Archivo de julio 2008
La Independencia tuvo un costo económico muy alto para el país. La separación de España no trajo, como soñaban los liberales, el auge comercial al eliminarse las restricciones mercantiles. La producción decreció, virtualmente se perdieron los antiguos mercados como el Alto Perú, Chile y Quito, el crédito escaseó y la renta per cápita tardó en recuperarse. Esta pérdida de mercados erosionó considerablemente a la agricultura costeña y a sus terratenientes. Además, la vida política, inestable y, por momentos, corrupta, no garantizaba ningún tipo de inversión. En 1834, por ejemplo, el cónsul británico Belford A. Wilson, informaba a su gobierno lo siguiente: Sobre la existencia de este Sistema de Soborno, yo simplemente creo que ningún funcionario público en el Perú se halla completamente exento, algunos pueden ser conquistados a menos precio que otros, pero todos, desde el último Presidente, el General Gamarra para abajo, están infectados con este vicio. La justicia en el Perú ha sido hasta ahora, y parece que continuará siendo, alcanzada tan sólo por el “soborno”.
El desorden era tal que ningún gobierno pudo implementar un modelo económico claro, menos un presupuesto. Los ingresos más importantes con los que podía contar el nuevo Estado eran las rentas de aduana, el tributo de los indios y los “cupos” de guerra que levantaban los caudillos. Es lógico suponer, además, que el principal gasto que tuvieron los regímenes de entonces fue el orden interno, es decir, garantizar su permanencia en el poder. El crédito externo, por último, estaba suspendido.
La agricultura, actividad a la que se dedicaba la mayor parte de la población, había acentuado su crisis. Muchas haciendas habían sido destruidas por las guerras y perdieron trabajadores. En la costa, por ejemplo, cientos de esclavos aprovecharon la presencia de los ejércitos libertadores y se enrolaron en la lucha bajo la promesa de conseguir su libertad. Los hacendados tuvieron que sobrevivir con solo algunos esclavos, peones libres e indios yanaconas. Por ello, los viajeros que recorrían la costa compararon su agricultura con la Venus de Milo: carecía de brazos. Otro problema de los hacendados era la escasez de crédito. Tuvieron que depender, cuando podían, de los préstamos costosos (alrededor del 18-24% anual comparado al 4-6% anual de los censos durante el Virreinato) de los comerciantes usureros o prestarse entre ellos mismos. En la sierra, la agricultura, tanto para los gamonales como para las comunidades indígenas, quedó en un nivel casi de subsistencia. Todo esto demuestra que los hacendados, por su debilidad económica, no pudieron convertirse en grupo dirigente y tuvieron que cobijarse en los caudillos para defender sus intereses.
Por su lado la minería, luego de colapsar por las guerras independentistas, se recuperó lentamente. Antes de la aparición del guano, fue el sector más importante de la economía y, al igual que en los tiempos virreinales, la plata su principal producto de exportación. Pronto se reabrieron las minas de Cerro de Pasco, Hualgayoc (Cajamarca) y otras más pequeñas en Puno y Arequipa. La producción de Cerro de Pasco era la más importante con cerca del 70% del total nacional entre 1840 y 1843, su momento más auspicioso, llegando prácticamente a igualar los niveles más altos de la producción tardío-colonial. Pero, al igual que los agricultores, los mineros también tuvieron que sufrir el problema de la escasez de capital. No hubo, como en el Virreinato, “bancos de rescate” (instituciones de crédito a largo plazo formadas con protección estatal y administrados por el gremio minero) que apoyaran a las minas. Tuvieron que depender del crédito usurero de los comerciantes. Pero los mineros sólo recibían crédito a corto plazo de los prestamistas de Lima y sólo para la comercialización del mineral. La inversión a largo plazo en la minería no era parte de las actividades financiadas por los comerciantes. Dicha inversión era esencialmente autofinanciada por los mineros (Quiroz 1993). Otro problema fue el suministro de mercurio, insumo básico para la purificación de la plata: a partir de 1830, tuvo que ser importado de España porque las minas de Huancavelica habían cerrado. Esto encarecía aún más los costos de producción. Los mineros también tuvieron que recurrir a los militares para defender sus intereses y se vieron obligados sistemáticamente a dar cupos de guerra.

Ciudad minera de Hualgayoc (Cajamarca) a finales del XIX
Los comerciantes, básicamente los de origen extranjero, fueron los únicos que gozaron de una situación relativamente cómoda. En un inicio, los traficantes británicos aprovecharon la Independencia e inundaron el mercado peruano con sus mercancías. Pero hacia 1825 y 1827 el mercado se satura y las importaciones se estancan. Los británicos pierden cerca de 1 millón de libras esterlinas en su primera aventura con el mercado peruano. Muchos se desalentaron y quebraron. Solo las casas comerciales con experiencia y solidez previas, como la Casa Gibbs & Sons, instalada desde antes de la Independencia (1818), subsistieron. Las cifras que conocemos nos indican que, en 1824, había solo 240 ingleses residentes en Lima, 20 casas comerciales de esa nacionalidad en la capital y 16 en Arequipa. Estos números se reducirían en los próximos años. Los pocos comerciantes que se quedaron se beneficiaron de la importación de artículos de lujo y, sobre todo, prestando dinero, con altos intereses, a los mineros, a los hacendados y al propio Estado. Entre 1830 y 1860, por ejemplo, tuvieron los mejores ingresos pues sus ganancias se incrementaron entre un 50 y 60%.
Por último, si hablamos en términos regionales, sólo Arequipa y la sierra sur tuvieron una economía expectante. Allá, comerciantes nativos y extranjeros, terratenientes y ganaderos, lograron establecer una economía regional sólida gracias a la exportación de lana de oveja y de auquénidos al mercado británico por el puerto de Islay. El control de este capital mercantil le dio a la elite arequipeña una importante capacidad económica y política. No en vano muchas de las luchas entre los caudillos se resolvían en los alrededores de la Ciudad Blanca. Por ello, esta región y su elite se desarrollaron independientemente y, con frecuencia, en oposición a Lima. Esto explica el apoyo de Arequipa a la Confederación Perú-Boliviana, proyecto que le ampliaba su mercado e influencia política.

Plaza de Armas de Arequipa en el siglo XIX
El desorden era tal que ningún gobierno pudo implementar un modelo económico claro, menos un presupuesto. Los ingresos más importantes con los que podía contar el nuevo Estado eran las rentas de aduana, el tributo de los indios y los “cupos” de guerra que levantaban los caudillos. Es lógico suponer, además, que el principal gasto que tuvieron los regímenes de entonces fue el orden interno, es decir, garantizar su permanencia en el poder. El crédito externo, por último, estaba suspendido.
La agricultura, actividad a la que se dedicaba la mayor parte de la población, había acentuado su crisis. Muchas haciendas habían sido destruidas por las guerras y perdieron trabajadores. En la costa, por ejemplo, cientos de esclavos aprovecharon la presencia de los ejércitos libertadores y se enrolaron en la lucha bajo la promesa de conseguir su libertad. Los hacendados tuvieron que sobrevivir con solo algunos esclavos, peones libres e indios yanaconas. Por ello, los viajeros que recorrían la costa compararon su agricultura con la Venus de Milo: carecía de brazos. Otro problema de los hacendados era la escasez de crédito. Tuvieron que depender, cuando podían, de los préstamos costosos (alrededor del 18-24% anual comparado al 4-6% anual de los censos durante el Virreinato) de los comerciantes usureros o prestarse entre ellos mismos. En la sierra, la agricultura, tanto para los gamonales como para las comunidades indígenas, quedó en un nivel casi de subsistencia. Todo esto demuestra que los hacendados, por su debilidad económica, no pudieron convertirse en grupo dirigente y tuvieron que cobijarse en los caudillos para defender sus intereses.
Por su lado la minería, luego de colapsar por las guerras independentistas, se recuperó lentamente. Antes de la aparición del guano, fue el sector más importante de la economía y, al igual que en los tiempos virreinales, la plata su principal producto de exportación. Pronto se reabrieron las minas de Cerro de Pasco, Hualgayoc (Cajamarca) y otras más pequeñas en Puno y Arequipa. La producción de Cerro de Pasco era la más importante con cerca del 70% del total nacional entre 1840 y 1843, su momento más auspicioso, llegando prácticamente a igualar los niveles más altos de la producción tardío-colonial. Pero, al igual que los agricultores, los mineros también tuvieron que sufrir el problema de la escasez de capital. No hubo, como en el Virreinato, “bancos de rescate” (instituciones de crédito a largo plazo formadas con protección estatal y administrados por el gremio minero) que apoyaran a las minas. Tuvieron que depender del crédito usurero de los comerciantes. Pero los mineros sólo recibían crédito a corto plazo de los prestamistas de Lima y sólo para la comercialización del mineral. La inversión a largo plazo en la minería no era parte de las actividades financiadas por los comerciantes. Dicha inversión era esencialmente autofinanciada por los mineros (Quiroz 1993). Otro problema fue el suministro de mercurio, insumo básico para la purificación de la plata: a partir de 1830, tuvo que ser importado de España porque las minas de Huancavelica habían cerrado. Esto encarecía aún más los costos de producción. Los mineros también tuvieron que recurrir a los militares para defender sus intereses y se vieron obligados sistemáticamente a dar cupos de guerra.
Ciudad minera de Hualgayoc (Cajamarca) a finales del XIX
Los comerciantes, básicamente los de origen extranjero, fueron los únicos que gozaron de una situación relativamente cómoda. En un inicio, los traficantes británicos aprovecharon la Independencia e inundaron el mercado peruano con sus mercancías. Pero hacia 1825 y 1827 el mercado se satura y las importaciones se estancan. Los británicos pierden cerca de 1 millón de libras esterlinas en su primera aventura con el mercado peruano. Muchos se desalentaron y quebraron. Solo las casas comerciales con experiencia y solidez previas, como la Casa Gibbs & Sons, instalada desde antes de la Independencia (1818), subsistieron. Las cifras que conocemos nos indican que, en 1824, había solo 240 ingleses residentes en Lima, 20 casas comerciales de esa nacionalidad en la capital y 16 en Arequipa. Estos números se reducirían en los próximos años. Los pocos comerciantes que se quedaron se beneficiaron de la importación de artículos de lujo y, sobre todo, prestando dinero, con altos intereses, a los mineros, a los hacendados y al propio Estado. Entre 1830 y 1860, por ejemplo, tuvieron los mejores ingresos pues sus ganancias se incrementaron entre un 50 y 60%.
Por último, si hablamos en términos regionales, sólo Arequipa y la sierra sur tuvieron una economía expectante. Allá, comerciantes nativos y extranjeros, terratenientes y ganaderos, lograron establecer una economía regional sólida gracias a la exportación de lana de oveja y de auquénidos al mercado británico por el puerto de Islay. El control de este capital mercantil le dio a la elite arequipeña una importante capacidad económica y política. No en vano muchas de las luchas entre los caudillos se resolvían en los alrededores de la Ciudad Blanca. Por ello, esta región y su elite se desarrollaron independientemente y, con frecuencia, en oposición a Lima. Esto explica el apoyo de Arequipa a la Confederación Perú-Boliviana, proyecto que le ampliaba su mercado e influencia política.

Plaza de Armas de Arequipa en el siglo XIX
Tras la salida de Bolívar, de 1826 a 1836, el Perú tuvo varios presidentes, todos ellos caudillos militares. Algunos defendían opiniones conservadoras y políticas autoritarias (como Salaverry o Gamarra); otros eran tímidos portavoces de un liberalismo republicano que ahora distraía su atención en ataques estériles y muchas veces impopulares contra la Iglesia (como La Mar y Orbegoso).
En 1827 el Congreso eligió presidente a un militar débil de carácter como José de la Mar. Su gobierno promulgó en 1828 una constitución liberal, pero el régimen no pudo funcionar adecuadamente debido a un conflicto con la Gran Colombia. Bolívar nos había declarado la guerra porque nos habíamos escurrido de sus planes federativos. El conflicto terminó sin un vencedor claro por lo que La Mar firmó el armisticio de Piura para poner fin a las hostilidades y nombrar una comisión de límites. Sin embargo desde Lima un partido de militares autoritarios, encabezado por Gamarra y La Fuente, hace un golpe de estado. La Mar es exiliado a Costa Rica.
Agustín Gamarra fue el único militar que pudo completar su mandato de cuatro años: de 1829 a 1833. Dictatorial y sin escrúpulos, pidió sin éxito autorización al congreso para invadir Bolivia y anexarla al Perú. También puso fin al problema con la Gran Colombia firmando el tratado Larrea-Gual y reconoció la independencia de Ecuador en 1832 con el tratado Pando-Novoa. Internamente tuvo que aplastar 17 actos subversivos que pretendieron expulsarlo del poder, razón por la cual tuvo que abandonar varias veces Lima para enfrentarlos. Finalmente, un grupo liberal, encabezado por Luna Pizarro y Gonzáles Vigil, lograron desde una Convención Nacional destituir a Gamarra y nombrar a Luis José de Orbegoso como “presidente provisional”.
El accidentado gobierno de Orbegoso, que promulgó otra constitución liberal en 1834, tuvo que hacer frente a los militares autoritarios desplazados por la Convención Nacional. Gamarra y Pedro Bermúdez encabezaron la oposición desatándose una guerra civil en 1834. Esta formalmente terminaría en el célebre Abrazo de Maquinguayo donde los generales Bermúdez y Orbegoso decidieron no pelear y concertar la pacificación del país.

Jarana peruana, según Pancho Fierro
Las buenas intenciones no duraron mucho tiempo. A principios de 1835 un joven general autoritario se acuarteló en el Callao. Era Felipe Santiago Salaverry. Derrocó al régimen liberal de Orbegoso e impuso un gobierno conservador que tuvo el apoyo de Lima y de la costa norte pero no necesariamente el de las otras regiones.
Estaban así las cosas cuando diversos acontecimientos hicieron posible el plan de volver a unir al Perú y a Bolivia. El proyecto de la Confederación Perú-boliviana fue ideado por Andrés de Santa Cruz quien era presidente de Bolivia desde 1829. Gamarra entró en conversaciones con Santa Cruz y decidieron unir ambos países sobre la base de tres estados confederados: Nor Peruano, Sur Peruano y Bolivia.
Mientras tanto Orbegoso, derrocado por Salaverry, también buscó la ayuda de Santa Cruz. Estos pactaron también establecer la Confederación y devolverle a Orbegoso sus poderes arrebatados por Salaverry. Este pacto obligó a Gamarra pasarse al bando de Salaverry, y con un ejército se enfrentó a Santa Cruz en Yanacocha donde fue derrotado. Finalmente cuando buscaba refugio en Lima, Gamarra fue exiliado por los seguidores de Salaverry quienes lo consideraron muy ambicioso.
La tarea de Santa Cruz y Orbegoso era ahora deshacerse de Salaverry. Esto ocurrió en Socabaya. Allí el joven general fue derrotado y luego enviado a Arequipa donde fue fusilado en la plaza de armas. Muerto Salaverry y Gamarra desterrado, Santa Cruz estableció la Confederación. El proyecto tenía raíces históricas pues la independencia no había cortado los vínculos entre la sierra sur y Bolivia. Por ello el sur del Perú, con su base en Arequipa, se convirtió en un estado independiente en el seno de la confederación apoyando siempre a Santa Cruz.
En el resto del Perú el proyecto no era popular. La élite de Lima lo consideraba una invasión boliviana, la “unidad nacional” estaba en peligro. En Bolivia tampoco había apoyo. Su élite quería guardar celosamente el poco poder que había conseguido tras la independencia.
Chile también consideraba que la Confederación era un peligro para su futuro. El nuevo bloque de poder era una amenaza a su independencia y era un competidor inaceptable en la vida económica del pacífico sur. Alentado por su ministro Diego Portales el gobierno chileno declaró la guerra a la Confederación enviando dos campañas “restauradoras”.
Numerosos peruanos desterrados en Chile (Gamarra, Vivanco, Castilla y Pardo y Aliaga, entre otros) alentaron al país del sur en su guerra contra Santa Cruz. Con el apoyo de los emigrados peruanos, Chile envió una primera expedición dirigida por Manuel Blanco Encalada que fracasó en Paucarpata. La segunda, al mando de Manuel Bulnes, sí tuvo éxito y derrotó a Santa Cruz en Yungay. El sueño de la Confederación había llegado a su fin y desde ese momento Chile construiría su hegemonía militar y comercial en el Pacífico sur.
Luego de Yungay, Gamarra fue de nuevo presidente. Un congreso reunido en Huancayo promulgó la constitución conservadora de 1839. Esta contempló un ejecutivo fuerte y un gobierno demasiado centralista que suprimió las municipalidades e ignoró las diversidades regionales. Pero a Gamarra no le bastaba con gobernar el Perú. Invadió Bolivia para establecer otra confederación pero con hegemonía peruana. Los bolivianos se unieron. En noviembre de 1841 lo derrotaron y mataron en la batalla de Ingavi, uno de los ejemplos más claros de autodestrucción entre los caudillos peruanos.
Luego del desastre de Ingavi el Perú quedó envuelto en otro ciclo anárquico. Desde 1842 a 1845 no hubo un líder fuerte y el país sufría las amenazas de los bolivianos en el sur y de los ecuatorianos por el norte. Se sucedieron varios gobiernos efímeros en medio de una cruenta guerra civil. En 1843 Manuel Ignacio de Vivanco estableció un régimen llamado el “Directorio”, un ensayo tardío de despotismo ilustrado. La estabilidad solo pudo restaurarse cuando Ramón Castilla derrotó a Vivanco en Carmen Alto. Pronto, gracias a los ingresos del guano, Castilla se convirtió en el nuevo hombre fuerte del país.

Uniforme del general Gamarra
En 1827 el Congreso eligió presidente a un militar débil de carácter como José de la Mar. Su gobierno promulgó en 1828 una constitución liberal, pero el régimen no pudo funcionar adecuadamente debido a un conflicto con la Gran Colombia. Bolívar nos había declarado la guerra porque nos habíamos escurrido de sus planes federativos. El conflicto terminó sin un vencedor claro por lo que La Mar firmó el armisticio de Piura para poner fin a las hostilidades y nombrar una comisión de límites. Sin embargo desde Lima un partido de militares autoritarios, encabezado por Gamarra y La Fuente, hace un golpe de estado. La Mar es exiliado a Costa Rica.
Agustín Gamarra fue el único militar que pudo completar su mandato de cuatro años: de 1829 a 1833. Dictatorial y sin escrúpulos, pidió sin éxito autorización al congreso para invadir Bolivia y anexarla al Perú. También puso fin al problema con la Gran Colombia firmando el tratado Larrea-Gual y reconoció la independencia de Ecuador en 1832 con el tratado Pando-Novoa. Internamente tuvo que aplastar 17 actos subversivos que pretendieron expulsarlo del poder, razón por la cual tuvo que abandonar varias veces Lima para enfrentarlos. Finalmente, un grupo liberal, encabezado por Luna Pizarro y Gonzáles Vigil, lograron desde una Convención Nacional destituir a Gamarra y nombrar a Luis José de Orbegoso como “presidente provisional”.
El accidentado gobierno de Orbegoso, que promulgó otra constitución liberal en 1834, tuvo que hacer frente a los militares autoritarios desplazados por la Convención Nacional. Gamarra y Pedro Bermúdez encabezaron la oposición desatándose una guerra civil en 1834. Esta formalmente terminaría en el célebre Abrazo de Maquinguayo donde los generales Bermúdez y Orbegoso decidieron no pelear y concertar la pacificación del país.

Jarana peruana, según Pancho Fierro
Las buenas intenciones no duraron mucho tiempo. A principios de 1835 un joven general autoritario se acuarteló en el Callao. Era Felipe Santiago Salaverry. Derrocó al régimen liberal de Orbegoso e impuso un gobierno conservador que tuvo el apoyo de Lima y de la costa norte pero no necesariamente el de las otras regiones.
Estaban así las cosas cuando diversos acontecimientos hicieron posible el plan de volver a unir al Perú y a Bolivia. El proyecto de la Confederación Perú-boliviana fue ideado por Andrés de Santa Cruz quien era presidente de Bolivia desde 1829. Gamarra entró en conversaciones con Santa Cruz y decidieron unir ambos países sobre la base de tres estados confederados: Nor Peruano, Sur Peruano y Bolivia.
Mientras tanto Orbegoso, derrocado por Salaverry, también buscó la ayuda de Santa Cruz. Estos pactaron también establecer la Confederación y devolverle a Orbegoso sus poderes arrebatados por Salaverry. Este pacto obligó a Gamarra pasarse al bando de Salaverry, y con un ejército se enfrentó a Santa Cruz en Yanacocha donde fue derrotado. Finalmente cuando buscaba refugio en Lima, Gamarra fue exiliado por los seguidores de Salaverry quienes lo consideraron muy ambicioso.
La tarea de Santa Cruz y Orbegoso era ahora deshacerse de Salaverry. Esto ocurrió en Socabaya. Allí el joven general fue derrotado y luego enviado a Arequipa donde fue fusilado en la plaza de armas. Muerto Salaverry y Gamarra desterrado, Santa Cruz estableció la Confederación. El proyecto tenía raíces históricas pues la independencia no había cortado los vínculos entre la sierra sur y Bolivia. Por ello el sur del Perú, con su base en Arequipa, se convirtió en un estado independiente en el seno de la confederación apoyando siempre a Santa Cruz.
En el resto del Perú el proyecto no era popular. La élite de Lima lo consideraba una invasión boliviana, la “unidad nacional” estaba en peligro. En Bolivia tampoco había apoyo. Su élite quería guardar celosamente el poco poder que había conseguido tras la independencia.
Chile también consideraba que la Confederación era un peligro para su futuro. El nuevo bloque de poder era una amenaza a su independencia y era un competidor inaceptable en la vida económica del pacífico sur. Alentado por su ministro Diego Portales el gobierno chileno declaró la guerra a la Confederación enviando dos campañas “restauradoras”.
Numerosos peruanos desterrados en Chile (Gamarra, Vivanco, Castilla y Pardo y Aliaga, entre otros) alentaron al país del sur en su guerra contra Santa Cruz. Con el apoyo de los emigrados peruanos, Chile envió una primera expedición dirigida por Manuel Blanco Encalada que fracasó en Paucarpata. La segunda, al mando de Manuel Bulnes, sí tuvo éxito y derrotó a Santa Cruz en Yungay. El sueño de la Confederación había llegado a su fin y desde ese momento Chile construiría su hegemonía militar y comercial en el Pacífico sur.
Luego de Yungay, Gamarra fue de nuevo presidente. Un congreso reunido en Huancayo promulgó la constitución conservadora de 1839. Esta contempló un ejecutivo fuerte y un gobierno demasiado centralista que suprimió las municipalidades e ignoró las diversidades regionales. Pero a Gamarra no le bastaba con gobernar el Perú. Invadió Bolivia para establecer otra confederación pero con hegemonía peruana. Los bolivianos se unieron. En noviembre de 1841 lo derrotaron y mataron en la batalla de Ingavi, uno de los ejemplos más claros de autodestrucción entre los caudillos peruanos.
Luego del desastre de Ingavi el Perú quedó envuelto en otro ciclo anárquico. Desde 1842 a 1845 no hubo un líder fuerte y el país sufría las amenazas de los bolivianos en el sur y de los ecuatorianos por el norte. Se sucedieron varios gobiernos efímeros en medio de una cruenta guerra civil. En 1843 Manuel Ignacio de Vivanco estableció un régimen llamado el “Directorio”, un ensayo tardío de despotismo ilustrado. La estabilidad solo pudo restaurarse cuando Ramón Castilla derrotó a Vivanco en Carmen Alto. Pronto, gracias a los ingresos del guano, Castilla se convirtió en el nuevo hombre fuerte del país.

Uniforme del general Gamarra
La independencia le dio al Perú una absoluta libertad de organizarse políticamente, pero con escasos cambios económicos y sociales. Por ello, la participación política se ciñó a un pequeño grupo de la población, es decir, a la elite blanca que años antes había tenido una actuación poco clara frente a la independencia y que su sentimiento de identidad nacional no era muy arraigado.
Los mismos legisladores aumentaron de 21 a 25 años la edad mínima de los votantes y limitaron ese derecho a los alfabetizados exigiendo, además, un cierto nivel de ingresos para ser elegido congresista o presidente. Era una república con muy pocos ciudadanos . La población, de 1,2 millones en 1828, estaba muy fragmentada por cuestiones de raza o clase. El sentimiento regional o local era quizá más fuerte que el nacional.
En efecto, al interior del país surgieron tendencias regionalistas e incluso separatistas como en los departamentos de Arequipa y Cuzco. Allí la presencia del estado era muy débil luego del desmantelamiento de la administración virreinal. Surge así la presencia del gamonal, es decir, el terrateniente que sumó a la propiedad de la tierra el poder político en su localidad o región.
No había un marco institucional sólido y la falta de una clase dirigente hizo que los intereses de grupo, las lealtades regionales o personales fueran la clave de la vida política. Por ello, el poder cayó en manos de los jefes militares vencedores de Ayacucho: los caudillos . Ellos representaron intereses regionales de gamonales y comerciantes a los que dispensaban cargos públicos y tierras. Eran el vértice de una enmarañada pirámide de patrones y clientes.
De esta forma, el caudillismo se convirtió en una empresa cuyo objetivo era la conquista del poder político, es decir, el estado era el botín a repartirse. Quizá el único proyecto importante surgido del caudillismo fue la idea de volver a unir Perú y Bolivia en 1836. Pero el mismo caudillismo, los intereses regionalistas y la intervención chilena hicieron fracasar la célebre Confederación Perú-boliviana.
Pero de todos estos caudillos faltó un dirigente excepcional, alguien capaz de imponer la autoridad de un gobierno central y subordinar las regiones a Lima para evitar la anarquía. Entre 1821 y 1845, es decir, en veinticuatro años, se sucedieron 53 gobiernos, se reunieron 10 congresos y se promulgaron 6 constituciones. Hubo años, como en 1838, que gobernaron 7 presidentes casi simultáneamente.
Vemos entonces que la autoridad de estos caudillos no fue resultado de un consenso ni tampoco pudo imponerse de forma estable. Cuando conquistaban el poder, concentraban su atención en satisfacer las exigencias de su clientela política: se trataba de gobiernos de minorías para minorías. No pudieron integrar a la sociedad retrasando la posibilidad de convertir al país en un estado-nación .

Moneda de 8 reales (1825)
Los mismos legisladores aumentaron de 21 a 25 años la edad mínima de los votantes y limitaron ese derecho a los alfabetizados exigiendo, además, un cierto nivel de ingresos para ser elegido congresista o presidente. Era una república con muy pocos ciudadanos . La población, de 1,2 millones en 1828, estaba muy fragmentada por cuestiones de raza o clase. El sentimiento regional o local era quizá más fuerte que el nacional.
En efecto, al interior del país surgieron tendencias regionalistas e incluso separatistas como en los departamentos de Arequipa y Cuzco. Allí la presencia del estado era muy débil luego del desmantelamiento de la administración virreinal. Surge así la presencia del gamonal, es decir, el terrateniente que sumó a la propiedad de la tierra el poder político en su localidad o región.
No había un marco institucional sólido y la falta de una clase dirigente hizo que los intereses de grupo, las lealtades regionales o personales fueran la clave de la vida política. Por ello, el poder cayó en manos de los jefes militares vencedores de Ayacucho: los caudillos . Ellos representaron intereses regionales de gamonales y comerciantes a los que dispensaban cargos públicos y tierras. Eran el vértice de una enmarañada pirámide de patrones y clientes.
De esta forma, el caudillismo se convirtió en una empresa cuyo objetivo era la conquista del poder político, es decir, el estado era el botín a repartirse. Quizá el único proyecto importante surgido del caudillismo fue la idea de volver a unir Perú y Bolivia en 1836. Pero el mismo caudillismo, los intereses regionalistas y la intervención chilena hicieron fracasar la célebre Confederación Perú-boliviana.
Pero de todos estos caudillos faltó un dirigente excepcional, alguien capaz de imponer la autoridad de un gobierno central y subordinar las regiones a Lima para evitar la anarquía. Entre 1821 y 1845, es decir, en veinticuatro años, se sucedieron 53 gobiernos, se reunieron 10 congresos y se promulgaron 6 constituciones. Hubo años, como en 1838, que gobernaron 7 presidentes casi simultáneamente.
Vemos entonces que la autoridad de estos caudillos no fue resultado de un consenso ni tampoco pudo imponerse de forma estable. Cuando conquistaban el poder, concentraban su atención en satisfacer las exigencias de su clientela política: se trataba de gobiernos de minorías para minorías. No pudieron integrar a la sociedad retrasando la posibilidad de convertir al país en un estado-nación .

Moneda de 8 reales (1825)
28/07/08: Test de peruanidad
Hoy es 28 de julio, día de la Fiesta Nacional. Me he atrevido a hacer un pequeño test de peruanidad que, desde mi punto de vista historiador, comparto con todos ustedes:
¿Quién es el número uno de la historia peruana, el mejor de los nuestros?
Túpac Inca Yupanqui, el “Alejandro del Nuevo Mundo”
Si José de San Martín es el “padre de la patria” ¿quién vendría siendo la madre?
La rabona anónima
De todos los grandes debates nacionales a lo largo de nuestra historia ¿cuál es el más bizantino?
El pleito entre indigenistas e hispanistas
¿Quién es el personaje más sobrevalorado de la historia del Perú?
Ramón Castilla
¿Cuál es el mejor libro para entender el Perú?
“Buscando un Inca”, de Alberto Flores Galindo
¿Qué episodio de la historia nacional me apena profundamente?
Francisco Bolognesi y “el último cartucho”
¿Quién es el más malvado o malvada en la historia del Perú?
Abimael Guzmán
¿Cuáles son las mejores palabras (o frase) que se han escuchado en la historia del país?
En esta obra de reconstitución y venganza no contemos con los hombres del pasado: los troncos añosos y carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo y sus frutas de sabor amargo ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores y frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!
(Manuel Gonzáles Prada)
¿Qué presidente pasó sin pena ni gloria?
Manuel Prado y Ugarteche
Si el Perú no se llamara Perú ¿cómo debería haberse llamado?
Nueva Castilla
¿Qué episodio de la historia nacional me provoca una gran carcajada, seguida de una risa larga e incontenible?
El “tratado secreto” con Bolivia de 1873
¿Cuál es el mejor mandatario que hemos tenido?
Augusto Bernardino Leguía y Salcedo
¿Cuándo se jodió el Perú?
La tarde del 16 de noviembre de 1532 cuando ni Atahualpa ni fray Vicente de Valverde se entendieron, y el Inca arrojó el brevario del cura al piso de la plaza de Cajamarca

Ceremonia del 28 de julio en el pueblo de Huauco, hoy Sucre (Cajamarca), en 1935
¿Quién es el número uno de la historia peruana, el mejor de los nuestros?
Túpac Inca Yupanqui, el “Alejandro del Nuevo Mundo”
Si José de San Martín es el “padre de la patria” ¿quién vendría siendo la madre?
La rabona anónima
De todos los grandes debates nacionales a lo largo de nuestra historia ¿cuál es el más bizantino?
El pleito entre indigenistas e hispanistas
¿Quién es el personaje más sobrevalorado de la historia del Perú?
Ramón Castilla
¿Cuál es el mejor libro para entender el Perú?
“Buscando un Inca”, de Alberto Flores Galindo
¿Qué episodio de la historia nacional me apena profundamente?
Francisco Bolognesi y “el último cartucho”
¿Quién es el más malvado o malvada en la historia del Perú?
Abimael Guzmán
¿Cuáles son las mejores palabras (o frase) que se han escuchado en la historia del país?
En esta obra de reconstitución y venganza no contemos con los hombres del pasado: los troncos añosos y carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo y sus frutas de sabor amargo ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores y frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!
(Manuel Gonzáles Prada)
¿Qué presidente pasó sin pena ni gloria?
Manuel Prado y Ugarteche
Si el Perú no se llamara Perú ¿cómo debería haberse llamado?
Nueva Castilla
¿Qué episodio de la historia nacional me provoca una gran carcajada, seguida de una risa larga e incontenible?
El “tratado secreto” con Bolivia de 1873
¿Cuál es el mejor mandatario que hemos tenido?
Augusto Bernardino Leguía y Salcedo
¿Cuándo se jodió el Perú?
La tarde del 16 de noviembre de 1532 cuando ni Atahualpa ni fray Vicente de Valverde se entendieron, y el Inca arrojó el brevario del cura al piso de la plaza de Cajamarca

Ceremonia del 28 de julio en el pueblo de Huauco, hoy Sucre (Cajamarca), en 1935
27/07/08: Reunión en Quito
Con ocasión de la conmemoración del bicentenario del establecimiento de la Primera Junta de Gobierno de Quito, el 10 de Agosto de 1809, el Área de Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar organizó, la semana pasada, el Coloquio Internacional “Bicentenario de la Independencia de América Latina”. El coloquio permitió abrir el debate académico sobre la naturaleza de las primeras juntas de gobierno que se desarrollaron en el área andina a raíz de la invasión napoleónica a España (1808-1814). Así, se analizó el significado que se les atribuyó históricamente, la dinámica social del proceso de ruptura colonial y el papel que la independencia ha jugado en la construcción de los imaginarios nacionales. La reunión brindaó la ocasión para ampliar el debate tanto sobre la historia de nuestros países, como sobre los factores que influyeron en la formación de las identidades nacionales. Paralelamente, se debatió acerca de la participación de los sectores subalternos, el rol de la prensa y los letrados, el impacto de la ilustración, el papel de los cabildos y la iglesia, entre otros.
Al coloquio asistieron tanto historiadores locales como académicos de España, Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia. En representación de nuestro país, asistimos el profesor Heraclio Bonilla y el autor de este blog. Las sesiones de la mañana fueron cerradas y dirigidas solo a un público académico; por la tarde, en cambio, las sesiones fueron abiertas al gran público, en la que se destacó la presencia de estudiantes de historia, profesores de escuelas y autoridades quiteñas.

Asismismo, el autor de este blog se reunió con los representantes de la Embajada del Perú en Quito con el propósito de discutir fórmulas de mayor integración entre nuestro país y el Ecuador. Uno de los proyectos es organizar, paar el próximo año, un primer encuentro peruano-ecuatoriano de historiadores para construir una nueva "Historia para la Integración".


Al coloquio asistieron tanto historiadores locales como académicos de España, Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia. En representación de nuestro país, asistimos el profesor Heraclio Bonilla y el autor de este blog. Las sesiones de la mañana fueron cerradas y dirigidas solo a un público académico; por la tarde, en cambio, las sesiones fueron abiertas al gran público, en la que se destacó la presencia de estudiantes de historia, profesores de escuelas y autoridades quiteñas.

Asismismo, el autor de este blog se reunió con los representantes de la Embajada del Perú en Quito con el propósito de discutir fórmulas de mayor integración entre nuestro país y el Ecuador. Uno de los proyectos es organizar, paar el próximo año, un primer encuentro peruano-ecuatoriano de historiadores para construir una nueva "Historia para la Integración".
Juan Luis Orrego en el coloquio de Quito (Universidad Andina Simón Bolívar)
26/07/08: Rosa Campuzano, la "Protectora"
La noche del sábado 28 de julio de 1821, el Cabildo de Lima organizó una fiesta en honor a San Martín y a la proclamación de la Independencia. La recepción fue en los salones del Ayuntamiento. El General paseaba por los diversos ambientes cuando quedó muy impresionado por la belleza de una dama de rostro claro y fina de cuerpo, ojos azules, boca pequeña y manos delicadas, vestida elegantemente de terciopelo bordó y con generoso escote.
Preguntó a su asistente limeño de quién se trataba, y éste le respondió: es Rosa Campusano, una mujer que ha colaborado inteligentemente con el bando patriota. El General se acercó a la hermosa dama, la saludó con mucho interés y le hizo saber que conocía sus méritos a favor del movimiento separatista. Si lo hubiera conocido antes a usted, señor general –hizo un gesto intencionado-, mis afanes hubieran sido aún mayores. El flechazo ya se había producido. Intercambiaron algunas palabras y don José quedó atrapado con la personalidad de la muchacha.
Al día siguiente, domingo 29 de julio, San Martín devolvió la atención con otro baile, ahora en los salones del Palacio de los Virreyes. El futuro Protector del Perú se alegró sobremanera al distinguir, entre las figuras juveniles, a la bella Rosa Campusano, con un vestido de organdí blanco y peinado alto, a la griega, sobre quien se había quedado pensando desde el baile de la noche anterior. Se aproximó a ella y, luego de saludarla galantemente, la invitó a bailar una contradanza. Rosa le obsequió una sonrisa radiante y le tendió sus brazos con mucha gracia. Aunque los ojos del público estaban sin duda sobre ellos, danzaron y charlaron abstraídos, como si se hubieran conocido desde mucho tiempo antes. Ella era joven, había leído algunas noveles de Rousseau y su conversación era muy atrayente, de modo que cambiaron ideas sobre el teatro y literatura.
¿Pero quién era Rosa Campuzano? Había nacido en Guayaquil (13 de abril de 1796) y era hija natural de un funcionario rico e importante, productor de cacao (Francisco Herrera Campuzano), quien la había concebido con una mulata (Felipa Cornejo) y la reconoció por testamento, antes de morir. Había venido a Lima en 1817, a los 21 años y se había instalado en la elegante calle de San Marcelo, donde su tertulia era frecuentada por gente prominente. Amante de un general realista, Rosa había aprovechado esa relación íntima para pasar información militar a los patriotas. Más de una vez, vestida de “tapada”, había cruzado las calles de Lima llevando proclamas subversivas para ser pegadas de noche en las paredes. En una casa grande que había alquilado para tal efecto, había ocultado a varios oficiales desertores, y luego los ayudó a pasar hasta el campamento patriota de Huaura. Una correspondencia clandestina que se interceptó la mencionaba, y por ella fue detenida por unos días, hasta que la influencia de sobornos y amigos poderosos lograron liberarla. Aquí, en Lima, conoció a Manuela Sáenz y surgió entre ellas una gran amistad, y fueron cómplices en las tareas conspiradoras.
Todos los testimonios de la época coinciden en que el Protector perdió la cabeza por la Campuzano. Dicen que era mujer sensual, de ojos celestes, que arrebató de pasión al General, y por largos meses lo convirtió en un militar que adoró la pompa y desechó la austeridad. Las crónicas evocan a un San Martín vistiendo un suntuoso uniforme recamado con palmas de oro, que transitaba las calles de la aristocrática Lima en una carroza de gala tirada por seis caballos. Lo acompañaba, claro, esta guayaquileña de ojos de ensueño, que le prodigaba cariños delante de todo el mundo. San Martín se afincó con ella en la quinta de La Magdalena (hoy Pueblo Libre); no ocultó su relación con Rosa, llamada "la Protectora" en irónica alusión al Protector del Perú. En La Magdalena, San Martín solía atender el despacho diario, que uno de sus ministros le llevaba desde Lima. Dicen que Rosa, que era soltera, lo acompañaba con frecuencia y, los sábados a la noche, partían en lujosa carroza rumbo a las fiestas de la Capital, ella con vestido y zapatos de seda y él con su nuevo uniforme de general, con abundantes hilos de oro. Cuando el Protector incluyó a la Campusano las 112 mujeres condecoradas con la Orden del Sol, la sociedad tradicional limeña lo consideró una afrenta. El día que San Martín abandonó el Perú, apenas pudieron despedirse.
Las mujeres en la vida de San Martín fueron varias. Pero, evidentemente, han sido dos las que él ha amó, en mayor o menor medida: María de los Remedios de Escalada (su esposa) y Rosa Campuzano. La “Protectora” testamentó en 1843 y declaró estar casada con Ernesto Gaber, quien la había abandonado, marchándose a Europa; y tener un hijo llamado Alejandro. El escritor Ricardo Palma fue compañero de colegio de Alejandro y recuerda que, en una oportunidad, un compañero de liceo llamó a Alejandro ‘Protector’ y éste le contestó con un puñetazo. Rosa murió en 1851, a los 55 años. Fue sepultada en la iglesia de San Juan Bautista de Lima.


Vitrales del "Salón de las Libertadoras" (Universidad Andina Simón Bolívar, Quito), obra del artista cuencano Patricio León. En orden: Manuel Sáenz, María Parado de Bellido, Luisa Cáceres de Arismendi, Rosa Campusano, Manuela Cañizares, Juana Azurbuy de Padilla, Policarpa Salvatierra y Fernanda Barriga.
Preguntó a su asistente limeño de quién se trataba, y éste le respondió: es Rosa Campusano, una mujer que ha colaborado inteligentemente con el bando patriota. El General se acercó a la hermosa dama, la saludó con mucho interés y le hizo saber que conocía sus méritos a favor del movimiento separatista. Si lo hubiera conocido antes a usted, señor general –hizo un gesto intencionado-, mis afanes hubieran sido aún mayores. El flechazo ya se había producido. Intercambiaron algunas palabras y don José quedó atrapado con la personalidad de la muchacha.
Al día siguiente, domingo 29 de julio, San Martín devolvió la atención con otro baile, ahora en los salones del Palacio de los Virreyes. El futuro Protector del Perú se alegró sobremanera al distinguir, entre las figuras juveniles, a la bella Rosa Campusano, con un vestido de organdí blanco y peinado alto, a la griega, sobre quien se había quedado pensando desde el baile de la noche anterior. Se aproximó a ella y, luego de saludarla galantemente, la invitó a bailar una contradanza. Rosa le obsequió una sonrisa radiante y le tendió sus brazos con mucha gracia. Aunque los ojos del público estaban sin duda sobre ellos, danzaron y charlaron abstraídos, como si se hubieran conocido desde mucho tiempo antes. Ella era joven, había leído algunas noveles de Rousseau y su conversación era muy atrayente, de modo que cambiaron ideas sobre el teatro y literatura.
¿Pero quién era Rosa Campuzano? Había nacido en Guayaquil (13 de abril de 1796) y era hija natural de un funcionario rico e importante, productor de cacao (Francisco Herrera Campuzano), quien la había concebido con una mulata (Felipa Cornejo) y la reconoció por testamento, antes de morir. Había venido a Lima en 1817, a los 21 años y se había instalado en la elegante calle de San Marcelo, donde su tertulia era frecuentada por gente prominente. Amante de un general realista, Rosa había aprovechado esa relación íntima para pasar información militar a los patriotas. Más de una vez, vestida de “tapada”, había cruzado las calles de Lima llevando proclamas subversivas para ser pegadas de noche en las paredes. En una casa grande que había alquilado para tal efecto, había ocultado a varios oficiales desertores, y luego los ayudó a pasar hasta el campamento patriota de Huaura. Una correspondencia clandestina que se interceptó la mencionaba, y por ella fue detenida por unos días, hasta que la influencia de sobornos y amigos poderosos lograron liberarla. Aquí, en Lima, conoció a Manuela Sáenz y surgió entre ellas una gran amistad, y fueron cómplices en las tareas conspiradoras.
Todos los testimonios de la época coinciden en que el Protector perdió la cabeza por la Campuzano. Dicen que era mujer sensual, de ojos celestes, que arrebató de pasión al General, y por largos meses lo convirtió en un militar que adoró la pompa y desechó la austeridad. Las crónicas evocan a un San Martín vistiendo un suntuoso uniforme recamado con palmas de oro, que transitaba las calles de la aristocrática Lima en una carroza de gala tirada por seis caballos. Lo acompañaba, claro, esta guayaquileña de ojos de ensueño, que le prodigaba cariños delante de todo el mundo. San Martín se afincó con ella en la quinta de La Magdalena (hoy Pueblo Libre); no ocultó su relación con Rosa, llamada "la Protectora" en irónica alusión al Protector del Perú. En La Magdalena, San Martín solía atender el despacho diario, que uno de sus ministros le llevaba desde Lima. Dicen que Rosa, que era soltera, lo acompañaba con frecuencia y, los sábados a la noche, partían en lujosa carroza rumbo a las fiestas de la Capital, ella con vestido y zapatos de seda y él con su nuevo uniforme de general, con abundantes hilos de oro. Cuando el Protector incluyó a la Campusano las 112 mujeres condecoradas con la Orden del Sol, la sociedad tradicional limeña lo consideró una afrenta. El día que San Martín abandonó el Perú, apenas pudieron despedirse.
Las mujeres en la vida de San Martín fueron varias. Pero, evidentemente, han sido dos las que él ha amó, en mayor o menor medida: María de los Remedios de Escalada (su esposa) y Rosa Campuzano. La “Protectora” testamentó en 1843 y declaró estar casada con Ernesto Gaber, quien la había abandonado, marchándose a Europa; y tener un hijo llamado Alejandro. El escritor Ricardo Palma fue compañero de colegio de Alejandro y recuerda que, en una oportunidad, un compañero de liceo llamó a Alejandro ‘Protector’ y éste le contestó con un puñetazo. Rosa murió en 1851, a los 55 años. Fue sepultada en la iglesia de San Juan Bautista de Lima.


Vitrales del "Salón de las Libertadoras" (Universidad Andina Simón Bolívar, Quito), obra del artista cuencano Patricio León. En orden: Manuel Sáenz, María Parado de Bellido, Luisa Cáceres de Arismendi, Rosa Campusano, Manuela Cañizares, Juana Azurbuy de Padilla, Policarpa Salvatierra y Fernanda Barriga.
20/07/08: Hoy, independencia de Colombia
Se desató el 20 de Julio de 1810 —día de mercado— por un hecho casi trivial: la negativa del préstamo de un florero, de parte del comerciante español José González Llorente, al señor Luis de Rubio, criollo, hecho que fue aprovechado por los hermanos Francisco y Antonio Morales para promover un motín, convocar un Cabildo Abierto, deponer al sordo virrey Amat y Barbón y suscribir un Acta de Independencia. Todo lo anterior sucedió en una céntrica vivienda de la ciudad de Santa Fe —hoy Bogotá—, capital del entonces Virreinato de Nueva Granada. El florero sería utilizado para adornar la mesa en la cena que se ofrecería para recibir la visita del comisario real Antonio de Villavicencio.
Pero el marco histórico que determinó el curso de los sucesos del 20 de Julio en Santa Fe fue el arresto, el 10 de agosto de 1809, del presidente de la Audiencia de Quito, Conde Ruiz de Castilla y sus ministros, sustituidos por una Junta Suprema de gobierno integrada enteramente por la elite criolla quiteña. Esa juntano sólo no operó sino que alimentó un espíritu radicalmente anticolonial en el bando criollo. Expresiones de este nuevo clima político fueron el “Memorial de agravios”, de Camilo Torres, fechado el 20 de noviembre de 1809, y, por supuesto, los motines de Cartagena del 22 de mayo de 1810 y la Revolución de los Comuneros en Socorro (municipio del actual departamento colombiano de Santander) del 9 de julio del mismo año, que dieron origen a las primeras juntas de gobierno.
La independencia de Colombia, como la de los demás países sudamericanos, se condicionó por impulso de diversos factores externos e internos registrados entre la mitad del Siglo XVIII y los comienzos del XIX. El centro del proceso fue el equilibrio de derechos y garantías entre los chapetones (españoles) y criollos (descendientes de conquistadores y colonizadores españoles en América). Instalados los criollos en el poder, en lugar de cerrar filas alrededor de unos objetivos de unidad y defensa, surgió la disputa entre partidarios del legitimismo en favor del rey ausente (Fernando VII, sustituido por José Bonaparte tras la ocupación de España por parte de las tropas napoleónicas) y quienes abogaban por terminar todo vínculo con la corona española, víctima de levantamientos en sus posesiones en América.
Resuelto el debate en favor de los segundos, se planteó un enfrentamiento mayor: entre defensores de federalismo y centralismo, por cuya causa se desató la primera guerra civil. De otro lado, el Congreso granadino recogió a Simón Bolívar, un oficial caraqueño que llegó derrotado a Cartagena, donde cooperó en someter algunos focos de resistencia realistas. Con un ejército que el Congreso granadino le confió, Bolívar liberó inicialmente a Venezuela en una brillante y corta campaña. Así, el 7 de agosto de 1819, el general Bolívar obtuvo una victoria decisiva en la batalla de Boyacá. Una vez en Bogotá, proclamó entonces la independencia de la Nueva Granada. Algunos meses más tarde, el Congreso de Angostura (17 de diciembre de 1819) dio nacimiento al estado de Gran Colombia, que reunía la Nueva Granada, la actual Panamá y, después de su liberación, Venezuela y Ecuador. Esta experiencia no sobrevivió a su inspirador y, en 1830, después de la muerte de Bolívar, Venezuela, después Ecuador, hicieron secesión. En 1832, Colombia y Panamá constituyen la Nueva Granada.

Acta de independencia de Santa Fe
Pero el marco histórico que determinó el curso de los sucesos del 20 de Julio en Santa Fe fue el arresto, el 10 de agosto de 1809, del presidente de la Audiencia de Quito, Conde Ruiz de Castilla y sus ministros, sustituidos por una Junta Suprema de gobierno integrada enteramente por la elite criolla quiteña. Esa juntano sólo no operó sino que alimentó un espíritu radicalmente anticolonial en el bando criollo. Expresiones de este nuevo clima político fueron el “Memorial de agravios”, de Camilo Torres, fechado el 20 de noviembre de 1809, y, por supuesto, los motines de Cartagena del 22 de mayo de 1810 y la Revolución de los Comuneros en Socorro (municipio del actual departamento colombiano de Santander) del 9 de julio del mismo año, que dieron origen a las primeras juntas de gobierno.
La independencia de Colombia, como la de los demás países sudamericanos, se condicionó por impulso de diversos factores externos e internos registrados entre la mitad del Siglo XVIII y los comienzos del XIX. El centro del proceso fue el equilibrio de derechos y garantías entre los chapetones (españoles) y criollos (descendientes de conquistadores y colonizadores españoles en América). Instalados los criollos en el poder, en lugar de cerrar filas alrededor de unos objetivos de unidad y defensa, surgió la disputa entre partidarios del legitimismo en favor del rey ausente (Fernando VII, sustituido por José Bonaparte tras la ocupación de España por parte de las tropas napoleónicas) y quienes abogaban por terminar todo vínculo con la corona española, víctima de levantamientos en sus posesiones en América.
Resuelto el debate en favor de los segundos, se planteó un enfrentamiento mayor: entre defensores de federalismo y centralismo, por cuya causa se desató la primera guerra civil. De otro lado, el Congreso granadino recogió a Simón Bolívar, un oficial caraqueño que llegó derrotado a Cartagena, donde cooperó en someter algunos focos de resistencia realistas. Con un ejército que el Congreso granadino le confió, Bolívar liberó inicialmente a Venezuela en una brillante y corta campaña. Así, el 7 de agosto de 1819, el general Bolívar obtuvo una victoria decisiva en la batalla de Boyacá. Una vez en Bogotá, proclamó entonces la independencia de la Nueva Granada. Algunos meses más tarde, el Congreso de Angostura (17 de diciembre de 1819) dio nacimiento al estado de Gran Colombia, que reunía la Nueva Granada, la actual Panamá y, después de su liberación, Venezuela y Ecuador. Esta experiencia no sobrevivió a su inspirador y, en 1830, después de la muerte de Bolívar, Venezuela, después Ecuador, hicieron secesión. En 1832, Colombia y Panamá constituyen la Nueva Granada.

Acta de independencia de Santa Fe
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(1988) Un siglo de rebeliones anticoloniales. Perú y Bolivia, 1700-1783. Cuzco: Centro Bartolomé de las Casas.
(1995) La gran rebelión en los Andes: de Túpac Amaru a Túpac Catari. Cuzco: Centro Bartolomé de las Casas.
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(2001) La Independencia en el Perú: de los borbones a Bolívar. Lima: Instituto Riva-Agüero.
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Plaza de la Independencia (Callao)
18/07/08: Personajes de la independencia del Perú
Abascal y Souza, José Fernando de (1743-1821). Virrey del Perú durante los peores años de la crisis española (1806-1816). Defensor incondicional del imperio español, fue el líder de la contrarrevolución americana al impedir que se aplique en su totalidad la Constitución liberal de Cádiz; aplastó rebeliones, conspiraciones y juntas de gobierno como las de Chuquisaca, La Paz, Quito y Santiago.
Bolívar, Simón (1783-1830). Es el líder más notable de la Independencia latinoamericana. Logró las independencias de los virreinatos de Nueva Granada y el Perú, hoy territorios de Panamá, Venezuela (bat. de Carabobo), Colombia (bat. de Boyacá), Ecuador (bat. de Pichincha), Perú (bats. de Junín y Ayacucho) y Bolivia. Proyectó la Federación de los Andes y redactó la Constitución Vitalicia.
Canterac, José de (1787-1835). Jefe del estado mayor del ejército realista en el Perú en los tramos finales de la independencia. Fue el máximo colaborador militar del virrey La Serna.
Cochrane, Lord Thomas (1775-1860). Oficial británico que colaboró con San Martín en las independencias de Chile y del Perú. Limpió el Pacífico del poder naval español pero tuvo serias desavenencias con el Libertador respecto a la estrategia militar. Su trabajo mercenario en la guerra le significó aumentar su fortuna personal.
Fernando VII (1784-1833). Rey de España cuando se independizaron las colonias iberoamericanas. Su reinado se destacó por imponer un feroz despotismo para impedir el proceso de liberación.

Fernando VII
La Mar, José de (1778-1830). Oficial patriota nacido en Cuenca (hoy Ecuador). Fue el presidente de la primera Junta de Gobierno (1822) y presidente del Perú (1827-1829).
La Serna, José de (1770-1831). Último virrey del Perú. Asumió el poder tras el Motín de Aznapuquio y se negó a aceptar los planes independentistas de San Martín en la Conferencia de Punchauca. Gobernó desde el Cuzco y tuvo que capitular tras las derrotas en Junín y Ayacucho.
Luna Pizarro, Francisco Javier de (1780-1855). Sacerdote del bando republicano. De ideas liberales, fue hostil a la intervención extranjera y al caudillismo militarista. Presidió el primer Congreso Peruano.
Monteagudo, Bernardo de (1785-1825). Político radical argentino hostil a España y los españoles. De ideas monárquicas, fue el principal colaborador de San Martín en el Perú. Expulsado de Lima por su política arbitraria, regresó con Bolívar y fue asesinado en Lima por sus enemigos.
Olañeta, Pedro Antonio de (1770-1825). Comerciante español del bando realista que, tras la batalla de Ayacucho, se proclamó virrey del Alto Perú. De tendencias absolutistas, se enfrentó a Sucre y murió en combate.
Pérez de Tudela, Manuel (1774-1863). Político republicano y liberal que redactó (al igual que Thomas Jefferson en Estados Unidos) el Acta de la Independencia, firmada en 15 de julio de 1821 por los vecinos notables de Lima. Fue contrario a los planes monárquicos sanmartinianos y escribió en La Abeja Republicana.

Manuel Pérez de Tudela
Pezuela, Joaquín de la (1761-1830). Oficial español que tras derrotar a los patriotas en el Alto Perú (durante el gobierno de Abascal), fue proclamado virrey del Perú. Sus emisarios no aceptaron los planes independentistas de San Martín en la Conferencia de Miraflores. Su actitud un tanto pasiva frente a las tropas sanmartinianas ocasionó su relevo en el Motín de Aznapuquio.
Pumacahua, Mateo (1740-1815). Curaca del pueblo de Chichero (Cuzco). Fue opositor a Túpac Amaru pero en 1814, junto a los hermanos Angulo, se alzó en el Cuzco ante la negativa del virrey Abascal de aplicar la Constitución de 1812. La rebelión se extendió por toda la sierra sur hasta que, abandonado por los criollos y perseguido por los realistas, fue capturado y ejecutado luego de la batalla de Umachiri (Arequipa).
Riva-Agüero, José de la (1783-1858). Aristócrata criollo, patriota, autor de las 28 causas de la independencia y colaborador de San Martín. Fue el primer presidente del Perú (1823) y, al no estar de acuerdo con la política de Bolívar, entabló contacto con los realistas y fue acusado de traición. Tuvo que abandonar el país y se dirigió a Europa.
Rodil, José Ramón (1789-1853). Oficial español que organizó el sitio del Real Felipe en el Callao, último baluarte realista tras la victoria de Ayacucho. Con él se refugió buena parte de la aristocracia limeña contraria a la independencia a la que le cobró enormes sumas por permanecer en la fortaleza. Capituló en 1825 y se fue a España como un victorioso.
Rodríguez de Mendoza, Toribio (1750-1825). Sacerdote y antiguo rector del Convictorio de San Carlos donde difundió la doctrina liberal. Es considerado el “maestro de los próceres” pues en las aulas del Convictorio fue profesor de muchos de los ideólogos de la independencia. De posiciones republicanas, fue presidente honorario del Primer Congreso Peruano.
Sánchez Carrión, José Faustino (1787-1825). Republicano y liberal, fue el ideólogo peruano más importante de la independencia. Se opuso a los planes monárquicos de san martín desde sus Cartas del Solitario de Sayán y desde las páginas del periódico La Abeja republicana. Fue secretario general de Bolívar.

José Faustinio Sánchez Carrión
San Martín, José de (1778-1850). Fue uno de los líderes más importantes de a independencia americana. Luego de participar en la independencia del Río de la Plata (Argentina), liberó a Chile. En Lima proclamó la independencia del Perú y trató de difundir un plan monárquico. Al buscar una solución política y no militar de la independencia, y calculando mal el deseo de los peruanos para tal fin, se retiró y dejó el camino libre a Bolívar (tras la Entrevista de Guayaquil). Antes de abandonar el país, instaló el Prime Congreso Peruano.
Santa Cruz, Andrés de (1792-1865). Mestizo que inició su carrera militar en el ejército realista. Convertido al bando patriota, sirvió a las órdenes de San Martín y Bolívar. Lideró el Motín de Balconcillo que puso en la presidencia a Riva-Agüero y presidió el Consejo de Gobierno tras la salida de Bolívar del Perú. Luego sería presidente de Bolivia y propulsor de la Confederación Peruano-Boliviana.
Sucre, Antonio José de (1795-1830). Máximo colaborador de Bolívar en las guerras independentistas. Estuvo al mando del ejército patriota en la batalla de Ayacucho, firmó la Capitulación de Ayacucho y dirigió la independencia del Alto Perú. Fue el primer presidente de Bolivia (1826-1828).
Torre Tagle, Marqués de (1779-1825). Aristócrata criollo, intendente de Trujillo, que apoyó la independencia durante la presencia de San Martín pero regresó a las filas realistas en tiempos de Bolívar. Murió en el asedio al Real Felipe (Callao).
Túpac Amaru, José Gabril Condorcanqui (1740-1781). Curaca descendiente de los incas del Cuzco. Se levantó contra las autoridades españolas en el contexto de las Reformas Borbónicas. Su rebelión, que llegó a postular la separación de España, se extendió por toda la sierra sur y el Alto Perú. Luego de su derrota y ejecución, la Corona implementó una política con el propósito de eliminar los rasgos del nacionalismo inca (abolición de los curacazgos y prohibir la lectura de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, por ejemplo).
Unanue, Hipólito (1755-1833). Científico, médico y político peruano. Su biografía demuestra lo cambiantes que fueron las posiciones políticas de la elite criolla. De se asesor de virreyes pasó luego a colaborar con San Martín y Bolívar. Fue nuestro primer ministro de Hacienda, integró el Primer Congreso Peruano y redactó la posición de los emisarios peruanos al Congreso de Panamá.
Bolívar, Simón (1783-1830). Es el líder más notable de la Independencia latinoamericana. Logró las independencias de los virreinatos de Nueva Granada y el Perú, hoy territorios de Panamá, Venezuela (bat. de Carabobo), Colombia (bat. de Boyacá), Ecuador (bat. de Pichincha), Perú (bats. de Junín y Ayacucho) y Bolivia. Proyectó la Federación de los Andes y redactó la Constitución Vitalicia.
Canterac, José de (1787-1835). Jefe del estado mayor del ejército realista en el Perú en los tramos finales de la independencia. Fue el máximo colaborador militar del virrey La Serna.
Cochrane, Lord Thomas (1775-1860). Oficial británico que colaboró con San Martín en las independencias de Chile y del Perú. Limpió el Pacífico del poder naval español pero tuvo serias desavenencias con el Libertador respecto a la estrategia militar. Su trabajo mercenario en la guerra le significó aumentar su fortuna personal.
Fernando VII (1784-1833). Rey de España cuando se independizaron las colonias iberoamericanas. Su reinado se destacó por imponer un feroz despotismo para impedir el proceso de liberación.

Fernando VII
La Mar, José de (1778-1830). Oficial patriota nacido en Cuenca (hoy Ecuador). Fue el presidente de la primera Junta de Gobierno (1822) y presidente del Perú (1827-1829).
La Serna, José de (1770-1831). Último virrey del Perú. Asumió el poder tras el Motín de Aznapuquio y se negó a aceptar los planes independentistas de San Martín en la Conferencia de Punchauca. Gobernó desde el Cuzco y tuvo que capitular tras las derrotas en Junín y Ayacucho.
Luna Pizarro, Francisco Javier de (1780-1855). Sacerdote del bando republicano. De ideas liberales, fue hostil a la intervención extranjera y al caudillismo militarista. Presidió el primer Congreso Peruano.
Monteagudo, Bernardo de (1785-1825). Político radical argentino hostil a España y los españoles. De ideas monárquicas, fue el principal colaborador de San Martín en el Perú. Expulsado de Lima por su política arbitraria, regresó con Bolívar y fue asesinado en Lima por sus enemigos.
Olañeta, Pedro Antonio de (1770-1825). Comerciante español del bando realista que, tras la batalla de Ayacucho, se proclamó virrey del Alto Perú. De tendencias absolutistas, se enfrentó a Sucre y murió en combate.
Pérez de Tudela, Manuel (1774-1863). Político republicano y liberal que redactó (al igual que Thomas Jefferson en Estados Unidos) el Acta de la Independencia, firmada en 15 de julio de 1821 por los vecinos notables de Lima. Fue contrario a los planes monárquicos sanmartinianos y escribió en La Abeja Republicana.

Manuel Pérez de Tudela
Pezuela, Joaquín de la (1761-1830). Oficial español que tras derrotar a los patriotas en el Alto Perú (durante el gobierno de Abascal), fue proclamado virrey del Perú. Sus emisarios no aceptaron los planes independentistas de San Martín en la Conferencia de Miraflores. Su actitud un tanto pasiva frente a las tropas sanmartinianas ocasionó su relevo en el Motín de Aznapuquio.
Pumacahua, Mateo (1740-1815). Curaca del pueblo de Chichero (Cuzco). Fue opositor a Túpac Amaru pero en 1814, junto a los hermanos Angulo, se alzó en el Cuzco ante la negativa del virrey Abascal de aplicar la Constitución de 1812. La rebelión se extendió por toda la sierra sur hasta que, abandonado por los criollos y perseguido por los realistas, fue capturado y ejecutado luego de la batalla de Umachiri (Arequipa).
Riva-Agüero, José de la (1783-1858). Aristócrata criollo, patriota, autor de las 28 causas de la independencia y colaborador de San Martín. Fue el primer presidente del Perú (1823) y, al no estar de acuerdo con la política de Bolívar, entabló contacto con los realistas y fue acusado de traición. Tuvo que abandonar el país y se dirigió a Europa.
Rodil, José Ramón (1789-1853). Oficial español que organizó el sitio del Real Felipe en el Callao, último baluarte realista tras la victoria de Ayacucho. Con él se refugió buena parte de la aristocracia limeña contraria a la independencia a la que le cobró enormes sumas por permanecer en la fortaleza. Capituló en 1825 y se fue a España como un victorioso.
Rodríguez de Mendoza, Toribio (1750-1825). Sacerdote y antiguo rector del Convictorio de San Carlos donde difundió la doctrina liberal. Es considerado el “maestro de los próceres” pues en las aulas del Convictorio fue profesor de muchos de los ideólogos de la independencia. De posiciones republicanas, fue presidente honorario del Primer Congreso Peruano.
Sánchez Carrión, José Faustino (1787-1825). Republicano y liberal, fue el ideólogo peruano más importante de la independencia. Se opuso a los planes monárquicos de san martín desde sus Cartas del Solitario de Sayán y desde las páginas del periódico La Abeja republicana. Fue secretario general de Bolívar.

José Faustinio Sánchez Carrión
San Martín, José de (1778-1850). Fue uno de los líderes más importantes de a independencia americana. Luego de participar en la independencia del Río de la Plata (Argentina), liberó a Chile. En Lima proclamó la independencia del Perú y trató de difundir un plan monárquico. Al buscar una solución política y no militar de la independencia, y calculando mal el deseo de los peruanos para tal fin, se retiró y dejó el camino libre a Bolívar (tras la Entrevista de Guayaquil). Antes de abandonar el país, instaló el Prime Congreso Peruano.
Santa Cruz, Andrés de (1792-1865). Mestizo que inició su carrera militar en el ejército realista. Convertido al bando patriota, sirvió a las órdenes de San Martín y Bolívar. Lideró el Motín de Balconcillo que puso en la presidencia a Riva-Agüero y presidió el Consejo de Gobierno tras la salida de Bolívar del Perú. Luego sería presidente de Bolivia y propulsor de la Confederación Peruano-Boliviana.
Sucre, Antonio José de (1795-1830). Máximo colaborador de Bolívar en las guerras independentistas. Estuvo al mando del ejército patriota en la batalla de Ayacucho, firmó la Capitulación de Ayacucho y dirigió la independencia del Alto Perú. Fue el primer presidente de Bolivia (1826-1828).
Torre Tagle, Marqués de (1779-1825). Aristócrata criollo, intendente de Trujillo, que apoyó la independencia durante la presencia de San Martín pero regresó a las filas realistas en tiempos de Bolívar. Murió en el asedio al Real Felipe (Callao).
Túpac Amaru, José Gabril Condorcanqui (1740-1781). Curaca descendiente de los incas del Cuzco. Se levantó contra las autoridades españolas en el contexto de las Reformas Borbónicas. Su rebelión, que llegó a postular la separación de España, se extendió por toda la sierra sur y el Alto Perú. Luego de su derrota y ejecución, la Corona implementó una política con el propósito de eliminar los rasgos del nacionalismo inca (abolición de los curacazgos y prohibir la lectura de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, por ejemplo).
Unanue, Hipólito (1755-1833). Científico, médico y político peruano. Su biografía demuestra lo cambiantes que fueron las posiciones políticas de la elite criolla. De se asesor de virreyes pasó luego a colaborar con San Martín y Bolívar. Fue nuestro primer ministro de Hacienda, integró el Primer Congreso Peruano y redactó la posición de los emisarios peruanos al Congreso de Panamá.
17/07/08: Cronología de la independencia del Perú
1820
Enero
1 Golpe liberal en España encabezado por el general Rafael de Riego
Agosto
20 La Escuadra Libertadora zarpa de Valparaíso
Setiembre
8 San Martín y la escuadra Libertadora desembarcan en Paracas
24 Conversaciones de Miraflores
Noviembre
10 Desembarco de San Martín en Huacho
26 Primer “Grito de la Libertad” de san Martín en un balcón en Guacho
Diciembre
3 Deserción del batallón Numancia que se pasa al bando patriota
1821
Enero
29 Motín de Aznapuquio
Febrero
12 San Martín, por el Reglamento Provisorio, crea los departamento de Trujillo, Tarma, Huaylas y Lima
Mayo-Junio
Conversaciones de Punchauca
Julio
6 El virrey La Serna se retira de Lima
12 San martín ingresa a Lima
15 El Cabildo Abierto en Lima declara la Independencia
28 San Martín proclama la Independencia en la Plaza de Armas
Agosto
3 Se inicia el Protectorado
8 San Martín funda la Biblioteca Nacional
Octubre
8 Por el Estatuto Provisorio, se da base jurídica al Protectorado
Diciembre
12 San martín crea la Orden del Sol
1822
Enero
20 San Martín crea la Sociedad Patriótica de Lima
Abril
4 Derrota patriota en Machacona (Ica)
Mayo
24 Victoria de Bolívar en Pichincha (Ecuador)
Julio
14 San martín parte a Guayaquil a entrevistarse con Bolívar
26-25 Entrevista entre San Martín y Bolívar en Guayaquil
Setiembre
20 San Martín instala el Congreso y se retira del Perú
1823
Enero
19 Derrota patriota en Torata
21 Derrota patriota en Moquegua y fracaso de la primera Expedición a Intermedios
Febrero
27 Motín de Balconcillo
28 José de la Riva-Agüero, primer presidente del Perú
Mayo
14 El Congreso peruana llama a Bolívar a conducir la guerra contra los realistas
Junio
16 Ocupación de Lima por los realistas
Agosto
25 Victoria patriota en Zepita
Setiembre
1 Llega Bolívar al Perú
Noviembre
18 Se promulga la primera Constitución del Perú
El marqués de Torre Tagle, presidente del Perú
25 Riva-Agüero se embarca a Europa
1824
Febrero
10 Torre Tagle es destituido y Bolívar es nombrado Dictador
29 Los realistas ocupan Lima y Rodil toma el Real Felipe (Callao)
Marzo
24 Bolívar decreta la libertad de los esclavos
26 Bolívar nombra a Sánchez Carrión ministro con plenos poderes civiles
Mayo
10 Bolívar crea la Universidad de Trujillo
Agosto
6 Batalla de Junín
Diciembre
7 Bolívar convoca al Congreso de Panamá
9 Batalla de Ayacucho y Capitulación de Ayacucho
1825
Enero
28 Mueres asesinado en Lima Bernardo de Monteagudo
Febrero
25 Bolívar disuelve el Congreso
Junio
2 Fallece en Lurín José Faustino Sánchez Carrión
Julio
4 Bolívar decreta la abolición de la mita
Agosto
6 Creación de Bolivia
1826
Enero
22 Capitulación de Rodil e el Real Felipe (Callao)
Setiembre
4 Bolívar se retira del Perú y deja un Consejo de Gobierno
Noviembre
3 El Consejo de gobierno jura la Constitución Vitalicia y proclama a Bolívar Presidente Vitalicio
1827
Enero
27 Un Cabildo Abierto en Lima rechaza la Constitución Vitalicia y regresa a la de 1823

Retablo de la Capitulación de Ayacucho
Enero
1 Golpe liberal en España encabezado por el general Rafael de Riego
Agosto
20 La Escuadra Libertadora zarpa de Valparaíso
Setiembre
8 San Martín y la escuadra Libertadora desembarcan en Paracas
24 Conversaciones de Miraflores
Noviembre
10 Desembarco de San Martín en Huacho
26 Primer “Grito de la Libertad” de san Martín en un balcón en Guacho
Diciembre
3 Deserción del batallón Numancia que se pasa al bando patriota
1821
Enero
29 Motín de Aznapuquio
Febrero
12 San Martín, por el Reglamento Provisorio, crea los departamento de Trujillo, Tarma, Huaylas y Lima
Mayo-Junio
Conversaciones de Punchauca
Julio
6 El virrey La Serna se retira de Lima
12 San martín ingresa a Lima
15 El Cabildo Abierto en Lima declara la Independencia
28 San Martín proclama la Independencia en la Plaza de Armas
Agosto
3 Se inicia el Protectorado
8 San Martín funda la Biblioteca Nacional
Octubre
8 Por el Estatuto Provisorio, se da base jurídica al Protectorado
Diciembre
12 San martín crea la Orden del Sol
1822
Enero
20 San Martín crea la Sociedad Patriótica de Lima
Abril
4 Derrota patriota en Machacona (Ica)
Mayo
24 Victoria de Bolívar en Pichincha (Ecuador)
Julio
14 San martín parte a Guayaquil a entrevistarse con Bolívar
26-25 Entrevista entre San Martín y Bolívar en Guayaquil
Setiembre
20 San Martín instala el Congreso y se retira del Perú
1823
Enero
19 Derrota patriota en Torata
21 Derrota patriota en Moquegua y fracaso de la primera Expedición a Intermedios
Febrero
27 Motín de Balconcillo
28 José de la Riva-Agüero, primer presidente del Perú
Mayo
14 El Congreso peruana llama a Bolívar a conducir la guerra contra los realistas
Junio
16 Ocupación de Lima por los realistas
Agosto
25 Victoria patriota en Zepita
Setiembre
1 Llega Bolívar al Perú
Noviembre
18 Se promulga la primera Constitución del Perú
El marqués de Torre Tagle, presidente del Perú
25 Riva-Agüero se embarca a Europa
1824
Febrero
10 Torre Tagle es destituido y Bolívar es nombrado Dictador
29 Los realistas ocupan Lima y Rodil toma el Real Felipe (Callao)
Marzo
24 Bolívar decreta la libertad de los esclavos
26 Bolívar nombra a Sánchez Carrión ministro con plenos poderes civiles
Mayo
10 Bolívar crea la Universidad de Trujillo
Agosto
6 Batalla de Junín
Diciembre
7 Bolívar convoca al Congreso de Panamá
9 Batalla de Ayacucho y Capitulación de Ayacucho
1825
Enero
28 Mueres asesinado en Lima Bernardo de Monteagudo
Febrero
25 Bolívar disuelve el Congreso
Junio
2 Fallece en Lurín José Faustino Sánchez Carrión
Julio
4 Bolívar decreta la abolición de la mita
Agosto
6 Creación de Bolivia
1826
Enero
22 Capitulación de Rodil e el Real Felipe (Callao)
Setiembre
4 Bolívar se retira del Perú y deja un Consejo de Gobierno
Noviembre
3 El Consejo de gobierno jura la Constitución Vitalicia y proclama a Bolívar Presidente Vitalicio
1827
Enero
27 Un Cabildo Abierto en Lima rechaza la Constitución Vitalicia y regresa a la de 1823

Retablo de la Capitulación de Ayacucho
16/07/08: Las rabonas
Hace unos días, un lector de este blog me sugirió que tratásemos el tema de las “rabonas” en los ejércitos peruanos del siglo XIX. En efecto, la presencia de estas mujeres en las tropas está registrada desde las guerras por la Independencia, pasando por las luchas caudillescas, hasta la Guerra del Pacífico. Las “rabonas” no solo eran las esposas o compañeras de los soldados, especialmente de los de ascendencia indígena; también podían ser sus madres o, incluso, sus hermanas. Los oficiales las toleraban porque eran auxiliares en el abastecimiento de la tropa y garantizaban un número menor de deserciones.

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
Uno de los testimonios más completos de estas célebres mujeres, nos lo da el viajero suizo Johan Jacob von Tschudi (El Perú. Esbozos de viajes realizados entre 1838 y 1842), quien estuvo en el Perú en la década de 1840 y quedó impresionado por el papel de las “rabonas” en la vida militar del país:
En los ejércitos hay casi siempre tantas mujeres como hombres. Cuando Santa Cruz entró a Lima, su ejército consistió en 7000 hombres seguidos por 6000 mujeres. A primera vista, esta costumbre parece extraña y llamativa, pero convence después de una evaluación más precisa de las circunstancias. Se cuenta que un famoso general dijo que “no quería emprender ninguna expedición militar con tropas que no cuenten con tantas mujeres como hombres”.
Las indias son tan serenas y constantes como los hombres y se adelantan al ejército en campaña. Por regla parten una o dos horas antes que los soldados y llegan mucho antes también al previsto lugar de descanso. Al llegar buscan leña para combustible, cocinas la merienda que llevan consigo y esperan a sus esposos, hermanos o hijos con la comida preparada. En las inhóspitas y solitarias regiones montañosas, esta preocupación tiene un valor incalculable ya que sin ellas las tropas morirían de hambre. Estas mujeres no causan molestia alguna al avance rápido de las columnas, al contrario, lo facilitan al aliviar a los soldados de parte de sus trabajos y les proveen descanso y alimentación adecuada. También se proveen de sus propias necesidades y ni el estado ni los comandantes de las tropas se preocupan de ellas. Los últimos están contentos si las indias les ofrecen cocinar para ellos también.
A estas mujeres se les llama rabonas. Durante las batallas se mantienen cerca de las tropas sin estorbarlas, después del combate buscan a los heridos y les curan. Su destino no es de envidiar, hay que tienen que sufrir, fuera de las variadas penurias y privaciones, maltratos de sus esposos, lo que aguantan con increíble paciencia.
El siguiente caso sirva de ejemplo característico de su subordinación incondicional. Un soldado boliviano le pegó a su mujer sin piedad en al Plazuela de la Inquisición de Lima. Un mulato que presenció la escena se acercó para asistir a la víctima. Ella, sin embargo, saltó contra su liberador y le arañó al c ara con las palabras: “Tú no tienes por qué entrometerte en mis asuntos, pertenezco a mi marido y él puede hacer conmigo lo que quiera”. Semejante sumisión supera aun la de un perro que lame la mano del que le pega.
Cuando las tropas descansan en la noche y algunas de las rabonas reciben noticias del destino fatal de sus esposos o hijos regresan con lamentos, buscan a sus muertos y les preparan su última posada bajo fuertes gritos de dolor.

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
Uno de los testimonios más completos de estas célebres mujeres, nos lo da el viajero suizo Johan Jacob von Tschudi (El Perú. Esbozos de viajes realizados entre 1838 y 1842), quien estuvo en el Perú en la década de 1840 y quedó impresionado por el papel de las “rabonas” en la vida militar del país:
En los ejércitos hay casi siempre tantas mujeres como hombres. Cuando Santa Cruz entró a Lima, su ejército consistió en 7000 hombres seguidos por 6000 mujeres. A primera vista, esta costumbre parece extraña y llamativa, pero convence después de una evaluación más precisa de las circunstancias. Se cuenta que un famoso general dijo que “no quería emprender ninguna expedición militar con tropas que no cuenten con tantas mujeres como hombres”.
Las indias son tan serenas y constantes como los hombres y se adelantan al ejército en campaña. Por regla parten una o dos horas antes que los soldados y llegan mucho antes también al previsto lugar de descanso. Al llegar buscan leña para combustible, cocinas la merienda que llevan consigo y esperan a sus esposos, hermanos o hijos con la comida preparada. En las inhóspitas y solitarias regiones montañosas, esta preocupación tiene un valor incalculable ya que sin ellas las tropas morirían de hambre. Estas mujeres no causan molestia alguna al avance rápido de las columnas, al contrario, lo facilitan al aliviar a los soldados de parte de sus trabajos y les proveen descanso y alimentación adecuada. También se proveen de sus propias necesidades y ni el estado ni los comandantes de las tropas se preocupan de ellas. Los últimos están contentos si las indias les ofrecen cocinar para ellos también.
A estas mujeres se les llama rabonas. Durante las batallas se mantienen cerca de las tropas sin estorbarlas, después del combate buscan a los heridos y les curan. Su destino no es de envidiar, hay que tienen que sufrir, fuera de las variadas penurias y privaciones, maltratos de sus esposos, lo que aguantan con increíble paciencia.
El siguiente caso sirva de ejemplo característico de su subordinación incondicional. Un soldado boliviano le pegó a su mujer sin piedad en al Plazuela de la Inquisición de Lima. Un mulato que presenció la escena se acercó para asistir a la víctima. Ella, sin embargo, saltó contra su liberador y le arañó al c ara con las palabras: “Tú no tienes por qué entrometerte en mis asuntos, pertenezco a mi marido y él puede hacer conmigo lo que quiera”. Semejante sumisión supera aun la de un perro que lame la mano del que le pega.
Cuando las tropas descansan en la noche y algunas de las rabonas reciben noticias del destino fatal de sus esposos o hijos regresan con lamentos, buscan a sus muertos y les preparan su última posada bajo fuertes gritos de dolor.
Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
15/07/08: Por la avenida Brasil
Desde la plaza Bolognesi, llegamos a la avenida Brasil (antes llamada Magdalena, cuando era una carretera de tierra que comunicaba el centro de la ciudad con el pueblo de Magdalena Vieja). En la primera y segunda cuadras hay un grupo de conjuntos residenciales de la década de 1920 que, arquitectónicamente, merecen ser conservados y restaurados, especialmente una casona de color crema con la que empieza la cuadra 2. Al frente tenemos la iglesia de María Auxiliadora, construida en 1921, y que presenta una mezcla muy curiosa de estilos: torre neobizantina con elementos afrancesados y cobertura neorrománica.

Avenida Brasil, años 20
Seguimos por el mismo lado de María Auxiliadora y nos topamos con el Colegio Salesiano (n° 328), levantado en un terreno donde se encontraba la hacienda Breña, propiedad de Genaro García Irigoyen (la compra del terreno se hizo gracias a una donación del monseñor Teodomiro del Valle, obispo de Huánuco y Arzobispo elector de Lima, en 1897). De esta manera, se inició la construcción y el funcionamiento de una escuela primaria para varones regentada por los hermanos salesianos; en 1918, por Resolución Ministerial, se aprobó la Instrucción Secundaria convirtiéndose la escuela en el “Colegio Salesiano”. Al frente, uno de los locales más antiguos de la Iglesia Evangélica Peruana (n° 335), de tono celeste, con techo a dos aguas y vitrales de los años sesenta.
Seguimos y en la cuadra 4 ubicamos el colegio María Auxiliadora (n° 450), un elegante edificio de los años cuarenta; es el colegio de mujeres de la orden salesiana. Más adelante, en la misma cuadra, tenemos la Residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados (n° 496), uno de los asilos para ancianos más importantes de Lima, construido por iniciativa de la benefactora Angélica de Osma Gildemeister (la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados llegó al Perú en 1898 y actualmente atiende a 400 ancianos en este asilo). Al frente –seguimos en la cuadra 4- apreciamos un interesantísimo condominio de chalets estilo suizo o tirolés, único en la zona (y en toda Lima) y casi inadvertido por el transeúnte; fue construido también en los años cuarenta.
El Hospital del Niño (cuadra 5) es uno de los edificios más conocidos y emblemáticos de la avenida Brasil; fue inaugurado con el nombre de Hospital de Niños “Julia Swayne de Leguía” el 1 de noviembre de 1929 por el presidente Leguía (en homenaje a su esposa fallecida en 1919). Juana Alarco de Dammert fue la que, junto a un grupo de damas limeñas, impulsó la construcción de este hospital, cuyo primer director fue el doctor Carlos Krumdieck. El terreno fue cedido por la Beneficencia Pública de Lima. Erigido, según se dijo entonces, con sujeción a los más nuevos dictados de la ciencia moderna; dotado de todo el material que requería su funcionamiento; y colocado bajo la dirección de un comité en el que figuraban facultativos especializados. Su apertura señaló gran acontecimiento en el desarrollo de la política asistencial, según Jorge Basadre.
Avanzamos y nos encontramos con el local de Tejidos San Jacinto (n°786), emblemática fábrica fundada por la familia Isola en 1896. En la cuadra 8 vemos el Teatro Astros (n° 863), en lo que fue el tradicional cine Diamante (en 1949, fue uno de los pioneros en mejorar el sonido de su exhibiciones al comprar un equipo rac-photophone) y, en la siguiente cuadra nos detenemos a contemplar una interesante quinta (n° 974), ocultada por unas rejas, que nos revela la arquitectura residencias de clase media de la Lima de los años 30. Otros ejemplos rescatables de arquitectura limeña de primera mitad del siglo XX son la hermosa casona estilo europeo que alberga la sede central del colegio Santa María de Breña (n° 1090) y una casona particular, de color cuarzo, en la cuadra 13 (n° 1330). Entre las cuadras 15 y 16 de la Brasil, en el cruce con la avenida Bolívar, apreciamos un moderno local de supermercados PLAZA VEA. En ese mismo lugar, hasta la década de 1980 funcionaba la Sinagoga sefardí de Lima, construida a finales de los años 30; al frente, una tradicional panadería y confitería llamada SALÓN DE TÉ.
La cuadra 17 es de particular importancia a nivel arquitectónico pues allí encontramos uno de los 10 monasterios de vida contemplativa en Lima. Se trata de las monjas agustinas del Monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación (n° 1778) y de la iglesia del mismo nombre (n° 1780); hay misas de lunes a sábado a las 7:30 am. y a las 6 pm, y el rezo del rosario a las 5:30 pm. (en esos horarios se podría entrar). El monasterio fue inaugurado en 1943 y fue diseñado por el arquitecto Alfonso G. Anderson. Los padrinos de la obra fueron el entonces presidente de la república Manuel Prado y Ugarteche y su esposa Enriqueta Garlad; fue bendecido por el monseñor Pedro Pascual Farfán, obispo de Lima. Al costado del local del monasterio, hay una interesante agrupación de residencias de un solo piso, diseñadas por el mismo Anderson, rescatable ejemplo de la arquitectura residencial limeña de los cuarenta. Como dato curioso, al frente de este complejo, en la misma cuadra 17, observamos una casona construida en forma de castillo, con “torres” en todo el perímetro del techo, con fachada de tipo arabesco, todo un collage. Y como para constatar la diversidad de credos existentes en nuestra capital, en la siguiente cuadra tenemos la Iglesia Alianza Cristiana Misionera (n° 1864).

El presidente Belaunde en carro descubierto en el desfile militar de la avenida Brasil (1982)
Luego llegamos, entre las cuadras 22 y 23 al tradicional “óvalo” de la Brasil en el que todos los 29 de julio se levanta la tribuna principal para ver la Gran Parada Militar. Luego están el Hospital Central de la Policía “gral. PNP Luis N. Sánchez”, cuyo edificio fue inaugurado por el presidente Manuel Prado en 1961 (el origen de este nosocomio se remonta a la creación de la Dirección de Salud de la Policía el 12 de agosto de 1929 por el presidente Augusto B. Leguía), y el Hospital Militar, inaugurado por el dictador Odría en julio de 1956 y su ministro de Guerra (gral.) Enrique Indacochea. Cabe destacar que el terreno donde se encuentra el Hospital Militar estaba adjudicado, por el Estado, a la Escuela de Ingenieros (hoy UNI) para que construyera allí su nuevo local. Sin embargo, cuando las autoridades universitarias analizaron bien las proporciones del terreno y el diseño de los pabellones desistieron del proyecto. Fue entonces que el Ejército reclamó el terreno y el Estado se lo adjudicó en 1943; desde esa fecha se inicia la construcción del edificio que ahora vemos. Si bien es cierto Odría inauguró el local en 1956, recién en diciembre de 1957 empezó a funcionar como hospital; esta vez, la inauguración estuvo a cargo del presidente Manuel Prado y de su ministro de Guerra (gral.) Alejandro Cuadra.
Cruzamos el by pass y llegamos al Colegio de Jesús (cuadra 24); la Iglesia de Dios Vida Nueva (n° 3098); en la cuadra 35 una hermosa casona neo colonial donde ahora funciona la Asociación Mutualista Honor y Lealtad (AMHOLE) de la Policía de Investigaciones del Perú (n° 3558); vale la pena detenerse en esta casona. También en la cuadra 35 el vetusto cine Broadway, clausurado en 2005 al no aprobar la evaluación técnica de Defensa Civil; otra interesante casona de los años cuarenta, color cuarzo (n° 3784); y el famoso, allá por los años sesenta y setenta, restaurante de carnes y parrilladas La Querencia (n° 3920).
Ya al final de la Brasil, llegamos al la plazuela donde se encuentra el controvertido (por su diseño y proporciones) monumento a la Virgen María. Fue inaugurado por la Municipalidad de Magdalena del Mar en 1996 y su padrino fue el entonces Arzobispo de Lima, cardenal Augusto Vargas Alzadora. Se supone que la estatua gira totalmente gracias a un mecanismo que actualmente se encuentra averiado. Sus constructores explican que Las vigas inclinadas parboloides representan la prolongación de los brazos de la Virgen en actitud de protección a la comunidad de Magdalena; y que arquitectónicamente las bases de la columna y los brazos forman un triángulo equilátero cuyos vértices simbolizan al padre, Hijo y Espíritu Santo.

Avenida Brasil, años 20
Seguimos por el mismo lado de María Auxiliadora y nos topamos con el Colegio Salesiano (n° 328), levantado en un terreno donde se encontraba la hacienda Breña, propiedad de Genaro García Irigoyen (la compra del terreno se hizo gracias a una donación del monseñor Teodomiro del Valle, obispo de Huánuco y Arzobispo elector de Lima, en 1897). De esta manera, se inició la construcción y el funcionamiento de una escuela primaria para varones regentada por los hermanos salesianos; en 1918, por Resolución Ministerial, se aprobó la Instrucción Secundaria convirtiéndose la escuela en el “Colegio Salesiano”. Al frente, uno de los locales más antiguos de la Iglesia Evangélica Peruana (n° 335), de tono celeste, con techo a dos aguas y vitrales de los años sesenta.
Seguimos y en la cuadra 4 ubicamos el colegio María Auxiliadora (n° 450), un elegante edificio de los años cuarenta; es el colegio de mujeres de la orden salesiana. Más adelante, en la misma cuadra, tenemos la Residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados (n° 496), uno de los asilos para ancianos más importantes de Lima, construido por iniciativa de la benefactora Angélica de Osma Gildemeister (la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados llegó al Perú en 1898 y actualmente atiende a 400 ancianos en este asilo). Al frente –seguimos en la cuadra 4- apreciamos un interesantísimo condominio de chalets estilo suizo o tirolés, único en la zona (y en toda Lima) y casi inadvertido por el transeúnte; fue construido también en los años cuarenta.
El Hospital del Niño (cuadra 5) es uno de los edificios más conocidos y emblemáticos de la avenida Brasil; fue inaugurado con el nombre de Hospital de Niños “Julia Swayne de Leguía” el 1 de noviembre de 1929 por el presidente Leguía (en homenaje a su esposa fallecida en 1919). Juana Alarco de Dammert fue la que, junto a un grupo de damas limeñas, impulsó la construcción de este hospital, cuyo primer director fue el doctor Carlos Krumdieck. El terreno fue cedido por la Beneficencia Pública de Lima. Erigido, según se dijo entonces, con sujeción a los más nuevos dictados de la ciencia moderna; dotado de todo el material que requería su funcionamiento; y colocado bajo la dirección de un comité en el que figuraban facultativos especializados. Su apertura señaló gran acontecimiento en el desarrollo de la política asistencial, según Jorge Basadre.
Avanzamos y nos encontramos con el local de Tejidos San Jacinto (n°786), emblemática fábrica fundada por la familia Isola en 1896. En la cuadra 8 vemos el Teatro Astros (n° 863), en lo que fue el tradicional cine Diamante (en 1949, fue uno de los pioneros en mejorar el sonido de su exhibiciones al comprar un equipo rac-photophone) y, en la siguiente cuadra nos detenemos a contemplar una interesante quinta (n° 974), ocultada por unas rejas, que nos revela la arquitectura residencias de clase media de la Lima de los años 30. Otros ejemplos rescatables de arquitectura limeña de primera mitad del siglo XX son la hermosa casona estilo europeo que alberga la sede central del colegio Santa María de Breña (n° 1090) y una casona particular, de color cuarzo, en la cuadra 13 (n° 1330). Entre las cuadras 15 y 16 de la Brasil, en el cruce con la avenida Bolívar, apreciamos un moderno local de supermercados PLAZA VEA. En ese mismo lugar, hasta la década de 1980 funcionaba la Sinagoga sefardí de Lima, construida a finales de los años 30; al frente, una tradicional panadería y confitería llamada SALÓN DE TÉ.
La cuadra 17 es de particular importancia a nivel arquitectónico pues allí encontramos uno de los 10 monasterios de vida contemplativa en Lima. Se trata de las monjas agustinas del Monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación (n° 1778) y de la iglesia del mismo nombre (n° 1780); hay misas de lunes a sábado a las 7:30 am. y a las 6 pm, y el rezo del rosario a las 5:30 pm. (en esos horarios se podría entrar). El monasterio fue inaugurado en 1943 y fue diseñado por el arquitecto Alfonso G. Anderson. Los padrinos de la obra fueron el entonces presidente de la república Manuel Prado y Ugarteche y su esposa Enriqueta Garlad; fue bendecido por el monseñor Pedro Pascual Farfán, obispo de Lima. Al costado del local del monasterio, hay una interesante agrupación de residencias de un solo piso, diseñadas por el mismo Anderson, rescatable ejemplo de la arquitectura residencial limeña de los cuarenta. Como dato curioso, al frente de este complejo, en la misma cuadra 17, observamos una casona construida en forma de castillo, con “torres” en todo el perímetro del techo, con fachada de tipo arabesco, todo un collage. Y como para constatar la diversidad de credos existentes en nuestra capital, en la siguiente cuadra tenemos la Iglesia Alianza Cristiana Misionera (n° 1864).

El presidente Belaunde en carro descubierto en el desfile militar de la avenida Brasil (1982)
Luego llegamos, entre las cuadras 22 y 23 al tradicional “óvalo” de la Brasil en el que todos los 29 de julio se levanta la tribuna principal para ver la Gran Parada Militar. Luego están el Hospital Central de la Policía “gral. PNP Luis N. Sánchez”, cuyo edificio fue inaugurado por el presidente Manuel Prado en 1961 (el origen de este nosocomio se remonta a la creación de la Dirección de Salud de la Policía el 12 de agosto de 1929 por el presidente Augusto B. Leguía), y el Hospital Militar, inaugurado por el dictador Odría en julio de 1956 y su ministro de Guerra (gral.) Enrique Indacochea. Cabe destacar que el terreno donde se encuentra el Hospital Militar estaba adjudicado, por el Estado, a la Escuela de Ingenieros (hoy UNI) para que construyera allí su nuevo local. Sin embargo, cuando las autoridades universitarias analizaron bien las proporciones del terreno y el diseño de los pabellones desistieron del proyecto. Fue entonces que el Ejército reclamó el terreno y el Estado se lo adjudicó en 1943; desde esa fecha se inicia la construcción del edificio que ahora vemos. Si bien es cierto Odría inauguró el local en 1956, recién en diciembre de 1957 empezó a funcionar como hospital; esta vez, la inauguración estuvo a cargo del presidente Manuel Prado y de su ministro de Guerra (gral.) Alejandro Cuadra.
Cruzamos el by pass y llegamos al Colegio de Jesús (cuadra 24); la Iglesia de Dios Vida Nueva (n° 3098); en la cuadra 35 una hermosa casona neo colonial donde ahora funciona la Asociación Mutualista Honor y Lealtad (AMHOLE) de la Policía de Investigaciones del Perú (n° 3558); vale la pena detenerse en esta casona. También en la cuadra 35 el vetusto cine Broadway, clausurado en 2005 al no aprobar la evaluación técnica de Defensa Civil; otra interesante casona de los años cuarenta, color cuarzo (n° 3784); y el famoso, allá por los años sesenta y setenta, restaurante de carnes y parrilladas La Querencia (n° 3920).
Ya al final de la Brasil, llegamos al la plazuela donde se encuentra el controvertido (por su diseño y proporciones) monumento a la Virgen María. Fue inaugurado por la Municipalidad de Magdalena del Mar en 1996 y su padrino fue el entonces Arzobispo de Lima, cardenal Augusto Vargas Alzadora. Se supone que la estatua gira totalmente gracias a un mecanismo que actualmente se encuentra averiado. Sus constructores explican que Las vigas inclinadas parboloides representan la prolongación de los brazos de la Virgen en actitud de protección a la comunidad de Magdalena; y que arquitectónicamente las bases de la columna y los brazos forman un triángulo equilátero cuyos vértices simbolizan al padre, Hijo y Espíritu Santo.
14/07/08: Por la avenida Alfonso Ugarte
La primera gran transformación de Lima, en la época republicana, se dio entre finales del siglo XIX e inicios del XX; es decir, entre el gobierno de Nicolás de Piérola y el Oncenio de Leguía. Uno de los puntos centrales de dicho reordenamiento fue el trazado de nuevas avenidas con objetivos muy específicos. Unas eran de “circunvalación” y otras de “contacto”. La gran avenida de “circunvalación”, construida sobre el trazo de las antiguas murallas, fue el eje que comenzaba en la avenida Grau, seguía por el Paseo Colón y culminaba en la avenida Alfonso Ugarte (inaugurada en 1928) y en la Plaza 2 de Mayo. La Brasil, en cambio, era una avenida de “contacto” (como la Arequipa o la Colmena) que fue proyectada en 1899; con aproximadamente 5 kilómetros de extensión, partía del lugar que ocuparía la Plaza Bolognesi hasta llegar al litoral: comunicaba el centro de la ciudad con el mar hacia el noroeste.
En otras palabras, Lima se desarrolla bajo un esquema radial basado en la instalación de ejes (el anillo de circunvalación interna y las grandes avenidas) que unen el núcleo histórico de Lima con centros extra-urbanos (Miraflores, Barranco, La Punta, Chorrillos). Lima adquirirá un perfil y formato a través del plan urbanístico de Piérola (1895-99) y las obras de gestión municipal del alcalde Federico Elguera (1901-08). El modelo es París. Leguía no significó una ruptura radical con este modelo de ciudad. En realidad, su plan fue una versión más ampliada del mismo.
Empezamos nuestro recorrido en la Plaza 2 De Mayo, erigida en 1874 en homenaje a los participantes en el combate del mismo nombre. Ahora entramos a la avenida Alfonso Ugarte, altura de la cuadra 5. Esta arteria, junto con sus edificios (como el hospital Loayza, el de San Bartolomé o el Colegio Guadalupe), estuvo concebida como un paseo, a manera de bulevar, que seguía la traza de las antiguas murallas de la Ciudad de Los Reyes. Tenía cuatro “pistas” de ancho, faroles y unos baños públicos, a la altura de la cuadra 13, que hoy han desaparecido.
Primero nos encontramos con el Museo de la Cultura Peruana (cuadra 6). Construido en 1924, es la primera y única edificación pública radicalmente prehispánica del panorama urbano limeño. Fue financiada por el magnate y filántropo Víctor Larco Herrera. Para su construcción se convocó a un concurso, y el proyecto ganador fue del arquitecto Malachowsky. Su fachada es de ornamentación inca que agrega inusitados elementos preincaicos (un par de monolitos estilo tiahuanaco, de concreto). Según el arquitecto José García Bryce, la versión en cemento, burdamente ejecutada, de la piedra y de las formas escultóricas atentó contra el buen lucimiento de la obra, cuyo valor es más histórico que propiamente arquitectónico.

Museo de la Cultura Peruana
Luego, tenemos el Hospital arzobispo Loayza (cuadra 8), inaugurado por el presidente Leguía el 11 de diciembre de 1924, que reemplazaba al antiguo Hospital de Santa Ana y que, en sus inicios, estuvo bajo la administración de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl (vale la pena entrar). De estilo neoclásico (similar al Palacio de Justicia), con reminiscencias del urbanismo francés de principios del siglo XX en su distribución interna, la obra fue diseñada por el conocido arquitecto Rafael Marquina e impulsada por la Sociedad de Beneficencia de Lima en 1922 en un vasto terreno propiedad de la misma institución y con una partida de 30 mil libras peruanas otorgada por el Congreso de la República. En ese entonces, Manuel Montero Tirado era director de la Beneficencia y el presidente de la Comisión de Obras, Augusto Pérez Araníbar. Al momento de su inauguración, el director de la Beneficencia era Manuel Augusto Olaechea. Los encargados de su ejecución fueron los ingenieros Enrique del Solar y Alejandro Garland. Frente al Hospital Loayza, apreciamos el actual edificio del Hospital Nacional Docente Madre-Niño. En 1924, se inauguró allí el Hospital Militar San Bartolomé, heredero del fundado en 1646 durante los años virreinales, y que luego se trasladaría, en 1956, a la avenida Brasil (hoy Hospital Militar); luego, entre 1956 y 1988, funcionó el antiguo Hospital de Enfermedades Neoplásicas (hoy en la avenida Angamos).
Continuamos nuestro paso por Alfonso Ugarte y, al llegar al cruce con la avenida Zorritos, entre las cuadras 8 y 9, está el edificio (construido en los años 70) donde funciona el local de Editora Perú, que publica el diario oficial El Peruano, fundado en 1825 por el Libertador Bolívar (por lo tanto, se ufana de ser el diario más antiguo de circulación nacional). Seguimos nuestro recorrido y llegamos a la Casa del Pueblo, local principal del Partido Aprista Peruano (cuadra 10) donde, hasta la década de 1930, funcionara el colegio Hipólito Unanue. La sede institucional del actual partido de gobierno es, en realidad, todo un complejo pues allí funciona un comedor popular, un policlínico, una farmacia, una academia preuniversitaria y una escuela de oratoria; esto sin mencionar el Aula Magna, donde se desarrollan las principales reuniones partidarias, y una singular “alameda” con los bustos de algunos líderes históricos del aprismo. Es también el local donde los apristas organizan su ya tradicionales mítines públicos, especialmente el del Día de la Fraternidad, el 22 de febrero, fecha del natalicio de su líder fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre.
Seguimos nuestro camino y llegamos al cruce de Alfonso Ugarte con la avenida Venezuela (cuadra 11) y nos topamos con el supermercado METRO que ocupa el mismo lugar que, desde finales de los sesenta y finales de los ochenta, ocupó el antiguo supermercado SCALA GIGANTE (durante los años cincuenta e inicios de los sesenta funcionó, en este mismo lugar, la planta de la General Motors, que luego se trasladaría cerca de la Carretera Central, en el actual distrito de Santa Anita).
Continuamos nuestro camino y nos topamos con el inmenso local del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe (cuadra 12). Sabemos que el llamado “Primer Colegio Nacional del Perú” fue fundado en 1841 durante el segundo mandato Agustín Gamarra. Sus fundadores fueron el hacendado iqueño Domingo Elías y el comerciante español Nicolás Rodrigo. En 1855, el presidente Castilla lo convierte en el Primer Colegio Nacional del Perú, para que los mejores y más destacados estudiantes de la nación ingresen y accedan a su enseñanza, formación y disciplina. Su antiguo local estuvo ubicado donde luego se erigió el edificio del Ministerio de Educación (en el Parque Universitario, barrio de Guadalupe, en las afueras de Lima). Allí permaneció por 66 años antes de trasladarse donde lo vemos hoy. El origen de este edificio se remonta a 1898 cuando se convocó a un concurso para dotar al emblemático colegio de un local adecuado. El proyecto inicial lo ganó Máximo Doig (arquitecto de la Casa de Correos) pero la obra fue concluida por Rafael Marquina y Bueno, arquitecto guadalupano. De estilo neoclásico, el bloque frontal se concluyó en 1909; la capilla y el bloque posterior, en 1911. El local fue concebido para satisfacer el sistema educativo de modelo francés; por ello, su traza es de retícula conformando 5 patios, cada uno de ellos destinados a una actividad escolar: patio de honor, patio de actividades recreativas, auditorio, capilla y tres patios de aulas; en el segundo nivel se emplazaba el internado, área de servicios generales-maestranza, comedor, talleres de instrucción, almacenes, etc. La obra fue concluida por Marquina en 1920. El inmueble es, principalmente, de ladrillo en su planta baja y los techos y carpintería en general, de madera. Actualmente, luce deplorable pues la pintura no va con su estilo neoclásico; además, el pórtico, de piedra labrada, se encuentra pintado: debe retirarse esa pintura para que la piedra luzca al natural.

Colegio Guadalupe
Al final de la cuadra 12, en el cruce con la avenida Bolivia, aún podemos ver la casona donde antes funcionaba una sucursal del tradicional Banco Wiese (hoy Scotiabank). Unos pasos más allá está el poco agraciado y lúgubre edificio (por su forma y color) de EL SEXTO, que fue construido alrededor de 1910-1915. Leguía lo convirtió en Comisaría del cuartel 6º, de ahí su nombre hasta la fecha. Sus muros perimetrales aparentan gran solidez y habría que investigar de qué material están fabricados (piedra, ladrillo o adobe). El área de la Prefectura, de horrible estilo Art-Déco, fue levantada durante los años 30. Gran parte del área funcionó como centro de reclusión hasta finales de los años 80. José María Arguedas en su novela El Sexto, refugiándose en el relato literario, nos dio cuenta de algunos detalles de la vida de los presidiarios de la otrora triste cárcel, ubicada en un lugar poco propicio puesto que, prácticamente, estaba en medio de la ciudad y le restó valor inmobiliario a la zona.
Olvidándonos un poco de estas historias carcelarias, caminamos por la misma cuadra 13 (frente a El Sexto) y nos topamos con un curioso condominio en forma de quinta, construido a finales de la década de los años 20 con el número 1372 (recomiendo ingresar al lugar). Salimos de la quinta y continuamos hasta el cruce de Alfonso Ugarte con la avenida España donde llegamos a una pequeña plazuela en honor a Leoncio Prado; el busto del héroe fue inaugurado en 1960. Frente a esta plazuela se encuentra el local, en un elegante edificio de los años 40, de la Asociación Guadalupana. Ya camino con dirección a la Plaza Bolognesi (cuadra 14) podemos apreciar el antiguo cine RITZ, (número 1431) pintado todo de celeste, y hoy venido a menos; nos cuentan que aún proyecta películas. Casi frente a este antiguo cine de barrio, apreciamos el local del Partido Popular Cristiano (número 1478), en una casona de los años 40.
Estamos ahora en la plaza Bolognesi, inaugurada en 1906 durante el primer gobierno de José Pardo y Barreda. El contorno de la plaza, con sus edificios residenciales, fue levantado en 1920 y, arquitectónicamente, presenta una línea de continuidad con el Paseo Colón, mas no con la avenida Alfonso Ugarte. Quizá menos elegante que la Plaza Dos de Mayo, el paisaje arquitectónico de la Bolognesi está mejor conservado.
En otras palabras, Lima se desarrolla bajo un esquema radial basado en la instalación de ejes (el anillo de circunvalación interna y las grandes avenidas) que unen el núcleo histórico de Lima con centros extra-urbanos (Miraflores, Barranco, La Punta, Chorrillos). Lima adquirirá un perfil y formato a través del plan urbanístico de Piérola (1895-99) y las obras de gestión municipal del alcalde Federico Elguera (1901-08). El modelo es París. Leguía no significó una ruptura radical con este modelo de ciudad. En realidad, su plan fue una versión más ampliada del mismo.
Empezamos nuestro recorrido en la Plaza 2 De Mayo, erigida en 1874 en homenaje a los participantes en el combate del mismo nombre. Ahora entramos a la avenida Alfonso Ugarte, altura de la cuadra 5. Esta arteria, junto con sus edificios (como el hospital Loayza, el de San Bartolomé o el Colegio Guadalupe), estuvo concebida como un paseo, a manera de bulevar, que seguía la traza de las antiguas murallas de la Ciudad de Los Reyes. Tenía cuatro “pistas” de ancho, faroles y unos baños públicos, a la altura de la cuadra 13, que hoy han desaparecido.
Primero nos encontramos con el Museo de la Cultura Peruana (cuadra 6). Construido en 1924, es la primera y única edificación pública radicalmente prehispánica del panorama urbano limeño. Fue financiada por el magnate y filántropo Víctor Larco Herrera. Para su construcción se convocó a un concurso, y el proyecto ganador fue del arquitecto Malachowsky. Su fachada es de ornamentación inca que agrega inusitados elementos preincaicos (un par de monolitos estilo tiahuanaco, de concreto). Según el arquitecto José García Bryce, la versión en cemento, burdamente ejecutada, de la piedra y de las formas escultóricas atentó contra el buen lucimiento de la obra, cuyo valor es más histórico que propiamente arquitectónico.

Museo de la Cultura Peruana
Luego, tenemos el Hospital arzobispo Loayza (cuadra 8), inaugurado por el presidente Leguía el 11 de diciembre de 1924, que reemplazaba al antiguo Hospital de Santa Ana y que, en sus inicios, estuvo bajo la administración de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl (vale la pena entrar). De estilo neoclásico (similar al Palacio de Justicia), con reminiscencias del urbanismo francés de principios del siglo XX en su distribución interna, la obra fue diseñada por el conocido arquitecto Rafael Marquina e impulsada por la Sociedad de Beneficencia de Lima en 1922 en un vasto terreno propiedad de la misma institución y con una partida de 30 mil libras peruanas otorgada por el Congreso de la República. En ese entonces, Manuel Montero Tirado era director de la Beneficencia y el presidente de la Comisión de Obras, Augusto Pérez Araníbar. Al momento de su inauguración, el director de la Beneficencia era Manuel Augusto Olaechea. Los encargados de su ejecución fueron los ingenieros Enrique del Solar y Alejandro Garland. Frente al Hospital Loayza, apreciamos el actual edificio del Hospital Nacional Docente Madre-Niño. En 1924, se inauguró allí el Hospital Militar San Bartolomé, heredero del fundado en 1646 durante los años virreinales, y que luego se trasladaría, en 1956, a la avenida Brasil (hoy Hospital Militar); luego, entre 1956 y 1988, funcionó el antiguo Hospital de Enfermedades Neoplásicas (hoy en la avenida Angamos).
Continuamos nuestro paso por Alfonso Ugarte y, al llegar al cruce con la avenida Zorritos, entre las cuadras 8 y 9, está el edificio (construido en los años 70) donde funciona el local de Editora Perú, que publica el diario oficial El Peruano, fundado en 1825 por el Libertador Bolívar (por lo tanto, se ufana de ser el diario más antiguo de circulación nacional). Seguimos nuestro recorrido y llegamos a la Casa del Pueblo, local principal del Partido Aprista Peruano (cuadra 10) donde, hasta la década de 1930, funcionara el colegio Hipólito Unanue. La sede institucional del actual partido de gobierno es, en realidad, todo un complejo pues allí funciona un comedor popular, un policlínico, una farmacia, una academia preuniversitaria y una escuela de oratoria; esto sin mencionar el Aula Magna, donde se desarrollan las principales reuniones partidarias, y una singular “alameda” con los bustos de algunos líderes históricos del aprismo. Es también el local donde los apristas organizan su ya tradicionales mítines públicos, especialmente el del Día de la Fraternidad, el 22 de febrero, fecha del natalicio de su líder fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre.
Seguimos nuestro camino y llegamos al cruce de Alfonso Ugarte con la avenida Venezuela (cuadra 11) y nos topamos con el supermercado METRO que ocupa el mismo lugar que, desde finales de los sesenta y finales de los ochenta, ocupó el antiguo supermercado SCALA GIGANTE (durante los años cincuenta e inicios de los sesenta funcionó, en este mismo lugar, la planta de la General Motors, que luego se trasladaría cerca de la Carretera Central, en el actual distrito de Santa Anita).
Continuamos nuestro camino y nos topamos con el inmenso local del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe (cuadra 12). Sabemos que el llamado “Primer Colegio Nacional del Perú” fue fundado en 1841 durante el segundo mandato Agustín Gamarra. Sus fundadores fueron el hacendado iqueño Domingo Elías y el comerciante español Nicolás Rodrigo. En 1855, el presidente Castilla lo convierte en el Primer Colegio Nacional del Perú, para que los mejores y más destacados estudiantes de la nación ingresen y accedan a su enseñanza, formación y disciplina. Su antiguo local estuvo ubicado donde luego se erigió el edificio del Ministerio de Educación (en el Parque Universitario, barrio de Guadalupe, en las afueras de Lima). Allí permaneció por 66 años antes de trasladarse donde lo vemos hoy. El origen de este edificio se remonta a 1898 cuando se convocó a un concurso para dotar al emblemático colegio de un local adecuado. El proyecto inicial lo ganó Máximo Doig (arquitecto de la Casa de Correos) pero la obra fue concluida por Rafael Marquina y Bueno, arquitecto guadalupano. De estilo neoclásico, el bloque frontal se concluyó en 1909; la capilla y el bloque posterior, en 1911. El local fue concebido para satisfacer el sistema educativo de modelo francés; por ello, su traza es de retícula conformando 5 patios, cada uno de ellos destinados a una actividad escolar: patio de honor, patio de actividades recreativas, auditorio, capilla y tres patios de aulas; en el segundo nivel se emplazaba el internado, área de servicios generales-maestranza, comedor, talleres de instrucción, almacenes, etc. La obra fue concluida por Marquina en 1920. El inmueble es, principalmente, de ladrillo en su planta baja y los techos y carpintería en general, de madera. Actualmente, luce deplorable pues la pintura no va con su estilo neoclásico; además, el pórtico, de piedra labrada, se encuentra pintado: debe retirarse esa pintura para que la piedra luzca al natural.

Colegio Guadalupe
Al final de la cuadra 12, en el cruce con la avenida Bolivia, aún podemos ver la casona donde antes funcionaba una sucursal del tradicional Banco Wiese (hoy Scotiabank). Unos pasos más allá está el poco agraciado y lúgubre edificio (por su forma y color) de EL SEXTO, que fue construido alrededor de 1910-1915. Leguía lo convirtió en Comisaría del cuartel 6º, de ahí su nombre hasta la fecha. Sus muros perimetrales aparentan gran solidez y habría que investigar de qué material están fabricados (piedra, ladrillo o adobe). El área de la Prefectura, de horrible estilo Art-Déco, fue levantada durante los años 30. Gran parte del área funcionó como centro de reclusión hasta finales de los años 80. José María Arguedas en su novela El Sexto, refugiándose en el relato literario, nos dio cuenta de algunos detalles de la vida de los presidiarios de la otrora triste cárcel, ubicada en un lugar poco propicio puesto que, prácticamente, estaba en medio de la ciudad y le restó valor inmobiliario a la zona.
Olvidándonos un poco de estas historias carcelarias, caminamos por la misma cuadra 13 (frente a El Sexto) y nos topamos con un curioso condominio en forma de quinta, construido a finales de la década de los años 20 con el número 1372 (recomiendo ingresar al lugar). Salimos de la quinta y continuamos hasta el cruce de Alfonso Ugarte con la avenida España donde llegamos a una pequeña plazuela en honor a Leoncio Prado; el busto del héroe fue inaugurado en 1960. Frente a esta plazuela se encuentra el local, en un elegante edificio de los años 40, de la Asociación Guadalupana. Ya camino con dirección a la Plaza Bolognesi (cuadra 14) podemos apreciar el antiguo cine RITZ, (número 1431) pintado todo de celeste, y hoy venido a menos; nos cuentan que aún proyecta películas. Casi frente a este antiguo cine de barrio, apreciamos el local del Partido Popular Cristiano (número 1478), en una casona de los años 40.
Estamos ahora en la plaza Bolognesi, inaugurada en 1906 durante el primer gobierno de José Pardo y Barreda. El contorno de la plaza, con sus edificios residenciales, fue levantado en 1920 y, arquitectónicamente, presenta una línea de continuidad con el Paseo Colón, mas no con la avenida Alfonso Ugarte. Quizá menos elegante que la Plaza Dos de Mayo, el paisaje arquitectónico de la Bolognesi está mejor conservado.
13/07/08: La plaza 2 de Mayo
Según Jorge Basadre, un decreto expedido en el Callao, al día seiguiente de la victoria frente a la Escuadra española, dispuso que se erigiese un monumento consagrado a perpetuar la memoria del combate del 2 de mayo de 1866. Un concurso, cuyas normas fueron señaladas por el ministro José María Químper, fue convocado en Francia al efecto. En la base debía haber cuatro estatuas de pie o sentadas representando a las cuatro repúblicas aliadas (Perú, Ecuador, Chile y Bolivia). En la cúspide, se colocaría la estatua de José Gálvez, máximo héroe de la contienda. En una de los cuerpos se grabarían los nombres de los que murieron en esa fecha y habría dos bajos relieves representando dos episodios del combate. Numa Pompilio Llona fue nombrado comisionado para intervenir en la construcción del monumento. El mármol y el bronce podían ser empleados en él. El costo máximo fue fijado en 40 mil soles, fue proyectado por el arquitecto Edmund Guilleume y el escultor León Cugrol, y ejecutado en París. El bello monumento tuvo algunos cambios de detalle en su diseño (la figura de Gálvez no estuvo en la cúspide, por ejemplo) y fue inaugurado en Lima durante el gobierno de Manuel Pardo el 28 de julio de 1874. Costó 220 mil francos; el transporte y la colocación no pasaron de 10 mil francos.

Como vemos, la Plaza 2 De Mayo fue erigida en 1874. En este mismo emplazamiento hubo, a finales del siglo XVIII, una portada neoclásica asociada a un camino con una serie de óvalos. Las fotos de la época muestran la discordancia entre el estilo y la magnitud del monumento en sí y los alrededores de la plaza, conformados por viejas casas de un piso. Cincuenta años después, en 1924 el magnate trujillano de ascendencia italiana, Rafael Larco Herrera, decidió regularizar el panorama circundante. De esta manera, financió la construcción de una serie de elegantes residencias a fin de obtener un complejo semejante a las parisinas Plaza de la Estrella (donde está el Arco del Triunfo) y Plaza de la Concordia (donde hay un obelisco del antiguo Egipto). El plano original lo diseñó el arquitecto francés Claudio Sahut y luego, con algunas modificaciones, el proyecto lo culminó el arquitecto polaco Ricardo Malachowsky. Se trata de ocho edificios de departamentos de tres pisos, muy semejantes pero no idénticos entre sí. Lamentablemente, el actual estado de la Plaza impide apreciar muchas de sus cualidades.

Como vemos, la Plaza 2 De Mayo fue erigida en 1874. En este mismo emplazamiento hubo, a finales del siglo XVIII, una portada neoclásica asociada a un camino con una serie de óvalos. Las fotos de la época muestran la discordancia entre el estilo y la magnitud del monumento en sí y los alrededores de la plaza, conformados por viejas casas de un piso. Cincuenta años después, en 1924 el magnate trujillano de ascendencia italiana, Rafael Larco Herrera, decidió regularizar el panorama circundante. De esta manera, financió la construcción de una serie de elegantes residencias a fin de obtener un complejo semejante a las parisinas Plaza de la Estrella (donde está el Arco del Triunfo) y Plaza de la Concordia (donde hay un obelisco del antiguo Egipto). El plano original lo diseñó el arquitecto francés Claudio Sahut y luego, con algunas modificaciones, el proyecto lo culminó el arquitecto polaco Ricardo Malachowsky. Se trata de ocho edificios de departamentos de tres pisos, muy semejantes pero no idénticos entre sí. Lamentablemente, el actual estado de la Plaza impide apreciar muchas de sus cualidades.
El monseñor Rafael María Carrasquilla, eminente hombre de letras y enviado a Lima por el gobierno colombiano a las celebraciones del Centenario de la batalla de Ayacucho (1924), nos dejó sus impresiones sobre nuestra capital en sus Cartas de Lima (Lima: Imprenta Torres Aguirre, 1928). A continuación, algunos fragmentos de sus comentarios:
Lima, sin contar los lindos balneario de la costa, es una tercera parte mayor que Bogotá. Las calles de lo que podría llamarse la ciudad vieja son tan angostas como las nuestras; la mayor parte de ellas asfaltadas; algunas con piso de adoquines, sin que falten muchas toscamente empedradas, como las de nuestro barrio de Santa Bárbara. Por ellas circulan día y noche más de cinco mil automóviles, amén de tranvías, y es de admirar el prodigio permanente de que no haya catástrofe en cada esquina. Débese a los polizontes, respetados y obedecidos, a la habilidad de los conductores y –me parece a mí- al carácter peruano: porque cada “chauffeur” no sólo se preocupa de no ser atropellado, sino de no atropellar a los demás. Por eso las gentes de a pie atraviesan sin cesar y por cualquier parte, lentamente, de una a otra acera de la calle.
Las de Lima no están numeradas y conservan los nombres tradicionales, v.g. Santa Teresa, Padre Jerónimo, Mariquitas. Cada serie de calles lleva el nombre de jirón. El más concurrido es el de la Unión, de cinco cuadras de largo, que va desde la plaza de armas o de la Catedral, a la de San Martín. Es en Lima lo que la calle real en Bogotá.
Se compone la ciudad nueva, que crece como espuma, al occidente, en dirección al mar, de una red de avenidas, anchísimas, con amplias aceras para los peatones y dos vías destinadas a los automóviles, separadas entre sí por jardines floridos, con palmeras, árboles y estatuas. A uno y otro costado, se alinea una fila de palacios flamantes. Las casas particulares son de fábrica muy ligera. El piso inferior de paredes angostas, de adobes o ladrillos; el superior, de cañas entrelazadas; y no necesita más, puesto que los muros no tienen peso alguno que sostener. No hablo de las iglesias y conventos, que serán asuntos de otra carta; ni de novísimas construcciones, de varios pisos, de ladrillo y de cemento armado; ni de imponentes edificios coloniales. El Presidente ocupa el mismísimo palacio de Pizarro, que llena un costado íntegro de la plaza de Armas; si Felipe IV de España resucitara y viniera a vivir en la que fue mansión de los marqueses de Torre Tagle, hoy Ministerio de Relaciones Exteriores, no extrañaría sino el tarje de los criados y las bombillas de luz eléctrica, que reemplazan a la llama de las bujías en los macizos candelabros de plata y en las enormes lámparas artísticas cinceladas (p. 9-11).
Sobre el Centenario de 1924:
La iluminación de la ciudad ha sido un espectáculo de magia, digno de “Las mil y una noches”. Todos los edificios de la plaza de Armas, si excluir las altas torres de la Catedral, estaban dibujados en todos sus pormenores arquitectónicos, con líneas de fuego, sobre el fondo negro de las tinieblas nocturnas; y lo mismo las casas del girón de la Unión, y los palacios de las Cámaras y las nuevas avenidas y la elegante y solitaria torre de la Universidad de san marcos. En los arcos triunfales, erigidos a trechos, se destacaban con vivos colores los escudos heráldicos de las repúblicas bolivianas. Y las elevadas palmeras se hallaban cubiertas, alo alto de los estipes, y alo largo de las frondas, con innúmeras, diminutas bombillas eléctricas. Imagíneselas usted movidas por la brisa. Las estatuas de bronce tomaban, con aquella iluminación, la blancura transparente del alabastro. No había presenciado yo cosa semejante y, sin embargo, no me sorprendió como habría de esperar, porque no lo había visto, lo había soñado algunas veces.
El día 9 a las diez y media de la mañana, la misma hora en que empezó un siglo antes la batalla de Ayacucho, se cantó el Te Deum, seguido de la misa pontifical. A lo largo de la nave de la catedral limeña, que tiene cien metros de longitud, estaba alineadas cuatro filas de asientos, que dejaban ancha calle en el medio, y en ellas los embajadores extraordinarios de casi todas las naciones del globo; el Japón, incógnita del porvenir; el para nosotros ignorado Siam; China, cuyo origen se pierde en las brumas de la prehistoria; las estables y pacíficas monarquías de Suecia y Dinamarca; los recién nacidos estados de Polonia y Yugoeslavia; Alemania grande aunque vencida; Suiza, Holanda, la heroica Bélgica, tan pobres en extensión territorial como ricas en bienestar y cultura; Inglaterra, señora de los mares, y, por lo mismo, árbitro de las tierras que ellos bañan; Italia, cuna y relicario de la civilización; Francia, maestra del universo; la madre España, origen de todo lo que somos. Con los europeos, los de las repúblicas americanas, del estrecho de Behring al de Magallanes. Estaba los embajadores presididos por el de la Santa Sede Apostólica, acompañado de guardias nobles pontificios, con sus elegantes vestidos y con el mismo encrestado casco de los legionarios de Augusto.
Seguían los ministros residentes de muchas de las potencias aliadas; los senadores, diputados, magistrados d justicia, jefes del ejército y la marina del Perú; los delegados de parlamentos extranjeros, los huéspedes de honor, invitados por el Gobierno, el personal de embajadas y legaciones, los representantes de institutos científicos y literarios.
La sillería del coro, obra maravillosa de talla en madera, situada delante del altar mayor, estaba ocupada por el señor arzobispo de Lima y los obispos de las diócesis peruanas, los numerosos capitulares de la catedral, con sus amplias capas moradas, y los superiores de las órdenes religiosas. Cerca de la puerta mayor, sobre un estrado y dando frente al altar, se hallaban los presidentes del Perú y de Bolivia, con los ministros del despacho ejecutivo. Un gentío apiñado llenaba el resto del sagrado recinto.
En aquel concurso lo que imponía más no era la cantidad sino la calidad de las personas; porque había vencedores de la última guerra universal, estadistas y jurisconsultos, sabios y literatos y poetas de primera talla. La nave semejaba un jardín, por la variedad y viveza de los colores, en paños, sedería, áureos bordados, condecoraciones y plumajes. Cunado ocupé el asiento que me señalaron, en segunda fila, frente al púlpito y después de los congresistas colombianos, sentí calofrío.
La misa, al estilo de las de Perosí, compuesta por un sacerdote joven, educado en Roma, fue ejecutada por cerca de doscientos artistas. Después del evangelio, el ilustrísimo señor farfán, obispo del Cuzco, leyó una noble oración congratulatoria en que supo combinar la la fe y el patriotismo. En el momento de la elevación, las tropas estacionadas en la plaza, rindieron armas; resonaron las cornetas de los infantes, lo clarines de la caballería, los pífanos de la escuela Naval; y todos los concurrentes dentro del templo: católicos, protestantes, griegos ortodoxos, budistas y librepensadores, quebraron la rodilla ante el Señor Dios de los ejércitos, árbitro de la suerte de las naciones.
Terminada la misa, el concurso oficial desfiló, con rigurosa precedencia protocolaria y por ancha calle de honor, a palacio a saludar al presidente. La ceremonia es análoga a la que se observa con los reyes de España. Al salir, el ministro Lozano nos invitó a Guillermo Valencia, a Saavedra Galindo y a mí a subir a su automóvil. Cunado el carro se puso en movimiento, estalló en la plaza un inmenso aplauso y un ¡Viva Colombia!, que se fueron dilatando a nuestro paso, de calle en calle, en la multitud apretada en las aceras y en los balcones. Paró el auto, y vi flotar sobre la fachada de la Legación nuestra gloriosa bandera tricolor.
Por la tarde, se inauguró en una de las nuevas avenidas la estatua ecuestre del mariscal Sucre, modelada por el escultor nacional Lozano y fundida en esta ciudad. Fue el pago de una deuda de justicia y gratitud al vencedor de Ayacucho, al político sin mancha, héroe sin crueldades, triunfador sin orgullo, luchador sin envidia ni rencores; el más hábil en preparar la batalla, el más arrrojado durante ella, el más hidalgo con el vencido después de la victoria. Tocó al señor Arcaya, embajador de Venezuela, el discurso principal. Después de que terminaron los oradores, el ejército desfiló ante la estatua. Hace varios años está enseñado por oficiales franceses y me pareció muy bien disciplinado. En la caballería me llamaron la atención la alzada, brío y docilidad de los corceles, de razas, oí decir, chilena y argentina (p. 15-19).

Hipódromo de Santa Beatriz
Lima, sin contar los lindos balneario de la costa, es una tercera parte mayor que Bogotá. Las calles de lo que podría llamarse la ciudad vieja son tan angostas como las nuestras; la mayor parte de ellas asfaltadas; algunas con piso de adoquines, sin que falten muchas toscamente empedradas, como las de nuestro barrio de Santa Bárbara. Por ellas circulan día y noche más de cinco mil automóviles, amén de tranvías, y es de admirar el prodigio permanente de que no haya catástrofe en cada esquina. Débese a los polizontes, respetados y obedecidos, a la habilidad de los conductores y –me parece a mí- al carácter peruano: porque cada “chauffeur” no sólo se preocupa de no ser atropellado, sino de no atropellar a los demás. Por eso las gentes de a pie atraviesan sin cesar y por cualquier parte, lentamente, de una a otra acera de la calle.
Las de Lima no están numeradas y conservan los nombres tradicionales, v.g. Santa Teresa, Padre Jerónimo, Mariquitas. Cada serie de calles lleva el nombre de jirón. El más concurrido es el de la Unión, de cinco cuadras de largo, que va desde la plaza de armas o de la Catedral, a la de San Martín. Es en Lima lo que la calle real en Bogotá.
Se compone la ciudad nueva, que crece como espuma, al occidente, en dirección al mar, de una red de avenidas, anchísimas, con amplias aceras para los peatones y dos vías destinadas a los automóviles, separadas entre sí por jardines floridos, con palmeras, árboles y estatuas. A uno y otro costado, se alinea una fila de palacios flamantes. Las casas particulares son de fábrica muy ligera. El piso inferior de paredes angostas, de adobes o ladrillos; el superior, de cañas entrelazadas; y no necesita más, puesto que los muros no tienen peso alguno que sostener. No hablo de las iglesias y conventos, que serán asuntos de otra carta; ni de novísimas construcciones, de varios pisos, de ladrillo y de cemento armado; ni de imponentes edificios coloniales. El Presidente ocupa el mismísimo palacio de Pizarro, que llena un costado íntegro de la plaza de Armas; si Felipe IV de España resucitara y viniera a vivir en la que fue mansión de los marqueses de Torre Tagle, hoy Ministerio de Relaciones Exteriores, no extrañaría sino el tarje de los criados y las bombillas de luz eléctrica, que reemplazan a la llama de las bujías en los macizos candelabros de plata y en las enormes lámparas artísticas cinceladas (p. 9-11).
Sobre el Centenario de 1924:
La iluminación de la ciudad ha sido un espectáculo de magia, digno de “Las mil y una noches”. Todos los edificios de la plaza de Armas, si excluir las altas torres de la Catedral, estaban dibujados en todos sus pormenores arquitectónicos, con líneas de fuego, sobre el fondo negro de las tinieblas nocturnas; y lo mismo las casas del girón de la Unión, y los palacios de las Cámaras y las nuevas avenidas y la elegante y solitaria torre de la Universidad de san marcos. En los arcos triunfales, erigidos a trechos, se destacaban con vivos colores los escudos heráldicos de las repúblicas bolivianas. Y las elevadas palmeras se hallaban cubiertas, alo alto de los estipes, y alo largo de las frondas, con innúmeras, diminutas bombillas eléctricas. Imagíneselas usted movidas por la brisa. Las estatuas de bronce tomaban, con aquella iluminación, la blancura transparente del alabastro. No había presenciado yo cosa semejante y, sin embargo, no me sorprendió como habría de esperar, porque no lo había visto, lo había soñado algunas veces.
El día 9 a las diez y media de la mañana, la misma hora en que empezó un siglo antes la batalla de Ayacucho, se cantó el Te Deum, seguido de la misa pontifical. A lo largo de la nave de la catedral limeña, que tiene cien metros de longitud, estaba alineadas cuatro filas de asientos, que dejaban ancha calle en el medio, y en ellas los embajadores extraordinarios de casi todas las naciones del globo; el Japón, incógnita del porvenir; el para nosotros ignorado Siam; China, cuyo origen se pierde en las brumas de la prehistoria; las estables y pacíficas monarquías de Suecia y Dinamarca; los recién nacidos estados de Polonia y Yugoeslavia; Alemania grande aunque vencida; Suiza, Holanda, la heroica Bélgica, tan pobres en extensión territorial como ricas en bienestar y cultura; Inglaterra, señora de los mares, y, por lo mismo, árbitro de las tierras que ellos bañan; Italia, cuna y relicario de la civilización; Francia, maestra del universo; la madre España, origen de todo lo que somos. Con los europeos, los de las repúblicas americanas, del estrecho de Behring al de Magallanes. Estaba los embajadores presididos por el de la Santa Sede Apostólica, acompañado de guardias nobles pontificios, con sus elegantes vestidos y con el mismo encrestado casco de los legionarios de Augusto.
Seguían los ministros residentes de muchas de las potencias aliadas; los senadores, diputados, magistrados d justicia, jefes del ejército y la marina del Perú; los delegados de parlamentos extranjeros, los huéspedes de honor, invitados por el Gobierno, el personal de embajadas y legaciones, los representantes de institutos científicos y literarios.
La sillería del coro, obra maravillosa de talla en madera, situada delante del altar mayor, estaba ocupada por el señor arzobispo de Lima y los obispos de las diócesis peruanas, los numerosos capitulares de la catedral, con sus amplias capas moradas, y los superiores de las órdenes religiosas. Cerca de la puerta mayor, sobre un estrado y dando frente al altar, se hallaban los presidentes del Perú y de Bolivia, con los ministros del despacho ejecutivo. Un gentío apiñado llenaba el resto del sagrado recinto.
En aquel concurso lo que imponía más no era la cantidad sino la calidad de las personas; porque había vencedores de la última guerra universal, estadistas y jurisconsultos, sabios y literatos y poetas de primera talla. La nave semejaba un jardín, por la variedad y viveza de los colores, en paños, sedería, áureos bordados, condecoraciones y plumajes. Cunado ocupé el asiento que me señalaron, en segunda fila, frente al púlpito y después de los congresistas colombianos, sentí calofrío.
La misa, al estilo de las de Perosí, compuesta por un sacerdote joven, educado en Roma, fue ejecutada por cerca de doscientos artistas. Después del evangelio, el ilustrísimo señor farfán, obispo del Cuzco, leyó una noble oración congratulatoria en que supo combinar la la fe y el patriotismo. En el momento de la elevación, las tropas estacionadas en la plaza, rindieron armas; resonaron las cornetas de los infantes, lo clarines de la caballería, los pífanos de la escuela Naval; y todos los concurrentes dentro del templo: católicos, protestantes, griegos ortodoxos, budistas y librepensadores, quebraron la rodilla ante el Señor Dios de los ejércitos, árbitro de la suerte de las naciones.
Terminada la misa, el concurso oficial desfiló, con rigurosa precedencia protocolaria y por ancha calle de honor, a palacio a saludar al presidente. La ceremonia es análoga a la que se observa con los reyes de España. Al salir, el ministro Lozano nos invitó a Guillermo Valencia, a Saavedra Galindo y a mí a subir a su automóvil. Cunado el carro se puso en movimiento, estalló en la plaza un inmenso aplauso y un ¡Viva Colombia!, que se fueron dilatando a nuestro paso, de calle en calle, en la multitud apretada en las aceras y en los balcones. Paró el auto, y vi flotar sobre la fachada de la Legación nuestra gloriosa bandera tricolor.
Por la tarde, se inauguró en una de las nuevas avenidas la estatua ecuestre del mariscal Sucre, modelada por el escultor nacional Lozano y fundida en esta ciudad. Fue el pago de una deuda de justicia y gratitud al vencedor de Ayacucho, al político sin mancha, héroe sin crueldades, triunfador sin orgullo, luchador sin envidia ni rencores; el más hábil en preparar la batalla, el más arrrojado durante ella, el más hidalgo con el vencido después de la victoria. Tocó al señor Arcaya, embajador de Venezuela, el discurso principal. Después de que terminaron los oradores, el ejército desfiló ante la estatua. Hace varios años está enseñado por oficiales franceses y me pareció muy bien disciplinado. En la caballería me llamaron la atención la alzada, brío y docilidad de los corceles, de razas, oí decir, chilena y argentina (p. 15-19).

Hipódromo de Santa Beatriz
Coloquio Internacional Bicentenario de la Independencia de la América Andina:
“Las primeras Juntas doscientos años después”
Homenaje a Alfonso Rumazo González
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
Quito, 21-23 de julio de 2008
“Las primeras Juntas doscientos años después”
Homenaje a Alfonso Rumazo González
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
Quito, 21-23 de julio de 2008
La conmemoración del bicentenario del establecimiento de la Primera Junta Suprema de Gobierno de Quito, el 10 de agosto de 1809, así como el aniversario de la instauración de otras juntas similares en diferentes ciudades de Sudamérica (Sucre, La Paz, Caracas, Cartagena, Buenos Aires, Cali, Pamplona, Socorro, Bogotá, Santiago de Chile y Quito nuevamente), entre 1809 y 1810, constituyen una singular oportunidad para reflexionar sobre el pasado y el presente. Esta ocasión permite abrir el debate académico sobre la naturaleza de estas primeras juntas de gobierno, el significado que se les atribuyó históricamente, la dinámica social del proceso de ruptura colonial y el papel que la independencia ha jugado en la construcción de los imaginarios nacionales. Esta coyuntura también puede brindar la ocasión para ampliar notablemente el espacio del debate tanto sobre la historia de nuestros países, como sobre los factores que influyeron en la formación de las identidades nacionales.
La celebración actual del bicentenario demanda de nuevos conocimientos, de la aplicación de nuevos enfoques y del escudriñamiento de nuevas fuentes de información. Este proyecto pretende apoyar la afirmación de esta mirada crítica que toda nueva generación necesita tener sobre su trayectoria histórica. Participarán como expositores historiadores provenientes de Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia, España y Ecuador. La asistencia a este evento no tiene costo pero se requiere inscribirse previamente en el Área de Historia de la Universidad Andina. Información: scabrera@uasb.edu.ec; pospina@uasb.edu.ec; vcastelo@uasb.edu.ec
Lunes 21 de julio
8:30 – 9:30 Primer panel: las primeras juntas
• Inés Quintero, “Soberanía, representación e independencia: Caracas 1808-1811” (Universidad Central de Venezuela, Caracas).
• Juan H. Jaúregui, “El movimiento juntista en La Paz”. (UASB – Universidad Mayor de San Andrés, La Paz)
• Isabela Restrepo, “La Junta de Santa Fé y la representación del Nuevo Reino de Granada” (Centro de Estudios en Historia, Universidad Externado de Colombia, Bogotá).
9:30 – 10:30 discusión
10:30 - 11:00 receso
11:00 – 12:00 Segundo panel: reacciones a las primeras juntas
• Alonso Valencia, “La gobernación de Popayán frente al gobierno autonomista de Quito” (Universidad del Valle, Cali).
• Ana Luz Borrero Vega, “Fidelidad e Insurgencia en Cuenca durante el período de la Independencia, 1808-1820”. (UASB - Universidad de Cuenca)
• Heraclio Bonilla, "La experiencia del Perú con las Juntas y la naturaleza de la participación política de la población nativa" (Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá).
12:00 – 13:00 discusión
receso
16:00 - 17:30 "Soberanía y representación en las primeras juntas"
• Inés Quintero (Universidad Central de Venezuela, Caracas)
• Juan Jáuregui (Universidad Mayor de San Andrés, La Paz)
• Isabela Restrepo (Centro de Estudios en Historia, Universidad Externado de Colombia, Bogotá)
• Guillermo Bustos (Universidad Andina)
17:30 - 18:00 Preguntas
18:00 - 18:30 Receso
18:30 – 19:00 Inauguración oficial (Ministros de Educación y Cultura, y Rector)
19: 00 Conferencia magistral:
• La contribución de Alfonso Rumazo al análisis histórico de la Independencia, a cargo de Jorge Núñez (Academia Nacional de la Historia, Sección Historia y Geografía de la CCE)
Martes 22 de julio
8:30 – 10:00 Tercer panel: los cabildos en la coyuntura
• Rocío Pazmiño, “Los Cabildos Constitucionales en los territorios de Quito, 1812-1813”. (UASB)
• Rodrigo de J. García Estrada, “Los cabildos antioqueños ante la crisis monárquica, 1809-1814”. (UASB – Universidad de Antioquia)
• Jorge Elías Lequernequé, “El partido de Piura y su reacción frente a la invasión napoleónica a España y a los sucesos ocurridos en la audiencia de Quito, 1808-1815”. (UASB – Universidad de Piura)
• Edda Samudio, “La experiencia juntista en Mérida (Venezuela). 1810-1811" (Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela)
10:00 – 11:00 discusión
11:00 - 11:30 receso
11:30 – 12:30 Cuarto panel: negros, castas e indios en la coyuntura
• Rocío Rueda, “Etnicidad y guerrilla. Participación de los esclavizados del norte de Esmeraldas en las guerras de independencia, 1809-1812”. (UASB)
• José Luis Belmonte, "Esclavos y libertos. Etnia y clase en el Caribe de la independencia". (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla).
• Pablo Ospina, “Participación indígena en el proceso de las juntas quiteñas”. (UASB)
12:30 – 13:30 discusión
receso
16:00 – 17:30 "Actores colectivos subalternos e independencia"
• Rocío Rueda (Universidad Andina)
• José Luis Belmonte (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla)
• Pablo Ospina (Universidad Andina)
• Valeria Coronel (New York University – FLACSO)
17:30 - 18:00 Preguntas
18:00 - 18:30 Receso
18:30 – 19: 15 Conferencia magistral:
• Inés Quintero (Universidad Central de Venezuela, Caracas), “María Antonia Bolívar, la hermana monárquica del Libertador”.
19:15 Preguntas y discusión
Miércoles 23 de julio
8:30 – 9:30 Quinto panel: espacio público, plebe y mujeres en Quito
• María Elena Bedoya, “Prensa y periodismo en Quito: cultura escrita, espacio público y censura (1791-1810)” (UASB)
• Valeria Coronel V., “Corrillos y plebiscitos de la plebe, insurrecciones y motines de los indios: Aproximación al discurso político subalterno en la Audiencia de Quito durante la era de la Revolución”. (New York University - Flacso)
• Alexandra Sevilla, “Realistas y revolucionarias: las mujeres de la familia Calisto durante la revolución de Quito, 1809-1812”. (UASB, Quito).
9:30 – 10:30 discusión
10:30 - 11:00 receso
11:00 – 12:00 Sexto panel: fidelismo, constitucionalismo y memoria pública
• Juan Marchena, "Iluminados por la guerra. La generación militar de las Independencias en América Latina, España y Portugal" (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla).
• Juan Luis Orrego, “Entre el fidelismo y el constitucionalismo: la acción contrarrevolucionaria de Fernando de Abascal, virrey del Perú (1806-1816)”. (Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima).
• Guillermo Bustos, “Memoria pública de la primera junta quiteña, 1809-1909”. (UASB)
12:00 – 13:00 discusión
receso
16:00 – 17:30 "Reacciones a la crisis peninsular y a la primera junta quiteña"
• Juan Luis Orrego (Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima)
• Ana Luz Borrero (Universidad Andina – Universidad de Cuenca)
• Alonso Valencia (Universidad del Valle, Cali)
• José Elías Lequernequé (Universidad de Piura)
17:30 - 18:00 Preguntas
18:00 - 18:30 Receso
18:30 – 19: 15 Conferencia magistral:
• Juan Marchena (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla), “Iluminados por la guerra”.
19:15 Preguntas y discusión

Juan Pío Montufar, marqués de Selva Alegre, líder de la Junta de Quito (1809)
Al proclamarse la independencia, el Perú debía definir el territorio que por derecho propio debía poseer. Los principios para establecer ese derecho fueron: del uti possidetis (tiene su origen en el derecho romano; la fórmula era: uti-possidetis ita possidatis, que quería decir “como estáis poseyendo así sigáis poseyendo”), de la libre determinación de los pueblos (derecho que tienen los pueblos que se declaran independientes de una metrópoli para formar estados soberanos, anexarse a otros para formar confederaciones o, decidir reunirse a una circunscripción distinta a la que venían perteneciendo al margen del principio de uti possidetis) y, eventualmente, de la acción descubridora y civilizadora.
Por el principio de uti possidetis, el nuevo estado debía ocupar el territorio del antiguo Virreinato peruano y éste incluía Maynas (devuelto al Perú por la Real Cédula de 1802); Tumbes y Guayaquil (que se reincorporaron al Virreinato por la Real Cédula de 1803); la intendencia de Puno (reincorporada en 1796); y el Alto Perú (reincorporado por el virrey Abascal hacia 1810 debido a las revueltas separatistas en Chuquisaca y la Paz).
Pero algunos de estos territorios tendrían destinos diferentes. La victoria patriota de Pichincha (1822), puso en juego el futuro de Guayaquil que antes había apoyado la independencia del Perú. Incluso envió una representación al Primer Congreso Peruano evidenciando su voluntad autónoma y libre de decidir su destino. Sin embargo, Bolívar, interesado en dotar de un puerto a Quito, decidió, sin consulta popular alguna, anexar Guayaquil a la Gran Colombia. Fue en ese contexto que San Martín llegó a dicho puerto a entrevistarse con Bolívar en julio de 1822. El hecho estaba consumado y el Perú nunca tuvo en los años posteriores una política para reinvindicar Guayaquil; se terminó aceptando el principio de “libre determinación” como si este hubiera funcionado realmente.
Caso contrario ocurrió con la provincia de Jaén de Bracamoros. Había pertenecido al Perú hasta 1739, año en que fue incorporada al Virreinato de Nueva Granada. Sin embargo, al aproximarse los tiempos independentistas, sus habitantes, actuando con absoluta libertad, decidieron proclamar su independencia en 1820 junto a Trujillo, Lambayeque, Piura y Tumbes. Fue un caso típico de “libre determinación” y desde entonces nunca Jaén dejó de pertenecer al Perú.
El destino del Alto Perú se tornó aún más complejo. Históricamente unido al Bajo Perú, desde 1776 pasó a formar parte del virreinato del Río de la Plata. Esta anexión fue muy criticada entonces, sobre todo por el virrey Manuel Guirior quien temía una crisis económica en el Perú al pasar las minas de Potosí a otro virreinato. Desde ese momento, el Alto Perú osciló entre las influencias de Lima y Buenos Aires hasta que el territorio se convulsionaría en la época de las juntas de gobierno de Chuquisaca y la Paz.
Pacificado por el virrey Abascal en 1810 su territorio se reincorporó al virreinato peruano por lo que el Alto Perú (o la Audiencia de Charcas) dependía políticamente de Lima al momento de la independencia. Sin embargo, luego de la victoria de Ayacucho, el general Sucre entró a Chuquisaca y reunió una asamblea en el antiguo local de la universidad San Francisco Javier donde 40 altoperuanos decidieron declarar su independencia respecto al Perú; esto ocurría el 6 de agosto de 1825. Luego de esta histórica decisión, llegaba Bolívar quien no opuso resistencia a la creación de una nueva república que llevara su nombre: Bolivia. De esta forma, se fraccionaba al Perú en dos a través de una maniobra divisionista e interesada de Bolívar y Sucre. La idea era restarle peso político, territorial y económico al antiguo Perú (los dos perúes, el Alto y el Bajo) en favor de la Gran Colombia para que ésta tenga supremacía en la futura Federación de los Andes.
Para algunos, Bolívar recogió los sentimientos regionalistas y autónomos que los altoperuanos habían desarrollado desde 1776; para otros, su inesperado nacimiento como República fue una suprema contradicción frente al ideal unitario del Libertador. La geografía también estaba en su contra: pocas zonas del continente quedaron tan aisladas del mundo externo como Bolivia. Su acceso al Pacífico a través del puerto de Cobija era prácticamente imposible debido a la presencia del desierto de Atacama; hacia el Atlántico, la antigua ruta comercial que llegaba hasta Buenos Aires estaba prácticamente abandonada.
Finalmente, el nuevo estado peruano quedó organizado en base al antiguo territorio del Virreinato del Perú que comprendía las audiencias de Lima y Cuzco. Posteriormente, Bolívar, en 1825, estableció en forma definitiva la demarcación interna con siete departamentos: La Libertad (ex-intendencia de Trujillo), Junín (ex-intendencia de Tarma), Lima, Ayacucho (uniendo las antiguas intendencias de Huancavelica y Huamanga), Puno, Cuzco y Arequipa.

Mapa del Perú (1865)
Por el principio de uti possidetis, el nuevo estado debía ocupar el territorio del antiguo Virreinato peruano y éste incluía Maynas (devuelto al Perú por la Real Cédula de 1802); Tumbes y Guayaquil (que se reincorporaron al Virreinato por la Real Cédula de 1803); la intendencia de Puno (reincorporada en 1796); y el Alto Perú (reincorporado por el virrey Abascal hacia 1810 debido a las revueltas separatistas en Chuquisaca y la Paz).
Pero algunos de estos territorios tendrían destinos diferentes. La victoria patriota de Pichincha (1822), puso en juego el futuro de Guayaquil que antes había apoyado la independencia del Perú. Incluso envió una representación al Primer Congreso Peruano evidenciando su voluntad autónoma y libre de decidir su destino. Sin embargo, Bolívar, interesado en dotar de un puerto a Quito, decidió, sin consulta popular alguna, anexar Guayaquil a la Gran Colombia. Fue en ese contexto que San Martín llegó a dicho puerto a entrevistarse con Bolívar en julio de 1822. El hecho estaba consumado y el Perú nunca tuvo en los años posteriores una política para reinvindicar Guayaquil; se terminó aceptando el principio de “libre determinación” como si este hubiera funcionado realmente.
Caso contrario ocurrió con la provincia de Jaén de Bracamoros. Había pertenecido al Perú hasta 1739, año en que fue incorporada al Virreinato de Nueva Granada. Sin embargo, al aproximarse los tiempos independentistas, sus habitantes, actuando con absoluta libertad, decidieron proclamar su independencia en 1820 junto a Trujillo, Lambayeque, Piura y Tumbes. Fue un caso típico de “libre determinación” y desde entonces nunca Jaén dejó de pertenecer al Perú.
El destino del Alto Perú se tornó aún más complejo. Históricamente unido al Bajo Perú, desde 1776 pasó a formar parte del virreinato del Río de la Plata. Esta anexión fue muy criticada entonces, sobre todo por el virrey Manuel Guirior quien temía una crisis económica en el Perú al pasar las minas de Potosí a otro virreinato. Desde ese momento, el Alto Perú osciló entre las influencias de Lima y Buenos Aires hasta que el territorio se convulsionaría en la época de las juntas de gobierno de Chuquisaca y la Paz.
Pacificado por el virrey Abascal en 1810 su territorio se reincorporó al virreinato peruano por lo que el Alto Perú (o la Audiencia de Charcas) dependía políticamente de Lima al momento de la independencia. Sin embargo, luego de la victoria de Ayacucho, el general Sucre entró a Chuquisaca y reunió una asamblea en el antiguo local de la universidad San Francisco Javier donde 40 altoperuanos decidieron declarar su independencia respecto al Perú; esto ocurría el 6 de agosto de 1825. Luego de esta histórica decisión, llegaba Bolívar quien no opuso resistencia a la creación de una nueva república que llevara su nombre: Bolivia. De esta forma, se fraccionaba al Perú en dos a través de una maniobra divisionista e interesada de Bolívar y Sucre. La idea era restarle peso político, territorial y económico al antiguo Perú (los dos perúes, el Alto y el Bajo) en favor de la Gran Colombia para que ésta tenga supremacía en la futura Federación de los Andes.
Para algunos, Bolívar recogió los sentimientos regionalistas y autónomos que los altoperuanos habían desarrollado desde 1776; para otros, su inesperado nacimiento como República fue una suprema contradicción frente al ideal unitario del Libertador. La geografía también estaba en su contra: pocas zonas del continente quedaron tan aisladas del mundo externo como Bolivia. Su acceso al Pacífico a través del puerto de Cobija era prácticamente imposible debido a la presencia del desierto de Atacama; hacia el Atlántico, la antigua ruta comercial que llegaba hasta Buenos Aires estaba prácticamente abandonada.
Finalmente, el nuevo estado peruano quedó organizado en base al antiguo territorio del Virreinato del Perú que comprendía las audiencias de Lima y Cuzco. Posteriormente, Bolívar, en 1825, estableció en forma definitiva la demarcación interna con siete departamentos: La Libertad (ex-intendencia de Trujillo), Junín (ex-intendencia de Tarma), Lima, Ayacucho (uniendo las antiguas intendencias de Huancavelica y Huamanga), Puno, Cuzco y Arequipa.

Mapa del Perú (1865)
En 1971, cuando se celebraban los 150 años de la independencia nacional, dos historiadores, Heraclio Bonilla y Karen Spalding, sostuvieron que la independencia fue traída desde fuera y concedida, o impuesta, antes que ganada por los peruanos.
Ellos cuestionaron el rol de los criollos y sostuvieron que la ruptura con España fue consecuencia de la crisis general del sistema colonial español y, además, importada por los ejércitos de San Martín y Bolívar, fundando una sociedad aparentemente nueva pero en la que se prolongaron las estructuras del mundo colonial. Bonilla y Spalding consideraron incuestionable que las razones que trajeron a los ejércitos del Sur y del Norte obedecieron a la necesidad de garantizar la independencia de los nuevos estados sudamericanos.
Para Bonilla, el levantamiento de Túpac Amaru II fue la razón o el pretexto para continuar siendo colonia. En otras palabras: lo que Túpac Amaru hizo, probablemente sin querer, fue despertar un miedo muy grande entre la elite blanca sobre los tremendos riesgos en que podía incurrir si tuviera la osadía de separarse de España y, por consiguiente, verse en la circunstancia de tener que enfrentar sola a una movilización popular similar a la de 1780. En suma, Túpac Amaru no fue “precursor” de la independencia; por lo menos no la de 1821.
Esta polémica postura pretendía criticar una supuesta visión “tradicional” o "nacionalista" de nuestra independencia que se habría formado desde finales del siglo XIX: ante todo, una aventura del espíritu en la que los peruanos de diversos grupos sociales y de distintas opciones políticas fueron descubriendo la existencia del Perú como “nación” (desde los intelectuales criollos del Mercurio Peruano) hasta llegar a la necesidad inevitable de romper con España en 1820 cuando San Martín desembarcó en Paracas.
Por ello, en esta visión se ponía mucho énfasis en el papel de los “precursores” (como Juan Pablo Viscardo y Guzmán, José Baquíjano y Carrillo o Hipólito Unanue) y de las distintas rebeliones que “anticiparon” la independencia (como las de Túpac Amaru o Mateo Pumacahua). Esta tesis habría tenido el éxito de propalarse no sólo en los libros de historia sino también en los textos escolares y confundirse con la retórica patriota.

Casa de Mateo Pumacahua en el pueblo de Chinchero (Cuzco)
Lejos de polémicas, es evidente que sin el contexto militar de San Martín y, especialmente, de Bolívar, la independencia no hubiera sido posible. El Perú era el bastión de los realistas y los que habían optado por el separatismo no contaban con el poder militar suficiente para derrotar a los ejércitos del virrey. De otro lado, sí existió sentimiento patriótico, si por esto entendemos el apego al territorio y la convicción de que debía seguir su destino al margen de España.
Lo que pasa es que ese patriotismo fue canalizado de distintos modos por cada grupo de la sociedad:
1. Para los criollos, significaba liberarse de los peninsulares y tomar las riendas del nuevo estado.
2. Para los mestizos, implicaba enrolarse al ejército libertador y escalar posiciones, algo que no hubieran podido soñar al interior del ejército realista (por ejemplo, Gamarra, Castilla o Santa Cruz, todos mestizos, se valieron de su participación en Ayacucho para luego incursionar en la política y llegar a la presidencia).
3. Para los indios y los negros, la nueva república les abría nuevas posibilidades. Para los primeros, significaba la abolición del tributo; para los segundos, liberarse de la esclavitud. Lo cierto es que para muchos sectores medios y bajos de la población, los nuevos tiempos podían augurarles mejores canales de ascenso social.

Mateo Pumacahua, curaca de Chinchero: ¿precursor de la independencia?
Ellos cuestionaron el rol de los criollos y sostuvieron que la ruptura con España fue consecuencia de la crisis general del sistema colonial español y, además, importada por los ejércitos de San Martín y Bolívar, fundando una sociedad aparentemente nueva pero en la que se prolongaron las estructuras del mundo colonial. Bonilla y Spalding consideraron incuestionable que las razones que trajeron a los ejércitos del Sur y del Norte obedecieron a la necesidad de garantizar la independencia de los nuevos estados sudamericanos.
Para Bonilla, el levantamiento de Túpac Amaru II fue la razón o el pretexto para continuar siendo colonia. En otras palabras: lo que Túpac Amaru hizo, probablemente sin querer, fue despertar un miedo muy grande entre la elite blanca sobre los tremendos riesgos en que podía incurrir si tuviera la osadía de separarse de España y, por consiguiente, verse en la circunstancia de tener que enfrentar sola a una movilización popular similar a la de 1780. En suma, Túpac Amaru no fue “precursor” de la independencia; por lo menos no la de 1821.
Esta polémica postura pretendía criticar una supuesta visión “tradicional” o "nacionalista" de nuestra independencia que se habría formado desde finales del siglo XIX: ante todo, una aventura del espíritu en la que los peruanos de diversos grupos sociales y de distintas opciones políticas fueron descubriendo la existencia del Perú como “nación” (desde los intelectuales criollos del Mercurio Peruano) hasta llegar a la necesidad inevitable de romper con España en 1820 cuando San Martín desembarcó en Paracas.
Por ello, en esta visión se ponía mucho énfasis en el papel de los “precursores” (como Juan Pablo Viscardo y Guzmán, José Baquíjano y Carrillo o Hipólito Unanue) y de las distintas rebeliones que “anticiparon” la independencia (como las de Túpac Amaru o Mateo Pumacahua). Esta tesis habría tenido el éxito de propalarse no sólo en los libros de historia sino también en los textos escolares y confundirse con la retórica patriota.

Casa de Mateo Pumacahua en el pueblo de Chinchero (Cuzco)
Lejos de polémicas, es evidente que sin el contexto militar de San Martín y, especialmente, de Bolívar, la independencia no hubiera sido posible. El Perú era el bastión de los realistas y los que habían optado por el separatismo no contaban con el poder militar suficiente para derrotar a los ejércitos del virrey. De otro lado, sí existió sentimiento patriótico, si por esto entendemos el apego al territorio y la convicción de que debía seguir su destino al margen de España.
Lo que pasa es que ese patriotismo fue canalizado de distintos modos por cada grupo de la sociedad:
1. Para los criollos, significaba liberarse de los peninsulares y tomar las riendas del nuevo estado.
2. Para los mestizos, implicaba enrolarse al ejército libertador y escalar posiciones, algo que no hubieran podido soñar al interior del ejército realista (por ejemplo, Gamarra, Castilla o Santa Cruz, todos mestizos, se valieron de su participación en Ayacucho para luego incursionar en la política y llegar a la presidencia).
3. Para los indios y los negros, la nueva república les abría nuevas posibilidades. Para los primeros, significaba la abolición del tributo; para los segundos, liberarse de la esclavitud. Lo cierto es que para muchos sectores medios y bajos de la población, los nuevos tiempos podían augurarles mejores canales de ascenso social.

Mateo Pumacahua, curaca de Chinchero: ¿precursor de la independencia?
Al igual que San Martín, el curso de los acontecimientos en la América española hizo que Bolívar oriente su pensamiento a posiciones cada vez más autoritarias y pesimistas con respecto al carácter de los americanos. En efecto, alarmado por la anarquía desatada por las guerras de independencia, intentó frenar el desorden mediante una serie de proyectos y constituciones autoritarias, es decir, a una nueva versión de Despotismo Ilustrado.
Ya en 1815, en su conocida “Carta de Jamaica”, había confesado: los acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales. Más tarde, en el Congreso de Angostura, celebrado en 1819, declaraba: La libertad indefinida, la democracia absoluta son los escollos adonde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas… Que el poder legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al ejecutivo. Así mostraba Bolívar su desilusión.
Desde muy temprano, se dio cuenta de que las ilusiones democráticas y republicanas eran incompatibles con la realidad americana. En la América española no había homogeneidad de razas, y la violencia y el analfabetismo latían entre los grupos populares. Para Bolívar, era necesaria esta apreciación realista de la sociedad para, a partir de allí, diseñar un programa de gobierno capaz de elevar las condiciones de vida: abolir la servidumbre de los indios y la esclavitud de los negros, fomentar la instrucción pública, y repartir la tierra entre los soldados y los indios alentando la propiedad privada y el libre comercio. La duda y el pesimismo de Bolívar fue si las clases altas iban a tolerar estos cambios y ver afectado su dominio tradicional.
Pero en el fondo, también desconfiaba de los indios y la gente de color. En 1826, al ver la anarquía desatada en su natal Venezuela, escribió: No hablaremos de los demócratas y de los fanáticos; tampoco diremos nada de los colores, porque al entrar en el hondo abismo de estas cuestiones, el genio de la razón iría a sepultarse en él como en la mansión de la muerte… Un inmenso volcán está en nuestros pies… ¿Quién contendrá a las clases oprimidas? La esclavitud romperá el yugo; cada color querrá el dominio.
Es por estas razones que Bolívar diseñó un proyecto autoritario para los países que había independizado. La llamada Federación de los Andes debía unir en un gran estado a la entonces Gran Colombia, Perú y la recién creada Bolivia. El proyecto, sin embargo, era más bien modesto, pues la idea original contemplaba la unidad política de toda América Latina. Pues bien, esta "Federación de los Andes" debía ser regida por una Constitución Vitalicia. En ella, el poder ejecutivo no sólo era fuerte y vitalicio, sino que además el presidente vitalicio -que no iba ser otro que el propio Bolívar- tenía la autoridad de elegir a su sucesor. Bolívar redactó: esta suprema Autoridad debe ser perpetua para evitar las elecciones, que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía.

Plaza Bolívar en Lima (1910)
Dotado de una gran inteligencia y de una personalidad avasalladora, Bolívar vino al Perú con muchas de estas ideas. Su presencia aquí fue muy polémica. A diferencia de San Martín, lo primordial para él era ganar la guerra contra los realistas. Esa fue su primera preocupación, luego vendrían los proyectos políticos. Por ello, no se detuvo ante nadie ni ante nada. Persiguió a sus opositores, especialmente a algunos miembros de la aristocracia peruana -como Riva-Agüero y Torre Tagle- quienes no toleraban su autoritarismo ni su idea de integrar al Perú a la Federación de los Andes.
La etapa bolivariana fue definitivamente el momento más dramático de nuestra guerra por la independencia. El Perú, ya desgastado económicamente, tuvo que seguir financiando esta empresa. Los cupos o contribuciones de guerra exigidos por ambos bandos, ya sea en dinero o en “productos” (alimentos, joyas, esclavos), aumentaron a niveles intolerables.
Quizá un último aspecto que destacar en Bolívar sea su apreciación realista de la guerra con España. A diferencia de San Martín, él no vino aquí con esa actitud romántica de tratar de convencer o ganar una “guerra de opinión”. No rehuyó el combate y, desde el comienzo, se preparó para la batalla final. Por ello, fue polémico y ocasionó reacciones encontradas. Parte de esto se podría comprender teniendo en cuenta que Bolívar venía de una realidad muy distinta a la nuestra. Venezuela no era tan compleja como el Perú. Por otro lado, su estilo intenso y avasallador contrastaban con el temperamento de los peruanos, más reservado y poco comunicativo.
Ya en 1815, en su conocida “Carta de Jamaica”, había confesado: los acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales. Más tarde, en el Congreso de Angostura, celebrado en 1819, declaraba: La libertad indefinida, la democracia absoluta son los escollos adonde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas… Que el poder legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al ejecutivo. Así mostraba Bolívar su desilusión.
Desde muy temprano, se dio cuenta de que las ilusiones democráticas y republicanas eran incompatibles con la realidad americana. En la América española no había homogeneidad de razas, y la violencia y el analfabetismo latían entre los grupos populares. Para Bolívar, era necesaria esta apreciación realista de la sociedad para, a partir de allí, diseñar un programa de gobierno capaz de elevar las condiciones de vida: abolir la servidumbre de los indios y la esclavitud de los negros, fomentar la instrucción pública, y repartir la tierra entre los soldados y los indios alentando la propiedad privada y el libre comercio. La duda y el pesimismo de Bolívar fue si las clases altas iban a tolerar estos cambios y ver afectado su dominio tradicional.
Pero en el fondo, también desconfiaba de los indios y la gente de color. En 1826, al ver la anarquía desatada en su natal Venezuela, escribió: No hablaremos de los demócratas y de los fanáticos; tampoco diremos nada de los colores, porque al entrar en el hondo abismo de estas cuestiones, el genio de la razón iría a sepultarse en él como en la mansión de la muerte… Un inmenso volcán está en nuestros pies… ¿Quién contendrá a las clases oprimidas? La esclavitud romperá el yugo; cada color querrá el dominio.
Es por estas razones que Bolívar diseñó un proyecto autoritario para los países que había independizado. La llamada Federación de los Andes debía unir en un gran estado a la entonces Gran Colombia, Perú y la recién creada Bolivia. El proyecto, sin embargo, era más bien modesto, pues la idea original contemplaba la unidad política de toda América Latina. Pues bien, esta "Federación de los Andes" debía ser regida por una Constitución Vitalicia. En ella, el poder ejecutivo no sólo era fuerte y vitalicio, sino que además el presidente vitalicio -que no iba ser otro que el propio Bolívar- tenía la autoridad de elegir a su sucesor. Bolívar redactó: esta suprema Autoridad debe ser perpetua para evitar las elecciones, que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía.

Plaza Bolívar en Lima (1910)
Dotado de una gran inteligencia y de una personalidad avasalladora, Bolívar vino al Perú con muchas de estas ideas. Su presencia aquí fue muy polémica. A diferencia de San Martín, lo primordial para él era ganar la guerra contra los realistas. Esa fue su primera preocupación, luego vendrían los proyectos políticos. Por ello, no se detuvo ante nadie ni ante nada. Persiguió a sus opositores, especialmente a algunos miembros de la aristocracia peruana -como Riva-Agüero y Torre Tagle- quienes no toleraban su autoritarismo ni su idea de integrar al Perú a la Federación de los Andes.
La etapa bolivariana fue definitivamente el momento más dramático de nuestra guerra por la independencia. El Perú, ya desgastado económicamente, tuvo que seguir financiando esta empresa. Los cupos o contribuciones de guerra exigidos por ambos bandos, ya sea en dinero o en “productos” (alimentos, joyas, esclavos), aumentaron a niveles intolerables.
Quizá un último aspecto que destacar en Bolívar sea su apreciación realista de la guerra con España. A diferencia de San Martín, él no vino aquí con esa actitud romántica de tratar de convencer o ganar una “guerra de opinión”. No rehuyó el combate y, desde el comienzo, se preparó para la batalla final. Por ello, fue polémico y ocasionó reacciones encontradas. Parte de esto se podría comprender teniendo en cuenta que Bolívar venía de una realidad muy distinta a la nuestra. Venezuela no era tan compleja como el Perú. Por otro lado, su estilo intenso y avasallador contrastaban con el temperamento de los peruanos, más reservado y poco comunicativo.
Antes de llegar al Perú, San Martín ya tenía un largo historial de sentimientos monárquicos que se fueron confirmando por sus observaciones de anarquía luego de la independencia de algunos territorios americanos, especialmente del Río de la Plata. Pensaba que un proyecto monárquico era el mejor remedio para evitar el desorden. Una monarquía autoritaria y centralizada a la manera de un despotismo ilustrado que buscara elevar la cultura la calidad de vida de las personas.
Su experiencia en la guerra por la independencia lo había convencido que los americanos aún no estaban preparados para vivir en una forma republicana de gobierno. En Chile, intentó sin éxito que sus ideas fueran aceptadas pero sintió que en el Perú estaba su oportunidad. No en vano aquí en Lima se encontraba la aristocracia más numerosa del continente.
¿Pero acaso San Martín pensaba fundar un Reino en el Perú y nombrarse a sí mismo soberano? Nada más alejado de la verdad. En todo momento, demostró no tener ambiciones personales. Quería la independencia pero también evitar a toda costa la anarquía. Los peruanos, según San Martín, no tenían experiencia de autogobierno, además la mayor parte de la población no era ilustrada y vivía en condiciones económicas muy precarias.
Fue en la Conferencia de Punchauca donde por vez primera San Martín expuso sin éxito sus planes monárquicos a los realistas. Pero más adelante, durante el Protectorado, llevaría a cabo pasos más firmes para convencer que su proyecto era el más adecuado a la realidad del Perú. Creó la "Orden del Sol" -siguiendo el modelo de la Legión de Honor francesa- para condecorar a los que prestasen servicios distinguidos a la Patria y así formar una aristocracia peruana; también reconoció los títulos nobiliarios concedidos en España como títulos del Perú; y, finalmente, envió una misión diplomática a Europa -presidida por el canciller Juan García del Río e integrada por el comerciante inglés James Paroissien- para buscar un Príncipe, Infante de Castilla de preferencia.
La institución que se encargaría de sembrar la idea monárquica fue la Sociedad Patriótica de Lima, fundada el 20 de enero de 1822, donde se llevaría a cabo el primer debate político sobre la mejor forma de gobierno para el Perú. Esta institución estuvo a cargo del principal colaborador del Protector, el rioplatense Bernardo de Monteagudo, a quien secundaba el sacerdote venezolano José Ignacio Moreno. El órgano de difusión de los debates de la Sociedad Patriótica fue el periódico El Sol del Perú.
Sin embargo, frente a todo este despliegue monárquico se fue formando un frente liberal-republicano encabezado por José Faustino Sánchez Carrión, el célebre “Solitario de Sayán”, quien, desde unas cartas firmadas con ese seudónimo, se había opuesto firmemente a los planes sanmartinianos. Para él, la monarquía era contraria a la dignidad del hombre: no formaba ciudadanos sino súbditos; es decir, personas cuyo destino está a merced de la voluntad de un solo hombre, el Rey. Sólo el sistema republicano podía garantizar el imperio de la ley y la libertad del individuo; finalmente, reconocía que la república era un riesgo, pero había que asumirlo.
Pero Sánchez Carrión no estaba solo. Sus ideas eran también compartidas por Toribio Rodríguez de Mendoza, antiguo redactor del Mercurio Peruano y rector del Convictorio de San Carlos, Francisco Javier de Luna Pizarro, Manuel Pérez de Tudela y Mariano José de Arce, entre otros. Ellos también desplegaron toda una retórica en favor de la república y sus ideas quedaron expuestas en el periódico La Abeja Republicana.
Pero la monarquía no llegó a echar raíces en nuestro país, a pesar de todos los esfuerzos de San Martín. España mismo la había desprestigiado. Para la mayoría de los criollos liberales, la monarquía española -que era el ejemplo más cercano que tenían- era intolerante y decadente. Lo mismo podía ocurrir en el Perú.
De otro lado, lo que pasaba en el Perú también desalentaba el proyecto. Por un lado, el monárquico Monteagudo, como ministro del Interior, había desplegado una imprudente política antiespañola en Lima: ordenó la confiscación de los bienes de los peninsulares por considerarlos contrarios a la independencia y a muchos los expulsó del país. Aparentemente, esto lo hacía con la aprobación de San Martín.
¿Esa actitud era acaso un preludio de la monarquía sanmartiniana? Muchos lo entendían así. Por ello, mientras aumentaba el desprestigio de San Martín también aumentaba la prédica republicana. Además, el ejército realista se encontraba intacto y controlaba la mayor parte del territorio peruano. La promesa de San Martín por libertar al Perú estaba cada día más lejos.

Entrevista de Guayaquil entre San Martín (derecha) y Bolívar (izquierda) el 26 de julio de 1822
Su experiencia en la guerra por la independencia lo había convencido que los americanos aún no estaban preparados para vivir en una forma republicana de gobierno. En Chile, intentó sin éxito que sus ideas fueran aceptadas pero sintió que en el Perú estaba su oportunidad. No en vano aquí en Lima se encontraba la aristocracia más numerosa del continente.
¿Pero acaso San Martín pensaba fundar un Reino en el Perú y nombrarse a sí mismo soberano? Nada más alejado de la verdad. En todo momento, demostró no tener ambiciones personales. Quería la independencia pero también evitar a toda costa la anarquía. Los peruanos, según San Martín, no tenían experiencia de autogobierno, además la mayor parte de la población no era ilustrada y vivía en condiciones económicas muy precarias.
Fue en la Conferencia de Punchauca donde por vez primera San Martín expuso sin éxito sus planes monárquicos a los realistas. Pero más adelante, durante el Protectorado, llevaría a cabo pasos más firmes para convencer que su proyecto era el más adecuado a la realidad del Perú. Creó la "Orden del Sol" -siguiendo el modelo de la Legión de Honor francesa- para condecorar a los que prestasen servicios distinguidos a la Patria y así formar una aristocracia peruana; también reconoció los títulos nobiliarios concedidos en España como títulos del Perú; y, finalmente, envió una misión diplomática a Europa -presidida por el canciller Juan García del Río e integrada por el comerciante inglés James Paroissien- para buscar un Príncipe, Infante de Castilla de preferencia.
La institución que se encargaría de sembrar la idea monárquica fue la Sociedad Patriótica de Lima, fundada el 20 de enero de 1822, donde se llevaría a cabo el primer debate político sobre la mejor forma de gobierno para el Perú. Esta institución estuvo a cargo del principal colaborador del Protector, el rioplatense Bernardo de Monteagudo, a quien secundaba el sacerdote venezolano José Ignacio Moreno. El órgano de difusión de los debates de la Sociedad Patriótica fue el periódico El Sol del Perú.
Sin embargo, frente a todo este despliegue monárquico se fue formando un frente liberal-republicano encabezado por José Faustino Sánchez Carrión, el célebre “Solitario de Sayán”, quien, desde unas cartas firmadas con ese seudónimo, se había opuesto firmemente a los planes sanmartinianos. Para él, la monarquía era contraria a la dignidad del hombre: no formaba ciudadanos sino súbditos; es decir, personas cuyo destino está a merced de la voluntad de un solo hombre, el Rey. Sólo el sistema republicano podía garantizar el imperio de la ley y la libertad del individuo; finalmente, reconocía que la república era un riesgo, pero había que asumirlo.
Pero Sánchez Carrión no estaba solo. Sus ideas eran también compartidas por Toribio Rodríguez de Mendoza, antiguo redactor del Mercurio Peruano y rector del Convictorio de San Carlos, Francisco Javier de Luna Pizarro, Manuel Pérez de Tudela y Mariano José de Arce, entre otros. Ellos también desplegaron toda una retórica en favor de la república y sus ideas quedaron expuestas en el periódico La Abeja Republicana.
Pero la monarquía no llegó a echar raíces en nuestro país, a pesar de todos los esfuerzos de San Martín. España mismo la había desprestigiado. Para la mayoría de los criollos liberales, la monarquía española -que era el ejemplo más cercano que tenían- era intolerante y decadente. Lo mismo podía ocurrir en el Perú.
De otro lado, lo que pasaba en el Perú también desalentaba el proyecto. Por un lado, el monárquico Monteagudo, como ministro del Interior, había desplegado una imprudente política antiespañola en Lima: ordenó la confiscación de los bienes de los peninsulares por considerarlos contrarios a la independencia y a muchos los expulsó del país. Aparentemente, esto lo hacía con la aprobación de San Martín.
¿Esa actitud era acaso un preludio de la monarquía sanmartiniana? Muchos lo entendían así. Por ello, mientras aumentaba el desprestigio de San Martín también aumentaba la prédica republicana. Además, el ejército realista se encontraba intacto y controlaba la mayor parte del territorio peruano. La promesa de San Martín por libertar al Perú estaba cada día más lejos.

Entrevista de Guayaquil entre San Martín (derecha) y Bolívar (izquierda) el 26 de julio de 1822
El ejemplo más notorio de la actuación del pueblo en favor de la independencia fue el de los montoneros . Se trató de bandas de guerrilleros que operaron en la sierra central y en la sierra de Lima entre 1820 y 1824. En su mayoría eran criollos y mestizos de clase media o de modesta fortuna que habían sufrido saqueos o castigo por parte de los realistas y ahora buscaban venganza al lado de los patriotas apoyando la independencia.
Fueron decisivos, por ejemplo, en su apoyo a San Martín. Ellos cercaron las vías de comunicación entre Lima y la sierra central lo que obligó, en buena medida, el retiro de La Serna al Cuzco al no poder mantener a su ejército. Meses antes también apoyaron la incursión de Álvarez de Arenales en la zona en una campaña proselitista llamando a la gente en favor de la independencia.
Mal armados y con escasa formación militar, estos guerrilleros siempre hostigaron a las fuerzas realista. El problema es que también se les unieron bandidos y malhechores que aprovecharon el desorden interno para poder robar. Operaban en grupos de entre cincuenta y cien hombres desgastando a los realistas e impidiendo varias veces que Canterac atacara Lima. Se trataba de gente anónima y sus líderes más conocidos fueron Francisco Vidal, Gaspar Huavique, José Urbiola, Baltazar Orrantia, Ignacio Ninanvilca y el oficial argentino Isidoro Villar a quien San Martín nombró comandante en jefe de las guerrillas de la sierra.
Muchas veces estos montoneros actuaron por su cuenta. Les faltó coordinación con los patriotas e internamente estuvieron siempre divididos. No era fácil cohesionar bandas compuestas por gente de diverso origen racial y fortuna personal. Pero de todas formas, a pesar de estos problemas, los guerrilleros fueron el aporte más decisivo de los “cholos” o “peruleros” -como despectivamente los llamaban los argentinos y colombianos- a la causa independentista.
Tampoco podemos olvidar que fueron cabildos abiertos, es decir, asambleas populares, las que juraron la independencia de Tumbes, Piura, Lambayeque, Jaén y Moyobamba (Maynas). Desde Moyobamba llegaron donativos de toda especie y hombres que pasaron a las filas del ejército libertador. El entusiasmo popular por la independencia fue notorio en casi todos los pueblos, villorrios y comarcas rurales del norte peruano. Recordemos que el primer pueblo en proclamar su independencia fue Supe el 5 de abril de 1819 tras una de las expediciones marítimas de Lord Cochrane.
También debemos citar que sin la ayuda en dinero, especies y hombres que envió el pueblo de Trujillo la expedición de San Martín hubiera sido un verdadero fracaso. En la sierra también hubo campesinos indígenas que donaron sus jornales y productos agropecuarios para financiar y abastecer la campaña libertadora. Muchos de estos donativos se hicieron de forma libre, sin ningún tipo de coacción . Dato curioso, por ejemplo, es el caso de los campesinos de Huamachuco que entregaron al tesoro nacional la producción de sus haciendas de Tulpo y Yamobamba.
De otro lado, fue destacable la actuación de la mujer en favor de la independencia. En su mayoría colaboraron enviando correspondencia entre los patriotas; por ello, muchas fueron fusiladas o tomadas prisioneras por los realistas. Ya desde los tiempos de Abascal, por ejemplo, podríamos citar a Brígada Ochoa de Silva en Lima (luego sería condecorada por San Martín), Juana Noin en el Cuzco, Magdalena Centeno en Arequipa y Juana Toribia Ara en Tacna. Ya en tiempos de la independencia María Parado de Bellido fue fusilada en Ayacucho por no querer denunciar a los patriotas que conocía. Por las mismas razones encontraron la muerte Emeteria Ríos de Palomo en Canta, Paula Huamán en Tarma y Eufrasia Ramos en Jauja. En Concepción (Junín) la humilde Bonifacia Pando fue condenada a sufrir 200 azotes junto al ajusticiado cadáver de su esposo, el patriota Paulino Monje.
Uno de los mártires emblemáticos de la guerra fue el humilde pescador chorrillano José Olaya Balandra. Parece que recibía correspondencia vinculada a Sucre en el Callao y en su barca la llevaba a Chorrillos desde donde la pasaba a Lima en su cesta llena de pescado. Sometido a tormento por los realistas se negó a confesar para quiénes iban dirigidas las cartas. Por ello, fue fusilado por órdenes del español Rodil en el callejón de Petateros (hoy pasaje Olaya, al lado de la Plaza de Armas) el 29 de junio de 1823.

José Olaya Balandra (óleo de Gil de Castro)
Fueron decisivos, por ejemplo, en su apoyo a San Martín. Ellos cercaron las vías de comunicación entre Lima y la sierra central lo que obligó, en buena medida, el retiro de La Serna al Cuzco al no poder mantener a su ejército. Meses antes también apoyaron la incursión de Álvarez de Arenales en la zona en una campaña proselitista llamando a la gente en favor de la independencia.
Mal armados y con escasa formación militar, estos guerrilleros siempre hostigaron a las fuerzas realista. El problema es que también se les unieron bandidos y malhechores que aprovecharon el desorden interno para poder robar. Operaban en grupos de entre cincuenta y cien hombres desgastando a los realistas e impidiendo varias veces que Canterac atacara Lima. Se trataba de gente anónima y sus líderes más conocidos fueron Francisco Vidal, Gaspar Huavique, José Urbiola, Baltazar Orrantia, Ignacio Ninanvilca y el oficial argentino Isidoro Villar a quien San Martín nombró comandante en jefe de las guerrillas de la sierra.
Muchas veces estos montoneros actuaron por su cuenta. Les faltó coordinación con los patriotas e internamente estuvieron siempre divididos. No era fácil cohesionar bandas compuestas por gente de diverso origen racial y fortuna personal. Pero de todas formas, a pesar de estos problemas, los guerrilleros fueron el aporte más decisivo de los “cholos” o “peruleros” -como despectivamente los llamaban los argentinos y colombianos- a la causa independentista.
Tampoco podemos olvidar que fueron cabildos abiertos, es decir, asambleas populares, las que juraron la independencia de Tumbes, Piura, Lambayeque, Jaén y Moyobamba (Maynas). Desde Moyobamba llegaron donativos de toda especie y hombres que pasaron a las filas del ejército libertador. El entusiasmo popular por la independencia fue notorio en casi todos los pueblos, villorrios y comarcas rurales del norte peruano. Recordemos que el primer pueblo en proclamar su independencia fue Supe el 5 de abril de 1819 tras una de las expediciones marítimas de Lord Cochrane.
También debemos citar que sin la ayuda en dinero, especies y hombres que envió el pueblo de Trujillo la expedición de San Martín hubiera sido un verdadero fracaso. En la sierra también hubo campesinos indígenas que donaron sus jornales y productos agropecuarios para financiar y abastecer la campaña libertadora. Muchos de estos donativos se hicieron de forma libre, sin ningún tipo de coacción . Dato curioso, por ejemplo, es el caso de los campesinos de Huamachuco que entregaron al tesoro nacional la producción de sus haciendas de Tulpo y Yamobamba.
De otro lado, fue destacable la actuación de la mujer en favor de la independencia. En su mayoría colaboraron enviando correspondencia entre los patriotas; por ello, muchas fueron fusiladas o tomadas prisioneras por los realistas. Ya desde los tiempos de Abascal, por ejemplo, podríamos citar a Brígada Ochoa de Silva en Lima (luego sería condecorada por San Martín), Juana Noin en el Cuzco, Magdalena Centeno en Arequipa y Juana Toribia Ara en Tacna. Ya en tiempos de la independencia María Parado de Bellido fue fusilada en Ayacucho por no querer denunciar a los patriotas que conocía. Por las mismas razones encontraron la muerte Emeteria Ríos de Palomo en Canta, Paula Huamán en Tarma y Eufrasia Ramos en Jauja. En Concepción (Junín) la humilde Bonifacia Pando fue condenada a sufrir 200 azotes junto al ajusticiado cadáver de su esposo, el patriota Paulino Monje.
Uno de los mártires emblemáticos de la guerra fue el humilde pescador chorrillano José Olaya Balandra. Parece que recibía correspondencia vinculada a Sucre en el Callao y en su barca la llevaba a Chorrillos desde donde la pasaba a Lima en su cesta llena de pescado. Sometido a tormento por los realistas se negó a confesar para quiénes iban dirigidas las cartas. Por ello, fue fusilado por órdenes del español Rodil en el callejón de Petateros (hoy pasaje Olaya, al lado de la Plaza de Armas) el 29 de junio de 1823.

José Olaya Balandra (óleo de Gil de Castro)
Al momento de su separación de España, el Perú contaba con poco más de un millón de habitantes. Los indios eran más de la mitad, un 58%; los mestizos el 22%; y los negros, en su mayoría esclavos, el 4% de la población; la gente de “color libre” también bordeaba el 4%. Los blancos, tanto peninsulares como criollos, eran poco más del 12% y vivían básicamente en la costa y en algunas ciudades del interior como el Cuzco o Huamanga.
Lima tenía unos 64 mil habitantes. Eran pocos si consideramos que Ciudad de México contaba con 130 mil, pero más que Santiago de Chile con 10 mil y Buenos Aires con 40 mil. La capital de los virreyes era la sede no solo de la alta burocracia sino también de la clase alta o aristocracia. Como anota Alberto Flores Galindo, durante el periodo colonial, en Lima se otorgaron 411 títulos nobiliarios, volumen lejanamente seguido por los 234 de Cuba y Santo Domingo y los 170 de México. En la ciudad reside, sin exageración alguna, la elite virreinal más numerosa e importante de Hispanoamérica, sustentada en las actividades mercantiles. Si desagregamos su población en razas, tenemos que en Lima vivían 18 mil españoles (más peninsulares que criollos), 13 mil esclavos y 10 mil habitantes de “color libre”; el resto eran indios que habitaban el su barrio o reducción llamado “El Cercado”.
Pero la raza o color de la piel no eran los únicos criterios de diferenciación social. Existían profundas divisiones de orden social y económico. Es cierto que la clase alta era inevitablemente blanca pero, por ejemplo, no todos los indios eran culturalmente indios. Un testigo de esa sociedad, Concolorcorvo, decía que si un indio se aseaba, se cortaba sus cabellos, se ponía una camisa blanca y tenía un oficio útil, podía pasar por cholo: Si su servicio es útil al español, ya le viste y calza, y a los dos meses es un mestizo en el nombre. Como anota John Lynch, los propios mestizos no eran el único grupo social; según su educación, trabajo, modo de vida, podían aproximarse a los blancos o a los indios. Los mulatos y otras castas sufrían incluso una discriminación peor que los mestizos: se le prohibía vestir como blancos, vivir en distritos blancos, casarse con blancas (os), y tenían sus propias iglesias y cementerios. Pero ni siquiera le gente de color estaba inmutablemente clasificada según su raza; el avance económico podía asegurarles una situación de blancos, bien “pasando” por tales o mediante la compra de un certificado de blancura. Como vemos, los criterios culturales, raciales y económicos se entremezclaban en una sociedad en plena transición al momento de la independencia.
La clase alta, cuyo poder y prestigio le venía por su posesión de haciendas, títulos nobiliarios, cargos públicos o empresas comerciales se aferró siempre a sus privilegios. Una institución, el Tribunal del Consulado, la representaba. Era natural que pretendiera no perder el poder que ejercían sobre un vasto territorio como el Virreinato peruano. España le garantizaba esa hegemonía por lo que no veían la necesidad de la independencia. Además, sentían temor ante una eventual sublevación popular que amenazara su dominio; los levantamientos de Túpac Amaru (1780) y Mateo Pumacahua (1814) la habían puesto en alerta. Por ello, la presencia del ejército realista les garantizaba el orden. En Lima, además, se temía una rebelión de esclavos negros tal como aconteció en Haití en 1797.
Por ello, muy pocos aristócratas, como Riva-Agüero o el Conde de la Vega del Ren, tuvieron sentimientos separatistas. Los criollos más ilustrados -como Baquíjano y Unanue, antiguos redactores del Mercurio Peruano- sólo demandaban una reforma para hacer menos intolerante el gobierno de los borbones. El resto estaba monolíticamente en favor de la Corona tal como lo demostraron los cuantiosos préstamos que hacían los miembros del Tribunal del Consulado a los virreyes para combatir cualquier intento separatista o subversivo .
Pero el panorama cambió para esta elite hacia 1820. Ese año, el general Riego dio un golpe de estado en España y obligó a Fernando VII a restablecer la Constitución liberal de 1812. Cuando la aristocracia peruana se enteró de estos acontecimientos muchos de sus miembros sintieron una profunda inseguridad y un gran temor ante el triunfo de liberalismo en la Península. Fue a partir de ese momento que sintieron la decisión de guardar sus privilegios pero esta vez apoyando al ejército libertador. San Martín y Bolívar podían otorgar las garantías para conservar el orden ya que España estaba cada vez más lejos. Pero esto no quiere decir que toda la elite apostó por la independencia en un mismo momento. La terrible decisión fue gradual y hubo un grupo importante que permaneció tercamente fidelista hasta el final.
Con todo, los largos años de dudas e indefiniciones le costaron caro a estos aristócratas. Perdieron mucho dinero financiando la contrarrevolución. Incluso prestaron su flota mercante a los virreyes para convertirla en buques de guerra. Por ello, cuando las tropas de San Martín llegaron capturaron estos navíos limeños y el Callao fue cediendo poco a poco su antiguo dominio del Pacífico sur.

Lima en el siglo XIX (Juan Bromley)
La aristocracia indígena era prácticamente inexistente. Ya no había curacas pues el cargo había sido abolido luego de la rebelión de Túpac Amaru. Cuando llegaron los ejércitos libertadores no había descendientes de los incas reconocidos legalmente, por lo que San Martín y Bolívar tuvieron que negociar con la élite blanca. El proyecto de instalar una monarquía bajo un soberano de sangre incaica era imposible.
Es evidente, de otro lado, que la Iglesia como institución jugó un papel importante durante estos años. La mayor parte de su jerarquía era fidelista aunque, en un primer momento, se tranquilizó con la moderación de San Martín quien apreció en todo momento el valor del catolicismo como elemento integrador de la sociedad. Así lo notó el entonces arzobispo de Lima, Bartolomé de las Heras, al conocer las intenciones del Libertador. Al interior del país, los párrocos y lo que podríamos llamar “bajo clero”, apoyaron en su mayoría la causa independentista. Muchos de ellos eran criollos y también mestizos.
Hubo el caso del arzobispo de Arequipa, José Sebastián de Goyeneche, que se mantuvo fidelista hasta el final. Hasta 1835 fue el único obispo peruano reconocido por Roma ya que el papa León XII había ordenado a los americanos la obediencia a Fernando VII. Recordemos que el Vaticano no reconoció la independencia de estos países hasta bien avanzado el siglo XIX. Con todo, habría que decir que con las guerras la Iglesia intentó defender sus propiedades y privilegios tradicionales. También dio algunos políticos como Toribio Rodríguez de Mendoza o Francisco Javier de Luna Pizarro quienes junto a otros sacerdotes integraron el primer congreso peruano.

Arzobispo de Arequipa José Sebastián de Goyeneche y Barreda
De otro lado, en vísperas de la independencia la economía no andaba del todo mal. Es cierto que había una crisis agrícola, sobre todo en la costa, que se arrastraba del siglo XVIII, pero la minería y el comercio pasaban por un relativo auge. Si bien las reformas borbónicas afectaron los intereses de los comerciantes limeños todavía controlaban los mercados del Perú, el Alto Perú, y en cierta medida los de Santiago y Quito. La minería, por su parte, se había recuperado gracias a la producción de plata en los yacimientos de Cerro de Pasco, Hualgayoc (Cajamarca) y Huantajaya (Tarapacá).
Pero esta economía aparentemente estable empezó a desplomarse por la revolución independentista:
En primer lugar, los comerciantes del Tribunal del Consulado empezaron a desfinanciarse por la cuantiosa ayuda que tuvieron que hacer a la contrarrevolución desde los tiempos de Abascal. La Corona nunca devolvió los préstamos.
En segundo lugar, la misma guerra destruyó muchos centros productivos como minas, obrajes y haciendas.
En tercer lugar, la población, tanto los de mayor fortuna como los más pobres, tuvo que dar cupos de guerra durante los 6 años que duró la lucha. Recordemos que durante este tiempo dos ejércitos -unos 20 mil hombres- transitaban por el país. A ellos había que alimentarlos, vestirlos, armarlos y pagarles. El dinero y los productos para sostenerlo salieron de los propios peruanos.
Cabe mencionar que España nunca ayudó económicamente al ejército realista. Realmente la guerra fue una sangría económica para el Perú, una situación de la que tardaría muchos años en recuperarse.
Lima tenía unos 64 mil habitantes. Eran pocos si consideramos que Ciudad de México contaba con 130 mil, pero más que Santiago de Chile con 10 mil y Buenos Aires con 40 mil. La capital de los virreyes era la sede no solo de la alta burocracia sino también de la clase alta o aristocracia. Como anota Alberto Flores Galindo, durante el periodo colonial, en Lima se otorgaron 411 títulos nobiliarios, volumen lejanamente seguido por los 234 de Cuba y Santo Domingo y los 170 de México. En la ciudad reside, sin exageración alguna, la elite virreinal más numerosa e importante de Hispanoamérica, sustentada en las actividades mercantiles. Si desagregamos su población en razas, tenemos que en Lima vivían 18 mil españoles (más peninsulares que criollos), 13 mil esclavos y 10 mil habitantes de “color libre”; el resto eran indios que habitaban el su barrio o reducción llamado “El Cercado”.
Pero la raza o color de la piel no eran los únicos criterios de diferenciación social. Existían profundas divisiones de orden social y económico. Es cierto que la clase alta era inevitablemente blanca pero, por ejemplo, no todos los indios eran culturalmente indios. Un testigo de esa sociedad, Concolorcorvo, decía que si un indio se aseaba, se cortaba sus cabellos, se ponía una camisa blanca y tenía un oficio útil, podía pasar por cholo: Si su servicio es útil al español, ya le viste y calza, y a los dos meses es un mestizo en el nombre. Como anota John Lynch, los propios mestizos no eran el único grupo social; según su educación, trabajo, modo de vida, podían aproximarse a los blancos o a los indios. Los mulatos y otras castas sufrían incluso una discriminación peor que los mestizos: se le prohibía vestir como blancos, vivir en distritos blancos, casarse con blancas (os), y tenían sus propias iglesias y cementerios. Pero ni siquiera le gente de color estaba inmutablemente clasificada según su raza; el avance económico podía asegurarles una situación de blancos, bien “pasando” por tales o mediante la compra de un certificado de blancura. Como vemos, los criterios culturales, raciales y económicos se entremezclaban en una sociedad en plena transición al momento de la independencia.
La clase alta, cuyo poder y prestigio le venía por su posesión de haciendas, títulos nobiliarios, cargos públicos o empresas comerciales se aferró siempre a sus privilegios. Una institución, el Tribunal del Consulado, la representaba. Era natural que pretendiera no perder el poder que ejercían sobre un vasto territorio como el Virreinato peruano. España le garantizaba esa hegemonía por lo que no veían la necesidad de la independencia. Además, sentían temor ante una eventual sublevación popular que amenazara su dominio; los levantamientos de Túpac Amaru (1780) y Mateo Pumacahua (1814) la habían puesto en alerta. Por ello, la presencia del ejército realista les garantizaba el orden. En Lima, además, se temía una rebelión de esclavos negros tal como aconteció en Haití en 1797.
Por ello, muy pocos aristócratas, como Riva-Agüero o el Conde de la Vega del Ren, tuvieron sentimientos separatistas. Los criollos más ilustrados -como Baquíjano y Unanue, antiguos redactores del Mercurio Peruano- sólo demandaban una reforma para hacer menos intolerante el gobierno de los borbones. El resto estaba monolíticamente en favor de la Corona tal como lo demostraron los cuantiosos préstamos que hacían los miembros del Tribunal del Consulado a los virreyes para combatir cualquier intento separatista o subversivo .
Pero el panorama cambió para esta elite hacia 1820. Ese año, el general Riego dio un golpe de estado en España y obligó a Fernando VII a restablecer la Constitución liberal de 1812. Cuando la aristocracia peruana se enteró de estos acontecimientos muchos de sus miembros sintieron una profunda inseguridad y un gran temor ante el triunfo de liberalismo en la Península. Fue a partir de ese momento que sintieron la decisión de guardar sus privilegios pero esta vez apoyando al ejército libertador. San Martín y Bolívar podían otorgar las garantías para conservar el orden ya que España estaba cada vez más lejos. Pero esto no quiere decir que toda la elite apostó por la independencia en un mismo momento. La terrible decisión fue gradual y hubo un grupo importante que permaneció tercamente fidelista hasta el final.
Con todo, los largos años de dudas e indefiniciones le costaron caro a estos aristócratas. Perdieron mucho dinero financiando la contrarrevolución. Incluso prestaron su flota mercante a los virreyes para convertirla en buques de guerra. Por ello, cuando las tropas de San Martín llegaron capturaron estos navíos limeños y el Callao fue cediendo poco a poco su antiguo dominio del Pacífico sur.

Lima en el siglo XIX (Juan Bromley)
La aristocracia indígena era prácticamente inexistente. Ya no había curacas pues el cargo había sido abolido luego de la rebelión de Túpac Amaru. Cuando llegaron los ejércitos libertadores no había descendientes de los incas reconocidos legalmente, por lo que San Martín y Bolívar tuvieron que negociar con la élite blanca. El proyecto de instalar una monarquía bajo un soberano de sangre incaica era imposible.
Es evidente, de otro lado, que la Iglesia como institución jugó un papel importante durante estos años. La mayor parte de su jerarquía era fidelista aunque, en un primer momento, se tranquilizó con la moderación de San Martín quien apreció en todo momento el valor del catolicismo como elemento integrador de la sociedad. Así lo notó el entonces arzobispo de Lima, Bartolomé de las Heras, al conocer las intenciones del Libertador. Al interior del país, los párrocos y lo que podríamos llamar “bajo clero”, apoyaron en su mayoría la causa independentista. Muchos de ellos eran criollos y también mestizos.
Hubo el caso del arzobispo de Arequipa, José Sebastián de Goyeneche, que se mantuvo fidelista hasta el final. Hasta 1835 fue el único obispo peruano reconocido por Roma ya que el papa León XII había ordenado a los americanos la obediencia a Fernando VII. Recordemos que el Vaticano no reconoció la independencia de estos países hasta bien avanzado el siglo XIX. Con todo, habría que decir que con las guerras la Iglesia intentó defender sus propiedades y privilegios tradicionales. También dio algunos políticos como Toribio Rodríguez de Mendoza o Francisco Javier de Luna Pizarro quienes junto a otros sacerdotes integraron el primer congreso peruano.

Arzobispo de Arequipa José Sebastián de Goyeneche y Barreda
De otro lado, en vísperas de la independencia la economía no andaba del todo mal. Es cierto que había una crisis agrícola, sobre todo en la costa, que se arrastraba del siglo XVIII, pero la minería y el comercio pasaban por un relativo auge. Si bien las reformas borbónicas afectaron los intereses de los comerciantes limeños todavía controlaban los mercados del Perú, el Alto Perú, y en cierta medida los de Santiago y Quito. La minería, por su parte, se había recuperado gracias a la producción de plata en los yacimientos de Cerro de Pasco, Hualgayoc (Cajamarca) y Huantajaya (Tarapacá).
Pero esta economía aparentemente estable empezó a desplomarse por la revolución independentista:
En primer lugar, los comerciantes del Tribunal del Consulado empezaron a desfinanciarse por la cuantiosa ayuda que tuvieron que hacer a la contrarrevolución desde los tiempos de Abascal. La Corona nunca devolvió los préstamos.
En segundo lugar, la misma guerra destruyó muchos centros productivos como minas, obrajes y haciendas.
En tercer lugar, la población, tanto los de mayor fortuna como los más pobres, tuvo que dar cupos de guerra durante los 6 años que duró la lucha. Recordemos que durante este tiempo dos ejércitos -unos 20 mil hombres- transitaban por el país. A ellos había que alimentarlos, vestirlos, armarlos y pagarles. El dinero y los productos para sostenerlo salieron de los propios peruanos.
Cabe mencionar que España nunca ayudó económicamente al ejército realista. Realmente la guerra fue una sangría económica para el Perú, una situación de la que tardaría muchos años en recuperarse.
La Corriente Libertadora del Sur o etapa sanmartiniana.- San Martín llegó al Perú cuando era virrey Joaquín de la Pezuela. Venía desde Valparaíso (Chile) con un ejército formado por unos 4.500 hombres y esperaba levantar aquí otro de 15 mil patriotas . El jefe de su escuadra era el experimentado marino británico lord Thomas Cochrane. Desembarcó en Paracas el 20 de setiembre de 1820 y en Pisco hizo su primer llamado a los peruanos para unirse con él a la causa independentista.
Venía como un verdadero libertador, no para conquistar por las armas el Perú sino para ganar una guerra de ideas. Por ello, alguna vez se preguntó: ¿Cuánto puede avanzar la causa de la independencia si me apodero de Lima, o incluso del país entero, militarmente?… Quisiera que todos los hombres pensaran conmigo, y no quisiera avanzar un paso más allá de la marcha gradual de la opinión pública. ¿Estaba en lo cierto? Lamentablemente, el tiempo no le daría la razón.
Por ese entonces, España había caído nuevamente en crisis. Desde Cádiz el general Riego encabezó un golpe liberal contra Fernando VII que reimplantó la Constitución liberal de 1812. Para la aristocracia criolla, en su mayoría conservadora, esto era una pésima noticia. El liberalismo -con sus postulados de igualdad social, tolerancia de ideas y libertades políticas- era sinónimo de desgobierno y atentaba contra el orden y la estabilidad. España estaba cada vez más lejos y ya no podía garantizar o defender el sistema jerárquico que favorecía a la aristocracia criolla.
Mientras tanto, el virrey Pezuela había recibido órdenes de entrevistarse con San Martín. Se concertó la cita y la reunión se celebró en Miraflores, entonces un pueblo de indios al sur de Lima. Los delegados de ambos no pudieron llegar a ningún acuerdo importante salvo el de suspender temporalmente las hostilidades. Pero la sola presencia de San Martín afectaba el orden interno. La adhesión del marqués de Torre Tagle, intendente de Trujillo, le aseguraba a los patriotas el apoyo de todo el norte peruano. Al mismo tiempo, el general patriota Álvarez de Arenales en una incursión proselitista en la sierra central, que salió de Ica y siguió por Huamanga y Jauja, derrotaba al realista O’Reilly en Cerro de Pasco.
Luego de hacer el primer diseño de nuestra bandera en Pisco, San Martín cambió su cuartel general y se trasladó al norte de Lima, Huaura, y desde allí lanzaba algunos decretos y continuaba llamando a los peruanos a su causa. Los militares españoles, cansados de la tolerancia de Pezuela decidieron destituirlo y le hicieron un golpe de estado: en el Motín de Aznapuquio, José de la Serna fue elegido nuevo virrey del Perú. España confirmó a La Serna como virrey y le obligó a negociar con San Martín. La nueva entrevista se realizó en la hacienda de Punchauca, al norte de Lima (hoy Carabayllo). Allí, el Libertador exigió proclamar la independencia instalando una monarquía en el Perú. El virrey no podía acceder a tal petición y se reanudaron las hostilidades.

Histórico balcón de Huaura (norte de Lima) donde, según la tradición, San Martín proclamó por primera vez la independencia del Perú
Pero La Serna no podía mantenerse con su ejército en Lima. Lord Cochrane había bloqueado el puerto del Callao y los guerrilleros habían cortado el acceso con la sierra central, la despensa de Lima. El Virrey se retiró al Cuzco y empezó a gobernar el Virreinato desde la antigua capital de los Incas. La decisión era pragmática: en la sierra sur se encontraba el grueso del ejército realista. San Martín aprovechó y entró a Lima. Convocó una junta de notables en el Cabildo limeño que juró la independencia el 15 de julio de 1821. Manuel Pérez de Tudela fue el encargado de redactar el Acta. La proclamación quedó para el sábado 28 de julio en la Plaza de Armas de Lima.
El 3 de agosto, San Martín aceptó el título de Protector del Perú. De esta forma se iniciaba el Protectorado en el que San Martín promulgó el Estatuto Provisorio (base jurídica de su gobierno que hacía las veces de una “constitución”) y organizó un Consejo de Ministros integrado por Hipólito Unanue (Hacienda), Bernardo de Monteagudo (Interior) y Juan García del Río (Relaciones Exteriores).
Más adelante emprendió algunas reformas substanciales: decretó la “libertad de vientres”, abolió el tributo de los indios, promulgó las garantías jurídicas, fundó la Biblioteca Nacional, seleccionó la letra y música del Himno Nacional, decretó el libre comercio y dio los primeros pasos para divulgar su plan monárquico.
Hacia 1822 la situación de San Martín era desalentadora. Se negaba a invadir la sierra y los realistas mantenían su poder casi intacto al interior del país. Lord Cochrane se enemistó con el Libertador y abandonó la campaña con sus hombres. El Libertador comprendió que necesitaba apoyo militar y la solución era Bolívar que, por esos días, había liberado Quito. La entrevista entre ambos se realizó en Guayaquil donde San Martín le pidió a Bolívar apoyo militar y le ofreció estar bajos sus órdenes en la campaña del Perú. Bolívar no quería tenerlo como subordinado y le ofreció un ejército de mil hombres. Al final de la entrevista, San Martín entendió que su presencia era un obstáculo para la liberación del Perú y decidió abandonar el país. Antes de irse, el 20 de setiembre de 1822, instaló el Primer Congreso Peruano. Ante él renunció al cargo y anunció su deseo de retirarse de la vida pública.
La etapa peruana.- Al partir San Martín, el Congreso nombró una Junta presidida por José de la Mar que quiso continuar la guerra. Pero el fracaso en una serie de campañas militares causó su rápido desprestigio. Por ello, el 28 de febrero de 1823, fue nombrado primer presidente del Perú, José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete, impuesto por el ejército en el Motín de Balconcillo, primer golpe de estado de nuestra vida independiente.
Riva-Agüero intentó reorganizar el ejército patriota, incluso creó la primera escuadra peruana al mando del almirante Guisse. El fracaso del patriota Rudescindo Alvarado en las provincias del sur (Moquegua) frente al realista Jerónimo Valdéz le hizo comprender que la guerra no podía ganarse sin apoyo externo, especialmente de Bolívar. El Libertador accedió y envió un ejército de 6 mil hombres al mando de Antonio José de Sucre.
Pero en junio de 1823 tropas realistas entraron a Lima y Riva-Agüero tuvo que huir al Callao junto al Congreso. Un grupo de diputados consideró a Riva-Agüero incapaz de ganar la guerra. Lo destituyeron y le otorgaron todos los poderes militares a Sucre. Por su lado, Sucre presionó para que el Congreso nombrara presidente a Torre Tagle. Riva-Agüero se negó a aceptar su destitución y entró en conversaciones con La Serna. Pronto, con un sector del Congreso, instaló su gobierno en Trujillo.
De esta manera, el Perú era un caos: había dos gobiernos, el de Riva-Agüero y el de Torre Tagle, y dos congresos, uno en Lima y otro en Trujillo. En este contexto llegó Bolívar el 1 de setiembre de 1823 con sus tropas colombianas a las que se unirían peruanos, argentinos y chilenos, sobrevivientes de las campañas sanmartinianas.
La Corriente Libertadora del Norte o etapa bolivariana.- Pero la presencia del Libertador no hizo sino complicar más las cosas. Dividió a los peruanos pues despertó muchos recelos su autoritarismo y su deseo de unir al Perú con la Gran Colombia. Su diferencia con San Martín, más conciliador, era abismal.
Torre Tagle intentó negociar con su rival Riva-Agüero que a su vez negociaba con los realistas la posibilidad de establecer una monarquía en el Perú. Ambos fueron descubiertos por Bolívar y declarados traidores a la independencia. Torre Tagle tuvo que refugiarse en el Callao donde el general realista Rodil, había capturado el castillo del Real Felipe. Riva-Agüero por su parte, no tuvo otro remedio que abandonar el país y dirigirse a Europa. Es necesario anotar que durante el simbólico gobierno de Torre Tagle el Congreso promulgó, en 1823, la primera constitución del Perú, de corte liberal y republicano, y se terminó de diseñar la bandera nacional.
Entre 1823 y 1824 una confusión enorme reinaba en el Perú. Los peruanos seguían divididos por la presencia del Libertador. Bolívar tomó entonces acciones más drásticas y poderes aún más dictatoriales lo que siguió dividiendo a la opinión pública.
Pero en el bando realista las cosas tampoco andaban bien. Fernando VII había sido repuesto en el trono español como monarca absoluto. El liberalismo peninsular había sido derrotado. La Serna, Canterac y Valdéz eran liberales y constitucionalistas; Olañeta era absolutista y decidió abandonar a La Serna. Acusó al virrey de intruso, se retiró al Alto Perú, se proclamó virrey y empezó a gobernar desde allí en nombre del Rey y de la religión católica. La Serna envió a Valdéz quien no pudo someter al general rebelde.
Mientras tanto, Bolívar, ahora nombrado Dictador por el Congreso, reorganizaba su ejército. Se rodeó de eficaces colaboradores peruanos como José Faustino Sánchez Carrión (su secretario general), Manuel Lorenzo de Vidaurre, Hipólito Unanue y José María de Pando; Bernardo de Monteagudo, el antiguo colaborador de San Martín, también estuvo en el círculo íntimo del Libertador. En abril de 1824 Bolívar había organizado un ejército bien disciplinado de unos 8 mil hombres. En mayo se dirigió con él a la sierra central para seguir concentrando fuerzas.
En julio su ejército estaba conformado por 6 mil colombianos y 3 mil peruanos con quienes se enfrentó a los realistas el 6 de agosto en la batalla de Junín. Los realistas estaban al mando de Canterac. Los dos ejércitos acusaban mal de altura. No hubo un solo disparo pues la infantería no había sido envuelta y la artillería se encontraba muy lejos. Se enfrentaron solo las caballerías. Fue una batalla de sables, bayonetas y lanzas. El triunfo parecía sonreírle a los realistas cuando Bolívar ordenó la retirada. Pero el mayor Rázuri hizo ingresar al batallón de los Húsares, al mando de Isidoro Suárez, que cambió el giro de la contienda.
Por fin había un triunfo claro de los patriotas. Canterac tuvo que retirarse al Cuzco y Bolívar viajó a Lima. Sucre quedaba al frente del ejército patriota. Desde la capital Bolívar iniciaba un gobierno civil, reformaba algunas instituciones o aboliendo otras como la mita, y establecía un sistema escolar siguiendo el modelo inglés. Tras la derrota, el virrey La Serna reaccionó pronto. No podía permitir que los patriotas dominaran la sierra, el tradicional fortín realista. Hacia finales de noviembre los realistas salieron del Cuzco con todas sus fuerzas, unos 9 mil hombres, en su mayoría peruanos. Solo faltaba el rebelde Olañeta.
La batalla final se llevó a cabo a mitad de camino, en Ayacucho, el 9 de diciembre. La táctica de Sucre en la Pampa de la Quinua y la falta de moral de los realistas determinaron el triunfo final de los patriotas. Fue un encuentro dramático pues había peruanos en ambos bandos. Sucre aseguró que tuvo solo 300 bajas mientras que los españoles acusaron 1.600 muertos. La Serna fue capturado y Canterac ofreció una rendición sin condiciones.
Esa misma noche se firmó la Capitulación de Ayacucho. España reconocía la independencia del Perú a cambio de un pago, la “famosa deuda de la independencia”, una especie de indemnización de guerra. En el documento, además, los patriotas permitieron a los realistas la opción de quedarse en el Perú transformados en ciudadanos de la nueva nación respetándose sus propiedades, o embarcarse a España. La mayor parte de los oficiales realistas prefirieron el regreso a la Península soportando allá la penosa situación de vivir hasta su muerte con el estigma de ser llamado los “ayacuchos”, es decir, los derrotados. La Capitulación fue firmada por Sucre y por el realista Carratalá.
Luego del triunfo en Ayacucho, Bolívar confió a Sucre la liberación del Alto Perú. Había dos temas pendientes en la futura Bolivia. Uno era la presencia de Olañeta y el otro era decidir el futuro político de la antigua Audiencia de Charcas. Tras salir del Cuzco, Sucre cruzó el Desaguadero y entró cuidadosamente por territorio altoperuano. Esto provocó la deserción masiva de los colaboradores de Olañeta. Finalmente el “virrey” rebelde fue vencido en Tumusla. Luego Sucre reunió una asamblea de altoperuanos en la Universidad San Francisco Javier en la ciudad de Chuquisaca (hoy Sucre) que decidió la independencia del Alto Perú. Se llamaría Bolivia en el futuro.
En el Perú, como sabemos, un grupo de fidelistas seguían resistiendo en el Real Felipe (Callao). Allí el general Rodil había aglutinado no sólo españoles sino algunos aristócratas peruanos que no asimilaban aún la idea de la independencia. Muchos de ellos, incluido Torre Tagle, murieron víctimas de una epidemia de escorbuto . Pero la resistencia no podía prolongarse más. El 22 de enero de 1826 Rodil capituló cuando se convenció que no iba a recibir ningún refuerzo de España. A diferencia de los “ayacuchos”, Rodil y sus refugiados fueron recibidos en España como héroes.
Mientras tanto Bolívar, en Lima, se esforzaba por darle al Perú un marco institucional. Ahora, en 1826, su popularidad había aumentado algo en comparación a 1823. Pero seguía insistiendo en su proyecto de confederar los países andinos, y el Perú no podía quedar excluido. En eso estaba cuando recibió noticias que la anarquía había aumentado en la Gran Colombia. Tuvo que dejar el Perú el 23 de setiembre de 1826 a bordo del bergantín “Congreso”. Antes de partir nombró un Consejo de Gobierno presidido por Andrés de Santa Cruz.
Cuando ya no estaba el Libertador se juró en Lima, en diciembre de 1826, la Constitución Vitalicia. Sin embargo pronto los liberales se alzaron contra ella. Sus líderes eran Luna Pizarro y Vidaurre quienes llamaban a los limeños a un Cabildo Abierto para liquidar el proyecto bolivariano. La sesión se celebró el 27 de enero de 1927 quedando allí abolida la Constitución Vitalicia volviéndose a la Constitución de 1823. Todos entendieron que el régimen bolivariano había terminado.
Venía como un verdadero libertador, no para conquistar por las armas el Perú sino para ganar una guerra de ideas. Por ello, alguna vez se preguntó: ¿Cuánto puede avanzar la causa de la independencia si me apodero de Lima, o incluso del país entero, militarmente?… Quisiera que todos los hombres pensaran conmigo, y no quisiera avanzar un paso más allá de la marcha gradual de la opinión pública. ¿Estaba en lo cierto? Lamentablemente, el tiempo no le daría la razón.
Por ese entonces, España había caído nuevamente en crisis. Desde Cádiz el general Riego encabezó un golpe liberal contra Fernando VII que reimplantó la Constitución liberal de 1812. Para la aristocracia criolla, en su mayoría conservadora, esto era una pésima noticia. El liberalismo -con sus postulados de igualdad social, tolerancia de ideas y libertades políticas- era sinónimo de desgobierno y atentaba contra el orden y la estabilidad. España estaba cada vez más lejos y ya no podía garantizar o defender el sistema jerárquico que favorecía a la aristocracia criolla.
Mientras tanto, el virrey Pezuela había recibido órdenes de entrevistarse con San Martín. Se concertó la cita y la reunión se celebró en Miraflores, entonces un pueblo de indios al sur de Lima. Los delegados de ambos no pudieron llegar a ningún acuerdo importante salvo el de suspender temporalmente las hostilidades. Pero la sola presencia de San Martín afectaba el orden interno. La adhesión del marqués de Torre Tagle, intendente de Trujillo, le aseguraba a los patriotas el apoyo de todo el norte peruano. Al mismo tiempo, el general patriota Álvarez de Arenales en una incursión proselitista en la sierra central, que salió de Ica y siguió por Huamanga y Jauja, derrotaba al realista O’Reilly en Cerro de Pasco.
Luego de hacer el primer diseño de nuestra bandera en Pisco, San Martín cambió su cuartel general y se trasladó al norte de Lima, Huaura, y desde allí lanzaba algunos decretos y continuaba llamando a los peruanos a su causa. Los militares españoles, cansados de la tolerancia de Pezuela decidieron destituirlo y le hicieron un golpe de estado: en el Motín de Aznapuquio, José de la Serna fue elegido nuevo virrey del Perú. España confirmó a La Serna como virrey y le obligó a negociar con San Martín. La nueva entrevista se realizó en la hacienda de Punchauca, al norte de Lima (hoy Carabayllo). Allí, el Libertador exigió proclamar la independencia instalando una monarquía en el Perú. El virrey no podía acceder a tal petición y se reanudaron las hostilidades.

Histórico balcón de Huaura (norte de Lima) donde, según la tradición, San Martín proclamó por primera vez la independencia del Perú
Pero La Serna no podía mantenerse con su ejército en Lima. Lord Cochrane había bloqueado el puerto del Callao y los guerrilleros habían cortado el acceso con la sierra central, la despensa de Lima. El Virrey se retiró al Cuzco y empezó a gobernar el Virreinato desde la antigua capital de los Incas. La decisión era pragmática: en la sierra sur se encontraba el grueso del ejército realista. San Martín aprovechó y entró a Lima. Convocó una junta de notables en el Cabildo limeño que juró la independencia el 15 de julio de 1821. Manuel Pérez de Tudela fue el encargado de redactar el Acta. La proclamación quedó para el sábado 28 de julio en la Plaza de Armas de Lima.
El 3 de agosto, San Martín aceptó el título de Protector del Perú. De esta forma se iniciaba el Protectorado en el que San Martín promulgó el Estatuto Provisorio (base jurídica de su gobierno que hacía las veces de una “constitución”) y organizó un Consejo de Ministros integrado por Hipólito Unanue (Hacienda), Bernardo de Monteagudo (Interior) y Juan García del Río (Relaciones Exteriores).
Más adelante emprendió algunas reformas substanciales: decretó la “libertad de vientres”, abolió el tributo de los indios, promulgó las garantías jurídicas, fundó la Biblioteca Nacional, seleccionó la letra y música del Himno Nacional, decretó el libre comercio y dio los primeros pasos para divulgar su plan monárquico.
Hacia 1822 la situación de San Martín era desalentadora. Se negaba a invadir la sierra y los realistas mantenían su poder casi intacto al interior del país. Lord Cochrane se enemistó con el Libertador y abandonó la campaña con sus hombres. El Libertador comprendió que necesitaba apoyo militar y la solución era Bolívar que, por esos días, había liberado Quito. La entrevista entre ambos se realizó en Guayaquil donde San Martín le pidió a Bolívar apoyo militar y le ofreció estar bajos sus órdenes en la campaña del Perú. Bolívar no quería tenerlo como subordinado y le ofreció un ejército de mil hombres. Al final de la entrevista, San Martín entendió que su presencia era un obstáculo para la liberación del Perú y decidió abandonar el país. Antes de irse, el 20 de setiembre de 1822, instaló el Primer Congreso Peruano. Ante él renunció al cargo y anunció su deseo de retirarse de la vida pública.
La etapa peruana.- Al partir San Martín, el Congreso nombró una Junta presidida por José de la Mar que quiso continuar la guerra. Pero el fracaso en una serie de campañas militares causó su rápido desprestigio. Por ello, el 28 de febrero de 1823, fue nombrado primer presidente del Perú, José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete, impuesto por el ejército en el Motín de Balconcillo, primer golpe de estado de nuestra vida independiente.
Riva-Agüero intentó reorganizar el ejército patriota, incluso creó la primera escuadra peruana al mando del almirante Guisse. El fracaso del patriota Rudescindo Alvarado en las provincias del sur (Moquegua) frente al realista Jerónimo Valdéz le hizo comprender que la guerra no podía ganarse sin apoyo externo, especialmente de Bolívar. El Libertador accedió y envió un ejército de 6 mil hombres al mando de Antonio José de Sucre.
Pero en junio de 1823 tropas realistas entraron a Lima y Riva-Agüero tuvo que huir al Callao junto al Congreso. Un grupo de diputados consideró a Riva-Agüero incapaz de ganar la guerra. Lo destituyeron y le otorgaron todos los poderes militares a Sucre. Por su lado, Sucre presionó para que el Congreso nombrara presidente a Torre Tagle. Riva-Agüero se negó a aceptar su destitución y entró en conversaciones con La Serna. Pronto, con un sector del Congreso, instaló su gobierno en Trujillo.
De esta manera, el Perú era un caos: había dos gobiernos, el de Riva-Agüero y el de Torre Tagle, y dos congresos, uno en Lima y otro en Trujillo. En este contexto llegó Bolívar el 1 de setiembre de 1823 con sus tropas colombianas a las que se unirían peruanos, argentinos y chilenos, sobrevivientes de las campañas sanmartinianas.
La Corriente Libertadora del Norte o etapa bolivariana.- Pero la presencia del Libertador no hizo sino complicar más las cosas. Dividió a los peruanos pues despertó muchos recelos su autoritarismo y su deseo de unir al Perú con la Gran Colombia. Su diferencia con San Martín, más conciliador, era abismal.
Torre Tagle intentó negociar con su rival Riva-Agüero que a su vez negociaba con los realistas la posibilidad de establecer una monarquía en el Perú. Ambos fueron descubiertos por Bolívar y declarados traidores a la independencia. Torre Tagle tuvo que refugiarse en el Callao donde el general realista Rodil, había capturado el castillo del Real Felipe. Riva-Agüero por su parte, no tuvo otro remedio que abandonar el país y dirigirse a Europa. Es necesario anotar que durante el simbólico gobierno de Torre Tagle el Congreso promulgó, en 1823, la primera constitución del Perú, de corte liberal y republicano, y se terminó de diseñar la bandera nacional.
Entre 1823 y 1824 una confusión enorme reinaba en el Perú. Los peruanos seguían divididos por la presencia del Libertador. Bolívar tomó entonces acciones más drásticas y poderes aún más dictatoriales lo que siguió dividiendo a la opinión pública.
Pero en el bando realista las cosas tampoco andaban bien. Fernando VII había sido repuesto en el trono español como monarca absoluto. El liberalismo peninsular había sido derrotado. La Serna, Canterac y Valdéz eran liberales y constitucionalistas; Olañeta era absolutista y decidió abandonar a La Serna. Acusó al virrey de intruso, se retiró al Alto Perú, se proclamó virrey y empezó a gobernar desde allí en nombre del Rey y de la religión católica. La Serna envió a Valdéz quien no pudo someter al general rebelde.
Mientras tanto, Bolívar, ahora nombrado Dictador por el Congreso, reorganizaba su ejército. Se rodeó de eficaces colaboradores peruanos como José Faustino Sánchez Carrión (su secretario general), Manuel Lorenzo de Vidaurre, Hipólito Unanue y José María de Pando; Bernardo de Monteagudo, el antiguo colaborador de San Martín, también estuvo en el círculo íntimo del Libertador. En abril de 1824 Bolívar había organizado un ejército bien disciplinado de unos 8 mil hombres. En mayo se dirigió con él a la sierra central para seguir concentrando fuerzas.
En julio su ejército estaba conformado por 6 mil colombianos y 3 mil peruanos con quienes se enfrentó a los realistas el 6 de agosto en la batalla de Junín. Los realistas estaban al mando de Canterac. Los dos ejércitos acusaban mal de altura. No hubo un solo disparo pues la infantería no había sido envuelta y la artillería se encontraba muy lejos. Se enfrentaron solo las caballerías. Fue una batalla de sables, bayonetas y lanzas. El triunfo parecía sonreírle a los realistas cuando Bolívar ordenó la retirada. Pero el mayor Rázuri hizo ingresar al batallón de los Húsares, al mando de Isidoro Suárez, que cambió el giro de la contienda.
Por fin había un triunfo claro de los patriotas. Canterac tuvo que retirarse al Cuzco y Bolívar viajó a Lima. Sucre quedaba al frente del ejército patriota. Desde la capital Bolívar iniciaba un gobierno civil, reformaba algunas instituciones o aboliendo otras como la mita, y establecía un sistema escolar siguiendo el modelo inglés. Tras la derrota, el virrey La Serna reaccionó pronto. No podía permitir que los patriotas dominaran la sierra, el tradicional fortín realista. Hacia finales de noviembre los realistas salieron del Cuzco con todas sus fuerzas, unos 9 mil hombres, en su mayoría peruanos. Solo faltaba el rebelde Olañeta.
La batalla final se llevó a cabo a mitad de camino, en Ayacucho, el 9 de diciembre. La táctica de Sucre en la Pampa de la Quinua y la falta de moral de los realistas determinaron el triunfo final de los patriotas. Fue un encuentro dramático pues había peruanos en ambos bandos. Sucre aseguró que tuvo solo 300 bajas mientras que los españoles acusaron 1.600 muertos. La Serna fue capturado y Canterac ofreció una rendición sin condiciones.
Esa misma noche se firmó la Capitulación de Ayacucho. España reconocía la independencia del Perú a cambio de un pago, la “famosa deuda de la independencia”, una especie de indemnización de guerra. En el documento, además, los patriotas permitieron a los realistas la opción de quedarse en el Perú transformados en ciudadanos de la nueva nación respetándose sus propiedades, o embarcarse a España. La mayor parte de los oficiales realistas prefirieron el regreso a la Península soportando allá la penosa situación de vivir hasta su muerte con el estigma de ser llamado los “ayacuchos”, es decir, los derrotados. La Capitulación fue firmada por Sucre y por el realista Carratalá.
Luego del triunfo en Ayacucho, Bolívar confió a Sucre la liberación del Alto Perú. Había dos temas pendientes en la futura Bolivia. Uno era la presencia de Olañeta y el otro era decidir el futuro político de la antigua Audiencia de Charcas. Tras salir del Cuzco, Sucre cruzó el Desaguadero y entró cuidadosamente por territorio altoperuano. Esto provocó la deserción masiva de los colaboradores de Olañeta. Finalmente el “virrey” rebelde fue vencido en Tumusla. Luego Sucre reunió una asamblea de altoperuanos en la Universidad San Francisco Javier en la ciudad de Chuquisaca (hoy Sucre) que decidió la independencia del Alto Perú. Se llamaría Bolivia en el futuro.
En el Perú, como sabemos, un grupo de fidelistas seguían resistiendo en el Real Felipe (Callao). Allí el general Rodil había aglutinado no sólo españoles sino algunos aristócratas peruanos que no asimilaban aún la idea de la independencia. Muchos de ellos, incluido Torre Tagle, murieron víctimas de una epidemia de escorbuto . Pero la resistencia no podía prolongarse más. El 22 de enero de 1826 Rodil capituló cuando se convenció que no iba a recibir ningún refuerzo de España. A diferencia de los “ayacuchos”, Rodil y sus refugiados fueron recibidos en España como héroes.
Mientras tanto Bolívar, en Lima, se esforzaba por darle al Perú un marco institucional. Ahora, en 1826, su popularidad había aumentado algo en comparación a 1823. Pero seguía insistiendo en su proyecto de confederar los países andinos, y el Perú no podía quedar excluido. En eso estaba cuando recibió noticias que la anarquía había aumentado en la Gran Colombia. Tuvo que dejar el Perú el 23 de setiembre de 1826 a bordo del bergantín “Congreso”. Antes de partir nombró un Consejo de Gobierno presidido por Andrés de Santa Cruz.
Cuando ya no estaba el Libertador se juró en Lima, en diciembre de 1826, la Constitución Vitalicia. Sin embargo pronto los liberales se alzaron contra ella. Sus líderes eran Luna Pizarro y Vidaurre quienes llamaban a los limeños a un Cabildo Abierto para liquidar el proyecto bolivariano. La sesión se celebró el 27 de enero de 1927 quedando allí abolida la Constitución Vitalicia volviéndose a la Constitución de 1823. Todos entendieron que el régimen bolivariano había terminado.
01/07/08: La Independencia del Perú: introducción
La independencia del Perú fue un proceso político que formó parte del movimiento separatista latinoamericano frente al Imperio español, y que podríamos ubicar entre 1808 y 1826. Políticamente se precipitó cuando las tropas napoleónicas invadieron la Península ibérica. Esto puso en evidencia la crisis de la monarquía española y cortó, de hecho, las comunicaciones entre España y sus colonias. Ideológicamente, sin embargo, la independencia fue un largo proceso de alejamiento y crítica por parte de los criollos más ilustrados frente a la Metrópoli. Esto dio lugar a un nacionalismo incipiente que se plasmaría en peticiones de autonomía política y ciertas libertades económicas que la monarquía española se negaría sistemáticamente a conceder a los americanos.
Desde el punto de vista militar, la liberación de Sudamérica se llevó a cabo en dos frentes de manera casi simultánea. La campaña del sur, dirigida por José de San Martín, empezó en Buenos Aires y avanzó por los Andes logrando la independencia de Chile; la campaña del norte, liderada por Simón Bolívar lograría, no sin grandes dificultades, la independencia de lo que hoy son los territorios de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. Ambos movimientos convergieron en el Perú, el reducto más importante del ejército realista donde, en 1824, se libró la célebre batalla de Ayacucho. Al otro lado del continente, los patriotas mexicanos seguirían su propio camino de liberación. Los cierto es que en 1826 España había perdido un enorme imperio del que sólo conservaba las islas de Cuba y Puerto Rico: unos 15 millones de habitantes habían dejado de ser súbditos del rey de España, Fernando VII.
Dentro de este marco, la independencia del Perú fue, junto a la de México, la más complicada, dramática y larga de todas. Se trató de una guerra civil (en ambos bandos había peruanos), incluso de una guerra de ocupación (Bolívar), que duró entre 1820 y 1826 aproximadamente, y causó numerosas muertes y pérdidas materiales.

Don José de San Martín
Como sabemos, el territorio del antiguo Virreinato peruano abarcaba un enorme territorio que llegaba hasta lo que hoy es Bolivia (el Alto Perú), es decir, un espacio demasiado diverso con realidades étnicas, regionales y económicas muy complejas y a veces contradictorias. Un territorio además, donde una minoría blanca (criollos y peninsulares) convivía con la masa indígena más nutrida del continente; esto sin mencionar la presencia de esclavos negros y de un grupo cada vez más nutrido de mestizos y castas. El temor de una sublevación de las masas era algo que atormentaba a la elite . Por ello, aquí la pugna de intereses y las múltiples expectativas de la población según sus ingresos económicos, ubicación en la sociedad y color de la piel hizo que no todos sintieran en el mismo momento la necesidad o la conveniencia de separarse de España, ni tampoco la forma de cómo llevar a cabo aquella delicada empresa. Fue en este ambiente de confusión y ambigüedad que actuaron los ejércitos de San Martín y Bolívar cuando llegaron a nuestro país.
Desde el punto de vista militar, la liberación de Sudamérica se llevó a cabo en dos frentes de manera casi simultánea. La campaña del sur, dirigida por José de San Martín, empezó en Buenos Aires y avanzó por los Andes logrando la independencia de Chile; la campaña del norte, liderada por Simón Bolívar lograría, no sin grandes dificultades, la independencia de lo que hoy son los territorios de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. Ambos movimientos convergieron en el Perú, el reducto más importante del ejército realista donde, en 1824, se libró la célebre batalla de Ayacucho. Al otro lado del continente, los patriotas mexicanos seguirían su propio camino de liberación. Los cierto es que en 1826 España había perdido un enorme imperio del que sólo conservaba las islas de Cuba y Puerto Rico: unos 15 millones de habitantes habían dejado de ser súbditos del rey de España, Fernando VII.
Dentro de este marco, la independencia del Perú fue, junto a la de México, la más complicada, dramática y larga de todas. Se trató de una guerra civil (en ambos bandos había peruanos), incluso de una guerra de ocupación (Bolívar), que duró entre 1820 y 1826 aproximadamente, y causó numerosas muertes y pérdidas materiales.

Don José de San Martín
Como sabemos, el territorio del antiguo Virreinato peruano abarcaba un enorme territorio que llegaba hasta lo que hoy es Bolivia (el Alto Perú), es decir, un espacio demasiado diverso con realidades étnicas, regionales y económicas muy complejas y a veces contradictorias. Un territorio además, donde una minoría blanca (criollos y peninsulares) convivía con la masa indígena más nutrida del continente; esto sin mencionar la presencia de esclavos negros y de un grupo cada vez más nutrido de mestizos y castas. El temor de una sublevación de las masas era algo que atormentaba a la elite . Por ello, aquí la pugna de intereses y las múltiples expectativas de la población según sus ingresos económicos, ubicación en la sociedad y color de la piel hizo que no todos sintieran en el mismo momento la necesidad o la conveniencia de separarse de España, ni tampoco la forma de cómo llevar a cabo aquella delicada empresa. Fue en este ambiente de confusión y ambigüedad que actuaron los ejércitos de San Martín y Bolívar cuando llegaron a nuestro país.









