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Archivo de agosto 2008
Categoría: General
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Recientes estudios, principalmente sobre la sierra central, nos revelan que los campesinos indígenas adoptaron una actitud nacionalista y consecuente frente a la guerra. Esto lo escribimos pues hubo historiadores, principalmente de finales del siglo XIX y comienzos del presente, que sostuvieron que los culpables de la derrota fueron los indígenas porque no tenían sentido de patria.

Según esa perspectiva los indios aprovecharon la guerra para enfrentarse a los blancos, indistintamente de que fuesen peruanos o chilenos. Es más, se afirmó que durante la guerra se originó un enfrentamiento de todos contra todos: chinos contra negros, indios contra blancos, cholos contra todos los demás, etc. Esta versión tuvo acogida pues tenía una historia muy larga. Un testimonio de Ricardo Palma, dos semanas después de la derrotas en San Juan y Miraflores, en una carta dirigida a Piérola, decía que los culpables del triunfo chileno eran los indígenas por su falta de patriotismo.

A diferencia de lo que se pensaba antes ahora se sabe que los campesinos indígenas del valle del Mantaro, por ejemplo, continuaron peleando incluso cuando los hacendados ya habían pactado con los invasores, y que en un determinado momento, estos hacendados llegaron a aliarse con los chilenos para combatir a las fuerzas de Cáceres. Recordemos que sus célebres Memorias, el jefe de la Campaña de la Breña, menciona que algunos peruanos sirvieron como guías en el ejército chileno durante la etapa final de la Resistencia, Incluso, luego de la derrota en Huamachuco, colaboraron en el "repase" de los heridos.

A partir de esta perspectiva habría que distinguir cinco momentos distintos en el comportamiento del campesinado indígena a lo largo de la Guerra con Chile:

1º Cuando se declara la guerra, los indios vieron el conflicto como cualquier otro que vieron anteriormente. Recordemos que desde la Independencia los indios eran movilizados por cualquier caudillo militar en favor de su campaña para conquistar el poder. Ahora, en 1879, se enrolan como antes, no sintieron mayor diferencia.

2º Pero esto empezó a cambiar durante la Campaña de Lima. Piérola tuvo que llamar, para defender la capital, a muchos terratenientes de la sierra que formaron batallones con los indios de sus haciendas. Entonces, llegan a Lima batallones completos que tienen como oficial al hacendado o gamonal y como soldados a los peones de las haciendas. Por ello, en enero de 1881, ya se ve un tipo de lealtad en la conciencia campesina.

3º En esta etapa las tropas chilenas invaden la sierra central y ocurren hechos que influyen decisivamente en el campesinado. Es importante señalar que en esta zona lo dominante eran las comunidades campesinas libres. Por lo tanto los indios son pequeños propietarios o campesinos dependientes que son golpeados. Los invasores les quitan el ganado y violan a sus mujeres.

Esto produce una respuesta masiva y Cáceres lo que hace es darle una dirección militar. Esa fue la esencia de la Campaña de la Breña. Entonces, en este tercer momento, se desarrolla una conciencia nacional antichilena radical, es decir, un nacionalismo que surge no tanto porque la situación de un blanco y de un indio sea similar en esta época en el Perú, sino porque un chileno es más diferente y hay mayores diferencias con el enemigo.

4º Esta etapa corresponde a la actitud de los terratenientes que abandonan la lucha y deciden colaborar con los chilenos pagándoles cupos de guerra para no ver destruidas sus haciendas. Es entonces que hay una movilización contra los terratenientes desencadenada por Cáceres, que los indios no la ven como antiterrateniente sino como nacionalista. Los atacan no porque sean terratenientes, sino porque los consideraban “traidores”.

5º Al final de la guerra Cáceres decide romper su alianza con los campesinos. El Héroe de la Breña entiende que al guerra ha terminado y trata de disputar con Iglesias la presidencia. Ya los campesinos no le son necesarios. Lo que requiere para llegar el poder es ganarse el apoyo de los terratenientes, ya no de los indios. Ahora los gamonales presentan algunas reivindicaciones básicas en ese momento: uno, el desarme de los campesinos; y dos, la recuperación de las haciendas invadidas. Desde este momento la conciencia del campesinado se va a convertir en antiterrateniente.

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Los chilenos entendieron que la única forma de seguir presionando al Perú para que firmara la paz era invadiendo Lima. De esta forma, el enemigo emprendió lo que se llamaría la "Campaña de Lima". El dictador Piérola tuvo que organizar, o mejor dicho improvisar, la defensa de la capital apelando a las milicias urbanas. Es decir, la defensa estuvo a cargo no solo de lo que quedaba del ejército sino de la población civil, gente de todas las edades y ocupaciones. Decenas de hacendados de la sierra con sus campesinos llegaron a apoyar la campaña. Se logró reunir unos 20 mil hombres.

Los chilenos desembarcaron al sur de Lima (Lurín) con 26 mil efectivos debidamente armados. Piérola entonces decidió organizar dos líneas de defensa. Una, la llamada línea de San Juan, partía del Morro Solar Chorrillos y se proyectaba hasta lo que hoy es Monterrico; la otra, se instaló desde las afueras de Miraflores hasta la altura de Surquillo.

Con las derrotas en las líneas de San Juan y Miraflores, incluidos el incendio de Chorrillos y la ocupación de Lima por el ejército chileno (enero de 1881) culmina, formalmente, la guerra. Porque perder la capital, ver ocupados y saqueados los principales edificios públicos (Palacio de Gobierno, ministerios, oficinas de administración o Biblioteca Nacional, por ejemplo) y tener un ejército diezmado es suficiente como para decir que la derrota era un hecho concreto y verificable. Además, no había gobierno. Piérola se había trasladado a Ayacucho formando un gobierno con casi nulo alcance o aceptación nacional.

Pero a pesar de lo esperado por el invasor el conflicto se prolonga, principalmente por la tenaz resistencia de Andrés A. Cáceres en la sierra con la llamada "Campaña de la Breña". Antes, un cabildo abierto en Lima había elegido al abogado y político Francisco García Calderón como presidente ante el fracaso militar y retiro de Piérola. Su gobierno, cuya sede fue el pueblo de Magdalena (hoy Pueblo Libre), tuvo como objetivo seguir intentando conseguir un préstamo en Francia para evitar la cesión de Tarapacá. Los chilenos se cansaron de negociar con él un tratado pues el “Presidente de la Magdalena” no aceptaba firmar la paz con entrega de territorios. Finalmente, García Calderón, junto a su familia, fue llevado prisionero a Valparaíso.

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Francisco García Calderón, el "Presidente de la Magdalena"


A la resistencia de Cáceres también se sumaron el general Miguel Iglesias, en la sierra norte, y el contralmirante Lizardo Montero, en la costa norte. Este último, como vice-presidente de García Calderón, intentaba continuar con el “Gobierno de la Magdalena”. El escenario era demasiado confuso: los chilenos no sabían con quien podían firmar la paz.

En la sierra central, territorio no conocido ni dominado por el enemigo, Cáceres llevó a los chilenos con la intención de cansarlos y prolongar la guerra hasta derrotarlos. Sus primeros triunfos, con la ayuda no tanto de los hacendados sino de los campesinos de la región, parecieron darle la razón: Pucará (5 de febrero de 1882), Marcavelle, Pucará II y Concepción (9 de julio).

Pronto, sin embargo, la situación le fue cambiando a Cáceres. Muchos terratenientes del valle del Mantaro empezaron a aceptar cupos de guerra a los chilenos y pedirles la protección de sus haciendas ante el peligro de un eventual levantamiento del campesinado indígena. Este colaboracionismo con el invasor, aparte de censurable, exacerbó aún más el ánimo de los campesinos que apoyaban a Cáceres.

Finalmente, con la derrota de Huamachuco (10 de julio), donde algunos terratenientes ayudaron en el "repase" de los indios, significó el fin de los planes de Cáceres, no tanto por querer abdicar en la lucha como por la actitud que tomó Iglesias en el norte. Pero Cáceres no se dejó vencer. Con lo que quedaba de su ejército viajó hacia Ayacucho para reorganizar la resistencia. La empresa, sin embargo, no llegó a realizarse.

En efecto, luego de la derrota de Cáceres, en Cajamarca, Miguel Iglesias lograba un importante triunfo en la batalla de San Pablo (13 de julio). Autoproclamado presidente en su “Manifiesto de Montán” llamó al país a firmar la paz bajo cualquier condición. De esta manera, Iglesias formaba un nuevo gobierno y, en calidad de vencedor en San Pablo, empezaba a ganar numerosas adhesiones.

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Grabado que muestra el "repase" luego de la batalla de Huamachuco


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Fotografía que muestra el lugar donde fue fusilado Leoncio Prado luego de la batalla de Huamachuco
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El escenario de la guerra se trasladó ahora a las provincias del sur. En ellas, Chile quería capturar el salitre peruano de Tarapacá de donde se extraía el 50% del total del nitrato de la región. Los chilenos, al dominar el mar, estaban en ventaja pues las tropas peruanas y bolivianas debían llegar a Tarapacá atravesando extensas zonas desérticas.

Lamentablemente, nuestras tropas perdieron en las batallas de Pisagua (2 de noviembre de 1879) y San Francisco (19 de noviembre). Luego, lograrían la victoria parcial de Tarapacá (27 de noviembre) que no cambió el curso de los acontecimientos pues las fuerzas chilenas igualmente ocuparon el litoral del sur ante el retiro de las tropas aliadas por falta de provisiones y pertrechos.

El curso de la guerra demostraba la superioridad del enemigo y la urgencia en adquirir armamentos, especialmente un buque blindado que la opinión pública ya había bautizado con el nombre de "Almirante Grau". Los esfuerzos resultaron infructuosos por las gestiones chilenas que trasladaban el conflicto al ámbito diplomático europeo, con la directa complicidad de la Gran Bretaña.

Una colecta nacional había recaudado cerca de 200 mil libras esterlinas y el comisionado Julio Pflucker y Rico viajó a Europa con los fondos a negociar la compra de la nueva nave y algunas cañoneras. Nunca se pudo adquirir el blindado y las cañoneras que se mandaron a construir en el puerto de Kiel (Alemania) con los exóticos nombres de "Diógenes" y "Sócrates!; quedaron embargadas hasta el término de la guerra.

En Lima, la situación se volvía desesperante por la lentitud de las gestiones en Europa. Fue este el motivo por el cual el presidente Prado decidió abandonar el país y viajar a Europa a fin de acelerar las operaciones. Se valió del permiso que el Consejo de Ministros le había otorgado para salir del territorio durante la guerra, suponiendo eventuales traslados al territorio boliviano o chileno, a este último en caso que los aliados resultaran vencedores en el conflicto.

La historia ha censurado el viaje de Prado no por la calumniosa versión de que se llevó el dinero. Es necesario mencionar que por esa época ya existían bancos y operaciones para trasladar fondos. Prado sólo contó con 3 mil libras esterlinas que le entregó el ministerio de Hacienda para sus gastos de viaje en calidad de presidente.

La censura es por haber abandonado al país en medio de una guerra, tal como lo señaló en su momento el historiador Clements Markham: El general Prado vio los desastres inevitables que eran inminentes y concibió la esperanza de evitarlos obteniendo ayuda en dinero o en material o como intervención, de Europa o Estados Unidos. No hay razón para suponer que estuvo impulsado por motivos menos valiosos. Pero nada puede excusar esta súbita deserción de su puesto. Como si esto fuera poco, Prado dejó en su puesto al vicepresidente Luis La Puerta, un anciano enfermo y casi reblandecido, que agravó aún más la posición del país. La situación entonces fue aprovechada por el caudillo civil Nicolás de Piérola, quien hizo un golpe de estado (23 de diciembre) y se proclamó Dictador. Inmediatamente privó a Prado de sus derechos como ciudadano peruano y lo condenó a la degradación pública.

En Bolivia, también la situación política era desesperante. El presidente Daza, responsable directo del conflicto y pésimo militar en el campo de batalla, censurado por la opinión pública en su país, fue destituido y fugó a Europa. El general Narciso Campero tuvo que aceptar la presidencia de un país pobre, sin capacidad militar e involucrado en un conflicto del que había que retirarse lo más pronto posible.

Tras estos dramáticos cambios de gobierno la campaña terrestre continuó por las provincias de Tacna y Arica. Las tropas chilenas desembarcaron con 15 mil soldados al mando de Manuel Baquedano y tomaron la ciudad de Moquegua. La idea del enemigo era aislar a las fuerzas aliadas al mando del peruano Lizardo Montero y del coronel boliviano Eliodoro Camacho de sus centros de aprovisionamiento, es decir de Lima o Arequipa.

Luego vinieron dos enfrentamientos, ambos derrotas aliadas, en Cerro de Los Angeles (22 de marzo de 1880) y Alto de la Alianza (26 de mayo). En esta última, en donde participó el presidente boliviano Campero, hubo gran cantidad de bajas entre los aliados. A partir de esta derrota, los bolivianos trataron de arreglar una salida "decorosa" al conflicto y solucionar su crisis interna. Ahora el Perú quedaba prácticamente solo ante Chile que capturó Tacna y se preparaba para asaltar Arica.

Finalmente, a pesar de la valentía de Francisco Bolognesi y del arrojo de Alfonso Ugarte, el Perú fue derrotado en Arica (7 de junio) y todas las provincias del litoral sureño quedaban en poder de Chile. Este era el momento de negociar un tratado de paz pues a los chilenos sólo les quedaba entrar a Lima. El Callao ya estaba bloqueado desde abril de 1880.

Mientras tanto, el inescrupuloso Patricio Lynch, ante el hundimiento por parte del Perú de las naves chilenas Loa y Covadonga, incursionaba por medio del pillaje por los valles cercanos a Lima. Su objetivo era destruir muelles, ferrocarriles y edificios públicos e imponer cupos de guerra en dinero y especies a los pobladores, pudientes o no, bajo pena de destruirle sus propiedades.

Para cualquier observador era fácil deducir que el Perú no podía seguir con éxito la guerra y los Estados Unidos tomaron la iniciativa para negociar un tratado de paz a bordo de un buque de bandera norteamericana, el "Lackawanna", que se encontraba fondeado en Arica. En él se reunieron representantes de los tres países en guerra. Chile exigió las provincias de Antofagasta y Tarapacá reclamando, además, la suma de 20 millones de pesos por indemnización de guerra.

El Perú no aceptó la paz con cesión territorial y las negociaciones fracasaron. Ante esto el ministro norteamericano que presidía las reuniones dijo: Me parece oportuno, así como a mis colegas, hacer constar aquí que el gobierno de los Estados Unidos, no busca los medios de hacerse árbitro en esta cuestión. El cumplimiento estricto de los deberes inherentes a tal cargo le ocasionaría mucho trabajo y molestias; y aunque no dudo que mi gobierno consentiría en asumir el cargo, en caso que le fuese debidamente ofrecido, conviene se entienda claramente, que sus representantes no solicitan tal deferencia.

Lo cierto es que el Perú buscaba una intervención más decidida o clara de algún país europeo o de los Estados Unidos para detener la guerra y negociar en Francia un préstamo para evitar la pérdida de Tarapacá y ofrecer a Chile una cantidad suficiente como indemnización de guerra. Estas intenciones, que al final fracasaron, serían la causa por la cual el conflicto se prolongó hasta 1883.
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Fotografía de la Campaña de Arica

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Tan pronto se hizo conocida la noticia en Lima y el resto del país, creció la efervescencia popular que mostraba un inusitado espíritu de solidaridad con Bolivia y un gran sentimiento contra Chile. Al mismo tiempo, el gobierno de M.I. Prado creaba una contribución de guerra que afectaba a todos los peruanos, ordenaba la expulsión de ciudadanos chilenos del territorio y daba leyes autorizando la compra de buques modernos sin saber realmente de dónde iba a salir el dinero para tal adquisición.

En la opinión pública funcionaban estímulos diversos. Para unos el recuerdo del triunfo en el Callao al frente a la Escuadra Española en 1866, era una invitación a la gloria. Otros seguían pensando que el Perú aún gozaba de la tradición de vigilar o moralizar la vida internacional sudamericana, que el avance chileno era una amenaza contra nuestra provincia salitrera de Tarapacá y que de no apoyarla, Bolivia podía aliarse con Chile en contra nuestra. Los diarios de la época cerraban filas en favor de la guerra. El Comercio tuvo que sumarse a esta corriente, a pesar que al desatarse la crisis entre Chile y Bolivia aconsejó prudentemente la neutralidad del Perú.

Hubo, sin embargo, algunos que no compartían ese iluso entusiasmo como el propio Prado. Para el presidente el conflicto debió haber sido la más pavorosa de las tragedias. Era un conocido amigo de Chile, país al cual lo unían vínculos personales, incluyendo al propio presidente Aníbal Pinto; en cambio, nada lo unía con Bolivia. Además, nadie mejor que él conocía la situación militar del Perú. Por esos días, el canciller boliviano, de visita por Lima, le oyó decir: El Perú no tiene armas, no tiene ejército, no tiene dinero, no tiene nada para la guerra.

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El general Mariano Ignacio Prado, presidente del Perú


La campaña marítima: Era lógico para cualquier observador que el descenlace del conflicto se resolvería en el mar, y en ese aspecto la superioridad chilena era abrumadora por la presencia de sus blindados gemelos, los acorazados Almirante Cochrane y Blanco Encalada, ambos de 3.650 toneladas y construidos en Inglaterra en 1874. A estas embarcaciones se sumaban las corbetas Chacabuco y O’Higgins, ambas de 1.670 toneladas; los buques de madera Esmeralda (850 toneladas), Covadonga (600 toneladas), Magallanes (800 toneladas) y Abtao (800 toneladas); y más de quince transportes entre los que destacaban el Rímac y el Matías Cousiño. Los oficilaes de estas naves se había entrenado en el extranjero y su marinería, desde tiempo atrás, estaba eficientemente preparada.

La flota peruana estaba compuesta por el monitor Huáscar (fabricado en Inglaterra en 1864 y de 1.100 toneladas) y la fragata Independencia (construida en 1865 y de 2.004 toneladas), nuestra mejor nave. Pero ambas eran demasiado obsoletas para competir con las del enemigo. Completaban la flota la corbeta de madera Unión de 1.150 toneladas y los viejos monitores Manco Cápac y Atahualpa que, por estar deteriorados, permanecieron anclados en el Callao y Arica sirviendo como baterías flotantes. Nuestros transportes eran el Chalaco, la Oroya, la Limeña y el Talismán. La marinería tuvo que improvisarse pues años antes la Escuela de Grumetes fue cerrada por las dificultades económicas del país.

Esta desventaja se agravó cuando en el Combate de Iquique (21 de mayo de 1879) el Huáscar y la Independencia ingresaron a la bahía de Iquique a romper el bloqueo puesto por la Esmeralda y la Covadonga. Poco después de iniciado el combate la improvisación peruana culminó con la pérdida de la Independencia, que encalló en unas rocas al sur de Iquique tratando de capturar a la Covadonga que se escapaba. Así perdíamos nuestra mejor embarcación, a pesar del meritorio hundimiento de La Esmeralda (capitaneada por Arturo Pratt) por parte del monitor Huáscar, comandado por Miguel Grau. Con esa pérdida Chile no comprometía el poderío de su escuadra y el heroísmo mostrado por Prat y sus compañeros los alentaba a buscar la venganza.

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Arturo Prat, máximo héroe de la marina chilena

Desde ese momento la suerte estaba echada. A Grau sólo le quedaba rehuir el combate y esperar que el gobierno le comprara unas granadas, las palloissier, únicas capaces de perforar las naves enemigas. Su astucia y valentía le permitió al Perú prolongar la fase marítima por algunos meses. Grau al mando del mítico Huáscar, y con la ayuda de La Unión, logró penetrar al litoral enemigo, bombardear algunos puertos y capturar el transporte chileno Rímac. Las incursiones de Grau despertaron muchas dudas y provocaron fuertes críticas en Santiago a su estado mayor del ejército.

Sin embargo, la situación no podía prolongarse, y en cualquier momento el Huáscar podía toparse con el Almirante Cochrane y el Blanco Encalada. Ese momento llegó en la Punta de Angamos. Las que nunca llegaron fueron las granadas que Grau pedía con tanta insistencia y desesperación. La falta de dinero, la improvisación del gobierno ante la guerra y las gestiones de la diplomacia chilena en Europa para bloquear cualquier compra de armamentos para el Perú fueron también factores que determinaron la derrota final en el mar y en los siguientes escenarios del conflicto.

El 8 de octubre de 1879 se libró el célebre Combate de Angamos donde el Huáscar se enfrentó solo al Cochrane, al Blanco Encalada, al Matías Cousiño, al Loa, al O’Higgins y a la Covadonga. Casi al inicio un explosivo destruyó la torre del Huáscar donde se encontraba Grau, aunque luego de casi tres horas de combate el enemigo capturó nuestra nave pesar del intento de sus tripulantes en hundirlo.

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La punta de Angamos

En Angamos el Perú perdió a Grau, su máximo héroe, perdió a su nave más preciada, el monitor Huáscar, y allí también perdió la guerra. Desde Londres, el prestigioso Times comentaba la campaña de Grau y su nave así: El Huáscar es un buque histórico... Ha figurado en todos los combates navales en el curso de la guerra: ha bombardeado las poblaciones de los chilenos (sólo las fortificadas), perseguido y capturado los buques de transportes, y ha sido por varios meses el terror de la costa chilena. Al mando de un hábil y valiente oficial y tripulado por hombres excelentes, el Huáscar ha sido siempre un formidable. Ahora el espanto era la amenaza de la invasión próxima; el mar y nuestro litoral quedaban libres para Chile.
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Al conocerse en el Perú la ocupación chilena de las salitreras bolivianas, la noticia provocó la entusiasta adhesión de la opinión pública en favor de una inmediata ayuda al vecino humillado y se le exigió al entones presidente, el general Mariano Ignacio Prado, una respuesta rápida, casi de castigo a los chilenos.

Pero el Presidente, más cauto y conocedor como pocos de nuestra inferioridad militar prefirió la negociación. El llamado para efectuarla fue el experimentado diplomático José Antonio de Lavalle, a quien se le encomendó viajar inmediatamente a Santiago y utilizar todos los caminos posibles para evitar la guerra. Los historiadores chilenos sostienen que Lavalle tuvo como único objetivo ganar tiempo para que el Perú terminara de armarse.

Lavalle confiesa en sus "Memorias" que nunca supo la existencia del tratado de 1873, y refiriéndose a su amistad con Manuel Pardo y a sus conversaciones con él cuando estuvo de paso por Lima por esos años, afirma: con el señor Pardo apenas tuve en esos días ocasión de hablar privadamente... Recuerdo sí que una vez estando a su mesa y delante de varias personas, llamé su atención sobre los blindados chilenos que había tenido ocasión de ver en Londres y sobre la inferioridad naval en que ellos nos colocaban respecto de Chile, replicándome Pardo: Yo también he hecho construir ya dos blindados que se llaman el Buenos Aires y el Bolivia. De esto a comunicarnos el tratado del 6 de febrero, hay una gran distancia. Lavalle afirma que el tratado fue firmado cuando estaba en misión diplomática fuera del Perú, y que ni el propio presidente M. I. Prado se lo mencionó al momento de ser comisionado a Santiago.

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El historiador y diplomático peruano José Antonio de Lavalle

Una vez en el vapor (febrero de 1879) que lo conducía a Valparaíso, Lavalle pasó revista a los documentos que le había entregado la cancillería y descubrió, para su absoluta sorpresa, una copia del tratado secreto. Nunca se lo habían comunicado oficialmente y no podía utilizarlo en sus negociaciones.

Lavalle fue recibido en Chile (4 de marzo) en medio de un ambiente de hostilidad hacia el Perú. Los periódicos señalaban que esta misión era una maniobra de distracción por parte del Perú para ganar tiempo y comprar armas. A pesar de la adversidad, Lavalle pudo entrevistarse con el propio presidente Aníbal Pinto y negociar los términos de un arreglo pacífico (7 y 12 de marzo). Pero se encontró con muchas dificultades, la principal de ellas fue que las autoridades en Santiago sabían de la existencia del tratado de 1873.

Mientras sucedía esto en Santiago, el presidente boliviano Hilarión Daza, irresponsablemente y sin hacer consultas al Perú, le declaraba la guerra a Chile (14 de marzo) reclamando nuestra ayuda en virtud del acuerdo secreto.

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Presidente boliviano Hilarión Daza

En Lima, el representante chileno Joaquín Godoy se entrevistó con Prado y le reclamó la neutralidad del Perú. El presidente le respondió que no podía pues Manuel Pardo lo había dejado atado a Bolivia por un tratado de alianza secreta. Súbitamente, Godoy informó lo sucedido a su cancillería. A su vez, en Santiago, el gobierno de Chile le exigía a Lavalle que nos pronunciáramos neutrales a lo que nuestro enviado respondió que haría las consultas pertinentes. Lógicamente su mediación, pese a todos sus esfuerzos, había fracasado.

El gobierno de Chile entonces nos declara la guerra el 5 de abril utilizando como pretexto la existencia del tratado de 1873 (presentado como un complot contra Chile) y nuestra negativa de tomar una posición neutral en su conflicto con Bolivia. Así, el Perú se veía envuelto en una guerra víctima de sus propios errores y que, peor aún, no estaba preparado para ella.

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Presidente chileno Aníbal Pinto
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En 1873 Bolivia creyó conveniente firmar un tratado de alianza defensiva con el Perú. La decisión de la cancillería boliviana fue en respuesta a la expedición de Quintín Quevedo, un militar boliviano, partidario de Melgarejo, supuestamente armada y financiada desde Valparaíso en contra del gobierno boliviano de entonces. Se pensaba que un posible respaldo del Perú evitaría en el futuro aventuras de este tipo.

El documento se firmó en Lima el 6 de febrero de 1873. En el texto se puso especial énfasis que el tratado era estrictamente defensivo, obligando a los firmantes a defenderse de toda agresión exterior. En ninguna parte del texto se hizo referencia a Chile. Lo firmaron el canciller peruano José de la Riva-Agüero y el plenipotenciario boliviano Juan de la Cruz Benavente.

Lo censurable estuvo en ser un acuerdo secreto, y la diplomacia chilena se las arregló para conocer su existencia. Incluso a la cancillería de Santiago llegó una copia del tratado. Pero los gobiernos chilenos de entonces, estratégicamente, no lo denunciaron internacionalmente. Definitivamente lo tomaron como una carta secreta bajo la manga que en cualquier momento podían utilizar a su favor.

Los planes de Manuel Pardo, presidente del Perú en 1873, incluían a la república de Argentina, que debía sumarse a la alianza secreta. Quería aprovechar una disputa argentina-chilena sobre unos territorios en la Patagonia. Pardo veía en Argentina una aliada natural. Pero esta inclusión nunca llegó a realizarse pues el congreso argentino analizó detalladamente las posibilidades militares y políticas de Perú y Bolivia, así como una eventual alianza militar entre Chile y Brasil, países con lo cuales Argentina tenía disputas territoriales.

¿Porque firmó el Perú el tratado con Bolivia? Jorge Basadre escribió que se creyó conveniente resguardar las salitreras de Tarapacá, vecinas de las salitreras de territorio boliviano y amenazadas por el avance chileno. La alianza al crear el eje Lima-La Paz con ánimo de convertirlo en un eje Lima-La Paz-Buenos Aires, pretendió forjar un instrumento para garantizar la paz y la estabilidad en las fronteras americanas buscando la defensa del equilibrio continental. Como vemos, el punto de vista de los historiadores peruanos es que el objetivo no fue provocar sino contener a Chile.

De esta forma, quedó unido el Perú a un país como Bolivia, caótico, desprotegido y sin ningún poder militar (ni siquiera tenía escuadra). En efecto, era muy ingenuo por parte del Perú aliarse con Bolivia, un país anárquico en el cual cada gobierno tenía su propia forma de actuar. Sus distintos gobiernos tenían una actitud oscilante y muchas veces contradictoria respecto al Perú o a Chile.

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Grabado de pobladores de Atacama, según el viajero A. Bresson (1875)
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En el litoral boliviano, ubicado en el desierto de Atacama, existían importantes yacimientos de salitre o nitrato de sodio. El salitre por esos años era utilizado en la fabricación de explosivos y como abono en la agricultura. El conflicto se inició cuando empresarios chilenos y capitalistas británicos se dedicaron a extraer y exportar a Europa el salitre de Atacama, aprovechando la casi nula presencia del gobierno de La Paz en la zona.

Enterados lo bolivianos, iniciaron la protesta alegando que la incursión chilena era ilegal ya que su territorio se extendía hasta el paralelo 25°S. Pero Chile, sorprendiendo a la diplomacia de entonces, respondió que sus límites por el norte llegaban hasta el paralelo 23°S. No satisfechos los bolivianos siguieron reclamando su derecho hasta que se apoderó del gobierno de La Paz el dictador Mariano Melgarejo.

En en 1866, Melgarejo, influenciado por diplomáticos chilenos, firmó un polémico tratado reconociendo como límites entre los dos países el paralelo 24ºS. Asimismo, convirtió la zona en región económica compartida y estipuló que las ganancias de la explotación del salitre serían repartidas equitativamente por ambas naciones. Tras la caída de Melgarejo en 1871, este "tratado" fue repudiado por la opinión pública de Bolivia. No contaba además con la aprobación del Congreso, requisito sin el cual ningún documento de este tipo tiene validez jurídica. En los años sucesivos el caso se convirtió en un problema delicado que alteraba la paz y el equilibrio en la región.

Fue en este contexto (y por las tensiones entre Chile y Argentina por territorios en la Patagonia) que el presidente de chileno Federico Errázuriz ordenó la construcción, en 1871, de dos buques blindados en astilleros ingleses con la orden de trabajarlos "día y noche". Sin embargo, paralelamente a tales aprestos militares, Chile inicia un nuevo acercamiento con Bolivia y suscriben otro tratado de límites en 1874. El nuevo documento mantuvo como límite el paralelo 24ºS y Bolivia se comprometió a no aumentar los impuestos existentes sobre capitales e industrias chilenos durante un período de 25 años.

El conflicto se precipitó cuando en febrero de 1878 el presidente boliviano Hilarión Daza estableció un impuesto de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado del puerto de Antofagasta. Para los chilenos, Daza estaba violando el acuerdo de 1874. Pero el presidente boliviano (los chilenos argumentan que estuvo instigado por el Perú) insistió y ordenó que la Compañía de Salitres de Antofagasta pagase 90 mil pesos por concepto de derechos adeudados desde la publicación del "impuesto de los 10 centavos".

Luego Daza amenazó que si los empresarios chilenos no cumplían con el pago, reivindicaba para Bolivia las salitreras detentadas por la Compañía de Salitres de Antofagasta. Anunció, además, que el 14 de febrero de 1879 tendría lugar la venta pública de las propiedades incautadas. Chile rompió relaciones diplomáticas con Bolivia y ocupó militarmente Antofagasta en defensa de los intereses de sus ciudadanos. El Perú ligado a Bolivia por un "tratado secreto" de defensa mutua trató de mediar en un inicio, pero ante su negativa de declararse neutral fue también envuelto en el conflicto desde abril de 1879.

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Límites entre Perú, Bolivia y Chile antes de 1789
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El 5 de abril de 1817 los patriotas chilenos, al mando del general San Martín, lograban su independencia en la batalla de Maipú. Simbólicamente, el 5 de abril de 1879, el congreso de Chile autorizó la declaratoria de guerra al Perú e, inmediatamente, bloqueaba el puerto de Iquique. Así empezaba para nosotros la llamada Guerra del Pacífico, una contienda larga, sangrienta y agobiante.

La guerra estaba perdida, quizás, desde que el Perú quedó en franca desventaja militar frente a Chile cuando, en 1874, el presidente Manuel Pardo, por medidas de austeridad debido a la crisis económica, autorizó la reducción de los efectivos del ejército y la marina, y no llevó adelante la construcción de los buques blindados contratados por su antecesor José Balta. De esta manera, los gobernantes de entonces no previeron los planes expansionistas de Chile que desde 1836, según palabras de su ministro Diego Portales, reclamaba que la gran vocación internacional de Chile debía ser el mar, porque siendo un país marino debía orientar toda su política exterior a un control comercial del Pacífico sur. Para ello, eran vitales una gran marina mercante y una poderosa marina de guerra. Tampoco se tuvo en cuenta la advertencia que hiciera Ramón Castilla quien, analizando el comportamiento de los gobiernos chilenos, llegó a proponer que si Chile construye un buque, el Perú debe construir dos. De otro lado, la derrota no sólo se debió a nuestra condición militar sino también, como lo escribió alguna vez Jorge Basadre, al desorden político, al abismo social y al despilfarro económico del siglo XIX que convirtieron tan vulnerable al Perú.

Las causas del conflicto armado entre Perú, Bolivia y Chile fueron básicamente económicas: el control del salitre. De un lado estuvo Chile, intentando apoderarse de un rico territorio salitrero en el desierto de Atacama que en el derecho internacional no le pertenecía; y del otro, Perú y Bolivia, intentando, dramáticamente, de defenderlo.

Pero como veremos más adelante, esta situación no fue circunstancial. El control territorial del Atacama estuvo, desde los inicios de la explotación salitrera, en manos de empresarios chilenos y capitales británicos. La distancia geográfica, la anarquía política y la endémica crisis económica hicieron que el control peruano y boliviano sobre su riqueza salitrera fuese solo nominal o incluso inexistente en el caso de Bolivia.

Para el Perú, la guerra terminó completando la destrucción del país que había iniciado la crisis económica de principios de la década de 1870. En 1879 el sistema bancario peruano estaba quebrado y la agricultura, la minería y el comercio sobrevivían a duras penas. Las tropas chilenas arruinaron la economía, pusieron en evidencia la fragilidad del sistema político peruano, reverdecieron los antiguos enfrentamientos regionales entre el Norte y el Sur y privaron al país de la vital riqueza salitrera. Luego de firmada la paz en 1883 había que reconstruir el Perú desde los escombros, es decir, casi de la nada.

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Mapa del litoral boliviano antes de 1879
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A continuación, les presento una lista bibliográfica muy general sobre el siglo XIX peruano. Mucha de la información que estamos dando en estos días se basa en este material.

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Siempre se ha pensado que la fundación del Partido Civil, en 1871, respondió a la necesidad de los civiles de arrebatarle el poder a los militares y una respuesta a la ineptitud de éstos en manejar convenientemente los recursos del guano. Pero esta interpretación resulta parcial. En realidad, demuestra el surgimiento de la primera clase dirigente peruana que elabora un proyecto político nacional, con algunos representantes de las élites económicas e intelectuales de Lima y del interior del país, que permitiera llevar a cabo los cambios requeridos por el país. El civilismo buscó construir un Estado desde la sociedad urbana y apelar a la participación ciudadana para difundir el ideal republicano frente a tantos años de dominio caudillista.

El líder, Manuel Pardo y Lavalle (Lima 1834-1878), como representante de esta élite modernizadora quiso conciliar en política la doctrina con la realidad, y buscó fundar lo que él mismo llamó la república práctica, es decir el orden institucional, para alcanzar el progreso material y la verdadera libertad de los individuos. Pardo había desplegado durante su juventud una intensa actividad intelectual. Uno de sus más notables estudios fue el que publicó sobre Jauja (1863) en el que abogó por la construcción de ferrocarriles que permitiera integrar y articular el país, condición indispensable para alcanzar el desarrollo: Sin ferrocarriles no puede haber progreso material y sin progreso material no puede haber en las masas progreso moral, porque el progreso material proporciona a los pueblos bienestar, y el bienestar los saca del embrutecimiento y la miseria; tanto vale decir que sin ferrocarriles tiene que marchar a pasos muy lentos la civilización. Estuvo, además, entre los redactores de la “Revista de Lima”, vocera de la esta élite intelectual, una suerte de "Mercurio Peruano" de la época. En el campo de los negocios, participó como consignatario del guano, importador y agricultor.

Su vida política fue como una centella: rápida, brillante y trágica. Desde 1865, hasta su muerte en 1878, fue ministro de Hacienda durante la Dictadura de Prado; Director de la Beneficencia Pública de Lima en la época de la terrible epidemia de la fiebre amarilla que asoló la capital; Alcalde de Lima; fundador y jefe del Partido Civil; Presidente de la República y Presidente del Senado.

En las elecciones de 1872, la victoria de Pardo fue clara sobre sus más claros contendores. Pero su triunfo generó fuertes reacciones y absurdas actitudes como la de los hermanos Gutiérrez quienes representaban al sector más intolerante del ejército. Se sublevaron en Lima y trataron de obligar al presidente Balta anular los resultados electorales. Ante su negativa, decidieron asesinarlo lo que exasperó al pueblo capitalino quien capturó y ejecutó públicamente a los insurrectos. De esta forma, se cerraba, trágicamente, una de las páginas más bochornosas de la historia política del Perú decimonónico.

Pardo y los civilistas tomaron oficialmente el mando para el período 1872-1876. En el Congreso, el sector civilista era fuerte pero no lo suficientemente numeroso para controlar a la oposición. Nunca residió Pardo en Palacio de Gobierno. Vivía en su casa particular y allí recibía en audiencia a cualquier ciudadano sin fijarse en su posición social.

Como vimos ayer en este blog, era la situación económica lo prioritario a combatir. Las obras públicas de Balta habían incrementado la deuda externa, ahora imposible de pagar. El gobierno tuvo que recurrir a un fuerte ajuste presupuestal que no fue del agrado de muchos sectores, especialmente del militar. Una de las medidas que se tomó para incrementar los ingresos del Estado fue la nacionalización del salitre de Tarapacá, medida protestada por los particulares que hasta entonces explotaban dicho recurso que, finalmente, no tuvo los resultados esperados.

Otros síntomas de la crisis fue la suspensión del crédito externo, la interrupción de la adquisición de buques y armas, la reducción de los efectivos del ejército, la desaparición de las monedas de oro y plata de la circulación, la inflación de precios, la interrupción de obras públicas, el retraso en el pago de sueldos y montepíos y el aumento de la desocupación. Con el escaso dinero que tuvo, Pardo trató de impulsar la educación primaria declarándola obligatoria y gratuita, y fundó algunas escuelas técnicas. Como vemos, Pardo y el civilismo llegaban al poder para ser testigos casi impotentes de una de las peores bancarrotas que ha sufrido el Perú en su etapa republicana.

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Manuel Pardo y Lavalle
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En 1868 se inició el gobierno de Balta con la difícil tarea de reorganizar la administración pública y desarrollar materialmente al país. Sin embargo, el problema más delicado era el económico debido al déficit de más de 8 millones de soles que afectaba al presupuesto nacional, principalmente por la disminución de la venta del guano en Europa y los gastos generados por el conflicto con España. Por ello, el gobierno pretendía pedir un préstamo a los consignatarios del guano y cubrir la brecha presupuestaria; por su lado, en el Congreso existían voces por eliminar el sistema de consignaciones.

Fue en ese contexto que Balta llamó al ex-seminarista y periodista de oposición Nicolás de Piérola para asumir el ministerio de Hacienda. Cabe decir que en esos momentos, casi ningún político con aspiraciones en la función pública quería asumir la responsabilidad de tomar decisiones drásticas o impopulares frente a la agobiante crisis económica.

Piérola vio el problema con toda claridad. Los consignatarios nacionales no cumplían sus contratos con el Estado y retrasaban sus pagos debido a la disminución del precio del guano en los mercados europeos. Sucedió que los nuevos abonos químicos le hacían una feroz competencia. Por ello, especulaban con los cargamentos y los almacenaban en los puertos esperando el mejor momento para la venta del fertilizante. De este modo, el Estado no recibía puntualmente sus remesas impidiéndole programar sus gastos.

La solución era fácil pero al mismo tiempo delicada en aplicarse: quitarle el negocio del guano a los consignatarios y discutir nuevas condiciones con quien ofreciera mejores dividendos al país. Finalmente Piérola se inclinó por esto. Por ello, el joven ministro, de apenas 30 años, quien decía no representar a ningún grupo de poder, inició conversaciones con Augusto Dreyfus. Y el momento llegó.

El 5 de julio de 1869 se firmó en París el polémico Contrato Dreyfus por el cual el rico comerciante judío-francés, en representación de la Casa Dreyfus, se comprometía a comprar al Perú 2 millones de toneladas de guano por 73 millones de soles. Dreyfus debía adelantar 2 millones de soles en dos mensualidades al momento de la firma del contrato y asumió el compromiso de entregar cada mes, hasta marzo de 1871, la suma de 700 mil soles. Se encargaba, además, de hacerse cargo de todo el negocio del guano y a cancelar la deuda externa peruana haciendo uso de las ganancias obtenidas por la venta del abono.

Para el Perú era un buen negocio pues ya no debía preocuparse por los incumplimientos de los consignatarios. Además podía equilibrar su presupuesto, programar sus gastos y, como si esto fuera poco, se olvidaba del problema de su deuda con los acreedores ingleses. La reacción de los consignatarios nacionales fue violenta quienes basaban su protesta por ser “hijos del país”. Sus denuncias tuvieron eco en el poder judicial pero el Congreso, luego de encendidos debates, aprobó las condiciones del Contrato Dreyfus.

De este modo, se pensó orientar el dinero enviado por Dreyfus hacia obras productivas, especialmente en la construcción de ferrocarriles que, se pensaban, eran la vía segura al progreso. De esta forma Balta gastó enormes cantidades de dinero en implementar su política ferrocarrilera. Muchas líneas se construyeron, otras quedaron a medio hacer y las demás sólo fueron esbozadas en proyectos. Lo cierto es que al final el dinero de Dreyfus no alcanzó, el estado tuvo que volver a recurrir al crédito externo y afrontar el incontrolable déficit presupuestal.

Cuando Manuel Pardo asumió la presidencia en 1872 estas eran las cifras de la crisis: el presupuesto arrojaba un déficit de casi 9 millones de soles y el guano había reducido un 50% de sus ventas en Europa. En el congreso se desató un intenso debate llegando a culpar al régimen de Balta, y a su ministro Piérola, de ser los culpables directos de la penosa situación. La política ferroviaria había aumentado el monto de la deuda externa a 35 millones de libras esterlinas cuya sola amortización requería de casi 3 millones de libras, una suma equivalente a casi la totalidad del presupuesto.

De otro lado, la deuda interna ascendía a 13 millones de soles. Y como si esto fuera poco, el pago de los préstamos recibidos en 1870 y 1872 (12 millones y 37 millones de libras esterlinas, respectivamente) habían absorbido la totalidad de las mensualidades que Dreyfus quedaba comprometido a remitir al estado en virtud del contrato de 1869. Cebe mencionar que en 1872 el Perú tuvo el dudoso privilegio de tener la deuda externa más grande de Sudamérica en el mercado monetario de Londres.

A diferencia de épocas anteriores, ahora el estado no estaba en capacidad de conseguir más créditos en Londres para financiar sus gastos. Esto se agravó cuando en 1874 Dreyfus anunció que sólo cumpliría sus obligaciones hasta el año siguiente. Por ello, el gobierno de Pardo trató de obtener sin éxito, un sustituto de Dreyfus con la Societé Génerale de París y la Peruvian Guano en 1876.

Ese año se declaró la bancarrota financiera del Perú ante la imposibilidad de conseguir nuevos préstamos y asumir el pago de los anteriores. Esto llevó al civilismo a monopolizar y nacionalizar el salitre de Tarapacá sin ningún resultado positivo. Este sombrío panorama no solo originó la quiebra de los bancos de la época, sino la virtual ruina de la agricultura, la minería y el comercio. La creación de nuevos impuestos y la emisión monetaria no pudieron maquillar una crisis que hacia 1879, año que estalló la guerra con Chile, se volvía cada vez más agobiante.

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Augusto Dreyfus
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Pocas épocas en el Perú han dado lugar a tanto lujo y ostentación de la elite como en la "era del guano". Luego del empobrecimiento sufrido tras la independencia, la elite tuvo dinero suficiente para gastar y comportarse como las burguesías europeas. El culto a los artículos importados hizo rico a más de un comerciante que estableció su tienda en las calles del centro de Lima. Sumas enormes de dinero fueron derrochadas por esta elite en una desmedida importación de artículos de lujo. En Chorrillos, el balneario de moda, los nuevos ricos se dedicaban al juego y llevaban un estilo de vida opulento. En Lima se abrieron varios hoteles -como el Maury- y empresas de carruajes.

Hacia 1870, año en que se derrumbaron sus murallas, Lima contaba con poco más de 100 mil habitantes. Comenzaba por el norte con el Convento de los Descalzos y terminaba por el sur en la Portada de Guadalupe, muy cerca de la actual Plaza Grau. En el lugar que ocupaban las murallas se trazaron, a la manera francesa, avenidas en forma de boulevards que rodearon a la ciudad formando un cinturón de calles amplias y arboladas.

Además, se diseñaron parques decorativos con quioscos afrancesados como el Jardín de la Exposición (y su Palacio, hoy Museo de Arte) inaugurados con gran pompa por el presidente Balta en 1872. En efecto, en un área de 192 mil metros cuadrados se diseñaron jardines, arcos triunfales y fuentes; había un conservatorio de plantas, una glorieta turca, un teatro y una enorme figura de Hércules. En los salones del palacio se exhibían momias, sombreros de plumas, hachas, máscaras, la "Estela de Raimondi" y "Los funerales de Atahualpa" del pintor Luis Montero. También se exhibía, como una auténtica atracción, el fabuloso reloj del coronel-inventor Pedro Ruíz Gallo: daba las horas, los minutos y los segundos; señalaba los días, los meses, los años, las cuatro estaciones, las fases de la luna y el curso del sol; y tocaba, dos veces al día, el Himno Nacional.

Pero la influencia francesa no sólo se hacía sentir en el diseño urbano. La moda de París entusiasmaba a las mujeres y desplazaba a la saya y el manto tradicionales. La gente quería vivir nuevos tiempos y los gobernantes querían construir grandes obras públicas imitando el estilo de vida de los grandes centros mundiales. Un famoso baile de disfraces, con vestidos pedidos a Europa, se realizó en setiembre de 1873 en el recién abierto Club de al Unión. Las dos señoras que mayor suma de dinero llevaron en alhajas en aquella oportunidad fueron Rosa Elguera de Laos que vestía de Ana de Austria y Fortunata Nieto de Sancho Dávila, de Duquesa de Parma. Cada una llevó 50 mil y 40 mil soles respectivamente en joyas. Los 10 mil soles de diferencia, de Rosa Elguera, se debieron a una diadema de brillantes vendida por la joyería Raybaud de París.

La elite y los extranjeros de entonces también utilizaba su tiempo libre para hacer deporte. Los ingleses empleados de la Peruvian y la Casa Duncan Fox fundaron el "Lima Cricket and Lawn Tennis" (1865) y, por iniciativa de José Vicente Oyague y Soyer, se fundó el "Club Regatas Lima" (1875). Asimismo, apareció el tranvía remolcado por caballos que cubría la ruta Exposición-Desamparados (1871) y se construyó el Teatro Politeama con capacidad para casi 2 mil personas, que presentó en su función inaugural Il Trovatore de Guiseppe Verdi.

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Fotografía de la Plaza de Armas de Lima en la década de 1870
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Para Jorge Basadre, fue en esta época de bonanza en la que que apareció una “plutocracia” del dinero -en su mayoría comerciantes- bien diferenciada de los descendientes de la aristocracia virreinal que, en su mayoría, eran terratenientes. Es decir, que la vieja clase alta debió adaptarse a una sociedad donde el dinero, y no los títulos o los apellidos, empezaba a dominar.

Otros han propuesto hablar de una clase “rentista” (Shane Hunt), es decir, una sociedad conformada por un reducido círculo de familias muy ricas, amantes del lujo, pero sin espíritu empresarial. La riqueza de estas familias, todas consignatarias del guano, se formó sin esfuerzo tecnológico o creativo alguno y manteniendo, por esta razón, una alta tasa de desempleo. Esto se refiere a que al guano era extraído de las islas de Chincha por un puñado de apenas 600 o 700 trabajadores, en su mayoría chinos, con picos y palas, es decir, con una tecnología muy simple, no sofisticada. Y ese puñado de trabajadores extraía un recurso que estaba allí, no había buscarlo en las profundidades o hacerlo crecer. La inversión para extraerlo era mínima, a diferencia de la minería o la agricultura. Y esos pocos trabajadores, con instrumentos rudimentarios, financiaban más de la mitad de los ingresos del estado. Por último, para satisfacer su consumo suntuoso, a esta clase no le hacía falta crear más industrias o puestos de trabajo.

Desde otra perspectiva, se ha mencionado que estos empresarios del guano no pudieron convertirse en una “burguesía nacional” como consecuencia a su vez de la carencia de un mercado interno; así se explicaría el atraso del surgimiento del capitalismo en el Perú (Heraclio Bonilla). Esta nueva élite no creó una “industria nacional” con sus ganancias, se dedicó al mero comercio especulativo y cuando colocó parte de sus capitales en la producción y exportación de caña y algodón, por ejemplo, fue para convertirse en una clase rentista que se benefició contratando una mano de obra asalariada pero no capitalista (como los coolíes chinos quienes trabajaban en condiciones serviles) y para someterse a los precios de un mercado mundial que escapaba a su control. De esta forma, la mayoría de los integrantes de esta élite guanera era muy dependiente del mercado externo y no pudo elaborar un verdadero proyecto de desarrollo nacional.

Lejos de polémicas, lo cierto es que el estado peruano entregó, a través del pago de la deuda interna, parte de los beneficios del guano en manos de empresarios peruanos y así ayudó a formar una clase local de hombres de negocios.
Sin embargo, este grupo beneficiado, y que a partir del segundo gobierno de Castilla tuvo en sus manos el negocio guanero, se dedicó a gastar sus ganancias en pagar la importación de artículos de lujo, y en el caso de empresarios extranjeros invertir sus dividendos en sus países de origen. De esta forma, no surgió una industria nacional pues los nuevos ricos compraban de fuera todo lo que necesitaban. Los artesanos no recibieron beneficio alguno del guano.

Pero esta nueva élite no sólo importó de Europa artículos de lujo, sino también una buena dosis de ideología liberal y un nuevo estilo de vida a imagen y semejanza de las burguesías francesa o inglesa. Es decir, ella misma se modernizó pero no le interesó difundir los nuevos valores al resto de la población. Se reservó para sí la “modernidad” y mantuvo una visión aristocrática de la sociedad. No es difícil concluir, entonces, que la “era del guano” contribuyó a acentuar más la distancia entre la élite y una mayoría que siguió viviendo en un mundo tradicional y arcaico.

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Plaza de Armas de Lima a mediados del siglo XIX
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La década de 1870 se inició con la incontrolable fiebre de los ferrocarriles. Desde que Manuel Pardo y los redactores de la Revista de Lima reclamaron la construcción de "los caminos de hierro" y así dirigir las rentas del guano hacia obras productivas, se pensó que los ferrocarriles eran la vía segura al desarrollo. Por ello, el presidente Balta gastó enormes cantidades de dinero en implementar una política ferroviaria nacional. Muchas líneas se construyeron, otras quedaron a medio hacer y las demás sólo fueron esbozadas en proyectos. Lo cierto es que, al final, estas obras costosísimas no rindieron los resultados esperados y el país entró en una crisis financiera debido al incremento de la deuda externa y del incontrolable déficit presupuestal.

Balta, Piérola, Dreyfus y Meiggs son cuatro nombres vinculados a esta época de suntuosidad material en la cual se inscribe la política ferrocarrilera. No hubo departamento, provincia o distrito que no reclamara tal o cual obra pública, especialmente ferrocarriles. El plan de Balta respondía a la idea de articular el territorio nacional y los ferrocarriles permitirían no sólo el fomento de la producción sino también la movilización de los mercados internos en su vinculación con el comercio exterior. Decía el presidente que prefería gastar en ferrocarriles lo que otros habían derrochado en guerras civiles o conspiraciones. De este modo el dinero recibido a través del Contrato Dreyfus serviría para convertir "el guano en ferrocarriles".

El personaje asociado a esta locura fue Henry Meiggs, hombre de gran capacidad, decisión y astucia financiera que llegó al Perú en el momento preciso. A él se le encomendó la construcción de las principales líneas. De este modo, se emplearon centenares de trabajadores chinos, chilenos y peruanos, además del gasto que significó la importación de todos los materiales de construcción que iban desde las durmientes, pasando por las locomotoras, hasta el alcohol que debían consumir los trabajadores en los campamentos de la sierra.

Meiggs fue también dadivoso en determinados momentos. Por ejemplo, obsequió 50 mil soles con motivo del terremoto de 1868; subvencionó iglesias y casa de caridad; sin ser judío, donó el lugar para el cementerio destinado a la colonia judía; en el Callao, regaló el terreno para la aduana y el camal; y ayudó a artistas y escritores. Hábil en establecer contacto con los miembros del gobierno, amasó una gran fortuna que se vino abajo con él al acercarse los últimos años de su vida.

El dinero también faltó. Por ejemplo, la construcción del Ferrocarril Central se detuvo en Chicla hacia 1875 y su destino final hasta La Oroya sólo se pudo completar a principios del siglo XX. Otras líneas que no se culminaron por falta de recursos fueron la que uniría a Juliaca con el Cuzco y la que debió unir la Costa con la Sierra, empezando en Chimbote y llegando a Recuay, pasando por Huaraz. No debemos omitir, de otro lado, el gran lujo desplegado en las ceremonias de inauguración, especialmente cuando se colocó la primera piedra del Ferrocarril Central el 1 de enero de 1870.

De igual modo, se iniciaron los trabajos de construcción del llamado Ferrocarril del Sur para unir Puno con Arequipa, continuación del recién inaugurado ferrocarril Arequipa-Mollendo. También los de Pisco-Ica, inaugurado en 1871; Ilo-Moquegua, que comenzó a servir en 1872; Etén-Ferreñafe, construído por una hacienda azucarera; Chiclayo-Pátapo, Salaverry-Trujillo, Salaverry-Chicama, Iquique-Noria y Juliaca-Cusco. Otros ferrocarriles menores también se planearon: Paita-Piura, Pimentel-Chiclayo, Chancay-Huacho y Cerro Azul-Cañete.

De acuerdo a algunas cifras, el valor de los contratos realizados por el Estado para los ferrocarriles más importantes fue de 140 millones de soles, suma que ocasionó múltiples polémicas por tamaño gasto. A Dreyfus, que debía entregar al Estrado 73 millones de soles por concepto del contrato, se le pidieron adelantos y, cuando estos no eran suficientes, se recurrió al crédito externo. Esta descontrolada inversión fue el origen de la descomunal catástrofe financiera.

Sin embargo, a pesar de esta histórica inversión, la pregunta que cae por su propio peso es ¿fueron los ferrocarriles beneficiosos al país en la década de 1870? La respuesta es no. Los ferrocarriles no unieron al Perú de Norte a Sur como lo habían hecho los caminos incaicos. Solo fueron líneas que unieron haciendas y minas con diversos puertos y, de este modo, privilegiaron el sector externo antes de articular el país creando un sólido mercado interno, tal como lo había hecho, por ejemplo, Inglaterra por esos años. Como vimos, muchos de ellos no se culminaron por falta de dinero y otros quedaron destruidos durante la invasión chilena.

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Llegada del primer ferrocarril a Arequipa (1871)
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Durante el primer gobierno de Castilla, al amparo de una ley que promovía la inmigración, los trabajadores chinos fueron reemplazando a los esclavos negros en las haciendas de la costa. Los beneficios del trabajo de los coolíes lo percibieron de inmediato los terratenientes. Con el conocimiento ancestral que tenían del trabajo agrícola y con su esfuerzo físico permitieron el notable incremento en la producción de caña y algodón. El dinero del guano invertido y los altos precios de estos productos en el mercado externo, fueron parte confluyente que permitió la modernización y el enriquecimiento de muchos terratenientes de la costa.

Por ello, a pesar de las prohibiciones legales, como en 1853, y de las protestas internacionales, la llegada de los coolíes al Perú fue continua y creciente. Y en este interés no sólo estaban los hacendados sino también los contratistas que vieron en el tráfico de peones chinos un negocio muy lucrativo. De este modo, entre 1849 y 1874, llegaron alrededor de 87 mil coolíes a nuestro país.

Lo censurable es que el trabajo de los chinos se realizó en condiciones de semi-esclavitud por las duras condiciones de trabajo que debían soportar en las haciendas. Los malos tratos se iniciaban en el viaje desde la colonia portuguesa de Macao, en la China, hasta su llegada al Callao. En esa infernal travesía, que demoraba unos 120 días, los coolíes eran transportados en embarcaciones que no reunían las condiciones adecuadas de higiene; además de encontrarse hacinados, muchos morían o se suicidaban. Se calcula que fueron unos 10 mil los que perecieron durante el viaje.

La penuria continuaba en el Perú. El trato de los hacendados y sus capataces fue la continuación del trato a los esclavos negros. El uso de cadenas, cepos, látigos, cárceles, el torturante celibato, la exigencia opresiva del cumplimiento de la tarea o del horario, y el diario encierro nocturno en los galpones, fue algo cotidiano. Sin embargo, como en tantas épocas en el pasado, los chinos también crearon sus propios caminos de resistencia y rebelión ante un sistema injusto. Algunas fueron acciones individuales, otras colectivas pero casi nunca masivas. Con los chinos vuelven el cimarronaje o fuga, los tumultos, las rebeliones y los asesinatos. También aparece el suicidio como forma de protesta. Muchos terminaron por quitarse la vida, aunque otros murieron por desgaste físico, la mala alimentación o por el efecto de alguna epidemia o enfermedad.

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Peón chino en una hacienda de caña; nótese el cepo en los pies


Mencionamos que fue un sistema de semi-esclavitud porque de por medio existía un contrato de trabajo entre el hacendado y los peones chinos. El trabajador no era propiedad de un patrón al que podía dejar al momento de finalizar su tiempo obligatorio precisado en su contrato, generalmente de 8 años, y si le era conveniente aceptaba de manera voluntaria volver a contratarse con el mismo hacendado. Pero había un nivel, el contractual, y otro el de la realidad. Los coolíes debieron trabajar por 8 años para sus patrones por el pago de 1 peso semanal. Diariamente se les debía repartir poco más de medio kilo de arroz y una cantidad de carne o pescado (de cuando en cuando recibían un camote o un choclo para aderezar el arroz), y cada año se les daba una frazada y dos trajes. Casi nunca se respetaba el descanso dominical.

También era común encontrar en las grandes haciendas del norte un tambo o bodega donde los coolíes, si tenían los medios o las ganas, podían comprar tocino, té, pan o pescado para mejorar su pobre ración. Del mismo modo, podía encontrar el tradicional opio, traído por comerciantes ingleses, y fumarlo como pasatiempo o para “escapar” por un momento de su triste situación.

Cuando finalizaban su contrato fueron pocos los que volvieron a trabajar en las haciendas, y si lo hacían era en condiciones diferentes, como peones libres o asalariados. Otros, con el poco dinero ahorrado, se dedicaron al pequeño comercio dentro o fuera de las haciendas. Muchos de estos abrieron su bodega para venderles opio y otros artículos a los mismos coolíes.

Los que no escogían este camino se fueron asentando en los pueblos de la costa integrándose poco a poco, y no sin grandes problemas de adaptación y rechazo por el racismo existente contra ellos, a la vida de los peruanos. Por fin algunos pudieron formar familias pero sin abandonar sus valores tradicionales. Incluso dentro de las haciendas los coolíes recrearon sus costumbres ancestrales. Los hacendados no reprimieron esto y los dejaron continuar con su religión, celebrar sus fiestas (como el Año Nuevo chino) y fumar opio.

Otras de las tareas que debieron cumplir los coolíes fue la extracción del guano en las islas de Chincha. Un informe de 1853 señalaba que había 600 coolíes laborando. A cada uno se le asignaba una cuota de 4 toneladas diarias de guano para entregar al borde de las escolleras, y por esa cantidad recibían 3 reales diarios (8 reales eran 1 peso) ; de este jornal se les retenía 2 reales para su ración de comida. El mismo informe describe los azotes que se daban con frecuencia a los coolíes y reconoce que no pasaba día sin que se produjera un intento de suicidio: se arrojaban de los acantilados en la creencia, según alguna mitología de la época, de que resucitarían en su propio país. Con el paso de los años fue aumentando el número de coolíes en las islas llegando a casi 800 a finales de los años 60. Pero a pesar de la dureza del trabajo, los chinos también lograron ganar espacio para recrear sus tradiciones. Ya a mediados de los años 50 habían logrado implementar un teatro en las islas de Chincha en el cual hacían sus presentaciones en sus días festivos. Acaso la misma gravedad de su sufrimiento alimentó esas formas de evasión festiva.

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Campamento de trabajadores chinos en las islas de Chincha

Hacia finales de la década de 1860 la inmigración china afrontó algunos problemas serios a nivel internacional. En 1869 hubo abiertas quejas del exterior y los informes daban suficiente evidencia de que se trataba de una forma velada de esclavitud. Aunque se abrió una polémica periodística en Estados Unidos el gobierno chino no protestó pues consideraba a los emigrantes como “apátridas”. También Inglaterra repudiaba el negocio chinero. En ese contexto el Perú intentó buscar contactos diplomáticos con China para explicar su posición.

Pero el escándalo llegó cuando en 1872 la embarcación nacional “María Luz”, que traía coolíes desde Macao, fue retenida cuando hacía escala en el puerto japonés de Yokohama. Todo se desató cuando un chino escapó de la nave y se refugió en un buque británico denunciando los malos tratos de que eran objeto los pasajeros del “María Luz”. Las autoridades japonesas embargaron el buque, su tripulación y su carga humana. Este hecho, de gran repercusión internacional, obligó al Perú a modificar sus leyes de inmigración y enviar una misión diplomática a China encabezada por el capitán Aurelio García y García. Los últimos coolíes llegaron en 1874.

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Contrato de trabajo
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Las medidas populistas de Castilla al exonerar del tributo a los indios y liquidar la esclavitud negra tuvieron sus repercusiones en los gastos del Estado. La manumisión de casi 26 mil esclavos en 1854, por ejemplo, se hizo mediante el pago de 300 pesos por cada esclavo liberto a sus propietarios. El costo de esta medida fue de casi 8 millones de pesos y su financiamiento pudo ser posible gracias al dinero generado por el guano.

No es difícil sospechar que algunos propietarios declararon tener más esclavos que los que realmente tenían y así recibir mayor cantidad de dinero. Lo importante es señalar que esta medida puso en manos de la clase alta una suma importante de dinero para ser reinvertido en la agricultura. Parte del mismo se utilizó en contratar la llegada de trabajadores chinos bajo un sistema de esclavitud disfrazada.

En este sentido, es importante decir que el proceso de manumisión en el Perú fue lento y parcial. En 1821, San Martín declaró libres a todos los hijos de esclavas nacidos desde el 28 de julio y a los mayores que se enrolaran en el ejército. Los propietarios agrícolas protestaron y todo quedó en nada. Pero con los años llegó un momento en que los agricultores vieron que un esclavo era caro de mantener, rendía poco y que la mano de obra resultaría más barata convirtiendo a los esclavos en peones "libres", obligados a trabajar en la hacienda a cambio de alquilarles, en duras condiciones, una pequeña parcela de tierra. Así nacieron las llamadas "chacras de esclavos". De otro lado, en Lima, el 60% de los esclavos vivía en el área urbana dedicándose al servicio doméstico y no a tareas rurales.

El número de esclavos negros iba decreciendo con los años y el precio de cada uno también decrecía, evidenciándose una desintegración del régimen esclavista previo a 1854, año de la manumisión. Cuando Ramón Castilla decretó en Huancayo la histórica medida, el número de esclavos en el Perú era de casi 26 mil, cifra que representaba apenas el 1.3% del total de la población.

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Caricatura de Castilla referente a la abolición del tributo y la esclavitud


Por su lado, la eliminación del tributo indígena era una medida fácil, ya que para 1850 este rubro representaba menos de 900 mil pesos al año debido al empobrecimiento creciente de la población andina. Introducido desde el siglo XVI, el tributo indígena fue suprimido por San Martín en 1821 para ser finalmente repuesto en 1826 como una forma de atenuar la penuria financiera del Estado peruano. En 1830, el ministro de Hacienda, José María de Pando, opinaba que la experiencia de los siglos había demostrado que la "contribución" indígena había sido fijada con prudencia y perspicacia, y puesto que ella estaba tan arraigada por la costumbre, toda innovación sería peligrosa. De esta manera tan directa, el viejo tributo colonial quedaba legitimado para los nuevos gobernantes.

Durante al revolución liberal de 1854 llegó la hora de abolir el tributo indígena. Deseoso de ampliar su apoyo popular en contra de Echenique, Castilla canceló definitivamente el impuesto que pesaba sobre el conjunto de la población indígena. Para la economía peruana, esta medida contribuyó a reducir la producción agrícola con la consiguiente inflación de precios. La razón es que los indios debían generar excedente agrícola y comercializarlo para conseguir dinero y pagar el tributo. Ahora, desaparecido el tributo, ese excedente y su comercialización perdían sentido y las familias campesinas regresaban a una economía casi autosuficiente.

Pero esto no fue todo. Mientras funcionó el tributo muchos terratenientes o gamonales andinos se beneficiaban del trabajo de los indios y en reciprocidad les pagaban la "contribución". Ahora, al suprimirse el tributo, a la clase propietaria no le quedó otra alternativa que apropiarse de las tierras de las familias indígenas como una forma de seguir controlando su fuerza de trabajo. Como vemos, en lugar de beneficiar esta medida a los indios contribuyó a acentuar su desprotección. Por lo menos durante el virreinato había una legislación especial que velaba por sus tierras comunales que no podían ser usurpadas por criollos o mestizos.

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Fotografía de esclavo o ex esclavo negro en Lima
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El 16 de marzo de 1850, el régimen de Ramón Castilla aprobó la ley de "consolidación" de la deuda interna, que consistió en el pago de las deudas acumuladas por el Estado desde las guerras de independencia, incluyendo los años del caudillismo militar, en favor de los acreedores nacionales. La medida reconocía como créditos contra el Estado todos los préstamos otorgados voluntariamente o no, en especies o en dinero, efectuados por cualquier autoridad a personas o familias desde 1820. La operación significaba el final de tanto tiempo de frustración en reclamar dinero a un Estado prácticamente sin tesoro hasta la década de 1840.

Ahora quedaban dos posibilidades: pagar a la más amplia variedad de acreedores, incluso buscando favorecer directamente a quienes tenían menos recursos, o pagar a una minoría valiéndose de los mecanismos políticos. Lamentablemente, se buscó la segunda y comenzaron a formarse rápidamente verdaderas fortunas a costa del erario público. En suma, el pago de la deuda interna pudo ser el instrumento para incrementar la circulación monetaria y para democratizar el crédito; hubiera permitido, por otro lado, que algunos personajes accedieran a la clase alta o que, cuando menos, se ampliaran los sectores medios.

El escándalo empezó a desatarse cuando, al finalizar el primer mandato de Castilla en 1851, la deuda consolidada alcanzaba los 5 millones de pesos. Según el propio Castilla, el monto total de la deuda no podía sobrepasar los 6 o 7 millones de pesos. Pero el siguiente gobierno, el del general Echenique, reconoció más de 23 millones de pesos en vales. Una comisión investigadora señaló, en 1853, que los créditos reconocidos por el gobierno de Echenique llegaban a más de 19 millones de pesos en bonos, de los cuales 12 millones eran fraudulentos. Precisamente uno de los efectos sociales de estos malos manejos fue el alzamiento popular de 1854 liderado por Castilla para derrocar a Echenique.

Lo interesante es que ha quedado una gran variedad de documentos que revelan la profunda crisis moral de la administración pública y la gran "imaginación" de los beneficiados para, por ejemplo, alterar el monto inicial de su deuda falsificando firmas y documentos. Incluso se llegó a tal grado de abusos que se falsificaron las firmas de San Martín y Bolívar para cobrar supuestos préstamos levantados entre 1821 y 1826.

Si se revisa la lista de los "consolidados" se advierte que fueron los grandes comerciantes los que presionaron exitosamente para el pago de sus vales. Estrictamente, el 60% de los consolidados eran comerciantes y el 36% funcionarios públicos entre civiles y militares. Fue una minoría que no excedió las 50 personas y entre ellas no figuraban precisamente gente de escasos recursos.

También se ve con facilidad que detrás de todo esto se jugaban intereses de personas vinculadas por relaciones de clientelaje con los gobiernos de la época. Esto lo demuestra el caso de la revolución de Castilla en 1854: al parecer el Mariscal se sublevó contra Echenique por los manejos turbios de la consolidación, pero una vez en el poder efectuó procedimientos similares con las personas que lo apoyaron. De este modo, la efigie de Castilla, tantas veces glorificada, queda un tanto devaluada.

De otro lado ¿qué hicieron estos personajes con el dinero recibido? Unos lo invirtieron en agricultura; otros presionaron al Estado para beneficiarse con el negocio de guano convirtiéndose en consignatarios nacionales, reclamando su condición de “hijos del país”; y los demás lo derrocharon, sin invertir en industria, imitando el estilo de vida de la burguesía europea.

En síntesis, el pago de la deuda interna no contribuyó a impulsar el capitalismo o la modernización del país, sino, por el contrario, acentuó la desigualdad económica y social. Aún más: produjo una peligrosa ruptura entre el Estado y sus ciudadanos. En efecto, los sectores medios y populares no se limitaron a espectar pasivamente el "festín" de los bonos. En su contra se escribieron libros y apareció toda una literatura contestataria, muy agresiva, con ciertas analogías a las revoluciones europeas de 1848. Hubo alzamientos de Lima y Arequipa. Un ejemplo claro fue la comedia de Manuel A. Segura llamada El Resignado, en la que se recuerda el saqueo de una residencia limeña a los gritos de "¡Mueran los consolidados! ¡Viva la libertad!"

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Caricatura de Domingo Elías, hacendado y empresario iqueño, uno de los personajes que más se benefició del "castillismo". No solo fue uno de los principales "consolidados" sino que recibió, como lo demuestra el grabado, el negocio del carguío del guano en las islas de Chincha y la concesión del muelle de Pisco.

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En 1945 Ramón Castilla llegó a la presidencia inaugurando el primer momento de estabilidad política y administrativa que gozó el Perú en su vida republicana. Gobernó por dos períodos, de 1845 a 1851 y de 1855 a 1862; el paréntesis de 1851 a 1854 corresponde al general José Rufino Echenique, puesto por el propio Castilla en el gobierno. Castilla era un militar mestizo y más cercano al pueblo que la elite tradicional. Estaba muy por encima de los debates ideológicos. Era un político hábil con una concepción pragmática de las necesidades del país. Asimismo, puso en práctica un régimen autoritario y defensor del orden, aunque también dispuesto a permitir elecciones y cierta fiscalización del Congreso.

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Ramón Castilla y Marquesado

Pero sus gobiernos no fueron netamente represivos. Estimularon el primer programa de obras públicas que gozó el Perú e incluso se invirtió en educación. Esto se debió a que desde 1845 el país comenzó a experimentar el auge del guano. El clima templado y la ausencia de lluvias en el litoral hicieron posible que el excremento depositado durante siglos por las aves marinas quedara acumulado en los diversos islotes de la costa, especialmente en las islas de Chincha. Los europeos conocieron sus virtudes como fertilizante de la tierra y el guano se convirtió en la base de nuestra economía hasta 1879.

El problema fue que la "industria" local careció en un inicio de los medios necesarios para explotarlo. El capital, empresariado y mano de obra vinieron del extranjero, pero la propiedad del guano, como recurso natural, quedó en manos del Estado, que podía recibir ingresos directos derivados de su venta y exportación. Castilla se benefició de este dinero y tejió toda una red de poder que le permitió convertirse en uno de los políticos más exitosos del siglo XIX.

Durante su primer gobierno, Castilla invirtió en defensa nacional en previsión al avance chileno en el Pacífico, estableció el primer presupuesto, inició el pago o "consolidación" de la deuda interna, regularizó la deuda externa, puso en práctica el sistema de las consignaciones para el negocio guanero y permitió la llegada de peones chinos para laborar en las plantaciones de la costa y extraer el guano en las islas de Chincha. Por último, inauguró el ferrocarril Lima-Callao, obra emblemática del "castillismo".

Al término de su gobierno, puso en el poder a Echenique, quien logró la libre navegación por el Amazonas al firmar un tratado y una convención fluvial con el Brasil; su gobierno, sin embargo, cayó en desgracia cuando se descubrió todo un sistema de corrupción en el pago de la deuda interna. Liderando un revolución liberal en 1854, el propio Castilla derrocó a Echenique y se instaló nuevamente en el poder. Durante su movimiento, el hábil caudillo dictó un par de medidas populistas para aumentar su prestigio entre las masas: suprimió el tributo indígena y liquidó la esclavitud de los negros.

Instalado por segunda vez en el poder, Castilla le dio el negocio del guano a los peruanos “consolidados”. Ahora, convertidos en “consignatarios nacionales”, con el suficiente capital, pudieron reemplazar a los empresarios extranjeros en la venta del abono en Europa y obtuvieron enormes ganancias. De esta forma, Castilla quiso utilizar parte del dinero generado por el guano en formar una clase local con vocación empresarial.

Al mismo tiempo, Castilla se rodeó primero de liberales y luego de conservadores. Entre estos últimos estuvo el sacerdote Bartolomé Herrera, rector del Convictorio de San Carlos y acérrimo defensor del gobierno de las élites ilustradas. Herrera, una suerte de ideólogo del castillismo, hizo abolir la constitución liberal de 1856 por una moderada en 1860.

Ahora Castilla, un poco más politizado que en 1845, impulsó una corriente de solidaridad continental enviando ayuda económica, por ejemplo, a los mexicanos afectados por una invasión francesa. Asimismo, enfrentó con éxito al Ecuador en una guerra al firmarse el tratado de Mapasingue que ponía fin a una ilegal entrega de territorios peruanos que los vecinos del norte habían hecho a sus acreedores británicos. De otro lado, creó el departamento de Loreto, promovió la exploración y colonización de la amazonía, e inauguró una serie de obras públicas para modernizar Lima y otras ciudades del interior.

Luego de dos gobiernos aparentemente fructíferos, Castilla dejó el poder en 1862 y puso en el gobierno a Miguel de San Román quien tuvo un breve mandato pues falleció en 1863. Pero en esos meses, San Román puso en circulación una nueva moneda: el Sol en reemplazo del peso colonial. El vicepresidente Juan Antonio Pezet, también militar, asumió el poder hasta 1865. Con él se inició un absurdo conflicto con España.

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El presidente San Román en su lecho de muerte


Los españoles reclamaban el pago de la "deuda de la independencia" y pretendían embargar el guano peruano para satisfacer sus requerimientos. Una expedición científica, encabezada por Luis Hernández Pinzón, tomó las islas de Chincha, agudizándose la crisis. La guerra era inminente con la llegada de una flota de guerra dirigida por Manuel Pareja. Pezet entendió que el Perú no estaba preparado para una guerra y firmó un polémico tratado con los españoles, el Vivanco-Pareja. En él su gobierno reconocía la "deuda de la independencia" y se comprometía a cubrir los gastos de la flota invasora. La opinión pública se indignó con la noticia y una serie de revueltas se desataron contra Pezet. El coronel Mariano I. Prado capitalizó el descontento y derrocó a Pezet instalando una dictadura. Inmediatamente declaró la guerra a España y formó una alianza militar con Chile, Bolivia y Ecuador. Afortunadamente, los aliados consiguieron la victoria en 1866 en los combates de Abtao (7 de febrero) y el Callao (2 de mayo). A la flota española no le quedó más remedio que retirarse a la Península.

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Tropas españolas en las islas de Chincha

La dictadura de Prado culminó en 1868 con el golpe de estado del coronel José Balta. Pero Balta encontró un país en crisis: el precio del guano había bajado en Europa, los consignatarios del guano incumplían sus contratos y la guerra con España había ocasionado enormes gastos. El presupuesto tenía un enorme déficit. Estando así las cosas, Balta llamó al ministerio de Hacienda a Nicolás de Piérola. Este hizo firmar el célebre Contrato Dreyfus que despojó a los consignatarios nacionales del negocio guanero otorgándole a la casa Dreyfus de París el monopolio de su venta en Europa. Por la firma del contrato, el Perú recibió una fuerte suma de dinero para invertirla en obras públicas.

Balta y sus asesores entendieron que el dinero de Dreyfus debía ser invertido en la construcción de ferrocarriles a nivel nacional. El encargado de diseñar y construir los "caminos de hierro" fue el empresario norteamericano Henry Meiggs. Excediendo las posibilidades económicas del país, y recurriendo a más crédito externo, Balta quiso imitar los tiempos de Castilla e impulsó otra fiebre modernizadora: aparte de los ferrocarriles, emprendió básicamente obras de desarrollo urbano.

Lima fue la ciudad que más se benefició. Se construyó el hospital Dos de Mayo y el puente Balta sobre el río Rímac; las antiguas murallas coloniales fueron derribadas para permitir la expansión de la capital; se inauguraron el Palacio de la Exposición (hoy Museo de Arte) y el Jardín de la Exposición (hoy Parque de la Exposición). La idea era que Lima debía imitar el modelo de desarrollo de las ciudades europeas, especialmente a París.

Al final de su gobierno, Balta convocó elecciones y el principal candidato fue Manuel Pardo, quien había fundado el Partido Civil. Este partido, el primero de nuestra historia republicana, pregonaba el gobierno de los civiles, la modernización del estado y el impulso a la educación. Las elecciones se celebraron en 1872 y el triunfo le sonrió a los civiles. Pero el sector más conservador del ejército no aceptó el triunfo ni la prédica antimilitarista de los civiles y se rebelaron. Los hermanos Gutiérrez encabezaron el levantamiento y secuestraron al presidente exigiéndole la anulación de las elecciones. Balta no aceptó y fue asesinado por los rebeldes. Esto enardeció al pueblo limeño que se levantó y ejecutó en la Plaza de Armas a los Gutiérrez.

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Grabado de la ejecución de los hermanos Gutiérrez

Superada la crisis, Pardo asumió el gobierno de 1872 a 1876. Sin embargo, los civilistas no pudieron aplicar su proyecto debido a la situación de bancarrota en la que se encontraba el país. Las obras públicas de Balta habían elevado irresponsablemente la deuda externa. La imposibilidad de pagarla hizo que se cerrara para el Perú el crédito internacional. En una medida extrema Pardo nacionalizó el salitre, otro fertilizante, para reemplazar al guano. Además, logró crear algunas escuelas técnicas y firmó el tratado de alianza secreta con Bolivia que, como sabemos, fue el pretexto que presentó Chile para declararle la guerra al Perú y a Bolivia en 1879.

En 1876, mediante elecciones, asumió por segunda vez la presidencia Mariano I. Prado. La crisis económica se había profundizado por lo que su gobierno no pudo realizar obra pública alguna. Como si esto fuera poco, Manuel Pardo, que ahora se desempeñaba como presidente del senado, fue asesinado. Se trató de un complot militar, largamente madurado, donde prevaleció el odio a un estadista civil que podía retornar a la presidencia en cualquier momento. En medio de este cuadro sombrío el Perú ingresaba, en 1879, a la guerra del Pacífico. El conflicto completó la destrucción iniciada por la crisis económica de la década de 1870.
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Las islas de Chincha forman un archipiélago compuesto por tres islas guaneras y numerosos islotes al sur de Lima. Su ubicación exacta es 13 grados 38.3 minutos Latitud Sur y 76 grados 24.0 minutos Longitud Oeste, a 11 millas al noroeste del puerto de Pisco. Estas islas forman, en cierta manera, una defensa natural, por ese lado del mar, a la bahía de Paracas. A cada una se les conoce con los siguientes nombres: del Norte, del Centro y del Sur, de acuerdo al lugar que ocupan en la línea que forman.

Sus nombres en quechua serían, según algunos documentos coloniales, Urpayguachaca, Quillayraca y Churuyoc. Según María Rowstowroski, los antiguos peruanos tenían una mágica devoción por las islas guaneras, las cuales eran utilizadas como cementerios para sepultar los cuerpos de personajes notables y doncellas de la nobleza. Se han encontrado, por ejemplo, objetos de arte Mochica en estas islas, a cientos de kilómetros al sur de lo que fue el centro del territorio Mochica-Chimú.

Las islas tienen un color blanquecino debido a la gran cantidad de guano que depositan las aves marinas que habitan en su superficie. Sus acantilados son rocosos, con grandes cuevas erosionadas por el mar, a lo largo de su contorno, y se caracteriza por sus numerosos roqueríos, algunos de ellos sumergidos y otros a flor de agua. Históricamente, son las más productivas porque están muy densamente pobladas por guanayes, y, en menor número, por alcatraces y piqueros.

En 1853 existieron, tan solo en Chincha Norte, alrededor de 4 millones de toneladas de guano con acumulaciones de hasta 30 metros de altura. El guano de las Chincha es, además, el más rico pues alcanza, con frecuencia, contenidos de 15% y hasta 16% de nitrógeno. Esto se debe a que las condicione meteorológicas favorecen el rápido desecamiento del guano y así no pierde el nitrógeno.

Según los hallazgos arqueológicos, los primeros seres humanos que explotaron el guano de las islas de Chincha fueron los agricultores de los pueblos Nazca y Mochica durante el Primer Intermedio (o Intermedio Temprano), entre los siglos I y V de nuestra era. Algunos restos de varias culturas sucesivas (Chincha y Chimú, por ejemplo) encontrados en las islas, y la ausencia de objetos procedentes de otras culturas, indican que no en todas las épocas y no todos los pueblos conocieron o usaron el guano como fertilizante. Luego, durante la época inca, se conocieron las bondades del guano como lo demuestra el hecho de estar prohibido visitar las islas en tiempos del celo de las aves. Cronistas como Pedro Cieza de León, José de Acosta y Agustín de Zárate dan cuenta que durante el Tawantinsuyo, las islas guaneras estaban divididas entre las diversos valles y cada uno de ellos recogía el abono del islote o la parte del islote que le correspondía, para distribuirlo después entre sus agricultores. Cabe suponer, entonces, que el guano de las Chincha alimentaba a los sembríos de la costa central del Perú actual.

Luego de la conquista, se siguió sacando y empleando guano; sin embargo, nunca se pensó en su exportación. Su uso era doméstico y la explotación se hacía en pequeña escala, y quizá no hubiera más de 12 embarcaciones pequeñas que visitaran por año las islas de Chincha en los siglos XVII y XVII. Incluso, los viajeros del siglo XVIII decían que, en los valles de Ica, el abono, por ser tan fuerte en nitratos, debía ser mezclado con arena para no “quemar” las plantas. En la década de 1820, se vendían, dentro del país, por lo menos 1.700 toneladas anuales.

Hasta el siglo XIX, en ningún momento se pensó que el guano podía exportarse hasta que Alexander von Humboldt envió muestras del estiércol a los laboratorios alemanes (1802). También llegaron muestras a Estados Unidos (1824) y Francia (1832). Luego, en 1840, Justus von Liebig, padre de la química agrícola, reconoció el alto valor del guano como fertilizante al comprobar su gran contenido en nitratos y fosfatos; otro químico, el francés Alejandro Cochet, encontró que el guano contenía amoniaco, ácido úrico y subcarbonato de sodio. El británico Thomas Way, consultor de la Real Sociedad de Agricultura de Londres, lo recomendó como abono y calculó su precio en 32 libras por tonelada.

De esta manera, Europa se interesó por su compra y el guano de las islas fue reemplazando, lentamente, al estiércol del ganado o de los caballos que era utilizado desde la Edad Media como abono. En 1841, el buque “Bonanza” envió el primer cargamento a Inglaterra, y poco después fue necesario despachar 22 barcos más no solo a Inglaterra sino también a Francia, Alemania y Bélgica con más de 6 toneladas de registro. Hasta 1849, el precio del guano en el mercado de Londres osciló entre 25 y 28 libras por tonelada. A partir de 1850, el precio promedio fue de 18 libras hasta producirse su descenso durante la década de 1860 cuando entró al mercado el fertilizante químico (artificial). Inicialmente, el guano se extraía de las islas de Chincha en forma gratuita; disposiciones legales de 1830 así lo establecían. Pero cuando hacia 1840 el estado se dio cuenta de lo rentable que era para su exportación, tomó posesión del recurso y reglamentó su extracción.

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Fotografía de las islas de Chincha en el siglo XIX (colección Cisneros Sánchez)
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Desde 1845, con la llegada de Ramón Castilla al poder, el Perú inició un período de relativa paz política debido a que ahora los gobiernos gozaron de un ingreso económico inesperado: el guano. La exportación de este excelente fertilizante se hizo posible porque Norteamérica y Europa sufrían las consecuencias de una explosión demográfica en pleno siglo de la Revolución Industrial.

Hasta el estallido de la Guerra con Chile en 1879, el Perú exportó entre 11 y 12 millones de toneladas de guano que generaron una ganancia de 750 millones de pesos. De ellos el estado recibió como propietario del recurso el 60%, es decir, una suma considerable para convertirse a través de inversiones productivas en el principal agente del desarrollo nacional.

Si medimos la importancia del guano en la economía nacional podríamos decir que cuando Castilla hizo el primer presupuesto para el bienio 1846-1847, la venta del fertilizante representaba el 5% de los ingresos totales; años más tarde, entre 1869 y 1875, el guano generaba el 80% del presupuesto nacional. Con esta relativa bonanza se podía recuperar el crédito externo e implementar una política de obras públicas para modernizar al país.

El resultado, sin embargo, no fue tan alentador. El dinero generado por el guano fue gastado en rubros casi improductivos: crecimiento de la burocracia, campañas militares, abolición del tributo indígena y de la esclavitud, pago de la deuda interna y saneamiento de la deuda externa. Solo la construcción de los ferrocarriles y algunas inversiones en la agricultura costeña escaparon a este desperdicio financiero.

Hacia 1870, las reservas del guano se habían agotado y el Perú no estaba preparado para este colapso, cargado como estaba con la deuda externa más grande de América Latina en el mercado de Londres. Fue entonces que el país volvió a pasar de millonario a mendigo, sin nada que demostrar en términos de un progreso económico. El Perú no había podido convertirse en un país moderno con instituciones civiles sólidas.

La razón de este fracaso ha sido explicada por la falta de una clase dirigente peruana. Tanto los militares como los civiles surgidos bajo esta bonanza no pudieron trazar un proyecto nacional coherente. Dirigieron su mirada hacia el extranjero, apostaron por el libre comercio y compraron todo lo que venía de Europa arruinando la escasa industria nativa. Se convirtieron en un grupo rentista sin vocación por la industria. En especial los civiles no habrían podido convertirse en una “burguesía nacional” decidida, progresista o dirigente. Aunque, es preciso decirlo, hubo al interior de esta élite gente que, como Manuel Pardo, imaginaron un desarrollo alternativo para el país. El resto del país, esto es, los grupos populares, vivieron al margen de esta “prosperidad falaz” continuando en un mundo arcaico, especialmente la población andina. En 1879, quebrado y dividido, el Perú tenía pocas posibilidades de salir airoso en la Guerra del Pacífico.

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Islas de Chincha en el siglo XIX, principal yacimiento guanero
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El territorio actual del Ecuador correspondía a la jurisdicción de la Audiencia de Quito y formaba parte, desde 1542, del Virreinato del Perú; a partir de 1739, pasó a pertenecer al Virreinato de Nueva Granada. Su independencia tuvo dos momentos bien diferenciados: el inicial o de la "Revolución Quiteña" (1809-1812), en el cual se declara pero no se consigue la independencia; y el final, en el cual las fuerzas patriotas terminan por imponerse (1820-1822).

a. La “revolución quiteña”.- Se desató en el contexto de la invasión napoleónica de España cuando Juan Pío Montúfar y el doctor Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo encabezaron los movimientos que desembocaron en el 9 de agosto de 1809, en el que un grupo de patriotas organizó, en la casa de doña Manuela Cañizares, la Junta Soberana de Quito presidida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. El 10 de agosto de 1809, el presidente de la Audiencia recibía un oficio donde se le informaba su deposición en el cargo, por lo que tenía que abandonar el lugar; al mismo tiempo que se proclamaba la independencia de los territorios de Quito.

Los patriotas ecuatorianos hicieron realidad en este día los derechos de libertad que conformaban el ideario de los patriotas ilustrados. Los virreyes del Perú y de Nueva Granada enviaron expediciones militares que hicieron que la Junta Soberana de Quito permitiera la entrada del ejército español a la ciudad, desencadenando una activa persecución contra los patriotas ecuatorianos, y logrando así dominar la sublevación. El 2 de agosto de 1810 llega a un punto culminante la rebelión popular, que seguía manteniendo su proyecto independentista, y fue así que un grupo de ciudadanos desarmados asaltaron las prisiones para liberar a los presos; los motines se volcaron también en las calles y ocasionaron sangrientos enfrentamientos.

Para comprender el sentido y alcance de ese movimiento, así como las razones de su fracaso, es necesario mencionar uno de sus factores más importantes: los recortes de jurisdicción territorial. Durante los últimos años del periodo colonial, el control de Quito sobre sus provincias más periféricas se fue debilitando y éstas comenzaron a ser gobernadas cada vez más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales virreinales. Ese fue el caso, por ejemplo, de la actual provincia de Esmeraldas, cuyo gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregado de Quito entre 1764 y 1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán. Algo similar sucedió, a partir de 1802, con la región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La Real Cédula del 15 de julio de 1802 creó el Obispado y la Comandancia General de Maynas y los hizo depender de las autoridades religiosas y militares de Lima; asimismo, por la Real Orden de 7 de julio de 1803, el gobierno militar y político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a depender también de Lima.

Por lo tanto, la autoridad de Quito sobre la Costa y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las elites quiteñas jamás se resignaron ante tal situación y llegaron a proponer que la Presidencia de Quito, con inclusión de todas sus provincias, fuera elevada a Capitanía General, independiente de la pesada tutela de Bogotá y Lima. Ese proyecto era viable y representaba una vieja aspiración de Quito, pero el gobierno de Madrid no se decidió a aprobarlo. Por ello, cuando ese gobierno entró en crisis por la invasión de Napoleón a España, las elites quiteñas creyeron que no les quedaba otro recurso que el de tomar el poder para satisfacer sus aspiraciones geopolíticas. En síntesis, Quito sentía que el control de sus provincias se le iba de las manos y procuraban reafirmarlo, a la vez que procuraba aflojar los lazos que le sujetaban a las sedes virreinales. Algo parecido ocurría en cada región: cada capital veía con desagrado los intentos centralistas de Quito, pero al mismo tiempo insistía en su propia hegemonía interregional, que a la vez causaban resentimiento en las ciudades menores. Dentro de este marco, la Revolución Quiteña de agosto de 1809 puede entenderse como un intento de la capital por recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus provincias. En suma, esta fue la etapa más original del proceso independentista “quiteño”. Derrotada ésta, la independencia ecuatoriana se dio como parte de un movimiento continental, cuyas causas serían generales para toda la región y cuyos resultados, asimismo, tendrían caracteres similares en todos los nuevos estados.

b. El triunfo patriota y la creación de Ecuador.- A pesar de los tempranos movimientos separatistas, el ejército libertador, al mando del General Antonio José de Sucre, logró imponerse recién en 1822 en la batalla de Pichincha. Tras la victoria, la Real Audiencia de Quito se incorporó a la Gran Colombia, de la que también formaban parte Venezuela, Colombia y Panamá. Tras muchos alzamientos e intentos, y después de lograda la paz de la Gran Colombia en 1829, Ecuador alcanzaría realmente su independencia en 1830, habiendo sido designado presidente de la República el general venezolano Juan José Flores quien gobernó durante cinco años, reafirmando la emancipación y el espíritu de la declaración del 10 de agosto de 1809; asimismo, se realizó la redacción de su Constitución. La República quedaba dividida en tres departamentos: Quito, Guayaquil y Cuenca, durante la reunión de la primera Asamblea Constituyente en la ciudad de Riobamba, el 23 de septiembre de 1830. El general venezolano Antonio José de Sucre se dirigía hacia Quito para asumir la Presidencia, cuando fue asesinado el 30 de junio de 1830.

Ecuador nacía como un espacio desarticulado en lo geográfico, social, económico y político. Para comenzar, extensas zonas apenas si estaban conectadas con la "civilización": tal era el caso de casi todo el Oriente y la Costa norte, donde la presencia del nuevo estado era tenue. Pero también la zona "central" estaba profundamente dividida en cuatro regiones, articuladas por otras tantas ciudades: La Sierra norte (Popayán), la Sierra centro (Quito), la Sierra sur (Cuenca) y la Costa centro¬sur (Guayaquil). Cada región tenía su propia economía, sus propias relaciones de trabajo, sus propios ritmos demográficos y la autoridad del gobierno quiteño sobre ellas era limitada.

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Quito (siglo XIX)
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Comparto con ustedes mi texto que acaba de ser publicado en "Las guerras de este mundo. Sociedad, poder y ficción en la obra de Mario Vargas LLosa" (Lima: Planeta, 2008):

VARGAS LLOSA Y LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO


Juan Luis Orrego Penagos
Pontificia Universidad Católica del Perú




Hablar de La guerra del fin del mundo es sumergirnos en uno de los momentos más simbólicos de la historia del Brasil: el tránsito de la Monarquía a la República. Un país que se debatía en dos grandes causas: el abolicionismo y el republicanismo. En efecto, una de las tareas de la República fue emancipar a los esclavos en una sociedad donde Río de Janeiro, por ejemplo, tenía más esclavos que la Roma imperial. Convertir a esa masa humana, sin empleo ni instrucción, en ciudadanos era el objetivo central. En otras palabras, se trataba de transformar una sociedad y un sistema económico jerárquicos, basado en la esclavitud, en un estado-nación moderno definido por el territorio, con una constitución escrita y con ciudadanos iguales ante la ley y conscientes de sus derechos y responsabilidades.

El centro de la novela es un hecho histórico: Canudos era una hacienda abandonada al norte del Estado de Bahía donde, en 1893, se establecieron Antonio Vicente Mendes Maciel, más conocido como Antonio Conselheiro, y sus seguidores. En el corazón del sertao (tierras del interior) surgió una ciudad con una población que osciló entre los 20 mil y 30 mil habitantes. Estos derrotaron a varias expediciones militares enviadas para aplastarlos, a pesar de la desigualdad de fuerzas. En octubre de 1897, finalmente, tras una lucha de varios meses, Canudos fue destruida. Sus defensores, unos 5 mil en la fase apocalíptica de la guerra, murieron en combate o fueron capturados y ejecutados luego.

La "Guerra de Canudos", sin embargo, no fue un movimiento aislado. Pertenece al fascinante escenario del mesianismo brasileño que, entre 1800 y 1936, originó unos 7 movimientos debidamente registrados. Entre ellos podríamos mencionar:


1. El de Silvestre José dos Santos, llamado el Profeta, que estalló en Pernambuco en 1817, en una localidad llamada Rodeador con el propósito de fundar la Ciudad del Paraíso Terrenal. Según el Profeta, allí se produciría el advenimiento del Rey Dom Sebastiao con su ejército. En este lugar dominó a sus seguidores usando códigos y simbolismos católicos hasta 1820, año en que fueron masacrados por el Gobernador del Estado.

2. El segundo mesianismo apareció en vísperas de 1836, también en Pernambuco. Su líder fue otro “peregrino” quien predicaba que Dom Sebastiao estaba a punto de desembarcar y traer una gran riqueza a sus seguidores. De esta manera se creó una comunidad con sus propias leyes; la más polémica de ellas fue la que autorizaba a los hombres tener varias esposas. Las bodas, además, era celebradas por un sacerdote quien decía que el “peregrino”, Joao Ferreira, tenía derecho de pasar la primera noche con la desposada. El 14 de mayo de 1838, Ferreira empezó a realizar sacrificios humanos para “romper el encantamiento” y decapitó a su propio padre, derramando su sangre sobre unas rocas encantadas. Al día siguiente varios miembros de la secta habían muerto y las rocas estaban bañadas con la sangre de 13 niños.

3. El tercer movimiento, y el más grande y complejo de todos, fue el de Canudos. Como las biografías de los anteriores líderes, Conselheiro revela el perfil típico del renunciante. Sus dos matrimonios fueron desafortunados y su segunda esposa lo abandonó por un policía. Conselheiro vagó por el interior de Bahía reparando muros de cementerios e iglesias vestido con túnica, con la típica cabellera y una larga barba. Se creó todo un mito en torno a su vida.

4. Finalmente tenemos el movimiento de Contestado al sur del país, en una zona fronteriza disputada por los estados de Paraná y Santa Catarina. Se inició en 1911 bajo el liderazgo de José María quien murió en los primeros choques y fue proclamado santo por los rebeldes. A diferencia de Canudos, el movimiento no se limitó a un centro concreto, sino que se desplazó por diferentes puntos debido a la presión de las fuerzas militares. La rebelión fue sofocada en 1915, cuando los rebeldes fueron atacados y destruidos por 6 mil soldados del ejército y la policía, ayudados por mil civiles que se unieron a la represión.

Estos movimientos, especialmente los de Canudos y Contestado eran intentos a la vez populistas, heroicos, trágicos y, por qué no decirlo, absurdos de crear una forma alternativa, y fueron lo suficientemente peligrosos como para que tuvieran que ser aplastados brutalmente por las fuerzas militares. Sin embargo, esto no quiere decir que fueron totalmente opuestos a la estructura de poder de los coroneles. Recordemos que Antonio Conselheiro, antes de establecerse en Canudos, había sido miembro practicante del catolicismo, viviendo una vida ascética y nómada. Convocaba gente para construir y reconstruir iglesias. También construyó muros en torno a los cementerios y mostró interés por las pequeñas iglesias parroquiales del interior. También tenemos evidencias que, en esta fase de su vida era visto con buenos ojos por los coroneles, para los cuales sus disciplinadas huestes construyeron carreteras y pequeñas presas. Incluso el propio pueblo de Canudos no era muy diferente al tipo de asentamiento del interior. En él había un cierto grado de diferenciación económica y social, un nivel considerable de comercio con la las zonas circundantes y vínculos religiosos con las parroquias vecinas. En las coyunturas electorales, por último, Canudos era una fuente de votos e influencias.

Lo mesiánico de estos movimientos, tal como lo señala el antropólogo brasileño Roberto Da Matta, es que estuvieron formados y sostenidos por un liderazgo carismático y por la fidelidad de las masas. Se sitúan en la religiosidad popular y recrean cultos de origen africano y espiritistas, así como en estilos rústicos del cristianismo. Todos, prácticamente, tienen algunos elementos comunes:

1. Líder carismático y absoluto, como “madre”, “padre” o “santo” que es el responsable de su “familia” de seguidores que viven en una comunidad basada en normas especiales en contraste a las leyes universales de la vida social y, por lo tanto, opuestas a la vida nacional.
2. La “familia” cree que el líder está en contacto directo con fuerzas sobrenaturales debido a una experiencia extraordinaria.
3. La “familia” acepta que las normas establecidas por el líder serán seguidas por todos.
4. La “familia” cree que el líder posee facultades sobrenaturales (curar enfermedades o predecir el futuro) y tiene una comprensión infalible sobre la vida y la muerte. Esto lo hace capaz de guiar a sus seguidores, establecer un culto o formular planteamientos políticos.
5. Al rechazar las normas oficiales requieren establecer un espacio especial (templo, casa, ciudad) que sirve de escenario para los rituales de la secta.

Todos estos movimientos mesiánicos estallaron antes o después del advenimiento de la República. Pero la República, podríamos decir, fue un movimiento mesiánico creado por un golpe militar cuyo objetivo fue la unificación política del Brasil; su líder mesiánico era Augusto Comte y su lema rezaba: orden y progreso. Se trataba e transformar una sociedad y un sistema económico jerárquicos, basado en la esclavitud, en un estado-nación moderno definido por el territorio, con una constitución escrita y con ciudadanos iguales ante la ley y conscientes de sus derechos y responsabilidades.

No podemos sorprendernos, entonces, de que algunos sectores populares reaccionaran violentamente. En 1889, por ejemplo, el estado y la iglesia decidieron ejercer un control más severo sobre sus instituciones y personal; para ello fue necesario hacer observar normas escritas por oposición a la autoridad personal. De otro lado, en 1874, se impuso el servicio militar obligatorio que fue visto como una invasión autoritaria del hogar y un síntoma de que la meta de los republicanos era la destrucción de las costumbres tradicionales. Más adelante, en 1891, se institucionalizó el matrimonio civil; muchos interpretaron que esa ley abolía las antiguas preferencias tradicionales, como la unión de parientes cercanos; también se pensó que era subversiva porque no reconocía la validez del matrimonio religioso si no estaba acompañado del civil. En suma, se establecían leyes escritas y una serie de formalidades que eran administradas por anónimos funcionarios estatales y no por sacerdotes o los patrones como era lo tradicional. El mismo Conselheiro reaccionó contra esta última ley.

Por último, la construcción acelerada de ferrocarriles permitió la penetración de nuevas formas de comercio y estilos de vida al interior del país. Se terminaron de unificar los sistemas de pesos y medidas y los negocios e intercambios directos; también los nuevos precios y otros mecanismos de medida que permitieron calificar la pobreza y la riqueza. Todo esto, sin considerar, el establecimiento de nuevos impuestos para la joven República.

La “desgracia”, entonces, consistió en que ya no se podía vivir en una comunidad de personas compuesta de parientes, padrinos, amigos cercanos y enemigos bien reconocidos. Ahora la gente se enfrentaba a un nuevo sistema compuesto por extraños y una población flotante de personas, incluidos los inmigrantes, desvinculadas de la política local a los que solo le interesaban los negocios. En síntesis, el crecimiento de lo impersonal quebró la antigua moral familiar. Los republicanos tenían la ilusión que bastaba con emitir decretos para transformar un país tan vasto y complejo como el Brasil. No debemos sorprendernos, pues, que miles de personas, sobre todo del interior, no pudieron hacer frente a estos cambios y se cobijaron en alguien que renunciara a todo.

Los rebeldes de Canudos fueron acusados inicialmente de “monárquicos”. Luego vino a sumarse otro elemento: el rostro desconocido del enemigo. La opinión pública no entendía quién era, qué pretendía, qué lo motivaba, por qué resistía, en nombre de qué luchaba, qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado de cualquier camino. Con seguridad no eran brasileños: eran bandidos, fanáticos, herejes, perversos, animalescos, traicioneros, reaccionarios... Había que aplastarlos al grito de ¡Viva la República! ¡La República es inmortal!

Sin embargo, el final de la guerra y la manera cómo ese final fue conseguido causaron un trauma indeleble en el sector ilustrado de los brasileños. Las noticias fueron llegando: como el poblado no se rendía, fue ocupado lentamente en sangrientas batallas y la “solución final” fue lograda por el uso de una forma primitiva de napalm. Sistemáticamente se arrojó kerosene encima de los ranchos, después de lo cual se tiraban bombas de dinamita cuya explosión causaba grandes incendios. Periodistas y soldados vieron a sus habitantes incinerados, vieron cuerpos en llamas, vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego.

Todo el mundo se escandalizó: ahora los canudenses eran “brasileños” y “hermanos”. Muertos se volvieron compatriotas. Rui Barbosa, una gloria republicana, que antes se había referido a ellos como “horda de mentecatos y galeotes”, los llama ahora “mis clientes” y declara que va a pedir el habeas corpus para ellos, para los muertos, claro. Hay un proceso generalizado de mea culpa, es decir, una perturbación causada, en mucho, por el famoso libro de Euclides da Cunha, Os sertoes que relató así el final del conflicto: Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el agotamiento completo .... cayó el día cinco (de octubre), al atardecer, cuando cayeron sus últimos defensores, porque murieron todos. Eran sólo cuatro: un viejo, dos hombres adulto y un niño, delante de los cuales rugían rabiosamente 5 mil soldados.

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Mario Vargas Llosa no escogió la Historia como quehacer académico, sin embargo, a lo largo de su trayectoria intelectual siempre ha estado vinculado a ella como método de investigación para entregarnos grandes novelas. Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta o La fiesta del chivo son algunos ejemplos de un, a veces, colosal trabajo de reconstrucción histórica; incluso en sus memorias, El pez en el agua, o en sus ensayos periodísticos de la serie Piedra de toque, podemos notar lo que llamamos “ejercicio historiográfico”.

Esta inclinación por la Historia, creo, se consolidó por su relación, allá entre 1954 y 1955, con Raúl Porras Barrenechea, cuando tuvo que leer y fichar en la casa del célebre erudito las crónicas de los siglos XVI y XVII. Allí descubriría, como anota en El pez en el agua: "la aparición de una literatura escrita en Hispanoamérica, y fijan ya, con su muy particular mezcla de fantasía y realismo, de desalada imaginación y truculencia verista, así como por su abundancia, pintoresquismo, aliento épico prurito descriptivo, ciertas características de la futura literatura de América Latina".

Por ello, me parece pertinente referirme al trabajo de reconstrucción histórica que dio como resultado La guerra del fin del mundo, acaso la novela más total de Vargas Llosa. Me centro en aquella novela porque el trabajo historiográfico fue también "total", es decir, reunir y consultar un inmenso material documental, entrevistar a decenas de personas vinculadas por alguna razón con el hecho histórico y, finalmente, la visita al lugar de los acontecimientos.

Escribir la novela le tomó cuatro años. Inicialmente se enfrentó a un vértigo de información pues consultó, prácticamente, todo lo que se había escrito sobre la "Guerra de Canudos". El vértigo se inició al leer en portugués Os Sertoes de Euclides da Cunha, un manual de latinoamericanismo como confiesa el mismo Vargas Llosa. Si bien es cierto esa lectura fue para elaborar un abortado proyecto cinematográfico de Ruy Guerra la historia de Canudos atrapó a nuestro novelista. Siguió reuniendo material y, gracias a la ayuda desinteresada de mucha gente, tomó forma el proyecto literario. Una de esas personas fue Alfredo Machado, presidente de la editorial brasileña Record, quien le fotocopió centenares de páginas de artículos y libros sobre Canudos; asimismo Nélida Piñón y el historiador José Calazans, quizá el hombre que más sabía sobre Canudos. En Bahía trabajó en el Archivo Histórico y en la Biblioteca del Congreso de Washington reunió material que no encontró en el propio Brasil como la colección completa de O Jacobino, un periódico muy influyente durante los años del levantamientos.

El viaje al sertao lo emprendió gracias a la ayuda de Jorge Amado. Él le presentó al antropólogo Renato Ferraz, quien había sido director del Museo de Bahía y vivía, por ese entonces, en Esplanada una pequeña ciudad enclavada en el Sertao. Gracias a él conoció al milímetro la zona, anduvo por casi una treintena de poblados y pudo entrevistarse con decenas de personas. Finalmente llegaron a Canudos, que está al fondo de una laguna. Fue al monte donde estuvo la iglesia de los rebeldes y vio su cruz, plantada allí todavía, llena con los impactos de bala. Ese viaje fue dos años después de haber iniciado el proyecto de la novela. Él mismo confiesa: Fue el momento culminante del viaje. Hasta allí, el trabajo, para mí, había sido muy angustioso, pero desde ese momento hasta que terminé la novela, que fue dos años más tarde, me parece, trabajé con un entusiasmo enorme, dedicando a esto diez, doce horas al día. De esa forma vio la luz no un libro de historia ni una novela apegada a la historia sino, como lo reconoce el autor, una mentira con conocimiento de causa.

Como historiador, creo, que el mérito de Vargas Llosa fue regalarnos, a través de la literatura, lo que los historiadores siempre hemos soñado realizar: una historia total; un proyecto casi imposible, tal como lo intentó alguna vez Ferdinand Braudel en su libro El meditarráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Esa es, quizá, la sana envidia que tenemos los historiadores hacia los novelistas.

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Antonio Conselheiro
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El territorio actual de Bolivia, la Audiencia de Charcas o también llamado el Alto Perú, hasta 1776, había pertenecido al Virreinato del Perú. Ese año pasó a formar parte, con sus ricas minas de plata de Potosí, al recién creado Virreinato del Río de la Plata. En 1809, en el contexto de la invasión napoleónica de España, en Chuquisaca (hoy Sucre), un grupo de revolucionarios, al mando de don Pedro Domingo Murillo, lanzan al continente la primera proclama que declaraba abiertamente la independencia del Alto Perú del dominio español.

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Plaza Murillo, La Paz


La “revolución de 1809”.- Los sucesos de 1809 sirvieron como elemento detonante para que Buenos Aires se declarara independiente del gobierno español en 1810 y, a la vez, diferentes ciudades del Alto Perú promovieron una serie de pronunciamientos. En este contexto, Buenos Aires, temía la incursión de los realistas a su territorio poniendo en peligro su liberación y, con el propósito de asegurarla, envió hacia el Alto Perú sus Ejército Auxiliares.

El primero de ellos llegó al mando de Juan José Castelli, que derrotó a las tropas realistas (enviadas desde Lima por el virrey José de Abascal) en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810; luego, también desde el Perú, el general español José Manuel Goyeneche con un gran ejército logró derrotar a las tropas argentinas en la batalla de Guaqui, el 20 de junio de 1811.

El Segundo Ejército Auxiliar, al mando del general Manuel Belgrano, ingresó a territorio de Charcas, el 7 de mayo de 1813, después de derrotar al general realista Pío de Tristán, quien había perseguido a Castelli hasta territorio argentino. Belgrano tampoco tuvo éxito en esta campaña porque fue derrotado en Vilcapuquio el 1 de noviembre de 1813 y, por segunda vez, en Ayohuma el 14 de noviembre del mismo año. El Tercer Ejército Auxiliar, al mando del general José Rondeau, ingresó al Alto Perú después de vencer a los realistas en la Quiaca, el 17 de abril de 1815. En su avance hacia Cochabamba fue derrotado en Sipe Sipe, el 29 de noviembre de 1815 por Joaquín de la Pezuela (futuro virrey del Perú), quien había reemplazado a Tristán por su mala campaña militar emprendida en contra lo ejércitos argentinos. Estos acontecimientos políticos y militares obligaron al virrey Abascal a reincorporar el territorio de la Audiencia del Charcas al Virreinato peruano.


Pero al margen de las incursiones del ejército argentino a territorio alto peruano y de la reanexión al Perú, las guerrillas desempeñaron un papel sumamente importante en sembrar el sentimiento independentista de la actual Bolivia. El cura Ildefonso de las Muñecas cubrió el norte del Lago Titicaca, Sorata y Yavi; en el sudeste, entre Camargo y Cotagaita estaba Vicente Camargo, entre los río Grande y Pilcomayo, y en la Laguna Combatían los esposos Padilla; en el este entre Valle Grande y Santa Cruz de la Sierra, ponía en jaque a las autoridades españolas, el valiente guerrillero Ignacio Warnes, y por último en el sur o sea en Tarija estaban Eustaquio Méndez, Manuel Rojas y Francisco Uriondo. Fracasada la intervención militar de los tres Ejército Auxiliares, Pezuela el comandante realista que logró derrotar a Rondeau, ante la súbita aparición de grupos guerrilleros en casi todo el territorio del Alto Perú, organizó una cruenta arremetida entre los años 1815 y 1816, logrando paralizar prácticamente toda actividad subversiva y dando muerte a sus principales líderes como Padilla, quien cayó heroicamente en El Villar bajo la espada del comandante realista Aguilera, el 14 de septiembre de 1816. Vicente Camargo e Ignacio Warnes, también fueron derrotados sangrientamente por los españoles.

La independencia del Perú.- Controlados los guerrilleros del Alto Perú, desde la Argentina, José de San Martín organiza un ejército y cruza la cordillera de los Andes, y logra la independencia de Chile en 1818. De allí, en 1820, emprende una vasta campaña militar con el propósito de liberar al Perú, algo que logra, simbólicamente, en 1821, en Lima. Al retiro de San Martín, las tropas colombianas desembarcaban en el puerto del Callao bajo el mando del general Sucre. Luego llegaría Bolívar y el 1 de septiembre de 1823 se presento en Lima donde el Congreso le otorgó la jefatura militar.

Las conmociones políticas que vivía España influyeron decididamente para el fraccionamiento de las tropas realistas lo que favoreció al bando patriota. En este contexto, el general Pedro Antonio Olañeta, absolutista recalcitrante, se rebeló contra el virrey La Serna, que era de tendencia liberal y constitucionalista, porque se atribuía a éste el deseo de separarse de la monarquía para liberar al Perú del absolutismo que quería imponer Olañeta. Bolívar, aprovechando la división de los españoles, organizó prontamente un ejército formado por colombianos y peruanos y los derrotó en los campos de Junín y Ayacucho en 1824.

La independencia del Alto Perú.- Luego de la victoria de Ayacucho, y siguiendo instrucciones de Bolívar, el general Sucre entra en territorio boliviano el 25 de febrero de 1825. Su papel se limita a dar señales de legalidad a un proceso que los mismo bolivianos ya habían puesto en marcha. Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra, Valle Grande, Tarija y Cinti, ya se hallaban en poder de los patriotas. El 9 de febrero de 1825, el Mariscal Sucre convoca a todas las provincias alto peruanas para reunirse en un congreso que debía decidir el destino de la Nación. Pero el futuro del Alto Perú estaba sujeto a tres posibilidades que se abrían en el seno de la asamblea:

1. Proseguir la unidad con el Río de la Plata, incorporándose al conjunto de las Provincias Unidas.
2. Mantener la adhesión al Perú reconociendo las medidas de incorporación dictadas por el virrey Abascal como resultado de la revolución del 16 de julio de 1809 en La Paz.
3. Sostener con decisión la independencia absoluta del Alto Perú, no sólo con relación a España, sino también con referencia al Río de La Plata y al Perú.

Tanto Argentina y el Perú contemplaban esta tercera alternativa; en cambio, Bolívar, si bien no desautorizó públicamente a Sucre, le reprochó en carta privada esta iniciativa, pues entendía que alentar en ese momento un acto de soberanía de esa naturaleza, conspiraba contra los intereses de los demás países sudamericanos. Sucre anunció que obedecería lo mandado y, convocada nuevamente la Asamblea en Chuquisaca, 10 de julio de 1825, y concluida el 32, se determinó por unanimidad la completa independencia del Alto Perú, bajo la forma republicana, por soberana voluntad de sus hijos. Finalmente, el presidente de la Asamblea, José Mariano Serrano, junto a una comisión, redactó el "Acta de la Independencia", que lleva fecha del 6 de agosto de 1825, en homenaje a la Batalla de Junín ganada por Bolívar.

Luego se emitió un decreto que determinó que el nuevo Estado llevara el nombre de Bolívar, en homenaje al Libertador quien, a la vez, fue designado Padre de la República y Jefe Supremo del Estado. Bolívar agradeció pero declinó la aceptación de la Presidencia de la República, para cuyo cargo insinúo el nombre del general Sucre. El 18 de agosto, a su llegada a La Paz hubo una verdadera manifestación de regocijo popular; la misma escena se repitió cuando el Libertador llegó a Oruro, Potosí y Chuquisaca.

De esta manera, Bolivia nacía a la vida independiente con los territorios que correspondían a la Real Audiencia de Charcas de la época Colonial. Comprendía cuatro provincias convertidas en departamentos: La Paz; Chuquisaca con Capital Sucre; Santa Cruz con capital, Cochabamba y Potosí. Posteriormente, se creó el departamento de Oruro. Para la administración del nuevo gobierno se adoptó el sistema francés: el territorio dividido en departamentos; el departamento dividido en provincias; la provincia dividida en cantones y el cantón dividido en vicecantones. La autoridad que administraba un departamento se llamaba Prefecto, de la provincia subprefecto y del cantón y vicecantón, corregidor.

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Casa de la Independencia de Bolivia, Sucre
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El fin de la Confederación Perú-Boliviana y la muerte de Gamarra en Ingavi significaron la derrota de la sierra y de sus elites, y dio paso a los peores años de anarquía que vivieron los peruanos. Entre 1841 y 1844 se sucedió más de media docena de presidentes que, en su mayoría, no duraron en el poder sino unas pocas semanas. Sin duda alguna, la figura más interesante de esta galería de gobernantes fugaces fue Manuel Ignacio de Vivanco, quien, en su afán de construir una “república autoritaria”, a imagen y semejanza de la del Chile de Portales, inauguró un régimen con el pomposo título de El Directorio. Su breve mandato dio los primeros pasos para la modernización del Estado: reconocimiento de la deuda pública, elaboración de un presupuesto, implantación de escuelas y organización del poder judicial. Pero el autoritarismo y la personalidad del Director, a pesar del apoyo incondicional que le brindaba la población arequipeña, minaron su proyecto a favor de los caudillos “constitucionalistas”, liderados por Ramón Castilla.

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Manuel Ignacio de Vivanco

Lima se consolidaba como el centro político de la joven república peruana. Hasta la década de 1840 la antigua capital del colonialismo no había visto sino desastres. El militarismo, el caos político y la mediocridad económica, como señalamos, habían sumido en la penuria a una ciudad que no era ni sombra de su viejo esplendor virreinal. Pero estas luchas y pronunciamientos políticos de 1841 a 1844 que se daban en sus polvorientas calles, ya anunciaban un futuro menos incierto. Por esos años se producía el “descubrimiento” europeo del guano. Rico en nitrógeno y fósforo no lixiviado, era el mejor fertilizante natural que la humanidad conocía. Su demanda internacional creció explosivamente cuando agricultores europeos y norteamericanos adoptaron una “agricultura científica”: la prosperidad falaz, como la llamó Basadre, llegaba a estas tierras. El guano se encontraba muy cerca de Lima (en las islas de Chincha) y la ciudad sería la gran beneficiaria del tesoro guanero. La nueva y ansiada estabilidad supuso también un cambio en la procedencia social de sus líderes, siendo los provincianos de la sierra central y sur andinos sustituidos por costeños de clase media alta, ahora simpatizantes del liberalismo y de la economía de exportación. Esta elite, hábilmente aliada a los militares triunfantes como Castilla, decretaría, de otro lado, el monopolio estatal del fertilizante. Lima ya no tendría la competencia de ninguna otra ciudad y desde ella se trazaría el futuro del país.

En efecto, a partir de la década de 1840 se dio el verdadero despegue del comercio externo. La “era del guano” estaba empezando. En 1841, partía hacia Inglaterra el buque “Bonanza” con el primer cargamento del preciado abono. Poco después fue necesario despachar 22 barcos más hacia el mismo destino y hacia Francia, Alemania y Bélgica con más de 6 mil toneladas de registro. Hasta 1849, el precio del guano en el mercado de Londres osciló entre 25 y 28 libras por tonelada. A partir de 1850, debido a la sobreoferta, el precio promedio fue de 18 libras.

Según Shane Hunt, las exportaciones aumentaron en un 250% entre 1831 y 1841 y un 500% entre 1831 y 1851. Por su lado, las importaciones británicas y francesas aumentaron alrededor de 160% entre 1830-1834 y 1840-1844, mientras que entre 1830-1834 y 1850-1854 se dio un repunte del 350%. En su primera década, la venta del guano hizo varios milagros. Las exportaciones aumentaron desde menos de 700 mil dólares en 1845 (24,701 toneladas métricas) a más de 6 millones de dólares en 1853 (316,116 toneladas), lo que equivalía a las ¾ partes de todas las exportaciones; el resto era, básicamente, plata de Cerro de Pasco. Como vemos, esta inicial prosperidad está estrechamente vinculada con el final de la anarquía en 1845 y la llegada de Castilla al poder.

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Aves guaneras


Esta coyuntura, naturalmente, benefició a los comerciantes locales. Si hasta 1840 sus actividades ya eran rentables por la importación de mercancías, préstamos y créditos comerciales al sector privado y público, ahora, con la aparición del guano, sus ganancias se multiplicaron. Decenas de comerciantes llegaban a Lima y revitalizaban el maltratado Tribunal del Consulado. Las importaciones de manufacturas foráneas que llegaban al Callao se duplicaron y alcanzaron a los 6 millones de dólares entre 1845 y 1850. El guano les daba impulso para brindarles nuevos espacios para la acumulación, las finanzas públicas y los bienes importados. Por lo tanto, este sector comercial será la base sobre la cual se dará la recuperación de la época del guano cuando nuestra economía por fin encontró una forma de reinsertarse en el mercado mundial y el Estado, dominado por Castilla, establece un nuevo pacto con el sector privado.

Ramón Castilla y, luego, Domingo Elías se rodearían, básicamente, de una nueva generación, nacida, o en todo caso, educada, ya después de Ayacucho que va desplazando a la anterior, y trae consigo la influencia de las revoluciones liberales de Europa, especialmente la del 48. Fue la generación de intelectuales y comerciantes testigo del desorden político entre 1825 y 1845 y que había tenido el tiempo y la experiencia para darse cuenta de que la independencia por sí sola no resolvía los problemas del país. Se trataba, en buena cuenta, del círculo formado por estudiantes o graduados del Colegio de San Carlos que, paradógicamente, fue heredero de la reforma académica llevada a cabo por el sacerdote conservador Bartolomé Herrera. Fue la llamada “generación de 1848”. Citamos a Clemente de Althaus, Sebastián Barranca, Luis Benjamín Cisneros, Manuel Adolfo García, Numa Pompilio Llona, José Arnaldo Márquez y Ricardo Palma quienes formaron el nuevo liderazgo político y académico del país. A ellos se unirían otros, más jóvenes y educados fuera de San Carlos como Manuel Nicolás Corpancho, José Antonio de Lavalle, Manuel Pardo y José Casimiro Ulloa. Recién llegado de Europa, se integraría a ellos el pintor Francisco Laso.

Esta generación, la que Ricardo Palma definió como la “primera bohemia peruana”, consolidó su presencia pública en 1848, año en que Corpancho, Márquez y Ulloa editaron la revista literaria El Semanario de Lima. De hecho, su ubicación como grupo dirigente se iría poniendo gradualmente en evidencia. El Estado peruano, a partir del gobierno de Castilla, los fue incorporando en un evidente intento por formar una nueva elite política. Pero como anota Natalia Majluf: La generación de 1848 no llegó a constituirse en un partido ni a definirse bajo un único programa político. Aunque la mayoría adoptó una postura liberal, sus posiciones alternaron entre el radicalismo socialista y el liberalismo conservador. Tampoco mantuvieron una causa política homogénea e incluso se encontraron luchando en campos opuestos durante el ciclo revolucionario de la década de 1850. Pero coincidieron en criticar el caos generalizado de la temprana república, el peso del militarismo en la política y las costumbres coloniales que aún persistían en la sociedad peruana.

En este sentido, muchos de los que rodearon a Castilla propusieron reformas inspiradas en el liberalismo europeo: libre mercado de tierras, abolición de las corporaciones, fin de cualquier forma de proteccionismo económico y desplazamiento de la Iglesia de ámbitos como el de la educación pública. Algunos de estos planteamientos quedaron sancionados en el Código Civil de 1852, promulgado por Castilla. Fue la generación que hizo, ahora sí en serio, la transición del Perú al libre comercio como piedra angular del Estado y la economía. No hay que olvidar que este tránsito coincidió con la expansión del comercio y la caída de las barreras arancelarias en toda América Latina y en los mercados noratlánticos. Sin embargo, esta apuesta por el libre comercio dejaba marginados a los artesanos locales. La llegada masiva de artículos importados los afectaba directamente y sus demandas casi no fueron atendidas.

El país, como vemos, despertaba de su letargo. La elite se recomponía bajo la tutela de Castilla. Ahora, unos podían multiplicar sus ganancias; otros, reconstruir las fortunas familiares perdidas. La elite podía exigir respeto, debatir en serio el futuro del país y adquirir los hábitos de consumo europeos. Incluso aquella moda, tercamente arraigada, de las tapadas limeñas fue desapareciendo ante la fascinación por los trajes llegados del Viejo Mundo. Con las dudas y sospechas de los artesanos, una mentalidad más bien práctica, utilitaria, “revolucionaria” para la época, echaba raíces en Lima al amparo de las últimas corrientes del pensamiento europeo. La elite era más permeable a los extranjeros que llegaban. El Perú veía nacer, por último, algo parecido a un estado nacional. Había un Congreso, ministerios, códigos y presupuestos que, mal que bien, funcionaban. En 1853, por ejemplo, el presupuesto de la nación alcanzaba los 10 millones de dólares. Este fue el ambiente que no llegó a ver El Directorio de Vivanco. Fue el escenario en el que germinó y se consolidó el castillimo.

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La población peruana al inicio de la república fue calculada, según la Guía de Forasteros publicada hacia 1828, en 1’279, 726 habitantes y estaba distribuida de la siguiente manera:

Arequipa 136,812
Ayacucho 159,609
Cuzco 216,382
Junín 200,839
La Libertad 230,970
Lima 149,112
Puno 156,000

El Perú seguía siendo un país rural. La mayoría de sus pobladores eran indios que formaban parte de las “comunidades campesinas” creadas desde los años del virrey Toledo en el siglo XVI. Lima era, en 1836, la ciudad más grande con poco más de 54 mil habitantes. Si comparamos esa cifra con la de 64 mil en 1820 cuando San Martín entró a la capital, constatamos un descenso global de casi 15%. Era una ciudad que, además de su retroceso demográfico, no era ni la sombra de la antigua Capital de los Virreyes. Un capitán inglés, que había visitado Lima en 1821 y luego regresó en 1841, comentó: Ahora todo da impresión de pobreza y decaimiento; un cambio penoso de su anterior esplendor y riqueza. Esta apariencia se podía observar no sólo en la ciudad, sino también entre los habitantes. Familias enteras habían sido barridas y sus exservidores o extranjeros, se habían convertido en poseedoras de sus casas y propiedades. Esta decadencia urbana se observa también en las ciudades del interior como Cuzco y Huamanga. De otro lado, cerca de la mitad del país estaba compuesta por un territorio prácticamente desconocido: la amazonía. La demarcación territorial, además, estuvo mal definida y desató conflictos con Bolivia (1828) y la Gran Colombia (1829).

No hubo en estos años un centralismo sino más bien una desarticulación por el poco efecto concentrador del Estado y los centros urbanos. La ausencia de un poder centralizador permitió que las regiones ganaran autonomía o que creciera su aislamiento. El comercio interno se redujo a su mínima expresión, los caudillos se convirtieron en las auténticas fuentes de poder y el país devino en un territorio con varias regiones inconexas donde el ritmo de una poco o nada influía en la suerte de las demás. Los caudillos terminaron aprendiendo que una cosa era gobernar Lima y otra muy distinta conseguir el apoyo de las regiones.

En este sentido, funcionaron hasta cuatro circuitos comerciales o elites regionales casi autónomos: el agrario-comercial de Lima y la costa central y el de la costa norte y Cajamarca, el minero-agrícola de la sierra central y el agrario del sur andino, favorecido este último por el eje Arequipa-Cuzco-Puno. Las comunicaciones eran muy precarias puesto que a pesar de contar el Perú con cinco puertos mayores (Paita, Huanchaco, Callao, Islay y Arica), las antiguas rutas coloniales que habían comunicado a Lima con Arequipa, Cuzco o el Alto Perú sufrían un penoso abandono. Todo esto, añadido a la difícil geografía y a la peligrosa y creciente presencia de bandoleros y malhechores (un problema endémico de la época), viajar se convirtió en una aventura muy arriesgada. Naturalmente, la circulación monetaria disminuyó y en muchos lugares el intercambio sólo pudo efectuarse mediante el ancestral trueque.

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Grabado del primer escudo del Perú


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Como mencionábamos hace un par de días, la Confederación fue el proyecto político más ambicioso de este periodo. La idea era crear un gran estado sobre la base de los territorios del Perú y Bolivia, unidos históricamente por lazos geográficos y, sobre todo, económicos. De esta forma, el proyecto intentaba restaurar los viejos circuitos comerciales que habían unido y articulado a ambas regiones desde los tiempos virreinales. Andrés de Santa Cruz, líder de la Confederación, era un experimentado militar y astuto político. Comprendió ese fuerte sentimiento regionalista y aprovechó la débil conciencia nacional tanto en el Perú como en su propio país para llevar a cabo su proyecto que promovía, además, una política de libre comercio con Estados Unidos y Europa occidental.

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En los departamentos del sur la nueva noticia tuvo notable acogida, especialmente en Arequipa. Los arequipeños vieron reverdecer sus antiguos vínculos con el Alto Perú y ser los intermediarios del comercio entre Gran Bretaña y el sur andino. En el Cuzco hubo sentimientos encontrados. La antigua Capital de los Incas era la cuna de Agustín Gamarra y los curas, desde el púlpito, corrían la versión de que la imagen del Señor de los Temblores, de triunfar la Confederación, iba a ser trasladada a Bolivia. La manipulación religiosa y el temor de los artesanos (obrajes) ante una avalancha de mercancías importadas por el libre comercio de Santa Cruz, hizo que los cuzqueños, finalmente, no apoyaran el proyecto.

En Lima y la costa norte la oposición fue total. Su elite estaba resentida pues consideraba que el proyecto desintegraba al país. Como elite, además, perdía su influencia en beneficio de la sierra sur. De otro lado, los limeños eran comercialmente proteccionistas. Defendían tarifas aduaneras altas para proteger las mercancías nativas y contaron con el apoyo de los artesanos de Lima y con la cadena de obrajes de la sierra central y sur. Por último, esta elite, con los límites que antes vimos, mantenía un intercambio comercial con Chile. Del Callao salía la producción azucarera de la costa norte con destino a Valparaíso a cambio del trigo chileno. En síntesis, la idea de Santa Cruz atacaba en lo más profundo sus intereses económicos y su destino como elite. Salaverry y Gamarra fungieron como sus líderes. Esta elite se uniría a Chile y juntos acabarían con la Confederación.

Antes de la Confederación, las relaciones entre Chile y el Perú se habían deteriorado. El Perú no había cancelado el préstamo chileno para la campaña de San Martín de 1820 y 1821 y no tenía la intención –ni el presupuesto—para cancelarlo. Más adelante, en 1832, ocurrió el pleito de aranceles en torno al intercambio del trigo por el azúcar, diferendo que culminó en 1835. Sin embargo, la reconciliación duró poco debido al establecimiento de la Confederación en 1836.

Las relaciones entre Chile y la Confederación alcanzaron su punto álgido cuando en julio de 1836, el exiliado general Freire dirigió una pequeña expedición a Chile desde el Perú intentando derrocar al régimen conservador. Portales denunció la complicidad peruana y declaró el casus belli. Envió dos naves que capturaron tres navíos peruanos en el Callao. Santa Cruz, en respuesta, arrestó al representante diplomático en Lima, Victorino Garrido. Garrido y el Protector elaboraron un acuerdo que no fue aceptado por Portales. Luego, Mariano Egaña, dotado de poderes plenipotenciarios, viajó a Lima con un ultimátum que exigía la disolución de la Confederación. Como era predecible, Egaña fue rechazado y, antes de zarpar de vuelta, declaró la guerra. Ante el inminente conflicto, Portales tomó una postura decisiva. En su célebre carta a Blanco Encalada decía: La Confederación debe desaparecer para siempre… Debemos dominar para siempre el Pacífico.

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Diego Portales

En sus inicios, la guerra fue impopular en el país sureño. El reclutamiento obligatorio de soldados despertó animosidad y la oposición trató de capitalizar el descontento y conspirar contra Portales. La revuelta prosperó y el Ministro fue asesinado en Quillota el 6 de junio de 1837. El crimen, según El Mercurio de Santiago, aumentó la popularidad de la guerra y la elite chilena percibió el riesgo que representaba para sus intereses la unión del Perú y Bolivia, pues podía liquidar la aspiración de su país de controlar el comercio en el Pacífico sur. Ya Santa Cruz, al declarar “puertos libres” a Paita, Callao, Arica y Cobija, había ocasionado una crisis comercial en Valparaíso. Su producción de trigo, además, podía colapsar al perder el mercado peruano. Esto explica la gran acogida que recibieron en Chile los enemigos peruanos y bolivianos de Santa Cruz. Concretamente, los “emigrados” peruanos estuvieron en Santiago coordinando el ataque a Santa Cruz y prestando toda la información logística para invadir el territorio de la Confederación. Sin esta invalorable ayuda hubiera sido muy difícil el triunfo final chileno contra Santa Cruz y la Confederación.

La primera expedición contra la Confederación zarpó de Valparaíso (setiembre de 1837) con 2.800 hombres, entre ellos una columna netamente peruana, al mando de Manuel Blanco Encalada. Santa Cruz acorraló a los “restauradores” en las afueras de Arequipa y obligó a su comandante firmar un acuerdo en Paucarpata que garantizaba tanto la retirada de la expedición como el reconocimiento de la Confederación. El gobierno chileno rechazó de inmediato el Tratado y preparó una segunda expedición que partiría en julio de 1838. Mejor preparada, los chilenos, al mando de Manuel Bulnes, y con la decisiva participación de Gamarra y Castilla, ocuparon Lima y vencieron a Santa Cruz en Yungay en enero de 1839. Santa Cruz huyó a Ecuador y la Confederación, tal como Portales lo había deseado, desapareció para siempre.

Pero esta guerra entre Chile y la Confederación no podría reducirse a un conflicto comercial o una “guerra de secesión en los Andes”. En otras palabras: una guerra entre dos proyectos antagónicos de proteccionismos pragmáticos, el de Lima y Valparaíso, de un lado, y del interior surandino, del otro, que incorporaban el librecambismo en la competencia por el dominio marítimo. No hay que olvidar que muchos peruanos veían a Bolivia como un territorio peruano al que había que reconquistar. Por lo tanto, era inaceptable que la iniciativa venga de Bolivia. Este sentimiento no sólo sería representado por Salaverry o Gamarra, sino también por Castilla y Vivanco, entre otros caudillos, que terminaron refugiándose en Chile para atacar a Santa Cruz. Para los opositores más radicales, entonces, era la “unidad nacional” lo que estaba en peligro. Se trató de un momento crucial en el que se fue elaborando la idea de lo “nacional-peruano”. Cecilia Méndez opina que este sentimiento se canalizó a partir de la exclusión y desprecio del indio, simbólicamente representado por Santa Cruz.

La pluma del poeta y satírico Felipe Pardo y Aliaga resulta especialmente ilustrativa. Pardo enfiló sus baterías contra el Protector al que consideraba “extranjero” e “invasor”. Pero el Protector era más extranjero por ser indio que por ser boliviano. La idea de nacionalidad, escasamente velada en las sátiras de Pardo, implicaba un primordial rechazo al elemento indígena como requisito de nacionalidad. Por ello, sus escritos estuvieron salpicados de incriminaciones racistas al llamarlo “indio” o “cholo”, pese a que el padre de Santa Cruz había sido un criollo peruano nacido en Huamanga y educado en el Cuzco. El estigma venía de su madre, una india aymara de apellido Calaumana. En uno de sus despliegues más violentos, Pardo escribió:

De los bolivianos
será la victoria
¡qué gloria, qué gloria
para los peruanos!
Santa Cruz propicio,
trae cadena aciaga
ah ¡cómo se paga
tan gran beneficio!
¡Que la trompa suene!
Torrón, ton, ton, ton;
que viene, que viene
el cholo jetón
.


La segunda incriminación, la de “conquistador” adquirió una connotación también despectiva pues el delito no era ser conquistador, sino que un “indio” se atreviera a serlo:

Que la Europa un Napoleón
Pretendiese dominar
Fundando su pretensión
En su gloria militar
Qué tiene de singular?
Mas, que en el Perú lo intente
un indígena ordinario
Advenedizo, indecente,
cobarde, vil, sanguinario,
eso sí es extraordinario.

Pero Pardo no fue un personaje aislado. Sus letrillas cobraron tanta popularidad entre los opositores de Santa Cruz que algunas de ellas fueron musicalizadas y se cantaron en plazas, teatros y “jaranas arrabaleras”. De esta forma, sus escritos contribuyeron a formar la opinión pública desde antes que el caudillo paceño ingresara a Lima.

¿Era sólido el proyecto de Santa Cruz? Jorge Basadre opina que no. Sostiene que la intervención de Chile no fue temible sino por el descontento de los mismos peruanos y bolivianos. Aunque Santa Cruz hubiese vencido en Yungay, habría caído más tarde o, por lo menos, habría sucumbido su sucesor. A pesar de contar con una historia y un circuito comercial comunes, para reunir en las manos de un solo hombre territorios tan amplios, en los que las comunicaciones entre las ciudades eran precarias, el Protector necesitaba colaboradores inteligentes y leales con quienes contar con seguridad y una marina veloz (a vapor) para transportar con celeridad sus fuerzas y trasladarse él mismo a todos los puntos rebeldes. Hubiera, por último, tenido que congregar numerosos prefectos fieles a su plan. Eso, como sabemos, era sumamente complicado en un escenario sembrado de caudillismo.

Otra consecuencia negativa, añade Basadre, es que la Confederación hubiera provocado la fragmentación del Perú ya que en América del Sur varios estados se formaron debido a la dispersión de estados más vastos, como la Gran Colombia. Santa Cruz no hubiera podido ir en contra de la corriente en una probable ruptura entre las repúblicas del sur (Estado Sur-peruano) y las del norte (Estado Nor-peruano). En el caso de Arequipa, la existencia del Estado Sur-peruano o “República Sur-peruana”, como dijeron las monedas acuñadas allá, era un peligro para la unidad nacional. Con algunos años más de vida, se habría afianzado: en el caso de un colapso de la Confederación por muerte o derrocamiento de Santa Cruz (en fecha posterior a 1839) habría habido intereses creados resueltos a mantener esa entidad política y hasta anexarla a Bolivia. ¿Y la posible unión del Estado Nor-peruano con Ecuador?

A lo que Basadre dice cabría añadirle otros factores que hacían de la Confederación una ficción: la ausencia de una ética pública, el personalismo de los caudillos y el vértigo del poder y el caos. Incluso hoy, la los historiadores chilenos llegan a sostener que el gran error de Portales fue lanzar una guerra contra una entidad que se desmoronaría más temprano que tarde.

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Mapa de la batalla de Yungay

La Confederación, paradójicamente, tuvo más admiradores fuera de América Latina que dentro de ella. Sus observadores en Europa y Norteamérica vieron en el proyecto el advenimiento del orden político y administrativo en los Andes. La política de libre comercio también convenía a las potencias del Hemisferio Norte. Al fin Perú y Bolivia podían ser mercados accesibles luego de tantos años de proteccionismo o anarquía. Por estas razones, la noticia de la derrota de Santa Cruz en Yungay fue vista por los periódicos estadounidenses, británicos y franceses como una verdadera calamidad. En cambio, la actitud de las potencias hacia Chile fue negativa. Si en un inicio Portales tuvo la esperanza de que la ofensiva chilena pudiera ser un ejemplo que hiciera a su país más fuerte ante los ojos de los europeos, la Inglaterra del Atlántico se formó una mala opinión de la que aspiraba a ser la “Inglaterra del Pacífico”. El cónsul británico en Santiago, por ejemplo, presionó para un armisticio y para que Chile aceptara la mediación británica. Incluso, parece que una de sus reuniones con el gobierno chileno (diciembre de 1837) fue violenta: el cónsul habría amenazado con bombardear Valparaíso, perdiendo su habitual compostura. Luego, en 1838, el gobierno británico amenazó con intervenir para terminar con la guerra, pero no lo hizo.

Andrés de Santa Cruz surge como una figura fuerte administrativamente. Su obra de reordenamiento del Estado cuando fue presidente de Bolivia y el esfuerzo institucional que le dio a la Confederación así lo demuestran. El empresario alemán Heirich Witt, residente en Lima, nos da un perfil de su personalidad y de sus dotes como político, un perfil claramente tributario de la figura de Bolívar: Durante dos años las cosas no variaron y, en mi modesta opinión, desde la declaración de la independencia el Perú nunca estuvo mejor gobernado que en ese periodo… Tal vez era demasiado déspota para ser republicano y todo el mundo, incluso sus mejores e íntimos amigos, le tenían miedo. Nadie se arriesgaba a tomarse la más mínima libertad. Santa Cruz mandaba y todo el mundo obedecía. Su poder abarcaba tanto, que todo lo que tenía importancia pasaba por sus manos; no se tomaba ninguna medida cardinal sin su conocimiento; él mismo visitaba las oficinas de los diferentes ministerios y pobre el que no estuviera en su lugar, a la hora exacta y trabajando regularmente. No obstante, fue una figura débil políticamente hablando, al extremo que se ganó numerosos enemigos en Perú, Bolivia y Chile y su ideal no tuvo continuadores. Fue exiliado y terminó solo y sin patria.

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Fotografía del general Andrés de Santa Cruz, Protector de la Confederación Peruano-boliviana
Categoría: General
Publicado por: jorrego

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Es una tarea complicada definir a los grupos políticos de estos años. El desorden, la corrupción y el caudillismo hacían que la gente cambiara sus “lealtades” constantemente, especialmente los grupos populares. Asimismo, habría que considerar la desilusión de estos sectores que esperaban demasiado de los nuevos gobiernos. En este sentido, el viajero suizo Jacobo von Tshudi, testigo del ingreso de Santa Cruz a Lima, en 1838, nos presenta el ambiente que se vivió por la llegada de los bolivianos: Abrazaron el caballo de Santa Cruz y lo besaron desde los cascos hasta las orejas, levantaron a los generales de sus sillas y casi los ahorcaron por tanta ternura. ¡Y era la misma gente que, hacía pocas semanas, celebró con el mismo entusiasmo a Orbegoso, que se había levantado contra Santa Cruz, así como construyeron arcos de triunfo cuando Gamarra entró a Lima encabezando un ejército enemigo!

Una lectura más reflexiva del siglo XIX nos crea dudas respecto a si existió un liberalismo peruano. En el plano teórico, doctrinario, las diferencias entre liberales y conservadores eran claras. Los primeros se sentían hijos del Siglo de las Luces, defendían una concepción individualista del mundo, tributaria de las propuestas de Locke, Rousseau y Montesquieu. Por lo tanto, el origen de la soberanía se hallaba en la voluntad popular y las leyes se originaban por el consenso de los ciudadanos. En consecuencia, su base doctrinal no consideraba a la Providencia ni a la acción divina como fundamentos para la delegación del poder. La afirmación de sus ideales se plasmó más bien en la división de los poderes del Estado, el sufragio universal, la secularización de los gobiernos, la defensa de la propiedad, la tolerancia de cultos, la igualdad entre los hombres y la abolición de la esclavitud, de los fueros y de los gremios, expresiones del corporativismo de la sociedad del Antiguo Régimen. Los liberales no se sentían atraídos por la tradición y miraban con anhelo los logros políticos del mundo anglosajón, específicamente los logrados por Estados Unidos.

Los conservadores, en cambio, se vinculaban con las mejores manifestaciones del pasado asumido como paradigma y definido como “tradición”; es decir, el conjunto de creencias, instituciones que, además de proceder de tiempos anteriores, constituyen valores permanentes y superiores. Es por ello que el influyente Bartolomé Herrera, defendía la obra de España y su aporte civilizador, en el cual el cristianismo jugaba un papel fundamental. Pero la defensa de la “tradición” no estaba reñida con el progreso, siempre y cuando no altere el “orden natural” del mundo.

Los conservadores responsabilizaban a los liberales del caos y la anarquía, así como del empobrecimiento y la decadencia de la joven república. Quizá tenían razón. Los liberales defendían el derecho de movilizar a la plebe en su lucha contra los conservadores. En realidad, incorporaban en sus movimientos a montoneros, bandoleros y malhechores acentuando el caos y la violencia. Sus contradicciones resultaban, a veces, sorprendentes. Una de las razones es que siempre demostraron poca capacidad para interpretar y aceptar las diferencias heredadas de la sociedad virreinal. El jurista y enigmático Manuel Lorenzo de Vidaurre, reputado liberal, en 1827, al pedir sentencias para los acusados de apoyar un levantamiento, escribía: Son indios, negros, personas estúpidas, que oyen voz de naturaleza que impele la defensa de los derechos: no saben las reglas establecidas entre nosotros. Pocos son los discípulos de Locke. Como vemos, al referirse a la plebe se les agotaba todo su liberalismo. Sin embargo, en 1835, en su Proyecto de Código Civil Peruano, era un convencido de la igualdad entre los hombres y la eliminación de las diferencias ante la ley: ¿Qué distinción podré hacer entre siervos y libres? ¿Entre vasallos y soberanos? ¿Entre nobles y plebeyos? Mi pulso hubiera temblado, mi conciencia hubiera reprendido, el siglo me hubiera acusado… Entre nosotros todos los hombres nacen iguales, se desconocen las jerarquías, el respeto debido a los magistrados es el respeto que el ciudadano se debe a sí mismo: obedece la ley, no obedece al hombre. Al menos Gamarra, un caudillo autoritario era, según los parámetros de la época, más “realista” y “consecuente” cuando se refería a la plebe, en 1835, en lo siguientes términos: De nada sirve apoyarse en la opinión del pueblo: jamás se ha dado este nombre a una turba compuesta de mercenarios sin garantía, de descamisados frenéticos, de hombres cubiertos de crímenes.

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Manuel Lorenzo de Vidaurre, ideólogo liberal

Para los liberales, el mantenimiento del tributo indígena era, teóricamente, un contrasentido. Se trataba de un impuesto corporativo reñido con un orden republicano basado en el principio de igualdad. Pero, como sabemos, la penuria fiscal en estos primeros veinte años, hizo inviable su abolición. La joven república, entonces, tuvo que vivir con esta suerte de “excepción” hasta que, en los tiempos del guano, la contribución fue suspendida (1854) y su vacío fue cubierto con los ingresos del abono. Sin embargo, en 1867, un grupo “liberal” encabezado por José Casimiro Ulloa, pidió la restitución del tributo basándose en el principio de la “igualdad de los ciudadanos”. Y, siguiendo con la relación entre los liberales y los grupos populares, no podemos dejar de mencionar el caso de numerosos empresarios y políticos, teóricamente hijos de la Libertad que, antes de 1854, tenían esclavos o se beneficiaban del trabajo servil de los chinos en sus propiedades rurales. El “liberal” Domingo Elías, por ejemplo, era propietario de numerosos esclavos y, entre 1849 y 1853, tuvo el monopolio para traer peones chinos al país. Él mismo los utilizaba en el “carguío del guano” en las islas de Chincha y en sus fundos en Ica.

De otro lado, los liberales criollos defendieron la libertad de cultos basada en la supremacía de la conciencia del individuo. Su defensor más radical fue el sacerdote tacneño Francisco de Paula Gonzáles Vigil. En su Defensa de la autoridad de los gobiernos afirmaba que la conciencia de una persona es exclusivamente suya y, por lo tanto, se ubica más allá de la jurisdicción del Estado. Habla del “ateísmo político” y, recogiendo el ejemplo de los Estados Unidos, había que evitar el culto a un “Dios nacional” e impulsar la tolerancia a todas las confesiones. De otro lado, al igual que los ilustrados del XVIII, los liberales eras “deístas”, es decir, concebían a Dios como un “Ser Supremo”, creador del universo, pero que no se ocupa de sus criaturas, de tal forma que sus hijos son dueños de su propia libertad y destino. El “deísmo” influiría en la masonería, cuya versión criolla corresponde a la del liberal Francisco Javier Mariátegui, presidente de la Corte Suprema, o a Mariano Amézaga, profesor del Colegio Guadalupe.

Si en la teoría las diferencias eran relativamente claras, en la práctica siempre resultó difícil la confrontación entre liberales y conservadores. Hay cercanía respecto a su percepción negativa de la plebe. En este sentido, debemos tener en cuenta que ambos grupos descendían de la sociedad virreinal, tan jerárquica e inflexible. Es por ello que a mediados de siglo, al igual que sus pares en el resto de América Latina, los liberales peruanos adoptaron posturas centralistas y autoritarias, dejando atrás el federalismo y a los sectores populares.

Paul Gootenberg intentó demostrar que, en la práctica, en lo único que se diferenciaron estos grupos fue en la política comercial que se debía adoptar. Su tesis central es que tras la separación de España el Perú no cayó bajo el dominio británico y se frustró la posibilidad de implementar el “libre comercio”. El país cayó más bien en un aislamiento comercial y financiero y que la anarquía de estos 20 años fue la mejor defensa del país frente a las intenciones del imperialismo (británico, francés y norteamericano) por establecer el liberalismo comercial. Sostiene, además, que, dentro del caos, hubo una suerte de “soberanía económica”, alentada por la elite limeña que impuso medidas comerciales proteccionistas hasta 1850.

En cambio, la primera generación de “librecambistas” no era un grupo numeroso ni pertenecía a los grupos dominantes entre 1820 y 1845. Estaba conformado por los comerciantes extranjeros asentados en Lima y Arequipa, los cónsules de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, los intelectuales “bolivarianos” y la elite arequipeña. En este sentido, Gootenberg resalta las gestiones infructuosas de los cónsules de las potencias extranjeras ante los “gobiernos” de turno para lograr tarifas bajas de importación, garantías para sus comerciantes y tratados para establecer un sistema liberal de comercio. Descubre, además, que no fue el imperio de Su Majestad –como antes se suponía- el que más presionó para que se abran los puertos sino los Estados Unidos. El gobierno de Washington, a través de su infatigable encargado de negocios, Samuel Larned, pretendió atraer a los miembros liberales de la elite peruana e influenciar en la opinión pública –aun financiando periódicos- a favor de sus intereses. Cansado de sus continuos fracasos, Larned dejó de batallar y se retiró del Perú a fines de la década de 1830. Los británicos, en cambio, cuando vieron desvanecerse sus esperanzas liberales, fueron los primeros en alejarse de la política peruana y sólo adoptaron posturas defensivas contra los permanentes ataques de los “nacionalistas”. Dos veces los cónsules se retiraron, en 1828-33 y 1839-45. Los franceses fueron los que menos se entrometieron. Sólo estuvieron interesados en proteger el pequeño tráfico de artículos de lujo que realizaban los minoristas galos.

Los caudillos liberales, llamados “bolivarianos”, vinculados a las aspiraciones de comercio libre del regionalismo sureño –como Nieto, Vivanco, Vidal, Orbegoso y Santa Cruz- carecieron de apoyo tanto en Lima como en el estratégico norte y al interior del país. Al igual que Bolívar, carecieron de una base social amplia y segura en el territorio. El ejemplo de la Confederación Peruano-boliviana demuestra cómo siguieron dependiendo de fuerzas externas que determinaron su derrota con la invasión del “partido” de militares “nacionalistas” apoyados por Chile. Por su lado, sus intelectuales –como Manuel Lorenzo Vidaurre, José María de Pando, Manuel García del Río y Manuel del Río-, herederos también de la ocupación bolivariana, demandaban no sólo la reducción de las tarifas aduaneras sino el desarrollo de un modelo económico orientado a la exportación al mercado europeo. Pero permanecieron como simples ideólogos y sin ningún apoyo de la elite. La llamada “elite sureña”, con su centro en Arequipa, por su temprana inserción al mercado inglés a través de la exportación, por los puertos de Islay y Arica, de lanas, salitre y quinina, defendía el libre comercio y veía al mercado de Bolivia (Alto Perú) como La Meca para sus intereses. Su derrota en la Confederación, entonces, la habría debilitado.

Pero la razón más importante del fracaso de esta primera generación de liberales fue la fragilidad política del país. No encontraron un Estado local fuerte y estable capaz de manejar el libre comercio, la integración financiera, convenios y estabilidad económica, elementos esenciales para una política de liberalización. De otro lado, los cónsules no podían hallar una elite nativa colaboradora y confiable. La ida y venida de gobernantes, burócratas y políticas, así como el caos social y la depresión material hacían fracasar cualquier incentivo liberalizador. Digamos que el arma secreta del Perú contra las presiones del imperialismo era su absoluta impredecibilidad. Apunta que habría que tener en cuenta que se trataba de Estado empírico, en formación, nacido del molde hispánico, cuya clase dominante mantenía la herencia de la soberanía diplomática, en parte originada de la tradición anti-anglosajona. Incluso los ideólogos más liberales, como Pando y Vidaurre, resistieron a las presiones que venían de fuera. En suma, lo cierto es que, en vez de promover a la liberalización, la intervención extranjera intensificó el proteccionismo.

Este “nacionalismo”, propio del partido proteccionista es un elemento clave para entender la formación del Estado peruano. Al momento de la Independencia las elites peruanas carecían de una conciencia nacional. Había un Estado artificial dividido por regionalismos, el desmembramiento externo (como en los tiempos de la Confederación) y las presiones políticas de las potencias de Ultramar. En ese escenario, el territorio peruano bien pudo terminar balcanizado como la Gran Colombia o las federaciones centroamericanas. Sin embargo, esto fue evitado por la rápida formación de una elite en las décadas de 1820 y 1830 que, alimentada por un temprano nacionalismo económico, transformó los intereses de Lima y la costa central y norte en un Estado. En estos años, su lucha contra los “extranjeros” aceleraba el “nacionalismo” de los hijos del país. En conclusión, sin esa temprana, a veces incoherente, pero oportuna dosis en defensa de la economía local el Perú, quizá, no habría podido continuar como Estado.

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Bartolomé Herrera, ideólogo conservador