIA TENGA QUE RESPONDER POR LOS PECADOS DE STALIN. EL PACTO DETERMINÓ LA SUERTE DE LETONES, ESTONIOS, BIELORRUSOS, UCRANIANOS Y MOLDAVOS.

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Stalin (segundo por la derecha) sonrie mientras Molotov (sentado) firma el pacto de no agresión con el ministro de exteriores del Reich, Von Ribbentrop (tercero por la derecha), el de agosto de 1939 /Ap


Moldear la historia según intereses políticos no es un buen método para mantener buenas relaciones diplomáticas. Sobre todo si esa historia abre viejas y sangrientas heridas. El primer ministro de Rusia, Vladimir Putin, al contrario de lo que esperaban los sectores más nacionalistas rusos y polacos, optó por una posición de encuentro antes de viajar a Gdansk para los actos del 70 aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

En un artículo publicado en el periódico polaco Gazeta Wiborcza, Putin condena como "inmoral" el pacto Molotov-Ribbentrop, y examina otros hitos del siglo XX cuya interpretación enturbia las relaciones con Varsovia. "Cualquier forma de acuerdo con el régimen nazi era inaceptable desde un punto de vista moral", subraya. Putin descalifica así el pacto de no agresión que firmaron Alemania y la URSS el 23 de agosto de 1939. El pacto incluía un protocolo secreto contrario a la ley internacional porque dividía el norte y el este de Europa en zonas de influencia. Putin también se refiere a la matanza de 1940 en el bosque de Katyn, donde el Ejército Rojo masacró a miles de oficiales polacos. "Los rusos cuyas vidas fueron rotas por un régimen totalitario entienden lo que los polacos sienten sobre Katyn". La firma del pacto Molotov-Ribbentrop una semana antes de que comenzasen los bombardeos contra Polonia que dieron comienzo a la guerra, ha servido en algunas publicaciones de Polonia y otros países del antiguo bloque del Este para culpar a la URSS de Stalin por el comienzo de la II Guerra Mundial.

Un mes después de que los ministros de Exteriores, Viacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop, estamparan sus firmas, las tropas soviéticas invadían el este de Polonia. El pacto, de hecho, determinó la suerte de letones, estonios, lituanos, ucranianos del oeste, bielorrusos y moldavos, que fueron incorporados a la URSS. La historiografía rusa actual y la clase política oficial, por su parte, rechazan las reclamaciones que algunos países del este hacen a Moscú, al no considerarse herederos de los errores del pasado.

Lituania, por ejemplo, ha pedido compensaciones económicas por la ocupación soviética. Y Ucrania exige que se reconozca como crimen contra la humanidad la hambruna organizada por el régimen soviético en el sur del país. Vladimir Rizhkov, político opositor al Kremlin, doctor en historia, asegura que es indiscutible que el único iniciador de la Segunda Guerra Mundial fue Hitler. Pero critica la propaganda estatal. "Defender las actuaciones de Stalin está desacreditando a Rusia". Los historiadores rusos citan varios hechos conocidos para negar que el pacto Molotov-Ribbentrop fuera el pistoletazo de salida de la guerra, como se asegura en sectores rusófobos de Polonia. El primero es que Hitler ya tenía decidida la invasión en la primavera de 1939.

Recuerdan el Pacto de Munich de 1938, en el que las potencias europeas liquidaron Checoslovaquia y en el que participó Polonia. "Los principales poderes europeos observaban negativamente al régimen nazi; el Pacto de Munich destruye ese consenso", explica Alexander Chubarian, director del Instituto de Historia de la Academia de Ciencias. Las potencias occidentales fueron pasivas ante las invasiones alemana y soviética en el Báltico. La condena de Putin en su Carta a los polacos es una mano tendida al Gobierno de Donald Tusk para "pasar la página y comenzar a escribir una nueva", como propone. Pero históricamente no tiene relevancia, porque Moscú ya había condenado antes estos hechos. La primera vez, en 1989, todavía en tiempos de la URSS, cuando el Congreso de los Diputados del Pueblo denunció el pacto por haberse firmado de espalda a los ciudadanos soviéticos (lavanguardia.es).


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Tropas alemanas invaden Polonia (1/09/1945)

Hoy se cumplen 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando las tropas alemanas ingresaban al territorio polaco. Son muchos los temas que se podrían abordar respecto al porqué del estallido de aquel conflicto. Hoy comentaremos algunos.

Los tratados de Versalles (1919).- Difícilmente acordados, en realidad, plantearon tantos problemas como los que resolvían, reemplazando problemas antiguos por nuevos, cuando no acumulaban los unos sobre los otros. Uno fue el tema de las reparaciones. ¿Qué era lo que Alemania debía “reparar”? ¿Debían tenerse en cuenta sus posibilidades de pago? Se había partido del principio de que Alemania debería pagar todo lo que había costado la guerra, pero esto habría alcanzado sumas inauditas. No obstante, la fijación del monto de las reparaciones, y luego las tentativas de hacer pagar a Alemania, debían ser un punto muy polémico de las relaciones internacionales durante más de 10 años.

La Sociedad o Liga de las Naciones.- Contrariamente a las esperanzas del presidente norteamericano Woodrow Wilson, esta organización apenas pudo cumplir con su papel de gestor de la paz. Sin la participación de los Estados Unidos (por una negativa del Senado norteamericano), de la Unión Soviética (que no fue invitada) y de los países vencidos, la Sociedad fue un club muy limitado de algunos países vencedores, sin mucha autoridad moral. En resumen, la “paz sin victoria”, anhelada por Wilson, psicológicamente era imposible. Los antiguos combatientes odiaban la guerra, pero no hasta el punto de aceptar, los unos, las consecuencias de la derrota, y, los otros, que sus sacrificios no se tuvieran en cuenta.

El pacto de Locarno (Suiza, 1925).- Fue un momento central de las relaciones luego de la guerra. Promovido por el ministro de asuntos exteriores de Francia (Aristide Briand) y por la canciller alemán (Gustave Stresemann), marcó la aceptación alemana de las fronteras occidentales que le habían sido “impuestas” por el Tratado de Versalles (renuncia de Alsacia y Lorena, por ejemplo). En la práctica, esto no cambiaba nada, pero “Locarno” aparecía como el símbolo de la reconciliación franco-alemana y el establecimiento de una paz en el Viejo Continente.

La política internacional tras la llegada de Hitler al poder.- La presencia de Hitler produjo un cambio de la concepción de la política exterior alemana: el paso de un revisionismo callado a uno claramente afirmado. Quería el rearme de Alemania cuanto antes, so pretexto de las diferencias de interpretación sobre el principio de igualdad de los derechos. ¿Cuál fue la actitud de los demás Estados ante la política de Hitler?

a. La política británica fue bastante simple. Algunas reivindicaciones alemanas, como la remilitarización de Renania (vecina de Francia) o la unión con Austria, no le parecían irracionales a los ingleses (aunque estuvieran en contradicción con los tratados). Hasta 1939, Inglaterra mantuvo la convicción de que no oponiéndose a las pretensiones alemanas contribuiría a desarmar y suavizar a Hitler. Esa fue la política de “aplacamiento” proseguida por los primeros ministros de Londres.

b. La política francesa fue más compleja. Desde la llegada de Hitler al poder, algunos políticos franceses estuvieron convencidos de que, frente al renacimiento del peligro alemán, ya no era viable la política de seguridad colectiva (como la que se planteó en Locarno). Desde 1934, Francia se dedicó a restablecer la alianza del “reverso” mediante un acercamiento con la Unión Soviética. En 1935 se firmó una alianza con Moscú pero carente de convenios militares, lo que le quitaba cualquier significado. A partir de ese momento, la política exterior de París no fue más que una serie de renuncias ante las exigencias alemanas. Realmente fue una política de “decadencia”, fruto del pánico de Francia al no contar con el respaldo inglés, lo que le hace ir a remolque de Inglaterra.

En síntesis, como vemos, las políticas inglesa y francesa están cerca, pero en un caso fue asumida a sabiendas (Londres) y en el otro fue la expresión de una debilidad justificada por una opinión pública esencialmente pacifista (Francia).

Quedaba la Unión Soviética, cuya actitud osciló entre dos polos: su hostilidad hacia el nazismo (abiertamente antibolchevique) y hacia el Tratado de Versalles (del que había sido una de sus víctimas). En un primer momento, privilegió el tema “antifascista" y se comprometió fuertemente al lado de los republicanos en la guerra civil española (1936-39). Pero luego se decepcionó por el comportamiento de las democracias europeas en España y se separó de la Conferencia de Munich, convencida de la debilidad de estas dmocracias y de la fuerza de Hitler. Es así que, a partir de 1939, se acerca a Alemania.

Polonia, a su vez, en 1934, temerosa de la URSS, firmó un pacto de no agresión con Alemania, valedero por 6 años. Pero el anexionismo alemán, fijó sus ojos en el corredor de Danzig. Polonia se mantuvo firme, manteniendo su voluntad de ir a la guerra en el caso de una agresión alemana. El 31 de marzo de 1939, Chamberlain anunciaba que Inglaterra estaba dispuesta de acudir en ayuda a Polonia.

Finalmente, la firma del pacto germano-soviético (23 de agosto de 1939), cuyo objetivo era (aparte de una "no agresión") el reparto de Europa oriental entre ambos, permitió a Hitler invadir Polonia el 1 de septiembre. Para hacer frente a sus compromisos con Polonia, Inglaterra y Francia entraron en guerra para gran sorpresa de Hitler. Lo que, según su pensamiento, no debía ser más que una etapa suplementaria de la progresión germana en Europa se convertía así en el primer acto de una nueva guerra europea que, en menos de dos años, se transformaba en una contienda mundial.