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Archivo de junio 2008
Categoría: General
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1. La victoria de Ayacucho (9 de diciembre de 1824).- Si bien la batalla la ganó el ejército patriota (multinacional), el ejército peruano (nacional) siempre se sintió heredero de este triunfo que selló la independencia. Esta victoria, además, dio inicio al “primer militarismo” republicano (Basadre): hasta 1872, todos los presidentes del Perú fueron militares. De otro lado, el haber estado esta batalla les dio “derecho” a varios caudillos a pretender la presidencia.

2. La llegada al poder de Ramón Castilla (abril de 1845).- Castilla inaugura el único momento de apogeo en el Perú del siglo XIX; definitivamente, fue el caudillo militar más afortunado pues le dio al país su primer programa de obras públicas gracias a los ingresos del guano. Para el Ejército, Castilla fue el mejor presidente del Perú, casi un fundador de la Nación, y le ha dedicado muchos homenajes y publicaciones (incluso existe el Instituto “Libertador Ramón Castilla” para eternizar su figura). En síntesis: un militar, y no un civil, ha sido el mejor presidente del Perú (y eso, en varias ocasiones, ha servido como pretexto para justificar la presencia de los militares en el poder).

3. El combate del 2 de mayo (2 de mayo de 1866).- El Ejército peruano, al mando de una fuerza multinacional (Chile, Bolivia y Ecuador), vencía a la escuadra española que venía con fines imperialistas. El Perú demostraba, hasta entonces, su supremacía en el Pacífico sur y “garantizaba nuevamente la independencia del Continente”, al igual que en los campos de Ayacucho.

4. El combate de Angamos (8 de octubre de 1879).- Convierte a Grau en la figura máxima del panteón de nuestros héroes. Es el modelo de héroe, de peruano y de marino (hasta de padre de familia y esposo). Su figura nadie la discute. A pesar de ser una derrota, es el momento cumbre de la historia de nuestra Marina de Guerra, la que convierte a Grau en su inspiración.

5. La batalla de Arica (7 de junio de 1880).- Convierte a Bolognesi en el modelo de soldado para el Ejército. A pesar de su edad (era ya un anciano), representa al combatiente que no se rinde y pelea hasta el final (el “último cartucho”) sacrificando su vida por la patria. En nuestro panteón de héroes, es el segundo después de Grau.

6. La batalla de Huamachuco (10 de julio de 1883).- Es el fin de la Campaña de la Breña, de la resistencia de la sierra (formada básicamente por campesinos) frente a la invasión chilena. Convierte a Cáceres en el modelo de soldado que nunca se rindió y el rebelde que no aceptó firmar la paz con el enemigo. Es otro de los símbolos del Ejército a pesar de su polémica trayectoria como político; últimamente, los “humalistas” han manoseado ideológicamente su figura.

7. La revolución aprista de Trujillo (7 de julio de 1932).- Levantamiento aprista contra el gobierno autoritario de Luis M. Sánchez Cerro. El régimen manda al Ejército a reprimir el movimiento con el saldo de cientos de muertos y el fusilamiento de los principales líderes en los muros de Chan Chan. Se inicia el largo conflicto entre el APRA y el Ejército que marcaría el rumbo de la política peruana durante gran parte del siglo XX (hasta 1985 en que García sube al poder). El Ejército (con el apoyo de la oligarquía) va a impedir sistemáticamente que Haya de la Torre llegue al poder (golpes de 1948, 1962 y 1968).

8. El golpe de Velasco (3 de octubre de 1968).- El golpe preparó el camino para uno de los gobiernos militares más ambiciosos de América Latina. La Junta Militar, presidida por Velasco (1968-1975), declaró de inmediato su intención de efectuar cambios de largo alcance en las bases de la sociedad y la economía. Este nuevo orden, “ni capitalista ni comunista”, supuestamente intentó crear un sistema que aboliera las desigualdades y creara las condiciones necesarias para la armonía, la justicia y la dignidad.

9. El autogolpe de Fujimori (5 de abril de 1992).- Fujimori (con el apoyo de las Fuerzas Armadas) disolvió el Congreso y anunció una reforma en el poder judicial. Se trataba de un autogolpe respaldado –ahora sabemos- por un oscuro plan militar que venía siendo preparado desde finales de los 80. La frágil democracia se derrumbaba bajo el pretexto del terrorismo, la injusticia social, la corrupción y el descrédito de los partidos políticos. Para el desconcierto de la opinión internacional, el golpe gozó de amplio apoyo popular.

10. La operación “Chavín de Huántar” (22 de abril de 1997).- Para el Ejército (y buena parte del país) es la operación anti-terrorista más exitosa de nuestra historia (y para algunos, un modelo para el mundo). Dejó el saldo de dos héroes militares y un héroe civil.


Batalla de Ayacucho, según óleo de Antonio Herrera Toro



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Don Matías Maestro Alegría fue un hombre polifacético, quizá el último personaje que vio nuestra ciudad con esos rasgos. Fue sacerdote, arquitecto, pintor, escultor, decorador, músico e, incluso, urbanista. Nacido en Álava (el País Vasco), llegó a Lima en 1790, a los 18 años de edad. Aquí terminó su formación de arquitecto, se hizo cura e, inmediatamente, fue protegido del entonces arzobispo Juan Domingo Gonzáles de la Reguera y luego del virrey Fernnado de Abascal, quien le encomendó terminar de reconstruir la ciudad, muy castigada aún por el terremoto de 1746, e iniciar las obras de modernización de la Ciudad de los Reyes en función de los cánones artísticos del ya iniciado siglo XIX.

EL ARQUITECTO

Como arquitecto, tuvo como primer encargo el diseño de las torres de la Catedral de Lima que se habían derrumbado como consecuencia del terremoto de 1746. En ellas trata de mantener el estilo barroco; no obstante, ya reflejan el nuevo estilo neoclásico, vigente en Europa. Asimismo, se le encomendó la tarea de remodelar la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Lima, más conocida como Santo Domingo. En ella observamos que el nuevo estilo neoclásico se muestra más remarcado que en la Catedral.

La portada de Santo Domingo, retocada por Maestro en 1806, es de mayor dimensión que la original del siglo XVII, ya que sobrepasa los muros de la iglesia. Presenta dos cuerpos, el segundo de menor tamaño que el primero. El inferior tiene forma de un arco de triunfo, cuyo arco de medio punto central está flanqueado por cuatro columnas jónicas sobre pedestales. Encima de estas hay un entablamento corrido con entrantes y salientes, de doble friso con cornisa.

En la capilla El Milagro (en San Francisco) y en la iglesia del Santo Cristo de las Maravillas (cerca del Cementerio) vemos reflejados sus mismos principios arquitectónicos; las portadas presentan un arco de medio punto y a sus lados uno o dos pares de pilastras o columnas respectivamente, ambos rematados por un entablamento sobre el cual se abre una ventana. Cabe resaltar que la capilla El Milagro se incendió en 1835 por lo que lo hecho por Maestro ya no lo podemos apreciar. Finalmente, debemos mencionar, la portada de la iglesia de la Soledad, de la que sólo se le atribuye la parte inferior de la portada, debido a que muestra el estilo su estilo neoclásico característico en su obra.

EL RETABLISTA

Igualmente para la Catedral, realizó el Retablo o Altar Mayor en el año de 1805, obra maestra, que sirvió de modelo para trabajos posteriores. A pesar de la fecha en que fue erigido y de lo relativamente neoclásico del diseño, el altar, por el juego curvilíneo de sus entablamientos y la fisonomía de muchos de sus detalles, es todavía una obra barroca. Importante: durante el gobierno de Piérola (1895-99) se recortó tanto el altar mayor que hoy es poco lo que podemos apreciar del trabajo de Maestro. Los nuevos retablos o altares mayores para las iglesias de San Francisco y de San Pedro, y para la capilla El Milagro, fueron sus siguientes encargos. En esta última realizó no sólo el altar mayor sino los seis retablos laterales. En ellos observamos que mantuvo su particular estilo arquitectónico, caracterizado por el orden y la racionalidad, y de este modo se convirtió en el principal exponente del estilo neoclásico en Lima. Cabe resaltar que el altar mayor de San Francisco no estaba dañado. Los curas de ese entonces le pagaron 30 mil pesos a Maestro sólo por quemar el anterior, de estilo barroco.

EL PINTOR

Debido a que no está firmada, el estudio de la obra pictórica de Matías Maestro presenta algunos problemas y su atribución ha de hacerse de acuerdo con las características estilísticas del autor. Otro problema es la poca información que brindan quienes han escrito sobre su obra y únicamente las mencionan como de su autoría, sin ninguna descripción ni estudios más complejos. Algunas de estas obras son:

1. Los retratos de los arzobispos ubicados en la Sala Capitular de la Catedral de Lima (los que ahora existen son, en su mayoría, copias de los originales).
2. Algunos de los cuadros murales de la Catedral como La Consagración (al final de la nave izquierda de la Catedral)

La mayoría de los estudiosos definen la pintura de Matías Maestro como de transición, ya que no es estrictamente neoclásica sino que la tildan de un “barroco temperado” que tiende al orden clásico.

Otras de las obras de Matías Maestro podemos mencionar son:
1. El mural que decoraba la bóveda central de la iglesia de Santo Domingo (hoy destruido)
2. Las pinturas murales de la bóveda de la antigua capilla del Cementerio General de Lima (destruidas durante el gobierno de Leguía).
3. En la iglesia de Santo Domingo Los Desposorios de Santa Rosa de Lima (sí lo podemos apreciar hoy en día).
4. En la Casa de Ejercicios de la orden franciscana las Escenas de la Vida de Cristo (sí lo podemos apreciar y está en la Av. Abancay).

EL ESCULTOR

Actualmente, se conservan muy pocos ejemplos de su obra escultórica:
1. El Púlpito de la Catedral de Lima
2. El púlpito de la Virgen de la O, atribuido por el arquitecto e historiador José García Bryce, ubicado en la iglesia de San Pedro
Nota: En la desaparecida capilla del Cementerio General (destruida por Leguía) se encontraba un Cristo yaciente.

EL MÚSICO

Pocos meses antes de su muerte, don Guillermo Ugarte y Chamorro, gran teatrero y coleccionista de todo, tuvo la feliz iniciativa de enseñarle y entregarle a nuestro gran músico (guitarrista) Javier Echecopar, uno de sus tesoros. Se trataba de un manuscrito (fechado en 1786), del presbítero Matías Maestro, que contenía 40 obras originales de música para guitarra. Echecopar quedó fascinado y sorprendido, pues gran parte de su trayectoria la ha dedicado, justamente, a buscar y recuperar las raíces de la música peruana. Dice Echecopar: Todos los manuscritos para guitarra que se han encontrado en este país (nunca se ha hallado alguno en otra parte del continente americano), son anónimos, excepto el del Presbítero, y ninguno tiene parecido con la música que se hacía en Europa en la misma época. Y añade: se pueden encontrar fragmentos de algunos compases de los clásicos, sutilmente ya dejan notar algunas sugerencias de lo que sería la música peruana. Es decir, se trata de minuets que buscan el vals o fandangos que se acercan a lo que sería la marinera. Este manuscrito del que ahora es depositario Echecopar revela otra faceta de ese hombre increíble que fue Matías Maestro. Concluye nuestro gran compositor, ahora descubrimos que fue compositor, quien sabe intérprete y también dibujante.

SUS OBRAS CIVILES

Dos de las obras más significativas de Matías Maestro fueron de orden civil. La primera fue el Cementerio General de Lima, llamado hoy Cementerio Presbítero Maestro en su honor. La obra, encomendada por el virrey Fernando de Abascal, respondía a la necesidad de fundar un cementerio que pudiera albergar a los difuntos de Lima que cada vez crecía más, haciendo impostergable la construcción de una ciudad para los muertos, cuya ubicación se planificó cuidadosamente. Siguiendo las normas de salubridad de la Europa del neoclásico, era necesario un terreno con ciertas características, como por ejemplo una adecuada disposición de los vientos –para evitar olores y efluvios indeseados– y que sobre todo se hallara lo suficientemente distante de la capital. Finalmente se tomó la decisión de construirlo hacia el este, en lo que se conocía con el nombre de Pepinal de Ansieta, a unos dos kilómetros del centro de Lima.


Cementerio General de Lima


De este modo, se diseñó el Cementerio General, nombre escogido para reforzar la idea de que todos somos iguales ante el Creador. Se inauguró en 1808, pero los primeros entierros fueron temporales pues los limeños tardaron mucho en acostumbrarse a usar un lugar tan alejado de los espacios sagrados que desde siempre habían estado asociados a sus muertos. Para demostrar que no era forzoso el sepulcro en una iglesia, el obispo don Manuel González de la Reguera dispuso que sus restos fueran inhumados en el flamante cementerio, aunque posteriormente fue trasladado a la cripta de la catedral, como correspondía a su alta investidura. Se iniciaron entonces las famosas romerías, muchas veces con los féretros en hombros desde las viviendas que se encontraban concentradas en la vieja ciudad amurallada, propiciándose al mismo tiempo una nueva ruta hacia la portada de Maravillas.

La segunda obra fue el Colegio de Medicina de San Fernando, edificado en 1811, el cual estuvo ubicado frente a la plaza Santa Ana (hoy Plaza Italia), sobre los antiguos terrenos del Hospital San Andrés. Cabe destacar en este edificio su fachada, completamente simétrica, de características sobrias, típicas del siglo XIX. La fachada podía interpretarse como una composición simétrica de tres cuerpos que marcan un eje central y dos laterales unidos por pabellones longitudinales, disposición frecuente en Francia desde el siglo XVII. En el siglo XVIII se convirtió en fórmula aplicada universalmente y que se mantuvo durante todo el siglo XIX como sistema básico de composición, sobre todo en la arquitectura oficial. Lamentablemente, fue derrumbada por el afán “modernizador” del régimen de Leguía para construcciones posteriores.

OTROS ASPECTOS DE SU VIDA

Al llegar el momento de la independencia, Matías Maestro asumió la postura patriota y estuvo entre los vecinos notables de Lima que firmaron el Acta de la Independencia, el 15 de julio de 1821. Luego, ante la Junta Eclesiástica de Purificación juró sostener y defender con su opinión, persona y propiedades la independencia del Perú del gobierno español y de cualquier otra dominación extranjera. También integró, por órdenes de San Martín, una comisión nombrada para formular el proyecto de creación de un banco emisor de papel moneda, así como otra comisión encargada del arreglo de los hospitales. Estuvo, asimismo, entre los 40 miembros de la Sociedad Patriótica, creada por San Martín; en ella se encargó de asuntos referentes a la agricultura, las artes y el comercio. En 1822, se encargó de velar por el arreglo y el ornato de Lima.

El último gran encargo de su vida, ya en los primeros años de la República, fue la dirección de la Beneficencia Pública. Estuvo al frente de ella entre 1826 a 1835, año de su muerte. Durante ese tiempo organizó la administración de la Beneficencia y dirigió sus rentas al sostenimiento de los hospitales de nuestra ciudad a pesar de la estrechez económica que vivió en país y la ciudad luego de la independencia. Los hospitales que estuvieron bajo su administración fueron: Santa Ana, San Andrés, San Lázaro, La Caridad, San Bartolomé, Incurables, Amparadas y Hospicio de Huérfanos. Según Basadre, casi todos estos hospitales eran dueños de predios rústicos y urbanos cuyos productos servían para sostenerlos; y entre todos gozaban, además, del llamado “tomín de hospitales”, pequeña erogación que los indios daban anualmente del tributo para que se les curase de sus enfermedades según una cédula de Felipe IV expedida en 1640. Los de san Andrés, Santa Ana y San Lázaro obtenían, al mismo tiempo, una suma anual de los diezmos; y el de San Andrés, así como el Hospicio de huérfanos, la recibían de la sisa según muy antiguas mercedes hechas por la Corona. A la llamada “Casa de Amparadas” correspondía una renta semestral cobrada en el ramo de vacantes mayores y menores del Arzobispado.; y al Hospicio de huérfanos otra cantidad proveniente del ramo de pulperías. Asimismo, el servicio hospitalario gozaba desde la época virreinal del usufructo de lo que producían las funciones teatrales y de la posesión de los edificios dedicados a espectáculos como, igualmente, de una contribución anual del gremio de panaderos que luego fue llamada “derechos de trigos y harinas”. Todas estas rentas pasaron ala Beneficencia. No eran muy grandes y, ante su disminución y abolición en muchos casos, el Estado tuvo que ayudar con su apoyo económico.

VALORACIÓN DE LA OBRA DE MATÍAS MAESTRO

Sirvan las torres de la Catedral de introducción al último periodo, posterior a 1800, de la arquitectura del Virreinato, que tuvo como protagonista en Lima a Matías Maestro (1766-1834), a quien se le debe la modernización de los interiores de la Catedral y las principales iglesias de Lima (San Francisco, Santo Domingo, la Merced, posiblemente San Pedro), modernización en nuestros días muy discutida pues comportó la destrucción de muchos de los retablos de los siglos XVII y XVIII, pero que fue en su época una consecuencia natural del cambio del gusto y de la reacción contra el estilo precedente. El estilo de Maestro y sus contemporáneos acusaba variadas influencias: de un lado se disciernen en él motivos que derivan del barroco romano (Bernini, Barromini, Fontana) y de otro cierta relación con el clasicismo francés. También existe un paralelismo con la arquitectura del español Ventura Rodríguez (a su vez formado en la escuela de Juvarra y Fontana). Era por ello el suyo un estilo de carácter internacional y de corte clásico y académico, pero en el fondo todavía fuertemente barroco, lo que se manifiesta en el empleo de plantas curvilíneas y mixtilíneas, entablados curvos y quebrados, y una variedad de recursos escenográficos. La más importante obra de Maestro como retablista fue el altar mayor de la Catedral (1805), en forma de templete de dos cuerpos. La corrección muy académica en el dibujo de los órdenes se combina aquí con el barroquismo en la forma, en la que se hace uso de curvas, convexidades y concavidades. Menos barroco y más directamente relacionados al estilo sobrio y rectilíneo del periodo neoclásico son la fachada del Santo Cristo de maravillas, atribuida a Maestro, y sus diseños para el desaparecido Colegio de Medicina (1808-1811) y el Cementerio General de Lima (1807-1808). La formación hasta cierto punto humanística de Matías Maestro permiten discernir en su personalidad un carácter de "modernidad", que más adelante lo llevó a identificarse con la Emancipación y a formar parte de diversas instituciones republicanas. Por ello, Matías Maestro es como un símbolo, en el campo de las artes y la arquirtectura, de la transición de la Colonia a la República y un eslabón entre ambas (tomado de José García Bryce "La arquitectura en el Virreinato y la República", en Historia del Perú. Lima: Mejía Baca, tomo IX, pp. 72-73).

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Esta semana se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Salvador Allende. Las reacciones han sido diversas, desde los testimonios apologéticos hasta los ajustes de cuenta más severos. Aquí les presentamos la semblanza que hizo del líder socialista, para El País de España, el ex presidente chileno Ricardo Lagos.

ALLENDE, A LOS 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Hoy, 26 de junio, se cumplen 100 años del nacimiento de Salvador Allende. Un nombre cuya huella no sólo dejó su impronta en la historia de Chile, sino también en el imaginario político del mundo contemporáneo. Los 100 años de Allende no fueron de soledad, sino de compromiso creciente con los pobres y postergados, con los soñadores de sociedades más justas y con los impulsores de un orden internacional sin dominadores y dominados.

Por eso, esta conmemoración también nos convoca a una pregunta esencial: ¿por qué los Mil días de Allende como presidente de Chile han capturado la imaginación de tantos en todo el planeta? Esa experiencia suscitó emociones mayores, también discusiones profundas, al igual que sueños derrumbados cuando bullían los entusiasmos. Algo especial hubo allí, capaz de provocar una tremenda ola de solidaridad que movilizó a hombres y mujeres de todos los continentes.

Tal vez porque aquélla fue una experiencia inédita. Como Allende lo dijo: "Pisamos un camino nuevo; marchamos sin guía por un terreno desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas".

Esos Mil días tuvieron lugar en un Chile republicano. Un país respetado en el mundo por la forma como, a poco andar de su independencia, estuvo en condiciones de cimentar una república en bases sólidas. Durante el siglo XX esa república fue capaz de abrir espacios a una creciente movilidad social y a una clase media forjada a través de un sistema educacional gratuito, laico y abierto a todos.

Allende es al mismo tiempo resultado y factor del Chile republicano: origen social, formación académica, adscripción doctrinaria -más que ideológica-, lealtades y pertenencias. Es difícil entender el Chile que se generó desde la década de los 30 en el siglo pasado sin el protagonismo de Allende.

Allende actuó siempre en el marco de las instituciones constitucionales y las defendió en su mérito y en su condición de instrumentos reguladores de su propia transformación. Esa convicción determinó su conducta política desde sus primeras responsabilidades parlamentarias hasta su decisión de acabar con su vida cuando esas instituciones eran barridas por la fuerza.

Allende emerge de un país donde amplios sectores aspiran a mayor igualdad y justicia. En el Chile de comienzos del siglo XX donde la izquierda se fue haciendo cada vez más fuerte. Liberales y radicales del siglo XIX en su brega por mayores libertades y tolerancia abrieron el camino para las demandas sociales por largo tiempo sofocadas; así, cinco años antes de la revolución soviética, en junio de 1912, se funda el Partido Obrero Socialista, nombre inicial del Partido Comunista, el cual una década después logra tener dos diputados en el Parlamento. A comienzo de los años treinta emerge un fuerte Partido Socialista, en cuya fundación participó Allende.

Esa izquierda fuerte y en ascenso avanzó en tiempos de guerra fría y por ello el conflicto ideológico mundial también tuvo, como en otros países, su proyección al interior de Chile. Cuando llegan los magníficos sesenta, Chile vive un fuerte desarrollo político en torno a sectores de avanzada. Para unos la opción está en torno a una izquierda impregnada de nuevos entusiasmos, sobre todo tras la revolución cubana y las nuevas demandas juveniles; para otros, la respuesta está cerca del centro político, con la propuesta democratacristiana y su contundente respaldo parlamentario.

Muchos han dicho que hubo un desarrollo político demasiado grande para un país que crecía en cifras modestas en lo económico. El camino pasó de la experiencia conservadora de Jorge Alessandri al proyecto de cambio demócrata cristiano de Frei Montalva, para llegar a la propuesta de la Unidad Popular en los 1.000 días de Allende. Era el Chile dividido en tres tercios.

En ese contexto, Allende entendía la acción política como una tarea de pedagogía y organización y así fue factor determinante en la creación de una izquierda cuyo crecimiento social, cultural y electoral él mismo promovió y buscó ampliar. Ya en el Gobierno, intentó hacer grandes cambios y algunos de sus logros -como la nacionalización del cobre- encontraron pleno respaldo político de todos los sectores. Pero las transformaciones profundas de la estructura productiva no pudieron concretarse, porque no hubo mayorías parlamentarias para respaldar el proceso. Y la política saltó del debate institucional parlamentario a la calle.

Por otra parte, el esfuerzo máximo por producir esos cambios y la tensión social involucrada hizo que muchos demócratas reales sintieran que el camino de Salvador Allende, a la larga, no permitiría mantener la democracia en Chile. Y, en defensa de la democracia, se colocaron en una oposición dura a Salvador Allende. Más allá, estaban los otros, los del golpismo al acecho.

Se da entonces la paradoja de un país donde el Gobierno no tiene mayoría para plantear los cambios profundos que el gobernante reclama, pero donde tampoco existe mayoría parlamentaria para poner fin a esa propuesta política.
Es un contexto de creciente polarización interna donde incluso fuerzas de inspiración semejante y objetivos, visto a la distancia, similares devienen en adversarios radicales. Es probable que la debilidad política mayor de Allende haya sido no imponer y convencer a sus partidarios que el camino del cambio a través de la democracia sólo es posible consolidando grandes mayorías basadas en amplios consensos.

Avanza 1973 y la república y sus instituciones se tensionan al máximo. Salvador Allende decide convocar a un plebiscito para lo cual requiere la aceptación del Parlamento. Sabe tanto que el triunfo es difícil como que es la forma de resolver pacíficamente el dilema institucional.

No alcanzó a comunicarlo a la ciudadanía... Frente a la quiebra institucional, Allende responde con el testimonio profundo de sus palabras y su acción: "Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley". Y así lo hizo.

Su gesto habla de esa condición de republicano convencido, de su afán de hacer en democracia una revolución que no había tenido lugar en ninguna parte. Es lo que asombra y cautiva al mundo. También lo que conmociona a los centros de poder, no dispuestos a aceptarlo porque temen el ejemplo.

Hoy, a 100 años de su nacimiento, vivimos otro Chile, otro escenario internacional sin la guerra fría, pero con los peligros propios de un proceso globalizador que no tiene reglas. La forma en que hemos sido capaces de encarar la transición de dictadura a democracia en Chile ha sido vista por muchos con admiración, la tarea se ha hecho rescatando los valores democráticos y republicanos en que Chile asentó lo mejor de su historia

Al conmemorar a Allende en este aniversario, lo hacemos con el respeto y el afecto a una figura profundamente leal a sus ideas y a sus principios. Aquel que muere en La Moneda y deja, tras su sacrificio final, el testimonio de una vida luchando por un país donde la libertad sea el espacio para construir una mayor igualdad, un país donde ser libre para votar también signifique ser libre para vivir.

A los 100 años de Allende reconstruimos el optimismo desde lo profundo de sus propias palabras: "Más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor". Y nos dicen algo más: esas grandes alamedas hay que cuidarlas día a día, fortalecerlas día a día, para seguir transitando por ellas hacia destinos mejores. La democracia es, en última instancia, ese conjunto de árboles sólidos, diversos y entrelazados por donde el ser humano quiere ir buscando la oportunidad de sus sueños. Es la lección que nos dejó Salvador Allende.


El autor de este blog, Juan Luis Orrego, en el monumento a Salvador Allende frente al Palacio de La Moneda (Santiago de Chile, septiembre de 2007)
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Nuevamente, como en otras ocasiones, la furia revolucionaria vino de Arequipa. La mañana del 22 de agosto de 1930, la guarnición de la ciudad Blanca se sublevó a órdenes del comandante Luis M. Sánchez Cerro. La idea del movimiento era formar un gobierno provisional para desmantelar el edificio leguiísta y convocar a elecciones libres. Pocos pensaron en ese momento que aquel comandante pronto sacaría ventaja de la situación convirtiéndose en otro caudillo más de la azarosa vida política nacional.

Sanchez Cerro se presentaba como el hombre cuerdo y valiente capaz de rehabilitar a un país sumido en el hartazgo y la desesperación. Ese mismo día se autotituló Comandante en Jefe del Ejército del Sur y Jefe del Gobierno. Cabe destacar que la justificación doctrinaria del pronunciamiento fue redactada por el ilustre jurista José Luis Bustamante y Rivero, futuro presidente del Perú entre 1945 y 1948 Pero de todos modos, si el levantamiento de Sánchez Cerro no hubiera tenido éxito ya se preparaban otras conspiraciones. Una estaba organizándose en Lima para setiembre; asimismo, se anunciaba una expedición armada de un grupo de deportados por Leguía. Todo parece indicar que el "tirano" no pasaba del año 30.


El comandante Luis M. Sánchez Cerro

Leguía quiso negociar con Sánchez Cerro. El rechazo fue enérgico e inmediato. El domingo 24 reunió a su Gabinete anunciándole su intención de no resistir y reunir al Congreso para dimitir. Esa misma tarde asistió al hipódromo de Santa Beatriz donde sus caballos triunfaron en dos carreras. Recibió aplausos y saludó con sombrero en alto. Cuando regresó a Palacio hubo gritos y disparos en el camino. En la madrugada del 25 se presentó en Palacio un grupo numeroso de militares para exigirle su renuncia. El diálogo por momentos se tornó airado y violento. Leguía no tuvo más remedio de entregar el mando a una Junta Militar presidida por el general Manuel María Ponce.

Esa misma madrugada Leguía abandonó para siempre la Casa de Gobierno. Salió por una puerta lateral de Palacio camino al Callao para embarcarse a bordo del crucero "Almirante Grau" rumbo a Panamá. Pocos fueron los que estuvieron a su lado en aquellos momentos de derrota. Casi todos sus antiguos "amigos", aquellos que se enriquecieron con la Patria Nueva y proclamaron “El Siglo de Leguía”, se escondieron o, peor aún, se pasaron a la oposición. Uno de los que permaneció a su lado fue su edecán, el oficial de Marina Teodosio Cabada.

Pero la Junta de Ponce no tenía popularidad. El 25 Sánchez Cerro llegó a Lima por avión y fue recibido apoteósicamente. Era el hombre de la revolución, el típico militar macho que había derrocado al "tirano". Su juventud, su origen plebeyo y su rostro moreno acentuaban su hazaña. La Junta de Ponce no tenía ningún apoyo, ni siquiera al interior del Ejército. La llegada de Sánchez Cerro precipitó su caída. Dos días más tarde, el 27, otra Junta Militar se formó. Su Presidente fue Sánchez Cerro.

Por orden expresa de Sánchez Cerro, Leguía fue desembarcado del "Grau". Estaba muy enfermo. Tenía inflamación a la próstata, retención de orina y fiebre muy alta. Mientras tanto, la excitación pública continuaba con gran intensidad. La furia contra Leguía era incontenible así como el apoyo a los rebeldes de Arequipa. La casa del ex-presidente fue criminalmente saqueada y sus enseres destruidos o quemados. Un estudiante y varios trabajadores resultaron muertos en el enfrentamiento con la policía. Otros connotados allegados al leguiísmo también vieron saqueadas sus residencias.

A pesar de su quebrantada salud, Leguía fue confinado en la isla de San Lorenzo. Su destino había quedado sellado: no recuperaría jamás su libertad. Por esos días Sánchez Cerro declaró: Leguía permanecerá en prisión tanto como dure mi gobierno, y si fuera necesario habría una segunda revolución para que regrese a la prisión que él merece. Pasaron dos semanas cuando otra orden emanada de Palacio dispuso su internamiento en la Penitenciería Central de Lima (más conocida como el Panóptico), en compañía de su hijo Juan.

Sobre la celda que ocupó Leguía se tejieron muchas leyendas. Dicen algunos que era sucia, húmeda, pestilente, sin servicios higiénicos y que su única ventana había sido tapiada. Dicen también que el anciano y enfermo Leguía no podía conciliar el sueño por la noche a causa de los gritos e insultos de sus centinelas; o que no recibió atención médica a pesar de sus padecimientos y que, cuando la tuvo, fue ante la presencia de sus carceleros. Otros dicen que nada de esto es verdad. Lo cierto es que Leguía sufrió como muchos otros presos, pero mayormente por su edad y la enfermedad que padecía. En este sentido es censurable la actitud de Sánchez Cerro que rayó con el resentimiento.

Así moría poco a poco el fundador de la Patria Nueva. El único personaje en el Perú que recibió más elogios que San Martín, Bolívar y Castilla juntos. El otrora "Júpiter Presidente" y "Gigante del Pacífico" era tratado como el peor de los reos. Fue en esa oscura celda donde redactó sus supuestas memorias tituladas Yo tirano, yo ladrón. Como anota Basadre, el país debió tener un poco de piedad con Leguía. Al fin y al cabo lo había dejado gobernar durante quince años, primero cuatro y luego once. ¿De quién era la culpa? Muchos habían hecho de él un exponente de sus propios errores. Leguía no era mejor que muchos, sólo había estado en el sitio más visible.

Los últimos y dramáticos meses de la vida de Leguía son narrados por Basadre de la siguiente manera: el 16 de noviembre de 1931 llegó a ser trasladado a la Clínica Naval de Bellavista para que se le hiciera una operación quirúrgica. El 18 de noviembre una bomba de dinamita fue arrojada villanamente al interior de este hospital y cayó a pocos metros del cuarto ocupado por el enfermo, después de que había sido anunciada su mejoría. Murió, sin embargo, en el hospital naval el 6 de febrero de 1932 a los 69 años. Sólo pesaba entonces 67 libras. Se ha dicho que llegó a hacer a su confesor el encargo de expresar que no guardaba rencor a nadie, que perdonaba a quienes procuraron hacerle mal, que deseaba la felicidad y la prosperidad del Perú al que había amado mucho y que su último pensamiento era para sus hijas y sus hijos.

Leguía subió al poder rico y parece que murió pobre. Entre sus bienes sólo tenía algunas pólizas de seguros, medallas y varios objetos que le habían sido obsequiados por gobiernos extranjeros. Si muchos se enriquecieron durante su gobierno, él no lo hizo. De todos los presidentes que ha tenido el Perú es el único que murió encarcelado y en las condiciones más patéticas.

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El régimen de Leguía, como hemos visto, fue "legitimándose" por la fuerza a través de medidas legislativas y trató de perpetuarse a través de la reelección. Sin embargo pueden distinguirse dos etapas en el Oncenio: unos opinan hasta 1922, otros antes y después de las "elecciones" de 1924. Al principio, Leguía mantuvo una posición de fuerza y persecución frente al civilismo y adopta un paquete de medidas que pretendían modernizar el Estado y convertirlo en una institución más nacional o, por lo menos, con mayor presencia en la totalidad del territorio. Tarea imposible ya que al interior, por ejemplo, se mantuvo casi intacto el poder terrateniente. El Estado no pudo adquirir la solidez que se requería para subordinar al bien común los intereses particulares de los grupos que se oponían a la formación de un proyecto más nacional de gobierno.

Luego, mediante un control más costoso del poder y de las fuerzas sociales, y recurriendo al personalismo, Leguía desarrolla la otra fase de su gobierno para profundizar el proyecto de la Patria Nueva. Los signos del declive aparecen a finales de 1927. Al año siguiente empiezan a caer los precios de las exportaciones y con la crisis económica desciende el favor de la opinión pública. Finalmente, el repudio por la presencia de "el tirano" va a ser capitalizado por la revolución de Arequipa encabezada por el comandante Luis Miguel Sánchez Cerro en agosto de 1930.



La economía se tambalea. Según las Memorias del Banco de Reserva, 1927 y 1928 fueron años de convalescencia y tranquilidad. Se creía que la economía nacional entraba a un periodo de recuperación. El fantasma, sin embargo, vino de fuera. En octubre de 1929 se producía la crisis bursátil de Nueva York y nuestros principales productos de exportación se vinieron al suelo. Como si eso fuera poco, hubo una drástica disminución en la cosecha del algodón. El modelo económico de desmoronaba como castillo de naipes comprometiendo el futuro inmediato. Las paralización de las obras públicas dejó a mucha gente sin trabajo. El pesimismo se iba generalizando.

Una de las primeras reacciones del régimen fue eliminar la Libra Peruana y restablecer el patrón de oro en el sistema monetario. De esta manera, empieza a circular, en febrero de 1930, el Sol de Oro con una equivalencia de US$ 0.40 por sol, es decir 2.50 soles por dólar. Pero la crisis fue devaluando la nueva moneda y la medida no atenuó la confusión. En agosto el dólar se cotizaba a 10 soles oro. Los precios subían cada vez más afectando a toda la población. El régimen, además, no podía contar con los jugosos préstamos de los banqueros neoyorquinos ahora sumidos en la bancarrota. Un préstamo ya pactado de 100 millones de dólares quedó sin efecto. El comercio de importación también colapsó mermando los ingresos fiscales.

La crisis política. El país vivía bajo la figura omnipotente de Leguía. Nunca el personalismo había adquirido tanta dimensión en la política peruana. Con la crisis, esa omnipotencia se transformó en hartazgo generalizado. El Congreso no corrió mejor suerte. La Constitución del 20 suprimió la renovación por tercios del parlamento para ser implantada la renovación total. De esta manera, arrinconada la oposición, el Congreso se convirtió en el reducto de los amigos del Presidente a quienes se les ofrecía la representación de tal o cual provincia o departamento. También sirvió para que determinados caciques locales profundizaran su poder siendo obedientes a Leguía. Así se comprende cómo el Congreso pudo aprobar medidas tan polémicas como los tratados con Colombia y Chile, las concesiones a la International Petroleum Company en la Brea y Pariñas y, obviamente, las dos reelecciones de Leguía. Si Leguía quiso destruir a la oligarquía civilista su política durante el Oncenio permitió la aparición de otra oligarquía nacida del arribismo social y de la fuerza del dinero. La corrupción entre los amigos del régimen -los nuevos ricos- abonaba el descontento ciudadano. De otro lado, el malestar del ejército iba en aumento debido a los cuestionables arreglos fronterizos.

Ante las elecciones de 1929, Leguía pudo no reelegirse y convocar a elecciones libres. Según Basadre, pudo haber escogido como sucesor a uno entre sus mejores adeptos, acaso un hombre tranquilo y honesto. Pero esto no iba con su lógica. Su personalismo, su vanidad exacerbada por tantos años de poder y adulación, en síntesis, su "mesianismo" lo hicieron perder la perspectiva. Confundió su destino personal con el del país. En 1929, se presenta sin oposición organizada. No obstante, distintos sectores políticos van organizando conspiraciones y otros manifestaciones abiertas. Era su tercera elección o segunda reelección. Su triunfo fue pírrico. Cada vez más se acercaba el fin de la Patria Nueva.

El contexto latinoamericano. La crisis del 29 golpeó duramente a las economías de la región. Ello marcó el fin de muchos gobiernos de estilo autoritario que permanecían en el poder gracias al auge de las exportaciones que marcaron gran parte de los años 20. El vendaval de la crisis cargó con todos ellos. En Bolivia, Hernando Siles cayó en manos de una Junta Militar presidida por el general Blanco Galindo. En Chile, una violenta revuelta hizo renunciar al presidente Carlos Ibañez. En Ecuador, ante una oleada de manifestaciones, el doctor Isidoro Ayorga fue obligado a dejar la presidencia. El Brasil fue sacudido por una sangrienta guerra civil capitalizada por el dictador Getulio Vargas quien permanecería 15 años en el poder. Otra revolución sacudió también a la Argentina donde el general José Uriburu derrocó al presidente Hipólito Irigoyen, jefe y fundador de la Unión Cívica Radical. La fuerza de la crisis, como vemos, no podía dejar de lado al Perú.

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Las obras públicas fueron la esencia, la razón de ser de la Patria Nueva. La inyección de los capitales norteamericanos, la vocación desarrollista del leguiísmo y la iniciativa privada fueron los factores que permitieron cambiarle el rostro al país durante estos once años de gobierno autoritario. Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que ningún gobierno hasta entonces había emprendido -y casi culminado-una política tan vasta de obras públicas que abarcó casi todo el territorio nacional. Por ello, la industria del cemento tuvo un rápido crecimiento, pues, en 1925, produjo casi 12 mil toneladas y 50 mil en 1927.

En primer lugar, Leguía se comportó como un "alcalde de Lima" y la capital gozó de una de las mayores transformaciones en su historia. Al margen de las donaciones por las celebraciones del Centenario, el gobierno y el capital privado invirtieron buena parte de tiempo y dinero en modernizar la antigua ciudad de los virreyes. Se inauguró la Plaza San Martín y el monumento al Libertador argentino en 1921; en la misma Plaza, por iniciativa privada, se construyeron el Hotel Bolívar y el Teatro Colón. Se abrieron nuevas avenidas como Leguía (hoy Arequipa), Progreso (hoy Venezuela), La Unión (hoy Argentina), Nicolás de Piérola, Costanera y Brasil; se construyeron algunos edificios públicos como el Ministerio de Fomento, el Palacio Arzobispal y otros se reconstruyeron como el Palacio de Gobierno luego del incendio de 1921; también se iniciaron las obras del edificio del Congreso y el Palacio de Justicia. Se fundaron nuevos barrios como el de Santa Beatriz, San Isidro, Magdalena del Mar y San Miguel. Se construyó la Atarjea para brindar de agua potable a Lima y en muchas ciudades del interior se hicieron obras de alcantarillado; en este sentido, se instalaron 992 mil metros de tuberías de agua y desagüe. El régimen gastó en todo esto unos 40 millones de soles.

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Avenida Leguía (hoy Arequipa)

Se construyeron unos 18 mil kilómetros de carreteras gracias a la injusta Ley de Conscripción Vial que implantó una especie de mita vial que estipuló la obligatoriedad de 10 días de trabajo en las carreteras del Oncenio. Esta fiebre por la construcción de carreteras hizo que el trazo de muchas de ellas no tuvieran ningún sentido; ese fue el caso de un camino que se inició en Huancayo sin que se supiera dónde debía llegar. Asimismo, se inició la construcción del Terminal Marítimo del Callao y se culminaron los ferrocarriles de Chimbote al Callejón de Huaylas y de Huancayo a Huancavelica.

También se abrió la Escuela de Aviación de Las Palmas; se compraron los primeros cuatro submarinos artillados y provistos de torpedos; se creó la Escuela de la Guardia Civil y Policía que contó en sus inicios con instructores españoles; fue creado el Ministerio de Marina en 1920 independizándolo del Ejército. Finalmente, se inició el proyecto de irrigación de Olmos y se dejaron listos los de Imperial (Cañete), La Chira y Sechura (Piura), y Esperanza (Chancay).

DE otro lado, mucha polémica desató el trato que dio el régimen a las tensiones limítrofes que debían resolverse con Colombia y Chile. Con el país del norte Leguía quiso darle a las conversaciones un tono más conciliatorio. La pretensión colombiana era lograr acceso soberano al Amazonas sobre la región de Maynas, mediante el canje de unos territorios cedidos por el Ecuador a Colombia. Bajo ese marco se llegó a un arreglo definitivo en un tratado firmado en Lima el 24 de marzo de 1922, por el canciller Alberto Salomón y el enviado colombiano Fabio Lozano (Tratado Salomón-Lozano). El documento cedía todas las tierras comprendidas entre los ríos Caquetá y Putumayo más el llamado Trapecio Amazónico o Trapecio de Leticia, que dio derecho a Colombia a navegar por el Amazonas. El Perú sólo ganó una faja de terreno denominada Triángulo de Sucumbíos entre el Putumayo y el San Miguel. Una tormenta de críticas por parte de la opinión pública peruana desató una crisis política en torno a la firma de este documento, pues incluía la merma territorial del Trapecio Amazónico con la población de Leticia. Contra todo pronóstico, el tratado fue aprobado por el Congreso cinco años después. La cuestión, sin embargo, no quedó allí. En setiembre de 1932, cuando ya gobernaba el Perú Sánchez Cerro, un grupo de loretanos se apoderó de Leticia y expulsó a las autoridades colombianas. El país estuvo al borde de la guerra con Colombia.

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Manifestaciones en favor de Leticia

Con Chile la herida dejada por la guerra y las condiciones del Tratado de Ancón no tenían cuándo cicatrizar. El problema era cómo definir los términos para la celebración del plebiscito que decidiera el futuro de las provincias de Tacna y Arica. A partir de inicios de siglo, la política chilena estuvo destinada a hacer fracasar la consulta popular desarrollando una activa política de "chilenización" de los territorios ocupados, organizando la migración de ciudadanos chilenos y hostilizando a la población peruana. Ambas situaciones fueron comprobadas por los miembros de las comisiones mediadoras estadounidenses; en 1922 se decidió someter el caso al arbitraje de los Estados Unidos.

El gobierno de Washington se inclinó por la realización del plebiscito señalando que debían votar todos los peruanos y chilenos con dos años de residencia en las zonas ocupadas. Chile, que había llevado gran cantidad de sus ciudadanos, estuvo de acuerdo. Sin embargo, cuando el gobierno de Santiago se dio cuenta, gracias a los cálculos de la votación, que perdería la consulta prolongó el asunto hasta que los delegados arbitrales decidieron no celebrarla en tales condiciones. En 1926, el general William Lassiter -sucesor del general John Pershing en la delegación arbitral- concluyó que era imposible convocar al plebiscito, dejando entrever que Chile era culpable del impasse. En 1928, por un pedido expreso de Washington, se reabrieron las embajadas en Lima y Santiago, insinuándose así los primeros pasos a un arreglo. Por fin, casi después de medio siglo, la seria cuestión sería resuelta por el Tratado de Lima que sancionó la renuncia al fracasado plebiscito. Este tratado se firmó el 15 de mayo de 1929 y participaron los delegados Pedro Rada y Gamio por el Perú y Emiliano Figueroa Larraín por Chile. El tratado significó la pérdida de Arica y la recuperación de Tacna al territorio peruano. Un protocolo complementario terminó obligando a Chile construir un "malecón de atraque" en Arica para uso del Perú y darle allí franquicias propias de un puerto libre; en el Morro de Arica se elevaría un monumento que simbolizara la concordia de ambos pueblos.

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Fiel al estilo de los regímenes autoritarios en América Latina, Leguía, desde el inicio de su mandato, en 1919, dejó en claro que para modernizar el país era necesario elaborar otro marco constitucional. De esta manera, la Asamblea Nacional fue revestida con poderes constituyentes. La Comisión de Constitución estuvo presidida por Javier Prado quien manifestó: Nosotros no queremos que estos principios se consideren como entidades abstractas y metafísicas, como mitos supersticiosos, sino como fuerzas vivas, como realidades fecundas que puedan desarrollarse, extenderse y ampliarse, en bien del país. La nueva Carta quedó sancionada el 18 de enero de 1920.



Uno de los títulos más importantes de la Carta fue el de "Garantías Sociales". Se consagró el habeas corpus y la inviolabilidad de la propiedad, bien sea material, intelectual, literaria o artística. El Estado reconocía la libertad de comercio e industria y garantizaba la libertad de trabajo. Se prohibían los monopolios y acaparamientos industriales y comerciales. La enseñanza primaria era obligatoria y gratuita. Finalmente, uno de los temas más significativos establecía que el Estado: protegerá a la raza indígena y dictará leyes especiales para su desarrollo y cultura en armonía con sus necesidades. La Nación reconoce la existencia legal de las comunidades indígenas y la ley dictará los derechos que le corresponden.

La nueva Carta, además, promovía los gobiernos locales a través de Congresos Regionales con capacidad legislativa. Había libertad de tránsito, de reunión y de prensa. Había también artículos de carácter idealista, moralizador y ordenador; por ejemplo, la prohibición de que nadie gozara de más de un sueldo o emolumento del Estado sin distingo de empleo o función. Se expresó también que la Nación profesaba la religión católica, apostólica y romana y el Estado la protege, sin embargo, también se añadió que nadie podrá ser perseguido por razón de sus ideas ni por razón de sus creencias.

Las constituciones que había tenido el país hasta entonces no admitieron la posibilidad de la reelección presidencial. Tampoco ésta de Leguía la autorizó. Su artículo 113 decía: El presidente durará en su cargo cinco años y no podrá ser reelecto sino después de un período igual de tiempo. No obstante, como Leguía se sentía iluminado y poseedor de una misión casi providencial de llevar al país por la senda del progreso modificó este artículo en 1923 de esta manera: El Presidente durará en su cargo cinco años y podrá, por una sola vez, ser reelegido. Pero 1927 continuaron las modificaciones y se promulgó lo siguiente: El Presidente durará en su cargo cinco años y podrá ser reelecto. Estas "reformas constitucionales" en manos de un Congreso siempre adicto, permitieron a Leguía permanecer durante 11 años en el poder.

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El régimen leguiísta no escatimó esfuerzos en pasar por alto su propio orden legal y volvió a las viejas prácticas caudillescas, autoritarias y populistas que no habían podido democratizar al Estado peruano desde el siglo XIX. En este sentido, Leguía forjó su poder en la fuerza del dinero. Muchas obras públicas se realizaron encubriendo los negocios oscuros de sus allegados o clientela política. Tomemos el caso de los créditos facilitados por banqueros neoyorquinos por 77 millones de dólares invertidos en obras públicas. La magnitud de los préstamos provocó que el Congreso norteamericano iniciara una investigación y se habló, finalmente, que un pariente muy cercano al Presidente recibió una buena suma de dinero como gratificación por los servicios para la buena pro en la concertación de los créditos.

De otro lado, Leguía manejó bien la antigua imagen paternalista del Presidente. Por ejemplo, al reconocer y legalizar la propiedad de las comunidades indígenas, comenzó a ser llamado el nuevo "Wiracocha" por los pobladores de la sierra. Él mismo se llamó así y gustaba pronunciar discursos en quechua, lengua que, naturalmente, desconocía. Al mismo tiempo, nombró una comisión parlamentaria que investigara los problemas de los campesinos. Tres diputados recorrieron la sierra sur a fin de recoger material que les permitiera proponer un proyecto de ley para "solucionar" el problema indígena. Por último, recordemos que Leguía creó el Patronato de la Raza Indígena y estableció, el 24 de junio, el "Día del Indio". Todo quedó en promesas y demagogia.



La suma de estas prácticas institucionalizaron la adulación, muchas veces sin ningún pudor, de la figura del creador de la Patria Nueva. Los amigos del Oncenio hablaron del "Siglo de Leguía", del "Júpiter Presidente", del "Nuevo Mesías", comparando al Leguía con Alejandro Magno, Julio César, Napoleón y Bolívar. Se dijo que combinaba la "austeridad de Lincoln", "la voluntad de Bismark" y la "lealtad de los Graco" En 1928 el gabinete ministerial le regaló un cuadro al óleo. No hemos encontrado nada digno de ofreceros: sólo vuestra propia efigie, declaró el ministro José Rada y Gamio en el discurso de rigor. Ni siquiera el embajador de los Estados Unidos Alexander Moore pudo sustraerse al coro de elogios. En un banquete ofrecido por él al padre de la Patria Nueva dijo: Que Dios os conceda muchos años de vida. Por la grandeza del Perú desearía que vivierais para siempre. Os pido, amigos míos aquí congregados, que bebamos a la salud de uno de los hombres más grandes que el mundo haya producido -el Gigante del Pacífico Augusto B. Leguía. El embajador norteamericano, además, fue un entusiasta promotor de la candidatura de Leguía al premio Nóbel de la Paz por haber firmado los tratados con Chile y Colombia.

Por estas razones Leguía no pudo establecer y desarrollar la institucionalidad en el país. Su propia Constitución tuvo una vigencia más formal que real. Es cierto que durante su régimen se marcó un punto de quiebre frente al pasado, pues la idea de la Patria Nueva implicaba una ruptura con lo que había sido la mentalidad civilista. Pero el proyecto no llegaría a cuajar. Un opositor a Leguía, Víctor Andrés Belaunde, describió al régimen como un “cesarismo burocrático”.

En la imagen vemos a Leguía visitando el local de la Universidad de San Marcos donde había sido declarado "Maestro de la Juventud" en 1918.
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Si bien Leguía quería transformar el Perú en una nación moderna, abierta al desarrollo capitalista con la ayuda del capital extranjero, era necesario contar con un estado fuerte. Su gobierno debía construir, facilitar el crédito y promover el empleo. De este modo, el Estado tenía que multiplicar sus funciones y ser el principal instrumento del desarrollo económico. Esto significaba una seria ruptura con el esquema civilista y la tarea era desmontar su tímido aparato estatal.



Desde ese momento, el Perú vio cómo su estado se transformaba en un aparato cada vez más burocratizado e intervencionista. Al aumentar sus funciones también había aumentado sus gastos. El presupuesto nacional, por ejemplo, se cuadruplicó en comparación a los años del civilismo. Esta expansión del gasto se debió, en un primer momento, a una minuciosa reforma tributaria. La gran innovación fue el aumento progresivo del impuesto a la renta que afectó a los sectores con mayores ingresos. Asimismo, elevó las tarifas aduaneras tanto a las importaciones como a las exportaciones. Se aumentaron, por ejemplo, las tasas impositivas a los principales productos de exportación: algodón, azúcar, lana, petróleo y vanadio. Los impuestos indirectos a los productos de consumo masivo -tabaco, alcohol, fósforos, gasolina, cemento, correos- también se aumentaron siguiendo la vieja lógica civilista. Para coronar todo este esfuerzo, no había que descuidar recaudación y el manejo del gasto público. Por ello, se creó la Compañía Administradora de Rentas, se reformó la aduana del Callao para evitar el fraude fiscal y, casi al final del Oncenio, se organizó la Contraloría General de la República con el fin de supervisar los manejos financieras del Estado. Queda aún por saberse si fueron eficaces estas reformas.

La idea, como hemos visto, era financiar el desarrollo nacional a partir de recursos propios o del ahorro interno. Sin duda una aspiración saludable. Pero ese esquema sólo duró hasta 1924 más o menos. A partir de ese momento se fueron incrementando los empréstitos provenientes de los Estados Unidos y el país entró en una peligrosa fase de endeudamiento externo. ¿Por qué cambió el esquema? Al parecer la razón fue política. Leguía quería por todos los medios posibles mantenerse en el poder y asegurarse la reelección. Mucho más fácil era conseguir el crédito norteamericano que fomentar el ahorro interno y así multiplicar la construcción de obras públicas para asegurar la ilusión del progreso. Un progreso que venía de fuera a través de los préstamos e inversiones del capital norteamericano. El manejo sano, con criterios técnicos, que se realizó en los primeros años del Oncenio, quedó atrás con esta nueva versión de populismo.

Por todo ello, en 1930, año de la caída de Leguía, el estado peruano quedó tan vulnerable como en sus peores momentos históricos. El Oncenio no pudo fomentar un sólido crecimiento del aparto productivo a pesar del auge exportador y de la inversión extranjera. No redistribuyó eficientemente lo recaudado a los sectores menos favorecidos de la sociedad. En todo caso, no redistribuyó ahorro interno sino deuda externa a ciertos sectores de la clase media y a los allegados al régimen.
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Una de las preocupaciones de Leguía para convertir al Perú en un país moderno era desarrollar la economía atrayendo la inversión extranjera. Buen conocedor del mundo financiero, en fundador de la Patria Nueva sabía que la banca norteamericana atravesaba por un periodo de bonanza y que el gobierno de Washington veía con buenos ojos a los gobiernos “desarrollistas” dispuestos a garantizar las inversiones extranjeras. Por ello, durante el Oncenio, la presencia del capital norteamericano, a través de empréstitos e inversiones, se tornó casi hegemónica.

Respecto al endeudamiento externo, podríamos mencionar que los 77 millones de dólares que gastó el régimen para levantar sus obras públicas provenían de los famosos empréstitos. En once años, la deuda con los Estados Unidos se había multiplicado por 10: había pasado de 10 a 100 millones de dólares. Gran parte del "bienestar" que vivieron los peruanos fue financiado por ese dinero. En el bienio 1926-28, por ejemplo, el 40% del presupuesto lo cubrió el dinero norteamericano. A cambio de esta "generosa" ayuda, los banqueros norteamericanos exigieron la administración aduanera y presupuestaria. Asimismo, gran parte de las obras públicas fueron emprendidas por la Foundation Company, entidad también norteamericana. De esta manera, los prestamistas velaban por el "buen manejo" de sus capitales y aseguraban los reembolsos en las plazos previstos.



Las inversiones norteamericanas también se hicieron presentes en la agricultura azucarera, la industria y, sobre todo, la minería y el petróleo. Esta inyección de capital se comprueba cuando comparamos que, entre 1919 y 1929, las exportaciones mineras aumentaron en un 175% mientras que la exportación de productos agrícolas sólo creció en un 45%. El cobre y el petróleo aparecen como los principales productos de exportación a finales del Oncenio.

Respecto al petróleo podríamos reseñar algunos datos. En 1890, los yacimientos de la Brea y Pariñas, explotados por la empresa británica London Pacific, rindieron poco más de 8 mil barriles; sin embargo, 10 años más tarde, su producción anual sobrepasaba los 200 mil barriles; en 1915, se obtuvieron 1'800,000 barriles. Como es sabido, estos yacimientos generaron serios conflictos al iniciarse el Oncenio, que culminaron con un Laudo arbitral, sumamente controvertido. En efecto, en 1924, los británicos vendieron la Brea y Pariñas a la International Petroleum Company Ltd. de accionistas norteamericanos. Esta empezó entonces a realizar grandes inversiones y a emplear las técnicas más modernas de perforación y explotación. En 1930, la producción se había elevado a más de 10 millones de barriles.

La imagen corresponde a la ciudad de Talara en la primera mitad del siglo XX. En ella se encontraba la refinería de petróleo administrada por la IPC desde 1924.

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La conmemoración del Primer Centenario de la Independencia (1921), al que siguió poco después los 100 años de la victoria de Ayacucho (1924), fueron utilizados por el leguiísmo como medio de propaganda política en el país y el extranjero. Pero fue el primero el que despertó el mayor interés y se celebró con el mayor despliegue posible.

Leguía fue quien personalmente supervisó los detalles del notable acontecimiento. La idea era hacer converger en Lima a representantes de todo el continente americano y de selectos países europeos. La invitación se extendió, en primer lugar, al aliado del régimen, los Estados Unidos, y también a los vecinos "conflictivos" como Brasil, Ecuador, Bolivia y Colombia. Quedó excluido Chile al no haberse resuelto aún el problema del plebiscito de Tacna y Arica. La Cancillería, a cargo de Alberto Salomón, dio a conocer la lista definitiva de invitados en octubre de 1920: confirmaron su asistencia 16 embajadas y 13 misiones especiales de todo el mundo. A España se le asignó un lugar de honor y al Secretario de la embajada del Perú en Madrid, Oscar Barrenechea, se le encomendó la invitación a Su Majestad Alfonso XIII, gestión que finalmente no llegó a buen término; en su lugar vino, presidiendo una nutrida delegación, Cipriano Muñoz y Manzano, Conde de la Viñaza y Grande de España, con la categoría de Embajador Extraordinario.

Con este detalle, Leguía intentaba una "conciliación histórica" entre el Perú y la Madre Patria al pronunciar, por ejemplo, las siguientes palabras en la Casa de Gobierno: Cuando un grupo de soldados españoles, alentado por antecesores gloriosos de Vuestra Majestad, vino a América e inmortalizó con sus épicas hazañas el genio de la raza hispana... A esta voz, que resuena en el inmenso mar centuplicada por el eco de la pétrea cordillera, se une la de mis compatriotas todos para proclamar la indestructibilidad de los lazos con que la tradición y el afecto han ligado para siempre el Perú y a la Madre Patria. Esta voluntad conciliadora se coronaría en 1927 con la inauguración de una capilla en honor del conquistador Francisco Pizarro en la Catedral de Lima.

Regresando al tema de las celebraciones, entre el 24 de julio y el 3 de agosto de 1921, Lima fue, como soñaba Leguía, la gran capital latinoamericana. Las colonias de extranjeros residentes en el Perú no se quedaron atrás y embellecieron la capital con valiosos obsequios: los alemanes regalaron la Torre del Reloj del Parque Universitario; los italianos el Museo de Arte Italiano; los ingleses el antiguo estadio de madera; los franceses una estatua a la Libertad; los españoles un Arco Morisco; los chinos una gran Fuente de Mármol; los belgas el monumento al Trabajo; los japoneses el monumento a Manco Cápac en el barrio de La Victoria; los norteamericanos un monumento a George Washington; y los mexicanos la efigie del Cura Hidalgo.



En 1924, para el Centenario de Ayacucho, se repitieron las invitaciones y llegaron embajadas de 30 países. Las ceremonias oficiales se completaron con actividades lúdicas y culturales. Entre las primeras, tenemos una corrida de toros en la Plaza de Acho con el matador Juan Belmonte como figura estelar; entre las segundas, podemos citar la participación del poeta José Santos Chocano –gran amigo del régimen- que dedicó un poema épico en homenaje a los próceres de la Independencia, y la representación en el Teatro Forero (hoy Municipal) de la obra dramática El Sol de Ayacucho, de Francisco de Villaespesa.

En esta ocasión, se inauguraron los monumentos al almirante Du Petit Thouars y al general Sucre; también el Museo Arqueológico, el Hospital Arzobispo Loayza, las salas Bolívar y San Martín en el Museo Bolivariano (hoy Nacional de Antropología e Historia), el Palacio Arzobispal y el Panteón de los Próceres. Y como si esto fuera poco, en un acto verdaderamente insólito, se plantó el "árbol del Centenario".

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¿Qué entendió Leguía por progreso? Para determinarlo, será indispensable recurrir a sus discursos. En ellos, notamos con claridad que las alusiones al progreso se refieren a su lado material, lo que lleva a identificarlo con el conjunto de obras públicas llevadas a cabo durante el Oncenio. Ello no significa, sin embargo, que su concepción del progreso fuese puramente material, ya que abarcó otros rubros (problema del indio, solución de problemas limítrofes, inversión norteamericana, etc.), pero es innegable que el peso de lo material fue mucho mayor.

La explicación de por qué durante el Oncenio se ligó el progreso tan estrechamente con lo material es que sirvió para justificar la Patria Nueva. Fue usado por el gobierno como medio publicitario y promotor de su gestión; por lo tanto, no podía quedarse en un concepto abstracto y se manifestó en un conjunto de obras públicas que buscaban convertirse en la mejor expresión real de dicho progreso. Esto mostraba un gobierno que no solo era útil sino también necesario, sobre todo si ello garantizaba su permanencia en el poder.



El afán por hacer del progreso algo visible y usarlo como propaganda lo podemos observar también en todo el conjunto de publicaciones favorables al gobierno con la intención de promover en la población la necesidad de reelegir a Leguía. Es justo, sin embargo, hacer notar que el progreso para Leguía no fue un simple argumento publicitario o demagógico. Creía firmemente en que el progreso era posible y que sólo él era capaz de llevarlo a cabo. Entendía el progreso en su sentido más amplio e incluso podríamos afirmar que su idea de él no se contradecía con la idea civilista del mismo. Lo que varía es el orden en que se debe realizar dicho progreso, y aquí es que se produce el cambio radical. Mientras el civilismo buscaba primero fortalecer la institucionalidad y las leyes así como desarrollar la educación, Leguía considera que todo esto deberá ser la consecuencia natural de un crecimiento económico sostenido y un progreso material sólido. En otras palabras, Leguía buscó el desarrollo integral propio de un estadista, pero el primer paso para lograrlo era llevar a cabo el progreso material.

¿Dentro de lo material, qué era lo prioritario para Leguía? Tal vez su obsesión más grande estuvo en el plan para irrigar la costa. Fue consciente de que la costa no era estéril sino árida y, por lo tanto, su adecuada irrigación permitiría extender las zonas de cultivo y mejorar la agricultura. Su realización era, para el país, el porvenir, la libertad: Comprendiendo que la agricultura sigue siendo la industria Madre de los pueblos, a ella dediqué mis mayores esfuerzos, protegiendo sus frutos, ensanchando sus campos por medio de las irrigaciones y el parcelamiento de sus latifundios, mejorando sus productos por medio de estaciones experimentales y asegurándole el empleo constante del guano... De todas estas obras permítanme decir que tienen capital importancia las relativas a la irrigación, y la tienen no sólo por sus presupuestos que exceden de cinco millones de libras y cuyos rendimientos superarán en un cercano porvenir a cincuenta millones de libras, sino también porque duplican las actuales zonas de cultivo en toda la costa del Perú y porque, en sí, constituyen una verdadera revolución...las irrigaciones... las hacen factibles, primero las posibilidades técnicas de la ingeniería moderna y, después mi voluntad que no cede ni cederá en su empeño de propulsarlas...los que hacemos obras de irrigación somos el porvenir, somos la libertad, y los que dudan de ello representan el pasado, el privilegio odioso e insostenible...

Como vemos, donde otros desconfiaban él creía sin reparos y en este sentido sí tuvo una importante percepción de lo que podía representar el progreso para el Perú: Mi experiencia de la vida y de los negocios hacía contraste con los títulos de mis adversarios. Y ¿por qué no decirlo? mientras casi todos dudaban, yo creía. Es que mi fe se opuso al pesimismo reinante. Al razonamiento de los que daban al país por arruinado, yo oponía mi confianza en las riquezas del Perú y en su resurgimiento.

La minería y el transporte fueron también parte medular de sus preocupaciones y a ellos alude constantemente: Somos el país minero por excelencia que, después de haber ofrecido aquella fantástica acumulación de oro del rescate del Inca y después de haber sufragado durante tres siglos los gastos cuantiosos de la administración colonial y del absolutismo monárquico, había perdido casi la tradición de sus riquezas del subsuelo. Y sin embargo los metales yacían inertes en el seno de la tierra. ¿Por qué? por la falta de capitales para extraerlos y porque no existían rutas de transporte. Pues bien, para que se trabajen y se exporten...mi gobierno atrajo al capital extranjero en proporciones aquí desconocidas y,...en el concepto de transportes que abarca las vías terrestres, las marítimas y las fluviales; mi gobierno... atendió al desarrollo de las unas y de las otras con igual interés...

Es innegable que hubo una importante atención a todos estos rubros de la economía; no obstante, su costo fue muy alto para el país. Muchas se llevaron a cabo sin estudios previos y en medio de un ambiente de desconcierto y despilfarro; también se perdió tiempo y dinero (irrigaciones). Otras significaron importantes concesiones a las naciones extranjeras involucradas en su realización (ferrocarriles), y en todo caso representaron siempre el endeudamiento del Perú, comprometiendo su futuro.

Donde el “progreso material” se hizo realmente visible fue en las obras de saneamiento y embellecimiento urbano y, dentro de ellas, Lima destaca notoriamente: Este vasto plan de realizaciones se completa con las obras de saneamiento que se llevan a cabo en nuestras grandes y en nuestras pequeñas ciudades, dotándolas de agua y desagüe, a muchas de Pavimento y a algunas de edificios modernos. Es así como hemos embellecido Lima, antes refugiada como una sacerdotiza a la falda de sus montañas, asomada hoy como una diosa de los mares...es así como la hemos cruzado de avenidas que la unen a Chorrillos, Barranco, a Miraflores, a Magdalena, al Callao y a la Punta, y que unirán en breve a Chosica y a Ancón; y al margen de las cuales se levantarán las casas modernas en donde la luz, el aire, las flores y la amplitud formarán el ambiente en que han de crecer los futuros habitantes de ésta ciudad, optimistas y vigorosos.. Finalmente, una de sus ambiciones más altas en cuanto a progreso material fue el Terminal Marítimo del Callao que estaba en construcción para 1929.

Leguía fue sincero en casi todas las obras que emprendió y confiaba así alcanzar el progreso. El problema es que en el camino fue seducido por la fascinación que las obras ejercen sobre los gobernantes y perdió el equilibrio necesario para un progreso real y duradero. Así resumió Leguía, en 1929, el progreso: Señores, hemos protegido y desarrollado la agricultura, la minería, las industrias manufactureras; hemos construido las vías de comunicación y estamos levantando frente al Mar un puerto que bien merece el calificativo de estupendo. Yo creo pues, tener derecho para preguntar ¿Quién otro hizo obras de tal magnitud? ¿Quién otro relacionó unas obras con otras tan estrechamente para que obedecieran a un plan lógico y sistemático? Si ahora sorprenden los exponentes aritméticos de nuestros adelantos... Yo digo, cuando se pongan en juego todos estos factores de mejoramiento que hemos creado, ¿en qué proporciones crecerá la producción nacional, la riqueza pública y privada, en una palabra señores, el Progreso del Perú?


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Augusto Bernardino Leguía y Salcedo nació en 1863 en el pueblo de Lambayeque. A los 13 años, fue enviado a Valparaíso, donde inició estudios mercantiles en un colegio inglés. Al estallar la guerra con Chile, se enroló en el ejército de reserva y participó en la defensa de Lima durante la batalla de Miraflores. Luego de la guerra, siguió dedicándose al comercio ingresando a la Compañía de Seguros "New York Life Insurance Company". Cuando la empresa retiró sus negocios en el Perú, don Augusto se dedicó al comercio azucarero como representante de la Testamentería Swayne y celebró, en Londres, un contrato, en 1896, con la casa "Lockett" para formar la "British Sugar Company Limited"; esta entidad era propietaria de las más ricas plantaciones azucareras en los valles de Cañete y Nepeña. A su regreso, en 1900, formó la compañía de seguros "Sud América".

Leguía no nació al interior de la oligarquía pero con el tiempo se ganó el ingreso a ella. Era un burgués halagado por la fortuna y con un sólido prestigio por su actividad financiera. No estudió en San Marcos ni ostentaba grados académicos. Su matrimonio con la aristocrática Julia Swayne y Mendoza y sus negocios agrícolas le abrieron las puertas de la oligarquía. Ingresó al Partido Civil y formó parte del exclusivo grupo de los 24 amigos. Ya en el poder, entre 1908 y 1912, mostró una clara tendencia personalista y autoritaria que lo llevó a distanciarse del sector oligárquico; el pierolismo y el joven grupo de intelectuales de entonces (José de la Riva-Agüero, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón y Víctor Andrés Belaúnde, entre otros) tampoco lo toleraron.

Poco después de culminar su primer gobierno, rompió con el civilismo. Fue desterrado por Billinghurst a Panamá; pasó luego a Estados Unidos y, finalmente, a Inglaterra. Vivió en Londres hasta 1918 dedicado a los negocios y retornó como candidato a la Presidencia enfrentándose al civilista Antero Aspíllaga. Su campaña electoral estuvo apoyada por los constitucionalistas de Cáceres y los estudiantes de San Marcos quienes lo proclamaron, en un arranque inusual, "Maestro de la Juventud". De este modo, Leguía "interpretaba" los anhelos juveniles por cambiar las estructuras del país y aprovechaba el cansancio de muchos sectores ante el monopolio político que había ejercido el Partido Civil desde finales del siglo XIX.

Leguía demostró en todo momento ser un hombre pragmático, no un doctrinario. Vio a la política con mentalidad empresarial, tuvo una tendencia natural hacia el autoritarismo y supo aprovechar el desgaste de los viejos partidos políticos para vencer en 1919. Luego desmanteló políticamente al civilismo exiliando a sus principales líderes e intimidando sus órganos de prensa. Su preocupación central era el progreso material e iniciar la "democratización" del Estado. De esta forma, Leguía se presentaba como un Nuevo Mesías capaz de resolver todos los problemas del país, por ello en un discurso se le oyó decir: todo el tiempo que duró mi ausencia, el Perú se debatió en la angustia de sus crisis políticas, económicas y financieras, y cuando volví, sólo dos cosas eran visibles: la ruina que había dejado la incapacidad, a pesar del reguero de oro traído por la guerra mundial, y el entusiasmo del pueblo que me pedía remediarlo. Mi presencia del año 1919 es, por eso el acto de una voluntad que quiso obedecer al pueblo para realizar su salvación.

En las elecciones de 1919, Leguía fue el legítimo vencedor. Sin embargo, organizó un golpe de estado alegando que el presidente José Pardo y el civilismo trataban de impedir su llegada al poder, algo que nunca pudo demostrar. Luego, reunió a una Asamblea Nacional que lo proclamó Presidente de la República el 12 de octubre de 1919. Al régimen, que duraría once años, se le llamó la Patria Nueva e intentaba modernizar el país a través de un cambio de relaciones entre el Estado y la sociedad civil.

Leguía orientó su acción hacia los grupos medios y se vio obligado a justificar el poder por medio del éxito. Este reformismo dio origen a nuevas instituciones estatales y paraestatales, dejando decisiva huella en la estructura del Estado. Se esbozó la idea del Estado benefactor y ello se tradujo en el crecimiento de la administración pública. Todo esto eran instrumentos para alcanzar el tan ansiado “progreso”.

Esto suponía, en primer lugar una ruptura fundamental con el pasado, concretamente con los "partidos tradicionales" o con la oligarquía que, según Leguía, con sus errores o claudicaciones no había convertido al Perú en un país moderno. A partir de allí surge el problema. Dentro del rótulo “Patria Nueva” podríamos encontrar muchos significados: el protagonismo de la clase media en manos de un ex-civilista como Leguía aficionado a las carreras de caballos y a la influencia anglo-sajona; la realización milagrosa del progreso a través del dominio norteamericano; la necesidad de resolver los viejos problemas limítrofes; la urbanización, la irrigación de la costa y la construcción de carreteras; el establecimiento de un Estado fuerte que asegure la paz pública; la reincorporación del indio a la vida nacional; en fin, tantas ideas que terminan convirtiendo a la “Patria Nueva” en un proyecto casi hueco, sin una ideología coherente que lo respalde. Por eso, para muchos la Patria Nueva era simplemente Leguía, una suerte de superhombre capaz por sí mismo de inaugurar en el Perú un nuevo futuro.
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El asenso social, como consecuencia del crecimiento económico, impulsado por el estado y el sector privado, se reflejó en varios aspectos, como las múltiples actividades públicas de los sectores altos y de la promocionada clase media. Fiestas, vida de club, obras de beneficencia, paseos al aire libre, temporadas en los balnearios durante los veranos o la vida en el hipódromo, tan impulsada por el propio Leguía, fueron el sello de la Patria Nueva. Respecto a los bailes de la época, el fox-trot y el charleston, de importación norteamericana, atrajeron el entusiasmo de los jóvenes. Ellos terminaron ganándole la competencia al tango argentino -que lograra difusión mundial en los días de la primera guerra- y al vals europeo, sobreviviente del siglo XIX. Según Basadre, una mayor franqueza, lindante a veces con la rudeza, se hizo notoria en la conversación.

Como sabemos, a nivel social, la antigua oligarquía (la clase alta), vinculada al Partido Civil, recibió un duro golpe político durante el “Oncenio” al ser desplazada del gobierno. Sin embargo, Leguía no afectó mayormente su influencia social y económica. El asunto fue que, durante los años 20, nuevas familias, que se enriquecieron bajo los negocios del leguiísmo, tocaron la puerta para ingresar a los círculos de la clase alta. Algunos de estos nuevos ricos fueron aceptados (en el Club Nacional, por ejemplo), otros no (se fueron al Club de la Unión).

De otro lado, si entre 1890 y 1920 nació la clase media, a partir del “Oncenio” se fue consolidando como grupo social. Puede decirse que Leguía la favoreció, pues, durante su gestión, muchos de sus integrantes accedieron a la burocracia estatal y alcanzaron su estabilidad económica. Pertenecían a la clase media los profesionales liberales (médicos, ingenieros y abogados), escritores, periodistas, artistas, profesores de todos los niveles, empleados del estado, pequeños comerciantes, sacerdotes y oficiales de las Fuerzas Armadas. Si bien el ejercicio de estas actividades difícilmente pudo llevar a la construcción de una fortuna, por lo menos les permitió gozar de cierta respetabilidad dentro de la sociedad. La clase media se consolida en las ciudades de la costa, especialmente en Lima, que fueron las que ofrecieron mayores perspectivas de desarrollo.

La clase media llegó a convertirse, además, en la clase pensante por su acceso cada vez mayor de los jóvenes de este grupo a la educación universitaria; fue un grupo más bien crítico. Recordemos que los principales políticos de este período (Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui) así como los artistas e intelectuales más representativos (César Vallejo, Jorge Basadre, Luis Alberto Sánchez, José Gálvez, Raúl Porras Barrenechea, Martín Adán, José Sabogal, Jorge Guillermo Leguía) surgieron de familias de clase media. El acceso a la educación, por último, le permitió a estas familias una mejor organización de sus sistemas de vida, es decir, racionalizar sus gastos y desarrollar una apreciable capacidad de ahorro, formalizar mejor sus familias, utilizar todos los recursos que posee para aumentar sus ingresos y satisfacer mejor sus aspiraciones de acercamiento a los niveles sociales y económicos más altos. En Lima, por ejemplo, invirtieron en inmuebles y formaron barrios o distritos “mesocráticos” como Miraflores, San Isidro, Santa Beatriz, Jesús María, Lince o Magdalena del Mar.

La imagen corresponde a la celebración de los carnavales en Lima durante el Oncenio.

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El hecho de que niños, de muy corta edad, comiencen a aparecer en las revistas de principios del siglo XX es todo un cambio respecto a la mentalidad de los adultos frente a la infancia. En primer lugar, la paulatina disminución de la mortandad infantil, en los sectores altos y medios de la sociedad urbana, gracias a los avances de la medicina y la higiene, hace que se difunda una imagen idílica, feliz y optimista de la niñez. La sociedad quiere exhibir a sus niños bien vestidos, bien peinados, bien alimentados. Es todo un síntoma de que la infancia era merecedora de la atención de los adultos, fomentando la atención por el proceso de crecimiento y no solo por el resultado del mismo. La educación y la salud de los niños era parte del interés colectivo por el progreso, idea tan destacada por las elites de la época. De la mano del pensamiento de Rousseau, la crianza de los niños era un asunto prioritario de los padres. A las madres, en particular, se les invitaba a renunciar a los placeres mundanos para gozar de las alegrías que deparaba el cuidado de los hijos; y a los padres se les trataba de persuadir de que el jugar con los hijos pequeños y observar de cerca su desarrollo no atentaba contra su dignidad u hombría. Como sabemos, Rousseau partió de la idea de que los niños nacen buenos, con capacidad de razonar, y de que sus virtudes naturales solo necesitan ser desarrolladas.

También entre las clases medias y altas está el concepto del hogar como nido, el gran vivero de las virtudes. No aislar a los niños, como antes se hacía, en habitaciones apartadas sino dejar que padres e hijos formen un gran círculo compacto en los salones de la casa y en la cocina. Leer en voz alta, educar ellos mismos a los niños, dejarlos participar en las decisiones de la familia y fomentar el trabajo manual: se esperaba que los jóvenes así educados fueran buenas personas. La política de los padres es lograr que su hijo piense que el hogar es el lugar más feliz del mundo; imbuirles este precioso sentimiento es uno de los regalos más valiosos que el padre puede hacer. Una infancia feliz es la mejor preparación posible para la realidad y las penalidades del resto de la vida.

La imagen corresponde a la familia Ugarte (Cuzco, 1921) y pertenece al fotógrafo Martín Chambi.
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Si revisamos las páginas de Mundial, hay una doble visión de la mujer propia de una época de transición, como fueron los años 20: entre su rol tradicional y los nuevos espacios donde, de manera minoritaria, empieza a desenvolverse. Por un lado, reivindica la imagen “ideal” de la mujer, cuyo ámbito de desenvolvimiento es la familia. Insiste en el reparto tradicional de funciones entre los sexos: a la parte masculina de la población la responsabilidad del mundo exterior, el sustento económico, la defensa de la sociedad, su dirección política; a la femenina, el interior del hogar, la familia y los hijos. Una división que responde a una serie de controles transmitidos de generación en generación a través de la costumbre, la ley y la religión. En este sentido, del ideal “mariano” había un modelo para cada etapa de la vida femenina. Las señoritas la imitarán en su vivir con gravedad y recato; las casadas, centrándose en el cuidado de su familia. Como es fácil colegir de lo anterior, los únicos estados concebidos para la mujer son los relacionados con el matrimonio. Su misión en la vida, única, exclusiva, excluyente, se cifra en crear una familia y cuidar del esposo e hijos. En el hogar, ella es el ama, hace y deshace a su gusto con amplios márgenes de actuación, sobre todo en los sectores altos donde, incluso, el servicio doméstico quedaba bajo su competencia. Además, eran depositarias del honor propio y del grupo, en razón, de nuevo, de su función maternal. La idea del honor nacía de ese vivir frente a frente familias y sociedad, garantizando las relaciones entre lo público y lo privado.

Pero en las secciones propias de la “vida social” de la época, las fotos de Mundial ya muestran el nacimiento de otro tipo de mujer, con gran influencia norteamericana. Las chicas flapper (zapatos de tacones altos, medias de nylon, cinturas estrechas, faldas cortas, cigarrillo en la mano) se van convirtiendo en el paradigma del nuevo tipo de mujer independiente y emancipada que la época parecía haber creado. Se nota la importancia, por ejemplo, de que para el desarrollo de la personalidad femenina, la mujer pudiera disponer de un ámbito propio. Practicar deporte, asistir a fiestas o ir a algún paseo parecían revelar que en la sociedad, o una parte de ella, quería instalarse en una visión de la vida entendida como placer y confort. Era una explicable afirmación de vitalismo.

Para Basadre, en los años 20, el automóvil y las avenidas hicieron más rápida y libre la vida en las ciudades. Debido a ello, las mujeres comenzaron a vivir con una independencia que a sus mayores hubiera escandalizado o angustiado. También se hicieron evidentes otros cambios en la figura y sicología femeninas. Apareció el uso generalizado del lápiz labial y los polvos de maquillaje haciendo crecer el negocio de los cosméticos y de los salones de belleza. Las mujeres ahora fumaban y bebían en público, y usaban trajes de baño de una pieza y ceñidos. También se inició el gusto por los vestidos femeninos sin mangas o con mangas cortas y con faldas altas; se trataba de la moda que desde París dictaba Coco Chanel y que se podía ver en las páginas de la revista Vogue. Las prendas de seda desplazaron casi por completo a las de algodón y el color de las medias quiso imitar el de la piel; los peinados cortos reemplazaron a la abundante cabellera de suaves ondulaciones. Por último, ya no fue común aquella apariencia opulenta de las damas de antaño sino la figura delgada con un aire juvenil que se convirtió en el ideal de toda jovencita o de quien pretendiera parecerlo. Las mujeres comenzaron a buscar trabajo en almacenes y en las oficinas públicas y, en algunos casos a tener tiendas propias, y su número creció en las universidades; no faltaron tampoco las que manejaron sus propios automóviles. Por último, empezó por ese entonces la costumbre de los concursos internacionales de belleza femenina. En el de 1929, celebrado en Miami, representó al Perú Emma Mc Bride Miller, nuestra primera “Miss Perú”. En agosto de 1930, se retrató en Palacio con el presidente Leguía Enriqueta Burgos Avila, proclamada “Miss Perú” para concurrir al concurso mundial en Río de Janeiro; la elección en Lima fue auspiciada por La Crónica y Variedades.

La imagen que presentamos corresponde al archivo Courret.

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Podemos decir que los años 20 fueron de “resaca” y “recapitulación”. El mundo, tras haber experimentado el mayor conflicto nunca antes visto, la Gran Guerra (1914-1918), que había desmantelado no sólo buena parte de la economía europea sino diezmado su población, vio que la recuperación económica de esta década permitía augurar la llegada de "días felices". Existía la ilusión, tanto en Europa y como en los Estados Unidos, de que un conflicto tan devastador no podría repetirse, y que la propia racionalidad occidental, plasmada en la Paz de Versalles (1919), sería capaz de establecer los mecanismos necesarios para ello. En el Perú, la caída de la República Aristocrática, acompañada por una serie de huelgas obreras y marchas estudiantiles, quedaba atrás con el advenimiento al poder del carismático Augusto Bernardino Leguía, también en 1919. Su discurso optimista, su énfasis en promover las exportaciones y su política de endeudamiento externo convencieron a muchos peruanos de que el país estaba encarrilado, por fin, al tren del progreso.

El crecimiento económico hizo que los sectores medios y altos, especialmente en Lima, comenzara a buscar fórmulas de escape y evasión, en la conciencia de que el placer y la diversión podían acompañar eternamente sus vidas. Los progresos técnicos (el fonógrafo, la radio o el automóvil) permitían vislumbrar un mundo dominado por el ocio y la carencia de problemas, al mismo tiempo que se era consciente de estar viviendo tiempos de apertura en muchos terrenos, sobre todo con respecto a una sociedad de la República Aristocrática que se percibía como menos permisiva. Por ejemplo, el cine y los deportes se convierten en espectáculos de masas, llenando los tiempos de las conversaciones y los intereses populares. Al mismo tiempo, parece llegada una época en la que poco a poco irán, si no desapareciendo, por lo menos aminorando las distancias sociales y económicas. Los pedidos del sufragio universal, la participación de las masas en la política, el acceso más o menos generalizado a un empleo (sobre todo en la creciente clase media) permitieron alcanzar un estado de confianza y relativo bienestar.

Sin embargo, buena parte de los intelectuales no comulgaron de ese optimismo. Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, asì como los escritores indigenistas, fueron muy críticos del modelo creado por la Patria Nueva. El malestar por un país (¿nación?) en crisis, reforzado e incrementado en 1929 con el crack económico, desveló la realidad de un país donde la miseria nunca dejó de estar presente.

Los años veinte registraron también una progresiva liberalización de costumbres y, sobre todo, de la sexualidad. Ello se reflejó, por ejemplo, en el cine, que desde pronto comenzó la fabricación de "sex symbols" (Rodolfo Valentino y Douglas Fairbanks crearon los primeros arquetipos cinematográficos del héroe romántico). Por su lado, las mujeres empezaron a fumar en público y a frecuentar -no acompañadas- bares y lugares similares. Se generalizó el empleo de maquillajes faciales y de lápices de labios; las faldas se acortaron hasta la rodilla; la ropa interior femenina se simplificó y estilizó; los trajes de baño se redujeron de forma notable; el cuerpo pasó a ser objeto de atención especial para lograr su mantenimiento esbelto y bello. En fin, la sociedad “descubrió” la sexualidad femenina. La llegada de las imágenes a través del cine -o las revistas- introdujeron nuevos comportamientos. Las nuevas actitudes amorosas, por ejemplo, que los peruanos pudieron ver en el cinematógrafo, afectaron profundamente las relaciones entre hombres y mujeres. Si hasta 1900 las mujeres llevaban vestidos muy largos y los hombres trajes muy pesados, poco a poco la gente se va a despojar de todo lo que es indumentaria inútil, inadecuada para establecer una mejor relación el tipo de clima de la costa. Se inicia una especie de racionalización de la vida cotidiana, es decir, la gente quiere comportarse de manera más práctica.

Pero a pesar de estos cambios, muy urbanos y mesocráticos, la moral seguía siendo sumamente tradicional. Una moral machista, donde el espacio público (la calle o la política) estaba reservado para los hombres; el espacio privado (la casa), en cambio, era el reino de la mujer. La mujer era una especie de “objeto sagrado” que se conservaba al interior de las paredes del hogar y representaba la virtud y la moral de una familia.

La imagen que publicamos corresponde a una postal de Lima hacia 1920 (cgi.ebay.es)
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Berlin


Esta fotografía fue tomada en 1946, y pertenece al fotografo berlinés, de origen judío, Henry Ries, quien pudo escapar a tiempo de la persecución nazi y trabajar luego, como reportero, en el New York Times. Ries pudo volver a su ciudad inmediatamente después de la rendición nazi y captar imágenes como ésta. En ella se aprecia cómo, después de los terribles bombardeos, en medio de los escombros, lo que quedaba de la población berlinesa volvía a la vida (al fondo podemos observar lo que quedó del Palacio del Parlamento). Así renacía Berlín occidental, un trozo del mundo capitalista incrustado en lo que ya se perfilaba como la Europa soviética. Un puente aéreo, hace 60 años, la abastecía. Es sorprendente cómo el ser humano puede sobreponerse a las más duras tragedias. Por esos años, los alemanes ya tenían una idea más o menos clara de lo que había significado el régimen nazi; un año antes, por ejemplo, Europa "descubría" la verdad de los campos de concentración. En 1946 el Plan Marshalll aún ni se había planteado. Los berlineses debían emprender, en medio de la ruina, la reconstrucción de la capital histórica. Nada hacía presagiar el muy próximo "milagro alemán". Por estos días, el Museo de Historia de Alemania exhibe 300 fotografías de Reis, fallecido en 2004.

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una independencia, muchos caminos: el caso de Bolivia


En agosto de 2005, un grupo de historiadores (Manuel Chust, Jairo Gutiérrez, Armando Martínez, Juan Luis Orrego, Inés Quintero y María Luisa Soux) se reunió en Santa Cruz de la Sierra y decidió escribir un texto sobre la independencia de Bolivia desde una perspectiva iberoamericana; a este primer grupo, se unió otro de tres (Braz A. Brancato, Ana Frega e Ivana Frasquet). El resultado es este libro que, editado por la Universidad Jaime I de Castellón, acaba de salir a la luz en España.

Bolivia fue construida como estado-nación entre 1808 y 1826. Así, en este libro, la historia de Bolivia se ha escrito interpretando una historia política y social lejos de héroes mitológicos, de explicaciones maniqueas, de construcciones estrictamente nacionales y teleológicas, por nueve historiadores de "ambos hemisferios" que proponen un texto que explique la construcción de la nación y del estado boliviano desde una perspectiva diacrónica y espacial. El proceso que llevó a las provincias de la antigua Audiencia de Charcas a un nuevo estado-nación concitó varias posibilidades de existencia política en la circunstancia de la congregación de fuerzas armadas de diverso signo y variados actores en el altiplano andino de 1825. El desenlace, no planteado por ningún proyecto predeterminado, es la actual República de Bolivia.
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la ilusión del progreso


Mi libro (Lima: PUC, 2005) es un ensayo que busca ampliar la comprensión de la formación del Estado-nación en el Perú en el siglo XIX, a la luz de las experiencias de otros países de América Latina. El tema es complejo no sólo por el proceso histórico mismo (entre 1820 y 1860, luego de la “victoria política” de los insurrectos, se dio una serie de hechos que dramáticamente obstaculizaron la formación de la joven República peruana, pasando de un Estado revolucionario a un Estado republicano, también llamado “nacional”) sino porque, a nivel historiográfico, el tema podía plantearse desde diversas perspectivas y siempre generar debate.

Mi intención es demostrar que, en el periodo en cuestión, hubo en el Perú grupos políticos de diverso origen, ya sea por su ocupación (militares, civiles, intelectuales o empresarios) o por su orientación ideológica (“liberales”, conservadores, “nacionalistas” federalistas, centralistas, proteccionistas o librecambistas), que intentaron articular proyectos de ordenamiento o reestructuración del Estado con el fin de garantizar el orden interno y encaminar al país por la senda del “progreso”, término tan invocado por las elites decimonónicas. De estos grupos, escogí tres, relativamente articulados (el proyecto autoritario de Manuel Ignacio de Vivanco, el programa “liberal” del Club Progresista y la opción pragmática de Ramón Castilla), como también pude en parte abordar otros que operaron en el mismo periodo (el “panperuanista” con énfasis andino de Agustín Gamarra o el confederativo con vocación internacionalista de Andrés de Santa Cruz).

El trabajo, además, pretende ensayar una “historia comparada” recurriendo a otros escenarios históricos similares ocurridos en algunos países de América Latina. Dentro del abanico de posibilidades, elegí las experiencias de Chile, Argentina, Ecuador y México ya sea por ser escenarios análogos (Ecuador y México, con fuerte presencia de población indígena), marcadamente opuestos (Argentina, país “vacío” que se reinventa con la inmigración europea) o por intenso contacto político y comercial con nuestro país (Chile).

En resumen, el objetivo es presentar las ideas y objetivos que rodearon a estos tres movimientos (el vivanquismo, el Club Progresista o el castillismo), establecer qué grupos de presión o de interés los apoyaron, y escudriñar hasta qué punto esos proyectos eran viables teniendo en cuenta la compleja realidad peruana del siglo XIX. Este análisis se hace tomando en cuenta el discurso político del "vivanquismo" y del "Club Progresista" (a través de sus periódicos La Guardia Nacional y El Progreso, respectivamente) y de las medidas pragmáticas y clientelistas de Ramón Castilla.
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Esta conmemoración estuvo más politizada que la emprendida por Leguía en 1921, año del "Centenario". El Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, presidido por el general Juan Velasco Alvarado, estaba en la “apoteosis” de su plan revolucionario. Ya se había nacionalizado el petróleo, las empresas extranjeras estaban ya confiscadas, los medios de comunicación casi controlados y la Reforma Agraria se encontraba en plena aplicación. Al abolir el "orden oligárquico", la dictadura militar asumía que estaba alcanzando la “segunda independencia del Perú”.

Esto quedó claro el 8 de septiembre de 1970 cuando se conmemoraron los 150 años del desembarco de San Martín. En un discurso, en la misma Bahía de Paracas, Velasco exhortó a los países latinoamericanos al logro de la segunda independencia, puntualizando que la revolución de hoy es, de este modo, heredera histórica de esa primera lucha por nuestra independencia… y señaló que así como los libertadores hace 150 años fueron capaces de vencer el poderío combinado de una alianza similar, así nosotros, los revolucionarios de hoy, seremos también capaces de hacer prevalecer la causa de la justicia latinoamericana en cada uno de nuestros pueblos. Recordemos que este discurso se dio en el contexto del triunfo electoral de Salvador Allende en Chile y las negociaciones para la creación del Pacto Andino.

El 28 de julio de 1971 se celebró el Sesquicentenario de la Independencia Nacional. El presidente Velasco, en su discurso a la Nación, sostuvo que su Revolución era continuadora de la gesta libertadora de hace 150 años y que nos llevaba a la segunda independencia; el Presidente precisó que el rumbo de su gobierno iba hacia la construcción de una sociedad igualitaria y de participación plena…. Con ocasión del Sesquicentenario, el semanario Oiga, a la pregunta sobre si consideraba consolidada la Revolución, Velasco respondió: Sí, en el sentido de que ya nadie duda de que ella es una verdadera transformación de las viejas estructuras políticas, económicas, sociales y culturales y no tan solo una etiqueta para encubrir su simple modernización.

Con ocasión del Sesquicentenario, obviando los actos académicos y protocolares, podemos citar las siguientes obras:

1. Se inauguró el obelisco en la Bahía de Paracas para conmemorar el desembarco de la Expedición Libertadora al mando de José de San Martín (8 de septiembre, 1820-1970).
2. Se inauguró el Parque o Monumento a los Precursores y Próceres de la Independencia en la avenida Salaverry (Jesús María) en un anexo de lo que antiguamente se llamaba el “Parque Matamula”. Este monumento lo que intenta destacar es el “aporte peruano” a la independencia; es decir, una posición nacionalista que deje un tanto de lado los aportes extranjeros (San Martín y Bolívar) a la independencia nacional.
3. Se refaccionó y se puso en valor (se reconstruyó el techo y varios ambientes) lo que ahora es el museo de Pueblo Libre, la casa de campo de La Magdalena, donde residieron por algún tiempo los libertadores San Martín y Bolívar.
4. Se publicó la monumental Colección Documental de la Independencia del Perú, con más de un centenar de volúmenes. Esta colección publicaba, prácticamente, todos los documentos relacionados a la independencia que se encontraban en los diferentes archivos del país. Académica y culturalmente, fue el principal aporte en esta conmemoración; una obra muy valiosa para los historiadores e investigadores.

Cabe destacar que el 15 de julio de 1971, en la Municipalidad de Lima, se conmemoraron los 150 años de la firma del Acta de la Independencia por el Cabildo de la ciudad (15 de julio de 1821). A la ceremonia asistió Velasco, y el discurso estuvo a cargo del alcalde de entonces, el ingeniero Eduardo “Chachi” Dibós Chapuis.
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Los orígenes de esta hacienda se remontan al año 1539 cuando se crea la Doctrina del Pueblo de Surco que abarcaba hasta los terrenos de los actuales distritos de Chorrillos y Barranco. Se otorgaron en encomienda muchas villas y fueron los mercedarios los más favorecidos con huertas y chacras; la jurisdicción parroquial fue puesta bajo la advocación del Apóstol Santiago. Su cercanía al mar, buenos vientos, pasturas, remansos y acceso al panllevar, la convirtieron en una suerte de villa de descanso para los habitantes de Lima, desde Virreyes y oidores hasta funcionarios de toda clase. Los terrenos de la hacienda Higuereta (que debe su nombre a la próspera industria frutícola de la zona) y de la hacienda Vista Alegre fueron pasando por muchos propietarios, desde la Colonia hasta la República. Entre ellos destacaron la Orden de La Merced, don Manuel Martínez de Aparicio, Conde de Montecarmelo, para, finalmente, ser adquirida por un inmigrante italiano de apellido Venturo en los primeros años del siglo XX. Uno de sus hijos, don Pedro Venturo, la llevó a niveles serios de productividad frutícola, vitivinícola y otros derivados como el vinagre balsámico. Asimismo, como hacienda ganadera, destacó su actividad lechera y la crianza del caballo peruano de paso. La hacienda fue urbanizada hacia la década de 1960 y ocupa las actuales urbanizaciones de Higuereta, Chama, Leuro, La Calera, San Antonio y La Aurora. La casa-hacienda subsiste, pero no se tiene certeza de que haya sido este edificio el original; en todo caso, puede haber sido un anexo o una vivienda para el administrador de los fundos Higuereta y Vista Alegre. La casa se ubica en la avenida Simón Salguero, Chama, Surco.

Con la hacienda Higuereta culminamos nuestra serie de entregas sobre la historia "agrícola" de Lima. Queremos agradecer los comentarios recibidos, muchos de ellos con interesantes observaciones y sugerencias.
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La antigua hacienda Orbea era vecina de San Miguel y Colmenares, hoy en pleno distrito de Pueblo Libre. En la segunda mitad del siglo XVIII, su propietario era el vasco Diego José de Orbea y Arandia. Durante la época de la emancipación, pasó a ser propietaria doña Micaela de la Puente y Querejazu y su esposo don Isidro Cortazar y Abarca, Conde de San Isidro, alcalde Lima en los días de la Independencia. Actualmente, esta casona es propiedad de la familia De la Puente. Como parte de su encanto interior, conserva una capilla de estilo barroco y ambientes con muebles y cuadros de alto valor histórico y artístico, además de un bello huerto adornado de pilares zoomorfos. Cuando funcionaba la hacienda, el primer piso estaba destinado a depósito y almacén; la vivienda familiar ocupaba la segunda planta.

El historiador José Agustín de la Puente Candamo, actual propietario de Orbea, recuerda así la casa en sus años de juventud: Y en este marco, con características análogas, está la casa de Orbea que el cariño y dedicación de mis padres conservó en una época de desdén frívolo frente a lo criollo, nuestro. Las amplias escalera, los patios en contorno, los corredores de los altos, la terraza para sacar semillas, la “galería”, el Oratorio, la bodega con las grandes tinajas enterradas para la “fábrica de aceite”, la huerta con árboles diversos, las “colcas”, la vivienda de los trabajadores con un ancho patio delantero. Y el estanque, y el pozo, y el establo inmediato y los gallineros. Los anchos muros de la planta baja fabricados con grandes piedras en los cimientos y con adobe ancho y más largo que el actual, la “quincha flexible” y funcional de nuestra costa, los techos altos, las puertas de varios paños, el ladrillo “pastelero” de uso habitual en interiores, los entablados con maderas de un ancho desusado hoy día y en otras piezas el “machihembrado”. Y la buganvilla, y la “bellísima”, y las tinajeras (citado de José A. de la Puente Candamo, Magdalena Vieja: recuerdos de una larga historia. Lima, 1986, p. 105-106).

Mañana hablaremos de la hacienda Higuereta
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De la antigua hacienda, hoy podemos apreciar la señorial casa-hacienda, propiedad de los Moreyra Paz-Soldán, que está provista de una hermosa capilla, un sótano y algunas catacumbas. En tiempos de la independencia, doña Rosa Gutierrez de Cossío, Condesa de San Isidro, entroncada en la más alta aristocracia de Lima virreinal, ofreció una recepción al Libertador, general don José de San Martín. Actualmente, esta residencia es utilizada, con gran parte de su mobiliario original, como restaurante de gran atractivo turístico.

Luego de una muy larga historia de las tierras que eventualmente conformaron la hacienda de San Isidro (que a fines del período pre-hispánico y primeras décadas de dominio español pertenecían aún al curacazgo de Guatica o Huatica, y luego fueron adquiridas por Antonio de Ribera en la segunda mitad del siglo XVI, quien fue el introductor de los olivos), la hacienda perteneció, en la segunda mitad del siglo XVIII, a doña Rosa de la Fuente y González de Argandoña, condesa de Villar de Fuentes. Esta señora vendió la hacienda, por esos años, a doña Rosa María Gutiérrez de Cossío y Fernández de Celis, III condesa de San Isidro por herencia de su padre, y a su segundo esposo (y primo hermano) don Isidro de Abarca y Gutiérrez de Cossío. Es por lo mismo que la hacienda habría recibido -en el último cuarto del siglo XVIII- el nombre por el que hoy conocemos al distrito, por la denominación del título condal de los dueños de dichas tierras en aquellos años, que pertinentemente recuerda al santo patrono de los labradores (San Isidro). La III condesa de San Isidro y su primer esposo don Jerónimo de Angulo tuvieron una sola hija, llamada doña María del Carmen de Angulo y Gutiérrez de Cossío. Al enviudar la madre y casar por segunda vez con su referido primo don Isidro de Abarca, al mismo tiempo casó a su hija adolescente con el hermano de aquel, llamado don Joaquín de Abarca y Gutiérrez de Cossío. Al morir doña Rosa María, la heredó como IV condesa de San Isidro -y propietaria de la hacienda- su mencionada hija María del Carmen de Angulo, quien al enviudar de su primer esposo (y tío) casó a comienzos del siglo XIX con don Luis Manuel de Albo y Cavada. No tuvo hijos con ninguno de sus dos esposos. Don Luis Manuel de Albo heredó la hacienda de San Isidro de su mujer y falleció antes de la Independencia, dejando la propiedad a su hermano don José Antonio de Albo y Cavada. La propiedad era un bien libre no atado al título condal de San Isidro, pero el mayorazgo de dichos condes tenía impuesto sobre ella un capital de 20,000 pesos colocados a censo (una especie de hipoteca).

El dueño de dicho censo fue el V conde de San Isidro, don Isidro de Cortázar y Abarca, que fue primo de la IV condesa y heredero de su título (trasmitido por derecho de sangre y no de matrimonio, como sí lo fue la hacienda). Fue alcalde de Lima en 1821, cuando se proclamó la Independencia del Perú. El V conde falleció en 1832 y los derechos a la referida los heredó su viuda, pues para entonces (en 1829) ya se había dado la “ley de desvinculación” que liberaba los bienes de la atadura legal de los mayorazgos, y podían ser heredados como bienes libres. La viuda era doña Micaela de la Puente y Querejazu, para entonces ex condesa de San Isidro (pues los títulos también habían sido abolidos) e hija de los V marqueses de Villafuerte. Doña Micaela no vivió nunca en la casa hacienda de San Isidro, y murió loca en su casa limeña en la calle de San Pedro, en 1834. El albacea (y al parecer en partes heredero) de dicha condesa fue su abogado, el doctor don Francisco Moreyra y Matute, casado con doña Mariana de Abellafuertes y Querejazu (prima hermana de la referida última condesa consorte de San Isidro). Moreyra hizo valer el importe del antiguo censo de los condes de San Isidro en un concurso de acreedores a los bienes de José Antonio de Albo y Cavada (hermano del segundo consorte de la IV condesa de San Isidro, doña María del Carmen de Angulo y Gutiérrez de Cossío) y de tal forma obtuvo la propiedad de la hacienda.

Más adelante, por diversas dificultades, Francisco Moreyra perdió la propiedad, que eventualmente pasó a los Paz-Soldán. Sin embargo, el casamiento de la heredera de éstos con un Moreyra, a fines del siglo XIX, devolvió San Isidro a esta última familia. Sería lotizada a partir de los años de 1920, cuando la apertura de la avenida Augusto B. Leguía (hoy Arequipa), se convirtió, con el tiempo, en uno de los mejores suburbios residenciales de la creciente Lima.

Mañana hablaremos de la hacienda Orbea (Pueblo Libre)
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Era un fundo ubicado entre lo que es hoy San Isidro, Miraflores y Surquillo. Su casa-hacienda es una curiosidad que pocos advierten. Claro que está muy remodelada y hoy es sede del Ministerio de Justicia, ubicado en la calle Scipión Llona 350, Miraflores. La construcción es moderna, neo-clásica, pero tiene aún el patrón del antiguo cortijo español, primer referente de la casa-hacienda costeña colonial: entrada amplia en terraplén, grandes patios, arquerías interiores, mamparas grandes y ventanales en arco al estilo sevillano. La casa-hacienda original fue demolida.

El origen de esta hacienda se remonta a la cesión dada por el marqués don Francisco Pizarro a la Orden de La Merced, el 18 de mayo de 1541, de los terrenos que por ese entonces se conocían como “Chácara (sic) de Surquillo” o “chacra de Surquillo”, cuya extensión iba desde los barrancos hasta los linderos del actual distrito de Surco. Pero esta facultad de otorgar estos campos no se refería a la propiedad, razón por la cual el cacique de Surco, Tantachumbe, y el encomendero español Antonio del Solar las reclamaron. Sin embargo, el requerimiento no prosperó y se dejó la propiedad dividida entre el Monasterio de La Merced y estos dos socios particularmente originales (uno, el conquistado y el otro el conquistador, pero socios al fin y al cabo). En 1594, al hacerse el deslinde entre las tierras bajo jurisdicción mercedaria y aquellas de propiedad civil, se delimitó el terreno actual del fundo Barboncito.

Durante la Colonia y los primeros años de la República, el fundo se mantuvo como anexo de las grandes propiedades que tenían los Mercedarios en Surquillo, hasta que en 1814 don Juan José de Leuro lo toma en propiedad, anexándolo a un fundo más grande que sería conocido como Fundo Leuro. En 1852, pasa a manos de don Manuel Martínez de Aparicio, Conde de Montecarmelo, quien lo toma en enfiteusis (suerte de "leasing" de la época). Años antes, en 1849, este caballero tomó en propiedad varias chacras de la Orden de la Merced, entre ellas dos de las más importantes: Surquillo y La Calera de La Merced. Martínez de Aparicio entonces se hace dueño de varios fundos y chacras, desde Surquillo, La Calera, Leuro, pasando por Barboncito (actual Avenida Aramburu, hospital de la FAP y avenida Arequipa) y terminando en lo que es el actual centro de Miraflores (Av. Ricardo Palma, Porta, Esperanza, Paseo de La República, Alcanfores y Larco). A principios del siglo XX, don José Antonio Dapelo Melo, de origen italiano y portugués, y su esposa, doña Otilia Vargas Dulanto, hija de los Condes de Torreblanca (propietarios de la Hacienda Torreblanca en el Valle de Chancay y emparentados con los Condes de Montecarmelo, los Martínez de Aparicio), toman en propiedad el fundo Barboncito que iba desde la actual avenida Arequipa hasta la zona industrial del vigente distrito de Surquillo, dándole una carácter más agroindustrial al explotar en sus campos frutales y establos lecheros para el consumo urbano. El hijo, don José Antonio Dapelo Vargas, iniciaría en este fundo una línea genética de caballos peruanos de paso que (junto a los esfuerzos de don José Antonio de Lavalle, marqués de Premio Real), recuperarían la raza nacional. El fundo Barboncito subsistiría hasta la década de 1950 cuando, por iniciativa de Dapelo Vargas, se iniciaría el proyecto urbanizador como parte del plan de vivienda del general Manuel A. Odría. Así, se construyó, por ejemplo, la Unidad Vecinal Barboncito, el Hospital de la FAP y el Hogar de la Madre; también se lotizaron parcelas grandes para la construcción de villas al estilo mediterráneo, como la Casa Berckemeyer, entre las avenidas Arequipa y Petit Thoars.

Era costumbre en Barboncito, todos los 24 de junio, que se ensillasen los mejores caballos de paso de la hacienda, potros de ser posible; desde el Fundo Barboncito salían montados y bien aperados con monturas de cajón, chapeadas en plata, estribos de punteras y pellones sanpedranos: hacendados vecinos al fundo (San Isidro, Santa Cruz, La Merced, La Higuereta, Camacho, etc.), vestidos con ponchos de vicuña, sombreros de ala corta de jipi japa y espuelas de plata, enrumbaban por la Av. Arequipa, tomando el camino real de las haciendas Orrantia, Risso o Lince y Santa Beatriz y de ahí entraban por el fundo Chacra Ríos, luego por la Av. Alfonso Ugarte y, cruzando el Puente Santa Rosa, llegaban al Rímac, a la zona que se conoce como Pampa de Amancaes para las exhibiciones que solían hacer los hacendados limeños para conmemorar el Día de San Juan, costumbre muy limeña que databa de la Colonia y que la hacían perdurar los hombres de campo de Lima, sobre todo para mostrar los mejores ejemplares del caballo peruano de paso que se criaban en los distintos fundos que rodeaban la ciudad. Este es el origen, quizás, de los actuales concursos y cotejos de caballos peruanos de paso.

Mañana hablaremos de la hacienda San Isidro.
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Durante el Virreinato, esta hacienda perteneció a la orden de los dominicos y la casa-hacienda original ya no existe. Cuando la familia Brescia la compró, a finales del XIX, construyó otra casa-hacienda, totalmente republicanizada y modernizada sucesivamente. Hoy la podemos ver entre las avenidas Javier Prado y Paseo de La República, y son las actuales oficinas del grupo empresarial Brescia. Sin embargo, como mencionaremos más abajo, ésta debió ser un anexo de la hacienda San Borja. Se desconoce dónde quedaba la casa-hacienda original pues el terremoto de 1940 destruyó las ruinas de ésta, no quedando documento alguno ni en la Municipalidad de Surco ni en la de Surquillo que confirme su ubicación. La casa-hacienda que actualmente subsiste es de estilo neo clásico, moderno y puede ser una construcción hecha sobre la original que se derrumbaría en el citado sismo.

En la Colonia, la hacienda Limatambo tenía rasgos propios, como haber sido uno de los centros religiosos prehispánicos más importantes en el Valle de Lima, después del adoratorio de Pachacamac. Asimismo, funcionaba en Limatambo un hospital de indios, donde acudía recurrentemente San Martín de Porres a atender a los indios yungas enfermos instalados en ese lugar. Los jesuitas sin embargo, no fueron los primeros propietarios. El primer encomendero de esta hacienda fue el secretario del marqués don Francisco Pizarro, Antonio Picado. Posterior a la muerte de éste funcionario en manos de los almagristas, la propiedad pasó a manos de la Real Audiencia, hasta que en el año de 1568 los terrenos de Limatambo y aledaños pasaron a ser operados por la Hacienda San Borja, de los jesuitas. Estos terrenos comprenden desde la avenida Paseo de La República, Corpac, San Borja hasta Chacarilla del Estanco o del Estanque. Como anexo debió aportar panllevar, pues el fundo San Borja ya consignaba un perfil agroindustrial y agroexportador importante. Posterior a la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles, en 1767, la hacienda pasó a ser administrada por la Junta de Temporalidades la que derivó su venta a distintos propietarios quienes la administraron sin mucho éxito, reduciéndola a un fundo de panllevar, establo y huerta. Pero a finales del siglo XIX, una familia de origen italiano y de perfil altamente empresarial, los Brescia, toma el control de estos de estos terrenos. Un descendiente de este tronco familiar, Pedro Brescia decide iniciar durante la década de los 60 el proceso de urbanización de la hacienda, construyendo lo que a la postre sería el suburbio de San Borja, anexándolo a la Municipalidad de Surquillo en un inicio, hasta su escisión en 1983, creándose el actual Distrito de San Borja.

Mañana hablaremos de la hacienda Barboncito.
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CASA-HACIENDA MONTERRICO GRANDE.- Esta propiedad y sus anexos –entre ellos, el fundo Mayorazgo- se convirtieron en un emporio agro-exportador de algodón y azúcar para los mercados emergentes de Europa entre finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX. Fue, además, una de las primeras haciendas de Lima en incluir maquinarias modernas, incluso una locomotora (la “Chuquitanta”). Asimismo, procesaba las fibras de algodón que colocaba en las fábricas textiles que se establecieron en Vitarte. Hacia mediados de los años 60, seguía operando, pero el golpe militar y la reforma agraria, así como la migración y la expansión urbana de Lima, hizo que los terrenos de esta hacienda se convirtieran en zona residencial e industrial. Caso curioso, y poco frecuente, es que la casa-hacienda todavía existe y es ahora el restaurante “La Hacienda Monterrico Grande” en la avenida Los Constructores 951, La Molina.

Durante la colonia, esta hacienda tuvo distintos propietarios pero, hacia el año 1765, se distinguió don José Toribio Roman de Aulestia, primer marqués de Montealegre de Aulestia, quien fuera Rector de la Universidad de San Marcos, propietario de la hacienda Melgarejo en el valle de Ate y La Molina. Siendo el primogénito se le concedió el "mayorazgo", fórmula legal que subsistió hasta bien entrada la República, en la que la herencia, tanto paterna como uterina -aunque hubiese mujeres que lo preceden-pasaba al primer hijo varón de la sucesión. El título pasó años más tarde a don José de la Riva Agüero y Osma; como descendiente por línea materna del primer marqués, recayó en él el mayorazgo. En 1906, la hacienda Monterrico Grande fue rentada por don César Soto en sociedad con don Tomasso o Tómas Valle empresario de origen Italiano y contaba con una extensión que ocupaban los fundos del Asesor, Mayorazgo, Cárdenas, Melgarejo, que pertenecían al Valle de Ate, hoy los distritos de Ate-Vitarte y La Molina.

Mañana hablaremos de la hacienda Limatambo.


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CASA-HACIENDA CUEVA.- La casa es, hoy en día, la sede del Museo Larco (fundado por Rafael Larco Hoyle) y tiene algo muy curioso: fue construida sobre el terraplén de una huaca de la cultura Maranga (Intermedio Tardío), que convirtió la zona en un vasto centro religioso por la cantidad de huacas que encontraron los españoles en el siglo XVI. Pero la casa-hacienda original fue transformada casi en su totalidad por el fundador del museo y es lo que apreciamos hoy. Larco la reconstruyó siguiendo las normas arquitectónicas del siglo XVIII e incorporó rejas, puertas, columnas, vigas y cerrojos de la casa solariega de los marqueses de Herrera y Villahermosa en Trujillo. Cuando fue alcalde de Trujillo, don Rafael había intentado proteger la casa como monumento histórico pues era uno de los mejores ejemplos sobrevivientes de la arquitectura colonial. Más adelante, sin embargo, intereses políticos permitieron que se demoliera la casa, aunque estos pocos elementos dan al museo una apariencia colonial, en otros aspectos es moderna. Posee 6 salas de exhibición más un sótano para la exposición de objetos de oro y plata, 11 habitaciones de almacén, 4 oficinas que sirven de biblioteca, laboratorio y taller, un jardín, patio, terraza donde se exhiben los objetos más grandes de piedra. En los planes de la época en que Larco murió (1966) se incluía la incorporación de una sala de conferencias. Don Rafael estaba particularmente orgulloso del hecho que el museo con todas sus colecciones, sus publicaciones, el personal y los edificios habían sido desarrollados de manera privada, sin la ayuda directa o indirecta del gobierno.

la historia de la hacienda Cueva se remonta al 14 de agosto del 1557 cuando se creó la Doctrina de Santa María Magdalena, bajo jurisdicción de la Orden Franciscana. Los terrenos de esta jurisdicción doctrinal y parroquial fueron donados por don Gonzalo Cacique Taulichusco, hijo de Taulichusco el viejo. Al parecer, la Huerta de La Magdalena, como era conocida durante la Colonia y entrada la República, comprendía muchas rancherías y chacras. Entre ellas las más destacadas, hasta bien entrado en siglo XIX, eran Orbea y Cueva. Como anotamos más arriba, la casa-hacienda fue edificada sobre una huaca. Presumiblemente los primeros propietarios, los franciscanos, usaban este ardid como parte de su doctrina de extirpación de idolatrías: construyendo una edificación cristiana sobre una pagana. El terraplén que lleva a la casa-hacienda así lo demuestra, siendo éste un claro vestigio del origen pre-hispánico del edificio, donde opera actualmente el Museo Rafael Larco Hoyle.

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Antes de que empezara la expansión urbana de nuestra capital, cuando aún estaban las murallas, en los “extramuros” de Lima había una infinidad de propiedades rurales entre haciendas, fundos, chacras, establos y huertas. Sin exagerar, unas 800 que, a “grosso modo”, representaban unas 8 mil hectáreas de cultivo entre los valles del Chillón, del Rímac y de Lurín. Esa era la verdadera “despensa” de Lima. Cuando la ciudad empieza su expansión, ya en el siglo XX, todas aquellas propiedades fueron desapareciendo, absorbidas por el cemento, símbolo de la “modernidad”, y Lima empezó a depender del abastecimiento de otras “despensas” como la sierra central, el "Sur chico" o el "Norte chico".

La mayoría de limeños no sabe que muchos de los distritos, barrios o zonas residenciales de la actual Lima conservan el nombre de algunos de aquellos fundos y haciendas. Así, hacia en Norte del “Cercado” teníamos Carabayllo, Bocanegra, Oquendo, Maranga, Pando, Orbea, Cueva, Chacra Colorada, Chacra Ríos; por el Sur, Santa Beatriz, Lince, Lobatón, Risso, Barboncito, San Isidro, Orrantia, San Borja, Limatambo, Surquillo, Higuereta, La Calera, San Juan de Villa; por el Este, Camacho, Chacarilla del Estanque, Monterrico Grande, Monterrico Chico, La Molina, Mayorazgo, etc.

Por ejemplo, la hacienda San Borja, en el siglo XVIII, pertenecía a la Compañía de Jesús; Chacarilla de Santa Cruz (fue de los dominicos y ya no queda casa-hacienda); Surquillo (de los mercedarios y no hay casa-hacienda); San Borja (de los jesuitas y luego de los condes de Casa Dávalos, amén de otras muchas manos en tiempos republicanos); Orrantia (de la familia del mismo nombre); Breña (de los Labiano y luego de los de Reyna y Arriz, los Nosiglia, etc.); Lobatón (de los Jiménez de Lobatón, hoy parte de Lince); Santa Beatriz (de los marqueses de Torre Tagle, luego de los Ortiz de Zevallos y luego de varios propietarios más); etc.

Actualmente, en el perímetro de Lima metropolitana, podemos observar muy pocas de las casas-hacienda de origen colonial o republicano. Prácticamente, son cinco: San Isidro, Orbea, Cueva, Monterrico Grande, Barboncito e Higuereta; todas, evidentemente, han sufrido transformaciones o, en todo caso, solo podemos observar fragmentos de las construcciones originales.

Antes de mencionar los ejemplos que vemos en Lima metropolitana, debemos decir que la casa hacienda no fue únicamente residencia de sus propietarios sino hasta tiempos recientes. En realidad, ella era una suerte de centro hacia el cual convergían todas lasa actividades de la finca –e, incluso, en ciertos casos, las de la comarca entera-, desde las propiamente económicas hasta las sociales, culturales y religiosas. Es por ello que tenía grandes dimensiones y los espacios que la componen son muy diversos. La casa hacienda, entonces, fue construida para controlar ese microcosmos sencillo en apariencia, pero complejo por los intereses, mentalidades y jerarquías que lo habitaban., y ese hecho se refleja en cada uno de sus aspectos.

Esto lo demuestra, por ejemplo, su ubicación. Debía ser en un lugar dominante, sea éste una colina, una huaca o la entrada al territorio de la hacienda. Naturalmente, la ubicación de la casa se determinaba por otros factores. Entre ellos, el más importante era el abastecimiento de agua. Esta podía venir de un manantial o de un pozo o llegar a través de una canalización.

Para el historiador José A. de la Puente Candamo, estas eran las características de la casa-hacienda limeña: Generalmente de dos plantas, de adobe y “quincha”, con techos altos, roble, cedro, caoba, luma, entre las maderas; patios en contorno; colca, establo, corrales, gallineros. Igualmente, vivienda para los trabajadores y “Oratorio” (citado de José A. de la Puente Candamo, Magdalena Vieja: recuerdos de una larga historia. Lima, 1986, p. 102).

A partir de hoy, iniciaremos un recorrido por las casas-hacienda de Lima, cuyos restos aún podemos encontrar en el perímetro metropolitano; cada día hablaremos de una de ellas. Debo agradecer la gentil ayuda de Eduardo Martín Recoba, gran estudioso y apasionado del tema; asimismo, mucha de esta información fue prorcionada al programa "A la vuelta de la esquina" (Canal 6), del cual soy asesor histórico.
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Sin duda, un hombre polémico, avasallador, con gran genio, que dividía o desataba pasiones. Así era Bolívar. También es cierto que su presencia en el Perú dio inicio a la etapa más cruenta, dramática y destructora de esa guerra civil que fue la lucha por la Independencia. Fue la época en que se extendieron los cupos de guerra, los secuestros al patrimonio de los que no estaban al lado de la causa patriota y de la persecución o exilio de los opositores al Libertador (Riva-Agüero, Torre Tagle, Luna Pizarro, Guisse y muchos más).

De todo eso da cuenta, y con detalle, el reciente libro de Herbert Morote ("Bolívar. Libertador y enemigo número 1 del Perú". Lima, 2007). Un libro, además, que busca capitalizar la actual coyuntura política de la región frente al discurso expansionista de Hugo Chávez. Ya desde el título, el autor, quien no es un historiador profesional, toma partido y rebusca en los cajones de la historia un conjunto de pruebas para demostrar lo supuestamente nefasta que resultó la influencia bolivariana en nuestro país y, sin decirlo abiertamente, las terribles consecuencias que podría generar esta nueva versión “bolivarianista” que ronda por América Latina.

El libro, sin embargo, no aborda la verdadera dimensión histórica de Bolívar y su relación con el presente. Y ya es hora que los historiadores, especialmente los peruanos, tomen nota de esto. Bolívar no vino al Perú a actuar como militar sino como político, como un hombre que está inmerso en la concepción de lo que es la civilidad. Hay que recordar que fue redactor -y crítico- de constituciones. Si hubo algún hombre que concibió siempre la espada dentro del código fue Bolívar, aunque a él le molestaban mucho los congresos porque le creaban dificultades para la manejar la guerra contra los realistas. Para Bolívar, la Independencia –como nos recuerda el notable historiador venezolano Germán Carrera Damas- es la creación de las condiciones para ejercer la libertad. Abolida la Monarquía se establece la República. Y la República es el ámbito de la libertad. El Libertador es conciente que la República, liberal y democrática, era una tarea mucho más difícil y prolongada que la Independencia misma, que podía, en última instancia, resolverse por medio de la fuerza. La libertad, en cambio, solo es posible por la vía de la evolución de la sociedad, y nosotros éramos profundamente monárquicos (no hay que olvidar que casi tres siglos habíamos vivido leales a un Rey). El único gobierno que los peruanos hemos defendido hasta el final, y con mucha sangre en el camino, fue el de Fernando VII. Convencer a los peruanos de que ellos representaban la fuente fundamental de la nacionalidad y, por consiguiente, de la legitimación del Poder Público, fue la tarea que hicieron Bolívar y sus colaboradores, hombres que lucharon por ese proyecto republicano (como Sánchez Carrión, por ejemplo). Pero ello tenía –y tiene- su costo, porque todavía hoy, en los niveles más íntimos del inconciente colectivo peruano, hay un poco de Fernando VII al acecho.

Por último, para salir de dudas, la retórica boliviariana actual, que descontextualiza, usa y manosea a su antojo la figura del Libertador, es una perversa trampa histórica cuyo objetivo global es la demolición de la República. En otras palabras, pretende hacer todo lo contrario de lo que ansiaba Bolívar: sustituir la República por un remedo de Monarquía.
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¿Qué ha significado el fútbol en la cultura de masas? Aquí presento un interesante texto de Eric Gonzáles aparecido en "Babelia", suplemento cultural del diario El País de España.

La industrialización acelerada del siglo XIX legó al siglo XX dos fenómenos de masas curiosamente hermanados: el marxismo y el fútbol. Ambos nacieron de la inmigración urbana, de la crisis divina y, en definitiva, de la alienación del nuevo proletariado. El marxismo propuso como soluciones la socialización de los medios de producción y la hegemonía de la clase obrera. El fútbol propuso un balón, once jugadores y una bandera. A estas alturas, no cabe duda sobre cuál era la oferta más atractiva.

Lo esencial en el éxito del fútbol no es el balón, ni el jugador, sino la bandera: un factor de identificación pública estrictamente irracional. Conviene aclarar este punto. Antes de que las masas quedaran huérfanas, el deporte se basaba en el héroe. El gran deportista, modelo de virtudes, encarnaba las aspiraciones colectivas. En la Europa continental, esto fue así hasta bien entrado el siglo XX.

Resulta significativo que los dos diarios deportivos más antiguos de Europa, "La Gazzetta dello Sport" (1896) y "El Mundo Deportivo" (1906), nacieran para informar sobre ciclismo. La reina de los sueños pobres era la bicicleta. El héroe era un tipo flaco que pedaleaba, encorvado sobre el manillar, dejándose el culo y los pulmones en cuestas sin asfaltar. Pero al ciclismo, tan rico en metáfora literaria, le faltaba metáfora social. La época no era de individuos, sino de masas. Y el ciclismo no conseguía expresar ciertas claves totémicas: el clan, el templo, la guerra, la eternidad. Todo eso, en cambio, lo tenía el fútbol.

El fútbol se basa en el clan (los hinchas del club), el templo (el estadio), la guerra (el enemigo es el club del otro barrio, o la otra ciudad, o el otro país) y la eternidad (una camiseta y una bandera cuya tradición, supuestamente gloriosa, heredan sucesivas generaciones). Con el fútbol, uno nunca está solo. Liverpool, la ciudad con más talento para la música popular contemporánea, demostró buen ojo al elegir como himno de uno de sus dos equipos una vieja canción, cursi e insustancial, que llevaba, sin embargo, ese título: "You'll never walk alone". Nunca caminarás solo. El secreto del fútbol está ahí.

La cultura, como siempre, aparece después. Primero son las cosas, y después su explicación. El fenómeno futbolístico careció durante muchas décadas de una proyección cultural propia. Recuérdese la "Oda a Platko" de Rafael Alberti, dedicada en 1928 a un portero húngaro del Barcelona: "Tú, llave, Platko, tú, llave rota, llave áurea caída ante el pórtico áureo". O Los jugadores (1923), de Pablo Neruda: "Juegan, juegan, agachados, arrugados, decrépitos". Puro homenaje al héroe. Cultura deportiva, pero aún no futbolística.

Pese a algunas excepciones, como la de Albert Camus, tuvo que entrar en crisis el hermano-enemigo del fútbol, el marxismo, para que la izquierda se atreviera a abordar la espinosa cuestión del balón y la bandera. Ocurrió hacia los años sesenta y setenta del siglo pasado. Mientras la intelectualidad conservadora, de tradición elitista, seguía despreciando el fútbol ("el fútbol es popular porque la estupidez es popular", Jorge Luis Borges) como lo había hecho Rudyard Kipling ("los embarrados idiotas que lo juegan"), ciertos escritores progresistas osaron reconocer, de forma cada vez más abierta, su pertenencia a la inmensa secta futbolística. Algunos, aún cautelosos por las incompatibilidades teóricas entre la racionalidad marxista y la irracionalidad del nuevo "opio del pueblo" ("una religión en busca de un dios", Manuel Vázquez Montalbán); otros, sin el menor empacho escolástico.

La auténtica literatura futbolística, como otros descaros, surgió de la prensa. En España, con las columnas del ya citado Vázquez Montalbán o de Julián Marías. En Italia, con las crónicas de Gianni Brera. En Uruguay y luego en diferentes exilios, con Eduardo Galeano. Quizá los más brillantes periodistas de fútbol, los que generaron una cultura literaria que hoy se da ya por supuesta, fueron tres argentinos: Alberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Juan Sasturain. Los cuentos de Fontanarrosa, como "Lo que se dice un ídolo", "Qué lástima", "Cattamarancio", "El monito o 19 de diciembre de 1971" (más conocido como "El viejo Casale") constituyen la mejor plasmación artística de un fenómeno, el fútbol, que abarca mucho más que estadios, resultados y virtuosismos técnicos. La actual literatura futbolística ya no tiene que andarse con explicaciones y asume su esencia mística: véase "Fiebre en las gradas", de Nick Hornby.

Las páginas de fútbol de los periódicos disponen ahora de espléndidos cronistas, y los más reputados escritores acuden a ellas como invitados. El fútbol no sólo posee una cultura propia: "es" cultura. Por encima del gigantismo económico (la Primera División española gastó el año pasado 525 millones de euros en fichajes), de las audiencias multitudinarias, de la corrupción y el disparate; por encima incluso de ídolos supremos como Maradona, nuestra historia, individual y colectiva, no puede explicarse sin el fútbol.