Cuando cerraba los ojos, mientras calmaba la lujuria con un poco de inocencia ajena, sentí que me mirabas, lejos, al otro lado del universo, muy lejos, desde donde me veías y yo sentí culpa, y yo sentí tristeza. Calme con el alcohol las heridas autodestructivas de la conciencia, del compromiso tácito al ser omnipresente que me persigue, ser que aparece cuando digo estar enamorado.
Y tus ojos me seguían entre el humo, la bulla y la seducción de otras almas hambrientas de placer. Te pensé en medio de todo. Eso no me hace menos culpable, sino un aprendiz maquiavelo al utilizar a un ser en nombre de ti- En nombre de quien atrae la esperanza a un corazón podrido de sinceridad.
Te pense mientras cometía homicidio a mis propias convicciones del sentir. ¿Pero por qué me invade este sentimiento de culpa si habitamos en medio de las apariencias, donde dos almas estrechan lazos sin compromisos? ¿Por qué veía tus ojos mientras mis párpados hundían mi ser en mar donde naufragaba el deseo mediático de placer?
Me encerraba en la oscuridad, en cada fragmento que duraba el parpadeo diario mientras veía idiota a quien robaba ilusión de sus labios. Te vi, quizás tú no me viste o no me quisiste ver. Estas son preguntas que yo debo responderme, porque a quien le debo cuentas es al ser que inventé de ti en mi cabeza. Y ella, el "tu" etereo que me persigue en las milésimas de segundo que dura la oscuridad de un parpadeo, ahora parece despedirse y temo su partida.
Qué ansiedad es esta, cuando quiero dedicar algo a alguien sin tener por dónde empezar. Es como que me apretan el pecho exigiendo que mis palabras sean las más hermosas, pero que mi humildad hacen de que sea las más horribles. Y es que no quiero dedicar palabras horribles a un ser que vislumbró una sonrisa mientras la conocía, sino que temo errar en las palabras que dedico... Temo equivocarme en algo que ni si quiera será leido por la persona a quien deseo dedicarlo.
Eso es más enfermizo aún, pienso, porque tomo conciencia por el receptor de este mensaje, cuando realmente no está aquí para leerlo. Entonces, esto se resume en que vivo es un universo donde todos los entes de mi imaginación están pendientes de lo que digo y hago a pesar que les importa un carajo esto. Y a qué va, entonces, el esfuerzo de resumir mi sensibilidad. Pues creo a un deseo interminable de justicia divina para que ella... Sí, ella quizás regrese su mirada para recoger ciertos versos que invocan su ser, que invocan un beso para despegar de la realidad hacia un mundo que.. bueno, muchos temen vivir por miedo a la ilusión.
Y es que eso eres... ella es ilusión, así como universo, así como invento de mi imaginación. Entonces esta dedicación estaría más bien dedicada a mí mismo, porque ella forma parte de mí y de mi invención. ¿Y a quién dedico esto entonces? Creo que a la posibilidad divina de que algún día, en alguna tarde enero, ella vuelva con una sonrisa dibujada por un verso que yo escribí... pero que por fin fue leído.
Dentro de un año acabaré la carrera universitaria. Suena tan raro, pues aún me siento como el niño de inicial que se pregunta cuándo llegará a ser tan altote como los de secundaria: es como un lapso de tiempo que parece infinito, cuando en realidad está a la vuelta de la esquina. Algo así me siento hoy, algo así estoy ahora.
Me pregunto de qué acabaré, pues digamos que no hay siempre buenos augurios para los periodistas profesionales, aunque decir profesional parezca hipócrita para una carrera que nace de la calle. Como la prostitución.
En fin, el tema no es ese. El tema es que acabaré la carrera y Dios sepa cuando, y también por dónde, comenzaré a atar cabos sueltos de la vida para forjar un destino. Aún no me imagino con quién... nunca me lo imaginé, pienso, porque hasta estos momentos pienso más en mi carrera que en los placeres estetas de la vida, aunque sean tan deliciosos.
Bueno, ¿qué hacer? Una vez le dije a mi hermana que cuando termine la carrera me iré de la casa, para vivir en mi cuevita de la Costa Verde y tirar piedras por las noches a las prostitutas de la avenida Arequipa. Sería divertido, pienso, porque en esta vida profesional algo bueno aprendí: que hay que estar lo suficientemente loco para ser feliz sin competir con los demás para "comprar" la felicidad.
Hoy me acabo de dar cuenta que puedo colgar videos en mi blog.pucp. Sucede que casi todos me dicen q este servidor no sirve para nada, pero creo que me dejé llevar por los malos hablados. Yo soy reportero de la revista digital NUMERO ZERO, así que me imagino que acá rebotaré mis notas. Seguro que haré algo de mi propia producción...
André descubrió que podía poner videos en su blog... creo que algo similar como descubrir la rueda o el fuego en un mundo como este...
Hace unos días, mi sobrina se ganó una bicicleta mediante un sorteo en el Coney Park de San Miguel. ¿Y qué tiene que ver Dios con esto? Pues sucede que la bici de mi sobrina fue tema de la mesa durante casi un mes, pues no había dinero para comprarle una. Más aún una de Barbie que tanto le encanta. Así fue como mi hermano, el padre de mi sobrina, cruzó los dedos de las manos y de los pies para ganar el dichoso, pero simple, premio.
Él me confesó que se lo pidió hasta a mi abuelita que falleció hace 10 años, también dijo que gritó como loco por la sorpresa, porque casi nunca gana algo en concursos como estos. Toda mi familia se enteró del premio, hasta incluso hicimos un brindis con un buen vino para celebrar la buena dicha... aunque mi madre afirma que siempre fue Dios, que es una señal y que patatin y patatan. Yo dije que solo fue suerte, pero ver la sonrisa inocente de mi sobrina, jugando con un regalo tan simple, pero obsequiado tan deliberadamente por el azar hace que contemple pequeñas cositas de la vida diaria, que al darles un sentido, en este caso la felicidad de mi sobrina, veo aquella divinidad que no logro explicarme... Divinidad que me contagia la sonrisa.
Al ver sonreír a mi sobrina, veo en ella lo que la gente llama Dios...
Me preguntaré por siempre, en lo que dura un instante de lucidez, si viví el tiempo propicio para saber de tu existencia o el impropio por haberte dejado ir sin conocerte. No lo sé, quizás nunca lo sepa y dudo también que estés preguntándote esto, mientras quizás ahora duermas y yo, bueno, piense en ti.
Qué te diré, pues, si tu recuerdo habita en una frontera difusa entre "lo bueno" como para ser real y "lo muy bueno" como para que sea mentira. Me traduciré. Sucede que saber de tu existencia, de que alguien como tú respira el mismo aire de los mortales, fue "lo bueno" pues tu sonrisa inequívoca, el brillo de tus ojos en la tarde roja, naranja y muerta, meyaron en mi confianza como para hablarte sin que me tragara las palabras.
Eso fue "lo bueno", lo in situ que experimenté en un momento de lucidez. Sin embargo, para bien o para mal, vino contigo "lo muy bueno", que se tradujo en una posibilidad de conocer si quiera tu nombre, tu número telefónico o si aceptabas un café otro viernes, otro sábado, otro día. Y temo que eso de "lo muy bueno" pues nació de mí al mezclar todos los factores reales para imponer una cadena de acciones deseosas a realizar, que maquetaba en mis ideas y un poco de anhelo, así como de perversidad.
Y así como viniste, así te fuiste, simple, callada, sonriénte hasta los codos y yo hecho un idiota por no saber más de ti, pues solo sé que existes en la ciudad, que vives lejos de mí. Si la casualidad me perdona, así como que la suerte se reamista conmigo, pues prometo preguntar por tu nombre y prometo acordarme del mío para decírtelo... y también prometo invitarte este café, que saboreo en luto a las palabras que se ahogaron en mi garganta.