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2008-08

2008-08-30

El puente





Nosotros utilizamos el puente sin entregarnos a grandes pensamiento sobre el asunto. Sin embargo, una mirada al abismo bajo el puente puede darnos un susto, se anuncia allí el sentimiento de lo arriesgado de la existencia,se muestra la nada sobre la que nos balanceamos. El puente se tiende sobre el abismo. (...) Heidegger dice: El puente, en la transición de los mortales, une la tierra con el cielo.

En: Rudiger Safranski, Un maestro de alemanía, Martín Heidegger y su tiempo.

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2008-08-19

Nos deja Constantino Carvallo


No era su amigo, nunca cruzamos palabra alguna pero tuve la suerte de conocerlo siendo yo alumno libre en las clases de filosofía del profesor Federico Camino Macedo. Lo recuerdo en el aula siempre entusiasta, con preguntas inteligentes e incitadoras de polémica. Constantino era buen amigo del profesor (y el único con el derecho de llamarlo "Fico" en plena aula) y casi siempre "a la salida" le mostraba sus hallazgos bibliograficos sobre fenomenología y demás.
Sus bondandes como lider, educador, intelectual, aliancista y sobre todo de ser una persona buena son de conocimiento público. Constantino Carvallo era a fin de cuentas un "phronimos" (él,como buen lector de Aristóteles sabrá reconocerse en ese término).

Quisiera compartir con ustedes algunos pasajes que he tenido subrayados de su libro "Diario Educar"


Por mis alumnos, me he sentido grande y poderoso. A veces hasta sabio y elocuente. Me he sentido padre bueno, compañero, hermano, amigo. También, aunque duela confesarlo, me he sentido hijo, hombre débil que se ampara en otra fortaleza. He cogido sus miradas atentas y las he llevado conmigo para salvarme de la soledad y de la pena. Solo al recordarlas he podido abandonar la seriedad y darle menos importancia a mi vida.
He dialogado en silencio con muchos y me he sentido lúcido y ameno. He aprendido la bondad y el candor de algunos; de otros, en cambio, he copiado el vigor, la seguridad, el entusiasmo. Porque los chicos deben ver en un maestro a una persona firme, que les muestre que llegar a la adultez es deseable.
Eso es lo que exhibo, pero muchas veces no es lo que siento. A veces creo que la vida no vale la pena ser vivida, que no es importante conseguir lo que se quiere. Pero jamás he compartido con un alumno un momento de depresión. Cuando murió mi padre me ausenté del colegio para no compartir con mis compañeros mi duelo. Así que he pasado la mitad de mi vida tratando de mostrar a mis alumnos algo que no siempre soy. Me persigue un sentimiento de usurpación, de estar en el lugar del otro.
(...)
Un buen maestro es quien mantiene una relación asimétrica con sus alumnos: da y no espera recibir. Yo lo máximo que espero es que se afirmen a sí mismos y que sepan adaptarse a este mundo.
(...)
Cuando encuentro un exalumno en la calle, no me interesa saber qué estudia. No me interesa tampoco si ha ingresado en el primer puesto a una universidad porque igual puede ser un canalla. Me interesa cuál es su pasión y si la está llevando a cabo. Creo que la pasión es lo único que nos salva.
(...)
Hemos visto el conmovedor filme de Bergman, Fresas salvajes. Yo no creo en las edades del hombre ni en teorías sobre la evolución lineal de su vida. Ni siquiera infancia, juventud, vejez son etapas que se suceden una tras la otra. Podemos ser niños o viejos a cualquier edad. Tolstoi tiene una división más interesante, pero también en secuencia. Para él hay tres fases: en la primera se vive para las pasiones, la comida, la bebida, la diversión, etc. Así hasta los 30. Después comienza el interes por los hombres, por el bien, por la humanidad, por entregar una obra. Finalmente, a partir de los 60, ni las pasiones ni los hombres, ni siquiera uno mismo, interesan más. Se busca a Dios, la espiritualidad.
¿No podemos acaso en un mismo día atravesar edades diferentes? ¿Soy yo demasiado voluble? Por la mañana entusiasmado, pasional. Al medio día un niño, angustiado, irresponsable. Al anochecer busco el absoluto.


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2008-08-14

Foucault, el artificiero


- A usted no le gusta que le pregunten quién es, lo ha dicho a menudo. Pero de todas formas voy a intentarlo. ¿Desea ser llamado historiador?
- Me interesa mucho el trabajo de los historiadores, pero yo quiero hacer otra cosa.
- Debemos llamarle filósofo?
- Tampoco. Lo que hago no es de ningún modo una filosofía. Tampoco es una ciencia, a la que se podría pedir las justificaciones o las demostraciones que tenemos el derecho de exigirle a una ciencia.
Entonces ¿cómo se definiría?
- Soy un artificiero. Fabrico algo que sirve, en definitiva, para un cerco, una guerra o una destrucción. No estoy a favor de la destrucción, sino de que se pueda seguir adelante y avanzar, de que los muros se puedan derribar.
Un artificiero es en primer lugar un geólogo, alguién que mira con atención los estratos del terreno, los pliegues y las fallas. Se preguntará: ¿qué resultará fácil de excavar? ¿qué resisitirá? Observa cómo se levantaron las fortalezas, escruta los relieves que se puedan utilizar para ocultarse o para lanzar un asalto.
Una vez todo bien localizado, queda lo experimental, el tanteo. Envía exploradores y sitúa vigías. Pide la reacción de informes. Define de inmediato la táctica que hay que emplear. ¿La zapa?, ¿el cerco?, ¿el asalto directo?, ¿o sembrar minas? El método, al fin y al cabo, no es más que esta estrategia.

(En: Roger-Pol Droit, Entrevistas con Michael Foucault)

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