Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Carne traduce el hebreo
basar. Los estudiosos convienen en señalar que
basar tiene cuatro grandes significados: (1) La carne que se come, como la de pescado o la de res. (2) La parte visible del cuerpo humano, pero fuertemente personalizada: el rostro, la postura, la actitud, incluida la personalidad, es suma: su aspecto físico-psicológico-espiritual y no sólo su cuerpo. (3) El parentesco, las relaciones de sangre. (4) La debilidad, caducidad y vulnerabilidad de la vida humana.
La
Septuaginta tradujo
basar con
sarx. La
Vulgata eligió
caro, que es de donde viene nuestro término
carne. Aquí es interesante notar que la
Septuaginta y la
Vulgata no traducen
basar por
cuerpo (en griego
soma, en latín
corpus) ni en el Nuevo Testamento ni en el Antiguo Testamento.
Ahora bien, en el caso de los pasajes de la institución de la Eucaristía, tanto en Mateo, Marcos y Lucas sí se usa
soma (cuerpo). Allí, como bien sabemos, no hay texto ni hebreo ni arameo de base, así es que no podemos saber directamente qué término usó Jesús. Pero es muy significativo que Juan, que tiene un relato distinto de la última cena (Jn 13: 2 ss.), diga en Jn 6: 52
carne, fuera del contexto de la cena, mucho antes de la Pascua y no a un público cerrado, como el de sus discípulos, sino a un público abierto de judíos que, al parecer, no le entiende.
Aunque bien podríamos prescindir por completo de este tipo de consideraciones, opino sin embargo que es razonable suponer aquí lo siguiente:
1. Que Juan, que conoció y habló con Jesús, sí sabía qué palabra aramea usaba Jesús para hablar de la carne, y su elección es
carne y no
cuerpo porque Jesús usaba el equivalente arameo de
basar. Por eso es que Juan, que escribe en griego, usa
sarx y no
soma.
2. Que los Evangelios sinópticos siguen el relato oral de la última cena, que como se sabe se propaló en griego durante varias décadas. Si ya los judíos de la época de Jesús no entendían lo que Jesús quería decirles, es comprensible que los cristianos de habla griega de las generaciones siguientes se hayan sentido igualmente confundidos. Por ello, es razonable suponer que en la tradición oral de la última cena, que se propagó en griego koiné, se haya sustituido una palabra tan poco espiritual para la cultura helénica como
sarx (que tiene la connotación de
lo que se pudre, de donde viene, por ejemplo, sarcófago) por una palabra mucho más digna, aunque no menos problemática, en esa cultura como
soma (recuérdese la trayectoria de
soma en las escuelas filosóficas).
3. Que nosotros, que no somos griegos, hacemos bien en interpretar los relatos de la Eucaristía como
comer su carne =
comer su persona (es decir, poniendo en juego todas las acepciones y todo el tramado simbólico de
comer y de
carne) y no simplemente como
comer su cuerpo, que por desgracia tiende a hacernos concentrar demasiado la atención en el acto físico.