Estas aves humanas intercambiaron sus vidas, algunas cosas eran divertidas y otras lacerantes. ¿Por qué no? Si, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde, tenía una amiga de a de veras, la golondrina que dio su vida por él. Empezaron a reconocerse, logrando una amistad hermosa y honda. Ambas aves siempre cuidando uno de la otra.
Al pasó el tiempo y sin darse cuenta tornaron esa amistad en algo maravilloso, lo llamaron misterio y gracia, decidieron volar juntas muy lejos de la Tierra, hasta llegar al cielo. Vivieron en ese paraíso de ensueño sin mirar la Tierra.
Pasado el tiempo de ensueño, en una irrupción impenetrable de la conciencia, se dieron cuenta de que había que arreglar los asuntos que tenían en la Tierra, sucesos que venían desde atrás, para poder entrar al cielo para siempre ¡Paradójicamente, en un universo sin cielo!
Decidieron separarse para reemprender sus viajes de exiliados, libres, tan solo guiadas por sus sueños. Como dice el poeta: “A veces los sueños se desensueñan y se encarnan”
¡Nunca renunciaron a una amistad de a de veras, hasta su partida de la Tierra, rumbo a lo desconocido, a la no respuesta, a la muerte poética: la más real de todas las muertes!

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