Archivos de September 2010
Hola Amigos:
Desde hace ya unos meses está en exhibición la imagen de SAN JOSE en la Iglesia de Nuestra Señora de La Soledad ubicada en el Jr. Lampa s/n - Lima en la Plazuela de San Francisco, la cual espera reunir la suma necesaria para su restauración, luego de que en el incendio ocurrido en el año 2005 quedara en el estado en la pueden apreciar en estas imagenes.
Aún así esta antigua imagen de SAN JOSE formo parte del hermoso nacimiento de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad en el mes de Diciembre pasado.
VIDEO DEL NACIMIENTO AÑO 2009
Ya se han restaurado algunas imágenes gracias a la limosna que está destinada para ello, con tu ayuda esperamos pronto tener la imagen de SAN JOSE nuevamente en el nacimiento, pero esta vez restaurada.
Si deseas ayudarnos a restaurar la imagen de SAN JOSE o realizar alguna donacion para la restauracion de la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, puedes hacerlo llamando al telefono 426-8674 o directamente en las cuentas bancarias de la cofradía:
COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
Cuenta de Ahorros SOLES
111-0423215
Cuenta de Ahorros DOLARES
111-0423228
VIDEO IGLESIA INCENDIADA
http://www.cofradiadelasoledadlima.com
09/09/10 |
Publicado por: krouillong | Categoría Santoral Católico
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PELICULA SOBRE SAN JOSE DE CUPERTINO
José nació en 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino. Sus padres eran sumamente pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el papá, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado.
Murió el papá, y entonces la mamá, ante la situación de extrema pobreza en que se hallaba, trataba muy ásperamente al pobre niño y este creció debilucho y distraído. Se le olvidaba hasta comer. A veces pasaba por las calles con la boca abierta mirando tristemente a la gente, y los vecinos le pusieron por sobrenombre el "boquiabierta". Las gentes lo despreciaban y lo creían un poca cosa. Pero lo que no sabían era que en sus deberes de piedad era extraordinariamente agradable a Dios, el cual le iba a responder luego de maneras maravillosas.
A los 17 años pidió ser admitido de franciscano pero no fue admitido. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían puesto. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por inútil lo mandaron para afuera.
Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, pero él declaró que este joven "no era bueno para nada", y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá no sintió ni el menor placer al ver regresar a semejante "inútil", y para deshacerse de él le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que lo recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los padres franciscanos.
Sucedió entonces que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los padres como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.
Lo pusieron a estudiar para presentarse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: "Bendito el fruto de tu vientre Jesús". Estaba asustadísimo pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: "Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar". Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente: "Bendito sea el fruto de tu vientre".
Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes sí serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: ¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?" y por ahí estaba haciendo turno para que lo examinaran, el José de Cupertino, temblando de miedo por si lo iban a descalificar. Y se libró de semejante catástrofe por casualidad.
Ordenado sacerdote en 1628, se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento (que era para lo único que se sentía capacitado).
Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales en un grado tal que no se conocen en cantidad semejante con ningún otro santo. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban por que de niño andaba tan distraído y con la boca abierta. Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, se lo echó al hombro y al pensar en Jesús, Buen Pastor, se fue elevando por los aires con cordero y todo.
Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por el campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.
Sabemos que la Iglesia Católica llama éxtasis a un estado de elevación del alma hacia lo sobrenatural, durante lo cual la persona se libra momentáneamente del influjo de los sentidos, para contemplar lo que pertenece a la divinidad. San José de Cupertino quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la Santa Misa, cuando estaba rezando los salmos de la S. Biblia. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo. El más famoso sucedió cuando 10 obreros deseaban llevar una pesada cruz a una montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo y la llevó hasta la cima del monte.
Como estos sucesos tan raros podían producir movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros ahí, y concurrir a otras sesiones públicas de devoción.
Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: "Excúsenme por estos ‘ataques de mareo’ que me dan".
En la Iglesia han sucedido levitaciones a más de 200 santos. Consisten en elevar el cuerpo humano desde el suelo, sin ninguna fuerza física que lo esté levantando. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones.
Un día llegó el embajador de España con su esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos, y luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación y ya no bajó más ese día.
En Osimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y ahí junto a la Madre y al Niño se quedó un rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.
El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.
Muchos enemigos empezaron a decir que todo eso eran meros inventos y lo acusaban de engañador. Fue enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y este al darse cuenta que era tan piadoso y tan humilde, reconoció que no estaba fingiendo nada. Lo llevaron luego donde el Sumo Pontífice Urbano VIII, el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y las levitaciones del frailecito. Y estando hablando con el Papa, quedó José en éxtasis y se fue elevando por el aire. El Duque de Hannover, que era protestante, al ver a José en éxtasis se convirtió al catolicismo.
El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo en no aceptar como milagro nada que no fuera en verdad milagro, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: "Todos estos hechos no se puede explicar sin una intervención muy especial de Dios".
Los últimos años de su vida, José fue enviado por sus superiores a conventos muy alejados donde nadie pudiera hablar con él. La gente descubría donde estaba y corrían hacia allá. Entonces lo enviaban a otro convento más apartado aún. El sufrió meses de aridez y sequedad espiritual (como Jesús en Getsemaní) pero después a base de mucha oración y de continua meditación, retornaba otra vez a la paz de su alma. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio: "Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe".
Murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años.
Que Dios nos enseñe con estos hechos tan maravillosos, que Él siempre enaltece a los que son humildes y los llena de gracias y bendiciones.
El 15 de Septiembre la Iglesia Catolica celebra el día de SANTA TERESA DE JESUS.
(1515-82). Española, fundadora de las carmelitas descalzas, mística. Primera mujer en ser aclamada como Doctora de la Iglesia Católica el 27 de septiembre de 1970 por Pablo VI.
Les recomiendo estas peliculas sobre su vida, que tambien llevan los nombres de sus obras.
Solemnes Cultos Gloriosos en honor de Nuestra señora de la Soledad
- Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad -
PROGRAMA OFICIAL 2010
Domingo 05 de Septiembre
A las 10:00 Hrs. se tendrá Misa solemne en el Rito Extraordinario de la Eucaristía oficiada en honor a Nuestra Señora de la Soledad al inicio de sus cultos.
Al término de la misma se expondrá la sagrada imagen en piadoso BESAMANOS hasta las 19:00 Hrs.
Del 08 al 14 de Septiembre
Solemne Septenario Doloroso
Con el siguiente orden: 18:30 Hrs. rezo de la Corona Dolorosa y Ejercicio del Septenario. Al termino bendición con su Divina Majestad.
A las 19:30 Hrs. la Santa Misa del Septenario finalizando con el Canto de la Salve.
Martes 14 de Septiembre
Vísperas Solemnes de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores
A las 19:30 Hrs. Primeras Vísperas Solemnes en honor a Nuestra Señora de la Soledad finalizando con la Santa Misa del Septenario y canto de la Salve.
Miércoles 15 de Septiembre: Día Central
Solemnidad de Nuestra Señora la Virgen de los
Dolores en su Soledad
Los cultos tendrán el siguiente orden: 09:00 Hrs. Santa Misa Comunitaria y Exposición del Santísimo Sacramento durante todo el día.
A las 18:00 Hrs. rezo de la Corona Dolorosa y Trisagio a la Santísima Trinidad. A las 19:30 Hrs. Misa Solemne de Fiesta en honor a Nuestra Señora de la Soledad.
Del 16 al 23 de Septiembre
Solemne Octavario de Acción de Gracias
Con el siguiente orden: 19:30 Hrs. Santa Misa de acción de gracias y canto de la Salve.
Domingo 19 de Septiembre
Solemne Procesión Gloriosa de Nuestra Señora de la Soledad
Con el siguiente orden: 11:00 Hrs. Santa Misa del Octavario en Acción de gracias por las Cofradías y Hermandades de la Arquidiócesis de Lima.
Al finalizar se realizará la Solemne Procesión Gloriosa de Nuestra Señora de la Soledad, con el siguiente recorrido: Parte de su Iglesia cruzando la Plazuela de San Francisco para salir por el Jr. Lampa cdras. 1 y 2 volteando al Jr. Junín cdra. 2, prosigue volteando a la cdra. 1 del Jr. Carabaya, hasta voltear al Jr. Ancash cdra. 1 para ingresar a la Plazuela de San Francisco y recogerse finalmente en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad.
A mayor Gloria de Dios y de la Bienaventurada Virgen María
“Ecce Mater Tua”div>
AYUDANOS A RESTAURAR LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
La Natividad de la Santisima Virgen Maria
¡ FELIZ CUMPLEAÑOS MAMA MARIA !
El documento más antiguo en conmemoración de esta fiesta data del siglo sexto. San Romano, el gran lírico eclesiástico de la Iglesia Griega, compuso en honor de la fiesta un himno (Card. Pitra, "Hymnogr. Graeca", Paris, 1876, 199) el cual es un bosquejo poético del evangelio apócrifo de Santiago. San Romano era nativo de Emesa en Siria, fue diácono de Berytus y posteriormente en la iglesia Blachernae de Constantinopla. Compuso sus himnos entre los años 536 y 556 (P. Maas en "Byzant. Zeitschrift", 1906). El origen de la fiesta puede haber tenido lugar en Siria o Palestina a principios del siglo sexto, momento en que, terminado el Concilio de Éfeso y bajo la influencia de la “Apócrifa”, el culto a la Madre de Dios se intensificó notablemente, especialmente en Siria. En los comienzos del siglo octavo, San Andrés de Creta predicó numerosos sermones respecto de esta fiesta (Lucius-Anrich, "Anfänge des Heiligenkultus", Tubinga, 1906, 468). Las evidencias intentan mostrar porqué fue elegido el ocho de septiembre para esta fecha. La Iglesia de Roma la adoptó del Este en el siglo siete; se le encuentra en los Sacramentarios Gelasiano (siglo siete) y Gregoriano (del octavo al noveno siglo). Sergio I (687-701) prescribió una letanía y una procesión para esta fiesta (P.L. cxxviii, 897 sqq.). En vista de que la historia de la Natividad de María es conocida sólo a través de fuentes apócrifas, la Iglesia Latina tardó en aceptar esta fiesta del oriente. No aparece en muchos calendarios que sí contienen la Asunción, como el Goto-Gálico, aquel de Luxeuil, el Calendario Toledano del siglo décimo y el Calendario Mozarábigo.
La iglesia de Angers en Francia sostiene que San Maurilio instituyó esta fiesta en Angers como consecuencia de una revelación alrededor del año 430. En la noche del 8 de septiembre, un hombre escuchó a los ángeles cantando en el cielo, y al preguntarles la razón, le respondieron que estaban llenos de júbilo porque la Virgen había nacido ese día ((La fête angevine N.D. de France, IV, Paris, 1864, 188); pero esta tradición no está corroborada por pruebas históricas. La fiesta aparece en el calendario de Sonnato, Obispo de Reims, 614-31 (Kellner, Heortología, 21). Aún así no puede decirse que haya sido una fiesta ampliamente celebrada en los siglos octavo y noveno. San Fulberto, Obispo de Chartres (1028), se refiere a esta fiesta como a una reciente institución (P.L., cxli, 320, sqq.); los tres sermones que él escribió son los sermones latinos genuinos más antiguos sobre esta fiesta (Kellner, "Heortología", Londres, 1908, 230). La octava fue instituida por Inocencio IV (1243) conforme con un voto hecho por los cardenales en el cónclave del otoño de 1241, cuando fueron hechos prisioneros por Federico II durante tres meses. En la Iglesia Griega la apódosis (explicación) de la fiesta tiene lugar el 12 de septiembre, a causa de la fiesta y la solemnidad de la Exaltación de la Cruz el 13 y 14 de septiembre. Tanto los coptos en Egipto cuanto los abisnianos celebran la Natividad de María el 1 de Mayo, y continúan celebrando la fiesta por 33 días bajo el nombre de “Semilla de Jacob” (Anal. Juris Pont., xxi, 403); también la conmemoran el primero de cada mes (carta privada de P. Baeteman, C.M., Alikiena). Los coptos católicos han adoptado la fiesta Griega, pero la mantienen el 10 de septiembre (Nilles, "Kal. Man.", II, 696, 706).
LUCIUS-ANRICH, Anfange des Heiligenkultus (Tubingen, 1904); HOLWECK, Fasti Mariani (Freiburg, 1894), 118 sqq.
FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Thomas M. Barrett
Dedicado a la Bienaventurada Virgen María
Traducido por J.M.M.
El eco de un mensaje
¿Qué podemos hacer nosotros, los cristianos de a pie, para ayudar al Papa en su ministerio de unidad y servicio a los cristianos y a la humanidad?
Autor:
Ramiro Pellitero | Fuente:
www.religionconfidencial.com
Un libro reciente, “Ataque a Ratzinger” (de Paolo Rodari y Andrea Tornielli, ed. Piemme, 2010), recoge, en su prefacio, el deseo, que algunos tenían, de que el pontificado de Benedicto XVI fuera breve y pasara inadvertido. El mismo Papa explicó que elegía el nombre de Benedicto en honor del santo patrono de Europa y también en recuerdo de Benedicto XV: un Papa que había trabajado por la paz, si bien su pontificado no había sido muy largo.
Lo de pasar inadvertido no cuadra con la actividad del Papa. Y como parece que no ha pasado tan velozmente como alguno deseaba -dicen con fina ironía los autores-, “visto que su pontificado está destinado a dejar un signo, se han multiplicado los ataques contra Benedicto XVI”. De ahí el título del libro.
Se preguntan estos dos expertos vaticanistas si el Papa está solo; responden que realmente no es así, porque muchas personas le apoyan, aunque sus colaboradores probablemente podrían ayudarle mejor en la organización del trabajo, las relaciones con los medios de comunicación, etc. No faltan quienes silencian su mensaje, lo obstaculizan o lo manipulan. Y en algunos casos se puede comprobar la existencia de verdaderas “alianzas” mediáticas para desprestigiarle.
El prefacio termina citando las palabras de Benedicto XVI en la Misa inaugural de su pontificado (24.IV.2005): “Rogad por mí, para que no huya, por miedo, ante los lobos”.
Ahora bien, cabe preguntarse, ¿qué podemos hacer nosotros, los cristianos de a pie, para ayudar al Papa en su ministerio de unidad y servicio a los cristianos y a la humanidad?
San Josemaría Escrivá de Balaguer escribió: “Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. -Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado!” (Forja, 638).
Además de rezar y seguir trabajando cada uno lo mejor posible para gloria de Dios y servicio de la sociedad, podemos y debemos hacer eco a su mensaje, sirviéndole de altavoz con nuestra vida y nuestras palabras. No vale pensar: “Esto a mí no me afecta mucho, es cosa del Papa y sus colaboradores...”.
Es necesario que los cristianos -junto con otras muchas personas de buena voluntad- ayudemos a que se “escuche” y se valore el mensaje de Benedicto XVI, que no es otro sino el del Evangelio, renovado en nuestro tiempo. Hay que contrarrestar los silencios de algunos, la ineficacia de otros, las manipulaciones de ciertos medios de comunicación. Es preciso llegar, como podamos, individualmente o en grupo, a mucha gente, para explicar lo que realmente el Papa propone: la primacía del amor, el aprendizaje de la esperanza, la responsabilidad de todos por la promoción humana y el desarrollo integral de las personas. Para esto se requiere conocer bien sus grandes documentos (las tres encíclicas y la exhortación sobre la Eucaristía), así como sus principales mensajes y discursos.
Brevemente: se impone el estudio y el diálogo sobre lo que el Papa dice: ¿lo conocemos? ¿Hemos pensado en nuestras posibilidades para hacerle eco en todos los niveles de la sociedad?
Es éste un buen momento para que los jóvenes (porque son los que pueden tener más vigor para expresar su fe, y en los que la Iglesia y el mundo ponen su esperanza), sean convocados a “apiñarse” junto al Papa. Todos los cristianos hemos de sentir esta invitación a la unidad: primero a través de nuestra unión con Jesucristo, puesto que el Papa es el vicario de Cristo, cabeza del Cuerpo místico. También, planteándonos cada uno, según su lugar en la Iglesia y en el mundo, sus dones y circunstancias (edad, capacidad, estudios, responsabilidades, misión, carismas, etc.), “qué hacemos y qué podemos hacer”, además de rezar por el Papa y su ministerio, además de ser personalmente mejor cristianos y ayudar a otros a serlo, que es sin duda lo primero. Todo ello puede ser y será sin duda percibido por otros creyentes, y aun por personas que buscan un sentido transcendente de la vida.
Los estudiantes podrán hablar con sus compañeros, organizar grupos de encuentro y diálogo sobre los grandes temas del Papa. Otro tanto, por su parte, podrán hacer los educadores y comunicadores, los responsables de grupos y movimientos, los padres y madres de familia (y los abuelos), los sacerdotes en las parroquias y en las instituciones eclesiales, los profesionales con sus amigos, etc.. Todos podemos colaborar a nivel personal y social. Algunos podrán convocar a más personas, promover acciones de alcance cultural y público: adhesiones, entrevistas, publicaciones, etc., a nivel local, nacional o internacional.
Lo único que no deberíamos hacer es cruzarnos de brazos, pues eso significaría prolongar los silencios, las ineficacias y las manipulaciones. No podemos dejar al Papa solo, porque su misión -promover la unidad y la vida de los cristianos, testimoniar y fortalecer la fe, presidir e impulsar el Evangelio por el mundo, de forma que la humanidad se convierta en la gran familia de Dios- es también nuestra misión. Debemos hacernos eco de su mensaje, el Evangelio, con nuestra vida y nuestras palabras.
Una ocasión especialmente apropiada son los viajes del Papa, principalmente con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Se trata de trabajar para que muchos jóvenes se encuentren con él (físicamente o a través de los medios de comunicación), de modo que el Evangelio pueda hacerse vida -como una propuesta de sabiduría y belleza, de verdad, bien y alegría- en la vida del mundo.
LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA
Los católicos, además de los 10 mandamientos, tenemos que cumplir con los MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA, que son 5.
Estos mandamientos nos dicen qué es LO MÍNIMO que un católico debe de cumplir para el bien de su alma. En este folleto trataremos de explicarte cada uno de ellos.
1) OIR MISA ENTERA LOS DOMINGOS Y FIESTAS DE GUARDAR:
El Domingo es el día del Señor porque festejamos la resurrección de Jesús.
Dios dijo a Moisés: "Mantendrás santo el día del Señor" ¿ Pero cómo?
Desde el comienzo de la humanidad, el SACRIFICIO ha sido la manera natural de los hombres de dar culto, de adorar a Dios: Ofrecían granos, frutos y animales, pero todos estos sacrificios tenían un gran defecto: ninguno era digno de Dios.
Pero Jesús, el hijo de Dios, nos dejó un regalo de valor adecuado para Dios:
El se ofreció a sí mismo como víctima en la Cruz para perdonarnos nuestros pecados.
¿Sabías que EN CADA MISA CRISTO VUELVE A REPETIR DE VERDAD SU SACRIFICIO EN LA CRUZ?
Libro
LA SANTA MISA[399clicks]
Como tú y yo no pudimos estar el día de la crucifixión, el asistir a misa es la manera de unirnos con Jesús y ofrecernos nosotros también como ofrenda a Dios para adorarlo.
Si no sabes cómo ofrecerte a Dios, durante el ofertorio (después de la lectura del Evangelio), mientras el sacerdote hace la presentación de las ofrendas puedes arrodillarte y decir en voz baja
"Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del Mundo en reparación por todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que el mismo es ofendido, y por los méritos infinitos de Su Sagrado Corazón y del Inmaculado Corazón de María te pido la conversión de los pobres pecadores. Amén" y seguir
"Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo, todo lo pongo en tus manos, edifica tu Señor con lo poco que soy. Por los méritos de tu Hijo transformame Dios Altisimo. Te pido por mi familia, mis amigos, mis conocidos, por las personas que no me ven con agrado, por aquellos que se encomiendan a mis pobres oraciones, por las personas que trabajan conmigo, por todos los sacerdotes, religiosos y religiosas, por las benditas almas del purgatorio. Enséñame a poner mi corazón en el suelo para que su caminar sea menos duro."
Entonces ¿ Para qué vamos a misa ?
Para ofrecernos junto con Jesús y adorar a Dios, para darle gracias por todo lo que nos da, para pedirle perdón y para pedirle su ayuda.
- La obligación de ir a misa comienza a los 7 años. Si la misa es nuestra ofrenda a Dios, no puede ser algo incompleto ni defectuoso. Debemos oír misa entera (desde el comienzo), poner atención y no distraernos.
- No ir a misa el domingo (porque no lo siento, porque estoy cansado, porque estoy ocupado, porque me cuesta trabajo...) es pecado mortal.
¿QUÉ OTROS DIAS DEL AÑO NOS OBLIGA LA MISA?
El 1¨ de Enero, en que festejamos la maternidad divina de la Virgen.
El Jueves de Corpus Christi, en que festejamos el día de la Eucaristía.
El 29 de Junio, día de San Pedro y Pablo
EL 30 de Agosto, día de Santa Rosa de Lima
El 12 de Diciembre, día de nuestra patrona y amada Virgen de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos.
El 25 de Diciembre, día de la Navidad
TODAS LAS FIESTAS DE GUARDAR (FERIADOS RELIGIOSOS)
2) CONFESAR LOS PECADOS MORTALES, CUANDO MENOS UNA VEZ AL AÑO, EN PELIGRO DE MUERTE Y SI SE VA A COMULGAR:
Para que un PECADO sea MORTAL, debe cumplir 3 condiciones: que sea grave, que la persona sepa que ¨eso¨ que va a hacer ¨es pecado¨ y que, a pesar de esto, decida hacerlo.
Cuando alguien comete un pecado mortal, se le cierran las puertas del cielo y, si se muere así, se va al infierno. Los pecados mortales solo se perdonan con el sacramento de la confesión.
No te de miedo ni vergüenza, Dios te ama muchìsimo y siempre está deseoso de que te acer-ques a pedirle perdón a través del sacerdote.
Un PECADO VENIAL es una falta pequeña o leve contra los mandamientos de Dios. En este caso cada persona solita puede pedir perdón a Dios. Lo importante es estar realmente arrepentido de haber ofendido a Dios y tener el propósito de enmendarse (no volver a hacerlo).
3) COMULGAR POR PASCUA DE RESURRECCIÓN.
La Eucaristía o la Comunión es el alimento del alma. Así como nuestro cuerpo necesita comer para vivir y estar fuerte y sano... así nuestra alma necesita comulgar para estar fuerte y sana también. Cristo mismo dijo: ¨El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día ¨.
Imagínate, ¡ comulgar es recibir en tu alma al mismo Cristo!
Si en verdad valoráramos lo grande que es esto, no dejaríamos un solo día de nuestra vida sin recibir la comunión.
¿ Cuáles son las condiciones para poder comulgar ?
- El que tiene algún pecado venial (pequeño), puede él solo pedir sincero perdón a Dios y comulgar sin necesidad de confesarse.
- La Iglesia recomienda recibir la comunión cada vez que vamos a la misa y obliga a hacerlo por lo menos una vez al año después del Domingo de resurrección.
- Lo mejor que se puede recomendar es que hay que concientizarse que "no se trata de querer recibir a Dios" sino de lo mucho que "DIOS SE ALEGRA DE VENIR A NOSOTROS" por eso es lo mejor IR A MISA Y RECIBIR LA EUCARISTIA TODOS LOS DIAS.
4) AYUNAR CUANDO LO MANDA LA SANTA MADRE IGLESIA:
Cristo ayunó 40 días en el desierto para enseñarnos que es bueno que el hombre luche contra sus instintos, sus pasiones, contra el bienestar de su cuerpo... para aprender a dominar su cuerpo y así su alma crezca.
Cada hombre puede hacer penitencia o sacrificios cuantas veces al año quiera, sin embargo, la Iglesia pone como obligación:
- AYUNAR, es decir hacer una sola comida fuerte al día 2 días al año: el miércoles de ceniza y el viernes santo.
El ayuno obliga desde los 18 hasta los 59 años.
- GUARDAR ABSTINENCIA, es decir, no comer carne todos los viernes de cuaresma. El viernes fue escogido para la penitencia porque en viernes murió Jesús.
La abstinencia obliga desde los 14 años y dura toda la vida.
La abstinencia de carne puede sustituirse por otro buen sacrificio que de verdad nos cueste.
5) AYUDAR A LA IGLESIA EN SUS NECESIDADES MATERIALES:
Todos formamos parte de la Iglesia.
Cristo nos encomendó a todos los miembros de la Iglesia a trabajar a salvar almas.
Es por esto que debemos ayudar a la Iglesia, a los sacerdotes, con nuestras obras, con nuestras oraciones y con nuestros medios econòmicos (dinero) a llevar a cabo su misión de salvar almas.
Debemos cooperar, cada uno en la medida en que pueda, cuando se recoge la limosna en la misa y tenemos también la obligación de PAGAR EL DIEZMO, que para las personas es un día de sueldo al año y para las empresas un día de utilidades al año.
Con este dinero ayudamos a que la Iglesia pueda sostenerse y hacer muchas obras buenas.
Recuerda, ayudar a los demás y salvar almas, es cosa de todos, no nada más de los sacerdotes.
PROPÓSITO DEL MES:
Me aprenderé los 5 mandamientos de la Iglesia, y de hoy en adelante los cumpliré fielmente.
NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES
Los dolores de la Santisima Virgen Maria

Fue en el momento de la cruz. Se cumplieron las palabras proféticas de Simeón, como atestigua el Vaticano II: “María al pie de la cruz sufre cruelmente con su Hijo único, asociada con corazón maternal a su sacrificio, dando el consentimiento de su amor, a la inmolación de la víctima, nacida de su propia carne,”. Por eso, la Iglesia, después de haber celebrado ayer la fiesta de la exaltación de la Cruz, recuerda hoy a la Virgen de los Dolores, la Madre Dolorosa, también exaltada, por lo mismo, que humillada con su Hijo. Cuanto más íntimamente se participa en la pasión y muerte de Cristo, más plenamente se tiene parte también en su exaltación y glorificación. Vio a su Hijo sufrir y ¡cuánto! Escuchó una a una sus palabras, le miró compasiva y comprensiva, lloró con El lágrimas ardientes y amargas de dolor supremo, estuvo atenta a los estertores de su agonía, retumbó en sus oídos y se estrelló en su corazón el desgarrado grito de su Hijo a Dios: “¿por qué me has abandonado?, oyó los insultos, comprobó la alegría de sus enemigos rebosando en el rostro iracundo de los sacerdotes y del sumo Anás y de Caifás, mientras balanceaban sus tiaras, y de los sanedritas, que se regodeaban en su aparente victoria, contempló cómo iba perdiendo el color Jesús, su querido hijo...
Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. “Despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores, despreciable y no le tuvimos en cuenta”, casi anonadado (Is 53, 35) ¡Cuán grande, cuán heroica en esos momentos fue la obediencia de la fe de María ante los «insondables designios» de Dios! ¡Cómo se «abandona en Dios» sin reservas, «prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad» a aquel, cuyos «caminos son inescrutables»! (Rom 11, 33). Y a la vez ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuán penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!
LA SOSTUVO EL PADRE
Humanamente no se podía soportar tanta angustia. El Padre amoroso la tuvo que sostener en pie. Mientras su Hijo extenuado expiraba, su corazón inmaculado y amantísimo sangraba a chorros, sus manos impotentes para acariciarle, para aliviarle, se estremecían de dolor y de pena horrorosa y su alma dulcísima estaba más amarga que la de ninguna madre en el transcurrir de los siglos ha estado y estará. ¡Cuánto dolor, pobre Madre! ¡Qué parto de la iglesia tan doloroso y tan diferente de aquélla noche de Belén! Al fin, inclinó la cabeza y el Hijo expiró. Y nacimos nosotros. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Por eso el Padre te exaltó a la derecha de tu Hijo, asumpta en cuerpo y alma. Cuanto mayor fue tu dolor, más grande es tu victoria.
EL CONCILIO VATICANO II
El Concilio Vaticano II ha dado nueva luz sobre la Madre de Cristo en la vida de la Iglesia. «La Bienaventurada Virgen, por el don de la maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión con Cristo». María permanece, desde el comienzo, con los apóstoles a la espera de Pentecostés y, a través de las generaciones está presente en medio de la Iglesia peregrina mediante la fe y como modelo de la esperanza que no engaña (Rom 5, 5).
MARIA MADRE, IMAGEN DE LA IGLESIA
María creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como Virgen, creyó que concebiría y daría a luz un hijo: el «Santo», el «Hijo de Dios. Como esclava del Señor, permaneció fiel a la persona y a la misión de este Hijo. Como madre, «creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, cubierta con la sombra del Espíritu Santo».Por estos motivos María «con razón desde los tiempos más antiguos, es honrada como Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas». Como virgen y madre, María es para la Iglesia un «modelo perenne». Como «figura», María, presente en el misterio de Cristo, está también presente en el misterio de la Iglesia, pues también la Iglesia «es llamada madre y virgen», con profunda justificación bíblica y teológica. La maternidad determina una relación única e irrepetible entre dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la Madre. Aunque una mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada uno caracteriza la maternidad en su misma esencia, pues cada hijo es concebido de un modo único. Cada hijo es querido por el amor materno, y sobre él se basa su formación y maduración humana. Lo mismo ocurre en el orden de la gracia, que en el de la naturaleza. Así se comprende que Cristo en el Calvario expresara en la cruz, la nueva maternidad de su madre en singular, dirigida a un hombre, Juan: «Ahí tienes a tu hijo».
MARIA MADRE DE CRISTO, DE JUAN Y DE TODOS
El Redentor confía su madre al discípulo y, se la da como madre. La maternidad de María, es un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. El Redentor confía María a Juan, en la medida en que confía Juan a María. A los pies de la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre a la Madre de Cristo. Cuando Juan en su evangelio, después de haber recogido las palabras de Jesús en la Cruz a su Madre y a él mismo, añade: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,27). A él se atribuye el papel de hijo y él cuidó de la Madre del Maestro amado y se entregó, lo que expresa la relación íntima, como la respuesta al amor de la madre.
MARIA MADRE DE LA IGLESIA
La dimensión mariana de los discípulos de Cristo se manifiesta en la entrega filial a la Madre de Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el Gólgota. Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, «acoge» a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, en su «yo» humano y cristiano: «La acogió en su casa» Así el cristiano, entra en el radio de acción de la «caridad materna», con la que la Madre del Redentor «cuida de los hermanos de su Hijo», «a cuya generación y educación coopera». Esta relación filial, esta entrega de un hijo a la Madre tiene su comienzo en Cristo y se orienta a él, pues María sigue repitiendo a todos las mismas palabras de Caná de Galilea: “Haced lo que él os diga”. María es la primera que «ha creído», y con esta fe suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos los que se entregan a ella como hijos. Y cuanto más perseveran los hijos en esta actitud y avanzan en la misma, tanto más María les acerca a la «inescrutable riqueza de Cristo» (Ef 3, 8). Y de la misma manera ellos reconocen cada vez mejor la dignidad del hombre en toda su plenitud, y el sentido definitivo de su vocación, porque «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre». (Redemptoris Mater).
CONCLUSIÓN
El Eterno Padre sufre misteriosamente viendo a su Hijo sufrir agonizando y sintiéndose en el infierno tras un muro negro de su Dios amado sin límites, que le ha abandonado, es su infierno; el Espíritu Santo, Esposo de María por cuya sombra ha sido concebido el Amor de ambos y el Hijo de ella, sufre, siendo eternamente feliz, tan misteriosamente que nos resulta abismo insondable. El Hijo sufre física y espiritualmente, nos resulta corto el lenguaje para expresarlo, y nosotros, pobres pigmeos, nos hemos creado una Iglesia sin misterio, una Iglesia a nuestra medida, una Iglesia supermercado, que nos provee de lo espiritual y también pretendidamente, en concretos sectores, de lo material, sin atisbar más horizonte que las necesidades terrenas que pretenden solucionar vendiendo el Vaticano, sin tener en cuenta que Jesús sólo una vez multiplicó los panes y que dejó dicho que a los pobres siempre los tendréis con vosotros y que hay otra pobrezas que son más sustanciales; y queremos y predicamos una iglesia que no cuente con el sufrimiento ni con la cruz y queremos mantenernos y nos mantenemos pasivos esperando que nos lo den todo hecho sin arrimar nuestros hombros al trabajo del cultivo del hombre interior y siempre alertas para observar y criticar cuando no somos capaces de levantar ni un alma del pecado, ni de corregir un gramo de soberbia o de avaricia propios, o de vencer un átomo por intolerancia y falta de la virtud de la paciencia, ¿se escuchan muchos discursos y se escriben mucho artículos que nos hablen de virtudes y de vicios y de pecados?.
El Padre sufre, el Hijo sufre indeciblemente el Espíritu sufre misteriosamente, María sufre indeciblemente viendo al samaritano, la humanidad, caída y nosotros estamos esperando a que ellos lleven la carga y nos saquen las castañas del fuego sin tocar nosotros ni con la punta del dedo la parte de nuestra cruz que configura el misterio de la Iglesia y que es nuestra vocación de santidad. La Virgen de los Dolores nos ayude a despertar del letargo y a bregar mar adentro, como murió pidiéndonos Juan Pablo II que sí supo cargar con su cruz hasta la muerte, sumergiendo al mundo en el conocimiento de la Cruz y del amor de la Virgen de los Dolores, tanto más exaltada en sus gloriosos dolores, cuanto más abundantes, amargos y angustiosos, la atormentaron.
SAN ROSA DE LIMA
Vírgen
(1586-1617)
"La primera flor de santidad del nuevo mundo"
Patrona de América Latina, Perú y Filipinas

A los cincuenta y un años de la fundación de Lima, "Ciudad de los Reyes", siendo virrey don Fernando Torres de Portugal, nació la primera Santa Americana, el 30 de abril de 1586, hija de don Gaspar Flores y doña María de Oliva, a quien pusieron de nombre Isabel, pero comúnmente la llamaban Rosa, luego de que su madre tuviera una vision de la bebé de pocos meses de nacida con su rostro muy parecido a una rosa.
Luego de un problema financiero que tuvo su padre, la familia de Rosa atravesó por una fuerte crisis económica por lo que la santa se dedicó a coser y trabajar en la huerta.
En 1597 estando en Quives, provincia de Canta, al noreste de Lima, donde su padre administraba temporalmente una mina de plata del distrito de Arahuay, Isabel Flores de Oliva fue confirmada por el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, quien por una inspiración le llamó Rosa.
Gracia, hermosura, inteligencia, todo parecía haberlo reunido la Naturaleza en aquella criatura privilegiada. «Es la reina de la juventud de Lima», decían las gentes cuando la veían pasar; y su madre, orgullosa de ella, la presentaba en las fiestas y las tertulias, en las iglesias y en los paseos públicos. No era del todo desinteresada aquella conducta. Doña María de Oliva andaba siempre llena de apuros económicos. Madre de once hijos, tenía que luchar diariamente con el problema terrorífico de alimentarlos y vestirlos; pero se consolaba pensando que un yerno rico y espléndido vendría a sacar su casa de aquella situación angustiosa. Entre tanto, concentraba sus mimos en aquella niña, que le prometía la realización de sus más locas esperanzas. La hija de un magnate no hubiera tenido educación más esmerada: maestros de música, de declamación, de toda suerte de habilidades, que podrían realzar los encantos de una mujer. Rosa bordaba, dibujaba en el papel y en el lienzo, cantaba y hacía versos; tocando instrumentos de cuerda y la vihuela, su mano era un prodigio.
Un día llegó el novio soñado, el heredero de una casa opulenta. La alegría no fue tan grande como se hubiera podido esperar. La niña se iba poniendo «algo tonta». Su madre observaba con terror no sé qué tendencias propias, como ella decía, de beatas e iluminadas. Era silenciosa y recogida, muy rezadora, enemiga de juegos y diversiones. Costábale un triunfo sacarla de casa, y llegaba a las mayores extravagancias para encontrar un pretexto que le permitiese quedarse en su retiro. Se machacaba el pie por no calzar los botines de raso que se buscaban para ella en las tiendas más elegantes, se restregaba los ojos con guindilla, ajaba el rostro a fuerza de ayunar y velar. Nada le importaba la hermosura. Asustada por los elogios de las gentes, arreció en sus penitencias, y vio con alborozo que las rosas de su cara empezaban a marchitarse. Pero otro día cogió al vuelo en un corro de beatas esta observación: «Mirad cómo se maltrata la santita.» Cosa rara; ella, que no se conmovía cuando la llamaban bella, se estremeció de espanto cuando la llamaron santa. Antes, para responder a un piropo que un galán hizo a cuenta de sus manos, las destrozó bárbaramente, metiéndolas en cal viva. Ahora cayó de rodillas, y, en su ingenuidad infantil, pidió al Señor que le permitiese entregarse a sus maceraciones sin destruir la belleza del cuerpo. Y el Señor la escuchó. Ni la muerte siquiera pudo afear aquella obra maestra de la Naturaleza.
Entre tanto, la pobre madre seguía defendiendo sus posiciones, y, en el exceso de su amor, no dudaba en llegar hasta la tiranía. Ordenaba iracunda, y la joven no tenia más remedio que tocar la vihuela delante de los invitados o ponerse las mejores galas o asistir a los festines y a las reuniones de sociedad. Cansada al fin de aquella servidumbre, resolvióse a dar el golpe supremo. Para conseguir la protección de la Santísima Virgen, quiso consagrarla lo mejor que tenía, un magnífico rosario de plata y de coral. Y una mañana, llevando en las manos la cascada de oro de su cabellera, cayó de rodillas delante de su madre. «Pero, ¿qué es eso, hija desnaturalizada?, gritó ésta, ciega de furor. «Madre, perdóname—respondió Rosa—; pero no puedo obedecerte. Pertenezco a otro esposo más noble que el que tú quieres darme.» Fueron inútiles las caricias, las amenazas y los golpes. Había hecho una promesa, y estaba dispuesta a cumplirla a costa de la vida. Una vez, uno de sus hermanos, en la confianza del juego, la enlodó y desordenó aquel pelo rubio, largo y sedoso, que admiraban las gentes de Lima. Ella protestó con viveza y se puso triste. Entonces, el pequeño, tomando aire de predicador, le hizo esta solemne advertencia: «Por poca cosa te enojas. ¿No sabes que las trenzas del cabello son cordeles con que arrastráis los corazones al infierno?» Estas palabras fueron como un relámpago en el alma de la niña. Inmediatamente penetró en su casa y, postrada delante del crucifijo, pronunció el voto de virginidad.
Llegóse al fin a un arreglo. María de Oliva era madre, y, además, era cristiana. Contentóse con regañar a su hija de cuando en cuando con motivo de sus ayunos y sus vigilias; pero en el fondo no dejaba de sentirse orgullosa cuando sus amigas la detenían al volver de la iglesia para decirla: «Pero, ¿es verdad?, ¿es verdad todo eso que cuentan de tu hija?» Porque Rosa vivía en pleno ambiente de maravillas. Tenía largos coloquios con los bienaventurados; se dejaba llevar por los mares beatíficos del éxtasis, y en medio de sus penitencias y sufrimientos, su vida se prolongaba como de milagro.
La vida de Rosa se desarrolló dentro del ritmo simple y religioso de la sociedad limeña de ese entonces. La Santa pasaba el mayor tiempo posible en la casa con sus hermanos menores, ocupada en los quehaceres domésticos o en la oración.
En su casa se dedicaba a rezar y a acoger a los mendigos. Durante toda su vida se entregó a Dios y al prójimo, mostró un especial cariño por Cristo Crucificado.
Aunque no era la mayor de los hijos se propuso ayudar generosamente en el sostenimiento de su hogar. Tenía distribuido el día entre la oración, el trabajo y unas pocas horas de descanso.
Amaba la naturaleza como un espejo de Dios, y las aves, lo mismo que las flores, eran para ella mensajeros del Cielo. Una bella mariposa revoloteaba un día en torno suyo y terminó por posarse en su mano. Era blanca y negra, colores simbólicos que hicieron caer a la amable virgen en un profundo arrobamiento. Al despertar, se fue al convento de los Padres dominicos y les pidió el hábito blanco y negro de terciaria dominicana, el hábito de Santa Catalina de Siena. Como Catalina, Rosa tenía especial predilección por las flores y los jardines. «Si queréis encontrar a Rosa—decían sus amigas—, buscadla en el jardín.» Se referían al jardín de su casa. En un rincón se había construido una choza, que era al mismo tiempo dormitorio y panteón. Allí tenía las imágenes de sus santos más venerados entre búcaros de rosas y plumas de brillantes colores. Todo le parecía poco para adornar aquella morada, en que daba audiencia a los celestes visitantes. A veces las ramas de plátano que formaban la techumbre aparecían como iluminadas por un incendio, y luces prodigiosas se filtraban por las hendiduras. Cuando Rosa se presentaba a la puerta, tenía el rostro encendido y llameante, como si acabase de salir de una hoguera. Con la contemplación sabía armonizar el trabajo: cosía y bordaba, legaba los claveles y las azucenas y ayudaba a su madre como podía. En su huerto había un rosal que parecía un símbolo de su corazón abrasado y del olor de su virginidad. Todos querían rosas de aquel rosal que cultivaba Santa Rosa, las rosas milagrosas que cantaban como cuerdas de un arpa, Porque es el caso que cuando la virgen atravesaba su jardín cantando salmos, las rosas del rosal se esponjaban, temblaba el ramaje de los plátanos y las palmeras, se estremecían los frutos con murmullo de campanillas, y de aquel blando movimiento de las plantas y las flores surgía una música suave, que enajenaba el sentido de la extática jardinera. Venían luego los mosquitos y los cínifes que dormían arracimados entre las ramas de su habitación, revoloteaban en torno de su cama, lanzando los sonidos de sus agudas trompetas, y se asociaban a aquella orquesta mágica con el orgullo y alborozo de quien sabe que cumple la voluntad de Dios. De pronto rompían el aire los trinos del quetzal, el ruiseñor de América. Era el mejor amigo de Rosa. Todas las tardes se posaba delante de ella cantando y agitando su bella y larga cola multicolor. Ante aquel gesto provocativo, Rosa cogía el arpa y cantaba también. Y el concierto se convertía en una endecha sublime, palpitante de amor y gratitud.
Como sucede siempre, aquellos fenómenos extraordinarios empezaban a alarmar a los hombres de la ley y a los celadores de la disciplina. Era la primera vez, a juzgar por lo que contaban las historias, que la unión mística, con todo su acompañamiento de oración, de quietud, desposorio espiritual, visiones y apariciones, se realizaba en las vírgenes tierras americanas. Y ¿quién nos asegura, pensaban algunos, que en todo esto no hay más que pura hipocresía y tentación diabólica? Un día Rosa vio que invadía su huerto la turba venerable de los doctores, los escribas y los alguaciles, armados de libros, de plumas y tinteros. Ella les recibió temblorosa y les ofreció sillas bajo los plátanos corpulentos. Después empezó el interrogatorio:
—¿Desde qué edad empezaste a sentir ese espíritu de oración?
—No sabría decirlo; ya en la infancia, mi mayor deleite era pensar en Dios, conversar con Él y ocuparme de las cosas del Cielo.
—¿Has hecho siempre ese ejercicio con el mismo recogimiento?
—Antes de los doce años me sentía a veces inquieta y fatigada; después, nunca me ha sucedido semejante cosa. Desde que me pongo en oración, siento mi alma tan sumergida en sí misma y mis facultades tan enajenadas, que nada interior ni exterior puede turbar mi atención amorosa a la belleza de Dios presente en mí.
—Mientras dura esta suspensión de las potencias, ¿haces algún esfuerzo?
—No hago esfuerzo ninguno, ni siento la menor resistencia; mis facultades van a su centro como arrastradas por un imán, y tal suavidad las inunda, que todo sentimiento de malestar es imposible para ellas. Mi corazón hierve bajo la acción de un fuego cuyas operaciones son tan dulces, que nunca podría explicarlo. Tras esto, queda en el fondo del alma una presencia de la divinidad, amable, serena, graciosa; y la felicidad que siento entonces hace que no pueda encontrar consuelo en otra cosa cualquiera.
—¿Has leído libros de teología mística?
—Ni los he tenido, ni los he leído nunca, ni sé que mi oración tenga un nombre entre los sabios.
—¿Has sufrido muchos y muy largos combates contra las malas inclinaciones de la naturaleza?
—Apenas recuerdo haber tenido luchas de esa clase. Por la gracia divina, desde que conocí a Dios, tuve el temor de desagradarle; y si un movimiento contrario a la razón se levantaba dentro de mí, bastábame recordar la presencia de Dios para refrenarle.
—¿No has pasado por alguna tribulación para llegar a ese grado de intimidad con Dios?
Al llegar aquí la joven contó una cosa extraña. Alternando con las dulzuras inefables de la unión, sentíase envuelta en una noche espantosa, que le hacía sufrir los horrores de la agonía. De la cumbre de la luz contemplativa, caía súbitamente en un abismo rayano con la desesperación. Se veía sola, en un desierto sin fronteras, alejada de Dios y como encerrada en los sótanos del infierno.
—Durante quince años—añadió la vidente—no ha pasado un solo día sin que haya sufrido esta crisis por lo menos una hora, que para mí es un siglo.
—Entiendo—repuso el sabio examinador—; se trata de ese purgatorio espiritual que es necesario al alma para adquirir el perfecto conocimiento de sí misma. Y ¿qué es lo que os ha sucedido—anadió—al salir de esa noche infernal?
—Cuando desde el fondo de los infiernos me siento transportada a esa luz de los abrazos del Esposo divino, mi alegría es tan completa como si ya no pudiese experimentar eclipse ninguno. Siento los ímpetus de un amor libre, que se precipita como un río después de haber derribado los obstáculos que se oponían a su curso. Sopla de nuevo el viento suave de la gracia, y el ambiente se embalsama de perfumes inefables; mi alma se sumerge en el mar profundo de la divina bondad y se transforma, por una metamorfosis inexplicable, en su Amado, hasta el punto de hacerse una misma cosa con Él.
Calló Rosa avergonzada y casi asustada de lo que acababa de decir; pero una orden del grave tribunal la obligó a revelar todo su secreto.
—En esos momentos dichosos—dijo—me parece que mi unión con Dios ya no podrá romperse, que ya no podré perder el amor, que estoy confirmada en gracia. Es como si ya no pudiese pecar. Se me figura—añadió con voz débil, reveladora de su turbación—que estoy diciendo herejías, pero eso es lo que siento. Con frecuencia veo la humanidad de Jesucristo en las diferentes edades de su vida, y siempre con un rostro afable, gracioso y sonriente. También la Reina de los Cielos se digna favorecerme con su dulce y amable presencia.
—Y esas visiones—preguntaron los doctores—, ¿son, intelectuales, o imaginarias?
—No sé lo que quieren decir esas palabras—respondió la virgen—; lo único que puedo deciros es que veo pasar cerca de mí a mi Salvador, de una manera clara, aunque fugitiva, que recuerda el estallido de una estrella fugaz.
Habló finalmente de los efectos que estos fenómenos maravillosos dejaban en su alma: una alegría superior a toda alegría imaginable, un concepto sublime de la filiación divina del cristiano, un anhelo irrefrenable de la vida perfecta y un ardor apasionado por llevar las almas a Dios. A veces, Rosa sentía envidia de Santa Catalina de Siena, que había atravesado los pueblos llevando el mensaje divino. «¡Oh!—exclamaba—. ¡Lo que yo daría por la dignidad de anunciar el Evangelio! Iría a través de las ciudades predicando la penitencia, con los pies descalzos, el crucifijo en la mano y el cuerpo cubierto de un cilicio espantoso. Caminaría durante la noche, gritando: Pecadores, arrepentios; abandonad vuestras iniquidades. ¿Hasta cuándo seréis como rebaños atolondrados delante de los demonios? Huid de los eternos castigos; pensad que sólo hay un instante entre la vida y el infierno.»
En los últimos días de su vida, Rosa ya no sentía las angustias del infierno espiritual; pero, en cambio, se sintió atacada por una dolencia que la dejaba convulsa, exánime, temblorosa; y que fue un enigma para todos los que la asistían. «Me parece—decía ella—como si pasasen por todo mi cuerpo un hierro candente, como si atravesasen mi corazón con una espada de fuego, como si un martillo de bronce cayese sin cesar sobre mi cabeza y me rompiese el cráneo. Siento que un incendio me penetra hasta le medula de los huesos, consumiendo lentamente mi vida.» Y añadía: «Herid sin piedad, Señor; cumplid en mí vuestra santa, justa y adorable voluntad. Aumentad el dolor al dolor; pero dadme paciencia.» En realidad, todo aquello no era más que la violencia del amor, el ardor vehemente de los bienes eternos. «Me abraso, me abraso—clamaba la enferma—; hiél y vinagre que me den, será para mí como un refrigerio.» En medio del dolor se sentía locuaz y no podía contener su alegría. De cuando en cuando se dormía en raptos amorosos, y al ver de nuevo a los que la rodeaban, decía: « ¡ Oh, si hubiese tiempo aún! ¡Qué grandes y bellas cosas os diría yo de la suavidad de Dios y de la brillante corte del palacio eterno!» Pero había llegado la última hora.
Preparóse a ella, pidiendo la bendición de sus padres para morir. «El peligro no es inminente—decían ellos—: mañana, mañana.» «Mañana —respondió Rosa sonriendo—estaré ya lejos de aquí. Estoy viendo la mesa del eterno banquete; y allí hay un puesto para mí, y esta misma noche debo ir a ocuparle.» Y fijando los ojos en su madre, como si quisiera recordarle aquellas fiestas de sociedad a que asistieron juntas en otro tiempo, añadió: «Debemos ser puntuales. Si no llego a la hora fijada, me cerrarían las puertas como a las vírgenes locas.» Algunos momentos después hizo en su pecho la señal de la cruz, pronunció tres veces con voz temblorosa el nombre del Amado y se fue a cultivar los rosales que no se marchitan. Muerta, aparecía hermosa, radiante, sonriente, como en vida.
Rosa de Santa María vivió hasta los 31 años. Durante los últimos tres meses de su vida fue hospedada en la casa de la familia del contador Gonzalo de la Maza, lugar en el que se levanta actualmente el Monasterio de Santa Rosa.
Funeral de Primera.
Y a esta muchacha pobre y sin estudios le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores (u oidores), como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración. El entierro hubo que dejarlo para más tarde porque inmensas multitudes querían visitar su cadáver, y filas interminables de fieles pasaban con devota veneración frente a él. Después la sepultaron en una de las paredes del templo.
La ciudad entera desfiló por su casa para ver el prodigio, tocando rosarios a sus carnes virginales, besando sus pies y sus manos y su rostro, cortando su túnica y su velo, y llevándose, como recuerdo suyo, las flores de su jardín. «Esta virgen no está muerta, sino dormida», decía la multitud; y fue preciso enterrarla de noche para contener los ímpetus de la devoción popular.
ROSA DE LIMA....FLORECE TODAVÍA
“Si hace trescientos años el jardín florecía, pródigo de perfumes, florece todavía”
SANTA ROSA DE LIMA - EWTN
Cuando algunas personas la criticaban por sus demasiadas penitencias, les respondía: "Si ustedes supieran lo hermosa que es un alma sin pecado, estarían dispuestos a sufrir cualquier martirio con tal de mantener el alma en gracia de Dios". Y ella sí que los sufrió.
Fuente
ARZOBISPADO DE LIMA

Con estos versos, concluye una de las más emotivas semblanzas poéticas sobre Santa Rosa el gran vate Luis Fernán Cisneros. Ramón Mujica Pinilla acaba de publicar un libro Rosa limensis (Mistica, política e iconografía en torno a la patrona de America) (IFEA-BRP-FCE, Lima 2001) en el que nos aporta datos precisos sobre las personas que acompañaron a la Santa en el atardecer de su vida terrena. En el cuadro de A. Medoro, la mujer que aparece en torno a Rosa es doña María de Uzátegui y “fue mandado hacer ex profeso por el Contador de la Santa Cruzada Gonzalo de la Maza, hombre piadoso y refinado, a quien gustaba el arte, como obsequio a su esposo y en recuerdo de su bienaventurada protegida Rosa”.
Fueron don Gonzalo de la Maza y doña María de Uzátegui quienes proporcionaron una morada ideal para los deseos contemplativos de Rosa. Extractamos algunos párrafos de los testimonios de estos padres adoptivos de la Santa tal como figuran en el proceso de beatificación. Don Gonzalo señala que: "La habitación de la dicha Rosa en la casa de este testigo fue con gusto de los dichos sus padres, y con el de los padres espirituales con quien se comunicaba, y aun algunas veces ordenado por ellos, como se lo dijeron a este testigo el padre maestro Lorenzana, de la Orden de Santo Domingo, y el padre Diego Martínez, de la Compañía de Jesús, sus confesores".
El biógrafo de la santa, J.M. Bermúdez, O.P., señala que "dedicaba algunos días u horas a la enseñanza de las niñas del contador. Se solía admirar por la abstracción de sus sentidos, la compostura de su cuerpo y modestia de sus ojos, que pocas veces se los vio levantar don Gonzalo, con ser tan familiar que la llamaba Madre y ella a él el Padre".
La familia De la Maza se convirtió en su auténtica familia. La casa se convirtió en centro de espirituales tertulias en las que participaban selectos cristianos limeños, fundamentalmente seglares como Luisa de Melgarejo, esposa del rector de la Universidad de San Marcos en 1615, doctor Juan de Soto; el médico Juan del Castillo, hombre de ciencia y de gran caudal de cultura mística quien examinó a fondo y nos ha legado su espiritualidad a través de sus escritos; además figuraban varias "beatas" como Ana María Pérez, cocinera mulata en el hogar del Contador, Inés de Velasco, sevillana casada con el comerciante Fernando Cuadrado e Isabel de Ormaza, india limeña .
Tanta familiaridad nos lo revela el hecho de que María de Uzátequi acometiese el protagonismo de ingresarle en un convento por deseo expreso de su madre de doña Oliva. Parece ser que doña María de Quiñónez, sobrina de Santo Toribio Mogrovejo, eligió a Rosa por fundadora del Monasterio de Santa Clara. El Contador –quien a juicio del protobiógrafo de Rosa, L.Hansen- conocía a la Santa como nadie, le “propuso entrase en la nueva reforma de los Franciscanas Descalzas, creyendo que ese era el estado más ajustado al genio de Rosa”. Doña María será la que "quitó de la cabeza (la corona de espinas) cuando cayó mala de la enfermedad con que falleció".
Van a ser testigos de su caridad heroica. "Porque tenia imposible que se pudiese contener en el dejar de servir a los pobres, a los cuales procuraba acudir con todo lo que podía y permitía su gran pobreza, y donde no, vio que se angustiaba y afligía" según el P.Loayza; este mismo testigo dirá que la madre de Rosa “tenía por imposible que se pudiese contener (su hija) el dejar de servir a los pobres a los cuales provocaba acudir con todo lo que podía y permitía su pobreza”. Rosa traía a enfermos negros e indios a casa de su madre para curarlos, atenderlos o alojarlos. De tal manera que "aunque estuviese ocupada en la oración y recogimiento, habiendo algún moreno enfermo en casa de esta testigo, acudía a todas horas a curarle y regalarle".
Lo mismo puede decirse de su vida contemplativa. Así nos lo manifiesta Da María:" Sabe porque lo vio, que algunos viernes no podía responder ni hablar cuando ella se encerraba desde el jueves en la noche hasta el sábado por la mañana; y preguntándola esta testigo ...la causa, le dijo que no la llamasen aunque viniese su madre, porque de ninguna manera podía responder ni levantarse de donde estaba, porque estaba arrebatada toda". Su oración la expresaba en la canción en la que quedaba embebida toda la familia:
"Y otras muchas cosas y palabras de grande amor y regalo, con linda voz y consonancia, que nos hacia dejar lo que hacíamos por estarla oyendo y escuchando...Y les sucedió a esta testigo y al Contador su marido, que dejaban de cenar por oír cantar a la dicha bendita Rosa”. Su conversación era toda sobre Dios. "Y como encontraba Rosa buena pasta en ambos consortes, el diálogo corría a modo de beneficioso contagios". Así resulta del testimonio de Da María: "Tenía (Rosa) muy grande amor a un Niño Jesús que ésta testigo tiene en su oratorio, y algunas veces entrando el Contador Gonzalo de la Maza su marido, al oratorio a decir requiebros al Niño Jesús le decía esta testigo a la dicha bendita Rosa:
- Mira, hija, qué enamorado está el Contador de su lindo Niño.
Y decía ella:
- Muy bien puede, porque el Niño se alegra en viéndolo entrar, y parece que se quiere saltar de la peana y venírsele a los brazos.
También serán testigos de su despedida terrena. Les asombraba que mientras "la naturaleza iba desfalleciendo, parecía se aumentaba su paz y alegría". Y estando así el martes por la noche del 22 de agosto, "con un crucifijo en la mano, con amorosos requiebros le pedía dolores":
- Mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi Esposo, y mis amores, dadme dolores.
Se va despidiendo tiernamente de todos sus familiares. Comenzó pidiendo la bendición al Contador; y, luego, llamando a sus dos hijas "les hizo una plática, exhortándolas a que sirviesen y amasen mucho a Nuestro Señor y sirviesen mucho a sus padres y les diesen buena vejez". Mandó llamar también a los siete esclavos negros de la casa para darles su bendición.
Por estos testimonios últimos sobre el momento de su muerte podemos calibrar el alto nivel espiritual de estos esposos:
Doña María: "Llamando el dulce nombre de Jesús expiró, quedando con los ojos abiertos y claros sin quebrárseles, y su rostro tan lindo y hermoso como cuando estaba viva y con muy buenos colores".
Don Gonzalo: "Y con esta resignación, paz y entendimiento, y con su habla y sentido estuvo hasta que expiró, un poco antes de las doce y media de aquella noche, diciendo: "Jesús, Jesús sea conmigo".
Juan Costilla de Benavides, oficial mayor de la Contaduría de Cruzada, que vivía con el de la Maza, y se halló presente al fallecimiento, expuso que éste fue exactamente dando las doce y cuarto, es a saber a las cero y cuarto del día de S. Bartolomé.
El mismo Catecismo de la Iglesia Católica recoge el perfume de la vida de nuestra santa en dos frases antológicas: "Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo" (n. 618) “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús" (n.2449). Con toda razón, el documento postsinodal Ecclessia in America señalará rotundamente que “la expresión y los América ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), la primera flor de santidad en el Nuevo Mundo.
José Antonio Benito
SOBRE SANTA ROSA DE LIMA, NO ES CIERTO QUE...