
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes." Mas él respondió: "Está escrito: 'No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios'." Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: 'A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna'." Jesús le dijo: "También está escrito: 'No tentarás al Señor tu Dios'." Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: "Todo esto te daré si postrándote me adoras." Dícele entonces Jesús: "Apártate, Satanás, porque está escrito: 'Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto'." Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.
Modelo para armar
El
Espíritu es el Espíritu divino o Espíritu del amor. El
desierto es la antítesis del espacio público, es decir, un lugar inhóspito donde no hay nadie que vea lo que uno hace o deja de hacer; donde no existe control social; y donde, por ende, uno es más vulnerable a las tentaciones. El
diablo es la tentación de poder realizar los deseos, sobre todo cuando se presentan las condiciones favorables al alcance de la mano. Esta es la esencia de toda tentación, y en alguna de sus múltiples formas asalta a las personas en sus vidas, sobre todo en los momentos en los que se ven exentas de control social. El
ayuno representa a todas disciplinas auto-impuestas, orientadas a debilitar la intensidad de los deseos. El
hambre nos recuerda la condición humana de no poder deshacernos de los deseos. Uno puede debilitarlos al máximo mediante alguna disciplina más o menos exitosa; pero lo que uno no puede es evitar tener deseos.
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