¿Quién eres? ¿Qué haces ahí hace tanto tiempo?
¿Qué buscas? ¿Por qué vienes y vas? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué me reprochas las cosas?
¿Por qué sigues incómoda en ese lugar?
Bryan Ferry es una de las voces más destacadas de aquel carnaval que significó el inicio de la década de los setentas. El rock se encuentra con el arte y empieza a evolucionar hacia la calidad de expresión artística completa y expansiva. Es la época de la puesta en escena, la ópera rock y el espectáculo. Ferry, junto con su tocayo Eno, tuvieron un papel trascendente al frente de esa enigmátia banda llamada Roxy Music. Bob Dylan no requiere ninguna introducción.
Bryan Ferry para el año 2007 lanza el Dylanesque. Como ferviente admirador de Dylan, Ferry rinde un tributo mediante covers del maestro. Al contrario de lo que podría pensarse por lo disímil de sus estilos, el Dylanesque presenta versiones muy bien logradas y muy bien adaptadas al fuerte de Ferry: voz melodiosa y nostálgica en combo con teclados ilustrados. Bob Dylan y su(s) (múltiples) estilo(s) no requieren ninguna reseña.
Dentro del Dylanesque tenemos una versión conmovedora del clásico Positively 4th Street. A diferencia de la versión de Dylan, en la que las letras y la música confluyen en una declaración que raya en el desprecio, la versión de Ferry logra que la canción sea más bien un reclamo dolido, nostálgico, lleno de desazón.
Es genial poder ver atrás en la trayectoria de una banda e identificar los momentos de transición. Con el tiempo, uno puede rastrear los orígenes de la estética actual de la obra de un artista, es invaluable ver ese proceso de formación y cómo es que se va gestando aquello que tanto nos gusta. Es curioso que cuando uno está en estas etapas transicionales muchas veces aquellas virtudes que en el futuro van a terminar siendo determinantes muchas veces pasa desapercibidas, otras en las que se minimizan y, no en pocas excepciones, se consideran negativas.
Mucho antes de haber salvado la música, Radiohead lanzó al mercado su mejor trabajo (esta última es una opinión estrictamente personal). The Bends es la transición entre la estética grunge del Pablo Honey y el sonido Radiohead (esa mezcla única de rock, postrock, postpunk, alternativo, electrónico, shoegaze, indie que solo puede definirse como radioheadiano). Es además un hito en el crecimiento lírico de Thom Yorke, se traslada esa actitud de amor-odio automutilante hacia el resto del mundo, el creep ahora despotrica contra la hipocresía, la falsedad y la antipatía. Mucho se especula sobre el tinte político de las letras de algunas canciones del The Bends, esta impronta se hará flagrante en el Ok Computer: se criticará ferozmente a la humanidad y sus ideas autocomplacientes. Hechas las sumas y restas, casi todas la características que fascinan sobre esta banda (melodías cautivantes, ritmo intrincado, lírica desenfadada, actitud experimental) pueden ser rastreadas al The Bends, hito temporal en el cual todas, algunas en mayor medida que otras, empiezan a germinar.
Destacan: Planet Telex (el susurro de ventisca es uan forma genial de iniciar), The Bends (canción para ser cantada en un gran estadio, el primer gran acierto del álbum), High and Dry y Fake Plastic Trees (canciones en la que se logra un ambiente íntimo gracias a la guitarra acústica), Bones (protagonismo del eco distorsionado de la guitarra que acompaña desde el comienzo del disco), Just (un golpe a la oreja, la batería convulsiona a menudo), My Iron Lung (el riff inicial hipnotiza), Black Star (una de mis favoritas de todo su catálogo por su letra abrumadora y su melodía terapéutica) y Sulk (encuentran su percusión perfecta).
Una picota, humillación pública, latigazos a discreción. Los Allman son patrimonio de aquello que llamamos blues rock, un género que hace sucesión geométrica con todo lo que nos gusta del blues: improvisación guitarrera, letras depresivas y voz desgarrada. Al respecto solo cabe agregar que la guitarra es una de aquellas que demuestran la verdadera maestría y virtuosismo, el trance en el cual entran las seis cuerdas solo tiene sentido cuando la canción la requiere, es decir, cuando todo el conjunto se ha concebido de esa manera.
Cómo se siente uno cuando aquella que usurpó su pecho y ató su corazón a una silla (corazón al cual le sirve un trago y corazón al que luego se tira), lo abandona por otro y muy oronda se pasea con este nuevo tipo. Cómo esa maldita lo hace sentir a uno como amarrado al tronco y cómo es que uno debe de expresar toda su furia a través del blues.
Cualquier película sosa sobre amor plantea que la forma de ganar el corazón de una mujer es ser auténtico, uno mismo es el personaje ideal a interpretar y al final la mujer para uno esta por ahí y la fórmula anterior es la clave para encontrarla: la clave es la confianza. Cualquier manual de seducción plantea que el camino para entrar al corazón de una mujer (y eso de entrar al corazón es solo un eufemismo) es jugar el juego, dar determinados pasos en determinados tiempos, interpretar una versión de uno mismo con las virtudes amplificadas y los defectos disminudos, enterarse de una buena vez que un "no" es un "sí" y que hay demasiados peces en el mar, un rechazo es solo un rechazo y no el fin del mundo: la clave es la confianza.
El primer consejo se subsume perfectamente en un discazo de 1997, el A Short Album About Love explota la visión amelcochada de amor auténtico y eterno. En cambio, el segundo consejo inspira otro discazo de 1996, el Casanova explota la figra del más grande womanizer de la historia, un tipo que la tenía clara en estas lides. Detrás de estos dos álbumes jefazos se encuentra una banda que lleva la faceta orquestral del britpop a su máxima expresión, The Divine Comedy es una bandaza que busca un sonido clásico a través de una profusa sucesión de arreglos orquestrales sincronizados con una guitarra ilustrada, seis cuerdas que van soltando fraseos pegajosos y atrapantes.
Para el Casanova, los Divine se despachan canciones relacionadas al romance, el juego y, en mayor medida, al sexo. Una de sus canciones cardinales es la del título: un protagonista que se arrepiente de haber estado viendo las películas inadecuadas (aquellas a las que hicimos referencia en el primer párrafo) en vez de preferir aquella joya sesentera protagonizada por Michael Caine (y ese remake medio convincente protagonizado por Jude Law) cuya primera parte es básicamente uno de esos manuales adecuados (aquellos a los que hicimos referencia en el primer párrafo).
Antes de romperla en el 2008 con su discazo Boxer, los tíos de The National se la pasaban emborrachando de tonadas y lírica lúgubre a unos cuantos oídos atormentados. Una banda que ha mirado atentamente atrás y se ha empachado de harto post punk, ha encontrado la iluminación en los golpeteos secos de su percusión y poco a poco se forja un espacio entre los más grandes a punta de lírica florida, metafórica y sombría.
Del disco Alligator, aquel que explotaba la máximo un piano melancólico y nos presentaba la grandiosa voz de barítono de su vocalista (una ventisca que anuncia una probable lluvia torrencial), extraigo una de esas canciones excelentes. Una canción que habla de lo errático de mi discurso, de lo errático de tu conducta, de lo excéntrico de la forma en la que digo que te quiero, de lo excéntrico de la forma en la que te haces querer, lo difícil de tratar de hacer que me esperes, lo difícil de que esperes lo que trato de hacer, y, por último, debes saber que aún no has visto la mejor parte de mí.
¿Por qué bailamos?, ¿por qué nos esforzamos por movernos al son de la música?, ¿qué sentido tiene toda esa expresión corporal? Al baile se le ha asociado con el sexo, con la selección de pareja, con un instinto tribal que perdura desde antaño, con el ejercicio cardiovascular; en fin. La idea es que, así como pasa con la música, no entendemos bien el porqué del baile. Al respecto, he seleccionado 5 canciones que sirven tanto para reflexionar sobre el papel del baile así como para bailar. Empecemos: