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Archivo de septiembre 2008
Categoría: General
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Durante este período, se produce un notable desarrollo en la economía urbana pues buena parte de las ganancias de los exportadores revertieron directamente a la economía local. Es la época que en Lima la industria, los servicios públicos (agua, luz y teléfono) y la banca experimentaron una rápida expansión. Lima era la única capital latinoamericana cuyos servicios básicos pertenecían en su integridad al capital nacional. En este proceso destacaron tanto importantes familias de la oligarquía como inmigrantes extranjeros, especialmente los numerosos italianos que llegaron desde finales del siglo XIX. Es la época en que se formaron grupos económicos de inversión siguiendo el "efecto demostrador" recibido de las compañías extranjeras. Esto permitió que las técnicas empresariales de los extranjeros influyeran sobre los miembros de la élite nacional. Igualmente, muchos peruanos estudiaron métodos empresariales británicos, franceses y norteamericanos en el exterior, o fueron empleados por compañías extranjeras que operaban en el país. En este sentido queda demostrado que la élite fomentó el desarrollo económico nacional y promovió un proceso de industrialización autónomo.

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Fábrica de helados D'Onofrio

En 1896 se creó la "Sociedad Nacional de Industrias" y el "Instituto Técnico e Industrial del Perú" para servir al gobierno como órgano consultivo y al público como centro de información en técnicas industriales. De las diversas ramas, la textil fue la que alcanzó mayor desarrollo y progreso, especialmente la industria manufacturera de tejidos de algodón. En Lima se encontraban las principales fábricas como "Santa Catalina" (1888) y "San Jacinto" (1897). De otro lado, inmigrantes italianos fundaron las fábricas de helados "D'Onofrio" en 1897 y de elaboración de harina como "Nicolini Hermanos" en 1900. En 1906 había en Lima 7 fábricas de fideos y 12 en provincias. La producción de galletas estuvo monopolizada por Arturo Field. La industria cervecera, establecida desde mediados del siglo XIX, estaba representada por "Backus y Johnston" en Lima; en el Callao, "Fábrica Nacional de A. Kieffer", que luego pasaría a la familia Piaggio. Las fábricas de bebidas gaseosas incluían a "La Higiénica", "Las Leonas", "Nosiglia" y "La Pureza", de R. Barton; en 1902, Manuel Ventura introdujo la "Kola Inglesa". En Arequipa estaban las de "Yura" y "D. Gutiérrez". De otro lado, en 1898, se establecieron dos fábricas de fósforos: "El Sol" y "La Luciérnaga".



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El sistema bancario fue sobreponiéndose tras su prácticamente desaparición durante la Guerra del Pacífico. El "Banco Italiano" (hoy "Banco de Crédito") se inició en 1889 como una asociación de comerciantes italianos. En 1897 el "Banco de Londres, México y Sudamérica" se asoció al "Banco del Callao" dando origen al "Banco del Perú y Londres", que financiaba exportaciones agro-azucareras del norte y de Lima. En 1899, la familia Prado fundó el "Banco Popular" como mecanismo para financiar las actividades empresariales del grupo familiar. El capital bancario más importante era movido por el "Banco del Perú y Londres" y el "Banco Italiano"; cada uno colocaba alrededor de un millón de libras peruanas.

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Oficinas del Banco Italiano

También en Lima, esta vez en el plano económico, empezaron a funcionar varias sociedades anónimas: la "Compañía de Seguros Rímac", la "Compañía Internacional de Seguros", el "Banco del Perú y Londres", el "Banco Internacional" (hoy llamado "Interbank"), el "Banco Popular", la "Sociedad de Alumbrado Eléctrico" y la "Compañía de Fósforos El Sol", entre otras.

Durante el Oncenio se quiso crear un "Banco de la Nación" para emitir cheques circulares y regular el circulante, labor que hasta entonces era realizada por los bancos comerciales o privados. También se ocuparía de regularizar el servicio del presupuesto (pagos y cobros) y financiar diversas obras públicas. El proyecto no prosperó.

Recién el 9 de marzo de 1922 se aprobó el funcionamiento de un "Banco de Reserva" para organizar el sistema crediticio y la emisión monetaria. Es a partir de este momento que recién se puede hablar de una moneda nacional en el Perú. Su capital inicial fue de 2 millones de libras peruanas y su directorio lo formaban siete miembros: tres elegidos por los bancos, uno como defensor de los intereses extranjeros y tres nombrados por el gobierno. Además de tener total independencia del Ejecutivo, debía emitir billetes respaldados por oro físico, fondos efectivos en dólares y en libras esterlinas, no menores del 50% del monto de dichos billetes. Por último, debía atender imposiciones de cuenta corriente de los accionistas y del gobierno, actuaría como Caja de Depósitos, podría aceptar depósitos del público pero sin intereses y negociar en moneda extranjera de oro u oro físico, además establecer los tipos de descuento.

El Oncenio también inauguró en el país la llamada "banca de fomento" fiel al nuevo papel asignado al Estado por la Patria Nueva. De esta forma, en 1928, inició sus funciones el "Banco de Crédito Agrícola" que debía impulsar la producción agropecuaria en el país. Lamentablemente sus créditos estuvieron destinados a los barones del azúcar y del algodón, no así a los pequeños propietarios o a las comunidades campesinas de la sierra. Ese mismo año se fundó el "Banco Central Hipotecario" para facilitar el crédito a los pequeños y medianos propietarios.

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Local del Banco del Perú y Londres ocupado por la Municipalidad del Callao
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Durante este período se produce un notable desarrollo en la economía urbana. Se inició en la década de 1890 cuando la mayor parte de la agricultura y minería de exportación estaban controladas por peruanos y las ganancias se invertían directamente a la economía local. Por estos años, en Lima el sector industrial, el de servicios y el financiero experimentaron una rápida expansión. En 1900 había casi 7 mil obreros entre los 100 mil habitantes que albergaba nuestra capital. De otro lado en América Latina, Lima era la única capital cuyos servicios básicos (luz, agua, teléfono) pertenecían en su integridad al capital local.

En este proceso destacaron tanto importantes figuras de la oligarquía como inmigrantes extranjeros, especialmente los italianos que llegaron a Lima a finales del siglo XIX. Nuevamente queda demostrado como los empresarios locales no se inhibieron en fomentar el desarrollo económico nacional. Muchos peruanos utilizaron técnicas modernas de manejo empresarial y diversificaron sus actividades invirtiendo en comercio, agricultura, bancos e industria. De esta manera, al igual que en Estados Unidos o Europa, se formaron grupos económicos de inversión que colocaron el dinero ganado en la exportación (agricultura y minería) a los negocios urbanos y a la ampliación del mercado interno.

En este proceso tuvo enorme importancia el ejemplo recibido de las compañías extranjeras asentadas en Lima. Esto permitió que los métodos empresariales de los extranjeros influyeran sobre la élite local. Igualmente muchos peruanos estudiaron administración y negocios en universidades del exterior, o fueron empleados por las compañías extranjeras que operaban en el país.
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La explotación del caucho, también llamado “jebe” o shiringa por los nativos de la selva, tomó importancia a finales del siglo XIX y significó el despertar de ciudades amazónicas como Iquitos en Perú (en 1851 era un modesto pueblo de pescadores con menos de 200 personas convirtiéndose, en 1900, en una pujante ciudad de 20 mil habitantes) o Manaos en Brasil.

La demanda del comercio internacional impulsó la extracción de este recurso natural que trajo importantes beneficios al tesoro público entre 1882 y 1912. Un nuevo mito de “El Dorado” se elaboraba en la selva, aunque para las poblaciones de aborígenes representó la quiebra de su organización social, de su vida económica y de sus creencias. Esto sin contar el problema demográfico. De esta forma se escribía una nueva página del eterno choque entre las necesidades de Occidente y el modo de vida de los indígenas americanos.

Para el país la explotación cauchera representó un importante, aunque violento, paso en la ocupación, bajo criterios nacionales, del espacio amazónico. En este sentido se exploró la Amazonía reiniciándose importantes estudios geográficos a cargo de la Junta de Vías Fluviales, creada en 1901, que continuó a los de la Comisión Hidrográfica que funcionara desde 1860.

Los nativos de la selva usaban el caucho para sus juegos (hacían pelotas con él) o para impermeabilizar bolsas. El mundo occidental comenzó a necesitarlo desde 1823 cuando Macintosh logró patentarlo para la manufactura de productos impermeables. Más adelante, en 1839, Charles Goodyear descubrió que si el caucho se mezclaba con azufre y se calentaba se obtenía un producto más fuerte, elástico y resistente tanto al frío como al calor.

A raíz de ese descubrimiento, el "vulcanizado", la producción del caucho en Brasil, por esos años el primer productor mundial, se incrementó notablemente para subir de 338 toneladas en 1840 a 2,673 en 1860. A finales de siglo, el caucho se convirtió en un producto imprescindible para la industria automotriz cuando, en 1888, se patentó el procedimiento para fabricar llantas inflables.

El auge cauchero atrajo a la amazonía a numerosos migrantes que trabajaron en su explotación (como los casi míticos Carlos Fermín Fitzcarrald o Julio César Arana) y en los servicios vinculados a la misma.

Como cualquier industria extractiva, no consideraba útil la conservación del medio ecológico ni la del árbol productor del jebe, pues se pensaba que el recurso era inagotable (como antes parecía serlo el guano). De esta manera, los árboles eran talados indiscriminadamente y los caucheros pronto se ganaron una siniestra fama frente a la población nativa. Eran los portadores del mal, además de ser transmisores de enfermedades, como el tifus o la malaria, que diezmaron seriamente a la población nativa. Se calcula que unos 40 mil nativos murieron de estas enfermedades durante el "boom cauchero".

Si miramos algunas cifras, en 1897 el caucho representaba el 9.3% del total de las exportaciones del país. En 1884 se exportaron 540,529 kilos mientras que, entre 1900 y 1905, salieron por el puerto de Iquitos más de 2 millones de kilos de caucho por año. De otro lado, en 1900 el monto en libras esterlinas por su exportación fue de 378,318 y en 1905 fue de casi un millón. A partir de ese momento, le salieron competidores de otras partes del mundo. Exploradores británicos habían exportado plantas a la India y a Ceylán donde se desarrollaron extensas plantaciones. El precio del caucho empezó a disminuir en el mercado. Luego aparecería el jebe sintético. La era del caucho estaba finalizando para el país.
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Respecto a la minería, hubo seria preocupación por dotarla de un marco legal capaz de fomentar su desarrollo. El 8 de noviembre de 1890, por ejemplo, se exoneró por 25 años a la industria minera de todo gravamen e impuesto con excepción de la contribución de minas instaurada en 1877. Esta ley benefició la explotación de oro, plata, cobre, cobalto, plomo, fierro, níquel, estaño, antimonio, azufre, carbón de piedra, cinabrio y petróleo. También se liberó de derechos aduaneros la importación de maquinarias, útiles, herramientas y demás productos necesarios para su explotación (dinamita, carbón, madera y azogue, entre otros).

Además, en 1892, el Ferrocarril Central llegó a Casapalca y, al año siguiente, a La Oroya; en 1904 la Peruvian Corporation lo hizo funcionar hasta Cerro de Pasco, y en 1920 hasta Huancayo y Huancavelica. De otro lado, en 1896, se fundó la Sociedad Nacional de Minería para representar y fomentar los intereses de la industria minera; su primer directorio estuvo conformado por Elías Malpartida, Federico Gildemeister y Alejandro Garland. Finalmente, para sancionar este esfuerzo nacional, en 1901 empezó a regir el nuevo Código de Minería que, inspirado en principios liberales, garantizó la sorprendente inversión del capital privado en este sector. Sólo entre 1896 y 1899, por ejemplo, se invirtieron casi 13 millones de dólares. Parte de este capital provenía de los propios mineros que habían alcanzado éxito y el resto se reunió entre los hacendados y comerciantes limeños.

La zona que más se desarrolló fue la Sierra Central (Casapalca y La Oroya, principalmente), donde la "Cerro de Pasco Mining Corporation" inició la explotación a gran escala del cobre y de otros minerales; de capitales norteamericanos, esta empresa poseía el 70% de las minas de Cerro de Pasco. De otro lado, en 1890 se descubrieron los boratos de Arequipa; en 1904 se inició la explotación de bismuto en la mina de San Gregorio y se fundó la Azufrera Sechura (Piura) para explotar el azufre de esa región; ese mismo año Antenor Rizo-Patrón descubrió en el yacimiento de Minasranga el sulfuro de vanadio (llamado rizopatonita en su honor), mineral del cual el perú llegó a ser primer productor mundial; Federico Fuchs, en 1906, encontró el hierro de Marcona (Ica), que se llegó a explotar y exportar recién a partir de la década de 1950.

Hasta 1900 se puede hablar de una “pequeña minería” donde destacan los esfuerzos personales de Eulogio Fernandini (Vinchos), Wertheman (Ancash), Antenor Rizo-Patrón (Cajamarca), Federico Fuchs (Ica), así como los de Pedro de Osma, Lizardo Proaño y Fermín Málaga Santolalla; fue la época heroica de las exploraciones, los estudios y los experimentos arriesgados financiados con un pequeño porcentaje del ahorro nacional. Una segunda etapa, la de la “desnacionalización”, empieza a partir de 1901 y está marcada por el auge cuprífero donde destacan el establecimiento de grandes empresas (norteamericanas en su mayoría), la inversión de grandes capitales, la tecnificación y la explotación a gran escala; hacia 1915, por ejemplo, el capital norteamericano llegó a controlar el 92% del cobre. Su producción, estimulada por la continua subida de precios en el mercado mundial desde 1895, aumentó entre 1897 y 1903 hasta las 10 mil toneladas por año. En suma, es la época en que el Perú se consolida, nuevamente, como país minero a nivel mundial.

El petróleo, por su lado, era conocido ya desde los tiempos coloniales. A finales del siglo XVII el padre José de Acosta informaba que existía un manantial de brea al que se le llamaba copé y era utilizado por los marinos para alquitrar sogas y aparejos, o para pintar sus embarcaciones. Luego, en 1863, A.E. Prentice realizó la primera perforación en un lugar llamado Caña Dulce en la zona de Zorritos (Piura). Al siguiente año se fundó la Peruvian Petroleum Company organizada por el ingeniero norteamericano E.P. Larkin, quien convirtió al Perú en el pionero de la explotación petrolera en América Latina. Luego se perforaron pozos con relativo éxito y, en 1870, se creó la Compañía Peruana de refinar petróleo. Por ello , en 1873, se invirtieron 150 mil soles en trabajos de exploración en la zona de Pariñas, también en Piura.

Luego de la guerra con Chile, a partir de 1890, se explotó sistemáticamente en Piura donde la "Lobitos Oil Company" y la "International Petroleum Company" (compañía que surgió en 1913 producto de la compra de la "London and Pacific Petroleum Company" por la "Standar Oil"), desarrollaron la extracción sobre los yacimientos de la Brea y Pariñas. También en ese sector el país vive un proceso de “desnacionalización” que demostraría falta de firmeza por parte del Estado y de los inversionistas locales frente al capital extranjero.

Según algunas cifras, en 1892 eran 30 los pozos abiertos ubicados todos en la zona de Negritos; su producción era de 500 mil litros de petróleo diarios. En 1890, por su lado, los yacimientos de la Brea y Pariñas rindieron poco más de 8 mil barriles al año, mientras que 10 años más tarde su producción anual superaba los 200 mil barriles; en 1915, en este mismo yacimiento, se obtuvieron casi 2 millones de barriles. Como es sabido, estos yacimientos generaron serios conflictos en la década de 1920 que culminaron con un laudo arbitral sumamente polémico. En efecto, en 1924 durante el Oncenio, los británicos, propietarios de la Brea y Pariñas, vendieron sus derechos a la "International Petroleum Company Ltd". de accionistas norteamericanos. Esta empresa empezó desde entonces a realizar grandes inversiones y a emplear las técnicas más sofisticadas de perforación y explotación. Para 1930 la producción se había elevado a más de 10 millones de barriles. Lo cierto es que la producción y exportación de petróleo fue creciendo llegando a contabilizar el 10% de las exportaciones totales peruanas en 1915 y nada menos que el 30% en 1930.

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En esta zona del país se producían lanas de ovinos y camélidos en las haciendas y estancias ubicadas en las punas, quebradas y valles del llamado “sur andino”. Su exportación se llevaba a cabo por intermedio de sólidas casas comerciales arequipeñas y extranjeras establecidas en la ciudad de Arequipa. Entre las de origen extranjero estaban "Ricketts", "Gibson", "Forga", "Emmel", "Weis" y "Sarfaty"; las nativas eran "Muñoz-Nájar", "López de Romaña", "Rey de Castro" e "Iriberry"; y, finalmente, los comerciantes “turcos” como Said, Salomón y Abugattás.

A nivel nacional, de todos los sectores de exportación el de la lana fue el menos importante ya que solo representó el 10% de los ingresos por exportación entre 1890 y 1920. A nivel regional, sin embargo, fue el principal sector productivo de la sierra sur hasta el descubrimiento de las minas de Toquepala en la década de 1960. Entre 1916 y 1930, de los 80 millones de dólares en exportaciones que pasaron por el puerto de Islay, no menos del 73% correspondió a la lana.

Un aspecto importante es que mientras otros sectores de exportación, como la caña y el algodón, se desarrollaban dentro de empresas con relaciones “capitalistas” de producción, el de la lana se estableció integrando a pequeños productores al mercado mediante el “trueque” o por la expansión de la producción de lana en las grandes haciendas que absorbían las tierras de las comunidades indígenas generando no pocos conflictos y eventuales rebeliones.

En este mundo básicamente “tradicional” se desarrolló una estructura triangular de gran importancia donde, según Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram: Los tres polos eran los productores en pequeña escala, los productores en gran escala (haciendas) y los comerciantes que se encargaban de la exportación de la lana. El primer grupo, es decir, el que siempre ha producido lana de alta calidad proveniente especialmente de la alpaca, es el de los pastores indígenas de la sierra, mientras que la lana de oveja, de menor calidad (aunque también producida por el sector de pequeña escala) ha sido el producto principal de las grandes haciendas del sur. Los grandes terratenientes y comerciantes, quienes formaban el núcleo de la elite económica del sur, fueron relativamente independientes del resto del perú y los vínculos entre estos grupos y las empresas que operaban en el centro y norte se encontraban escasamente desarrollados.

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Mollendo (Islay) a principios del siglo XX
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El 22 de mayo 1896, por iniciativa de un grupo de agricultores, se fundó la Sociedad Nacional de Agricultura; entre ellos estuvieron Manuel Moscoso Melgar, los hermanos Aspíllaga, Francisco Moreyra y Riglos, Olivo Chiarella, Francisco Tellería, Sebastián Salinas, Adriano Bielich, Federico Palacios y Augusto Gutiérrez. Con esta medida, se quiso orientar al Estado en favor del desarrollo agrícola y canalizar las demandas de los hacendados. Desde este momento, las actividades del nuevo gremio fueron ininterrumpidas. Gracias a sus gestiones se introdujo, por ejemplo, la enseñanza agrícola al fundarse, en 1902, la Escuela Nacional de Agricultura; además, se iniciaron los estudios para combatir las pestes y enfermedades en los cultivos de la costa a través del Instituto de Parasitología Agrícola que luego se convertiría en la Estación Experimental Agrícola de La Molina.

Un buen ejemplo de esta política fueron las gigantescas plantaciones azucareras que dominaban el valle de Chicama (La Libertad) que terminaron concentrando la tierra en pocas manos. La historia es algo simple. Las haciendas de los plantadores nacionales fueron absorbidas dentro de tres grandes empresas agrícolas: "Casagrande" (de la familia Gildemeister), "Roma" (de los Larco) y "Cartavio" (de la Casa Grace). Sus propietarios simbolizaban la nueva era marcada por la inyección del capital extranjero y el trabajo de los indios "enganchados" que formaron el proletariado agrícola. La coyuntura internacional, además, favorecía las exportaciones, especialmente durante los años de la Primera Guerra Mundial. Otra hacienda importante del valle fue "Laredo", propiedad de Ignacio Chopitea. El mapa azucarero se completaba con Lambayeque. Las dos familias más importantes de la región eran los Pardo, en la hacienda "Tumán", y los Aspíllaga en "Cayaltí".

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Hacienda "Roma", propiedad de la familia Larco (Chicama)

En 1889 se exportaron 45 mil toneladas de azúcar y en 1905 poco más de 134 mil por un valor de un millón y medio de libras esterlinas. Sin embargo, durante estos años la industria azucarera experimentó una crisis debido a la sobreproducción mundial y a la consiguiente baja de su precio en el mercado; en 1902, por ejemplo, su precio llegó a 5 chelines y 3 penques el quintal de 100 libras, su punto más bajo. Según Peter Klaren, esto originó un ciclo de bancarrotas entre los pequeños y medianos propietarios y la consolidación de las grandes plantaciones que pudieron defenderse mejor del mercado externo. Cerca de cinco mil familias debieron vender sus haciendas que terminaron absorbidas por las grandes plantaciones azucareras. Esta difícil coyuntura obligó a éstas tecnificarse con maquinaria moderna.

Hacia 1904 unas 50 mil hectáreas estaban dedicadas al cultivo de caña, pero en 1912 solo 37 mil se dedicaban a este fin (igual que en 1884). Esto se debió a que los agricultores de Piura, Camaná e Ica dejaron de cultivar caña debido al complicado panorama. A partir de entonces la producción nacional dependió de las plantaciones de La Libertad, Lambayeque y Lima; solo en los dos primeros la producción aumentó en un 60% hacia 1912. En este sentido, la industria azucarera norteña se encontraba en buenas condiciones para afrontar el incremento sin precedentes de la demanda mundial por la guerra entre 1914 y 1918, época de oro de los barones del azúcar. Estos lograron acumular en aquella feliz coyuntura por lo menos 10 millones de dólares, los cuales fueron invertidos en compra de tierras e instalación de nuevos ingenios. Hacia 1920, la capacidad productiva se había elevado a 320 mil toneladas aproximadamente, el doble al nivel anterior de la guerra. Por ello, al año siguiente se destinaron 50 mil hectáreas para el cultivo en los valles del norte.

En resumen, como lo anotan Rosemay Thorp y Geoffrey Bertram: El monto retornado a la economía nacional derivado de las exportaciones de azúcar fue bastante elevado en las décadas de 1890 y 1900, con una alta proporción de excedente económico que fue empleado para promover el esfuerzo de desarrollo nacional en aquellos años. Durante la primera guerra mundial, el valor retornado disminuyó, al elevarse los precios por las ganancias inesperadas que no se remitieron al país, las que fueron gastadas en parte en la importación de equipos que resultaron de limitado rendimiento económico. En la década de 1920, los bajos precios mundiales virtualmente eliminaron al azúcar como generador importante de excedente y los fondos disponibles que eran obtenidos tendieron a salir al extranjero de tal manera que, aunque el sector permaneció prácticamente libre de control extranjero, su desempeño económico se volvió similar al que se podía esperar de una industria extranjera de exportación.

La exportación del algodón siguió en importancia a la del azúcar. Las zonas de mayor producción fueron Piura, Ica y los valles del norte de Lima (Santa, Pativilca, Supe, Huaura, Chancay y Chillón). Los tipos de algodón que se cultivaban eran los siguientes: peruano, egipcio y, en menor cantidad, argeliano, mitafifí, y sea island. Según Alejandro Garland, el cultivo de algodón cubría, en 1905, cerca de 20 mil hectáreas, daba ocupación a 16 mil personas y su rendimiento anual no bajaba de 400 mil libras peruanas. Pero los cultivos del "oro blanco" estaban casi siempre expuestos a la enfermedad del Wilt hasta que, en 1908, luego de infatigables esfuerzos, Fermín Tangüis (1851-1932) halló una planta resistente a la plaga que luego se hizo famosa en el mundo por su gran calidad. De este modo el Algodón Tangüis permitió a los agricultores obtener excelentes beneficios colocando al Perú como productor del mejor algodón en el mundo. Su exportación se hizo por los puertos de Paita, Callao y pisco, siendo sus mayores mercados Estados Unidos e Inglaterra.

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Fermín Tangüis en su hacienda "Urrutia" (Pisco)

Al finalizar el siglo XIX, la exportación llegaba a las 6 mil toneladas; antes de la Primer Guerra Mundial éstas llegaron a más de 20 mil y hacia 1923 casi duplicaron su volumen. Por ello tanto en Piura, Ica y el norte de Lima el algodón fue desplazando a la caña y a otros cultivos de panllevar. Además, los pequeños y medianos propietarios se dedicaron a su siembra ya que no requería de grandes costos fijos.

El arroz, finalmente, era cultivado en Lambayeque donde existían haciendas con molinos propios para su pilado como "Tumán", "Talambo", "Cultambo", "Facla", "Lurificio" y "Masanca"; otros centros de pilado se hallaban en las zonas de Jayanca, Túcume, Ferreñafe, Éten, Pacasmayo, Chongoyape, San Pedro, Guadalupe, Pueblo Nuevo y Montevideo. El cultivo del arroz se orientaba básicamente al mercado interno y una pequeña parte era exportada a Chile, Ecuador y Bolivia a través de los puertos de Éten y Pacasmayo.

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Antiguo ingenio de la hacienda "Talambo" (Chepén)

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Tras la caída de Billinghurst, el civilismo volvía a controlar el proceso electoral y una convención de partidos designó al ex-presidente José Pardo y Barreda como candidato presidencial común. Su triunfo estaba descontado. A Benavides sólo le quedó llamar a elecciones en 1915 y convertirse en aquel tipo de militar que encabeza un golpe para preservar los intereses de la oligarquía, anticipo de lo que serían luego Sánchez Cerro, Benavides y Odría.

El segundo gobierno del hijo del fundador del civilismo (1915-19) no pudo repetir las buenas intenciones del primero pues ahora el proyecto de su partido se había agotado como opción política, además, las repercusiones de Primera Guerra Mundial ocasionaron un malestar social por el derrumbe de los precios de las exportaciones afectando toda la economía latinoamericana. La situación pudo estabilizarse uno o dos años más tarde, sin embargo, el costo de vida se había duplicado entre 1914 y 1918, mientras los salarios se mantenían estancados.

Por ello, estos años estuvieron marcados por la violencia política y uno de los hechos más visibles fue la presión del movimiento obrero apoyado por los estudiantes universitarios. En 1919 una ola de paros laborales culminó en una huelga general que paralizó Lima. Las demandas eran la jornada general de las 8 horas de trabajo y la reducción del costo de vida. Las calles de la capital se convirtieron en un sangriento campo de batalla entre los huelguistas y la policía. Incluso ciertos sectores de la clase media simpatizaron con los huelguistas y se unieron a ellos en las calles. Mientras el civilismo se tambaleaba en el poder, Leguía se preparaba para darle la estocada final. Los demás partidos acusaban también una crisis muy seria al no interpretar los sentimientos de los nuevos actores sociales. El edificio elitista y antidemocrático diseñado por el civilismo se desmoronaba.

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José Pardo y Barreda

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Para entender a los miembros de este brillante grupo de jóvenes intelectuales (José de la Riva-Agüero y Osma, Víctor Andrés Belaúnde, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, José Gálvez, Julio C. Tello, Felipe Barreda y Laos, Juan Bautista de Lavalle, Fernando Tola y Luis Fernán Cisneros, entre otros) es necesario recordar las dramáticas consecuencias morales y materiales que dejó el conflicto con Chile, la guerra civil que enfrentó a Cáceres e Iglesias y la imposibilidad del país en conseguir recursos foráneos para iniciar la Reconstrucción Nacional. Todos ellos nacieron y crecieron en ese difícil contexto.

Si bien algunos de ellos habían nacido en el seno de familias aristocráticas (como Riva-Agüero) no podían evadirse del marco de un país sumido en la postración. La idea que dominaba entonces entre la juventud es que el país había entrado en una nueva etapa: era necesario sacudirse de aquel ingrato pasado y construir una verdadera nación.

Esta generación buscó sus maestros de evocación histórica y literaria en Ricardo Palma y en el legado político de Manuel Pardo y Nicolás de Piérola. Sus miembros querían introducir nuevas ideas que agitaran el marasmo de la sociedad peruana, inspirados en los grandes maestros del nacionalismo francés y español que reaccionaron radicalmente luego del desastre de Sedán (derrota francesa frente a Prusia en 1871) y de Cavite (cuando España perdió, en 1898, sus últimos dominios coloniales: Cuba, Puerto Rico y las Filipinas).

Sus maestros fueron Taine, Renán, Michelet, entre los franceses; Gavinet, Joaquín Costa y Miguel de Unamuno, entre los españoles; y, sobre todo, el uruguayo José Enrique Rodó, cuyo libro Ariel le dio el nombre a esta generación ("arielista") que preferimos llamarla del "Novecientos" para no encasillarla en la influencia de un solo autor, a pesar que muchos de sus miembros tenían al Ariel como libro de cabecera. El legado de Rodó, especialmente la idea que la unidad espiritual del continente se traducía en el camino de las juventudes universitarias, propósito que coincidía con los ideales de esta generación: solidaridad continental, idealismo, latinismo y gobierno de las élites. Por ello, Francisco García Calderón, acuñaría la frase: El Perú se salvará sólo bajo el polvo de una biblioteca (1910). No hay que olvidar, de otro lado, la influencia de ciertos profesores de San Marcos por aquel entonces, especialmente la del filósofo Alejandro Déustua, introductor del bergsonismo -es decir, del neoidealismo francés- y la de Javier Prado, ex-positivista y precoz maestro, convertido ahora al bergsonismo por Déustua.

Entre sus miembros más representativos, José de la Riva-Agüero (Lima, 1885-1944), pensador profundo y escritor de una sólida erudición, se destacó precozmente con dos tesis en San Marcos: "Carácter de la Literatura del Perú Independiente" (1905) y "La Historia en el Perú" (1910). En 1912, cargado de libros y mapas, recorrió durante tres meses la sierra peruana, viaje que le serviría para redactar cinco años después un libro al que daría el título de Paisajes Peruanos.

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José de la Riva-Agüero y Osma

Riva-Agüero supo combinar su afán intelectual y su formación académica para estudiar las obras e ideas de las figuras cumbres del pensamiento peruano. Admiró a Gonzáles Prada y rescató el pensamiento conservador de Bartolomé Herrera. En el campo político valoró el legado de Manuel Pardo y Nicolás de Piérola, cuyos ideales hizo suyos, transformándolos luego en un ideario propio y representativo de su generación. Entendió a la "nación" como síntesis: unión y encuentro entre las tradiciones culturales que habían hecho la historia del Perú alrededor de una nueva clase dirigente -no como aquella nobleza colonial boba e incapaz de todo esfuerzo, como meditó en la pampa de la Ayacucho en su viaje de 1912- que asumiera su pasado y fuera capaz de afrontar los desafíos de un país poco integrado y, menos aún, desarrollado.

Para Riva-Agüero si bien no existía la "nación" peruana, sí estaban sentadas sus bases, una de ellas el mundo andino, al que dedicó libros, cartas, ensayos, artículos periodísticos y constante obsesión. La "nación" era para él un alma colectiva cuyo rasgo en el Perú debía ser mestizo: esa alma existía, aunque aletargada y adormecida.

Por su parte Francisco García Calderón (Valparaíso 1883-Lima 1953), hijo del Presidente de la Magdalena, en 1906, a los 23 años, partió a Europa y no regresaría en definitiva sino hasta 1947. Toda su trayectoria intelectual la desarrolló en París donde escribió varias obras en francés y un libro de inusitado éxito, Las democracias latinas de América (1912), prologado por Raymond Poincaré. Sin embargo, su libro más célebre, "El Perú contemporáneo" (París 1907 y Lima 1981), fue el primer intento moderno por ofrecer una visión global -síntesis e interpretación- del Perú y, de hecho, podríamos considerarlo como el principal punto de referencia cultural de la élite criolla occidentalizada del país.

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Francisco García-Calderón Rey

Allí reclamaba la existencia de una clase dirigente que reclutara a sus miembros no sólo por su riqueza y abolengo, sino también por su inteligencia (una clara evocación de Bartolomé Herrera). Una oligarquía abierta e ilustrada que entendiera la necesidad de reformar el país para modernizarlo y ubicarlo en el camino del progreso. Pero el destino del país no era quedar al remolque de los Estados Unidos, sino había que reconocer el carácter latino del Perú y aproximarlo más a Francia e Italia. Por ello era preciso fomentar una política de inmigración atrayendo a europeos para que poblaran el país que, teniendo entonces 4 millones de habitantes, requería nuevos brazos para su agricultura. Paralelamente había que ampliar la frontera agrícola impulsando las irrigaciones. Estas tareas debían ser emprendidas por un Estado eficiente en el que esa oligarquía supiera incorporar a los grupos marginados. De esta manera el indio tenía que ser transformado, de siervo o campesino sumiso, en obrero moderno o en propietario respetando sus costumbres. Este colosal proyecto, si fuera preciso, debía ser guiado por un líder excepcional, una suerte de “César democrático” .

Por último, Víctor Andrés Belaúnde (Arequipa 1883-Nueva York 1966), que llegó a ser, en 1959, Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, consideró en su libro Peruanidad (1942) al país como una “síntesis viviente”: síntesis biológica, que se refleja en el carácter mestizo de nuestra población; síntesis económica, porque se han integrado la flora y la fauna aborígenes con las traídas de España, y la estructura agropecuaria primitiva con la explotación de la minería y el desarrollo industrial; síntesis política, porque la unidad política hispana continúa la creada por el Incario; síntesis espiritual, porque los los sentimientos hacia la religión naturalista y paternal se transforman y elevan en el culto de Cristo y en el esplendor de la liturgia católica. No concebimos oposición entre hispanismo e indigenismo... los peruanistas somos hispanistas e indigenistas al mismo tiempo. Antes había publicado "La realidad nacional" (París, 1931) como respuesta a los "7 Ensayos de Mariátegui" y, en el campo religioso, no se inspiró en el liberalismo laico sino en el fermento dinámico y social que vive al interior del cristianismo, planteando así los fundamentos de una nueva actitud para los católicos inteligentes en una "ofensiva" de carácter social-progresista por transformar el país. Su figura marcaría un renacimiento en el pensamiento católico peruano.

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Víctor Andrés Belaunde

En 1915 Riva-Agüero fundó en Partido Nacional Democrático con un grupo de universitarios de su generación entre los que figuraban Víctor Andrés Belaúnde, Constantino Carvallo, José María de la Jara, Oscar Miró-Quesada y Julio C. Tello. En el Manifiesto de Fundación subrayaron: No somos ni seremos instrumentos de nadie; no pretendemos formar una efímera organización electoral sino un partido serio y permanente. Como el documento pecaba de buenas intenciones el diario "La Prensa" los calificó de idealistas, de estar demasiado lejos de la realidad. En suma, de ser, sin habérselo propuesto, seguidores del ultrismo intelectual del futurismo literario europeo. Por ello fueron llamados "futuristas".

Pero más allá de estos epítetos, el nuevo partido quiso representar una opción liberal-aristocrática frente a la crisis del civilismo y los partidos tradicionales. Pero pese a los esfuerzos de sus miembros por organizar a nivel nacional el partido, éste tuvo una vida muy breve. El golpe de Leguía en 1919 terminó con las pretensiones de sus miembros y el propio Riva-Agüero se autoexilió en Europa terminando en un conservadurismo reaccionario y combativo. En síntesis, a pesar de su escaso peso político, el Partido Nacional Democrático representó, entre 1915 y 1919, un intento frustrado de la llegada al poder de una personalidad excepcional y renovadora (Riva-Agüero) al lado de una generación académicamente bien formada y comprometida con los destinos del Perú.


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Por ello, en 1912, resultó electo Guillermo Billinghurst, un acaudalado salitrero de Tarapacá y miembro del clan pierolista. Pero este paréntesis dentro de la era civilista no significó la quiebra del "orden oligárquico" a pesar del discurso de Billinghurst, un populista precoz, orientado a las demandas de los sectores populares (los obreros a lo largo de la campaña lo llamaron el "Pan Grande"). Durante su breve y accidentada gestión, Billinghurst se enfrentó con la mayoría civilista del Congreso, con los demás partidos, con el ejército y hasta con la opinión pública. Desterró a Leguía y amenazó con disolver al Congreso para convocar nuevas elecciones parlamentarias. Quería reformar el sistema electoral incorporando a la Corte Suprema, entidad muy prestigiosa en aquella época. Sus medidas no eran del agrado de la oligarquía. Este contexto hizo que irrumpieran dos nuevos protagonistas políticos: los obreros y los militares.

Los primeros habían sido manipulados por el propio Billinghurst desde 1909 en su época de alcalde de Lima; se preocupó por mejorar sus viviendas, enseñanza y sus condiciones de vida. Ahora en el poder garantizó toda huelga que estuviera respaldada por las tres cuartas partes de los trabajadores afectados. También concedió a los obreros del puerto del Callao la jornada de ocho horas y apoyó manifestaciones de comités de obreros para intimidar a sus opositores y presionar al Congreso. Esto era intolerable para la oligarquía que veía amenazado su monopolio en el control político.

Los militares, por su lado, no veían con buenos ojos la actitud pasiva de Billinghurst frente al problema de Tacna y Arica; además, el Presidente había intentado reducir el presupuesto de las fuerzas armadas. Por ello, los militares fueron llevados por el civilismo al juego político para deponer a un presidente que amenazaba el orden oligárquico y la seguridad nacional.

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Guillermo Billinghurst
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Como habíamos mencionado, en 1899 Piérola y los civilistas se unieron para poner a Eduardo López de Romaña, un hacendado azucarero, en el gobierno para el período 1899-1903. Durante su administración, aparte de quebrarse en definitiva el compromiso político entre civilistas y demócratas, se deterioraron las relaciones con Chile debido a la persecución contra los peruanos en Tacna y Arica. Al término de su mandato una nueva alianza, ahora entre los civilistas y el Partido Constitucional de Cáceres, llevó a Manuel Candamo, ex-alcalde de Lima y exitoso hombre de negocios, al poder (1903-04). Candamo no pudo culminar su mandato debido a una grave enfermedad que lo llevó a la muerte prematura. A pesar de ello, dio cabida en el Consejo de Ministros a miembros de la nueva generación de civilistas como Leguía y Pardo.

A la muerte de Candamo se producen al interior del civilismo discusiones en torno al candidato ideal del partido, y luego de una polémica generacional el designado fue José Pardo y Barreda, hijo del fundador del civilismo. Pardo fue Presidente de la República durante el periodo 1904-1908. Durante su administración se apoyó la instrucción convirtiendo las escuelas públicas, que eran municipales, en escuelas fiscales o del Estado; asimismo, de acuerdo al objetivo educacional se creó el Instituto Histórico (hoy Academia Nacional de Historia), se fundó la Escuela Normal de Varones (hoy Universidad Enrique Guzmán y Valle), se abrió la Escuela Nacional de Artes y Oficios (ahora Politécnico José Pardo) y se inauguró el Museo Nacional de Historia.

Al culminar su gobierno Pardo apoyó a Leguía. Ya en el poder, el futuro líder del Oncenio mostró, entre 1908 y 1912, una clara tendencia personalista y autoritaria que lo llevó a distanciarse de su propio partido. Muchos jóvenes intelectuales, como José de la Riva-Agüero y Víctor Andrés Belaúnde, lo combatieron. Los pierolistas tampoco lo toleraron y varios de sus miembros, el 29 de mayo de 1909, lo apresaron en Palacio y a empujones lo quisieron obligar a renunciar en la Plaza del Congreso; la asonada de la oposición fracasó y Leguía recuperó su libertad. Fortalecido entonces, Leguía, el “hombre hecho a sí mismo”, resolvió a llevar la gestión gubernamental a su modo y hubo dos temas que lo inquietaron: el manejo presupuestario y la política exterior.

En cuanto al primero, cuestionó el histórico laissez faire de los civilistas y propuso sustanciales aumentos en el gasto público. En el segundo campo, su gobierno quiso resolver temas fronterizos aún pendientes, especialmente el diferendo con Chile producto del Tratado de Ancón. En efecto, la ciudadanía reclamaba una solución digna ante el plebiscito de Tacna y Arica. Esos años habían sido de intensa represión contra los peruanos con la llamada "chilenización" por parte de las autoridades de la ocupación. El conflicto quedó sin resolverse hasta 1929. Con Bolivia hubo peligro de guerra al no haber aceptado el gobierno de La Paz el fallo argentino; finalmente se firmó el Tratado Polo-Bustamante en 1909. Ese mismo año se firmó con Brasil el Tratado Velarde-Río Branco por el cual se acordaron políticas de desarrollo en la extensa región de la Amazonía; también fijaron límites definitivos entre ambos países en la zona del río Ucayali. De otro lado Colombia y Ecuador reclamaban derechos sobre Maynas. Con el primero hubo serias escaramuzas en los ríos Caquetá y Putumayo. Con Ecuador, tras la redacción del polémico Tratado García-Herrera (1890) se decidió llevar el diferendo al arbitraje del Rey de España. En 1910 la situación se complicó cuando el gobierno de Quito supuso que la mediación española sería favorable al Perú. Lógicamente el árbitro se abstuvo de dictar su fallo. Las pretensiones ecuatorianas quedaron en suspenso hasta la firma del Protocolo de Río de Janeiro.

Su estilo arbitrario de gobernar llegó a su clímax cuando trató de manejar las elecciones al Congreso disolviendo la Junta Electoral Nacional. Muchos civilistas entonces, formaron un bloque anti-Leguía en el Congreso ("El Bloque") y, luego, al conseguir Leguía mediante esa maniobra mayoría parlamentaria, formaron el Partido Civilista Independiente. Dividido el civilismo por acción de Leguía y por las cada vez mayores presiones de los obreros, el control civilista del país se tambaleó momentáneamente.

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Manuel Candamo y José Pardo y Barreda

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La política dependió básicamente de las relaciones entre el Partido Civil y la oposición representada por el Partido Demócrata, de Piérola. Los civilistas fueron mayoría en el Congreso y controlaron el Poder Judicial, la Junta Electoral Nacional y los periódicos más influyentes; coparon, además, otras instituciones como la Universidad de San Marcos. Su dominio era total y el núcleo de su élite lo constituyó un grupo informal conocido como los 24 amigos que se reunía semanalmente en el exclusivo "Club Nacional" para discutir los asuntos de gobierno.

Pero a pesar de este dominio aparentemente monolítico, el civilismo tuvo dos rupturas claves a su interior. La primera se produjo debido a una diferencia generacional entre los fundadores y los más jóvenes (encabezados por José Pardo y Augusto B. Leguía) quienes quisieron escalar rápidamente dentro del partido. La segunda pugna tuvo un matiz más personal ligado a la figura de Leguía, quien durante su primer mandato se mostró muy personalista contrariando el "orden legal".

Por su parte, los demócratas de Piérola terminaron enarbolando un discurso populista y siempre hostil al Partido Civil, especialmente cuando se acercaban las elecciones y denunciaban intentos de fraude. Siempre dependieron de la figura y trayectoria de Piérola, a pesar del triunfo de Billinghurst en 1912. Como todo partido caudillista, el demócrata languideció a partir de la muerte de su fundador en 1913. Otros partidos de menor peso fueron el Constitucional de Cáceres, el Liberal de Augusto Durand, la Unión Nacional de Gonzáles Prada y la Unión Cívica de Mariano Valcárcel. Todas estas agrupaciones, incluyendo al Partido Civil, terminaron su ciclo durante la dictadura de Leguía a partir de 1919. Esto se debió no sólo al recorte de las libertades ciudadanas practicadas por el Oncenio, sino a la falta de fuerza y cohesión de estas agrupaciones por mantener el juego democrático y saber interpretar las demandas de los populares quienes deseaban transformar el perfil oligárquico del Estado.

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Estación del tren a Chorrillos (1907)
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Para los civilistas, tributarios del liberalismo decimonónico, el Estado debía ser pequeño, barato y pasivo, es decir, modesto en recursos y ajeno al intervencionismo. Por ello, diseñaron una minuciosa reforma del sistema tributario y dieron cierta eficiencia al sector administrativo de gobierno.

En efecto, a partir de 1895 las funciones del Estado se tornaron más limitadas. Su intervención política era casi innecesaria y su principal tarea era garantizar el orden o, en todo caso, restablecerlo por medio de la fuerza. Según sus seguidores la existencia de un presupuesto equilibrado era síntoma evidente de la existencia de un gobierno decente y civilizado; por el contrario, el déficit era sinónimo de caos e inmoralidad. El gasto público debía ser muy reducido y la acción del Estado no debía interferir con la actividad privada ya que ésta generaba la riqueza y creaba puestos de trabajo. Por ello, los servicios o beneficios ofrecidos por el Estado eran muy pocos y se enfatizaban los relativos al orden (policía, ejército y justicia); la educación, la vivienda o el fomento eran rubros de menor importancia y su impulso quedaba a iniciativa del sector privado.

Asimismo, los impuestos debían ser lo más bajos posibles y no afectar a los grupos que generaban la riqueza. Según su lógica, gravar el impuesto a la renta era reducir el excedente que generaba más ahorro, es decir, atentar contra la inversión y las posibilidades de desarrollo futuro no sólo de los empresarios sino de todo el país. La idea, entonces, era favorecer los impuestos indirectos ( los “estancos”) que gravaban a los artículos de consumo masivo y de intensa demanda como el tabaco, el alcohol, la sal, el azúcar y los fósforos, entre otros. En 1915 las clases altas sólo participaban con el 5% o 6% de los ingresos totales mientras que el 95% de los impuestos pesaban sobre las clases medias y populares a través de sus gastos y consumo. En las aduanas se gravaban no tanto los artículos de lujo sino productos como el arroz, el trigo, la harina, las telas y los materiales de construcción. Si se quería levantar una obra en cualquier provincia o departamento aumentaban los impuestos sobre el consumo en la zona indicada. En 1914 los impuestos directos sólo representaban el 4.2% de los ingresos totales y el famoso impuesto a la renta apenas la ridícula cifra del 0.6%. En síntesis, el Perú fue una especie de "paraíso fiscal" para el sector exportador y de servicios, y una base material muy sólida para sus intereses políticos.

Sin embargo, pesar de todos sus esfuerzos este nuevo Estado civilista no logró ser un autentico Estado nacional. El país siguió dividido por lógicas regionales (costa norte, costa central, sierra central, sur andino y amazonía) y también su clase dirigente estaba regionalizada. Las elites locales se sentían mejor cohesionadas y poderosas que cualquier élite nacional. Salvo excepciones como los grandes hacendados Aspíllaga, Pardo y Leguía (costa norte) y López de Romaña (Arequipa) que pudieron sobresalir al ámbito nacional, otros como los mineros y ganaderos Olavegoya, Fernandini y Valladares (sierra central) y los grandes comerciantes de lana Gibson y Ricketts (Arequipa), permanecieron casi marginados de la élite “nacional” y consolidaron su dominio a un nivel regional. De otro lado, las numerosas haciendas del interior, con su gran poder local, eran otro gran obstáculo para la formación de un Estado oligárquico verdaderamente nacional. En las provincias, por ejemplo, los sistemas de control y represión de los grupos populares estaban a cargo de los gamonales y sus agentes. Por último, los enclaves azucareros y mineros bajo control de firmas extranjeras fueron de hecho “un Estado dentro de otro Estado”, es decir, espacios autónomos y ajenos a la autoridad del Estado civilista.

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Mapa de las repúblicas andinas hecho en Leipzig (Alemania) por Geographisch-Artistische Anstalta (1905)

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La Coalición Nacional.- Poco antes de la muerte del presidente Remigio Morales Bermúdez se había formado la Coalición Nacional (marzo de 1894) entre civilistas y demócratas en previsión a cualquier intento de fraude electoral. Ambas agrupaciones respaldaban la candidatura de Nicolás de Piérola, líder del Partido Demócrata. Éste partido, fundado en 1889, era esencialmente antimilitarista, favorable a la Iglesia, antiliberal (aunque no anticapitalista) y mostraba un discurso nacionalista. Contaba con el apoyo de los terratenientes del sur (con base en Arequipa), de la jerarquía eclesiástica y representaba, por último, a los sectores sociales conservadores de las tradiciones hispánicas y católicas.

Retomando los hechos, a la muerte de Morales Bermúdez, el vicepresidente Justiniano Borgoño convoca a elecciones y el general Cáceres se convierte en candidato único. La oposición, es decir, la Coalición Nacional, no participa y se organiza para poner punto final al militarismo en el país. Cáceres “triunfa” y asume su segundo mandato en agosto de 1894 pero ya no representa la reconciliación nacional que tanto se necesitaba. Al interior del país se empiezan a formar tropas de guerrilleros que no aceptan la legitimidad del nuevo gobierno por considerarlo producto de una serie de intrigas políticas y fraude electoral.

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Remigio Morales Bermúdez

Esto hizo que Nicolás de Piérola, quien se encontraba exiliado en Chile, se embarcara en Iquique en una pequeña embarcación y tomara tierra cerca de Pisco. Desde ese momento asumió el mando de la revolución y avanzó por Chincha, Cañete y Lurín hacia Lima. Mientras tanto en el norte se alzaban los hermanos Seminario y en la sierra central Augusto Durand, todos partidarios de "El Califa", como llamaban a Piérola.

El 17 de marzo de 1795 los revolucionarios empezaron a entrar a Lima por la calle Malambito. Piérola lo hizo por el barrio de Cocharcas y Durand por el de Santa Ana, en lo que ahora llamamos los Barrios Altos. Finalmente en la Plazuela del Teatro (frente al actual Teatro Segura) los pierolistas establecieron su cuartel general. La lucha fue sangrienta para controlar la Plaza de Armas y asaltar Palacio de Gobierno. Incluso tuvo que intervenir el Nuncio Apostólico, es decir el representante del Vaticano, para lograr que se enterraran los cientos de cadáveres que se encontraban en las polvorientas calles de la capital.

En medio de este dramático panorama de repudio al militarismo, Cáceres no tuvo otro remedio que renunciar para evitar más violencia y entregó el poder a una Junta de Gobierno. Ésta fue presidida por Manuel Candamo y debía convocar elecciones limpias. Cáceres toma el camino del exilio y Piérola, con una popularidad y un carisma pocas veces vistos en la política peruana, triunfó y sentó las bases para garantizar la Pax Andina y el desarrollo material para el período 1895-1919.

Piérola en el gobierno.- Piérola recibía el país en situación precaria y dio inicio a un gobierno en busca de lo que llamó el "Estado en forma": quería un sistema político estable que inspirara respeto. Por ello siempre buscó la consenso y el respeto a la Ley. Esto le dio suficiente margen de maniobra para emprender reformas de largo aliento. Esta nueva forma de hacer política sentó las bases del Estado peruano hasta 1919 en que Leguía preparó su golpe de estado quebrando su institucionalidad. Piérola se esforzó en desterrar el caudillismo en todas sus formas, alentó la disminución de la participación del Estado en la vida nacional, especialmente en el manejo de la economía, y evitó la demagogia en su discurso.

La otra cara del pierolismo se reflejó en sus las leyes electorales. Estas sancionaron una participación política muy reducida que permitieron luego el monopolio casi exclusivo del gobierno por parte del Partido Civil de 1899 hasta 1919. La nueva ley electoral, promulgada en 1896, dio el voto a los varones mayores de edad (21 años) y a los casados menores de edad que supieran leer y escribir. La ley abolió, entonces, el derecho nominal que había permitido antes el voto de los analfabetos. Se decretó también el voto directo y público. Como base del mecanismo de sufragio se utilizó la “matrícula de contribuyentes”, es decir, la lista de los principales pagadores de impuestos del país. En síntesis, se utilizaron criterios de tipo económico y social en la legislación electoral que contrastaron con la teórica situación de igualdad que existía en las disposiciones de este tipo a lo largo de la época inicial de la República.

Retomando la política interna de Piérola, su mandato restableció el patrón oro en la moneda para impulsar la vida económica del país. En este sentido la creación de la llamada Libra Peruana de Oro, que reemplazó al Sol de Plata, dio solvencia al sistema monetario. Esta crucial medida estimuló la actividad financiera privada, permitió la reducción del déficit fiscal y elevó el nivel de vida de la población, especialmente de la naciente clase media. Se creó, asimismo, la Asociación Recaudadora de Impuestos (una especie de SUNAT de la época) para mejorar la recaudación fiscal. Se suprimió la ingrata "contribución personal" de los indios y se estableció el “estanco de la sal” para reunir fondos y financiar la recuperación de las provincias cautivas de Tacna y Arica. Se evitó en lo posible pedir préstamos del exterior y se apostó por fomentar el ahorro interno. Esa era, según Piérola, la fórmula para que el Perú se convierta en un país moderno con un desarrollo económico sano: los peruanos debían aprender las lecciones que había dejado la ilusa bonanza guanera del pasado.

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Oficinas de la Casa Grace


La defensa nacional fue otro asunto que debía abordarse con seriedad, ya que respondía a la idea de desmilitarizar la política y orientar al ejército hacia su profesionalización, despolitización y subordinarlo al control del Estado civil. Tarea muy delicada dado el peso que habían tenido las fuerzas armadas en la política desde la Independencia. Piérola redujo el número de sus efectivos y su cuota en el presupuesto nacional; asimismo obligó al retiro a numerosos oficiales leales al derrotado Cáceres. Más adelante, se creó la Escuela Militar de Chorrillos que se organizó bajo el modelo francés gracias a la labor de una misión militar que comandó el coronel Paul Clement. En Chorrillos los franceses trataron de inculcar que la esencial y única tarea de los militares era el sagrado ideal de la protección de la patria. La intromisión en los asuntos políticos era inapropiada y su patriótica misión en defender a la nación estaba muy por encima de las vulgares y sórdidas preocupaciones políticas. Por último, se introdujo códigos específicos para cada una de las armas (se mejoraron los salarios y los méritos sustituyeron al linaje en los ascensos de los oficiales) y se dieron instrucciones para la promulgación del primer Código de Justicia Militar (1896) y la Ley del Servicio Militar Obligatorio (1998).

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Alumnos de la Escuela Militar de Chorrillos (1889)

Hubo, sin embargo, un hecho militar y político inédito hasta entonces. En mayo de 1896 se produjo un levantamiento federalista en el departamento de Loreto dirigido por el coronel Mariano José Madueño, militar que hasta entonces tenía una distinguida foja de servicios. Esta rebelión enmarcada en el repentino despertar económico de la zona por la explotación del caucho y la difícil situación de los aborígenes que eran utilizados brutalmente para la explotación del nuevo recurso. Las dificultades de comunicación impidieron que el gobierno tuviera noticia del alzamiento. Piérola se enteró semanas después. El gobierno de Lima debió enviar hasta dos expediciones a Loreto, una fue por mar, en el navío Constitución, y la otra cruzó los Andes, desembarcando en el puerto de Salaverry e internándose por Cajamarca y Moyobamba. Los insurgentes, al no lograr el apoyo popular, reconocieron el gobierno de Piérola, y llegaron a decir que las ideas del Partido Demócrata alentaban el federalismo. Al final, ante la cercanía de las tropas gobiernistas Madueño y su colaborador, Ricardo Seminario, optan por la fuga antes de defender "su" estado federal.

Pasando a otros temas, la diversificación de las funciones del Estado llevaron al gobierno a crear el Ministerio de Fomento (enero de 1896) encargado de la ejecución de obras públicas, de saneamiento, crecimiento de la ciudad, etc. Por primera vez hubo preocupación por la salud y salubridad en el país. De allí la difusión de los servicios de agua, desagüe, agua potable y el uso obligatorio de vacunas (enero de 1896). Incluso se fomentó la investigación científica en este campo.

Se dieron también leyes para la colonización de tierras en la selva y se favorecieron las expediciones a la amazonía (noviembre de 1898). Para ello fue necesario seguir con la construcción de vías de penetración como la de Tarma a Chanchamayo. Luego se exploró el Gran Pajonal y se colonizaron las zonas del Pichis y San Luis de Shuaro. Por último se estableció, por primera vez, la navegación comercial por los ríos Talambo, Urubamba y Ucayali.

En su política internacional Piérola se preocupó en afianzar las relaciones con varios países como los Estados Unidos, México, Brasil, Rumania y España. Las relaciones con Chile, sin embargo, no prosperaron debido a la imposibilidad de realizarse el plebiscito para decidir el futuro de Tacna y Arica. En este sentido, la firma del Protocolo Billinghurst-Latorre (1898) puso en manos de la Reina de España la decisión de los puntos en disputa entre el Perú y Chile. El documento fue un triunfo de nuestra diplomacia al aceptar Chile la mediación de un país imparcial, en este caso España, que determinaría quiénes tendrían derecho a voto en la región plebiscitada: si los residentes, como sostenía Chile, o los nacidos en la zona, como lo creía el Perú.

El plebiscito se celebraría de inmediato al conocerse el fallo arbitral y, quince días después, el país vencido debería abandonar sus pretensiones y el vencedor pagar la indemnización de 10 millones de pesos o soles de 1883. El Congreso peruano aprobó inmediatamente los términos de este tratado internacional, no así el de Chile que lo consideró inaceptable. Sin embargo el Perú pudo seguir presionando a nivel internacional, pues era la oportunidad de recuperar por la vía pacífica parte del territorio perdido. ¿Por qué no lo hizo? La razón de esta actitud fue la seguridad de que Argentina y Chile irían a una guerra antes de terminar 1899 por una cuestión de límites en la zona austral de ambos países. Aunque Piérola y otros eran partidarios de la neutralidad por parte del Perú, temían el fervor popular en favor de Argentina. En una eventual derrota chilena, Perú recuperaría no sólo Tacna y Arica, sino todo Tarapacá. Al final argentinos y chilenos resolvieron su problema por la vía diplomática, y el plebiscito siguió en suspenso.

Los últimos meses del gobierno de Piérola no fueron de mucha tranquilidad. El periódico La Opinión Nacional, de clara tendencia cacerista y dirigido por el brillante periodista Andrés Avelino Aramburú, mantenía una oposición bastante crítica al pierolismo. Por su lado Gonzáles Prada había regresado luego de un periplo por Europa y publica Germinal, periódico vocero de su partido, la Unión Nacional, donde desató la más implacable crítica al régimen.

Fue en este ambiente, algo agitado, que se convocaron a las elecciones en 1899. Piérola intentaba mantener una postura unitaria y convoca a una convención civil-demócrata para presentar una fórmula común en el proceso electoral. De este modo, los demócratas quedaron facultados a elegir al candidato presidencial y optan por una figura independiente, el ingeniero arequipeño Eduardo López de Romaña. Los civilistas nombran como primer vice-presidente a Isaac Alzamora, ocupando la segunda vice-presidencia Federico Bresani. Verificados los comicios, López de Romaña logra la Presidencia de la República con relativa facilidad.

En síntesis, si en 1895 Piérola asumió el poder en medio de enormes expectativas, especialmente entre los sectores populares, ahora estos sentían que había hecho poca cosa para ellos. Por ello, Basadre opinó que "El Califa" perdió una brillante oportunidad de integrar paulatinamente a las masas a la vida política nacional. Esto quizás se explica por la mentalidad aristocrática, elitista y paternalista de Piérola quien solía decir: Cuando la gente está en peligro viene a mí. Huelga decir, entonces, que cualquier cambio verdaderamente estructural estaba fuera del alcance el caudillo arequipeño.

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Nicolás de Piérola
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A partir del gobierno de Nicolás de Piérola (1895-1899), la presencia de los civiles en el poder le dio un perfil distinto al país: hubo tolerancia a las nuevas ideas y un firme propósito de imponer el orden para impulsar el progreso. En este sentido, la aparente calma política y social del Segundo Civilismo permitía la continuidad en la recuperación institucional y material de la nación. Ahora la oligarquía, un grupo de familias que controlaba la agricultura, la minería y el sistema financiero, fue la que construyó un proyecto de desarrollo acorde a sus intereses; al igual que sus pares latinoamericanas, intentó consolidar el modelo exportador.

Sin embargo, al interior de este panorama se desarrollaba una pugna entre la herencia del populismo pierolista y la opción desarrollista, tecnócrata y positivista de la oligarquía representada en el remozado Partido Civil que controló todos los resortes del poder. Los civilistas pensaban que el Estado debía ser pequeño, barato y pasivo, es decir, modesto en recursos y ajeno al intervencionismo. Se diseñó una reforma electoral y tributaria, y se dio eficacia a la administración pública. El gasto público debía ser muy reducido y la acción del Estado no debía interferir con la actividad privada. Por ello los servicios ofrecidos por el Estado eran pocos y se reducían a los relativos al orden (ejército, policía y justicia); la educación o la vivienda eran cubiertas por la iniciativa privada.

En este sentido, los impuestos debían ser lo más bajos posibles para no afectar a los grupos que generaban riqueza. Se impulsaron los impuestos indirectos que grababan a los artículos de consumo masivo (sal, fósforos, licor, tabaco). Si se quería realizar una obra en alguna provincia se aumentaban los impuestos sobre el consumo en la zona interesada. El Perú fue una suerte de “paraíso fiscal”, un escenario atractivo para los intereses de los civilistas vinculados a múltiples actividades empresariales.

Fue la época del "boom" del modelo exportador. La agricultura asumió el papel dinámico que el guano había ejercido antes; por ello, los hacendados se consolidaron como élite dominante hasta 1919. La industria azucarera se modernizó, especialmente en los valles de la costa norte. La producción del algodón le siguió en importancia en los valles de Ica y Piura, y el Perú se ubicó entre los mayores exportadores del mundo. Por último, desde la sierra sur se exportaban las lanas de ovinos y camélidos. A la minería, por su lado, se le dio un marco para fomentar su expansión. La sierra central fue la zona minera que más se desarrolló. Allí la Cerro de Pasco Mining Corporation, con un 70% de capital norteamericano, inició la explotación del cobre y otros minerales

También se produjo un notable desarrollo en la economía urbana pues buena parte de las ganancias de los exportadores se invirtió en el país. Es la época que en Lima la industria, los servicios públicos (agua, luz, teléfono) y la banca alcanzaron un gran crecimiento. De otro lado, la industria textil fue la que alcanzó mayor desarrollo, especialmente la que manufacturaba tejidos de algodón. La industria alimentaria le siguió en importancia: fábricas de fideos, galletas, bebidas gaseosas, cerveza, etc.

Hacia finales de la década de 1910, este modelo fue cuestionado por la clase media, los obreros y los estudiantes universitarios quienes demandaron la necesidad de transformar el Estado y apoyarlo en criterios más democráticos. Las repercusiones de la Primera Guerra Mundial ocasionaron un malestar general por el derrumbe de las exportaciones (inflación de precios y escasez de alimentos de primera necesidad). Esos años estuvieron marcados por la violencia política y uno de los hechos más visibles fue la presión de los obreros apoyados por los estudiantes universitarios. El civilismo, con José Pardo a la cabeza, se tambaleaba en el poder.

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Lima (calle Bodegones, 1910)

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Yo creo que el reconocimiento de la independencia de Osetia del Sur y de Abjazia por parte de Rusia es la culminación de un proceso de hartazgo por parte de Moscú frente a la política norteamericana de entrometerse en los asuntos de los antiguos países satélites de la URSS. Fue un error de Occidente pensar que algo así no sucedería. Además, el tema del Cáucaso evidencia que los intereses de Estados Unidos y de Europa (La Unión Europea) no siempre son los mismos.

Hagamos un poco de historia. Cuando a finales de la década de 1980, Estados Unidos exigió que la Alemania unida debía pertenecer a la OTAN, esto fue el mayor obstáculo de la reunificación. Helmut Kohl tuvo que pagar en dinero para que Moscú aceptara esa victoria no tan simbólica de Occidente. Luego vino el colapso de la URSS y su sucedánea, la Federación Rusa, vio casi impotente como los antiguos países del Pacto de Varsovia se integraban a la alianza atlántica y, luego, a la Unión Europea. Luego, vinieron las presiones cada vez más “groseras” de Washington por integrar a la OTAN a algunos países satélites de la URSS, como Ucrania o Georgia.

Quizá la intervención militar de Georgia en Osetia del Sur y Abjazia estaba justificada por el derecho internacional ya que era parte de su territorio. Sin embargo, se trataba de una población étnicamente distinta, lo cual podría justificar su deseo independentista. ¿Si por motivos étnicos Kosovo se independizó de Serbia y Occidente lo reconoció (con la oposición rusa), por qué esto no podría ocurrir en el Cáucaso? Rusia, con este reconocimiento de Osetia y Abjazia le está pagando con la misma moneda a Washington lo que ocurrió en Kosovo (Serbia es aliada histórica de Rusia).

Entonces, uno de los posibles escenarios de esta “nueva guerra fría” van a ser casos como estos: presiones internas de algunas etnias o nacionalidades por independizarse y los intereses cambiantes de las grandes potencias. Pongamos tres ejemplos: las intensiones separatistas en el País Vasco (España no reconoció la independencia de Kosovo por obvias razones), el grave problema que tiene Rusia en Chechenia y el reconocimiento de un territorio para los kurdos (aliados de Estados Unidos). Lo cierto es que la gran escalada armamentista que vive hoy el planeta es consecuencia de la pretensión de Estados Unidos por el dominio total (no olvidemos a Irán o Corea del Norte). De hecho, el mundo está viendo una competición armamentística como en los peores años de la Guerra Fría con posibles fatales consecuencias.

¿Y la Unión Europea? Es evidente que sus intereses no coinciden con los de Washington respecto a Rusia. Europa es vecina de Rusia, depende energéticamente de ella y, lo más importante, hay inversiones europeas multimillonarias allí. Es un mercado demasiado atractivo. A Europa le conviene una Rusia estable y próspera económicamente. Desde ese punto de vista, no puede impedir que Rusia recupere su status de gran potencia regional. Es muy posible que en un futuro cercano Europa trate de controlar o persuadir a los Estados Unidos que no le dispute a Rusia el control del Cáucaso y de Asia Central (con grandes yacimientos de petróleo y gas). Una tarea demasiado delicada pues no debe dar la imagen ser aliada de Rusia.

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Ingresos del estado

“La única fuente positiva de recursos con que hoy puede contar el gobierno para atender las necesidades generales de la administración pública… es la que procede de la Aduana del Callao y de las del Norte de la República, notablemente disminuidas por la reducción del consumo de mercaderías que se importan del extranjero. En este sentido, las penurias del Tesoro nacional demandan hoy la mayor economía de los gastos, estricta y normal recaudación de los ingresos fiscales y la justa distribución de ellos, entre los servidores y necesidades de la administración…” (El Peruano, octubre de 1884).

Situación del empleo en Lima

“En Lima hacen falta muchos empleos. Un ejemplo puede ser ilustrativo. Para el cargo de Inspector del camal se han presentado a concurso 23 personas y eso que el sueldo no es una maravilla (sólo 80 soles mensuales), muchas molestias, intemperie y fatigosa labor. Desde generales de brigada hasta capitanes de navío, antiguos altos empleados, ex-administradores de aduana, bachilleres y antiguos rentistas pugnan por el cargo mencionado. No cabe duda que la guerra con Chile, primero, y la guerra civil, después, ha terminado por sumir nuestra patria en un estado calamitoso del cual, por el bien de las futuras generaciones, estamos obligados a salir lo antes posible (El Comercio, noviembre de 1885).

Diagnóstico de la economía

“La desastrosa guerra sostenida con el enemigo exterior, que aniquiló sus frutos y asoló sus campos y los elementos de su labranza con el merodeo y con el incendio, la colocan al presente en la dolorosa situación, tal vez de desfallecer y extinguirse por completo… Sus cultivadores que apenas ayer, han podido, a costa de enormes sacrificios, reparar, aunque en pequeño, los inmensos daños sufridos se encuentran hoy con justo motivo en desaliento y abrumados, ya con los enormes gastos que demanda su exportación, ya con la escasez del agua y ya, en fin, con la avidez de sus habilitadores que les arrebatan hasta el último átomo de sus provechos y todo esto en medio del abatimiento de precio que actualmente sufre en los mercados europeos… Si la industria rural muere bajo el preso abrumador de las gabelas, toca al supremo Consejo de Ministros, dar vida e impulso a estas industrias, que radican su riqueza en el suelo patrio y que renacerán, dando seguro sustento a la clase proletaria y un porvenir algo más lisonjero para nuestros agricultores” (Superintendente General de Aduanas, 1886).

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Catedral del Cuzco (1894)

El precio de la carne

“Ya es insoportable el precio de la carne que, sin exageración, está por las nubes. Creemos, y con nosotros toda la ciudadanía, que tanto el gobierno como la Municipalidad están en la obligación de poner en juego los recursos conducentes a solucionar un problema tan álgido. La carne es un artículo indispensable para los limeños; sin embargo por su elevado precio va pasando a la categoría de artículo de lujo, destinado solo al consumo de las clases económicamente poderosas” (El Comercio, enero de 1886).

Una economía en ruinas

“Estamos en bancarrota. Los cálculos más pesimistas de ayer han sobrepasado la realidad. Ya no ascienden nuestras rentas como hace años, a 18 millones de soles, siendo triste decir que muy afortunados seríamos si ahora llegáramos a conservarlas en seis. El Fisco lucha con invencibles dificultades. Cada día es un peligro vencido, una complicación salvada. Estamos cosechando las consecuencias de nuestro desastre. En los últimos años no solamente perdimos las riquezas fiscales sino, lo que es más grave, la fortuna privada. Esta ruina ha invertido los papeles. Ayer la vida iba de arriba hacia abajo: ahora debe ascender de abajo hacia arriba. Todo esto sería muy fácil de arreglar si hubiera fortuna privada, pero ella ha desaparecido… La miseria del Gobierno es únicamente un reflejo natural y una consecuencia lógica de la ruina social” (Carlos Lissón, 1887).

Un signo de recuperación

“La dignidad del ciudadano, la libertad y las garantías para todos, han recobrado su imperio; el decoro de las funciones públicas ha sido restablecido; las industrias renacen confiadas; brotan otras nuevas; preparan su aparición empresas poderosas; el capital abunda, y se ofrece a precio excepcionalmente bajo. Dilatados horizontes se han abierto para la República. Hay atmósfera de salud y de vida para todos” (Nicolás de Piérola, mensaje al Congreso, 1896).

Una esperanza: la amazonía

“Después de la catastrófica guerra con Chile, el interés del Estado volvió a hacerse visible en la exploración de la Amazonía… El gobierno consideraba que dichos territorios eran ‘baldíos’, y ello respondía a un criterio generalizado en la época, puesto que se pensaba entonces que las tierras debían ser ocupadas por los pobladores que las hicieran productivas en forma ciertamente distinta a los criterios económicos de los indígenas de la región… Parta poblar las nuevas tierras con criterios europeos se impulsó la inmigración… Para ello no se tomó entonces en consideración que esta nueva población que se estimulaba no ocuparía un espacio vacío, sino poblado bajo pautas culturales distintas” (Franklin Pease, 1993).

La economía de exportación

“El funcionamiento de esta economía de exportación, al monopolizar los recursos productivos y al requerir la asignación de fuerza de trabajo y excedente, erosionó significativamente la condición material de las masas populares en el campo y en la ciudad. Al igual que en 1872, su movilización fue el resultado de una conjunción entre crisis política y un profundo descontento social. La crisis política nació de la obstinación de Andrés A. Cáceres por volver en 1894 al control político del Estado, deseo que inmediatamente provocó la coalición entre la Unión Cívica, los civilistas y los demócratas. Piérola, el símbolo de esta alianza, supo utilizar y traducir este descontento para acceder al poder después de haber derrotado a las huestes de Cáceres en la más importante guerra social del siglo XIX” (Heraclio Bonilla, 1979).

Los inmigrantes y el crecimiento económico

“Durante la segunda mitad de la década de 1890, los capitalistas peruanos e inmigrantes tuvieron éxito promoviendo el desarrollo autónomo del país… una intensa movilización de recursos permitió el desarrollo simultáneo de nuevos sectores de exportación, así como la rápida expansión de la construcción urbana y los servicios públicos Se creó un sistema financiero compuesto por bancos, compañías de seguros y una Bolsa de Valores para captar y asignar el excedente económico generado por las industrias de exportación. Los efectos regionales del crecimiento fueron también amplios… Varias regiones del país contaban con sus propios polos de desarrollo y la integración entre ellas aumentaba constantemente… Los observadores contemporáneos no sólo podían incluir al Perú entre los países latinoamericanos de más rápido crecimiento, sino que también podían constatar el carácter ‘nacional’ de esta expansión” (Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, 1985).

Situación de la defensa nacional

“Muy penoso me es manifestaros que la Nación carece del elemento más importante para la defensa de su extenso litoral, de ese factor positivo de la estrategia militar, de marina de guerra. Después de los desastres de la guerra del pacífico, no quedaron ni vestigios de nuestra gloriosa escuadra. Veintitrés años han transcurrido y, sensible es decirlo, no se ha atendido como la Nación pide, a tan premiosa necesidad. Así, pues, por dolorosa que sea, debo declarar ante la Representación Nacional, que nuestros puertos están a merced del primero que intente ultrajarlos o herirlos a mansalva” (Memoria presentada al Congreso por el contralmirante Manuel A. Villavicencio, ministro de Guerra y Marina, 1903).

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La Oroya (1894)

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En distintos momentos del siglo XIX, la población andina alcanzó situaciones de rebelión abierta contra el gobierno central, contra alguna autoridad local o, en síntesis, contra la permanencia de una situación que la ponía al margen de la sociedad "oficial".

En este sentido, los momentos culminantes de esta agitación andina se presentaron entre 1867 y 1868 en Huancané (Puno) con la rebelión de Juan Bustamante y en 1885 en Huaráz (Ancash) con el levantamiento de Atusparia. En realidad, no fueron las únicas rebeliones andinas pero, a diferencia de las ocurridas durante la segunda mitad del siglo XVIII, fueron más bien modestas y no parecen configurar una situación de crisis general, pues en el siglo XIX se presentó una situación de menor presión del Estado frente a la población andina. No podríamos compararlas, por ejemplo, a las movilizaciones encabezadas por Túpac Amaru II o los hermanos Catari.

La rebelión de Atusparia, cuyo centro estuvo en Huaráz (Callejón de Huaylas), se inscribe en la crítica situación del Perú luego de la Guerra con Chile y la guerra civil entre Cáceres e Iglesias. Como alcalde de indios (varayoc) del pueblo de Marián, Pedro Pablo Atusparia (1840-1885), redactó un memorial contra los desmanes del prefecto Francisco Noriega quien, manejando arbitrariamente las rentas de la localidad, varió los documentos de los impuestos locales con afán de lucro personal. Asimismo, hizo a los indios trabajar arbitraria y rudamente reimplantando un servicio personal. Finalmente, lo que hizo estallar la sublevación, fue el intento del prefecto en restablecer el tributo indígena.

Todos los alcaldes e indios protestaron, sin embargo, Atusparia fue apresado y torturado para que declarara quién había escrito el memorial. De este modo, 40 alcaldes de indios se negaron a recaudar las contribuciones y fueron a reclamar por la libertad de Atusparia. En este incidente, el prefecto ordenó que se les humillara cortándoles los cabellos, su señal de autoridad y dignidad.

Irritados los alcaldes, ordenaron a sus indios atacar a las autoridades abusivas y lograr la libertad de Atusparia. Armados con piedras, machetes, picas y alrededor de 300 fusiles que habían robado al ejército chileno durante la guerra, los indios tomaron Huaraz el 1 de marzo de 1885. Asaltaron diversos establecimientos comerciales, principalmente de asiáticos, y en la noche aparecieron fogatas en los cerros. La rebelión se extendió a los pueblos aledaños. La situación duró dos meses hasta que desde Lima se mandó la expedición del coronel José Iraola.

La expedición fue en un principio derrotada por un indio al que llamaban "Ushcu Pedro", presunto minero y lugarteniente de Atusparia. Sin embargo, reorganizada avanzó nuevamente desconcertando a los rebeldes e Iraola capturó Yungay. Luego las tropas de Iraola fueron dominando a los rebeldes hasta tomar Huaráz. En uno de los enfrentamientos murió el escritor Montescruque quien redactó un periódico llamado "El Sol de los Incas", donde se habrían propalado ideas caceristas, socialistas y neoincas.

Atusparia fue reconocido como líder hasta que fue herido y apresado. Cuentan que fue llamado a Lima por Cáceres y se entrevistó con el propio presidente. No obstante, de regreso a Huaraz fue envenenado durante un agasajo que le ofrecieron los mismos alcaldes de indios. Los más radicales, comandados por "Ushcu Pedro" continuaron la rebelión. Este sólo aceptó en sus filas a indios que hablaran quechua como única lengua, reclamó el retorno de los Incas y rechazó todo lo occidental utilizando un discurso milenarista hasta que fue capturado y ejecutado en setiembre de 1885.

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Monumento a Pedro Pablo Atusparia (Huaraz)
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La explotación del caucho, también llamado “jebe” o shiringa por los nativos de la selva, tomó importancia a finales del siglo XIX y significó el despertar de ciudades amazónicas como Iquitos en Perú (en 1851 era un modesto pueblo de pescadores con menos de 200 personas; en 1900, era una pujante ciudad de 20 mil habitantes) o Manaos en Brasil.

La demanda del comercio internacional impulsó la extracción de este recurso natural que trajo importantes beneficios al tesoro público entre 1882 y 1912. Un nuevo mito de “El Dorado” se elaboraba en la selva, aunque para las poblaciones de aborígenes representó la quiebra de su organización social, de su vida económica y de sus creencias. Esto sin contar el problema demográfico. De esta forma, se escribía una nueva página del eterno choque entre las necesidades de Occidente y el modo de vida de los indígenas americanos.

Para el país, la explotación cauchera representó un importante, aunque violento, paso en la ocupación, bajo criterios nacionales, del espacio amazónico. En este sentido se exploró la Amazonía reiniciándose importantes estudios geográficos a cargo de la Junta de Vías Fluviales, creada en 1901, que continuó a los de la Comisión Hidrográfica que funcionara desde 1860.

Los nativos de la selva usaban el caucho para sus juegos (hacían pelotas con él) o para impermeabilizar bolsas. El mundo occidental comenzó a necesitarlo desde 1823 cuando Macintosh logró patentarlo para la manufactura de productos impermeables. Más adelante, en 1839, Charles Goodyear descubrió que si el caucho se mezclaba con azufre y se calentaba se obtenía un producto más fuerte, elástico y resistente tanto al frío como al calor.

A raíz de ese descubrimiento, el "vulcanizado", la producción del caucho en Brasil, por esos años el primer productor mundial, se incrementó notablemente para subir de 338 toneladas en 1840 a 2,673 en 1860. A finales de siglo, el caucho se convirtió en un producto imprescindible para la industria automotriz cuando, en 1888, se patentó el procedimiento para fabricar llantas inflables.

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Fotografía del mítico "cauchero" Carlos Fermín Fitzcarrald

El auge cauchero atrajo a la amazonía a numerosos migrantes que trabajaron en su explotación (como los casi míticos Carlos Fermín Fitzcarrald o Julio César Arana) y en los servicios vinculados a la misma. Como cualquier industria extractiva, no consideraba útil la conservación del medio ecológico ni la del árbol productor del jebe, pues se pensaba que el recurso era inagotable (como antes parecía serlo el guano). De esta manera, los árboles eran talados indiscriminadamente y los caucheros pronto se ganaron una siniestra fama frente a la población nativa. Eran los portadores del mal, además de ser transmisores de enfermedades, como el tifus o la malaria, que diezmaron seriamente a la población nativa. Se calcula que unos 40 mil nativos murieron de estas enfermedades durante el "boom cauchero".

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Julio César Arana

Si miramos algunas cifras, en 1897 el caucho representaba el 9.3% del total de las exportaciones del país. En 1884 se exportaron 540,529 kilos mientras que, entre 1900 y 1905, salieron por el puerto de Iquitos más de 2 millones de kilos de caucho por año. De otro lado, en 1900 el monto en libras esterlinas por su exportación fue de 378,318 y en 1905 fue de casi un millón. A partir de ese momento, le salieron competidores de otras partes del mundo. Exploradores británicos habían exportado plantas a la India y a Ceylán donde se desarrollaron extensas plantaciones. El precio del caucho empezó a disminuir en el mercado. Luego aparecería el jebe sintético. La era del caucho estaba finalizando para el país.

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Plaza de Armas de Iquitos hacia 1890

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Durante este período, se produce un notable desarrollo en la economía urbana. Se inició en la década de 1890 cuando la mayor parte de la agricultura y minería de exportación estaban controladas por peruanos y las ganancias se invertían directamente a la economía local.

Por estos años, en Lima el sector industrial, el de servicios y el financiero experimentaron una rápida expansión. En 1900 había casi 7 mil obreros entre los 100 mil habitantes que albergaba nuestra capital. De otro lado en América Latina, Lima era la única capital cuyos servicios básicos (luz, agua, teléfono) pertenecían en su integridad al capital local. En este proceso destacaron tanto importantes figuras de la oligarquía como inmigrantes extranjeros, especialmente los italianos que llegaron a Lima a finales del siglo XIX. Nuevamente queda demostrado como los empresarios locales no se inhibieron en fomentar el desarrollo económico nacional.

Muchos peruanos utilizaron técnicas modernas de manejo empresarial y diversificaron sus actividades invirtiendo en comercio, agricultura, bancos e industria. De esta manera, al igual que en Estados Unidos o Europa, se formaron grupos económicos de inversión que colocaron el dinero ganado en la exportación (agricultura y minería) a los negocios urbanos y a la ampliación del mercado interno.

En este proceso tuvo enorme importancia el ejemplo recibido de las compañías extranjeras asentadas en Lima. Esto permitió que los métodos empresariales de los extranjeros influyeran sobre la élite local. Igualmente muchos peruanos estudiaron administración y negocios en universidades del exterior, o fueron empleados por las compañías extranjeras que operaban en el país.

La industria: Antes que nada debemos mencionar que en 1896 se creó la Sociedad Nacional de Industria y se formó en Lima el Instituto Técnico e Industrial del Perú para servir al gobierno como órgano consultivo y al público como centro de información en materias técnicas industriales. De esta manera el país apostaba por su desarrollo industrial.

De las diversas ramas industriales, la textil fue la que alcanzó mayor desarrollo y progreso, especialmente la industria manufacturera de tejidos de algodón debido a dos factores: la alta producción del algodón en la costa y la rica tradición textil peruana que se remontaba a los tiempos prehispánicos y virreinales.

En Lima se abrieron las principales fábricas como "Santa Catalina" fundada en 1888, propiedad de la familia Prado y la que trajo al país la maquinaria más moderna; "San Jacinto", fundada en 1897, propiedad de la familia italiana Isola y que formó la primera escuela de químicos en el arte del tinte; El Progreso, fundada en 1900 y propiedad de inmigrantes alemanes; "La Victoria", establecida en 1898 y propiedad de la familia Pardo; y "La Bellota", fundada en 1900 y propiedad del italiano Américo Antola.

Un caso singular fue la fábrica "Maranganí", fundada en 1897 y propiedad de Pablo Mejía y Antonio Lorena; ubicada en Canchis (Cuzco), daba ocupación a 100 operarios y su producción se vendía en la sierra sur y Bolivia.

En otros rubros, inmigrantes de origen italiano fundaron las fábricas de helados, como "D'Onofrio" en 1897, y de elaboración de harina y sus derivados, como "Nicolini Hermanos" en 1900. La producción de galletas estuvo monopolizada por la empresa Arturo Field. La industria cervecera estaba representada por "Backus y Johnston" en Lima, y, en el Callao, la "Fábrica Nacional" fundada por un alemán, que luego pasaría a la familia italiana Piaggio. Lima y otras ciudades del interior albergaban varias fábricas de bebidas gaseosas. Por último, en 1898, se establecieron dos fábricas de fósforos: "El Sol" y "La Luciérnaga".

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Jacobo Backus y Howard Johnston, fundadores de una de las cervecerías más emblemáticas del Perú

La banca: El sistema bancario se recuperó lentamente. El "Banco Italiano" (hoy Banco de Crédito) se inició en 1889 como una asociación de comerciantes italianos para financiar sus negocios, básicamente comercio y agricultura. En 1897, el “Banco de Londres, México y Sudamérica” se asoció al "Banco del Callao" dando origen al "Banco del Perú y Londres"; se dedicó básicamente a dar préstamos a la agricultura de exportación. En 1898 se abrió el Banco Internacional y en 1899 la familia Prado fundó el Banco Popular como mecanismo para financiar sus negocios. El capital bancario más importante era manejado por el "Banco del Perú y Londres" y el "Banco Italiano". Cada uno movía aproximadamente un millón de libras peruanas; el capital de los demás fluctuaba en 200 mil libras peruanas.

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Grabado que muestra la ciudad de Lima en 1896
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No resulta difícil imaginar el nivel de destrucción en que quedó la economía peruana al final de la guerra. A esto se sumaba otro asunto: el país debía resolver una serie de problemas anteriores al estallido del conflicto. El principal se refería al pago de la deuda externa a los acreedores británicos. Desde la firma de la paz con Chile ellos presionaron al Perú para que cancele los compromisos pendientes.

El problema es que el país no contaba con los recursos para el pago de la deuda. Además requería urgentemente capitales para iniciar la reconstrucción sin la cual era imposible cumplir con los acreedores británicos. La deuda ascendía a cerca de 51 millones de libras esterlinas cuyo pago anual exigía casi dos millones y medio de libras, suma imposible de reunir en aquellos años.

Esta difícil situación condujo, como vimos hace días, al gobierno de Cáceres a firmar el polémico Contrato Grace (1889) en virtud del cual el Perú entregó a sus acreedores, a cambio del pago de la deuda, el control y administración de sus más importantes recursos. A partir de ese momento un nuevo camino se abría para las actividades del capital foráneo en el país. De este modo la clase política diseñó un nuevo plan de desarrollo para el país: orientar los recursos naturales a la exportación.

Ahora la agricultura asumió el papel dinámico en la economía que el guano había desempeñado unos años antes. De este modo los hacendados se transformaron en el grupo dominante hasta 1919. En este período también se hizo presente el capital norteamericano y se consolidó el modelo exportador que entraría en crisis cuando quebró de la Bolsa de Nueva York en 1929.

Como sabemos el Perú inició su etapa exportadora en el siglo XIX con el guano y el salitre. La ineficacia de sus gobiernos y la Guerra del Pacífico interrumpió bruscamente esta etapa. Ahora se iniciaría otra más larga que duró desde la década de 1880 hasta después de la primera guerra mundial (1919).

En esta segunda etapa, los productos de exportación fueron más diversos. La sierra proporcionó lana (de oveja y de alpaca), junto con minerales como plata, oro y cobre, entre otros. La amazonía contribuyó con café, coca y caucho. Y la costa con azúcar y algodón. Los precios de la mayoría de estos artículos aumentaron, con leves fluctuaciones, en el mercado mundial, lo cual demostraba una creciente capacidad productiva del país.

La agricultura: La agricultura de la costa quedó luego de la guerra reducida a un nivel de subsistencia. Su recuperación fue muy dolorosa. No había crédito, la mano de obra era escasa y la poca maquinaria que quedaba en funcionamiento era obsoleta. Había que tomar medidas para revitalizarla. En primer lugar conseguir créditos y facilidades para que se formen empresas de irrigación, favorecer la inmigración de mano de obra y crear institutos agrícolas.

En 1896 por iniciativa de un grupo de agricultores se fundó la Sociedad Nacional de Agricultura. La intensión era empujar al país en pro del desarrollo agrícola y canalizar las demandas de los hacendados. Bajo sus demandas se introdujo, por ejemplo, la enseñanza agrícola en nuestro medio al fundarse, en 1902, la Escuela Nacional de Agricultura. También se iniciaron los estudios para combatir las pestes y enfermedades de los cultivos de la costa.

Remontándonos a los días que siguieron a la firma de la paz con Chile, muchos hacendados habían abandonado los valles, especialmente en los del departamento de La Libertad. Ya no existían las espléndidas casa-haciendas y las adornadas capillas que durante tantas décadas caracterizaron la zona. También fueron desapareciendo los pastos y campos de algodón y arroz que antaño se entreveraban con los sembríos de caña.

Pero hacia la década de 1890 empezó a configurarse otro paisaje, más moderno aunque menos bello. Desde las faldas de los Andes, todo visitante al valle de Chicama podía contemplar un mar inmenso, casi ininterrumpido, de caña y chimeneas de negro azabache que humeaban en un cielo siempre azul. Se trataba de nuevas y gigantescas plantaciones industriales que concentraron la tierra en pocas manos.

La historia de los valles de La Libertad es simple. Las haciendas de los terratenientes trujillanos fueron absorbidas por tres grandes empresas agrícolas: Casagrande, Roma y Cartavio. Los Gildemeister (familia alemana), Larco (familia italiana) y la Compañía Grace (empresa británica), sus propietarios respectivos, simbolizaban los nuevos tiempos: inyección de capital extranjero y trabajo de los indios "enganchados" que formaron el proletariado agrícola. El mercado internacional favorecía las exportaciones de azúcar: en 1889 se exportaron 45 mil toneladas y hacia 1900, unas 50 mil hectáreas estaban dedicadas al cultivo de la caña

El sorprendente desarrollo de Casagrande se remonta a la década de 1870 cuando la firma Gildemeister y Co., propiedad del inmigrante alemán Juan Gildemeister, quien compró varias haciendas, incluyendo Casagrande, que se convirtió en el centro de sus operaciones azucareras. Cuando falleció en 1898, Gildemeister había comprado 8 grandes haciendas azucareras y era el segundo gran terrateniente del valle, después de la familia Larco.

Siguiendo con el mapa azucarero del país, la zona más estable fue Lambayeque, en donde el impacto de la guerra fue menos dramático. Las dos familias azucareras más importantes de la región, los Pardo (Tumán) y Aspíllaga (Cayaltí), se habían establecido en la década de 1870 y fueron capaces de sobrevivir y expandirse con la ayuda del crédito de las casas comerciales y bancos extranjeros.

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Hacienda Casagrande a finales del siglo XIX


Respecto al algodón, su exportación siguió en importancia a la del azúcar. Los departamentos de mayor producción fueron Piura e Ica, dedicados al cultivo de "algodón de hebra larga"; otras zonas de cultivo eran los valles ubicados al norte de Lima (Santa, Pativilca, Supe, Huaura, Chancay y Chillón). Los tipos de algodón que se cultivaban eran: peruano, egipcio y, en menor cantidad, argeliano, Mitafifí y Sea Island. Su cultivo cubría, en 1905, cerca de 20 mil hectáreas y daba ocupación a cera de 16 mil personas. Pero los cultivos del "oro blanco", como se le llamaba al algodón, estaban casi siempre expuestos a la enfermedad del Wilt hasta que, en 1908, luego de infatigables trabajos, Fermín Tangüis una planta resistente al Wilt que se hizo famosa en el mundo por su gran calidad.

Por su lado, el arroz era sembrado en Lambayeque donde existían haciendas con molinos propios para su pilado. Este cultivo se orientaba básicamente al mercado interno y una pequeña parte era vendida a Chile, Ecuador y Bolivia a través de los puertos de Eten y Pacasmayo.

La minería y el petróleo: Hubo seria preocupación por dotar al sector minero de un marco legal capaz de fomentar su desarrollo. Por ello, en 1890 se exoneró por 25 años a la industria minera de todo impuesto. La ley benefició a los siguientes minerales: oro, plata, cobre, cobalto, plomo, fierro, níquel, estaño, antimonio, azufre, carbón de piedra, cinabrio y petróleo.

También se exoneró de impuestos aduaneros a la importación de maquinarias, útiles, herramientas y demás productos necesarios para su explotación (dinamita, carbón, madera y azogue, entre otros). Otro hecho, esta vez de carácter geoeconómico, se dio en 1892 cuando el Ferrocarril Central llegó a Casapalca y, al año siguiente, a La Oroya. En 1904 la Peruvian Corporation lo hizo llegar hasta Cerro de Pasco.

También se fundó la Sociedad Nacional de Minería con el propósito de representar y fomentar los intereses de la industria minera. Y para coronar este esfuerzo nacional por el sector minero, en 1901 empezó a regir el nuevo Código de Minería, inspirado en principios liberales, que reformó radicalmente al sector y permitió el sorprendente desarrollo que alcanzó la minería en los primeros años del siglo XX.

Mientras que la minería colonial se había concentrado en los metales preciosos, el nuevo despegue minero respondió a las necesidades (principalmente de cobre) de la industria europea y norteamericana. En este sentido, al igual que en la agricultura costeña, los empresarios peruanos demostraron capacidad para responder las demandas del mercado mundial. Sólo entre 1896 y 1899 se invirtieron casi 13 millones de dólares en este sector. Parte de este capital provenía de los propios mineros que habían alcanzado éxito el resto se reunió entre los hacendados y comerciantes limeños.

Hasta 1900 se puede hablar de una "pequeña minería" donde destacan los esfuerzos de estos empresarios peruanos Es la época heroica de las exploraciones, los estudios y los experimentos arriesgados financiados con un pequeño porcentaje sus ahorros.

El petróleo, por su parte, era conocido ya desde los tiempos virreinales. Desde finales del siglo XVII el padre José de Acosta informaba que existía un manantial de brea al que se le llamaba copé y que era utilizado por los marinos para alquitrar sogas y aparejos, o para pintar sus embarcaciones. Luego, en 1863 A.E. Prentice realizó la primera perforación en el país en un lugar llamado Caña Dulce en la costa de Zorritos.

A partir de 1890 se explotó sistemáticamente el petróleo de Piura donde la Lobitos Oil Company desarrolló la extracción en los yacimientos de la Brea y Pariñas. Según algunas cifras, en 1892 eran 30 los pozos abiertos ubicados casi todos en la zona de Negritos; su producción era de 500 mil litros de petróleo diarios. En 1890 los yacimientos de la Brea y Pariñas rindieron poco más de 8 mil barriles y 10 años más tarde su producción anual sobrepasaba los 200 mil barriles.

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Cerro de Pasco (1894)

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El 29 de julio de 1888, con ocasión del aniversario patrio, se organizó una velada en el Teatro Politeama para reunir fondos para el rescate de Tacna y Arica. Allí, Manuel Gonzáles Prada (Lima 1844-1918) inició su famoso discurso con estas palabras: Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoy para dar una lección a los que se acercan a las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho de patriotismo y algo de ironía: el niño quiere rescatar con el oro lo que el hombre no supo defender con el hierro.

Estas palabras significaron una de las más severas críticas a una clase política peruana que en el pasado había llevado al país a un período de desaciertos y ocasiones perdidas, pese a la bonanza guanera, que culminó en catástrofe con la Guerra del Pacífico. Pero también este discurso anunciaba tiempos de cambio que culminarían con la derrota de Cáceres en la guerra civil de 1895 y el advenimiento al poder de Nicolás de Piérola donde se dieron las bases para la formación de la República Oligárquica.

Nacido al interior de una familia aristocrática y muy conservadora, Gonzáles Prada fue educado en Valparaíso durante un destierro familiar por motivos políticos. De regreso a Lima fue matriculado en el Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo con la esperanza de consagrarlo al sacerdocio. Contestatario e insatisfecho con la carrera de seminarista, abandonó sus estudios teológicos y logró ingresar al Colegio de San Carlos donde destaca en los cursos de química, letras y filosofía

Entre 1870 y 1879 se retira a su hacienda Tutumo (en Mala) para dedicarse a la agricultura. Vivió muy cerca la tragedia de la guerra con Chile. Participó en la defensa de Lima y, destruidas las líneas de San Juan y Miraflores y ocupada la capital, optó por el encierro domiciliario para no ver, según sus propias palabras, la insolente figura de los vencedores.

Consagrado como un escritor de verbo penetrante, sus frases fueron verdaderos latigazos de cólera dirigidos a la clase política que llevó al Perú al desastre de 1879: ¿Qué fueron por lo general nuestros partidos en los últimos años? Sindicatos de ambiciones malsanas, clubs eleccionarios o sociedades mercantiles. ¿Qué nuestros caudillos? agentes de grandes sociedades financieras, paisanos astutos impulsivos que veían en la Presidencia de la República el último grado de la carrera militar.

Por ello, en el Politeama decía a los estudiantes de Lima: Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna generación recibió herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer.

Tampoco ocultó su odio a Chile: Si somos versátiles en amor, no lo somos menos en el odio: el puñal está penetrando en nuestras entrañas y ya perdonamos al asesino. Alguien ha talado nuestros campos y quemado nuestras ciudades y mutilado nuestro territorio y asaltado nuestras riquezas y convertido al país entero en ruinas de un cementerio; pues bien, señores, ese alguien a quien jurábamos rencor eterno y venganza implacable, empieza a ser contado en el número de nuestros amigos, no es aborrecido por nosotros con todo el fuego de la sangre, con toda la cólera del corazón. Si el odio injusto pierde a los individuos, el odio justo siempre salva a las naciones.

Convertido al anarquismo, al anticlericalismo e incluso al ateísmo, Gonzáles Prada se definió como un "libre pensador" y se perfiló en uno de los intelectuales de mayor trascendencia en el desarrollo de las ideas políticas del siglo XX. Por ejemplo, influyó notablemente en el pensamiento de la Generación del 900 y en las ideas de Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui.

En 1891 fundó un partido, la Unión Nacional, con una propuesta parecida a los planteamientos de la "Revista de Lima" pero cargada de sugerencias revolucionarias para la época: régimen federal de gobierno; sufragio directo extendido aún a los extranjeros; reforma del régimen tributario; devolución de tierras usurpadas a las comunidades indígenas; mejoramiento de la condición de vida a los obreros; reorganización de la Guardia Nacional, etc. Lo acompañaron en esta agrupación Abelardo Gamarra "El Tunante", Germán Leguía y Martínez, Luis Ulloa, Carlos Germán Amézaga y otros.

Murió en 1918 cuando ocupaba la dirección de la Biblioteca Nacional. En vida publicó sólo dos libros de ensayos, Páginas libres (1894), Horas de lucha (1908) y tres versos. Luego, su hijo y su esposa reunieron y publicaron algunos de sus escritos en prosa y verso. Aún no se ha publicado una edición completa de sus obras.

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Manuel Gonzáles Prada

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Piérola recibía el país en situación calamitosa y dio inicio a un gobierno en busca de lo que llamó el "Estado en forma": quería un sistema político estable que inspirara respeto. Por ello, siempre buscó la concertación y el respeto a la Ley. Esta nueva forma de hacer política sentó las bases del Estado peruano hasta 1919 en que Leguía preparó su golpe de estado. Piérola se esforzó en desterrar el caudillismo en todas sus formas, alentó la disminución de la participación del Estado en la vida nacional, especialmente en el manejo de la economía, y evitó la demagogia en el discurso político.

La otra cara de la política pierolista se reflejó en sus las leyes electorales. Estas sancionaron una participación política muy reducida que permitieron luego el monopolio casi exclusivo del gobierno por parte del Partido Civil de 1899 hasta 1919. La nueva ley electoral, promulgada en 1896, dio el voto solo a los varones mayores de edad (mayores de 21 años) y a los casados menores de edad que supieran leer y escribir. La ley abolió, entonces, el derecho nominal que había permitido antes el voto de los analfabetos. Se decretó también el voto directo y público. Como base del mecanismo de sufragio se utilizó la “matrícula de contribuyentes”, es decir, la lista de los principales pagadores de impuestos del país. En síntesis, se utilizaron criterios de tipo económico y social en la legislación electoral que contrastaron con la teórica situación de igualdad que existía en las disposiciones de este tipo a lo largo de la época inicial de la República.

Retomando la política interna de Piérola, su mandato restableció el patrón oro en la moneda para impulsar la vida económica del país. En este sentido la creación de la llamada Libra Peruana de Oro, que reemplazó al Sol de Plata, dio solvencia al sistema monetario. Esta crucial medida estimuló la actividad financiera privada, permitió la reducción del déficit fiscal y elevó el nivel de vida de la población, especialmente de la clase media.

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Piérola en su despacho presidencial

Se creó, asimismo, la Asociación Recaudadora de Impuestos (una especie de SUNAT de la época) para mejorar la recaudación fiscal. Se suprimió la ingrata "contribución personal" de los indios y se estableció el “estanco de la sal” para reunir fondos y financiar la recuperación de las provincias cautivas de Tacna y Arica.

Se evitó en lo posible pedir préstamos del exterior y se apostó por fomentar el ahorro interno. Esa era, según Piérola, la fórmula para que el Perú se convierta en un país moderno con un desarrollo económico sano: los peruanos debían aprender las lecciones que había dejado la ilusa bonanza guanera del pasado.

La defensa nacional fue otro asunto que debía abordarse con seriedad. Por ello se creó la Escuela Militar de Chorrillos que se organizó bajo el modelo francés gracias a la labor de una misión militar que comandó el coronel Paul Clement. Este introdujo códigos específicos para cada una de las armas (hasta entonces existían la infantería, la caballería y la infantería) y dio instrucciones para la promulgación del primer Código de Justicia Militar (22 de mayo de 1896) y de la Ley del Servicio Militar Obligatorio.

Hubo, sin embargo, un hecho militar y político inédito hasta entonces. En mayo de 1896 se produjo un levantamiento federalista en el departamento de Loreto dirigido por el coronel Mariano José Madueño, militar que hasta entonces tenía una distinguida foja de servicios al país. Esta rebelión enmarcada en el repentino despertar económico de la zona por la explotación del caucho y la difícil situación de los aborígenes que eran utilizados brutalmente para la explotación del nuevo recurso. Terminó sin pena ni gloria.

Las dificultades de comunicación impidieron que el gobierno tuviera noticia del alzamiento. Piérola se enteró semanas después. El gobierno de Lima debió enviar hasta dos expediciones a Loreto, una fue por mar, en el navío Constitución, y la otra cruzó los Andes, desembarcando en el puerto de Salaverry e internándose por Cajamarca y Moyobamba.

Los insurgentes, al no lograr el apoyo popular, reconocieron el gobierno de Piérola, y llegaron a decir que las ideas del Partido Demócrata alentaban el federalismo. Al final, ante la cercanía de las tropas gobiernistas Madueño y su colaborador, Ricardo Seminario, optan por la fuga antes de defender "su" estado federal.

Pasando a otros temas, la diversificación de las funciones del Estado llevaron al gobierno a crear el Ministerio de Fomento (22 de enero de 1896) encargado de la ejecución de obras públicas, de saneamiento, crecimiento de la ciudad, etc. En este contexto, se continuó con la tarea de modernizar Lima, empresa iniciada por el gobierno de José Balta hacia 1870. Se construyó la avenida La Colmena (hoy llamada Nicolás de Piérola), se empezó a trazar lo que luego sería la avenida Brasil y se construyó el Paseo Colón. En el Callao se levantó el monumento a Miguel Grau (1897). También llega el cinematógrafo (1896) y por las calles de Lima empiezan a circular los primeros automóviles.

También en Lima, esta vez en el plano económico, empezaron a funcionar varias sociedades anónimas: la Compañía de Seguros Rímac, la Compañía Internacional de Seguros, el Banco del Perú y Londres, el Banco Internacional (hoy llamado Interbank), el Banco Popular, la Sociedad de Alumbrado Eléctrico y la Compañía de Fósforos El Sol, entre otras.

Por primera vez hubo preocupación por la salud y salubridad en el país. De allí la difusión de los servicios de agua, desagüe, agua potable y el uso obligatorio de vacunas (3 de enero de 1896). Incluso se fomentó la investigación científica en este campo.

Se dieron también leyes para la colonización de tierras en la selva y se favorecieron las expediciones a la amazonía (noviembre de 1898). Para ello fue necesario seguir con la construcción de vías de penetración como la de Tarma a Chanchamayo. Luego se exploró el Gran Pajonal y se colonizaron las zonas del Pichis y San Luis de Shuaro. Por último, se estableció por primera vez la navegación comercial por los ríos Talambo, Urubamba y Ucayali.

En su política internacional Piérola se preocupó en afianzar las relaciones con varios países como los Estados Unidos, México, Brasil, Rumania y España. Las relaciones con Chile, sin embargo, no prosperaron debido a la imposibilidad de realizarse el plebiscito para decidir el futuro de Tacna y Arica. En este sentido la firma del Protocolo Billinghurst-Latorre (1898) puso en manos de la Reina de España la decisión de los puntos en disputa entre el Perú y Chile. El documento fue un triunfo de nuestra diplomacia al aceptar Chile la mediación de un país imparcial, en este caso España, que determinaría quiénes tendrían derecho a voto en la región plebiscitada: si los residentes, como sostenía Chile, o los nacidos en la zona, como lo creía el Perú. El plebiscito se celebraría de inmediato al conocerse el fallo arbitral y, quince días después, el país vencido debería abandonar sus pretensiones y el vencedor pagar la indemnización de 10 millones de pesos o soles de 1883. El Congreso peruano aprobó inmediatamente los términos de este tratado internacional, no así el de Chile que lo consideró inaceptable.

Sin embargo el Perú pudo seguir presionando a nivel internacional, era la oportunidad de recuperar por la vía pacífica parte del territorio perdido. ¿Por qué no lo hizo? La razón de esta actitud fue la seguridad de que Argentina y Chile irían a una guerra antes de terminar 1899 por una cuestión de límites en la zona austral de ambos países. Aunque Piérola y otros eran partidarios de la neutralidad por parte del Perú, temían el fervor popular en favor de Argentina. En una eventual derrota chilena, Perú recuperaría no sólo Tacna y Arica, sino todo Tarapacá. Al final argentinos y chilenos resolvieron su problema por la vía diplomática, y el plebiscito siguió en suspenso.

Los últimos meses del gobierno de Piérola no fueron de mucha tranquilidad. El periódico La Opinión Nacional, de clara tendencia cacerista y dirigido por el brillante periodista Andrés Avelino Aramburú, mantenía una oposición bastante crítica al pierolismo. Por su lado Gonzáles Prada había regresado luego de un periplo por Europa y publica Germinal, periódico vocero de su partido, la Unión Nacional, donde desató la más implacable crítica al régimen.

Fue en este ambiente, algo agitado, que se convocaron a las elecciones en 1899. Piérola intentaba mantener una postura unitaria y convoca a una convención civil-demócrata para presentar una fórmula común en el proceso electoral. De este modo, los demócratas quedan facultados a elegir al candidato presidencial y optan por una figura independiente, el ingeniero Eduardo López de Romaña. Los civilistas nombran como primer vice-presidente a Isaac Alzamora, ocupando la segunda vice-presidencia Federico Bresani. Verificados entonces los comicios, López de Romaña logra la Presidencia de la República con relativa facilidad.

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Palacio de Gobierno durante la gestión de Piérola
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De esta manera, el accidentado gobierno de Cáceres iba llegando a su fin con las elecciones de 1890. El Partido Civil, que le había quitado el apoyo a Cáceres, lanza la candidatura de Francisco Rosas, y el Partido Constitucional encarga a un militar poco conocido, el coronel Remigio Morales Bermúdez, antiguo compañero de Cáceres en la Campaña de la Breña. La tarea era continuar la obra de Cáceres. Lo acompañaron en su fórmula presidencial Pedro A. del Solar y el coronel Justiniano Borgoño.

Por su parte Piérola, animado por sus partidarios, no tarda en lanzarse como candidato a la presidencia. Cáceres, sin embargo, diseña una maniobra para cerrarle el paso a Palacio de Gobierno: apresó al caudillo acusándolo de haber usurpado la presidencia en 1879 violando la Constitución. Como era de esperarse, apresado Piérola, Morales Bermúdez es elegido Presidente de la República para el período 1890-1894 e inicia un discreto gobierno.

En el plano internacional, inexplicablemente, firma con el Ecuador un tratado, el García-Herrera, en virtud del cual el Perú cedía un enorme territorio, pues Tumbes quedaba partido y se perdía gran parte de Maynas. Aprobado por el congreso ecuatoriano, este tratado, felizmente, no fue aprobado por el peruano. Al mismo tiempo, se vencía el plazo de la retención por parte de Chile de las provincias de Tacna y Arica. El plebiscito, contemplado en el Tratado de Ancón, no pudo realizarse por la demora del gobierno de Santiago en llevar a buen término las conversaciones.

De otro lado, se dieron leyes para proteger la industria y el comercio, se inauguró el camino de penetración al Pichis y se dio impulso a la ingeniería minera. Sin embargo, antes de culminar su mandato, Morales Bermúdez fallece en abril de 1894. Lo sucede el segundo vice-presidente Justiniano Borgoño, quien convoca a elecciones para preparar el retorno a Cáceres a Palacio de Gobierno.

La Coalición Nacional y Nicolás de Piérola: Poco antes de la muerte de Morales Bermúdez, se había formado la Coalición Nacional (marzo de 1894) entre civilistas y demócratas en previsión a cualquier intento de fraude electoral. Ambas agrupaciones respaldaban la candidatura de Nicolás de Piérola, líder del Partido Demócrata.

Pero Justiniano Borgoño convoca a elecciones y solo se presenta la candidatura del general Cáceres. La oposición, es decir la Coalición Nacional, no participa y se organiza para poner punto final al militarismo en el país. Cáceres asume su segundo mandato en agosto de 1894 pero ya no representa la reconciliación nacional que tanto se necesitaba. Al interior del país se empiezan a formar tropas de guerrilleros que no aceptan la legitimidad del nuevo gobierno por considerarlo producto de una serie de intrigas políticas y fraude electoral.

Esto hizo de Nicolás de Piérola, quien se encontraba exiliado en Chile, se embarcara en Iquique en una pequeña embarcación y tomara tierra cerca de Pisco. Desde ese momento asumió el mando de la revolución que avanzó por Chincha, Cañete y Lurín hacia Lima. Mientras tanto en el norte se alzaban los hermanos Seminario y en la sierra central Augusto Durand, todos partidarios de "El Califa", como llamaban a Piérola.

El 17 de marzo de 1795, los revolucionarios empezaron a entrar a Lima por la calle Malambito. Piérola lo hizo por el barrio de Cocharcas y Durand por el de Santa Ana, en lo que ahora llamamos los Barrios Altos. Finalmente en la Plazuela del Teatro (frente al actual Teatro Segura) los pierolistas establecieron su cuartel general. La lucha fue sangrienta para controlar la Plaza de Armas y asaltar Palacio de Gobierno. Incluso tuvo que intervenir el Nuncio Apostólico, es decir el representante del Vaticano, para lograr que se enterraran los cientos de cadáveres que se encontraban en las polvorientas calles de la capital.

En medio de este dramático panorama de repudio al militarismo, Cáceres no tuvo más remedio que renunciar para evitar más violencia y entregó el poder a una Junta de Gobierno. La Junta estuvo presidida por Manuel Candamo y debía convocar elecciones limpias. Cáceres toma el camino del exilio y Piérola, con una popularidad poyo pocas veces vista en la política peruana, triunfaría y sentaría las bases de la recuperación nacional para el período 1895-1899.

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Estaciòn de La Legua (1895)
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Era evidente que para el nuevo gobierno el tema más delicado era el económico. Lo urgente era el arreglo de la deuda externa con los acreedores británicos y el estado peruano no contaba con los recursos suficientes para cancelarla. Además, el país necesitaba capitales para reactivar la economía de exportación que a su vez dependía del arreglo definitivo de la deuda externa. Grave callejón sin salida.

La deuda externa, producto de los préstamos que gestionó Balta en 1869, 1870 y 1872, bordeaba los 51 millones de libras esterlinas. Esa astronómica suma contrastaba con los ingresos totales del Perú que apenas llegaban a los 8 millones de soles. La bancarrota era total y la deuda era, técnicamente, impagable. Por ello, se firmó el controvertido Contrato Grace (1889) con el empresario británico Miguel P. Grace, representante del Comité de Tenedores de Bonos del Perú, es decir, nuestros acreedores.

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Miguel P. Grace

Los términos del arreglo no pudieron ser más ventajosos para los británicos. El Perú les entregó el usufructo de sus ferrocarriles por 66 años y el derecho de explotar 3 millones de toneladas de guano a cambio de la cancelación de la deuda y de un fuerte empréstito. También se les otorgaba el privilegio para explotar centros mineros en Huancavelica, el petróleo de Piura, los derechos de navegación a vapor en las vías o lagos navegables, la exportación del carbón en Ancash y el derecho de fundar colonias en la selva amazónica, entre otras concesiones.

En virtud del contrato se formó, en 1890, la Peruvian Corporation encargada de administrar los puntos del arreglo. Cáceres pagó un precio muy alto para su firma. Tuvo la necesidad de convocar a tres legislativas extraordinarios y expulsar a los diputados opositores para que el Congreso ratificase sus términos. Pero el autoritarismo presidencial llegó más allá. Decidido a terminar con la oposición, Cáceres no dudó en recortar las libertades al cerrar periódicos, deportar y apresar a sus enemigos políticos.

Sin duda, este fue el punto de inicio del desprestigio político del Héroe de la Breña, descrédito que llegó a su punto más dramático cuando en 1895 una sangrienta guerra civil lo derrocó cuando pretendía ocupar la Presidencia de la República por segunda vez.

Regresando al tema económico, el arreglo de la deuda externa permitía al Perú reordenar su modelo económico con el fin de explotar, esta vez con mano de obra nativa, los recursos naturales y orientarlos a la exportación. Esta nueva estrategia quedó consolidada durante las dos primeras décadas del siglo XX. Por el momento, hasta 1895, la plata, el azúcar y el caucho, en este orden, fueron los principales productos que reflejaron la nueva forma de organización de la economía de exportación peruana. El guano quedaba en el pasado.

Pero el escándalo desatado por el arreglo con Grace no impidió que el país fuera observando ligeras mejorías en su economía y otros aspectos internos. En abril de 1888 se instala la primera Junta General de la Cámara de Comercio de Lima; luego se instalarían la del Callao y Arequipa. Se funda también la Sociedad de Agricultura y Minería. El 11 de noviembre de 1889, un grupo de miembros de la pujante colonia italiana funda el Banco Italiano, entidad que hoy lleva el nombre de Banco de Crédito del Perú. Al mismo tiempo, se asientan algunas compañías de Seguros, casi todas inglesas y alguna alemana como la Nacional Prusiana. La participación peruana en este sector sólo se inició en 1895.

También durante este primer gobierno cacerista se fue instalando en diversos puntos del país el servicio telefónico (1886) y se inaugura en Lima el alumbrado público. Asimismo, una ligera preocupación por el tema educativo se demostró con la Ley de Instrucción de 1888 y la apertura de varias escuelas-talleres para los jóvenes que quisieran aficionarse a los trabajos técnicos.

En el campo de la defensa nacional poco es lo que pudo hacerse por la falta de dinero. Fracasado un intento de reforma del ejército, la Escuela Militar sólo pudo abrir sus puertas en diciembre de 1889. La mayor parte de los militares no pudo recibir puntualmente sus sueldos y solo gracias a un pequeño ahorro estatal, se logró adquirir la cañonera Lima, primera unidad de la nueva escuadra, pues lo últimos barcos habían sido hundidos por sus propios tripulantes en el Callao en enero de 1881, evitando así que fueran capturados por el enemigo.

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Vías ferroviarias de la Peruvian Corporation (Cuzco, década de 1920)

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Finalizada la guerra con Chile, una Asamblea Constituyente reunida en Lima ratificó en el mando a Iglesias como “Presidente Provisorio”, cargo que desempeñó desde 1883 a 1885. En virtud de tal condición intentó sacar al país adelante con los pocos recursos existentes y con la tenaz oposición de Cáceres.

A nivel cultural, se reabrió el antiguo Colegio de Guadalupe, bajo la dirección del eminente maestro Pedro A. Labarthe, y el tradicionalista Ricardo Palma inició la reconstrucción de la Biblioteca Nacional luego del saqueo chileno. Esta fue sede de la caballería invasora, usándose sus estantes como improvisados comederos, y sus cuantiosa colección fue embarcada a la Biblioteca Nacional de Santiago. Por ello, Palma inició la penosa y lenta tarea de reabrir nuestra principal biblioteca. Pidió donaciones de libros y revistas del exterior así como aportes valiosos de coleccionistas particulares. Otro acontecimiento, esta vez cargado de violencia, se desató en el Callejón de Huaylas (Ancash) con la rebelión indígena de Atusparia.

Pero los días estaban contados para el gobierno de Iglesias. En agosto de 1884 las tropas caceristas atacan Lima hasta tomar Palacio de Gobierno semanas después. El 3 de diciembre Iglesias tuvo que dimitir. Asumió temporalmente el mando Antonio Arenas, presidente del Consejo de Ministros. Convocadas las elecciones distintas fuerzas políticas presentaron la candidatura de Cáceres patrocinada por su nuevo partido, el Constitucional. También lo apoyan los civilistas que no presentan candidato.

Nicolás de Piérola y su partido, el Demócrata, se oponen al proceso electoral por considerar un excesivo favoritismo del gobierno transitorio a la candidatura de Cáceres. Este será el comienzo de otra rivalidad que siguió ensangrentando al Perú al finalizar el XIX; una nueva guerra civil se veía en el horizonte. La candidatura de Cáceres sería aclamada mayoritariamente. El nuevo gobierno inaugura sus funciones en junio de 1886 y, según la constitución vigente, la de 1860, debía durar cuatro años.

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Biblioteca Nacional del Perú en el siglo XIX


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Este período empieza con lo que Jorge Basadre llamó el “Segundo Militarismo” pues los militares vuelven a ocupar la presidencia, ahora en una coyuntura adversa: la derrota en la guerra. Aunque suene contradictorio, se da una situación inversa a la del período posterior a la Independencia. Estos caudillos son los vencidos, pero son los únicos que tienen la fuerza suficiente para ejercer el poder ante la situación tan vulnerable en que quedó la clase política luego de la derrota ante Chile.

El país se encontraba dividido. Los "hombres de Montán", secundaban a Iglesias, y "los de kepí rojo" al héroe de la Breña, el general Cáceres. Ambos bandos eran irreconciliables. El problema había surgido por la condiciones estipuladas en el Tratado de Ancón.

Este militarismo estuvo marcado por los gobiernos de Iglesias, Cáceres y Morales Bermúdez. Culmina en 1895 cuando los civiles, ya reorganizados y cansados del militarismo, expulsan del poder a Cáceres que lo ocupaba por segunda vez. Tras esta sangrienta guerra civil, Nicolás de Piérola asume la presidencia.

En este difícil período el Perú tenía que recuperarse de la derrota ante Chile. Si antes de 1879 el país estaba ya quebrado imaginemos ahora la situación. Había que empezar de la nada. Los años dorados y engañosos del guano habían pasado, era necesario reorientar el modelo económico y llevar un manejo de la economía con criterios técnicos y no derrochadores.

Pero este modelo no podía iniciarse sin arreglar el espinoso problema de la deuda externa. Cáceres tuvo que afrontarlo y lo “solucionó” al firmar el polémico Contrato Grace en 1889. Recién desde ese momento se pudo dar el marco adecuado para fomentar la inversión, tanto nativa como extranjera.

Afortunadamente, a partir de la década de 1890 la coyuntura internacional estuvo de nuestro lado. Los precios de algunos de nuestros principales recursos naturales subieron: azúcar, algodón, cobre y caucho. Con su exportación se inició la recuperación nacional, especialmente del sector privado y de la clase política. De esta manera el militarismo llegaba a su fin y Piérola inauguraba una época de gran expectativa nacional: el gobierno de las instituciones y no el de los caudillos.

La intensa actividad privada empezó a transformar el país. La agricultura de la costa se modernizó, en Lima surgieron las primeras fábricas y se recuperó el sistema bancario. Aparecen los primeros obreros y se forma una pequeña clase media. No había duda de que el Perú entraba con paso seguro al siglo XX.

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La fragata "Lima", primera nave de la escuadra peruana luego de la Guerra del Pacífico

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En medio del desastre moral y la destrucción material, Miguel Iglesias firma con el enemigo el Tratado de Ancón el 20 de octubre de 1883. Fue rubricado por los comisionados peruanos José Antonio de Lavalle y Mariano Castro Saldívar; por parte de Chile, firmó el plenipotenciario Jovino Novoa.

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El presidente Miguel Iglesias

El el documento se establecía la cesión definitiva a Chile de la provincia salitrera de Tarapacá, así como la entrega de las provincias de Tacna y Arica por un período de 10 años. Al término de dicho plazo, las poblaciones de ambas localidades debían ser llamadas a un plebiscito si aceptaban integrarse definitivamente a Chile o si por el contrario deseaban su retorno al Perú.

Como si esto fuera poco, el Perú debía desembolsar a Chile una fuerte cantidad de dinero por indemnización de guerra. El Tratado fue aprobado por Iglesias el 22 de octubre en el balneario de Ancón; de este modo, empezó la lenta desocupación del territorio por parte de las fuerzas chilenas.

En efecto, desde principios de 1884, se fueron retirando las tropas chilenas y, en agosto de dicho año, los últimos batallones desocuparon totalmente el Perú. El último en retirarse de los alrededores de Lima fue el "Tercero de la línea", que se embarcó en el Callao; y de Puno y Arequipa, el "Lautaro", que se trasladó en trenes a Mollendo y de allí se embarcó de regreso a Chile; y un escuadrón de "Carabineros de Yungay", que se retiró a Tacna por tierra.

Los batallones que llegaban a Chile se iban disolviendo en las provincias en que habían sido formados. Como gratificación, se les dio tres meses de sueldo para comprarse trajes civiles. El 18 de setiembre de ese año, se efectuó en Santiago y provincias el reparto de las condecoraciones que se habían otorgado a los combatientes.

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Regreso de las tropas chilenas a Valparaíso


Para Chile, efectivamente, se trataba de un triunfo vital en favor de su hegemonía en el Pacífico Sur; según ellos, la guerra la habían preparado Perú y Bolivia desde la firma del tratado secreto de 1873. Para el Perú, la pesadilla aún no terminaba: Andrés A. Cáceres no aceptaba las condiciones de la paz con Chile y se declaraba enemigo político de Iglesias. Se iniciaba así, en forma estéril, otra guerra civil para el Perú, como si la destrucción ocasionada por el ejército enemigo no hubiera sido suficiente.

No había escuadra, pues los últimos barcos fueron hundidos en el Callao para que no caigan en manos del enemigo. Tampoco había dinero, ni salitre, ni crédito externo. Se habían destruido muchas haciendas, ingenios, industrias, líneas ferroviarias, pueblos enteros, fortunas individuales y familiares. El comercio se hallaba interrumpido y la crisis fiscal (falta de recursos) era intolerable para cualquier Estado. Lo peor aún era la derrota moral, el desánimo y la frustración colectiva.

En 1939, el poeta y escritor Luis Fernán Cisneros recordaba el ánimo de los miembros de la gente de su época cuando finalizó la guerra: Los hombres de mi generación crecieron bajo un signo sombrío. El Perú, salido de una guerra internacional de cuatro años, cargaba entonces el amargor del desastre. Hondas cavilaciones llenaban el cielo y silenciaban los pasos. Por culpa de la catástrofe, o faltaban muchos de nuestros padres o escaseaba el pan en nuestra mesa. Nos amamantamos tal vez en pechos sollozantes e hicimos una niñez de estricta fatalidad biológica: niños que se juntaban en las aulas bajo la vigilancia de maestros revestidos de una tristeza austera; niños que repetían versos encendidos de desagravio; diálogo con los libros en el silencio de las casas o en la quietud de las plazuelas, entretenimientos simples y candorosos; adolescencia pasiva, impuesta por el monólogo mental de quienes nos rodeaban; emoción difusa pero penetrante, quizás contaproducente y seguramente inútil.



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Al estallar la guerra, el gobierno de M.I. Prado redujo el pago de las pensiones y todo lo que significaban gastos pasivos. Los empleados públicos, por su lado, renunciaron a un porcentaje de sus remuneraciones y se dispuso crear contribuciones personales extraordinarias a todos los peruanos, a los que se sumaron muchos residentes extranjeros. También se crearon otros impuestos prediales y de patente industrial, y se gravó la exportación del azúcar. Sin embargo, aún no estamos en capacidad de saber a cuánto ascendió la contribución de guerra en las poblaciones urbanas, especialmente en Lima. Hubo también donativos en joyas y otras especies.

El estado acudió al languidecido sector bancario que donó un millón de soles. Como no era suficiente, Prado intentó levantar un préstamo con los bancos Del Perú, Providencia, Garantizador y Territorial Hipotecario que ascendió a casi 900 mil soles. Quedó a cargo del Congreso definir el programa de devolución. También el Banco de Londres, México y Sud América entregó un millón y medio de soles pero exigió una garantía más precisa: objetos de arte y joyas de las iglesias. Por ello, el arzobispo de Lima entregó toda la platería, excepto lo indispensable para el mantenimiento del culto. Según Jorge Basadre, los donativos o préstamos internos, alcanzaron los 6 millones de soles en diciembre de 1879.

Asimismo, luego del sacrificio de Grau en Angamos, hubo otros donativos para comprar por lo menos un buque blindado. Aquellos fondos fueron enviados a Europa para realizar las gestiones pertinentes que, como sabemos, fracasaron.

Sin embargo, todos estos esfuerzos o medidas de emergencia, al margen del sincero desprendimiento ciudadano, no pudieron ordenar las finanzas públicas ni restablecer el crédito externo. Durante la Campaña de Lima, por ejemplo, Piérola dictó algunas medidas económicas: un nuevo arreglo con Augusto Dreyfus, el establecimiento de un nuevo sistema tributario y la emisión de una nueva moneda, el Inti de Oro.

Este nuevo sistema monetario de emergencia, basado en el patrón oro, vino a reemplazar al Sol metálico, acuñado en plata, y al Sol del billete fiscal, emitido por el estado para reemplazar a otro billete puesto en circulación por los bancos privados desde 1875. Su creación respondió a la necesidad de obtener fondos para solventar los gastos del conflicto y sanear la economía. El "Inti" apareció en 1880 y se acuñó hasta 1883. A pesar de su corta vida, sostuvo el gobierno de Piérola, tanto en Lima como en Ayacucho, y cubrió los gastos de Cáceres en la Campaña de la Breña.

Pero nada de esto tuvo un efecto real, por lo menos a nivel nacional. Luego de la ocupación de Lima, los invasores intentaron por todos los medios anular todo desarrollo de la vida económica para dejar sin recursos al estado peruano, pues de esa manera se vería forzado a firmar una paz sin condiciones. Recordemos que esta fue una de las “tareas” de las expediciones de Lynch antes y después de la captura de Lima. Dicho en otras palabras: evitar que el Perú ofrezca una indemnización millonaria en lugar de entregar territorios.

Por ello, cada quien tuvo que poner a buen recaudo sus intereses, como los hacendados norteños o los gamonales de la sierra central. Todos ellos se vieron obligados a pagar fuertes cupos de guerra al invasor para intentar, a veces sin éxito, proteger sus propiedades. Estos cupos, ya sea en dinero o en productos, impuestos arbitrariamente por los invasores, de acuerdo a unas listas confeccionadas sin tener en cuenta la verdadera capacidad económica de los afectados, ahondaron la crisis económica. Significó la postración económica ya no solo del Estado, sino del sector privado.

De esa sangría económica solo pudieron salvarse aquellos comerciantes o hacendados de origen extranjero quienes izaron sus banderas nacionales para no ser “alcanzados” por los cupos de guerra. No por casualidad fueron esas familias las que coparon, luego de la guerra, las principales actividades productivas como la agricultura y la minería.

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Calle de Santo Domingo (Lima) durante la ocupación chilena

(Museo Virtual de la Guerra del Pacífico)
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Recientes estudios, principalmente sobre la sierra central, nos revelan que los campesinos indígenas adoptaron una actitud nacionalista y consecuente frente a la guerra. Esto lo escribimos pues hubo historiadores, principalmente de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que sostuvieron que los culpables de la derrota fueron los indígenas porque no tenían sentido de patria.

Según esa perspectiva, los indios aprovecharon la guerra para enfrentarse a los blancos, indistintamente de que fuesen peruanos o chilenos. Es más, se afirmó que durante la guerra se originó un enfrentamiento de todos contra todos: chinos contra negros, indios contra blancos, cholos contra todos los demás, etc. Esta versión tuvo acogida pues tenía una historia muy larga. Un testimonio de Ricardo Palma, dos semanas después de la derrotas en San Juan y Miraflores, en una carta dirigida a Piérola, decía que los culpables del triunfo chileno eran los indígenas por su falta de patriotismo.

A diferencia de lo que se pensaba antes, ahora se sabe que los campesinos indígenas del valle del Mantaro, por ejemplo, continuaron peleando incluso cuando los hacendados ya habían pactado con los invasores, y que en un determinado momento, estos hacendados llegaron a aliarse con los chilenos para combatir a las fuerzas de Cáceres. Recordemos que en sus "Memorias", el jefe de la Campaña de la Breña menciona que algunos peruanos sirvieron como guías en el ejército chileno durante la etapa final de la Resistencia, Incluso, luego de la derrota en Huamachuco, colaboraron en el "repase" de los heridos.

A partir de esta perspectiva, el historiador Nelson Manrique distingue cinco momentos distintos en el comportamiento del campesinado indígena a lo largo de la Guerra con Chile:

1º Cuando se declara la guerra, los indios vieron el conflicto como cualquier otro que vieron anteriormente. Recordemos que desde la Independencia los indios eran movilizados por cualquier caudillo militar en favor de su campaña para conquistar el poder. Ahora, en 1879, se enrolan como antes, y no sintieron mayor diferencia.

2º Pero esto empezó a cambiar durante la Campaña de Lima. Piérola tuvo que llamar, para defender la capital, a muchos terratenientes de la sierra que formaron batallones con los indios de sus haciendas. Entonces, llegan a Lima batallones completos que tienen como oficial al hacendado o gamonal y como soldados a los peones de las haciendas. Por ello, en enero de 1881, ya se ve un tipo de lealtad en la conciencia campesina.

3º En esta etapa, las tropas chilenas invaden la sierra central y ocurren hechos que influyen decisivamente en el campesinado. Es importante señalar que en esta zona lo dominante eran las comunidades campesinas libres. Por lo tanto, los indios son pequeños propietarios o campesinos dependientes que son golpeados. Los invasores les quitan el ganado y violan a sus mujeres.

Esto produce una respuesta masiva y Cáceres lo que hace es darle una dirección militar. Esa fue la esencia de la Campaña de la Breña. Entonces, en este tercer momento, se desarrolla una conciencia nacional antichilena radical, es decir, un nacionalismo que surge no tanto porque la situación de un blanco y de un indio sea similar en esta época en el Perú, sino porque un chileno es más diferente y hay mayores diferencias con el enemigo.

4º Esta etapa corresponde a la actitud de los terratenientes que abandonan la lucha y deciden colaborar con los chilenos pagándoles cupos de guerra para no ver destruidas sus haciendas. Es entonces que hay una movilización contra los terratenientes desencadenada por Cáceres, que los indios no la ven como antiterrateniente sino como nacionalista. Los atacan no porque sean terratenientes, sino porque los consideraban “traidores”.

5º Al final de la guerra, Cáceres decide romper su alianza con los campesinos. El "Héroe de la Breña" entiende que la guerra ha terminado y trata de disputar con Miguel Iglesias la presidencia. Ya los campesinos no le son necesarios. Lo que requiere para llegar el poder es ganarse el apoyo de los terratenientes, ya no de los indios. Ahora los gamonales presentan algunas reivindicaciones básicas en ese momento: uno, el desarme de los campesinos; y dos, la recuperación de las haciendas invadidas. Desde este momento, la conciencia del campesinado se va a convertir en antiterrateniente.

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Andrés A. Cáceres, lídel de la Campaña de la Breña