Archivo de febrero 2009
28/02/09: La peste bubónica en Lima, 1903 (2)
Las respuestas de la población.- La peste llegó en una época cuando no era común que la medicina afectase la vida cotidiana de las personas. Además, como no hubo uniformidad respecto al origen y contagio de la enfermedad, esto se tradujo en una diversidad de tratamientos, jabones y remedios producidos por farmacéuticos y charlatanes que eran vendidos como la salvación de la peste. Entre los más notables estuvieron el “Jabón Fénico”, que aludía al nombre de un ácido; “Tanglefoot”, que destruía a las moscas; “Fernet Branca”, un licor que se tomaba como aperitivo antes de la comida; y la “Legía Anti-bubónica” que, además de desinfectar, refrescaba el cutis, dejaba limpios los pisos de las habitaciones y mataba todo tipo de insectos (ver edición de El Comercio, 27 y 28 de mayo de 1903). La frecuente propaganda de estos “remedios” en los periódicos sugiere que fueron aceptados por parte de la población. Por último, la medicina doméstica y tradicional tenía sus propias explicaciones. Muchos consideraban a la peste como un ser maligno que no había que ofender ni obstaculizar.
Por su lado, los sueros y las vacunas promovidos por la Junta fueron objetos de polémicas. Se acusaba a los miembros de la Junta de sacar provecho de la situación porque eran caros e importados de Francia, y eran vendidos en la botica de uno de los inspectores de la Municipalidad. Otra razón que explica la resistencia a la vacuna fue la rudeza con que se trató a los enfermos. La búsqueda de casos escondidos por los familiares y el aislamiento forzoso, infringieron el límite entre lo público y lo privado. Las autoridades usurpaban algo tradicionalmente reservado para las familias: el cuidado de los enfermos. Este resentimiento se reflejó en un artículo de Manuel Gonzáles Prada: Nada más sagrado que el dormitorio; pero ni a él se le respeta. Al sólo indicio de infección pestosa, los agentes del Municipio asaltan un cuarto de dormir… examinan al dueño, para saber si en alguna de sus glándulas quieren asomar los infartos de la bubónica.
Otra resistencia fue a la incineración. Un caso emblemático fue el del Molino Milne, el foco de la epidemia. La noticia de la construcción de una zanja a su alrededor para preparar la incineración levantó la protesta de los accionistas ingleses del Molino y del cónsul inglés. Las protestas se extendieron a Chile, de donde venía buena parte del trigo y la harina de los molinos de Lima y Callao. Para impedir al medida, los interesados negaron la existencia de al peste y dijeron que los trabajadores del Molina habían muerto por intoxicación. A pesar de que la Junta ofreció pagar el justiprecio del local, la oposición creció. Los comerciantes temían la interrupción del comercio del trigo y perder el Molino, al que le habían hecho importantes mejoras. Finalmente, las presiones de los propietarios se impusieron y con el convincente argumento de que no tenía sentido incendiar un local cuando ya se había extendido al epidemia, impidieron que la medida se aplicara.
Las reacciones más comunes para resistir la intervención médica fueron individualñes y familiares como:
1. La negación de la enfermedad (ocultar a los enfermos)
2. La huida de los lugares afectados
3. La fuga de los lazaretos
4. Pequeñas revueltas
Otra imagen que alimentó el temor popular fue la de los lazaretos. El Lazareto de Guía se levantó en una pampa árida que existía en la entrada norte de Lima (a la altura de lo que es hoy San Martín de Porres). Construido de madera, estaba rodeado de vallas de alambres y de calaminas con varias cerraduras en las rejas y penetrado por una atmósfera de ácido fénico. Los médicos del Lazareto vestidos con camisa oscura de cuello alto, botas y gorro de hule, transmitían una imagen de autoridad y asepsia. El Lazareto contaba con dos pabellones para varones y dos para mujeres. Los enfermos debían tomar un purgante y mantener una rígida dieta de leche y agua de grama (una planta medicinal) y llegaban a la convalescencia muy débiles. Por ello, recuperarse de la peste era para muchos una antesala para caer víctima de otros males, como al tuberculosis que se ensañan con cuerpos debilitados. El temor popular al lazareto se incrementó por la mortandad entre sus “pacientes” que, entre 1903 y 1905, llegó al 52%.
Peste y racismo.- Como la mayoría de enfermos provenían de barrios pobres, la peste se convirtió en un mal considerado típico de la clase baja. Los enfermos eran albañiles, jornaleros, penes, lavanderas, domésticas, carniceros y otros vendedores de alimentos. Del total de casos, 252 fueron hombres y 134 mujeres. De las 386 que se atendieron en el lazareto de guía, 186 eran de raza india y 65 mestizos, es decir, un 65% del total. En realidad, ello no indica algún tipo de susceptibilidad racial sino que revela la relación entre bajos ingresos y escaso acceso a servicios médicos.
Los mismos nombres con que se denominaba a los pacientes (“pestosos” o “apestados”), aumentaron la connotación negativa y el estigma hacia al suciedad, la inmundicia y al enfermedad. Por ello, la negación de la peste fue una manera de diferenciarse de los grupos inferiores. Los médicos se lamentaban que en las familias pudientes ocultaban el mal, antes que admitir que habían caído víctimas de al peste. Los doctores del lazareto se quejaron de que a pesar de que existían pabellones especiales que podían recibir a personas de recursos, éstas preferían atenderse en sus domicilios y la mayoría de enfermos pagantes eran inmigrantes italianos y japoneses.
También se creyó que el origen de la peste se debía a los chinos. En el Callao, por ejemplo, a pesar de que el primer enfermo fue pedro Figueroa, sea tribuyó el inicio de la epidemia la cocinero chino Manuel Hubi, que en realidad fue la sexta víctima entre los trabajadores del Molino Milne. Fueron las condiciones miserables en que vivían los chinos lo que contribuyó a la asociación de raza y enfermedad. Uno de los callejones más célebres fue el de Otaiza, en el centro de Lima; sus habitantes eran en su mayoría chinos y el callejón fue quemado públicamente (hay fotos). La identificación entre chinos y peste provocó una serie de leyes y debates sobre la inmigración asiática. Cuando en octubre de 1904 llegó al Callao un grupo de trabajadores chinos se produjo una gran alarma porque se creyó que traían enfermedades. Un senador, incluso, quiso prohibir la inmigración de asiáticos al Perú. Una medida más extrema se tomó en 1905: se exigió “pasaporte sanitario” a los inmigrantes asiáticos.
Por su lado, los sueros y las vacunas promovidos por la Junta fueron objetos de polémicas. Se acusaba a los miembros de la Junta de sacar provecho de la situación porque eran caros e importados de Francia, y eran vendidos en la botica de uno de los inspectores de la Municipalidad. Otra razón que explica la resistencia a la vacuna fue la rudeza con que se trató a los enfermos. La búsqueda de casos escondidos por los familiares y el aislamiento forzoso, infringieron el límite entre lo público y lo privado. Las autoridades usurpaban algo tradicionalmente reservado para las familias: el cuidado de los enfermos. Este resentimiento se reflejó en un artículo de Manuel Gonzáles Prada: Nada más sagrado que el dormitorio; pero ni a él se le respeta. Al sólo indicio de infección pestosa, los agentes del Municipio asaltan un cuarto de dormir… examinan al dueño, para saber si en alguna de sus glándulas quieren asomar los infartos de la bubónica.
Otra resistencia fue a la incineración. Un caso emblemático fue el del Molino Milne, el foco de la epidemia. La noticia de la construcción de una zanja a su alrededor para preparar la incineración levantó la protesta de los accionistas ingleses del Molino y del cónsul inglés. Las protestas se extendieron a Chile, de donde venía buena parte del trigo y la harina de los molinos de Lima y Callao. Para impedir al medida, los interesados negaron la existencia de al peste y dijeron que los trabajadores del Molina habían muerto por intoxicación. A pesar de que la Junta ofreció pagar el justiprecio del local, la oposición creció. Los comerciantes temían la interrupción del comercio del trigo y perder el Molino, al que le habían hecho importantes mejoras. Finalmente, las presiones de los propietarios se impusieron y con el convincente argumento de que no tenía sentido incendiar un local cuando ya se había extendido al epidemia, impidieron que la medida se aplicara.
Las reacciones más comunes para resistir la intervención médica fueron individualñes y familiares como:
1. La negación de la enfermedad (ocultar a los enfermos)
2. La huida de los lugares afectados
3. La fuga de los lazaretos
4. Pequeñas revueltas
Otra imagen que alimentó el temor popular fue la de los lazaretos. El Lazareto de Guía se levantó en una pampa árida que existía en la entrada norte de Lima (a la altura de lo que es hoy San Martín de Porres). Construido de madera, estaba rodeado de vallas de alambres y de calaminas con varias cerraduras en las rejas y penetrado por una atmósfera de ácido fénico. Los médicos del Lazareto vestidos con camisa oscura de cuello alto, botas y gorro de hule, transmitían una imagen de autoridad y asepsia. El Lazareto contaba con dos pabellones para varones y dos para mujeres. Los enfermos debían tomar un purgante y mantener una rígida dieta de leche y agua de grama (una planta medicinal) y llegaban a la convalescencia muy débiles. Por ello, recuperarse de la peste era para muchos una antesala para caer víctima de otros males, como al tuberculosis que se ensañan con cuerpos debilitados. El temor popular al lazareto se incrementó por la mortandad entre sus “pacientes” que, entre 1903 y 1905, llegó al 52%.
Peste y racismo.- Como la mayoría de enfermos provenían de barrios pobres, la peste se convirtió en un mal considerado típico de la clase baja. Los enfermos eran albañiles, jornaleros, penes, lavanderas, domésticas, carniceros y otros vendedores de alimentos. Del total de casos, 252 fueron hombres y 134 mujeres. De las 386 que se atendieron en el lazareto de guía, 186 eran de raza india y 65 mestizos, es decir, un 65% del total. En realidad, ello no indica algún tipo de susceptibilidad racial sino que revela la relación entre bajos ingresos y escaso acceso a servicios médicos.
Los mismos nombres con que se denominaba a los pacientes (“pestosos” o “apestados”), aumentaron la connotación negativa y el estigma hacia al suciedad, la inmundicia y al enfermedad. Por ello, la negación de la peste fue una manera de diferenciarse de los grupos inferiores. Los médicos se lamentaban que en las familias pudientes ocultaban el mal, antes que admitir que habían caído víctimas de al peste. Los doctores del lazareto se quejaron de que a pesar de que existían pabellones especiales que podían recibir a personas de recursos, éstas preferían atenderse en sus domicilios y la mayoría de enfermos pagantes eran inmigrantes italianos y japoneses.
También se creyó que el origen de la peste se debía a los chinos. En el Callao, por ejemplo, a pesar de que el primer enfermo fue pedro Figueroa, sea tribuyó el inicio de la epidemia la cocinero chino Manuel Hubi, que en realidad fue la sexta víctima entre los trabajadores del Molino Milne. Fueron las condiciones miserables en que vivían los chinos lo que contribuyó a la asociación de raza y enfermedad. Uno de los callejones más célebres fue el de Otaiza, en el centro de Lima; sus habitantes eran en su mayoría chinos y el callejón fue quemado públicamente (hay fotos). La identificación entre chinos y peste provocó una serie de leyes y debates sobre la inmigración asiática. Cuando en octubre de 1904 llegó al Callao un grupo de trabajadores chinos se produjo una gran alarma porque se creyó que traían enfermedades. Un senador, incluso, quiso prohibir la inmigración de asiáticos al Perú. Una medida más extrema se tomó en 1905: se exigió “pasaporte sanitario” a los inmigrantes asiáticos.
27/02/09: La peste bubónica en Lima, 1903 (1)
Tomamos la información del excelente trabajo del historiador Marcos Cueto (El regreso de las epidemias salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Lima: IEP, 1997) para reseñar el miedo que embargó a nuestra ciudad a principios del siglo XX cuando una epidemia de "peste negra" causó estragos en la población de aquellos años.
Puerto del Callao, 1 de mayo de 1903.- Cuando la señora Figueroa vestía el cuerpo de su hijo Pedro para el entierro, palpó una extraña hinchazón en el cuello del cadáver. Nadie le dio importancia al descubrimiento hasta días después cuando 10 de los 60 trabajadores del Molino donde trabajaba Pedro Figueroa enfermaron gravemente de un mal desconocido que les secaba la lengua, les hinchaba los ojos, los bañaba en fiebre y les producía bubones del tamaño del huevo de una paloma en el cuello, la ingle y las axilas. Quizás algunos pensaron que había una relación entre su sufrimiento, la muerte de Pedro y el hedor de las decenas de ratas muertas en el Molino.
El regreso de las epidemias.- Esa fue la primera noticia de la llegada de la terrible peste bubónica. Se trataba de una enfermedad transmitida por la picadura de las pulgas de las ratas infectadas con el parásito yersinia pestis. Entre 1903 y 1905 la peste se extendió hasta Lima y los principales puertos del país.
El origen de esta peste fue atribuido a la embarcación “Serapis” proveniente de Bangok, el foco de la pandemia de peste negra que se extendió por el mundo desde 1894. La peste acodó en el Callao a fines de diciembre de 1902 con más de 10 mil sacos de arroz para el Molino Milne provenientes del sudeste asiático; entre esos sacos también viajaban cientos de ratas infectadas. El crecimiento del número de viajes, pasajeros, mercancías y de ratas entre los puertos peruanos, puso en contacto a poblaciones sanas con enfermas.
No habíamos aprendido mucho.- A principios del siglo XX, Lima y otras ciudades de la costa estaban idealmente ambientadas para cobijar ratas, pericotes y otros roedores. Estos podían difundirse rápidamente por el hacinamiento de la población, la tugurización de las viviendas, la precariedad de las construcciones, la acumulación de basuras y la persistencia de conductas antihigiénicas.
Estas costumbres incluían el miccionar y defecar en la vía pública y el arrojar cualquier desperdicio confiando en el apetito de gallinazos, perros, burros y otros animales que deambulaban por la calle. Una solución parcial a este problema fue el traslado de basuras en carretas a los muladares. Hacia 1903, los limeños producían diariamente 60 toneladas de basura que eran llevadas a los muladares ubicados en las márgenes del río Rímac. Cerdos (y gallinazos) se alimentaban de estos desperdicios, y cerca del muladar de Monserrat había un matadero.
A la ausencia de un sistema eficiente de baja policía se sumaba la pésima condición del sistema de desagües. A pesar de los esfuerzos del siglo XIX por construir tuberías de desagüe subterráneas, la mayoría de las calles de Lima tenía acequias abiertas. Por su lado, las viviendas tenían silos poco profundos y eran magníficos criaderos de ratas. La mayoría de las casas tenían paredes huecas, cavidades amplias entre el entablado y las habitaciones y el suelo, adobes en la planta baja y telares de quincha en la planta alta, es decir, condiciones propicias para el refugio de las ratas. Ni siquiera las mejores casas de Lima eran de concreto (lo que hubiera frenado el ingreso de ratas).
La tugurización era alarmante. Los cuartos amplios y techos altos de las viejas casonas estaban separados con maderas para formar varios pisos de pequeñas habitaciones. El objetivo de estas subdivisiones era obtener el mayor número de inquilinos en las llamadas “casas de vecindad”. También se produjo otra forma de hacinamiento: los callejones. En ellos se aglomeraban las familias, la suciedad y las ratas. Por ello, no es extraño encontrar el siguiente testimonio en El Comercio: Enormes ratas casi domesticadas viven allí en amable intimidad con los chicos del vecindario.
Finalmente, a estas condiciones que facilitaban la multiplicación de roedores, se sumó el crecimiento del comercio internacional a comienzos del siglo XX que acentuó el contacto de los puertos peruanos con embarcaciones que provenían de regiones donde la peste era endémica.
El pánico y la campaña en Lima.- A fines de 1903, toda muerte súbita era atribuida a la peste; a pesar de que era desconocida en el país, muchos la relacionaron con las historias apocalípticas de la peste en al Europa medieval. Según una editorial de El Comercio (septiembre 14, 1903): no se trata simplemente de salvar vidas sino de salvar nuestros intereses económicos y fiscales.
Un gran obstáculo para combatir la peste fue la inexistencia de un aparato sanitario eficiente. La Municipalidad, que estaba encargada de la higiene urbana y de la baja policía en calles, mercados, mataderos y edificios, y la Sociedad de Beneficencia, que controlaba hospitales y hospicios, fueron rebasadas. Este vacío fue cubierto por 3 instituciones nuevas: el Instituto Municipal de Higiene, la Dirección de Salubridad Pública y la Junta Directiva de la Campaña contra la Peste Bubónica de la Provincia de Lima. De estas, fue la Junta la que alcanzó mayor notoriedad durante la epidemia.
Su presidente y tesorero fue el destacado médico italiano Juan B. Agnoli. Formado en la Facultad de Medicina de Bologna, llegó a Lima en 1887 y se convirtió en uno de los médicos más importantes del Hospital Italiano. Gracias a su talento, dedicación, formación europea y lazos con la elite limeña (se casó con una dama de la alta sociedad), Agnoli pudo alcanzar en pocos años lo que muchos profesionales siempre esperan: admiración por parte de sus colegas y numerosa clientela. Ese prestigio le permitió imponer con rigor medidas severas. Estaba convencido que se podía controlar la enfermedad en corto tiempo si se le daban los fondos suficientes y poderes ejecutivos.
La Junta y Agnoli emplearon a 100 peones encargados de:
1. La visita a los domicilios
2. La caza de roedores
3. El traslado de de los enfermos al Lazareto
4. Entierro de los muertos
Agnoli también dirigía albañiles encargados de tapar las bocas de las madrigueras de las ratas, echar alquitrán a los zócalos, destruir los tabiques y cielos rasos por donde podían entrar los roedores y eventualmente destruir las edificaciones. También bajo su autoridad había una policía de salubridad encargada de vencer la resistencia de la población.
El procedimiento que habitualmente se seguía cuando era detectado un caso de peste consistía en llevar al enfermo al Lazareto, aislar a los parientes y fumigar con azufre la vivienda. En casos extremos se destruía (quemaba) la casa del enfermo. El traslado al Lazareto se hacía en carros de zinc; las camillas en las que eran trasportados los enfermos eran incineradas y los que fallecían eran enterrados rápidamente en lugares apartados del cementerio.
Durante la campaña, Agnoli estableció estrictas medidas como:
1. La prohibición que en las casas se ferien aves domésticas, perros, cuyes, conejos y gatos, por el temor que estos difundiesen la enfermedad
2. La clausura temporal de colegios, templos, circos y lugares donde existiera aglomeración de personas.
3. Para ganar la colaboración de la población, ser estableció premios. La Municipalidad compró en 5 soles cada rata muerta y pagaba una cantidad parecida por la denuncia de un enfermo de peste. La medida no duró mucho porque se denunciaron pocos casos y porque indujo a personas de pocos recursos y menos escrúpulos a organizar criaderos de ratas para venderlos a la Junta.
Puerto del Callao, 1 de mayo de 1903.- Cuando la señora Figueroa vestía el cuerpo de su hijo Pedro para el entierro, palpó una extraña hinchazón en el cuello del cadáver. Nadie le dio importancia al descubrimiento hasta días después cuando 10 de los 60 trabajadores del Molino donde trabajaba Pedro Figueroa enfermaron gravemente de un mal desconocido que les secaba la lengua, les hinchaba los ojos, los bañaba en fiebre y les producía bubones del tamaño del huevo de una paloma en el cuello, la ingle y las axilas. Quizás algunos pensaron que había una relación entre su sufrimiento, la muerte de Pedro y el hedor de las decenas de ratas muertas en el Molino.
El regreso de las epidemias.- Esa fue la primera noticia de la llegada de la terrible peste bubónica. Se trataba de una enfermedad transmitida por la picadura de las pulgas de las ratas infectadas con el parásito yersinia pestis. Entre 1903 y 1905 la peste se extendió hasta Lima y los principales puertos del país.
El origen de esta peste fue atribuido a la embarcación “Serapis” proveniente de Bangok, el foco de la pandemia de peste negra que se extendió por el mundo desde 1894. La peste acodó en el Callao a fines de diciembre de 1902 con más de 10 mil sacos de arroz para el Molino Milne provenientes del sudeste asiático; entre esos sacos también viajaban cientos de ratas infectadas. El crecimiento del número de viajes, pasajeros, mercancías y de ratas entre los puertos peruanos, puso en contacto a poblaciones sanas con enfermas.
No habíamos aprendido mucho.- A principios del siglo XX, Lima y otras ciudades de la costa estaban idealmente ambientadas para cobijar ratas, pericotes y otros roedores. Estos podían difundirse rápidamente por el hacinamiento de la población, la tugurización de las viviendas, la precariedad de las construcciones, la acumulación de basuras y la persistencia de conductas antihigiénicas.
Estas costumbres incluían el miccionar y defecar en la vía pública y el arrojar cualquier desperdicio confiando en el apetito de gallinazos, perros, burros y otros animales que deambulaban por la calle. Una solución parcial a este problema fue el traslado de basuras en carretas a los muladares. Hacia 1903, los limeños producían diariamente 60 toneladas de basura que eran llevadas a los muladares ubicados en las márgenes del río Rímac. Cerdos (y gallinazos) se alimentaban de estos desperdicios, y cerca del muladar de Monserrat había un matadero.
A la ausencia de un sistema eficiente de baja policía se sumaba la pésima condición del sistema de desagües. A pesar de los esfuerzos del siglo XIX por construir tuberías de desagüe subterráneas, la mayoría de las calles de Lima tenía acequias abiertas. Por su lado, las viviendas tenían silos poco profundos y eran magníficos criaderos de ratas. La mayoría de las casas tenían paredes huecas, cavidades amplias entre el entablado y las habitaciones y el suelo, adobes en la planta baja y telares de quincha en la planta alta, es decir, condiciones propicias para el refugio de las ratas. Ni siquiera las mejores casas de Lima eran de concreto (lo que hubiera frenado el ingreso de ratas).
La tugurización era alarmante. Los cuartos amplios y techos altos de las viejas casonas estaban separados con maderas para formar varios pisos de pequeñas habitaciones. El objetivo de estas subdivisiones era obtener el mayor número de inquilinos en las llamadas “casas de vecindad”. También se produjo otra forma de hacinamiento: los callejones. En ellos se aglomeraban las familias, la suciedad y las ratas. Por ello, no es extraño encontrar el siguiente testimonio en El Comercio: Enormes ratas casi domesticadas viven allí en amable intimidad con los chicos del vecindario.
Finalmente, a estas condiciones que facilitaban la multiplicación de roedores, se sumó el crecimiento del comercio internacional a comienzos del siglo XX que acentuó el contacto de los puertos peruanos con embarcaciones que provenían de regiones donde la peste era endémica.
El pánico y la campaña en Lima.- A fines de 1903, toda muerte súbita era atribuida a la peste; a pesar de que era desconocida en el país, muchos la relacionaron con las historias apocalípticas de la peste en al Europa medieval. Según una editorial de El Comercio (septiembre 14, 1903): no se trata simplemente de salvar vidas sino de salvar nuestros intereses económicos y fiscales.
Un gran obstáculo para combatir la peste fue la inexistencia de un aparato sanitario eficiente. La Municipalidad, que estaba encargada de la higiene urbana y de la baja policía en calles, mercados, mataderos y edificios, y la Sociedad de Beneficencia, que controlaba hospitales y hospicios, fueron rebasadas. Este vacío fue cubierto por 3 instituciones nuevas: el Instituto Municipal de Higiene, la Dirección de Salubridad Pública y la Junta Directiva de la Campaña contra la Peste Bubónica de la Provincia de Lima. De estas, fue la Junta la que alcanzó mayor notoriedad durante la epidemia.
Su presidente y tesorero fue el destacado médico italiano Juan B. Agnoli. Formado en la Facultad de Medicina de Bologna, llegó a Lima en 1887 y se convirtió en uno de los médicos más importantes del Hospital Italiano. Gracias a su talento, dedicación, formación europea y lazos con la elite limeña (se casó con una dama de la alta sociedad), Agnoli pudo alcanzar en pocos años lo que muchos profesionales siempre esperan: admiración por parte de sus colegas y numerosa clientela. Ese prestigio le permitió imponer con rigor medidas severas. Estaba convencido que se podía controlar la enfermedad en corto tiempo si se le daban los fondos suficientes y poderes ejecutivos.
La Junta y Agnoli emplearon a 100 peones encargados de:
1. La visita a los domicilios
2. La caza de roedores
3. El traslado de de los enfermos al Lazareto
4. Entierro de los muertos
Agnoli también dirigía albañiles encargados de tapar las bocas de las madrigueras de las ratas, echar alquitrán a los zócalos, destruir los tabiques y cielos rasos por donde podían entrar los roedores y eventualmente destruir las edificaciones. También bajo su autoridad había una policía de salubridad encargada de vencer la resistencia de la población.
El procedimiento que habitualmente se seguía cuando era detectado un caso de peste consistía en llevar al enfermo al Lazareto, aislar a los parientes y fumigar con azufre la vivienda. En casos extremos se destruía (quemaba) la casa del enfermo. El traslado al Lazareto se hacía en carros de zinc; las camillas en las que eran trasportados los enfermos eran incineradas y los que fallecían eran enterrados rápidamente en lugares apartados del cementerio.
Durante la campaña, Agnoli estableció estrictas medidas como:
1. La prohibición que en las casas se ferien aves domésticas, perros, cuyes, conejos y gatos, por el temor que estos difundiesen la enfermedad
2. La clausura temporal de colegios, templos, circos y lugares donde existiera aglomeración de personas.
3. Para ganar la colaboración de la población, ser estableció premios. La Municipalidad compró en 5 soles cada rata muerta y pagaba una cantidad parecida por la denuncia de un enfermo de peste. La medida no duró mucho porque se denunciaron pocos casos y porque indujo a personas de pocos recursos y menos escrúpulos a organizar criaderos de ratas para venderlos a la Junta.
Aquí presentamos una propuesta bibliográfica para abordar históricamente el tema de las enfermedades y epidemias en Lima y el Perú:
ALLISON, Marvin J; GERSZTEN, Enrique; MUNIZAGA, Juan; SANTORO, Calogero; MENDOZA, Daniel. “Tuberculosis in Pre-Columbian Andean populations”. In: BUIKSTRA, Jane (ed.) Prehistoric tuberculosis in the Americas . Evanston: Northwestern University Archeological Program, 1980. p. 49-61.
BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Perú: la salud pública durante la república oligárquica: primera parte 1821 – 1895. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1996.
BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Cuatrocientos años de la Salud Pública en el Perú (1533-1933) Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2004.
CLEMENT, Jean Pierre. “El nacimiento de la higiene urbana en la América Española del siglo XVIII”. Revista de Indias XLIII:171 (1983). p.: 77-95.
COOK, Noble David. “El impacto de la enfermedades en el mundo andino del siglo XVI” Histórica XXIII: 2 (1999). p.: 341-165.
CUETO, Marcos. “La ciudad y las ratas: La Peste Bubónica en Lima y en la Costa Peruana a comienzos del siglo XX”. Histórica XV:1 (1991). p.: 1-26.
CUETO, Marcos. “Sanitation from above: yellow fever and foreign intervention in Peru , 1919-1922”. The Hispanic American Historical Review 72:1 (1992). p.: 1-22.
CUETO, Marcos. El regreso de las epidemias: salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1997.
CUETO, Marcos. Culpa y coraje: historia de las políticas sobre el VIH/SIDA en el Perú. Lima: Universidad Peruana Cayetano Heredia, 2001.
GARCIA CACERES, Uriel. La implantación de la viruela en los Andes, la historia de un holocausto. Rev. perú. med. exp. salud publica, ene./Mar.2003, vol.20, no.1, p.41-50.
LASTRES, Juan. La salud pública y la prevención de la viruela en el Perú. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1957.
LOSSIO, Jorge. “Fiebre Amarilla, Etnicidad y Fragmentación Social” Socialismo y Participación 93 (2002): 79-90.
NEYRA RAMÍREZ, José. “La peste en el Perú” Diagnóstico 19:5 (1987). p.: 150-154.
NEYRA RAMÍREZ, José. Imágenes históricas de la Medicina Peruana. Lima: Fondo Editorial UNMSM, 1999.
PAMO REYNA, Oscar. Temas de la Historia Médica del Perú . Lima: CONCYTEC, 1990.
QUIRÓS, Carlos. “La viruela en el Perú y su erradicación: recuento histórico” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 41-53.
QUIRÓS, Carlos. “La campaña mundial de erradicación de la viruela: papel de la Organización Panamericana de la Salud en el Perú” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 6-11.
ALLISON, Marvin J; GERSZTEN, Enrique; MUNIZAGA, Juan; SANTORO, Calogero; MENDOZA, Daniel. “Tuberculosis in Pre-Columbian Andean populations”. In: BUIKSTRA, Jane (ed.) Prehistoric tuberculosis in the Americas . Evanston: Northwestern University Archeological Program, 1980. p. 49-61.
BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Perú: la salud pública durante la república oligárquica: primera parte 1821 – 1895. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1996.
BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Cuatrocientos años de la Salud Pública en el Perú (1533-1933) Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2004.
CLEMENT, Jean Pierre. “El nacimiento de la higiene urbana en la América Española del siglo XVIII”. Revista de Indias XLIII:171 (1983). p.: 77-95.
COOK, Noble David. “El impacto de la enfermedades en el mundo andino del siglo XVI” Histórica XXIII: 2 (1999). p.: 341-165.
CUETO, Marcos. “La ciudad y las ratas: La Peste Bubónica en Lima y en la Costa Peruana a comienzos del siglo XX”. Histórica XV:1 (1991). p.: 1-26.
CUETO, Marcos. “Sanitation from above: yellow fever and foreign intervention in Peru , 1919-1922”. The Hispanic American Historical Review 72:1 (1992). p.: 1-22.
CUETO, Marcos. El regreso de las epidemias: salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1997.
CUETO, Marcos. Culpa y coraje: historia de las políticas sobre el VIH/SIDA en el Perú. Lima: Universidad Peruana Cayetano Heredia, 2001.
GARCIA CACERES, Uriel. La implantación de la viruela en los Andes, la historia de un holocausto. Rev. perú. med. exp. salud publica, ene./Mar.2003, vol.20, no.1, p.41-50.
LASTRES, Juan. La salud pública y la prevención de la viruela en el Perú. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1957.
LOSSIO, Jorge. “Fiebre Amarilla, Etnicidad y Fragmentación Social” Socialismo y Participación 93 (2002): 79-90.
NEYRA RAMÍREZ, José. “La peste en el Perú” Diagnóstico 19:5 (1987). p.: 150-154.
NEYRA RAMÍREZ, José. Imágenes históricas de la Medicina Peruana. Lima: Fondo Editorial UNMSM, 1999.
PAMO REYNA, Oscar. Temas de la Historia Médica del Perú . Lima: CONCYTEC, 1990.
QUIRÓS, Carlos. “La viruela en el Perú y su erradicación: recuento histórico” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 41-53.
QUIRÓS, Carlos. “La campaña mundial de erradicación de la viruela: papel de la Organización Panamericana de la Salud en el Perú” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 6-11.
CONSECUENCIAS DE LAS EPIDEMIAS DE FIEBRE AMARILLA.- Desde el ángulo estrictamente sanitario, las dos epidemias de fiebre amarilla obligaron a ciertas mejoras en el saneamiento de Lima:
1. Canalización subterránea con tuberías de plomo.- Los primeros ensayos de canalización subterránea se hicieron en 1859 en la calle de Mantas, en una longitud de 117 metros, pero la obra quedó paralizada un tiempo, para reanudarse, a partir de 1862, siendo alcalde de la ciudad Manuel Pardo. Debido a los escasos recursos municipales, los trabajos se desarrollaron en forma lenta y empírica. Fue ante los estragos ocasionados por al epidemia del 68, y bajo la intervención de la Comisión de Salubridad, que se adoptaron medidas para llevar la ejecución de tan importante obra pública con mayor regularidad y amplitud. Una de ellas fue la resolución del 27 de agosto de 1869 que señalaba la contribución del vecindario de una cuota de 10 pesos por valor lineal de canalización. En 5 años se construyeron 31 mil metros de canales, que sumados a los ejecutados en años anteriores hacían un total de casi 34 mil metros, con un costo de 700 mil pesos.
2. Derribo de las murallas de Lima e implementación de espacios amplios en la ciudad.- Para combatir la contaminación ambiental, en 1869, el ahora alcalde de Lima, Manuel Pardo, destinó una parte importante del presupuesto municipal al plantío de árboles y al cuidado de parques y jardines; por ejemplo, transformó en jardín la antigua Plaza Bolívar y convirtió en Alameda la calle Malambo (Rímac). Desde el gobierno central, la administración del presidente Balta decidió el derribo de las innecesarias murallas coloniales y la apertura de espacios abiertos en forma de alamedas (como luego fue la alameda “Grau) o parques (como el de “La Exposición”). Todas estas transformaciones urbanas no respondieron sólo a una aspiración “parisina” de Lima sino a un verdadero plan sanitario de nuestra ciudad.
3. Construcción del hospital Dos de Mayo.- A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la Sociedad de Beneficencia de Lima intentó mejorar el sistema hospitalario (hospitales de San Andrés, San Bartolomé y Santa Ana) , tanto en infraestructura como en asistencia médica. Se ampliaron los cuartos y se abrieron ventanas para mejorar la ventilación; se instalaron catres de fierro, se mejoró la iluminación de los cuartos, se abastecieron las boticas, se estableció un sistema de vigilancia para asegurar la presencia continua de médicos y practicantes y, para elevar el nivel de atención a los pacientes, se recurrió a las Hermanas de la Caridad (congregación francesa conocida por sus labores de asistencia en hospitales de diversas partes del mundo). Sin embargo, cuando se desataba una epidemia, eran notorias las carencias de siempre: falta de médicos y sobrepoblación. Además, por ubicarse en pleno centro de la ciudad, eran considerados focos de infección e emanación miasmática. Un cambio importante fue la fundación del “Dos de Mayo”, un hospital moderno, amplio, en las afueras de la ciudad, cuya construcción fue impulsada por el colapso que sufrió el sistema hospitalario durante la epidemia de 1868.
Desde 1868 hasta el final del siglo XIX, casi no transcurrió un año sin que se presentasen, al finalizar el verano, algunos casos de fiebre que por su cuadro general y sus síntomas particulares debían considerarse como fiebre amarilla; al menos así se refleja en las informaciones que durante esos años El Comercio publicó con alarma. En el verano de 1883, la fiebre amarilla fue llevada al Callao, desde el Norte, y los numerosos casos que se presentaron tuvieron un carácter muy pernicioso; en los años sucesivos, el fantasma de la epidemia fue una amenaza constante. Para prevenirla, la Junta de Sanidad Municipal (apoyada por dicho diario) periódicamente disponía que las calles de Lima fuesen regadas con hipoclorito de cal y los zócalos de las casas frotadas con alquitrán.

Trazo de la antigua muralla de Lima
1. Canalización subterránea con tuberías de plomo.- Los primeros ensayos de canalización subterránea se hicieron en 1859 en la calle de Mantas, en una longitud de 117 metros, pero la obra quedó paralizada un tiempo, para reanudarse, a partir de 1862, siendo alcalde de la ciudad Manuel Pardo. Debido a los escasos recursos municipales, los trabajos se desarrollaron en forma lenta y empírica. Fue ante los estragos ocasionados por al epidemia del 68, y bajo la intervención de la Comisión de Salubridad, que se adoptaron medidas para llevar la ejecución de tan importante obra pública con mayor regularidad y amplitud. Una de ellas fue la resolución del 27 de agosto de 1869 que señalaba la contribución del vecindario de una cuota de 10 pesos por valor lineal de canalización. En 5 años se construyeron 31 mil metros de canales, que sumados a los ejecutados en años anteriores hacían un total de casi 34 mil metros, con un costo de 700 mil pesos.
2. Derribo de las murallas de Lima e implementación de espacios amplios en la ciudad.- Para combatir la contaminación ambiental, en 1869, el ahora alcalde de Lima, Manuel Pardo, destinó una parte importante del presupuesto municipal al plantío de árboles y al cuidado de parques y jardines; por ejemplo, transformó en jardín la antigua Plaza Bolívar y convirtió en Alameda la calle Malambo (Rímac). Desde el gobierno central, la administración del presidente Balta decidió el derribo de las innecesarias murallas coloniales y la apertura de espacios abiertos en forma de alamedas (como luego fue la alameda “Grau) o parques (como el de “La Exposición”). Todas estas transformaciones urbanas no respondieron sólo a una aspiración “parisina” de Lima sino a un verdadero plan sanitario de nuestra ciudad.
3. Construcción del hospital Dos de Mayo.- A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la Sociedad de Beneficencia de Lima intentó mejorar el sistema hospitalario (hospitales de San Andrés, San Bartolomé y Santa Ana) , tanto en infraestructura como en asistencia médica. Se ampliaron los cuartos y se abrieron ventanas para mejorar la ventilación; se instalaron catres de fierro, se mejoró la iluminación de los cuartos, se abastecieron las boticas, se estableció un sistema de vigilancia para asegurar la presencia continua de médicos y practicantes y, para elevar el nivel de atención a los pacientes, se recurrió a las Hermanas de la Caridad (congregación francesa conocida por sus labores de asistencia en hospitales de diversas partes del mundo). Sin embargo, cuando se desataba una epidemia, eran notorias las carencias de siempre: falta de médicos y sobrepoblación. Además, por ubicarse en pleno centro de la ciudad, eran considerados focos de infección e emanación miasmática. Un cambio importante fue la fundación del “Dos de Mayo”, un hospital moderno, amplio, en las afueras de la ciudad, cuya construcción fue impulsada por el colapso que sufrió el sistema hospitalario durante la epidemia de 1868.
Desde 1868 hasta el final del siglo XIX, casi no transcurrió un año sin que se presentasen, al finalizar el verano, algunos casos de fiebre que por su cuadro general y sus síntomas particulares debían considerarse como fiebre amarilla; al menos así se refleja en las informaciones que durante esos años El Comercio publicó con alarma. En el verano de 1883, la fiebre amarilla fue llevada al Callao, desde el Norte, y los numerosos casos que se presentaron tuvieron un carácter muy pernicioso; en los años sucesivos, el fantasma de la epidemia fue una amenaza constante. Para prevenirla, la Junta de Sanidad Municipal (apoyada por dicho diario) periódicamente disponía que las calles de Lima fuesen regadas con hipoclorito de cal y los zócalos de las casas frotadas con alquitrán.

Trazo de la antigua muralla de Lima
LA EPIDEMIA DE 1868.- Quince años después, por segunda vez, apareció la fiebre amarilla en pleno verano y duró hasta mediados de julio. Se propagó lentamente desde Panamá, a lo largo de la Costa, estalló en el Callao en el mes de febrero, y las personas que huían la llevaron a Lima en marzo. Según los testigos, fue un verano extremadamente caluroso y además del malestar que producía el calor sofocante, se tenía entonces una peculiar sensación de presión sobre la cabeza que ocasionaba, a veces, un vértigo. Esta sensación de opresión observada en el Callao ya en febrero, solo apareció en Lima en marzo y abril, por lo que era muy natural atribuirle a la causa generadora de la fiebre.
La enfermedad cambió varias veces de carácter en el curso de su duración de 4 meses. Al principio, predominaba una gran predisposición a hemorragias, y todos los casos mortales terminaban en vómito negro, la forma típica en India Occidental. En el punto máximo de la epidemia, eran frecuentes las violentas congestione cerebrales, y la muerte se producía a menudo en el periodo de fiebre, antes de la remisión, y no pocas veces bajo convulsiones. Al final, los casos parecían ser más leves, pero la mortandad fue, en relación al número de enfermos, la más alta, a consecuencia de la inflación de los riñones y de la detención de la secreción. Los enfermos se sentían bien al ceder la fiebre y deseaban levantarse, pero se cansaban muy pronto y caían, poco a poco, en un estado de somnolencia del que ya no despertaban más.
Se afirma que en la epidemia de 1868 hubo más víctimas que en la de 1853, pero en comparación con otros lugares del Perú que fueron también atacados por la fiebre, la mortandad no fue tan grande. Según cifras oficiales, el número de los enterrados en Lima y Callao en los cuatro meses de epidemia ascendió a 6 mil sobre una población total de 180 mil. Otros lugares de la Costa, como Arica y Tacna, fueron fuertemente castigados, especialmente Islay, el puerto de Arequipa; la epidemia también se extendió hasta Iquique y Cobija, dos lugares que habían sido “respetados” en 1853.
Cuando al epidemia azotaba y diezmaba implacablemente a Lima y al litoral peruano, Manuel Pardo era director de la Beneficencia de Lima: eran los días tétricos en que las calesas llevaban a los enfermos a los hospitales, hasta entonces insuficientes y los carros mortuorios atravesaban las calles, llevando el terror y la desolación, en que los hombres se evitaban unos a otros, a veces por no comunicarse noticias funestas, otras por temor a contagiarse, nos dice una fuente.
En medio de este cuadro sombrío, Pardo emprendió una heroica cruzada. Improvisó lazaretos, organizó el sistema de ambulancias, boticas y puestos asistenciales, repartió personalmente sustancias desinfectantes, dictó medidas de higiene pública, regularizó el servicio médico gratuito, ordenó la rápida sepultura de los fallecidos y visitó el lecho de los mismos enfermos. Con vigor incomparable y sin mirar el peligro, Pardo llevó el contagio a su propio hogar, viendo desaparecer, víctima del flagelo, a uno de sus hijos más queridos. Agradecida la ciudad, le ofrendó una medalla de oro.
Esta epidemia arrebató, entre otras valiosas vidas, la del eminente jurista José Toribio Pacheco y la del talentoso y aún joven pintor Luis Montero. Como dato anecdótico, mencionamos que para combatir las miasmas que afectaban la atmósfera, la artillería estuvo haciendo disparos con pólvora en las calles y esquinas de Lima durante 15 días. Fue tal el pavor que el arzobispo Goyeneche dispuso que el 15 de abril saliera el Señor de los Milagros en procesión solemne.
En la revista Perú Ilustrado, la poetisa limeña Lastenia Larriva recordaba sí los detalles de esta atroz epidemia: Como sucede con la enfermedad que, endémica por estas regiones, toma de vez en cuando un carácter epidémico, raros eran los hijos del país atacados por el mal. Este se cebaba casi exclusivamente en las personas de la Sierra y en los europeos; pero, en cambio, con qué fuerza atacaba a éstos. Alemanes, ingleses, franceses, italianos (italianos sobre todo) morían en modo aterrador. Al principio, y con el objeto de impedir que el pánico se apoderara de los ánimos y contribuyera tal vez a propagar la epidemia, trataron las autoridades de ocultar o, por lo menos, disminuir la cifra de víctimas que diariamente hacía la fiebre. Pero este trabajo resultaba inútil pues, aunque los periódicos y las notas oficiales atenuaron los estragos del mal, todos veíamos caer a deudos, amigos y conocidos a nuestro alrededor y podíamos fácilmente deducir la gravedad de la situación. Hoy era un alto personaje como Mr. Edmundo de Lesseps el ministro de Francia o el ingeniero Blackley que tan poderosamente había contribuido dos años antes a la defensa del Callao en el memorable Dos de mayo, lo que daban el adiós a la vida, resultando impotentes los esfuerzo de la ciencia para salvarlos; mañana eran dos esposos, honrados industriales, antiguos y estimados huéspedes nuestros, los que desaparecían en pocas horas dejando huérfanos y abandonados en tierra extraña a varios tiernos niños; ya entrábamos a tal establecimiento de comercio y al echar de menos al joven alemán que de continuo nos atendía en nuestras compras, contestábamos un compañero suyo, arrasado en lágrimas los ojos, que aquél había expirado durante los pocos días que habíamos dejado al ir al almacén; o bien nos daba alguien bruscamente la noticia de que nuestra vecina de palco en el teatro, señora con quien habíamos cambiado nuestras impresiones dilettanti, acababa de recibir los últimos auxilios espirituales. Suspendiéronse entonces los espectáculos públicos y la ciudad, una de las capitales más alegres y bulliciosas en Sud-América, en estado normal, tomó un aspecto tristísimo. Por todas partes se miraban cruzar los fatídicos celestines con sus cortinillas verdes, detrás de las cuales se entreveían los amarillos y macilentos semblantes de los moribundos o el espectáculo más triste y aterrador aún de algún convoy fúnebre; y a todas horas del día y de la noche se escuchaba el sonido uniforme y clamoroso de la campanilla que anunciaba el paso del Santo Viático por las solitarias calles.

Manuel Pardo, presidente de la Beneficencia Pública de Lima durante la epidemia de 1868
La enfermedad cambió varias veces de carácter en el curso de su duración de 4 meses. Al principio, predominaba una gran predisposición a hemorragias, y todos los casos mortales terminaban en vómito negro, la forma típica en India Occidental. En el punto máximo de la epidemia, eran frecuentes las violentas congestione cerebrales, y la muerte se producía a menudo en el periodo de fiebre, antes de la remisión, y no pocas veces bajo convulsiones. Al final, los casos parecían ser más leves, pero la mortandad fue, en relación al número de enfermos, la más alta, a consecuencia de la inflación de los riñones y de la detención de la secreción. Los enfermos se sentían bien al ceder la fiebre y deseaban levantarse, pero se cansaban muy pronto y caían, poco a poco, en un estado de somnolencia del que ya no despertaban más.
Se afirma que en la epidemia de 1868 hubo más víctimas que en la de 1853, pero en comparación con otros lugares del Perú que fueron también atacados por la fiebre, la mortandad no fue tan grande. Según cifras oficiales, el número de los enterrados en Lima y Callao en los cuatro meses de epidemia ascendió a 6 mil sobre una población total de 180 mil. Otros lugares de la Costa, como Arica y Tacna, fueron fuertemente castigados, especialmente Islay, el puerto de Arequipa; la epidemia también se extendió hasta Iquique y Cobija, dos lugares que habían sido “respetados” en 1853.
Cuando al epidemia azotaba y diezmaba implacablemente a Lima y al litoral peruano, Manuel Pardo era director de la Beneficencia de Lima: eran los días tétricos en que las calesas llevaban a los enfermos a los hospitales, hasta entonces insuficientes y los carros mortuorios atravesaban las calles, llevando el terror y la desolación, en que los hombres se evitaban unos a otros, a veces por no comunicarse noticias funestas, otras por temor a contagiarse, nos dice una fuente.
En medio de este cuadro sombrío, Pardo emprendió una heroica cruzada. Improvisó lazaretos, organizó el sistema de ambulancias, boticas y puestos asistenciales, repartió personalmente sustancias desinfectantes, dictó medidas de higiene pública, regularizó el servicio médico gratuito, ordenó la rápida sepultura de los fallecidos y visitó el lecho de los mismos enfermos. Con vigor incomparable y sin mirar el peligro, Pardo llevó el contagio a su propio hogar, viendo desaparecer, víctima del flagelo, a uno de sus hijos más queridos. Agradecida la ciudad, le ofrendó una medalla de oro.
Esta epidemia arrebató, entre otras valiosas vidas, la del eminente jurista José Toribio Pacheco y la del talentoso y aún joven pintor Luis Montero. Como dato anecdótico, mencionamos que para combatir las miasmas que afectaban la atmósfera, la artillería estuvo haciendo disparos con pólvora en las calles y esquinas de Lima durante 15 días. Fue tal el pavor que el arzobispo Goyeneche dispuso que el 15 de abril saliera el Señor de los Milagros en procesión solemne.
En la revista Perú Ilustrado, la poetisa limeña Lastenia Larriva recordaba sí los detalles de esta atroz epidemia: Como sucede con la enfermedad que, endémica por estas regiones, toma de vez en cuando un carácter epidémico, raros eran los hijos del país atacados por el mal. Este se cebaba casi exclusivamente en las personas de la Sierra y en los europeos; pero, en cambio, con qué fuerza atacaba a éstos. Alemanes, ingleses, franceses, italianos (italianos sobre todo) morían en modo aterrador. Al principio, y con el objeto de impedir que el pánico se apoderara de los ánimos y contribuyera tal vez a propagar la epidemia, trataron las autoridades de ocultar o, por lo menos, disminuir la cifra de víctimas que diariamente hacía la fiebre. Pero este trabajo resultaba inútil pues, aunque los periódicos y las notas oficiales atenuaron los estragos del mal, todos veíamos caer a deudos, amigos y conocidos a nuestro alrededor y podíamos fácilmente deducir la gravedad de la situación. Hoy era un alto personaje como Mr. Edmundo de Lesseps el ministro de Francia o el ingeniero Blackley que tan poderosamente había contribuido dos años antes a la defensa del Callao en el memorable Dos de mayo, lo que daban el adiós a la vida, resultando impotentes los esfuerzo de la ciencia para salvarlos; mañana eran dos esposos, honrados industriales, antiguos y estimados huéspedes nuestros, los que desaparecían en pocas horas dejando huérfanos y abandonados en tierra extraña a varios tiernos niños; ya entrábamos a tal establecimiento de comercio y al echar de menos al joven alemán que de continuo nos atendía en nuestras compras, contestábamos un compañero suyo, arrasado en lágrimas los ojos, que aquél había expirado durante los pocos días que habíamos dejado al ir al almacén; o bien nos daba alguien bruscamente la noticia de que nuestra vecina de palco en el teatro, señora con quien habíamos cambiado nuestras impresiones dilettanti, acababa de recibir los últimos auxilios espirituales. Suspendiéronse entonces los espectáculos públicos y la ciudad, una de las capitales más alegres y bulliciosas en Sud-América, en estado normal, tomó un aspecto tristísimo. Por todas partes se miraban cruzar los fatídicos celestines con sus cortinillas verdes, detrás de las cuales se entreveían los amarillos y macilentos semblantes de los moribundos o el espectáculo más triste y aterrador aún de algún convoy fúnebre; y a todas horas del día y de la noche se escuchaba el sonido uniforme y clamoroso de la campanilla que anunciaba el paso del Santo Viático por las solitarias calles.

Manuel Pardo, presidente de la Beneficencia Pública de Lima durante la epidemia de 1868
Las epidemias, como las guerras, son momentos en los que las normas y las costumbres dejan de tomarse en consideración y las poblaciones son invadidas por el pánico y el temor. Lima fue azotada por dos grandes epidemias de fiebre amarilla, una enfermedad infecciosa, endémica en América tropical. Se caracteriza por la degeneración adiposa del hígado y congestión de las membranas mucosas del estómago e intestinos. Es debida al Leptospira icterodes transmitido al hombre por la picadura del mosquito Stegomya fasciata. Después de una incubación de 2 a 15 días, la enfermedad comienza por escalofríos, frío, cefalgia frontal y, sobre todo, por dolor en la región lumbar y vómitos. La fiebre se eleva rápidamente, hay estreñimiento, los vómitos se suceden con frecuencia y, hacia el cuarto día, las materias vomitadas son de color rojo y negro (“vómito negro”), debido ala presencia de sangre. La piel es ictérica, la orina escasa, albuminosa y puede haber hemorragias intestinales. El enfermo es presa del delirio furioso o se halla en estado de coma.
LA PRIMERA EPIDEMIA: 1852, 1853 y 1854.- A finales de 1851, los periódicos limeños informaban del “flagelo amarillo” en Nueva Orleáns, Panamá y Guayaquil. Como medida preventiva, las autoridades del Callao pusieron en cuarentena dos naves procedentes de tales regiones y que tuvieron tripulantes muertos a causa de la temida enfermedad. Aparentemente la cautela no fue suficiente. A finales de diciembre llegó a Lima, procedente de Panamá, el ciudadano José María Vásquez, quien se alojó en el Hotel Victoria, cayendo súbitamente enfermo de fiebre amarilla en enero de 1852; fue llevado al hospital de San Andrés donde falleció. Durante 1952, la incursión de la enfermedad fue benigna y, al finalizar el año, todo había vuelto ala normalidad. En enero de 1853, la trama parecía repetirse con la aparición de casos aislados, básicamente tripulantes de embarcaciones procedentes de regiones infectadas de Centro América que poco después de arribados fallecían de fiebre amarilla.
Pero esta vez el impacto aumentó. Una de las primeras reacciones oficiales fue solicitar la el establecimiento de lazaretos (edificaciones para aislar a las personas presuntamente contagiosas); específicamente, se recomendaba establecer uno en la isla de San Lorenzo. También se establecía que las embarcaciones procedentes de zonas infectadas tenían la obligación de anclar a sotavento del puerto a fin de evitar que las otras embarcaciones o la población vecina corriesen riesgo de contagiarse a través del aire. Pero todas estas medidas para impedir la entrada de fiebre amarilla al recinto urbano fracasaron en 1854.
Fue la primera epidemia de fiebre amarilla que estalló en Lima en el siglo XIX. Según refiere el doctor Hermilio Valdizán en su Diccionario de la medicina peruana, el número de enfermos fue muy elevado pero relativamente pequeño el de la mortandad. En total, hubo 810 víctimas (367 hombres, 201 mujeres y 110 niños). Se inició en las Antillas y marchó, progresivamente, de Norte a Sur. Apareció en el Callao con el arribo de barcos de la “Línea del Pacífico” procedentes de Panamá; finalmente, la epidemia llegó hasta Tacna.
Los primeros casos fueron tratados en el hospital de San Andrés. Se advirtió a la población que se debían tomar medidas para no infestar toda la ciudad de la enfermedad. Se insistió en fundar un hospital fuera de la ciudad. Aquí, las recomendaciones aparecidas en el diario El Comercio (lunes 16 de enero de 1854): Los casos de fiebre amarilla que ha habido en el Hospital San Andrés de esta capital han sido desgraciados, han muerto cuatro individuos; sólo uno de ha salvado, que llegó al hospital en la primera invasión del mal. Nos parece que si continúan curando los pacientes de esa enfermedad en un hospital que tiene seiscientos enfermos es el modo de formar un foco de infección que pronto hará desarrollar la fiebre en toda la ciudad de un modo doloroso. Los más de estos desgraciados han venido del Callao, donde también ha habido varios casos. Nada es más fácil que establecer un hospital en Bellavista, aunque sea una ramada y remitir allí todo el que apareciera con síntomas de esa terrible enfermedad. Esta medida y la de poner en práctica todos los principios de higiene que han producido tan buen resultado a todas partes, harían que las fiebres otoñales que en este año veremos adelantarse, no produzcan la fiebre que con tanta razón es temible.
Como vemos, se habla de la necesidad de abrir un hospital en Bellavista, pues el de San Andrés, al estar dentro de las murallas de la ciudad, exponía a todos sus pobladores a tan grave mal. La Junta Suprema de sanidad tuvo que reunirse y dio el siguiente informe, que revela el poco conocimiento de las autoridades frente a una enfermedad tan peligrosa:
1. No debe haber mayor alarma: los enfermos solo son extranjeros y del interior, no de la población
2. No se expandirá el mal porque los casos son esporádicos y el clima se opone al desarrollo del mal
3. Se tiene como precaución la formación de un Lazareto, destinado el Hospital del Refugio para ello.
La Junta, además, dio las siguientes “recomendaciones”:
a. Mayor aseo en cocinerías, mantequerías, paradas, caballerizas, curtidurías, camales, conventos, etc.
b. Ningún cadáver del cementerio sea movido por 5 años
c. Se examine la “buena calidad de los víveres” u “sobre las reses tocadas o enfermas por la más ligera causa, se extraigan del consumo público”
d. En los depósitos de víveres en al plaza del mercado haya mayor limpieza y ventilación; se prohíbe cocinar o prender todo tipo de fuego.
e. Se mantengan limpias –desatoradas y desobstruidas- las acequias de la ciudad
Como vemos, las condiciones de salubridad eran muy deficientes pero también lo eran las medidas presentadas. No se tenía la más mínima sospecha de que iba a desencadenarse una epidemia de fiebre amarilla en Lima; por otro lado, hubo muy poca colaboración de los vecinos. Todos estos días fueron muy agitados con el fin de evitar la expansión de la enfermedad. La Junta puso mucho énfasis en al necesidad de mantener limpias lasa cequias interiores y exteriores. Se trataba de cambiar los hábitos y costumbres de los limeños en relación a las medidas de higiene y limpieza. Se reiteró que el mal se propagaba con mayor rapidez cuando había descuido de las indicaciones higiénicas.
A pesar de todas las recomendaciones, la epidemia se produjo. ¿Qué pasó?:
1. No fue suficiente establecer medidas si no se contaba con la garantía de poderlas ejecutar y hacerlas cumplir
2. La población no actuó rápidamente para poder evitar la propagación
3. No se tenía conciencia de la magnitud de la epidemia.
Durante esta epidemia, el único “lazareto” que se habilitó fue la “Huaca” (situado junto al portal de Maravillas, en el extremo oriental de la ciudad) que hasta entonces había funcionado como un tambo perteneciente a Martín de Osambela. Esto ocurrió el 22 de enero de 1854. El también llamado lazareto “Maravilas” estaba entre el convento de Santo Domingo y el río Rímac.

Estragos de la fiebre amarilla según cuadros del siglo XIX
LA PRIMERA EPIDEMIA: 1852, 1853 y 1854.- A finales de 1851, los periódicos limeños informaban del “flagelo amarillo” en Nueva Orleáns, Panamá y Guayaquil. Como medida preventiva, las autoridades del Callao pusieron en cuarentena dos naves procedentes de tales regiones y que tuvieron tripulantes muertos a causa de la temida enfermedad. Aparentemente la cautela no fue suficiente. A finales de diciembre llegó a Lima, procedente de Panamá, el ciudadano José María Vásquez, quien se alojó en el Hotel Victoria, cayendo súbitamente enfermo de fiebre amarilla en enero de 1852; fue llevado al hospital de San Andrés donde falleció. Durante 1952, la incursión de la enfermedad fue benigna y, al finalizar el año, todo había vuelto ala normalidad. En enero de 1853, la trama parecía repetirse con la aparición de casos aislados, básicamente tripulantes de embarcaciones procedentes de regiones infectadas de Centro América que poco después de arribados fallecían de fiebre amarilla.
Pero esta vez el impacto aumentó. Una de las primeras reacciones oficiales fue solicitar la el establecimiento de lazaretos (edificaciones para aislar a las personas presuntamente contagiosas); específicamente, se recomendaba establecer uno en la isla de San Lorenzo. También se establecía que las embarcaciones procedentes de zonas infectadas tenían la obligación de anclar a sotavento del puerto a fin de evitar que las otras embarcaciones o la población vecina corriesen riesgo de contagiarse a través del aire. Pero todas estas medidas para impedir la entrada de fiebre amarilla al recinto urbano fracasaron en 1854.
Fue la primera epidemia de fiebre amarilla que estalló en Lima en el siglo XIX. Según refiere el doctor Hermilio Valdizán en su Diccionario de la medicina peruana, el número de enfermos fue muy elevado pero relativamente pequeño el de la mortandad. En total, hubo 810 víctimas (367 hombres, 201 mujeres y 110 niños). Se inició en las Antillas y marchó, progresivamente, de Norte a Sur. Apareció en el Callao con el arribo de barcos de la “Línea del Pacífico” procedentes de Panamá; finalmente, la epidemia llegó hasta Tacna.
Los primeros casos fueron tratados en el hospital de San Andrés. Se advirtió a la población que se debían tomar medidas para no infestar toda la ciudad de la enfermedad. Se insistió en fundar un hospital fuera de la ciudad. Aquí, las recomendaciones aparecidas en el diario El Comercio (lunes 16 de enero de 1854): Los casos de fiebre amarilla que ha habido en el Hospital San Andrés de esta capital han sido desgraciados, han muerto cuatro individuos; sólo uno de ha salvado, que llegó al hospital en la primera invasión del mal. Nos parece que si continúan curando los pacientes de esa enfermedad en un hospital que tiene seiscientos enfermos es el modo de formar un foco de infección que pronto hará desarrollar la fiebre en toda la ciudad de un modo doloroso. Los más de estos desgraciados han venido del Callao, donde también ha habido varios casos. Nada es más fácil que establecer un hospital en Bellavista, aunque sea una ramada y remitir allí todo el que apareciera con síntomas de esa terrible enfermedad. Esta medida y la de poner en práctica todos los principios de higiene que han producido tan buen resultado a todas partes, harían que las fiebres otoñales que en este año veremos adelantarse, no produzcan la fiebre que con tanta razón es temible.
Como vemos, se habla de la necesidad de abrir un hospital en Bellavista, pues el de San Andrés, al estar dentro de las murallas de la ciudad, exponía a todos sus pobladores a tan grave mal. La Junta Suprema de sanidad tuvo que reunirse y dio el siguiente informe, que revela el poco conocimiento de las autoridades frente a una enfermedad tan peligrosa:
1. No debe haber mayor alarma: los enfermos solo son extranjeros y del interior, no de la población
2. No se expandirá el mal porque los casos son esporádicos y el clima se opone al desarrollo del mal
3. Se tiene como precaución la formación de un Lazareto, destinado el Hospital del Refugio para ello.
La Junta, además, dio las siguientes “recomendaciones”:
a. Mayor aseo en cocinerías, mantequerías, paradas, caballerizas, curtidurías, camales, conventos, etc.
b. Ningún cadáver del cementerio sea movido por 5 años
c. Se examine la “buena calidad de los víveres” u “sobre las reses tocadas o enfermas por la más ligera causa, se extraigan del consumo público”
d. En los depósitos de víveres en al plaza del mercado haya mayor limpieza y ventilación; se prohíbe cocinar o prender todo tipo de fuego.
e. Se mantengan limpias –desatoradas y desobstruidas- las acequias de la ciudad
Como vemos, las condiciones de salubridad eran muy deficientes pero también lo eran las medidas presentadas. No se tenía la más mínima sospecha de que iba a desencadenarse una epidemia de fiebre amarilla en Lima; por otro lado, hubo muy poca colaboración de los vecinos. Todos estos días fueron muy agitados con el fin de evitar la expansión de la enfermedad. La Junta puso mucho énfasis en al necesidad de mantener limpias lasa cequias interiores y exteriores. Se trataba de cambiar los hábitos y costumbres de los limeños en relación a las medidas de higiene y limpieza. Se reiteró que el mal se propagaba con mayor rapidez cuando había descuido de las indicaciones higiénicas.
A pesar de todas las recomendaciones, la epidemia se produjo. ¿Qué pasó?:
1. No fue suficiente establecer medidas si no se contaba con la garantía de poderlas ejecutar y hacerlas cumplir
2. La población no actuó rápidamente para poder evitar la propagación
3. No se tenía conciencia de la magnitud de la epidemia.
Durante esta epidemia, el único “lazareto” que se habilitó fue la “Huaca” (situado junto al portal de Maravillas, en el extremo oriental de la ciudad) que hasta entonces había funcionado como un tambo perteneciente a Martín de Osambela. Esto ocurrió el 22 de enero de 1854. El también llamado lazareto “Maravilas” estaba entre el convento de Santo Domingo y el río Rímac.

Estragos de la fiebre amarilla según cuadros del siglo XIX
A lo largo del siglo XIX, los estudios realizados por Hipólito Unanue fueron los que marcaron la pauta para establecer los conceptos sobre salud, enfermedad y muerte. La salud estaba ligada al clima y al medio ambiente. Para los médicos, el hombre era sano cuando vivía en armonía con la naturaleza. Un estado de anomalía en esta relación definía la enfermedad, producida por agentes ambientales. En este sentido, la muerte era concebida como el efecto de la ruptura total de esta relación con la naturaleza.
La pregunta era ¿Lima y los limeños vivían al filo de esta ruptura en el siglo XIX? La respuesta es sí. Veamos. La densidad fue siempre uno de los problemas de nuestra capital. El crecimiento de la población no fue correspondido con un incremento en la oferta de viviendas ni se ampliaron las fronteras de la ciudad (hasta la década de 1870, por ejemplo, todavía estaban en pie las murallas coloniales). Lima creció hacia adentro, impulsando la tugurización. Una consecuencia fue la proliferación del uso del callejón y de las casas con cuartos de vecindad (las antiguas casonas eran subdivididas para el arrendamiento).
De otro lado, había el hacinamiento de hombres y animales. Dentro de los domicilios era común la existencia de corrales, gallineros y huertas y, en el caso de casonas más grandes, de establos y acequias interiores. El panorama era el de un espacio de vida semirural. Los limeños convivían con una enorme cantidad de bichos (roedores e insectos) y animales domésticos (gallinas, gallos, pavos perros, gatos, cerdos, caballos…). En suma, las condiciones de vivienda facilitaban la infección de enfermedades de animales a los seres humanos.
En las calles de la ciudad era usual cruzarse con el ganado vacuno saliendo de las lecherías para dirigirse hacia los establos o lomas, con pobladores bañando a sus caballos con el agua de las acequias, y recuas de mulas transportando toda clase de mercaderías que llegaban a la capital desde el interior del país. Particular importancia tenía la mula, un animal bastante apreciado por su fuerza y resistencia; era el medio más utilizado por los comerciantes peruanos. Los gallinazos se hallaban usualmente asentados en los rincones más altos de la ciudad (techos de las casas, torres de las iglesias, copas de los árboles) o volando en círculos alrededor de los mercados y mataderos. La presencia de masiva de estas aves es un indicador bastante elocuente de las condiciones ambientales e higiénicas de la Lima de entonces: abundancia de inmundicias y restos de animales abandonados en las calles.
Otro problema, muy grave, era el primitivo sistema de desagüe de nuestra capital. En 1860, el famoso médico e higienista Francisco Rosas, presentó un informe acerca de las pésimas condiciones sanitarias de Lima y sus graves consecuencias en la salud de sus habitantes. En él, puso énfasis en el sistema de los desagües públicos que, a la manera de cloacas, atravesaban abiertos en las calles de la ciudad y eran un foco de infección: Nada más desagradable a la vista, más repugnante al olfato y más dañino a la salud que esas grietas irregulares, que conduciendo en más o menos abundancia un líquido espeso tan variado en sus matices como en sus olores, recorren todos los puntos de la ciudad con el nombre de acequias. Destinados a ser para las poblaciones lo que los ríos para los campos, es decir, la vida y la alegría, se han convertido entre nosotros en poderosos agentes de disgustos y enfermedades… Cuando aumenta la cantidad de agua o se detiene su curso por algún obstáculo, rebosa y se derrama el líquido elemento, inundando las calles de uno y otro lado. Este acontecimiento, que se repite con frecuencia, suele dar a la Ciudad de los Reyes el aspecto de un pantano, convirtiéndose en causa principal de las terribles intermitentes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman ala población, especialmente en el otoño.
Cuando el doctor Rosas escribió esta cruda realidad, existían 196 acequias en las calles limeñas y 894 en las casas privadas.
Indudablemente, las mejoras que se operaron en el sistema de desagües públicos a partir de 1868, durante el gobierno del presidente Balta, incidieron en la merma de los males señalados por el doctor Rosas. En este sentido, a partir de la década de 1890, raras veces estallaron en Lima enfermedades epidémicas. El tifus se daba en casos aislados; la fiebre de la escarlatina era conocida solo por el nombre; el cólera era solo una amenaza ocasional y aislada; los casos de viruela, si bien se presentaban cada año entre la población pobre, nunca alcanzaban la categoría de epidemia; la difteria, tan propagada antes de la década de 1850, prácticamente había desaparecido. En cambio, el cuadro sanitario de Lima se vio constantemente afectado por la presencia de la fiebre amarilla, que causaba temidas epidemias.

Lima en el siglo XIX: calle Judíos, al costado de la Catedral
La pregunta era ¿Lima y los limeños vivían al filo de esta ruptura en el siglo XIX? La respuesta es sí. Veamos. La densidad fue siempre uno de los problemas de nuestra capital. El crecimiento de la población no fue correspondido con un incremento en la oferta de viviendas ni se ampliaron las fronteras de la ciudad (hasta la década de 1870, por ejemplo, todavía estaban en pie las murallas coloniales). Lima creció hacia adentro, impulsando la tugurización. Una consecuencia fue la proliferación del uso del callejón y de las casas con cuartos de vecindad (las antiguas casonas eran subdivididas para el arrendamiento).
De otro lado, había el hacinamiento de hombres y animales. Dentro de los domicilios era común la existencia de corrales, gallineros y huertas y, en el caso de casonas más grandes, de establos y acequias interiores. El panorama era el de un espacio de vida semirural. Los limeños convivían con una enorme cantidad de bichos (roedores e insectos) y animales domésticos (gallinas, gallos, pavos perros, gatos, cerdos, caballos…). En suma, las condiciones de vivienda facilitaban la infección de enfermedades de animales a los seres humanos.
En las calles de la ciudad era usual cruzarse con el ganado vacuno saliendo de las lecherías para dirigirse hacia los establos o lomas, con pobladores bañando a sus caballos con el agua de las acequias, y recuas de mulas transportando toda clase de mercaderías que llegaban a la capital desde el interior del país. Particular importancia tenía la mula, un animal bastante apreciado por su fuerza y resistencia; era el medio más utilizado por los comerciantes peruanos. Los gallinazos se hallaban usualmente asentados en los rincones más altos de la ciudad (techos de las casas, torres de las iglesias, copas de los árboles) o volando en círculos alrededor de los mercados y mataderos. La presencia de masiva de estas aves es un indicador bastante elocuente de las condiciones ambientales e higiénicas de la Lima de entonces: abundancia de inmundicias y restos de animales abandonados en las calles.
Otro problema, muy grave, era el primitivo sistema de desagüe de nuestra capital. En 1860, el famoso médico e higienista Francisco Rosas, presentó un informe acerca de las pésimas condiciones sanitarias de Lima y sus graves consecuencias en la salud de sus habitantes. En él, puso énfasis en el sistema de los desagües públicos que, a la manera de cloacas, atravesaban abiertos en las calles de la ciudad y eran un foco de infección: Nada más desagradable a la vista, más repugnante al olfato y más dañino a la salud que esas grietas irregulares, que conduciendo en más o menos abundancia un líquido espeso tan variado en sus matices como en sus olores, recorren todos los puntos de la ciudad con el nombre de acequias. Destinados a ser para las poblaciones lo que los ríos para los campos, es decir, la vida y la alegría, se han convertido entre nosotros en poderosos agentes de disgustos y enfermedades… Cuando aumenta la cantidad de agua o se detiene su curso por algún obstáculo, rebosa y se derrama el líquido elemento, inundando las calles de uno y otro lado. Este acontecimiento, que se repite con frecuencia, suele dar a la Ciudad de los Reyes el aspecto de un pantano, convirtiéndose en causa principal de las terribles intermitentes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman ala población, especialmente en el otoño.
Cuando el doctor Rosas escribió esta cruda realidad, existían 196 acequias en las calles limeñas y 894 en las casas privadas.
Indudablemente, las mejoras que se operaron en el sistema de desagües públicos a partir de 1868, durante el gobierno del presidente Balta, incidieron en la merma de los males señalados por el doctor Rosas. En este sentido, a partir de la década de 1890, raras veces estallaron en Lima enfermedades epidémicas. El tifus se daba en casos aislados; la fiebre de la escarlatina era conocida solo por el nombre; el cólera era solo una amenaza ocasional y aislada; los casos de viruela, si bien se presentaban cada año entre la población pobre, nunca alcanzaban la categoría de epidemia; la difteria, tan propagada antes de la década de 1850, prácticamente había desaparecido. En cambio, el cuadro sanitario de Lima se vio constantemente afectado por la presencia de la fiebre amarilla, que causaba temidas epidemias.

Lima en el siglo XIX: calle Judíos, al costado de la Catedral
Ayer viernes 20 de febrero, se cumplió un acto de justicia: se develó en el distrito de Barranco un monumento que honra la memoria de uno de los historiadores más notables que dio nuestro país, José Antonio del Busto Duturburu (Lima, 1932-2006). Ubicado en el cruce de la avenida San Martín con la calle Sucre, es un homenaje que le rinden sus amigos barranquinos.
Tuve el honor de conocerlo cuando ingresé a la Universidad Católica. Fue mi profesor en la especialidad de Historia y luego colega en el Departamento de Humanidades; mi oficina estaba junto a la suya, lo que facilitó nuestra amistad. Viajero inagotable, me contaba sus viajes a la Polinesia, a la Antártica, al norte del África, o su reconstrucción de la travesía de Orellana por el río Amazonas. Cuando fui su alumno, quedé marcado con su descripción de los viajes de Pizarro y la captura del inca Atahualpa en la plaza de Cajamarca. Luego, tuve la responsabilidad de reemplazarlo durante un mes en su curso de Historia del Perú 1 en Estudios Generales Letras cuando se fue a reconstruir el segundo viaje de Colón. Así fue don Antonio del Busto, un viajero tenaz; el único historiador peruano -como decía- que había pisado los seis continentes. A inicios de los 90, tuve el privilegio de recorrer con él buena parte del Perú. Y de todos esos periplos, quizá el que más me marcó fue el que hicimos a Ayacucho. Recuerdo su reflexión sobre nuestra independencia en la Pampa de la Quinua; su reconstrucción de la batalla de Chupas en el mismo lugar donde se dio y que significó la derrota de los almagristas; la escalada a la cueva de Pikimachay, primera huella del hombre en los Andes; la travesía a la mítica y espectacular Vilcashuamán, donde está el único ushnu -o trono del Inca- que se conserva en el Perú. Conversar con él era un deleite, una enciclopedia viva. Sin duda, una de las personas más honestas que conocí, en todos los sentidos. De él aprendimos la terca apuesta por el Perú.


Fotos: Juan Luis Orrego
Tuve el honor de conocerlo cuando ingresé a la Universidad Católica. Fue mi profesor en la especialidad de Historia y luego colega en el Departamento de Humanidades; mi oficina estaba junto a la suya, lo que facilitó nuestra amistad. Viajero inagotable, me contaba sus viajes a la Polinesia, a la Antártica, al norte del África, o su reconstrucción de la travesía de Orellana por el río Amazonas. Cuando fui su alumno, quedé marcado con su descripción de los viajes de Pizarro y la captura del inca Atahualpa en la plaza de Cajamarca. Luego, tuve la responsabilidad de reemplazarlo durante un mes en su curso de Historia del Perú 1 en Estudios Generales Letras cuando se fue a reconstruir el segundo viaje de Colón. Así fue don Antonio del Busto, un viajero tenaz; el único historiador peruano -como decía- que había pisado los seis continentes. A inicios de los 90, tuve el privilegio de recorrer con él buena parte del Perú. Y de todos esos periplos, quizá el que más me marcó fue el que hicimos a Ayacucho. Recuerdo su reflexión sobre nuestra independencia en la Pampa de la Quinua; su reconstrucción de la batalla de Chupas en el mismo lugar donde se dio y que significó la derrota de los almagristas; la escalada a la cueva de Pikimachay, primera huella del hombre en los Andes; la travesía a la mítica y espectacular Vilcashuamán, donde está el único ushnu -o trono del Inca- que se conserva en el Perú. Conversar con él era un deleite, una enciclopedia viva. Sin duda, una de las personas más honestas que conocí, en todos los sentidos. De él aprendimos la terca apuesta por el Perú.


Fotos: Juan Luis Orrego
20/02/09: Bares célebres de Lima ya desaparecidos
Durante los años 50 del siglo pasado, funcionaron en Lima algunos bares que aún despiertan alguna nostalgia entre los viejos limeños. Por ejemplo, EL PALERMO, en el Parque Universitario. Tenía un local amplio, el más grande que se recuerde en la zona. Estaba ubicado en la segunda cuadra de La Colmena, a pocos metros del Parque Universitario. La atención era esmerada pero nada especial en los servicios de la cafetería, el restaurante y el bar. Sus 22 mesas familiares, alfombradas de aserrín, acogían casi las 24 horas del día a un público que reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de la Universidad Católica; la mayoría procedía de las Facultades de Letras y de Derecho. Pero también eran clientes muchos periodistas porque, al cierre de la edición, redactores y reporteros de La Prensa, La Crónica y El Comercio, se daban cita en EL PALERMO. Juntos pero no confundidos, se podía ver al novelista José María Arguedas y al maestro Raúl Porras Barrenechea, a los poetas Alberto Escobar y Francisco Bendezú, al estudiante de historia Pablo Macera, y al pedagogo Oscar Franco. A los periodistas Pedro Álvarez del Villar y al crítico y poeta Augusto Salazar Bondy. Al filósofo Víctor Li Carrillo y al estudiante de Derecho Félix Arias Schereiber. Al sociólogo Aníbal Quijano y al narrador Eleodoro Vargas Vicuña -en el 55, recién llegado de Arequipa-, al poeta Juan Gonzalo Rose y al historiador Emilio Choy, al cuentista Oswaldo Reynoso y al crítico de cine Hugo Bravo, a las estudiantes de Letras Esperanza Ruiz, Nécida Coronado y Evelina Gayoso. Todos, jóvenes personajes que vivieron la férrea dictadura militar del General Odría. Para muchos, fue la extensión del Patio de Letras de la Universidad de San Marcos. El negocio fue fundado por la familia italiana Cocchella que, a principios de los 50, lo vendieron a una familia japonesa, los Kuniyoshi (el jefe del clan era don Santiago Kuniyoshi).
Tambien se recuerda al ZELA, en el Portal del Norte de la Plaza San Martín, donde acudían el pintor Sérvulo Gutiérrez y gente de la Universidad Católica. Asimismo, el NEGRO-NEGRO, en un sótano de la Plaza San Martín, que fue un centro nocturno muy especial. Decorado al estilo parisién por la artista francesa Odile Marley, con la colaboración de Juanito Pardo de Zela, le dieron un ambiente intelectual que hizo de este local el lugar predilecto de artistas, literatos y personajes de la más fina bohemia de los años 50, que algunos llaman los “años felices”. Era “el Ateneo de la intelectualidad del momento, que venía de la Segunda Guerra Mundial...”, dice uno de los habitués de ese inolvidable centro nocturno que ofrecía el placer de conversar, brindar, escuchar música, ver teatro (especialmente comedias) y exposiciones de pintura y, finalmente, hacer bohemia. Funcionaba a media luz, con un jazz de fondo que tocaba un pianista invidente: Freddy Ochoa. Sus dueños eran los hermanos Leo y José Barba, este último padre del ex congresista José Barba Caballero. A la entrada de NEGRO NEGRO había una galería-librería, cuyos dueños eran Paco Moncloa y Sebastián Salazar Bondy, uno de los intelectuales más importantes de esos años. La librería funcionaba hasta poco más de la medianoche. Entre sus más asiduos concurrentes estaban: Sérvulo Gutiérrez, Alfonso Tealdo, Juan Ríos, Catita Recavarren, el torero Juanito Doblado, Alberto Brun, Carlos Eduardo Zavaleta, Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, Edgardo Pérez Luna, Alfonso Grados Bertorini, etc.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar LA CATEDRAL , célebre por la novela Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa. En realidad, se trató de una conocida chingana de obreros, artesanos y desocupados; estaba ubicada al borde del cuartel primero de la vieja Lima, en las inmediaciones del Puente del Ejército y de la avenida Argentina. Allí se desarrollaron las conversaciones entre Santiago Zavala y Ambrosio Pardo (hoy se encuentra en estado ruinoso).
MVLL en "La Catedral" hacia 1970


Local del bar "La Catedral", tal como se encuentra hoy
Tambien se recuerda al ZELA, en el Portal del Norte de la Plaza San Martín, donde acudían el pintor Sérvulo Gutiérrez y gente de la Universidad Católica. Asimismo, el NEGRO-NEGRO, en un sótano de la Plaza San Martín, que fue un centro nocturno muy especial. Decorado al estilo parisién por la artista francesa Odile Marley, con la colaboración de Juanito Pardo de Zela, le dieron un ambiente intelectual que hizo de este local el lugar predilecto de artistas, literatos y personajes de la más fina bohemia de los años 50, que algunos llaman los “años felices”. Era “el Ateneo de la intelectualidad del momento, que venía de la Segunda Guerra Mundial...”, dice uno de los habitués de ese inolvidable centro nocturno que ofrecía el placer de conversar, brindar, escuchar música, ver teatro (especialmente comedias) y exposiciones de pintura y, finalmente, hacer bohemia. Funcionaba a media luz, con un jazz de fondo que tocaba un pianista invidente: Freddy Ochoa. Sus dueños eran los hermanos Leo y José Barba, este último padre del ex congresista José Barba Caballero. A la entrada de NEGRO NEGRO había una galería-librería, cuyos dueños eran Paco Moncloa y Sebastián Salazar Bondy, uno de los intelectuales más importantes de esos años. La librería funcionaba hasta poco más de la medianoche. Entre sus más asiduos concurrentes estaban: Sérvulo Gutiérrez, Alfonso Tealdo, Juan Ríos, Catita Recavarren, el torero Juanito Doblado, Alberto Brun, Carlos Eduardo Zavaleta, Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, Edgardo Pérez Luna, Alfonso Grados Bertorini, etc.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar LA CATEDRAL , célebre por la novela Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa. En realidad, se trató de una conocida chingana de obreros, artesanos y desocupados; estaba ubicada al borde del cuartel primero de la vieja Lima, en las inmediaciones del Puente del Ejército y de la avenida Argentina. Allí se desarrollaron las conversaciones entre Santiago Zavala y Ambrosio Pardo (hoy se encuentra en estado ruinoso).
MVLL en "La Catedral" hacia 1970

Local del bar "La Catedral", tal como se encuentra hoy
19/02/09: Carta sobre Patricio Lynch
Una amable lectora de este blog, que reside en Nueva York, nos envió un correo sobre la entrevista que unos corresponsales norteamericanos le hiciera a Patricio Lynch. En ella, el que fuera responsable de las tropas chilenas durante la ocupación del Perú, presenta algunas impresiones, nada favorables, sobre nuestro país. Presentamos lo que nos dice la lectora como un intento de reflexionar sobre la imagen que se llevaron los chilenos sobre el Perú y que,a lo largo del tiempo, quizá hasta hoy, no ha variado mucho en el país del sur.
De mi consideración:
En atención a su sugerencia, en su blogs estuve buscando temas relacionados a la guerra de Perú y Chile (1879), pero lamentablemente no los he ubicado. Es comprensible que todos los pormenores relacionados a este tema son muy extensos, se han contado tantas versiones, unas oficiales y otras extraoficiales, y ya que se presenta la ocasión, permítame realizarle un pequeño comentario:
Hace bastante tiempo atrás, me topé con una pequeña información, sobre la existencia de una entrevista periodística que le hizo un reportero del New York Herald en 1883 al jefe chileno Alm. Patricio Lynch relacionado a la culminación de la Guerra del Pacífico y la terrible humillación experimentada por el Perú. No pensé que esta entrevista existiera (en mis épocas de estudiante escolar, los profesores ni siquiera hicieron alusión alguna de la existencia de esta entrevista) pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron los comentarios vertidos en su momento por el oficial chileno a este reportero, en relación a la política interna de nuestro país “…que tenía que existir un gobierno moderado y honrado y que era de esperar que todo lo sobrevenido iba a ser una lección útil para los peruanos para que sepan disciplinarse…” y en otra parte de la entrevista enfatiza “que si el comercio e industria prosperó en medio de la ocupación chilena, ha sido gracias a ellos, a su buena administración...”.
Me puse a pensar en el sufrimiento y humillación experimentado por nuestros compatriotas en esos años de ocupación chilena, y resulta enervante el solo imaginarlo. Bajo estos hechos, ¿a quién se le puede atribuir la autoría de esta guerra? ¿acaso no fueron algunos de nuestros compatriotas los causantes de la ignominia por la que padeció el pueblo peruano vencido por el ejército chileno en aquel entonces?.
Desde hace algún tiempo atrás, me he ido informando sobre temas relacionados a este triste episodio, y definitivamente la historia que enseñan en los colegios es muy mínima, basada en medias verdades que en nada se ajustan a la realidad de lo que realmente ocurrió entre los años 1789 a 1883 aproximadamente.
Le quedo muy agradecida por su amable atención.
Le saluda atentamente,
Pilar Chanduv

Patricio Lynch
De mi consideración:
En atención a su sugerencia, en su blogs estuve buscando temas relacionados a la guerra de Perú y Chile (1879), pero lamentablemente no los he ubicado. Es comprensible que todos los pormenores relacionados a este tema son muy extensos, se han contado tantas versiones, unas oficiales y otras extraoficiales, y ya que se presenta la ocasión, permítame realizarle un pequeño comentario:
Hace bastante tiempo atrás, me topé con una pequeña información, sobre la existencia de una entrevista periodística que le hizo un reportero del New York Herald en 1883 al jefe chileno Alm. Patricio Lynch relacionado a la culminación de la Guerra del Pacífico y la terrible humillación experimentada por el Perú. No pensé que esta entrevista existiera (en mis épocas de estudiante escolar, los profesores ni siquiera hicieron alusión alguna de la existencia de esta entrevista) pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron los comentarios vertidos en su momento por el oficial chileno a este reportero, en relación a la política interna de nuestro país “…que tenía que existir un gobierno moderado y honrado y que era de esperar que todo lo sobrevenido iba a ser una lección útil para los peruanos para que sepan disciplinarse…” y en otra parte de la entrevista enfatiza “que si el comercio e industria prosperó en medio de la ocupación chilena, ha sido gracias a ellos, a su buena administración...”.
Me puse a pensar en el sufrimiento y humillación experimentado por nuestros compatriotas en esos años de ocupación chilena, y resulta enervante el solo imaginarlo. Bajo estos hechos, ¿a quién se le puede atribuir la autoría de esta guerra? ¿acaso no fueron algunos de nuestros compatriotas los causantes de la ignominia por la que padeció el pueblo peruano vencido por el ejército chileno en aquel entonces?.
Desde hace algún tiempo atrás, me he ido informando sobre temas relacionados a este triste episodio, y definitivamente la historia que enseñan en los colegios es muy mínima, basada en medias verdades que en nada se ajustan a la realidad de lo que realmente ocurrió entre los años 1789 a 1883 aproximadamente.
Le quedo muy agradecida por su amable atención.
Le saluda atentamente,
Pilar Chanduv

Patricio Lynch
18/02/09: Las otras "cumbres" en Lima
El año que pasó, nuestra ciudad se vio afectada por la reunión de dos "cumbres" internacionales, la de la ALC-UE y la de la APEC. Remodelación de pistas, desvío del tránsito, propaganda sistemática para comprometer a los limeños hacá el éxito de dichas reuniones y, en fin, expectativa y caos generalizados. No tenemos las cifras pero, aparentemente, fueron dos buenos negocios para el país pues no sólo dimos una "buena" imagen a nivel internacionale sino que hubo muchos compromisos de inversión para nuestra economía. Pero las "cumbres" de 2008 no han sido las únicas que se celebraron en Lima. Durante el siglo XIX y en determinados momentos del XX, la capital peruana también albergó interesantes reuniones internacionales. Veamos.
A lo largo del siglo XIX, Lima fue sede de dos reuniones internacionales de singular importancia. La primera se llevó a cabo en 1847 y fue convocada por el presidente Ramón Castilla: se trató del Primer Congreso Americano. ¿Cuál fue el motivo de la convocatoria? Desde Europa, el ex dictador del Ecuador, el general Juan José Flores, quien gobernó el vecino del norte desde 1830 a 1845, emprendió uno de los planes más audaces del caudillismo latinoamericano para recuperar el poder. En Inglaterra reclutó mercenarios, consiguió armas y adquirió naves para invadir Ecuador. Luego pasó a Francia donde trató de conseguir más apoyo para su colosal empresa. Por último, en el Reino de Nápoles, el embajador español escuchó sus planes de colocar un príncipe español frente de Ecuador. Pero su plan no quedaba allí: bajo el Protectorado de España, dicho príncipe procuraría engrandecer geográficamente su reino a costa de sus vecinos (Colombia, Perú y Bolivia). La intriga monárquica, organizada por Flores, fue conocida por todos los medios diplomáticos, y el Perú toma la iniciativa para contrarrestar las “expediciones floreanas”. Así, la Cancillería peruana decidió convocar un congreso continental para acordar medidas de defensa común en vista del proyecto de instaurar en América monarquías europeas.
De los diez países invitados solo enviaron su representación cinco. Los concurrentes designaron a los siguientes plenipotenciarios: de Bolivia, José Ballivián; de Chile, Diego José Benavente; de Ecuador, Pablo Merino; de Nueva Granada, Juan de Francisco Martín; y del Perú, Manuel Ferreyros, por su experiencia como ministro de Estado y jefe de varias misiones diplomáticas. Fueron 21 las conferencias que se celebraron, desde la sesión de instalación, el 11 de diciembre de 1847, hasta la de clausura de los trabajos el 1 de marzo de 1848. Se estableció el deseo de llegar a acuerdos internacionales para proteger la soberanía americana según la Doctrina Monroe; además, durante el Congreso se comprobó con satisfacción que la Cancillería de Londres daba las garantías de que tal expedición no se produciría. Por último, se sentaron los principios de armonía continental y la necesidad de encontrar canales para mantener la paz en el continente. En este sentido se suscribió un tratado de confederación, otro de comercio y navegación, una convención de correos y otra consular. Como dato anecdótico, todas las sesiones del Congreso Americano de Lima, a diferencia de todo el despliegue logístico que hoy demanda este tipo de eventos, se desarrollaron en la casa de Manuel Ferreyros, elegido por los concurrentes Presidente de esta primera cita continental.
La segunda reunión internacional que se llevó a acabo en Lima fue convocada por nuestra Cancillería, a través de una circular el 11 de enero de 1864, y respondió a una coyuntura muy singular: la flota española, al mando de Luis Hernández Pinzón, amenazaba las costas del Perú y se precipitaba un conflicto con España. Esta aventura neocolonial ponía en peligro la independencia no solo de nuestro país sino la del continente americano. Se invitaba a las repúblicas americanas del Pacífico a un Congreso para discutir diferentes temas como declarar a América una sola familia dispuesta a defender su independencia; establecer los castigos morales contra los perturbadores y traidores de la causa americana; abolir la guerra continental y sustituirla por el arbitraje; tomar las medidas necesarias para resolver los temas limítrofes pendientes; firmar una convención postal; y obtener facilidades recíprocas entre los países de la región. Casi todos los invitados aceptaron concurrir a la cita. De esta manera, el Segundo Congreso Americano se instaló el 15 de octubre de 1864 y sesionó hasta el 13 de marzo de 1865 en el Palacio Torre Tagle. Los delegados fueron Juan de la Cruz Benavente (Bolivia), Justo Arosemena (Colombia), Manuel Montt (Chile), Vicente Piedrahita (Ecuador), Pedro A. Herán (Guatemala), Antonio Leocadio Guzmán (Venezuela) y Domingo Faustino Sarmiento (Argentina). Nuestro país estuvo representado por José Gregorio Paz Soldán, a quien sus colegas lo designaron presidente del Congreso.
Como es lógico, los temas del debate pasaron aun segundo plano pues el Congreso Americano invirtió buen aparte de su tiempo en resolver el conflicto entre el Perú y España. Como anota Jorge Basadre, al final llegó a acordar un tratado de unión, otro de alianza defensiva entre los estados partícipes, otro de correos y, finalmente, uno de comercio y navegación. El contenido de los textos fue muy lírico por lo que no fue ratificado por los congresos de los países que participaron en la cita de Lima.
Durante el siglo XX, al margen de las invitaciones que cursó el gobierno de Leguía para las celebraciones del Centenario de la Independencia en 1921 y 1924, a las que asistieron diversas personalidades de América Latina y España, quizá la más importante fue la que ocurrió en 1975. Primero revisemos el contexto. Aquel año, el régimen dictatorial del general Juan Velasco Alvarado estaba cercado por la crisis económica y por un cúmulo de huelgas y movilizaciones. Recordemos que la asonada más violenta, con saqueos y medio centenar de muertos, fue la que vivió Lima el 5 de febrero, aprovechando una huelga policial: el famoso “Limazo”.
En esta difícil coyuntura, se reunió en nuestra ciudad, del 25 al 30 de agosto, la V Conferencia Cumbre de Ministros de Relaciones Exteriores de los Países No Alineados. Los cancilleres (en su mayoría de América Latina, África y Asia), que sesionaron en el Centro Cívico, acordaron dar apoyo al Sistema Económico Latinoamericano (SELA) y delinearon el Plan de Acción para Fortalecer la Cooperación, Solidaridad y Capacidad de Acción de los Países No Alineados y otros países en Desarrollo para el establecimiento del NOEI; para este fin, se formó el "Grupo de los 77", por el número de delegaciones que asistió a la reunión de Lima. Otra decisión importante fue obtener una declaración condenatoria a la situación de las Islas Malvinas: los Países No Alineados, sin perjuicio de ratificar la vigencia del principio de autodeterminación como principio general para otros territorios, en el caso especial y particular de las Islas Malvinas apoyan firmemente el justo reclamo de la República Argentina e instan al Reino Unido a proseguir activamente las negociaciones encomendadas por las Naciones Unidas con el fin de devolver dicho territorio a la soberanía Argentina, y de ese modo, terminar con esa situación ilegal que aún persiste en la parte sur del continente Americano. Lo lamentable para la imagen del Perú fue que, durante la Conferencia, se dio el caso insólito de que un golpe de estado, al interior de las Fuerzas Armadas, puso fin al gobierno del general Velasco e inauguró el régimen del general Francisco Morales Bermúdez. Nadie entendía nada. Las sesiones fueron inauguradas por Velasco y clausuradas por el nuevo dictador, quien expresó: la misma Revolución que los recibió hace ochos días es la misma revolución que les da la despedida.
A lo largo del siglo XIX, Lima fue sede de dos reuniones internacionales de singular importancia. La primera se llevó a cabo en 1847 y fue convocada por el presidente Ramón Castilla: se trató del Primer Congreso Americano. ¿Cuál fue el motivo de la convocatoria? Desde Europa, el ex dictador del Ecuador, el general Juan José Flores, quien gobernó el vecino del norte desde 1830 a 1845, emprendió uno de los planes más audaces del caudillismo latinoamericano para recuperar el poder. En Inglaterra reclutó mercenarios, consiguió armas y adquirió naves para invadir Ecuador. Luego pasó a Francia donde trató de conseguir más apoyo para su colosal empresa. Por último, en el Reino de Nápoles, el embajador español escuchó sus planes de colocar un príncipe español frente de Ecuador. Pero su plan no quedaba allí: bajo el Protectorado de España, dicho príncipe procuraría engrandecer geográficamente su reino a costa de sus vecinos (Colombia, Perú y Bolivia). La intriga monárquica, organizada por Flores, fue conocida por todos los medios diplomáticos, y el Perú toma la iniciativa para contrarrestar las “expediciones floreanas”. Así, la Cancillería peruana decidió convocar un congreso continental para acordar medidas de defensa común en vista del proyecto de instaurar en América monarquías europeas.
De los diez países invitados solo enviaron su representación cinco. Los concurrentes designaron a los siguientes plenipotenciarios: de Bolivia, José Ballivián; de Chile, Diego José Benavente; de Ecuador, Pablo Merino; de Nueva Granada, Juan de Francisco Martín; y del Perú, Manuel Ferreyros, por su experiencia como ministro de Estado y jefe de varias misiones diplomáticas. Fueron 21 las conferencias que se celebraron, desde la sesión de instalación, el 11 de diciembre de 1847, hasta la de clausura de los trabajos el 1 de marzo de 1848. Se estableció el deseo de llegar a acuerdos internacionales para proteger la soberanía americana según la Doctrina Monroe; además, durante el Congreso se comprobó con satisfacción que la Cancillería de Londres daba las garantías de que tal expedición no se produciría. Por último, se sentaron los principios de armonía continental y la necesidad de encontrar canales para mantener la paz en el continente. En este sentido se suscribió un tratado de confederación, otro de comercio y navegación, una convención de correos y otra consular. Como dato anecdótico, todas las sesiones del Congreso Americano de Lima, a diferencia de todo el despliegue logístico que hoy demanda este tipo de eventos, se desarrollaron en la casa de Manuel Ferreyros, elegido por los concurrentes Presidente de esta primera cita continental.
La segunda reunión internacional que se llevó a acabo en Lima fue convocada por nuestra Cancillería, a través de una circular el 11 de enero de 1864, y respondió a una coyuntura muy singular: la flota española, al mando de Luis Hernández Pinzón, amenazaba las costas del Perú y se precipitaba un conflicto con España. Esta aventura neocolonial ponía en peligro la independencia no solo de nuestro país sino la del continente americano. Se invitaba a las repúblicas americanas del Pacífico a un Congreso para discutir diferentes temas como declarar a América una sola familia dispuesta a defender su independencia; establecer los castigos morales contra los perturbadores y traidores de la causa americana; abolir la guerra continental y sustituirla por el arbitraje; tomar las medidas necesarias para resolver los temas limítrofes pendientes; firmar una convención postal; y obtener facilidades recíprocas entre los países de la región. Casi todos los invitados aceptaron concurrir a la cita. De esta manera, el Segundo Congreso Americano se instaló el 15 de octubre de 1864 y sesionó hasta el 13 de marzo de 1865 en el Palacio Torre Tagle. Los delegados fueron Juan de la Cruz Benavente (Bolivia), Justo Arosemena (Colombia), Manuel Montt (Chile), Vicente Piedrahita (Ecuador), Pedro A. Herán (Guatemala), Antonio Leocadio Guzmán (Venezuela) y Domingo Faustino Sarmiento (Argentina). Nuestro país estuvo representado por José Gregorio Paz Soldán, a quien sus colegas lo designaron presidente del Congreso.
Como es lógico, los temas del debate pasaron aun segundo plano pues el Congreso Americano invirtió buen aparte de su tiempo en resolver el conflicto entre el Perú y España. Como anota Jorge Basadre, al final llegó a acordar un tratado de unión, otro de alianza defensiva entre los estados partícipes, otro de correos y, finalmente, uno de comercio y navegación. El contenido de los textos fue muy lírico por lo que no fue ratificado por los congresos de los países que participaron en la cita de Lima.
Durante el siglo XX, al margen de las invitaciones que cursó el gobierno de Leguía para las celebraciones del Centenario de la Independencia en 1921 y 1924, a las que asistieron diversas personalidades de América Latina y España, quizá la más importante fue la que ocurrió en 1975. Primero revisemos el contexto. Aquel año, el régimen dictatorial del general Juan Velasco Alvarado estaba cercado por la crisis económica y por un cúmulo de huelgas y movilizaciones. Recordemos que la asonada más violenta, con saqueos y medio centenar de muertos, fue la que vivió Lima el 5 de febrero, aprovechando una huelga policial: el famoso “Limazo”.
En esta difícil coyuntura, se reunió en nuestra ciudad, del 25 al 30 de agosto, la V Conferencia Cumbre de Ministros de Relaciones Exteriores de los Países No Alineados. Los cancilleres (en su mayoría de América Latina, África y Asia), que sesionaron en el Centro Cívico, acordaron dar apoyo al Sistema Económico Latinoamericano (SELA) y delinearon el Plan de Acción para Fortalecer la Cooperación, Solidaridad y Capacidad de Acción de los Países No Alineados y otros países en Desarrollo para el establecimiento del NOEI; para este fin, se formó el "Grupo de los 77", por el número de delegaciones que asistió a la reunión de Lima. Otra decisión importante fue obtener una declaración condenatoria a la situación de las Islas Malvinas: los Países No Alineados, sin perjuicio de ratificar la vigencia del principio de autodeterminación como principio general para otros territorios, en el caso especial y particular de las Islas Malvinas apoyan firmemente el justo reclamo de la República Argentina e instan al Reino Unido a proseguir activamente las negociaciones encomendadas por las Naciones Unidas con el fin de devolver dicho territorio a la soberanía Argentina, y de ese modo, terminar con esa situación ilegal que aún persiste en la parte sur del continente Americano. Lo lamentable para la imagen del Perú fue que, durante la Conferencia, se dio el caso insólito de que un golpe de estado, al interior de las Fuerzas Armadas, puso fin al gobierno del general Velasco e inauguró el régimen del general Francisco Morales Bermúdez. Nadie entendía nada. Las sesiones fueron inauguradas por Velasco y clausuradas por el nuevo dictador, quien expresó: la misma Revolución que los recibió hace ochos días es la misma revolución que les da la despedida.
17/02/09: Breve historia de AEROPERÚ
La historia de esta compañía se inicia en 1973 cuando el gobierno militar de Velasco decide crear una línea aérea estatal que uniera las principales ciudades del país, así como para sustituir APSA, recientemente quebrada y que hasta 1972 había sido la aerolínea de bandera. Así, el 22 de mayo de 1973, “AeroPerú” fue fundada y se convirtió rápidamente en la primera aerolínea del país. Su primer vuelo se realizó el 3 de octubre de 1973 (“Día de la Revolución Peruana”) hacia la ciudad del Cuzco, antigua capital de los incas, sirviendo como entrada a Macchu Picchu. La empresa inició sus operaciones con tres Fokker F28, aeronave muy moderna en ese entonces. El lema de AeroPerú resumió la filosofía de la compañía: "trabajamos orgullosos para formar a un gran equipo y para llevar el nombre de Perú en alto."
Hacia 1974, “AeroPerú” emprendió un programa de expansión de sus operaciones, abriendo su primera ruta internacional con la ruta Lima-Buenos Aires, vía Santiago de Chile; la mañana del 28 de julio, un Douglas DC-8 salió del “Jorge Chávez” de Lima a Santiago de Chile en vuelo de tres horas. A lo largo de la década de los 70, otros destinos internacionales se sumaron a la lista: Miami, Los Ángeles, Panamá, Bogotá, México, Caracas, Guayaquil, Quito, La Paz, Río de Janeiro y Sao Paulo. Este crecimiento obligó a la compañía a introducir mejoras en la flota. En 1978, por ejemplo, “AeroPerú” fue la primera aerolínea sudamericana en introducir el avanzado Lockheed L-1011 TriStar. Fueron dos aeronaves para sus rutas de mucha demanda: Lima-Santiago-Buenos Aires y Lima-Miami. Sin embargo, estas aeronaves fueron retiradas de la flota por los DC-8, adquiridos de “United Airlines” pues sus costos operativos eran más económicos y se adaptaban mejor a la red de rutas de la línea aérea. Surante los 80, “AeroPerú” tenía un sistema de rutas internacionales y domésticas bastante grande. La línea enlazó el Perú a Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, México y Estados Unidos.
La década de los 90 trajo dramáticos cambios para la empresa. El 16 de enero de 1993, como parte del esfuerzo del gobierno de Fujimori en privatizar las empresas estatales, se puso en licitación la aerolínea para ser vendida al mejor postor. De esta manera, fue adquirida por “Aeroméxico” (Aerovías de México). Las operaciones de la aerolínea crecieron y elevaron estándares y se adoptó una nueva imagen corporativa basada en la empresa mexicana. Luego, en 1995, como subsidiario de Aeroméxico, el control de “AeroPerú” fue asumido por el grupo Cintra, un conglomerado del gobierno mexicano, que adquirió los activos de los bancos mexicanos que se habían arruinado durante la "crisis económica del Tequila".
Entre 1993 y 1999, “AeroPerú” había establecido una alianza (llamada "Alas de América") con Aeroméxico y Mexicana, que implicó derechos de código compartido, acuerdos, servicios de mantenimiento y entrenamiento de tripulaciones. Se incluyó en este acuerdo la transferencia de modernas aeronaves para sustituir los viejos aviones. Hacia mediados de los años 90, “AeroPerú” había consolidado su posición internacional con servicios a las ciudades más importantes en toda América.
Pero el panorama se tornó complicado en 1996 cuando una de sus aeronaves se estrelló cerca del Callao en un vuelo rutinario hacia Santiago de Chile. Fallecieron 70 pasajeros; fue, de hecho, el día más triste en la historia de la aerolínea; además, perdería muchos clientes mientras que su imagen quedaría desprestigiada después del descubrimiento de la causa del accidente: alguien en su base de mantenimiento había olvidado de quitar una cinta que cubría las ayudas visuales que dirigían la aeronave. Aparte de la mala publicidad, la empresa se vio en la obligación de pagar más que 70 millones de dólares a las familias de las víctimas. Finalmente, los problemas financieros, junto con la feroz competencia de “AeroContinente”, agravaron la crisis, a pesar de los esfuerzos por buscar alianzas estratégicas. El triste final de “AeroPerú” fue el 10 de marzo de 1999. La empresa tenía una deuda de 174 millones de dólares, una suma cuantiosa para una línea aérea con solamente 10 aeronaves. La flota entera regresó a los arrendatarios en mayo de 1999. Hubo intentos por reflotar la aerolínea pero todos fracasaron, en gran medida por una interferencia política. Para muchos, la pérdida de “AeroPerú” marcó el final de una era en la aviación comercial peruana y el principio de nuevas empresas que reflejan una liberalización de los cielos, y un gran esfuerzo de hacer de Perú el centro del turismo latinoamericano.

Primer vuelo de Aeroperú (1973)
Hacia 1974, “AeroPerú” emprendió un programa de expansión de sus operaciones, abriendo su primera ruta internacional con la ruta Lima-Buenos Aires, vía Santiago de Chile; la mañana del 28 de julio, un Douglas DC-8 salió del “Jorge Chávez” de Lima a Santiago de Chile en vuelo de tres horas. A lo largo de la década de los 70, otros destinos internacionales se sumaron a la lista: Miami, Los Ángeles, Panamá, Bogotá, México, Caracas, Guayaquil, Quito, La Paz, Río de Janeiro y Sao Paulo. Este crecimiento obligó a la compañía a introducir mejoras en la flota. En 1978, por ejemplo, “AeroPerú” fue la primera aerolínea sudamericana en introducir el avanzado Lockheed L-1011 TriStar. Fueron dos aeronaves para sus rutas de mucha demanda: Lima-Santiago-Buenos Aires y Lima-Miami. Sin embargo, estas aeronaves fueron retiradas de la flota por los DC-8, adquiridos de “United Airlines” pues sus costos operativos eran más económicos y se adaptaban mejor a la red de rutas de la línea aérea. Surante los 80, “AeroPerú” tenía un sistema de rutas internacionales y domésticas bastante grande. La línea enlazó el Perú a Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, México y Estados Unidos.
La década de los 90 trajo dramáticos cambios para la empresa. El 16 de enero de 1993, como parte del esfuerzo del gobierno de Fujimori en privatizar las empresas estatales, se puso en licitación la aerolínea para ser vendida al mejor postor. De esta manera, fue adquirida por “Aeroméxico” (Aerovías de México). Las operaciones de la aerolínea crecieron y elevaron estándares y se adoptó una nueva imagen corporativa basada en la empresa mexicana. Luego, en 1995, como subsidiario de Aeroméxico, el control de “AeroPerú” fue asumido por el grupo Cintra, un conglomerado del gobierno mexicano, que adquirió los activos de los bancos mexicanos que se habían arruinado durante la "crisis económica del Tequila".
Entre 1993 y 1999, “AeroPerú” había establecido una alianza (llamada "Alas de América") con Aeroméxico y Mexicana, que implicó derechos de código compartido, acuerdos, servicios de mantenimiento y entrenamiento de tripulaciones. Se incluyó en este acuerdo la transferencia de modernas aeronaves para sustituir los viejos aviones. Hacia mediados de los años 90, “AeroPerú” había consolidado su posición internacional con servicios a las ciudades más importantes en toda América.
Pero el panorama se tornó complicado en 1996 cuando una de sus aeronaves se estrelló cerca del Callao en un vuelo rutinario hacia Santiago de Chile. Fallecieron 70 pasajeros; fue, de hecho, el día más triste en la historia de la aerolínea; además, perdería muchos clientes mientras que su imagen quedaría desprestigiada después del descubrimiento de la causa del accidente: alguien en su base de mantenimiento había olvidado de quitar una cinta que cubría las ayudas visuales que dirigían la aeronave. Aparte de la mala publicidad, la empresa se vio en la obligación de pagar más que 70 millones de dólares a las familias de las víctimas. Finalmente, los problemas financieros, junto con la feroz competencia de “AeroContinente”, agravaron la crisis, a pesar de los esfuerzos por buscar alianzas estratégicas. El triste final de “AeroPerú” fue el 10 de marzo de 1999. La empresa tenía una deuda de 174 millones de dólares, una suma cuantiosa para una línea aérea con solamente 10 aeronaves. La flota entera regresó a los arrendatarios en mayo de 1999. Hubo intentos por reflotar la aerolínea pero todos fracasaron, en gran medida por una interferencia política. Para muchos, la pérdida de “AeroPerú” marcó el final de una era en la aviación comercial peruana y el principio de nuevas empresas que reflejan una liberalización de los cielos, y un gran esfuerzo de hacer de Perú el centro del turismo latinoamericano.

Primer vuelo de Aeroperú (1973)
16/02/09: El avión CONCORDE en Lima
El viernes 25 de octubre de 1974, el aeropuerto internacional “Jorge Chávez” se convirtió en escenario de un gran acontecimiento cuando a las 4 y media de la tarde, por primera vez en el Perú, aterrizó, procedente de Los Ángeles, con escala técnica en Acapulco, el avión aerocomercial más veloz del mundo: el Concorde, de fabricación anglo-francesa. Llegó bajo la conducción del piloto francés André Turcat, quien fue el primero en volarlo. En esta gira de ensayo y exhibición, que el Concorde (famoso avión que superaba la velocidad del sonido) efectuaba por la costa del Pacífico, trajo 32 personas entre ejecutivos, técnicos y demás funcionarios de “Aeropostale” de Francia y “British Aircraft Corporation” de Gran Bretaña, compañías que eran responsables del diseño, el desarrollo y la construcción de este avión. Como dato curioso, podemos decir que varios de los cristales de los ventanales de nuestro aeropuerto se rompieron en el momento de la llegada del avión supersónico. De más está decir, que cientos de limeños acudieron los días siguientes a contemplar desde las terrazas del aeropuerto a esta maravilla de la tecnología.

15/02/09: Historia de un secuestro aéreo
Un episodio muy raro ocurrió el lunes 19 de marzo de 1969. Al mediodía había despegado del aeropuerto “Jorge Chávez” un jet de “Faucett” rumbo a Arequipa y Tacna con su tripulación, al mando del comandante Erich Klein (más de 25 mil horas de vuelo), y 69 pasajeros. Cinco minutos después del despegue irrumpieron en la cabina de mando dos jóvenes secuestradores que, armados con revólveres y 12 cartuchos de dinamita (y en sus labios un cigarrillo prendido con el que amenazaban abrir fuego a la mecha de los explosivos), ordenaron al piloto lo siguiente: "Esto no es un juego, a Guayaquil y Cuba. No hagan ningún acto de violencia o el avión saldrá volando en pedazos".
El piloto, que en esos momentos sobrevolaba la isla de San Lorenzo y La Punta, cambió de rumbo con destino a Guayaquil. Pidió calma a los jóvenes secuestradores para salvar al avión y a los pasajeros. Luego, ante las presiones, el piloto habló: "Atención por favor; tengo aquí dos jóvenes con petardos de dinamita y revólveres que quieren ir a Guayaquil para seguir a Cuba". Los pasajeros lo tomaron a broma y no hubo pánico; más bien, alegría porque pensaron conocer Cuba o, al menos, Guayaquil. Luego, comprobaron la realidad cuando los secuestradores se hicieron presentes. Las azafatas, sin perder el ánimo, les ofrecieron algo de comer y fueron rechazadas cortésmente. Pasajeros y tripulación estaban con la moral muy en alto y sabían que para ir a Cuba necesitaban tomar combustible en Guayaquil.
En el aeropuerto de Guayaquil el clima era tenso. Nunca en Ecuador se había vivido una situación parecida. Justo en ese momento, el avión del presidente José María Velasco Ibarra estaba allí luego de realizar el Presidente una inspección por la zona. Velasco Ibarra comprobó la situación del avión peruano y ordenó que fuera restablecido de combustible y se evitara toda acción de fuerza. Así, los secuestradores consintieron que bajaran todos los pasajeros, lo que produjo situaciones aflictivas entre mujeres y niños, lo que conmovió a los secuestradores. Además, comprendieron, era muy peligroso viajar por el Mar del Caribe con el avión lleno, sin equipo de salvataje y sin cartas de navegación. Era poco más de la 1 de la tarde; el peligro había pasado para los pasajeros, pero para la tripulación se iniciaba una vía crucis hasta La Habana. Las autoridades de Guayaquil dijeron haber identificado a los secuestradores como Julio Novoa Cano, Carlos Rodríguez, Pedro Estuardo y Julio Alcázar, tal vez cuzqueños o arequipeños.
Los pasajeros se quedaron alegres en Guayaquil. Sin apuro de regresar a Lima, lamentaban no haber podido conocer Cuba. Fueron agasajados por las autoridades locales y recibieron la ayuda del Cónsul peruano. Se comentaron los incidentes. En el secuestro no faltó la cosa galante: un secuestrador obsequió su pistola a un pasajero. "Regáleme su pistolita para tener un recuerdo suyo", le dijo en son de broma el pasajero Manuel Salazar al bajar del avión en Guayaquil a uno de losa saltantes quien, por el sarcasmo del pedido, se puso nervioso y, después de unos instantes, le entregó el arma sin decir nada.
Mientras tanto, el jet peruano siguió a Cuba. Al sobrevolar Panamá, los secuestradores se tranquilizaron. El aterrizaje en el aeropuerto “Rancho Balleros” de La Habana se dio después de las 5 de la tarde; un jet cubano lo guió empleando el radar porque los sistemas de control no eran los que se usaban en los demás aeropuertos del mundo. Al descender el jet peruano, varios milicianos subieron y, sin pronunciar palabra, extendieron las manos y recibieron las armas y la dinamita de losa saltantes. Un oficial lamentó que no hubieran venido los pasajeros para que conocieran La Habana y, mientras la tripulación era llevada a unas oficinas para ser interrogada, a los asaltantes no se les vio más. Ocho horas y media después, por gestiones del Embajador de México en Cuba, que intercedió por nuestro gobierno, previo pago de los derechos de aterrizaje y combustibles, el jet pudo despegar a las 2 de la madrugada con destino a Guayaquil. Los gastos fueron de 1,283 dólares americanos.
Horas después, el avión aterrizaba en Guayaquil donde esperaban los pasajeros quienes habían pasado la noche en una recepción. El vuelo hacia Lima fue totalmente normal. Aterrizaron el 18 de marzo a las 8 de la mañana en el “Jorge Chávez”. Gran cantidad de periodistas, reporteros gráficos, camarógrafos de TV y detectives aguardaban a la tripulación y pasajeros quienes revelaban en sus rostros haber vivido una aventura emocionante. A poco tiempo del sonado secuestro, a las 11 de la mañana, cumpliendo con su itinerario de rutas internas, el Boeing 727 despegaba hacia Arequipa y Tacna llevando a los 45 pasajeros que estuvieron en el secuestro.
El piloto, que en esos momentos sobrevolaba la isla de San Lorenzo y La Punta, cambió de rumbo con destino a Guayaquil. Pidió calma a los jóvenes secuestradores para salvar al avión y a los pasajeros. Luego, ante las presiones, el piloto habló: "Atención por favor; tengo aquí dos jóvenes con petardos de dinamita y revólveres que quieren ir a Guayaquil para seguir a Cuba". Los pasajeros lo tomaron a broma y no hubo pánico; más bien, alegría porque pensaron conocer Cuba o, al menos, Guayaquil. Luego, comprobaron la realidad cuando los secuestradores se hicieron presentes. Las azafatas, sin perder el ánimo, les ofrecieron algo de comer y fueron rechazadas cortésmente. Pasajeros y tripulación estaban con la moral muy en alto y sabían que para ir a Cuba necesitaban tomar combustible en Guayaquil.
En el aeropuerto de Guayaquil el clima era tenso. Nunca en Ecuador se había vivido una situación parecida. Justo en ese momento, el avión del presidente José María Velasco Ibarra estaba allí luego de realizar el Presidente una inspección por la zona. Velasco Ibarra comprobó la situación del avión peruano y ordenó que fuera restablecido de combustible y se evitara toda acción de fuerza. Así, los secuestradores consintieron que bajaran todos los pasajeros, lo que produjo situaciones aflictivas entre mujeres y niños, lo que conmovió a los secuestradores. Además, comprendieron, era muy peligroso viajar por el Mar del Caribe con el avión lleno, sin equipo de salvataje y sin cartas de navegación. Era poco más de la 1 de la tarde; el peligro había pasado para los pasajeros, pero para la tripulación se iniciaba una vía crucis hasta La Habana. Las autoridades de Guayaquil dijeron haber identificado a los secuestradores como Julio Novoa Cano, Carlos Rodríguez, Pedro Estuardo y Julio Alcázar, tal vez cuzqueños o arequipeños.
Los pasajeros se quedaron alegres en Guayaquil. Sin apuro de regresar a Lima, lamentaban no haber podido conocer Cuba. Fueron agasajados por las autoridades locales y recibieron la ayuda del Cónsul peruano. Se comentaron los incidentes. En el secuestro no faltó la cosa galante: un secuestrador obsequió su pistola a un pasajero. "Regáleme su pistolita para tener un recuerdo suyo", le dijo en son de broma el pasajero Manuel Salazar al bajar del avión en Guayaquil a uno de losa saltantes quien, por el sarcasmo del pedido, se puso nervioso y, después de unos instantes, le entregó el arma sin decir nada.
Mientras tanto, el jet peruano siguió a Cuba. Al sobrevolar Panamá, los secuestradores se tranquilizaron. El aterrizaje en el aeropuerto “Rancho Balleros” de La Habana se dio después de las 5 de la tarde; un jet cubano lo guió empleando el radar porque los sistemas de control no eran los que se usaban en los demás aeropuertos del mundo. Al descender el jet peruano, varios milicianos subieron y, sin pronunciar palabra, extendieron las manos y recibieron las armas y la dinamita de losa saltantes. Un oficial lamentó que no hubieran venido los pasajeros para que conocieran La Habana y, mientras la tripulación era llevada a unas oficinas para ser interrogada, a los asaltantes no se les vio más. Ocho horas y media después, por gestiones del Embajador de México en Cuba, que intercedió por nuestro gobierno, previo pago de los derechos de aterrizaje y combustibles, el jet pudo despegar a las 2 de la madrugada con destino a Guayaquil. Los gastos fueron de 1,283 dólares americanos.
Horas después, el avión aterrizaba en Guayaquil donde esperaban los pasajeros quienes habían pasado la noche en una recepción. El vuelo hacia Lima fue totalmente normal. Aterrizaron el 18 de marzo a las 8 de la mañana en el “Jorge Chávez”. Gran cantidad de periodistas, reporteros gráficos, camarógrafos de TV y detectives aguardaban a la tripulación y pasajeros quienes revelaban en sus rostros haber vivido una aventura emocionante. A poco tiempo del sonado secuestro, a las 11 de la mañana, cumpliendo con su itinerario de rutas internas, el Boeing 727 despegaba hacia Arequipa y Tacna llevando a los 45 pasajeros que estuvieron en el secuestro.
14/02/09: Recordando al maestro Jorge Basadre
El pasado jueves 12 de febrero se cumplió un aniversario más del nacimiento de nuestro primer historiador de la República, don Jorge Basadre. Sería imposible abordar un comentario global de su obra en estas líneas; sin embargo, ensayo una aproximación, muy preliminar de uno de sus libros que más aprecio, La vida y la historia.
En 1975, ya casi en el ocaso de su vida, apareció La vida y la historia. Ensayos sobre personas, lugares y problemas del maestro Jorge Basadre quien, en el prefacio, advirtió que no era un libro de memorias en el sentido tradicional de dicho género. Quiere decir que no revive sistemáticamente las peripecias de una vida. Ensaya, más bien, una nueva actitud sobre determinados episodios, arbitrariamente seleccionados, narra, evoca, o pretende interpretar.
En efecto, el volumen no narra toda la vida de Basadre. El autor rescató, sobre la base de una selección muy personal, ciertos episodios y experiencias que le tocaron vivir en su rica trayectoria como ciudadano e historiador. En sus páginas podemos encontrar sus recuerdos de infancia y juventud (“Infancia en Tacna” y “Afuera, hacia la lejanía, hacia el vasto mundo, afuera”); su experiencia como estudiante universitario en San Marcos (“Por primera vez los universitarios hablan al país en nombre del ideal de cultura”); su gestión como plebiscitario (“El conflicto de pasiones y de intereses en Tacna y Arica, 1922-1929”); su relación con la Biblioteca Nacional (“Recuerdos de un bibliotecario”), sus vivencias en la Europa de la entreguerra (“Vida e historia en Alemania” y “Vida e historia en España”); y su primera experiencia como Ministro de Educación (“Diversas notas en torno a la época de Bustamante y Rivero, y algo sobre lo que vino después”).
A lo largo de las páginas de este libro, podemos advertir, una vez más, cómo Basadre repensaba y se desvivía por el Perú. Para él, por ejemplo, no fue fácil nacer y pasar sus primeros años de vida en Tacna, ciudad ocupada por el ejército chileno que hostigaba sistemáticamente a los peruanos que allí residían. Ese complicado contexto obligó a su familia a trasladarse a Lima y vivir, prácticamente, como desarraigados. Luego, ya en la juventud, como plebiscitario, vio impotente cómo, ante la imposibilidad de llevarse a cabo el plebiscito contemplado en el Tratado de Ancón, el país perdía definitivamente Arica. Su infancia y juventud, entonces, marcaron la difícil “peruanidad” de nuestro historiador de la República.
Su experiencia como estudiante universitario también es cautivante. Él vive, en San Marcos, una época efervescente en la que los jóvenes se dejaban seducir por la proyección social y política de la Universidad. San Marcos se hizo protagonista de la vida nacional a partir de la Reforma Universitaria del siglo XIX. Los alumnos salían a las calles, protestaban contra cualquier arbitrariedad y no eran ajenos a las reivindicaciones de los obreros. Pero no todo era política en San Marcos. Dicha coyuntura formó a la generación de intelectuales más importante que dio el Perú en el siglo pasado. Ese fue el grupo de intelectuales que marcó los derroteros para entender al Perú. Junto a Basadre tenemos a Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía y Luis Alberto Sánchez, entre otros. Cabe mencionar, además, que esa generación actuó bajo la modernización autoritaria personalizada en Augusto B. Leguía.
Su periplo por la Europa de entreguerras, de otro lado, nos deja sugestivas reflexiones del maestro sobre la situación política del Viejo Mundo durante los años treinta, especialmente sobre el ascenso del fascismo. Asimismo, ya en el plano estrictamente académico, vemos cómo Basadre entraba en contacto con los intelectuales y el mundo intelectual en España y Alemania. Vemos, por ejemplo, su preocupación por estar alerta de los avances más recientes en la investigación. La frescura de sus libros demuestra ese celo por estar siempre al día con la bibliografía reciente y por los métodos más modernos de análisis.
La Biblioteca Nacional fue otro de los desvelos del maestro Basadre. Cuando joven, en los años veinte, trabajó en ella ocupando los más diversos cargos. Allí encontró la materia prima para su Historia de la República. Pocos como él conocían y manejaban al dedillo todas las colecciones bibliográficas y documentales que guardaba aquel vetusto edificio que, inexplicablemente, quedó convertido en lodo y cenizas por el terrible incendio del 11 de mayo de 1943. Por ello, el presidente Manuel Prado no podía escoger a otro que no fuera Basadre para la reconstrucción del local y su colección. Frente a esta responsabilidad, escribió: "Era mi convicción profunda (escribí en el folleto La Bibilioteca Nacional de Lima 1943 –1945) que las llamas oprobiosas del incendio debían haber destruido algo más que libros, manuscritos y estanterías. Sobre sus cenizas sólo cabía al Perú eregir otra institución, no para que fuese lo más parecida a la antigua, sino para que tratara de ser lo más parecida posible a lo que significa una biblioteca moderna en un país democrático. La incuria burocrática tenía responsabilidad directa o indirecta en el siniestro; a ella habíase sumado también el viejo espíritu. La reconstrucción tenía que ser total: libros, servicios, organización, personal, espíritu".
En las páginas de La vida y la historia nos dice que no faltaron los escépticos. En efecto, fueron muchos los intelectuales que dijeron y repitieron que el patrimonio cultural del país se había perdido para siempre. Pero nuestro personaje, luego de cuatro años de titánica labor, demostró que ese tesoro era en buena parte recuperable a través de búsquedas en Lima, en provincias y en el extranjero. Así se formó la nueva colección en base a compras, canjes y donativos y, en un lapso relativamente corto, se llegó a tener una aceptable documentación peruana antigua y moderna. Para complementar esta labor y preparar rápidamente al personal técnico, Basadre creó la Escuela de Bibliotecarios, verdadero núcleo de la nueva estructura de la Biblioteca Nacional.
Finalmente, ya en el ámbito político, Basadre nos cuenta su fugaz primer paso por el Ministerio de Educación durante el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero. Fugaz porque sólo se quedó unos meses, en 1945. No fue una experiencia positiva porque no encontró las condiciones necesarias para emprender un programa serio y a largo plazo. El origen político, muy complicado por ser fruto de una alianza de partidos y personalidades, del gobierno de Bustamante explica su rápida renuncia al cargo de Ministro.
La vida y la historia, a pesar de los múltiples acontecimientos y personajes sobre los cuales diserta el autor, demuestra que el maestro Basadre, más allá de su amplia cultura, estuvo indisolublemente ligado a la Historia, disciplina que cultivó tempranamente y que no abandonaría sino muy poco tiempo antes de su muerte en 1980. A Basadre hay que recordarlo como él hubiera deseado: con libros como éste en los que palpita su lúcido pensamiento, su amor inmenso por el Perú, desgarramiento espiritual por sus desgracias y errores, pero también un razonable optimismo en que llegarían días mejores para nuestro país. A un cuarto de siglo después de su desaparición física, el pensamiento de Basadre, su inmensa obra escrita, su magisterio singular que nos brindaba cada día, están vigentes, siguen alimentando el intelecto de nuevas generaciones que lo admiran, tanto o más que las precedentes.
En 1979, en un discurso en el Palacio Torre Tagle cuando se le otorgaba la "Orden del Sol", Basadre nos decía lo siguiente: "Se ha dicho que quienes olvidan o desprecian su historia están condenados a repetir los errores de ella. Enorme verdad. Permítaseme agregar una vez más que el Perú se va formando contradictoria y penosamente, a través de su historia. Un país en sí, por cierto, una multiplicidad de tradiciones. Esta él ahí, antes e independientemente de nosotros, sus individuos transitorios. Es algo en que nacemos y que nos otorga querámoslo o no muchos elementos fundamentales de nuestra ubicación dentro de la vida. Pero debe estar compuesto de hombres y mujeres capaces de ubicarse no en una sino en las dos grandes dimensiones del tiempo: el pasado y el futuro. Conviene que mantengan esos hombres y mujeres lo que hay de esencial y de insobornable en la memoria colectiva y que no encierren artificiosamente en la asfixia cronológica del momento presente. En suma, repito, un país es multiplicidad de tradiciones. Pero – no lo olvidemos nunca y menos ahora – es también empresa, proyecto de vida en común, instrumento de trabajo en función del porvenir".
En estas reflexiones reside la grandeza de Basadre. Fue un trabajador infatigable en comprender el Perú y apostó tercamente por su viabilidad como nación. No exageramos al decir que en cada página está su preocupación por el Perú. Por ello, su legado intelectual continúa despertando nuevas vocaciones históricas y su pensamiento seguirá vigente por muchos años más.
BREVES DATOS BIOGRÁFICOS DEL MAESTRO BASADRE.- Jorge Basadre nació en Tacna el 12 de febrero de 1903 cuando la ciudad vivía bajo la ocupación chilena. Fue hijo de Carlos Basadre Forero y Olga Grohmann Butler. Aprendió sus primeras letras en el "Liceo Santa Rosa", escuela tacneña que funcionaba clandestinamente. En 1912, se traslada a Lima con su familia a continuar sus estudios en el Colegio Alemán, y en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Ingresa a la Universidad de San Marcos en 1919, donde obtendría los Títulos de Doctor en Letras (1928) y en Derecho (1935).
Basadre intervino en el célebre conservatorio Universitario de 1919, formando parte de la llamada Generación de la Reforma o del Centenario, junto a destacados intelectuales como Raúl Porras, Luis Alberto Sánchez y Jorge Guillermo Leguía. Entre 1925 y 1926, formó parte de la Delegación Peruana enviada ante la comisión plebiscitaria de Tacna y Arica. Paralelamente a estas actividades, entre 1919 y 1930, prestó servicios en la Biblioteca Nacional. Por una beca concedida por la fundación Carnegie (1931), viaja a realizar estudios sobre Organización de Bibliotecas en Estados Unidos; luego pasa a Europa (1932-35) y seguiría cursos en la Universidad de Berlín y haría investigaciones en archivos de España.
En 1943, al producirse el incendio de la Biblioteca Nacional, fue llamado para que se hiciera cargo de la Dirección de dicha institución y promovió su reconstrucción y reorganización hasta 1948; en ese contexto, fundó la Escuela Nacional de Bibliotecarios (1944). También, entre 1948 y 1950, fue Director del Departamento de Relaciones Culturales de la Unión Panamericana. Por último, siguiendo con su carrera pública, ejerció el cargo de Ministro de Educación en dos oportunidades: 1945 (gobierno de Bustamante y Rivero) y 1956–58 (segundo gobierno de Manuel Prado), en el que trazó las bases de la reforma pedagógica con el Inventario de la Realidad Educativa.
En el campo académico, se inició como profesor en la Universidad de San Marcos en 1928, regentando las cátedras de Historia de la República (1928-54) en la Facultad de Letras y de Historia del Derecho Peruano (1935-54) en la Facultad de Derecho. En 1930 fue Director de la Biblioteca Central de San Marcos. Fue profesor en la Escuela Militar de Chorrillos (1941-45) y en la Universidad Católica (1935). En 1939, fue secretario general del XXVII Congreso Internacional de Americanistas que se celebró en Lima. Dictó cursos en universidades de Argentina, España y Estados Unidos. Fue Presidente del Instituto Histórico del Perú (1956-62).
Como historiador, Basadre estudió fundamentalmente nuestro pasado republicano, introduciendo los más modernos métodos y perspectivas de análisis. Prueba de ello es su monumental Historia de la República, publicada, en 7 ediciones, entre 1939 y 1983, la última de 17 volúmenes. Asimismo, el maestro nos dejó una extensa producción bibliográfica, entre la cual destacamos los siguientes títulos: La multitud, la ciudad y el campo en la Historia del Perú (1929); La iniciación de la República (1929-30); Perú: problema y posibilidad (1931 y aumentada en 1978); La promesa de la vida peruana (1943 y aumentada en 1958); El Conde de Lemos y su tiempo (1945 y 1948); Meditaciones sobre el destino histórico del Perú (1947); Los fundamentos de la historia del derecho (1956); Introducción a las bases documentales para la historia de la República del Perú (1971); El azar en la historia y sus límites (1973); La vida y la historia (1975 y aumentada en 1981); Apertura (1978); Elecciones y Centralismo en el Perú (1980); y Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano (1981). Murió en Lima el 29 de junio de 1980.
Jorge Basadre fue nuestro historiador más influyente del siglo XX. Su vocación por el Perú estuvo marcada desde su infancia le tocó vivirla en Tacna cuando era ocupada por las tropas chilenas. Ese compromiso se acentuó en su juventud cuando formó parte de los plebiscitarios quienes lucharon por el retorno de Tacna y Arica al suelo patrio según lo estipulado por el Tratado de Ancón. Como historiador, su mayor mérito fue reconstruir nuestra historia republicana, etapa en la que los historiadores no se atrevían a estudiar demasiado debido a la cercanía de los acontecimientos y perder la objetividad. Basadre, en cambio, desde muy joven inició ese difícil derrotero académico y nos legó su monumental Historia de la República de 17 volúmenes, obra que abarca todo el siglo XIX hasta la década de 1930 y que es de consulta obligada para todo aquel que quiere informarse sobre la República o de todo investigador que quiera hurgar sobre la experiencia reciente del Perú. Su autoridad académica sobre la República lo hizo también pensar y repensar sobre el futuro del país, sobre las posibilidades del Perú como nación. En artículos, ensayos, entrevistas puso de manifiesto su apuesta por la viabilidad del Perú como proyecto. Por último, su compromiso con el país también se puso de manifiesto cuando le tocó ejercer responsabilidades públicas. Las más importantes fueron su labor como reconstructor de la Biblioteca Nacional luego del incendio de 1943 y sus dos pasos como Ministro de Educación. Con la publicación de La vida y la historia, el lector podrá conocer con mayor detalle cómo Basadre asumió ese acercamiento con el Perú.
En 1975, ya casi en el ocaso de su vida, apareció La vida y la historia. Ensayos sobre personas, lugares y problemas del maestro Jorge Basadre quien, en el prefacio, advirtió que no era un libro de memorias en el sentido tradicional de dicho género. Quiere decir que no revive sistemáticamente las peripecias de una vida. Ensaya, más bien, una nueva actitud sobre determinados episodios, arbitrariamente seleccionados, narra, evoca, o pretende interpretar.
En efecto, el volumen no narra toda la vida de Basadre. El autor rescató, sobre la base de una selección muy personal, ciertos episodios y experiencias que le tocaron vivir en su rica trayectoria como ciudadano e historiador. En sus páginas podemos encontrar sus recuerdos de infancia y juventud (“Infancia en Tacna” y “Afuera, hacia la lejanía, hacia el vasto mundo, afuera”); su experiencia como estudiante universitario en San Marcos (“Por primera vez los universitarios hablan al país en nombre del ideal de cultura”); su gestión como plebiscitario (“El conflicto de pasiones y de intereses en Tacna y Arica, 1922-1929”); su relación con la Biblioteca Nacional (“Recuerdos de un bibliotecario”), sus vivencias en la Europa de la entreguerra (“Vida e historia en Alemania” y “Vida e historia en España”); y su primera experiencia como Ministro de Educación (“Diversas notas en torno a la época de Bustamante y Rivero, y algo sobre lo que vino después”).
A lo largo de las páginas de este libro, podemos advertir, una vez más, cómo Basadre repensaba y se desvivía por el Perú. Para él, por ejemplo, no fue fácil nacer y pasar sus primeros años de vida en Tacna, ciudad ocupada por el ejército chileno que hostigaba sistemáticamente a los peruanos que allí residían. Ese complicado contexto obligó a su familia a trasladarse a Lima y vivir, prácticamente, como desarraigados. Luego, ya en la juventud, como plebiscitario, vio impotente cómo, ante la imposibilidad de llevarse a cabo el plebiscito contemplado en el Tratado de Ancón, el país perdía definitivamente Arica. Su infancia y juventud, entonces, marcaron la difícil “peruanidad” de nuestro historiador de la República.
Su experiencia como estudiante universitario también es cautivante. Él vive, en San Marcos, una época efervescente en la que los jóvenes se dejaban seducir por la proyección social y política de la Universidad. San Marcos se hizo protagonista de la vida nacional a partir de la Reforma Universitaria del siglo XIX. Los alumnos salían a las calles, protestaban contra cualquier arbitrariedad y no eran ajenos a las reivindicaciones de los obreros. Pero no todo era política en San Marcos. Dicha coyuntura formó a la generación de intelectuales más importante que dio el Perú en el siglo pasado. Ese fue el grupo de intelectuales que marcó los derroteros para entender al Perú. Junto a Basadre tenemos a Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía y Luis Alberto Sánchez, entre otros. Cabe mencionar, además, que esa generación actuó bajo la modernización autoritaria personalizada en Augusto B. Leguía.
Su periplo por la Europa de entreguerras, de otro lado, nos deja sugestivas reflexiones del maestro sobre la situación política del Viejo Mundo durante los años treinta, especialmente sobre el ascenso del fascismo. Asimismo, ya en el plano estrictamente académico, vemos cómo Basadre entraba en contacto con los intelectuales y el mundo intelectual en España y Alemania. Vemos, por ejemplo, su preocupación por estar alerta de los avances más recientes en la investigación. La frescura de sus libros demuestra ese celo por estar siempre al día con la bibliografía reciente y por los métodos más modernos de análisis.
La Biblioteca Nacional fue otro de los desvelos del maestro Basadre. Cuando joven, en los años veinte, trabajó en ella ocupando los más diversos cargos. Allí encontró la materia prima para su Historia de la República. Pocos como él conocían y manejaban al dedillo todas las colecciones bibliográficas y documentales que guardaba aquel vetusto edificio que, inexplicablemente, quedó convertido en lodo y cenizas por el terrible incendio del 11 de mayo de 1943. Por ello, el presidente Manuel Prado no podía escoger a otro que no fuera Basadre para la reconstrucción del local y su colección. Frente a esta responsabilidad, escribió: "Era mi convicción profunda (escribí en el folleto La Bibilioteca Nacional de Lima 1943 –1945) que las llamas oprobiosas del incendio debían haber destruido algo más que libros, manuscritos y estanterías. Sobre sus cenizas sólo cabía al Perú eregir otra institución, no para que fuese lo más parecida a la antigua, sino para que tratara de ser lo más parecida posible a lo que significa una biblioteca moderna en un país democrático. La incuria burocrática tenía responsabilidad directa o indirecta en el siniestro; a ella habíase sumado también el viejo espíritu. La reconstrucción tenía que ser total: libros, servicios, organización, personal, espíritu".
En las páginas de La vida y la historia nos dice que no faltaron los escépticos. En efecto, fueron muchos los intelectuales que dijeron y repitieron que el patrimonio cultural del país se había perdido para siempre. Pero nuestro personaje, luego de cuatro años de titánica labor, demostró que ese tesoro era en buena parte recuperable a través de búsquedas en Lima, en provincias y en el extranjero. Así se formó la nueva colección en base a compras, canjes y donativos y, en un lapso relativamente corto, se llegó a tener una aceptable documentación peruana antigua y moderna. Para complementar esta labor y preparar rápidamente al personal técnico, Basadre creó la Escuela de Bibliotecarios, verdadero núcleo de la nueva estructura de la Biblioteca Nacional.
Finalmente, ya en el ámbito político, Basadre nos cuenta su fugaz primer paso por el Ministerio de Educación durante el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero. Fugaz porque sólo se quedó unos meses, en 1945. No fue una experiencia positiva porque no encontró las condiciones necesarias para emprender un programa serio y a largo plazo. El origen político, muy complicado por ser fruto de una alianza de partidos y personalidades, del gobierno de Bustamante explica su rápida renuncia al cargo de Ministro.
La vida y la historia, a pesar de los múltiples acontecimientos y personajes sobre los cuales diserta el autor, demuestra que el maestro Basadre, más allá de su amplia cultura, estuvo indisolublemente ligado a la Historia, disciplina que cultivó tempranamente y que no abandonaría sino muy poco tiempo antes de su muerte en 1980. A Basadre hay que recordarlo como él hubiera deseado: con libros como éste en los que palpita su lúcido pensamiento, su amor inmenso por el Perú, desgarramiento espiritual por sus desgracias y errores, pero también un razonable optimismo en que llegarían días mejores para nuestro país. A un cuarto de siglo después de su desaparición física, el pensamiento de Basadre, su inmensa obra escrita, su magisterio singular que nos brindaba cada día, están vigentes, siguen alimentando el intelecto de nuevas generaciones que lo admiran, tanto o más que las precedentes.
En 1979, en un discurso en el Palacio Torre Tagle cuando se le otorgaba la "Orden del Sol", Basadre nos decía lo siguiente: "Se ha dicho que quienes olvidan o desprecian su historia están condenados a repetir los errores de ella. Enorme verdad. Permítaseme agregar una vez más que el Perú se va formando contradictoria y penosamente, a través de su historia. Un país en sí, por cierto, una multiplicidad de tradiciones. Esta él ahí, antes e independientemente de nosotros, sus individuos transitorios. Es algo en que nacemos y que nos otorga querámoslo o no muchos elementos fundamentales de nuestra ubicación dentro de la vida. Pero debe estar compuesto de hombres y mujeres capaces de ubicarse no en una sino en las dos grandes dimensiones del tiempo: el pasado y el futuro. Conviene que mantengan esos hombres y mujeres lo que hay de esencial y de insobornable en la memoria colectiva y que no encierren artificiosamente en la asfixia cronológica del momento presente. En suma, repito, un país es multiplicidad de tradiciones. Pero – no lo olvidemos nunca y menos ahora – es también empresa, proyecto de vida en común, instrumento de trabajo en función del porvenir".
En estas reflexiones reside la grandeza de Basadre. Fue un trabajador infatigable en comprender el Perú y apostó tercamente por su viabilidad como nación. No exageramos al decir que en cada página está su preocupación por el Perú. Por ello, su legado intelectual continúa despertando nuevas vocaciones históricas y su pensamiento seguirá vigente por muchos años más.
BREVES DATOS BIOGRÁFICOS DEL MAESTRO BASADRE.- Jorge Basadre nació en Tacna el 12 de febrero de 1903 cuando la ciudad vivía bajo la ocupación chilena. Fue hijo de Carlos Basadre Forero y Olga Grohmann Butler. Aprendió sus primeras letras en el "Liceo Santa Rosa", escuela tacneña que funcionaba clandestinamente. En 1912, se traslada a Lima con su familia a continuar sus estudios en el Colegio Alemán, y en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Ingresa a la Universidad de San Marcos en 1919, donde obtendría los Títulos de Doctor en Letras (1928) y en Derecho (1935).
Basadre intervino en el célebre conservatorio Universitario de 1919, formando parte de la llamada Generación de la Reforma o del Centenario, junto a destacados intelectuales como Raúl Porras, Luis Alberto Sánchez y Jorge Guillermo Leguía. Entre 1925 y 1926, formó parte de la Delegación Peruana enviada ante la comisión plebiscitaria de Tacna y Arica. Paralelamente a estas actividades, entre 1919 y 1930, prestó servicios en la Biblioteca Nacional. Por una beca concedida por la fundación Carnegie (1931), viaja a realizar estudios sobre Organización de Bibliotecas en Estados Unidos; luego pasa a Europa (1932-35) y seguiría cursos en la Universidad de Berlín y haría investigaciones en archivos de España.
En 1943, al producirse el incendio de la Biblioteca Nacional, fue llamado para que se hiciera cargo de la Dirección de dicha institución y promovió su reconstrucción y reorganización hasta 1948; en ese contexto, fundó la Escuela Nacional de Bibliotecarios (1944). También, entre 1948 y 1950, fue Director del Departamento de Relaciones Culturales de la Unión Panamericana. Por último, siguiendo con su carrera pública, ejerció el cargo de Ministro de Educación en dos oportunidades: 1945 (gobierno de Bustamante y Rivero) y 1956–58 (segundo gobierno de Manuel Prado), en el que trazó las bases de la reforma pedagógica con el Inventario de la Realidad Educativa.
En el campo académico, se inició como profesor en la Universidad de San Marcos en 1928, regentando las cátedras de Historia de la República (1928-54) en la Facultad de Letras y de Historia del Derecho Peruano (1935-54) en la Facultad de Derecho. En 1930 fue Director de la Biblioteca Central de San Marcos. Fue profesor en la Escuela Militar de Chorrillos (1941-45) y en la Universidad Católica (1935). En 1939, fue secretario general del XXVII Congreso Internacional de Americanistas que se celebró en Lima. Dictó cursos en universidades de Argentina, España y Estados Unidos. Fue Presidente del Instituto Histórico del Perú (1956-62).
Como historiador, Basadre estudió fundamentalmente nuestro pasado republicano, introduciendo los más modernos métodos y perspectivas de análisis. Prueba de ello es su monumental Historia de la República, publicada, en 7 ediciones, entre 1939 y 1983, la última de 17 volúmenes. Asimismo, el maestro nos dejó una extensa producción bibliográfica, entre la cual destacamos los siguientes títulos: La multitud, la ciudad y el campo en la Historia del Perú (1929); La iniciación de la República (1929-30); Perú: problema y posibilidad (1931 y aumentada en 1978); La promesa de la vida peruana (1943 y aumentada en 1958); El Conde de Lemos y su tiempo (1945 y 1948); Meditaciones sobre el destino histórico del Perú (1947); Los fundamentos de la historia del derecho (1956); Introducción a las bases documentales para la historia de la República del Perú (1971); El azar en la historia y sus límites (1973); La vida y la historia (1975 y aumentada en 1981); Apertura (1978); Elecciones y Centralismo en el Perú (1980); y Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano (1981). Murió en Lima el 29 de junio de 1980.
Jorge Basadre fue nuestro historiador más influyente del siglo XX. Su vocación por el Perú estuvo marcada desde su infancia le tocó vivirla en Tacna cuando era ocupada por las tropas chilenas. Ese compromiso se acentuó en su juventud cuando formó parte de los plebiscitarios quienes lucharon por el retorno de Tacna y Arica al suelo patrio según lo estipulado por el Tratado de Ancón. Como historiador, su mayor mérito fue reconstruir nuestra historia republicana, etapa en la que los historiadores no se atrevían a estudiar demasiado debido a la cercanía de los acontecimientos y perder la objetividad. Basadre, en cambio, desde muy joven inició ese difícil derrotero académico y nos legó su monumental Historia de la República de 17 volúmenes, obra que abarca todo el siglo XIX hasta la década de 1930 y que es de consulta obligada para todo aquel que quiere informarse sobre la República o de todo investigador que quiera hurgar sobre la experiencia reciente del Perú. Su autoridad académica sobre la República lo hizo también pensar y repensar sobre el futuro del país, sobre las posibilidades del Perú como nación. En artículos, ensayos, entrevistas puso de manifiesto su apuesta por la viabilidad del Perú como proyecto. Por último, su compromiso con el país también se puso de manifiesto cuando le tocó ejercer responsabilidades públicas. Las más importantes fueron su labor como reconstructor de la Biblioteca Nacional luego del incendio de 1943 y sus dos pasos como Ministro de Educación. Con la publicación de La vida y la historia, el lector podrá conocer con mayor detalle cómo Basadre asumió ese acercamiento con el Perú.

A principio de los 50, serios inconvenientes se presentaban para adaptar el Aeropuerto de Limatambo (a 6 kilómetros de Lima) a las necesidades de la moderna aviación comercial que, con la llegada de los aviones a reacción, lo convertían en inoperable. Era casi imposible la ampliación de sus pistas por el alto precio de los terrenos que las rodeaban, incorporados al área urbana, dado el crecimiento de Lima que prácticamente “encerraba” a Limatambo. Además, tal era la cantidad de edificaciones existentes que tanto el vecindario como los aviones estaban expuestos al peligro.
En 1956, el ingeniero Federico Hilbick Seminario, presidente de CORPAC, encontró un campo situado a 12 kilómetros del Centro de Lima, al Norte del Callao, cuyo suelo era bastante amplio y fácil de afirmar, rellenándolo con cascajo existente en las inmediaciones del mismo lugar. De esta manera, se hizo público el proyecto de “mudar” Limatambo al Callao y el gobierno de entonces declaró, en 1958, como necesidad y utilidad pública los terrenos situados en la margen derecha del río Rímac y en las inmediaciones de su desembocadura, los que se acreditaban por su bajo costo, por ser semi-urbanos y, lo más importante, porque sus conos de aproximación se extendían por el Océano Pacífico y no en la zonas vecinas del campo, ofreciendo buena seguridad para el tránsito aéreo.
Además, en el aspecto metereológico, la visibilidad y techo del campo escogido eran ampliamente favorables y no precisaba cerrarlo en días nublados porque tenía 25 metros sobre el nivel del mar, mientras que Limatambo estaba a 145 metros. Con esto se eliminaría el ruido de los motores a reacción alejándolo de la zona urbana, así como el potencial peligro de un accidente al momento de aterrizar o despegar.
Para financiar el proyecto se necesitaban unos 220 millones de soles, por lo que CORPAC urbanizó y vendió los terrenos vecinos con el antiguo Aeropuerto de Limatambo en los que, descontando los espacios destinados a vías y áreas libres, se disponía de 1 millón de metros cuadrados vendibles que, fraccionados en 1.800 lotes, a un precio promedio de 300 soles el metro cuadrado, producirían 300 millones de soles aproximadamente. Esta cantidad serviría para financiar el nuevo aeropuerto, y el saldo a favor quedaba destinado a las necesidades de otros campos de aviación del país.
En junio de 1965, el gobierno de Belaunde decidió llamar al aeropuerto internacional del Callao como “Jorge Chávez”. Así, el 30 de diciembre de 1965, en imponente ceremonia, el presidente Fernando Belaunde Terry inauguró el Aeropuerto Internacional “Jorge Chávez”, en ese entonces comparable al “Orly” de París, al “Fiumicino” de Roma y ligeramente inferior al “John F. Kennedy” de Nueva York o el “Montreal” de Canadá.
El aeropuerto fue diseñado por un equipo de cinco arquitectos peruanos que demoraron 11 meses en culminar el proyecto. Tenía un área construida de 2’500,000 m2., con una pista de aterrizaje de 3,507.50 metros de largo por 45 de ancho, siendo de 5,597 metros las pistas de carreteo de los aviones. El área de pavimento concreto era de 570,000 m2. y el área de pavimento asfáltico de 110,000 m2. El edificio principal tenía un volumen de 290.40 metros de largo, 56.40 metros de ancho y 9 metros de alto, teniendo a ambos lados dos espigones que avanzan hacia el campo de aterrizaje (el de la izquierda para el tránsito internacional y el de la derecha para el tránsito interno o doméstico) de 145 metros de largo por 18 de ancho, ubicados a 4.50 metros sobre el nivel de la pista de estacionamiento de los aviones. El público podía ingresar depositando una moneda de 50 centavos en el espigón de los vuelos nacionales y de 1 sol en el de los vuelos internacionales. En el cuerpo principal de la construcción hay un edificio de 8 pisos coronado por una Torre de Control, de forma octogonal, cuyo techo está a 57 metros de altura, comparable a un edificio convencional de 22 pisos.
Una réplica de la milenaria estela de Chavín adorna una de las partes bajas del edificio, en el hall de pasajeros. Ahí se grabó un mensaje lleno de inspiración patriótica del presidente Belaunde: Cuando los Alpes se empequeñecieron bajo las alas peruanas, primeras en vencer sus cumbres, los herederos de la gloria de Jorge Chávez aceptaron el reto amenazante y grandioso de su propia cordillera andina… Este aeropuerto es el nido de estos cóndores. Sus puertas se abren al visitante con amplitud de alas desplegadas….

En 1956, el ingeniero Federico Hilbick Seminario, presidente de CORPAC, encontró un campo situado a 12 kilómetros del Centro de Lima, al Norte del Callao, cuyo suelo era bastante amplio y fácil de afirmar, rellenándolo con cascajo existente en las inmediaciones del mismo lugar. De esta manera, se hizo público el proyecto de “mudar” Limatambo al Callao y el gobierno de entonces declaró, en 1958, como necesidad y utilidad pública los terrenos situados en la margen derecha del río Rímac y en las inmediaciones de su desembocadura, los que se acreditaban por su bajo costo, por ser semi-urbanos y, lo más importante, porque sus conos de aproximación se extendían por el Océano Pacífico y no en la zonas vecinas del campo, ofreciendo buena seguridad para el tránsito aéreo.
Además, en el aspecto metereológico, la visibilidad y techo del campo escogido eran ampliamente favorables y no precisaba cerrarlo en días nublados porque tenía 25 metros sobre el nivel del mar, mientras que Limatambo estaba a 145 metros. Con esto se eliminaría el ruido de los motores a reacción alejándolo de la zona urbana, así como el potencial peligro de un accidente al momento de aterrizar o despegar.
Para financiar el proyecto se necesitaban unos 220 millones de soles, por lo que CORPAC urbanizó y vendió los terrenos vecinos con el antiguo Aeropuerto de Limatambo en los que, descontando los espacios destinados a vías y áreas libres, se disponía de 1 millón de metros cuadrados vendibles que, fraccionados en 1.800 lotes, a un precio promedio de 300 soles el metro cuadrado, producirían 300 millones de soles aproximadamente. Esta cantidad serviría para financiar el nuevo aeropuerto, y el saldo a favor quedaba destinado a las necesidades de otros campos de aviación del país.
En junio de 1965, el gobierno de Belaunde decidió llamar al aeropuerto internacional del Callao como “Jorge Chávez”. Así, el 30 de diciembre de 1965, en imponente ceremonia, el presidente Fernando Belaunde Terry inauguró el Aeropuerto Internacional “Jorge Chávez”, en ese entonces comparable al “Orly” de París, al “Fiumicino” de Roma y ligeramente inferior al “John F. Kennedy” de Nueva York o el “Montreal” de Canadá.
El aeropuerto fue diseñado por un equipo de cinco arquitectos peruanos que demoraron 11 meses en culminar el proyecto. Tenía un área construida de 2’500,000 m2., con una pista de aterrizaje de 3,507.50 metros de largo por 45 de ancho, siendo de 5,597 metros las pistas de carreteo de los aviones. El área de pavimento concreto era de 570,000 m2. y el área de pavimento asfáltico de 110,000 m2. El edificio principal tenía un volumen de 290.40 metros de largo, 56.40 metros de ancho y 9 metros de alto, teniendo a ambos lados dos espigones que avanzan hacia el campo de aterrizaje (el de la izquierda para el tránsito internacional y el de la derecha para el tránsito interno o doméstico) de 145 metros de largo por 18 de ancho, ubicados a 4.50 metros sobre el nivel de la pista de estacionamiento de los aviones. El público podía ingresar depositando una moneda de 50 centavos en el espigón de los vuelos nacionales y de 1 sol en el de los vuelos internacionales. En el cuerpo principal de la construcción hay un edificio de 8 pisos coronado por una Torre de Control, de forma octogonal, cuyo techo está a 57 metros de altura, comparable a un edificio convencional de 22 pisos.
Una réplica de la milenaria estela de Chavín adorna una de las partes bajas del edificio, en el hall de pasajeros. Ahí se grabó un mensaje lleno de inspiración patriótica del presidente Belaunde: Cuando los Alpes se empequeñecieron bajo las alas peruanas, primeras en vencer sus cumbres, los herederos de la gloria de Jorge Chávez aceptaron el reto amenazante y grandioso de su propia cordillera andina… Este aeropuerto es el nido de estos cóndores. Sus puertas se abren al visitante con amplitud de alas desplegadas….

12/02/09: El aeropuerto de Limatambo
El 23 de septiembre de 1948, día del aniversario del vuelo heroico de Jorge Chávez, CORPAC inauguraba este famoso aeropuerto, una obra concebida y hecha por peruanos. El edificio central se levantó sobre terrenos que, en la época prehispánica, correspondieron al poblado “Rimaj-Tampu”, donde se veneraba un oráculo llamado rimaj (“el que habla”). Esta obra colocaba a Lima como punto central y de aterrizaje obligado en Sudamérica para las rutas del aire.
Cabe destacar que la Corporación Peruana de Aeropuertos y Aviación Comercial (CORPAC) se fundó, por Decreto Supremo, el 25 de julio de 1943, con la finalidad de establecer un servicio regular de transporte aéreo en los diferentes lugares de la República. Hasta entonces solo existían pequeños campos de aviación habilitados, con reducidas casetas o rudimentarias edificaciones para los pasajeros y, en Lima, solo existía el Campo de Limatambo, de gran extensión, pero con precarios edificios, donde se realizaba el movimiento de aviones comerciales de tránsito regular de pasajeros, correspondencia y carga. La compañía “Faucett” que operaba en su Campo de Santa Cruz, situado entre Magdalena y Miraflores, y limitada por la huaca Santa Cruz, era deficiente y rudimentario. Así, con los años, CORPAC aumentó los aeropuertos y campos de operaciones, incorporando nuevas zonas de comercio y producción.
El edificio y la terminal de Limatambo fueron construidos por los ingenieros contratistas “Roque Vargas Prada y compañía” con la vigilancia del Departamento de Ingeniería de CORPAC y de acuerdo al proyecto del arquitecto Max Peña Prado. El edificio central, con frente a la Carretera Panamericana a la que se unía por dos pistas paralelas de 200 metros, era de color marfil, de plano alargado y sobrias líneas modernas. Tenía 56 metros de largo, 40 metros de ancho y 25 metros de altura. Contaba con una rampa de acceso, ocupada por la oficina de correos, la central telefónica, una planta de emergencia para alumbrado, depósitos y oficinas.
El edificio tenía, además, una primera planta y cinco pisos. La primera planta estaba destinada al movimiento de equipaje y carga. El primer piso contaba con un vestíbulo, puertas de ingreso mecánicas que funcionaban con el sistema de “ojo mágico” y un gran hall sin columna central. La decoración era moderna y lujosa, con mármol, ónix y bronce; al sur había un mapa de América en oro, obra del artista nacional Reynaldo Luza. En este piso también estaban las oficinas de las compañías aéreas. En el segundo piso estaban las oficinas de CORPAC; en el tercero, la Central de Radiotelegrafía, Radio-telefonía y los departamentos de control de tránsito aéreo; en el cuarto, las oficinas administrativas y los departamentos de ingeniería civil (radio-operadores y meteorólogos) de CORPAC; en el quinto, un Observatorio Meteorológico. Coronaba el edificio una Torre de Control de estructura de acero y cristal.
Las pistas del aeropuerto eran dos: una de 1,975 metros de largo y 100 metros de ancho; y otra de 1,800 metros de largo y 100 metros de ancho. Además, había pistas para taxeo y el área total asfaltada era de 247,031 m2. La plataforma de estacionamiento, también asfaltada, tenía 186 metros de largo y 56 metros de ancho. Finalmente, en 1953 se inauguró en este aeropuerto el sistema más moderno de aterrizaje por instrumentos en América Latina, adquirido e instalado por PANAGRA, bajo contrato con CORPAC.

Antiguo aeropuerto de Limatambo
Cabe destacar que la Corporación Peruana de Aeropuertos y Aviación Comercial (CORPAC) se fundó, por Decreto Supremo, el 25 de julio de 1943, con la finalidad de establecer un servicio regular de transporte aéreo en los diferentes lugares de la República. Hasta entonces solo existían pequeños campos de aviación habilitados, con reducidas casetas o rudimentarias edificaciones para los pasajeros y, en Lima, solo existía el Campo de Limatambo, de gran extensión, pero con precarios edificios, donde se realizaba el movimiento de aviones comerciales de tránsito regular de pasajeros, correspondencia y carga. La compañía “Faucett” que operaba en su Campo de Santa Cruz, situado entre Magdalena y Miraflores, y limitada por la huaca Santa Cruz, era deficiente y rudimentario. Así, con los años, CORPAC aumentó los aeropuertos y campos de operaciones, incorporando nuevas zonas de comercio y producción.
El edificio y la terminal de Limatambo fueron construidos por los ingenieros contratistas “Roque Vargas Prada y compañía” con la vigilancia del Departamento de Ingeniería de CORPAC y de acuerdo al proyecto del arquitecto Max Peña Prado. El edificio central, con frente a la Carretera Panamericana a la que se unía por dos pistas paralelas de 200 metros, era de color marfil, de plano alargado y sobrias líneas modernas. Tenía 56 metros de largo, 40 metros de ancho y 25 metros de altura. Contaba con una rampa de acceso, ocupada por la oficina de correos, la central telefónica, una planta de emergencia para alumbrado, depósitos y oficinas.
El edificio tenía, además, una primera planta y cinco pisos. La primera planta estaba destinada al movimiento de equipaje y carga. El primer piso contaba con un vestíbulo, puertas de ingreso mecánicas que funcionaban con el sistema de “ojo mágico” y un gran hall sin columna central. La decoración era moderna y lujosa, con mármol, ónix y bronce; al sur había un mapa de América en oro, obra del artista nacional Reynaldo Luza. En este piso también estaban las oficinas de las compañías aéreas. En el segundo piso estaban las oficinas de CORPAC; en el tercero, la Central de Radiotelegrafía, Radio-telefonía y los departamentos de control de tránsito aéreo; en el cuarto, las oficinas administrativas y los departamentos de ingeniería civil (radio-operadores y meteorólogos) de CORPAC; en el quinto, un Observatorio Meteorológico. Coronaba el edificio una Torre de Control de estructura de acero y cristal.
Las pistas del aeropuerto eran dos: una de 1,975 metros de largo y 100 metros de ancho; y otra de 1,800 metros de largo y 100 metros de ancho. Además, había pistas para taxeo y el área total asfaltada era de 247,031 m2. La plataforma de estacionamiento, también asfaltada, tenía 186 metros de largo y 56 metros de ancho. Finalmente, en 1953 se inauguró en este aeropuerto el sistema más moderno de aterrizaje por instrumentos en América Latina, adquirido e instalado por PANAGRA, bajo contrato con CORPAC.

Antiguo aeropuerto de Limatambo
11/02/09: El aeródromo de Santa Cruz (San Isidro)
Fue el primer aeropuerto que tuvo nuestra ciudad. La estación de pasajeros se ubicaba donde actualmente está el Colegio Belén, junto al Golf de San Isidro; la pista de despegue era lo que hoy son las avenidas Belén y Pezet. Fue el centro de operaciones de la compañía “Faucett”, donde incluso se fabricaron los aviones de la misma empresa. En los años 30, con el aumento del tamaño de los aviones, poco a poco el movimiento de pasajeros se fue trasladando al aeropuerto de Limatambo, cuya pista de aterrizaje fue inaugurada en 1935 por el presidente Benavides. En 1948, los talleres son llevados para Limatambo y el terreno donde funcionó el ya mítico aeródromo de Santa Cruz fue desactivado, lotizado y vendido a principios de los años 50.

Pista del aeródromo de Santa Cruz

Terminal del aeródromo de Santa Cruz

Magnífica vista panorámica del aeródromo (foto: Henry Stewart)

Pista del aeródromo de Santa Cruz

Terminal del aeródromo de Santa Cruz

Magnífica vista panorámica del aeródromo (foto: Henry Stewart)
10/02/09: 'Líneas Aéreas Nacionales S.A.' (LANSA)
Lamentablemente, la historia de esta aerolínea estuvo marcada por la tragedia debido a varios accidentes que costaron la vida a decenas de personas. La compañía LANSA no se distinguió por la calidad de su servicio a pesar de su lema comercial: Con LANSA el Perú avanza. Fue fundada en noviembre de 1963 por el empresario Alfonso Prado Vargas. El objetivo de la compañía era prestar servicios domésticos desde Lima hacia el interior del país. Así, en enero de 1964 comenzaron sus operaciones y promover puntos turísticos, como Machu Picchu (Cuzco) y Chan Chan (Trujillo).
Entre los accidentes de amargo recuerdo estuvieron:
a. El 27 de abril de 1966, un Lockheed L-749 cayó en el monte Talsula, cerca de Yauyos, y murieron sus 49 ocupantes.
b. El 9 de agosto de 1970 el OB-R-939, bautizado "Tupac Amaru", se estrelló a unos minutos luego de despegar del aeropuerto del Cusco, y murieron 92 pasajeros y 7 tripulantes.
c. El 24 de diciembre de 1971, el OB-R-941, bautizado "Mateo Pumacahua", explotó en el aire en medio de una tormenta debido al impacto de un rayo mientras se aproximaba a la ciudad de Pucallpa, y murieron 91 pasajeros (este accidente tuvo algo muy singular: el avión desapareció sin dejar rastro pero 11 días después salió de la selva, por sus propios medios, una muchacha alemana, Julianne Koepke, de 17 años, única sobreviviente de la tragedia).
Luego del último desastre, la licencia de LANSA no fue renovada. El 3 de enero de 1972, mediante resolución ministerial, la autorización de funcionamiento fue cancelada. LANSA apeló, pero el recurso no fue aceptado.
Entre los accidentes de amargo recuerdo estuvieron:
a. El 27 de abril de 1966, un Lockheed L-749 cayó en el monte Talsula, cerca de Yauyos, y murieron sus 49 ocupantes.
b. El 9 de agosto de 1970 el OB-R-939, bautizado "Tupac Amaru", se estrelló a unos minutos luego de despegar del aeropuerto del Cusco, y murieron 92 pasajeros y 7 tripulantes.
c. El 24 de diciembre de 1971, el OB-R-941, bautizado "Mateo Pumacahua", explotó en el aire en medio de una tormenta debido al impacto de un rayo mientras se aproximaba a la ciudad de Pucallpa, y murieron 91 pasajeros (este accidente tuvo algo muy singular: el avión desapareció sin dejar rastro pero 11 días después salió de la selva, por sus propios medios, una muchacha alemana, Julianne Koepke, de 17 años, única sobreviviente de la tragedia).
Luego del último desastre, la licencia de LANSA no fue renovada. El 3 de enero de 1972, mediante resolución ministerial, la autorización de funcionamiento fue cancelada. LANSA apeló, pero el recurso no fue aceptado.

09/02/09: 'Aerolíneas Peruanas S.A.' (APSA)
Fue la empresa que operó desde 1957 hasta comienzos de 1971, y llevó los colores del Perú al mundo. Mantuvo rutas importantes hacia Los Ángeles, Miami, México, Acapulco, San Salvador, Managua y Tegucigalpa (en convenio con la hondureña TAN), Panamá, Caracas, Barranquilla, Bogotá, Quito, Guayaquil, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Asunción, Río de Janeiro, Sao Paulo, cubriendo dichos destinos con los modernos Convair 990A Fanjet, los aviones más veloces del mundo, y los que más combustible consumían también. Hacia finales de los años 1960, daría inicio a sus rutas transatlánticas con vuelos directos hacia Londres, Madrid y París, operando con los funcionales Douglas DC 8-52 en operación conjunta con la española Iberia, quien formó parte de la aerolínea peruana como accionista. Dicha ruta comenzaba en la ciudad de La Paz, continuando hacia la base Lima, para luego hacer escalas en Bogotá, Caracas, Islas Canarias, Madrid, París y Londres, como destino final. El “Antarqui” era el símbolo de la aerolínea.
En 1967, APSA cumplía 10 años surcando los cielos de América, cuando en el antiguo aeropuerto de Limatambo un avión “Curtis” C-16, con su tripulación y 40 pasajeros abordo, cubría la ruta internacional Lima-Antofagasta-Santiago en 9 horas de vuelo. La compañía fue ampliando sus rutas y en agosto de 1967 sus aviones llegaban a Guayaquil, Managua y Tegucigalpa. Los domingos un jet volaba de Lima a Los Ángeles con escala en Acapulco; ese mismo día, otro jet salía a Miami con escala en Bogotá y un DC-7 también a Miami con escala en Panamá. Los lunes y miércoles otros dos vuelos salían a Miami y Los Ángeles. Respecto al sur del continente, un lunes volaba un APSA a Santiago y Buenos Aires; los miércoles los hacía Río de Janeiro, Santiago y Buenos Aires con conexión a Sao Paulo; los sábados, nuevamente a Buenos Aires y Río de Janeiro. De los 15 pilotos que servían, 7 eran peruanos, graduados luego de recibir intenso entrenamiento en Estados Unidos y Suiza.
En 1971 APSA afrontaba una seria situación económica debido a la imprevisión y falta de planteamientos lógicos elementales e intereses de sus directivos que, demostrando falta de responsabilidad, no vacilaron en arrastrar a la empresa en cuantiosas deudas comprometiendo las acciones de los 8 mil peruanos que la sostenían (el 78% de las acciones eran peruanas; el 22% restante estaba en poder del “Shelton Trust”, que intervino en la fundación de la empresa). La empresa estaba apunto de quebrar. Un informe del gobierno acusó a los directivos y ejecutivos de APSA sobre defraudación tributaria en agravio del Estado y autorizó a ejecutar acciones penales. Se supo que la empresa tenía una deuda de de 22 millones de dólares con un agente neoyorquino de compañías aéreas. El gobierno peruano, que ya tenía en mente la creación de una línea aérea nacional (la futura AEROPERÚ) que cubriera los servicios interno e internacional, bajo control del Estado, decidió no intervenir en APSA para no cargar con la deuda. Había que dejarla quebrar. En suma, la quiebra de APSA fue un verdadero escándalo financiero en el que el gobierno de Velasco, inflexible, decidió no reflotar la empresa.

En 1967, APSA cumplía 10 años surcando los cielos de América, cuando en el antiguo aeropuerto de Limatambo un avión “Curtis” C-16, con su tripulación y 40 pasajeros abordo, cubría la ruta internacional Lima-Antofagasta-Santiago en 9 horas de vuelo. La compañía fue ampliando sus rutas y en agosto de 1967 sus aviones llegaban a Guayaquil, Managua y Tegucigalpa. Los domingos un jet volaba de Lima a Los Ángeles con escala en Acapulco; ese mismo día, otro jet salía a Miami con escala en Bogotá y un DC-7 también a Miami con escala en Panamá. Los lunes y miércoles otros dos vuelos salían a Miami y Los Ángeles. Respecto al sur del continente, un lunes volaba un APSA a Santiago y Buenos Aires; los miércoles los hacía Río de Janeiro, Santiago y Buenos Aires con conexión a Sao Paulo; los sábados, nuevamente a Buenos Aires y Río de Janeiro. De los 15 pilotos que servían, 7 eran peruanos, graduados luego de recibir intenso entrenamiento en Estados Unidos y Suiza.
En 1971 APSA afrontaba una seria situación económica debido a la imprevisión y falta de planteamientos lógicos elementales e intereses de sus directivos que, demostrando falta de responsabilidad, no vacilaron en arrastrar a la empresa en cuantiosas deudas comprometiendo las acciones de los 8 mil peruanos que la sostenían (el 78% de las acciones eran peruanas; el 22% restante estaba en poder del “Shelton Trust”, que intervino en la fundación de la empresa). La empresa estaba apunto de quebrar. Un informe del gobierno acusó a los directivos y ejecutivos de APSA sobre defraudación tributaria en agravio del Estado y autorizó a ejecutar acciones penales. Se supo que la empresa tenía una deuda de de 22 millones de dólares con un agente neoyorquino de compañías aéreas. El gobierno peruano, que ya tenía en mente la creación de una línea aérea nacional (la futura AEROPERÚ) que cubriera los servicios interno e internacional, bajo control del Estado, decidió no intervenir en APSA para no cargar con la deuda. Había que dejarla quebrar. En suma, la quiebra de APSA fue un verdadero escándalo financiero en el que el gobierno de Velasco, inflexible, decidió no reflotar la empresa.

08/02/09: Peruvian International Airways
El 15 de marzo de 1946 se dio permiso de operaciones, por Resolución Suprema, a la compañía “Peruvian Intrenational Airways” (PIA) para el establecimiento de un servicio aéreo entre Perú y Canadá. El servicio comprendía las ciudades de Lima y Montreal, como terminales, con escalas en Panamá, New Orleans, Washington o New York, sin perjuicio de futura ampliación a otros países. PIA fue la primera línea aérea peruana que operó vuelos de itinerario entre ciudades de América; su lema publicitario fue: "Peruvian International Airways, La Avenida Aérea de las Américas". Con PANAGRA operó, especialmente, la costa oeste del subontinente. Sus oficinas principales estaban en Lima. Fue creada con un capital inicial de 4 millones de dólares aportados por inversionistas del Perú, Canadá y Estados Unidos de América encabezados por C. M. Keys, promotor principal de “Faucett”. Hacia 1947, se hizo un aumento de capital a casi 8 millones de dólares. Pero a menos de dos años de su fundación, el 9 de enero de 1949, PIA dejó de operar a consecuencia de la fuerte competencia de PANAGRA, que comenzó a operar sus vuelos de itinerario con el nuevo Mc Donnell Douglas DC-6, equipado con cabina presurizada y radar. Contribuyó también a la quiebra la presencia en el mercado de “Braniff International”, que operaba, al igual que PANAGRA, con costos más bajos que los de PIA. Sin embargo, quedan datos estadísticos interesantes de PIA: fue la primera línea aérea en América en operar el radar en sus vuelos y fue un avión de la PIA en aterrizar un vuelo de línea en el Aeropuerto "John F. Kennedy", en ese entonces denominado aeropuerto de Idlewild, el 9 de julio de 1948.

07/02/09: Elmer J. Faucett Clark
En su natal Estados Unidos, fue mecánico de aviación y trabajó como piloto e inventor de aviones “Glenn Curtis” en 1915. A su llegada al Perú, en 1920, trayendo los aviones Curtis, se dedicó a estudiar aviación en la Escuela de Aviación Civil de Bellavista donde obtuvo la licencia nº 001 como Piloto de Transportes. A partir de allí, realizó vuelos sorprendentes: abrió rutas para el correo aéreo y transportes de pasajeros, batió récords y logró ganarse la admiración de los peruanos. Para servir mejor a nuestro país, con el apoyo de algunos empresarios, fundó, en junio de 1928, la compañía que llevó su nombre y, después de 32 años de magnífica labor, encontró la muerte. En efecto, el 10 de abril de 1960, en la tranquilidad de su hogar, ubicado en la calle Daniel Hernández nº 230 de San Isidro, a las 9 de la mañana, dejaba de existir este hombre de fascinante historia. Agobiado por la arterioesclerosis, el señor Faucett murió en forma instantánea, víctima de un derrame cerebral, pese a los esfuerzos de las enfermeras por socorrerlo; tenía 69 años. Sus restos reposan en el Cementerio Británico de Bellavista. En vida, Fawcett testó que su fortuna, representada por el 38% de las acciones de la compañía, pasaran íntegramente a la Fundación “Elmer J. Faucett”, la que cuidaría de sus hermanas Nelly y Lila, ambas solteras y residentes en Savona, estado de New York, de donde era oriunda la familia. Esta fundación también otorgaba becas a los estudiantes peruanos que desearan perfeccionarse en el extranjero como pilotos, mecánicos y otras actividades conexas a al aviación. También otorgaba becas y medias becas a jóvenes peruanos carentes de recursos que desearan estudiar aviación en el país.

Elmer J. Faucett

Elmer J. Faucett
06/02/09: FAUCETT
El 16 de septiembre de 1928, a las 8 de la mañana, decolaba de “Las Palmas” el avión monomotor “Stinson-Detroiter” piloteado por Elmer J. Faucett Clarck rumbo a Chiclayo y Talara. Se iniciaba el servicio aéreo de pasajeros y correspondencia en al Costa Norte, ya que Faucett había sido autorizado a operar el 4 de junio de 1928. Así nacía la compañía de aviación “Faucett”. La compañía se inició con un avión biplano de 3 plazas tipo “Monocoque”, otro avión de 4 asientos tipo “Fairchild” y dos aviones “Stinson-Detroiter”. Su sede pasó al Campo de santa Cruz donde se construyeron aviones denominados “Faucett” para el servicio de pasajeros y carga comercial. En 1946, la compañía tenía 3 aviones “Douglas” DC-3 y en 1953 contaba con 6 aviones “Faucett”, 7 aviones “Douglas” DC-3 y 4 aviones “Douglas” DC-4.
Iniciados los vuelos regulares, “Faucett” compró aviones Stinson Detroiter para cinco pasajeros y buscó un terreno ubicado en lo que entonces eran las afueras de Lima, donde construyó el Aeródromo de Santa Cruz, que disponía de una pista de aterrizaje de 700 metros, un terminal para los pasajeros y los talleres de mantenimiento, que fueron inaugurados el 17 de agosto de 1929. Al poco tiempo, se inició la fabricación de aviones, derivados de los Stinson Detroiter, conocidos como Stinson Faucett, que asimilaban la experiencia adquirida durante los primeros años de vuelos por el Per, con varias modificaciones para mejorar su rendimiento. Se fabricaron más de 30 (el último operó hasta 1975 en la escuela de Aviación Civil del Perú, en Collique). Mientras tanto, el aeródromo de Santa Cruz hervía de actividad aeronáutica: pasajeros y carga saliendo y llegando del norte y sur del país, fabricación de nuevos aviones, mantenimiento de los antiguos; inclusivo había aviones privados y de otras empresas que también usaban estas instalaciones.
Entre sus vuelos más emblemáticos podríamos mencionar:
a. Servicio para pasajeros y correo entre Lima-Talara (15-IX-1928)
b. Primer vuelo redondo Lima-Arequipa-Lima (18-IX-1929)
c. Primer vuelo sin paradas Lima-Arica con regreso al día siguiente (5-III-1930)
d. Primer vuelo sin paradas Lima-Cajamarca con regreso al día siguiente (12-III-1930)
e. Primer vuelo directo Lima-Santiago de Chile en 16 horas (4-IV-1931)
f. Primer vuelo a Yungay para explorar el Callejón de Huaylas (11-VII-1932)
g. Primer vuelo con pasajeros Lima-La Paz y luego Lima-Quito (15-XI-1932)
h. Primer vuelo con pasajeros y correos a Yungay (12-XII-1932)
i. Primer vuelo comercial a Ayacucho conduciendo un lote de terneros (1-XI-1935)
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Faucett empezó a comprar aviones de carga excedentes del conflicto (Douglas C-47 y C-54), los que aterrizaron en Santa Cruz y fueron reconvertidos en excelentes aviones de pasajeros. Pero con el aumento de tamaño de los aviones y del movimiento de pasajeros, la empresa se vio obligada a trasladarse al Aaeropuerto de Limatambo en 1948, con sus talleres. El histórico “Campo de Santa Cruz” fue desactivado, lotizado y vendido a principios de los años 50.
En 1953, en sus festejos jubilares, “Faucett” destinó uno de sus aviones para pasear sobre Lima a 200 niños y niñas del “Puericultorio Pèrez Araníbar” durante 40 minutos cada vuelo. También ofreció un vuelo de placer Lima-Arequipa, con agasajos y atenciones, a periodistas y funcionarios de radio. Asimismo, el señor Elmer Faucett, en mérito a sus importantes servicios, fue condecorado por el Gobierno con la “Orden del sol del Perú” y la “Cruz Peruana de Aviación”, aparte de muchas medallas de oro y diplomas otorgados por diversas instituciones del país.
En 1965, la compañía se traslada y construye sus talleres de mantenimiento en el nuevo Aeropuerto Internacional de Lima Callao. En 1968, la compañía renovó su flota al comprar sus primeros jets. Ya por estos años, los colores de la compañía estaban grabados en la memoria de los peruanos (“La Naranja”) y se le reconocía como la "Primera Aerolínea del Perú". En 1973, la compañía registró el más impresionante récord en la historia de la aviación comercial en el Perú al totalizar más de medio millón de horas de vuelo cubriendo las rutas aéreas del país.

Avión diseñado por Elmer Faucett
Iniciados los vuelos regulares, “Faucett” compró aviones Stinson Detroiter para cinco pasajeros y buscó un terreno ubicado en lo que entonces eran las afueras de Lima, donde construyó el Aeródromo de Santa Cruz, que disponía de una pista de aterrizaje de 700 metros, un terminal para los pasajeros y los talleres de mantenimiento, que fueron inaugurados el 17 de agosto de 1929. Al poco tiempo, se inició la fabricación de aviones, derivados de los Stinson Detroiter, conocidos como Stinson Faucett, que asimilaban la experiencia adquirida durante los primeros años de vuelos por el Per, con varias modificaciones para mejorar su rendimiento. Se fabricaron más de 30 (el último operó hasta 1975 en la escuela de Aviación Civil del Perú, en Collique). Mientras tanto, el aeródromo de Santa Cruz hervía de actividad aeronáutica: pasajeros y carga saliendo y llegando del norte y sur del país, fabricación de nuevos aviones, mantenimiento de los antiguos; inclusivo había aviones privados y de otras empresas que también usaban estas instalaciones.
Entre sus vuelos más emblemáticos podríamos mencionar:
a. Servicio para pasajeros y correo entre Lima-Talara (15-IX-1928)
b. Primer vuelo redondo Lima-Arequipa-Lima (18-IX-1929)
c. Primer vuelo sin paradas Lima-Arica con regreso al día siguiente (5-III-1930)
d. Primer vuelo sin paradas Lima-Cajamarca con regreso al día siguiente (12-III-1930)
e. Primer vuelo directo Lima-Santiago de Chile en 16 horas (4-IV-1931)
f. Primer vuelo a Yungay para explorar el Callejón de Huaylas (11-VII-1932)
g. Primer vuelo con pasajeros Lima-La Paz y luego Lima-Quito (15-XI-1932)
h. Primer vuelo con pasajeros y correos a Yungay (12-XII-1932)
i. Primer vuelo comercial a Ayacucho conduciendo un lote de terneros (1-XI-1935)
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Faucett empezó a comprar aviones de carga excedentes del conflicto (Douglas C-47 y C-54), los que aterrizaron en Santa Cruz y fueron reconvertidos en excelentes aviones de pasajeros. Pero con el aumento de tamaño de los aviones y del movimiento de pasajeros, la empresa se vio obligada a trasladarse al Aaeropuerto de Limatambo en 1948, con sus talleres. El histórico “Campo de Santa Cruz” fue desactivado, lotizado y vendido a principios de los años 50.
En 1953, en sus festejos jubilares, “Faucett” destinó uno de sus aviones para pasear sobre Lima a 200 niños y niñas del “Puericultorio Pèrez Araníbar” durante 40 minutos cada vuelo. También ofreció un vuelo de placer Lima-Arequipa, con agasajos y atenciones, a periodistas y funcionarios de radio. Asimismo, el señor Elmer Faucett, en mérito a sus importantes servicios, fue condecorado por el Gobierno con la “Orden del sol del Perú” y la “Cruz Peruana de Aviación”, aparte de muchas medallas de oro y diplomas otorgados por diversas instituciones del país.
En 1965, la compañía se traslada y construye sus talleres de mantenimiento en el nuevo Aeropuerto Internacional de Lima Callao. En 1968, la compañía renovó su flota al comprar sus primeros jets. Ya por estos años, los colores de la compañía estaban grabados en la memoria de los peruanos (“La Naranja”) y se le reconocía como la "Primera Aerolínea del Perú". En 1973, la compañía registró el más impresionante récord en la historia de la aviación comercial en el Perú al totalizar más de medio millón de horas de vuelo cubriendo las rutas aéreas del país.

Avión diseñado por Elmer Faucett
05/02/09: PANAGRA
El 13 de septiembre de 1928, a las 10:45 de la mañana, decolaba en el antiguo hipódromo de Santa Beatriz, ante la presencia del presidente Augusto B. Leguía, un avión monomotor “Fairchild” rumbo a Talara, en su primer vuelo de itinerario, cubriendo una distancia de 600 millas en poco más de 6 horas. El avión, con 3 pasajeros, bajó en Casma, Trujillo, Pacasmayo, Pimentel y Paita para reaprovisionarse. El capitán norteamericano John J. Harris fue el “creador” de esta nueva línea aérea: la “Pan American Grace Airwais Incorporated”, llamada inicialmente “PAGAI” y luego “PANAGRA”, era una fusión de la firma “W.R. Grace y Cía” del Perú con la “Pan American Airways INC” y la “Peruvian Airways Corporation”. Así nació PANAGRA y el Perú se convertía en cuna de la aviación comercial en Sudamérica. En 1952, la compañía obtuvo el premio de Seguridad conferido por el Consejo Interamericano de seguridad. Aparte de las rutas nacionales, esta compañía unía Lima con otras ciudades como Panamá, Bogotá, Miami, New York, Montevideo, Santiago, La Paz y Río de Janeiro.

Fuente: skyscrapercity.com

Fuente: skyscrapercity.com
La laguna de Urcos.- Ubicada a corta distancia de la localidad del mismo nombre, es uno de los parajes más bellos de la provincia de Quispicanchi, y encierra una leyenda basada en que el Inca mandó sumegir una inmensa cadena de oro para evitar que fuese robada por los conquistadores españoles. La laguna es de forma circular, de 400 metros de largo y de color azul verdoso. Alberga una variedad de peces entre los que destacan el carachi y la trucha, lo que atrae a las gaviotas. Se recomienda observar el paisaje que ofrece la laguna desde la capilla de Kaninkunca, pues este pequeño templo ha sido levantado sobre una colina desde la que se la puede dominar.

Laguna del pueblo de Urcos
La laguna de Huarcapay.- En el distrito de Lucre, a 40 minutos del Cusco, los amantes de la pesca deportiva y la ecología podrán disfrutar de las bondades de la laguna de Huarcapay, ubicada al borde de la carretera. Es un excelente lugar de distracción, ya que su extensión de 1 kilómetro de largo por 500 metros de ancho permite hacernos una idea de las lagunas de la sierra meridional del Perú. Allí, de abril a octubre, el viajero puede descansar oyendo el graznido de los patos silvestres, realizando paseos en bote y en bicicletas acuáticas, y por supuesto pescando truchas. La laguna cuenta con la facilidad de ofrecer al turista alojamiento y alimentación en una hostería levantada en sus orillas.

Laguna de Huarcapay

Laguna del pueblo de Urcos
La laguna de Huarcapay.- En el distrito de Lucre, a 40 minutos del Cusco, los amantes de la pesca deportiva y la ecología podrán disfrutar de las bondades de la laguna de Huarcapay, ubicada al borde de la carretera. Es un excelente lugar de distracción, ya que su extensión de 1 kilómetro de largo por 500 metros de ancho permite hacernos una idea de las lagunas de la sierra meridional del Perú. Allí, de abril a octubre, el viajero puede descansar oyendo el graznido de los patos silvestres, realizando paseos en bote y en bicicletas acuáticas, y por supuesto pescando truchas. La laguna cuenta con la facilidad de ofrecer al turista alojamiento y alimentación en una hostería levantada en sus orillas.

Laguna de Huarcapay
03/02/09: Quispicanchi, Cuzco: la iglesia de Huaro
La iglesia de San Juan Bautista de Huaro es de una sola nave, techo de tijeral y tiene coro alto. El templo fue decorado en 1802 por Tadeo Escalante, mestizo de Acomayo, quien adornó a pincel todo el recinto con coloers muy andinos. En el muro de la Epístola pintó entre otros murales un Santiago Matamoros, a San Alberto Magno con facetas de su vida y la Adoración del Niño Jesús y, ya en el sotacoro, el Infierno con Luzbel satanizado en su trono y los cuerpos desnudos de los condenados. Este cuadro es notable por los suplicios de tales condenados (entre los que hay obispos y frailes), por su variedad de demonios, por sus animales monstruosos y por los castigos especiales a los lujuriosos, ébrios y calumniadores, habiendo también la gran rueda garfiada para los mal culpados y un desfile final de las almas perdidas desde las escaleras hirvientes a la boca del dragón que oficia de puesta definitiva del Averno. Hay cintas parlantes de color blanco y fondo rojizo y oscuro conforme a un ambiente infernal.

Iglesia de Huaro
En el mismo sotacoro, al lado de la portada está la muerte del pobre y la muerte del rico, y al otro lado, pasada la puerta, El Arbol de la Vida y la Campana de la Muerte, esta última tañida por Cristo mientras su Madre intercede y un esqueleto termina derribando el árbol con un hacha. También en el sotacoro, esta vez en el muro del Evangelio, está la Resurrección de los Muertos el día del Juicio Final, apreciándose la puerta del Cielo, la boca del dragón (la puerta del Infierno) y la presencia del Purgatorio. Siguen la escena del Descendimiento de la Cruz y del Triunfo de la Muerte, representada ésta por un esqueleto con guadaña y reloj de arena.
Sobre los arquillos del sotacoro está pintada la Coronación de la Virgen. Todo es pintura pueblerina pero de hábil pincel muralista, subiendo los decorados por las paredes hasta la techumbre de la iglesia, para culminar en un artesonado pintado sobre el presbiterio que es anterior a la obra de Escalante.
El altar mayor es barroco, dorado, no rico en tallas pero con el frontal, sagrario, gradillas y tabernáculo forrados de plata. Hay en el muro del Evangelio un altar renacentista advocado a la Virgen de los dolores entre cuatro estatuillas de santos. Es obra primorosa y se remonta a fines del XVI o inicios del XVII.
Finalmente, el púlpito también es de corte renacentista, pero luce muy remozado. El coro alto, por último, posee un órgano policromado de tubos que tampoco debe pasar inadvertido.

Interior de la iglesia de Huaro

Iglesia de Huaro
En el mismo sotacoro, al lado de la portada está la muerte del pobre y la muerte del rico, y al otro lado, pasada la puerta, El Arbol de la Vida y la Campana de la Muerte, esta última tañida por Cristo mientras su Madre intercede y un esqueleto termina derribando el árbol con un hacha. También en el sotacoro, esta vez en el muro del Evangelio, está la Resurrección de los Muertos el día del Juicio Final, apreciándose la puerta del Cielo, la boca del dragón (la puerta del Infierno) y la presencia del Purgatorio. Siguen la escena del Descendimiento de la Cruz y del Triunfo de la Muerte, representada ésta por un esqueleto con guadaña y reloj de arena.
Sobre los arquillos del sotacoro está pintada la Coronación de la Virgen. Todo es pintura pueblerina pero de hábil pincel muralista, subiendo los decorados por las paredes hasta la techumbre de la iglesia, para culminar en un artesonado pintado sobre el presbiterio que es anterior a la obra de Escalante.
El altar mayor es barroco, dorado, no rico en tallas pero con el frontal, sagrario, gradillas y tabernáculo forrados de plata. Hay en el muro del Evangelio un altar renacentista advocado a la Virgen de los dolores entre cuatro estatuillas de santos. Es obra primorosa y se remonta a fines del XVI o inicios del XVII.
Finalmente, el púlpito también es de corte renacentista, pero luce muy remozado. El coro alto, por último, posee un órgano policromado de tubos que tampoco debe pasar inadvertido.

Interior de la iglesia de Huaro
La iglesia de San Salvador de Oropesa es toda de piedra, con techumbre de tijeral y espadaña de seis arquillos. Sobre el arco de medio punto hay un balcón con balaustres verdes de madera; la fachada tiene hornacinas pintadas con figuras de Papas, obispos y Doctores de la Iglesia; en algún lugar se lee: “Alabado sea el Santísimo Sacramento”.
Su altar mayor es barroco, tallado y orificado, de tres cuerpos y cinco calles, todas con imágenes antiguas o pinturas en lienzo. Destaca de modo peculiar su frontal de plata labrada con motivos ornamentales.
El púlpito es barroco, de color nogal, con cátedra de cinco paneles cuyos nichos alojaron a los Evangelistas y probablemente a la Virgen (pues hay dos imágenes desaparecidas) separando a los paneles columnillas salomónicas. A esta cátedra la sostienen tres tenantes -tres barbados y tres lampiños- terminando ella en un florón. El tínoano es la puerta del púlpito y tiene la efígie de un santo, al parecer Apóstol, con un libro en la mano izquierda y que debió tener una pluma en la derecha. El sombrero o tornavoz luce bien trabajado, tiene cresterías crispadas, linterna o templete, y un Cristo Salvador predicando.
Los altares laterales son cuatro y renacentistas, igual que un retablillo con un lienzo del crucificado frente al púlpito y otro pintado en el muro de la epístola. Hay frisos altos y bajos, pintura decorativa que se esmera en correr a lo largo de la iglesia, especialmente en el coro alto, sotacoro y baptisterio. Es templo que merece visitarse con detenimiento en razón de sus antigüedades y obras de arte.

Iglesia de Oropesa (inkas.com)
Su altar mayor es barroco, tallado y orificado, de tres cuerpos y cinco calles, todas con imágenes antiguas o pinturas en lienzo. Destaca de modo peculiar su frontal de plata labrada con motivos ornamentales.
El púlpito es barroco, de color nogal, con cátedra de cinco paneles cuyos nichos alojaron a los Evangelistas y probablemente a la Virgen (pues hay dos imágenes desaparecidas) separando a los paneles columnillas salomónicas. A esta cátedra la sostienen tres tenantes -tres barbados y tres lampiños- terminando ella en un florón. El tínoano es la puerta del púlpito y tiene la efígie de un santo, al parecer Apóstol, con un libro en la mano izquierda y que debió tener una pluma en la derecha. El sombrero o tornavoz luce bien trabajado, tiene cresterías crispadas, linterna o templete, y un Cristo Salvador predicando.
Los altares laterales son cuatro y renacentistas, igual que un retablillo con un lienzo del crucificado frente al púlpito y otro pintado en el muro de la epístola. Hay frisos altos y bajos, pintura decorativa que se esmera en correr a lo largo de la iglesia, especialmente en el coro alto, sotacoro y baptisterio. Es templo que merece visitarse con detenimiento en razón de sus antigüedades y obras de arte.

Iglesia de Oropesa (inkas.com)
Es notable por sus pinturas decorativas. Está entre el Cusco y Urcos, en un lugar lleno de pintoresquismo y sabor. La fachada es de poco ver, salvo las pinturas murales borrosas, el balcóncillo gracioso y el campanario de ocho arquillos coronados de tejas.

Iglesia de Andahuaylillas
Ingresamos al templo advertimos que es de una sola nave, aunque amplia. Su retablo máximo es barroco y recubierto de oro, de tres cuerpos y tres calles, con imágenes de bulto y ricos lienzos. El sagrario, el tabernáculo y las gradillas son de plata trabajada. Tiene ocho columnas salomónicas y algo de espejería. Es retablo impresionante.
Sobre el presbiterio se abre el gran artesonado con vigas cruzadas y motivaciones mudéjares, policromadas y critificadas. Estas vigas, todas bien dispuestas, dejan ver los artesones pintados cn muchos matices y oros. Es artesonado de ocho paños, alargados los dos laterales y complicadísimo el que cae sobre el altar mayor. Cuatro pares de lienzos con marcos renacentistas terminan de adornar este sector.
La techumbre también tiene ornamentación pictórica. Exhibe rombos blancos con dorados florones en su centro entre rojos y azules intensos. El techo es muy hermoso. Consta de tres paños cruzados por dobles vigas cargadas de flores policromadas y doradas de fondo de rojo sangre. Se descubre los troncos de la techumbre recubiertos con el yeso y decorados a pincel. Toda la decoración es de un mudéjar andinizado.
Existen dos altares barrocos delante del presbiterio. Son labrados y dorados: el del Calvario, en el muro de Evangelio, con esculturas de bulto, y al frente suyo, en el muro de la Epístola, el de San Pedro Papa, con imagen de vestir. Cada altar tiene tres cuerpos y tres calles, ambos son de notables entalladura.
El púlpito es renacentista, con cuatro paneles que contiene a los Evangelistas, pero en el correspondiente a San Marcos hay un medallón pre-barroco con un clérigo arrodillado ante el Papa. Ignoramos el significado. El tímpano ha perdido su efígie central y solo conserva el marco entre columnas, por lo que el fondo es un búcaro con flores pintado al fresco en el muro. Un cáliz y una hostia coronan el tímpano en alto relieve dentro de un medalloncillo cerrado y elíptico. El tornavoz, finalmente, es de seis lados formando pirámide, habiéndose perdido el santo de la cimera o coronación. Todo el púlpito es azul y oro.
Las pinturas murales sobre el zócalo retratan a vírgenes y mártires en medallones separados por bustos de mancebos con cestos de frutas en la cabeza y el medio cuerpo inferior foliáceo, todo sobre fondo rojo ladrillo. Destacan en los medallones las santas Cecilias, tocando el organo, Margarita, con el demonio encadenado, Lucía, con ojos en una fuente, Bárbara, con la torre llameante a su lado, Eulalia, con los pechos cercenados en una bandeja, y unas pocas más. Todas se deben al pincel de Luis de Riaño.
El baptisterio presenta una portada con inscripciones pintadas en quechua, aymara, puquina, castellano y latín. La portada, obra de pincel, simula dos pilastras y un arco que en cada riñon alberga un amorcillo, luciendo la parte alta, entre anforas , dos angelitos con una vela encendida cada uno, sosteniendo un medallón a modo de tenantes laterales. Esta portada también la pintó Riaño. La puerta frontera a la bautismal lleva ala torre de la Epístola y están sus dos hojas pintadas lindamente. El sotacoro tiene un artesonado, asimismo a pincel, con florones crucíferos entre vigas y vigillas, y en los muros hasta seis hatos de frutas.
Las puertas laterales del templo muestran mancebos con alas en vez de brazos y medio cuerpo escamado y medio cuerpo en forma de pez. Hay en los intradós de las portadas bellas follajerías y afuera, con los tritones, rombos con flores en su interior y hojarascas fuera de ellos.
Los ocho lienzos que se advierten en lo alto de los muros son grandes y bien hechos. Reflejan los temas en forma variada, por lo que pueden verse en ellos la Pesca milagrosa, la predicación del Bautista, la Conversión de Saulo y otros episidios mas difíciles de identificar.
Quedaría solamente reparar en el mobiliario. Resaltan en el templo viejas bancas de color rojo bermellón con coronación verde y oro, dos confesionarios que parecen datar del siglo XVII y, en el coro alto, un par de organos de fuelle con las hojas de sus portezuelas pintadas. En el órgano mayor hay arcángeles músicos que se inspira en Bernardo Bitti, en el órgano menor están el Rey David con el arpa y santa Cecilia, la patrona de los músicos, con un organo de tubos. Al salir del templo despiden al visitantes los Caminos de la Vida, pintura alegórica y moralista a los lados de la puerta principal que muestra a los hombres la Ruta del Cielo y la Ruta del Infierno.

Interior de la iglesia de Andahuaylillas

Iglesia de Andahuaylillas
Ingresamos al templo advertimos que es de una sola nave, aunque amplia. Su retablo máximo es barroco y recubierto de oro, de tres cuerpos y tres calles, con imágenes de bulto y ricos lienzos. El sagrario, el tabernáculo y las gradillas son de plata trabajada. Tiene ocho columnas salomónicas y algo de espejería. Es retablo impresionante.
Sobre el presbiterio se abre el gran artesonado con vigas cruzadas y motivaciones mudéjares, policromadas y critificadas. Estas vigas, todas bien dispuestas, dejan ver los artesones pintados cn muchos matices y oros. Es artesonado de ocho paños, alargados los dos laterales y complicadísimo el que cae sobre el altar mayor. Cuatro pares de lienzos con marcos renacentistas terminan de adornar este sector.
La techumbre también tiene ornamentación pictórica. Exhibe rombos blancos con dorados florones en su centro entre rojos y azules intensos. El techo es muy hermoso. Consta de tres paños cruzados por dobles vigas cargadas de flores policromadas y doradas de fondo de rojo sangre. Se descubre los troncos de la techumbre recubiertos con el yeso y decorados a pincel. Toda la decoración es de un mudéjar andinizado.
Existen dos altares barrocos delante del presbiterio. Son labrados y dorados: el del Calvario, en el muro de Evangelio, con esculturas de bulto, y al frente suyo, en el muro de la Epístola, el de San Pedro Papa, con imagen de vestir. Cada altar tiene tres cuerpos y tres calles, ambos son de notables entalladura.
El púlpito es renacentista, con cuatro paneles que contiene a los Evangelistas, pero en el correspondiente a San Marcos hay un medallón pre-barroco con un clérigo arrodillado ante el Papa. Ignoramos el significado. El tímpano ha perdido su efígie central y solo conserva el marco entre columnas, por lo que el fondo es un búcaro con flores pintado al fresco en el muro. Un cáliz y una hostia coronan el tímpano en alto relieve dentro de un medalloncillo cerrado y elíptico. El tornavoz, finalmente, es de seis lados formando pirámide, habiéndose perdido el santo de la cimera o coronación. Todo el púlpito es azul y oro.
Las pinturas murales sobre el zócalo retratan a vírgenes y mártires en medallones separados por bustos de mancebos con cestos de frutas en la cabeza y el medio cuerpo inferior foliáceo, todo sobre fondo rojo ladrillo. Destacan en los medallones las santas Cecilias, tocando el organo, Margarita, con el demonio encadenado, Lucía, con ojos en una fuente, Bárbara, con la torre llameante a su lado, Eulalia, con los pechos cercenados en una bandeja, y unas pocas más. Todas se deben al pincel de Luis de Riaño.
El baptisterio presenta una portada con inscripciones pintadas en quechua, aymara, puquina, castellano y latín. La portada, obra de pincel, simula dos pilastras y un arco que en cada riñon alberga un amorcillo, luciendo la parte alta, entre anforas , dos angelitos con una vela encendida cada uno, sosteniendo un medallón a modo de tenantes laterales. Esta portada también la pintó Riaño. La puerta frontera a la bautismal lleva ala torre de la Epístola y están sus dos hojas pintadas lindamente. El sotacoro tiene un artesonado, asimismo a pincel, con florones crucíferos entre vigas y vigillas, y en los muros hasta seis hatos de frutas.
Las puertas laterales del templo muestran mancebos con alas en vez de brazos y medio cuerpo escamado y medio cuerpo en forma de pez. Hay en los intradós de las portadas bellas follajerías y afuera, con los tritones, rombos con flores en su interior y hojarascas fuera de ellos.
Los ocho lienzos que se advierten en lo alto de los muros son grandes y bien hechos. Reflejan los temas en forma variada, por lo que pueden verse en ellos la Pesca milagrosa, la predicación del Bautista, la Conversión de Saulo y otros episidios mas difíciles de identificar.
Quedaría solamente reparar en el mobiliario. Resaltan en el templo viejas bancas de color rojo bermellón con coronación verde y oro, dos confesionarios que parecen datar del siglo XVII y, en el coro alto, un par de organos de fuelle con las hojas de sus portezuelas pintadas. En el órgano mayor hay arcángeles músicos que se inspira en Bernardo Bitti, en el órgano menor están el Rey David con el arpa y santa Cecilia, la patrona de los músicos, con un organo de tubos. Al salir del templo despiden al visitantes los Caminos de la Vida, pintura alegórica y moralista a los lados de la puerta principal que muestra a los hombres la Ruta del Cielo y la Ruta del Infierno.

Interior de la iglesia de Andahuaylillas








