
Hacen muchos años que el sol sofocante e implacable que se tiende sobre el cielo de Jauja es una invitación a saciar la sed que despierta de distintas maneras. Algunos, recuerdo, nos contentábamos con acercar la sequedad de nuestras bocas a la pileta del barrio y saborear la gelidez de nuestra riquísima agua. Otros, más pudientes, buscaban afanosamente a un distinguido señor que, desde su triciclo y en la puerta antigua del colegio “San José”, anunciaba la venta de helados bajo el slogan de “mishquilla”, “tuquilla”, en torno al cual se arremolinaban los estudiantes, compradores y “gorriones”, para aplacar esa sed que sabe encender, los agobiantes días del verano serrano. Si, verano serrano porque en ese mismo tiempo, en todo el hemisferio sur, la estación más caústica es el invierno que en la zona andina solemos llamar (oh, contradicción) verano, aludiendo probablemente a la carencia de lluvias en toda la franja de los andes peruanos.
Pero ninguna de estas experiencias era comparable a la que se podía vivir en nuestra Plaza de Armas; allí, casi en la esquina de los jirones de Grau y Junín, solía ubicarse don Lucio de la Cruz, quién desde la década del 50 del siglo anterior solía expender unas raspadillas orladas con dos copas de helado que hacía las delicias de los paladares de sus clientes. Este venerable y extinto señor no solía convocar a sus sibaríticos adictos con la estridencia de los heladeros de entonces, lo hacía con la humildad de saber que brindaba un buen servicio y que sus asiduos clientes no le iban a fallar. Todos los que han tenido la oportunidad de compartir esas experiencias líquidas y melifluas de hacen varias décadas, saben que en torno a nuestro proveedor nos juntábamos en alegre tertulia para comernos “una raspadilla con harto jarabe y su helado”. ¡Cuán grato era, entonces, complementar nuestro almuerzo con una raspadilla del Sr. De la Cruz! Para fatalidad de nuestra mocedad dicho señor, después de casi 50 años de expender deliciosas raspadillas, falleció. Pero como la tradición no podía quedar allí, quién cogió la alternancia fue su hija Gerarda, la misma que también hace 5 ó 6 años ha fallecido, siendo reemplazada actualmente por su hija, nieta de don Lucio, a la que podemos ubicar en el mismo trajín en el zaguán de Radio Jauja en plena plaza principal.

Pero como todo negocio tiene que crecer, también en el puente Ricardo Palma podemos ubicar a Ricardo de la Cruz, hijo de don Lucio, más conocido como Richard, quién además de vendernos un exquisito helado, hecho artesanalmente, nos ofrece el humor de su carisma siempre ocurrente. No por gusto, cada 20 de Enero, Richard deja a un lado los helados para sumergirse en la Plaza de Yauyos para bailar su tunantada al lado de los no menos famosos “Cullucaras”, agrupación de chutos jaujinos que desbordan jocosidad en pos de una angurrienta propina de sus admiradores. Gracias Richard por esa lección de humor y trabajo que derramas sobre nuestra Jauja. Tienes asegurado un lugar de honor en el álbum de nuestros recuerdos.






