Hacia el final de la mejor banda de la historia, el beatle callado daría muestras tangibles de que el suyo era un talento que podía competir con el de John y con el de Paul. En un inicio, George había podido componer algunas canciones fulgurantes (I Need You debe ser una de esas canciones de pop perfectas que inexplicablemente no pululan en el dial) para luego tomar un rol cada vez más protagónico, convirtiendo el dúopolilo McCartney-Lennon en un triunvirato. Resquebrajados los Beatles, George pugnaría por construir su propia carrera.
El primer disco solista de George, el Wonderwall Music sería el anuncio; el tercero All Things Must Pass, la consolidación; y el quinto Dark Horse, la confirmación total. Sin embargo, si vemos las calificaciones que acompañaron la salida del disco, en su momento el Dark Horse fue vilipendidado y subvalorado. El motivo para tamaña insensatez es la voz rasposa de Harrison en muchas de las canciones (y jugó la decisión de este de suspender hasta nuevo aviso su salida en giras) . Algo que para la crítica se erigió como defecto insalvable y, a la postre, la excusa para descalificar un gran disco.
El Dark Horse muestra una influencia hindi más marcada, las preferencias intelectuales y esprituales de Harrison lo llevan a fusionar los sonidos de su musa India con el rock setentero del cual fue cultor. Del mismo modo, la lírica se ve inundada de temática y referencias a la cultura hindú. Adicionalmente, la guitarra a ratos parece ser interpretado por Shiva o por el supremo Vishnu: unos rasgueos divinos que lo remiten a uno al edén que es Vrindavana. Con todo eso basta y sobra para tener un discazo, uno que no se ha sabido apreciar por un detalle menor.
Destacan: Hari's On Tour (Express) (instrumental sensacional), Simply Shady (y para tí que te crees la Sexy Sadie, una de las mejores canciones de Harrison), So Sad (el arpa, la acústica, la eléctrica y el teclado en una hibridación brutal), Bye Bye Love (su adiós a la Patti Boyd, más sobre el tema aquí) Ding Dong, Ding Dong (sobredosis de campanas), Dark Horse (roncazo, el man Harrison igual la hace linda) e It is He (Jai Sri Krishna) (y Harrison le tenía más fé al avatar Krishna de Vishnu, hay mucho tema para tan poco blog, la verdad).
Vamos a reventarle "cuetes" a una banda peruana. A ver, es un axioma que toda banda peruana (al igual que todas la pelas peruchas) no valen la pena. Prejuicio (fundado) que poco a poco se ha venido resquebrajando (al menos en la música) y de un tiempo acá vienen apareciendo propuestas sonoras más que interesantes, como tratando de reeditar viejas glorias. ¿Cuál es la clave? Mi respuesta es el cosmopolitismo y el autoestima. El cada vez mayor acceso a música foránea (la ubicuidad del torrent y el p2p) y el esfuerzo (casi fetichista) por recuperar rock peruano antiguo (recomendados el master Heduardo y la gente de Repsychled) permiten a la nueva camada de músicos dos cosas fundamentales: empaparse de mayores influencias y tener la confianza que la audiencia del Perú (que no solo es Lima) es un público a cautivar.
Kanaku y el Tigre se componen de Bruno Bellatín (kanaku) y Nico Saba (el tigre) [mucho gusto] que han venido construyendo una carrera en ascenso a partir de sus tocadas íntimas (rodeados de al menos una decena de músicos en escena) en lugarcitos barranquinos y videos de colores brillantes en el youtube (un botón). Su propuesta: un sonido folk que tira a lo peruano, a lo jazzístico, a lo country; unas vocales que juegan a los gallitos y al desgarramiento; y una gama de instrumentos algunos comúnes y otros heterodoxos (¡interpretan melodías con juguetes!).
Caracoles es su disco debut y vió la luz el año 2010. El álbum suena a otoño limeño, ese otoño entre acogedor y frío. El disco se compone de una serie de estampas sobre la ciudad de Lima, sobre la melancolía, sobre el amor cortés, sobre el amor tierno; de composiciones correctas, interpretadas por una guitarra acústica iluminada, de ukeleles y mandolinas traviesas, y unos vientos poco protagónicos; y unas vocales que no se toman a sí mismas muy en serio (a diferencia de lo que deberíamos hacer nosotros: prestarle mucha atención a esta banda).
Destacan: Caracoles (lo que decía: otoño. Letras muy naif, muy candorosas, muy tiernas), Tu Verano y Mi Invierno (palmadas y vientos), Bicicleta (indie folk a la peruana, deconstruyen un carnavalito serrano: muy buena canción), Lucía (otra muy buena canción), La Inminente Muerte de Martín (un sonido balcánico, a lo Beirut), El Funeral (la chanson noir), Exorcist Love Song (rockabilly lúgrube), Pascal y Julián (jazz medio beatnik) y Fugitive (muy buen cierre, bastante íntimo).
El alcohol es el remedio infalible para zurcir los agujeros que l@s desalmad@s van dejando en el tejido del alma. Como aguja precisa entra y sale de manera tal que restaura la superficie de la psiqué. Medicina perfecta para volver a completar aquello, que parece estar, destinado a nunca estar indemne. Los problemas con el alcohol se originan por agujeros no tan pequeños, la desalmada dejó una rasgadura profunda y los poderes terapéuticos del alcohol son insuficientes.
Los Wedding son de esas bandas que, sin mucho aspaviento, componen canciones precisas para momentos precisos. Para esta cancionsaza del disco El Rey, le dan al clavo con su apología al alcohol. La noche, las estrellas, la confesión de que podría llegar a amarte y tu respuesta confusa (y confirmada en la mañana).
Y nada pues eso, no me lleves a casa hasta que esté bien, bien borracho.