
Entre las versiones castellanas con las que contamos y que probablemente circulan en ediciones tan descuidadas donde apenas si se hace alusión a Oscar Wilde como autor de “El príncipe feliz” destaca la versión de los traductores Julio Gómez de la Serna y E.P. Garduño. Julio Gómez de la Serna en especial, tradujo las piezas de teatro más logradas de Wilde, como Lady Windermere’s Fan, The Importance of Being Earnest y A Woman of No Importance; su trabajo con Garduño se limitó más bien a los relatos infantiles. La leyenda cuenta que incluso el precoz Jorge Luis Borges, con tan sólo nueve años, publicó en el diario “El País” de Buenos Aires una versión castellana de The Happy Prince, pero aún si esto resulta de lo más interesante, no es motivo de la nota de hoy, pues como todo lo que se desprenda de la ominosa figura de Borges, merece reflexión aparte.
09 mar '08-11:52
Entre Cervantes y Cide Hamete Benengeli: el olvidado traductor del Quijote

08 mar '08-14:21
La traidora tradición de los traductores

Babel Fish y otros tantos traductores virtuales automáticos prometen a miles de internautas la posibilidad de verter a la lengua que quieran sendas oraciones con sólo presionar “Enter”. Reciben miles y miles de visitas diarias e incluso sus bancos de datos son actualizados varias veces al día. Sin embargo, la incompetencia de estos programas hace que ninguna persona cuerda se fíe de sus resultados o se muestre satisfecha de sus versiones. Con oraciones carentes de alguna lógica en el significado, los resultados de los traductores virtuales parecen chistes mal hechos que hubieran hartado la paciencia del frío Hal de Space Odyssey, referente obligatorio de la audaz “tecnología inteligente”.
El traductor San Jerónimo, responsable de la Vulgata Latina, patrón de los traductores y entre otras cosas, teórico de la traducción, afirma en su célebre Ad pammachium de optimo genere interpretandi, que él cuando traduce, lo hace, “non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, es decir, no expresando palabra por palabra sino sentido por sentido. Y es justamente el sentido, lo que las máquinas no podrán descifrar jamás, porque la traducción raya incluso lo comprensible y pretende lo inefable. Solo la humanidad del hombre es capaz de revelar los productos de otro ser humano.







